miércoles, 9 de agosto de 2006

Polarizaciones

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario
9 de agosto de 2006

En 1996, la revista Social Text publicó el artículo “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”, del físico estadunidense Alan Sokal.

El texto había sido diseñado para engañar a los editores con una mezcla de palabrería científico-filosófica sin mayor sentido, pero que sonaba bien.

La trampa, como reveló luego Sokal, buscaba demostrar que la filosofía “posmodernista” y, en especial, los llamados “estudios de la ciencia” (science studies) rechazaban la racionalidad y mostraban “un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es más que una ‘narración’, un ‘mito’ o una construcción social”.

Indudablemente había y hay excesos en algunas interpretaciones de quienes estudian el complejo fenómeno de la ciencia. Pero las descalificaciones de Sokal son, al menos, bastante discutibles (es decir, no son evidentes).

El artículo de Sokal y su posterior libro Imposturas intelectuales (Paidós, 1998) provocaron una polarización entre científicos y estudiosos de la ciencia, desencadenando lo que conoció como las “guerras científicas” (science wars).

Nadie salió ganando. Se perdieron oportunidades de colaborar y se hizo casi imposible el diálogo sobre algo importante. Todavía hoy, la división y el odio generados siguen causando estragos en cada una de las llamadas “dos culturas” (ahora más distantes que antes).

Y algo peor: los verdaderos enemigos de la ciencia, charlatanes y seudocientíficos florecieron al amparo de la guerra, aprovechando a su favor los ataques de uno y otro bandos.

La polarización de una comunidad siempre acaba siendo nociva. Más allá de filiaciones partidistas, es claro que México vive hoy los terribles efectos de una profunda polarización política.

Polarización causada, en gran parte, por la campaña de odio lanzada por el PAN y los medios a su servicio (y diseñada, según trascendió, por el español Antonio Solá, ex asesor de Aznar, y el estadunidense Dick Morris, ex asesor de Clinton). Su objetivo: convertir al adversario en un enemigo a destruir. Su efecto: dividir a la nación en dos bandos intolerantes e incapaces de comunicarse.

Hoy vemos las cosas en blanco y negro, y no se pueden defender puntos de vista intermedios. Las guerras científicas causaron grandes daños en el mundo académico; ojalá podamos evitar que la disputa partidista que vivimos se convierta en guerra.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

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