domingo, 19 de febrero de 2017

Pseudología fantástica


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Otro título para esta columna podría haber sido “Mentirosos patológicos”, o “compulsivos”. Pseudología fantástica es el nombre (originalmente en latín) usado para describir el desorden psiquiátrico también conocido como “mitomanía”.

Si usted jamás había conocido alguien que lo padeciera, felicidades. Estas personas, que se caracterizan por su enorme capacidad para estar constantemente generando mentiras, que mantienen con una enorme convicción y serenidad, logran engañar, a veces durante mucho tiempo, a las personas que los rodean, y les pueden llegar a causar grandes daños, tanto psicológicos y emocionales como laborales, monetarios y sociales.

Desgraciadamente, hoy usted conoce ya a un gran mentiroso patológico, que además está rodeado de un equipo de otros mitómanos que lo apoyan. Y está afectando la vida de miles de personas en todo el mundo. No necesito decir su nombre.

La mitomanía no es una enfermedad bien reconocida por la comunidad psiquiátrica. Aunque aparecía en la tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III), editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, y que constituye una de las referencias clave para definir y diagnosticar alteraciones psiquiátricas, no fue incluido en la cuarta edición, ni en la actual, la quinta. No obstante, desde que fue descrita en 1891 por el psiquiatra alemán Anton Delbrück, ha sido aceptada como una entidad clínica real por numerosos especialistas que, a falta de criterios diagnósticos estandarizados, lo determinan con base en los patrones de comportamiento del individuo, mediante la observación, o a través de reportes de sus seres queridos.

He aquí algunas de las características que presentan los pacientes con pseudología fantástica (tomadas del blog especializado Compulsive Lying Disorder):

–No pueden controlar sus mentiras y no sienten remordimiento, sin importar cómo las mentiras los afecten a sí mismos o a otros.

–La falta de remordimiento es debida a que el individuo se involucra tanto en la mentira que está diciendo que comienza a creerla él mismo.

–Si se le confronta con sus mentiras, insistirá en que está diciendo la verdad.

–Con el paso del tiempo, el individuo se vuelve tan hábil para decir mentiras que es muy difícil para los demás determinar si está diciendo la verdad.

–Sus mentiras no son totalmente improbables; contienen un elemento de verdad (son plausibles, lo que diferencia a estos individuos de quienes padecen psicosis o alucinaciones).

–La tendencia a mentir es crónica, de larga duración.

–Se puede determinar clínicamente que el motivo de las mentiras es interno, no externo; es un rasgo de la personalidad del mentiroso, no un producto de las circunstancias del momento.

–Las mentiras tienden a presentar al mentiroso de manera favorable (por ejemplo, como héroe o víctima).

Aunque no se conocen las causas de este trastorno, hay evidencia de que podría estar relacionado con desbalances neurológicos del lóbulo frontal del cerebro, o con alteraciones en el tálamo. Se sabe, eso sí, que tienden a presentarlo individuos con baja autoestima que buscan, conscientemente o no, atención, popularidad y amor, o que buscan encubrir un fracaso.

¿Le suena conocido?

Quizá el fenómeno de la mitomanía tenga que ver con el hecho de que el cerebro humano es, esencialmente, una máquina de buscar sentido a las cosas. Cuando no entendemos algo, tenemos una enorme tendencia a inventarle una explicación. Y a creérnosla. Esto ocurre incluso en casos clínicos donde un paciente con alguna alteración psiquiátrica, por ejemplo de la memoria, fabula explicaciones incoherentes para los demás, pero que le permiten a él explicar, por ejemplo, por qué salió de su casa sin ponerse los pantalones (cuando en realidad olvidó ponérselos). Un caso más extremo es el de los “miembros fantasma”, que presentan algunas personas que han sufrido una amputación. Una persona que perdió un brazo, por ejemplo, puede llegar a sufrir comezón o dolor en dicha extremidad, o sentir que se mueve o que está torcida en una postura incómoda. El doctor Vilayanur Ramachandran propone que dicho fenómeno podría deberse a que el cerebro trata de interpretar los estímulos que recibe del muñón dentro de un “modelo” cerebral que incluye el brazo amputado, y genera así una “mentira” que, para la percepción del paciente, para su propio cerebro, se siente real.

Tal vez, para los mentirosos patológicos, sus mentiras sean la manera que tiene su cerebro de adaptar la información que reciben del exterior para que no contradiga su modelo interno de la realidad, ni entre en conflicto con su autoestima y su personalidad. Lo cierto es que, independientemente de las causas, el daño que pueden llegar a causar los mitómanos, cuando llegan a ocupar posiciones de poder que afectan a otras personas, puede ser terrible.

Por desgracia, varios miembros del equipo presidencial de Donald Trump, incluyendo a su ex-vocera y hoy consejera Kellyanne Conway, sus asesores Steve Bannon y Stephen Miller (cada uno más terrorífico que el otro) y su vocero Sean Spicer, parecen estar afectados por este inquietante trastorno. Ojalá pronto más gente se dé cuenta de que el presidente de los Estados Unidos, y muchos de sus principales colaboradores, son en realidad pacientes psiquiátricos que requieren atención urgente.

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domingo, 12 de febrero de 2017

Pasión por el conocimiento

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Si usted no ha ido a ver la película Talentos ocultos (Hidden figures), por favor deje de leer esta columna y corra al cine a disfrutarla.

Como usted sabrá si ha leído La ciencia por gusto durante algún tiempo, de vez en cuando suelo comentar cintas que tienen alguna relación con temas científicos. Talentos ocultos es un ejemplo notable.

El filme, dirigido por Theodore Melfi en 2016 –aunque su estreno masivo fue en 2017–, y con guión del propio Melfi y Allison Schroeder, está basada en el libro del mismo nombre de la escritora Margot Lee Shetterly. Narra la historia real de la participación de tres matemáticas negras en el programa espacial de la NASA en 1961. Formaban parte del proyecto Mercury, que existió entre 1958 y 1963 y que tenía la misión, frente a los avances soviéticos –el lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik 1, en 1957, y el primer hombre en viajar al espacio exterior, Yuri Gagarin, en 1961– de poner a un astronauta estadounidense en órbita y regresarlo a salvo a la Tierra.

La cinta, magistral en todos los sentidos –guión, dirección, actuación, vestuario y escenografía, música, iluminación–, es una delicia y un muestrario de las características de la sociedad estadounidense de entonces. Exhibe, por ejemplo, y como parte fundamental de la trama, el tremendo racismo que era todavía parte de la vida cotidiana de ese país, al menos en algunos Estados (como Virginia, donde está el Centro de Investigación Langley de la NASA, donde ocurre la acción). Y muestra al mismo tiempo el movimiento de lucha por la igualdad de derechos para los negros, que estaba en pleno apogeo con líderes como Martin Luther King.

Deja clara también la terrible presión política, en plena Guerra Fría, a que estaba sometida la NASA (recién creada en 1958, a partir de su antecesor, el Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica, o NACA, nacido en 1915), y cómo esto ayudó a impulsar, en un ambiente de fervor nacionalista, el desarrollo científico y tecnológico estadounidense.

Pero más que nada –y en mi opinión esto es lo que realmente hace memorable a la película– muestra la enorme pasión que las tres protagonistas, las matemáticas “de color” Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson (encarnadas por las actrices Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe), sentían por su trabajo, y la forma en que lucharon contra los prejuicios, tan comunes y “normales” entonces, hacia las mujeres y los negros.

Cada una a su manera –Katherine Johnson calculando trayectorias para los lanzamientos de cohetes, Dorothy Vaughan como supervisora del grupo de “computadoras de color” (matemáticas negras contratadas para realizar cálculos en la época en que las computadoras electrónicas eran todavía incipientes) y posteriormente como programadora para la máquina IBM adquirida por la NASA, y Mary Jackson como aspirante a ingeniera que lucha en la corte por su derecho a estudiar–, las tres protagonistas encarnan lo que pueden lograr las personas cuando la pasión por el conocimiento se conjuga con la convicción por combatir las injusticias, aun en contra de las convenciones sociales.

El libro de Margot Lee Shetterly está basado en hechos históricos, y es resultado de una investigación quizá motivada por los relatos de su padre, que trabajó como investigador en el Centro Langley. Notablemente, es su primer libro; antes de eso, Shetterly había trabajado en finanzas y luego, junto con su marido, había vivido en México, donde editaban una revista turística en idioma inglés. Los derechos cinematográficos del libro fueron vendidos desde 2014, antes de que estuviera terminado. Y la película –que cuenta también con la actuación de estrellas como Kevin Costner, Kirsten Dunst y, como curiosidad, Jim Parsons en un papel quizá no tan distinto de su famoso Sheldon Cooper en La teoría del Big Bang– ha tenido ya, en el poco tiempo que lleva exhibiéndose, ganancias superiores a las de la superproducción La La Land (otra cinta deliciosa que no se debe usted perder, aunque no tenga nada que ver con la ciencia), y cuenta con tres nominaciones al Óscar: mejor película, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto.

La historia se centra especialmente en la vida de Katherine Johnson –la única de las tres que sigue viva– y pone de manifiesto su talento y amor por las matemáticas, su tesón por aplicar este conocimiento para colaborar en un gran proyecto, y la manera en que llegó a ser reconocida por ello (en 2015 recibió una medalla por sus méritos de parte de Barack Obama). Nos enteramos así cómo las matemáticas avanzadas eran indispensables para poder aplicar la física newtoniana, a través del desarrollo de ecuaciones novedosas, para planear las trayectorias de lanzamiento y reingreso seguro de los astronautas.

Si usted quiere disfrutar de una gran historia humana que conjuga ciencia, política, exploración espacial, la lucha contra la discriminación y la evolución de la sociedad, y todo esto a través de una magnífica película, no se pierda Talentos ocultos. Le prometo que no se arrepentirá.


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domingo, 5 de febrero de 2017

La inteligencia de los virus


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de febrero de 2017

Bacteriófagos
infectando una bacteria
Cuando pensamos en virus, la mayoría de nosotros tendemos a imaginarlos simplemente como “bichos” microscópicos que nos enferman.

Si recordamos nuestras clases de biología, quizá tengamos una visión un poco más precisa: a diferencia de las bacterias que también causan diversas infecciones, y que son organismos formados por una sola célula y sensibles a los antibióticos, los virus no son células, y ni siquiera son considerados seres vivos, sino paquetes de información genética (ácidos nucleicos) encerrados en cápsulas de proteínas que necesitan entrar a una célula para poder reproducirse (y no son afectados por los antibióticos, por lo que tomarlos cuando se padece catarro o gripe es inútil).

Aunque tanto bacterias como virus existen en la naturaleza como parte de ecosistemas complejos, donde cumplen distintas funciones –sin los millones de bacterias que viven en nuestro intestino no podríamos sobrevivir, por ejemplo–, ciertamente la meta única de los virus pareciera ser reproducirse a cualquier costo. Incluso al de matar a los organismos que los hospedan. Son verdaderos parásitos moleculares.

Sin embargo, una especie de virus que fuera terriblemente eficaz para infectar y matar a todas las células que parasita rápidamente desaparecería de la faz de la biósfera. Los virus son extremadamente específicos: normalmente sólo infectan a una especie, o a unas pocas especies relacionadas. Si matan a todos los ejemplares de éstas, cometerían suicidio, pues no tendrían manera de seguirse reproduciendo.

Probablemente debido a eso, la evolución se ha encargado de dotarlos de un mecanismo para evitar este auto-genocidio: la lisogenia. Descubierta originalmente en los virus que infectan a bacterias (los llamados “bacteriófagos” o, simplemente, fagos), la lisogenia es una ruta alternativa en el ciclo de vida viral. Normalmente, el virus entra en la bacteria, gracias a que ciertas proteínas de la cubierta del virus son reconocidas por receptores en la membrana de la bacteria, lo que les permite actuar como una llave que entra un su cerradura para abrir las puertas de la célula. A continuación se apodera de su mecanismo de reproducción y fabrica miles o millones de copias de sí mismo, hasta hacer estallar a la bacteria para liberar a su progenie y comenzar de nuevo el ciclo. En cambio, los virus lisogénicos pueden decidir integrar su material genético en el de la bacteria y quedar ahí dormidos, latentes. Hasta que alguna señal los haga despertar de nuevo.

El mecanismo de lisogenia sirve así como un control ecológico y evolutivo para evitar que los virus exterminen a sus células huésped. Muchos virus que infectan a todo tipo de organismos (como protozoarios, hongos, plantas o animales) cuentan también con mecanismos para integrarse a su material genético y permanecer latentes, aunque son bastante más complejos que la lisogenia de los bacteriófagos. Hace dos semanas hablábamos aquí, por ejemplo, de cómo el VIH permanece latente en el núcleo de las células de las personas infectadas, obligándolas a tomar de por vida sus tratamientos antirretrovirales.

Sin embargo, los mecanismos específicos que hacen que un virus elija la ruta agresiva (o “lisis”) o bien prefiera permanecer agazapado para atacar más tarde (lisogenia) todavía no son bien conocidos.

Pues bien: el pasado 26 de enero la revista científica Nature publicó los resultados de un estudio de dos años y medio realizado por un equipo de 12 científicos israelíes encabezados por Rotem Sorek, del Instituto Weizmann, donde revelan por primera vez la existencia de un mecanismo de comunicación que permite a los virus llamados phi3T, que infectan a la bacteria Bacillus subtilis, decidir si optan por la vía de la lisis (destruir las células) o la lisogenia (permanecer ocultos).

El sistema arbitrium
El sistema, que el equipo de Sorek denominó “arbitrium” (palabra latina que significa “decisión”) es relativamente sencillo: cuando los virus infectan a sus víctimas bacterianas, liberan una pequeña molécula de proteína formada por sólo seis aminoácidos (técnicamente, un “péptido”). Si demasiadas bacterias están siendo destruidas por los virus, la proteína arbitrium se acumula en el medio circundante, y cuando los virus la detectan, dejan de producir la lisis para entrar en lisogenia. Así, la población de bacterias, en vez de ser diezmada hasta desaparecer, puede sobrevivir para volver a reproducirse… hasta que los virus detecten que ya no hay proteína arbitrium y vuelvan a activarse.

Este mecanismo (que en realidad es un poco más complejo: involucra otras dos proteínas, una que actúa como detector de la proteína arbitrium dentro de las células infectadas, y otra que controla la activación de los genes que producen la lisogenia) es semejante al llamado “detección de quórum” (quorum sensing), que se presenta en muchas bacterias y que les permite saber cuándo hay una población suficiente de sus congéneres como para cooperar y producir ciertas proteínas que les permitan, por ejemplo, colonizar cierto territorio formando biofilmes (un caso conocido es la placa dental, pero también ocurre en muchos ecosistemas). Si no hay bacterias suficientes, intentar la cooperación es un desperdicio. Y como las bacterias no tienen ojos ni oídos, y mucho menos cerebro, el mecanismo de identificación de moléculas liberadas al ambiente, que es la base de la detección de quórum, les permite actuar “inteligentemente”, incluso sin tener inteligencia en el sentido humano.

¿Puede decirse que los virus también actúan inteligentemente al comunicarse entre sí para “decidir” si entran o no en fase lisogénica? La respuesta es más un problema semántico que científico. Pero, como dicen Sorek y sus colegas, que consideran su descubrimiento como un avance importante, si hallamos mecanismos similares al de arbitrium en otras especies de virus, incluso los que infectan al ser humano (Sorek y los suyos ya detectaron sistemas similares en otros 100 virus que infectan a Bacillus), podríamos aprender a interferir con ellos y controlarlos. Se podría así lograr que estos virus dormidos jamás despertaran.

La inteligencia no es sólo una facultad humana. Es una variedad de estrategias, en distintos niveles de complejidad, que en el fondo tiene una única finalidad: favorecer la supervivencia. Los virus nos están demostrando que son más inteligentes de lo que pensábamos. Quizá nuestra inteligencia humana nos permita aprovechar este descubrimiento para nuestro beneficio.

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