miércoles, 25 de junio de 2014

Opiniones, mentiras y debates

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de junio  de 2014

La convivencia humana implica discusión. Y la discusión –entendida en su sentido legítimo de “intercambio de argumentos sobre un tema”, no el de “pelea”, como muchos tendemos a entenderla– es también una forma de razonamiento. Pero para que sea fructífera y no degenere, precisamente, en pelea, hay que distinguir los distintos tipos de temas sobre los que se puede discutir, y la manera, a veces tramposa, en que se discute sobre ellos.

Sin duda la discusión del momento es la que se ha dado sobre la palabra “puto”, empleada como insulto masivo contra jugadores del equipo contrario en los juegos de la Selección Mexicana en el Mundial de Futbol de Brasil (la putidiscusión, pues).

Las opiniones son encontradas: desde quien piensa que todo es una exageración ante una inofensiva y juguetona palabra que siempre se ha empleado, hasta quienes la consideramos un indeseable insulto de raíz indudablemente homofóbica que sólo expresa una agresión y una violencia que sería mejor combatir (sin que eso implique, aclaro y aclaramos todos los que hemos opinado de forma similar en las páginas de Milenio Diario, que estemos de acuerdo con la actuación y las decisiones de la FIFA).

Otra discusión acalorada, aunque menos pública, es la que se da entre quienes defendemos la vacunación infantil como medida de prevención de una variedad de enfermedades, y como una de las medidas terapéuticas con mayor éxito en la historia de la medicina mundial, y quienes, influidos por la desinformación seudocientífica que por desgracia circula ampliamente en internet, están convencidos de que las vacunas son inútiles o incluso dañinas, que causan autismo, que son “antinaturales” y otras tonterías, y por ello se niegan a vacunar a sus hijos, sin darse cuenta de que al hacerlo ponen en riesgo no sólo su salud, sino la de quienes los rodean y de toda la comunidad.

Una tercera discusión, larga y acalorada, es la que se ha dado en nuestro país sobre la siembra de maíz transgénico. Nuevamente, hay opiniones encontradas, datos confusos, acusaciones, y los expertos científicos de mayor prestigio no logran ponerse de acuerdo; más bien están muy polarizados.

Las tres son eso: discusiones. Y como tales, habrá que respetar a quien piense diferente, so pena de caer en una intolerancia dictatorial. Pero las tres tienen sus diferencias. En el caso de “puto”, se trata de meras opiniones. Algunas nos parecerán más convincentes que otras. No hay manera de demostrar científicamente, o de medir de manera objetiva e incontrovertible, que la palabra es un insulto que debe ser desterrado de los estadios, o bien un simple vocablo inofensivo. Podemos llegar a acuerdo sociales, pero nada más.

En cambio, en el debate sobre la vacunación no todas las opiniones tienen el mismo valor: se cuenta con datos confirmados, confiables e incontrovertibles de que las vacunas son seguras, eficaces y necesarias para el bienestar público. Un reciente estudio publicado en la revista médica Pediatrics (9 de junio) describe cómo se logró rastrear el origen de un brote epidémico de sarampión en 2011 en Minnesota, Estados Unidos, a un niño de origen somalí que no había sido vacunado y se infectó en un viaje a Kenia. A partir de él hubo 21 casos reportados de sarampión (aunque se calcula que unas 3 mil personas habrán estado expuestas al contagio, directa o indirectamente). De esos 21, 16 carecían de vacuna, 7 de ellos debido a que los padres desconfiaban de ella. Mas allá de toda discusión, no hay duda: dejar de vacunar a los niños es una irresponsabilidad.

Finalmente, el caso de los transgénicos es un ejemplo ideal de discusión en la que no bastan las opiniones: se necesita información científica confiable. Pero como aún no contamos con ella, se trata de un debate abierto. En este caso, quienes favorecen una postura pueden llegar a presentar datos imprecisos, sesgados o falsos. Algo así sucedió el pasado lunes en un suplemento sobre el tema publicado en el diario La Jornada, en el que se mencionan inexactitudes graves como que el consumo de maíz transgénico puede tener “impactos en la salud” como “ocasionar alergias o toxicidad”, “aparición de resistencia a antibióticos” o que las plantas “pueden producir nuevas toxinas”, además de dar como un hecho la existencia de plantas con la tecnología “terminator”, que producen semillas estériles, cuando ésta nunca fue aplicada fuera del laboratorio.

En fin, que si bien en algunas discusiones se puede defender cualquier opinión, en otras existe ya la información rigurosa que permite zanjarla. Pero si no existe, ¡no se vale inventarla!

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miércoles, 18 de junio de 2014

Matar al bello durmiente

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de junio  de 2014

Las cosas no siempre son lo que parecen, como lo demuestra la revisión del clásico cuento de la Bella Du
rmiente en la película Maléfica, protagonizada por Angelina Jolie. Después de todo, resulta que quizá la malvada bruja no era tan malvada como nos contaron.

La ciencia tiene el hábito de dar ese tipo de sorpresas: de revelar cosas inesperadas, contrarias al sentido común (de ahí su valor: si confiáramos más en el sentido común que en el riguroso cuestionamiento que forma parte del modo científico de pensar, hay muchos descubrimientos que nunca haríamos).

Pensemos en el VIH (virus de la inmunodeficiencia humana). Durante dos décadas la infección con este virus fue considerada una condena a muerte, pues aun con los tratamientos para contenerlo, muchos pacientes terminaban falleciendo después de un tiempo.

La llegada de los “cocteles” antirretrovirales (más precisamente llamados “terapias antirretrovirales altamente activas”, o HAART, por sus siglas en inglés) cambió completamente el panorama. Se basan en una idea darwiniana: al aplicar simultáneamente al paciente un tratamiento con al menos tres fármacos antirretrovirales, se hace muchísimo menos probable que el virus mute para volverse resistente a todos ellos (pues la probabilidad de que desarrolle al azar justamente las tres mutaciones necesarias es mucho menor que la de desarrollar sólo una de ellas).

Como resultado de esto, hoy ya nadie tiene por qué morir de sida en países como el nuestro, donde el tratamiento está disponible de manera gratuita para básicamente todo ciudadano que lo necesite. Hoy, sin duda, lo mejor que le puede suceder a una persona infectada es enterarse de que lo está, para poder iniciar el tratamiento que le permitirá sobrevivir con salud prácticamente por su lapso natural de vida.

Sin embargo, la infección por VIH sigue siendo incurable. En gran parte porque el VIH, como todos los retrovirus, tiene la capacidad de insertar sus genes dentro de los nuestros. El genoma viral queda ahí, escondido dentro de los cromosomas de nuestras células, de las que puede resurgir en cualquier momento. Esto –que también explica el largo periodo de latencia que normalmente se presenta después de la infección, que puede ir de tres a más de 20 años sin que se presenten los síntomas del sida– hace que eliminarlo sea hasta ahora imposible.

Pues bien: ¿qué pensaría usted si estuviera infectado de VIH y le propusieran administrarle un fármaco para “despertar” a esos virus durmientes y hacer que salgan de sus escondites? A primera vista parece una pésima idea: los síntomas deberían empeorar.

Pero resulta que es justo al contrario: durante años, en la búsqueda de una cura para el VIH/sida, se ha intentado hallar tratamientos que saquen a este bello durmiente de su sueño. Porque, al hacerlo salir de las células en que se refugia, se lo podría eliminar con tratamiento antirretroviral.

La reactivación de los virus normalmente ocurre de manera azarosa. Para tratar de forzarla, se han usado compuestos que lo “despiertan” (técnicamente, que activan su transcripción), pero no se ha logrado que lo hagan de manera eficaz.

En un artículo publicado en el número del 5 de junio de la revista Science, un grupo de investigadores comandado por Leor Weinberger, de la Universidad de California en San Francisco, exploró una biblioteca de 1,600 compuestos químicos y halló 85 de ellos que logran aumentar la variabilidad (“ruido”) en la reactivación de los virus (con pruebas en células en cultivo, no en humanos), y que al ser combinados con fármacos reactivadores del virus (activadores de la transcripción), aumentan su efectividad.

De modo que, contra lo que uno pudiera creer, despertar al terrible virus durmiente pudiera ser la clave para acabar con él. Quizá en un futuro este tipo de terapia ayude a lograr la deseada cura.

No: las cosas no siempre son lo que parecen. Ni las brujas.

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miércoles, 11 de junio de 2014

Tergiversar la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de junio  de 2014

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.

Ésta comienza con el resumen en los artículos especializados, en el que el descubrimiento reportado se reduce a un párrafo, pasando por los “artículos de revisión”, también especializados, en que un hallazgo se reduce a un renglón, hasta llegar a los libros de texto, donde se habla ya no de un descubrimiento específico, sino sólo del conocimiento general sobre el campo de estudio en cuestión, resumido todo quizá en una frase. Finalmente, los conceptos llegan hasta las revistas y medios para el gran público: la divulgación científica propiamente dicha.

Aunque no coincido del todo con su descripción –son más variadas y complejas las vías que llevan de la investigación a la divulgación–, Cereijido resalta acertadamente que esta “divulgación” progresiva va omitiendo más y más detalles técnicos, y “ganando” al mismo tiempo “en claridad y hermosura” (pues la ciencia, en su versión más precisa, que es la más técnica, sólo puede ser entendida por los pocos especialistas en la materia, y básicamente por nadie más: tal es el precio que pagan los investigadores de cada área por utilizar sus respectivos lenguajes técnicos, de extrema abstracción, precisión y densidad informativa, que facilitan y aceleran enormemente la comunicación con sus colegas).

En otras palabras, la divulgación científica transforma, al recrearlo, el contenido científico, generando una versión del mismo que es más atractiva y accesible para públicos amplios, pero que en el proceso pierde, inevitablemente, exactitud y precisión (algo, dicho sea de paso, que ocurre en todo proceso de traducción).

Es por ello que una de las discusiones más antiguas e interminables en el campo de la comunicación pública de la ciencia –incluyendo al periodismo científico– es el constante reclamo de los expertos investigadores que denuncian que los periodistas y divulgadores “tergiversamos” su ciencia. Los expertos nos exigen una cantidad de detalles que, ciertamente, garantizarían que nuestros textos fueran científicamente muy rigurosos, pero que los harían ilegibles para el público al que nos dirigimos.

Los comunicadores, por nuestra parte, nos defendemos con denuedo, poniendo por delante la claridad y argumentando que “no es lo mismo rigor científico que rigor mortis
”. Pero no se puede negar que hay veces que ocurren errores absurdos que son completamente indefendibles.

Hace unos días un lector me señaló uno de ellos: la noticia, que ha circulado ampliamente en internet y en varios medios impresos, de que “la vacuna contra el sarampión puede curar el cáncer”.

Las diversas notas que hablan del tema afirman que un grupo de investigadores de la Clínica Mayo, en Estados Unidos, encabezados por el doctor Stephen Russell, aplicaron un tratamiento experimental a la paciente Stacy Erholtz, de 49 años, que sufría de leucemia terminal incurable: “le inyectaron en la sangre una vacuna contra el sarampión en una dosis lo suficientemente fuerte como para inocular a 10 millones de personas”. El resultado fue que al poco tiempo, el cáncer desapareció: “se volvió indetectable”.

A partir de esto, ha cundido como pólvora la idea de que el cáncer es ya curable, y al mismo tiempo la duda sobre qué tan seguro podrá ser este tratamiento.

Sin embargo, se trata sólo de un caso extremo de deformación y degradación de la información científica debido a una “cascada divulgatoria” acelerada y defectuosa. En los textos publicados en diversos medios se omitieron detalles esenciales que cambian completamente las implicaciones de la noticia.

En primer lugar, el tratamiento aplicado a Erholtz consiste en un virus de sarampión modificado genéticamente para atacar únicamente a las células cancerosas (se le conoce como “terapia con virus oncolíticos”). Efectivamente, se basaron en un virus atenuado que se usa en vacunas; pero no se usó la vacuna misma.

Evolución de las dos
pacientes tratadas
En segundo lugar, el experimento se realizó con dos pacientes: la segunda, a diferencia de Erholtz, no sólo no mejoró, sino que pareció empeorar (aunque sigue viva).

En resumen, no se trata de una cura milagrosa ni de un éxito rotundo. Y no se usó la vacuna del sarampión. Se trata de un resultado interesante y estimulante para seguir investigando una vía experimental prometedora de terapia contra ciertos tipos de cáncer, que quizá, con mucha suerte y mucho trabajo, en una o dos décadas pudiera llegar a tener aplicaciones clínicas.

Definitivamente, comunicar la ciencia requiere rigor y una comprensión de la ciencia involucrada. De otro modo, la “cascada divulgativa” de Cereijido puede convertirse, como muchos investigadores temen, en una verdadera corrupción de la ciencia, que sólo desinforma. Una cascada contaminada.

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miércoles, 4 de junio de 2014

Sexo, género y diversidad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de junio  de 2014

El cerebro humano tiene una tendencia innata a ver las cosas en blanco y negro. Cuesta trabajo superar esa primera impresión, mediante un análisis más cuidadoso, para percibir la realidad como una gama de grises entre esos dos extremos… o incluso como todo un surtido de colores posibles.

Por eso, cuando en la más reciente edición del Festival de Canto Eurovisión la triunfadora fue la hoy famosa Conchita Wurst, el público y los medios de comunicación se sintieron confundidos. ¿Era una “mujer barbuda”, como la definieron los periódicos? ¿Un hombre travestido? La imagen de Conchita perturbó la clásica dicotomía hombre/mujer que normalmente damos por sentada.

En realidad Conchita es un personaje creado por un artista, el austriaco Thomas Neuwirth, de 25 años. Neuwirth es hombre, pero ¿y Conchita, su álter ego? No es un hombre queriendo parecer mujer: la barba lo desmiente (en su vida diaria, paradójicamente, Neuwirth no la usa). Pero tampoco es, evidentemente, una mujer.

Mucha gente cree que, ante casos que desafían los roles sexuales tradicionales, basta con agregar lo que algunos definen, con muy poco acierto, como “el tercer sexo”: los homosexuales. Y sí: añadir esa categoría, y la adicional de los bisexuales, que se encontrarían a la mitad en la escala de grises entre hetero y homosexualidad, parecería a primera vista resolver el problema.

Pero, aunque Neuwirth es gay, Conchita es otra cosa. Su existencia es un intento valiente de mostrar que no todas las personas caben en categorías preestablecidas. (Desgraciadamente, no han tardado en surgir las manifestaciones de repudio y hasta odio en países como Rusia, donde la homofobia y el rechazo a la diversidad parecen ser la moda, como si quisieran regresar al siglo XVIII).

Otro caso reciente es el del pequeño Ryland Whittington, de San Diego, California, hoy de seis años y que nació siendo niña, pero que desde que comenzó a hablar afirmó ser “un niño”. Sus padres han aceptado la identidad de su hijo, y gracias a un video publicado recientemente en internet se han convertido en ejemplo del respeto a la diversidad de género. Ryland es entonces un niño transgénero, no “una niña”, como erróneamente se publicó en muchos medios.

Quizá el problema es que en estas discusiones se confunden varias categorías. La más evidente, y a la que tendemos a reducir todo, es el sexo biológico: hay machos y hembras. Y creemos que todo individuo tiene que caber en una de estas categorías. Pero existen también los hermafroditas: individuos que, por diversas razones (genéticas, cromosómicas, hormonales, etc.) poseen órganos sexuales y caracteres sexuales secundarios intermedios entre ambos sexos. La cantidad de individuos intersexuales es más alta de lo que se cree (hasta 1% de la población), y abarca toda una gama de posibilidades entre los dos extremos.

Otra dimensión es la orientación sexual: hacia quién se siente uno atraído: existen así homosexuales, bisexuales, heterosexuales y todas las posibilidades intermedias (incluyendo a los que se definen como “asexuales”, aunque esto confunde todavía más las cosas).

Y una más es la identidad de género: con cuál genero nos identificamos –masculino, femenino, andrógino y sus grados intermedios– y cómo lo expresamos en nuestra imagen externa y nuestro comportamiento. Hay homosexuales afeminados y otros varoniles, igual que los hay heterosexuales, sean hombres o mujeres. Y hay, por ejemplo, varones heterosexuales que se asumen como hombres pero que gustan de travestirse.

Tom Neuwirth es gay, pero Conchita no ha hecho pública su orientación sexual. Y el pequeño Ryland, en caso de que le gustara el sexo opuesto al que él ha asumido, tendría que ser definido como heterosexual.

La pareja formada por los argentinos Alexis Taborda y Karen Burselario, que ha saltado a la fama por ser ambos transgénero (él nació como mujer, y ella como hombre) y porque él está embarazado y dará a luz al hijo de ambos (pues no se han operado para cambiar sus sexos biológicos; es por eso que el término “transexual” sería inadecuado para describirlos), termina de mostrar que hoy día, gracias por un lado al reconocimiento de la diversidad sexogenérica y los derechos de la población LGBTTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, transexuales e intersexuales), junto con los avances científicos, médicos, sociales y jurídicos que permiten una gran fluidez en
las identidades, hacen que hoy los conceptos clásicos de hombre y mujer resulten ya limitados e insuficientes. Al menos para una parte minoritaria, pero no por ello menos importante, de la población.

No hay duda: aunque existen el blanco y el negro, quien así lo desee (o lo necesite) dispone hoy de toda la gama del arcoíris para construir su propia identidad. Y los demás debemos respetarla.

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miércoles, 28 de mayo de 2014

Divide y vencerás…

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 28 de mayo  de 2014

Biofilm bacteriano
(microscopio electrónico
de barrido)
Siempre nos ha presentado a las bacterias, esos seres unicelulares relativamente simples –aunque son mucho más antiguos y versátiles que las plantas y animales– como si fueran nuestras enemigas.

En realidad esto es, en gran medida falso: los humanos, por ejemplo, no sólo dependemos de los trillones de células bacterianas que habitan en nuestro intestino –diez veces más numerosas que la totalidad de células humanas de nuestro cuerpo– para poder digerir los alimentos, para obtener vitaminas esenciales y para que nuestro sistema inmunitario madure correctamente, sino que nuestras propias células son descendientes de ancestros bacterianos que, simbiosis de por medio, aprendieron a unirse y formar sistemas cada vez más complejos. (Y eso sin mencionar las muchos e indispensables funciones ecológicas que los procariontes –la clase de organismos sin membrana nuclear a la que pertenecen las bacterias– cumplen en el planeta: descomponer la materia orgánica, producir oxígeno en el mar, los ciclos del carbono y el nitrógeno, y muchas más…)

Quizá su mala fama se debe a que las primeras bacterias que se estudiaron con detalle son las patógenas: las que causan enfermedades. Y en efecto: la guerra entre humanos y bacterias infecciosas ha sido siempre cruenta y, hasta el descubrimiento de los antibióticos –los tratamientos médicos más efectivos de la historia– con frecuencia era mortal.

Las cosas cambiaron con el descubrimiento de las sulfas, la penicilina y muchos antibióticos posteriores. Pero los seres vivos evolucionan, y las bacterias, al ser unicelulares y multiplicarse por clonación (simplemente dividiéndose en dos), se reproducen mucho más rápidamente que los humanos, y eso hace que también evolucionen mucho más velozmente que ellos… e incluso que su arsenal terapéutico.

Hoy día enfrentamos una crisis médica, pues han surgido infinidad de bacterias que han desarrollado resistencia a muchos antibióticos. Y algunas pocas resisten a prácticamente todos los antibióticos conocidos. Si esto sigue así, las infecciones bacterianas podrían volver a ser el azote que fueron durante siglos. Por eso, cualquier investigación que sugiera nuevas armas en esta guerra resulta interesante.

Y eso es precisamente lo que descubrió un equipo de investigación comandado por Robert Hancock, de la Universidad de la Columbia Británica, en Vancouver, Canadá.

Sitios donde se presentan
infecciones por biofilmes
Su logro se basa en el descubrimiento, relativamente reciente, de que muchas veces las bacterias logran grandes cosas no como individuos, sino como grupo: aparte de nadar libremente en medios líquidos, son capaces de unirse y formar capas viscosas llamadas biofilmes sobre superficies sólidas, como rocas, suelo, plantas, pero también dientes (la famosa placa dental, que favorece la caries), huesos y tejidos blandos del cuerpo (además de, por supuesto, en máquinas, tanques y tuberías). De hecho, un 65 por cierto de las infecciones humanas son causadas por bacterias que forman biofilmes (entre ellas, infecciones urinarias, cardiacas, del oído y garganta, piel, sinusitis, así como en prótesis, sondas y lentes de contacto).

Para lograrlo, las bacterias usan un mecanismo de señalización conocido como detección de quórum (del cual hemos hablado alguna vez en este espacio), que les permite, mediante unas pequeñas señales químicas, percibir si hay suficientes congéneres para formar un biofilme. Entonces comienzan a secretar una serie de moléculas (polisacáridos, principalmente) que forman la capa viscosa. Ésta les permite fijarse y las protege de los antibióticos, haciendo que resulte tan difícil combatir este tipo de infecciones.

Por es importante y esperanzador que Hancock y su equipo hayan descubierto un péptido (una pequeña proteína) que interfiere con el mecanismo de señales que les permite a una amplia variedad de bacterias formar biofilmes. Su investigación, publicada en la revista PLoS Pathogens, es de tipo básico (se concentran en confirmar que el péptido llamado “1018”, bloquea la señal bacteriana –conocida como “(p)ppGpp”; los bioquímicos modernos no suelen ser muy creativos para poner nombres– en bacterias como Pseudomonas aeruginosa, Escherichia coli, Acinetobacter baumannii, Klebsiella pneumoniae, Staphylococcus aureus, Salmonella Typhimurium y Burkholderia cenocepacia, que causan una variedad de infecciones en humanos, e impide así que fabriquen biofilmes, o si éstos ya existen, hace que se desbaraten y las bacterias en ellos mueran).

Pero el descubrimiento abre al mismo tiempo una nueva línea de ataque contra nuestras viejas enemigas. Con suerte y mucho trabajo, si se desarrollan nuevos medicamentos a partir de él, podremos mantener, al dividir al enemigo, un poco más la ventaja en esta interminable guerra en que cada bando intenta neutralizar el armamento de su oponente.

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miércoles, 21 de mayo de 2014

¡El sexo sí importa!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de mayo  de 2014

Contrariamente a lo que se piensa, la característica más poderosa del método científico no es casi nunca equivocarse, sino reconocer cuando lo hace, lo que le permite corregir sus errores.

Un caso reciente lo demuestra: en un artículo publicado el 28 de abril pasado en edición digital de la revista Nature Methods, Robert Sorge y un equipo de investigadores del equipo comandado por Jeffrey Mogil, de la Universidad McGill, de Montreal, Canadá, plantea un descubrimiento que muy probablemente cambiará drásticamente la manera en que se hace la investigación biomédica en todo el mundo.

El artículo se titula “La exposición olfatoria a machos, incluyendo hombres, causa estrés y analgesia relacionada con éste en roedores”.

¿Qué quiere decir esto? Vayamos por partes. En primer lugar, como se deduce del título, es bien sabido que la respuesta de estrés en mamíferos tiene, entre otros efectos, el de reducir la sensibilidad al dolor (analgesia; es por eso que muchas veces las personas heridas en un accidente o en batalla pueden no sentir hasta después el dolor de sus heridas, y tener comportamientos que calificamos de “heroicos”).

Este fenómeno se debe en gran parte a que el mamífero percibe el olor de ciertas sustancias (feromonas) que producimos los machos de todas las especies de mamífero (en especial, en humanos, en nuestras axilas), y que tienen funciones relacionadas con la agresión y la reproducción. En particular, es lógico que el percibir las hormonas de un macho cercano, incluso de una especie distinta, cause estrés en un mamífero, pues se puede tratar de un competidor o un depredador (en mamíferos, los machos suelen ser más agresivos que las hembras, aunque hay excepciones). El efecto analgésico del dolor permitiría, además de no demostrar debilidad ante el posible agresor, combatir o huir de él.

Pues bien: los estudiantes de Mogil descubrieron que en experimentos en los que se inyectaba una sustancia que causaba dolor en las patas de ratas y ratones, los resultados parecían variar dependiendo de la presencia de los experimentadores humanos. (De hecho, Mogil y otros en todo el mundo ya estaban sospechando que la simple presencia de experimentadores al
tera la respuesta de los animales experimentales en pruebas preclínicas.) Al analizar con más cuidado los datos, decidieron separarlos según el sexo de los investigadores. El resultado fue sorprendente: ¡los roedores parecían sentir un 36% menos de dolor en presencia de hombres que de mujeres! (medido según una “escala de muecas de dolor” bastante confiable, desarrollada y validada por el mismo equipo de investigadores).

Mogil y su equipo confirmaron que el efecto se presentaba también al dejar junto a los roedores camisetas sucias de estudiantes hombres y mujeres. Definitivamente, las feromonas masculinas alteran la respuesta al dolor de ratas y ratones (el efecto es ligeramente mayor en roedores hembras).

¿Significa eso que habrá que repetir todos los experimentos que se han realizado con ratas y ratones? No necesariamente, pero sí habrá que reanalizar los resultados de algunos, y definitivamente habrá que cambiar la manera como se realizan los estudios en el futuro. Mogil sugiere que el efecto puede anularse simplemente con que el investigador varón permanezca cerca de los animales durante un rato antes de comenzar el experimento, pues la respuesta al estrés disminuye después de un tiempo relativamente breve.

Pero el efecto del sexo en ciencia va más allá: se ha descubierto también que el sexo de los animales, e incluso el de las células in vitro con las que se experimenta, puede influir en los resultados. Algo que nunca se había considerado: normalmente ese dato no se reportaba, y la gran mayoría de los experimentos solían hacerse usando machos (entre otras cosas, para evitar posibles complicaciones debidas al ciclo menstrual de las hembras) o células derivadas de éstos. Lo mismo ocurría con muchas pruebas clínicas en humanos, a pesar de que cada vez es más claro que muchos tratamientos afectan de forma distinta a mujeres y a hombres.

En vista de todo esto, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los Estados Unidos están proponiendo desde ya cambios drásticos: además de requerir que se equilibre el uso de animales hembras y machos en los protocolos experimentales, se exhorta a que los artículos reporten el sexo de los experimentadores, y que el diseño de los experimentos tome en cuenta el efecto del estrés olfatorio causado por investigadores varones. Incluso, los NIH planean ofrecer por un tiempo becas complementarias para investigaciones en curso, con el propósito de permitir que se realicen experimentos adicionales con animales del sexo opuesto al de los que se estaban usando, para corregir el recién descubierto sesgo.

¿Quién hubiera pensado que el sexo del investigador pudiera afectar un resultado? ¿Cómo sabemos que no influyen también el clima, el tipo de ropa que se usa o el color de las paredes del laboratorio (para usar ejemplos típicos mencionados en los libros introductorios de filosofía de la ciencia)? El caso de los roedores muestra una vez más que, lejos de observar imparcialmente la realidad y a continuación formular hipótesis para explicarla, los científicos suelen traer ya de antemano una cantidad de suposiciones previas que aplican desde antes de comenzar a recopilar datos (en este caso, qué variables son relevantes y cuáles no para un experimento dado).

Mi colega Javier Flores, en La Jornada, describía ayer martes lo que está ocurriendo como una revolución en la biomedicina (del tipo de las que tan bien describió el filósofo e historiador Thomas Kuhn en su clásico La estructura de las revoluciones científicas). Yo añado que, una vez más, queda claro que en ciencia no estudiamos la realidad objetivamente, sino sólo una parte de ésta que seleccionamos, a nuestro pesar, en gran parte arbitrariamente.

Por eso es tan importante la capacidad de la ciencia para ir corrigiendo sus propios sesgos y errores. Es gracias a ella que la ciencia sigue siendo, sin duda, la herramienta más poderosa con que contamos para estudiar esa realidad y obtener conocimiento confiable sobre ella; conocimiento que siempre puede, no obstante, ser mejorado.

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miércoles, 14 de mayo de 2014

Divulgadores globales

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de mayo  de 2014

Los viajes ilustran. Mi reciente asistencia a la 13a Conferencia Internacional sobre Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología, organizada por la Red PCST (Public Communication of Science and Technology) del 5 al 8 de mayo en Salvador de Bahía, Brasil, me lo confirma.

Quizá parezca raro un congreso internacional de comunicadores de la ciencia. ¡Somos tan pocos en México! Y aun a nivel internacional, sólo unos pocos nombres, como Carl Sagan, Neil DeGrasse Tyson, Richard Dawkins (¡y Beakman!) son realmente famosos.

Pero la verdad es que la divulgación científica, el periodismo científico, el fomento de la apropiación social de la ciencia y otras variantes de lo que se engloba bajo el concepto PCST son actividades tan necesarias y relevantes en cualquier sociedad moderna que la cantidad de comunicadores profesionales de la ciencia en todo el mundo está creciendo (sobre todo en países en vías de desarrollo, porque los desarrollados ya tienen bastantes; basta con ver el tamaño de sus asociaciones de periodistas científicos, museos de ciencia y “science writers”).

Incluso en nuestro país, la relativamente pequeña comunidad de divulgadores científicos va en aumento; se van formando más periodistas capacitados para manejar la fuente científica (aunque muchos, muchos menos de los que serían necesarios), y los institutos de investigación científica poco a poco van abriendo oficinas de prensa dedicadas a divulgar la investigación que ahí se realiza.

Pelourinho, el centro histórico
de Salvador de Bahía
(foto: Martín Bonfil)
De entre el barullo de todo lo que compartimos y discutimos los ¡507 expertos de 49 países! que asistimos a la reunión de Bahía (la delegación mexicana –incluyendo a siete miembros de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde laboro– fue, por cierto, la segunda más numerosa, después de la brasileira, y superando a la británica), pude sacar algunas conclusiones:

Uno, que nuestra actividad ha crecido y se ha diversificado a tal nivel que hablar de “comunicación” de la ciencia y la tecnología es ya insuficiente. Más allá de paradigma tradicional del divulgador que explica la ciencia a los no iniciados, o del mero fomento de la cultura científica de la población, el panorama hoy incluye actividades que buscan más bien el diálogo y la discusión de los conceptos, valores y aplicaciones de la ciencia y la tecnología. Y aún más, llegar a la acción: la apropiación de estos temas por los ciudadanos y su participación activa en ellos (desde su participación en la investigación científica misma, como ocurre en los proyectos de “ciencia ciudadana”, hasta su intervención en la forma como se aplica en la práctica la ciencia y la tecnología en su comunidad, y en las decisiones que se toman respecto a ellas).

Salud, transgénicos, tecnología atómica, exploración espacial, cuidado del ambiente, producción agrícola y pesquera… En éstos y muchos temas más urge que el ciudadano se involucre, junto con científicos, comunicadores, políticos e industriales para garantizar el mejor uso de los recursos científicos y técnicos para beneficio de la sociedad.

En segundo lugar, me quedó claro que la gran diversidad de enfoques, estilos, temas y métodos que usamos quienes nos dedicamos a la PCST hace necesario aceptar que ya no podremos ponernos todos de acuerdo; no habrá un modelo único que describa nuestra labor. Tendremos que aprender a convivir, como colegas, en la diversidad y la tolerancia. No todos buscamos lo mismo ni de la misma manera. Pero todos vamos en la misma dirección: poner la ciencia en manos de los ciudadanos (a los que hoy consideramos como tales, ya no como simples “públicos”).

Hubo muchas más cosas que aprendí y conocí y compartí (la gran cantidad de investigación sobre el tema que se está haciendo en todo el mundo, incluyendo a México, por ejemplo; en la reunión se acordó crear una red de estudiantes de posgrado en comunicación de la ciencia), pero el espacio me obliga a dejarlo aquí. Concluyo confirmando que para lograr una comunicación pública de la ciencia más profesional, eficaz y mejor fundamentada, no hay como seguir fomentando su desarrollo académico. Reuniones como ésta son un medio para hacerlo.

[ Nota: Si quiere usted conocer más de lo que se vivió en la Reunión PCST 2014, puede consultar el blog oficial del evento: http://softwarelivre.org/pcstbr/blog]

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miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Qué nos hace machos?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de mayo  de 2014

No: no me refiero a esos comportamientos ofensivos y discriminatorios que muchos mexicanos todavía asociamos con la “hombría”, sino a las características biológicas –genéticas, de hecho– que distinguen a los machos y las hembras de una especie.

Vayamos de lo muy sabido a los poco conocido. Para comenzar, son las hembras las que cargan con la mayor parte de la carga reproductiva, al menos en la mayoría de los mamíferos: además de aportar un óvulo, con la mitad de la información genética del futuro bebé, tienen que gestarlo en su interior, darlo a luz y criarlo dándole de mamar. El macho sólo necesita, estrictamente, aportar un espermatozoide que lleva la otra mitad de los genes.

Pero es a nivel genético donde están las verdaderas diferencias. Más específicamente, en los cromosomas: esas madejas de ADN enrollado sobre proteínas que se hallan en el núcleo celular (cuando la célula se va a dividir; el resto del tiempo el ADN cromosómico tiende a estar desenrollado, formando la cromatina, para permitir que la información genética que contiene sea leída).

Los seres humanos tenemos 23 pares de cromosomas (un juego proviene de la madre, otro del padre). Lo que diferencia a hembras de machos es uno de esos pares en específico: los cromosomas sexuales. Los otros 22 (autosomas) son idénticos en hombres y mujeres, pero las hembras tienen dos cromosomas sexuales X (llamados así por su forma), mientras que los machos tenemos sólo uno, acompañado de un cromosoma Y (que, ya se imaginará usted, tiene la forma de esta letra).

Sí: eso que hace que los machos nos enorgullezcamos de serlo, aquello que garantiza nuestra hombría y que, según el estereotipo ancestral, nos distingue de las débiles y necesitadas mujeres, se halla precisamente en nuestro gallardo cromosoma Y.

Y que tales estereotipos son totalmente infundados es obvio, más allá de argumentos de igualdad, capacidad y derechos humanos de las mujeres, con sólo echar un vistazo a dicho cromosoma: a diferencia del X, un cromosoma hecho y derecho, el Y es poco más que un minúsculo muñón, mutilado, empobrecido y más bien miserable: un cromosoma degenerado.

Acortamiento evolutivo
del cromosoma Y
¿Cómo es esto? A pesar de que el genoma humano se descifró desde el 2000 –¡hace casi 15 años!–, el cromosoma Y humano, y de otros animales, ha sido especialmente difícil de analizar debido a que, a pesar de su pequeño tamaño, contiene una gran cantidad de repeticiones que confunden y dificultan su lectura. Pero estudios recientes han permitido comenzar a descifrar la evolución del cromosoma Y. Se descubrió así que originalmente era un cromosoma completo, como el X, pero que a lo largo de millones de años se aisló de su pareja y fue perdiendo más y más genes, hasta conservar casi sólo los que se requieren para determinar que el sexo de un embrión sea masculino (pues la programación “por default” es ser hembra).

Pues bien: el pasado 24 de abril la revista Nature publicó un par de artículos que profundizan en el asunto. Uno, firmado por Daniel Bellot y su equipo, del Instituto of Tecnológico de Massachusetts (MIT), compara los cromosomas Y de siete mamíferos (rata, ratón, toro, mono tití, macaco Rhesus, chimpancé y humano) y un marsupial (el tlacuache o zarigüeya, que como todos los marsupiales, termina de criar a sus pequeños en una bolsa en su vientre) y revela que, luego de la masiva pérdida inicial, unos 36 genes restantes en el cromosoma Y se han mantenido bastante estables en los últimos 78 millones de años.

El otro artículo, del biólogo mexicano Diego Cortez –egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM y actualmente en la Universidad de Lausana, Suiza– y sus colaboradores, describe el uso de una técnica novedosa para estudiar los cromosomas Y de 10 mamíferos, un monotrema (el ornitorrinco, que tiene cinco cromosomas sexuales X y cinco Y) y un ave (la gallina, aunque en aves el cromosoma masculino se llama W). Identificaron así 134 genes conservados –el doble de los conocidos hasta ahora– y descubrieron que los cromosomas Y de mamíferos con placenta, monotremas y aves se originaron independientemente.

El cromosoma Y no es para nada tan espectacular como le gustaría a los machistas. Pero tampoco es insignificante, y tiene su historia. Y sin él, la especie no se podría reproducir. Es un pobre consuelo, pero algo es algo…

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