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domingo, 16 de septiembre de 2018

Recordando a Luis González de Alba

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
16 de septiembre de 2018

Me hubiera gustado publicar esta columna el 2 de octubre, cuando se cumplirán exactamente dos años de la muerte de Luis González de Alba.

Pero faltan varias semanas para eso, y prefiero hablar hoy del libro dedicado a él, Luis González de Alba, un hombre libre, que coordinó Rogelio Villarreal, quien amablemente me invitó a colaborar con un texto sobre la actividad de Luis como divulgador científico. Como recientemente tuve, además, el honor de participar en la presentación del mismo, junto con Ivabelle Arroyo y Adrián González de Alba Cortés, aprovecho para compartir algunas de las ideas que expuse ese día.

Pero hay otro motivo: “La ciencia por gusto” había ocupado desde la muerte de Luis el espacio dominical del periódico Milenio Diario que correspondiera durante tantos años a su propia columna de divulgación científica, “Se descubrió que…”. Como ésta es la primera entrega que ya no aparecerá en ese diario, creo que dedicarla a González de Alba es un mínimo homenaje a él y al espacio de ciencia que defendió, y que hoy ya no existe en la edición dominical de Milenio.

Una de las paradojas de querer hablar de una persona como Luis González de Alba es que al tratar de definirlo, cualquier intento se queda corto. Incluyendo la frase que encabeza el libro, “un hombre libre“. Por supuesto, Luis lo fue: muchos de los autores coinciden en describirlo como “uno de los hombres más libres que conocieron”. Pero fue también muchas otras cosas. Fue un hombre libre, pero no sólo fue un hombre libre. Fue, sin duda, también un destacado intelectual –aunque ajeno siempre a la élite oficial–, pero no sólo fue un intelectual. Fue uno de los principales líderes del movimiento estudiantil del 68, pero no fue sólo eso; fue comerciante, activista, columnista, hedonista, poeta, novelista, melómano y hasta músico… todas esas cosas y muchas más, pero ninguna lo define. Sólo el conjunto completo –y ni siquiera eso, seguramente– logra darnos una idea del tipo de persona que fue.

De ahí lo oportuno y lo valioso del libro, editado por Tedium Vitae, y que se puede encontrar en buenas librerías y también puede pedir por internet o comprar como e-book. Consta de 42 textos breves escritos por 30 autores, con profesiones diversas: periodistas, escritores, investigadores y divulgadores científicos, activistas, músicos... Está dividido en seis secciones que, por sí mismas, revelan ya el amplio abanico de los intereses y habilidades del homenajeado: “el amigo”, “1968”, “los libros”, “el divulgador de la ciencia”, “el músico” y “Fundasida”. No en balde Villarreal eligió como título de su texto introductorio la frase “Nada humano me es ajeno”.


Al leerlo, lo primero que descubrí es lo poco que yo conocía realimente sobre Luis González de Alba. Yo creía conocerlo, sobre todo porque, además de sus libros y su trayectoria, traté de leer todo lo que publicó a su muerte. Pero leyendo este libro me di cuenta de que el universo González de Alba es mucho más amplio de lo que yo siempre había imaginado.

No hay espacio aquí para reseñar las tantísimas anécdotas y facetas de la vida de González de Alba que se relatan en cada uno de los textos. Pero quizá uno de los que más me gustaron fue el escrito por su sobrino Adrián, quizá la persona más cercana a Luis: "Barquitos de papel", un entrañable relato del que agradezco los muchos detalles que nos permiten ver facetas personalísimas de su tío. Como esa descripción escalofriante de uno de los infames ataques de vértigo que sufría, que lo dejó tirado en el baño, vomitando e indefenso. Fue ese vértigo familiar e incurable uno de los factores que lo llevaron a tomar la decisión de quitarse la vida, antes de sufrir más deterioro.

Me impresionó también, en el texto de Rafael Pérez Gay, su editor en los últimos años, la descripción  de cómo Luis pasó sus últimos días terminando meticulosa y concienzudamente todos sus pendientes, con prisa pero con calma, sin decirle a nadie su intención de suicidarse, pero dejando todo en orden.

Hay también quien señalaba que su narrativa llegaba a ser cursi. Yo podría estar de acuerdo, pero no sin señalar que lo cursi es también un componente indispensable del amor y hasta del sexo, y que sus novelas –parte ficción, parte autobiografía– formaron parte importante de mi formación emocional. En mi opinión, son testimonios equiparables a relatos autobiográficos o testimoniales como La estatua de sal, de Salvador Novo, Una vida no/velada, de Elías Nandino o El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata.

Respecto a su faceta como divulgador científico, que es la que justifica esta columna, insisto en lo que ya escribí en mi capítulo en el libro (“Luis, la ciencia y la calle”): González de Alba es uno de los grandes pioneros de la divulgación científica contemporánea en México. Su labor de divulgación en medios impresos es comparable con, y muchas veces superior a –si no por calidad, sí por constancia y trayectoria– la de otros miembros de su generación como Marcelino Perelló, Shahen Hacyan, Cinna Lomnitz, Mauricio-José Schwarz y Javier Flores. Suelo usar textos suyos en mis cursos sobre cómo escribir divulgación científica, en gran parte por la calidad de su prosa, que además de rigurosa y clara, atractiva, eficaz y contundente, mostraba también una constante búsqueda por innovar las maneras de escribir de ciencia, haciendo uso de los recursos literarios.

Siguiendo un poco el espíritu contestatario y provocador de Luis, no quiero hacer sólo su elogio, sino también mencionar que su compleja personalidad tenía aspectos difíciles. Entre ellos sus “toques de mal humor“, que menciona Rafael Pérez Gay, su terquedad, su conocida personalidad gruñona, y su –para mí– bastante evidente carácter obsesivo (que comparto en cierta medida), y que Luis lograba siempre convertir en algo provechoso, al señalar errores, imprecisiones, ambigüedades e incongruencias en las ideas o los escritos de los demás. (Yo mismo llegué a ser víctima de sus puntillosas correcciones por alguna de las columnas que en ese entonces publicaba los miércoles en Milenio, aunque afortunadamente no más de dos o tres veces.)

En resumen, Luis González de Alba, un hombre libre es un libro valioso y disfrutable que permite conocer un poco más a este hombre múltiple, polémico y admirable que, como dice Ivabelle Arroyo en su texto, "a veces no tuvo la verdad, pero siempre tuvo la razón", y poder así recordarlo más honrosamente. Enhorabuena.

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miércoles, 5 de octubre de 2016

Luis González de Alba

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de octubre de 2016

Estoy de luto. La muerte de Luis González de Alba, por más que haya sido “una muerte elegida” (Aguilar Camín dixit), me entristece.

En medio de todo lo que se está escribiendo sobre él, quisiera hablar del González de Alba divulgador. El que vivía fascinado por entender los descubrimientos científicos y la imagen del universo que nos revelan, y que por décadas se dedicó incesantemente a compartirlos con sus lectores en los medios donde colaboró.

Admiré su labor como divulgador científico desde que, gracias a un queridísimo amigo, comencé a leerlo ocasionalmente en las páginas de La Jornada, en su columna “La ciencia en la calle”, y más tarde en su libro La ciencia, la calle y otras mentiras, de 1989, que tanto disfruté por su seductora mezcla de ciencia, historia, cultura e inteligencia.

Con los años conocí muchas otras facetas de González de Alba, como activista gay, ex–líder del 68, novelista e intelectual. Comencé a leer y disfrutar sus novelas, especialmente Agapi mu (1993). Descubrí sus libros de poemas y de cuentos, como El vino de los bravos (1981), y sus intentos por combatir la homofobia y promover los derechos de las minorías sexuales a través de vías como su legendario bar gay El Taller, donde se impartían conferencias semanales de información y concientización; sus ensayos –basados en ciencia pero también en un firme conocimiento de la Biblia y sobre todo en su agudo sentido común y de la justicia– donde refutaba las mentiras que sustentan los prejuicios religiosos contra los homosexuales, o su valioso libro Bases biológicas de la bisexualidad, que recopilaba información científica sólida sobre la presencia del “antinatural” comportamiento homosexual en todo tipo de especies animales (y que años más tarde se convertiría en La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, publicado por Paidós en 2003, y del cual tuve el honor de ser revisor técnico y más tarde presentador).

Al mismo tiempo, seguí siendo lector, cada vez más asiduo, de sus columnas semanales de ciencia, ya para entonces en El Financiero y más tarde en Milenio Diario, y de sus libros de divulgación científica, como Los derechos de los malos y la angustia de Kepler El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (después reeditado como Maravillas y misterios de la física cuántica), que a pesar de algunas leves carencias en cuanto a exactitud científica, muestra un fascinante y delicioso panorama de la historia y la imagen actual de la física.

Rara vez tuve la oportunidad de verlo en persona. Menos aún de platicar con él (aunque en algún momento tuvimos breves conversaciones por correo electrónico o en Facebook). Cuando le pregunté públicamente por qué había decidido dedicarse –entre sus tantas ocupaciones– a la divulgación científica, respondió que era porque no tenía con quién platicar, tomando café, de temas científicos. Qué ironía… ¡Lo que yo hubiera dado por ser ese interlocutor! Nunca pensé tener el privilegio de escribir en el mismo diario que él.

González de Alba fue siempre un ejemplo y un maestro para mí en el arte de comunicar la ciencia con entusiasmo y claridad. Desde hace años uso en los cursos que imparto varios de sus excelentes textos, como muestra de lo que la inteligencia, la cultura, la emoción sincera y la creatividad pueden lograr al redactar textos de divulgación científica. Su labor como divulgador la realizó sin apoyo de nadie, con sus propios medios, alejado de las instituciones y del gremio de los divulgadores profesionales. Bajo sus propias reglas. Y llegó a ser uno de los divulgadores más reconocidos e influyentes del país.

González de Alba era –al menos en sus textos y las redes sociales– una persona difícil, de opiniones vehementes, tajantes, pero siempre fundadas en datos firmes y argumentos difíciles de refutar. No coincidí con muchas de sus posturas políticas: creo que a fuerza de ser el más riguroso crítico de la izquierda, acabó a veces dando armas a la derecha. Tampoco con algunas de sus posturas científicas: su admiración por las teorías sobre la conciencia de Roger Penrose, basadas en la física, tan limitadas y ramplonas comparadas con las centradas en las neurociencias y la evolución, como las de Daniel Dennett y otros. Y no considero a priori que la opción del suicido sea una medalla para él, aunque desconozco y respeto los motivos personales que lo orillaron a ello. Pero reconozco su enorme tesón y su valor para mantener, hasta el final, su independencia, su libertad y su coherencia intelectual.

Hasta siempre, Luis. ¡Te debemos tanto aquellos que nos beneficiamos de tus luchas y afanes! Y, como lectores, te echaremos mucho de menos cada semana.

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miércoles, 18 de mayo de 2016

Prensa, ciencia y rigor

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de mayo de 2016

Hace dos semanas critiqué aquí la forma en que muchos autores de libros de autoayuda distorsionan los conceptos de la ciencia para difundir ideas de tipo más bien místico (y, por tanto, incompatibles con el pensamiento científico). Al hacerlo, señalé, desinforman a sus lectores.

Pero el periodismo es como la casa del jabonero: el que no cae resbala. La semana pasada yo mismo contribuí a difundir información no suficientemente confirmada acerca del supuesto hallazgo de una ciudad maya por un adolescente canadiense de 15 años. Ha quedado claro que la imagen detectada mediante satélites es en realidad de un viejo campo de cultivo. Esto no demerita la inteligencia, entusiasmo y creatividad del joven investigador; sólo muestra que la ciencia exige más rigor de lo que él creía. No así con los periodistas: todos los que, por todo el mundo, difundimos la noticia de inmediato, sin esperar a que fuera plenamente verificada, violamos una de las primeras reglas del buen periodismo.

Lo cierto es que la ciencia es un asunto complejo, donde la distinción entre lo legítimo y lo carente de sustento requiere una buena formación inicial, además estar bien informado y actualizado. Y no se diga cuando se trata de temas “de frontera”, donde el conocimiento está todavía en proceso de construcción.

Un nuevo ejemplo ocurrió el pasado 2 de mayo, cuando la prestigiadísima –y nonagenaria– revista literaria The New Yorker publicó un artículo del laureado autor Siddartha Mukherjee (ganador del premio Pulitzer en 2011 por su magnífico libro El emperador de todos los males: una biografía del cáncer; uno de los mejores libros de divulgación científica que he leído últimamente).

El texto, titulado “Same but different (Iguales pero diferentes) es un adelanto de su nuevo libro El gen: una historia íntima (que acaba de ser publicado en inglés ayer, 17 de mayo). Aborda uno de los temas de moda en biología: la epigenética, es decir, los mecanismos que permiten regular cómo se expresan los genes sin modificar la información que se halla en el ADN de nuestras células. Inmediatamente después de ser publicado, recibió una lluvia de duras críticas por parte de los expertos en epigenética.

Recordemos que los cromosomas, hechos de ácido desoxirribonucleico (ADN), contienen toda la información que controla cómo están hechos y cómo funcionan los seres vivos. Pero esta información tiene primero que ser leída y luego “traducida” al lenguaje de las proteínas, moléculas que llevan a cabo las funciones celulares.

Desde mediados del siglo pasado se sabe que una de las maneras como se regula la activación o inactivación de los genes es mediante proteínas llamadas “factores de transcripción” que se unen a un gen para “activarlo” (es decir, para que su información comience a ser leída). Uno de los grandes descubrimientos de las últimas décadas es cómo éste y otros mecanismos celulares regulan qué genes son leídos y cuándo: es esto lo que controla el desarrollo de un óvulo hasta convertirse en un ser humano adulto, y lo que hace que algunas de nuestras células sean musculares y otras neuronas, aunque todas tengan exactamente la misma información genética.

El artículo de Mukherjee hace, dicen sus críticos, un excesivo énfasis en dos de estos “mecanismos epigenéticos de regulación”: la alteración de las proteínas llamadas histonas, que forman los carretes alrededor de los cuales el ADN se enrolla cuando no está siendo leído, y la metilación del ADN, que lo inactiva al añadirle un pequeño grupo químico. Gran parte de la inmensa cantidad de críticas que Mukherjee recibió de los expertos señalan que ignoró lo que se considera con mucho el principal mecanismo de regulación epigenética: los factores de transcripción.

No quiero entrar en detalles, pero leyendo las críticas a Mukherjee, en particular las del biólogo evolutivo Jerry Coyne, en su blog Why evolution is true, me da la impresión de que se trata de una típica disputa entre dos bandos científicos: quienes defienden los factores de transcripción y los que defienden las histonas y la metilación como el mecanismo más importante. Como en todo campo de frontera, la polémica sólo se resolverá con el tiempo, y lo que un periodista debe hacer es reportar ambos lados de la controversia. Por desgracia, perece que Mukherjee no actuó como un buen periodista y sólo habló con especialistas de uno de los dos bandos (aunque él afirma que su nuevo libro aborda el tema de manera mucho más completa, incluyendo los factores de transcripción).

Pero el “escándalo Mukherjee” tiene otras aristas. Todo aquel que se dedique a la comunicación pública de la ciencia tiene que servir simultáneamente a dos amos: a la comunicación y a la ciencia. Ésta última exige mantener un mínimo rigor, (cosa que Mukherjee, quien por cierto, también es investigador biomédico, parece no haber logrado); la comunicación, por su parte, requiere hacer lo necesario para que los complejos temas científicos se vuelvan comprensibles y al mismo tiempo atractivos para el lector. Y es aquí donde yo tengo más problemas con el artículo de The New Yorker.

Mukherjee narra la entrañable historia de su madre y su tía, hermanas gemelas, y sus distintas vidas en la India y Estados Unidos, y trenza este relato con las charlas con los expertos en epigenética que entrevistó, y sus visitas a sus laboratorios. Todo con un estilo fascinante y por momentos hasta poético. Pero también se lanza a arriesgadas –y líricas– especulaciones acerca de la posibilidad de heredar los cambios epigenéticos –algo que ocurre, pero muy raramente. Llega al extremo de mencionar, aunque con precaución, podrían ser la base de un “código epigenético” que permitiría un tipo de herencia no darwiniana, sino “lamarckiana”, que permitiría heredar los caracteres adquiridos durante la vida de un individuo. Algo que contradice todo lo que sabemos sobre evolución y que, señalan sus críticos, carece totalmente de fundamento. (Y peor: son ideas que coinciden con muchas de las distorsiones que charlatanes y místicos seudocientíficos propagan acerca de la posibilidad de “influir en los genes” mediante el estilo de vida y el pensamiento positivo, además de dar material para que los enemigos del pensamiento darwiniano avancen en su intención de enseñar la versión religiosa de la evolución, el creacionismo, en los salones de biología, al menos en Estados Unidos).

Mukherjee hace tal énfasis en esto que lo convierte en el tema central de su evocador texto. Y esto es lo que lo hace más peligroso, pues al resultar tan atractivo y contener errores graves, puede desinformar a su gran número de lectores de manera peligrosa… y convincente.

Pero, aunque usted no lo crea, hay más. En su blog, Jerry Coyne señala que The New Yorker, revista famosa por siempre verificar los datos de lo que publica, demuestra el poco aprecio que tiene por la ciencia al publicar un texto plagado de fallas como el de Mukherjee (y algunos otros). De ahí pasa súbitamente a acusar a la revista y sus editores de tener una agenda “posmodernista” y anticientífica, que busca supeditar el rigor de la ciencia a la cultura humanista. Leyendo eso, uno se pregunta si hemos regresado al siglo XX, con sus batallas entre las “dos culturas”, científica y humanística, y las “guerras científicas” de los años 90.

En fin: se trata de otro ejemplo que muestra que comunicar la ciencia sin traicionarla y haciéndola atractiva para un público amplio no es asunto de ninguna manera sencillo. La única forma de lograrlo decorosamente es igual que como se camina sobre un piso resbaloso: con mucho cuidado.

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

El caballero del cerebro

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de septiembre de 2015

Conocí a Oliver Sacks (como lector; nunca tuve el privilegio de verlo en persona) gracias a… no sé. Quizá leyendo reseñas de su libro más famoso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Quizá porque en alguna librería (¿El parnaso? ¿Gandhi?) su portada, que lucía una conocida pintura de Magritte, llamó mi atención. El caso es que se hablaba mucho del libro en los años posteriores a su publicación, en 1985.

Cuando alguien me lo prestó, en su edición en inglés, a mediados de los noventa, lo devoré. Y, confieso, lo fotocopié. Cuando fue editado en español, corrí a comprarlo, lo leí de nuevo, lo subrayé, lo anoté y sobre todo me maravillé y disfruté. Es de esos libros, como casi todos los del doctor Sacks, que lo siguen fascinando a uno cada vez los vuelve a leer. Muchas veces he comprado ejemplares para regalar a distintas queridas personas, y probablemente lo seguiré haciendo.

La extensa obra de Sacks, inglés nacido en Londres en 1933 y trasplantado a Nueva York, abarca en su mayoría libros donde, de manera sabia, profunda y francamente magistral, toma como materia prima sus casos clínicos, las observaciones que ha hecho a lo largo de su carrera como neurólogo y sus propias experiencias personales, y los transforma en extraordinarios relatos. En historias humanas que constituyen uno de los mejores ejemplos de cómo la ciencia puede también convertirse en literatura. En gran literatura.

De hecho, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero ha sido llevado al escenario como ópera de cámara y obra de teatro. Y su libro Despertares, de 1973, donde describe su inquietante experiencia con un grupo de pacientes con encefalitis letárgica que habían estado recluidos durante décadas, y a los que logró reanimar temporalmente mediante un tratamiento experimental con L-dopa, fue llevada al cine en la exitosa película del mismo nombre, en la que Robert de Niro encarna a uno de los pacientes, y el hoy también fallecido Robin Williams a un doctor que representa al propio Sacks.

Además de haber ayudado a muchos pacientes a lo largo de su carrera como neurólogo clínico, con sus diversos libros contribuyó a que miles de lectores en todo el mundo comprendiéramos mejor temas como la migraña, la sordera, la ceguera al color, la música, la visión o las alucinaciones. Escribió también una encantadora autobiografía de su niñez, El tío Tungsteno, donde narra su fascinación por la química (que comparto), y un Diario de Oaxaca donde narra un viaje a ese estado mexicano para observar helechos (a los que era aficionado).

Sacks solía hablar poco de sí mismo. Pero hace unos meses, al publicarse su libro autobiográfico On the move (2015), reveló su homosexualidad, y narró las dificultades personales y familiares que sufrió a causa de ella. Comparte también curiosidades que sorprenden a quienes creíamos conocerlo a través de sus libros, como su pasión juvenil por las motocicletas y el fisicoculturismo, y el voluntario celibato que mantuvo, ya como adulto, durante 35 años.

Si algo tiene la prosa de Sacks es que no sólo nos permite conocer casos médicos asombrosos, sino que nos ayuda a entenderlos. A nivel clínico, pero también a nivel humano. Su pasión, generosidad y talento literario nos permiten penetrar en el mundo de quienes padecen alteraciones neurológicas y ponernos en sus zapatos (él mismo padecía prosopagnosia: la incapacidad para reconocer rostros). Y a mismo tiempo, nos hace ver que los seres humanos somos nuestro cerebro: cuando éste se daña, nuestra humanidad misma se ve alterada.

Estoy de luto por Oliver Sacks. Desde que anunció hace poco, en un ensayo periodístico, que el cáncer que padeció en un ojo se había extendido a su hígado y cerebro, y que le quedaba poco tiempo de vida, sus miles de lectores en todo el mundo esperábamos con temor la mala noticia. Pero agradezco también el que haya existido y haya producido una obra que amalgama lo científico y lo humanístico, y que nos permite entendernos más profundamente.

Gracias, doctor Sacks, por hacernos un poco más humanos. Lo vamos a extrañar.

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

La ouija del diablo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de septiembre de 2013

Para quienes sean lectores regulares de esta columna/blog (¡gracias!), el tema del llamado “detector molecular” GT200, alias ouija del diablo, no resultará extraño.

Se trata de uno de los más monumentales fraudes seudocientíficos a nivel mundial, y que en nuestro país implicó el gasto inútil de millones de pesos, la puesta en riesgo de civiles y fuerzas armadas en la lucha contra la violencia y el narcotráfico, y el vulnerar los derechos humanos de numerosas personas acusadas con base en este inútil juguete. No repetiré aquí por qué no sólo se ha comprobado que no funciona, sino que no podría funcionar, pues no hay principios científicos que lo sustenten (además de que está totalmente hueco: carece de cualquier componente mecánico o electrónico). Afortunadamente, su fabricante ya ha sido enjuiciado y condenado en Inglaterra, el asunto ha llegado a los medios mexicanos y se están y tomando medidas para que deje de utilizarse (y, con suerte, para que los responsables rindan cuentas).

Hoy quiero celebrar que, si quiere usted conocer la historia en detalle, con todos sus increíbles recovecos y truculencias, puede hacerlo a través de la magnífica y rigurosa crónica que hace el actuario (orgullosamente UNAM), maestro en demografía y divulgador científico Carlos Galindo en su recién publicado libro La ouija del diablo: crónica de un fraude en la guerra contra el narco y otros fragmentos de ciencia (Ediciones B, 2013, que debe ya estar a la venta en librerías).

Galindo, poseedor de una pluma clara, precisa y sobre todo muy amena, nos narra paso a paso la historia de cómo esta estafa pudo penetrar a las fuerzas armadas de nuestro país (¡y de muchos otros!), sin que nadie hiciera caso a las pocas voces críticas que intentaban dar la voz de alerta (Carlos me hace el honor de incluirme entre éstas).

Pero no sólo eso: fiel a su convicción –que compartimos todos los que nos dedicamos a compartir la ciencia con el gran público– de que sólo convirtiendo la cultura científica en cultura popular puede lograrse que nuestros ciudadanos valoren, aprovechen y disfruten de la visión del mundo que nos ofrece la ciencia, Galindo aprovecha el resto de su libro para cronicar otras grandes historias científicas, donde aborda y entreteje temas tan diversos como el futbol y los tiros con chanfle, la influenza, el racismo, la evolución, la vida personal de Einstein, la expedición científica mexicana que viajó a Japón para observar el tránsito de Venus frente al Sol en 1874, el amor, la migración y la sensualidad del son cubano, entre otros.

Es un placer hallar un autor mexicano capaz de contar la ciencia de manera tan sabrosa e interesante. Seguramente, cuando lo lea, coincidirá usted conmigo.

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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tres libros

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de diciembre de 2011

A mis padres, por esos primeros libros,
y a mis mejores amigos Gerardo Ferrer,
con quien compartí a Hofstadter,
y Enrique Espinosa, que cumplió años ayer
y que me regaló a Dennett 

Vivimos en la era de la hiperconectividad. Computadoras, teléfonos celulares y tabletas, junto con las redes sociales, nos ofrecen posibilidades que antes simplemente no existían para comunicarnos instantáneamente con prácticamente cualquier persona.

Esto da lugar a fenómenos nuevos que todavía no entendemos bien. Dinámicas sociales que, como individuos y como sociedad, no sabemos todavía cómo manejar. ¿Quién hubiera pensado hace cinco años (Twitter apareció en 2006; Facebook en 2004) que uno podría enterarse instantáneamente de las tonterías que un candidato presidencial dijo cuando le pidieron nombrar tres libros que hubieran influido en su vida? Y más importante: ¡que podríamos contestarle directamente, hacer burla de él con infinidad de chistes (destronó a Ninel Conde en Twitter), y enterarnos de que su hija nos insultaba llamándonos “pendejos”, “prole” y “envidiosos”!

Sin duda las redes, como toda herramienta, pueden ser muy útiles o convertirse en un arma peligrosa, de la que a veces salen tiros por la culata. Me pregunto cómo las emplearemos, qué reglas y modales evolucionarán respecto a su uso.

Y para aprovechar el tema de moda, se me antoja mencionar tres libros que han influido, y mucho, en mi vida (descontando el más importante, como me dijo hoy un amigo: el libro de texto de primero de primaria, por supuesto, pues con ese aprende uno a leer, y el libro para niños Cómo aprendemos, (Queromón Editores, 1964) que mis padres me regalaron en los 70 –mi madre me lo ofreció diciendo que contenía “todas las respuestas” y con eso detonó una búsqueda infructuosa que todavía continúa– y que sin duda despertó mi vocación por la divulgación científica, junto con las maravillosas colecciones de libros de Time-Life y la Nueva Enciclopedia Temática, que ya era vieja cuando la compraron).

El primero lo escribió Douglas Hofstadter, físico que con él ganó el Premio Pulitzer en 1980 (el personaje de Leonard en el popular programa de TV el personaje de Leonard en el popular programa de TV La teoría del big bang se apellida Hofstadter en su honor). Se trata de Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada (publicado en español por el Conacyt en 1982, y posteriormente en España con un subtítulo diferente: “Un eterno y grácil bucle”). Un libro tan barroco, complejo y deslumbrante que es imposible describirlo: baste decir que habla de arte, música, matemáticas y computación, entre muchos otros temas, para indagar sobre la relación entre cerebro, mente y conciencia.

El segundo es El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del genial escritor y neurólogo inglés Oliver Sacks. En él convierte sus casos clínicos en literatura y logra inquietarnos y perturbarnos, pero también conmovernos y hacernos reflexionar sobre la compleja naturaleza humana. Y, sobre todo, mostrar que somos nuestro cerebro: que el alma es sólo un fenómeno emergente de nuestros mecanismos neurales. Un refuerzo decisivo a mi concepción naturalista del mundo.

Y el tercero (¡ay, podría mencionar tantos más, si hubiera espacio!) es La peligrosa idea de Darwin, del filósofo Daniel Dennett, en el que, para ayudar a sus lectores a entender su teoría de la conciencia esbozada en otro libro, La conciencia explicada, profundiza en la idea de selección natural, base de la teoría darwiniana de la evolución, y al hacerlo nos permite apreciar su importancia y magnitud, y entenderla de nuevas y sorprendentes maneras, en una forma que ni mis maestros de evolución en el posgrado pudieron hacerlo (incluso, muchos biólogos nunca llegan a entenderla con la profundidad que él la explica).

Tres libros que a mí me cambiaron y me encantaron (en ambos sentidos de la palabra). Si lee alguno, espero que lo disfrute.

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