miércoles, 31 de diciembre de 2008

Ratzinger el cínico

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 31 de diciembre de 2008

No debería extrañar. Después de todo, se trata del Papa que ataca a la ideología de género afirmando que “se opone a la naturaleza humana” y a que busca “la emancipación del hombre (sic) de la creación y del creador” (en realidad, ha servido para defender los derechos de las mujeres).

Es el Papa que declara que “salvar a la humanidad de las conductas homosexuales o transexuales es igual de importante que evitar la destrucción de las selvas”, y que para proteger la “ecología humana” (ignorando el significado preciso de este término) comparó tales conductas con “una destrucción del trabajo de Dios”.

Es el Papa que defiende “valores cristianos fundamentales” pero considera que incluyen una profunda intolerancia hacia la diversidad sexual y el derecho de mujeres y hombres a disfrutar plenamente de sus propios cuerpos y a tomar decisiones sobre ellos.

Recientemente rechazó las operaciones de cambio de sexo porque “contradicen la decisión de Dios”.

Estas declaraciones sirven para justificar acciones discriminatorias e injustas como las del Consejo Estatal de la Familia de Guadalajara, que ha decidido separar a la niña Rosa Isela de la madre adoptiva que la crió ocho años, desde recién nacida, sólo porque esta madre, Alondra, nació como hombre llamándose Alberto. El consejo ha mantenido a Rosa Isela secuestrada ilegalmente a pesar de que un juez concedió a Alondra la custodia de la niña.

El papa Ratzinger critica el relativismo: pensar que las cosas no son intrínsecamente buenas o malas; que depende del contexto. Pero ahora aprovecha el 400 aniversario de la primera observación telescópica de Galileo y la celebración del Año Internacional de la Astronomía para intentar lavar la imagen de la Iglesia católica, institución que tradicionalmente obstaculiza a la ciencia.

Ahora propone, a través del Pontificio Consejo para la Cultura, que Galileo, condenado por herejía en 1633, “podría convertirse en el patrono ideal de un diálogo entre ciencia y fe”.

Si algo distingue a la ciencia de la religión es que no pretende tener verdades absolutas. Ratzinger, que se dice “convencido de la congruencia entre fe y razón”, busca “darle a la razón su lugar debido en todo el esquema de cosas”. Tomando en cuenta la historia de Galileo, nos podemos imaginar qué lugar es ése.

No debería extrañar. Pero sí indigna.

¡Feliz 2009!

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Un programa obtuso

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 24 de diciembre de 2008

El Programa Especial de Ciencia y Tecnología 2008-2012 (PECyT), publicado (apenas) en el Diario Oficial el 17 de diciembre es obtuso y corto de miras. Lo es porque concibe a la ciencia no como parte integral de la sociedad, sino como asunto de élites.

Ya se me adelantaron mis colegas Arturo Barba y Horacio Salazar a comentarlo, pero vale la pena recalcar el punto: si se pretende, como afirman los objetivos del programa, “fortalecer la cadena educación-ciencia básica y aplicada-tecnología-innovación”, “fomentar un mayor financiamiento” de estas áreas y “evaluar la aplicación de los recursos públicos que se invertirán”, no puede lograrse en una sociedad que no conoce, entiende, se interesa en ni apoya la ciencia y la tecnología (no sé qué diferencie a esta última de la “innovación”).

Cierto, el PECyT menciona el fomento de la cultura científica (estrategia 1.4) y habla de “percepción, apropiación y reconocimiento social de la ciencia”, de fomentar la divulgación científica y de apoyar proyectos de divulgación y a los museos y organizaciones dedicados a ella. Pero en el esquema central del “Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología”, donde se definen la concepción general del Programa, sus participantes y organización, aparecen la Presidencia de la República (en primer lugar), el Conacyt y las instituciones gubernamentales, y (hasta abajo) los científicos, los empresarios y los estudiantes… pero en ningún lugar los ciudadanos comunes. Un esquema vertical y excluyente, pues.

Ya el foxista PECyT 2001-2006 prometía “hacer mayores esfuerzos para que la difusión del conocimiento científico y tecnológico lleguen a un mayor número de personas”. Incluía explícitamente a la divulgación entre sus objetivos (2.6) y mencionaba un “Fondo Especial para la Divulgación Científica y Tecnológica”, del cual la comunidad de divulgadores no vio ni sus luces. En la práctica, nada cambió: la divulgación científica que se hizo en el país siguió, como siempre, limitada a lo que lograron los esfuerzos de divulgadores individuales, organizaciones gremiales, universidades públicas y medios. El gobierno sigue creyendo que el progreso científico se logra por decreto.

¿Cuándo entenderemos que, antes que nada, necesitamos una población que conozca, aprecie y apoye a la ciencia? ¡Feliz Navidad!

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Klaatu o la fábula esperanzada

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 17 de diciembre de 2008

La ciencia ficción, además de entretener, suele comunicar un cierto tipo de mensajes relacionadas con la ciencia, la tecnología y sus efectos en la sociedad humana.

Eso hizo la película El día que la Tierra se detuvo, un clásico de 1951 dirigido por Robert Wise y basada en un cuento de Harry Bates. La historia —un extraterrestre acompañado de un robot superpoderoso viene a advertir a los terrícolas lo que puede pasar si no eligen la paz por encima de la guerra— era un típico mensaje de la era de la guerra fría.

La cinta no consiguió acabar con ella, pero dejó una marca en quienes la vieron.

La nueva versión que acaba de estrenarse, protagonizada por Keanu Reeves (cuya actuación acartonada por una vez le viene bien a su personaje, el extraterrestre Klaatu), conserva, actualizándola, la moraleja de salvación planetaria. Y, excepto por un final flojo —entiendo que no podía conservarse el discurso que Klaatu pronuncia al final de la versión original, pero faltó algo que lo sustituyera—, resulta una buena película de acción, emocionante e interesante.

¿Servirá de algo seguir haciendo fábulas cinematográficas de ciencia ficción? No lo sé, pero tampoco hacen daño. El impacto del cine como medio para modificar actitudes ha quedado claro con cintas como Filadelfia o Una verdad incómoda, que desde la ficción o el documental, respectivamente, catalizaron el cambio de la opinión pública respecto a asuntos tan importantes como la discriminación por sida o el calentamiento global. El día que la Tierra se detuvo no será tan influyente, pero al menos sirve para que quienes la vemos no olvidemos que tenemos un pendiente: dejar de dañar a nuestro planeta.

Y aunque de ciencia ficción estricta no tiene mucho —tiende más a la fantasía—, la versión 2008 incluye bienvenidas actualizaciones a la ingenuidad de la versión original: la esfera compleja en vez del platillo volador; las nanomáquinas destructoras, el traje-placenta biotecnológico del que “nace” Klaatu en su forma humana… y conserva la imagen del científico sensato que platica con el extraterrestre y lo comienza a convencer de que la humanidad todavía tiene salvación.

En resumen, una película disfrutable, que transmite un mensaje valioso y da una imagen positiva de la ciencia. Se agradece.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El secreto del nucleolo

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 10 de diciembre de 2008

La noticia que apareció en varios medios hace dos semanas no llama la atención a primera vista: se descubrió que el parásito Giardia duodenalis sí tiene nucleolos.

Sin embargo, ocupó varias primeras planas científicas. ¿Por qué? Déjeme explicarle su importancia y por qué es una buena noticia.

Lo asombroso de la imagen de la célula que nos ha revelado la biología molecular en las últimas décadas es que se trata de un sistema más complejo y dinámico que la gelatina con frutas incrustadas que nos mostraban en secundaria. El nucleolo, por ejemplo, aparecía dentro del núcleo como una esferita sin función clara.

Hoy se sabe que se trata de una compleja fábrica subcelular donde se ensamblan con gran precisión y velocidad las máquinas moleculares conocidas como ribosomas, cuya función es, a su vez, fabricar proteínas. Como las proteínas son las moléculas que llevan a cabo prácticamente todas las funciones de la célula, se comprenderá que los ribosomas, y en consecuencia los nucleolos, son vitales en la economía celular. Sin embargo, sólo las células con núcleo —llamadas eucariontes— tienen nucleolo. Las bacterias y sus primos los arqueaprocariontes— no tienen núcleo ni nucleolo. En la frontera entre ambos reinos, se pensaba que algunos eucariontes “primitivos”, como el protozoario Giardia duodenalis (o Giardia lamblia), causa común de gastroenteritis en humanos y otros mamíferos, presentaban núcleo pero no nucleolo.

Dicho esto, la importancia del descubrimiento es que, como se ha dicho, “rompe con el paradigma” de que había excepciones a la regla de que los eucariontes, además de núcleo, presentan nucleolo.

Pero además, la noticia es digna de atención porque se trató de un descubrimiento de investigadores mexicanos, encabezados por Luis Felipe Jiménez, de la Facultad de Ciencias de la UNAM, así como científicos del IPN y, de los Institutos Nacionales de Cancerología y de Pediatría (y de la Universidad de Zúrich). El descubrimiento se hizo usando diversas técnicas de microscopía de luz y electrónica, en las que Jiménez es uno de los principales expertos nacionales.

Como rezaba la nota, fue “un triunfo de la microscopía mexicana” y una demostración más de que en nuestras universidades e institutos de salud públicos se puede hacer ciencia de la misma calidad que en países de primer mundo, que incluso podrá tener aplicaciones en salud. ¡Enhorabuena!

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La década de ¿Cómo ves?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 3 de diciembre de 2008

Evaluar la calidad de los proyectos de promoción cultural es complicado. Más aún si lo que se quiere difundir, popularizar, democratizar, es la cultura científica. Dos criterios posibles son la aceptación del público al que se dirige el “producto” y su permanencia.

Con base en esto, me atrevo a afirmar que la revista ¿Cómo ves?, publicada por la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, que ayer celebró sus primeros diez años con un evento en el museo Universum, es un ejemplo de divulgación científica de la mejor calidad.

Además de ser la publicación universitaria con mayor tiraje del país (20 mil ejemplares mensuales), ¿Cómo ves? se ha convertido en una de nuestras revistas de ciencia popular más exitosas. No sólo por su aceptación y permanencia, sino también por la calidad intrínseca de sus contenidos, elaborados por un pequeño pero eficaz equipo multidisciplinario que conjunta el conocimiento de sus colaboradores —algunos expertos en ciencia; otros, en comunicación de la ciencia— con el rigor de correctores y editores y la creatividad de diseñadores, ilustradores y fotógrafos, además de un entusiasta equipo de apoyo.

¿Cómo ves? no sólo divulga datos: ofrece cultura científica. Su primer número afirmaba que “nuestra ambición es que conozcas de dónde proviene [el] saber científico y cómo se relaciona contigo y con la sociedad donde vives”. Lo ha cumplido. Más allá de la curiosidad científica o el dato aislado, la revista ofrece conocimiento accesible, oportuno y contextualizado. La ciencia, sí, pero también su historia, sus conflictos y debates; sus avances y retrocesos. Nos muestra a la ciencia como una actividad humana que no puede aislarse del resto de la cultura y la sociedad.

Y sin embargo, si lo que se busca es fomentar la apreciación de la ciencia por el ciudadano medio, el desarrollo de la investigación científica y técnica, su vinculación con la industria y los sectores productivos y, finalmente, la mejora de las condiciones de una sociedad que, como la nuestra, ansía salir del tercer mundo para ingresar al primero, el camino todavía es largo. Proyectos como ¿Cómo ves? son un buen comienzo, pero no bastan. Ojalá estos primeros 10 años sirvan para estimular nuevos proyectos de difusión de la cultura científica. Buena falta nos hace.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Viaje a Oaxaca

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 26 de noviembre de 2008

Pues es cierto: los viajes ilustran. La semana pasada pude ir a la ciudad de Oaxaca. Me encontré con una ciudad próspera y moderna, con una cada vez mejor infraestructura urbana y turística, y que sin embargo no ha perdido su sabor tradicional. Una ciudad, por suerte, todavía vivible y humana. También, una ciudad que no ha logrado superar los grandes problemas que aquejan a uno de los estados más pobres y con más desigualdad de nuestro país.

Se trató también de un viaje a mis raíces, pues fui invitado a dar una charla de ciencia en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos en el Valle de Etla, donde nació mi tatarabuelo, el doctor Mariano Olivera, hacia 1824.

El placer de la visita creció porque en una librería de Oaxaca tuve la suerte de encontrarme con un librito que había buscado desde hace tiempo: el Diario de Oaxaca (National Geographic, 2007) de Oliver Sacks, el famoso neurólogo y escritor, autor de la obra maestra El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y de otros libros como Despertares (convertido en 1990 en la película estelarizada por Robert de Niro y Robin Williams), Un antropólogo en Marte o El tío Tungsteno. Todos muy recomendables.

Resulta que Sacks visitó Oaxaca en 2000 como parte de un viaje organizado por la Sociedad Estadunidense del Helecho, agrupación de aficionados a los estas plantas (técnicamente conocidas como pteridofitas) de la que él es socio.

Sacks dedica su libro a los aficionados —a las rocas, a las aves, a la astronomía— y su lectura confirma por qué estos grupos de amantes —amateurs— siguen siendo importantes no sólo por las contribuciones científicas que constantemente hacen, sino porque conservan y contagian el gusto por observar directamente a la naturaleza. Además de su deliciosa prosa, el libro de Sacks ofrece la visión de un extranjero en una cultura que desconocía y que siente muy distinta a la suya (“un mundo nuevo”, escribe).

Conoce comidas con chapulines y gusanos, mercados, tradiciones, pobreza y enfermedades, ruinas de antiguas civilizaciones y conventos coloniales, el milenario árbol del Tule, el antiguo método para obtener colorante de la grana cochinilla… y claro, muchísimos helechos.

Un neurólogo y escritor, aficionado a los helechos, describe la cultura oaxaqueña. Ciencia y cultura. Todo un placer.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Ciencia y mercadotecnia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 19 de noviembre de 2008

La ciencia no sólo se hace en el laboratorio: es una actividad humana y social, y por tanto tiene componentes ideológicos, políticos, económicos, éticos, culturales, comerciales... la lista podría seguir.

Para sobrevivir y prosperar, el sistema de investigación científico-técnica tiene que generar una buena imagen pública: ante políticos y tomadores de decisiones, inversionistas y empresarios, y ante el ciudadano común.

Una forma de hacerlo es a través de los medios de comunicación. El objetivo es ganar “clientes” para la ciencia: gente que se interese, la comprenda, la apoye y hasta que opte por dedicarse a ella. Es propaganda y mercadotecnia, en este caso para un fin socialmente útil.

Como en todo, en ciencia hay buenos y malos publicistas. Dos ejemplos a mano son los astrónomos y los biólogos. Quizá usted ya sepa que 2009 ha sido declarado “Año internacional de la astronomía”, pues se conmemoran 400 años de que Galileo Galilei usó un telescopio para observar el cielo. Descubrió cosas inusitadas, como que Júpiter tiene satélites y que la superficie de la Luna, lejos de ser perfecta como enseñaba Aristóteles, está llena de cráteres. Inauguró así una nueva etapa en el estudio astronómico y en la ciencia en general.

El año internacional será, informa la Unión Astronómica Internacional, “una celebración global de la astronomía y de sus contribuciones a la sociedad y la cultura que estimulará el interés no sólo en la astronomía, sino en la ciencia en general, especialmente entre la gente joven”. En todo el mundo habrá muchísimas conferencias, ferias, publicaciones, eventos públicos de observación… toda una estrategia para acercar la astronomía al público.

Sin embargo, 2009 también podría haber sido declarado “Año de la evolución”, pues el 12 de febrero se conmemorarán 200 años del natalicio de Charles Darwin, y 150 de la publicación del libro con su teoría de la evolución, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Pero ¿ha usted oído hablar de algún evento al respecto? Cierto: hay algunos, pero son pocos y aislados. La biología no ha hecho ruido.

Frente a la inventiva y entusiasmo de los astrónomos para promover su ciencia, los biólogos se han quedado atrás. Lo dicho: no todos somos buenos publicistas.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

jueves, 13 de noviembre de 2008

El mercaptano del terror

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 12 de noviembre de 2008

Lo que nos faltaba a los chilangos. A sólo dos días de que un avión cayera en pleno Polanco, matando a sus tripulantes y a otras 40 personas que simplemente se encontraban en el lugar y momento equivocados, ocurre en la misma zona un nuevo incidente que causa alarma: una fuga del gas etilmercaptano, que obligó al desalojo de alrededor de al menos dos mil personas. El temor era comprensible, pues aunque el etilmercaptano es inofensivo a bajas concentraciones, tiene un fuerte olor “a gas”.

En realidad, el gas no huele a nada: lo que huele a gas es precisamente el mercaptano. La razón de que todos asociemos el olor del mercaptano con las fugas de gas se remonta a una tragedia ocurrida en 1937 en el poblado de New London, Texas.

En marzo de ese año, la New London School, una escuela rica de una región petrolera, sufrió una fuga del gas que utilizaba para su calefacción. Una chispa encendió la mezcla de gas y aire: la explosión causó, según testigos, que las paredes se abombaran y el techo de la escuela saltara momentáneamente por los aires para volver a caer sobre el edificio, cuya ala principal quedó destruida. Murieron alrededor de 300 niños.

El gobierno de Texas decidió buscar una solución al riesgo de las fugas de gas, y ordenó que de ahí en adelante se adicionara con mercaptanos. Así, cualquier fuga podría ser detectada con facilidad. La idea se extendió rápidamente por todo el mundo, y es por ello que el olor que se propagó por una amplia zona alrededor de Polanco el pasado jueves causara pánico.

Los mercaptanos o tioles son compuestos químicos muy similares a los alcoholes, pero en vez de oxígeno tienen azufre. Su nombre deriva del término latino mercurium captans, “que captura mercurio”, pues dicho metal se une fácilmente a estas moléculas. El etilmercaptano o etanotiol, que es el que normalmente se usa para dar olor al gas, es relativamente inofensivo a bajas concentraciones, aunque en dosis altas puede ser tóxico. El olor en Polanco se debió a un tambo lleno de la sustancia que alguien dejó abandonado y abierto en un terreno perteneciente a una empresa vidriera.

No hubo pues gran riesgo, pero sí miedo. Queda la duda de si, como se insiste tanto respecto a la muerte de Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos, se trató sólo de otro “accidente”.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 5 de noviembre de 2008

¿Gasto o inversión?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 5 de noviembre de 2008

"México requiere creadores, no sólo servidores”, dijo el ex rector de la UNAM José Sarukhán, en Xalapa (La Jornada, 30 de octubre).

No se refería a creadores artísticos, sino a investigadores científicos, ingenieros y expertos en humanidades. Universitarios formados en la disciplina de la academia y la investigación.

Los científicos son profesionales que, además de su alto grado de especialización, requieren una fuerte dosis de creatividad para ser eficaces. Ruy Pérez Tamayo, el famoso patólogo mexicano, define a la ciencia como una “actividad humana creativa cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza y cuyo producto es el conocimiento”.

Es por eso que no pueden formarse buenos científicos —ni ingenieros, ni humanistas— en escuelas que no realicen investigación. La educación vista como simple instrucción no basta para ello.

La crisis económica global amenaza con reducir, en nuestro país, el presupuesto dedicado a ciencia y tecnología. Sobre todo, como suele suceder, el destinado a la academia y la investigación (y todavía más si se trata de investigación de la llamada “básica”).

El absurdo denunciado por Marcelino Cereijido, destacado investigador argentino-mexicano, de considerar el presupuesto destinado a ciencia y tecnología como gasto superfluo, en vez de inversión estratégica, sigue vigente. “Ya invertiremos en ciencia cuando hayamos resuelto los problemas actuales”, pensamos, ignorando que es precisamente la investigación científica el primer paso para llegar a resolver esos problemas.

La cadena que va de la producción de conocimiento científico —labor académica— a las aplicaciones tecnológicas, una industria más sólida, y finalmente una economía más vigorosa, con la consiguiente derrama social, sigue siendo ignorada por las políticas gubernamentales.

Afortunadamente, se levantan ya voces para tratar de cambiar las cosas. Instituciones como la UNAM, el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, la Academia Mexicana de Ciencias y otras han pedido evitar la disminución, e incluso aumentar la inversión en estos rubros. Se solicita un aumento del presupuesto del Conacyt para 2009, con el fin de reforzar la planta científico-técnica de nuestro país. Habrá que ver si quienes deciden la repartición del dinero público tienen bien claras sus prioridades.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 29 de octubre de 2008

Promover la ciencia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 29 de octubre de 2008

Desde hace más de 10 años, se lleva a cabo en todo el país —y otras naciones— la Semana Nacional de Ciencia y Tecnología. La auspician el Conacyt, los Consejos Estatales de Ciencia y Tecnología, diversas universidades e instituciones educativas, empresas y todo tipo de agrupaciones y personas interesadas en promover la cultura científica en nuestro país.

De hecho, la “semana” ha rebasado sus límites oficiales, y se ha convertido en muchos lados en un mes completo dedicado a la ciencia y la técnica, con todo tipo de actividades: conferencias, “tianguis de ciencia” con experimentos, exposiciones, cursos, talleres, concursos y hasta conciertos, rallys y maratones científicos.

Este año tuve el privilegio de ser invitado a Pachuca, Colima, Xalapa y Oaxaca, a ofrecer cursos y conferencias. Pude así atestiguar el entusiasmo con el que la gente en todos lados ofrece lo mejor de su talento para lograr que el ciudadano común, y especialmente los niños, puedan descubrir lo fascinante, placentera e importante que puede ser la ciencia, así como para formar más y mejores comunicadores de la ciencia.

¿Por qué este afán divulgador? ¿Qué justifica la labor evangelizadora de los comunicadores de la ciencia? ¿Se justifica gastar dinero público en esta labor?

La respuesta tiene que ver no sólo con el valor intrínseco de la ciencia y la tecnología, como manifestaciones de la cultura humana —cultura que merece ser difundida—. Se relaciona también con su tremenda importancia práctica. Los productos de la tecnología, derivados del conocimiento científico (comunicaciones, computadoras, vacunas, transporte, energía…) cambian cada vez más profundamente nuestro estilo y nivel de vida.

Además, el conocimiento científico nos da una visión confiable y realista del mundo que nos rodea, y de nuestro lugar en él. Y finalmente, una cultura científica básica resulta indispensable para que un ciudadano pueda asumir su responsabilidad en las decisiones relacionadas con temas científicos y técnicos (clonación, células madre, eutanasia, aborto, cultivos transgénicos, energía nuclear…).

Vale la pena invertir en divulgar el conocimiento y el pensamiento científico: puede redundar, a largo plazo, en un país más próspero y democrático. Por todo eso, ¡larga vida a la Semana de Ciencia y Tecnología!

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 22 de octubre de 2008

Experimento póstumo

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 22 de octubre de 2008

Rara vez un descubrimiento científico cambia de golpe el contenido de los textos escolares. Normalmente el avance de la ciencia, con sus lentos pero constantes refinamientos y sus muy raras revoluciones, tarda años en reflejarse en los libros.

Pero el descubrimiento del equipo encabezado por Jeffrey Bada, del Instituto Scripps, y en el que participa el mexicano Antonio Lazcano, de la UNAM (Science, 17 de octubre), seguramente cambiará lo que enseñan los libros de biología.

Se trata, como reportó MILENIO Diario, del reanálisis de los resultados del experimento clásico sobre el origen de la vida llevado a cabo por Stanley Miller en 1953. Consistía en un sencillo aparato cerrado en que se introdujo agua y varios de los gases que, se suponía entonces, formaban la atmósfera de la Tierra primitiva (metano, hidrógeno y amoniaco), hace unos cuatro mil millones de años. La mezcla se hizo hervir y se recirculó durante varios días, sometida a descargas eléctricas. Luego se analizó la mezcla resultante con los métodos de la época; en ella se hallaron cinco aminoácidos (las unidades que forman a las proteínas, moléculas fundamentales para los seres vivos).

Lo que halló el grupo de Bada, al revisar muestras almacenadas por Miller, junto con sus cuadernos de laboratorio, fue que aparte del experimento clásico había otras dos variantes que nunca fueron reportadas. En una de ellas los gases, en vez de simplemente circular, eran inyectados como un chorro en la cámara donde ocurría la descarga eléctrica.

Hoy se piensa que la atmósfera primitiva no tenía la composición supuesta por Miller. Pero el aparato de chorro simula las condiciones de un volcán, donde sí pueden hallarse esos gases. Y las erupciones muchas veces van acompañadas de relámpagos. En el experimento “volcánico” se hallaron, con métodos modernos, 22 aminoácidos. Se tiene así una nueva opción para explicar la aparición de las moléculas que formaron a los primeros seres vivos.

¿Y por qué estudiar el origen de la vida? No sólo para conocer nuestra historia; también porque si un proceso químico sencillo como éste ocurrió en la Tierra, podría ocurrir en otros mundos. La pujante ciencia de la astrobiología es nieta del experimento de Miller, hoy otra vez sorprendentemente actual. La buena ciencia siempre da sorpresas.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 15 de octubre de 2008

Medusas y apuestas científicas

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 15 de octubre de 2008

Al principio fue la curiosidad, la inútil curiosidad. En 1955 el científico japonés Osamu Shimomura fue comisionado por su jefe en la Universidad de Nagoya para estudiar por qué el molusco Cypridina brillaba en la oscuridad.

Shimomura logró aislar la proteína bioluminiscente que, mediante una reacción química, producía el brillo. Fue contratado en la Universidad de Princeton, donde comenzó a estudiar por qué la medusa Aequorea victoria brillaba con luz verde. Lo que descubrió en 1962 fue otra proteína bioluminiscente, que llamó aequorina. Pero la aequorina brillaba en color azul; la medusa viva, en verde. ¿Por qué?

Respuesta: había una segunda proteína, pero fluorescente (es decir, que brillaba con sólo recibir luz azul o ultravioleta, sin reacciones químicas) y emitía luz verde. La proteína verde absorbía la luz azul de la aequorina para darle su fantasmal brillo verdoso a las medusas. A falta de imaginación, esta segunda proteína se llamó “proteína verde fluorescente” (GPF).

En 1988 Martin Chalfie, de la Universidad de Columbia, oyó hablar de la GFP y se dio cuenta de su inmenso potencial como marcador molecular. Se le ocurrió pegarla, mediante ingeniería genética, a otras proteínas. Así, el brillo de la GFP revelaría donde se hallan éstas dentro y fuera de la célula.

Finalmente Roger Tsien, de la Universidad de California, logró modificar la GFP con ingeniería de proteínas. Produjo variantes que brillaban con luz cian, azul y amarillo. También identificó proteínas similares en otros organismos, incluyendo una de brillo rojo proveniente de un coral. Así se completó una paleta de colores que hoy permite estudiar la localización y movimientos de proteínas en células vivas con un nivel de detalle inimaginable hasta hace poco.

Usted ya lo sabe: esta historia termina con un premio Nobel de química. Pero, ¿cuál es la moraleja? Que la ciencia no es un sistema dirigido, que se pueda forzar para obtener resultados predeterminados. Es más bien un sistema de apuestas, donde sólo comprando muchos boletos —apoyando una gran cantidad de ciencia “básica”— puede de vez en cuando ganarse un premio mayor. Como el obtenido a partir de la “inútil” curiosidad de Shimomura, que quería saber por qué brillan las medusas.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

jueves, 9 de octubre de 2008

El Nobel de los virus

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 8 de octubre de 2008

Hay quien vive de señalar los errores o fracasos de la ciencia. Un ejemplo recurrente es el sida: se dice que los esfuerzos de miles de científicos durante más de dos décadas han resultado insuficientes para combatirlo.

El anuncio del premio Nobel de fisiología o medicina el pasado lunes, otorgado conjuntamente a los descubridores del VIH y de los virus del papiloma humano que causan cáncer cervicouterino, desmiente tales ideas. En realidad, las ciencias biomédicas demostraron su poder al detectar a los agentes causales de dos de los males más graves de nuestro tiempo.

El sida surgió a la luz pública en 1981. Para 1984, los franceses Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi, en el Instituto Pasteur, habían ya identificado al agente causal. Supusieron que podía ser un retrovirus –un virus con genoma de ARN (ácido ribonucleico) en vez de la más común molécula de ADN– y buscaron evidencia de su presencia; la detectaron en células de pacientes con sida. Como lo señala el Comité Nobel, “nunca antes la ciencia y la medicina habían sido tan rápidas para descubrir, identificar el origen y proporcionar tratamiento para una nueva enfermedad”.

Con ello se hizo posible estudiar con detalle al virus. Su genoma se clonó y se secuenció, se analizó cada una de las moléculas que lo forman, y hoy se comprende a fondo la mayor parte de los procesos que llevan de la infección a la enfermedad y la muerte. Como consecuencia, se han desarrollado también medios de prevención y tratamientos que han contribuido a combatir la pandemia. Y si Montagnier tiene razón, quizá en menos de cinco años podamos tener una vacuna terapéutica eficaz, que ayude a las personas infectadas.

Por su parte, el alemán Harald zur Hausen necesitó 10 años de trabajo detallado para comprobar que otro virus, el del papiloma humano, o VPH, es la causa del cáncer cervicouterino, el segundo más común en mujeres. Finalmente identificó, entre los más de 100 especies conocidas, a dos culpables (VPH 16 y 18) y hoy contamos con pruebas de detección y vacunas que ofrecen protección eficaz contra ellos.

Sin conocimiento científico, hoy estaríamos a merced de estos y otros males. El Nobel premia, aunque algo tardíamente, a descubrimientos que indudablemente han contribuido a un mayor bienestar de la humanidad.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 1 de octubre de 2008

¡China otra vez!

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 1 de octubre de 2008

¡Los chinos lo volvieron a hacer! Pusieron un hombre en órbita en 2003, y luego dos, en 2005, a bordo de las naves Shenzhou (“navío divino”) 5 y 6. Y el pasado sábado 27 lograron su primera caminata espacial.

En realidad, más que caminar, el taikonauta –del chino taikong, espacio– Zhai Zhigang salió de la Shenzhou 7 y flotó a su alrededor, sujeto por cables, por 13 minutos. Ondeó una bandera china, envió un mensaje de orgullo patrio por TV y recuperó un experimento relacionado con lubricantes sólidos que se hallaba en el exterior de la cápsula.

La misión, que duró 86 horas –el domingo la nave, con sus tres tripulantes, aterrizó con paracaídas en Mongolia– fue seguida en TV por millones de chinos. A su regreso el lunes a Pekín, los taikonautas fueron recibidos con un desfile, guirnaldas, ovaciones, entrevistas y honores. Los medios oficiales declararon que se trataba de un “gran avance” -hace medio siglo, Mao Tse-tung se quejaba de que su país no podía lanzar ni una papa al espacio- y una muestra del indudable poderío científico y técnico de China.

¿Exageraciones? La información sobre el vuelo no estuvo libre de manipulación: la agencia Xinhua envío un boletín reportando el exitoso despegue la mañana del jueves 25, incluso dando detalles, ¡horas antes de que despegara!

Pero lo cierto es que China se fijó un rumbo claro y lo ha seguido con éxito. Su programa espacial la pone casi a la par de Rusia y los Estados Unidos, únicos países que han logrado caminatas espaciales, y delante de sus competidores Japón e India.

El programa espacial chino se inició hace más de 30 años. Zhigang utilizó un traje espacial made in China (4 millones de dólares) y la mayor parte de la tecnología de la Shenzhou 7 –que incluía excusado– es nacional. Es indudable: el apoyo decidido a la ciencia y la técnica tiene derramas, económicas y de otro tipo, que han contribuido a convertir a China en una potencia.

¿Podría ocurrir algo similar aquí? Lo dudo: aunque entre 1995 y 96 la UNAM lanzó dos satélites (con malos resultados), y en abril de 2006 el congreso aprobó la creación de la Agencia Espacial Mexicana, no ha habido voluntad política para desarrollar un verdadero programa espacial.

Habría que cambiar el dicho: el que se queda “nomás milando” no es chinito, es mexicanito.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 24 de septiembre de 2008

El fin del mundo se pospone

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 24 de septiembre de 2008

Dan ganas de decirlo así:

El Gran Colisionador de Hadrones (LHC), quizá la máquina más compleja jamás construida (sin duda la más cara: casi seis mil millones de dólares), producto de la colaboración de más de 20 países, que llevó casi 20 años construir y cuya puesta en marcha se temía que desatara una catástrofe planetaria... se desconchinfló.

Una falla eléctrica ocasionó que dos de sus nueve mil magnetos superconductores se sobrecalentaran y fundieran, causando una fuga de helio. Este gas, en estado líquido, mantiene a dos grados por encima del cero absoluto a los imanes, que aceleran protones para que giren a 99.9 de la velocidad de la luz por el anillo subterráneo de 27 kilómetros (dan 11 mil vueltas por segundo).

¿Tanto escándalo para esto?

Pero esta versión de los hechos, aunque sabrosa, peca de desinformada y simplista. Y la desinformación es un problema grave: una adolescente india, aterrorizada por los reportes tremendistas acerca de la posibilidad de que el LHC produjera un mini-agujero negro que se tragaría la Tierra, se suicidó ingiriendo pesticida. No era necesario.

La verdad es que la puesta en marcha del Colisionador de Hadrones (partículas, como protones y neutrones, formadas por la unión de varios cuarks) el 10 de septiembre no presentaba riesgo: era sólo una prueba. Se lanzaron chorros de protones a dar vueltas, pero no se hicieron chocar entre sí.

Cuando se lleve a cabo el experimento real –pospuesto hasta la primavera del 2009- tampoco habrá riesgo. La probabilidad de crear mini-agujeros negros es insignificante, y aunque se produjeran, desaparecerían instantáneamente: son muy inestables.

El LHC servirá para intentar descubrir por qué la materia tiene masa (y si existe la partícula teórica llamada “bosón de Higgs”, que explicaría esta propiedad). También para entender mejor el origen del universo y la naturaleza de la “materia oscura” y la antimateria.

¿Ha fracasado el LHC? De ningún modo. Fallas como ésta son un “golpe psicológico” para sus creadores, pero estaban previstas.

Toda tecnología requiere un periodo de ajuste. Cuando funcione correctamente, el LHC dará respuestas a algunas de las preguntas más fundamentales sobre el universo. Sólo que, como siempre en ciencia, se trata de una inversión a largo plazo.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 17 de septiembre de 2008

¡El tamaño sí importa!

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 17 de septiembre de 2008

Mi repudio y desprecio a los asesinos del pueblo que,
en Morelia, sólo quería celebrar a la Patria

Si de celulares se trata, lo pequeño es mejor. En cambio, si hablamos de seres vivos, parece no haber reglas. De bacterias microscópicas a monstruosos dinosaurios, las especies vienen en todas las tallas.

Pero a los científicos el desorden les molesta, y buscan patrones. ¿Qué determina el tamaño promedio de las especies, y cómo cambia su distribución en el tiempo?

Dentro de grupos concretos, por ejemplo mamíferos o moluscos, se han detectado tendencias, como la “regla de Cope”: el tamaño de las especies a lo largo de la evolución no cambia al azar: tiende a aumentar. Los individuos de las especies “hijas” tienden a ser mayores que los de las especies ancestrales de las que se derivan. El cambio, claro, no se da en una generación, sino en millones de años. Y sin embargo, la mayoría de las especies del grupo son pequeñas, no gigantes. Aunque hay mamíferos que pesan desde dos gramos hasta 100 toneladas, la mayoría de las especies, extintas y actuales, pesan alrededor de 100 gramos. ¿Cómo explicar esto?

El tamaño grande ofrece beneficios, como tener menos depredadores, pero también desventajas: se requiere más alimento y el desarrollo es más lento. En general, las especies grandes tienden a extinguirse más facilmente. Y el ambiente influye en el tamaño: en latitudes o eras más cálidas, tiende a disminuir.

Los investigadores estadunidenses Aaron Clauset y Douglas Erwin han construido un modelo matemático (publicado en Science, 18 de julio), que trata de reproducir la distribución de los tamaños de las especies de mamíferos de los últimos dos y medio millones de años. Y lo lograron, partiendo de varias suposiciones simples (que no puede haber mamíferos de menos de 2 gramos; que el tamaño tiende a aumentar —regla de Cope—, y que las especies grandes se extinguen más facilmente). Ahora, como comenta Kaustuv Roy en la misma revista (12 de septiembre), habrá que entender por qué es esa distribución de tamaños.

El problema no es sólo académico. Los humanos cazamos, pescamos o talamos a los individuos más grandes de las poblaciones naturales, y hemos causado un calentamiento global. En palabras de Roy, “una mejor comprensión de los procesos evolutivos que afectan el tamaño… es esencial para el manejo efectivo y la conservación de las especies y los ecosistemas”. Cuestión de tamaños… y de supervivencia.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 10 de septiembre de 2008

¿Y los científicos?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 10 de septiembre de 2008

¿Qué será de los EU si Sarah Palin, candidata a vicepresidenta que representa lo más retrógrado de la derecha cristiana estadunidense, llega al poder? (MILENIO Diario reporta ayer que McCain y Palin llevan una ventaja de cuatro puntos.)

Palin es una furiosa opositora a la libertad de las mujeres de decidir sobre el aborto. Se opone a otorgar a las parejas homosexuales los mismos derechos que disfruta cualquier ciudadano heterosexual. Aboga además por enseñar la seudociencia del creacionismo en las clases de biología, como alternativa a la evolución darwiniana.

Declara no estar convencida de que el calentamiento global sea consecuencia de la actividad humana. Y, para colmo, opina que la invasión a Irak es producto de la “voluntad divina”.

El problema es que, a pesar de ser —todavía— la mayor potencia científica y tecnológica del mundo, Estados Unidos es también una sociedad plagada por la incultura científica y la popularidad del pensamiento mágico-religioso. Gran parte de los ciudadanos prefiere creer las palabras de predicadores y charlatanes que confiar en el conocimiento generado por sus científicos.

¿Incultura científica en EU? ¿Y cómo estaremos los mexicanos? Claramente mucho peor, pues no contamos con el alto número de investigadores e instituciones científicas de nuestros vecinos. Consecuentemente, el peso de nuestra comunidad científica en la sociedad es mínimo. Despreciable.

Para muestra, un botón: en la encuesta presentada antier en MILENIO Diario por María de las Heras sobre el desempeño de “los diversos actores políticos de nuestro país”, que incluía a militares, periodistas, sacerdotes, banqueros, jueces, políticos, empresarios, policías, maestros... ¡los científicos ni siquiera aparecen!

Desconozco si fue decisión de De las Heras no incluirlos o si sus encuestados no los mencionaron. Lo cierto es que su ausencia refleja claramente su falta de influencia en la política nacional.

Da terror lo que pasa en EU, pero también lo que ocurre aquí. La ciencia no cuenta para la sociedad mexicana, y eso explica en parte nuestra triste situación actual y nuestro futuro nebuloso. Y en parte, los científicos tenemos la culpa, pues no hemos logrado hacer conscientes a nuestros conciudadanos de que la ciencia debería ser una prioridad nacional. Habría que hacer algo para remediarlo.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Sociedad y ciencia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 3 de septiembre de 2008

Prevaleció el sentido común. Tras considerar diversos y abundantes argumentos, seis ministros y dos ministras de la Suprema Corte votaron a favor de declarar constitucionales las reformas al Código Penal y la Ley de Salud del Distrito Federal que despenalizan el aborto hasta las 12 semanas de embarazo.

Las reformas quedan así a salvo de nuevos cuestionamientos, y se abre la vía para que otros estados modifiquen sus leyes para ampliar en todo el país las libertades de las mujeres.

Los opositores a la despenalización se empeñaron en reducir el debate a un conflicto entre los derechos de la mujer y los del embrión. Los ministros reconocieron que se trataba de un sofisma: la vida en gestación es digna de ser protegida, pero no es todavía vida humana. Los derechos de la mujer son los únicos en juego.

En el debate, el conocimiento científico acerca del proceso de gestación y las condiciones necesarias para considerar que existe vida humana –en particular, la existencia de un sistema nervioso central maduro y funcional– fue determinante, junto con las consideraciones sobre la difícil situación de las mujeres que recurren al aborto, para llegar a la decisión que ahora celebramos.

La importancia de la ciencia en las controversias sobre temas que afectan a la sociedad seguirá creciendo. Ya tenemos encima discusiones relacionadas con salud y sexualidad –transexualidad, investigación con células madre, eutanasia, clonación… Y vienen otras: energías alternativas (solar, geotérmica, nuclear), contaminación, manejo de basura y residuos tóxicos, cultivos transgénicos…

En todos ellos habrá que tomar decisiones. Sólo quien entienda, al menos en principio, la ciencia y la tecnología relacionadas con cada uno, podrá opinar responsablemente. Mientras el ciudadano medio no tenga una mínima cultura científica, la discusión quedará sólo en manos de expertos y políticos.

Urge democratizar el conocimiento científico y técnico: ponerlo al alcance del público. La despenalización del aborto se logró en gran parte gracias a la campaña de información y educación emprendida por los grupos defensores. En los debates por venir, la labor de periodistas científicos, divulgadores y educadores será central para permitir que nuestros ciudadanos puedan participar en la toma de estas decisiones que afectarán a toda la sociedad.

Recordémoslo: la ciencia también forma parte de la democracia.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 27 de agosto de 2008

Aborto: en resumen...

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 27 de agosto de 2008

Desde el lunes, la Suprema Corte discute la constitucionalidad de la reforma que despenalizó el aborto en el DF. El debate público sobre el tema se ha recrudecido. Conviene repasar algunos hechos fundamentales, sin olvidar que, por ser hechos, son independientes de nuestras creencias o deseos:

1) Cada año, en México, miles de mujeres quedan embarazadas sin haberlo planeado. Muchas deciden abortar y lo hacen, sea legal o no.

2) En los estados, y en el DF antes de la despenalización, un alto porcentaje de las mujeres que abortaban sufrían complicaciones de salud derivadas del procedimiento, frecuentemente realizado en condiciones insalubres. Muchas de ellas morían.

3) A partir de la despenalización, el número de mujeres muertas o con problemas de salud derivados de abortos disminuyó drásticamente. La única muerte registrada fue producto de fallas humanas.

4) Muchos argumentos contrarios a la despenalización, como el carácter “plenamente humano” del feto de menos de 12 semanas o la existencia de un “derecho natural” están basados en creencias religiosas como la existencia de un espíritu o alma, o la existencia de un plan divino en la naturaleza.

Basándose en estos hechos, se puede afirmar con solidez lo siguiente:

1) La despenalización obedece a un problema de salud y libertades individuales. No es una decisión moral ni va “en contra de la vida humana”, como se afirma (puesto que a las 12 semanas no hay ser humano al cual afectar; sólo un organismo en las etapas iniciales de su desarrollo). Simplemente, se evitan muertes de mujeres.

2) Nadie está “a favor” del aborto. Se trata de un último recurso. Apoyar su despenalización no es promoverlo, sino mitigar sus efectos negativos. Para evitar abortos, lo mejor es prevenir los embarazos no deseados con educación sexual y el uso de anticonceptivos.

3) La ley no obliga a nadie a abortar: sólo otorga a las mujeres la libertad de decidir. La dimensión moral de abortar o no queda en la conciencia personal de cada una de ellas.

Ojalá se reconozca que, en vez de penas de 3 a 6 meses de cárcel, lo que se requiere es un sistema que apoye a las mujeres y reconozca sus necesidades. Y que la mejor forma de hacerlo es ampliando, no limitando, sus libertades individuales.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 20 de agosto de 2008

Olimpiadas y maestros

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 20 de agosto de 2008

A Laura Lecuona, con mi cariño,
y a Guillermo Pérez, con gratitud nacionalista

El talento es una cualidad darwiniana. Para hallar talentos sobresalientes, hay que buscarlos en una población amplia. Hay personas con escaso, mediano o gran talento: el truco es seleccionar a estos últimos. Así logran China o Estados Unidos tener tantas medallas en estas Olimpiadas: hacen bien su trabajo de selección darwiniana.

Pero un momento: ¿por qué México, con más de 100 millones de habitantes, cuenta con tan escasos talentos olímpicos? Es cierto que Estados Unidos y China tienen poblaciones, respectivamente, tres y trece veces mayores, pero en proporción nuestra cantidad de medallas es raquítica…

Respuesta: la selección darwiniana es importante, pero no basta. Además de seleccionar a los mejores (lo cual, en realidad, México no hace: no cuenta, como China, con un sistema que detecte atletas con potencial olímpico desde la primaria), hay que proporcionarles una preparación de alto nivel y un ambiente propicio. Al talento natural hay que cultivarlo, formarlo. Educarlo. Como en tantos temas, la educación es central.

Me duele escuchar las amargas quejas contra la mediocridad general de los deportistas mexicanos, pero comprendo sus causas. Y comprendo también que mientras no se tomen decisiones drásticas, la cosa no cambiará.

En cambio, me duele, pero no comprendo, las quejas que se han suscitado frente a los resultados del examen para otorgar plazas a los maestros. Cierto, los resultados fueron desalentadores (67% de reprobados, y profesores con promedio bajo o reprobatorio recibirán una plaza…). Pero hay que tomar en cuenta que por primera vez se está aplicando un verdadero sistema de selección que permite distinguir a los mejores.

Será difícil al principio, y tendremos que comenzar con los “menos peores”. Pero si el sistema no se corrompe —si no está ya corrompido desde su inicio— y si logra tener una continuidad transexenal, en unos años podríamos revertir la catástrofe educativa causada por décadas de descuido y falta de apoyo a la formación de maestros en todo el país.

La educación de calidad es la base necesaria para resolver la mayoría de los problemas nacionales. El desprecio a la profesión de maestro (no olvidemos tampoco sus sueldos miserables) es un boleto para el desastre. Vale la pena el esfuerzo por apoyar a los mejores talentos para educar a nuestros jóvenes. Ojalá lo mismo se hiciera por nuestros deportistas.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 13 de agosto de 2008

Educación sexual

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 13 de agosto de 2008

No he podido conocer directamente (aunque me encantaría) los contenidos del libro Tu futuro en libertad. Por una sexualidad y salud reproductiva con responsabilidad, que el Gobierno del DF distribuye entre estudiantes capitalinos.

Afortunadamente, gracias a su amplia discusión en los medios, sé que se trata de un material útil, elaborado por profesionales, que aborda temas que son, además de importantes, urgentes.

Si algo dejó la recién concluida Conferencia Internacional sobre el Sida fue la certeza de que el combate a la pandemia requiere más acción, más intensa, para evitar que el número de infectados y muertos aumente aún más alarmantemente. Sobre todo en el tercer mundo, y sobre todo entre los jóvenes.

Urge reforzar la educación sexual. Pero entendida como parte integral de la educación y la cultura general, no como simple propaganda. Está comprobado que la mera información no basta para modificar conductas. Y el mismo argumento es aplicable a otros temas relacionados: aborto, embarazos no deseados, anticoncepción, homosexualidad etc.

Esfuerzos como el realizado por el Gobierno del DF debieran recibirse con apertura y buen ánimo. Pero, ¿qué encontramos? Descalificación y rechazo.

Tradicionalmente, la iglesia católica y la derecha conservadora han defendido el supuesto derecho inapelable de los padres de familia a decidir qué se enseña a sus hijos. Afortunadamente el Estado mexicano decidió anteponer a este derecho —que tienen los padres, y que pueden ejercer en el seno familiar— su obligación de proporcionar una educación pública laica y basada en el conocimiento científico. Y así lo ordena el artículo tercero constitucional.

Mi colega columnista José Luis Reyna lo expresó anteayer certeramente: “La educación sexual... tiene que ser objeto de una política sólida de Estado, ajena a la religión y a la mojigatería”.

Las razones esgrimidas por la SEP para rechazar el libro son pueriles: se trata en realidad, de una decisión del gobierno federal de atacar todo aquello que provenga de sus enemigos políticos. Nuevamente, por desgracia, la política mal entendida se pone por encima de los intereses sociales y académicos. En este caso, de la educación sexual basada en conocimiento científico sólido, que tanta falta hace a la juventud mexicana.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 6 de agosto de 2008

Peligros de la credulidad

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 6 de agosto de 2008

Cada vez que se habla en contra de supercherías y seudociencias, alguien se queja de la “cerrazón” de los científicos, o de su soberbia por “pretender saberlo todo” y despreciar las creencias de mucha gente.

La acusación es injusta: los científicos no saben todo (serían imbéciles si lo creyeran, además de quedarse sin trabajo) ni, como comunidad, son cerrados. Simplemente, exigen ciertos estándares de calidad para aceptar una afirmación: básicamente, que haya pruebas convincentes y que sea coherente con lo que ya se sabe. Incluso, de vez en cuando, con pruebas contundentes, aceptan algo que vaya completamente en contra de lo que se sabía: ocurre entonces una revolución científica.

En cuanto a las creencias, más que desprecio se trata de honesta preocupación por el bienestar del prójimo. Hablamos de creer en ovnis tripulados por marcianos, o que leyendo las plantas de los pies se pueden detectar enfermedades (reflexología), o que acomodando los muebles y decoración de nuestra casa el chi, fluido imperceptible, correrá de manera propicia para tener salud y prosperidad (feng shui: ¡no deje destapado el excusado: puede quedar en la miseria!). Sin olvidar, claro, a la astrología: los astros influyen en nuestro destino.

La lista podría seguir, pero el patrón es el mismo: afirmaciones sin fundamento, y que nos exigen “creer” sin necesidad de pruebas. Un lector abierto a estas creencias podría preguntar, “¿y qué daño hacen?”.

La verdad es que mucho: aparte de ser un engaño, muchas de estas creencias pueden dañar la salud de sus adeptos, pues prometen sanar enfermedades a veces graves con tratamientos imaginarios o inútiles. Y hay un daño mayor: al promover la “apertura” a creencias sin fundamento racional y sin pruebas, las seudociencias socavan la capacidad crítica y fomentan la credulidad del público: debilitan su sistema de defensa intelectual y lo convierten en presa fácil para charlatanerías mucho más peligrosas, como el negacionismo del sida (que dice que el VIH no existe, que la enfermedad no es contagiosa y que los antirretrovirales tratar a los seropositivos son venenos).

Combatir supercherías y seudociencia no es intolerancia ni cerrazón: es la única manera de evitar que el pensamiento científico quede relegado a los rincones académicos, mientras el gran público es víctima de merolicos

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 30 de julio de 2008

Ciencia contra seudociencia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 30 de julio de 2008

Ante opiniones extremas que consideran a la ciencia como una creencia sin sustento –o peor, dañina–, es ilustrativo el caso de Radovan Karadzic, ex líder serbobosnio buscado por crímenes contra la humanidad (18 mil muertes) y capturado recientemente, después de 12 años, en Belgrado.

Se había ocultado bajo la identidad falsa de Dragan Dabic, médico alternativo de barba blanca que ofrecía curaciones a base de “energía humana cuántica”. Convencía incautos con palabrería sin sentido como la siguiente: “Numerosos procesos de energía de los que dependen las funciones de nuestro cuerpo son causados por la energía de un poder superior (energía cósmica, prana, maná, energía orgánica, energía cuántica, el Espíritu Santo). Fluyen en nosotros y a nuestro alrededor y son nuestro mayor bien y la fuente de nuestra salud y bienestar”. La seudociencia como escondite perfecto... o casi.

Irónicamente, fue la ciencia el arma para su detención, pues los agentes serbios que lo seguían utilizaron algunos de sus cabellos (obtenidos al hacerse pasar por pacientes) para realizar una prueba de ADN e identificarlo con certeza.

El conocimiento científico es confiable: funciona. Por ello, ante problemas que afectan a la sociedad, es vital basar las soluciones en la ciencia. El sida es un caso ejemplar: frente a peligrosas charlatanerías que niegan que sea causado por el VIH, expertos científicos y gobiernos prefieren confiar en la medicina científica.

La Conferencia Internacional sobre el sida, que comienza el domingo en esta capital, reunirá a expertos de todo el mundo y servirá seguramente para reforzar las políticas públicas de combate a la pandemia en nuestro país.

Y buena falta hace. Todavía encontramos posiciones tramposas como las que afirman que el condón no previene el sida (cifras recientes de la ONU muestran que, aunque pequeña, ha habido una disminución global), o declaraciones sesgadas como la del Secretario de Salud, José Ángel Córdova, respecto a que la píldora del día siguiente “en lugar de prevenir el sida, puede favorecerlo” (confundiendo el derecho a decidir un embarazo con la prevención de una infección).

Ante problemas reales, la ciencia ofrece conocimiento útil. El libro El VIH y la patogénesis del sida, de Jay Levy, es un ejemplo: se presenta hoy a las 18:30 en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica. Entrada libre.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!