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miércoles, 5 de octubre de 2016

Luis González de Alba

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de octubre de 2016

Estoy de luto. La muerte de Luis González de Alba, por más que haya sido “una muerte elegida” (Aguilar Camín dixit), me entristece.

En medio de todo lo que se está escribiendo sobre él, quisiera hablar del González de Alba divulgador. El que vivía fascinado por entender los descubrimientos científicos y la imagen del universo que nos revelan, y que por décadas se dedicó incesantemente a compartirlos con sus lectores en los medios donde colaboró.

Admiré su labor como divulgador científico desde que, gracias a un queridísimo amigo, comencé a leerlo ocasionalmente en las páginas de La Jornada, en su columna “La ciencia en la calle”, y más tarde en su libro La ciencia, la calle y otras mentiras, de 1989, que tanto disfruté por su seductora mezcla de ciencia, historia, cultura e inteligencia.

Con los años conocí muchas otras facetas de González de Alba, como activista gay, ex–líder del 68, novelista e intelectual. Comencé a leer y disfrutar sus novelas, especialmente Agapi mu (1993). Descubrí sus libros de poemas y de cuentos, como El vino de los bravos (1981), y sus intentos por combatir la homofobia y promover los derechos de las minorías sexuales a través de vías como su legendario bar gay El Taller, donde se impartían conferencias semanales de información y concientización; sus ensayos –basados en ciencia pero también en un firme conocimiento de la Biblia y sobre todo en su agudo sentido común y de la justicia– donde refutaba las mentiras que sustentan los prejuicios religiosos contra los homosexuales, o su valioso libro Bases biológicas de la bisexualidad, que recopilaba información científica sólida sobre la presencia del “antinatural” comportamiento homosexual en todo tipo de especies animales (y que años más tarde se convertiría en La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, publicado por Paidós en 2003, y del cual tuve el honor de ser revisor técnico y más tarde presentador).

Al mismo tiempo, seguí siendo lector, cada vez más asiduo, de sus columnas semanales de ciencia, ya para entonces en El Financiero y más tarde en Milenio Diario, y de sus libros de divulgación científica, como Los derechos de los malos y la angustia de Kepler o El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (después reeditado como Maravillas y misterios de la física cuántica), que a pesar de algunas leves carencias en cuanto a exactitud científica, muestra un fascinante y delicioso panorama de la historia y la imagen actual de la física.

Rara vez tuve la oportunidad de verlo en persona. Menos aún de platicar con él (aunque en algún momento tuvimos breves conversaciones por correo electrónico o en Facebook). Cuando le pregunté públicamente por qué había decidido dedicarse –entre sus tantas ocupaciones– a la divulgación científica, respondió que era porque no tenía con quién platicar, tomando café, de temas científicos. Qué ironía… ¡Lo que yo hubiera dado por ser ese interlocutor! Nunca pensé tener el privilegio de escribir en el mismo diario que él.

González de Alba fue siempre un ejemplo y un maestro para mí en el arte de comunicar la ciencia con entusiasmo y claridad. Desde hace años uso en los cursos que imparto varios de sus excelentes textos, como muestra de lo que la inteligencia, la cultura, la emoción sincera y la creatividad pueden lograr al redactar textos de divulgación científica. Su labor como divulgador la realizó sin apoyo de nadie, con sus propios medios, alejado de las instituciones y del gremio de los divulgadores profesionales. Bajo sus propias reglas. Y llegó a ser uno de los divulgadores más reconocidos e influyentes del país.

González de Alba era –al menos en sus textos y las redes sociales– una persona difícil, de opiniones vehementes, tajantes, pero siempre fundadas en datos firmes y argumentos difíciles de refutar. No coincidí con muchas de sus posturas políticas: creo que a fuerza de ser el más riguroso crítico de la izquierda, acabó a veces dando armas a la derecha. Tampoco con algunas de sus posturas científicas: su admiración por las teorías sobre la conciencia de Roger Penrose, basadas en la física, tan limitadas y ramplonas comparadas con las centradas en las neurociencias y la evolución, como las de Daniel Dennett y otros. Y no considero a priori que la opción del suicido sea una medalla para él, aunque desconozco y respeto los motivos personales que lo orillaron a ello. Pero reconozco su enorme tesón y su valor para mantener, hasta el final, su independencia, su libertad y su coherencia intelectual.

Hasta siempre, Luis. ¡Te debemos tanto aquellos que nos beneficiamos de tus luchas y afanes! Y, como lectores, te echaremos mucho de menos cada semana.

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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Viaje a las estrellas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de septiembre de 2016


Casi un año después de que yo naciera, en septiembre de 1966, comenzó la transmisión de una de las series televisivas de ciencia ficción más longevas e influyentes de la historia: la legendaria Star Trek (Viaje a las estrellas).

En su momento, la serie fue revolucionaria, no sólo por sus historias y efectos especiales, sino por el subtexto de avanzada que tenía el universo concebido por Gene Roddenberry, su creador, y los personajes que lo habitaban. Se trataba, en los años de la lucha contra el racismo en Estados Unidos y los comienzos del feminismo en el mundo, de un futuro –el siglo XXIII– en que ya no había naciones, sino una Federación de Planetas. Y el Enterprise, la nave que viajaba “a donde nadie ha llegado jamás”, contaba con una tripulación diversa: americanos (el capitán Kirk), europeos (el señor Scott, ingeniero escocés), rusos (el comandante Chekov, oficial táctico), asiáticos (el señor Sulu, timonel), una mujer africana, (la teniente Uhura, oficial de comunicaciones, si bien seguía teniendo un puesto que básicamente equivalía al de telefonista) y hasta un extraterrestre, el inolvidable señor Spock (primer oficial).

Para darse una idea de lo innovador que fue este concepto, y el conservadurismo que aún prevalecía, basta señalar que en 1968, cuando la serie mostró el primer beso interracial –entre el capitán Kirk y la teniente Uhura–, algunos estados del sur de los Estados Unidos se negaron a transmitir el episodio.

La nueva película de la saga, Star Trek: sin límites (Star Trek beyond), no decepciona. Más allá de las críticas de los fans más radicales al nuevo rumbo que marcó J. J. Abrahams (quien en esta ocasión no dirige, pero sí produce), al reiniciar o “rebootear” la historia, situándola en un universo alternativo, la cinta es original, llena de acción, y su trama permite el desarrollo de los personajes y su mundo. Y, por si fuera poco, incluye sentidos homenajes a los protagonistas de las serie y las películas originales.

Pero lo mejor es que mantiene los ideales con los que surgió la serie: un universo en que la diversidad entre especies obliga a buscar, pese a todos los obstáculos, nuevas y mejores maneras de convivir. Un pequeño detalle que los creadores no quisieron enfatizar demasiado, pero que dice mucho, es la escena donde el nuevo señor Sulu es recibido, al llegar a la base estelar Yorktown, por su familia: su pareja, también hombre, y su hija. (Curiosamente, el actor que encarnaba a Sulu en la serie original, George Takei, quien es abiertamente homosexual y activista por los derechos de las minorías sexuales, ha declarado que está totalmente en desacuerdo con mostrar al nuevo Sulu como gay, algo que los guionistas idearon en parte como un homenaje al propio Takei. Nunca se le puede dar gusto a todo el mundo.)

Este futuro idealista, donde la ciencia y la tecnología abren nuevas fronteras a una Federación Planetaria que aspira a la convivencia justa, pacífica y democrática, contrasta amargamente con la realidad actual de nuestro país, donde el dogmatismo religioso pretende asustar a la opinión pública con el ridículo petate del muerto de un amenazante “imperio gay” (que pareciera surgido de la saga competidora, Star Wars, casualmente hoy también en manos de J. J. Abrahams).

En fin. Si gusta usted del cine, no está de más disfrutar otra joyita que está todavía en cartelera: Julieta, de Pedro Almodóvar, que entre los muchos hilos de su fascinante y desoladora trama (basada en tres historias de la escritora canadiense Alice Munro, ganadora del Nobel de literatura en 2013), muestra el daño y el dolor que la culpa y el fanatismo religioso pueden causar en la vida de los individuos.


(Posdata: Para frustración de algunos de mis lectores, confesaré que había planeado que este texto abordara la propulsión warp de Star Trek, que permite al Enterprise viajar más rápido que la luz, y la propuesta teórica del físico mexicano Miguel Alcubierre que demuestra cómo tal cosa sería posible “distorsionando” el espaciotiempo por delante y detrás de la nave. Pero a veces uno no termina escribiendo lo que pensaba inicialmente. El tema tendrá que esperar para mejor ocasión.)

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mentiras homofóbicas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de septiembre de 2016

El sábado 10 de septiembre de 2016 quedará como una fecha vergonzosa en la historia de México. El llamado Frente Nacional por la Familia logró su objetivo de organizar numerosas marchas en varios estados de la república (las cifras varían; la BBC reporta 16 ciudades en ocho estados) para protestar contra la iniciativa presidencial de elevar a rango constitucional los matrimonios igualitarios y otros derechos de las minorías no heterosexuales, como la adopción y la no discriminación (a través, entre otras cosas, de contenidos educativos que promuevan el respeto a la diversidad sexogenérica).

En realidad las marchas no fueron para defender a “la familia” (los organizadores insisten dogmáticamente en que sólo hay una, ideal: la nuclear tradicional, y desconocen a todas las otras familias que existen en el mundo real). Fueron marchas para luchar contra los derechos de las minorías sexuales. Marchas para promover el odio homofóbico, por más que muchos de quienes las promueven y participan en ellas quizá sean demasiado miopes para darse cuenta de ello.

Aunque sus organizadores inflen sus cifras (hablan de más de un millón, mientras que las autoridades de protección civil manejan cifras de entre 400-500 mil, y otras fuentes de no más de 310 mil), el éxito de las marchas es innegable. Y eso es muy preocupante. Frente a esta campaña de promoción de los antivalores homofóbicos, nuestra sociedad ha fracasado en impulsar ampliamente una cultura democrática de respeto a los valores humanos. Cierto: se ha avanzado, y mucho. Pero aún falta mucho más por lograr.

Se manejaron muchas mentiras para convencer a la gente de acudir a las marchas. Aquí una breve lista: “las marchas son organizadas por los padres de familia”; “no es un movimiento religioso”; “los obispos, aunque marcharon, no organizaron las marchas; sólo las acompañaron”; “las marchas eran actos de buena voluntad”; “Se obligará a niños a elegir su género y se encarcelará a los padres que se opongan a ello”; “el matrimonio sólo sirve para procrear y tener hijos”; “El matrimonio no es un derecho, es una institución”; “La adopción es un derecho del niño, no de los padres” (me pregunto cómo pude un niño ejercer su derecho de ser adoptado).

Los conservadores católicos que organizaron y participaron en las marchas y en las demás actividades del Frente Nacional por la Familia también construyen hombres de paja para luego disparar contra ellos, como la idea de que hay un complot internacional para difundir algo que llaman “la ideología de género”: un ente brumoso que entre otras cosas busca borrar las diferencias entre los sexos (o algo así). Curiosamente, los estudios de género no tienen que ver nada con este absurdo, sino con el análisis y defensa de la diversidad sexual y de género (entre otras muchas cosas). Llamarle “ideología” es una forma de manipular la opinión pública para defender… otra ideología: la religiosa.

Una de las herramientas básicas para el diálogo democrático es la discusión libre basada en información confiable. Muchas veces, en muchos temas, esa información confiable es producto de la investigación científica. Y es aquí donde el Frente por la Familia, en la promoción de sus muy válidas, aunque siempre debatibles, creencias religiosas, actúa con más dolo. He aquí algunas de estas mentiras que presentan como hechos basados en la ciencia.

1) “La familia y el matrimonio son instituciones naturales”. Falso. Nada tienen de natural tales instituciones. Cierto: hay animales en los que el cuidado parental de las crías está a cargo de ambos progenitores. Pero hay muchos otros en los que no sucede así, y en los que se encuentra toda una gama de opciones que va del abandono al cuidado monoparental o al cuidado comunal. Las sociedades humanas han creado instituciones como el matrimonio y los distintos tipos de familia como respuestas a necesidades sociales que van mucho más allá del cuidado de los hijos: entre ellas, el mantener el patrimonio material dentro de un linaje consanguíneo, o el establecer roles de género que hoy han sido ampliamente cuestionados y superados.

2) “El matrimonio igualitario daña a la familia o a los niños”. Falso. No hay datos ni argumentos para sustentar el daño que las familias tradicionales sufrirían sólo porque se reconozca la existencia de otros tipos de familia. Y hay, en cambio, muchas investigaciones científicas serias que demuestran que los niños criados por familias homoparentales, sean éstos propios o adoptados (porque las y los homosexuales pueden tener hijos, y muchos los tienen) no presentan diferencias con los hijos de familias tradicionales en cuanto a salud, desarrollo físico o mental, desempeño educativo e incluso en cuanto a su habilidad para conseguir, ya como adultos, empleos bien remunerados.

3) “La homosexualidad es un comportamiento enfermo, desviado, anormal, antinatural y dañino, y por tanto reprobable en sí mismo”. Quizá esta sea la mentira que subyace a todo el movimiento “por la familia”. Pero aunque durante siglos fue algo que se aceptaba como un hecho, hoy sabemos que no es más que un prejuicio carente de todo fundamento. Las orientaciones no heterosexuales han sido retiradas de las listas de enfermedades mentales como resultado de investigaciones serias que confirman que quienes las portan son personas tan normales, productivas y felices como cualquiera otra, y se sabe hoy que el comportamiento homosexual es frecuente en prácticamente todas las especies animales en las que se ha investigado.

El próximo sábado 24 de septiembre está convocada una “megamarcha” más, ahora nacional, en la capital del país. Habrá que ver qué tanto éxito tiene. Yo en lo personal tengo la esperanza de que, como ha ocurrido en otras protestas de tipo religioso (como las que hubo ante el inicio del "reality show" Big Brother, y luego ante el estreno de la película El crimen del padre Amaro), estas manifestaciones hagan que autoridades y legisladores se den cuenta de que urge convertir lo que la Suprema Corte de Justicia ya estableció como derechos en leyes aplicables a toda la federación.

Porque en un Estado laico, democrático y que defiende los derechos humanos, no puede haber ciudadanos de segunda.

(Otro asunto más: El Frente Nacional está también defendiendo un supuesto “derecho de los padres a educar a sus hijos”, con lemas como “No te metas con mis hijos” y “Si es mi hijo, yo lo educo”. Esta demanda, que suena lógica, es la expresión de una lucha que se remonta a los tiempos de la Reforma juarista y de la Guerra Cristera. Cierto, los padres tienen derecho a educar a sus hijos e incluso a inculcar en ellos creencias religiosas… pero sólo en el ámbito privado. En el público, el Estado esta obligado a garantizar una educación laica, libre de creencias religiosas, y que promueva la mayor igualdad posible entre todos los ciudadanos. Desde hace mucho el conservadurismo religoso pretende retomar el control de la educación pública, como lo tenía la iglesia antes de la Reforma. Se trata de una lucha ideológica entre quienes buscan restaurar una república confesional y quienes defendemos el Estado laico. Hay que tenerlo claro.)

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miércoles, 31 de agosto de 2016

Juanga y la homofobia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 31 de agosto de 2016

La muerte de Juan Gabriel, ese gran músico que marcó las vidas de todos los mexicanos –nos gustara o no su música (a mí me gusta mucho, desde que la conocí en los lejanos 70 con canciones como No tengo dinero y sobre todo Siempre en mi mente)– no podía llegar en un momento más simbólico.

No porque coincida, en este año fatídico, con las de otros, aunque muy distintos, titanes de la música como Bowie o Prince. Sino porque ocurre casi al mismo tiempo que el conservadurismo religioso y su campaña en contra de los derechos de las minorías sexuales –a las que pertenecía el Divo de Juárez– está a punto de llegar a su clímax, con las marchas convocadas en septiembre para oponerse a la propuesta presidencial en pro de los matrimonios igualitarios, la adopción y los plenos derechos para estas poblaciones, largamente tratadas como ciudadanos de segunda.

Un oscuro “Frente Nacional x la Familia” y otros grupos promotores de las marchas contra los derechos de estas minorías –no “a favor de la familia”, pues la existencia de familias distintas no amenaza de ninguna manera la de las tradicionales– difunden una serie de mentiras absurdas, como que las reformas propuestas permitirían “que cualquier hombre que se sienta mujer pueda entrar a baños públicos de mujeres”, “que a tus hijos desde preescolar los vistan del sexo opuesto para que puedan elegir ser niño o niña”, o “que tus hijos menores de edad tengan una relación con un adulto”. Ni la Presidencia, ni la Secretaría de Gobernación ni la de Salud han movido un dedo para impedir esta desinformación manipuladora, ni para refutarla.

Pero detrás de estas mentiras absurdas se hallan otras ideas, también comprobadamente falsas. Que la homosexualidad es de alguna manera dañina para quienes la practican –conmueve la preocupación del cavernal Rivera por el ano de dichos practicantes– o que puede dañar la salud física o mental de los niños criados en familias homoparentales, mito que el doctor Juan Ramón de la Fuente, especialista en psiquiatría, desmiente con firmeza en un artículo publicado el pasado lunes en El Universal.

Otra idea absurda que se difunde como hecho es que los padres homoparentales podrían influir en la orientación sexual de los hijos que criaran. Pero si la orientación sexual fuera contagiosa, no habría homosexuales, ya que todos son hijos de parejas heterosexuales.

En el fondo de todo está el eterno prejuicio de que la homosexualidad es intrínsecamente “mala”. El mismo prejuicio contra el que Juan Gabriel, el maricón más notorio, admirado, exitoso y querido de México tuvo que luchar toda su vida, y que logró superar gracias a su talento.

Existe una razón por la que el Estado Mexicano es laico, y por la que la educación pública, según ordena la Constitución, debe ser ajena a doctrinas religiosas y estar, en cambio, basada en el progreso científico. Esa razón es que a diferencia de la religión –que en nuestro país llevó en 1926 a una guerra civil, la Cristiada–, la ciencia es el método más confiable que la humanidad ha desarrollado para obtener conocimiento sobre la naturaleza, y dicho conocimiento, por estar basado en evidencia, funciona al ser aplicado. La cada vez más estridente oposición religiosa –abierta o disimulada– a una iniciativa presidencial progresista contraviene, si no la letra, sí el espíritu de la Constitución, que prohíbe la participación religiosa en asuntos políticos.

Juanga nunca quiso salir de su clóset de cristal: “lo que se ve no se pregunta”. Se entiende: le tocó crecer y vivir en décadas dominadas por el machismo homofóbico.

Pero hoy que las autoridades, lejos de defender el estado laico y el pensamiento crítico basado en conocimiento científico, doblan la cabeza ante la embestida política y la campaña de desinformación orquestadas por la iglesia y los grupos más retrógradas del país, ¡qué necesaria sería una declaración suya, o mejor, una canción, con la que combatiera el odio homofóbico que burbujea en todo el país!

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miércoles, 27 de julio de 2016

La Iglesia y el ano

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de julio de 2016

La Iglesia Católica, y en particular la Arquidiócesis Primada de México, parecen tener una especial obsesión con el ano. Y más precisamente, con el sexo anal.

O al menos, eso es lo que parece al leer los artículos que, como parte de la violenta campaña que la Curia ha desatado en contra de la iniciativa presidencial para legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, anunciada por el presidente Peña Nieto en mayo pasado, ha publicado su semanario Desde la fe.

En el segundo de una serie de cinco artículos, publicados originalmente en agosto de 2015, y que han vuelto a circular en las últimas entregas del semanario (aquí puede usted leer las cinco entregas reunidas en un solo texto), la Arquidiócesis afirma que las relaciones homosexuales “son un problema de salud”.

El hecho de que las relaciones sexuales entre varones suelan incluir –entre otras cosas– la penetración del pene en el ano es un tema del que no se suele hablar expresamente. El ano, a pesar de que todos tenemos uno que usamos diariamente, es una zona del cuerpo que estamos educados para ver con rechazo y asco. En parte es natural, pues a través de él se elimina el excremento que, además de su olor desagradable, contiene enormes cantidades de microbios que pueden causar infecciones.

En el texto de Desde la fe, la Arquidiócesis señala que “La mujer tiene una cavidad especialmente preparada para la relación sexual, que se lubrica para facilitar la penetración [y] resiste la fricción”. Lo cual es cierto, aunque luego añade que esa “cavidad”, cuyo nombre no se atreve a decir, “segrega sustancias que protegen al cuerpo femenino de posibles infecciones presentes en el semen”, lo cual, además de falso, revela la visión del semen que tiene la iglesia: algo nocivo y potencialmente infeccioso....

“En cambio –continúa el texto–, el ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra el ano lo lastima severamente: causando sangrados, infecciones, y eventualmente incontinencia, pues con el continuo agrandamiento, el orificio pierde fuerza para cerrarse.”

Esto no es más que una sarta de inexactitudes. Cierto, la función del ano y recto es la expulsión de materia fecal, y su penetración violenta o forzada puede causar daños. La mucosa rectal es menos resistente a la fricción que la vaginal, pero dista, afortunadamente, de ser delicada y frágil. Y claro, aunque sólo fuera por higiene, en toda penetración anal el uso del condón se debería dar por descontado (pero el recto y ano sí cuentan con protección contra infecciones; de otro modo, viviríamos continuamente con éstas, tomando en cuenta la cantidad de microbios presentes en la materia fecal).

En realidad el sexo anal (o, más correctamente, el coito anal) dista de ser una práctica exclusiva de los homosexuales, o algo poco común. Millones de parejas, homo u hetero, lo practican felizmente de manera regular. Consulte usted cualquier página seria de sexología (o el sitio de videos porno de su preferencia), para ver a parejas de cualquier sexo y orientación sexual disfrutándolo. Lo único que se necesita, además de condones, es un poco de cuidado, paciencia, práctica y lubricante. (Muchos varones heterosexuales, por cierto, lo disfrutan también con sus parejas femeninas a través de la penetración digital o con dildos, pues la estimulación de la próstata que se logra puede ser enormemente placentera.)

El sexo anal es un tema que durante mucho tiempo, y todavía para muchas personas, sigue siendo “tabú”. Pero al mismo tiempo es y ha sido siempre una práctica sexual perfectamente común, disfrutable y que, correctamente realizada, no tiene por qué producir ningún daño (lo del ano que se vuelve guango por el uso no pasa de ser una sandez sin fundamento; de otro modo las personas que sufren de estreñimiento perderían rápidamente el tono muscular del esfínter anal; y uno no ve que los anuncios de proctólogos abunden en bares, revistas o sitios web gays).

Usar al sexo anal de pretexto para hacer creer que los matrimonios homosexuales dañan la salud es desinformar de manera malintencionada y tramposa. (No vale la pena ni comentar otras mentiras contenidas en el texto publicado en Desde la fe, como que “la mayoría de los homosexuales reconoce tener adicción al sexo, e inclinación hacia un estilo de vida promiscuo”, o que el condón “deja pasar virus microscópicos así que realmente no ofrece segura protección”.)

La campaña de la Arquidiócesis, que no se limita a los artículos del semanario, propaga ideas que propician la discriminación y el odio, además de datos erróneos sobre la salud. Tanto la Secretaría de Gobernación como la de Salud deberían plantar una postura firme, como ya lo están haciendo algunas organizaciones LGBTTTI, frente a esta campaña que vulnera al Estado Laico y la estrategia nacional de salud, además de los derechos humanos de las minorías sexuales.

Cada quien hace de su ano un papalote, dice el dicho. La Arquidiócesis debería tratar de superar su obsesión con la forma en que uno decida usarlo.

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miércoles, 15 de junio de 2016

Genes, memes y odio

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de junio de 2016

Hace 40 años, en 1976, el biólogo inglés Richard Dawkins, especialista en etología –el estudio de la conducta animal– publicó un libro que revolucionó la manera como se divulga la ciencia y como se entiende la evolución biológica: El gen egoísta.

Tradicionalmente, como lo explicara Darwin, se acepta que las especies evolucionan debido a que en ellas hay individuos diversos, algunos de los cuales tienen características que facilitan su supervivencia y reproducción ante las condiciones de su entorno. Este proceso de “selección natural” es la fuerza que impulsa el proceso evolutivo, y que hace que las especies se vayan adaptando tan exitosamente a los diversos ambientes donde viven y a los cambios que estos ambientes sufren.

Sin embargo, hay adaptaciones evolutivas que no pueden explicarse mediante la selección natural en su formulación clásica: por ejemplo, los comportamientos “altruistas” en animales, como las llamadas de alarma que algunos individuos emiten para advertir al resto del grupo de la presencia de un depredador. Esta conducta favorece la supervivencia del grupo, pero aumenta mucho el riesgo de muerte para el centinela. Si éste muere, no puede heredar dicha conducta a sus descendientes. ¿Cómo podría entonces haber evolucionado el comportamiento altruista de dar la alarma?

En los años 60, varios investigadores desarrollaron una formulación de la selección natural en la que consideraban que eran los genes, no los organismos, las unidades de la evolución; las entidades que son sujeto de la selección natural. Viéndolo así, y tomando en cuenta que compartimos el 50% de nuestros genes con nuestros padres y hermanos, el 25 con nuestros tíos, el 12.5 con nuestros primos, etcétera, los genes que favorecen el comportamiento altruista de dar la alarma podrían sobrevivir y transmitirse a futuras generaciones a través de las copias de sí mismos que se hallan en los parientes del centinela, aun a costa de la vida de éste.

Lo que hizo Dawkins en su influyente libro fue refinar y ampliar esta visión, presentándola además con un estilo literario accesible y fascinante. Describió a los genes como entidades “egoístas”, que sólo buscan su propia replicación (por eso los llamó “replicadores”), y describió nuestros cuerpos como “máquinas de supervivencia” construidas por los genes sólo para lograr sus fines reproductivos.

La visión de “genes egoístas” ayuda a estudiar y entender muchos fenómenos evolutivos de forma más fácil e intuitiva que la formulación matemática usual, pero es totalmente compatible con ésta. El problema es que nunca falta quien interpreta el título del libro literalmente (normalmente sin haberlo leído) y cree que Dawkins afirma que los genes piensan y nos manipulan. Es el problema de divulgar la ciencia: siempre se necesita usar metáforas que pueden ser malinterpretadas.

Pero no sólo eso: en el último capítulo de su libro, Dawkins propuso que existe otro tipo de replicadores, que brincan no de cuerpo en cuerpo a través del ADN contenido en óvulos y espermatozoides, sino de cerebro en cerebro a través de palabras, letras y otros medios: son las ideas, que desde esta perspectiva Dawkins bautizó como “memes”.

Hasta hace poco, la palabra meme era casi desconocida para el ciudadano común. La explosión de internet y las redes sociales la convirtió en algo común. Hoy somos diariamente testigos de cómo las ideas se copian, mutan, evolucionan, se esparcen y, como virus mentales, infectan cerebros… a veces con resultados nefastos.

Como los genes, los memes pueden agruparse en complejos que ayudan a su reproducción. La ciencia es uno de ellos: el conjunto de ideas que incluye investigar la naturaleza basándonos en evidencia objetiva, métodos cuantitativos, experimentos reproducibles, análisis estadístico y argumentos con coherencia lógica ha sido tan exitoso que todas las sociedades modernas lo consideran suficientemente bueno como para enseñarlo en la escuela. Pero también las religiones son complejos de memes altamente exitosos: después de todo, incluyen la idea de que si uno no cree en ellas, al morir irá al infierno. Así, el meme religioso asegura su propia reproducción, como las cartas en cadena que amenazaban con grandes desgracias a quien no las reenviara.

Desgraciadamente, existen memes ampliamente difundidos, muchas veces con base religiosa, que instan a discriminar, odiar y destruir lo diferente; a eliminar a quienes no acepten las ideas y comportamientos que forman parte del complejo de memes dominante. La violencia homofóbica desatada con la matanza en el bar gay Pulse en Orlando, Florida, y muchos otros actos semejantes en nuestro país y en el mundo, son expresión del poder de estos memes nocivos.

Igual de preocupante fue ver la respuesta de muchas personas en Estados Unidos, México y España que, a través de las redes sociales, expresaron su odio a lo diferente regodeándose con la matanza. Son cerebros infectados por los memes de la homofobia, primos cercanos de los memes religiosos.

Reconocer que las palabras y las ideas que representan pueden causar daño es el primer paso para combatir la propagación de estos memes perniciosos. Como sociedad debemos contribuir a su extinción y a que, a través de la educación, las leyes y la discusión colectiva amplia y racional, sean sustituidos por otros memes que representen los valores humanos que los ciudadanos del siglo XXI hemos decidido aceptar. Darnos cuenta de esto es algo que también le debemos agradecer a Richard Dawkins.

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miércoles, 25 de mayo de 2016

De prejuicios a derechos

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de mayo de 2016

Vuelvo a repetirlo: pese a todo, la humanidad avanza.

A pesar del ánimo pesimista que reina en el mundo, y de las profecías apocalípticas que promueven la desesperanza, las sociedades humanas progresan. Lenta, muy lentamente, pero progresan. La esclavitud, que durante siglos fue no sólo legal, sino normal y “natural”, es hoy reconocida como un crimen intolerable. La visión racial que consideraba “inferiores” a ciertos grupos con base en el color de su piel y otros rasgos físicos superficiales, y justificaba con ello negarles derechos, es hoy ya rechazada, al menos en principio, por todas las sociedades. Aunque siga habiendo discriminación racial, es ya claro que ésta no es defendible.

La supeditación de las mujeres –media humanidad– al arbitrio de los machos de la especie, otra constante milenaria, es hoy ya ampliamente rechazada como injusta y dañina; y aunque falta mucho camino por andar, es claro que ya no es un tema que requiera discusión, sino educación. Lo mismo ocurre con los derechos de personas con capacidades diferentes, que poco a poco van siendo reconocidos aunque a todos nos falte mucha educación para ir erradicando los hábitos discriminatorios con los que crecimos y de los que ni siquiera nos percatamos.

Lo mismo está pasando hoy –en una historia que viene desde los primeros disidentes del siglo XIX y XX, pasando por los levantamientos del orgullo homosexual de Stonewall en 1969, la toma de conciencia obligada por el sida en los 80, y el reconocimiento legal en diversos países en los últimos años– con los derechos de las minorías sexuales y de género. Los famosos LGBTTTI: lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgénero e intersexuales (aunque hay quien exige incluir otras iniciales como Q, por queer).

Todas estas luchas parten de la reflexión ética y la lucha contra la injusticia que resultan inevitablemente de la naturaleza humana a través de la historia. Y todas ellas, sin la menor duda, han tenido en la ciencia un aliado indispensable, que ha aportado el conocimiento firme que pone en evidencia que todos los argumentos para discriminar a algún grupo humano carecen, de manera categórica, de fundamento.

Nunca he sido peñista ni priísta. Tampoco perredista, panista (dios no lo permita) ni mucho menos morenista. Pero pienso que a las personas y a las instituciones –a diferencia de los escritores– hay que juzgarlas no por sus palabras, sino por sus acciones. Y las iniciativas presentadas por el presidente Peña Nieto el pasado 17 de mayo, durante la celebración –por primera vez usando su nombre correcto en nuestro país– del Día Internacional contra la Homofobia, merecen ser reconocidas como un avance histórico.

Se busca no sólo legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, sino también dar plenos derechos a las minorías sexuales, combatir la discriminación en leyes y por parte de servidores públicos, educar a los ciudadanos en el respeto a la diversidad sexogenérica, facilitar los trámites para que las personas transgénero tengan documentos que concuerden con su persona, y, en resumen y citando a Peña, “asegurar que todos los mexicanos, sin importar su condición social, su religión, su preferencia sexual, su condición étnica tengan la oportunidad de realizarse plenamente y ser felices”.

Desde luego, las críticas de los sectores más conservadores de la sociedad, en especial del clero católico, no se han hecho esperar, citando los argumentos más absurdos: referencias a un “matrimonio natural” que no existe más que en la imaginación de los mismos que defienden el antinatural voto de castidad y ocultan el abuso a menores; grotescas analogías mecánicas entre “tuercas” y “tornillos” que no se sostienen ni por un momento ante la realidad –y popularidad, consulte usted a cualquier sexólogo– del sexo anal, hetero u homosexual; y reclamos de obediencia a un texto sagrado que nada tiene que hacer en una discusión sobre derechos humanos en una democracia laica.

También han menudeado las críticas respecto a la motivación electorera o populista detrás de la propuesta presidencial. Y sí: es evidente que la decisión busca mejorar la imagen pública del mandatario. Aunque también hay que aceptar que es una apuesta arriesgada, tomando en cuenta el tradicionalismo católico de un amplio sector de la población, sobre todo en los estados.

Pero todo ello es secundario ante los hechos: Peña Nieto se atrevió a proponer, de la manera más pública posible, lo que nadie había propuesto –y muchos habían obstaculizado. Con ello suma a nuestro país a una tendencia internacional que poco a poco va resultando imparable, en esta larga y lenta marcha civilizatoria.

En lo personal, repito, no me importan los motivos, sino los actos. Habrá, eso sí, que vigilar y exigir que las propuestas presidenciales se transformen en hechos. Entonces podremos aplaudir sin reservas.

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