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domingo, 23 de septiembre de 2018

El retorno de los brujos: charlatanería médica en el Congreso

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
23 de septiembre de 2018

Los charlatanes y estafadores han existido desde siempre. Y desde siempre ha habido quien esté dispuesto a creerles. Especialmente, personas que enfrentan inseguridades, temores, desgracias, enfermedades y otras situaciones de vulnerabilidad.

Pero la actual era de internet y redes sociales, y uno de sus productos, la epidemia de desinformación, fake news y ese extraño fenómeno des-civilizatorio que llamamos “posverdad”, han ocasionado una verdadera explosión de embusteros que buscan aprovecharse de la credulidad de los ciudadanos.

Entre ellos, probablemente los más despreciables, y al mismo tiempo los más peligrosos, son quienes venden terapias y tratamientos seudomédicos que falsamente prometen curar o prevenir las más diversas enfermedades, desde el catarro común o las alergias hasta el cáncer, pasando por el sida, el Alzhéimer o el lupus.

En España se ha desatado desde hace unos meses un intenso debate público, en el que participan autoridades, médicos, científicos, agrupaciones profesionales, comunicadores y por supuesto los propios laboratorios que venden este tipo de seudoterapias.

Según entiendo, todo parte de la decisión de la entonces Ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, en abril de 2018, de permitir el registro sanitario de los más de 6 mil productos homeopáticos que se venden en España, con el objeto de permitir que se ofrezcan en farmacias como “medicamentos” (decisión que se entiende, en parte, debido a que por desgracia la Unión Europea tiene reglamentos que piden reconocer la existencia de este tipo de seudomedicinas).

Ante ello Carmen Montón, en ese momento Consejera de Sanitat de Valencia, protestó enérgicamente. Ella tenía claro que la homeopatía, como todo el resto de las “medicinas alternativas y complementarias”, es totalmente inútil desde el punto de vista terapéutico. (La diferencia por si tenía la duda, es que unas se usan en lugar de las terapias médicas legítimas, y otras “la complementan”.)

Montón afirmó que “Permitir que la homeopatía se venda en las farmacias como medicamento genera confusión y riesgo social, para la salud y para la economía de las personas”. Y tenía toda la razón. La venta de homeopatía y otras seudomedicinas en farmacias como si fueran medicamentos eficaces es nada menos que un fraude a la salud de los ciudadanos, que las autoridades no pueden avalar. Posteriormente, Montón fue nombrada Ministra de Sanidad en el gobierno del nuevo presidente español, Pedro Sánchez (su Ministro de Ciencia, Pedro Duque, es también un vehemente opositor de la homeopatía y otras seudomedicinas). Y aunque, debido a un escándalo relativo a un título de posgrado, Montón tuvo que renunciar a su cargo, la nueva Ministra de Sanidad española, María Luisa Carcedo, coincide en que “lo sensato sería que se le exigiera [a la homeopatía] lo mismo que a los medicamentos. El problema es el daño que puede hacer optar por una terapia alternativa que no ha demostrado evidencia científica”.

A decir verdad, en España y muchos otros países ­–entre ellos Inglaterra, Francia, Australia, Estados Unidos– se está discutiendo la necesidad de sacar a las “medicinas alternativas” de los sistemas de salud pública, informar a los ciudadanos de su nula efectividad terapéutica y hasta de su prohibición. En España la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) ha presentado una demanda contra 62 médicos de Madrid y Valencia por tratar a pacientes con terapias seudocientíficas y vulnerar los códigos de conducta de sus respectivos Colegios Profesionales, al “levantar falsas esperanzas” y “perjudicar intencionadamente al paciente”. Porque los tratamientos “alternativos” no sólo dañan a los pacientes al hacerlos perder el tiempo sin recurrir a terapias realmente eficaces, o a abandonarlas una vez iniciadas, sino que a veces también los pueden perjudicar directamente (la herbolaria, por ejemplo, se halla entre las principales causas del daño hepático).

Por eso resulta tan preocupante que el pasado 17 de septiembre se haya realizado, en la Cámara de Diputados de nuestro país, el “Segundo Foro Internacional Integración de las Medicinas Tradicionales, Alternativas y Complementarias en los Sistemas de Salud”. Promovido por la diputada Lorena Cuellar Cisneros (del partido Morena, que tiene la mayoría en el Congreso), en dicho foro participaron diversos “especialistas” en seudoterapias reconocidamente inútiles, como el “tratamiento metabólico”, el ayurveda y hasta la “medicina cuántica” (hágame usted el favor).

Dichos invitados pertenecen a instituciones privadas de dudosa calidad y reputación, como la “Universidad (sic) Iberoamericana (resic) de Ciencias y Desarrollo Humano S.C.” (UNIBE; me pregunto si la prestigiada Universidad Iberoamericana no los habrá demandado por plagio de su nombre), que tiene un “Centro Universitario de Alternativas Médicas®” (sic con marca registrada) que promueve la “NATUROPATIA®” (recontrasic, con marca registrada, mayúsculas y sin acento en el original), o bien la “Sociedad para el Mejoramiento del Estilo y Calidad de Vida” (SIMEV), cuyos miembros al parecer practican disciplinas tan fraudulentas y desacreditadas como la astrología, la iridología, la “alimentación biocuántica”, la programación neurolingüística o los “elíxires aztecas” (cuya creadora, curiosamente, es argentina).

¿Por qué es alarmante la realización de un foro me seudomedicinas en el Congreso? Además de mostrar –una vez más– las inmensas lagunas en el conocimiento de nuestros representantes, porque el objetivo declarado del evento es, según reporta la oficina de Comunicación Social de la propia Cámara de Diputados, “sistematizar las bases científicas de estas disciplinas, para impulsar su reconocimiento oficial y, eventualmente, integrarlas al sistema de salud del país”.

En otras palabras, en un país como el nuestro, con un sistema de salud que presenta múltiples deficiencias y cuyos servicios son insuficientes para cubrir la creciente demanda, en vez de buscar la manera de ofrecer atención médica confiable y eficaz, basada en conocimiento médico y científico legítimo y verificado, ¡se pretende introducir terapias “alternativas” cuya ineficacia está más que demostrada! Yo diría que esto debería prender focos rojos en el Sector Salud, la comunidad médico-científica y entre los ciudadanos en general.

Porque no se trata de un evento aislado. De hecho, parece formar parte de una estrategia bien planeada, pues hace menos de un año, el 7 de noviembre de 2017, el diputado Roberto Alejandro Cañedo Jiménez, también de Morena, presentó una iniciativa de decreto para reformar los artículos 6o. y 93 de la Ley General de Salud, con el objeto de “impulsar el reconocimiento legal” de prácticas como el uso de “medicamentos a base de hierbas, la yoga, las técnicas de meditación, la hipnoterapia, el reiki, el tai chi” e “insertar el término ‘medicina alternativa’ en la Ley General de Salud [que, sorprendentemente, ya reconoce a la homeopatía, la acupuntura, la medicina tradicional indígena, la herbolaria y la quiropraxia], así como su integración en los sistemas de salud nacionales”.

¿Cómo se pretende justificar esta propuesta? Con argumentos como que “el sistema público de salud resulta insuficiente para cubrir la creciente demanda de atención médica” o que un 25.43% de la población del país “no cuenta con protección de ninguna institución o programa de seguridad social” (lo cual es cierto), así como apelando a la “libertad de elección de los usuarios que opten por la medicina alternativa y complementaria como forma de atender sus malestares físicos, emocionales y/o mentales” (lo cual es ya un sofisma intolerable: en aras de “respetar” la libertad de los ciudadanos para optar por tratamientos inútiles, ¿se les van a ofrecer éstos, poniendo en riesgo su salud?).

Cabe mencionar que, en un intento de parecer basada en un genuino espíritu científico, la iniciativa presentada por el diputado Cañedo indica que “La Secretaría de Salud y la Secretaría de Educación Pública generarán información sobre la eficacia terapéutica de la medicina alternativa y complementaria”. Lo cual es totalmente inútil: tal información ya existe, producto de numerosísimas investigaciones que se han llevado a cabo en todo el mundo, durante décadas, que se pueden consultar en la literatura médica y que confirman más allá de toda duda la total ineficacia terapéutica de todas las terapias mencionadas, y muchas más. (Si fueran eficaces, ya formarían parte de los sistemas de salud de todo el mundo, y las grandes compañías farmacéuticas se estarían enriqueciendo con ellas. Como dice el comediante, músico y librepensador australiano Tim Minchin en su genial poema Storm, “¿Sabes cómo se le llama a la medicina alternativa que demuestra ser eficaz? Medicina.”)

Por si fuera poco, la Secretaría de Salud, a través de su Dirección General de Planeación y Desarrollo en Salud, desarrolla al menos desde junio pasado una “Política Nacional de Medicinas Tradicionales, Alternativas y Complementarias en el Sistema Nacional de Salud”, que incluye una línea de acción para "Definir un cuadro básico de medicamentos homeopáticos para facilitar su adquisición, por servicios del Sistema Nacional de Salud”.

En otras palabras, parecería que hay una estrategia del actual gobierno para sustituir la medicina científica, basada en evidencia, por tratamientos carentes de eficacia pero eso sí, más baratos. Y, tomando en cuenta que las propuestas han sido apoyadas por Morena, y que el gobierno entrante, de ese partido, tiene el control del Congreso, no parece que la situación vaya a cambiar, sino al contrario: dicho proyecto podría recibir más impulso, en detrimento del derecho a la salud de millones de mexicanos.

¿Qué podemos hacer los especialistas en salud, las autoridades del ramo que conserven algo de responsabilidad profesional, los investigadores del área biomédica, los colegios de profesionales de la salud, las instituciones del sistema de salud, las universidades y organizaciones científicas, los comunicadores y los legisladores que sí entiendan la diferencia entre ciencia y seudociencia? No es tan difícil: en el caso de las medicinas tradicionales, fomentar su estudio para reducir los riesgos inherentes a su uso; en el de las “alternativas y complementarias”, asesorarse con especialistas y reconocer su carácter seudocientífico –ratificado por el consenso de la comunidad científica y médica global– y tomar las medidas pertinentes para excluirlas del sistema de salud pública. En última instancia, como ciudadanos todos, exigir al gobierno que nos proporcione el mejor servicio de salud posible, basado en el más reciente conocimiento médico basado en evidencia.

¿O vamos a dejar que nos den gato por liebre?

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domingo, 14 de enero de 2018

Salud e ignorancia: peligrosa combinación

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de enero de 2018

Una de las principales obligaciones del gobierno de un país, si no es que la razón principal de su existencia, es garantizar la seguridad de sus habitantes. Y la salud es parte fundamental de esa seguridad. Un gobierno responsable garantiza el derecho a la salud y vela por ésta mediante un sistema público dedicado a ella, leyes en la materia, campañas de vacunación, acceso a medicamentos y regulación de éstos, y una inmensa serie de medidas más, todas vitales para el bienestar de la población.

Por eso es preocupante ver que se presenten en la Cámara de Diputados iniciativas como la planteada el pasado 7 de noviembre (y difundida en los medios el 12 de diciembre) por el diputado Roberto Cañedo Jiménez, del partido Morena, donde se propone modificar los artículos 6 y 93 de la Ley General de Salud, que rige en todo el país, para introducir en ella las llamadas “medicinas alternativas o complementarias”.

Conviene recordar que las “medicinas alternativas” son conocidas así precisamente por no ser reconocidas ni aceptadas por la comunidad científica y médica mundial. Y esto no por capricho ni por negocio (como querrían hacernos creer algunos conspiracionistas), sino porque no han sido capaces de demostrar su eficacia bajo condiciones controladas (como sí lo hacen todos los tratamientos aceptados por la medicina científica). En el momento que dicha eficacia quedara demostrada, las “medicinas alternativas” perderían su apellido para pasar a ser, simplemente, medicina.

La desafortunada iniciativa de Cañedo no parece malintencionada: plantea que el Sistema Nacional de Salud regule, opere y genere investigación en torno a estas terapias. Asimismo, plantea que requerirán ser reconocidas por la Secretaría de Salud, que supervisará su práctica y sancionará a quienes no cumplan con los estándares que establezca. Igualmente, propone que las autoridades de salud deberán monitorear su pertinencia, seguridad y eficacia. Todo esto es en principio bueno, porque ayudará a regular y meter en cintura a la gran cantidad de charlatanes irresponsables que ponen en peligro la salud de sus crédulos pacientes.

Cañedo justifica su iniciativa argumentando que estas “medicinas alternativas y complementarias” contribuirán a subsanar el déficit de cobertura que tiene el Sistema Nacional de Salud. Desgraciadamente, todo su planteamiento se derrumba debido al hecho más que probado de que dichas terapias no son, en realidad, sino seudomedicinas: se estaría estafando a los ciudadanos al ofrecerles subsanar sus deficiencias en materia de salud con tratamientos que carecen totalmente de eficacia. Flaco favor le hacen Cañedo, Morena y los diputados al proponer iniciativas como ésta.

Ojalá la Secretaría de Salud –y su titular, el doctor José Narro– la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), la Academia Nacional de Medicina, la Academia Mexicana de Ciencias, la UNAM y demás Universidades públicas, la Academia Nacional de Medicina, la Academia Mexicana de Ciencias así como los Institutos Nacionales de Salud se manifestaran al respecto. La salud de los mexicanos no merece ser puesta en riesgo con iniciativas como ésta, que no aportan nada útil pero sí ayudan a promover la charlatanería y a dilapidar valiosos y escasos recursos.


¡Mira!

Es triste que lo que debía ser una experiencia gozosa para los ciudadanos, como disfrutar la pista de patinaje en hielo instalada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, a través de su programa “Capital Social”, en la recién remodelada Glorieta del Metro Insurgentes, se convierta en un asunto desagradable y humillante gracias a la falta de previsión de las autoridades y de capacitación del personal a cargo (aderezadas con un toque de homofobia). Fue lo que este columnista y su pareja vivieron el pasado domingo 7 de enero: se exige a los usuarios dejar bolsas y paquetes para acceder a la pista, pero no se proporciona servicio de guardarropa ni se garantiza la seguridad de las posesiones personales. Bastó expresar inconformidad ante la medida, antes de acatarla, para ser hostilizados por el personal con cualquier pretexto (usar bufanda, querer tomar una foto, incluso sujetarse del barandal por un momento –éramos, usuarios primerizos). El resultado fue que la única pareja del mismo sexo terminó siendo expulsada del local. Además, nadie del personal del Injuve que atiende accedió a identificarse; sólo un coordinador que parece haber dicho que su nombre era José Luis Armendáriz. Una verdadera lástima.

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domingo, 31 de diciembre de 2017

2018 y lo que sigue: un cuento pesimista

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 31 de diciembre de 2017

Cuando el Fantasma de Las Navidades Por Venir se le apareció al viejo y amargado Ebenezer Scrooge, le vaticinó que las decisiones que había tomado durante toda su vida determinarían su destino, y que éstas habían sido tan desafortunadas que su futuro amenazaba con ser tormentoso y lleno de dificultades, pesar y sufrimiento.

Scrooge, que en este cuento simboliza a la humanidad toda, no se podía decir sorprendido, porque ya antes había recibido las visitas de otros dos espectros.

El Fantasma de las Navidades Pasadas le había mostrado los múltiples errores que había cometido, y que habían pavimentado el camino hasta su situación actual. Entre otros, el avance industrial y económico desmedido, con el consecuente descuido del ambiente: desforestación, extinción de especies, contaminación y un terrible hoyo en la capa superior de ozono (aunque ese error había sido detectado a tiempo, y el mundo entero había logrado organizarse para ponerle remedio, proceso que sigue en marcha). Y, sobre todo, la liberación de gases de efecto invernadero, particularmente dióxido de carbono producto de la quema de combustibles fósiles como carbón y petróleo, y en menor medida de madera y bosques, que habían causado un terrible calentamiento global que volvía loco el clima y amenazaba con causar daños inimaginables a escala mundial.

Pero eso no era todo: Scrooge –la humanidad, en este cuento– había también permitido que el sistema económico mundial fuera regido por una ideología que algunos llaman neoliberalismo, aunque otros niegan su existencia, pero que había acentuado la desigualdad y debilitado el poder de los gobiernos para controlar a las grandes corporaciones. Y no sólo eso: también había permitido que el sistema educativo de muchísimos países se degradara, deslumbrado por promesas como que el uso de computadoras sustituiría a la enseñanza tradicional, o que los estudiantes ya no necesitaban saber cosas, sino sólo “saber cómo aprender”. Esto, sumado a la revolución digital, tuvo como resultado que las generaciones jóvenes casi no leyeran libros, y que cualquier texto de más de 140 caracteres fuera considerado como “demasiado largo”. Para no hablar del deterioro de sus habilidades matemáticas y su cultura general. Todo esto había tenido como consecuencia que el pensamiento crítico, la herramienta más poderosa de que el ser humano dispone para sobrevivir y hacer de su mundo algo mejor, fuera cada vez menos apreciado y estuviera cayendo en franco desuso (un preocupante signo de esto era la desconfianza en la ciencia y sus resultados que se había vuelto común en los medios y entre los ciudadanos de todas las naciones, para regocijo de charlatanes y conspiranoicos).

Pero además, Scrooge –que sigue siempre representando, en este relato, a la humanidad– había permitido que los viejos conflictos que hay entre religiones que no han pasado por un proceso de reforma y secularización, como el Islam, y el mundo occidental cristiano, o como los que persisten entre Israel y Palestina, siguieran creciendo hasta provocar nuevas guerras, actos de terrorismo y violencia, pérdida de libertades en diversos territorios y otros males parecidos.

El Fantasma de la Navidad Presente, por su parte, le mostró a Scrooge los resultados de todo esto: un mundo donde la injusticia y la desigualdad van en aumento, donde las instituciones que habían promovido un mundo con mayor bienestar para cada vez más personas se están desintegrando; donde la estabilidad laboral, la seguridad social, la paz, la salud y la confianza misma en un ambiente propicio, saludable y sostenible están en riesgo. Donde los ideales de la Ilustración se consideran obsoletos. Un mundo donde, simbólicamente, un sociópata ignorante, egoísta, mentiroso, inseguro, rencoroso e impulsivo como Donald Trump puede ser presidente del país más poderoso, y toma todos los día decisiones que dañan a millones de personas.

Dos de las más recientes, enfatizó el Fantasma de la Navidad Presente, son haber despedido a la totalidad de su Consejo Asesor sobre VIH/sida –lo cual hace temer que apoyará medidas retrógradas y peligrosas como promover la abstinencia en vez de impartir una necesaria educación sexual a los jóvenes estadounidenses– y lanzar una orden que prohíbe que el Centro de Prevención y Control de Enfermedades estadounidense  use palabras como “transgénero”, “feto”, “diversidad” “vulnerable”, ni las expresiones “basado en evidencia” o “basado en datos científicos”, lo cual representa, además de un riesgo para la salud del pueblo estadounidense, un ataque a la defensa de los derechos humanos y al pensamiento científico que había sido, entre otras cosas, uno de los motores del progreso de los Estados Unidos.

En este punto usted podría pensar que Scrooge sería más adecuado en esta historia para representar a Trump. Pero no es así: después de todo, Scrooge, al final del clásico cuento de Dickens, termina recapacitando y cambiando para volverse una mejor persona. Cosa que Trump jamás hará, porque está incapacitado para hacerlo. (Trump se parecería más, en todo caso, a Marley, el socio de Scrooge que terminó penando eternamente mientras arrastraba cadenas, y regresó sólo para intentar salvar el alma de su amigo, advirtiéndole de la próxima visita de los tres fantasmas.)

¿Y qué pasó entonces? Me encantaría decirle que Scrooge –la humanidad– recapacitó, tomó medidas urgentes para corregir todo lo que estaba mal, y que la historia tuvo un final feliz. Pero… no parece que vaya a ser así.

Y colorín colorado, este cuento, igual que este desconcertante año, se ha acabado. Este columnista le desea, a pesar de todo, el mejor 2018 que sea posible.

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domingo, 15 de octubre de 2017

El Estado Laico, bajo ataque


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de octubre  de 2017

Aunque muchos pesimistas profesionales se nieguen a reconocerlo, es un hecho que la humanidad progresa.

Parte de sus avances se los debemos a la ciencia (y su ahijada, la tecnología). La prensa de tipos móviles, las vacunas y antibióticos, los transportes y las telecomunicaciones, la computación, internet y todos sus derivados… todo ello ha contribuido a mejorar el nivel de vida y la posibilidades de desarrollo de una fracción cada vez más grande de la humanidad. Basta considerar que la tasa de mortalidad promedio a nivel global descendió de 800 a menos de 100 por cada 100 mil habitantes entre 1900 y el año 2000, mientras que la esperanza de vida subió de 50 a más de 75 años en el mismo periodo.

Pero otra parte del progreso se debe a avances humanísticos, filosóficos y jurídicos: hasta hace no poco la esclavitud, el racismo, la discriminación por orientación sexual o por minusvalía, y el maltrato y restricción de derechos a las mujeres (¡la mitad de la población humana!) eran vistas como algo normal, natural o hasta benéfico y necesario. Hoy, aunque siguen ocurriendo, han disminuido notoriamente y son ya indefendibles.

Y hay que decir que la ciencia ha jugado también su parte en estos logros, al mostrar que la idea de que existen razas humanas, o de que hay diferencias en las capacidades entre los sexos, o de que las orientaciones no heterosexuales son enfermedades, carecen totalmente de sustento. (Y los desarrollos tecnológicos también han jugado su parte en estos avances: desde la imprenta hasta las computadoras, internet y las redes sociales, han colaborado a que el conocimiento y la educación, la discusión democrática, la rendición de cuentas, la denuncia de injusticias y la organización de movimientos en defensa de los derechos humanos estén al alcance de un número cada vez mayor de ciudadanos en el mundo.)

Entre los avances sociales más importantes que la humanidad ha logrado está reconocer que no puede haber Estados modernos y justos donde no haya democracia, libertades ciudadanas y acceso a los derechos humanos fundamentales. Y parte importantísima de eso es que haya una separación entre Iglesia y Estado: un Estado moderno tiene que ser un Estado Laico. En parte porque sólo dejando a las creencias religiosas fuera del ámbito de gobierno pueden evitarse injusticias que beneficien a quienes profesan alguna religión por encima de quienes tienen creencias distintas, o a quienes no las tienen. Pero también porque muchas de estas creencias, que al aplicarse al ámbito público afectan la vida de las personas, carecen de sustento más allá del dogma: no sirven para resolver problemas reales, ni como sustento para tomar decisiones en beneficio público. Es por eso que en todas las sociedades modernas, incluyendo la mexicana, la ley privilegia el conocimiento científico, basado en evidencia confiable, como base para tomar las decisiones que afectan y regulan la convivencia social.

En México, esta lucha se dio al menos desde 1859, con la Guerra y las Leyes de Reforma, que entre otras cosas garantizaron precisamente la separación iglesia-estado, la no injerencia de la religión en asuntos de gobierno, y derechos tan fundamentales como la libertad de cultos o el matrimonio civil. Hoy la lucha por extender los derechos humanos de los ciudadanos ha dado como resultado que, en al menos algunas partes del país, derechos como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario o la no discriminación por orientación sexual, identidad de género o discapacidad sean realidades que nos ayudan a ser una sociedad más humana y más justa.

Sin embargo actualmente, en vísperas de las elecciones de 2018, vivimos un resurgimiento de la injerencia religiosa en política que busca vulnerar al Estado Laico y reducir los derechos ciudadanos. Dos preocupantes casos se han presentando en las semanas recientes.

Uno es el del gobernador de Nuevo León y aspirante a candidato independiente a la presidencia Jaime Rodríguez Calderón, “el Bronco”, quien se han caracterizado por hacer alarde de sus creencias religiosas en actos de gobierno, y que ha declarado públicamente que los recientes terremotos que asolaron a nuestro país, junto con otros desastres, eran consecuencia de que “hemos sido demasiado liberales en el tema de la fe”.

El segundo caso es mucho peor: la diputada Norma Edith Martínez Guzmán, del Partido Encuentro Social –un partido religioso cuya misión principal es tratar de introducir las creencias de la religión evangélica pentecostal en la legislación mexicana. La señora ya se había hecho famosa en noviembre de 2016 por sus ridículas declaraciones en contra del matrimonio igualitario, donde argumentó que si se aprobaba “después veremos a la gente casarse con delfines o laptops”. En esta ocasión logró presentar –en un madruguete que aprovechó la distracción causada por los sismos– una iniciativa que busca modificar la Ley General de Salud para introducir la “objeción de conciencia”, con el fin de que los trabajadores de la salud –entre los que incluye no sólo a médicos y enfermeras, sino a pasantes, técnicos de laboratorio y hasta camilleros– puedan negarse, con base en sus creencias religiosas, a prestar atención médica a los pacientes que la requieran. Lo peor es que ¡la propuesta fue aprobada por una mayoría de 313 votos a favor! (frente a 105 en contra y 26 abstenciones).

Es un asunto grave: la propuesta permitiría no sólo negar la atención a mujeres que deseen interrumpir su embarazo en aquellas entidades y bajo las condiciones en las que tienen derecho a ello: también podrían permitir al personal negarse a efectuar transfusiones o trasplantes –que los creyentes evangélicos y de otras denominaciones cristianas no aceptan–, así como oponerse a la anticoncepción, la eutanasia, la investigación con células madre y los tratamientos a pacientes con enfermedades de transmisión sexual.

Esta iniciativa muestra claramente el daño que las creencias religiosas causan cuando se introducen al ámbito público. Urge que el Senado, al revisarla, la rechace. Pero más allá de eso, urge que los ciudadanos exijamos a políticos, legisladores y gobernantes que respeten y hagan respetar el Estado Laico y la separación Estado-Iglesia.

Eso, o tendremos que cambiar el nombre del Paseo de la Reforma a “Paseo del Estado Confesional”.


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domingo, 26 de febrero de 2017

La crisis de las vacunas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de febrero de 2017

El pasado 14 de febrero, Milenio Diario publicó una nota inquietante. “Sin vacunación completa, 60% de niños mexicanos”, anunciaba el encabezado.

La nota, con información emitida por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de la Secretaría de Salud, está basada en la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres (ENIM) 2015, realizada por el propio INSP conjuntamente con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Milenio destacó esta información de entre una enorme cantidad de datos que describen el estado de mujeres, niños y niñas en nuestro país, como por ejemplo los porcentajes de lactancia, nutrición, salud, características de los hogares, salud reproductiva, alfabetización, actitudes ante la diversidad sexual, trabajo infantil, conocimiento y actitudes ante el VIH/sida y otros temas.

¿Por qué, entre toda esta riqueza de datos, centrarse en el asunto de las vacunas?

En mi opinión, porque el tema es urgente y grave. El informe es resultado de la aplicación en México de la encuesta MICS (Multiple Indicators Cluster Survey), que se lleva a cabo internacionalmente y que proporciona información que permite comparar el avance en la protección de los derechos humanos de infantes y mujeres en los distintos países, para poder diseñar políticas al respecto. Y entre los datos que el informe ofrece en particular sobre el tema de la vacunación figura que menos de un 35% de los niños de entre 24 y 35 meses han recibido completas sus vacunas, según lo recomiendan los organismos internacionales de salud y el Esquema Nacional de Vacunación. También que al 54% le hacen falta una o más vacunas para completar su esquema, lo que idealmente debería lograrse antes de cumplir un año. Y más preocupante: un 6% de ese mismo grupo de infantes no había recibido ninguna vacuna.

Pero el informe tiene además algunas sorpresas: contra lo que uno podría esperar, la región que presenta los mayores rezagos en la cobertura de vacunación en el país es la zona conurbada de la Ciudad de México-Estado de México, “donde el 9% de los niños y niñas de 12 a 23 meses no habían recibido ninguna vacuna”. Además, los hogares que tienen el menor porcentaje de cobertura en el país son tanto los más pobres (9%) como los más ricos (8%); los que tienen mejor cobertura son los de nivel medio. Pero en general, añade el informe, “Los niños y niñas residentes en zonas rurales presentaron prevalencias más elevadas de cobertura de vacunación, (…) comparados con los niños y niñas residentes en zonas urbanas”.

¿Cómo explicar estos datos, que contradicen nuestras expectativas? Probablemente parte de la respuesta sean las intensas campañas de vacunación que se llevan a cabo en regiones rurales, mientras que en las ciudades la vacunación depende más bien de la iniciativa de los padres.

Pero yo tengo la sospecha de que también la difusión de ideas carentes de base científica, pero preocupantemente populares, sobre los inexistentes “daños” que las vacunas pudieran causar en los infantes están comenzado a influir en los niveles de vacunación de nuestro país.

Como se sabe, desde que en 1998 el médico inglés Andrew Wakefield publicara un artículo fraudulento en la famosa revisa médica The Lancet, donde supuestamente probaba que la vacuna triple viral o SRP (que protege contra sarampión, paperas y rubeola) podía tener relación con el autismo en infantes, surgió en muchos países un movimiento antivacunas que, a pesar de toda la evidencia en contra de sus afirmaciones, se ha extendido y está causando graves daños.

Wakefield, cuyo artículo fue retirado luego de comprobarse su falta de bases, y a quien le fue retirada la licencia de médico bajo cargos de mala conducta científica, culpaba al timerosal, un compuesto que contiene mercurio y que se usaba como conservador en las vacunas, de causar el autismo. Aunque se sabía que las dosis de timerosal usadas eran perfectamente inocuas, hoy prácticamente se ha dejado de utilizar, luego de la controversia causada por el movimiento antivacunas.

No obstante, dichas peligrosas ideas siguen propagándose. Hoy, mientras aumentan los casos de brotes de enfermedades que se consideraban y a controladas en Estados Unidos y Europa, y mientras el presidente Donald Trump nombra a un reconocido representante del movimiento antivacunas, Robert Kennedy, Jr., como miembro de un comité para investigar ¡la seguridad de las vacunas!, en México cada vez más personas expresan abiertamente su intención de no vacunar a sus hijos. La perspectiva para la salud empeora.

Ojalá me equivoque, pero me temo que tendremos que reforzar las campañas de información y educación, junto con las de vacunación, o podríamos enfrentar el resurgimiento de flagelos del pasado.

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domingo, 19 de febrero de 2017

Pseudología fantástica


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Otro título para esta columna podría haber sido “Mentirosos patológicos”, o “compulsivos”. Pseudología fantástica es el nombre (originalmente en latín) usado para describir el desorden psiquiátrico también conocido como “mitomanía”.

Si usted jamás había conocido alguien que lo padeciera, felicidades. Estas personas, que se caracterizan por su enorme capacidad para estar constantemente generando mentiras, que mantienen con una enorme convicción y serenidad, logran engañar, a veces durante mucho tiempo, a las personas que los rodean, y les pueden llegar a causar grandes daños, tanto psicológicos y emocionales como laborales, monetarios y sociales.

Desgraciadamente, hoy usted conoce ya a un gran mentiroso patológico, que además está rodeado de un equipo de otros mitómanos que lo apoyan. Y está afectando la vida de miles de personas en todo el mundo. No necesito decir su nombre.

La mitomanía no es una enfermedad bien reconocida por la comunidad psiquiátrica. Aunque aparecía en la tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III), editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, y que constituye una de las referencias clave para definir y diagnosticar alteraciones psiquiátricas, no fue incluido en la cuarta edición, ni en la actual, la quinta. No obstante, desde que fue descrita en 1891 por el psiquiatra alemán Anton Delbrück, ha sido aceptada como una entidad clínica real por numerosos especialistas que, a falta de criterios diagnósticos estandarizados, lo determinan con base en los patrones de comportamiento del individuo, mediante la observación, o a través de reportes de sus seres queridos.

He aquí algunas de las características que presentan los pacientes con pseudología fantástica (tomadas del blog especializado Compulsive Lying Disorder):

–No pueden controlar sus mentiras y no sienten remordimiento, sin importar cómo las mentiras los afecten a sí mismos o a otros.

–La falta de remordimiento es debida a que el individuo se involucra tanto en la mentira que está diciendo que comienza a creerla él mismo.

–Si se le confronta con sus mentiras, insistirá en que está diciendo la verdad.

–Con el paso del tiempo, el individuo se vuelve tan hábil para decir mentiras que es muy difícil para los demás determinar si está diciendo la verdad.

–Sus mentiras no son totalmente improbables; contienen un elemento de verdad (son plausibles, lo que diferencia a estos individuos de quienes padecen psicosis o alucinaciones).

–La tendencia a mentir es crónica, de larga duración.

–Se puede determinar clínicamente que el motivo de las mentiras es interno, no externo; es un rasgo de la personalidad del mentiroso, no un producto de las circunstancias del momento.

–Las mentiras tienden a presentar al mentiroso de manera favorable (por ejemplo, como héroe o víctima).

Aunque no se conocen las causas de este trastorno, hay evidencia de que podría estar relacionado con desbalances neurológicos del lóbulo frontal del cerebro, o con alteraciones en el tálamo. Se sabe, eso sí, que tienden a presentarlo individuos con baja autoestima que buscan, conscientemente o no, atención, popularidad y amor, o que buscan encubrir un fracaso.

¿Le suena conocido?

Quizá el fenómeno de la mitomanía tenga que ver con el hecho de que el cerebro humano es, esencialmente, una máquina de buscar sentido a las cosas. Cuando no entendemos algo, tenemos una enorme tendencia a inventarle una explicación. Y a creérnosla. Esto ocurre incluso en casos clínicos donde un paciente con alguna alteración psiquiátrica, por ejemplo de la memoria, fabula explicaciones incoherentes para los demás, pero que le permiten a él explicar, por ejemplo, por qué salió de su casa sin ponerse los pantalones (cuando en realidad olvidó ponérselos). Un caso más extremo es el de los “miembros fantasma”, que presentan algunas personas que han sufrido una amputación. Una persona que perdió un brazo, por ejemplo, puede llegar a sufrir comezón o dolor en dicha extremidad, o sentir que se mueve o que está torcida en una postura incómoda. El doctor Vilayanur Ramachandran propone que dicho fenómeno podría deberse a que el cerebro trata de interpretar los estímulos que recibe del muñón dentro de un “modelo” cerebral que incluye el brazo amputado, y genera así una “mentira” que, para la percepción del paciente, para su propio cerebro, se siente real.

Tal vez, para los mentirosos patológicos, sus mentiras sean la manera que tiene su cerebro de adaptar la información que reciben del exterior para que no contradiga su modelo interno de la realidad, ni entre en conflicto con su autoestima y su personalidad. Lo cierto es que, independientemente de las causas, el daño que pueden llegar a causar los mitómanos, cuando llegan a ocupar posiciones de poder que afectan a otras personas, puede ser terrible.

Por desgracia, varios miembros del equipo presidencial de Donald Trump, incluyendo a su ex-vocera y hoy consejera Kellyanne Conway, sus asesores Steve Bannon y Stephen Miller (cada uno más terrorífico que el otro) y su vocero Sean Spicer, parecen estar afectados por este inquietante trastorno. Ojalá pronto más gente se dé cuenta de que el presidente de los Estados Unidos, y muchos de sus principales colaboradores, son en realidad pacientes psiquiátricos que requieren atención urgente.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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