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miércoles, 20 de marzo de 2013

Religión, ciencia y democracia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de marzo de 2013

Felicidades a la Iglesia Católica por demostrar
que incluso un Papa no europeo puede odiar a los gays.
En 1952 el recién creado estado de Israel le ofreció a Albert Einstein ser presidente de ese país (lo que el científico declinó amablemente argumentando que “toda su vida había trabajado con temas objetivos”, por lo cual carecía “de la aptitud natural y la experiencia para tratar correctamente con la gente y para ejercer funciones oficiales”.

Y en efecto: el método de la ciencia no es pertinente para manejar asuntos sociales y políticos. Tampoco para abordar asuntos religiosos: la fe no es algo que se pueda someter a análisis, se tiene o no. Y los dogmas y creencias religiosas se aceptan o se rechazan. (Por eso el cuestionamiento sobre por qué, si el espíritu santo inspira a los cardenales en el cónclave para elegir al nuevo papa, la votación no es unánime, a pesar de ser divertido, no es tampoco adecuado: se trata de un asunto de fe, no de razón.)

Pero aun así, leyendo las noticias no puede uno evitar toparse con algunos hechos que invitan a preguntarse si un poco más de pensamiento científico no podría ayudar a tener mejores religiones y mejores políticos.

Por ejemplo el nuevo Papa, Francisco (no “Francisco I”, no entiendo por qué, aunque yo prefiero pensar en él como “Papapancho”), tiene una larga (y nada sorprendente –como bien señaló ayer en Milenio Diario Luis González de Alba– trayectoria conservadora. En particular, los grupos de defensa de los derechos de los homosexuales en Chile lo acusan de haber sido, cuando era cardenal, “un promotor del odio hacia la diversidad social y un referente de la homofobia”. En gran parte por su violenta oposición a la propuesta de aprobación de los matrimonios gays en Argentina.

Es cierto: la posición oficial de la iglesia católica ha sido, desde hace siglos, esencialmente antidemocrática, misógina, homofóbica y discriminadora (jerarquía vertical, las mujeres no pueden ser ordenadas pero sí servir a los varones, el sexo homosexual es “antinatural”, los no creyentes viven en pecado…). Y más grave, su oposición a la anticoncepción y al derecho al aborto fomenta los embarazos no deseados, coloca a la mujer en papel de mera reproductora de la especie y agrava la epidemia de VIH-sida. Estas posturas causan, objetivamente, daño social y hasta a la salud, pues provienen de un líder religioso cuyas ideas rigen las de muchos de sus seguidores.

Por su parte, Nicolás Maduro, presidente interino de Venezuela, se ha dedicado a hacer las más peregrinas declaraciones sobre el fallecido Hugo Chávez, llegando al extremo de afirmar que influyó ante dios en la elección del Papa: “Sabemos que nuestro comandante ascendió hasta esas alturas (el cielo), está frente a frente a Cristo. Alguna mano nueva llegó y Cristo le dijo: llegó la ahora de América del Sur”. (Y mejor ni hablemos de otras famosas declaraciones absurdas de gobernantes sudamericanos, como las del propio Chávez acerca de “armas que producen cáncer” o las de Evo Morales sobre que el consumo de pollo puede causar homosexualidad.)

No se trata de hacer “científicas” a la política ni la religión, pero ¿no sería bueno que tomaran un poquito en cuenta el conocimiento científico, para dejar de decir tonterías y de defender posturas opuestas a los derechos humanos?

Es pregunta.

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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Embestida conservadora

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de septiembre de 2012

Al principio parecía una noticia de buena fe: “Cuestionan especialistas efectividad del condón”, “Derrumban el mito de efectividad del condón”, y otros titulares semejantes.

Según se informó, un grupo de expertos (María del Rosario Laris Echeverría, Javier Haghenbeck Altamirano y José Manuel Madrazo, “médicos especialistas en salud pública, ginecología y bioética”; Laris, se presentaba como “directora de la asociación Sexo Seguro”) afirmaba, basándose en información de la Organización Mundial de la Salud y algunos artículos de investigación, que “El precepto de la efectividad de 99% del condón para evitar enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados no es veraz”.

En vez de ello, sostuvieron, su eficacia real sería de entre 80% por ciento, en el mejor de los casos (de 0 a 80%, según algunas notas extremas; de entre 80 y 85%, según otras). Y llegaron al amarillismo de decir que “Afirmar que el condón es 99 por ciento seguro es un riesgo para la salud pública”

Información alarmante, si fuera cierta. No lo es. Lo realmente alarmante es que muchos medios –periódicos, noticieros, sitios de internet, reenvíos por correo electrónico– hayan dado por buena una información tan polémica sin recurrir al primer principio del buen periodista: verificar sus fuentes.

Al parecer, la información fue difundida por una organización llamada “Comité Independiente Anti-Sida” (sinsida.biz) que en su página web define al condón como “inseguro, inútil, contraproducente, indigno e inmoral”, y en correos enviados a cuentas particulares califica de “engaño criminal” de las Secretarías de Salud y Gobernación las campañas de promoción del uso del condón. Al mismo tiempo, promueve comportamientos como la abstinencia y la fidelidad como las mejores estrategias para impedir embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.

Y no es que dichas conductas no sean eficaces; es que no resultan suficientes ni realistas: poca gente adulta está dispuesta a ser célibe, y la infidelidad es una conducta frecuente que, juicios morales aparte, hay que enfrentar como algo real. La pandemia de VIH (se tiende a ya no hablar de sida, pues en un país como el nuestro, donde hay un sistema razonablemente eficaz de salud y acceso a terapias antirretrovirales modernas, ningún seropositivo tendría por qué llegar a esa etapa avanzada de la enfermedad causada por el virus) no se detendrá con buenos deseos y principios idealistas, sino con pensamiento práctico.

Pero es grave que los grupos conservadores de base religiosa quieran aprovechar la coyuntura del cambio de sexenio para promover su ideología, que privilegia los principios de una moral particular por encima de la salud de los ciudadanos.

¿Cuál es la efectividad exacta del condón? No lo sabemos, pues no pueden hacerse pruebas controladas que pondrían en riesgo a seres humanos. Los métodos para medirla son inexactos (está sujetos a sesgos como que los sujetos entrevistados mientan, sean descuidados, inconstantes o torpes en el uso del condón, que haya ocasionales rupturas del mismo por defectos de fabricación, etcétera) y hacen muy difícil tener números precisos. Pero la cifra de 98-99% de efectividad parece ser sólida. En todo caso, el uso del condón es la alternativa más eficaz, útil y realista con que contamos para prevenir las enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados. Y el aumento en los embarazos e infecciones en jóvenes no se está debiendo a fallas en los condones, sino a la práctica del sexo sin protección.

Lo urgente es reforzar la educación sexual, las campañas y la distribución de condones (reconforta saber que el pasado 3 de agosto un grupo de jóvenes protestó ante la Secretaría de Salud por el desabasto de condones en zonas marginadas de Puebla, Estado de México, DF, Oaxaca, Guerrero y Chiapas). Son las campañas anti-condón, parte de la embestida conservadora, las verdaderas promotoras de las infecciones por VIH.

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

La dama de los microbios

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de noviembre de 2011

De las cosas que se entera uno por estar tuiteando a media noche: el pasado martes 22 supe, con gran tristeza, de la muerte de la famosa bióloga Lynn Margulis, a quien muchos admirábamos, a los 73 años, debido a un derrame cerebral.

La primera vez que oí hablar de ella fue en uno de los extraordinarios cursos que el biólogo mexicano Antonio Lazcano impartía, en esa ocasión en el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, a finales de los ochenta. Nos platicó de su teoría –que en se momento me pareció descabellada, inaudita– de que varios de los organelos que forman parte de las células eucariontes (con núcleo, como las humanas), como los cloroplastos y las mitocondrias, provenían de bacterias que entraron a otra célula y se quedaron a vivir dentro de ella. También me impresionó saber que había sido la primera esposa del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, a quien los entusiastas de la ciencia de mi generación admirábamos por su célebre serie televisiva Cosmos.

En realidad la idea de la aparición de células con núcleo a partir de la unión de varias células sin núcleo –procariontes–, por un proceso de endosimbiosis seriada (recordemos que la simbiosis es la convivencia entre dos organismos distintos que dependen estrechamente uno del otro) la había publicado en 1967; se confirmó unos 15 años después gracias a los nuevos métodos moleculares. Pero tardó todavía varios años en lograr consenso y llegar a los libros de texto de biología.

Hoy este proceso, que Margulis posteriormente llamó “simbiogénesis”, es considerado una de las revoluciones más grandes que ha sufrido la biología evolutiva. En cierta forma, significa que los cuatro reinos de organismos eucariontes –plantas, animales, hongos y protozoarios (que ella renombró como “protoctistas”)– son derivados, por simbiosis, del reino de los procariontes, es decir, bacterias (la clasificación de los seres vivos en cinco reinos, por cierto, fue también defendida y popularizada por Margulis, otra revolución suya que llegó a los libros de texto).

Margulis argüía también que la simbiosis era una fuerza evolutiva mucho más central que la selección natural, por lo que se describía como “darwinista, pero no neo-darwinista”; actualmente la comunidad biológica continúa dividida en cuanto al papel central o no de la selección natural, como propuso Darwin, frente a otras fuerzas evolutivas… pero esa es otra historia.

Lynn Margulis también colaboró con el químico inglés James Lovelock en el desarrollo de la hipótesis de Gaia: la idea de que la biósfera entera es un sistema complejo y autorregulado que se comporta como un organismo vivo (concepto que desgraciadamente ha sido adoptado y desprestigiado por sectas esotéricas que creen literalmente en la “madre Tierra” como un ente vivo). También trabajó afanosamente para ampliar el estudio, clasificación y comprensión del reino protoctista, donde se encuentran los eucariontes unicelulares que conocemos como “protozoarios”.

Como científica, fue siempre polémica. Quizá demasiado: llegó a defender obstinadamente ideas para las que nunca hubo evidencia sólida, como la de que el flagelo de los espermatozoides –o undulipodio, como hoy se le llama, gracias también a ella­– era derivado de una simbiosis con una bacteria del tipo de las espiroquetas, similar a la que causa la sífilis (llegó a decir que la idea era rechazada porque los hombres no podíamos aceptar que nuestros gametos fueran descendientes de una bacteria patógena) o más recientemente la de que las orugas y las mariposas habían evolucionado separadamente, para luego unirse evolutivamente por “hibridogénesis”. Rechazó la disciplina bien establecida de la genética de poblaciones, que da fundamento matemático al estudio de la evolución biológica. A veces daba la impresión de creer que, sólo por ser polémicas, sus ideas tenían que ser correctas. Pagó un precio por esa forma de ser: en los últimos años, sus proyectos de investigación recibieron muy escaso apoyo económico, hecho del que se quejó amargamente.

Sin duda el punto más bajo de su carrera fue cuando abrazó el negacionismo del sida, afirmando que este síndrome no era causado por un virus, sino que era simplemente… ¡sífilis!

Aun así, Lynn Margulis es reconocida, por sus grandes logros y su pensamiento audaz, como una de las biólogas evolutivas más importantes de las últimas décadas. Como acertadamente dijo la tuitera @LouiseJJohnson: “La ciencia no se trata sólo de tener razón, sino también de equivocarse de maneras nuevas e interesantes. Margulis hizo ambas cosas. La extrañaremos”.

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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de noviembre de 2011

Con dedicatoria a Lynn Margulis muerta ayer:
polémica, pero indudablemente grande.

La intolerancia vaticana va más allá de
anuncios escandalosos: pone vidas en peligro
Dice sabiamente el experto en religiones Roberto Blancarte, en su columna de ayer en Milenio Diario, que “Quisiera ser Papa”, porque “Debe ser bonito hablar… sólo de las verdades morales, aunque no se ofrezcan soluciones prácticas… Andar por el mundo diciendo lo que debe ser y no esforzarse por pensar en lo que es”.

Y es que en el documento Africae munus (“el compromiso de África”, explica Blancarte), resultado del sínodo de obispos de África celebrado en el Vaticano en 2009, Joseph Ratzinger afirma que “el problema del sida… exige sin duda una respuesta médica y farmacéutica. Pero ésta no es suficiente, pues el problema es más profundo. Es sobre todo ético”. Y añade que el sida no se combate “sólo con dinero, ni con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan el problema”.

A estas alturas, cuando existen en el mundo –según datos de Onusida– unos 34 millones de personas viviendo con VIH, con 2.7 millones de nuevas infecciones y 1.8 millones de muertes relacionadas con el sida durante 2010, la postura de la iglesia católica, y en particular de Ratzinger, de insistir en la prohibición de usar condones parece, además de necia y dogmática, irresponsable y hasta criminal.

Algunas cifras adicionales: del total de casos mundiales, unos 31 millones son adultos (16 de ellos, mujeres), y 2.5 millones son niños. Además, en 2009, el sida dejó a casi 17 millones de niños huérfanos. En Latinoamérica, en promedio, se estima que un 0.6% de la población está infectada (a diferencia de un terrible 5.2% en el África subsahariana, donde se halla el 68% del total de pacientes mundiales). Los países con mayor porcentaje de infección en nuestra región son Guyana (2.5% de la población), Surinam (2.4%), y Belice (2.1%). México ocupa el lugar 17, con un 0.37%, que se considera relativamente baja.

Esas son las malas noticias.

Las buenas son que, a pesar de todo, las continuas campañas de prevención y la creciente disponibilidad a nivel global de los modernos tratamientos antirretrovirales están resultando claramente efectivas. El Director de Onusida, Michel Sidibé, presentó el pasado lunes un informe que muestra que el número de muertes –1.8 millones– disminuyó en 2010 en comparación con su nivel máximo, en 2006, de 2.2 millones. Y el número de nuevas infecciones ha bajado en más de 26% desde su pico en 1997. Sin duda, por más que el Vaticano lo niegue, el condón –a diferencia de las poco realistas metas de abstinencia y fidelidad– es efectivo en prevenir nuevas infecciones. Y es mucho menos probable que los pacientes infectados que están bajo tratamiento infecten a otras personas, pues la cantidad de virus en su cuerpo disminuye drásticamente.

En nuestro país existen unas 225 mil personas viviendo con VIH, de las cuales un 60% son hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres, una población que ya está bastante sensibilizada respecto a la protección y tratamiento. Pero un 23% de los casos son mujeres heterosexuales, y los casos de transmisión vertical del virus –de madre a hijo– aumentaron significativamente entre 1999 y 2004.

Es por eso que las autoridades de salud mexicanas han lanzado una admirable campaña –que contrasta con los insultantes silbiditos de otras promociones federales– para invitar a las mujeres embarazadas a hacerse la prueba de detección del VIH. Seguramente usted la ha visto.



Y es que, a pesar del natural temor que provoca hacerse la prueba, lo mejor que le puede ocurrir a alguien que infortunadamente se haya infectado es enterarse de ello, pues podrá así recurrir al sistema de salud y recibir el tratamiento adecuado, lo que permite no sólo vivir una vida prácticamente normal y saludable, sino que disminuye mucho las probabilidades de que el recién nacido se infecte.

Sin duda, la campaña es una iniciativa valiente y loable. Tendrá un costo importante, pues los tratamientos antirretrovirales son onerosos. Pero siempre será una mejor inversión detectar y tratar a los pacientes (en México se estima que un 57% de las personas infectadas no saben que lo están), así como evitar nuevas infecciones –en este caso, de recién nacidos– que dar tratamiento a enfermos que han llegado a la etapa de sida y llegan con graves infecciones secundarias a los hospitales, que ponen en peligro su vida.

Felicitémonos porque las autoridades de salud de nuestro país, dejando de lado dogmatismos, cumplen con sus compromisos internacionales y con su responsabilidad al lanzar campañas como ésta. Y exijamos que continúen promoviendo, más intensamente, el uso del condón y la educación sexual, así como la cobertura universal de tratamiento entre quienes viven con el virus. Así podremos ayudar a acercarnos a las metas de Onusida de lograr “cero nuevas infecciones, cero discriminación y cero muertes relacionadas con el sida”. Como dice la propia organización, “el fin de la epidemia” –o al menos su control– “puede estar a la vista, si los países invierten de forma inteligente”. Y, añado yo, si ignoran dogmatismos irracionales y dañinos.

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miércoles, 26 de octubre de 2011

Esperanza contra el sida

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en Milenio Diario, 26 de octubre de 2011


Para quienes siguen sosteniendo la falacia de que apoyar la ciencia básica (la que se hace sin aplicación práctica en mente) es un gasto inútil, un desarrollo reciente en la lucha contra el sida proporciona una lección valiosa

En 1985 se descubrió un tipo de proteínas que pueden unirse al ácido desoxirribonucleico (ADN) de las células, por ejemplo para encender o apagar genes. Se caracterizaban por tener un átomo de cinc sostenido por cuatro “dedos”. De ahí su nombre: proteínas con dedos de cinc. Se descubrió podían reconocer secuencias específicas de entre 6 y 18 “letras” del ADN. En 1991 se propuso modificarlas mediante ingeniería genética para dirigirlas a genes particulares. A alguien se le ocurrió unirlas a otro tipo de proteína que corta el ADN –una enzima nucleasa– para producir “tijeras” moleculares que cortaran el gen que uno quisiera. Una valiosísima herramienta para la investigación básica en biología molecular y celular. Ciencia básica en forma pura.

Pues bien. A finales del año pasado comenté aquí el caso de Timothy Ray Brown, el “paciente de Berlín”, a quien se logró curar de sida gracias a un trasplante de médula. Para ello se usaron células de médula ósea (que producen las células del sistema inmunitario) provenientes de uno de esos raros individuos –1 a 2% de la población mundial, aunque hasta 10% en ciertos países del norte de Europa– que son inmunes a la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). El trasplante fue exitoso y hoy Brown tiene un nuevo sistema inmunitario que no muestra señales de infección (aunque el procedimiento no es una opción para otros pacientes, por su alto riesgo).

Como la resistencia al VIH se debe a una mutación que hace que los linfocitos T-CD4 carezcan de una de las “cerraduras” (la proteína CCR5) que usa el virus para entrar a ellos y provocar el sida, a científicos de la Universidad de Pensilvania y de la empresa Sangamo, en California, se les ocurrió diseñar unas nucleasas con dedos de cinc que cortaran precisamente el gen de la proteína CCR5, para inactivarlo y recrear artificialmente la mutación de los individuos naturalmente resistentes al VIH.

Así lo hicieron, y luego de pruebas en ratones y en células en cultivo, hoy están llevando a cabo un estudio clínico en el que extrajeron linfocitos CD4 de nueve pacientes con VIH, los modificaron para inactivar el gen de CCR5, los cultivaron para que se multiplicaran y se los reinyectaron. Aunque los resultados definitivos del estudio se tendrán hasta marzo de 2012, los datos preliminares indican que los linfocitos modificados sobreviven y se multiplican en el cuerpo de los pacientes, y que éstos no sólo no sufren daño, sino que su estado clínico mejora. En cierto modo, tienen un “nuevo” sistema inmunitario resistente al VIH que convive con el natural, infectado por el virus.

Si el tratamiento resulta exitoso –harán falta pruebas clínicas posteriores–, podríamos estar ante la cura del sida. No una cura absoluta –el paciente sigue infectado e infeccioso–, sino una “cura funcional”. Pero incluso si fallara, las perspectivas novedosas que abre permiten que, luego de décadas, la palabra “cura” vuelva a pronunciarse con cierta confianza en el mundo de la investigación en sida.

Yo no sé de finanzas, pero si fuera el tipo de gente que invierte en la bolsa, tal vez compraría acciones de Sangamo (Nasdaq: SGMO, para los que saben de eso). Y seguiría usando condón, por supuesto.


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miércoles, 23 de febrero de 2011

Productos milagro

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 23 de febrero de 2011


Parece mentira la tibieza y amabilidad con que los medios y las autoridades han tratado a esos fraudes conocidos eufemísticamente como “productos milagro”.

El pasado 14 de febrero, llamó la atención de los medios la noticia de que la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios de la Secretaría de Salud (COFEPRIS) había ordenado el retiro de más de 250 “productos milagro” (es decir, según el comunicado, “que prometían ‘curar’, sin tener ninguna base científica, diversas enfermedades como cáncer, osteoporosis, obesidad, depresión, sobrepeso y artritis”), y había prohibido la transmisión de 307 anuncios engañosos.

Sobre todo porque en la lista se incluían algunos de los falsos medicamentos más conocidos, como el famoso “hongo michoacano” (que aliviaría males como alergias, Alzheimer, artritis, reumatismo, cáncer, males del corazón, fatiga crónica, hígado, diabetes, VIH/sida, hipertensión arterial y vías respiratorias… ¡nada más!), o Prostaliv y Prostamax, ambos dirigidos al mercado varonil de edad madura.

Pero lejos de aprovechar para exhibir los fraudes que constituyen la venta de estos productos, muchos comentaristas se han limitado a afirmar que “no está comprobada su eficacia”, y a veces hasta a defender el derecho de las compañías a venderlas. En realidad, lo que está perfectamente comprobado es su falta de eficacia, al igual que los efectos nocivos de varios de ellos. La llamada “uña de gato” o el “té verde”, por ejemplo, resultan dañinos para pacientes que viven con VIH, y perjudican el tratamiento con antirretrovirales que reciben. Otros contienen hierbas que, en dosis no controladas y sin supervisión médica, pueden resultar dañinas.

En otros casos, el fraude y el daño consisten simplemente en que los productos carecen de efectividad  y son incapaces de cumplir lo que ofrecen, como sucede con los que prometen aumentar el vigor sexual o curar el cáncer, los riñones, la diabetes, y tantos otros males.

¿Por qué tardó tanto la autoridad sanitaria en tomar esta medida (que ya había sido propuesta por el PRI desde diciembre del año pasado)? ¿Y por qué se permitió, en primer lugar, la venta durante tanto tiempo de estos productos, y su excesiva y manipuladora propaganda televisiva y en otros medios? En parte, porque la ley lo autoriza: un producto que se anuncie como “suplemento alimenticio, cosmético, medicina herbolaria o producto higiénico”, no necesita pasar por los estrictos (y caros, unos 800 millones de dólares) estudios clínicos que se requieren para aprobar un verdadero medicamento, y asegurar con bases científicas su eficacia.

Otra razón, quizá más importante, es su tremendo éxito comercial: pensemos los productos de Genomma Lab, por ejemplo –ninguno de cuyos productos fue prohibido, curiosamente, pero cuya línea de medicamentos genéricos Primer Nivel fue impedido por las autoridades para anunciarse, debido a que al parecer “la mitad de ellas carece de las pruebas de intercambiabilidad y bioequivalencia que respalden su calidad y eficacia”. Pero los anuncios de Genomma constituyen una entrada importantísima para las televisoras. Y las multas de 500 mil pesos de la Cofepris no parecen servir de mucho, pues la empresa llega a gastar 7 millones diarios en publicidad. En septiembre de 2010, Maribel Coronel informaba en El Economista que “dados los precios de Televisa y los horarios de la publicidad de Genomma Lab -incluidos triple A de noticieros y telenovelas-, los ingresos para la principal televisora equivaldrían a unos 10 millones de dólares mensuales (unos 120 millones de dólares al año)”, y que “ambas empresas, Genomma Lab y Televisa, anunciaron hace un año un convenio de venta y distribución en Estados Unidos, mas una redituable alianza en México que le ha permitido a Genomma posicionar sus marcas aun contra la autoridad y el resto de la industria”.

Falta mucho por hacer: además de estos seudomedicamentos, existe mucha más mercancía abiertamente fraudulenta en el mercado, que puede o no causar daño grave, pero que es siempre un engaño al público. Desde el baño de pies que “descontamina” el cuerpo, pasando por los imanes, los cristales o las plantillas que dan masaje, las absurdas pulseritas mágicas, hasta las falsas “terapias alternativas” como homeopatía o acupuntura que, cuando se someten a prueba, son incapaces de demostrar su efectividad, por más que la gente los compre.

Ojalá esta decisión de la autoridad sea un paso más en la importante y necesaria labor de combatir los fraudes que afectan la salud.

Posdata del 23 de febrero: aparece hoy en Milenio Diario la nota de que ayer, presionado por la industria alimentaria y farmacéutica, presentó su renuncia Miguel Ángel Toscano, que encabezaba la COFEPRIS. Malos augurios para quienes anteponemos la salud de los ciudadanos, basada en el conocimiento científico, a los intereses comerciales basados en la superchería y la publicidad. Qué mal.



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