domingo, 12 de agosto de 2018

El nuevo Museo de Historia Natural de la CdMx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de agosto de 2018

Hace unas semanas me di la oportunidad de regresar, luego de mucho tiempo, a la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec, uno de los sitios más hermosos de la Ciudad de México (urbe que de por sí está llena de maravillas para visitar, ya sea como turista o –cosa que con frecuencia olvidamos los chilangos, presas del diario ajetreo– como residente).

Y por supuesto, no podía dejar de pasar por el encantador Museo de Historia Natural (MHN), que desde que era yo niño –hace muuucho, a principios de la década de los 70– ha sido un sitio que despierta mis fantasías. (Recuerdo, por ejemplo, cómo en primero de secundaria nos llevaron en la típica visita escolar y me dejaron de tarea hacer el también típico trabajo sobre el museo: yo me esmeré en tratar de captar, en mis dibujos, el asombro y sentido de maravilla que me inundó en sus exhibiciones sobre el origen de la vida, el cosmos y la evolución… Por ahí debe estar guardado, entre los papeles de mi madre, ese trabajo infantil).

Pero no esperaba era encontrar lo que hallé: un museo con varias salas totalmente renovadas, con una museografía asombrosa y una riqueza sorprendente, al nivel de los mejores museos del mundo. Y menos esperaba, al preguntarle a la primera persona con gafete que hallé sobre los detalles de la renovación, toparme en domingo nada menos que con su amable directora, la maestra Mercedes Jiménez del Arco, quien desde hace dos años está a cargo del Museo, y cuyos conocimientos, liderazgo y sobre todo enorme entusiasmo fueron vitales para darle nueva vida a este emblemático espacio.

La historia del Museo de Historia Natural da para una novela o serie de televisión. Su antecedente más remoto nos lleva al virreinato, cuando a petición del Rey Carlos IV de España llegó a la entonces Nueva España Don José Longinos Martínez a realizar trabajos de investigación en el área de la historia natural, antecesora de la moderna biología. Don José propuso fundar un “gabinete de historia natural”, siguiendo la tendencia entonces en boga de los “gabinetes de curiosidades”, instituciones que con el tiempo darían origen a los actuales museos de ciencia. Así, en agosto de 1790, y con la colaboración de personajes científicos de la época como Don José Antonio Alzate, se fundó en las calles de Plateros (hoy Francisco I. Madero) de la Ciudad de México el Gabinete de Historia Natural. (El actual MHN estaría entonces cumpliendo este mes, en última instancia, 228 años.)

Posteriormente, y con los distintos cambios y gobiernos que sufrió nuestro país, el acervo del Museo ha pasado por las más variadas aventuras. Durante la Independencia, nos ilustra la Wikipedia, sus colecciones estuvieron en riesgo de perderse, pero el Virrey Bucareli ordenó enviarlas a la Universidad (en ese entonces, Real y Pontificia). En 1831, Vicente Guerrero firmó el decreto para fundar formalmente un Museo de Historia Natural dentro de la Universidad, que luego quedó ubicado en el Colegio de Minería.

Más tarde, en 1865, el Emperador Maximiliano lo trasladó al Palacio Nacional, y en 1913 llegó a su muy popular sede en el que durante el porfiriato fuera conocido como “Palacio de Cristal” o “Pabellón Japonés”: el edificio de hierro forjado del actual Museo del Chopo. Ahí permanecería, para delicia de chicos y grandes, hasta 1964, con sus fósiles y animales disecados, las famosas “pulgas vestidas” y el borrego de dos cabezas, así como la réplica de una ballena, el esqueleto de un mamut (hoy en Museo de Geología de Santa María la Ribera) y el célebre dinosaurio: la réplica en yeso del esqueleto de un Diplodocus carnegii, de 27 metros de largo y 4 de alto, nombrado así por el millonario y mecenas de la arqueología Andrew Carnegie. Ya fallecido éste, la fundación que lleva su nombre, a petición del pionero de la biología mexicana Alfonso L. Herrera, la donó a México en 1931.

El majestuoso reptil, junto con gran parte del acervo del Chopo, se mudó a Chapultepec en 1964, cuando se construyó el actual Museo de Historia Natural (hoy perteneciente al gobierno capitalino) en la famosa estructura de diez domos semicirculares pintados de distintos colores, que para tantas generaciones ha significado la entrada a una especie de país de las maravillas. Desgraciadamente, de los años 60 para acá, el Museo no recibió el cuidado, y sobre todo el presupuesto que hubiera merecido, y pese a distintos intentos de actualización y renovación, lentamente se fue deteriorando.

Pero a toda capillita le llega su fiestecita: al comenzar su gestión, en diciembre de 2013, el entonces Jefe de Gobierno del DF Miguel Ángel Mancera anunció un “Plan Maestro de Renovación para la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec”, que incluyó el Museo y que, por fortuna, efectivamente se llevó a cabo. Para lograrlo participó un amplio equipo que abarcaba, además del personal del Museo y del Gobierno del DF, a especialistas en biología, paleontología y museografía, a la compañía museográfica Siete Colores, y a los Fideicomisos Pro Bosque de Chapultepec y Todos Juntos por el MHN, que ayudaron a conseguir los fondos necesarios.

Así, el 20 de marzo de 2018, tras un arduo trabajo y una inversión de 220 millones de pesos, se inauguraron cuatro bóvedas renovadas que albergan las nuevas exposiciones sobre los temas “Evolución de los seres vivos”, “Diversidad biológica” y “México megadiverso”.

Ahí me encontré, además de a Mercedes y a mi viejo conocido el Diplodocus, con un perezoso gigante, un pterodáctilo, una enorme tortuga laúd, un tigre dientes de sable, un ñú, una tortuga galápago e infinidad de otros ejemplares de reptiles, aves, insectos, anfibios y mamíferos. Y la nuevo museografía hace que uno pueda disfrutar de toda esta riqueza sin que parezcan, valga la paradoja, “piezas de museo”, sino joyas dignas de disfrutarse y admirarse.

Pero en las bóvedas renovadas, con su sistema de iluminación y aire acondicionado, puertas automáticas, sistema de videovigilancia y nuevos pisos de granito brasileño –en los que uno halla claraboyas bajo las cuales se pueden observar fósiles–, y acompañado de amables guías que hacen más agradable y productiva la visita, uno puede hallar maravillas modernas como videomappings, videowalls, un árbol que representa la evolución y –mi favorito– una enorme pantalla interactiva con un programa llamado Deep tree, donde se puede explorar el árbol evolutivo completo de los seres vivos sobre la Tierra, desde lo más general hasta el más mínimo detalle. Y mucho más.

Así que, si tiene usted un rato libre, dése la oportunidad de visitar o –si ya lo conocía– regresar al renovado Museo de Historia Natural de esta gran Ciudad de México. Le aseguro que no se arrepentirá. Los horarios son de martes a domingo de 10 a 17 horas, y el costo es de sólo 27 pesos.

Una última reflexión: la transformación del Museo no ha terminado; lo que hay es sólo el inicio de un proyecto mucho más amplio que aspira a renovar las áreas restantes y a construir un moderno edificio anexo para alojar adecuadamente el resto de las colecciones, las áreas administrativas y las de investigación. La actual administración ha trabajado para dejar asegurados los fondos necesarios. Será imperativo que los nuevos gobiernos, a nivel federal y local, reconozcan la importancia de mantener el apoyo a esta importante institución para continuar con su modernización.

Conociendo la trayectoria e interés por la cultura científica de la próxima Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum –quien además ya ha estado a cargo de la Secretaría del Medio Ambiente del DF, de la que dependen el Bosque de Chapultepec y el Museo–, no dudo que así será.

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lunes, 6 de agosto de 2018

Escutoides, o el día que los biólogos sorprendieron a los físicos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de agosto de 2018

La estructura de
un par de  escutoides
En todos lados hay jerarquías, justificadas o no. Hasta en las ciencias. Por eso los físicos tienden a sentirse superiores a los biólogos (y a los químicos), y los matemáticos a todos ellos.

Abundan los aspectos de la biología que son explicados y hasta predichos gracias a principios físicos (el grosor de las patas de elefantes y dinosaurios, digamos, comparado con las de los insectos) o matemáticos (por qué las conchas de los caracoles forman precisamente esas espirales y no otras).

Pero el pasado 27 de julio se publicaron los resultados de una investigación que descubrió, a partir de la biología, nada menos que una nueva forma geométrica, un sólido tridimensional nunca antes conocido, que resulta vital para entender el desarrollo de los seres vivos, y les da algo nuevo que estudiar a matemáticos y físicos.

En un simpático artículo en el diario El País Clara Grima, matemática de la Universidad de Sevilla y una de las investigadoras que participaron en el descubrimiento, cuenta con mucha gracia la historia.

Resulta que sus colegas Luis Manuel Escudero y Alberto Márquez, junto con ella misma, estaban tratando de explicar qué forma tienen las células que conforman uno de los tejidos más comunes en los animales, el epitelial. Los epitelios son los tejidos que recubren todas las superficies de nuestro cuerpo, incluyendo no sólo la piel sino las mucosas en la superficie de las cavidades del cuerpo (boca, intestino…) y nuestros órganos internos.

El esquema clásico de libro de texto
que muestra las células epiteliales
como prismas y pirámides
(Fuente: Nature communications)
Los epitelios están formados por una o varias capas de células paralelas que están unidas estrechamente. Por ello, se suponía –y así aparece hoy en todos los libros de texto– que estas células tenían forma de prismas, en epitelios planos, o de pirámides truncadas, en epitelios curvos, con bases pentagonales o hexagonales. Algo semejante a los prismas basálticos que existen en San Miguel Regla, en el Estado de Hidalgo.



Células epiteliales con
forma de escutoide,
que muestran cómo las
caras que están en contacto
varían entre la superficie
superior e inferior
Pero tanto las observaciones como los modelos en computadora de los investigadores indicaban que si las células tuvieran estas formas sencillas, no podrían formar tejidos compactos y flexibles sin dejar espacios. Es más, sus modelos predecían que las células deberían tener una forma extraña, en la que la base de un prisma podía ser hexagonal por abajo y pentagonal por arriba. Cuando examinaron con más cuidado sus tejidos (de glándulas salivales de mosca), descubrieron que, efectivamente, las células de los epitelios curvados adoptaban esa forma.

El escutelo del escarabajo
Protaetia speciosa
Intrigados, contactaron con matemáticos para preguntarles cómo se llamaba esa figura, y descubrieron que no tenía nombre. Así que, como homenaje a Escudero, decidieron llamarla “escutoide” (aunque luego justificaron el nombre aludiendo a que la forma recuerda al “scutum” –escudo– que aparece en la caparazón de ciertos escarabajos). Al final en la investigación, publicada en la revista Nature Communications y titulada “Escutoides: una solución geométrica al empaquetamiento tridimensional de los epitelios”, participaron 16 autores: además de los investigadores de la Universidad de Sevilla, incluyó a colegas ingleses y estadounidenses, entre los que había biólogos moleculares, matemáticos, físicos y especialistas en ingeniería biomolecular.

Entonces, ¿qué forma tiene un escutoide? Pues es un prisma o pirámide truncada una de cuyas bases es hexagonal y la otra pentagonal, por lo que obligadamente una de sus aristas tiene la forma de una letra Y. (Mucha gente dice que parecen unos saleros de diseñador… seguramente pronto habrá quien los saque a la venta.)

¿Por qué necesitan las células adoptar formas tan complejas? Es un asunto de biología, física y matemáticas. El cuerpo animal se desarrolla a partir de una sola célula, el óvulo fecundado, que se va multiplicando y luego forma capas que darán origen a los distintos tejidos y órganos del cuerpo. Uno tiende a imaginar a las células como simples bolsitas más o menos esféricas llenas de citoplasma. En realidad, conforme las células de un epitelio crecen, van ocupando más espacio pero están limitadas por sus vecinas. Por eso, el escutoide es la forma geométrica que les permite ocupar de manera más eficiente todo el espacio disponible sin dejar huecos –requisito indispensable para que el epitelio pueda cumplir su función de barrera– y al mismo tiempo poder formar tejidos curvos y flexibles (cosa que no sería posible sólo con prismas o pirámides truncadas, y menos con esferitas).

En última instancia, se trata de un problema de física: el escutoide es la forma que reduce al mínimo la superficie celular y por tanto la energía que necesitan las células para formar el epitelio. (Algo similar sucede, por ejemplo, con las burbujas: la forma de mínima energía para una burbuja aislada es una esfera, pero muchas burbujas adheridas una con otra, como ocurre en la espuma, adoptarán formas tipo escutoide.)

El descubrimiento de los escutoides dista de ser sólo una curiosidad: su estudio permitirá entender mucho más detalladamente el desarrollo de los tejidos durante el crecimiento de los seres vivos, y quizá desarrollar métodos de análisis para detectar, por ejemplo, crecimientos anormales. Además, podría ser útil en la naciente tecnología de cultivo de tejidos y órganos. Y podría tener aplicaciones fuera de la biología, por ejemplo en la ingeniería y el diseño, para proyectar materiales, edificios o empaques más resistentes y eficientes. Y, en matemáticas, quizá para abrir nuevas líneas de investigación en geometría. Todo a partir de unos biólogos que querían entender cómo se agrupan las células del epitelio del glándula salival de una mosca.

Así que la próxima vez que alguien le hable de investigación interdisciplinaria, sólo recuerde a los escutoides de los que están hechos nuestros tejidos.

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domingo, 29 de julio de 2018

El futuro de la ciencia mexicana

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 29 de julio de 2018

A estas alturas, ya debería estar más que claro que la prosperidad y el bienestar de toda nación dependen en gran medida, y cada vez en mayor grado, de su desarrollo científico-tecnológico.

La existencia de una comunidad científica suficientemente amplia, que cuente con el apoyo, las instituciones, la infraestructura, los recursos y el marco legal y social para realizar, en forma libre y sostenida investigación científica, sea ésta básica o aplicada, pero siempre de calidad, es el cimiento para que surjan desarrollos tecnológicos que den lugar a patentes, industrias y finalmente a recursos y mayor nivel de vida. Así ocurre en las naciones que históricamente se han preocupado por mantener estas condiciones. No en balde son esas naciones las que hoy tienen el mayor poderío económico, político y hasta militar.

En México el desarrollo de la ciencia ha avanzado lentamente, con el surgimiento de una incipiente comunidad científica en el siglo XX y la fundación del  Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el aumento del apoyo a la ciencia y tecnología en los años 70. Ciertamente el desarrollo tecnológico ha sido mucho más lento que el de la investigación científica propiamente dicha; y el de la cultura de patentes y el desarrollo de industrias basadas en el conocimiento nacional ha sido prácticamente nulo. Pero se ha avanzado, así sea poco y lentamente. Y los avances han sido valiosos. Sería triste, y dañino para el país, que se perdieran.

En el tercer debate presidencial, el pasado 12 de junio, el hoy candidato ganador y futuro presidente Andrés Manuel López Obrador anunció a la doctora Elena Álvarez-Buylla como futura directora del Conacyt, y prometió que durante su gobierno se dedicará el 1 por ciento del Producto Interno Bruto al rubro de ciencia y tecnología (promesa que, por otro lado, hemos vista repetida sexenio tras sexenio, desde Fox hasta Peña Nieto, y que aunque es mandato de la Ley federal de Ciencia y Tecnología, no se ha cumplido hasta la fecha).

Aunque nadie duda de la reconocida calidad académica de la investigadora propuesta, han surgido voces, tanto entre la comunidad de investigadores científicos como entre los ciudadanos interesados en la ciencia nacional, que critican su designación.

En parte por su falta de experiencia administrativa y gubernamental, experiencia que normalmente se considera necesaria para desempeñar exitosamente un puesto de ese calibre. En parte por su trayectoria –paralela a su labor de investigación científica– como notoria activista contra el cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados, o transgénicos, en particular de maíz; activismo que ha llevado a extremos difíciles de reconciliar con el rigor científico que una investigadora de su talla debería siempre poner por delante de cualquier ideología (ha llegado a afirmar públicamente, por ejemplo, que el consumo de transgénicos puede causar cáncer o autismo, ideas que han sido concluyentemente refutadas con base en estudios amplios y rigurosos, y acostumbra descalificar a otros investigadores destacados que no coinciden con su postura acusándolos de estar pagados por compañías biotecnológicas). Este activismo radical hace que haya preocupación sobre su capacidad para ejercer sin sesgos y con la imparcialidad necesaria la dirección del Conacyt, organismo que de una u otra forma incide de manera directa sobre las vidas profesionales y los proyectos de investigación de prácticamente todos los científicos nacionales.

Pero, sobre todo, se critica el documento que recientemente hizo público, donde define las líneas que seguirá el Conacyt durante el próximo sexenio, denominado Plan de reestructuración estratégica del Conacyt para adecuarse al Proyecto Alternativo de Nación (2018-2024) presentado por MORENA (disponible en bit.ly/2LUrfc5).

Por ejemplo, el movimiento #ResisCiencia18, que se define como “un grupo de personas interesadas en el desarrollo científico del país” que “[solicita] se nombre a otro científico como director del Conacyt”, después de un análisis cuidadoso, señala en su blog (bit.ly/2LY0gfP) algunos puntos del Plan presentado por Álvarez-Buylla que contradicen varias de las Recomendaciones sobre la Ciencia y los Investigadores Científicos de la UNESCO (disponibles en bit.ly/2M0Et7h), y que podrían perjudicar u obstaculizar el desarrollo de la ciencia en México. Entre otros:

–Que el Plan haya sido elaborado sin la colaboración amplia de la comunidad científica;

–Que muchas de las líneas propuestas se concentren en las áreas de especialidad de quien lo redactó, como temas ambientales, alimentarios y sociales, mientras que muchos campos de investigación básica como física, química, matemáticas, astronomía, ciencias de la Tierra, cómputo y comunicaciones son prácticamente ignorados;

–Que se pretenda evaluar la “pertinencia” de las investigaciones que apoyará el Conacyt sólo con base en su utilidad social y ambiental, ignorando la importancia fundamental de la ciencia básica (aunque el documento de Álvarez-Buylla la menciona, y señala lo inadecuado de la separación entre ciencia básica y aplicada, propone, tramposamente, el concepto de “ciencia orientada”, que sería una ciencia aplicada pero sólo a los problemas que el Conacyt defina como relevantes);

–Y, más alarmantemente, que se proponga que el Conacyt podrá vetar, con base en el llamado “principio de precaución” –un concepto que, aunque muy útil, es notoriamente nebuloso, subjetivo y manipulable– aquellas investigaciones que considere “riesgosas”, con base en la opinión de “comités de científicos y personas relevantes de otros sectores nacionales”. Sobra decir que esta propuesta va diametralmente en contra de la libertad de investigación, uno de los requisitos fundamentales para el avance científico, que por su propia naturaleza casi nunca puede ser planeado ni “orientado”; el azar es un componente fundamental de la creatividad científica. Alarma también que dichos vetos serían impuestos no sólo por expertos científicos, sino también por personas ajenas a la investigación científica.

Preocupa asimismo el sesgo ideológico presente en el documento, que habla de “ciencia occidental” y la contrasta con una supuesta “ciencia campesina milenaria de México” (es claro que los conocimientos tradicionales, aparte de su valor cultural intrínseco, pueden contribuir al avance científico y tecnológico, luego de ser evaluados e integrados al cuerpo de conocimientos de la ciencia; pero confundir tradiciones o conocimiento empírico con ciencia es un grave error conceptual, de peligrosas consecuencias). En el documento aparecen también otras expresiones con fuerte sesgo ideológico que condenan, por ejemplo, el “régimen neoliberal”. 

(Añado, a nivel personal, que como comunicador de la ciencia me preocupa que el documento afirme que “el Conacyt reactivará una estrategia de comunicación”, como si no la hubiera tenido desde siempre, y muy activa, y hable de hacer énfasis “en el desarrollo de nuevos y más efectivos métodos de comunicación de la ciencia”, como si la práctica, así como la investigación y reflexión académicas, sobre la comunicación pública de la ciencia, en México y en el mundo, no estuvieran constantemente haciendo eso mismo, y con resultados muy exitosos.)

Por éstas y otras razones, el movimiento #ResisCiencia18 ha lanzado una petición en Avaaz.com (bit.ly/2NS0J3z) para solicitar al futuro presidente López Obrador que reconsidere la elección de Álvarez-Buylla para dirigir el Conacyt, y proponga a una persona con un perfil más apropiado para un puesto tan importante para el futuro del país. Si quiere enterarse más del tema, puede usted informarse a fondo en el blog de #ResisCiencia18 (bit.ly/2LY0gfP) y, si lo considera adecuado, puede sumarse a la petición en Avaaz.

En temas de ciencia, como en cualquier otro en una sociedad democrática, lo importante es que los ciudadanos participemos adoptando una postura libre y responsable, con base en información confiable.

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domingo, 22 de julio de 2018

El otro PrEP

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 22 de julio de 2018

El pasado primero de julio, todo México estaba atento a los resultados del PREP, el Programa de Resultados Electorales Preliminares.

Pero hay otro PrEP que resulta igual de importante para mucha gente: quienes viven con VIH, o quienes tienen relaciones sexuales con gente que vive con el virus.

Como se sabe, la infección por VIH dejó de ser necesariamente mortal para convertirse en una enfermedad básicamente crónica desde que, a finales de los noventa, aparecieron las terapias antirretrovirales altamente activas (HAART, por sus siglas en inglés), también conocidas como “cocteles” antirretrovirales. Consisten en al menos tres medicamentos distintos que atacan simultáneamente distintas funciones del virus de la inmunodeficiencia humana, lo que hace prácticamente imposible (en realidad, extremadamente improbable) que éste mute para volverse resistente a los tres fármacos.

Aunque el tratamiento es caro (la última vez que consulté, costaba alrededor de 30 mil pesos por mes por paciente, aunque el Sector Salud consigue descuentos que lo llevan hasta unos 5 mil pesos; un dato más reciente indica que el costo es de casi 15 mil pesos), resulta mucho más barato que tratar a pacientes infectados que llegan a la etapa de sida. Y, por supuesto, evita miles de muertes (en México, según datos oficiales, hay actualmente 152 mil 783 pacientes que viven con VIH; seguramente el número real es mayor, dado que hay personas que no saben que están infectadas).

En países como el nuestro, donde el tratamiento está disponible gratuitamente para cualquier paciente que lo requiera –o debería estarlo; en algunas regiones hay problemas de distribución y atención–, las HAART han significado un cambio total en la cultura de prevención del VIH/sida. Sobre todo si van acompañadas de campañas amplias y constantes de prevención mediante el uso del condón, y para alentar a la población en general, y especialmente a grupos de riesgo, a realizarse la prueba para detectar nuevas infecciones desde un principio.

Pero desde hace unos años el arsenal de prevención contra el VIH se amplió con la llamada PrEP, o Profilaxis Pre-Exposición. Se recomienda para personas no infectadas que estén en circunstancias que las pongan en riesgo de infectarse: tener una pareja seropositiva, tener prácticas de riesgo o relaciones sexuales con personas infectadas o cuyo estado se desconoce, etc. Consiste en usar uno de los medicamentos antirretrovirales disponibles (tenofovir y emtricitabina, que comercializa la farmacéutica Gilead con el nombre de Truvada®, aunque hoy hay disponibles alternativas genéricas), en la dosis usual: una tableta diaria durante el periodo en que se esté en riesgo de contagio.

Recientemente, las autoridades de salud informaron que el PrEP, que también se puede adquirir en farmacias, pero a un alto costo (que ronda los 10 mil pesos por mes) comenzará a estar disponible gratuitamente, para un número limitado de personas, en la Ciudad de México a través de la Clínica Especializada Condesa, y también en Guadalajara y Puerto Vallarta, como parte de un programa piloto.

Podría parecer irresponsable invertir en un tratamiento caro para evitar infecciones por VIH cuando existe un método tan barato, seguro y accesible como el condón. Pero la realidad es que hay personas que simplemente no lo usan, ya sea por descuido, prejuicio o por razones más complejas, como la paradójica erotización del sexo sin protección, e incluso los movimientos “bareback”, que defienden el derecho consciente a tener relaciones sin condón e incluso a infectarse. Y aunque se recomienda usar el PrEP junto con el condón, lo cierto es que muchas personas simplemente quieren poder tener relaciones sin necesidad de usarlo. Para esos casos, el PrEP es válido y útil, pues puede evitar un número importante de infecciones. Incluso, según cálculos hechos con modelos y datos de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea, la disponibilidad de PrEP ayuda a bajar, a la larga, los costos sociales de la atención a pacientes con VIH.

Pero por supuesto, esta alternativa también tiene sus desventajas. Además de su costo, su uso prolongado puede afectar al riñón o causar descalcificación de los huesos. Y como en cierto modo fomenta el sexo sin condón, puede provocar un aumento en otro tipo de infecciones de transmisión sexual, como sífilis o gonorrea (de la cual ya existen cepas multirresistentes a antibióticos).

Mención aparte merece el PEP, o Tratamiento Post-Exposición, en que el mismo fármaco se receta durante un mes a personas que accidentalmente hayan estado expuestas al virus, y que es muy eficaz para prevenir el contagio si se usa dentro de las 72 horas siguientes.

En resumen: es bueno que existan nuevas opciones, y hay personas para las que pueden ser muy útiles y hasta necesarias. Pero no cabe duda de que, sin juzgar las opciones sexuales de cada quién, lo mejor y más recomendable sería reforzar las campañas para el uso amplio y regular del condón: la mejor alternativa que tenemos no sólo para evitar la infección por VIH, sino también otras enfermedades.

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domingo, 15 de julio de 2018

Democracia y sesgos cognitivos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de julio de 2018

El primero de julio pasó, pero el clima de polarización en los espacios de discusión pública sobre política no parece amainar. Y seguramente continuará así más allá de la toma de posesión del nuevo gobierno el primero de diciembre, y al menos durante los primeros años del sexenio de “la cuarta transformación”.

Parte del encono viene de las percepciones de quienes pertenecen a cada bando: los que apoyan al triunfador electoral, Andrés Manuel López Obrador, y quienes no concuerdan con su discurso. Sobre todo de los más radicales en cada facción.

Durante las elecciones, los lopezobradoristas presentaban a su candidato como la única opción posible, que traería automáticamente la solución a todos los graves problemas nacionales y además transformaría el viejo régimen en una nueva república amorosa de justicia y prosperidad para todos. Los antilopezobradoristas, por su parte, advertían sobre la amenaza de un populismo demagógico y autoritario que convertiría al país en una “Venezuela del norte”, dando al traste con las políticas de estabilidad macroeconómica de los últimos sexenios y que impondrían la dictadura de una mayoría incondicional ante los designios del líder carismático.

Ambas visiones, por supuesto, son exageraciones llenas de inexactitudes, medias verdades, sobresimplificaciones y francas mentiras. Pero ambas tienen también rastros de verdad. Por desgracia, ante el triunfo de López Obrador, muchos de sus partidarios más extremos han adoptado un tono de triunfalismo con tintes de intolerancia ante quienes se oponen a él, mientras que éstos a su vez se niegan a reconocer cualquier virtud en las propuestas que el gobierno entrante está planteando, y refuerzan sus vaticinios de catástrofe nacional.

Dado que, por desgracia, no nos vamos a poner de acuerdo, convendría al menos tratar de recordar que en una democracia funcional –que es lo que, por sobre todas las cosas, queremos mantener y, si es posible, mejorar en nuestro país– uno de los principales requisitos es aprender a reconocer, tolerar, respetar y defender el derecho de los demás ciudadanos a discrepar de nuestras opiniones. Como reza la frase falsamente atribuida a Voltaire, y que sintetiza uno de los fundamentos de la democracia, “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”.

Al respecto, vale la pena recordar que la mente humana está sujeta a diversos sesgos cognitivos que hacen que, aunque creamos percibir la realidad de forma confiable y objetiva, y basar nuestros juicios en “los hechos desnudos”, en realidad tendemos a interpretar las cosas de forma que coincidan con nuestras creencias, prejuicios e ideología. A continuación, tres importantes sesgos cognitivos:

1) El sesgo de confirmación: inevitablemente, tendemos a conceder más atención e importancia a los hechos que coinciden con lo que esperábamos, y a ignorar o desdeñar los que contradicen nuestras expectativas. Así, quienes apoyan al cuasi-presidente electo destacan sus aciertos e ignoran, niegan o justifican sus posibles fallas, mientras que sus detractores niegan cualquier posible acierto y magnifican cualquier error o incongruencia en su discurso.

El efecto "tiro por la culata"
(Crédito: Pictoline)
2) El efecto de “tiro por la culata”: cuando tenemos convicciones muy arraigadas, tendemos a defenderlas incluso en presencia de información y evidencia confiable que las contradice. Probablemente para mantener nuestra estabilidad psíquica, pues hemos invertido emocionalmente en ellas, e incluso pueden formar parte de nuestra identidad. Es por eso que las discusiones sobre política, sobre todo en tiempos de polarización como los actuales, suelen no llevar a ningún lado.

3) El efecto Dunning-Kruger: es indudable que la inteligencia de los individuos varía. Pero curiosamente, las personas menos inteligentes suelen creerse mucho más inteligentes de lo que son en realidad, precisamente porque carecen de la inteligencia suficiente para darse cuenta de sus limitaciones. Por el contrario, los más inteligentes subestiman su propia inteligencia, creyendo que todos como ellos. Gracias a esto, es frecuente que personas intelectualmente limitadas, pero que argumentan de manera más vehemente, radical e intolerante, logren dominar las discusiones, mientras que quienes entienden mejor las cosas prefieran quedarse callados.

Quizá, si tomamos en cuenta estas debilidades de la mente humana a las que todos estamos expuestos, podríamos generar un clima de discusión política menos encarnizado y más productivo, donde el objetivo fuera no ganarle al otro, sino avanzar de forma colectiva para el bien común.

Claro: ¡luego tendríamos que convencer a los políticos de que hicieran lo mismo!

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domingo, 8 de julio de 2018

¿Quién divulga la ciencia?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de julio de 2018

A mucha gente le interesa la ciencia. O al menos eso declaran cuando se hacen encuestas al respecto. Sin embargo, sabemos que, al igual que la cultura o las artes, la ciencia nunca despertará tanto interés en el público como los deportes, la política o el mundo del espectáculo.

Pero, ¿quién se encarga de llevar la ciencia hasta el gran público? ¿Quién lo puede hacer más eficazmente? Desde la más remota antigüedad de los tiempos, la respuesta a estas preguntas se ha dividido en dos grandes bandos. Uno es el de quienes piensan que la elección óptima para comunicar ciencia deberían ser los expertos científicos, los investigadores que hacen la ciencia, y que por tanto la conocen a fondo y están enterados de los más novedosos detalles.

Pero comunicar la ciencia a un público no científico es una labor muy especializada, que enfrenta numerosos retos (el lenguaje especializado de la ciencia, el carácter abstracto de sus modelos, los peligros de sobresimplificar o exagerar sus logros, la facilidad con la que la información científica se puede distorsionar o malinterpretar, el riesgo de no disti`nguir entre ciencia legítima y charlatanería seudocientífica…). Por ello, quienes están en el otro bando opinan que esta labor debería ser llevada a cabo por profesionales, expertos en comunicación pública de la ciencia con una preparación específica.

En la realidad actual de México y del mundo, lo que ocurre es que hay una mezcla de ambos extremos. Como alguna vez dijera –en frase hoy célebre– el doctor Luis Estrada, pionero de la divulgación científica en México, lo ideal es que comunique la ciencia quien pueda hacerlo bien.

Al respecto, es interesante revisar los resultados de una encuesta que fue realizada entre junio y octubre de 2016 a los investigadores de los 26 Centros Conacyt, que se hallan en diversos Estados de la República. El estudio fue realizado por Daniela Tarhuni Navarro, del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM, en Mérida, Yucatán, y Noemí Sanz Merino, de la Universidad de las Islas Baleares, España, y fue publicado en junio pasado en la revista especializada Public Understanding of Science (Comprensión pública de la ciencia). Su objetivo era conocer las actitudes, percepciones, motivaciones, opiniones, interés y participación de los investigadores respecto a la divulgación científica (o comunicación pública de la ciencia, como también se la conoce).

Lo primero que llama la atención es la poca respuesta que obtuvieron: de más de 2 mil 400 investigadores en los campos de ciencias naturales, sociales y tecnología, sólo 167 (7 por ciento) respondieron la encuesta. Esto por sí mismo ya es un indicador de que probablemente los investigadores de los Centros Conacyt (y, por extensión, los científicos mexicanos) tienen poco interés en la comunicación pública de la ciencia.

Pero entre los que sí respondieron, el interés es alto, afortunadamente. Más de 90 por ciento opina que la divulgación es una actividad importante y que debería ser parte de las labores de los centros de investigación. Pero aunque 77 por ciento se dijeron muy interesados en participar en ella, la mayoría sólo lo hacen dos o tres veces por año, principalmente en eventos públicos como conferencias, ferias de ciencia y talleres, o bien en entrevistas a los medios. Curiosamente, 66 por ciento opina que en esta labor debería haber colaboración entre científicos y comunicadores, aunque 55 por ciento piensa que los periodistas no cuentan con las habilidades para hacerlo adecuadamente por sí mismos; al mismo tiempo, pocos investigadores están al tanto de las opciones que sus propios centros de investigación ofrecen para participar en eventos de divulgación.

Hay mucho jugo que se le puede sacar a esta encuesta, pese a su limitado alcance (recomiendo el excelente reportaje de Cecilia Rosen sobre la misma, publicado en el portal SciDev.Net; o, si le interesa conocer el estudio completo, puede hallarlo aquí: bit.ly/2JnwBdU). Las autoras del estudio concluyen, entre otras cosas, que la falta de reconocimiento y apoyo que los investigadores reciben para realizar labores de divulgación científica son obstáculos para su participación en esta importante labor.

Durante el sexenio que termina, el Conacyt apoyó muy decididamente a la comunicación pública de la ciencia en México. Sería muy deseable que próximo gobierno mantenga e incremente este apoyo. No sólo para impulsar la participación de investigadores en la divulgación científica, sino también para continuar formando y dando oportunidades laborales a comunicadores profesionales de la ciencia. El país lo agradecerá.

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Contacto: mbonfil@unam.mx