jueves, 31 de diciembre de 2009

Objetividad y compromiso

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 31 de diciembre de 2009

Hace varias semanas, cuando el conflicto del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) estaba en su apogeo, me llamó la atención que Carlos Marín afirmara que el periodismo objetivo “no existe en el mundo”.

Tiene razón, sin duda (y no osaría yo discutirle al autor de uno de los manuales de periodismo más leídos en el país). La objetividad periodística absoluta es inalcanzable. E incluso lo es una objetividad aproximada, ya que inevitablemente el periodista —y el medio— responden a ciertos gustos, tendencias, opiniones e intereses, y ello distorsiona, tergiversa y hace selectiva la versión de los hechos que presentan. Pero ¿significa eso que el periodismo es, entonces, sólo una sarta de mentiras?

Comparemos con lo que ocurre en ciencia. La versión popular —por desgracia, muy inexacta— la ve como el súmmum de la objetividad.

Pero quien haya estudiado un poco de filosofía, sociología o historia de la ciencia habrá encontrado el poco tranquilizador hecho de que la famosa objetividad científica es, también, una entelequia indemostrable –y, para todo fin práctico, inexistente. La cantidad de factores ideológicos, culturales, psicológicos, socioeconómicos y hasta aleatorios que influyen para que una teoría sea aceptada como científica al tiempo que otras son rechazadas basta para hacer que cualquiera dude.

Y sin embargo, hay ciencia auténtica y hay falsa ciencia, así como hay periodismo cabal y seudoperiodismo que se vende.

Pero hay que matizar, para evitar malentendidos. A pesar de sus limitaciones filosóficas, tanto el periodismo como la ciencia —el buen periodismo y la buena ciencia— tienen un compromiso con la realidad. Un compromiso fuerte, sólido. Tienen que tenerlo; de otro modo, no servirían para nada.

El periodismo sirve. Para informar, investigar y permitir que el ciudadano forme opiniones y tome decisiones. Cumple una tarea vital en cualquier sociedad democrática. Y la ciencia sirve también: produce conocimiento, y tecnología derivada de él, que funcionan. No es infalible, pero nos ha ayudado, a lo largo de la historia, y con alto grado de eficacia, a resolver problemas y mejorar enormemente nuestro nivel de vida.

Los ideales son inalcanzables, pero renunciar a algo útil sólo porque es imperfecto es tirar el bebé con el agua de baño. Después de todo, la democracia también es imperfecta, pero tiene el compromiso de representar, lo más “objetivamente” posible, la opinión real de la mayoría de los ciudadanos.

¡Feliz 2010!
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Ciencia y política

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 23 de diciembre de 2009

A diferencia de los modelos simplificados de la teoría, la realidad es una maraña compleja, o más bien una red donde los elementos que la conforman se conectan unos con otros de modo intrincado y múltiple.

La ciencia es la disciplina que ayuda a entender tales conexiones. Produce modelos que, si bien idealizados, son confiables, y por ello nos ayudan a tomar decisiones apropiadas. La política, en cambio, es el arte de aprovechar esas conexiones, o crear las que hagan falta, para lograr que las cosas sucedan en una sociedad (“el arte de lo posible”, dicen que dijo el canciller von Bismarck).

El conocimiento científico muchas veces es impulso y cimiento para construir acciones políticas. Pero no basta: hace falta habilidad política para lograr que la trama se sostenga.

A veces se logra; a veces no. En Copenhague no se logró, a pesar de los datos científicos sólidos y el consenso sobre qué hacer. Los amarres opuestos al acuerdo —los costos económicos de reconvertir las industrias de países poderosos; los costos políticos inevitablemente ligados a ellos— lo impidieron.

En la Ciudad de México, en cambio, la habilidad política apoyada en el conocimiento moderno sobre el ser humano y su sexualidad permitió aprobar el matrimonio homosexual, incluso sin el injusto candado que impedía —con implícito argumento homófobo— la adopción.

Pero ciencia y política son procesos: no se detienen. Tarde o temprano, los acuerdos para paliar el daño climático tendrán que tomarse. A menos, claro, que descubramos algo nuevo: una inesperada buena noticia que tendría, también, que estar basada en la ciencia.

En cuanto a derechos humanos, sexuales y reproductivos, el avance, aunque lento, no cesa. Las autopsias estuvieron prohibidas, por motivos religiosos, durante siglos, hasta el renacimiento. Negros y mujeres, considerados inferiores, no pudieron votar sino hasta mediados del siglo pasado. La fertilización in vitro causó intenso debate, también por prejuicios religiosos; el hecho de que la expresión “bebé de probeta” suene hoy obsoleta muestra que las sociedades avanzan y asimilan los cambios que las benefician.

Hace poco, la homosexualidad se castigaba legalmente. Hoy se reconoce la igualdad plena de todas las parejas, sin importar su orientación sexual, ante la ley. En el futuro próximo hay otros temas pendientes: derecho al aborto, a la eutanasia, investigación con células madre. Y más allá, propuestas de “derechos animales” para grandes simios (gorilas, orangutanes, chimpancés).

En un estado laico, las decisiones deben basarse en conocimiento confiable, y tomarse para ampliar, no reprimir, los derechos de todos. La ciencia ayuda a la política a conformar nuevos amarres para que los cambios necesarios en la compleja red social puedan construirse y sostenerse. Enhorabuena… y feliz navidad.

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jueves, 17 de diciembre de 2009

Gays: ciudadanos de segunda

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 17 de diciembre de 2009

Por supuesto que, como explicó Carlos Marín el lunes en “El asalto a la razón”, la propuesta de matrimonios entre personas del mismo sexo es discriminatoria y “de segunda”, pues niega el derecho a adoptar. Refleja así el prejuicio homofóbico: los gays pueden casarse, pero no criar a un menor. ¿Qué tal si lo pervierten? (En otras palabras, al final ser gay sigue siendo algo malo.)

Pero los gays, lesbianas, bisexuales y transgénero han sido siempre ciudadanos de segunda. Hasta hace poco, la homosexualidad estaba penada por la ley (todavía lo está en muchos países).

Parte de la razón es que el discurso religioso considera cualquier comportamiento sexual que se aparte de la norma (o quizá simplemente cualquier comportamiento sexual) como “antinatural” y pecaminoso.

Pero —da flojera repetirlo— el comportamiento homosexual es tan natural que se presenta prácticamente en todo el reino animal (consulte el excelente libro La orientación sexual, de Luis González de Alba, Paidós, 2003, para más detalles). Hipócritamente, la iglesia lo califica de “inmoral” y “contrario a las leyes naturales”, cuando lo que quiere decir es “contrario a la ley divina”.

Como afirma el diputado David Razú, la propuesta de “matrimonio libre” “no atenta contra los derechos de nadie (…) porque actualmente es un derecho que tienen las parejas heterosexuales y lo que se pretende es dárselo a todos los ciudadanos”.

Y hablamos de entre 4 y 10 por ciento de los ciudadanos, no de una “minoría” insignificante, como afirma el majadero Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México. Ciudadanos que pagan impuestos y cumplen las mismas obligaciones que cualquier otro. Para negarles sus derechos, se necesitarían argumentos sólidos, no prejuicios y “mandatos divinos” transmitidos por representantes autonombrados.

Otra mentira de los opositores a la iniciativa es que “daña al matrimonio”. Nunca han explicado por qué. El matrimonio es una institución social, no natural. Pero el ser humano es el único animal capaz de trascender su naturaleza. ¿Por qué limitar el concepto de matrimonio o familia únicamente a la procreación?

Más que tolerancia —soportar algo con lo que no se está de acuerdo—, lo que la propuesta de matrimonio libre busca es avanzar hacia el respeto pleno a los derechos ciudadanos de todos. Es incompleta, pero sin duda su aprobación será un avance.

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miércoles, 9 de diciembre de 2009

¡Climagate!

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 9 de diciembre de 2009

El escándalo estuvo bien cronometrado: un mes antes de que comenzara la Conferencia de Cambio Climático de las Naciones Unidas en Copenhague, Dinamarca, unos hackers, probablemente rusos, entraron a los servidores de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia, en Inglaterra. Extrajeron mil correos electrónicos y 2 mil documentos varios, que publicaron en internet.

¿Objetivo? “Demostrar” que los expertos en cambio climático manipulan datos, ocultan información, ridiculizan e insultan a sus contrincantes —los negacionistas del cambio climático, que niegan que el calentamiento sea real, o bien que lo consideran un fenómeno natural, no causado por las actividades humanas— y evitan que publiquen sus argumentos.

Y en efecto: algunos documentos parecen mostrar este tipo de manipulaciones. Se está investigando para determinar si ha habido mala práctica científica. Si se confirma, habrá sanciones. También se revisan los datos publicados, para verificar que sean confiables.

Pero lo más probable, con mucho, es que se trate de una campaña de desprestigio encaminada a debilitar la postura del Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC), la ONU, la comunidad científica y los gobiernos que están discutiendo ahora mismo, en Copenhague, la urgencia de tomar medidas para disminuir las emisiones de gases de invernadero con el fin de atenuar, en lo posible, los daños que el calentamiento global está ya causando.

Y es que, para quien no sea especialista, exhibir los trapos sucios de los científicos en acción puede ser escandaloso. Frente a la imagen prístina e impoluta —pero falsa— de la ciencia como método infalible para descubrir verdades absolutas, ver a los investigadores como seres humanos con errores, envidias e intereses políticos es una buena manera de impugnar los resultados de sus investigaciones. Pero se olvida que la confiabilidad de dichos resultados no está dada por la personalidad de los científicos individuales, sino por un proceso colectivo, internacional y público de control de calidad muy difícil de manipular.

Es fácil desprestigiar inventando teorías de complot y exhibiendo datos aislados y fuera de contexto. Pero, sin ignorar los altísimos costos económicos y políticos de modificar de nuestra industria, hacernos tontos ante el cambio climático es un riesgo completamente inadmisible.

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Aborto y falacias

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 2 de diciembre de 2009

La despenalización del aborto (o su penalización, en este pobre México que da un paso pa'delante y otro para atrás) no es un asunto científico, sino social y político.

Y también ético, claro… como todo lo social y político. Pero a diferencia de lo que ocurría en la edad media, cuando se creía que el único criterio ético válido era el dictado por la religión, hoy, en pleno siglo 21, contamos con el conocimiento científico como guía importantísima para normar las decisiones que tomamos como sociedad.

Por eso no pueden dejarse pasar falacias como la de que “la vida comienza con la concepción”, que el PRI, el PAN, la jerarquía católica y hasta el PRD están propalando para permitir que se aprueben leyes que limitan la libertad de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, vulnerando sus derechos humanos.

Refutarla es tan sencillo que da pena: la vida no comienza con la concepción, puesto que el espermatozoide y el óvulo, células cuya unión da origen al cigoto u óvulo fecundado (que se presenta como un ser humano “en potencia”), están vivas desde antes de la concepción. Si se toma la vida como valor absoluto, habría que considerar a las eyaculaciones nocturnas y las menstruaciones como asesinatos… “en potencia”.

Un intento de esquivar la objeción es definir que lo que comienza con la fecundación es la vida humana. Nuevamente, falso: tan humanos son espermatozoides y óvulos como un cigoto. Lo único que caracteriza como humano a un cigoto o embrión en las primeras etapas de desarrollo es su información genética… que está también presente en las células que le dan origen. (Y de cualquier modo, si la Iglesia quiere argumentar que la esencia del ser humano se reduce a sus genes, se está metiendo en problemas.)

Un ser humano no aparece de repente: se desarrolla. Antes de las doce semanas, no tiene un sistema nervioso que pueda sustentar las funciones de percepción y conciencia que caracterizan a una persona. (Por la misma razón, una persona con muerte cerebral irreversible deja de considerarse “viva”, aunque su corazón y pulmones sigan funcionando.)

Como escribió ayer Roberto Blancarte en Milenio Diario, lo que la autoridad religiosa está logrando, con la complicidad de los partidos, es “confesionalizar la política, debilitar al Estado laico, [e] introducir en la legislación y en las políticas públicas la norma católica”. Es claro: la penalización del aborto es injusta y tramposa. La ciencia y los derechos humanos nos dan argumentos suficientes para oponernos a ella. De otro modo, el precio lo seguirán pagando nuestras mujeres y la sociedad en su conjunto.

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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Otro brindis por Darwin

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 25 de noviembre de 2009

A mi madre Alicia Olivera Sedano,
con orgullo por su premio.

Aunque no bebo, ayer 24 de noviembre tuve el placer de compartir con varios queridos amigos un brindis por Charles Darwin. Celebramos el sesquicentenario –la raíz “sesqui” significa “una y media unidades” – de su libro Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la supervivencia de las razas favorecidas en la lucha por la vida, publicado hace exactamente 150 años.

El mismo día, en la Facultad de Ciencias de la UNAM se develó un busto de Darwin. Ya el pasado 12 de febrero se había festejado el 200 aniversario de su nacimiento.

¿Por qué celebrar la publicación de un libro? ¿Se tratará, como dicen los opositores del darwinismo, de una expresión de dogmatismo que hace de El origen de las Especies un texto sagrado e incuestionable?

Creo que no. Creo que la obra se sostiene por mérito propio. El mecanismo básico que Darwin propuso para explicar cómo dentro de una especie surgen variantes que, al acumularse cambios hereditarios, se van convirtiendo en razas, luego en subespecies y finalmente en especies nuevas –la distinción entre estas categorías es meramente cualitativa– sigue vigente.

Al proponer su gran idea, la selección natural, Darwin resolvió el “misterio de misterios”: cómo surgen las especies, por qué están tan admirablemente adaptadas a sus respectivos ambientes, y de dónde surge la exuberante biodiversidad del mundo natural.

El libro de Darwin perdura y es apreciado no por dogma ni como verdad absoluta, sino por haber, precisamente, sobrevivido en la lucha por la existencia. Porque las ideas también evolucionan. El filósofo Karl Popper explica que la ciencia es un proceso de “conjeturas y refutaciones”, donde las teorías compiten entre sí. Las que fallan al ser contrastadas con los datos se extinguen; las que ofrecen explicaciones satisfactorias perduran… por lo menos hasta la próxima vez que sean puestas a prueba.

Hace poco escribí un libro para niños sobre la vida e ideas de Darwin (Charles Darwin: el secreto de la evolución, SM Editores, 2009). No espero que la edición se agote – como ocurrió con el libro de Darwin, ¡el primer día! –, pero al menos espero que su lectura pueda abrir la puerta del asombro ante las ideas de este gran pensador. ¡Salud por Darwin y su libro!

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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Confusión lunar

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 18 de noviembre de 2009

Recientemente, en una conferencia sobre ciencia escuché la pregunta de un jovencito tabasqueño. Había leído que se estaba bombardeando la Luna con cohetes, y se preocupaba de que, no contento con destruir este planeta, ahora el ser humano quisiera también acabar con nuestro satélite natural.

Claramente, un caso de desinformación. Seguramente había leído o escuchado del proyecto LCROSS (del inglés “satélite de observación y medición de cráter lunar”) de la NASA, que consistió en enviar una nave integrada por el cohete Centauro, la sonda LCROSS y el orbitador lunar de reconocimiento. Objetivo: investigar detalladamente la composición del suelo lunar, sobre todo para saber si hay agua.

El cohete Centauro, de 2 mil 300 kilos, se estrelló deliberadamente, al doble de la velocidad de una bala, en la superficie lunar el 9 de octubre, en un sitio donde se sospechaba que podía haber agua. Formó un pequeño cráter, del tamaño de una alberca olímpica. Detrás de él venía la sonda LCROSS, que siguió la misma ruta mientras tomaba fotos y analizaba la luz y los materiales liberados por el impacto (que levantó una nube de 10 kilómetros de altura).

Como se ve, no era un “ataque” a la Luna, ni eran los científicos de la NASA jugando a las guerritas. Pero la preocupación del muchacho se justifica, en parte porque los medios eligieron titulares como “Estrellan nave en la Luna” o “Nasa bombardea la Luna”, que daban la impresión equivocada. Y en parte porque la cuestión de si tenemos derecho a alterar las condiciones naturales de otros cuerpos celestes es válida.

Dado que todo indica que no existe, ni existió, vida en la Luna, la cuestión del respeto a la naturaleza se vuelve relativamente simple: no hay a quién dañar ahí. Podemos aprovechar sus recursos sin mayor conflicto ético, dentro de límites razonables.

Por otra parte, la misión valió la pena: luego de analizar los resultados, la semana pasada se anunció que, efectivamente, hay cantidades significativas de agua en la Luna.

En su genial novela La Luna es una cruel amante, el maestro de la ciencia ficción Robert Heinlein describe la revolución que libera la Luna, convertida en colonia penal, de la tiranía terrestre. Los colonos, dedicados explotar el hielo lunar y a la agricultura subterránea, ganan la guerra bombardeando la Tierra con rocas (y con la ayuda de Mike, una supercomputadora inteligente). Es curioso: hoy un bombardeo en sentido inverso marca lo que quizá sea el inicio de la colonización de la Luna.

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jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Equidad ideológica?

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 12 de noviembre de 2009

El próximo martes 24 de noviembre se celebrarán 150 años de la publicación de uno de los libros que más han cambiado la forma en que el ser humano se concibe a sí mismo: El origen de las especies, de Charles Darwin.

Un debate frecuente al hablar de la teoría de Darwin, y en general de la ciencia, es por qué se da un estatus tan especial al conocimiento científico. ¿Por qué se prefiere, en biología, la evolución al creacionismo? ¿Por qué nuestra Constitución exige que la educación sea laica y “ajena a cualquier doctrina religiosa”, y a la vez basada “en los resultados del progreso científico”? ¿No son casos claros de discriminación ideológica, de privilegiar una forma de pensar en detrimento de otras?

La pregunta de fondo es si todas las ideologías tienen el mismo valor. ¿Deben todas ser respetadas por igual? ¿Son todas igual de útiles?

En primera instancia, desde el punto de vista de la tolerancia y el respeto a la diferencia, tan necesarios en cualquier democracia, parecería que la respuesta debe ser positiva, para evitar la discriminación.

Pero lo cierto es que las ideologías y formas de ver el mundo difieren, a veces radicalmente, y compiten entre sí. Además de la disputa evolucionismo/creacionismo, están los debates entre los puntos de vista científico y religioso respecto al aborto, la eutanasia o la investigación con células madre; o entre la ciencia y muchas “terapias alternativas” basadas en principios esotérico-místicos.

En realidad, el valor de cualquier ideología depende del contexto: qué problema hay que resolver, de qué campo de aplicación se trata. Los constituyentes privilegiaron la ciencia por sobre la religión en parte debido a los conflictos entre la iglesia y el estado que forman parte de nuestra historia patria, y en parte por su convicción de que el progreso científico y técnico es importante para el bienestar de la nación. Las terapias alternativas fraudulentas no son efectivas, y a veces resultan nocivas. Y los biólogos prefieren el darwinismo al creacionismo porque les permite explicar la naturaleza y abre nuevas vías de investigación.

En el fondo, la ventaja de la ciencia es que funciona. Otras perspectivas, como la místico-religiosa, pueden ser útiles en ciertas áreas de la vida humana, pero no como formas de entender el mundo natural y mucho menos de resolver problemas prácticos, como los de salud.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

La intolerancia de la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 4 de noviembre de 2009

Hace un mes critiqué el fraude que cometen quienes prometen la cura a prácticamente cualquier enfermedad mediante una máquina llamada SCIO (a cambio, claro, de una buena lana).

Como ocurre siempre que se ataca a seudociencias y charlatanerías, recibí algunos correos de felicitación y otros (no muchos, por suerte) que me acusaban de dogmático, intolerante y de descalificar “otras” formas de racionalidad, “que tienen el mismo derecho a ser respetadas que la visión científica del mundo”.

Es común que se acuse de intolerante tanto a la ciencia misma como a quienes nos dedicamos a practicarla, comunicarla o promoverla. Pero hay que recordar que la ciencia se dedica a estudiar la naturaleza, a producir conocimiento confiable que nos permita entenderla y quizá predecirla. Cuando se habla de la intolerancia de la ciencia, normalmente lo que se cuestiona es su negativa a reconocer como científicas disciplinas como la astrología, el estudio de fenómenos paranormales, las terapias milagrosas basadas en principios que “van más allá de la ciencia” o las teorías de complot.

Esta exclusión se debe en parte a que los métodos de estas disciplinas no resultan lo suficientemente rigurosos, o sus datos no parecen confiables (si es que no son, de plano, engaños burdos). A veces lo que no es aceptable son sus objetos de estudio, pues la ciencia sólo estudia fenómenos naturales, no sobrenaturales.

En ciencia para que una afirmación sea aceptada tiene que pasar un complejo proceso de evaluación entre colegas que involucra la revisión de los datos y los métodos, y la discusión de los resultados. Las razones por las que los científicos aceptan una afirmación tienen que ver con su coherencia lógica, su plausibilidad dentro del conocimiento científico existente, la reproducibilidad de los experimentos en que se sustenta y otras razones (entre las que no se excluye una cierta dosis de política y de ideología).

Sin embargo, nada hace más feliz a un verdadero científico que descubrir que algo que se sabía es incorrecto. Encontrar errores e inconsistencias en las teorías científicas obliga a los investigadores a encontrar explicaciones aun mejores. Es la fuerza que impulsa el avance de la ciencia.

Pero para que el proceso funcione, tiene que estar sometido a un rigurosísimo control de calidad. La primera obligación de un científico es no engañarse a sí mismo. La ciencia tiene un compromiso irrenunciable con la realidad. Si a veces eso suena como intolerancia, se trata no de un problema del método de la ciencia, sino de las disciplinas que intentan hacerse pasar como ciencia… sin serlo.

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Semana de la ciencia y la tecnología

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 28 de octubre de 2009

Octubre es cada año la temporada más ajetreada para los divulgadores científicos: se celebra la Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología.

De hecho, la demanda de todo tipo de actividades –conferencias, cursos, talleres, exposiciones, tianguis y ferias de ciencia, conciertos, “noches de estrellas”, concursos…– es tal que muchos estados optan por alargarla y convertirla en el Mes de la Ciencia y la Tecnología –¡y algunos, en varios meses!– para que la competencia no sea tan intensa.

El evento, impulsado y organizado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, cumple 16 años de poner la cultura científica al alcance de literalmente millones de niños, jóvenes y adultos en todo el país.

Este año la sede nacional correspondió a Tabasco, donde he podido asistir a varios eventos organizados con la colaboración del gobierno estatal, el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Tabasco (CCYTET) y numerosas organizaciones y personas entusiastas y comprometidas con la divulgación científica.

¿Vale la pena, con la crisis económica y las carencias de nuestro país, dedicar presupuesto y trabajo a un evento como éste? Cuatro buenas razones para hacerlo:

–Porque el nivel de vida de un país depende, en mucho, del tamaño de su aparato científico-tecnológico-industrial. Una comunidad científica activa y de tamaño suficiente detona la producción de conocimiento original, que deriva en tecnología y patentes que pueden convertir a una nación en una potencia moderna. Piense en los celulares coreanos, los autos indios, las computadoras chinos que importamos, o la tecnología brasileña de extracción de petróleo que estamos lejos de igualar. Y el primer paso es despertar vocaciones científicas en niños y jóvenes (y claro, luego darles plazas para trabajar en instituciones de investigación, pero esa es otra historia…).

–Porque el pensamiento científico es una herramienta poderosa para combatir creencias dañinas, como las teorías de complot que niegan la gravedad de la pandemia de influenza y la utilidad de las vacunas que previenen la infección.

–Porque si los ciudadanos no entienden la ciencia en que se basan asuntos como clonación, eutanasia, cultivos transgénicos o investigación con células madre, no podrán participar en las decisiones que como sociedad tomemos al respecto.

–Porque la ciencia y la tecnología, manifestaciones de la creatividad humana, son fuentes inagotables de asombro y excelentes formas de pasar un buen rato. Todo ciudadano tiene derecho a disfrutarlas.

Por eso y más, felicidades y larga vida a la Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología. ¡Ojalá durara todo el año!

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miércoles, 21 de octubre de 2009

Premio al Cotija

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 21 de octubre de 2009

La semana pasada hablábamos del Nobel de química, otorgado por el esclarecimiento de la estructura del ribosoma, fábrica celular de proteínas. Hoy hablemos del queso Cotija.

Hay relación. Mire por dónde: una investigadora de la Facultad de Química de la UNAM, la doctora Maricarmen Quirasco, y su alumna de maestría Alma Berenice Zúñiga, acaban de ganar el Premio Nacional en Ciencia y Tecnología de Alimentos, otorgado por Coca-Cola y el Conacyt, por un estudio en que identifican y caracterizan a los principales microorganismos que viven el queso Cotija.

¿Microbios en el Cotija? Si usted es fan de este apreciado queso que producen artesanalmente, desde hace 450 años, unas 200 familias en la sierra de Jalmich, cerca de Cotija, Michoacán, podría preocuparse al leer lo anterior. Pero al contrario. El estudio de Quirasco y Zúñiga busca comprender mejor el proceso de elaboración de este aromático y nutritivo queso –en otro estudio del mismo grupo le descubrieron saludables propiedades antioxidantes– para protegerlo y mejorarlo.

Y es que en la producción de casi cualquier queso intervienen las llamadas bacterias lácticas, que convierten el azúcar de la leche (lactosa) en ácido láctico, lo que aumenta la acidez y causa que las proteínas de la leche se cuajen para formar, precisamente, el queso. Otros productos lácteos, como el yogur, contienen también abundantes microorganismos.

Pero en la elaboración del queso Cotija, hecho con leche sin pasteurizar, participa un verdadero ecosistema microscópico en el que hay competencia y supervivencia entre especies. Para estudiarlo, Quirasco y Zúñiga utilizaron modernas técnicas moleculares: estudiaron los genes del ARN ribosomal –componente principal de los ribosomas, he aquí la relación– de las bacterias. Estos genes se usan para identificar especies porque todas las células tienen ribosomas; al compararlos, se detectan sus diferencias y es posible clasificarlas.

El estudio reveló que durante la maduración del queso, que lleva de 3 meses a un año, la competencia elimina a las posibles bacterias patógenas, lo que garantiza la higiene del queso. Y permitirá, en un futuro, estandarizar mejor los procesos artesanales de producción y lograr que los productores obtengan la denominación de origen, con lo que podrán combatir la competencia desleal de falsos quesos “tipo Cotija”, incluso provenientes del extranjero, que suplantan al auténtico.

En pocas palabras, ciencia de alimentos de primera, llevada a cabo en la UNAM, que beneficiará a productores mexicanos.

(Por cierto, no está usted para saberlo ni yo para contárselo, pero Maricarmen Quirasco fue compañera mía de generación en la carrera de químico farmacobiólogo en la Facultad de Química, y conozco su gran inteligencia y dedicación al trabajo desde la Prepa 6. Sinceramente, ¡felicidades, Maricarmen! Lea su artículo sobre la cultura del queso Cotija aquí.)

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miércoles, 14 de octubre de 2009

El maravilloso ribosoma

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 14 de octubre de 2009

El premio Nobel de Química de este año me emocionó aún más que el de Medicina.

Se otorgó a Venkatraman Ramakrishnan (hindú nacionalizado estadounidense pero radicado en Gran Bretaña), Thomas Steitz (estadounidense) y Ada Yonath (israelí) por “sus estudios acerca de la estructura y función del ribosoma”.

Si, como comentaba la semana pasada, las enzimas son asombrosas máquinas moleculares que llevan a cabo prácticamente todas las funciones de una célula viva, los ribosomas son verdaderas fábricas automáticas que construyen con precisión cada uno de los miles de proteínas distintas que necesitamos para estar vivos.

Un ribosoma es una madeja compleja de ácido ribonucleico (el primo de una sola hebra del ADN) y múltiples proteínas.

Tiene partes fijas y otras que se mueven con precisión robótica para ensamblar en cuestión de minutos, leyendo la información proveniente del ADN, proteínas formadas por miles de aminoácidos, como perlas en un collar.

El logro de los galardonados fue localizar con precisión cada uno de los cientos de miles de átomos que forman un ribosoma, lo cual ha permitido comprender su funcionamiento con detalle atómico. Utilizaron la cristalografía de rayos X, método desarrollado a principios del siglo XX (es el mismo que permitió a Watson y Crick descubrir la estructura en doble hélice del ADN en 1953 –estructura, dicho sea de paso, infinitamente más simple que la de un ribosoma).

Para ello, primero tuvieron que obtener cristales perfectamente ordenados formados por ribosomas puros; tardaron casi 20 años.

Pero para ver átomos no puede usarse un microscopio de luz, ni siquiera de electrones. Sólo los rayos X tienen la finura necesaria. Y no hay lentes que puedan enfocarlos y formar imágenes: se tiene que recoger el conjunto de manchas formadas por el paso de los rayos X a través de los cristales (manchas que originalmente eran captadas con película fotográfica, pero que hoy se captan con un dispositivo de carga acoplada o CCD, invención que ganó este año el premio Nobel de física) y usar computadoras para procesar matemáticamente los datos.

¿El resultado? Modelos computarizados detalladísimos que revelan cada tornillo y engrane de estas maravillosas nanofábricas moleculares.


Como beneficio adicional, están permitiendo desarrollar nuevos antibióticos que funcionan como llaves de tuercas arrojadas al interior de los ribosomas de las bacterias que nos enferman.

Me encantó el Nobel de química de este año. Lástima que Harry Noller, uno de los gigantes del estudio de los ribosomas, haya quedado fuera del premio, que sólo puede concederse a un máximo de tres personas.
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miércoles, 7 de octubre de 2009

El telómero Nobel

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 7 de octubre de 2009

Los premios Nobel siempre son emocionantes. El de Fisiología y Medicina de este año revela la fascinante ciencia básica de nuestras células que podría tener aplicaciones revolucionarias en salud.

Se trata, según el Comité Nobel del Instituto Karolinska, en Suecia, del “descubrimiento de cómo los telómeros y la enzima telomerasa protegen a los cromosomas”, realizado por los investigadores Elizabeth Blackburn, su colega Jack W. Szostak y su alumna Carol Greider.

La información genética de los seres vivos está escrita en la molécula de ácido desoxirribonucleico, ADN, que forma madejas llamadas cromosomas dentro del núcleo de cada una de nuestras células.

Cada cromosoma está formado por una sola, larguísima, molécula de ADN. Cuando se tiene que copiar, antes de que la célula se divida en dos, la encargada es una enzima: máquina molecular hecha de proteína.

Visualícelo así: la famosa doble hélice del ADN es como una vía de tren. Para copiarla, los rieles se separan y la enzima se desliza sobre cada uno, leyendo las letras que lo forman e insertando las letras correspondientes del otro lado. Como un trenecito que avanzara sobre un riel, construyendo el riel opuesto. Al final, tenemos dos vías completas e idénticas.

Pero cuando llega al final del riel, la enzima no puede avanzar más, y no construye el último tramo del riel opuesto. ¡Cada vez que se copiara un cromosoma, sus puntas (los telómeros, del griego telos, final, y meros, parte) se irían acortando!

Utilizando un ingenioso experimento, Blackburn y Szostak descubrieron en 1982 que los telómeros protegen a los cromosomas para no ser destruidos. Construyeron minicromosomas y a algunos les pegaron telómeros y a otros no. Cuando los metían en células, los cromosomas con telómeros sobrevivían, pero los que no los tenían eran eliminados rápidamente.

Y en 1984 (el día de Navidad), Blackburn y Greider descubrieron otra enzima que permite que los telómeros mantengan su tamaño. Lo logra porque contiene un molde con la secuencia correcta de letras (CCCCAA) que deben insertarse en cada punta del ADN. La llamaron “telomerasa” (la terminación “asa” en bioquímica indica una enzima).

Hoy sabemos que telómeros y telomerasa tienen que ver con el envejecimiento y la muerte celular (cuando se acortan) y con la multiplicación descontrolada de las células cancerosas (pues su telomerasa es muy activa y sus telómeros no se acortan). Incluso hay en desarrollo vacunas para intentar combatir el cáncer inactivando la telomerasa de tumores.

La ciencia básica, motivada por la simple curiosidad, ofrece una nueva promesa médica, aunque sea aún lejana.

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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Mala ciencia ficción

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 30 de septiembre de 2009

La semana pasada comenté que la buena ciencia ficción conjunta ciencia genuina con imaginación para obtener relatos estimulantes que revelen algo acerca de la naturaleza humana o de las sociedades actuales o futuras.

La mala ciencia ficción, en cambio, construye fantasías que “suenan” científicas pero no se basan en conocimiento científico legítimo, y muchas veces lo contradicen. Normalmente presenta tecnologías efectistas, algunas reales (rayos láser, computadoras, robots) y otras poco factibles o imposibles (campos de fuerza, máquinas del tiempo) para sostener una trama que en realidad es sólo de aventuras. Es simple fantasía con tintes científicos. Películas como La guerra de las galaxias y mucho de lo que en TV pasa por “ciencia ficción” son ejemplos claros.

Pero aún la mala ciencia ficción es entretenimiento honesto. Lo grave es que existen también mezclas de ciencia y ficción que tienen fines deshonestos: las incontables estafas de charlatanes que dicen haber descubierto nuevos principios científicos y poseer el secreto para curar cualquier enfermedad.

Tomemos un ejemplo popular. ¿Que tal si existiera una máquina capaz de sanarnos con sólo conectarnos a ella?

Un gringo que se hace llamar “profesor” William Nelson, y afirma haber trabajado en el proyecto Apolo de la NASA, se mudó a Budapest y comenzó a fabricar una máquina que “restaura el balance bioenergético del cuerpo”.

La llama SCIO, de Scientific Counciousness Interface Operation, o Interfase Científica de Operación de la Conciencia (también se conoce como EPFX, QXCI o Quantum Xrroid Interface System; todo sin el menor sentido, claro).

Nelson luce justo como lo que es: un completo charlatán. Pero es buen negociante y su máquina es popular en muchos países, incluido México. La cantidad de charlatanes que ofrecen “tratamiento” con esta máquina mágica va en aumento, así como el número de clientes, que en realidad son sólo víctimas de su propio pensamiento mágico —el que busca que los deseos se cumplan— y de la ignorancia o mala fe de los “terapeutas”. Es además una estafa peligrosa, pues pretende sustituir tratamientos médicos legítimos.

La buena ciencia ficción no habla de cosas imposibles, sino, precisamente de las que la ciencia considera posibles, y a partir de ello construye fantasías. En cambio la máquina SCIO, cuya importación, por cierto, está prohibida en Estados Unidos bajo cargos de fraude, es mala ciencia y mala ficción: una mentira y una falta de respeto a la inteligencia y buena fe de gente que sufre.

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Buena ciencia ficción

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 23 de septiembre de 2009

Soy fan de la buena ciencia ficción: la que conjunta, precisamente, ciencia con ficción para ver qué produce la cruza.

En ella, la ficción parte del conocimiento científico auténtico para extenderlo por medio de la imaginación y obtener así relatos estimulantes y hasta reveladores. (Menos frecuentemente, la ciencia obtiene de la ficción la inspiración para realizar exploraciones que muestran mundos nuevos, o nuevas posibilidades.)

No soy conocedor profundo, pero me encantan los clásicos, como Isaac Asimov. Acabo de disfrutar releyendo su excelente libro de cuentos The martian way (1955, traducido como A lo marciano o Al estilo marciano).

Y aún menos conozco la ciencia ficción mexicana. Pero acabo de terminar un libro estupendo: Gel azul (Suma de letras, 2009), un par de noveletas de mi amigo Bernardo Fernández, conocido como Bef, uno de los mejores caricaturistas (moneros, diría él) mexicanos contemporáneos.

El ya famoso Bef se ha construido una segunda reputación como novelista, ganando premios en México y España. Su novela detectivesca-norteña Tiempo de alacranes (Joaquín Mortiz, 2005) ganó uno en la Semana Negra de Guijón, y Gel azul el Ignotus. Merecidamente.

Y es que Bef es un gran narrador: inteligente, preciso, eficaz, simpático, sensible. En sus novelas son recurrentes sus obsesiones: el detective venido a menos, guarro, violento, fracasado pero, en el fondo, entrañable; la chica guapa, inalcanzable y cabrona; el misterio por resolver; la lucha contra la mafia, sean narcos o traficantes que roban órganos a quienes duermen un azuloso sueño virtual conectados a la red…

Total, vale la pena buscarla. A mí me hizo feliz, me hizo pensar y me distrajo.

Porque es duro vivir en una ciudad y un país donde pasan tantas cosas terribles. Epidemias. Sequías acompañadas de inundaciones. Dos crímenes cometidos por locos “inspirados por dios” (aunque en la balacera del pasado viernes en la estación Balderas del Metro, fue también un creyente cristiano el único civil que confrontó al criminal: es claro que el problema no es la religión, sino el fanatismo).

No sólo es legítimo, sino necesario buscar evasiones provechosas. Sin duda, novelas como las de Asimov o de Bef son una excelente opción.

(Por cierto, la portada que puse aquí no es la de la edición mexicana de Gel azul, sino la española... es que me gustó más, está dibujada por Bachan.)

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Locuras y pérdidas

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 16 de septiembre de 2009

En memoria de Antonio Sánchez Ibarra

Roberta Garza, ayer en MILENIO Diario, propone que la activación de los mismos centros cerebrales del placer que crean adictos a las drogas —o al alcohol, añado yo— puede explicar por qué muchas veces “los drogadictos más empedernidos se ‘salvan’ del vicio arrojándose a una súbita conversión religiosa”.

En la misma página, el experto en religión Roberto Blancarte juzga que lo importante no es si se trata de un loco o de alguien que realmente “habla con dios”, sino valorar sus actos y sancionarlo en consecuencia, más allá de sus motivos.

Lo cierto es que las acciones del pastor evangélico José Mar Flores Pereyra, “secuestrador” de un avión de Mexicana el pasado 9 del 9 del 9, causaron daños directos y también indirectos, a través de las especulaciones que generaron.

Hay quien culpa directamente a sus creencias religiosas. Me parece una generalización no justificada, que puede atizar la discriminación hacia quienes profesan religiones no católicas.

Los ateos y librepensadores tendemos a pensar que las religiones fomentan la superstición y el pensamiento mágico. Personalmente, opino que el pensamiento religioso y la racionalidad no son compatibles (el genial biólogo Richard Dawkins, promotor furibundo del ateísmo, de quien recientemente Blancarte habló en su columna, argumenta que inculcar la fe religiosa en los niños es una forma de abuso infantil).

Pero creo que hay que distinguir entre acciones individuales y creencias de grupo. Aunque hay, también, que tener cuidado con los fanatismos: la madre y la esposa de “Josmar” aprueban incondicionalmente sus locuras. Y en Francia están teniendo problemas serios con sectas como la cienciología, como se reportó ayer en estas páginas.

No es un problema menor. Sin duda parte de la solución radica en la promoción del pensamiento científico y racional (que en realidad son lo mismo).

Por ello lamento mucho la pérdida, ocurrida el domingo, de un gran amigo y divulgador científico mexicano: el sonorense Antonio Sánchez Ibarra, ganador del Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia 2000, y entusiasta promotor de incontables proyectos de difusión de la astronomía no sólo en el norte del país, sino a nivel latinoamericano.

Vaya que hacen falta divulgadores como él en nuestro país.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Inmegen: ¿buenas o malas noticias?

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 9 de septiembre de 2009

El 26 de agosto MILENIO Diario reportó que el presupuesto federal para 2010 prevé un recorte de 47% al Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen). 120 millones de pesos menos (de 252 en 2009 a 132 en 2010).

La reacción natural sería de indignación, tristeza o resignación ante una muestra más del poco valor que el gobierno le da a la investigación científica. El Inmegen sería un paso aislado en la dirección correcta, y el recorte un síntoma preocupante ante el que habría que protestar. Así lo hizo Gerardo Jiménez, director del instituto, quien declaró que la decisión “pone en peligro diversos proyectos de investigación científica relacionados con el estudio de enfermedades crónicas y degenerativas”.

Pero hay otro lado de la moneda. El Inmegen ha sido cuestionado en diversos frentes. El más grave es la corrupción en la construcción de su edificio, iniciado en 2006 y hoy inconcluso y abandonado. Se detectaron daños a la hacienda pública por 33 millones, y sobreejercicios por 78 (111 millones en total). Su director administrativo fue multado con casi 3 millones e inhabilitado por 10 años por la recién desparecida Secretaría de la Función Pública (el arquitecto responsable fue inhabilitado por 15 años).

Y también la ciencia que se hace en el Inmegen tiene problemas. Su relativamente modesto estudio sobre el “genoma del mexicano” se infló hasta convertirlo, según Felipe Calderón, en nuestra entrada a la medicina del siglo XXI. Se exageran a diestra y siniestra los todavía lejanos beneficios de la medicina genómica. Su capacidad de secuenciar (leer) genomas, subutilizada durante la epidemia de influenza, ha sido ya superada por la UNAM, que -con todo y sus limitaciones y problemas presupuestarios- acaba de inaugurar instalaciones superiores. Y su enfoque reduccionista, al hablar de genomas “mexicanos”, “sonorenses”, etc. es cuestionable biológica y hasta éticamente.

La imagen tradicional del mexicano es de flojo: el sombrerudo con sarape, recargado en un cactus. Yo creo que en realidad nuestro problema es de constancia: cuando es necesario, logramos emprender acciones para resolver nuestros problemas.

Lo malo es que no les damos continuidad. Construimos la carretera, pero no le damos mantenimiento. Creamos un Instituto Federal Electoral, pero no cuidamos que no se desmorone y pierda credibilidad. Creamos un Inmegen, pero no le garantizamos sede, personal ni presupuesto adecuados, ni cuidamos que éste se ejerza de forma honesta.

Qué desperdicio.

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ciencias sociales

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 1 de septiembre de 2009

A veces los lectores me regañan por mis errores o confusiones, o por comentarios —normalmente sobre política— que no coinciden con su ideología. O me reprochan que “hablo de temas en los que no soy experto”. Pero un divulgador científico no es especialista, sino generalista: comunica la ciencia de manera fiel, pero no con el nivel de precisión y detalle al que el experto está acostumbrado.

Aun así, no escarmiento. Hablaré de ciencias sociales (en las que tampoco soy experto, pero que también son ciencias). Mi tesis es simple: si los actores políticos las conocieran más, dirían menos tonterías, harían menos ridículos y dañarían menos derechos ciudadanos.

Caso 1: Felipe Calderón decreta, en el Programa Nacional de Derechos Humanos, que “erradicará” la prostitución en el país (la Organización de las Naciones Unidas, asesora del Programa, protesta y recomienda abordar el problema de forma integral).

La Antropología y la Sociología enseñan que la prostitución cumple una función social importante.

La Economía muestra que se trata de un servicio por el que los ciudadanos están dispuestos a pagar: su peso monetario muestra su relevancia.

Y la Ética indica que los sexoservidores no son criminales, sino trabajadores con derechos humanos. Habría que mejorar sus condiciones y darles opciones laborales.

Caso 2: La arquidiócesis de México, a través su vocero, el altanero Hugo Valdemar, exige “corregir” los libros de texto gratuito para aclarar que los sacerdotes y héroes independentistas Miguel Hidalgo y José María Morelos no murieron excomulgados; se reconciliaron con su Iglesia al confesarse antes de morir.

Si hay errores, deben corregirse. Pero la Historia tiene un rigor: Hidalgo y Morelos fueron juzgados por la Inquisición y torturados. Se les rasparon con cuchillo las yemas de los dedos ("Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos", reza la ceremonia) y se les quitó la tonsura; se les degradó y humilló. No es raro que cedieran y se confesaran. Ambos fueron luego fusilados; la cabeza de Hidalgo fue exhibida en la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, durante nueve años

Es simplemente deshonesto que la institución que los criminalizó quiera, 200 años después, tergiversar la historia para montarse en su prestigio. Sería grave que se consintiera… pero ante la cantidad de errores desastrosos detectados en los nuevos libros de texto, cabe dudar del buen juicio de quien toma decisiones en la SEP.

Quizá me equivoque, pero temo que la falta de cultura —sea científica o no— puede ser nuestra perdición.

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miércoles, 26 de agosto de 2009

Otras realidades

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 26 de agosto de 2009

En 1957 Hugh Everett III, físico estadunidense con nombre de príncipe (y no Rupert Everett, nombre de un actor inglés que erróneamente publiqué en la versión impresa de esta columna en el periódico Milenio Diario), propuso una de las ideas más intelectualmente estimulantes de la física moderna: la teoría de muchos mundos (many worlds).

Dicha teoría ­-no es claro si es realmente "científica", pues como mucha de la cosmología, no cuenta con pruebas directas, aunque sí con un sustento físico y matemático coherente­- intentaba solucionar un grave problema de la versión más popular de la mecánica cuántica (la "interpretación de Copenhague"): que las ecuaciones predicen que las partículas pueden existir en "estados superpuestos", a menos que sean observadas.

Para ridiculizar esta idea, Erwin Schrödinger, uno de los padres de la mecánica cuántica, postuló el experimento mental del gato que lleva su apellido, el cual estaría "vivo y muerto" mientras no fuera observado. Algo contrario al sentido común.

La versión de Everett postulaba una solución insólita: en el momento en que la partícula ­-o el gato­- es observada, en vez de elegirse al azar una de las dos posibilidades, el universo se bifurca, dando origen a dos universos paralelos: en uno el gato vive; en el otro muere.

Aunque en una entrevista reciente en la revista Discover el físico-matemático Roger Penrose, una de mas mentes científicas más brillantes de la actualidad, la calificó de "locura", lo cierto es que la extraña ­-mas no absurda­- teoría de Everett sigue interesando a muchos físicos.

Pero ocurre que ya en 1941 Jorge Luis Borges, gloria de la literatura hispanoamericana, había publicado su extraordinario cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, donde prefiguraba con claridad la teoría de muchos mundos. A veces las conexiones entre ciencia y literatura sorprenden tanto como las teorías científicas más audaces.

El pasado 24 de agosto Borges hubiera cumplido 110 años. Quizá en otra realidad posible, donde es aún más longevo, los cumple. En otra más, es normal cumplir esa edad.

Quizá haya realidades alternas donde el sistema educativo mexicano no esté en ruinas, donde los futuros maestros no reprueben masivamente el examen para seleccionarlos. Donde su lideresa sindical no sea vitalicia y pueda pronunciar palabras de más de dos sílabas como "epidemiológico", o siglas como "H1N1" sin confundir los unos con eles.

Donde no se eliminen partes vitales de la historia nacional, como la Conquista o la Colonia, de los libros de texto.

Quizá.

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