domingo, 15 de enero de 2017

El fraude homeopático

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de enero de 2017

A fines de diciembre pasado la revista Proceso publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología 2015, elaborada por la UNAM, donde se revela, entre otras tristes muestras de la falta de cultura científica en nuestra población, que “los mexicanos tienen más confianza en los horóscopos que en la ciencia”.

El resultado no es sorprendente: otras encuestas llevadas a cabo con cierta regularidad en nuestro país ofrecen siempre resultados similares: poca confianza en la ciencia, poco conocimiento de ella, incapacidad para distinguir entre ciencia legítima y seudociencias.

El problema de distinguir entre la ciencia digna de confianza y sus imitaciones fraudulentas no es algo que se resuelva fácilmente: ha ocupado durante más de un siglo a científicos, filósofos y otros especialistas, quienes lo conocen como el “problema de la demarcación”.

Y es que tanto la ciencia como muchas falsas ciencias tienen el mismo origen: la curiosidad humana, la búsqueda de respuestas a problemas, el uso del sentido común, de la observación y la experimentación para tratar de obtener conocimiento sobre la naturaleza, que nos permita entender el movimiento de los astros o los ciclos naturales del planeta, curar enfermedades y tomar decisiones en la vida. La diferencia es que muchas disciplinas se conforman con respuestas que suenen lógicas o coherentes, y toman en cuenta sólo los datos que coincidan con ellas. Surgen así disciplinas seudocientíficas como la astrología, la alquimia, el espiritismo o la grafología (en la vertiente que pretende revelar el carácter de una persona a través de su escritura).

La ciencia legítima, en cambio, ha hecho esfuerzos a lo largo de cientos de años para desarrollar métodos que impidan a los científicos engañarse a sí mismos, pues reconocen la multitud de sesgos cognitivos que nuestra especie posee y que nos hacen pensar, por ejemplo, que porque algo ocurre una vez ocurrirá siempre, o que porque dos eventos ocurrieron uno después de otro hay entre ellos una relación de causa y efecto. La observación y experimentación repetidas y controladas, y sometidas a la revisión y crítica de terceros, así como el uso de la estadística, son parte del complejo sistema de control de calidad que la ciencia moderna usa para tratar de reducir al mínimo la tendencia humana a engañarse.

Aun así, se puede defender el derecho de las personas a creer en aquello que les convenza, sean éstas historias de extraterrestres que nos visitan en platillos voladores, influencias planetarias que afectan nuestro destino, o la existencia de fantasmas y otros seres sobrenaturales. Simplemente, hay que insistir en que dichas creencias carecen de todo sustento científico, como lo demuestran numerosas investigaciones llevadas a cabo durante décadas.

Pero cuando se trata de la salud pública, hay que marcar límites. Existe una infinidad de seudociencias médicas que proliferan en todos los países y afirman, en contra no sólo de la lógica y el conocimiento científico, sino de toda la evidencia disponible, poder curar enfermedades. Acupuntura, homeopatía, reiki, aromaterapia, flores de Bach, curación con cuarzos o péndulos, terapias “cuánticas”… la lista es interminable.

En particular la homeopatía tiene una larga historia: fue inventada a fines del siglo XVIII por el alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de los efectos contra la fiebre de la quinina –que servía para combatir la malaria, pero que tomada por alguien sano podía producir fiebre– hizo la generalización de que “lo semejante cura lo semejante”. A partir de ese y otros caprichosos principios, como el de que una sustancia se hace más “potente” cuanto mayor sea su dilución (siempre y cuando antes se agite vigorosamente cien veces, claro), y manteniendo ideas provenientes de la medicina hipocrática, Hahnemann creó la homeopatía.

La explicación de la gran popularidad de esta seudomedicina es compleja. El caso es que a principios del siglo XX tuvo gran popularidad en Francia, de donde fue importada, a instancias de homeópatas mexicanos, por el gobierno de Porfirio Díaz, que fundó el Hospital Nacional Homeopático (que subsiste hasta nuestros días, como parte de la Secretaría de Salud, y que fue recién remodelado y reinaugurado en 2014), y la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía, que hoy es parte del Instituto Politécnico Nacional y forma, lamentablemente, médicos con preparación científica y al mismo tiempo homeopática.

El problema con la homeopatía es que, a pesar de sus más de dos siglos de historia, ha demostrado ser una terapia completamente inútil: numerosísimos estudios hechos durante décadas en todo el mundo lo confirman. Por supuesto, mucha gente afirma haberse curado con tratamientos homeopáticos. Lo mismo ocurre con otras terapias, o con quien pone una veladora a la virgen o se hace una limpia. Pero estas curaciones son sólo producto del efecto placebo: la aparente acción terapéutica de un tratamiento que no se debe realmente a éste. Por otro lado, los principios teóricos de la homeopatía van en contra de todo el conocimiento químico y farmacológico acumulado durante siglos. El efecto de una sustancia disminuye, no aumenta, con su dilución, y las diluciones homeopáticas frecuentemente implican que la solución no contiene ya ni una sola molécula de la sustancia supuestamente curativa (los homeópatas explican esto diciendo que lo que se preserva es su “espíritu curativo”).

Aunque hay homeópatas en todo el mundo y una industria transnacional que fabrica estos inútiles medicamentos, y aunque en Alemania –tan dada a las supersticiones naturistas– goza de gran prestigio, en numerosos países avanzados como el Reino Unido, Francia, España, Australia, Holanda o Suiza las autoridades y la comunidad médica han reconocido su inutilidad terapéutica, y en algunos países se ha logrado que los tratamientos homeopáticos dejen de recibir apoyo del sistema de salud pública. Y en noviembre de 2016 la Comisión Federal de Comercio de los Estados Unidos determinó que “Los remedios homeopáticos (…) tendrán ahora que venir con una advertencia que especifica que están basados en teorías anticuadas no aceptadas por la mayoría de los expertos médicos modernos y que no hay evidencia científica de que el producto funcione”.

Desgraciadamente, sus raíces históricas y amplia aceptación hacen que la homeopatía siga formando parte del sistema de salud mexicano. Recientemente, el diario La Jornada publicó varios reportajes donde presenta, con la opinión de homeópatas y fabricantes de medicamentos homeopáticos, a esta seudomedicina como una opción no sólo válida, sino mejor que la medicina científica (a la que los homeópatas llaman, erróneamente, “alopática”), con el argumento de que “no causa efectos secundarios”. E informa, asimismo, que en el Diario Oficial de la Federación se publicó, en agosto pasado, la “Primera Actualización del Cuadro Básico y Catálogo de Medicamentos Homeopáticos”.

Con esto, el gobierno federal, y las autoridades de salud, continúan avalando una terapia inútil que muchas naciones avanzadas ya están, afortunadamente, comenzando a rechazar, pues defrauda la confianza de los ciudadanos al ofrecer tratamientos ineficaces para tratar enfermedades reales.

Cierto: los mexicanos confiamos más en los horóscopos que en la ciencia. Y también en las seudomedicinas.

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domingo, 8 de enero de 2017

Juego de mitocondrias

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de enero de 2017

El doctor Zhang con
el pequeño Abrahim
Una de las noticias científicas destacadas del año pasado fue el nacimiento de un bebé “con tres progenitores”. Se trataba del pequeño Abrahim Hassan, hijo de dos padres jordanos que habían ya perdido a dos bebés debido a una rara enfermedad genética conocida como síndrome de Leigh.

Este síndrome afecta a las mitocondrias, esos pequeños organelos que viven dentro de nuestras células y que nos ayudan a oxidar los alimentos para extraer la energía química contenida en ellos. Aunque en muchos casos la causa del síndrome de Leigh está en alguno de los 20 mil genes del núcleo de nuestras células, las mitocondrias tienen su propio pequeño genoma, y en un 10 al 30 por ciento de los casos, la causa se encuentra entre los 37 genes de las mitocondrias humanas. Como las mitocondrias se heredan sólo por vía materna –cuando la cabeza del espermatozoide penetra en el óvulo, sólo lleva los genes nucleares; las mitocondrias paternas no penetran en el óvulo–, esta forma del síndrome sólo se hereda a través de la madre.

Y ese es el caso de Ibtisam Shaban, la madre de Abrahim: aproximadamente una cuarta parte de las mitocondrias de sus células (una sola célula humana puede contener cientos o miles de mitocondrias) presentaban la mutación que produce el síndrome de Leigh que mató a sus dos primeros bebés.

Ante eso, el doctor John Zhang, del New Hope Fertility Center, una clínica privada de fertilidad de Nueva York, ofreció a la pareja el novedoso tratamiento de reemplazo mitocondrial, que consiste en tomar el núcleo de un óvulo de la madre –que contiene sólo sus genes nucleares pero no los de las mitocondrias, que están fuera del núcleo– e insertarlo en el óvulo de otra mujer, al cual se le extrajo previamente su propio núcleo. Luego, el óvulo sería fertilizado con un espermatozoide del esposo de Shaban, Mahmoud Hassan.

Tecnica de reemplazo
mitocondrial (tomado de
http://ow.ly/r8R4307VrAD)
Como el procedimiento todavía no es legal en Estados Unidos (aunque se aprobó recientemente en el Reino Unido), Zhang y su equipo lo llevaron a cabo en la clínica que New Hope tiene en la Ciudad de México, donde –según el reportaje de la revista New Scientist que dio a conocer originalmente la noticia a finales de septiembre de 2016–, “no hay reglas” (probablemente lo que quiso decir es que en nuestro país dicho procedimiento no está regulado).

Así, el nuevo bebé tendrá sólo mitocondrias sanas procedentes de la “madre” donadora. Todo pareció salir bien y la noticia le dio la vuelta al mundo.

O al menos eso se pensaba. Porque aunque hasta donde se sabe el pequeño Abrahim nació y sigue creciendo con normalidad, un nuevo estudio publicado el pasado 8 de diciembre en la revista Nature, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Ciencia y Salud de Oregon, Estados Unidos, encabezado por Shoukhrat Mitalipov, indica que la terapia de reemplazo mitocondrial podría no ser tan efectiva como se esperaba.

El problema es que en el trasplante de núcleo pueden acarrearse, inadvertidamente, algunas pocas mitocondrias de la madre original al óvulo de la donadora. Estas pocas mitocondrias, si contienen la mutación, estarían también presentes en las células del bebé. El estudio de Mitalipov, llevado a cabo con óvulos de 11 mujeres sanas y núcleos de óvulos de mujeres con mutaciones mitocondriales, halló que en aproximadamente el 15 por ciento de los casos, las pocas mitocondrias procedentes de la madre original –un 1 por ciento de la mitocondrias totales– podían multiplicarse dentro de las células más rápidamente que las mitocondrias de la donadora, llegando a dominar la población en poco tiempo.

Esto podría deberse a que quizá los genes de las mitocondrias de la madre original están de alguna manera mejor adaptados a convivir con los genes del núcleo de sus células. Esto les daría a las mitocondrias procedentes de la madre original una ventaja reproductiva dentro de las células del bebé. Recordemos que las mitocondrias alguna vez fueron bacterias de vida libre que en el curso de la evolución, hace unos dos mil millones de años, decidieron quedarse a vivir dentro de otras células y establecer una simbiosis, dando así origen a las células eucariontes, como las nuestras. Todavía hoy, las mitocondrias se reproducen independientemente, a su propio ritmo, dentro de nuestras células. Y si hay dos o más poblaciones de mitocondrias con características diferentes, pueden competir entre sí.

Como basta con que alrededor de un 18 por ciento de las mitocondrias de un bebé contengan la mutación para que una enfermedad como el síndrome de Leigh se manifieste, los resultados de Mitalipov podrían significar que la enfermedad podría resurgir en los bebés producto de este tipo de procedimientos. Por ello, antes de poder hacer trasplantes de núcleo para combatir las enfermedades transmitidas en el ADN mitocondrial, se tendrían que hacer estudios de compatibilidad entre las mitocondrias de la “madre” donadora y el núcleo de la madre original (un poco como se hacen estudios de compatibilidad para hacer transfusiones de sangre o trasplantes de órganos). Mitalipov y sus colegas ya proponen unos primeros lineamientos al respecto.

Mientras tanto, las terapias genéticas como ésta siguen avanzando, y con ellas la necesidad de desarrollar lineamientos éticos para garantizar la salud de los bebés que nazcan gracias a estos procedimientos. Y, por supuesto, para impedir que dicha tecnología se use con fines frívolos como producir “bebés de diseñador”, con características físicas que sólo satisfagan los caprichos estéticos de los padres.
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domingo, 1 de enero de 2017

Zapatistas y científicos


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 1o de enero de 2017

Desde hace unas semanas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN, que para sorpresa de muchos sigue existiendo) avisó que estaba organizando un encuentro de sus miembros “con 82 científicas y científicos (sic)” de 11 países (o 12, según la fuente), expertos en 51 campos de investigación científica; entre ellos, varios académicos de respetadas instituciones mexicanas. El evento, organizado en coincidencia con el 22 aniversario de la rebelión neozapatista, fue titulado “L@s Zapatistas y las ConCiencias (sic) por la Humanidad (resic)”.

El programa de actividades, difundido el 24 de diciembre, informaba que el encuentro tendría lugar del 26 al 30 de diciembre y del 2 al 4 de enero en San Cristóbal, Chiapas, y constaría de sesiones generales, pláticas de divulgación y talleres en los que los “200 mujeres, hombres, niños y ancianos” que forman parte de las “bases de apoyo zapatistas de las lenguas Tzeltal, Tzotzil, Tojolabal, Chol, Zoque, Mame y mestizo” –pero que entienden “castilla”– participarían “como alumn@s” (sic). La asistencia estaría abierta a otras personas, pero “l@s alumn@s zapatistas serán l@s únic@s que podrán interpelar a l@s científic@s ponentes” (sic que se cansa de repetir tanta corrección política).

El evento comenzó a tener cierta resonancia cuando, el 26 de diciembre, el EZLN difundió la ponencia presentada por el “Alquimista SupGaleano” (nombre que en esta ocasión ocupa el antes llamado Subcomandante Insurgente Marcos), titulada “Algunas primeras preguntas a las ciencias y sus conciencias”. En ella planteaba, en su usual prosa poético-enmarañada (que tiene la virtud de que uno nunca puede estar seguro de haber entendido lo que quería decir), lo que los zapatistas esperan del encuentro. Entre mucho rollo y en medio de afirmaciones sarcásticas, Marcos declaró, entre otras cosas: “queremos que la universidad se levante en nuestras comunidades, que enseñe y aprenda junto a nuestra gente”; “No queremos ir a los grandes laboratorios y centros de investigación científica de las metrópolis, queremos que se construyan aquí”; “Queremos que (…) se edifiquen, bajo nuestra dirección y operación colectivas, observatorios astronómicos, laboratorios, talleres de física y robótica, puestos de observación, estudio y conservación de la naturaleza”; “Queremos estudios científicos, no sólo técnicos”.

Pero lo que más llamó la atención de su discurso fue la enorme lista de preguntas “que habían preparado” para plantearlas y, supongo, para ser contestadas en el encuentro. Entre ellas había algunas pertinentes, aunque enmarcadas en una visión difícilmente compatible con el pensamiento científico (“¿Los transgénicos dañan a la madre naturaleza y a los seres humanos o no los dañan?”; cursivas mías). Otras, que revelaban una genuina curiosidad acerca de la naturaleza (“¿Cuál es la explicación científica de que le calculan el tiempo de la construcción de las ruinas?”; “¿Qué explicación científica hay cuando algunas personas que al dormir roncan y cuál es la cura?”).

Otras más muestran la curiosidad de los zapatistas frente al conflicto entre la visión científica del mundo y sus diversas creencias y tradiciones (“Cuando hay un paciente o pacienta [sic] y sufre fractura de hueso, el médico amputa la parte afectada o le pone un fierro [clavo]. Pero si este paciente lo trata un hueser@, lo cura. ¿Cuál es la explicación de esta situación?”; “Con los alimentos químicos, enlatados, embolsados, embotellados, ¿dañan o no la salud?”; “¿Cuál es la explicación científica, si las medicinas químicas curan una enfermedad, pero dañan otras partes del organismo? ¿Se puede hacer científicamente que la medicina química no dañe y solo te cure la parte afectada?”; “¿Tiene alguna explicación científica que cuando soñamos algo, luego llega a cumplirse en lo real?”)

Algunas preguntas más simplemente revelaban una serie de prejuicios políticos e ideológicos: “¿Cuál es la explicación científica por qué los grandes empresarios quieren ser los dueños del mundo destruyendo la humanidad y la madre naturaleza?”; “¿Ven ustedes necesario y urgente unir la ciencia con los esfuerzos y conocimientos organizados de los pueblos originarios en resistencia y rebeldía por la defensa de la vida, de la salud y la Madre Tierra?”; “¿hay una explicación científica de la conducta de los pinches capitalistas de por qué son tan malditos y no tienen llenadero? ¿Es que algo tienen mal en su cabeza, o sea en su cerebro, o por qué es que, mientras más asesinan y destruyen, más contentos están?” (sic que jura no estar inventando nada, sólo transcribiendo del texto de Marcos).

Y otras preguntas, finalmente, llamaban francamente la atención por ser cuestiones que cualquier alumno de secundaria –al menos de mis tiempos– podría responder, siquiera en términos generales. “¿Cuál es la explicación científica acerca de los relámpagos, los truenos, etc.?”; “¿Cuál es la explicación científica del por qué se dan los terremotos?”; “¿Cuál es la explicación científica de la formación de los volcanes y de que sustancias están formados?”; “¿Científicamente existe un fin de los números enteros o decimales?”.

No sé si la falta de información que revelan en particular estas últimas preguntas se deba a deficiencias a nivel nacional en los programas de estudio; a la terrible crisis educativa que padecemos; a que las escuelas en Chiapas –o las de los territorios zapatistas– tengan problema particulares derivados de su situación socioeconómica, o a que los zapatistas no tengan acceso a computadoras con internet, Google y Wikipedia. Pero la publicación de la lista ocasionó que se desatara una ola de críticas y hasta descalificaciones –a la que este columnista se unió en un primer momento– contra Marcos y su aparente ignorancia, que mezclaba dudas científicas con creencias mágicas, seudociencia e ideología.

Pero al día siguiente, Marcos presentó otro texto –magistral, aunque no exento de su habitual rollo– titulado “La culpa es de la flor”. En él explica que las preguntas del día 26 no eran suyas, sino que habían surgido de las bases zapatistas, y demuestra que, lejos de ser ignorante en temas científicos, está consciente de la importancia de la ciencia, de los diversos mecanismos académicos que garantizan su rigor (y por tanto su confiabilidad) y de los peligros de la actual época de posverdad, donde toda la información se difunde masivamente y es tomada como igualmente confiable, independientemente de su veracidad (como acertadamente comentó mi amiga, colega y hoy vecina de página en Milenio Diario, Fernanda de la Torre, la semana pasada en su columna).

Marcos/Galeano advierte de los peligros de las seudociencias, ese “boquete que las ciencias tienen bajo la línea de flotación” y que “reducen el quehacer científico a una caricatura de consumo masivo”, y lamenta de que “Las pseudociencias o ciencias falsas no sólo ganan cada vez más seguidores, se están convirtiendo ya en una explicación aceptada de la realidad”. Algo de lo que muchos científicos no están todavía suficientemente conscientes.

También aclara que “El interés por la ciencia en las comunidades zapatistas es legítimo, real. Pero es relativamente nuevo”, y que forma parte del avance de la formación educativa zapatista, y explica el proceso por el que se llegó a la formulación de las preguntas presentadas en el primer ponencia.

Cabe cuestionar los usos políticos que se le podrán dar a este encuentro, permeado ya desde su nombre de ideología que va mucho más allá de lo científico (ya el que se declare “por la humanidad” y se le cuestione a los científicos asistentes si trabajan “para el futuro de la humanidad” da la impresión de que quienes lo organizan comparten el prejuicio de que hacer ciencia no es en sí misma una labor de por sí válida y valiosa, como lo son también las artes y las humanidades, sin necesidad obligada de tener una utilidad práctica). Pero en opinión de quien esto escribe, el hecho de que un grupo “rebelde” que aboga por sus derechos muestre un interés genuino en adquirir una cultura científica, superando las limitaciones de su sistema educativo, es ya algo admirable.

Habrá que esperar los resultados del encuentro. En lo personal no dudo que habrá enfrentamientos entre las creencias de tipo místico que forman parte de muchas tradiciones de los pueblos originarios, así como de los prejuicios ideológicos comunes entre la izquierda revolucionaria, y el auténtico conocimiento científico, basado en la evidencia comprobable, el razonamiento lógico y los mecanismos de control de calidad como la evaluación por pares. Pero quiero pensar que el resultado puede ser el inicio de un diálogo fructífero, al menos para los zapatistas. Me gustaría que las ponencias presentadas sean hechas públicas, en audios, videos o, mejor, en un libro; así será posible examinarlas y discutirlas.

Mientras tanto Marcos –cuyas bien conocidas habilidades de manipulación mediática parecen estar intactas– y los neozapatistas han logrado posicionar al EZLN nuevamente en la agenda mediática, esta vez aliándose con representantes reconocidos de la comunidad científica. Veremos si dicho interés va más allá de la política y la ideología.

Mis mejores deseos para el año nuevo 2017: que sea para usted mucho mejor de lo que espera.
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martes, 27 de diciembre de 2016

La invasión de los curanderos capitalinos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de diciembre fun, fun, fun, digo de 2016

¿Es válido promover las seudociencias con el pretexto de ofrecer servicios de salud basados en las “medicinas tradicionales”?

El Gobierno de la Ciudad de México cuenta con una Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec), cuya responsabilidad, según su página web, es “establecer y ejecutar políticas públicas y programas en materia de desarrollo rural; atención a pueblos indígenas y comunidades étnicas, huéspedes, migrantes y sus familias”.

Su existencia obedece a que un porcentaje pequeño pero significativo de la población capitalina vive en zonas rurales, que se concentran en las delegaciones de Milpa Alta, Tláhuac, Xochimilco, Álvaro Obregón, Cuajimalpa y Magdalena Contreras, en las que se realizan actividades agropecuarias (Milpa Alta, por ejemplo, es el principal productor de nopal a nivel mundial, y lo exporta hasta a Japón). Además, la ciudad cuenta con un alto porcentaje de inmigrantes rurales e indígenas, muchos de los cuales tienen idiomas distintos al español como lengua materna.

El muy loable “objetivo rector” de esta Secretaría es, siempre según su página web, “promover la equidad, la igualdad y la justicia social entre estos sectores de población, a través de la aplicación de programas encaminados a mejorar sus condiciones de vida, equiparándolas con el resto de la población, en un marco de pleno respeto y reconocimiento del carácter pluriétnico y multicultural que caracteriza a la Ciudad de México”.

Sin embargo, las buenas intenciones parecen torcerse cuando uno se entera de algunas actividades que promueve la Secretaría. El pasado 20 de diciembre emitió un boletín de prensa, reproducido en numerosos medios de comunicación, con el encabezado “Curanderos de la CDMX atendieron a más de 11 mil 500 personas en Casas de Medicina Tradicional”. Estas 25 casas, ubicadas en distintas Delegaciones, son “espacios de atención a la salud” que forman parte del Programa Medicina Tradicional y Herbolaria en la Ciudad, que busca –sigo citando de la página web de la Sederec– “atender problemas de salud primaria de la población indígena y de pueblos originarios de la Ciudad de México desde un enfoque de respeto a sus métodos de curación tradicionales, así como de sus usos y costumbres”.

Dicho programa se enfoca principalmente a la herbolaria y la medicina tradicional. Y eso está bien, aunque habría que reconocer dos cosas. Una: que la herbolaria, aunque ofrece numerosos remedios que son eficaces –y otros que no lo son–, tiene también riesgos, entre los que se hallan la dificultad para controlar las dosis que se ofrecen y la falta de preparación médica formal de sus practicantes. Si bien la herbolaria, a través de las disciplinas de la farmacognosia y el estudio de los productos naturales, ha aportado mucho a la moderna farmacología, pretender que sus tratamientos son equivalentes a la medicina científica, basada en evidencias, es tramposo. Y dos: aunque algunos tratamientos que forman parte de las medicinas tradicionales, como los baños en temazcal o los masajes con piedras calientes mencionados en el boletín de la Sederec pudieran tener alguna utilidad terapéutica –o al menos ser sabrosos–, otros son evidentemente inútiles, como las “armonizaciones, curada de susto, empacho y tronada de angina”, que según el boletín se ofrecen también en las Casas de Medicina Tradicional.

Al mismo tiempo, dichas Casas dan credibilidad, según se menciona en el boletín, a entidades médicas inexistentes como “susto, empacho, mal de ojo, nerviosismo”. Al reconocerlas como enfermedades reales, la Sederec y el propio Gobierno de la Ciudad de México le hacen un muy flaco favor al cuidado de la salud de las poblaciones indígenas a las que dicen querer beneficiar. Más preocupante: los curanderos –que la Sederec también “certifica” mediante sus programas– ofrecen tratar enfermedades reales y graves como diabetes, hipertensión y adicciones, que deberían ser atendidas por personal médico con formación científica formal.

La cereza en el pastel es hallar, entre los tratamientos que la Sederec ha apoyado en 2016 a través de su Programa Medicina Tradicional y Herbolaria, terapias seudomédicas que ni siquiera forman parte de las tradiciones mexicanas y que son más bien estafas terapéuticamente inútiles que deberían ser combatidas por entidades como la Cofepris –Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios–, como la acupuntura, el jugo noni, la curación mediante cuarzos y obsidianas y los “champús anticaída personalizados”.

Es importante defender nuestras tradiciones, y reconocer el valor y dignidad de las culturas originarias. Pero cuando se trata de salud, ofrecer el “cierre de cintura” maya como un tratamiento “alternativo” confiable o útil es equivalente a estafar a las poblaciones que la Sederec está obligada a atender. La medicina científica no es una opción más: es la única medicina cuya confiabilidad podemos garantizar, pues es probada a través de estudios clínicos y análisis rigurosos. Los tratamientos tradicionales o “alternativos”, cuando demuestran ser útiles, pasan a formar parte de ella. Promoverlos como “una alternativa de salud que proteja la economía” es simplemente deshonesto, desde el punto de vista intelectual, científico y médico.

Un buen regalo de navidad para las poblaciones que la Sederec atiende sería, sin descuidar la herbolaria y la medicina tradicional, apoyar sólo aquellos tratamientos provenientes de ella que hayan demostrado ser útiles –la Sederec, en colaboración con la Secretaría de Salud capitalina, podría incluso ser punta de lanza en la investigación en este campo–, y recanalizar los fondos que se han usado para apoyar remedios milagro y seudomedicinas hacia verdaderos tratamientos médicos que apoyen la salud de la población rural, indígena y migrante de esta gran ciudad.



¡Mira!

Por cierto: ya que estamos siendo críticos con el Gobierno de la CdMx, es una verdadera vergüenza el pésimo servicio que proporciona la empresa EcoParq, que maneja el programa de parquímetros de la ciudad, con una única oficina que atiende en un limitadísimo horario de 8:30 am a 1:30 pm sólo de lunes a viernes, lo que hace obligatorio faltar al trabajo para cualquier trámite. Además, se dan el lujo de no trabajar en vacaciones y tienen un call center donde jamás contestan una llamada.

¡Que haya pasado usted una feliz navidad, y que tenga, a pesar de los pesares, un magnífico año nuevo 2017!
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domingo, 18 de diciembre de 2016

Filosofando

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de diciembre de 2016

La época navideña y la cercanía del fin de año hacen que uno se ponga filosófico. Y si se es científico, eso significa pensar en filosofía de la ciencia.

Las discusiones en filosofía de la ciencia suelen ser muy apasionadas. Recientemente tomé parte en una en Facebook, y como suele ocurrir cuando hay suerte, se puso muy buena: los que participamos acabamos todos aprendiendo algo. (Cuando no son buenas, las discusiones en Facebook suelen ser de lo más desgastante, con la gente sólo agrediendo y descalificando para terminar pensando exactamente lo mismo que antes.)

¿Qué problemas aborda la filosofía de la ciencia? En general, aunque no exclusivamente, los que tienen que ver con cómo funciona la ciencia, por qué confiamos en ella y qué límites y problemas enfrenta.

Entre los problemas clásicos están los que tienen que ver con la naturaleza de la realidad (¿existe el mundo, o es un sueño, una alucinación, una realidad virtual?, ¿cómo podemos saberlo?, ¿cómo podríamos probarlo?) y la manera en que podemos adquirir conocimiento certero sobre ella (¿basta con reflexionar de manera sensata y convincente sobre el mundo, como hacían los antiguos griegos?, ¿basta con, además de ello, confrontar nuestras hipótesis con los datos que obtenemos al observar la naturaleza por medio de nuestros sentidos o de los instrumentos científicos con que los extendemos?. Uno de los primeros problemas que uno estudia en filosofía de la ciencia es el hecho de que nuestros sentidos nos pueden engañar: no reflejan directamente el mundo, sino que siempre, inevitablemente, lo interpretan).

A numerosos científicos y apasionados de la ciencia les parece que muchas de estas preguntas, que tienen que ver con las áreas de la filosofía denominadas ontología (el estudio de lo que existe) y epistemología (el estudio de lo que podemos conocer sobre lo que existe) son una pérdida de tiempo. Que una roca existe se comprueba golpeándonos con ella. Pero la verdad es que hay muchas cosas en ciencia –electrones, cuarks, genes, instintos, especies, enlaces químicos– que existen más como abstracciones y generalizaciones artificiales que usamos para darle sentido al mundo que como objetos concretos que se pueden tomar en las manos. Y eso sin meternos en honduras cuánticas donde el estado de un objeto depende de que haya alguien observándolo.

Por otro lado, es cierto que existen muchos estafadores que venden las más absurdas charlatanerías como “ciencia” (ahí está como ejemplo la campaña del remedio homeopático “oscillococcinum”, absolutamente inútil, como todos los seudomedicamentos homeopáticos, pero que suena en todas las estaciones de radio). Y hay también muchos chiflados que presentan como “ciencia” ideas tan peligrosas –y tan comprobadamente falsas– como que no existe el calentamiento global, que el sida no es contagioso, que las vacunas causan autismo o incluso que el cigarro no causa cáncer. Ante gente así, es natural que los defensores del pensamiento científico recurramos al pragmatismo: la ciencia funciona: lo probamos al aplicarla.

Pero, más allá del combate a seudociencias y charlatanerías, es una lástima que tantos entusiastas de la ciencia desprecien la filosofía (muchas veces al extremo de pensar que la existencia de filósofos profesionales es una aberración, porque “cualquiera que sepa pensar puede hacer filosofía”… una tontería tan grande como pensar que cualquiera que pueda correr puede ser atleta, sin necesidad de un entrenamiento especializado). Entre otras cosas porque pareciera que sólo aprecian la ciencia por su valor práctico: por sus aplicaciones. Como si su valor cultural, como si el simple hecho de conocer mejor nuestro universo no bastara para valorarla. Y también porque quienes piensan así llegan a pensar cosas como que “la ciencia puede explicar cualquier cosa”, o que cualquier tipo de conocimiento distinto al científico es mera especulación sin valor. Caen así en el vicio filosófico conocido como cientificismo: la confianza en la ciencia convertida en fanatismo.

Y no: hay cosas que, efectivamente, la ciencia no puede probar: además de la ya mencionada existencia de la realidad, están la existencia o inexistencia de un dios, el valor estético de una obra de arte, el valor ético de un acción humana… incluso en matemáticas hay muchas verdades que se comprueban sólo a través de la lógica, no del método científico. Lo cual no quiere decir, claro, que la ciencia no pueda estudiar dichos problemas y aportar elementos para comprenderlos mejor. Pero eso es muy distinto a “resolverlos”.

La ciencia –al menos las ciencias naturales– estudian el mundo físico que nos rodea. Y son, sin la menor duda, el mejor método que tenemos para obtener conocimiento sobre él. Dicho conocimiento, aunque no es absoluto y se refina constantemente, es confiable, gracias a los muchos controles de calidad que la ciencia ha desarrollado para tratar de no engañarse. Pero la ciencia, a diferencia de las matemáticas, no produce verdades eternas.

Apreciar, desarrollar y confiar en la ciencia es importante, sobre todo para combatir a estafadores y enemigos del pensamiento racional. Pero despreciar la filosofía de la ciencia es cegarnos ante los problemas, limitaciones y sí, defectos que la ciencia, como producto humano, inevitablemente presenta.

Al final, yo creo que es mejor defender una imagen realista de la ciencia, con defectos y todo, que querer convertirla en una princesa ideal de cuento. Y eso es precisamente lo que la filosofía de la ciencia nos ofrece.
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