domingo, 4 de febrero de 2018

La desconfianza en el saber

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de febrero de 2018

En el suplemento Laberinto de Milenio, el poeta Julio Hubbard se lamenta el pasado 3 de febrero (“Nuevos mapas del contagio”) de los tiempos actuales en que cada uno puede construir su propia versión de la verdad: “Así como hay post–verdad, igual han de existir un post–saber y una post–ignorancia”.

Se duele asimismo de los efectos de este relativismo tonto (no todo relativismo lo es: toda persona sensata sabe que la interpretación de las cosas depende de su contexto… pero no al grado de que sea válido pretender que “uno inventa la realidad”) esté causando daños objetivos, palpables, en el mundo real: menciona a quienes reniegan de la explicación darwiniana que nos permite entender racionalmente la asombrosa evolución y adaptación de los seres vivos, para sustituirla por la creencia simplona en un creador todopoderoso, o la recientemente popular, y bastante más absurda, creencia en que nuestro planeta es un disco plano rodeado por una inmensa pared de hielo, y de que toda la evidencia de que es un esferoide es producto de una conspiración mundial orquestada por la NASA.

(Yo añadiría a quienes, con el orate Trump a la cabeza, reniegan, sinceramente o impulsados por mezquinos intereses económicos, de la realidad del calentamiento global ocasionado por la liberación desmedida de gases de efecto invernadero, y el consecuente cambio climático: calentamiento, enfriamiento, acidificación de océanos, sequías, alteración de los patrones de lluvias, tormentas y huracanes, y muchos otros efectos complejos.)

Pero, sobre todo, Hubbard reniega de quienes, por seguir la moda absurda de creer que “las vacunas causan autismo y reducen el desarrollo cerebral” (entre otras muchas sandeces, respaldadas, cómo no, por su respectiva teoría conspiratoria), dejan de vacunar a sus hijos. Se alarma del resurgimiento en muchos países avanzados, que es donde también están en auge estas creencias absurdas, de enfermedades ya casi desaparecidas: sarampión, paperas, tosferina, poliomielitis. Y señala algo vital: las vacunas no son sólo asunto de salud individual, sino señal de “respeto por los demás; el reconocimiento básico y elemental de que nuestro propio cuerpo está conectado con los otros”.

Se refiere, claro, al fenómeno de la inmunidad de grupo: las vacunas no protegen a cada individuo por igual, y hay personas que por diversas razones de salud o de otra índole no pueden vacunarse. Aún así, el hecho de estar rodeados de personas que sí estén vacunadas los protege. Pero si el porcentaje de personas vacunadas en una población baja de cierto nivel (que no es muy bajo, por cierto), la enfermedad tiene las puertas abiertas para producir un brote epidémico. “Mi cuerpo y mis actos no son solo de arbitrio propio: implican una responsabilidad hacia los demás”, dice Hubbard.

Ya está sucediendo. Incluso en México. Usted mismo, que lee esto, ¿a cuántas personas conoce directamente que hayan dicho “yo no voy a vacunar a mis hijos”? La probabilidad de que sea al menos a una es cada día más alta.

¿A qué obedece esta crisis –que es global– de la credibilidad del conocimiento no sólo científico, sino en general; esta desconfianza en la autoridad intelectual? No lo sé. Quizá tenga un componente generacional: el surgimiento de la generación millenial, producto del cambio cultural (computación, comunicaciones, internet, redes sociales, declive de la lectura, deterioro de los sistemas educativos, sobre todo de las habilidades matemáticas y de lectoescritura, como lo muestran año con año las pruebas PISA y similares). En particular, creo que el no fomentar la construcción de una cultura científica mínima en cada ciudadano, desde la primaria en adelante, así como en el hogar, es parte de un problema que sí, es eterno, pero que hoy se agudiza.

Como sociedad, como sociedades, no nos hemos tomado en serio lo que está pasando. La consecuencias ya se nos vienen encima. Más vale que vayamos pensando qué hacer.

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domingo, 28 de enero de 2018

Otra vez, clonación…

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 28 de enero de 2018

Zhong Zhong y Hua Hua,
gemelos idénticos obtenidos por clonación
En el mundo de las noticias científicas, hay ciertos temas que retornan una y otra vez, cíclicamente, como si el tiempo se repitiera o la memoria los olvidara.

Uno de ellos es la típica nota que anuncia, con bombo y platillo, que el café/el vino/el azúcar/las grasas o cualquier otro producto de consumo cotidiano causa (o cura) el cáncer (o cualquier otra enfermedad). Otro ejemplo común es el anuncio de una vacuna “que acabará” con el VIH, el propio cáncer o la malaria.

¿Cuál es el problema? Que a la semana siguiente quedan olvidadas y seguimos esperando la cura del cáncer o que se prohíba el consumo de ese peligroso café o vino. No es que se trate de fake news (aunque a veces sí…), sino más bien de que son noticias parciales, sacadas de contexto, y que, para tratar de hacerlas atractivas al gran público, se presentan de manera exagerada. Pero además, se trata de notas seleccionadas un tanto tramposamente de un océano de investigaciones similares, contradictorias y confusas. Hay miles de científicos investigando esos temas, y constantemente publican resultados puntuales y parciales que registran los pequeños avances que se van logrando para entender temas tan complejos como esos. Al seleccionar uno de esos resultados y presentarlo en los medios como un gran avance, se termina por difundir información esencialmente engañosa… o al menos irrelevante. Ya nos enteraremos, sin ninguna duda, cuando realmente se descubra la cura del cáncer, o si tomar café lo provoca.

La semana pasada ocurrió algo similar con otro de esos temas recurrentes. En esta ocasión fue la noticia de la clonación de dos macacos en China, utilizando la misma técnica –el transplante o transferencia de núcleo celular– que se utilizó en el ya lejano julio de 1996 para producir a la famosa oveja Dolly, el primer mamífero clonado (a partir del núcleo de una célula de glándula mamaria, hecho que dio origen a la broma de su nombre, que alude a las generosas proporciones de la conocida cantante de country Dollly Parton).

Se trata de Zhong Zhong y Hua Hua, dos encantadoras crías de macaco de cola larga (Macaca fascicularis, también conocido como macaco cangrejero), obtenidas a partir de células embrionarias por un equipo encabezado por Qiang Sun, de la Academia China de Ciencias, en Shanghái, según se informa en un artículo científico publicado el 24 de enero en la revista Cell.

Los investigadores tomaron células de un feto abortado de mono, extrajeron el núcleo y lo introdujeron en óvulos de la misma especie, a los que previamente les habían extraído su propio núcleo. Obtuvieron así 21 óvulos, que lograron producir embarazos en seis monitas, de los que finalmente dos terminaron en partos exitosos (también se intentó con células de mono adulto, pero de los 42 intentos y 22 embarazos logrados, sólo se obtuvieron dos crías, que murieron poco después de nacer; al parecer, en primates como estos macacos, la clonación es más difícil de lograr usando células adultas que embrionarias).

La clonación era un fenómeno bien conocido en animales como anfibios y reptiles (y normal, como método de reproducción, en muchísimas especies de plantas, bacterias y protozoarios). Luego de Dolly, se había logrado clonar a 23 distintas especies de mamíferos como cerdos, vacas, gatos, ratas, caballos, perros, lobos, búfalos, camellos y cabras.

¿Qué tiene de especial, entonces, el nacimiento por clonación de Zhong Zhong y Hua Hua? Que es la primera vez que se logra con un animal que pertenece al mismo orden que la especie humana, los primates (en 1999 se había logrado producir a Tetra, un clon de otra especie de primate, el mono rhesus, Maccaca mulatta, pero no se hizo mediante la técnica de transferencia de núcleo, sino por un método mucho más simple: separar las células de un embrión en sus primeras etapas de desarrollo, como ocurre naturalmente cuando nacen gemelos idénticos).

La importancia de este avance es, en primer lugar, que se están estudiando y comprendiendo mejor los factores que intervienen para lograr una clonación exitosa (los investigadores tuvieron que utilizar ciertas enzimas que modifican epigenéticamente el ADN de los núcleos trasplantados para lograr que éstos comenzaran a dividirse como lo hacen en un óvulo fecundado). En segundo, que la clonación de macacos y otros primates servirá para producir camadas de especímenes de laboratorio genéticamente idénticos que son indispensables –a pesar de lo que creen muchos defensores a ultranza de los animales– en la investigación biomédica, que permite salvar miles de vidas humanas cada año (por ejemplo, al usarlos como modelos para estudiar y desarrollar tratamientos para distintas enfermedades humanas; al ser animales genéticamente idénticos, se podrían obtener resultados más claros usando menos ejemplares).

Zhong Zhong y Hua Hua
(¿o viceversa?)
Pero, por supuesto, en los medios la discusión principal ha tenido que ver con la posibilidad de clonar seres humanos, algo que en realidad sigue estando muy lejos de la realidad. Aun si se pudiera, ¿querríamos clonar seres humanos? ¿Serviría de algo? Sin caer en escenarios de ciencia ficción, la respuesta es que más bien no. Producir humanos por clonación sería extremadamente caro comparado por el método tradicional (y mucho menos divertido), ocasionaría problemas éticos y legales complicadísimos, y no tendría utilidad aparente (además, no se podría clonar a un humano adulto, pues el método sólo ha funcionado a partir de células embrionarias). Pero quizá, entendiendo bien el proceso, en un futuro no tan lejano podría lograrse, por ejemplo, clonar partes del cuerpo humano para producir órganos de repuesto para trasplantes.

Al final, no se trata de un avance revolucionario, sino sólo de otro pequeño paso en la comprensión y control del fenómeno de la clonación. Pero, al menos, sirve para volver a hablar del tema y para recordar que tenemos varios problemas éticos, sociales, culturales y legales que discutir antes de que la tecnología se nos adelante.

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domingo, 21 de enero de 2018

La apasionante historia del índigo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de enero de 2018

La historia de la humanidad, desde los inicios de la civilización –es decir, cuando comenzamos a tener tiempo para algo más que buscar alimentos para sobrevivir, y pudimos comenzar a ocuparnos de cosas superfluas– ha estado ligada a la moda.

Y una de las manifestaciones más tempranas de este afán por portar una vestimenta atractiva, distinta, especial, fue la búsqueda de colorantes que tiñeran las aburridas telas de lana, algodón, lino y seda que se han usado desde siempre con colores variados y llamativos.

Hace unas semanas hablamos aquí de la grana cochinilla, el colorante rojo intenso extraído del insecto Dactylopius coccus, parásito del nopal, y la influencia que ha tenido en la historia de la moda, el arte y la industria.

Pues bien: el azul es otro color con gran historia. Para obtener un buen tinte azul intenso no basta con tomar cualquier flor de ese color y molerla: son raros los buenos colorantes azules. Y uno de los de mayor calidad por su color, propiedades químicas (adherirse bien a las telas, no descomponerse con la luz, no ser tóxico) es el tinte históricamente conocido como añil o índigo, que puede obtenerse de distintas plantas, pero especialmente del arbusto tropical Indigofera tinctoria, que da unas flores violetas.
Molécula del colorante índigo

Curiosamente, el colorante no se extrae de ellas, sino de las hojas, que tampoco son azules, porque no contienen el colorante índigo (una molécula derivada del aminoácido triptófano llamada indigotina, que absorbe la parte anaranjada del espectro de luz blanca y refleja así luz azul), sino su precursor, la sustancia llamada indoxil. Si se tritura una hoja de la planta, el indoxil se oxida con el oxígeno del aire y se transforma en el colorante índigo.

El añil se ha usado para teñir telas desde hace milenios: la evidencia más antigua de su uso se remonta a hace 6 mil años en Huaca Prieta, Perú, pero fue usado en Mesopotamia, el antiguo Egipto, Mesoamérica y África, además de la India, Japón y el sureste de Asia. La planta fue originalmente domesticada en la India, región que fue durante siglos la principal proveedora del tinte (de ahí su nombre, que significa “de la India”). Usar ropas teñidas con el llamado “oro azul” fue visto como signo de elegancia y riqueza en las antiguas Grecia y Roma, así como en Japón, la propia India y Europa. También, por supuesto, fue muy utilizado por los pintores. Marco Polo, en el siglo XIII, fue el primer europeo en describir cómo se preparaba el colorante en la India.

En Europa, curiosamente, se solía usar un añil extraído de otra planta (Isatis tinctoria), que lo produce en mucha menor cantidad (y es, por tanto, muy caro). Cuando el navegante portugués Vasco da Gama, en 1498, descubrió una ruta marítima directa a la India que daba la vuelta por África (la ruta tradicional pasaba por el Mar Mediterráneo y luego tenía que continuar por tierra, cruzando los peligrosos territorios del Imperio Otomano y del Norte de África), el negocio de la producción de añil europeo entró en crisis, pues el índigo importado era mucho más barato, al grado de que en Inglaterra y Alemania se llegó a prohibir su uso, argumentando que “era venenoso”.

Posteriormente, el índigo se comenzó a cultivar y producir en las colonias de América, hasta que en 1897 la empresa alemana BASF desarrolló un método de síntesis química, que abarató enormemente su costo. En tiempos más recientes su mayor auge ha sido para teñir los famosísimos pantalones de mezclilla (blue jeans), que han sido un estándar de la moda casual desde hace más de un siglo. Aunque cada pantalón requiere sólo unos cuantos gramos de pigmento (que se deposita en forma de minúsculos cristales sobre las fibras de la tela, donde queda fijo) la demanda es tal que hoy la inmensa mayoría se tiñe con índigo sintético. (Otras curiosidades: un derivado sulfonado del índigo, llamado “carmín de índigo”, que es soluble en agua, se usa extensamente como colorante en alimentos. Y algunas personas que nacen con un defecto en la absorción del triptófano en el intestino pueden presentar el llamado “síndrome del pañal azul”, pues el aminoácido es transformado en indoxil y absorbido por el cuerpo, para ser expulsado en la orina donde, al contacto con el aire, se oxida y transforma en índigo.)

La fabricación industrial de índigo requiere del uso de muchos compuestos contaminantes, como formaldehído, cianuro e hidrosulfito de sodio. Por ello, un grupo de investigadores encabezado por John Dueber, de la Universidad de California en Berkeley, buscó un método menos dañino para el ambiente. Se inspiraron en otra planta que produce el pigmento, el índigo chino (Polygonum tinctorium): extrajeron de ella los genes que controlan la producción del índigo y los introdujeron en la bacteria Escherichia coli, fácil de cultivar industrialmente.

Su método, publicado en la revista Nature chemical biology el pasado 8 de enero, consiste en teñir la tela con el pigmento y las enzimas producidas por las bacterias. Aunque no es aún eficiente a escala comercial, y presenta algunos problemas como un tono menos intenso, sirve como prueba de concepto para demostrar que, usando la ingeniería genética, se pueden revolucionar procesos industriales contaminantes para dañar menos el ambiente, y poder seguir disfrutando nuestros blue jeans sin sentimiento de culpa. La historia del índigo en el reino de la moda sigue adelante.

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domingo, 14 de enero de 2018

Salud e ignorancia: peligrosa combinación

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de enero de 2018

Una de las principales obligaciones del gobierno de un país, si no es que la razón principal de su existencia, es garantizar la seguridad de sus habitantes. Y la salud es parte fundamental de esa seguridad. Un gobierno responsable garantiza el derecho a la salud y vela por ésta mediante un sistema público dedicado a ella, leyes en la materia, campañas de vacunación, acceso a medicamentos y regulación de éstos, y una inmensa serie de medidas más, todas vitales para el bienestar de la población.

Por eso es preocupante ver que se presenten en la Cámara de Diputados iniciativas como la planteada el pasado 7 de noviembre (y difundida en los medios el 12 de diciembre) por el diputado Roberto Cañedo Jiménez, del partido Morena, donde se propone modificar los artículos 6 y 93 de la Ley General de Salud, que rige en todo el país, para introducir en ella las llamadas “medicinas alternativas o complementarias”.

Conviene recordar que las “medicinas alternativas” son conocidas así precisamente por no ser reconocidas ni aceptadas por la comunidad científica y médica mundial. Y esto no por capricho ni por negocio (como querrían hacernos creer algunos conspiracionistas), sino porque no han sido capaces de demostrar su eficacia bajo condiciones controladas (como sí lo hacen todos los tratamientos aceptados por la medicina científica). En el momento que dicha eficacia quedara demostrada, las “medicinas alternativas” perderían su apellido para pasar a ser, simplemente, medicina.

La desafortunada iniciativa de Cañedo no parece malintencionada: plantea que el Sistema Nacional de Salud regule, opere y genere investigación en torno a estas terapias. Asimismo, plantea que requerirán ser reconocidas por la Secretaría de Salud, que supervisará su práctica y sancionará a quienes no cumplan con los estándares que establezca. Igualmente, propone que las autoridades de salud deberán monitorear su pertinencia, seguridad y eficacia. Todo esto es en principio bueno, porque ayudará a regular y meter en cintura a la gran cantidad de charlatanes irresponsables que ponen en peligro la salud de sus crédulos pacientes.

Cañedo justifica su iniciativa argumentando que estas “medicinas alternativas y complementarias” contribuirán a subsanar el déficit de cobertura que tiene el Sistema Nacional de Salud. Desgraciadamente, todo su planteamiento se derrumba debido al hecho más que probado de que dichas terapias no son, en realidad, sino seudomedicinas: se estaría estafando a los ciudadanos al ofrecerles subsanar sus deficiencias en materia de salud con tratamientos que carecen totalmente de eficacia. Flaco favor le hacen Cañedo, Morena y los diputados al proponer iniciativas como ésta.

Ojalá la Secretaría de Salud –y su titular, el doctor José Narro– la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), la Academia Nacional de Medicina, la Academia Mexicana de Ciencias, la UNAM y demás Universidades públicas, la Academia Nacional de Medicina, la Academia Mexicana de Ciencias así como los Institutos Nacionales de Salud se manifestaran al respecto. La salud de los mexicanos no merece ser puesta en riesgo con iniciativas como ésta, que no aportan nada útil pero sí ayudan a promover la charlatanería y a dilapidar valiosos y escasos recursos.


¡Mira!

Es triste que lo que debía ser una experiencia gozosa para los ciudadanos, como disfrutar la pista de patinaje en hielo instalada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, a través de su programa “Capital Social”, en la recién remodelada Glorieta del Metro Insurgentes, se convierta en un asunto desagradable y humillante gracias a la falta de previsión de las autoridades y de capacitación del personal a cargo (aderezadas con un toque de homofobia). Fue lo que este columnista y su pareja vivieron el pasado domingo 7 de enero: se exige a los usuarios dejar bolsas y paquetes para acceder a la pista, pero no se proporciona servicio de guardarropa ni se garantiza la seguridad de las posesiones personales. Bastó expresar inconformidad ante la medida, antes de acatarla, para ser hostilizados por el personal con cualquier pretexto (usar bufanda, querer tomar una foto, incluso sujetarse del barandal por un momento –éramos, usuarios primerizos). El resultado fue que la única pareja del mismo sexo terminó siendo expulsada del local. Además, nadie del personal del Injuve que atiende accedió a identificarse; sólo un coordinador que parece haber dicho que su nombre era José Luis Armendáriz. Una verdadera lástima.

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domingo, 7 de enero de 2018

Que veinte años no es nada…

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de enero de 2018

(El título de la columna era
"Ciencia por moda o por interés"
pero apareció con errata.)
Es increíble cómo las redes sociales se han convertido en tan pocos años en una parte prominente, y para algunos casi indispensable, de nuestras vidas. Cuesta trabajo recordar –y a los más jóvenes les cuesta trabajo imaginar siquiera– cómo era el mundo antes de que hubiera Facebook y Twitter, internet, celulares, computadoras personales…

Justo el pasado sábado, después de verificar que los Reyes Magos otra vez se olvidaron de dejarme un regalo junto a mi zapato (snif), y cuando me disponía yo a escribir de otro tema para esta columna, Facebook me avisó, a través de una de esas alarmas que uno a veces agradece, aunque en otras ocasiones son odiosas y hasta dolorosas, que justo hacía 20 años, el 6 de enero de 1998, apareció publicada mi primera colaboración. Estoy, pues, celebrando dos décadas de “La ciencia por gusto”.

Usted podría preguntarse “¿pero cómo, si Milenio Diario, donde se publica la versión impresa, nació el 1º de enero del año 2000? Bueno, porque en sus primeros tres años, esta columna se publicaba en otro periódico (La Crónica de Hoy) donde, después de mucho buscar en diversas publicaciones, me dieron la oportunidad de escribir una columna semanal de ciencia. Ambición que, como buen fan de Isaac Asimov, yo tenía desde que comencé a dedicarme de lleno a la divulgación científica (en 1990). La columna no nació con su nombre actual: las primeras semanas apareció con el ligeramente más vago título de “Por el puro gusto”, que no acababa de convencer a este autor porque no contenía la palabra “ciencia”… hasta que poco después el proverbial foco se iluminó.

Y tampoco se trata de 20 años continuos: cuando en el 2000, por unos meses, entré a trabajar como editor web de ciencia en el diario Reforma, se me pidió que dejara de colaborar con “la competencia”, así que “La ciencia por gusto” dejó de publicarse unos años. Hasta que en mayo de 2003, nuevamente después de buscar en varios diarios, Milenio me abrió nuevamente las puertas del mundo periodístico, hace ya casi 15 años.

Durante estos 20 años –son ya 900 entregas, desde el mero principio– la columna ha logrado, creo yo, mantener el tono que buscaba imprimirle: no hablar sólo de noticias de ciencia, pues para eso están otros géneros periodísticos como la nota informativa, el reportaje, la entrevista… Lo que yo deseaba era hablar de cultura científica, entendida ésta como la posibilidad de entender la ciencia, sí, y enterarse de sus novedades, pero también de relacionarla y ponerla en contexto con el resto de la cultura y los sucesos cotidianos: la política, el arte, la economía, la televisión y el cine, las redes sociales, los chismes, los problemas sociales… Dejar de ver a la ciencia como un anaquel que uno sólo visita, si acaso, cuando necesita hacer una tarea escolar o resolver una duda, y convertirla en parte de la vida diaria.

Y al mismo tiempo, hacerlo de una forma personal, amena en lo que cabe, y tratando de mostrar que la ciencia y la tecnología son fuentes continuas de asombro, de gozo, de posibilidades y de nuevas preguntas (y ocasionalmente, claro, de problemas). Claro que no siempre lo logro, y muchas veces, más que el gusto por la ciencia, lo que comparto es mi disgusto y preocupación ante la ignorancia, la simulación y la mentira que buscan darle a la gente gato por liebre al presentar como ciencia cosas que no son más que embustes, o al ignorar lo que la ciencia nos dice ante problemas urgentes. Estoy convencido de que la ciencia, además de maravillosa, es algo que hay que tomarse muy en serio, y que toda sociedad moderna que quiera progresar debe tener siempre muy en cuenta.

Para mí, el viaje ha sido uno de los más largos y satisfactorios de mi vida, y espero que continúe por muchísimos años. Pero sólo ha sido posible, además de la confianza de los medios que me han acogido, gracias a usted, querida lectora o lector, que amablemente me presta cada semana unos minutos de su tiempo para permitirme hacer lo que más disfruto en la vida: compartir un poco de lo que voy descubriendo y disfrutando. ¡Gracias!

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domingo, 31 de diciembre de 2017

2018 y lo que sigue: un cuento pesimista

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 31 de diciembre de 2017

Cuando el Fantasma de Las Navidades Por Venir se le apareció al viejo y amargado Ebenezer Scrooge, le vaticinó que las decisiones que había tomado durante toda su vida determinarían su destino, y que éstas habían sido tan desafortunadas que su futuro amenazaba con ser tormentoso y lleno de dificultades, pesar y sufrimiento.

Scrooge, que en este cuento simboliza a la humanidad toda, no se podía decir sorprendido, porque ya antes había recibido las visitas de otros dos espectros.

El Fantasma de las Navidades Pasadas le había mostrado los múltiples errores que había cometido, y que habían pavimentado el camino hasta su situación actual. Entre otros, el avance industrial y económico desmedido, con el consecuente descuido del ambiente: desforestación, extinción de especies, contaminación y un terrible hoyo en la capa superior de ozono (aunque ese error había sido detectado a tiempo, y el mundo entero había logrado organizarse para ponerle remedio, proceso que sigue en marcha). Y, sobre todo, la liberación de gases de efecto invernadero, particularmente dióxido de carbono producto de la quema de combustibles fósiles como carbón y petróleo, y en menor medida de madera y bosques, que habían causado un terrible calentamiento global que volvía loco el clima y amenazaba con causar daños inimaginables a escala mundial.

Pero eso no era todo: Scrooge –la humanidad, en este cuento– había también permitido que el sistema económico mundial fuera regido por una ideología que algunos llaman neoliberalismo, aunque otros niegan su existencia, pero que había acentuado la desigualdad y debilitado el poder de los gobiernos para controlar a las grandes corporaciones. Y no sólo eso: también había permitido que el sistema educativo de muchísimos países se degradara, deslumbrado por promesas como que el uso de computadoras sustituiría a la enseñanza tradicional, o que los estudiantes ya no necesitaban saber cosas, sino sólo “saber cómo aprender”. Esto, sumado a la revolución digital, tuvo como resultado que las generaciones jóvenes casi no leyeran libros, y que cualquier texto de más de 140 caracteres fuera considerado como “demasiado largo”. Para no hablar del deterioro de sus habilidades matemáticas y su cultura general. Todo esto había tenido como consecuencia que el pensamiento crítico, la herramienta más poderosa de que el ser humano dispone para sobrevivir y hacer de su mundo algo mejor, fuera cada vez menos apreciado y estuviera cayendo en franco desuso (un preocupante signo de esto era la desconfianza en la ciencia y sus resultados que se había vuelto común en los medios y entre los ciudadanos de todas las naciones, para regocijo de charlatanes y conspiranoicos).

Pero además, Scrooge –que sigue siempre representando, en este relato, a la humanidad– había permitido que los viejos conflictos que hay entre religiones que no han pasado por un proceso de reforma y secularización, como el Islam, y el mundo occidental cristiano, o como los que persisten entre Israel y Palestina, siguieran creciendo hasta provocar nuevas guerras, actos de terrorismo y violencia, pérdida de libertades en diversos territorios y otros males parecidos.

El Fantasma de la Navidad Presente, por su parte, le mostró a Scrooge los resultados de todo esto: un mundo donde la injusticia y la desigualdad van en aumento, donde las instituciones que habían promovido un mundo con mayor bienestar para cada vez más personas se están desintegrando; donde la estabilidad laboral, la seguridad social, la paz, la salud y la confianza misma en un ambiente propicio, saludable y sostenible están en riesgo. Donde los ideales de la Ilustración se consideran obsoletos. Un mundo donde, simbólicamente, un sociópata ignorante, egoísta, mentiroso, inseguro, rencoroso e impulsivo como Donald Trump puede ser presidente del país más poderoso, y toma todos los día decisiones que dañan a millones de personas.

Dos de las más recientes, enfatizó el Fantasma de la Navidad Presente, son haber despedido a la totalidad de su Consejo Asesor sobre VIH/sida –lo cual hace temer que apoyará medidas retrógradas y peligrosas como promover la abstinencia en vez de impartir una necesaria educación sexual a los jóvenes estadounidenses– y lanzar una orden que prohíbe que el Centro de Prevención y Control de Enfermedades estadounidense  use palabras como “transgénero”, “feto”, “diversidad” “vulnerable”, ni las expresiones “basado en evidencia” o “basado en datos científicos”, lo cual representa, además de un riesgo para la salud del pueblo estadounidense, un ataque a la defensa de los derechos humanos y al pensamiento científico que había sido, entre otras cosas, uno de los motores del progreso de los Estados Unidos.

En este punto usted podría pensar que Scrooge sería más adecuado en esta historia para representar a Trump. Pero no es así: después de todo, Scrooge, al final del clásico cuento de Dickens, termina recapacitando y cambiando para volverse una mejor persona. Cosa que Trump jamás hará, porque está incapacitado para hacerlo. (Trump se parecería más, en todo caso, a Marley, el socio de Scrooge que terminó penando eternamente mientras arrastraba cadenas, y regresó sólo para intentar salvar el alma de su amigo, advirtiéndole de la próxima visita de los tres fantasmas.)

¿Y qué pasó entonces? Me encantaría decirle que Scrooge –la humanidad– recapacitó, tomó medidas urgentes para corregir todo lo que estaba mal, y que la historia tuvo un final feliz. Pero… no parece que vaya a ser así.

Y colorín colorado, este cuento, igual que este desconcertante año, se ha acabado. Este columnista le desea, a pesar de todo, el mejor 2018 que sea posible.

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lunes, 25 de diciembre de 2017

Grana cochinilla

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de diciembre  de 2017

Grana, guinda, carmín, púrpura, carmesí… los nombres del color que nuestros ojos y cerebros interpretan como “rojo” son muy variados. Y la historia del color rojo, como la de otros colorantes, además de ser fascinante, ha estado desde siempre ligada a la de la química.

Los colorantes o pigmentos son sustancias que, gracias a las características de su estructura química, absorben ciertas longitudes de onda de la luz blanca del sol y reflejan otras (a su vez, esto es debido a la configuración de los electrones en los enlaces químicos que unen los átomos para formar dichas moléculas, electrones que pueden absorber fotones de luz de ciertas frecuencias, pero no los de otras). Así, una sustancia roja no emite luz roja, sino que absorbe todos los demás colores presentes en la luz blanca y refleja sólo la parte roja del espectro de luz visible.

Los colorantes han sido útiles, a lo largo de la historia, para impartir color a las creaciones humanas. Y pocas creaciones humanas dependen tanto del color como la ropa. Por eso ciertos colorantes, como el famoso púrpura de Tiro, que se extrae sólo de ciertas especies de caracol, y cuyo costo era estratosférico, se convirtieron en símbolos de riqueza, e incluso de la realeza.

Algo similar ocurrió con el colorante rojo llamado “grana cochinilla”, producido por el insecto conocido como cochinilla de la grana (Dactylopius coccus), originario de América y que infesta preferentemente las pencas de los nopales (Opuntia). Los pueblos originarios de México ya cultivaban y cosechaban la cochinilla para extraer el colorante. Cuando los conquistadores españoles descubrieron el valor de este “oro rojo”, que alcanzaba precios estratosféricos, comenzaron a comercializarlo en Europa, donde los tintoreros, que eran quienes teñían las telas usadas por la nobleza, se volvieron locos por él debido a su elegancia y calidad (pues aunque había otros colorantes rojos, como los obtenidos de frutos y bayas, pocos podían competir con la intensidad y permanencia de la grana). Pronto las telas rojas teñidas con grana cochinilla se volvieron sinónimo de riqueza y alcurnia.

Y, como se explica en la magnífica exposición “Rojo mexicano”, que se presenta en el Palacio de Bellas Artes desde el pasado 10 de noviembre, de los tintoreros la fiebre por el tinte de grana pasó a los pintores, que la buscaron primero para reproducir lo más fielmente posible los ropajes de los personajes nobles y poderosos que retrataban, y después como un pigmento único que enriqueció su paleta.

La exposición, que es una delicia, va desde la química del colorante y la biología de la cochinilla (el insecto produce ácido carmínico, molécula útil para repeler a sus depredadores; pero la cochinilla misma no es roja, porque el colorante sólo se produce al mezclar el ácido carmínico con alumbre para producir su sal de aluminio, que es la que tiene un intenso color rojo), pasando por la historia de su cultivo, en tiempos prehispánicos y durante la Colonia (hay unos apuntes maravillosos del gran divulgador científico virreinal José Antonio Alzate sobre el cultivo de la cochinilla), a sus usos en la industria del vestido y la pintura en diversos periodos, y hasta sus aplicaciones actuales en la industria alimentaria.

Y con ese pretexto, se presentan obras valiosísimas de pintura y artesanía mundial, entre ellas la famosa recámara de Van Gogh y otros cuadros únicos de pintores famosos, con una museografía de primera. Y, por si fuera poco, se habla también de ciencia, pues la exposición misma es producto de un proyecto científico-artístico en que se usó la más moderna tecnología para confirmar de forma categórica cuáles de esos pintores usaron realmente la grana cochinilla en sus obras, a lo largo de la historia del arte (spoiler: Van Gogh sí la usó, pero no para lo que uno hubiera pensado).

En 1856, cuando Van Gogh tenía apenas 6 años, el químico inglés William Perkin produjo en su laboratorio el primer colorante sintético, la malveína, de color púrpura, que sustituyó al carísimo púrpura de Tiro. Pertenecía a la clase de las anilinas, que eran muy baratas de producir. Luego llegarían otras de colores variados, incluyendo el rojo, con lo que el uso de la grana entró en decadencia… aunque algunos pintores, como el propio Van Gogh, la seguían prefiriendo a los pigmentos sintéticos para lograr algunos efectos. Y en décadas recientes la industria alimentaria ha dejado de usar ciertos colorantes rojos sintéticos, de propiedades cancerígenas, para sustituirlos por el llamado “rojo natural 4”, que no es otro que la grana cochinilla, que vive así un renacimiento, reforzado por el aprecio de artesanos y artistas modernos.

No sé si la túnica original de San Nicolás de Bari, de quien deriva la figura de Santa Clos, fuera roja, pero si lo fue, seguramente no estaba teñida con grana cochinilla, porque vivió alrededor del año 300, más de mil años antes del descubrimiento de América. Pero sí pudo estar teñida con algún colorante similar, pues, tal como se muestra en la exposición, hay regiones como Armenia o Polonia donde otras especies de insectos cercanas a la cochinilla de la grana se han usado para obtener colorantes similares, aunque en mucha menor escala.

Lo que sí sé es que, si anda usted en la Ciudad de México en estos días, y tiene un rato libre, puede aprovecharlo para visitar esta maravillosa y muy disfrutable exposición, que estará abierta hasta el 4 de febrero, de martes a domingo, de 10 a 18 horas (domingos entrada gratuita).

Este columnista le desea que haya pasado una muy feliz navidad.

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Contacto: mbonfil@unam.mx