domingo, 12 de febrero de 2017

Pasión por el conocimiento

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Si usted no ha ido a ver la película Talentos ocultos (Hidden figures), por favor deje de leer esta columna y corra al cine a disfrutarla.

Como usted sabrá si ha leído La ciencia por gusto durante algún tiempo, de vez en cuando suelo comentar cintas que tienen alguna relación con temas científicos. Talentos ocultos es un ejemplo notable.

El filme, dirigido por Theodore Melfi en 2016 –aunque su estreno masivo fue en 2017–, y con guión del propio Melfi y Allison Schroeder, está basada en el libro del mismo nombre de la escritora Margot Lee Shetterly. Narra la historia real de la participación de tres matemáticas negras en el programa espacial de la NASA en 1961. Formaban parte del proyecto Mercury, que existió entre 1958 y 1963 y que tenía la misión, frente a los avances soviéticos –el lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik 1, en 1957, y el primer hombre en viajar al espacio exterior, Yuri Gagarin, en 1961– de poner a un astronauta estadounidense en órbita y regresarlo a salvo a la Tierra.

La cinta, magistral en todos los sentidos –guión, dirección, actuación, vestuario y escenografía, música, iluminación–, es una delicia y un muestrario de las características de la sociedad estadounidense de entonces. Exhibe, por ejemplo, y como parte fundamental de la trama, el tremendo racismo que era todavía parte de la vida cotidiana de ese país, al menos en algunos Estados (como Virginia, donde está el Centro de Investigación Langley de la NASA, donde ocurre la acción). Y muestra al mismo tiempo el movimiento de lucha por la igualdad de derechos para los negros, que estaba en pleno apogeo con líderes como Martin Luther King.

Deja clara también la terrible presión política, en plena Guerra Fría, a que estaba sometida la NASA (recién creada en 1958, a partir de su antecesor, el Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica, o NACA, nacido en 1915), y cómo esto ayudó a impulsar, en un ambiente de fervor nacionalista, el desarrollo científico y tecnológico estadounidense.

Pero más que nada –y en mi opinión esto es lo que realmente hace memorable a la película– muestra la enorme pasión que las tres protagonistas, las matemáticas “de color” Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson (encarnadas por las actrices Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe), sentían por su trabajo, y la forma en que lucharon contra los prejuicios, tan comunes y “normales” entonces, hacia las mujeres y los negros.

Cada una a su manera –Katherine Johnson calculando trayectorias para los lanzamientos de cohetes, Dorothy Vaughan como supervisora del grupo de “computadoras de color” (matemáticas negras contratadas para realizar cálculos en la época en que las computadoras electrónicas eran todavía incipientes) y posteriormente como programadora para la máquina IBM adquirida por la NASA, y Mary Jackson como aspirante a ingeniera que lucha en la corte por su derecho a estudiar–, las tres protagonistas encarnan lo que pueden lograr las personas cuando la pasión por el conocimiento se conjuga con la convicción por combatir las injusticias, aun en contra de las convenciones sociales.

El libro de Margot Lee Shetterly está basado en hechos históricos, y es resultado de una investigación quizá motivada por los relatos de su padre, que trabajó como investigador en el Centro Langley. Notablemente, es su primer libro; antes de eso, Shetterly había trabajado en finanzas y luego, junto con su marido, había vivido en México, donde editaban una revista turística en idioma inglés. Los derechos cinematográficos del libro fueron vendidos desde 2014, antes de que estuviera terminado. Y la película –que cuenta también con la actuación de estrellas como Kevin Costner, Kirsten Dunst y, como curiosidad, Jim Parsons en un papel quizá no tan distinto de su famoso Sheldon Cooper en La teoría del Big Bang– ha tenido ya, en el poco tiempo que lleva exhibiéndose, ganancias superiores a las de la superproducción La La Land (otra cinta deliciosa que no se debe usted perder, aunque no tenga nada que ver con la ciencia), y cuenta con tres nominaciones al Óscar: mejor película, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto.

La historia se centra especialmente en la vida de Katherine Johnson –la única de las tres que sigue viva– y pone de manifiesto su talento y amor por las matemáticas, su tesón por aplicar este conocimiento para colaborar en un gran proyecto, y la manera en que llegó a ser reconocida por ello (en 2015 recibió una medalla por sus méritos de parte de Barack Obama). Nos enteramos así cómo las matemáticas avanzadas eran indispensables para poder aplicar la física newtoniana, a través del desarrollo de ecuaciones novedosas, para planear las trayectorias de lanzamiento y reingreso seguro de los astronautas.

Si usted quiere disfrutar de una gran historia humana que conjuga ciencia, política, exploración espacial, la lucha contra la discriminación y la evolución de la sociedad, y todo esto a través de una magnífica película, no se pierda Talentos ocultos. Le prometo que no se arrepentirá.
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domingo, 5 de febrero de 2017

La inteligencia de los virus


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de febrero de 2017

Bacteriófagos
infectando una bacteria
Cuando pensamos en virus, la mayoría de nosotros tendemos a imaginarlos simplemente como “bichos” microscópicos que nos enferman.

Si recordamos nuestras clases de biología, quizá tengamos una visión un poco más precisa: a diferencia de las bacterias que también causan diversas infecciones, y que son organismos formados por una sola célula y sensibles a los antibióticos, los virus no son células, y ni siquiera son considerados seres vivos, sino paquetes de información genética (ácidos nucleicos) encerrados en cápsulas de proteínas que necesitan entrar a una célula para poder reproducirse (y no son afectados por los antibióticos, por lo que tomarlos cuando se padece catarro o gripe es inútil).

Aunque tanto bacterias como virus existen en la naturaleza como parte de ecosistemas complejos, donde cumplen distintas funciones –sin los millones de bacterias que viven en nuestro intestino no podríamos sobrevivir, por ejemplo–, ciertamente la meta única de los virus pareciera ser reproducirse a cualquier costo. Incluso al de matar a los organismos que los hospedan. Son verdaderos parásitos moleculares.

Sin embargo, una especie de virus que fuera terriblemente eficaz para infectar y matar a todas las células que parasita rápidamente desaparecería de la faz de la biósfera. Los virus son extremadamente específicos: normalmente sólo infectan a una especie, o a unas pocas especies relacionadas. Si matan a todos los ejemplares de éstas, cometerían suicidio, pues no tendrían manera de seguirse reproduciendo.

Probablemente debido a eso, la evolución se ha encargado de dotarlos de un mecanismo para evitar este auto-genocidio: la lisogenia. Descubierta originalmente en los virus que infectan a bacterias (los llamados “bacteriófagos” o, simplemente, fagos), la lisogenia es una ruta alternativa en el ciclo de vida viral. Normalmente, el virus entra en la bacteria, gracias a que ciertas proteínas de la cubierta del virus son reconocidas por receptores en la membrana de la bacteria, lo que les permite actuar como una llave que entra un su cerradura para abrir las puertas de la célula. A continuación se apodera de su mecanismo de reproducción y fabrica miles o millones de copias de sí mismo, hasta hacer estallar a la bacteria para liberar a su progenie y comenzar de nuevo el ciclo. En cambio, los virus lisogénicos pueden decidir integrar su material genético en el de la bacteria y quedar ahí dormidos, latentes. Hasta que alguna señal los haga despertar de nuevo.

El mecanismo de lisogenia sirve así como un control ecológico y evolutivo para evitar que los virus exterminen a sus células huésped. Muchos virus que infectan a todo tipo de organismos (como protozoarios, hongos, plantas o animales) cuentan también con mecanismos para integrarse a su material genético y permanecer latentes, aunque son bastante más complejos que la lisogenia de los bacteriófagos. Hace dos semanas hablábamos aquí, por ejemplo, de cómo el VIH permanece latente en el núcleo de las células de las personas infectadas, obligándolas a tomar de por vida sus tratamientos antirretrovirales.

Sin embargo, los mecanismos específicos que hacen que un virus elija la ruta agresiva (o “lisis”) o bien prefiera permanecer agazapado para atacar más tarde (lisogenia) todavía no son bien conocidos.

Pues bien: el pasado 26 de enero la revista científica Nature publicó los resultados de un estudio de dos años y medio realizado por un equipo de 12 científicos israelíes encabezados por Rotem Sorek, del Instituto Weizmann, donde revelan por primera vez la existencia de un mecanismo de comunicación que permite a los virus llamados phi3T, que infectan a la bacteria Bacillus subtilis, decidir si optan por la vía de la lisis (destruir las células) o la lisogenia (permanecer ocultos).

El sistema arbitrium
El sistema, que el equipo de Sorek denominó “arbitrium” (palabra latina que significa “decisión”) es relativamente sencillo: cuando los virus infectan a sus víctimas bacterianas, liberan una pequeña molécula de proteína formada por sólo seis aminoácidos (técnicamente, un “péptido”). Si demasiadas bacterias están siendo destruidas por los virus, la proteína arbitrium se acumula en el medio circundante, y cuando los virus la detectan, dejan de producir la lisis para entrar en lisogenia. Así, la población de bacterias, en vez de ser diezmada hasta desaparecer, puede sobrevivir para volver a reproducirse… hasta que los virus detecten que ya no hay proteína arbitrium y vuelvan a activarse.

Este mecanismo (que en realidad es un poco más complejo: involucra otras dos proteínas, una que actúa como detector de la proteína arbitrium dentro de las células infectadas, y otra que controla la activación de los genes que producen la lisogenia) es semejante al llamado “detección de quórum” (quorum sensing), que se presenta en muchas bacterias y que les permite saber cuándo hay una población suficiente de sus congéneres como para cooperar y producir ciertas proteínas que les permitan, por ejemplo, colonizar cierto territorio formando biofilmes (un caso conocido es la placa dental, pero también ocurre en muchos ecosistemas). Si no hay bacterias suficientes, intentar la cooperación es un desperdicio. Y como las bacterias no tienen ojos ni oídos, y mucho menos cerebro, el mecanismo de identificación de moléculas liberadas al ambiente, que es la base de la detección de quórum, les permite actuar “inteligentemente”, incluso sin tener inteligencia en el sentido humano.

¿Puede decirse que los virus también actúan inteligentemente al comunicarse entre sí para “decidir” si entran o no en fase lisogénica? La respuesta es más un problema semántico que científico. Pero, como dicen Sorek y sus colegas, que consideran su descubrimiento como un avance importante, si hallamos mecanismos similares al de arbitrium en otras especies de virus, incluso los que infectan al ser humano (Sorek y los suyos ya detectaron sistemas similares en otros 100 virus que infectan a Bacillus), podríamos aprender a interferir con ellos y controlarlos. Se podría así lograr que estos virus dormidos jamás despertaran.

La inteligencia no es sólo una facultad humana. Es una variedad de estrategias, en distintos niveles de complejidad, que en el fondo tiene una única finalidad: favorecer la supervivencia. Los virus nos están demostrando que son más inteligentes de lo que pensábamos. Quizá nuestra inteligencia humana nos permita aprovechar este descubrimiento para nuestro beneficio.

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domingo, 29 de enero de 2017

La ciencia en tiempos de Trump

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 29 de enero de 2017

La llegada al poder de Donald Trump como presidente del país más rico y poderoso del mundo, aparte de ser una realidad –una terrible realidad, que muchos en el mundo seguimos percibiendo como una espantosa realidad alterna de pesadilla, a la que tardaremos en adaptarnos–, es un símbolo.

Un símbolo de la crisis de la democracia como forma de gobierno que aspira a ser justa y representativa. Un símbolo de la nueva era que vivimos, dominada por la comunicación a través de internet y las redes sociales virtuales, que posibilitan un nivel de difusión de información –y desinformación–, así como de discusión y cooperación, pero también de agresión y manipulación, nunca antes vistos en la historia de la humanidad. Un símbolo de lo que pasa cuando una democracia es sustituida por el poder de las redes sociales, haciendo posible que un presidente de los Estados Unidos gobierne mediante tuits. Y un símbolo, finalmente, de cómo en una era así, la política, el arte de gobernar, manejada por especialistas formados para ello, es sustituida por la negociación (no en balde el libro de Trump se llama, parodiando al clásico de Sun Tzu, El arte de la negociación). Hoy, en vez de gobernantes, gobiernan negociantes; personajes de reality show, de revistas de sociales.

A una semana del comienzo de la era Trump, todavía es pronto para saber si la ola de medidas extremas y agresivas que como presidente ha tomado van a ser representativas de su gobierno, o sólo un desplante para mostrar que está dispuesto a cumplir sus locas promesas de campaña (ni siquiera sabemos aún si realmente tendrá posibilidad de cumplirlas, pues muchas de ellas tienen que ser aprobadas por el Congreso). Pero, dados los antecedentes, lo más sensato es pensar y actuar como si fuera a cumplirlas.

Y en medio de la ola de desastrosas medidas económicas, políticas y policiales que Trump está desatando, hay algo que es, si no más grave, sí igual de alarmante: el ataque que está llevando a cabo contra las instituciones científicas y contra la idea misma de ciencia.

Ya desde su campaña­ se sabía que Trump es un negacionista del cambio climático, que se resiste a admitir la evidencia que demuestra, ya sin margen de duda razonable, que la liberación de gases de efecto invernadero de origen humano a la atmósfera está alterando el clima de manera irreversible y catastrófica. También había mostrado que cree en las teorías de conspiración que relacionan las vacunas con el autismo, por más que hayan sido totalmente refutadas.

Pero en los pocos días que lleva gobernando ha nombrado a personas que comparten éstas y otras peligrosas creencias anticientíficas en puestos clave como la Agencia de Protección Ambiental (EPA), el Departamento de Energía (DOE) o como secretarios de Estado. Y ha tomado medidas como eliminar la página de cambio climático de la Casa Blanca e imponer una veda (cuya duración se desconoce) a la difusión de información científica generada con fondos federales en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y la propia EPA. Asimismo, ha amenazado con someter a revisión por parte de políticos del gobierno –además de las revisión por pares científicos­– cualquier información proveniente de la EPA, antes de aprobar su publicación.

Probablemente habrá un periodo de ajuste, de tira y afloja, en el que irá quedando claro en qué casos se trata sólo de ajustes burocráticos para controlar la información que circula en las cuentas oficiales y páginas web, cuándo se trata de intentos reales de censura, y si éstos se sostienen o se echan atrás (la administración de Trump ya salió a aclarar que se trataba de “malentendidos” en algunos casos). Mientras tanto, empleados federales de la NASA, el Servicio Nacional de Parques (NPS), la EPA, el USDA y otras dependencias federales relacionadas con la ciencia, la salud y el ambiente han abierto cuentas de Twitter “alternativas”, de resistencia, para seguir difundiendo información confiable relacionada con el cambio climático y otros temas que la administración Trump preferiría silenciar, y para protestar contra estas medidas exageradas de control.

Al mismo tiempo, la comunidad científica estadounidense está comenzando a organizar una gran marcha –siguiendo el ejemplo de la marcha de las mujeres– para demostrar su desacuerdo con este sesgo anticientífico. Incluso se comienza a hablar de lanzar a científicos como candidatos al Congreso y otros puestos de elección (que los científicos lleguen a pensar en convertirse en políticos habla de lo grave que pinta la situación).

La ciencia se basa en la obtención de datos, su análisis y la generación de hipótesis para explicarlos, y la contrastación de sus conclusiones con nuevos datos, en un proceso continuo. Y requiere de la discusión libre, abierta y crítica. En ciencia sólo los datos y la argumentación racional cuentan. Por supuesto, como en cualquier actividad humana, es inevitable que haya sesgos, conflictos de interés, corrupción, deshonestidad y errores. Pero no existe ningún otro campo de actividad humana donde se haya logrado imponer, para minimizar estos problemas, controles de calidad de un nivel comparable a los que existen en ciencia. Los científicos hacen todos los esfuerzos posibles para no engañarse, pues saben que la esencia misma de su labor depende la confiabilidad de sus datos.

La lógica de Trump, y de los conservadores de derecha, que viven en los tiempos de la “posverdad” donde lo que importa no son los hechos, sino la coincidencia de éstos con mis creencias previas, y donde se habla de “hechos alternativos” (como dijera la vocera de Trump Kellyanne Conway), es totalmente contraria al pensamiento científico. La administración Trump hoy habla de “ciencia liberal”, a la que descalifica, como si la ciencia dependiera de las ideologías políticas.

La erosión del sistema científico estadounidense, que tendría repercusiones a nivel global, y que dificultaría aún más enfrentar la crisis de desinformación anticientífica que padece el mundo –con gente que niega la utilidad de las vacunas, la existencia del VIH o la realidad y los riesgos del cambio climático– podría ser uno de los más grandes daños que dejará la presidencia de Donald Trump. El mundo necesita más ciencia, y más confianza en ella, para aplicarla a resolver los problemas que nos agobian. Atacarla y socavarla es suicida.

Ojalá se pueda hacer algo para evitarlo.


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domingo, 22 de enero de 2017

Tijeras moleculares contra el VIH

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 22 de enero de 2017

El sistema CRISPR-Cas
La gente que no entiende la ciencia tiende a satanizar la investigación básica, pues pareciera que sólo gasta dinero para satisfacer la curiosidad de los científicos. Piensan que busca entender la naturaleza y manipularla sólo por el placer de hacerlo, investigando temas abstractos y esotéricos que “no sirven para nada”… Nada práctico, se entiende.

Sin embargo, la historia de la ciencia y la tecnología está llena de ejemplos de que incluso la investigación básica más abstrusa da origen, de manera inesperada, a aplicaciones que cambian la vida de muchas personas.

En biología molecular, las aplicaciones prácticas de los descubrimientos que se han hecho sobre los sistemas de reproducción y control de los genes de las células han aparecido más bien rápido. La llamada “ingeniería genética” –es decir, la capacidad de producir moléculas de ADN que contengan genes de distintas especies y lograr que se expresen en células u organismos vivos para producir sustancias útiles o para obtener organismos “transgénicos” con características deseables– se desarrolló sólo dos décadas después del descubrimiento de la estructura de la doble hélice. Hoy contamos con muchas técnicas de manipulación genética que son muy útiles como herramientas de investigación básica, pero también en la industria y la medicina.

El rápido avance de estas tecnologías se debe, en parte, a que los biólogos moleculares no las “inventan”, sino que más bien adoptan y adaptan herramientas moleculares que ya existen en las células vivas para aplicarlas de maneras novedosas. El ejemplo más reciente y destacado es el desarrollo de la tecnología CRISPR-Cas, que le mereció el Premio Princesa de Asturias en 2015 a las dos científicas que lo desarrollaron, la sueca Emmanuelle Charpentier y la estadounidense Jennifer Doudna.

CRISPR-Cas es un sistema de defensa que se descubrió en muchas bacterias. Consiste en una proteína (Cas) que reconoce ciertos sitios en el ácido nucleico de virus que invaden las bacterias y los destruye, cortándolos. ¿Como reconoce Cas a los virus que debe destruir? Los compara con fragmentos de ácido nucleico que ya están previamente contenidos en la célula (los llamados CRISPR). Charpentier y Doudna se dieron cuenta de que fabricando estos fragmentos en forma artificial podrían “ordenar” a la proteína Cas que corte cualquier fragmento de ADN que se desee: convirtieron así a Cas en unas tijeras moleculares programables. Desde el desarrollo del sistema por Charpentier y Doudna, CRISPR-Cas se ha convertido en una potentísima herramienta de investigación que se usa en todo el mundo.

Pero ahora también se buscan maneras de utilizarla como posible herramienta terapéutica. Y ¿qué mejor objetivo que el VIH?

Como se sabe, el virus de la inmunodeficiencia humana causa el temido sida. Aunque hoy se cuenta con avanzadas terapias antirretrovirales que permiten que una persona infectada no muera y pueda llevar una vida prácticamente normal, el número de personas infectadas en el mundo sigue creciendo (a pesar de que evitar la infección es tan fácil como usar un condón). Y todavía no es posible curar la infección.

Esto último se debe a que el virus, al infectar a las células del sistema inmunitario, no sólo las destruye: también inserta su información genética dentro del ADN de las propias células sobrevivientes. El virus puede así quedar “dormido”, latente dentro del núcleo de las células en distintas partes del cuerpo: la sangre, el tracto digestivo, los nódulos linfáticos y hasta el cerebro. La terapia antirretroviral evita que los virus se reproduzcan, pero en cuanto se deja de tomar, los virus latentes se reactivan y el paciente vuelve a enfermar. Por eso, quienes viven con VIH se ven obligados a tomar la terapia de por vida, con los efectos secundarios a largo plazo que ésta puede tener.

¿Sería posible utilizar una tecnología como CRISPR-Cas para combatir la infección por VIH? Varios grupos de investigación lo han intentado, usando células en cultivo en laboratorio. Inicialmente la técnica funciona, pero se ha visto que las copias del virus insertadas en el ADN humano pronto se vuelven resistentes, cuando la zona que es reconocida y cortada por la tijera molecular sufre mutaciones.

Resumen del experimento
de Atze T. Das
Pero en diciembre de 2016 un grupo de investigación de la Universidad de Ámsterdam, en los Países Bajos, encabezado por el doctor Atze T. Das, publicó los resultados de un estudio en el que aplicó un enfoque más enérgico. Las primeras terapias antirretrovirales fracasaban cuando el VIH mutaba para volverse resistente, hasta que surgió la idea de utilizar tres medicamentos simultáneamente (los llamados “cocteles” antirretrovirales, o terapia antirretroviral altamente activa). Si la probabilidad de que el VIH mute para volverse resistente a un medicamento, sin dañar al mismo tiempo alguno de los sistemas que necesita para reproducirse, es baja, la probabilidad de que mute para volverse resistente a tres medicamentos a la vez es casi nula. Pensando en el éxito que tuvo esta estrategia, Das decidió probar qué pasaría al programar el sistema CRISP-Cas para cortar dos blancos moleculares en el genoma del VIH de sus células en cultivo. Y halló que el virus era totalmente incapaz de mutar para escapar a este asedio.

En otras palabras, las células quedaban “funcionalmente curadas” de la infección por VIH: éste era incapaz de salir de su estado durmiente (o, más bien, los virus que se producen no son capaces de infectar a otras células y reproducirse). Si se lograra esto en pacientes con VIH, el resultado equivaldría a una cura, para todo fin práctico, y podrían dejar de tomar los medicamentos.

Por supuesto, se trata sólo de una prueba de concepto, realizada en condiciones de laboratorio. Algunos colegas de Das opinan que se podría mejorar utilizando tres y hasta cuatro blancos moleculares. Y habría que buscar una manera de introducir el sistema CRISP-Cas en las células vivas de pacientes infectados con VIH (otros grupos de investigación ya están desarrollando vehículos moleculares para este fin, consistentes en partículas modificadas de otro tipo de virus, aunque esto podría aumentar el riesgo de cáncer en los pacientes).

Sin embargo, al ritmo que se están desarrollando las nuevas herramientas moleculares que pueden utilizarse para terapias génicas de este tipo, es posible pensar que un plazo no demasiado largo pudiera vislumbrarse no sólo una cura funcional para la infección por VIH, sino remedios para muchas otras enfermedades.

Definitivamente, la investigación científica básica es una inversión a largo plazo. Pero cuando sus aplicaciones resultan exitosas, el dividendo puede ser incalculable.

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domingo, 15 de enero de 2017

El fraude homeopático

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de enero de 2017

A fines de diciembre pasado la revista Proceso publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología 2015, elaborada por la UNAM, donde se revela, entre otras tristes muestras de la falta de cultura científica en nuestra población, que “los mexicanos tienen más confianza en los horóscopos que en la ciencia”.

El resultado no es sorprendente: otras encuestas llevadas a cabo con cierta regularidad en nuestro país ofrecen siempre resultados similares: poca confianza en la ciencia, poco conocimiento de ella, incapacidad para distinguir entre ciencia legítima y seudociencias.

El problema de distinguir entre la ciencia digna de confianza y sus imitaciones fraudulentas no es algo que se resuelva fácilmente: ha ocupado durante más de un siglo a científicos, filósofos y otros especialistas, quienes lo conocen como el “problema de la demarcación”.

Y es que tanto la ciencia como muchas falsas ciencias tienen el mismo origen: la curiosidad humana, la búsqueda de respuestas a problemas, el uso del sentido común, de la observación y la experimentación para tratar de obtener conocimiento sobre la naturaleza, que nos permita entender el movimiento de los astros o los ciclos naturales del planeta, curar enfermedades y tomar decisiones en la vida. La diferencia es que muchas disciplinas se conforman con respuestas que suenen lógicas o coherentes, y toman en cuenta sólo los datos que coincidan con ellas. Surgen así disciplinas seudocientíficas como la astrología, la alquimia, el espiritismo o la grafología (en la vertiente que pretende revelar el carácter de una persona a través de su escritura).

La ciencia legítima, en cambio, ha hecho esfuerzos a lo largo de cientos de años para desarrollar métodos que impidan a los científicos engañarse a sí mismos, pues reconocen la multitud de sesgos cognitivos que nuestra especie posee y que nos hacen pensar, por ejemplo, que porque algo ocurre una vez ocurrirá siempre, o que porque dos eventos ocurrieron uno después de otro hay entre ellos una relación de causa y efecto. La observación y experimentación repetidas y controladas, y sometidas a la revisión y crítica de terceros, así como el uso de la estadística, son parte del complejo sistema de control de calidad que la ciencia moderna usa para tratar de reducir al mínimo la tendencia humana a engañarse.

Aun así, se puede defender el derecho de las personas a creer en aquello que les convenza, sean éstas historias de extraterrestres que nos visitan en platillos voladores, influencias planetarias que afectan nuestro destino, o la existencia de fantasmas y otros seres sobrenaturales. Simplemente, hay que insistir en que dichas creencias carecen de todo sustento científico, como lo demuestran numerosas investigaciones llevadas a cabo durante décadas.

Pero cuando se trata de la salud pública, hay que marcar límites. Existe una infinidad de seudociencias médicas que proliferan en todos los países y afirman, en contra no sólo de la lógica y el conocimiento científico, sino de toda la evidencia disponible, poder curar enfermedades. Acupuntura, homeopatía, reiki, aromaterapia, flores de Bach, curación con cuarzos o péndulos, terapias “cuánticas”… la lista es interminable.

En particular la homeopatía tiene una larga historia: fue inventada a fines del siglo XVIII por el alemán Samuel Hahnemann, quien a partir de los efectos contra la fiebre de la quinina –que servía para combatir la malaria, pero que tomada por alguien sano podía producir fiebre– hizo la generalización de que “lo semejante cura lo semejante”. A partir de ese y otros caprichosos principios, como el de que una sustancia se hace más “potente” cuanto mayor sea su dilución (siempre y cuando antes se agite vigorosamente cien veces, claro), y manteniendo ideas provenientes de la medicina hipocrática, Hahnemann creó la homeopatía.

La explicación de la gran popularidad de esta seudomedicina es compleja. El caso es que a principios del siglo XX tuvo gran popularidad en Francia, de donde fue importada, a instancias de homeópatas mexicanos, por el gobierno de Porfirio Díaz, que fundó el Hospital Nacional Homeopático (que subsiste hasta nuestros días, como parte de la Secretaría de Salud, y que fue recién remodelado y reinaugurado en 2014), y la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía, que hoy es parte del Instituto Politécnico Nacional y forma, lamentablemente, médicos con preparación científica y al mismo tiempo homeopática.

El problema con la homeopatía es que, a pesar de sus más de dos siglos de historia, ha demostrado ser una terapia completamente inútil: numerosísimos estudios hechos durante décadas en todo el mundo lo confirman. Por supuesto, mucha gente afirma haberse curado con tratamientos homeopáticos. Lo mismo ocurre con otras terapias, o con quien pone una veladora a la virgen o se hace una limpia. Pero estas curaciones son sólo producto del efecto placebo: la aparente acción terapéutica de un tratamiento que no se debe realmente a éste. Por otro lado, los principios teóricos de la homeopatía van en contra de todo el conocimiento químico y farmacológico acumulado durante siglos. El efecto de una sustancia disminuye, no aumenta, con su dilución, y las diluciones homeopáticas frecuentemente implican que la solución no contiene ya ni una sola molécula de la sustancia supuestamente curativa (los homeópatas explican esto diciendo que lo que se preserva es su “espíritu curativo”).

Aunque hay homeópatas en todo el mundo y una industria transnacional que fabrica estos inútiles medicamentos, y aunque en Alemania –tan dada a las supersticiones naturistas– goza de gran prestigio, en numerosos países avanzados como el Reino Unido, Francia, España, Australia, Holanda o Suiza las autoridades y la comunidad médica han reconocido su inutilidad terapéutica, y en algunos países se ha logrado que los tratamientos homeopáticos dejen de recibir apoyo del sistema de salud pública. Y en noviembre de 2016 la Comisión Federal de Comercio de los Estados Unidos determinó que “Los remedios homeopáticos (…) tendrán ahora que venir con una advertencia que especifica que están basados en teorías anticuadas no aceptadas por la mayoría de los expertos médicos modernos y que no hay evidencia científica de que el producto funcione”.

Desgraciadamente, sus raíces históricas y amplia aceptación hacen que la homeopatía siga formando parte del sistema de salud mexicano. Recientemente, el diario La Jornada publicó varios reportajes donde presenta, con la opinión de homeópatas y fabricantes de medicamentos homeopáticos, a esta seudomedicina como una opción no sólo válida, sino mejor que la medicina científica (a la que los homeópatas llaman, erróneamente, “alopática”), con el argumento de que “no causa efectos secundarios”. E informa, asimismo, que en el Diario Oficial de la Federación se publicó, en agosto pasado, la “Primera Actualización del Cuadro Básico y Catálogo de Medicamentos Homeopáticos”.

Con esto, el gobierno federal, y las autoridades de salud, continúan avalando una terapia inútil que muchas naciones avanzadas ya están, afortunadamente, comenzando a rechazar, pues defrauda la confianza de los ciudadanos al ofrecer tratamientos ineficaces para tratar enfermedades reales.

Cierto: los mexicanos confiamos más en los horóscopos que en la ciencia. Y también en las seudomedicinas.

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