domingo, 15 de octubre de 2017

El Estado Laico, bajo ataque


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de octubre  de 2017

Aunque muchos pesimistas profesionales se nieguen a reconocerlo, es un hecho que la humanidad progresa.

Parte de sus avances se los debemos a la ciencia (y su ahijada, la tecnología). La prensa de tipos móviles, las vacunas y antibióticos, los transportes y las telecomunicaciones, la computación, internet y todos sus derivados… todo ello ha contribuido a mejorar el nivel de vida y la posibilidades de desarrollo de una fracción cada vez más grande de la humanidad. Basta considerar que la tasa de mortalidad promedio a nivel global descendió de 800 a menos de 100 por cada 100 mil habitantes entre 1900 y el año 2000, mientras que la esperanza de vida subió de 50 a más de 75 años en el mismo periodo.

Pero otra parte del progreso se debe a avances humanísticos, filosóficos y jurídicos: hasta hace no poco la esclavitud, el racismo, la discriminación por orientación sexual o por minusvalía, y el maltrato y restricción de derechos a las mujeres (¡la mitad de la población humana!) eran vistas como algo normal, natural o hasta benéfico y necesario. Hoy, aunque siguen ocurriendo, han disminuido notoriamente y son ya indefendibles.

Y hay que decir que la ciencia ha jugado también su parte en estos logros, al mostrar que la idea de que existen razas humanas, o de que hay diferencias en las capacidades entre los sexos, o de que las orientaciones no heterosexuales son enfermedades, carecen totalmente de sustento. (Y los desarrollos tecnológicos también han jugado su parte en estos avances: desde la imprenta hasta las computadoras, internet y las redes sociales, han colaborado a que el conocimiento y la educación, la discusión democrática, la rendición de cuentas, la denuncia de injusticias y la organización de movimientos en defensa de los derechos humanos estén al alcance de un número cada vez mayor de ciudadanos en el mundo.)

Entre los avances sociales más importantes que la humanidad ha logrado está reconocer que no puede haber Estados modernos y justos donde no haya democracia, libertades ciudadanas y acceso a los derechos humanos fundamentales. Y parte importantísima de eso es que haya una separación entre Iglesia y Estado: un Estado moderno tiene que ser un Estado Laico. En parte porque sólo dejando a las creencias religiosas fuera del ámbito de gobierno pueden evitarse injusticias que beneficien a quienes profesan alguna religión por encima de quienes tienen creencias distintas, o a quienes no las tienen. Pero también porque muchas de estas creencias, que al aplicarse al ámbito público afectan la vida de las personas, carecen de sustento más allá del dogma: no sirven para resolver problemas reales, ni como sustento para tomar decisiones en beneficio público. Es por eso que en todas las sociedades modernas, incluyendo la mexicana, la ley privilegia el conocimiento científico, basado en evidencia confiable, como base para tomar las decisiones que afectan y regulan la convivencia social.

En México, esta lucha se dio al menos desde 1859, con la Guerra y las Leyes de Reforma, que entre otras cosas garantizaron precisamente la separación iglesia-estado, la no injerencia de la religión en asuntos de gobierno, y derechos tan fundamentales como la libertad de cultos o el matrimonio civil. Hoy la lucha por extender los derechos humanos de los ciudadanos ha dado como resultado que, en al menos algunas partes del país, derechos como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario o la no discriminación por orientación sexual, identidad de género o discapacidad sean realidades que nos ayudan a ser una sociedad más humana y más justa.

Sin embargo actualmente, en vísperas de las elecciones de 2018, vivimos un resurgimiento de la injerencia religiosa en política que busca vulnerar al Estado Laico y reducir los derechos ciudadanos. Dos preocupantes casos se han presentando en las semanas recientes.

Uno es el del gobernador de Nuevo León y aspirante a candidato independiente a la presidencia Jaime Rodríguez Calderón, “el Bronco”, quien se han caracterizado por hacer alarde de sus creencias religiosas en actos de gobierno, y que ha declarado públicamente que los recientes terremotos que asolaron a nuestro país, junto con otros desastres, eran consecuencia de que “hemos sido demasiado liberales en el tema de la fe”.

El segundo caso es mucho peor: la diputada Norma Edith Martínez Guzmán, del Partido Encuentro Social –un partido religioso cuya misión principal es tratar de introducir las creencias de la religión evangélica pentecostal en la legislación mexicana. La señora ya se había hecho famosa en noviembre de 2016 por sus ridículas declaraciones en contra del matrimonio igualitario, donde argumentó que si se aprobaba “después veremos a la gente casarse con delfines o laptops”. En esta ocasión logró presentar –en un madruguete que aprovechó la distracción causada por los sismos– una iniciativa que busca modificar la Ley General de Salud para introducir la “objeción de conciencia”, con el fin de que los trabajadores de la salud –entre los que incluye no sólo a médicos y enfermeras, sino a pasantes, técnicos de laboratorio y hasta camilleros– puedan negarse, con base en sus creencias religiosas, a prestar atención médica a los pacientes que la requieran. Lo peor es que ¡la propuesta fue aprobada por una mayoría de 313 votos a favor! (frente a 105 en contra y 26 abstenciones).

Es un asunto grave: la propuesta permitiría no sólo negar la atención a mujeres que deseen interrumpir su embarazo en aquellas entidades y bajo las condiciones en las que tienen derecho a ello: también podrían permitir al personal negarse a efectuar transfusiones o trasplantes –que los creyentes evangélicos y de otras denominaciones cristianas no aceptan–, así como oponerse a la anticoncepción, la eutanasia, la investigación con células madre y los tratamientos a pacientes con enfermedades de transmisión sexual.

Esta iniciativa muestra claramente el daño que las creencias religiosas causan cuando se introducen al ámbito público. Urge que el Senado, al revisarla, la rechace. Pero más allá de eso, urge que los ciudadanos exijamos a políticos, legisladores y gobernantes que respeten y hagan respetar el Estado Laico y la separación Estado-Iglesia.

Eso, o tendremos que cambiar el nombre del Paseo de la Reforma a “Paseo del Estado Confesional”.


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domingo, 8 de octubre de 2017

Los Nobel 2017

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de octubre  de 2017

Ondas gravitacionales
Como ocurre cada año, esta primera semana de octubre trajo consigo los anuncios de los premios Nobel. Y como cada año, este comentarista de la ciencia se las ve negras para tratar de decir algo sobre los tres premios en áreas científicas en el exiguo espacio de su columna.

Comencemos por el de física: lo recibieron el alemán Rainer Weis y los estadounidenses Barry C. Barish y Kip S. Thorne “por sus contribuciones decisivas a [el diseño de] el detector LIGO y la [primera] observación de ondas gravitacionales” (corchetes míos). Como ya comenté sobre él en este espacio, en su momento (18 de febrero de 2016), sólo mencionaré que la gran importancia del descubrimiento, que confirma nuevamente la teoría de la relatividad de Einstein, queda de manifiesto por lo rápido que se le reconoció con el Nobel: sólo un año después de haber sido realizado.

Estructura de un ribosoma,
determinada mediante
microscopía crioelectrónica
El premio de química, por su parte, lo recibieron el suizo Jacques Dubochet, el alemán Joachim Frank y el escocés Richard Henderson, “por desarrollar la microscopía crio-electrónica para determinar las estructuras de alta resolución de biomoléculas en solución”. Se trata de un avance importante porque, en biología molecular, la forma de las moléculas que constituyen a los seres vivos es la clave para entender su función.

La microscopía electrónica tradicional no muestra más que imágenes borrosas de moléculas como el ADN o las proteínas. Para determinar su estructura detallada, átomo por átomo, se usa desde la década de los 50 la técnica de cristalografía de rayos X, que es extremadamente laboriosa y requiere que las moléculas se encuentren ordenadas en el espacio (como ocurre en un cristal o una fibra). Muchas biomoléculas no cumplen este requisito. En la década de los 80, Henderson logró mejorar la resolución del microscopio electrónico al refinar sus aspectos técnicos y utilizando nitrógeno líquido para enfriar las muestras. Al mismo tiempo, en los 70 y 80, Frank había desarrollado técnicas computacionales para procesar las distintas imágenes borrosas y bidimensionales de una misma molécula que el microscopio electrónico podía ofrecer, “promediándolas” y generando así un modelo tridimensional de la misma.

Finalmente, Dubochet desarrolló un método que permite esquivar otro de los grandes problemas de la microscopía electrónica: que se hace en el vacío, lo que causa que el agua que normalmente rodea a la gran mayoría de las moléculas biológicas se evapore, lo que altera su estructura. Dubochet logró enfriar el agua hasta que formara no un sólido (pues los cristales de hielo también dan al traste con la estructura de las biomoléculas), sino un fluido ultraviscoso: agua vitrificada. Gracias a esto, combinado con los avances realizados por sus dos colegas, la microscopía crio-electrónica de alta resolución se volvió una realidad, y el análisis de la estructura detallada de los sistemas vivos dio un salto cuántico que seguramente proporcionará enormes avances en las ciencias biológicas y de la salud.

El reloj circadiano de una célula
Por último, el Nobel de medicina o fisiología lo recibieron los estadounidenses Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, “por sus descubrimientos de los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano”. Ellos identificaron, en los años 80 y 90, el gen period, que fabrica la proteína PER –molécula maestra del reloj biológico de muchos organismos– y descifraron su función. El ritmo de fabricación de PER durante la noche, y el de su degradación durante el día, similar a los relojes de agua que mantienen el ritmo gracias a un recipiente que se va llenando hasta que se desequilibra y se vacía, y luego vuelve a comenzar a llenarse (aunque en realidad el mecanismo es mucho más complejo, y en él participan múltiples genes y moléculas que forman ciclos de retroalimentación), explica desde los ritmos de las flores que se abren al amanecer y se cierran por la noche hasta el ciclo sueño-vigilia de los humanos, central para la salud.

Tres Nobeles, tres avances grandiosos en ciencia.

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domingo, 1 de octubre de 2017

Cultura científica, ciudadanía y… sismos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 1o. de octubre  de 2017

Después de los sismos, ha circulado mucha información falsa, pero también mucha información con buen fundamento científico, que permite entender qué causa y en qué consisten los terremotos. ¿De veras es útil saberlo?

A los divulgadores científicos nos gusta pensar que nuestra labor “promueve la cultura científica de la población”. Pero no es fácil definir con claridad qué queremos decir con eso.

A veces se dice que una cultura científica consiste en tener suficiente información sobre temas científico-tecnológicos, conocer ciertos conceptos y ciertas palabras, entender cómo funcionan algunas cosas… saber ciencia.

Y es cierto: saber ciencia puede ser importante. No sólo porque el conocimiento científico es en sí mismo un logro humano valioso, un producto refinado de la creatividad humana que tiene el mismo derecho a ser conocido y disfrutado por los ciudadanos que las obras de arte. Sino porque además puede ser útil de una manera práctica, concreta.

Pero hay distintas maneras de ser útil, y distintas maneras de comunicar la ciencia. En un extremo tenemos la visión descrita dos párrafos arriba, que privilegia el comunicar contenidos, conceptos, información, datos. En el extremo opuesto tenemos el concepto de cultura científica como algo más que sólo saber cosas: que implica el poder interpretar e incorporar los conceptos y datos científicos al resto de la cultura y la vida humanas. Desde la posibilidad de aplicar ese conocimiento científico para mejorar directamente nuestras vidas, hasta concebir la ciencia como una manera de interpretar el mundo y de relacionarse con él.

La ciencia, vista desde esta perspectiva, tiene que ver no sólo con sus aplicaciones y la producción de tecnología, sino con la política, la ética, la filosofía, la economía, la convivencia social, los derechos humanos, la calidad de vida, las relaciones sociales y personales, la educación y hasta como el arte. Con nuestra visión del mundo y con nuestro actuar en él. La ciencia y la cultura científica se ven así como parte de los recursos que nos permiten desarrollar nuestras potencialidades para convertirnos en seres humanos mejores, más plenos.

De este modo, la ciencia y la tecnología nos permiten entender que los sismos no son ni castigos divinos (como ha dicho el ignorante gobernador de Nuevo León) ni consecuencia de las manchas solares, las pruebas atómicas norcoreanas ni la actividad del Gran Colisionador de Hadrones del CERN. Y también nos permiten entender sus verdaderas causas: comprender la constitución de la litósfera, su dinámica y cómo el estar situados en un sitio donde convergen varias placas tectónicas nos condena a ser un país de alta sismicidad.

Pero, ¿y eso en qué nos ayuda? Al menos a tener una comprensión real de lo que pasa, que no es poco. Pero además, a entender de manera detallada precisamente por qué algunos edificios resultaron dañados o destruidos; a prevenir, desde el punto de vista técnico, que esto vuelva a ocurrir –de hecho, el mejoramiento de los reglamentos de construcción en el antiguo DF redujo enormemente el daño potencial–, y finalmente a tener herramientas como las alarmas sísmicas o los mapas de riesgo que pueden también evitar que los fenómenos naturales se conviertan en tragedias humanas.

Pero eso son sólo datos y la aplicación de los mismos. Una verdadera cultura científica (que yo me he atrevido a definir como “la apreciación y comprensión de la actividad científica y del conocimiento que ésta produce, así como la responsabilidad por sus efectos en la naturaleza y la sociedad”) incluye además adoptar la perspectiva que la ciencia nos ofrece para interpretar lo sucedido y la manera como responderemos a ello: desde rechazar la desinformación que sólo manipula o distrae, hasta exigir, con base en información fiable, que haya rendición de cuentas y, en su caso, castigo para los culpables en los casos de corrupción que permitieron la construcción de edificios fuera de la norma. Desde la decisión de ayudar a los damnificados y las maneras más eficaces de hacerlo, a considerar una mudanza de casa o de ciudad, no con base en creencias o rumores sino en conocimiento confiable.

Al igual que los valores humanísticos, democráticos, sociales o artísticos, los valores derivados de una visión científica del mundo nos hacen ser mejores ciudadanos. La cultura científica no es sólo saber ciencia, sino incorporarla a nuestras vidas.
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domingo, 24 de septiembre de 2017

Temblor y rumores

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de septiembre  de 2017

Pocas cosas hay que no se hayan dicho ya con respecto al terremoto que asoló, con gravísimas consecuencias, a varios estados del país, y con especial rigor a los estados de Oaxaca, Morelos, Puebla y a la Ciudad de México.

Además de lamentar las tragedias, de tratar de ayudar –cada uno en la medida de sus posibilidades– de enorgullecerse ante las inmensas muestras de solidaridad y apoyo por parte de todos los miembros de nuestra sociedad, vale la pena analizar los fenómenos mediáticos que han acompañado a este terrible suceso.

Y es que, a diferencia de 1985, hoy vivimos en la era de la comunicación instantánea, de las redes sociales… y también de la desinformación. Si bien en los primeros momentos después del sismo muchas de las señales de telefonía celular sufrieron interrupciones y prestaron servicio intermitente, más tardó el temblor en terminar, y la gente en contactar a sus seres queridos, que los rumores, mentiras y teorías de conspiración en comenzar a circular.

Habrá material para numerosos estudios en teoría y sociología de la comunicación que nos expliquen por qué hubo gente que creyó buena idea lanzar información, por ejemplo, acerca de edificios “recién colapsados” (como el que se reportó el miércoles 20 en la esquina de Av. División del Norte y América, en la Ciudad de México), y que resultó ser falsa. El caso, inexplicable y absurdo, de la inexistente niña Frida Sofía será también material para futuras tesis de posgrado en ciencias de la comunicación.

Circuló también información confusa sobre temas como la utilidad del famoso “triángulo de la vida” (al parecer, es útil en regiones donde las construcciones están hechas de materiales ligeros como madera o lámina; la probabilidad de que una mesa o un librero puedan sostener el peso de muros o pisos de piedra, concreto o acero es, por el peso mismo de éstos, prácticamente nula), o sobre la manera correcta de medir la magnitud de los terremotos (los grados Richter no son ya usados por los expertos para terremotos de más de 7 grados; a partir de ese número se utiliza la escala de magnitud de momento, que mide de manera más precisa la energía total liberada durante el sismo, aunque ambas escalas son compatibles).

Pero quizá lo más notorio es la desinformación que circula acerca de “teorías” (en realidad, ocurrencias absurdas) sobre las “verdaderas” causas de los sismos que han ocurrido recientemente. Desde la lamentable diputada Carmen Salinas asegurando que fueron causados por las pruebas atómicas realizadas por Corea del Norte, o la insoportable Laura Bozzo atribuyéndolos al cambio climático (no se podía esperar menos, dado el ínfimo grado de preparación de estos grotescos personajes), hasta un charlatán llamado Alex Backman, que desgraciadamente ha adquirido notoriedad gracias a los sismos y que, por medio de videos y una página web, propaga –con preocupante éxito– ideas tan absurdas como que las manchas solares influyen en los terremotos, y que observando sus cambios éstos se pueden predecir.

No tiene caso, ni tengo espacio, para desmentir tales burradas. Sólo digamos que la totalidad de verdaderos expertos en geociencias están de acuerdo en que ni las manchas solares ­–ni ningún tipo de radiación electromagnética– influyen sobre fenómenos geológicos de la magnitud de los terremotos (como ya comentábamos aquí la semana pasada), ni hay manera alguna conocida actualmente para predecirlos. Quien diga que puede hacerlo es, simplemente, un desequilibrado o un estafador (Backman parece combinar ambas cosas, pues además de creer en las ideas más absurdas, como visitas extraterrestres, alineación de planetas, teorías de conspiración sobre vacunas y demás, vende también una gran variedad de productos inútiles, incluyendo tratamientos de “desintoxicación”, aparatos para predecir sismos y sus propias charlas).

El cerebro humano está diseñado para buscar sentido en la información que recibe. Ante una coincidencia tan increíble, pero al mismo tiempo tan poco misteriosa, como que un terremoto haya azotado a la capital por segunda vez en una misma fecha, es natural que tendamos a buscar un patrón, una explicación, una causa más allá del mero azar. No las hay. Los sismos ocurren de manera inesperada. Y algunos causan daños inmensos. Así es el mundo.

Lo que da esperanza es que al mismo tiempo, y usando los mismos medios y redes sociales, han comenzado a circular también multitud de mensajes serios, de particulares, de periodistas y comunicadores, e incluso del Gobierno de la Ciudad y del propio presidente de la República, pidiendo no compartir información falsa o no verificada, aplicar el pensamiento crítico, cotejar las fuentes y tratar de mejorar la calidad de los mensajes que se difunden.

Quizá, entre todas sus lecciones, este terremoto nos enseñe además a ser un poco más rigurosos con la información que compartimos. Ojalá.

Cuídese, querido lector o lectora.
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domingo, 17 de septiembre de 2017

La energía de los desastres

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 17 de septiembre  de 2017

Nota: este texto se escribió el sábado 16 de septiembre
y fue publicado, en versión resumida, en Milenio Diario el domingo 17,
antes del terremoto que asoló a gran parte de nuestro país
el martes 19 de septiembre.


Daños en Juchitán, Oaxaca,
luego del terrremoto del 7 de
septiembre de 2017
Las pasadas fiestas del 15 y 16 de septiembre no fueron muy alegres en nuestro país, en gran parte debido a las desgracias, climáticas y telúricas, que en las semanas anteriores lo han asolado, con la lamentable pérdida de más de cien vidas humanas y miles de damnificados y hogares destruidos en los estados de Oaxaca, Chiapas, Veracruz y otros.

Pero son quizá los sismos los que han quedado más traumáticamente grabados en la mente de los mexicanos. En parte por la historia reciente: el terremoto de 1985, que causó destrucción sin precedentes en la capital, es algo que dejó marcada a las generaciones que lo vivimos y, a través de la tradición oral, a las siguientes.

Y es que los temblores, igual que los huracanes, son manifestaciones espectaculares de la verdadera fuerza de la naturaleza, y de la impotencia real del ser humano –con toda su historia, su cultura y sus avances científicos y técnicos– ante ella.

¿Cuál es la fuente de esa fuerza? O en términos más precisos, ¿de dónde proviene la inmensa energía que se libera en huracanes o en sismos? En el primer caso, en última instancia del Sol. Tendemos a pensar que todos los cambios que ocurren en nuestro planeta, incluyendo la vida, son impulsados por la energía solar. Y a grandes rasgos es cierto: el sol es la fuerza motriz de las corrientes atmosféricas y marinas que causan los fenómenos climáticos. Y controla también, a través del movimiento de traslación de la Tierra a su alrededor, y de otros fenómenos como las manchas solares, el transcurso de las estaciones y los ciclos climáticos de mayor duración, como glaciaciones y deshielos.

Es también la energía solar, a través de la fotosíntesis, la que provee la energía que permite la existencia de prácticamente la totalidad de los organismos vivos. Pero no toda la vida en la Tierra depende del Sol: una parte importante de la vida microbiana subsiste no con energía solar, sino con la energía química liberada por compuestos inorgánicos que forman parte de la corteza terrestre. Y fueron este tipo de microorganismos quimiosintéticos, que no dependen de la energía solar, los primeros seres vivos que existieron sobre la Tierra.

Estructura interna de la Tierra
¿Qué hay respecto a los terremotos? En días pasados, la angustia ante su poder ha llevado a que circulen las ideas más absurdas acerca de la relación de los temblores con las manchas solares, o con supuestas “armas tectónicas” que, por medio de ondas electromagnéticas, serían capaces de causar dichos fenómenos.

Tales ideas revelan lo difícil que es concebir la escala de estos fenómenos. Recordemos que la Tierra está formada por varias capas: una corteza sólida, un manto de magma o roca fundida –formados ambos principalmente por silicatos, compuestos de silicio y oxígeno–, y un núcleo metálico sólido, compuesto principalmente de hierro y níquel.

Corrientes de convección
en el manto terrestre
Los sismos son causados, como es más o menos bien sabido, por los desplazamientos, fricción y choques de las placas sólidas que forman la corteza terrestre (o más precisamente, la litósfera, que abarca la corteza y la capa superior, también sólida, del manto… porque la estructura terrestre es un poco más complicada de lo que nos enseñan en la escuela). Estas placas tectónicas flotan sobre el manto. Tanto el manto como el núcleo terrestres tienen temperaturas altísimas: de 500 a 4 mil y de más de 5 mil grados, respectivamente. Debido a esto, en el manto hay corrientes de convección que hacen que el magma circule lentamente, y es este movimiento el que impulsa –entre otros mecanismos– el desplazamiento de las placas tectónicas.

Energía liberada en terremotos
de distintas magnitudes
Para entender la magnitud de las fuerzas involucradas en un terremoto, ayuda tener un sentido de la proporción. La corteza es una capa extremadamente delgada: su grosor promedio es de unos 35 kilómetros. Como comparación, la altura de crucero de un avión comercial es de unos 10 kilómetros. Pero esto es nada comparado con el grosor del manto terrestre: unos 3 mil kilómetros. O con el radio total de la Tierra: más de 6 mil kilómetros. Las placas tectónicas son sólo una delgadísima nata sólida que flota sobre el manto fundido.

¿Y de dónde viene la energía que mantiene tan calientes el núcleo sólido y el manto fundido de la Tierra, y que impulsa el movimiento de las placas tectónicas? De dos fuentes principales: alrededor de un 20 por ciento es calor residual que quedó una vez que nuestro planeta se solidificó a partir de una nube incandescente de materia estelar. El 80 por ciento restante es generado por los elementos radiactivos contenidos en su composición.

En el fondo, los temblores son causados por la lenta liberación de calor terrestre, que se originó con el nacimiento de nuestro mundo. (Otros planetas, como Mercurio, se han enfriado lo suficiente como para ya no tener actividad tectónica; Marte se halla en un estado intermedio, básicamente inactivo pero probablemente aún con un manto fundido que puede causar alguna actividad sísmica o volcánica ocasional.)

Ante fuerzas –y energías– de esta magnitud, es claro que los humanos poco podemos hacer. Pero hoy entendemos mucho mejor sus causas, y eso nos ayuda a tomar mejores medidas de prevención de desastres.
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domingo, 10 de septiembre de 2017

Temblores, luces misteriosas y dudas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de septiembre  de 2017

El pasado jueves casi a la media noche, como tantos otros, me sobresalté al escuchar la alarma sísmica y, luego de bajar corriendo cuatro pisos, sentí uno de los temblores más intensos que me ha tocado vivir (aunque no tanto como el del 85).

Afortunadamente, en la Ciudad de México prácticamente no hubo daños… cosa que por desgracia no puede decirse de los estados de Oaxaca y Chiapas, que hasta el momento de escribir esto suman ya 65 muertos, además de heridos y damnificados.

Pero, daños aparte, en la capital llamaron especialmente la atención de los ciudadanos que, en paños menores, salimos a la calle, unas llamativas luces que pudimos observar en las nubes que cubrían el cielo. No tardó mucho para que en las redes sociales comenzaran a circular comentarios sobre las “misteriosas” luces en el cielo, y hasta a relacionarlas con posibles fenómenos ovni. A mí se me ocurrió, como hace uno sin pensar mucho en estos casos, publicar el siguiente tuit: “Eran cortos por cables eléctricos de alta tensión que chocaban unos con otros. Nada misterioso.”

Inmediatamente recibí la airada respuesta de un tuitero anónimo: “Me sorprende que un divulgador ‘científico’ no conozca el efecto piezoeléctrico, y qué (sic) no sepa que los cables de 23k Volts no crean arco así”.

Mi curiosidad se despertó, pues nunca había oído hablar de que el efecto piezoeléctrico tuviera que ver con temblores. Una investigación somera me reveló que, efectivamente, existe un fenómeno reconocido como “luces de terremoto”, que ha sido reportado en muchos países por lo menos desde el siglo XIX. Ya el viernes comenzaron a circular artículos periodísticos mencionando el fenómeno y explicándolo.

Vale la pena analizarlo. ¿Qué podría producir destellos semejantes a rayos durante un temblor? Hay que tomar en cuenta que, aunque el fenómeno se reconoce como algo real y se está estudiando de manera seria, los expertos concuerdan en que aún no se entiende de manera clara. Es más, ni siquiera queda claro cuándo se presenta realmente y cuándo se le confunde con otras cosas.

Un estudio de 2014 publicado en la revista Seismological Research Letters (Cartas de Investigación Sismológica) y el sitio GeoScienceWorld, firmado por John Derr y colegas, analiza reportes detallados de 65 temblores intensos en América y Europa, y retoma el modelo presentado en 2010 por otro investigador, Friedemann Freund, en la revista Acta Geophysica, para proponer que la causa de las luces de terremoto es la acumulación de cargas positivas en el suelo, producto de los movimientos de las rocas debidos a su vez al movimiento tectónico (recordemos que la causa de los terremotos es el deslizamiento, fricción y choque de las placas tectónicas que flotan sobre el manto terrestre y que forman su corteza sólida).

Modelo de propagación de cargas
negativas en el suelo durante un temblor
(imagen: By ScienceResearch - Own work, CC BY-SA 4.0,
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=62291598)
Estas cargas positivas podrían luego fluir a la superficie a lo largo de zonas de baja resistencia, secuestrar electrones (que tienen carga negativa) de las moléculas del aire y ionizarlas (cargarlas eléctricamente). Esto podría dar origen a destellos luminosos o, cuando el cielo está nublado, a chispazos como los observados.

Pero, ¿por qué ocurre esto? Hay varios mecanismos posibles. Comencemos por recordar cómo se producen los rayos: las nubes están formadas por gotitas de agua y pequeños cristales de hielo. El aire frío que baja y el caliente que sube dentro de ellas puede arrastrar estas partículas de distintos tamaños en distintas direcciones y hacer que choquen. Los átomos y moléculas que las forman son normalmente neutros, pero al rozarse pueden ceder o ganar electrones, y adquirir así cargas eléctricas. Las negativas se acumulan en las zonas inferiores de las nubes, y las positivas en las superiores.

La separación de cargas al transmitirse electrones de un material a otro debido a la fricción se conoce como efecto triboeléctrico (de la palabra griega para “frotar”). Ocurre también cuando dos materiales sólidos (sobre todo cristalinos) se frotan con otros. Cuando las cargas separadas se vuelven a juntar, puede haber emisión de fotones de luz visible: destellos de luz (triboluminiscencia).

Existe también el efecto piezoeléctrico, en el que ciertos materiales –nuevamente, con frecuencia cristalinos– al ser deformados o sometidos a presión –como ocurre durante un movimiento tectónico–, pueden acumular cargas eléctricas debido al movimiento de electrones. (El efecto piezoeléctrico se utiliza, por ejemplo, en muchos micrófonos modernos: al recibir la presión de las ondas de sonido, los cristales del micrófono emiten corrientes eléctricas que son transmitidas por el cable hasta el equipo de grabación.)

Así, las emisiones de luz asociadas a temblores podrían ser fenómenos de triboluminiscencia o luminiscencia piezoeléctrica. Además, si hay nubes cercanas –como las había la noche del jueves– las cargas positivas liberadas podrían formar arcos eléctricos con las cargas negativas de la parte inferior de las nubes y producir los destellos observados.

Pero en ciencia hay que andar con cuidado y no brincar a conclusiones. Y además, hay que aplicar el principio conocido como “navaja de Occam”, y preferir siempre las explicaciones más simples. Si bien los destellos pudieron ser producto de los fenómenos aquí descritos, no todos los científicos expertos en estos temas están de acuerdo: el consenso es que hace falta más investigación para llegar a entender con claridad las luces de terremoto (de hecho, tampoco se entienden con total claridad los fenómenos mismos de triboluminiscencia, el efecto piezoeléctrico, ¡y ni siquiera los rayos!).

Imagen: Pictoline
(http://bit.ly/2f5N2Cj)
Las luces fueron reales. Pero pudieron ser producidas por otras causas: simples relámpagos (había llovido y estaba nublado) o el choque de cables de alta tensión a causa del temblor (que sí, llegan a producir cortocircuitos y arcos eléctricos luminosos… por eso, entre otras cosas, hay apagones durante los temblores). El investigador Gerardo Suárez, del Instituto de Geofísica de la UNAM, entrevistado en el programa ADN 40 de Azteca Noticias, se mostró escéptico sobre que se tratara de luces de terremoto, dado la lejanía de la Ciudad de México al epicentro del temblor, localizado en la costa de Chiapas.

De cualquier manera, no se trata de fenómenos misteriosos ni inexplicables (y menos causados por “armas tectónicas”, como argumentan los infaltables conspiranoicos que creen que el proyecto estadounidense HAARP, de investigación sobre auroras, puede causar terremotos). En lo personal, yo prefiero creer que el mundo es comprensible, no misterioso.

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