Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de febrero de 2013
En México, donde el pensamiento conspiranoico se ha vuelto ya epidémico, no nos vendría mal seguir el consejo. Vivimos en un país donde ya no pueden ocurrir accidentes: tiene, por fuerza, que haber un plan malévolo detrás. No importa que la lógica brille por su ausencia (¿cómo una explosión en un edificio de oficinas serviría de argumento para justificar la inversión privada en una empresa petrolera? ¿Cómo evitaría la misma explosión la supuesta “privatización de dicha empresa?).
Cierto: la explosión en las oficinas de Pemex fue una gran desgracia (comparto la pena de una queridísima amiga que perdió ahí a su hermana). Y cierto, en los primeros momentos –y por varios días, gracias al vacío informativo que propiciaron, en mi opinión torpemente, las autoridades–, cualquier hipótesis era plausible. Pero ¿por qué casarse, de inmediato, y ante la ausencia de evidencia sólida, con la hipótesis más escandalosa, más terrible, la del ataque terrorista?
Se dirá que en nuestro país la experiencia más que justifica el “sospechosismo” (nunca pensé que este desagradable neologismo me fuera a resultar útil…). Nos lo hemos ganado a pulso, con nuestra historia de engaños, trampas, traiciones, corrupción y negociaciones por debajo de la mesa.
Se trata, en resumen, de un problema de credibilidad. Del gobierno y las autoridades, en primer lugar. Pero también de los medios de comunicación, que renuncian a la búsqueda de la mayor objetividad posible y cada vez más adoptan la ideología como guía para interpretar la realidad (y ni se diga de lo que ocurre en las redes sociales). Ante esto, ¿quién va a renunciar a inventar complots, para aceptar la versión oficial?
Mi querida amiga y colega columnista Fernanda de la Torre Verea me preguntaba el lunes pasado, luego de la conferencia de prensa del Secretario de Gobernación, si “científicamente” se trató de un accidente. Le respondí lo que cualquier científico respondería: “No: científicamente todavía no se sabe”.
Lo curioso es que esta forma de pensar va completamente a contrapelo de lo que naturalmente tienden a hacer políticos y funcionarios, medios de comunicación y cualquier ciudadano común. La ciencia muchas veces contradice la intuición humana, que exige siempre una historia completa y se revela ante la ambigüedad del “no se sabe”. Pero de ahí mismo, porque hace un esfuerzo por no afirmar nada antes de tener evidencia sólida, deriva su confiabilidad, base de su gran credibilidad. La ciencia es la forma más poderosa que tenemos de obtener conocimiento confiable sobre la naturaleza.
La moraleja que puedo sacar del asunto –además de unir mi voz para combatir la negligencia criminal, tan común en México, y pedir que los responsables sean llamados a cuentas– es que nuestra sociedad necesita un poco más de pensamiento crítico, de cultura científica. No sólo para entender de gases combustibles, implosiones y explosiones, olores y mercaptanos. Sino para refrenar el natural impulso a exigir explicaciones inmediatas y satisfactorias. Si algo nos enseña la ciencia, es que muchas veces hay que tener paciencia y esperar hasta reunir los datos necesarios antes de sacar conclusiones. Y que a veces éstas no coincidirán con nuestras expectativas.
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