domingo, 27 de agosto de 2017

Lo malo también cuenta… ¡y mucho!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de agosto  de 2017

La Secretaría de Salud ha lanzado una campaña desaforada en radio (se llega a emitir dos veces el mismo anuncio en un mismo corte comercial… no sé si ocurra lo mismo en televisión, porque no la veo) para promover los avances que ha logrado durante el sexenio.

Se inscribe en otra campaña más amplia: la de “lo bueno cuenta, y cuenta mucho”, lanzada hace ya tiempo por la presidencia de la República para intentar mejorar su pésimo nivel de aceptación entre los ciudadanos, y que se ha vuelto obligatoria en todos los mensajes emitidos por cualquier dependencia del Gobierno Federal. No en balde comienza la temporada electoral.

Desgraciadamente, uno de esos mensajes se refiere al Hospital Nacional Homeopático, uno de los anacronismos porfirianos que, junto con la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía, del Instituto Politécnico Nacional (IPN), sigue arrastrando el sistema nacional de salud.

El anuncio va así, palabras más, palabras menos: luego del testimonio de una supuesta paciente que agradece el tratamiento que le proporcionaron en el Hospital Homeopático, gracias al cual “mejoró su salud”, se hace alarde de los servicios que éste presta, incluyendo “terapias que sí son efectivas” (dicho así, con énfasis en el “sí”).

Es ya repetitivo, y debería ser innecesario, insistir: la homeopatía –junto con otras “terapias alternativas” enormemente populares, como la acupuntura, la aromaterapia, la reflexología, la iridología y muchas más– es esencialmente inútil desde el punto de vista médico, y por tanto se le considera una seudomedicina.

Hay razones teóricas y prácticas para afirmarlo. Primero: los fundamentos de esta seudociencia –inventada por el médico alemán Samuel Hahnemann en1796– son dos ideas incompatibles con todo lo que sabemos sobre química y farmacología: la de que “lo semejante cura lo semejante”, y la de que la potencia de una sustancia aumenta conforme se diluye. Simplemente, no hay mecanismo conocido que pudiera justificar, de manera natural y coherente con el resto del conocimiento científico, tales afirmaciones (Hahneman y los homeópatas lo tratan de justificar apelando a “energías” misteriosas que se “dinamizan” al agitar las disoluciones y equilibran los humores del cuerpo). Sólo con base en esto, puede asegurarse que la eficacia de la homeopatía es tan poco probable como la de una máquina de movimiento perpetuo (en términos prácticos, imposible).

Pero hay además razones prácticas para descartarla: durante décadas se han llevado a cabo cientos de estudios clínicos controlados en los que se ha puesto a prueba la eficacia terapéutica de diversos tipos de tratamientos homeopáticos. Los resultados –salvo contados estudios realizados por homeópatas y que tienen graves deficiencias metodológicas, y por tanto no han sido aceptados para su publicación en revistas científicas o médicas de prestigio– han sido siempre negativos.

Como consecuencia, numerosos países como Estados Unidos, Inglaterra, Australia y muchos otros han decidido sacar a los tratamientos homeopáticos de sus sistemas de salud pública, o han obligado a los fabricantes de este tipo de medicamentos a especificar que los mismos carecen de efectividad para combatir enfermedades reales.

El Hospital Nacional Homeopático fue fundado por orden de Porfirio Díaz en 1893 y, como comentamos aquí en su momento, fue remodelado recientemente, y reinaugurado por el presidente Peña Nieto en diciembre de 2014. Igualmente, la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía tiene raíces porfirianas, y actualmente imparte la carrera de Médico Cirujano y Homeópata. Cierto, el porcentaje de materias del plan de estudio relacionado con esta seudomedicina es bajo (aproximadamente una octava parte del total). Pero me intriga cómo alumnos que estudian bioquímica, microbiología, infectología, inmunología y farmacología logran que no les explote la cabeza cuando se les obliga a aceptar las “teorías” homeopáticas, basadas en principios anacrónicos y totalmente ajenos a la ciencia actual.

Señor Secretario de Salud José Narro Robles: como médico, usted sabe perfectamente que la homeopatía y otras “medicinas alternativas” son totalmente ineficaces para todo terapéutico. El anuncio que presume los logros del Hospital Nacional Homeopático no sólo revelan que el sistema de salud gasta dinero público en terapias ineficaces: además desinforma a los ciudadanos, al promover activamente la idea de que éstas “sí funcionan” (un reciente estudio publicado en la revista médica Journal of the National Cancer Institute acaba de mostrar que el uso de terapias alternativas aumenta la probabilidad de muerte en pacientes con cáncer). Por favor, ordene que el anuncio sea sacado del aire.

Y ya que estamos con buenos deseos: apóyese en su equipo de asesores, por ejemplo de la Cofepris y los Institutos Nacionales de Salud, coordínese con las autoridades del IPN, y diseñe un plan para ir, de manera paulatina y sin violencia, eliminando la homeopatía del Hospital y la Escuela Nacional, e irlos transformando en instituciones dedicadas cien por ciento a la medicina científica, la basada en evidencias. La que sí es eficaz.

El país se lo agradecerá: nuestro sistema de salud necesita fortalecerse y crecer, no desperdiciar recursos en tratamientos seudocientíficos que dañan activamente la salud al fomentar que los pacientes pierdan valioso tiempo recurriendo a terapias comprobadamente inútiles.
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domingo, 20 de agosto de 2017

Eclipse e ineptitud

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de agosto  de 2017

La vida está hecha de experiencias, no de contenidos educativos.

Cuando se habla de ciencia, tendemos a pensar automáticamente en aburridas clases en la escuela. De balanceo de ecuaciones por óxido-reducción.

Pero en realidad la ciencia es, antes que nada, una forma de ver el mundo. Una forma de verlo muy especial: una perspectiva, una actitud, que nos permite apreciarlo (lo que ya es bastante) y además comprenderlo. Y no sólo a nivel de generarnos narrativas que lo expliquen, que nos ayuden a darle sentido e interpretarlo; la ciencia, cuando aborda la naturaleza, lo hace de manera metódica y cuantitativa, y produce explicaciones detalladísimas y precisas que más allá de revelar los aspectos más profundos de lo pasa, nos ayudan a predecirlo y a controlarlo.

Y más aún: además de ayudarnos a ver los fenómenos naturales, maravillarnos con ellos y entenderlos a profundidad, la ciencia nos permite participar, involucrarnos para intervenir en ella… para bien o para mal. Su poder es tal que puede modificar el mundo y ayudarnos a tener más salud, más bienestar, más justicia… o bien, destruir hábitats, favorecer la desigualdad, contaminar o dañar seriamente el ambiente a nivel global.

Es por eso que en toda sociedad moderna es importantísimo que los ciudadanos posean una mínima cultura científica que les permita involucrarse con la ciencia, apreciarla, entenderla y hacerla suya; apropiársela y participar. Entre otras cosas, para que las decisiones sobre temas que involucran a la ciencia y la tecnología, y sus efectos en el ambiente y la sociedad, no sean tomadas sólo por científicos, funcionarios de gobierno, directivos de empresas o peor, militares, sino por los ciudadanos, debidamente informados y después de una reflexión meditada (lo mismo que se espera de un buen ciudadano en una democracia, pues).

Pero para ello es indispensable que esos ciudadanos reciban, desde la infancia, una educación que incluya a la ciencia, no sólo como conocimientos y contenidos, sino también como las experiencias, perspectivas, actitudes, habilidades y valores que forman parte de ella.

Y por eso escandaliza la noticia, que ha causado furor en días recientes en las redes, de un supuesto memorándum de la Secretaría de Educación del Estado de Coahuila –de cuya autenticidad no hay razones para dudar– fechado el 11 de agosto y que da indicaciones a los directores de escuelas primarias, “por instrucciones del Secretario de Educación Jesús Juan Ochoa Galindo”, con motivo del eclipse parcial de sol, para que mañana lunes 21 de agosto “instruyan a las y los maestros (sic) de grupo de los planteles educativos a permanecer en sus salones con todas las alumnas y los alumnos, no permitiendo por ningún motivo la salida a los patios escolares y al aire libre”.

“Las citadas medidas –continúa el memorándum– son con el objetivo primordial de evitar daños oculares permanentes al observar dicho fenómeno sin la precaución debida, así como prevenir riesgos innecesarios en las niñas y los niños”.

¿En serio? ¿“Riesgos innecesarios”? ¿Qué tal si, en vez de privar a los niños de una experiencia que pocas veces podrán repetir en su vida, la Secretaría de Educación de Coahuila hubiera tomado medidas pertinentes y oportunas para dotar a maestros y alumnos de la información y los medios para observar de manera segura y disfrutable el fenómeno? ¿Para convertir la ocasión en una vivencia fascinante que podría detonar su interés por entender por qué se produce un eclipse, y cómo lo sabemos, combatir el prejuicio de que la ciencia es aburrida e irrelevante y –quién sabe– quizá despertar una o dos vocaciones científicas? No estamos hablando de lentes especiales o vidrios de soldador: basta con papel y una caja de zapatos, y muchos otros métodos indirectos que están a la distancia de una búsqueda en Google, para poder lograrlo sin gastar un peso.

En Nuevo León hubo rumores de una prohibición similar, que fueron ya desmentidos por el gobierno estatal. En Guanajuato, las autoridades educativas fueron más allá y emitieron un comunicado público dirigido a los maestros que dice: “si tus alumnas y alumnos desean satisfacer su curiosidad científica, aliéntalos a hacerlo de la manera más segura, ya sea usando lentes especiales o algún proyector, y promueve que no observen al sol en ningún momento” (énfasis del original). ¡Qué diferencia!

Muchas organizaciones de astrónomos aficionados, incluyendo a la Sociedad Astronómica de México, e instituciones educativas como la UNAM y muchas otras, han puesto ya a disposición del público –de manera quizá un poco tardía– la información necesaria para realizar observaciones seguras, además de organizar eventos de observación donde se podrá disfrutar el fenómeno.

La construcción de una cultura científica en nuestros ciudadanos comienza con la posibilidad de disfrutar experiencias que detonen el asombro. Por el contrario, hechos como el ocurrido en Coahuila sólo sabotean los esfuerzos por construir una cultura científica en nuestra población, refuerzan los prejuicios y fomentan las supersticiones y desconfianza frente a fenómenos naturales como el eclipse. Y, en última instancia, van justo en contra lo que deberían ser los objetivos de una Secretaría de Educación. ¡Qué vergüenza!
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domingo, 13 de agosto de 2017

Science Fake News

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de agosto de 2017

Vivimos en la era de las fake news, las noticias falsas, la posverdad. Es preocupante cuando se trata de información sobre temas políticos o sociales… aunque podría entenderse, porque en tales asuntos las interpretaciones, los sesgos y la ideología son prácticamente inseparables de lo que nos gusta llamar “los hechos”. Los hechos sociales, inevitablemente, se construyen.

Pero preocupa aún más cuando se trata de temas relacionados con las ciencias naturales. No porque éstas sean esencialmente distintas o mejores. Los hechos científicos también se construyen, pero estamos acostumbrados a que vengan, de origen, avalados por un proceso de control de calidad extremadamente riguroso, que minimiza –aunque no elimina– la posibilidad de que se cuelen datos falsos, o de que la ideología predomine sobre la evidencia.

Esto es posible porque el proceso social mediante el que se construye el conocimiento científico, resultado del trabajo de una comunidad mundial de expertos que tienen una formación especializada y que siguen un conjunto de reglas y estándares, hace posible que se generen consensos muy sólidos. A diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, las humanidades o el arte, las ciencias naturales logran, en un tiempo relativamente breve, una aceptación casi unánime del conocimiento que generan. Cualquier libro de química mexicano dice básicamente lo mismo que uno ruso, chino o chileno. No hay “escuelas” o marcos teóricos alternativos para los conceptos que forman el esqueleto básico de estas ciencias (aunque sí hay mucha discusión, claro, respecto al conocimiento que está en proceso de construcción en sus fronteras).

Es por eso que perturba tanto ver que aparezcan, en medios noticiosos reconocidos y profesionales, noticias científicas basadas en conceptos absurdos o francamente ridículos.

Un ejemplo –de muchísimos que ocurren con cierta frecuencia prácticamente en cualquier medio– se presentó el pasado 4 de enero, cuando la agencia Notimex difundió una nota, que luego reprodujeron diarios como Excélsior o Publimetro, y sitios web como UnoTV, además de numerosos blogs. En ellos se afirmaba que el misterioso planeta Nibiru ¡podría destruir la Tierra!

Desde su primera frase, el texto era como una condena a muerte: “Nibiru es el nombre de la amenaza que destruirá en octubre de este 2017 a la Tierra”. Pero lo que seguía era peor: “Nibiru es un planeta misterioso, azul y también gigante, uno de los siete que orbitan al Planeta X, en realidad un sistema solar. La fuerza de gravitación del planeta será la que destruya a la Tierra, y si los científicos no han detectado ese peligro es por la aproximación oblicua con que se acerca a la Tierra. El supuesto incremento de la actividad sísmica y de tormentas es una de las pruebas que se esgrime para demostrar la aproximación de esa masa destructiva.”

Olvídese usted de la pésima redacción y de lo incoherente de la información, que hace que el texto prácticamente carezca de sentido. Se trata de una más de las muchas teorías de conspiración que desde hace años circulan por ahí: la idea de que hay, efectivamente, un “planeta misterioso” que por alguna razón los astrónomos jamás han detectado, pero que al mismo tiempo “se sabe” que tiene una órbita que “se cruza” con la de la Tierra y que, debido a ello, la destruirá. Sobra decir que tal idea carece de toda base científica y que ha sido refutada, una y otra vez, por los expertos. ¡Basta consultar Google!

Sólo hasta el cuarto párrafo se intuye que la nota –que no venía firmada– en realidad pretendía ser una crítica a un reportaje publicado por el diario sensacionalista inglés The Sun, y que comentaba detalles como que la catástrofe de Nibiru se ha predicho, obviamente de manera infructuosa, en numerosas ocasiones.

La pregunta es inevitable: ¿entonces, por qué publicar esta nota? Y peor, ¿por qué hacerlo de una manera tan confusa que hace pensar al lector que se le está informando de un hecho real, y no comentando una teoría ridícula?

Las preguntas podrían continuar: ¿por qué la agencia noticiosa del estado mexicano difunde notas tan poco profesionales? ¿Por qué tantos medios que supuestamente sí lo son la retomaron casi literalmente? (Mención aparte merece Milenio Diario, que al menos la contextualizó como lo que era, y enfatizó desde el titular el carácter ficticio de la supuesta “noticia”.)

Independientemente de que la nota circuló a principios de año, época especialmente árida en cuanto a noticias, una de las causas de que ocurran cosas como ésta es que falta un buen control de calidad en la información científica (o supuestamente científica) que se publica en los medios noticiosos nacionales. Esto a su vez es debido, sin duda, a la escasez de periodistas científicos –editores, reporteros, columnistas– preparados profesionalmente y con experiencia. Además, por supuesto, de la falta de interés de los medios por contratarlos… y por pagar adecuadamente su trabajo. (Problema aparte es la casi nula exigencia de calidad informativa por parte de nuestros públicos, tan acostumbrados a la información chatarra. Aunque en lo personal creo que la labor de crear públicos cada vez mejor educados y por tanto más exigentes recae en nosotros, los comunicadores.)

No sé cómo, pero urge mejorar la calidad de la ciencia que se publica en los medios. De otro modo, pronto ya no seremos capaces de distinguir las fake news de los temas realmente importantes.


Aclaración: Por un error por completo atribuible a este autor, en la versión de este texto publicado en Milenio Diario mencioné que la nota de Notimex había también sido reproducida por el diario
El Universal y por el sitio web Aristegui Noticias. No fue así.

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domingo, 6 de agosto de 2017

Robots biológicos… y lo que sigue

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de agosto de 2017

El superpoder de la ciencia ficción –la de excelencia– es poder, si no predecir, sí atisbar el futuro: proporcionarnos un vistazo de lo que podría llegar a ser, gracias al incesante progreso de la ciencia y la tecnología.

Uno esos atisbos que son motivo recurrente en la ficción científica es el surgimiento de la inteligencia artificial, del que hablábamos aquí la semana pasada, y que depende –hasta ahora– de los avances en computación electrónica. Pero hay otro que surge del desarrollo de las ciencias biomédicas, la genética y la biotecnología: la posibilidad de crear vida artificial.

Aunque hay muchas cosas distintas que podrían caer bajo la definición de “vida artificial”, una de las más interesantes es el desarrollo de sistemas biomiméticos: constructos que imitan, usando tejido vivo, pero también partes artificiales, la forma y funciones de organismos vivos.

Hace cinco años comenté aquí el trabajo de Kevin Kit Parker, biofísico de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, que desarrolló una pequeña medusa artificial, o “medusoide” usando una plantilla de silicón plano con la forma de ese organismo, recubierta con una capa de células de corazón de rata. Al ponerlo en una solución nutritiva y estimularlo eléctricamente, las células se contraían rítmicamente y provocaban que el medusoide nadara de forma similar a una medusa real.

Parker siempre ha afirmado que su verdadera meta es llegar a construir –o, más bien, cultivar– un corazón artificial. Pero algo de tal complejidad sólo podrá lograrse mediante muchos pequeños pasos.

Y yo no me había enterado que, desde ya hace un año, Parker había logrado otro de estos pasos, que puede ser pequeño pero que resulta impresionante. Usando la misma técnica, decidió imitar otro organismo acuático, más complejo que una medusa: la raya. Él y su equipo dedicaron cuatro años a estudiar la constitución muscular de las rayas para entender cómo se produce el característico movimiento ondulatorio que les permite nadar, y luego imitarlo usando una estructura formada por dos hojas de silicón plano con forma de raya entre las cuales se halla un “esqueleto” de oro, que sirve como resorte. Al recubrir el silicón con unas 200 mil células vivas provenientes del corazón de embriones de rata, distribuidas en un patrón serpenteante, éstas pueden contraerse rítmicamente e impulsar a la milimétrica “raya” biorrobótica hacia delante. (Cabe señalar que la raya de Parker es más sencilla que las rayas reales: éstas tienen dos capas de músculo, que jalan en direcciones opuestas; el biorrobot de Parker sólo tiene una capa que se contrae; el movimiento contrario lo produce el esqueleto de oro.)

Pero no sólo eso: Parker y sus colegas llevaron más allá su desarrollo, y decidieron modificar genéticamente las células para introducirles un switch o interruptor optogenético: genes que ocasionan que las células sean capaces de percibir la luz azul y contraerse como respuesta. Así, usando luz azul de distintas frecuencias para estimular las células musculares del lado izquierdo o derecho de la raya, pudieron guiarla en su nado para esquivar distintos obstáculos.




[Para ver un video sobre la raya biorrobótica, haz clic aquí]


El logro se publicó en junio de 2016 como artículo de portada en la prestigiada revista Science. No porque sirva para algo en concreto, sino por la promesa que simboliza. Fabricar réplicas biomiméticas de animales pudiera llegar a tener utilidad en numerosos campos además de la investigación pura, como la exploración o la industria. Pero además, entender e imitar la anatomía y fisiología animal son pasos obligados para llegar algún día no sólo a construir el corazón artificial que ambiciona Parker, sino biorrobots completos y novedosos, similares a los que hoy aparecen en novelas y películas… o quizá muy distintos a ellos.

Sin duda son avances inquietantes, además de asombrosos. Pero sabemos que el progreso tecnocientífico no se detiene: explorar y comprender a fondo sus posibilidades será indispensable para que, como sociedad, podamos decidir cómo aprovecharlos en bien de todos, y evitar las aplicaciones que nos parezcan excesivas o peligrosas.


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domingo, 30 de julio de 2017

Inteligencia artificial, riesgos y amarillismo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de julio de 2017

La idea de una “inteligencia artificial”, creada por el ser humano, siempre ha causado temor.

Las raíces de este temor se remontan al Gólem de la mitología judía, y pasan por el monstruo de Frankenstein: el primero creado de arcilla y animado por uno de los nombres de Dios; el segundo, a partir de cadáveres y vuelto a la vida gracias a la ciencia, mediante la electricidad. Ambos se revelan contra sus creadores y causan caos y destrucción.

Pero fue con el desarrollo de los primeros robots y computadoras electrónicas, y a través de la ficción literaria, cinematográfica y televisiva, que la idea de una inteligencia artificial que se rebelara para dominarnos o destruirnos pasó a formar parte del imaginario colectivo.

Sólo hasta hace relativamente poco la frase “inteligencia artificial” (que la Wikipedia define como “la capacidad de un agente de percibir su entorno y llevar a cabo acciones que maximicen sus posibilidades de éxito en algún objetivo o tarea”) comenzó a tener algún sentido.

Primero con cosas simples como que el navegador de internet o el programa de correo electrónico recordaran direcciones anteriormente usadas y las llenaran automáticamente. Luego, a través de sistemas como los de Google, Amazon o Facebook, que aprenden a reconocer nuestros hábitos y gustos y a hacernos recomendaciones acordes con ellos, o bien a identificar nuestra cara y las de nuestros conocidos en fotografías, con asombrosa precisión. Y posteriormente con “ayudantes digitales” como Siri, de Apple, o Cortana, de Microsoft, con los que se puede “conversar” de forma casi natural y obtener respuestas moderadamente satisfactorias y cada vez mejores. ¡Ah! Y no olvidemos al autocorrector de los smartphones, que tanta alegría nos da cada día. Por supuesto, en temas más serios, también se están desarrollando sistemas capaces de detectar un tumor en una radiografía o de conducir un auto.

Pero, como se ve, aunque lo logrado puede o no ser impactante, no parece ni con mucho amenazador.

Sin embargo, desde junio pasado ha circulado ampliamente una noticia que pareciera ser la primera señal de que amenazas como HAL 9000 de 2001: Odisea espacial o Skynet de Terminator podrían estar a la vuelta de la esquina: unos investigadores de Facebook que estaban trabajando con chatbots (programas de inteligencia artificial diseñados para comunicarse en lenguaje natural) a los que “entrenaban” para negociar entre ellos (lo cual logran, básicamente, por prueba y error), los dejaron sin supervisión y luego de un tiempo hallaron que habían comenzado a utilizar una derivación del idioma inglés que estaba dejando de ser comprensible para los humanos.

La noticia se exageró bastante en los medios, donde se afirmaba que se había tenido que “desconectar” a las inteligencias artificiales antes de que “se convirtieran en un sistema cerrado” y siguieran comunicándose entre ellas sin que los investigadores pudieran saber de qué hablaban. Suena casi como el inicio de la pesadilla, pero en realidad se trató de algo mucho más simple: el “nuevo lenguaje” desarrollado por los chatbots era más eficiente para comunicarse entre ellos, pero no para lograr su objetivo. Los programadores simplemente suspendieron el experimento para mejorar la programación y evitar que ocurrieran esas desviaciones.

Lo triste fue que quedó opacado lo que podría haber sido la verdadera nota: los bots descubrieron, por sí mismos, maneras de negociar que no tenían programadas pero que los humanos solemos usar, como fingir interés en algo para luego cederlo en una etapa posterior de la negociación, a cambio de otra cosa de mayor valor.

Lo cierto es que la posibilidad de que, con el tiempo, surjan inteligencias artificiales lo suficientemente avanzadas como para ser potencialmente peligrosas (e incluso conciencias artificiales, con los problemas éticos que esto traería aparejado) es casi inevitable. El punto es qué tan pronto podría suceder, y qué podríamos hacer para prevenir el riesgo.

El magnate Elon Musk, dueño de Tesla Motors, opina que el peligro es inminente y llega a decir cosas como que la gente no lo entenderá “hasta que vean robots por la calle matando gente”. Stephen Hawking, Bill Gates o Steve Wozniak comparten versiones más moderadas de sus temores. Otros, como Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, con quien Musk acaba de tener una escaramuza al respecto, discrepan: “creo que quienes proponen estos escenarios de día del juicio son bastante irresponsables”, dijo Zuckerberg en respuesta a Musk. La mayor parte de la comunidad global de expertos en inteligencia artificial concuerdan con él.

De cualquier modo, es indudable que cierto riesgo existe. Quizá la solución sería imbuir estructuralmente en toda inteligencia artificial las famosas “tres leyes de la robótica” planteadas por el gran Isaac Asimov en sus novelas: “jamás dañar a un humano; jamás desobedecer a un humano; proteger su propia existencia”. Pero aunque enunciarlas es sencillo, programarlas en una moderna inteligencia artificial seria extraordinaria, monumentalmente complicado.

Aunque, ¿quién sabe? Por lo pronto, ya hay gente comenzando a trabajar en ello. Mientras tanto, sigamos disfrutando, o padeciendo, las “inteligencias” artificiales de las que podemos disponer cotidianamente, y esperemos a que mejoren lo suficiente como para dejar de ser una constante fuente de frustración y molestia.

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domingo, 23 de julio de 2017

Verdad científica y consenso


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de julio de 2017

La semana pasada presenté en este espacio un comentario sobre el calentamiento global y el cambio climático que trae aparejado, y los describí como “la más grande amenaza para la supervivencia humana”.

En respuesta, más de un lector me acusó de estar propagando una falsedad, e incluso de promover “una nueva religión”. Y es que el tema, a pesar de lo que pudiera pensarse, es polémico.

Hay mucha gente en el mundo –entre ellos, por supuesto, Donald Trump– que dudan de la veracidad de los datos que indican que el calentamiento global es un fenómeno real, o no están convencidos de que sea producto de la actividad humana (la emisión de gases de invernadero producto de la quema de combustibles fósiles), sino que creen que forma parte de los ciclos naturales del sistema Tierra-Sol.

Como consecuencia, niegan sus riesgos (o afirman que es inútil tomar medidas para tratar de mitigarlos), a pesar de la cada vez más clara evidencia que se va acumulando. Estos “escépticos” (o, más adecuadamente, en mi opinión, negacionistas) del cambio climático afirman, para explicar que la inmensa mayoría de los expertos en clima estén de acuerdo en que el riesgo es real (con datos, análisis detallados y modelos complejos que sustentan su opinión), que existe una especie de complot global, organizado quizá por “países enemigos del mundo libre” como China, para propagar la versión oficial. El objetivo de esta conspiración mundial sería perjudicar la economía de los países altamente industrializados –o, en una versión alterna, la de los países emergentes–, que se verían obligados a tomar medidas de alto costo para reducir la emisión de gases de invernadero.

El problema es que, al discutir sobre el asunto, quienes niegan el cambio climático descalifican la validez del conocimiento científico que es dado por bueno por la gran mayoría de los expertos, los cuerpos colegiados internacionales –como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático– así como la gran mayoría de los países que han firmado compromisos como el Acuerdo de París.

Surgen entonces las discusiones sobre lo que es “verdad” en ciencia: cada bando afirma que la verdad está de su lado, y se niega aceptar los datos, interpretaciones, argumentos y conclusiones de sus adversarios. La discusión puede, de este modo, empantanarse y volverse interminable.

No sirve de mucho especular sobre las razones ideológicas, psicológicas o los intereses que pueden estar detrás de las opiniones de los negacionistas del cambio climático. (Aunque tienden a ser personas que consideran la libertad –sobre todo la de mercado– como valor supremo, y suelen estar relacionados con el mundo de las finanzas y los negocios.)

Pero parte del problema es la visión relativamente ingenua que normalmente tenemos de la ciencia. O más precisamente, del método que los científicos usan para producir conocimiento científico confiable. Se nos enseña desde la primaria que los científicos observan objetivamente, sin prejuicios ni preconcepciones, la realidad, y que hacen experimentos, y a partir de ello formulan hipótesis que expliquen lo observado. Luego someten a prueba, con más experimentos, dichas hipótesis, y si nada parece contradecirlas, las aceptan como verdaderas. (Una versión ligeramente más refinada nos dice que los científicos sólo aceptan sus hipótesis y teorías como probablemente verdaderas, las siguen sometiendo a prueba y están siempre listos a desecharlas y sustituirlas por hipótesis mejores en cuanto surjan datos que las refuten.) Finalmente, plasman sus conclusiones en artículos científicos que son enviados a revistas arbitradas, donde sus datos y argumentos son examinados por expertos, y sólo si pasan este control de calidad son publicados y pasan a ser considerados como ciencia legítima. O, en la versión ingenua que es tan popular, como “verdad científica”.

Sin embargo, lo que casi nunca se nos dice es que el quehacer científico no se limita al laboratorio ni termina con la publicación de artículos. Gran parte de la ciencia consiste en la discusión, sistemática, crítica y racional, de los datos, los modelos y las interpretaciones científicas. Una discusión continua, que va desde el momento en que se inicia una investigación hasta mucho después de haber sido publicada.

Y tampoco suele decirse que en ciencia el concepto de “verdad” no tiene mucho sentido: lo que se obtiene por este complejo proceso (presentado aquí en forma enormemente simplificada) es simplemente conocimiento que representa, en un momento dado, y según la opinión calificada de la mayoría de los expertos en un campo, la visión más confiable de lo que realmente ocurre en la naturaleza.

La idea de que la ciencia no produce verdades sino conocimiento útil y confiable ­–representaciones de lo que existe ahí afuera– y que el criterio para evaluar su validez no son tanto los datos sino el consenso de la comunidad de expertos calificados en el tema del que se trate, es indispensable para entender las interminables discusiones sobre temas polémicos como el cambio climático y otros. Vacunas, VIH/sida, visitantes alienígenas de otros mundos: en todos los casos, la ciencia no ofrece certezas absolutas, sino conocimiento avalado, con base en la evidencia y los argumentos disponibles (incluyendo la aplicación del conocimiento para hacer predicciones), por el consenso de la comunidad científica. (Ésta es, de paso, una de las características que dan a las ciencias naturales su inmenso prestigio: pocas disciplinas logran generar consensos tan generalizados, y por tanto tan confiables, entre sus expertos.)

Existen verdaderas polémicas científicas, en que las opiniones de los especialistas están divididas. Pero con el tiempo y la acumulación de pruebas, muchas veces se van resolviendo para generar consensos mayoritarios. Eso ocurrió precisamente con las teorías sobre el cambio climático, considerado probable hace unos 20 años, y algo prácticamente seguro hoy. Los movimientos negacionistas, en cambio, insisten en presentar como debates aún no resueltos temas que los expertos ya no discuten desde hace años.

En particular, el papel de los periodistas y comunicadores de la ciencia, como quien esto escribe, no es juzgar las disputas científicas ni calificar quién tiene la razón en este tipo de polémicas, sino presentar a su público la ciencia más actual y confiable. Es decir, la que representa el consenso de la comunidad científica. Y, en el caso de polémicas ya superadas, como la del cambio climático, dejar claro que el negacionismo carece de sustento científico.

Todo mundo tiene derecho a su propia opinión, y a confiar en la información que le parezca más adecuada. Lo que no es válido es presentar como ciencia versiones que, aunque en un momento dado hayan sido plausibles, hoy ya han sido desechadas. Cuando se trata de temas donde ya existe un consenso científico amplio, seguir difundiendo opiniones minoritarias es, simplemente, desinformar.
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