miércoles, 27 de julio de 2016

La Iglesia y el ano

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de julio de 2016

La Iglesia Católica, y en particular la Arquidiócesis Primada de México, parecen tener una especial obsesión con el ano. Y más precisamente, con el sexo anal.

O al menos, eso es lo que parece al leer los artículos que, como parte de la violenta campaña que la Curia ha desatado en contra de la iniciativa presidencial para legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, anunciada por el presidente Peña Nieto en mayo pasado, ha publicado su semanario Desde la fe.

En el segundo de una serie de cinco artículos, publicados originalmente en agosto de 2015, y que han vuelto a circular en las últimas entregas del semanario (aquí puede usted leer las cinco entregas reunidas en un solo texto), la Arquidiócesis afirma que las relaciones homosexuales “son un problema de salud”.

El hecho de que las relaciones sexuales entre varones suelan incluir –entre otras cosas– la penetración del pene en el ano es un tema del que no se suele hablar expresamente. El ano, a pesar de que todos tenemos uno que usamos diariamente, es una zona del cuerpo que estamos educados para ver con rechazo y asco. En parte es natural, pues a través de él se elimina el excremento que, además de su olor desagradable, contiene enormes cantidades de microbios que pueden causar infecciones.

En el texto de Desde la fe, la Arquidiócesis señala que “La mujer tiene una cavidad especialmente preparada para la relación sexual, que se lubrica para facilitar la penetración [y] resiste la fricción”. Lo cual es cierto, aunque luego añade que esa “cavidad”, cuyo nombre no se atreve a decir, “segrega sustancias que protegen al cuerpo femenino de posibles infecciones presentes en el semen”, lo cual, además de falso, revela la visión del semen que tiene la iglesia: algo nocivo y potencialmente infeccioso....

“En cambio –continúa el texto–, el ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra el ano lo lastima severamente: causando sangrados, infecciones, y eventualmente incontinencia, pues con el continuo agrandamiento, el orificio pierde fuerza para cerrarse.”

Esto no es más que una sarta de inexactitudes. Cierto, la función del ano y recto es la expulsión de materia fecal, y su penetración violenta o forzada puede causar daños. La mucosa rectal es menos resistente a la fricción que la vaginal, pero dista, afortunadamente, de ser delicada y frágil. Y claro, aunque sólo fuera por higiene, en toda penetración anal el uso del condón se debería dar por descontado (pero el recto y ano sí cuentan con protección contra infecciones; de otro modo, viviríamos continuamente con éstas, tomando en cuenta la cantidad de microbios presentes en la materia fecal).

En realidad el sexo anal (o, más correctamente, el coito anal) dista de ser una práctica exclusiva de los homosexuales, o algo poco común. Millones de parejas, homo u hetero, lo practican felizmente de manera regular. Consulte usted cualquier página seria de sexología (o el sitio de videos porno de su preferencia), para ver a parejas de cualquier sexo y orientación sexual disfrutándolo. Lo único que se necesita, además de condones, es un poco de cuidado, paciencia, práctica y lubricante. (Muchos varones heterosexuales, por cierto, lo disfrutan también con sus parejas femeninas a través de la penetración digital o con dildos, pues la estimulación de la próstata que se logra puede ser enormemente placentera.)

El sexo anal es un tema que durante mucho tiempo, y todavía para muchas personas, sigue siendo “tabú”. Pero al mismo tiempo es y ha sido siempre una práctica sexual perfectamente común, disfrutable y que, correctamente realizada, no tiene por qué producir ningún daño (lo del ano que se vuelve guango por el uso no pasa de ser una sandez sin fundamento; de otro modo las personas que sufren de estreñimiento perderían rápidamente el tono muscular del esfínter anal; y uno no ve que los anuncios de proctólogos abunden en bares, revistas o sitios web gays).

Usar al sexo anal de pretexto para hacer creer que los matrimonios homosexuales dañan la salud es desinformar de manera malintencionada y tramposa. (No vale la pena ni comentar otras mentiras contenidas en el texto publicado en Desde la fe, como que “la mayoría de los homosexuales reconoce tener adicción al sexo, e inclinación hacia un estilo de vida promiscuo”, o que el condón “deja pasar virus microscópicos así que realmente no ofrece segura protección”.)

La campaña de la Arquidiócesis, que no se limita a los artículos del semanario, propaga ideas que propician la discriminación y el odio, además de datos erróneos sobre la salud. Tanto la Secretaría de Gobernación como la de Salud deberían plantar una postura firme, como ya lo están haciendo algunas organizaciones LGBTTTI, frente a esta campaña que vulnera al Estado Laico y la estrategia nacional de salud, además de los derechos humanos de las minorías sexuales.

Cada quien hace de su ano un papalote, dice el dicho. La Arquidiócesis debería tratar de superar su obsesión con la forma en que uno decida usarlo.

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miércoles, 20 de julio de 2016

¿Agua alcalina?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de julio de 2016

Siempre será un misterio para mí la razón de que mucha gente confíe, de manera tan plena y con tanta facilidad, en cualquier tipo de remedio milagro que les ofrezca el primer estafador que aparezca, ya sea en anuncios en revistas, radio o televisión. Cristales, perfumes, imanes, pulseras, pastillas, cápsulas de “ajo negro estrella” o de ajonjolí… la lista puede ser infinita y cambia con las modas.

A diferencia de los amuletos religiosos o místicos, todos estos supuestos tratamientos comparten, además de ser totalmente inútiles, el estar respaldados por un discurso que apela a la ciencia: se dice que están “científicamente comprobados” por “investigadores” de famosas instituciones, y se ofrecen explicaciones que son vagamente racionales e incluyen términos que suenan “científicos”, aunque en realidad sean sólo palabrería sin mucho sentido.

Últimamente se ha puesto de moda la llamada “agua alcalina”, que se puede comprar embotellada, producir con aparatos que se venden para ello, o incluso elaborar de forma casera.

Escala de pH
¿Por qué “alcalina”? Como usted recordará de sus clases de química en secundaria, el agua está hecha de moléculas de H2O. Éstas constantemente se ionizan, separándose en iones OH–, con carga negativa, y iones H+, con carga positiva. La acidez o alcalinidad de una solución acuosa se mide respecto a la cantidad de iones H+ presentes en ella, y se expresa mediante un número llamado pH (de “potencial de hidrógeno), que va del 1 –lo más ácido– al 14 –lo más alcalino. (Técnicamente, el pH se define como “el negativo del logaritmo base 10 de la actividad –otro concepto técnico– del ion hidrógeno en una solución”. Pero no nos metamos en honduras).

Una solución acuosa, dependiendo de los iones que contenga, además de H+ y OH–, puede ser alcalina, ácida o neutra. El “agua alcalina” contiene sales que la hacen tener un pH ligeramente por encima de 7, que es el del agua pura.

Pues bien: los charlatanes insisten en que la acidez es un gran peligro para la salud, mientras que un pH alcalino en el cuerpo la promueve. Entre otras cosas, afirman que el agua alcalina combate el envejecimiento. En su blog dedicado a combatir la charlatanería, el Papá escéptico cita la página seudomédica Agua y aire, donde se afirma: “A medida que el cuerpo envejece estos elementos alcalinos disminuyen en el organismo creando un estado de acidez. Esto es un hecho natural pues el organismo acumula más deshechos ácidos. Hay una estrecha relación entre el proceso de acumulación de deshechos ácidos y el del envejecimiento”. Todo ello, por supuesto, carece de toda base. Pero los charlatanes no se inmutan: llegan a decir que el agua alcalina incluso puede curar o prevenir el cáncer: el sitio La vida lúcida, por ejemplo, afirma que “las células de cáncer no pueden vivir en el agua alcalina” (aunque no revela de dónde sacó tan infundado dato).

A pesar de todo, podría sonar lógico, si uno no tiene mucha información (o no se molesta en buscarla). Deja de parecerlo si se conocen algunos datos sobre la fisiología del cuerpo humano. Por ejemplo, que todo lo que ingerimos pasa al estómago, donde hay jugos gástricos compuestos principalmente por ácido clorhídrico y que tienen un pH extremadamente ácido, de entre 1.5 y 3.5 (pero no se preocupe: el interior del estómago está protegido por una capa de moco, y al salir del estómago y entrar al duodeno, la primera parte del intestino delgado, el ácido es neutralizado mediante la secreción de bicarbonato). En cambio, el pH de nuestra sangre no puede variar de un estrecho margen de entre 7.35 a 7.45. Por debajo de éste, se presenta la acidosis, que causa fatiga, confusión, temblores, dolor de cabeza y puede llevar al coma. Y si el pH sanguíneo sube de 7.45, se presenta la alcalosis, que ocasiona debilidad y dolor muscular, calambres y espasmos, y puede llevar a la parálisis y la muerte.

Afortunadamente, nuestro cuerpo cuenta con mecanismos regulatorios extremadamente delicados y precisos que mantienen el pH dentro de estos límites, sin importar lo que uno consuma (mientras no haya excesos peligrosos). El principal mecanismo de regulación involucra a los pulmones: cuando hay demasiada alcalinidad, respiramos más lentamente, lo que aumenta la cantidad de CO2 en nuestra sangre. Como el CO2 se combina con el agua del plasma sanguíneo para formar ácido carbónico (H2CO3), esto acidifica ligeramente la sangre. Por el contrario, si hay demasiado ácido, la respiración se acelera, eliminando CO2 y disminuyendo el ácido carbónico de la sangre, lo que la alcaliniza. Los riñones también ayudan a regular el pH, aunque un poco más lentamente, al aumentar o disminuir la secreción de iones ácidos o alcalinos en la orina. (A propósito: los mecanismos de regulación del pH de la sangre son tan asombrosos que el famoso escritor de ciencia ficción Michael Crichton, autor de Parque jurásico, los usó como parte vital de la trama de su primer éxito novelístico, La amenaza de Andrómeda, de 1969, una lectura muy recomendable.)

De modo que beber agua alcalina es básicamente un desperdicio de dinero, en el mejor de los casos. En el peor, puede llegar a ser peligroso: consumida en exceso pudiera provocar una alcalosis (riesgo que, por cierto, también presenta el abuso en el consumo de bicarbonato o antiácidos).

Agua alcalina: otro fraude sin bases que explota el deseo de la gente de permanecer sana para venderle un producto inútil que no necesita.

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miércoles, 13 de julio de 2016

Greenpeace vs. los Nobel

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de julio de 2016

En 1962 la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó su célebre libro Primavera silenciosa, donde expuso los daños que el uso imprudente de pesticidas –especialmente el DDT– causaba a la naturaleza y al ser humano. Dio así origen al movimiento ambientalista, que hoy forma parte indispensable de nuestra cultura global y que nos ha hecho conscientes de nuestra responsabilidad como usuarios del planeta.

Pero incluso las mejores intenciones pueden generar monstruos, y el ambientalismo no es la excepción. Greenpeace, organización no gubernamental con raíces estadounidenses, base en Holanda y oficinas en más de 40 países, se ha convertido en uno de los más notorios.

Greenpeace surgió originalmente en 1970 como el “Comité no hagan olas” (Don’t Make a Wave Comittee), llamado así por su oposición a las pruebas nucleares marinas, que se pensaba podían ocasionar tsunamis, y cambió a su nombre actual en 1972. De acuerdo con su página web, fue formada por “cuáqueros [miembros de la comunidad cristiana “sociedad religiosa de los amigos”], pacifistas, ecologistas, periodistas y hippies”. Entre las causas que defiende, a través de campañas y protestas donde busca siempre el mayor impacto mediático posible, están el rechazo a toda tecnología nuclear, la oposición a las armas y la promoción de la paz, el combate a la contaminación química del ambiente, la protección de ballenas y otros animales en peligro de extinción, y la oposición al cultivo y consumo de vegetales transgénicos.

Desgraciadamente, Greenpeace tiende a llevar su lucha a extremos de fanatismo. Sus protestas llegan a dañar monumentos (como ocurrió en diciembre de 2014 en las Líneas de Nazca, en Perú) y frecuentemente violan leyes internacionales. Se rehúsa a reconocer la posibilidad de que el uso de pesticidas, de energía nuclear o de organismos transgénicos pueda tener algún aspecto positivo, y las rechaza tajantemente. Todo esto ha ocasionado que su imagen pública haya decaído: desde los años 90 no le basta con el dinero que recibe de simpatizantes y fundaciones (no recibe dinero de gobiernos), y se ha visto obligada a recurrir a la estrategia de recaudar dinero de particulares a través de activistas que los abordan en lugares públicos. A pesar de lo cual tiene ingresos anuales de 400 millones de dólares.

El pasado primero de julio un grupo de 110 ganadores del premio Nobel (la gran mayoría de ellos en ciencias naturales, sobre todo medicina y química) suscribió una carta [haz click aquí para ver la versión en español] donde acusa a Greenpeace de “crímenes contra la humanidad” por su rechazo dogmático al uso de cultivos transgénicos, que podrían ayudar a combatir el hambre en el mundo, y en especial al llamado “arroz dorado”.

Es bien sabido que los vegetales genéticamente modificados son polémicos: sus posibles efectos negativos en el ambiente y la diversidad biológica, o su uso inequitativo por parte de compañías biotecnológicas, hacen que haya que considerar cada caso por separado, haciendo un balance costo/beneficio. Pero sus opositores desinforman difundiendo como ciertos hechos hoy refutados, como que pueden causar daños a la salud, o que son incapaces de ofrecer ningún beneficio.

El caso del arroz dorado es emblemático: fue desarrollado durante ocho años y presentado en el 2000 por un grupo de científicos encabezados por el suizo Ingo Potrykus y el alemán Peter Beyer, con el fin de combatir la deficiencia de vitamina A, mal endémico que afecta a 250 millones de personas en el mundo y causa ceguera a entre 250 y 500 mil niños anualmente, sobre todo en África y el sudeste de Asia (donde, precisamente, el arroz es una de las bases de la alimentación). De estos niños, la mitad morirán un año después de quedar ciegos, debido a la deficiencia de vitamina A. Mediante tecnología de ADN recombinante se introdujeron genes de planta (narciso) y bacteria (Erwinia) al arroz dorado que le permiten producir altas cantidades de beta-caroteno, sustancia que al ser consumida se transforma en vitamina A (y que normalmente no contiene grano de arroz). Su cultivo y distribución masiva podría prevenir la deficiencia con sólo consumir una taza diaria de arroz dorado . Pero los opositores a los transgénicos, y muy notoriamente Greenpeace, han logrado impedir esto, mediante intensas campañas y cabildeo político.

Esgrimen argumentos como que el arroz dorado no contiene suficiente beta-caroteno: hoy se ha desarrollado el “arroz dorado 2”, que sí lo contiene, de sobra (23 veces más que el arroz dorado original). Se dijo que el beta-caroteno no sería aprovechado de igual forma por el cuerpo humano: hoy los estudios demuestran que es tan eficaz como el obtenido por fuentes tradicionales. Se dijo que las proteínas transgénicas que contiene podrían provocar graves alergias; nuevamente, se ha comprobado que no es así (de hecho después de décadas de consumir cultivos transgénicos en todo el mundo, no hay casos de alergias ni de ningún otro daño a la salud reportados). Pero el hecho es que el arroz dorado, gracias a las campañas en su contra, sigue sin cultivarse. Por cierto: este cultivo no es producto de ninguna trasnacional biotecnológica, ni producirá ganancias millonarias a ningún capitalista.

Es interesante leer la carta de los Nobel. Es más interesante aún leer la respuesta oficial de Greenpeace, llena de afirmaciones vagas, medias mentiras y acusaciones de complot. Muchos expertos la han ya analizado y criticado seriamente.

En mi opinión, ha llegado el momento de reconocer (como lo hizo Patrick Moore, uno de sus fundadores originales, cuando la abandonó en 1986) que organizaciones intransigentes como Greenpeace y otras similares juegan un papel profundamente anticientífico, y por tanto dañino, en la discusión de muchos temas donde la protección del ambiente y el bienestar humano están en juego. Y eso, aunque sea un buen pretexto para recaudar fondos, no beneficia ni a la sociedad ni al ambiente.

Patrick Moore: por qué abandoné Greenpeace


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miércoles, 6 de julio de 2016

¿Comer electricidad?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de julio de 2016

Todo mundo sabe que algunos organismos comen carne, otros plantas, y otros un poco de todo. También que las plantas fabrican su propio alimento. Y que hay otros que desintegran la materia orgánica de los cadáveres de los demás seres vivos. Pero ¿puede haber organismos que se alimenten de electricidad?

La pregunta es capciosa: desde hace tiempo se sabe que existen microbios capaces de “comer” electricidad: son bacterias que, más precisamente, se “alimentan” de los electrones que arrancan a sustancias inorgánicas en los lugares donde habitan.

¿Y dónde habitan? En el suelo o el subsuelo, en cavernas y minas, o en el fondo marino, entre sedimentos, o cerca de las ventilas hidrotermales que expelen agua caliente cargada de minerales. La verdad es que apenas conocemos una mínima porción de la biodiversidad microbiana de nuestro planeta. Seguramente entre más busquemos, más especies hallaremos; el problema es que es muy difícil detectar e identificar a estos microorganismos que los especialistas llaman litótrofos (“comedores de rocas”), pues para ello se requiere cultivarlos, lo cual resulta especialmente complicado debido precisamente a su metabolismo. Lo que han hecho muchos investigadores es aplicar electrodos a cultivos obtenidos de la naturaleza para ver si hay en ellos bacterias capaces de aceptar o donar electrones, por ejemplo.

Pero presentar a estas bacterias que “comen electricidad” como algo extraño e inaudito es un poco tramposo: en realidad, todos los seres vivos lo hacemos. Lo que hace especiales a estas bacterias es que logran arrancar electrones (o donarlos) a materiales inorgánicos, muchas veces sólidos: minerales. Todo organismo existe gracias a reacciones químicas en las que arrancamos electrones a ciertos materiales y los donamos a otros, y en el proceso obtenemos la energía que necesitamos para vivir (excepto los seres fotosintéticos, que obtienen su energía del sol, pero que aún así la almacenan moviendo electrones).

La vida es un fenómeno basado en reacciones de óxido-reducción, o “redox”. Sí: esas que todos odiábamos tener que balancear en la secundaria y prepa. En realidad no es tan difícil: cuando se arranca un electrón a una sustancia, ésta se oxida; si por el contrario se le dona un electrón, se reduce. Siempre que una sustancia se oxida, otra simultáneamente se reduce. Algunas de estas reacciones son espontáneas y liberan energía; otras requieren que se les suministre energía, que queda almacenada en los productos.

Si el donador y el receptor de electrones (el oxidante y el reductor) se hallan dentro de una batería y el movimiento de electrones se da a través de un cable eléctrico que puede hacer trabajar un motor, hablamos de un circuito eléctrico. Si el donador de electrones es un compuesto orgánico y el receptor es el oxígeno –que al reducirse se combina con hidrógeno del aire para producir agua–, y el movimiento de electrones se da dentro de una célula, hablamos de metabolismo.

Los animales oxidamos compuestos orgánicos altamente reducidos y en el proceso liberamos su energía, que usamos para vivir. Las plantas, por su parte, usan la energía del sol para reducir un compuesto altamente oxidado (el dióxido de carbono) y combinarlo con hidrógeno del aire para transformarlo en carbohidratos. La vida es, en cierto modo, un fenómeno químico de óxido-reducción (el premio Nobel de medicina Albert Szent-Giörgyi afirmó que “la vida no es más que un electrón buscando un lugar para descansar”).

Lo fascinante de estas bacterias marinas y del subsuelo, que se están estudiando diversos laboratorios, es que presentan mecanismos metabólicos novedosos: algunas toman los electrones directamente de los minerales; otras expulsan enzimas que toman los electrones y luego las ingieren de nuevo; otras más van construyendo redes de materiales conductores en el suelo a su alrededor que les permiten ir adquiriendo electrones de zonas con las que no están directamente en contacto.

Hoy se investiga para buscar maneras de aprovechar estos procesos para, por ejemplo, transformar la corriente eléctrica proveniente de fuentes renovables en metano, para usarlo como biocombustible (electrometanogénesis). Por otro lado, entender mejor este tipo de metabolismo puede servir para buscar vida en otros planetas, que podría funcionar de esta manera.

La célula es el espacio donde la biología y la química se funden (por eso hoy ya no hablamos de “biología celular”, sino de biología molecular de la célula). Cuando piense usted en estar vivo, piense no en “energías” abstractas de tipo místico, sino en la energía de los trillones de reacciones redox que están oxidando y reduciendo moléculas a cada instante dentro de cada una de las células de su cuerpo. Quizá así recuerde con menos odio sus clases de química.



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miércoles, 29 de junio de 2016

Una historia escamosa

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 29 de junio de 2016

Placodas en embriones de lagarto,
cocodrilo y serpiente
El trabajo de los científicos es muy similar al de los detectives de las novelas o la televisión. Decirlo es un lugar común, pero no deja de ser cierto.

Una reciente noticia que circuló en diarios y redes es un magnífico ejemplo. Un investigador en Suiza acaba de resolver un viejo enigma: ¿en qué se parecen –evolutivamente hablando­­– las escamas, las plumas y el pelo?

Para entender por qué es una pregunta interesante, hay que recordar que ya desde tiempos de Aristóteles, hace más de dos mil 300 años, se usaban las características físicas de los seres vivos para clasificarlos, y por tanto entenderlos. Los reptiles tienen escamas; las aves, plumas. El pelo, por su parte, es exclusivos de los mamíferos, como nosotros: de hecho, es su “característica definitoria”.

Para un moderno biólogo evolutivo, sin embargo, no basta con describir y clasificar a los seres vivos: quiere además conocer su historia, de dónde vienen y qué relación tienen con los demás seres vivos. Los biólogos evolutivos son los historiadores de la biología.

Pues bien: gracias a estudios embriológicos, anatómicos y genéticos se sabe que tanto el pelo como las plumas se comienzan a formar durante el desarrollo de los embriones de aves y mamíferos a partir de pequeños puntitos conocidos como placodas: ligeros engrosamientos de la piel que posteriormente darán origen a los folículos plumosos (sí: así se llaman) o pilosos. Pero jamás se habían detectado estas placodas en reptiles. De modo que, a pesar de que pelos y plumas están hechos de la misma proteína –queratina– y de otras similitudes, se pensaba habían evolucionado independientemente de las escamas, cada uno por su lado.

Michel Milinkovitch, de la Universidad de Genova, en Suiza, no estudiaba la relación evolutiva entre pelo, plumas y escamas. Más bien, trataba de entender los factores bioquímicos y genéticos que controlan la formación de escamas en reptiles. Como modelo usaba al llamado “dragón barbado”, del que se han logrado obtener mutantes que nacen sin escamas. Al analizar la causa de esto, halló que se debía a una alteración de un gen específico, llamado EDA (ectodisplasina A).

Con sorpresa, al consultar las bases de datos, halló que EDA ya era conocido por ser un gen indispensable para la formación de las placodas que dan origen a las plumas en aves y al pelo en mamíferos. ¡El mismo gen!

Placodas en mamíferos,
reptiles y aves
Siguiendo esta pista, Milinkovitch logró descubrir que, pese a jamás haberse observado, también en los embriones de reptiles (cocodrilos del Nilo, dragones barbados y serpientes del maíz) se formaban placodas, y que éstas daban origen a las escamas. El problema es que se forman y desaparecen en cuestión de horas, y en sitios irregulares: para observarlas hay que buscar en el lugar y el momento exactos.

Así, un estudio embriológico acabó resolviendo un enigma evolutivo. Indiscutiblemente, reptiles, aves y mamíferos comparten un antepasado común cuyos embriones tenían placodas. Y quizá el hallazgo, publicado el pasado 24 de junio en la revista Science Advances, tenga aplicaciones médicas: el gen EDA está implicado en ciertas alteraciones de la piel humana como la enfermedad llamada displasia ectodérmica hipohidrótica, que provoca falta de pelo y vello y anormalidades en las glándulas sudoríparas, dientes y uñas.

Los científicos son como detectives. Solo que muchas veces no hallan lo que estaban buscando, sino otras cosas inesperadas y quizá más interesantes.

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miércoles, 22 de junio de 2016

La malentendida evolución

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 22 de junio de 2016

Oikopleura dioica
La evolución por medio de la selección natural –la gran idea de Darwin– es la columna vertebral de la biología, y una de las más poderosas ideas producidas por la mente humana. Y sin embargo, es también una de las peor entendidas por la mayoría de la gente.

Uno de los malentendidos clásicos respecto a la evolución es creer que avanza de manera lineal, como en el típico –e incorrecto– esquema en que un mono se va convirtiendo en humano. Otro es que camina en una dirección definida, hacia el “mejoramiento” de las especies (mayor tamaño, mayor complejidad, organismos más “avanzados”). Lo cierto es que la evolución es un proceso ciego que avanza, como una enredadera, en cualquier dirección hacia donde pueda extenderse, siempre y cuando se cumpla su único requisito: que los organismos sobrevivan.

Otro malentendido es creer que son los organismos individuales quienes evolucionan; error reforzados por caricaturas como Pokémon (cuyo nombre, por cierto, deriva de pocket monsters, o monstruos de bolsillo), donde un mismo animal puede “evolucionar” transformándose en versiones más “avanzadas” de sí mismo. En realidad, quienes evolucionan son los grupos de organismos –las poblaciones–, a lo largo de muchas generaciones.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Barcelona, conformado por Ricard Albalat y Cristian Cañestro, publicaron en el número de julio de la revista Nature reviews una monografía que echa por tierra otro error común acerca de la evolución: que ésta siempre conlleva un aumento en el número de genes de una especie.

Albalat y Cañestro son especialistas en la genética de un pequeño organismo marino llamado Oikopleura dioica, de sólo 3 mm, que sin embargo comparte muchos genes con la especie humana. Oikopleura es interesante, entre otras cosas, porque ha perdido numerosos genes a lo largo de su evolución (por ejemplo, los relacionados con la producción del ácido retinoico, un compuesto que se considera indispensable para el desarrollo embrionario de todo animal). Estudiarlo ayuda a conocer mejor qué genes son indispensables en el humano y cuáles no tanto, y sobre todo a descubrir funciones desconocidas de genes humanos.

Hoy la secuenciación de genomas completos de muchas especies permite hacer detalladas comparaciones, y revela la historia de los cambios, ganancias y pérdidas de genes en los linajes evolutivos. Los investigadores catalanes escribieron su monografía para mostrar que no sólo la aparición de nuevos genes y su cambio a través de mutaciones, sino también su pérdida, puede ser un proceso central en la evolución.

Explican que, para que un gen pueda perderse, su función debe ser opcional, no vital, para el organismo. Esto puede suceder bien porque se ha desarrollado una forma alterna de realizar la misma función, o porque las condiciones del medio en que vive hacen que ésta no sea ya necesaria. Dos ejemplos de pérdida de genes son los parásitos, que dependen en gran medida de las funciones de otro ser vivo para sobrevivir y por tanto pueden soportar la pérdida de órganos o funciones, y la existencia de animales como los peces ciegos de las cavernas, cuyos ojos pudieron desaparecer por resultarles inútiles en la oscuridad en que viven.

Albalat y Cañestro hacen énfasis, sin embargo, en que nada de esto puede interpretarse como que dichas especies se “degeneren” o retrocedan evolutivamente. En biología, evolución significa simplemente cambio para sobrevivir, no mejora ni avance en alguna dirección predeterminada.

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miércoles, 15 de junio de 2016

Genes, memes y odio

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de junio de 2016

Hace 40 años, en 1976, el biólogo inglés Richard Dawkins, especialista en etología –el estudio de la conducta animal– publicó un libro que revolucionó la manera como se divulga la ciencia y como se entiende la evolución biológica: El gen egoísta.

Tradicionalmente, como lo explicara Darwin, se acepta que las especies evolucionan debido a que en ellas hay individuos diversos, algunos de los cuales tienen características que facilitan su supervivencia y reproducción ante las condiciones de su entorno. Este proceso de “selección natural” es la fuerza que impulsa el proceso evolutivo, y que hace que las especies se vayan adaptando tan exitosamente a los diversos ambientes donde viven y a los cambios que estos ambientes sufren.

Sin embargo, hay adaptaciones evolutivas que no pueden explicarse mediante la selección natural en su formulación clásica: por ejemplo, los comportamientos “altruistas” en animales, como las llamadas de alarma que algunos individuos emiten para advertir al resto del grupo de la presencia de un depredador. Esta conducta favorece la supervivencia del grupo, pero aumenta mucho el riesgo de muerte para el centinela. Si éste muere, no puede heredar dicha conducta a sus descendientes. ¿Cómo podría entonces haber evolucionado el comportamiento altruista de dar la alarma?

En los años 60, varios investigadores desarrollaron una formulación de la selección natural en la que consideraban que eran los genes, no los organismos, las unidades de la evolución; las entidades que son sujeto de la selección natural. Viéndolo así, y tomando en cuenta que compartimos el 50% de nuestros genes con nuestros padres y hermanos, el 25 con nuestros tíos, el 12.5 con nuestros primos, etcétera, los genes que favorecen el comportamiento altruista de dar la alarma podrían sobrevivir y transmitirse a futuras generaciones a través de las copias de sí mismos que se hallan en los parientes del centinela, aun a costa de la vida de éste.

Lo que hizo Dawkins en su influyente libro fue refinar y ampliar esta visión, presentándola además con un estilo literario accesible y fascinante. Describió a los genes como entidades “egoístas”, que sólo buscan su propia replicación (por eso los llamó “replicadores”), y describió nuestros cuerpos como “máquinas de supervivencia” construidas por los genes sólo para lograr sus fines reproductivos.

La visión de “genes egoístas” ayuda a estudiar y entender muchos fenómenos evolutivos de forma más fácil e intuitiva que la formulación matemática usual, pero es totalmente compatible con ésta. El problema es que nunca falta quien interpreta el título del libro literalmente (normalmente sin haberlo leído) y cree que Dawkins afirma que los genes piensan y nos manipulan. Es el problema de divulgar la ciencia: siempre se necesita usar metáforas que pueden ser malinterpretadas.

Pero no sólo eso: en el último capítulo de su libro, Dawkins propuso que existe otro tipo de replicadores, que brincan no de cuerpo en cuerpo a través del ADN contenido en óvulos y espermatozoides, sino de cerebro en cerebro a través de palabras, letras y otros medios: son las ideas, que desde esta perspectiva Dawkins bautizó como “memes”.

Hasta hace poco, la palabra meme era casi desconocida para el ciudadano común. La explosión de internet y las redes sociales la convirtió en algo común. Hoy somos diariamente testigos de cómo las ideas se copian, mutan, evolucionan, se esparcen y, como virus mentales, infectan cerebros… a veces con resultados nefastos.

Como los genes, los memes pueden agruparse en complejos que ayudan a su reproducción. La ciencia es uno de ellos: el conjunto de ideas que incluye investigar la naturaleza basándonos en evidencia objetiva, métodos cuantitativos, experimentos reproducibles, análisis estadístico y argumentos con coherencia lógica ha sido tan exitoso que todas las sociedades modernas lo consideran suficientemente bueno como para enseñarlo en la escuela. Pero también las religiones son complejos de memes altamente exitosos: después de todo, incluyen la idea de que si uno no cree en ellas, al morir irá al infierno. Así, el meme religioso asegura su propia reproducción, como las cartas en cadena que amenazaban con grandes desgracias a quien no las reenviara.

Desgraciadamente, existen memes ampliamente difundidos, muchas veces con base religiosa, que instan a discriminar, odiar y destruir lo diferente; a eliminar a quienes no acepten las ideas y comportamientos que forman parte del complejo de memes dominante. La violencia homofóbica desatada con la matanza en el bar gay Pulse en Orlando, Florida, y muchos otros actos semejantes en nuestro país y en el mundo, son expresión del poder de estos memes nocivos.

Igual de preocupante fue ver la respuesta de muchas personas en Estados Unidos, México y España que, a través de las redes sociales, expresaron su odio a lo diferente regodeándose con la matanza. Son cerebros infectados por los memes de la homofobia, primos cercanos de los memes religiosos.

Reconocer que las palabras y las ideas que representan pueden causar daño es el primer paso para combatir la propagación de estos memes perniciosos. Como sociedad debemos contribuir a su extinción y a que, a través de la educación, las leyes y la discusión colectiva amplia y racional, sean sustituidos por otros memes que representen los valores humanos que los ciudadanos del siglo XXI hemos decidido aceptar. Darnos cuenta de esto es algo que también le debemos agradecer a Richard Dawkins.

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