miércoles, 16 de julio de 2014

Las redes del mundo real

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de julio  de 2014

La semana pasada escribí aquí sobre la economía como ciencia, y señalé que, aunque tiene grandes diferencias con las ciencias naturales, no por ello deja de ser una disciplina seria que produce conocimiento útil.

Mencioné que los sistemas que estudia la economía son tremendamente más complejos que los que ocupan a la física, la química o incluso la biología. La ecología, por ejemplo, no estudia un ecosistema en toda su complejidad: elige algunos componentes que hagan manejable el problema. E incluso la meteorología, cuando trata de modelar en su totalidad un sistema tan complejo como el clima, lo más que logra son predicciones parciales, de corto plazo y con un grado relativamente modesto de confianza.

Aun así, modelar y predecir la conducta de individuos y de conjuntos de personas, junto con las fuerzas sociales, políticas y culturales que influyen en el comportamiento del sistema económico tiene un grado de dificultad pavorosamente mayor. No sólo por la cantidad de componentes que influyen en él, y por los múltiples parámetros que pueden ser afectados por cada uno. También porque prácticamente todos los componentes están relacionados entre sí. El sistema económico es, antes que nada, una gran red, o incluso una red de redes, en la que cada componente afecta a muchos más.

Un ejemplo actual es la generación de energía eléctrica a partir de la luz solar.

La doble crisis del petróleo –su inminente escasez, que ya resiente nuestro país, y sus terribles efectos ambientales (por no mencionar los problemas que tendremos para producir un sinfín de compuestos indispensables, como los plásticos y muchos fármacos, cuando escaseen los hidrocarburos a partir de los que se fabrican)– hace que el desarrollo de las llamadas “energías alternativas” sea una urgencia planetaria.

Y de todas ellas, aprovechar la abundantísima energía electromagnética que el Sol nos regala en forma de luz visible es la más prometedora. El efecto fotoeléctrico, descubierto en el siglo XIX y explicado por Einstein en su annus mirabilis (año de las maravillas) de 1905, es la base que permitió fabricar, ya desde 1954, celdas fotoeléctricas, también llamadas celdas solares, en las que el choque de los fotones de luz libera electrones de un material semiconductor, que forman una corriente eléctrica.

Inicialmente las celdas solares eran prohibitivamente caras. Pero los avances científico-técnicos y su industrialización masiva han ido reduciendo el costo de producir electricidad con energía solar. Hoy existen celdas experimentales que llegan a tener 44% de eficiencia, y otras comerciales con eficiencias muy buenas de entre 15 y 20%.

Entonces, ¿por qué todavía no se producen grandes cantidades de energía solar en el mundo –y en México, que tiene tanta extensión de territorio con alta insolación– para sustituir el consumo de petróleo? (según el sitio Greentechmedia.com, bastarían dos campos de 25 kilómetros cuadrados en los desiertos de Chihuahua o Sonora para producir toda la energía solar de México, con un sistema con el 15% de eficiencia). Porque no basta que exista un problema económico-social con una respuesta científico-técnica; la economía es una red, y sus conexiones ofrecen resistencia y limitan lo que puede hacerse en un momento dado.

Tienen que existir las técnicas para fabricar las celdas; las industrias que lo hagan y el sistema que las comercialice. Pero también tiene que haber el dinero, público o privado, para adquirirlas. La voluntad política para facilitarlo, y para superar la oposición de la industria petrolera. La percepción pública de que se trata de una inversión necesaria y conveniente. La disponibilidad de los materiales necesarios. Las leyes para regular la nueva tecnología. En fin… Y todos estos factores están conectados entre sí y se influyen mutuamente.

Muchas veces no es que los economistas, o los científicos o ingenieros, no sepan cómo ofrecer soluciones, sino que hacerlas realidad es mucho, mucho más complicado de lo que parece. Así es el mundo real: muy distinto de la teoría. Y sin embargo, se puede. Hace unas semanas Alemania anunció que logró producir el 50% de la electricidad usada en un día (el 6 de junio, que fue feriado y especialmente soleado) a partir de energía solar. Su meta es lograr que para 2020 el 35% de su electricidad sea solar, y para 2050, el 100%.

¿Y nosotros? ¿Seguiremos perdiendo en tiempo en discutir la reforma petrolera?

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miércoles, 9 de julio de 2014

Ciencia, economía y desarrollo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de julio  de 2014

Quienes estudiamos ciencias naturales tendemos a tener una opinión bastante prejuiciada de la economía (quizá más que de las otras ciencias sociales, a las que tampoco solemos apreciar demasiado). Probablemente porque en la educación básica y media no se nos enseña prácticamente nada al respecto.

La semana pasada tuve oportunidad de comenzar a combatir mis preconcepciones al asistir al Simposio Libertad y Desarrollo, organizado por el Departamento de Economía y Finanzas de la Universidad de Guanajuato. Se trató de un evento académico de cuatro días de duración y notoriamente bien planeado y organizado, dirigido principal, pero no exclusivamente, a los estudiantes de la carrera de Economía; la mayoría de los ponentes pertenecían asimismo al mundo de las ciencias económicas.

En esta segunda edición, el Simposio estuvo dedicado al tema de la discriminación. Yo fui invitado a hablar sobre la utilidad de la ciencia –y su difusión pública– para combatir las distintas formas en que privamos a nuestros semejantes de los derechos que todos deberíamos tener.

Para mí, un humilde químico acostumbrado a tratar con una concepción físico-química-biológica del mundo, donde la energía y la materia se conservan y el conocimiento se obtiene en gran medida gracias a la experimentación controlada, asomarme a la economía fue como entrar a otro mundo. Ahí los experimentos son raros; se depende más bien de observaciones y modelos (muchos de ellos altamente matematizados y rigurosos, eso sí). Y el dinero, que hoy es ya una entidad virtual, no barras de oro almacenadas en Fort Knox, ¡sí se puede crear continuamente!

En el Simposio me enteré de que existen grandes mitos respecto a la economía. Por ejemplo, que lejos de lo que muchos creemos, esta ciencia no es un simple revoltijo de concepciones caprichosas y contradictorias que no logran predecir gran cosa, sino una disciplina con altos estándares de rigor que produce conocimiento que puede ser sometido a prueba y mejorado. (Aunque, eso sí, la complejidad mucho mayor del sistema económico global respecto a los simplificados sistemas que estudian normalmente la física, la química o la biología –recordemos la clásica vaca esférica sin fricción de los físicos– hace que sea prácticamente imposible obtener –¿todavía?– predicciones muy exactas. Y, a diferencia de las ciencias naturales, la economía no logra todavía alcanzar consensos muy amplios entre sus expertos, que siguen divididos en grandes escuelas de pensamiento).

Y que el “neoliberalismo económico” es más bien una entelequia imposible de definir con precisión que nadie, al parecer, defiende como tal (lo cual no quiere decir, opino yo, que no existan maneras de manejar la economía que son altamente dañinas para grandes porciones de la población mientras que favorecen inequitativamente a unos pocos).

Pero lo más importante es que entendí –o comencé a entender– que la economía, junto con otras disciplinas o ciencias sociales (no caeré en la trampa de tratar de definir quién tiene derecho a llamarse ciencia y quién no) pueden –y deben, según el pensamiento liberal, entendido en sentido amplio, que se defendió en el Simposio– ser utilizadas para combatir la desigualdad y la discriminación, para lograr que, como expresa el lema del evento, haya “un lugar para cada proyecto de vida” y, en última instancia, para promover el bienestar de la humanidad.

No: los economistas no son como los pintan. Al menos, no todos.

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miércoles, 2 de julio de 2014

Discriminación y ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de julio  de 2014

Un dicho que detesto dice que “un pesimista es un optimista con experiencia”.

Una de las cosas que la gente pesimista disfruta es regodearse cuando el género humano demuestra sus múltiples fallas (vean lo que dijeron cuando perdió la Selección ante Holanda). Su frase favorita es “se los dije”.

Los pesimistas afirman que no se puede confiar en nadie, que la humanidad no tiene remedio, y que esperar que deje de ser injusta, violenta, inconsciente, ignorante y cruel es sólo una quimera.

Es cierto: la historia humana está llena de guerras, discriminación, injusticia y horrores. Y a muchos de ellos, por cierto, la ciencia ha contribuido al proporcionar a esos humanos crueles, violentos e irresponsables los medios para ejercer su violencia e irresponsabilidad de manera más eficaz: armas blancas, de fuego, tanques, granadas, minas, bombas atómicas y armas químicas; tecnología que desforesta y contamina, que daña la capa superior de ozono, que ayuda a depredar extinguiendo especies…

Y sin embargo, ambas percepciones pesimistas, la de que la humanidad es una ruina que no tiene remedio y la de que la ciencia sólo ha contribuido a empeorar las cosas, son falsas. Al menos, parcialmente.

Porque es indudable que la humanidad, a lo largo de la historia, ha mejorado. ¿Evidencia? El hecho de que ya no sea tolerable, en prácticamente ninguna nación, al menos en principio, que un ser humano sea propiedad de otro. La esclavitud es hoy ilegal y repudiada en todo el mundo.

Otros ejemplos: la lucha por eliminar la discriminación contra negros, indígenas y mujeres. Poblaciones –no necesariamente minorías: en el último caso constituyen el 50% de la población– que tradicionalmente eran marginadas y maltratadas gozan hoy, en gran medida, de derechos prácticamente iguales a los de todos los demás seres humanos… o están en vías de lograrlo. Lo que ya nadie discute, excepto unos cuantos obcecados, es que eso es lo justo; lo deseable.

En cuanto a la ciencia: no sólo nos ha dado, además de las armas de destrucción, herramientas que han mejorado nuestras vidas y las han hecho más sanas, extensas y productivas (antibióticos, vacunas, transportes, comunicaciones, técnicas agrícolas, computadoras…), sino que ha sido una de las principales proveedoras de argumentos para combatir la discriminación.

En efecto: poco a poco, en su avance imparable, la ciencia ha ido desterrando creencias –a veces míticas o religiosas, a veces fundadas en una ciencia todavía inmadura– como la de que hay seres humanos naturalmente más valiosos que otros (reyes, esclavos); que existen “razas” humanas y que algunas son intrínsecamente superiores a otras; que las mujeres tienen menos capacidad racional o son menos aptas para realizar cualquier tarea… Todos estos mitos han sido lentamente desbancados, con evidencia sólida, por la ciencia.

No, no estoy de acuerdo con quien piensa que la humanidad no tiene remedio. Lo tiene, y la ciencia es una de las herramientas gracias a las que, poco a poco, ha ido mejorando.

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miércoles, 25 de junio de 2014

Opiniones, mentiras y debates

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de junio  de 2014

La convivencia humana implica discusión. Y la discusión –entendida en su sentido legítimo de “intercambio de argumentos sobre un tema”, no el de “pelea”, como muchos tendemos a entenderla– es también una forma de razonamiento. Pero para que sea fructífera y no degenere, precisamente, en pelea, hay que distinguir los distintos tipos de temas sobre los que se puede discutir, y la manera, a veces tramposa, en que se discute sobre ellos.

Sin duda la discusión del momento es la que se ha dado sobre la palabra “puto”, empleada como insulto masivo contra jugadores del equipo contrario en los juegos de la Selección Mexicana en el Mundial de Futbol de Brasil (la putidiscusión, pues).

Las opiniones son encontradas: desde quien piensa que todo es una exageración ante una inofensiva y juguetona palabra que siempre se ha empleado, hasta quienes la consideramos un indeseable insulto de raíz indudablemente homofóbica que sólo expresa una agresión y una violencia que sería mejor combatir (sin que eso implique, aclaro y aclaramos todos los que hemos opinado de forma similar en las páginas de Milenio Diario, que estemos de acuerdo con la actuación y las decisiones de la FIFA).

Otra discusión acalorada, aunque menos pública, es la que se da entre quienes defendemos la vacunación infantil como medida de prevención de una variedad de enfermedades, y como una de las medidas terapéuticas con mayor éxito en la historia de la medicina mundial, y quienes, influidos por la desinformación seudocientífica que por desgracia circula ampliamente en internet, están convencidos de que las vacunas son inútiles o incluso dañinas, que causan autismo, que son “antinaturales” y otras tonterías, y por ello se niegan a vacunar a sus hijos, sin darse cuenta de que al hacerlo ponen en riesgo no sólo su salud, sino la de quienes los rodean y de toda la comunidad.

Una tercera discusión, larga y acalorada, es la que se ha dado en nuestro país sobre la siembra de maíz transgénico. Nuevamente, hay opiniones encontradas, datos confusos, acusaciones, y los expertos científicos de mayor prestigio no logran ponerse de acuerdo; más bien están muy polarizados.

Las tres son eso: discusiones. Y como tales, habrá que respetar a quien piense diferente, so pena de caer en una intolerancia dictatorial. Pero las tres tienen sus diferencias. En el caso de “puto”, se trata de meras opiniones. Algunas nos parecerán más convincentes que otras. No hay manera de demostrar científicamente, o de medir de manera objetiva e incontrovertible, que la palabra es un insulto que debe ser desterrado de los estadios, o bien un simple vocablo inofensivo. Podemos llegar a acuerdo sociales, pero nada más.

En cambio, en el debate sobre la vacunación no todas las opiniones tienen el mismo valor: se cuenta con datos confirmados, confiables e incontrovertibles de que las vacunas son seguras, eficaces y necesarias para el bienestar público. Un reciente estudio publicado en la revista médica Pediatrics (9 de junio) describe cómo se logró rastrear el origen de un brote epidémico de sarampión en 2011 en Minnesota, Estados Unidos, a un niño de origen somalí que no había sido vacunado y se infectó en un viaje a Kenia. A partir de él hubo 21 casos reportados de sarampión (aunque se calcula que unas 3 mil personas habrán estado expuestas al contagio, directa o indirectamente). De esos 21, 16 carecían de vacuna, 7 de ellos debido a que los padres desconfiaban de ella. Mas allá de toda discusión, no hay duda: dejar de vacunar a los niños es una irresponsabilidad.

Finalmente, el caso de los transgénicos es un ejemplo ideal de discusión en la que no bastan las opiniones: se necesita información científica confiable. Pero como aún no contamos con ella, se trata de un debate abierto. En este caso, quienes favorecen una postura pueden llegar a presentar datos imprecisos, sesgados o falsos. Algo así sucedió el pasado lunes en un suplemento sobre el tema publicado en el diario La Jornada, en el que se mencionan inexactitudes graves como que el consumo de maíz transgénico puede tener “impactos en la salud” como “ocasionar alergias o toxicidad”, “aparición de resistencia a antibióticos” o que las plantas “pueden producir nuevas toxinas”, además de dar como un hecho la existencia de plantas con la tecnología “terminator”, que producen semillas estériles, cuando ésta nunca fue aplicada fuera del laboratorio.

En fin, que si bien en algunas discusiones se puede defender cualquier opinión, en otras existe ya la información rigurosa que permite zanjarla. Pero si no existe, ¡no se vale inventarla!

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miércoles, 18 de junio de 2014

Matar al bello durmiente

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de junio  de 2014

Las cosas no siempre son lo que parecen, como lo demuestra la revisión del clásico cuento de la Bella Du
rmiente en la película Maléfica, protagonizada por Angelina Jolie. Después de todo, resulta que quizá la malvada bruja no era tan malvada como nos contaron.

La ciencia tiene el hábito de dar ese tipo de sorpresas: de revelar cosas inesperadas, contrarias al sentido común (de ahí su valor: si confiáramos más en el sentido común que en el riguroso cuestionamiento que forma parte del modo científico de pensar, hay muchos descubrimientos que nunca haríamos).

Pensemos en el VIH (virus de la inmunodeficiencia humana). Durante dos décadas la infección con este virus fue considerada una condena a muerte, pues aun con los tratamientos para contenerlo, muchos pacientes terminaban falleciendo después de un tiempo.

La llegada de los “cocteles” antirretrovirales (más precisamente llamados “terapias antirretrovirales altamente activas”, o HAART, por sus siglas en inglés) cambió completamente el panorama. Se basan en una idea darwiniana: al aplicar simultáneamente al paciente un tratamiento con al menos tres fármacos antirretrovirales, se hace muchísimo menos probable que el virus mute para volverse resistente a todos ellos (pues la probabilidad de que desarrolle al azar justamente las tres mutaciones necesarias es mucho menor que la de desarrollar sólo una de ellas).

Como resultado de esto, hoy ya nadie tiene por qué morir de sida en países como el nuestro, donde el tratamiento está disponible de manera gratuita para básicamente todo ciudadano que lo necesite. Hoy, sin duda, lo mejor que le puede suceder a una persona infectada es enterarse de que lo está, para poder iniciar el tratamiento que le permitirá sobrevivir con salud prácticamente por su lapso natural de vida.

Sin embargo, la infección por VIH sigue siendo incurable. En gran parte porque el VIH, como todos los retrovirus, tiene la capacidad de insertar sus genes dentro de los nuestros. El genoma viral queda ahí, escondido dentro de los cromosomas de nuestras células, de las que puede resurgir en cualquier momento. Esto –que también explica el largo periodo de latencia que normalmente se presenta después de la infección, que puede ir de tres a más de 20 años sin que se presenten los síntomas del sida– hace que eliminarlo sea hasta ahora imposible.

Pues bien: ¿qué pensaría usted si estuviera infectado de VIH y le propusieran administrarle un fármaco para “despertar” a esos virus durmientes y hacer que salgan de sus escondites? A primera vista parece una pésima idea: los síntomas deberían empeorar.

Pero resulta que es justo al contrario: durante años, en la búsqueda de una cura para el VIH/sida, se ha intentado hallar tratamientos que saquen a este bello durmiente de su sueño. Porque, al hacerlo salir de las células en que se refugia, se lo podría eliminar con tratamiento antirretroviral.

La reactivación de los virus normalmente ocurre de manera azarosa. Para tratar de forzarla, se han usado compuestos que lo “despiertan” (técnicamente, que activan su transcripción), pero no se ha logrado que lo hagan de manera eficaz.

En un artículo publicado en el número del 5 de junio de la revista Science, un grupo de investigadores comandado por Leor Weinberger, de la Universidad de California en San Francisco, exploró una biblioteca de 1,600 compuestos químicos y halló 85 de ellos que logran aumentar la variabilidad (“ruido”) en la reactivación de los virus (con pruebas en células en cultivo, no en humanos), y que al ser combinados con fármacos reactivadores del virus (activadores de la transcripción), aumentan su efectividad.

De modo que, contra lo que uno pudiera creer, despertar al terrible virus durmiente pudiera ser la clave para acabar con él. Quizá en un futuro este tipo de terapia ayude a lograr la deseada cura.

No: las cosas no siempre son lo que parecen. Ni las brujas.

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miércoles, 11 de junio de 2014

Tergiversar la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de junio  de 2014

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.

Ésta comienza con el resumen en los artículos especializados, en el que el descubrimiento reportado se reduce a un párrafo, pasando por los “artículos de revisión”, también especializados, en que un hallazgo se reduce a un renglón, hasta llegar a los libros de texto, donde se habla ya no de un descubrimiento específico, sino sólo del conocimiento general sobre el campo de estudio en cuestión, resumido todo quizá en una frase. Finalmente, los conceptos llegan hasta las revistas y medios para el gran público: la divulgación científica propiamente dicha.

Aunque no coincido del todo con su descripción –son más variadas y complejas las vías que llevan de la investigación a la divulgación–, Cereijido resalta acertadamente que esta “divulgación” progresiva va omitiendo más y más detalles técnicos, y “ganando” al mismo tiempo “en claridad y hermosura” (pues la ciencia, en su versión más precisa, que es la más técnica, sólo puede ser entendida por los pocos especialistas en la materia, y básicamente por nadie más: tal es el precio que pagan los investigadores de cada área por utilizar sus respectivos lenguajes técnicos, de extrema abstracción, precisión y densidad informativa, que facilitan y aceleran enormemente la comunicación con sus colegas).

En otras palabras, la divulgación científica transforma, al recrearlo, el contenido científico, generando una versión del mismo que es más atractiva y accesible para públicos amplios, pero que en el proceso pierde, inevitablemente, exactitud y precisión (algo, dicho sea de paso, que ocurre en todo proceso de traducción).

Es por ello que una de las discusiones más antiguas e interminables en el campo de la comunicación pública de la ciencia –incluyendo al periodismo científico– es el constante reclamo de los expertos investigadores que denuncian que los periodistas y divulgadores “tergiversamos” su ciencia. Los expertos nos exigen una cantidad de detalles que, ciertamente, garantizarían que nuestros textos fueran científicamente muy rigurosos, pero que los harían ilegibles para el público al que nos dirigimos.

Los comunicadores, por nuestra parte, nos defendemos con denuedo, poniendo por delante la claridad y argumentando que “no es lo mismo rigor científico que rigor mortis
”. Pero no se puede negar que hay veces que ocurren errores absurdos que son completamente indefendibles.

Hace unos días un lector me señaló uno de ellos: la noticia, que ha circulado ampliamente en internet y en varios medios impresos, de que “la vacuna contra el sarampión puede curar el cáncer”.

Las diversas notas que hablan del tema afirman que un grupo de investigadores de la Clínica Mayo, en Estados Unidos, encabezados por el doctor Stephen Russell, aplicaron un tratamiento experimental a la paciente Stacy Erholtz, de 49 años, que sufría de leucemia terminal incurable: “le inyectaron en la sangre una vacuna contra el sarampión en una dosis lo suficientemente fuerte como para inocular a 10 millones de personas”. El resultado fue que al poco tiempo, el cáncer desapareció: “se volvió indetectable”.

A partir de esto, ha cundido como pólvora la idea de que el cáncer es ya curable, y al mismo tiempo la duda sobre qué tan seguro podrá ser este tratamiento.

Sin embargo, se trata sólo de un caso extremo de deformación y degradación de la información científica debido a una “cascada divulgatoria” acelerada y defectuosa. En los textos publicados en diversos medios se omitieron detalles esenciales que cambian completamente las implicaciones de la noticia.

En primer lugar, el tratamiento aplicado a Erholtz consiste en un virus de sarampión modificado genéticamente para atacar únicamente a las células cancerosas (se le conoce como “terapia con virus oncolíticos”). Efectivamente, se basaron en un virus atenuado que se usa en vacunas; pero no se usó la vacuna misma.

Evolución de las dos
pacientes tratadas
En segundo lugar, el experimento se realizó con dos pacientes: la segunda, a diferencia de Erholtz, no sólo no mejoró, sino que pareció empeorar (aunque sigue viva).

En resumen, no se trata de una cura milagrosa ni de un éxito rotundo. Y no se usó la vacuna del sarampión. Se trata de un resultado interesante y estimulante para seguir investigando una vía experimental prometedora de terapia contra ciertos tipos de cáncer, que quizá, con mucha suerte y mucho trabajo, en una o dos décadas pudiera llegar a tener aplicaciones clínicas.

Definitivamente, comunicar la ciencia requiere rigor y una comprensión de la ciencia involucrada. De otro modo, la “cascada divulgativa” de Cereijido puede convertirse, como muchos investigadores temen, en una verdadera corrupción de la ciencia, que sólo desinforma. Una cascada contaminada.

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miércoles, 4 de junio de 2014

Sexo, género y diversidad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de junio  de 2014

El cerebro humano tiene una tendencia innata a ver las cosas en blanco y negro. Cuesta trabajo superar esa primera impresión, mediante un análisis más cuidadoso, para percibir la realidad como una gama de grises entre esos dos extremos… o incluso como todo un surtido de colores posibles.

Por eso, cuando en la más reciente edición del Festival de Canto Eurovisión la triunfadora fue la hoy famosa Conchita Wurst, el público y los medios de comunicación se sintieron confundidos. ¿Era una “mujer barbuda”, como la definieron los periódicos? ¿Un hombre travestido? La imagen de Conchita perturbó la clásica dicotomía hombre/mujer que normalmente damos por sentada.

En realidad Conchita es un personaje creado por un artista, el austriaco Thomas Neuwirth, de 25 años. Neuwirth es hombre, pero ¿y Conchita, su álter ego? No es un hombre queriendo parecer mujer: la barba lo desmiente (en su vida diaria, paradójicamente, Neuwirth no la usa). Pero tampoco es, evidentemente, una mujer.

Mucha gente cree que, ante casos que desafían los roles sexuales tradicionales, basta con agregar lo que algunos definen, con muy poco acierto, como “el tercer sexo”: los homosexuales. Y sí: añadir esa categoría, y la adicional de los bisexuales, que se encontrarían a la mitad en la escala de grises entre hetero y homosexualidad, parecería a primera vista resolver el problema.

Pero, aunque Neuwirth es gay, Conchita es otra cosa. Su existencia es un intento valiente de mostrar que no todas las personas caben en categorías preestablecidas. (Desgraciadamente, no han tardado en surgir las manifestaciones de repudio y hasta odio en países como Rusia, donde la homofobia y el rechazo a la diversidad parecen ser la moda, como si quisieran regresar al siglo XVIII).

Otro caso reciente es el del pequeño Ryland Whittington, de San Diego, California, hoy de seis años y que nació siendo niña, pero que desde que comenzó a hablar afirmó ser “un niño”. Sus padres han aceptado la identidad de su hijo, y gracias a un video publicado recientemente en internet se han convertido en ejemplo del respeto a la diversidad de género. Ryland es entonces un niño transgénero, no “una niña”, como erróneamente se publicó en muchos medios.

Quizá el problema es que en estas discusiones se confunden varias categorías. La más evidente, y a la que tendemos a reducir todo, es el sexo biológico: hay machos y hembras. Y creemos que todo individuo tiene que caber en una de estas categorías. Pero existen también los hermafroditas: individuos que, por diversas razones (genéticas, cromosómicas, hormonales, etc.) poseen órganos sexuales y caracteres sexuales secundarios intermedios entre ambos sexos. La cantidad de individuos intersexuales es más alta de lo que se cree (hasta 1% de la población), y abarca toda una gama de posibilidades entre los dos extremos.

Otra dimensión es la orientación sexual: hacia quién se siente uno atraído: existen así homosexuales, bisexuales, heterosexuales y todas las posibilidades intermedias (incluyendo a los que se definen como “asexuales”, aunque esto confunde todavía más las cosas).

Y una más es la identidad de género: con cuál genero nos identificamos –masculino, femenino, andrógino y sus grados intermedios– y cómo lo expresamos en nuestra imagen externa y nuestro comportamiento. Hay homosexuales afeminados y otros varoniles, igual que los hay heterosexuales, sean hombres o mujeres. Y hay, por ejemplo, varones heterosexuales que se asumen como hombres pero que gustan de travestirse.

Tom Neuwirth es gay, pero Conchita no ha hecho pública su orientación sexual. Y el pequeño Ryland, en caso de que le gustara el sexo opuesto al que él ha asumido, tendría que ser definido como heterosexual.

La pareja formada por los argentinos Alexis Taborda y Karen Burselario, que ha saltado a la fama por ser ambos transgénero (él nació como mujer, y ella como hombre) y porque él está embarazado y dará a luz al hijo de ambos (pues no se han operado para cambiar sus sexos biológicos; es por eso que el término “transexual” sería inadecuado para describirlos), termina de mostrar que hoy día, gracias por un lado al reconocimiento de la diversidad sexogenérica y los derechos de la población LGBTTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, transexuales e intersexuales), junto con los avances científicos, médicos, sociales y jurídicos que permiten una gran fluidez en
las identidades, hacen que hoy los conceptos clásicos de hombre y mujer resulten ya limitados e insuficientes. Al menos para una parte minoritaria, pero no por ello menos importante, de la población.

No hay duda: aunque existen el blanco y el negro, quien así lo desee (o lo necesite) dispone hoy de toda la gama del arcoíris para construir su propia identidad. Y los demás debemos respetarla.

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