miércoles, 25 de marzo de 2015

Ciencia, evolución y entusiasmo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  25 de marzo de 2015

Para mi amigo Enrique Espinosa, compañero en el entusiasmo. Ricercare, 1992


Hace mucho, cuando hacía mi tesis de licenciatura, tuve el privilegio de trabajar en un laboratorio de investigación (el tema, por si a alguien le interesa, tenía que ver con biología molecular; en particular, la genética de la mitocondria de una especie de levadura; y más en particular, con los genes que proporcionaban a los ribosomas de esa mitocondria resistencia a dos antibióticos).

Logré titularme (aunque no con ese trabajo en particular, pues mis dotes para el trabajo de laboratorio resultaron no ser muchas), y aunque luego me di cuenta de que la investigación científica no era lo mío (mi vocación siempre fue la divulgación, que también forma parte del trabajo científico), nunca me desenamoré de la vida del laboratorio. Y una de las cosas que recuerdo con más emoción (aparte de la convivencia diaria, los seminarios donde se discutían las ideas y los resultados y se aprendía en grupo; los cursos y congresos, el fascinante instrumental de laboratorio y tantas cosas más de la vida enclaustrada de los investigadores científicos) era estudiar en maravillosos libros de texto que mostraban un panorama que estaba a años luz de la biología que había aprendido en prepa o en la facultad.

Y el más notable de esos libros era la Biología molecular de la célula, escrito en 1983 por un grupo de expertos encabezado por el bioquímico estadounidense Bruce Alberts (aunque la idea original vino de James Watson, otro de los autores). “El Alberts” revolucionó la enseñanza de la biología molecular de la célula. Se convirtió en un clásico (hoy está en su sexta edición).

Pues bien: este lunes tuve la oportunidad de escuchar a Bruce Alberts en persona dictar una charla científica donde, por supuesto, me asombró con nuevos y fascinantes descubrimientos acerca del funcionamiento de la célula viva. Y es más, ¡pude tomarme una foto con él!

Quizá suene infantil. Pero recuperar a los 49 años el entusiasmo que sentí a los 24, cuando mi enamoramiento por la biología molecular era total, no es algo trivial.

Y es que el evento donde viví esa experiencia, el simposio The major transitions in evolution (“las grandes transiciones de la evolución”, MMTE2015), organizado del 23 al 25 de marzo por el Instituto de Biotecnología (IBt) y el Centro de Ciencias Genómicas (CCG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), más allá de ser una magnífica reunión de especialistas científicos internacionales, es antes que nada una celebración del entusiasmo.

El evento surgió a partir, precisamente, del entusiasmo de un buen profesor, el investigador Federico Sánchez Rodríguez, del IBt, quien logró contagiarlo a dos de sus alumnos en la exitosa Licenciatura en Ciencias Genómicas de la UNAM: Berenice Jiménez Marín y Juan Escalona Meléndez.

A partir del clásico libro del mismo título, publicado en 1995 por John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, Berenice y Juan concibieron la idea de invitar Szathmáry (Maynard murió en 2004) a México para dar una charla ante estudiantes de ciencia e investigadores. Cuando aceptó, surgió la idea de hacer algo más grande: un simposio internacional donde se revisara cómo ha avanzado el conocimiento sobre las grandes transiciones evolutivas, a 20 años de la publicación del libro.

Gracias a la pasión de Berenice y Juan, y a la ayuda de la comunidad científica a la que pertenecen, los dos jóvenes lograron convocar el apoyo de diversas instituciones (UNAM, Conacyt, Gobierno de Morelos –donde se hallan el IBt y el CCG– e incluso empresas privadas). Con el apoyo del experto mexicano en origen de la vida Antonio Lazcano-Araujo se convenció a otros invitados. Se compraron boletos de avión y se reservaron hoteles, se logró contar con un foro –el nuevo Centro de Exposiciones y Congresos de la UNAM–, una página web, programas impresos, servicio de café… Un evento totalmente profesional.

¿Y cuáles son esas grandes transiciones? Ocho: el paso de moléculas autorreplicantes (capaces de reproducirse) a compartimientos (protocélulas); el paso de genes aislados a cromosomas; el paso del mundo del ácido ribonucleico (ARN) al actual de ADN y proteínas; el paso de células procariontes (sin núcleo) a eucariontes (con núcleo y membranas internas); el paso de la reproducción asexual, por clonación, a la sexual; el paso de organismos mono a multicelulares; el paso de individuos solitarios a comunidades, y finalmente, el paso de sociedades de primates a sociedades humanas con lenguaje.

Sería imposible resumir estos temas y lo que se comentó sobre ellos (los organizadores de la conferencia prometen que las charlas estarán disponibles en internet). Pero todos fueron abordados por invitados de primera línea. Además de Alberts y Lazcano, los asistentes pudimos escuchar y hacer preguntas a Ada Yonaht, cristalógrafa israelí experta en el ribosoma –ese organelo subcelular, verdadero robot molecular, que fabrica las proteínas en todas las células– y premio Nobel de química 2009; la estadounidense Evelyn Fox Keller, filósofa de la ciencia y feminista; la genetista y bloguera Rosie Redfield, defensora del rigor en ciencia; la arqueóloga mexicana Linda Manzanilla, y varios otros expertos de nivel mundial.

Hablando con Berenice y Juan, les pregunté qué los había impulsado a trabajar tanto y lograr algo tan grande. Esperaba una respuesta relacionada con la importancia de la ciencia para el desarrollo del país, el prestigio académico de la UNAM, la formación de futuros científicos… Pero no: lo que los impulsó fue la pasión, el entusiasmo, la “fascinación infantil” (childlike sense of wonder, en palabras de Berenice) por la ciencia y la imagen que nos da de la vida.

Y es un entusiasmo productivo: la reunión, dirigida no a un público general, sino a estudiantes de licenciatura y posgrado en biología así como investigadores, es un evento académico que permite escuchar de primera mano los últimos descubrimientos científicos, de voz de sus descubridores. Pero además discutir con ellos, como se estila en ciencia: de igual a igual. Intercambiar ideas y aprender de ellos. Además, Berenice y Juan tienen muy claro otro objetivo de la reunión: mostrar a sus colegas que la evolución no es sólo un tema más en biología, ni algo opcional: todos los temas de investigación en biología deberían incluir la perspectiva evolutiva. Como dice la famosísima frase del biólogo Theodosius Dobzhansky, usada como lema del simposio, “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”.

En el fondo, más allá del conocer a estrellas de la ciencia y enriquecernos con el conocimiento allí compartido, lo que recibimos los asistentes al MMTE2015 es una poderosa inyección de entusiasmo. Que es, finalmente, la fuerza que impulsa a quienes nos dedicamos a la ciencia.


Posdata 1: Los videos de las charlas del evento MMTE2015 pueden verse en este enlace (por desgracia no están etiquetados para saber cuál video corresponde a cuáles pláticas).

Posdata 2: El libro que dio la base para el simposio, The Major Transitions in Evolution, está traducido al español, en la colección Metatemas de la editorial Tusquets. Aquí más información.



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miércoles, 18 de marzo de 2015

Ciencia, prensa y libre discusión

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  18 de marzo de 2015

Nunca he visto discusiones más duras y vehementes que las que se dan en un seminario o un congreso científico. Los investigadores exponen públicamente sus datos, razonamientos y conclusiones para someterlos al riguroso control de calidad del examen crítico por parte de sus colegas. Nunca he visto tampoco discusiones, por fogosas que puedan ser, más correctas, educadas, sensatas y racionales.

Los científicos cuestionan sin compasión, dudan de todo lo que les suene confuso, y hacen las preguntas que crean necesarias, por incómodas que parezcan. Quien expone tiene que “aguantar vara”, como decimos en México, y responder lo mejor que pueda. Enojarse es impensable, igual que no responder (a cambio, el decir “no lo sé” es perfectamente aceptable, y no constituye ningún problema).

El resultado: o convence a su audiencia, validando así la calidad de su trabajo (el proceso se repite de manera más detallada y mucho más rigurosa cuando envía sus resultados para ser publicados en una revista arbitrada), o bien se convence él de que tiene que trabajar más para lograr resultados con la calidad necesaria para ser convincentes. (También ocurre, y tampoco es problema, que el expositor termine dándose cuenta de que su trabajo no se sostiene, acepte que se equivocó y tenga que comenzar de nuevo.)

En la vida diaria –y sobre todo en México–, discutir se suele confundir con pelear. Pero el espíritu de la discusión es justamente lo contrario: examinar un asunto entre dos o más personas para aclararlo lo mejor posible. Los científicos saben que el doloroso y molesto proceso de discutir, de “examinar atenta y particularmente una materia”, según el diccionario, aun cuando esto implique “contender y alegar razones contra el parecer de alguien” (segunda acepción que le da la Academia a la palabra) es la mejor forma de detectar errores en nuestro pensamiento.

Discutir es pensar colectivamente. Y pensar mejor.

Además de la ciencia, el periodismo y la política son disciplinas donde la discusión, el debate, es vital (aunque, al menos en política, lo que pasa como debate suele ser más bien una lamentable revoltura de ataques, descalificaciones, tergiversaciones y razonamientos sesgados para ganar a toda costa la discusión. Y es que los políticos, en vez de la verdad, como los científicos o el bien común, como debiera ser su deber, suelen buscar el poder. Fin de la digresión).

Una sociedad que restringe el debate es una sociedad que se aleja de la democracia. Y para que el debate sea posible, el ciudadano necesita también otro ingrediente vital: la información sobre la que va a discutir.

Las libertades de opinión y expresión, y de prensa e información, no son, pues, accesorios de una democracia. Son componentes fundamentales. El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que la ONU, presentó en 1948), dedicado a la libertad de expresión, afirma que “este derecho incluye el de (…) investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión” (énfasis mío).

Más allá de los motivos o intereses que hayan causado la salida de la periodista Carmen Aristegui de la empresa en que trabajaba, es claro que se relaciona, de una manera u otra, con la difusión de información incómoda. La sociedad mexicana pierde cuando el periodismo profesional y crítico, que saca a la luz asuntos que merecen ser discutidos públicamente –y que incluso, a veces, ayuda a que los responsables de alguna ofensa rindan cuentas–, ve reducidos sus espacios.

Carl Sagan, el famoso astrónomo y divulgador científico, afirma en su libro El mundo y sus demonios que la difusión del pensamiento científico beneficia a una sociedad democrática, pues los valores en que se basa –la transparencia y apertura de la información, la discusión libre y abierta y el análisis razonado de los argumentos– coinciden con los valores necesarios en una democracia. Formar ciudadanos con una cultura científica es formar mejores ciudadanos. En cambio, limitar la información y la discusión perjudica la democracia.

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miércoles, 11 de marzo de 2015

La historia de la mitocondria ladrona

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de marzo de 2015

Las mitocondrias son esos organelos subcelulares que, como nos enseñan en la secundaria, proporcionan energía a la célula. (No la “producen”, sino que la liberan en forma utilizable, al ayudar a oxidar los alimentos, y la transfieren a la famosa molécula de ATP –trifosfato de adenosina–, que luego se utiliza donde la célula la necesite. Si la energía de los alimentos se liberara oxidándolos de un solo golpe, es decir, quemándolos, no sería posible aprovecharla y se perdería en forma de calor.)

Las mitocondrias son también uno de esos temas que a los biólogos –sobre todo moleculares y evolutivos– les parecen fascinantes, pero que al resto del mundo le suenan raros, aburridos y hasta absurdos. (Cuando hice mi tesis sobre los genes de los ribosomas de las mitocondrias de una levadura –ejem–, mi padre solía burlarse de mí diciendo que estudiaba “la clonación de las mitocondrias”… palabras para él extravagantes y sin sentido.)

Parte del encanto de las mitocondrias, aparte de los complicadísimos y fascinantes mecanismos que le permiten procesar la energía celular, es su origen evolutivo. En un principio, cuando se descubrieron gracias a la microscopía, a mediados del siglo XIX (en un principio les llamaron “bioblastos”), su existencia se daba por sentada; lo importante era averiguar, primero, cómo estaban hechas, y después qué hacían y cómo funcionaban.

Pero a finales de los 60 la bióloga estadounidense Lynn Margulis propuso algo insólito: que las mitocondrias originalmente fueron bacterias de vida libre que habían sido “secuestradas” dentro de otra célula, y que al paso del tiempo establecieron una relación de simbiosis (cooperación mutua) con ella hasta volverse indispensables.

La propuesta de Margulis estaba basada en una multitud de datos (por ejemplo, que las mitocondrias tienen sus propios genes, aparte de los del núcleo de la célula). Aunque tardó algunas décadas en ser tomada en serio por el grueso de la comunidad científica, con los años la evidencia se acumuló hasta ser innegable. Hoy se considera que los procesos de simbiosis fueron centrales en el origen de las células eucariontes (las que tienen núcleo). Y Margulis argumentó hasta su muerte en 2011 que la cooperación a nivel celular (a la que llamó simbiogénesis) era una de las fuerzas fundamentales de la evolución.

El árbol filogenético
de Wang y Wu 
Pues bien: la historia podría cambiar. Un par de investigadores de la Universidad de Virginia, Zhang Wang y Martin Wu, publicaron en octubre pasado en la revista científica PLoS One un estudio en el que, luego de estudiar más de 4 mil 400 genes antiguos de mitocondrias que, a través de los años, migraron al núcleo de las células que las contienen, pudieron reconstruir un árbol genealógico (filogenético, en lenguaje técnico) que sitúa al ancestro de todas las mitocondrias cerca de un tipo de bacterias llamadas rickettsiales, que se caracterizan por ser parásitas.

Y he ahí la sorpresa: éste y otros resultados del estudio hacen muy probable que las primeras mitocondrias hayan sido en realidad parásitos, ladrones que entraron a otras células a robar su ATP, no a fabricarlo.

Hay expertos que cuestionan los detalles del estudio y el análisis de los datos. Habrá que investigar más. Pero, aunque a Margulis no le agradaría, quizá el resultado nos obligue a reconsiderar si es la cooperación o la competencia la fuerza más importante en la evolución de la célula.

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miércoles, 4 de marzo de 2015

Spock, Beakman y la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de marzo de 2015

El pasado viernes murió Leonard Nimoy, actor querido por nerds y fans de la ciencia ficción de varias generaciones (desde la anterior a la mía hasta las actuales) por su inolvidable y definitiva interpretación de Mr. Spock, el oficial científico de la nave interplanetaria Enterprise, en la serie televisiva de los años sesenta Viaje a las estrellas (Star Trek) y sus secuelas en cine y TV de las décadas siguientes, hasta el presente.

Hijo de madre humana y padre vulcano, Spock se caracterizaba por su personalidad ultra-lógica, que muy ocasionalmente entraba en conflicto con su reprimido pero emocional lado humano.

(Por cierto, Nimoy murió a los 83 años víctima de la terrible enfermedad pulmonar obstructiva crónica, o EPOC, cuya causa es el tabaquismo y una de cuyas manifestaciones es la degeneración del tejido pulmonar llamada enfisema, que mata lentamente de asfixia a quienes la sufren. La EPOC afecta al cinco por ciento de la población mundial, y mata a tres millones de personas al año. En comparación, el cáncer de pulmón y el sida matan, cada uno, a millón y medio. Usted decide si sigue fumando…)

Dos días después de la triste noticia apareció publicado en The California Sunday Magazine un artículo que narra el inesperado éxito en México de otro actor, protagonista de la serie de los años noventa El mundo de Beakman: Paul Zaloom. A diferencia de Nimoy, Zaloom está vivito y coleando, pero muy sorprendido del inusitado éxito que Beakman tuvo y sigue teniendo en Latinoamérica, y muy especialmente en nuestro país. Recordará usted la multitudinaria asistencia que sus dos presentaciones el año pasado tuvieron aquí.

¿Qué tienen en común ambos personajes? Spock era fascinante porque actuaba siempre basado en la lógica y la ciencia. Beakman lo era porque convertía a la ciencia, mediante el absurdo y la sorpresa, en algo divertido y accesible. Ambos atraparon las mentes de jóvenes de distintas generaciones y despertaron su entusiasmo y curiosidad por la ciencia.

Indudablemente, la ciencia y la tecnología son vitales para cualquier sociedad actual. Y parte importantísima de lo que un país necesita para ser de primer mundo es tener un número suficiente de científicos.

Pues bien: sostengo que, junto con los esfuerzos de enseñanza escolar de la ciencia y de divulgación científica tradicional, medios como la televisión, a través de programas como Viaje a las estrellas o El mundo de Beakman, contribuyen también a despertar vocaciones científicas, pues logran, como dijera el gran Carl Sagan, “encender la llama del asombro”.

Gracias, Beakman. Y gracias, Spock: vida larga y próspera.

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miércoles, 25 de febrero de 2015

Arte, ciencia y gravedad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de febrero de 2015

El arte y la ciencia siempre se han enriquecido mutuamente. Conceptos y hasta técnicas de un área se importan de forma productiva a la otra. Pero más allá de eso, lograr una verdadera fusión de arte y ciencia es difícil.

Por eso, “La gravedad de los asuntos”, el reto que un grupo de mexicanos, nueve artistas (Nahúm, Ale de la Puente –directores del proyecto–, Arcángel Constantini, Fabiola Torres-Alzaga, Gilberto Esparza, Iván Puig, Juan José Díaz Infante, Marcela Armas y Tania Candiani) y un científico (Miguel Alcubierre, especialista en gravedad y director del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM) se propusieron el año pasado, luego de “dos años de reflexión”, y de conseguir los apoyos necesarios, ha valido mucho la pena.

El proyecto consistió en viajar al Centro de Entrenamiento para Cosmonautas Yuri Gagarin, en Moscú, abordar un avión ruso Ilyushin 76 MDK y experimentar, por unos segundos, varias veces en un vuelo de dos horas, la sensación de flotar en condiciones de “gravedad cero” (sí, varios de los miembros de la “misión” vomitaron).

Y, además, extraer de esa experiencia las piezas que se muestran en la exposición de “video, fotografía, audio, instalación y arte objeto” que se exhibe actualmente en el Laboratorio Arte Alameda, en el DF.

Yo no sé si, como dijo en la presentación el embajador de la Federación Rusa en México, Eduard Malayan, “con esta propuesta se constata que México está de nuevo en la delantera [artística] en todo el planeta”. Lo que sí sé es que a través de la experiencia, y de la investigación, reflexión y discusión previa –Alcubierre ofreció a los demás participantes en el proyecto charlas sobre la física de la gravedad–, el mundo de los artistas y el de los científicos pudieron acercarse, combinarse y fertilizarse mutuamente.

El crítico de arte Luis Pineda, en la revista Chilango, considera que la exposición tiene una “sólida construcción conceptual”. Un forastero en el mundo del arte como yo (soy químico farmacobiólogo) puede apreciar muchas piezas bellas, interesantes, que evocan distintas emociones y experiencias estéticas. Como los videos: los “cosmonautas” tratando de romper una piñata plateada (“supernova”), mientras fruta y confeti vuelan por doquier y la tercera ley de Newton hace que quien golpea sea lanzado en marometa hacia atrás. Los distintos libros (El Capital, la Biblia, la Constitución…) puestos sobre básculas que registran cómo todos acaban pesando cero gramos. El reloj de arena cuyo flujo se vuelve un remolino de granos rebelándose a la gravitación. La muestra de roca terrestre, “la escritura geológica de la tierra”, que flota libremente. Las gotas de agua dentro de un aparato que permite “observar la formación de esferas líquidas y analizar su estructura bajo la influencia de campos electromagnéticos oscilatorios”. Y las divertidísimas expresiones de los participantes, filmados fijos a una silla mientras el avión acelera a 2G.

También la intensa grabación del sonido de los propulsores, o el fallido artefacto volador diseñado en 1673 que por fin, en microgravedad, logra volar (“quizá sólo estaba en la gravedad equivocada”). Y muchas otras piezas que asombran e intrigan.

Y sin embargo, quienes tenemos formación científica no podemos evitar sentir extrañeza ante algunas de las expresiones, plasmadas en el folleto de la exposición, que los artistas usan. Cuesta, desde nuestra visión, darles sentido: “el arte está dando un giro epistémico”; “en ausencia de la gravedad, el tiempo se envuelve en sí mismo”; “en condiciones de gravedad cero, se desintegra uno de los paradigmas biológicos más íntimamente ligados a la definición de nuestra existencia y de la existencia de todo lo que conocemos en el planeta”; “…romper un paradigma, liberar una molécula, hacer de dos cuerpos poesía”.

Me pregunto si realmente una pieza tecno-artística, al analizar “el comportamiento del agua en caída libre” permite hacer “cuestionamientos hipotéticos, conceptuales y teóricos sobre la molécula de agua”. Si de veras “cierto tipo de arte trata de mostrar y cuestionar, a través de un objeto estético, cómo es que el conocimiento es producido”. Si los artistas habrán comprendido el concepto científico de la gravedad. Si el visitante se llevará alguna noción del mismo.

Pero claro, no es de eso de lo que se trata (y es aquí que mi cuadrada mente de divulgador científico sufre para adaptarse). No es una clase, ni una exposición de ciencia para comunicar conceptos. Es arte. (De lo que sí estoy seguro, no obstante, es de que la gravedad no es “una fuerza más allá de nuestra comprensión”).

Habría que aclarar que, estrictamente, la experiencia vivida no fue de ausencia de gravedad, sino de “microgravedad”, pues el avión, al realizar varias parábolas de casi 10 mil metros de altura, no estaba fuera del campo gravitatorio de la Tierra. Tampoco, como uno hubiera pensado (me incluyo) se logra la ingravidez haciendo que el avión “caiga” libremente en picada (eso duraría demasiado poco). La sensación de ingravidez se logró controlando, en la parte alta de la parábola, la propulsión del avión, de modo que cancelara exactamente la resistencia del aire. El resultado no es que la gravedad deje de actuar sobre los cuerpos, sino que no hay ninguna fuerza que se oponga a ella. En realidad, la sensación de ingravidez se debe no a la falta de gravedad, sino a la ausencia de peso. (Sí: la gravedad newtoniana es un poquito más abstracta de lo que parece. ¡Y eso sin necesidad de entender a Einstein!)

Según el científico Miguel Alcubierre, lo que logró, además de experimentar “una mirada científica más allá de la teoría” (no es lo mismo hacer teoría sobre la gravitación que experimentarla de ese modo) fue “no sólo dejar atrás la gravedad sino también las condiciones que nos identifican como artistas o científicos. La ausencia de gravedad da lugar a la ausencia de diferencias”. Si el objetivo era romper fronteras, acercar mundos, el proyecto lo logró ampliamente. Disfrútelo asistiendo a la exposición antes del 22 de marzo.


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miércoles, 18 de febrero de 2015

Precisión científica

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de febrero de 2015

Según un viejo chiste, un ingeniero, un científico y un matemático viajaban en tren por Irlanda. De pronto, vieron una oveja negra por la ventana. “¡Miren, en Irlanda las ovejas son negras!”, exclamó el ingeniero. “Error”, señaló el científico. “Con los datos disponibles, lo más que podemos afirmar es que en Irlanda hay una oveja negra”. “Se equivocan, amigos”, intervino el matemático. “Lo único que sabemos con precisión es que en Irlanda existe al menos una oveja, uno de cuyos costados es negro”.

Aunque existen diversas versiones de la anécdota, lo que muestra es un rasgo que caracteriza a los científicos: su cautela intelectual, su excesivo énfasis en la precisión de los datos (que sólo superan los filósofos y los matemáticos). Se trata de una deformación profesional, que es muy útil en su ocupación pero que en el contexto de la vida diaria puede resultar cómica, y también causar malentendidos.

Pero, a cambio de ello, los científicos también están acostumbrados a cambiar de opinión, instantáneamente y sin problemas, si se les demuestra que sus datos o su razonamiento son erróneos: su gran cautela intelectual se complementa con su honestidad intelectual.

Un ejemplo, creo yo, es lo ocurrido con el reciente comunicado de los expertos del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) respecto al análisis de la evidencia de la matanza de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Dicho comunicado fue emitido en reacción a la intensa polémica pública causada por la desafortunada afirmación de la autoridad encargada de que ya se había establecido la “verdad histórica” del caso.

El EAAF fue convocado por la Procuraduría Federal de Justicia (PGR) para ayudar a esclarecer lo ocurrido en el basurero de Cocula, donde supuestamente fueron calcinados los 43 cadáveres. Lo que señala su comunicado es que existen problemas metodológicos y de interpretación, que se resumen en siete puntos. Entre ellos, que el EAAF no estuvo presente cuando se recuperaron del río las bolsas que contenían los restos, ni cuando se abrieron; que días más tarde se continuó recogiendo evidencia en el sitio sin la presencia del EAAF; que el sitio estuvo entre tanto sin custodia; que probablemente en el mismo lugar haya habido otros fuegos, y que los restos hallados podrían pertenecer por tanto a otras personas, aparte de los 43.

Esto ha sido interpretado, por la parte de la opinión pública que desconfía –no sin razón– de la PGR y de las autoridades mexicanas, como “prueba” de que la investigación no es confiable. Pero el comunicado de la EAAF no dice eso: por el contrario, afirma claramente (conclusión 4, pág. 7) que “esto no excluye la posibilidad de que algunos de los normalistas hayan corrido la suerte señalada por la PGR”. Sólo señala que no hay aún hay evidencia científica que permita hacer afirmaciones certeras. (Y explica que se requerirá más tiempo, incluso meses, para poder dar por cerrada la investigación.)

Superposición de los datos
de BICEP con los del
 satélite Planck, que muestra
 que la detección de cambios
en la polarización de las
ondas gravitacionales provenientes
del big bang era un efecto
del polvo interestelar
En otras palabras, los expertos forenses argentinos están simplemente siendo muy precisos, para evitar malentendidos, señalando qué pueden asegurar y qué no. Pero, como no estamos acostumbrados a la exagerada precisión de los científicos, tendemos a interpretar eso como una afirmación de que la investigación ha dado resultados negativos. Lo cual es incorrecto.

Así como los astrofísicos del proyecto BICEP2, que en marzo del año pasado anunció haber descubierto huellas de las ondas gravitacionales provenientes del big bang –que permitirían entender mejor el proceso de “inflación” que en teoría ocurrió inmediatamente después del origen del universo– han anunciado recientemente que, al comparar sus datos con los obtenidos por el satélite europeo Planck, hallaron que en realidad se trataba de señales debidas al polvo galáctico, y retiraron sus conclusiones, estoy seguro que cuando haya resultados los expertos del EAAF los darán a conocer. Y quiero confiar en que las autoridades mexicanas las asumirán. De lo contrario, su credibilidad quedará en cero.

Mientras tanto, las autoridades y los ciudadanos haríamos bien en esperar y abstenernos de sacar conclusiones prematuras.

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miércoles, 11 de febrero de 2015

La máquina universal

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de febrero de 2015

Es raro que haya películas comerciales sobre científicos de la vida real. Y es rarísimo que haya dos de ellas exhibiéndose simultáneamente. Y si a eso añadimos que ambas estén nominadas al Óscar, hablamos ya de posibilidades infinitesimales.

Y sin embargo, junto con La teoría de todo, ya comentada en este espacio, que narra la vida del físico Stephen Hawking, hoy se halla en cartelera El código enigma (The imitation game, 2014, del director noruego Morten Tyldum), basada en la vida del llamado padre de la computación, el matemático inglés Alan M. Turing (1912-1954).

La cinta es protagonizada por Benedict Cumberbatch, conocido por la serie televisiva Sherlock (y que, curiosamente, había actuado el papel de Hawking en un filme televisivo de 2014). En mi opinión es una gran película: muy bien hecha, con un excelente guión, profunda, estimulante, conmovedora. Una verdadera delicia, nominada a ocho Óscares.

Y lo es no sólo por presentar la vida de uno de los grandes genios del siglo XX, cuyas aportaciones van de la filosofía de las matemáticas y los fundamentos matemáticos de la computación al desarrollo de las computadoras, e incluso a campos como la biología teórica, donde hizo aportaciones formales sobre la morfogénesis –la manera en los cuerpos de los seres vivos se construyen a partir del óvulo fecundado– que hoy forman parte del campo relativamente nuevo de la biología del desarrollo.

También porque presenta –con cierto embellecimiento dramático, claro– la vida torturada de una persona con excepcionales capacidades de pensamiento lógico, pero al mismo tiempo con severas dificultades para relacionarse con los demás (se especula que presentaba el síndrome de Asperger). Un individuo que, además, cargaba el estigma de ser homosexual en una sociedad que criminalizaba dicha orientación.

La máquina Enigma
La cinta se centra en el drama de la batalla intelectual –matemática, científica, técnica– por resolver la clave de la máquina Enigma, utilizada por los nazis para encriptar sus transmisiones por radio. Fue el genio de Turing lo que permitió descifrarla y ganar así la guerra. Pero también nos presenta a Turing como el personaje genial, trágico y revolucionario que realmente fue: nos permite experimentar directamente el triple drama de su soledad, la injusticia de que sus aportaciones durante la guerra no fueran reconocidas, por ser parte de un proyecto secreto –aunque sus logros anteriores y posteriores sí lo fueron–, y la infamia de su juicio y condena a la castración química por ser homosexual, que llevó a su suicidio.

La película menciona superficialmente la “prueba de Turing”, propuesta para detectar cuándo una máquina llega a presentar inteligencia real, indistinguible de la humana. No profundiza en explicar en qué consiste la “máquina de Turing” (un mecanismo teórico capaz de hacer operaciones con símbolos impresos en una cinta, siguiendo ciertas reglas), ni mucho menos la “máquina universal de Turing” (una máquina de Turing capaz de simular a cualquier otra máquina de Turing).
Máquina de Turing

Este concepto, junto con la llamada “tesis de Church-Turing (formulada casi simultáneamente por él y por el matemático estadounidense Alonzo Church, y que afirma que el conjunto de las operaciones que puede realizar una máquina de Turing es el mismo que el de las operaciones computables, es decir, las que pueden resolverse para obtener una respuesta) son el fundamento teórico de toda la computación actual. Y algún día, de la verdadera inteligencia artificial, capaz de superar la prueba de Turing (que él denominó “el juego de imitación”; de ahí el nombre original de la cinta en inglés).

Alguno de mis contactos en Facebook comentaba que quizá la veta de hacer películas sobre científicos apenas esté comenzando. No me molestaría ver cintas biográficas sobre Watson y Crick, descubridores de la doble hélice del ADN; Linus Pauling, el mejor químico del mundo y único ganador de un premio Nobel en ciencia y otro en un área distinta (de química y de la paz); Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la mecánica cuántica; Kurt Gödel, el matemático que demostró que no puede haber sistemas matemáticos completos… ¡y qué decir de Marie Curie, Edison, Fleming o Tesla!

En fin, quizá con un poco de suerte las películas sobre científicos se conviertan en moda. O quizá no… ¡Soñar no cuesta nada!

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