miércoles 18 de noviembre de 2009

Confusión lunar

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 18 de noviembre de 2009

Recientemente, en una conferencia sobre ciencia escuché la pregunta de un jovencito tabasqueño. Había leído que se estaba bombardeando la Luna con cohetes, y se preocupaba de que, no contento con destruir este planeta, ahora el ser humano quisiera también acabar con nuestro satélite natural.

Claramente, un caso de desinformación. Seguramente había leído o escuchado del proyecto LCROSS (del inglés “satélite de observación y medición de cráter lunar”) de la NASA, que consistió en enviar una nave integrada por el cohete Centauro, la sonda LCROSS y el orbitador lunar de reconocimiento. Objetivo: investigar detalladamente la composición del suelo lunar, sobre todo para saber si hay agua.

El cohete Centauro, de 2 mil 300 kilos, se estrelló deliberadamente, al doble de la velocidad de una bala, en la superficie lunar el 9 de octubre, en un sitio donde se sospechaba que podía haber agua. Formó un pequeño cráter, del tamaño de una alberca olímpica. Detrás de él venía la sonda LCROSS, que siguió la misma ruta mientras tomaba fotos y analizaba la luz y los materiales liberados por el impacto (que levantó una nube de 10 kilómetros de altura).

Como se ve, no era un “ataque” a la Luna, ni eran los científicos de la NASA jugando a las guerritas. Pero la preocupación del muchacho se justifica, en parte porque los medios eligieron titulares como “Estrellan nave en la Luna” o “Nasa bombardea la Luna”, que daban la impresión equivocada. Y en parte porque la cuestión de si tenemos derecho a alterar las condiciones naturales de otros cuerpos celestes es válida.

Dado que todo indica que no existe, ni existió, vida en la Luna, la cuestión del respeto a la naturaleza se vuelve relativamente simple: no hay a quién dañar ahí. Podemos aprovechar sus recursos sin mayor conflicto ético, dentro de límites razonables.

Por otra parte, la misión valió la pena: luego de analizar los resultados, la semana pasada se anunció que, efectivamente, hay cantidades significativas de agua en la Luna.

En su genial novela La Luna es una cruel amante, el maestro de la ciencia ficción Robert Heinlein describe la revolución que libera la Luna, convertida en colonia penal, de la tiranía terrestre. Los colonos, dedicados explotar el hielo lunar y a la agricultura subterránea, ganan la guerra bombardeando la Tierra con rocas (y con la ayuda de Mike, una supercomputadora inteligente). Es curioso: hoy un bombardeo en sentido inverso marca lo que quizá sea el inicio de la colonización de la Luna.

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jueves 12 de noviembre de 2009

¿Equidad ideológica?

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 12 de noviembre de 2009

El próximo martes 24 de noviembre se celebrarán 150 años de la publicación de uno de los libros que más han cambiado la forma en que el ser humano se concibe a sí mismo: El origen de las especies, de Charles Darwin.

Un debate frecuente al hablar de la teoría de Darwin, y en general de la ciencia, es por qué se da un estatus tan especial al conocimiento científico. ¿Por qué se prefiere, en biología, la evolución al creacionismo? ¿Por qué nuestra Constitución exige que la educación sea laica y “ajena a cualquier doctrina religiosa”, y a la vez basada “en los resultados del progreso científico”? ¿No son casos claros de discriminación ideológica, de privilegiar una forma de pensar en detrimento de otras?

La pregunta de fondo es si todas las ideologías tienen el mismo valor. ¿Deben todas ser respetadas por igual? ¿Son todas igual de útiles?

En primera instancia, desde el punto de vista de la tolerancia y el respeto a la diferencia, tan necesarios en cualquier democracia, parecería que la respuesta debe ser positiva, para evitar la discriminación.

Pero lo cierto es que las ideologías y formas de ver el mundo difieren, a veces radicalmente, y compiten entre sí. Además de la disputa evolucionismo/creacionismo, están los debates entre los puntos de vista científico y religioso respecto al aborto, la eutanasia o la investigación con células madre; o entre la ciencia y muchas “terapias alternativas” basadas en principios esotérico-místicos.

En realidad, el valor de cualquier ideología depende del contexto: qué problema hay que resolver, de qué campo de aplicación se trata. Los constituyentes privilegiaron la ciencia por sobre la religión en parte debido a los conflictos entre la iglesia y el estado que forman parte de nuestra historia patria, y en parte por su convicción de que el progreso científico y técnico es importante para el bienestar de la nación. Las terapias alternativas fraudulentas no son efectivas, y a veces resultan nocivas. Y los biólogos prefieren el darwinismo al creacionismo porque les permite explicar la naturaleza y abre nuevas vías de investigación.

En el fondo, la ventaja de la ciencia es que funciona. Otras perspectivas, como la místico-religiosa, pueden ser útiles en ciertas áreas de la vida humana, pero no como formas de entender el mundo natural y mucho menos de resolver problemas prácticos, como los de salud.

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miércoles 4 de noviembre de 2009

La intolerancia de la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 4 de noviembre de 2009

Hace un mes critiqué el fraude que cometen quienes prometen la cura a prácticamente cualquier enfermedad mediante una máquina llamada SCIO (a cambio, claro, de una buena lana).

Como ocurre siempre que se ataca a seudociencias y charlatanerías, recibí algunos correos de felicitación y otros (no muchos, por suerte) que me acusaban de dogmático, intolerante y de descalificar “otras” formas de racionalidad, “que tienen el mismo derecho a ser respetadas que la visión científica del mundo”.

Es común que se acuse de intolerante tanto a la ciencia misma como a quienes nos dedicamos a practicarla, comunicarla o promoverla. Pero hay que recordar que la ciencia se dedica a estudiar la naturaleza, a producir conocimiento confiable que nos permita entenderla y quizá predecirla. Cuando se habla de la intolerancia de la ciencia, normalmente lo que se cuestiona es su negativa a reconocer como científicas disciplinas como la astrología, el estudio de fenómenos paranormales, las terapias milagrosas basadas en principios que “van más allá de la ciencia” o las teorías de complot.

Esta exclusión se debe en parte a que los métodos de estas disciplinas no resultan lo suficientemente rigurosos, o sus datos no parecen confiables (si es que no son, de plano, engaños burdos). A veces lo que no es aceptable son sus objetos de estudio, pues la ciencia sólo estudia fenómenos naturales, no sobrenaturales.

En ciencia para que una afirmación sea aceptada tiene que pasar un complejo proceso de evaluación entre colegas que involucra la revisión de los datos y los métodos, y la discusión de los resultados. Las razones por las que los científicos aceptan una afirmación tienen que ver con su coherencia lógica, su plausibilidad dentro del conocimiento científico existente, la reproducibilidad de los experimentos en que se sustenta y otras razones (entre las que no se excluye una cierta dosis de política y de ideología).

Sin embargo, nada hace más feliz a un verdadero científico que descubrir que algo que se sabía es incorrecto. Encontrar errores e inconsistencias en las teorías científicas obliga a los investigadores a encontrar explicaciones aun mejores. Es la fuerza que impulsa el avance de la ciencia.

Pero para que el proceso funcione, tiene que estar sometido a un rigurosísimo control de calidad. La primera obligación de un científico es no engañarse a sí mismo. La ciencia tiene un compromiso irrenunciable con la realidad. Si a veces eso suena como intolerancia, se trata no de un problema del método de la ciencia, sino de las disciplinas que intentan hacerse pasar como ciencia… sin serlo.

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miércoles 28 de octubre de 2009

Semana de la ciencia y la tecnología

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 28 de octubre de 2009

Octubre es cada año la temporada más ajetreada para los divulgadores científicos: se celebra la Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología.

De hecho, la demanda de todo tipo de actividades –conferencias, cursos, talleres, exposiciones, tianguis y ferias de ciencia, conciertos, “noches de estrellas”, concursos…– es tal que muchos estados optan por alargarla y convertirla en el Mes de la Ciencia y la Tecnología –¡y algunos, en varios meses!– para que la competencia no sea tan intensa.

El evento, impulsado y organizado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, cumple 16 años de poner la cultura científica al alcance de literalmente millones de niños, jóvenes y adultos en todo el país.

Este año la sede nacional correspondió a Tabasco, donde he podido asistir a varios eventos organizados con la colaboración del gobierno estatal, el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Tabasco (CCYTET) y numerosas organizaciones y personas entusiastas y comprometidas con la divulgación científica.

¿Vale la pena, con la crisis económica y las carencias de nuestro país, dedicar presupuesto y trabajo a un evento como éste? Cuatro buenas razones para hacerlo:

–Porque el nivel de vida de un país depende, en mucho, del tamaño de su aparato científico-tecnológico-industrial. Una comunidad científica activa y de tamaño suficiente detona la producción de conocimiento original, que deriva en tecnología y patentes que pueden convertir a una nación en una potencia moderna. Piense en los celulares coreanos, los autos indios, las computadoras chinos que importamos, o la tecnología brasileña de extracción de petróleo que estamos lejos de igualar. Y el primer paso es despertar vocaciones científicas en niños y jóvenes (y claro, luego darles plazas para trabajar en instituciones de investigación, pero esa es otra historia…).

–Porque el pensamiento científico es una herramienta poderosa para combatir creencias dañinas, como las teorías de complot que niegan la gravedad de la pandemia de influenza y la utilidad de las vacunas que previenen la infección.

–Porque si los ciudadanos no entienden la ciencia en que se basan asuntos como clonación, eutanasia, cultivos transgénicos o investigación con células madre, no podrán participar en las decisiones que como sociedad tomemos al respecto.

–Porque la ciencia y la tecnología, manifestaciones de la creatividad humana, son fuentes inagotables de asombro y excelentes formas de pasar un buen rato. Todo ciudadano tiene derecho a disfrutarlas.

Por eso y más, felicidades y larga vida a la Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología. ¡Ojalá durara todo el año!

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miércoles 21 de octubre de 2009

Premio al Cotija

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 21 de octubre de 2009

La semana pasada hablábamos del Nobel de química, otorgado por el esclarecimiento de la estructura del ribosoma, fábrica celular de proteínas. Hoy hablemos del queso Cotija.

Hay relación. Mire por dónde: una investigadora de la Facultad de Química de la UNAM, la doctora Maricarmen Quirasco, y su alumna de maestría Alma Berenice Zúñiga, acaban de ganar el Premio Nacional en Ciencia y Tecnología de Alimentos, otorgado por Coca-Cola y el Conacyt, por un estudio en que identifican y caracterizan a los principales microorganismos que viven el queso Cotija.

¿Microbios en el Cotija? Si usted es fan de este apreciado queso que producen artesanalmente, desde hace 450 años, unas 200 familias en la sierra de Jalmich, cerca de Cotija, Michoacán, podría preocuparse al leer lo anterior. Pero al contrario. El estudio de Quirasco y Zúñiga busca comprender mejor el proceso de elaboración de este aromático y nutritivo queso –en otro estudio del mismo grupo le descubrieron saludables propiedades antioxidantes– para protegerlo y mejorarlo.

Y es que en la producción de casi cualquier queso intervienen las llamadas bacterias lácticas, que convierten el azúcar de la leche (lactosa) en ácido láctico, lo que aumenta la acidez y causa que las proteínas de la leche se cuajen para formar, precisamente, el queso. Otros productos lácteos, como el yogur, contienen también abundantes microorganismos.

Pero en la elaboración del queso Cotija, hecho con leche sin pasteurizar, participa un verdadero ecosistema microscópico en el que hay competencia y supervivencia entre especies. Para estudiarlo, Quirasco y Zúñiga utilizaron modernas técnicas moleculares: estudiaron los genes del ARN ribosomal –componente principal de los ribosomas, he aquí la relación– de las bacterias. Estos genes se usan para identificar especies porque todas las células tienen ribosomas; al compararlos, se detectan sus diferencias y es posible clasificarlas.

El estudio reveló que durante la maduración del queso, que lleva de 3 meses a un año, la competencia elimina a las posibles bacterias patógenas, lo que garantiza la higiene del queso. Y permitirá, en un futuro, estandarizar mejor los procesos artesanales de producción y lograr que los productores obtengan la denominación de origen, con lo que podrán combatir la competencia desleal de falsos quesos “tipo Cotija”, incluso provenientes del extranjero, que suplantan al auténtico.

En pocas palabras, ciencia de alimentos de primera, llevada a cabo en la UNAM, que beneficiará a productores mexicanos.

(Por cierto, no está usted para saberlo ni yo para contárselo, pero Maricarmen Quirasco fue compañera mía de generación en la carrera de químico farmacobiólogo en la Facultad de Química, y conozco su gran inteligencia y dedicación al trabajo desde la Prepa 6. Sinceramente, ¡felicidades, Maricarmen! Lea su artículo sobre la cultura del queso Cotija aquí.)

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miércoles 14 de octubre de 2009

El maravilloso ribosoma

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 14 de octubre de 2009

El premio Nobel de Química de este año me emocionó aún más que el de Medicina.

Se otorgó a Venkatraman Ramakrishnan (hindú nacionalizado estadounidense pero radicado en Gran Bretaña), Thomas Steitz (estadounidense) y Ada Yonath (israelí) por “sus estudios acerca de la estructura y función del ribosoma”.

Si, como comentaba la semana pasada, las enzimas son asombrosas máquinas moleculares que llevan a cabo prácticamente todas las funciones de una célula viva, los ribosomas son verdaderas fábricas automáticas que construyen con precisión cada uno de los miles de proteínas distintas que necesitamos para estar vivos.

Un ribosoma es una madeja compleja de ácido ribonucleico (el primo de una sola hebra del ADN) y múltiples proteínas.

Tiene partes fijas y otras que se mueven con precisión robótica para ensamblar en cuestión de minutos, leyendo la información proveniente del ADN, proteínas formadas por miles de aminoácidos, como perlas en un collar.

El logro de los galardonados fue localizar con precisión cada uno de los cientos de miles de átomos que forman un ribosoma, lo cual ha permitido comprender su funcionamiento con detalle atómico. Utilizaron la cristalografía de rayos X, método desarrollado a principios del siglo XX (es el mismo que permitió a Watson y Crick descubrir la estructura en doble hélice del ADN en 1953 –estructura, dicho sea de paso, infinitamente más simple que la de un ribosoma).

Para ello, primero tuvieron que obtener cristales perfectamente ordenados formados por ribosomas puros; tardaron casi 20 años.

Pero para ver átomos no puede usarse un microscopio de luz, ni siquiera de electrones. Sólo los rayos X tienen la finura necesaria. Y no hay lentes que puedan enfocarlos y formar imágenes: se tiene que recoger el conjunto de manchas formadas por el paso de los rayos X a través de los cristales (manchas que originalmente eran captadas con película fotográfica, pero que hoy se captan con un dispositivo de carga acoplada o CCD, invención que ganó este año el premio Nobel de física) y usar computadoras para procesar matemáticamente los datos.

¿El resultado? Modelos computarizados detalladísimos que revelan cada tornillo y engrane de estas maravillosas nanofábricas moleculares.


Como beneficio adicional, están permitiendo desarrollar nuevos antibióticos que funcionan como llaves de tuercas arrojadas al interior de los ribosomas de las bacterias que nos enferman.

Me encantó el Nobel de química de este año. Lástima que Harry Noller, uno de los gigantes del estudio de los ribosomas, haya quedado fuera del premio, que sólo puede concederse a un máximo de tres personas.
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miércoles 7 de octubre de 2009

El telómero Nobel

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 7 de octubre de 2009

Los premios Nobel siempre son emocionantes. El de Fisiología y Medicina de este año revela la fascinante ciencia básica de nuestras células que podría tener aplicaciones revolucionarias en salud.

Se trata, según el Comité Nobel del Instituto Karolinska, en Suecia, del “descubrimiento de cómo los telómeros y la enzima telomerasa protegen a los cromosomas”, realizado por los investigadores Elizabeth Blackburn, su colega Jack W. Szostak y su alumna Carol Greider.

La información genética de los seres vivos está escrita en la molécula de ácido desoxirribonucleico, ADN, que forma madejas llamadas cromosomas dentro del núcleo de cada una de nuestras células.

Cada cromosoma está formado por una sola, larguísima, molécula de ADN. Cuando se tiene que copiar, antes de que la célula se divida en dos, la encargada es una enzima: máquina molecular hecha de proteína.

Visualícelo así: la famosa doble hélice del ADN es como una vía de tren. Para copiarla, los rieles se separan y la enzima se desliza sobre cada uno, leyendo las letras que lo forman e insertando las letras correspondientes del otro lado. Como un trenecito que avanzara sobre un riel, construyendo el riel opuesto. Al final, tenemos dos vías completas e idénticas.

Pero cuando llega al final del riel, la enzima no puede avanzar más, y no construye el último tramo del riel opuesto. ¡Cada vez que se copiara un cromosoma, sus puntas (los telómeros, del griego telos, final, y meros, parte) se irían acortando!

Utilizando un ingenioso experimento, Blackburn y Szostak descubrieron en 1982 que los telómeros protegen a los cromosomas para no ser destruidos. Construyeron minicromosomas y a algunos les pegaron telómeros y a otros no. Cuando los metían en células, los cromosomas con telómeros sobrevivían, pero los que no los tenían eran eliminados rápidamente.

Y en 1984 (el día de Navidad), Blackburn y Greider descubrieron otra enzima que permite que los telómeros mantengan su tamaño. Lo logra porque contiene un molde con la secuencia correcta de letras (CCCCAA) que deben insertarse en cada punta del ADN. La llamaron “telomerasa” (la terminación “asa” en bioquímica indica una enzima).

Hoy sabemos que telómeros y telomerasa tienen que ver con el envejecimiento y la muerte celular (cuando se acortan) y con la multiplicación descontrolada de las células cancerosas (pues su telomerasa es muy activa y sus telómeros no se acortan). Incluso hay en desarrollo vacunas para intentar combatir el cáncer inactivando la telomerasa de tumores.

La ciencia básica, motivada por la simple curiosidad, ofrece una nueva promesa médica, aunque sea aún lejana.

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