miércoles, 20 de mayo de 2015

Alimentar al trol

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de mayo de 2015

Nada más desesperante que una discusión empantanada. Pero cuando uno se dedica a la comunicación pública de la ciencia, cuyo objetivo es precisamente difundir y promover las ideas científicas entre el público general, es inevitable enredarse en ellas de vez en cuando (sobre todo hoy, en esta era de las redes sociales).

Y es precisamente en redes como Facebook o Twitter donde uno llega a meterse en discusiones que inicialmente pueden parecer interesantes, pero que tienen la desagradable costumbre de tornarse necias, aburridas o incluso agresivas y hasta violentas. Como en la vida real, hay internautas finos y educados y otros que creen válido descalificar sin mayor trámite, insultar o hasta amenazar a quienes no están de acuerdo con ellos.

A estos últimos se los conoce popularmente como “trolls” (o, según la Real Academia, “troles”): personas molestas, agresivas y –ojo– obsesivas. Un trol que se respete no molesta sólo una vez, sino que lo toma a uno como blanco para ataques repetidos y sistemáticos. (En realidad la palabra troll denota a un “monstruo maligno de la mitología escandinava que habita en bosques o grutas”, añade la Academia. En el habla de internet, la definición “formal” de trol es más restringida que la anotada arriba: “persona que publica mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea… con la principal intención de molestar o provocar una respuesta emocional en los usuarios y lectores, con fines… de… alterar la conversación normal en un tema de discusión, logrando que los mismos usuarios se enfaden y se enfrenten entre sí”. Lo cierto es que neologismos como éste aún están en proceso de evolución: su significado sigue redefiniéndose, ampliándose y cambiando continuamente.)

La naciente sabiduría internetiana y de redes sociales –apenas estamos empezando a generar los modales y reglas de convivencia para nuestra nueva realidad virtual, y en el camino vamos cometiendo todos los errores posibles– nos ofrece la siguiente máxima para lidiar con estos molestos pero al mismo tiempo fascinantes individuos, en cuyas redes tantos caemos hasta desgastarnos: “no alimentes al trol” (don’t feed the troll). La receta normalmente funciona: si en vez de responder los ataques, con el consiguiente desgaste emocional y de tiempo –y el ridículo de exhibirse públicamente en discusiones necias– uno simplemente ignora al latoso, luego de un rato éste suele buscar otra víctima más propicia.

El consejo se basa en el entendido de que discutir con un trol es inútil: rara vez se logra que cambie, así sea mínimamente, su punto de vista. Pero varias investigaciones recientes van en contra de esta generalización.

El Pew Research Center de Washington DC, un centro independiente de investigación sobre medios de comunicación, publicó en octubre pasado los resultados de una encuesta aplicada a 2,849 internautas sobre la agresión en internet. Hay resultados muy interesantes: 73% de usuarios ha presenciado (virtualmente) casos de comportamiento agresivo, desde insultos y troleo hasta amenazas y acoso sexual, y 40% lo han experimentado personalmente; en la mitad de los casos, los agredidos no conocen la identidad real de los agresores; las agresiones ocurren tanto en redes sociales como en blogs, juegos en línea y por email.

Pero se halló también algo inesperado: 60% de las personas agredidas simplemente ignoraron las molestias, mientras que 40% tomaron alguna medida al respecto (confrontar al agresor, desamigarlo, bloquearlo, discutir el problema con los demás participantes en el foro, o incluso borrar su propio perfil o reportar el asunto a las autoridades, en los casos de agresiones más graves). Lo curioso es que ambas estrategias parecen ser casi igual de efectivas: tanto 83% de quienes ignoraron los ataques (no “alimentaron al trol”) y 75% de los que sí respondieron de algún modo reportaron estar “satisfechos” con el resultado. En algunos casos esto se logró dialogando con el trol.

Por otra parte, en una ponencia de 2014 (comentada en el blog de Ethan Zuckerman, del Centro sobre Medios Civiles del Instituto Tecnológico de Massachusetts) la especialista en internet y sociedad Susan Benesch, de la Universidad de Harvard, cuestionó, basándose en los resultados de varios estudios sobre redes sociales, la idea de “no alimentar al trol”. “Los troles son personas”, argumenta, y añade que no necesariamente son el problema, sino el síntoma. Cita casos como el de las polémicas elecciones de Kenia en 2007, donde había muchos más comentarios agresivos en Facebook que en Twitter. ¿La razón? Que en esta red muchos líderes de opinión objetaban de inmediato los tuits violentos. Como consecuencia, muchos agresores reconocieron lo inadecuado de sus agresiones. Algo similar ocurrió en Estados Unidos cuando en 2014 la indo-americana Nina Davuluri ganó el concurso Miss America: los tuits insultándola por ser “árabe” o “musulmana” inundaron la red, pero los cuestionamientos y críticas razonadas de la comunidad de tuiteros lograron que muchos trols se retractaran o disculparan.

Benesch aboga por lo que llama counterspeech (que podríamos traducir como "contradiscurso" o “cuestionamiento mediante el diálogo”) como herramienta contra la violencia en internet, y argumenta que en muchos casos razonar con los troles es mucho más efectivo que simplemente ignorarlos. Señala que la presión social generada en las redes sociales puede ser suficiente en muchos casos para hacer conscientes a los troles de los efectos de su comportamiento agresivos y para corregirlo. Y añade que se requiere más investigación para entender con más detalle en qué casos puede funcionar mejor cada estrategia para modificar las actitudes, las ideas y el comportamiento de los agresores (por ejemplo, confrontar directamente o bien usar el humor y la parodia como estrategias para persuadir al trol de lo inadecuado de su comportamiento). Este tipo de investigación, que resultaría casi imposible de hacer con la palabra hablada, puede realizarse fácilmente en internet y las redes sociales.

Discutir ­–no sólo en internet, sino en la vida diaria: en la mesa de la comida, el pasillo de la oficina, el café, el salón de clases, una junta de trabajo o en un seminario científico– es una manera de razonar. De pensar colectivamente. Hay que saber escoger las batallas, pero es posible que muchas veces dialogar con un trol no sea una completa pérdida de tiempo.

¿Te gustó?
Compártelo en Twitter:
Compártelo en Facebook:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 13 de mayo de 2015

¿Vacunas mortales?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  13 de mayo de 2015

El sábado 9 de mayo sonó la alarma: “Mueren 2 niños por vacunas del IMSS en Chiapas”.

La terrible noticia, la muerte de dos bebés, Yadira, de 30 días de nacida, y Emmanuel Francisco, de 28, , comenzó a circular en medios y redes sociales. Habían comenzado a presentar fiebre y convulsiones a las 7 de la noche del viernes 8 de mayo, luego de haber recibido, a las 12, las vacunas de tuberculosis, rotavirus y hepatitis B por parte de trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) que llegaron a su modesta comunidad de La Pimienta, en el municipio de Simojovel, Chiapas.

Otros 29 de los 52 niños que recibieron la vacuna tuvieron “reacciones adversas” y fueron trasladados al hospital “Dr. Gilberto Gómez Maza”, de Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas. Seis se hallaban graves y 23 estables, según un comunicado del IMSS del domingo 10 de mayo. El lunes 11 otro comunicado informó que “debido a su mejoría, 3 niñas y 2 niños” habían sido dados de alta, aunque continuarían en observación otras 72 horas; 18 continuaban estables, y seis permanecían graves. No se ha proporcionado información más específica sobre los síntomas concretos que sufren los enfermos; todo parece indicar que se trata de reacciones alérgicas agudas.

La comunidad de La Pimienta se halla “en un cerro árido devastado por la extracción minera y la sobreexplotación de cultivos de maíz”, describe Ángeles Mariscal en un reportaje publicado en CNN.com. El municipio de Simojovel, al que pertenece, se considera “de alta marginación”, y “es conocido por el ámbar que se obtiene de sus minas”. El padre de Yadira se dedica a la extracción de ámbar, pero ello “no le deja lo suficiente para sobrevivir, ni siquiera para pagar el servicio médico para su familia”.

La mayor parte de los padres de los menores afectados habla la lengua tzotzil, y requirieron de intérpretes para poder comunicarse con el personal médico del hospital en Tuxtla y con los representantes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que llegaron al lugar para revisar con detalle el caso.

Datos como éstos ponen de relieve la dimensión de la tragedia, doblemente lacerante por afectar a ciudadanos que viven ya una situación de pobreza y abandono.

Sin embargo, hay otra dimensión grave en lo ocurrido: al circular la noticia formulada tal como aparece arriba, de modo que se da por hecho que la causa de las muertes son las vacunas (en particular, los comunicados han señalado a la vacuna contra la hepatitis B como la causante de las reacciones), se está involuntariamente apoyando la falsa idea, que ha circulado recientemente en México y otros países, de que las vacunas son dañinas para la salud y deben evitarse.

El negacionismo de las vacunas, como se le conoce, y del que ya hemos hablado en este espacio, es una idea seudocientífica peligrosa: su difusión ha causado ya brotes epidémicos en el Reino Unido y Estados Unidos (fue notorio el brote de sarampión –enfermedad que había sido ya erradicada del territorio estadounidense­– en Disneylandia, que comenzó a finales de diciembre del 2014, fue detectado el 7 de enero de 2015 y se declaró finalizado el 17 de abril, luego de afectar a 147 norteamericanos y 159 canadienses, así como a varios mexicanos, muchos de ellos no vacunados).

La extendida desconfianza que existe entre la población general de nuestros país hacia los productos tecnológicos derivados de la ciencia –sustancias químicas, medicamentos, vacunas, cultivos transgénicos– es terreno fértil para creencias infundadas y peligrosas como la de que es mejor no vacunar a los niños. Cada vez más familias mexicanas comienzan a adoptar esta preocupante idea, lo que pone en peligro no sólo a sus hijos, sino a los demás niños, que a pesar de estar vacunados quedan en riesgo al perderse el efecto de inmunidad de grupo, con lo que pueden quedar expuestos a microorganismos causantes de la infección.

En este panorama, la noticia de las dos muertes y los 29 casos de reacción adversa vienen como anillo al dedo para reforzar los temores contra las vacunas. Titulares como el citado contribuyen a reforzar dicha impresión.

Afortunadamente, las autoridades de salud reaccionaron, si bien con cierta lentitud y una parquedad informativa que raya en el hermetismo, de manera correcta al plantear varios puntos esenciales: 1) la asociación entre los percances y la vacuna aún es de presunción: hace falta una investigación que permita asegurar que es el caso; y 2) dicha investigación ya está en proceso: todos los frascos del lote de vacunas de hepatitis B usados en Simojovel ya fueron recuperados y están siendo analizados en la Ciudad de México por expertos de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) y la Secretaría de Salud.

Es importante tener claro que el daño a los pequeños de Simojovel fue causado por algún factor anormal en la aplicación de la vacuna; no por la vacuna en sí (de lo contrario, habría muchos más casos en todo al país entre los cientos de miles de recién nacidos que son vacunados anualmente). La vacuna de la hepatitis B, que se fabrica mediante métodos de ADN recombinante en levaduras, usando la proteína de superficie del virus, es especialmente segura. Entre sus efectos secundarios raros se registran fiebre de 38.5 grados, dolor de cabeza o muscular, náuseas y vómito, pero se resuelven espontáneamente. Sólo los casos de alergia grave pueden llevar al choque anafiláctico. No está aún claro que eso sea lo que haya sucedido, por la parquedad en la información disponible, pero parece ser la hipótesis más probable.

Otra posibilidad tendría que ver con la fabricación misma de la vacuna –en cuyo caso todo el lote, que se repartió en diversas poblaciones, tendría que haber causado efectos, cosa que no ocurrió–, o, más probablemente, con su manejo. Las vacunas requieren de una manipulación muy cuidadosa a lo largo de su distribución y almacenamiento: lo que se conoce como “cadena de frío”. La Norma Oficial Mexicana NOM-036-SSA2-2002, “Prevención y control de enfermedades. Aplicación de vacunas, toxoides, sueros, antitoxinas e inmunoglobulinas en el humano” especifica las condiciones de refrigeración para las vacunas, el tiempo máximo que pueden permanecer almacenadas en cada etapa de su distribución (federal, estatal, municipal, local), los rigurosos estándares de transportación (en camiones equipados con cámaras refrigerantes que se calibran periódicamente), su vida útil, etcétera. Una posibilidad, aunque remota, es que la cadena de frío se haya roto en el manejo de las vacunas que se aplicaron en La Pimienta, y ello haya causado su deterioro.

O quizá los niños afectados simplemente resultaron ser todos alérgicos a algún componente de la vacuna –¿quizá por razones familiares?– o bien padecían todos de alguna infección que provocara la reacción adversa (la vacuna no debe aplicarse cuando hay fiebre de 38.5 grados o más o alguna enfermedad grave; no se ha informado del estado de salud previo de los bebés afectados).

En resumen, si bien lo más probable es que las muy lamentables muertes hayan sido consecuencia de la vacunación, ello no quiere decir, ni con mucho, que vacunar a los recién nacidos, según el Esquema Nacional de Vacunación, sea peligroso, ni que la vacuna contra la hepatitis B sea un riesgo. El amplísimo esquema de vacunación que reciben gratuitamente todos los niños mexicanos es uno de los más completos del mundo, y ha sido elogiado por las autoridades sanitarias de varios países.

Las vacunas han sido uno de los desarrollos médicos y científicos que más vidas han salvado en la historia de la humanidad. No permitamos que la existencia de un caso desafortunado promueva la desinformación que difunde el peligroso movimiento antivacunas.

Como un efecto tardío, las lamentables muertes de Simojovel han atraído la mirada de México y el mundo a ese municipio sumido en la pobreza. Quizá, como un efecto secundario involuntario, ello redunde en una mejora de su nivel de vida, así sea sólo porque las autoridades quieren cuidar su imagen en estos tiempos electorales.


[*Actualización del miércoles 13 de mayo 9:50 am: escucho en un noticiero de radio que se presume que las vacunas podrían haberse contaminado durante su manejo en Chiapas. Un comunicado del IMSS fechado el 12 de mayo añade que de los 2 bebés graves, dos están ahora estables, y que se tiene evidencia de que los daños fueron causados por una infección bacteriana ajena a la vacuna. Se anuncia que investigación continúa.]

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 6 de mayo de 2015

Rechazo irracional

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  6 de mayo de 2015

La semana pasada narraba yo aquí la curiosa discusión que tuve con una lectora creyente en la homeopatía, que al mismo tiempo era consciente de la contradicción entre ésta y los principios de la medicina científica que había conocido en sus lecturas, y mi frustración al sentir que sería difícil que cambiara sus creencias.

Una pregunta que yo y muchos de mis colegas divulgadores nos hacemos es: ¿cómo puede la gente creer tantas tonterías seudocientíficas? Algunos toman el camino fácil y lo adjudican a que “la gente es tonta o ignorante”. Discrepo tajantemente: querer fomentar la cultura científica de los ciudadanos partiendo del desprecio hacia ellos es lo más opuesto a la labor cultural, educativa y de comunicación que realiza un divulgador científico digno de ese nombre.

Pero ¿y entonces? ¿Por qué se esparcen y proliferan tantas creencias irracionales o carentes de sustento, mientras que el conocimiento basado en la evidencia y comprobado sistemáticamente es tan fácilmente rechazado por amplios grupos de la población?

Respecto a la homeopatía, por ejemplo, el Consejo de Investigación Médica de Australia (NHMRC) emitió en marzo pasado un dictamen en el que, tomando en cuenta una revisión independiente de varias investigaciones sobre el tema, una evaluación de la información que ofrecen los propios homeópatas, así como reportes sobre la homeopatía realizados por gobiernos de otros países (como el Reino Unido), llega a la siguiente conclusión: “no existen padecimientos médicos para los cuales haya evidencia confiable de que la homeopatía resulte efectiva”. Y recomienda: “la homeopatía no debe usarse para tratar padecimientos de salud que sean crónicos, serios, o que pudieran volverse serios. La salud de las personas puede ponerse en riesgo si rechazan o retardan los tratamientos de cuya seguridad y efectividad sí existe buena evidencia” (es decir, la medicina científica).

Sin embargo, los creyentes siguen confiando en la homeopatía (y tantas otras seudomedicinas). Aun en contra de la evidencia clínica, sienten que “les funciona”. A esto ayuda que los promotores de la homeopatía (una industria multinacional cuyas empresas llegan a facturar anualmente, tan sólo en Europa, más de mil millones de euros), además de vender su mercancía, hacen cabildeo (lobbying) a través de sus grupos de presión comercial y política para que en distintos países la charlatanería homeopática se pueda seguir vendiendo sin control de las autoridades, se siga aceptando como una terapia segura (no siempre lo es) y hasta siendo subsidiada con dinero público.

Pero no es sólo en ideas relacionados con la salud donde se halla esta credulidad: también está presente, por ejemplo, en temas ambientales. Un ejemplo hoy muy presente es la oposición al cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados o transgénicos, especialmente vegetales. Los argumentos en su contra van desde lo ideológico (son antinaturales), pasando por lo médico (pueden causar cáncer o alergias) y lo ambiental (pueden alterar los ecosistemas o contaminar los genomas de especies nativas), hasta lo social (se prestan a abusos que rayan en lo criminal por parte de las trasnacionales agrobiotecnológicas que los venden a los campesinos).

Sólo los dos últimos argumentos tienen bases reales que valdría la pena investigar. El segundo ya ha sido descartado, luego de que durante años millones de personas hayan consumido vegetales transgénicos sin que existan casos de daños a la salud. Y el primero es cuestión de opinión, que en todo caso, no debería imponerse a quien no la comparta.

Pero, nuevamente, la actividad de grupos de interés “ambientalistas” y opuestos a los transgénicos (que, si bien no tienen el poder económico de las empresas biotecnológicas, sí cuentan con lobbies que las apoyan en diversos países) ha logrado que la imagen de los transgénicos como algo nocivo y peligroso, que debe ser evitado a toda costa, se haya propagado globalmente y goce de gran aceptación entre el ciudadano medio.

En un interesantísimo estudio hecho público el pasado 10 de abril por la revista Trends in plant science (Avances en ciencia vegetal, en prensa), un grupo de investigadores (biólogos, biotecnólogos y filósofos), de la Universidad de Gante, en Bélgica, coordinados por Marc Van Montagu, exploran las posibles razones para explicar por qué la oposición a los cultivos transgénicos es tan popular, a pesar de la evidencia de que muchos cultivos transgénicos son seguros y útiles (el caso del “arroz dorado” es un ejemplo perfecto y especialmente doloroso: fue enriquecido con dos genes que permiten que sea fuente de vitamina A –que normalmente no contiene– para ayudar a paliar la carencia de esta vitamina que padece un 10 de la población de Asia y África cuya fuente principal y casi única de alimento es el arroz, y que puede causar ceguera; pero su cultivo ha sido bloqueado por los activistas antitransgénicos).

Van Montagu y sus colegas concluyen, luego de tomar en cuenta conceptos provenientes de la investigación en ciencias cognitivas, psicología, evolución, antropología y filosofía, que la extensa oposición a los transgénicos en la opinión pública tiene que ver con la manera en que los seres humanos interpretamos la información. Proponen así un modelo para explicar el rechazo a los datos confiables sobre la seguridad y beneficios potenciales de los cultivos transgénicos.

En versión muy resumida, postulan que este tipo de ideas se benefician de ciertas características del sistema cognitivo que nuestra especie desarrolló a lo largo de su evolución. En particular, la existencia de dos grandes maneras de evaluar la información y tomar decisiones: la intuitiva (que es rápida y “automática” –pues abrevia tomando como reglas la experiencia y una serie de suposiciones “de sentido común”–, y generalmente acertada, excepto cuando se enfrenta a situaciones inusuales) y la racional, que es más lenta, exige un mayor trabajo intelectual, pero que toma en cuenta más datos, y cuyas conclusiones, más difíciles de recordar, pueden llegar a ser poco esperadas o anti-intuitivas, pero más acordes con la evidencia.

Van Montagu y su grupo también proponen tres factores concretos que favorecen el rechazo a los transgénicos: la tendencia natural de la mente humana a: 1) pensar en términos de esencias (el ADN es la esencia de un organismo; modificarlo es alterar esa esencia); 2) interpretar las cosas en términos teleológicos (es decir, de intenciones: “la naturaleza es sabia”; modificarla es “jugar a ser dios”), y 3) sentir repugnancia por ciertas cosas (la modificación genética “contamina” a los organismos). Esto, dicen, genera una actitud de rechazo que lleva a percibir a los organismos transgénicos no sólo como peligrosos, sino como inmorales o pecaminosos. Los autores sugieren también posibles estrategias de comunicación para tratar de combatir la oposición a los transgénicos, con base en información científica confiable.

Estoy seguro de que el tema levantará polémica: habrá quien acuse a los autores de caricaturizar y descalificar a los activistas antitransgénicos a los ciudadanos que se identifican con sus argumentos. Pero al mismo tiempo, estoy seguro que los análisis del tipo que proponen Van Montagu y sus colegas puede ser útil para entender la enorme difusión de otros tipos de ideas contrarias al conocimiento científico aceptado, incluyendo a seudomedicinas como la homeopatía (que promueve también una visión de “defender lo natural” frente a la “deshumanizada” medicina científica, habla de que se combate la enfermedad “por medio de sí misma”, y maneja un discurso cercano al esoterismo en que se “recobra el equilibrio natural” del cuerpo).

En todo caso, entender la propagación de las ideas irracionales puede ser la mejor manera de combatirlas.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 29 de abril de 2015

La persistencia de la charlatanería (una experiencia personal)

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  29 de abril de 2015

En el primer capítulo de su clásico libro El mundo y sus demonios (1995), el magistral divulgador estadounidense Carl Sagan comenta su encuentro con un chofer curioso, que lo reconoce por sus apariciones en la televisión y comienza hacerle preguntas sobre ciencia. Desgraciadamente, lo que el aquel hombre consideraba “ciencia” eran temas como cadáveres extraterrestres que supuestamente se hallan en bases de la fuerza aérea norteamericana, la posibilidad de hablar con muertos, profecías, curación con cristales, la sábana santa, la Atlántida

El chofer preguntaba sobre cada tema “con un entusiasmo lleno de optimismo”. Sagan lamentaba tener que decepcionarlo con cada una de sus respuestas. ¡Qué desperdicio que tanta curiosidad se perdiera en patrañas sin fundamento!

El chofer había leído mucho. “Sabía hablar, era inteligente y curioso... [pero] no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia”.

“Quizá este señor –continúa Sagan– debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles para él decían que era verdad. Debido a su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.”

Para los divulgadores científicos, combatir las creencias seudocientíficas que sostiene mucha gente es una labor especialmente ardua y hasta dolorosa. Porque no sólo se trata de compartir información o explicar conceptos, sino de corregir ideas erróneas que muchas veces forman parte importante de la identidad, cultura o estilo de vida de nuestro público. Al mostrar que son equivocadas y carecen de sustento científico, es fácil herir sentimientos y causar desagrado o rechazo. Como dice Sagan de su conversación con el chofer: “[cada cosa] que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior”.

Acabo de vivir una experiencia similar en Facebook, en medio de una discusión sobre la homeopatía. Como se sabe, ésta seudomedicina fue inventada en 1810 por el alemán Samuel Hahnemann, y hoy se ha convertido en un negocio internacional multimillonario, a pesar de que nunca ha demostrado la menor efectividad terapéutica en estudios clínicos controlados.

Sin embargo, el efecto placebo, el sesgo de confirmación (recordar sólo los pocos casos en que algo “nos funciona” e ignorar los muchos en que no lo hace), los sesgos ideológicos que ven la ciencia o a “lo químico” como “malo” y lo “natural” como “bueno”, la existencia de enfermedades siguen  un ciclo natural (como el catarro) o las que en ocasiones se curan por sí mismas y la enorme complejidad de la respuesta de un organismo vivo ante la enfermedad, hacen que abunden quienes juran que la homeopatía es eficaz. (Lo mismo ocurre, claro, con cualquiera de las numerosas terapias alternativas que existen, desde las curaciones con cristales, péndulos o aromas, a cosas como rezarle a San Charbel, beber la propia orina, el vudú o las "limpias". El que mucha gente crea algo no es prueba científica de nada.)

Volviendo a la discusión en Facebook, una amable lectora del norte del país preguntó, con genuina curiosidad: “¿qué pasó con la salud de mi familia? Nosotros sólo hemos recurrido a la homeopatía, desde que mi hijo mayor, ahora de 30 años, era un bebé. Mis cuatro hijos no supieron lo que era una inyección y menos tomaron antibióticos hasta que salieron de casa, después de la universidad. Mi esposo y yo hasta ahora nos tratamos con “chochitos” homeopáticos. ¿Hay una explicación a esto?”.

Mi respuesta fue similar a lo expuesto arriba. Pero añadí que su actitud me preocupaba, no sólo por haber puesto en riesgo la salud de sus hijos, sino porque ellos, como posibles portadores no protegidos, ponían también en riesgo la salud de quienes los rodeaban.

Conforme avanzaba el diálogo, con participación de otras personas, era evidente que el desconcierto de la amable señora se iba convirtiendo en inquietud, en molestia. Me disculpé explicando que, como divulgador científico, parte de mi trabajo es precisamente combatir seudociencias.

La lectora insistía: “¿Pensarán lo mismo en el IPN, que mantiene la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía? Por otro lado, no considero irresponsables la actitud de los médicos homeópatas que nos han tratado, ni la mía y de mi esposo hacia nuestros hijos, pues de otra manera ellos no hubiesen crecido sanos y productivos. Confieso que el espíritu de sus notas [criticando la homeopatía] me tienen algo confundida, por decir lo menos”.

Y añadía más datos anecdóticos: “en el DF, mientras los compañeritos de mis hijos enfermaban constantemente, los míos eran reconocidos invariablemente por sus mínimas o nulas ausencias. Mi hijo mayor llegó casi bebé de Europa, con unas amígdalas que iban a operar de emergencia. Con la primera receta homeopática se curó y de allí en adelante nunca utilizamos ninguna otra medicina. Eso no puede ser ni suerte ni coincidencia. Algo hay que hace que miles de personas encuentren alivio en esa medicina”.

Pero ¡resulta que algo así puede ser suerte o coincidencia! Intenté explicar que, precisamente, la única manera de saber si un tratamiento realmente funciona es hacer un estudio clínico controlado, con suficientes pacientes, con una metodología de doble ciego y otros requisitos. De otro modo no se puede distinguir el efecto del tratamiento de todos los otros factores que pueden influir en el resultado. En todos estos estudios clínicos, en todo el mundo, la homeopatía ha demostrado siempre ser totalmente ineficaz.

Ante mi alarma por su comentario acerca de que sus hijos no habían recibido inyecciones, y mi juicio de que tal actitud era irresponsable, la señora continuó: “sí, les dio varicela, sarampión, rubeola, escarlatina, etcétera, porque accedimos a seguir un plan médico y los hicimos contagiar de esas enfermedades para inmunizarlos de por vida, cuidando además de que no contagiaran a nadie porque fue un proceso, como repito, controlado. Ese era el plan y resultó”. A esas alturas, mi asombro y el de los demás participantes en la discusión era ya extremo.

Y sin embargo, no se trataba de una persona inculta ni irracional: ante nuestras afirmaciones de la falta de sustento médico para la homeopatía, se preguntaba “¿no deberían estar quitando cédulas profesionales, cerrando consultorios médicos, hospitales y centros de investigación homeopática? Estoy confundida, preocupada y por demás intrigada sobre lo que sucede al respecto. De verdad que pienso que, entonces, debe haber fuerzas desconocidas que los médicos homeópatas logran inyectar a sus pacientes para curarlos.”

Y arriesgaba una hipótesis: “A la luz de lo que he leído sobre la física cuántica, supongo, pues no soy especialista, que la homeopatía tendrá que ver con el manejo de las energías. No sé. Es una idea. Lo pensé cuando leí sobre los neutrinos. Si no son los medicamentos homeopáticos los que curan, entonces ¿no será una fuerza que todavía no conocemos bien y que de alguna manera se concentra en los famosos chochitos? Tengo entendido que los neutrinos entran y salen de todo lo que nos rodea llevando y trayendo energía… Estoy especulando debido a mi asombro ante su persistencia sobre la inoperancia de la homeopatía”.

Al final, la lectora abandonó la discusión. Yo quedé preocupado al saber que existen en México madres de familia capaces de poner en semejantes riesgos a sus hijos, y reafirmé mi indignación ante tantos defraudadores seudomédicos que en vez de estar tras las rejas, donde pertenecen, siguen poniendo en peligro la salud de la población, sin control de las autoridades de salud.

Disonancia cognitiva
Como el chofer de Sagan, la amable señora tiene auténtica curiosidad científica. Pero durante muchos años ha estado expuesta a información falsa. Será muy difícil que cambie sus convicciones de décadas; la discusión fue sólo un intento por justificarlas y tranquilizar su mente ante las dudas que le surgen al enfrentarse con información científicamente sólida que entra en conflicto con ellas: lo que en psicología se conoce como “disonancia cognitiva”. Aunque… ¿quién sabe? Quizá busque más información y llegue a cambiar sus creencias.

A mí me quedó una lección, ya sabida, pero que otro contacto de Facebook logró expresar concisamente: “Es natural sentirse confundido (por lo menos) cuando nos topamos con que aquello en lo que hemos creído toda la vida resulta no ser tan cierto, o de plano falso. [Enfrentar] eso [y tratar de proporcionar información confiable para cambiar esas creencias sin fundamento científico] es parte del trabajo de los divulgadores, y suele no ser fácil”.

Pues sí. El chiste sería lograr hacerlo sin convertirse en un aguafiestas. Sin duda, la divulgación escéptica, sobre todo en temas médicos, es un trabajo ingrato. Pero no podemos dejar de
hacerlo.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 22 de abril de 2015

Eficiencia y eficacia de la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  22 de abril de 2015

La ciencia funciona a través de un sistema de producción de conocimiento que se evalúa a través de su publicación en revistas especializadas. Luego, los artículos publicados pueden o no ser citados por otros colegas en sus propias publicaciones.

Así, un artículo publicado en una revista de gran prestigio será mejor evaluado. También lo será si recibe un alto número de citas. El investigador, a su vez, será evaluado conforme al número de sus publicaciones, la calificación de las revistas donde publica, y el número de citas que obtengan.

Hay quien se cuestiona qué tan bien gastado está el dinero que se ocupa en mantener el sistema de investigación científica de un país (sobre todo uno no precisamente rico, como el nuestro). ¿Cuál es la eficiencia –definida como la relación entre los recursos invertidos y el producto obtenido– del trabajo de los investigadores científicos? Contra lo que se podría pensar, la respuesta no es tan sencilla como dividir el total de la inversión en ciencia entre el número de artículos de buena, mediocre o mala calidad que produce cada investigador nacional.

Hace poco causó cierto revuelo un análisis, publicado en el periódico singapurense The Straits Times, que se difundió ampliamente en internet (fue comentado en el popular blog filosófico Daily Nous). En él, los autores Asit Biswas y Julian Kirchherr presentan datos que muestran que, del millón y medio de artículos académicos que se publican anualmente en el mundo, un altísimo porcentaje –82 por ciento en humanidades, 32 por ciento en ciencias sociales, y 27 por ciento en ciencias naturales– no recibe ni una cita. Y no sólo eso: se estima que sólo el 20 por ciento de los artículos que reciben citas han sido realmente leídos (los investigadores tienden a conformarse con leer el resumen y las conclusiones de los artículos), y que un artículo típico es leído en su totalidad por menos de 10 personas en el mundo.

En resumen, alrededor de 30 por ciento de todas las publicaciones en ciencias sociales y naturales (para no meternos en líos con las humanidades) parecerían no serle útiles a nadie (pues no reciben citas); y de éstas, 20 por ciento ni siquiera son leídas (es decir, no lograron despertar el interés de nadie). Visto así, parecería que la eficiencia de la ciencia (social o natural) para entregar su producto, el conocimiento, encarnado en artículos arbitrados publicados en revistas internacionales, es muy baja.

Pero evaluar así la producción académica de conocimiento es ignorar uno de sus aspectos más básicos. Porque la ciencia, a diferencia de las labores técnicas, no es algo que pueda planificarse y calendarizarse con exactitud burocrática. Se trata de una actividad esencialmente darwiniana. Guiada por el azar, explora diferentes rutas prometedoras en busca de respuestas a problemas científicos, sin poder predecir cuáles resultarán ser callejones sin salida (la mayoría) y cuáles llevarán a la anhelada solución. (Además de que, muchas veces, lo que ocurre es que se descubren nuevas rutas inesperadas de investigación, que pueden resultar más fructíferas que la investigación original.)

Los procesos darwinianos son intrínsecamente ineficientes, pues hallan respuestas buscando ciegamente por todas las rutas hasta hallar soluciones. Pero son tremendamente eficaces: funcionan; obtienen resultados… sin tomar en cuenta cuántos recursos se gasten para lograrlo.

Si queremos tener descubrimientos científicos de importancia, que puedan dar origen a aplicaciones que puedan patentarse y generar industrias y riqueza, o resolver problemas de salud, ambientales o sociales, tendremos que tener una gran cantidad de investigadores trabajando. Sólo de vez en cuando se producen grandes descubrimientos. Pero cuando ocurren, valen por toda la investigación de bajo impacto que se haya realizado.

Sólo comprando muchos boletos puede uno ganarse la rifa científica. La ciencia es una inversión a largo plazo, que sólo da frutos si se cultiva con paciencia y se nutre adecuadamente.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 15 de abril de 2015

El dinero para la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  15 de abril de 2015

El pasado lunes 13 de abril el presidente Peña Nieto entregó, en Palacio Nacional, los Premios de Investigación de la Academia Mexicana de Ciencias correspondientes a 2012, 2013 y 2014.

Durante la
entrega, Peña Nieto destacó que los recursos públicos destinados por el gobierno federal de 2012 a 2015 a ciencia y tecnología “se han incrementado en 36 por ciento en términos reales, y en 47 por ciento en términos nominales, pasando de 0.43 por ciento con respecto al producto interno bruto (PIB) a 0.54 por ciento”. Si no me equivoco, sería la primera vez que el presupuesto en ciencia y tecnología rebasa el 0.5 por ciento del PIB.

Además, sorprendentemente, en vista de la difícil situación económica actual, reiteró uno de los compromisos que hizo al comenzar su mandato: “que la inversión en ciencia, tecnología e innovación alcance el 1 por ciento del PIB” al final del sexenio.

Peña Nieto incluso dijo, inspirado, que “la ciencia, la tecnología y la innovación son las luces que alumbran el destino de México”. Por su parte, el secretario de hacienda, Luis Videgaray, comentó que “los investigadores galardonados son la evidencia concreta e irrefutable de que en México se hace ciencia de calidad, ciencia pertinente, ciencia rigurosa”; informó que cada año egresan 65 mil jóvenes de carreras tecnológicas, y mencionó que, según el Banco Mundial, “16.3 por ciento de las exportaciones nacionales son consideradas de alto contenido tecnológico”. Finalmente, Videgaray opinó que “hoy, el sector de ciencia y tecnología, las instituciones públicas y privadas, los centros de investigación están demostrando en los hechos que vale la pena invertir en ciencia y tecnología”.

Son datos alentadores, como lo es que, al menos en el discurso, los gobernantes reconozcan la importancia de la inversión –que no gasto– en estos rubros.

Sin embargo, esta información contradice, en cierto sentido, lo afirmado en una noticia del pasado 2 de abril, donde se informaba que “el gobierno federal anticipó a la Cámara de Diputados un recorte al presupuesto del próximo año para 48 programas prioritarios”, entre ellos algunos de “ciencia, educación y desarrollo social”. Estos recortes forman parte de los 135 mil millones de pesos que la Secretaría de Hacienda disminuirá al presupuesto de egresos para 2016.

El anuncio de estos futuros recortes suena más escandaloso cuando se lee que, en cambio, “los programas prioritarios de las Secretarías de Defensa Nacional y de Marina, así como de la Procuraduría General de la República no sufrirán ninguna merma”. La situación parece un poco más razonable cuando se entera uno de que, como informa Luis González de Alba en su columna en Milenio Diario del pasado viernes 10 de abril, el presupuesto de este año para la Secretaría de Educación Pública (SEP) es de 305 mil millones de pesos (de un presupuesto total de 4 billones 695 mil millones), mientras que el de la Defensa Nacional es de 71 mil, y el de la PGR de sólo 17 mil. Casi cuatro veces más para educación que para defensa.

Echándole un ojo al Presupuesto de Egresos 2015, veo que también informa que el “Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación” contará con 88 mil millones de pesos, mientras que el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tendrá casi 34 mil millones (que no alcanzo a discernir si son adicionales a los del programa antes mencionado).

En resumen: pareciera que el gobierno está valorando la ciencia y la tecnología. Pero habrá que ver si ello se cumple en los años venideros. Lo que no se ve todavía es que se aprecie a la ciencia más allá de sus aplicaciones industriales; una visión todavía tercermundista. Pero algo es algo. Tratemos de ser optimistas.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 8 de abril de 2015

Dice mi mami que siempre sí

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  8 de abril de 2015

Todo mundo sabe que exponerse al frío puede causar catarro (sobre todo las madres, que abrigan a sus retoños cuando ellas sienten frío, aunque el chilpayate esté muriendo de calor).

Sin embargo, desde hace tiempo la ciencia ha declarado falsa tal creencia: no había evidencia ni mecanismo conocido mediante el cual la baja temperatura favorezca la infección por rinovirus (o por cualquiera de los otros cientos de virus que causan el resfriado común). Más bien, se pensaba que era el estar encerrado con otras personas debido al clima frío en invierno lo que facilitaba los contagios. (De hecho, a muchos sabelotodo les encanta burlarse de quien se cubre para no acatarrarse, considerándolos ignorantes.)

Pero la sabiduría popular a veces tiene la razón. Además de la experiencia de las mamás, y de cada uno, que nos hace ponernos suéteres y bufandas para no enfermarnos –porque cuando no lo hemos hecho hemos pagado las consecuencias– el nombre mismo de la enfermedad confirma su relación con los enfriamientos. Si bien la palabra catarro viene del griego katarrous, que significa “flujo que baja” (de katá, hacia abajo –misma raíz de “catabolismo”–, y rhein, “fluir” –por eso el estudio de los fluidos se llama “reología”), su sinónimo resfriado deriva de “enfriar” (igual que su nombre en inglés, cold).

Una de las debilidades que más frecuentemente se le achaca a la ciencia es que cambia de opinión. Pero en realidad se trata de una de sus mayores virtudes: la capacidad de ajustar sus teorías cuando surge nueva evidencia; de corregir los errores que inevitablemente se cometen en el camino, y de avanzar así hacia un conocimiento cada vez más profundo y confiable.

Desde hace varias décadas se sabe que, por alguna razón, los rinovirus pueden reproducirse (replicarse) más rápidamente, y por tanto causar infecciones, a temperaturas ligeramente inferiores a los 37 grados centígrados del cuerpo humano. La mucosa nasal suele tener una temperatura de entre 33 y 35 grados. Pues bien: resulta que un equipo de investigadores de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, comandado por Akiko Iwasaki, decidió investigar el por qué de esta preferencia del virus por el frío.

Investigaciones previas habían mostrado que el efecto del frío parece no depender del virus en sí. Así que Iwasaki y sus colegas decidieron investigar si la causa estaba en el organismo infectado. Usando células de tejido respiratorio de ratón, y cultivando los virus a 33 o 37 grados, hallaron que a baja temperatura la respuesta de las células, que involucra la producción de interferón –una clase de proteínas que hacen que las células cercanas activen diversos mecanismos de defensa contra los virus– disminuyera.

La investigación, publicada en la Revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS) el pasado 20 de enero, demostró así que en efecto, una baja temperatura puede causar que los rinovirus puedan infectar más fácilmente no sólo la mucosa nasal, sino también el tejido pulmonar (de hecho, últimamente se ha hallado que los rinovirus son también importantes en ataques de asma e infecciones pulmonares).

De modo que la ciencia dice, después de todo, que nuestras madres tenían razón. Más vale taparse cuando hace frío: ¡no nos vaya a dar un catarro!

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!