miércoles, 22 de abril de 2015

Eficiencia y eficacia de la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  22 de abril de 2015

La ciencia funciona a través de un sistema de producción de conocimiento que se evalúa a través de su publicación en revistas especializadas. Luego, los artículos publicados pueden o no ser citados por otros colegas en sus propias publicaciones.

Así, un artículo publicado en una revista de gran prestigio será mejor evaluado. También lo será si recibe un alto número de citas. El investigador, a su vez, será evaluado conforme al número de sus publicaciones, la calificación de las revistas donde publica, y el número de citas que obtengan.

Hay quien se cuestiona qué tan bien gastado está el dinero que se ocupa en mantener el sistema de investigación científica de un país (sobre todo uno no precisamente rico, como el nuestro). ¿Cuál es la eficiencia –definida como la relación entre los recursos invertidos y el producto obtenido– del trabajo de los investigadores científicos? Contra lo que se podría pensar, la respuesta no es tan sencilla como dividir el total de la inversión en ciencia entre el número de artículos de buena, mediocre o mala calidad que produce cada investigador nacional.

Hace poco causó cierto revuelo un análisis, publicado en el periódico singapurense The Straits Times, que se difundió ampliamente en internet (fue comentado en el popular blog filosófico Daily Nous). En él, los autores Asit Biswas y Julian Kirchherr presentan datos que muestran que, del millón y medio de artículos académicos que se publican anualmente en el mundo, un altísimo porcentaje –82 por ciento en humanidades, 32 por ciento en ciencias sociales, y 27 por ciento en ciencias naturales– no recibe ni una cita. Y no sólo eso: se estima que sólo el 20 por ciento de los artículos que reciben citas han sido realmente leídos (los investigadores tienden a conformarse con leer el resumen y las conclusiones de los artículos), y que un artículo típico es leído en su totalidad por menos de 10 personas en el mundo.

En resumen, alrededor de 30 por ciento de todas las publicaciones en ciencias sociales y naturales (para no meternos en líos con las humanidades) parecerían no serle útiles a nadie (pues no reciben citas); y de éstas, 20 por ciento ni siquiera son leídas (es decir, no lograron despertar el interés de nadie). Visto así, parecería que la eficiencia de la ciencia (social o natural) para entregar su producto, el conocimiento, encarnado en artículos arbitrados publicados en revistas internacionales, es muy baja.

Pero evaluar así la producción académica de conocimiento es ignorar uno de sus aspectos más básicos. Porque la ciencia, a diferencia de las labores técnicas, no es algo que pueda planificarse y calendarizarse con exactitud burocrática. Se trata de una actividad esencialmente darwiniana. Guiada por el azar, explora diferentes rutas prometedoras en busca de respuestas a problemas científicos, sin poder predecir cuáles resultarán ser callejones sin salida (la mayoría) y cuáles llevarán a la anhelada solución. (Además de que, muchas veces, lo que ocurre es que se descubren nuevas rutas inesperadas de investigación, que pueden resultar más fructíferas que la investigación original.)

Los procesos darwinianos son intrínsecamente ineficientes, pues hallan respuestas buscando ciegamente por todas las rutas hasta hallar soluciones. Pero son tremendamente eficaces: funcionan; obtienen resultados… sin tomar en cuenta cuántos recursos se gasten para lograrlo.

Si queremos tener descubrimientos científicos de importancia, que puedan dar origen a aplicaciones que puedan patentarse y generar industrias y riqueza, o resolver problemas de salud, ambientales o sociales, tendremos que tener una gran cantidad de investigadores trabajando. Sólo de vez en cuando se producen grandes descubrimientos. Pero cuando ocurren, valen por toda la investigación de bajo impacto que se haya realizado.

Sólo comprando muchos boletos puede uno ganarse la rifa científica. La ciencia es una inversión a largo plazo, que sólo da frutos si se cultiva con paciencia y se nutre adecuadamente.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 15 de abril de 2015

El dinero para la ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  15 de abril de 2015

El pasado lunes 13 de abril el presidente Peña Nieto entregó, en Palacio Nacional, los Premios de Investigación de la Academia Mexicana de Ciencias correspondientes a 2012, 2013 y 2014.

Durante la
entrega, Peña Nieto destacó que los recursos públicos destinados por el gobierno federal de 2012 a 2015 a ciencia y tecnología “se han incrementado en 36 por ciento en términos reales, y en 47 por ciento en términos nominales, pasando de 0.43 por ciento con respecto al producto interno bruto (PIB) a 0.54 por ciento”. Si no me equivoco, sería la primera vez que el presupuesto en ciencia y tecnología rebasa el 0.5 por ciento del PIB.

Además, sorprendentemente, en vista de la difícil situación económica actual, reiteró uno de los compromisos que hizo al comenzar su mandato: “que la inversión en ciencia, tecnología e innovación alcance el 1 por ciento del PIB” al final del sexenio.

Peña Nieto incluso dijo, inspirado, que “la ciencia, la tecnología y la innovación son las luces que alumbran el destino de México”. Por su parte, el secretario de hacienda, Luis Videgaray, comentó que “los investigadores galardonados son la evidencia concreta e irrefutable de que en México se hace ciencia de calidad, ciencia pertinente, ciencia rigurosa”; informó que cada año egresan 65 mil jóvenes de carreras tecnológicas, y mencionó que, según el Banco Mundial, “16.3 por ciento de las exportaciones nacionales son consideradas de alto contenido tecnológico”. Finalmente, Videgaray opinó que “hoy, el sector de ciencia y tecnología, las instituciones públicas y privadas, los centros de investigación están demostrando en los hechos que vale la pena invertir en ciencia y tecnología”.

Son datos alentadores, como lo es que, al menos en el discurso, los gobernantes reconozcan la importancia de la inversión –que no gasto– en estos rubros.

Sin embargo, esta información contradice, en cierto sentido, lo afirmado en una noticia del pasado 2 de abril, donde se informaba que “el gobierno federal anticipó a la Cámara de Diputados un recorte al presupuesto del próximo año para 48 programas prioritarios”, entre ellos algunos de “ciencia, educación y desarrollo social”. Estos recortes forman parte de los 135 mil millones de pesos que la Secretaría de Hacienda disminuirá al presupuesto de egresos para 2016.

El anuncio de estos futuros recortes suena más escandaloso cuando se lee que, en cambio, “los programas prioritarios de las Secretarías de Defensa Nacional y de Marina, así como de la Procuraduría General de la República no sufrirán ninguna merma”. La situación parece un poco más razonable cuando se entera uno de que, como informa Luis González de Alba en su columna en Milenio Diario del pasado viernes 10 de abril, el presupuesto de este año para la Secretaría de Educación Pública (SEP) es de 305 mil millones de pesos (de un presupuesto total de 4 billones 695 mil millones), mientras que el de la Defensa Nacional es de 71 mil, y el de la PGR de sólo 17 mil. Casi cuatro veces más para educación que para defensa.

Echándole un ojo al Presupuesto de Egresos 2015, veo que también informa que el “Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación” contará con 88 mil millones de pesos, mientras que el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tendrá casi 34 mil millones (que no alcanzo a discernir si son adicionales a los del programa antes mencionado).

En resumen: pareciera que el gobierno está valorando la ciencia y la tecnología. Pero habrá que ver si ello se cumple en los años venideros. Lo que no se ve todavía es que se aprecie a la ciencia más allá de sus aplicaciones industriales; una visión todavía tercermundista. Pero algo es algo. Tratemos de ser optimistas.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 8 de abril de 2015

Dice mi mami que siempre sí

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  8 de abril de 2015

Todo mundo sabe que exponerse al frío puede causar catarro (sobre todo las madres, que abrigan a sus retoños cuando ellas sienten frío, aunque el chilpayate esté muriendo de calor).

Sin embargo, desde hace tiempo la ciencia ha declarado falsa tal creencia: no había evidencia ni mecanismo conocido mediante el cual la baja temperatura favorezca la infección por rinovirus (o por cualquiera de los otros cientos de virus que causan el resfriado común). Más bien, se pensaba que era el estar encerrado con otras personas debido al clima frío en invierno lo que facilitaba los contagios. (De hecho, a muchos sabelotodo les encanta burlarse de quien se cubre para no acatarrarse, considerándolos ignorantes.)

Pero la sabiduría popular a veces tiene la razón. Además de la experiencia de las mamás, y de cada uno, que nos hace ponernos suéteres y bufandas para no enfermarnos –porque cuando no lo hemos hecho hemos pagado las consecuencias– el nombre mismo de la enfermedad confirma su relación con los enfriamientos. Si bien la palabra catarro viene del griego katarrous, que significa “flujo que baja” (de katá, hacia abajo –misma raíz de “catabolismo”–, y rhein, “fluir” –por eso el estudio de los fluidos se llama “reología”), su sinónimo resfriado deriva de “enfriar” (igual que su nombre en inglés, cold).

Una de las debilidades que más frecuentemente se le achaca a la ciencia es que cambia de opinión. Pero en realidad se trata de una de sus mayores virtudes: la capacidad de ajustar sus teorías cuando surge nueva evidencia; de corregir los errores que inevitablemente se cometen en el camino, y de avanzar así hacia un conocimiento cada vez más profundo y confiable.

Desde hace varias décadas se sabe que, por alguna razón, los rinovirus pueden reproducirse (replicarse) más rápidamente, y por tanto causar infecciones, a temperaturas ligeramente inferiores a los 37 grados centígrados del cuerpo humano. La mucosa nasal suele tener una temperatura de entre 33 y 35 grados. Pues bien: resulta que un equipo de investigadores de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, comandado por Akiko Iwasaki, decidió investigar el por qué de esta preferencia del virus por el frío.

Investigaciones previas habían mostrado que el efecto del frío parece no depender del virus en sí. Así que Iwasaki y sus colegas decidieron investigar si la causa estaba en el organismo infectado. Usando células de tejido respiratorio de ratón, y cultivando los virus a 33 o 37 grados, hallaron que a baja temperatura la respuesta de las células, que involucra la producción de interferón –una clase de proteínas que hacen que las células cercanas activen diversos mecanismos de defensa contra los virus– disminuyera.

La investigación, publicada en la Revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS) el pasado 20 de enero, demostró así que en efecto, una baja temperatura puede causar que los rinovirus puedan infectar más fácilmente no sólo la mucosa nasal, sino también el tejido pulmonar (de hecho, últimamente se ha hallado que los rinovirus son también importantes en ataques de asma e infecciones pulmonares).

De modo que la ciencia dice, después de todo, que nuestras madres tenían razón. Más vale taparse cuando hace frío: ¡no nos vaya a dar un catarro!

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 1 de abril de 2015

Elogio del ribosoma

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  1 de abril de 2015

La subunidad
grande del ribosoma
El microscopio compuesto se inventó alrededor de 1590. En 1665, el inglés Robert Hooke descubrió las células. En 1676, el holandés Anton Van Leeuwenhoek descubrió los microorganismos. Para 1838, estaba claro que todos los seres vivos están formados por una o varias células.

El estudio de la célula, unidad fundamental de la vida, avanzó por dos vías principales: la microscopía, que reveló estructuras cada vez más pequeñas y detalladas en su interior, y el análisis químico, que permitió averiguar de qué sustancias estaba compuestas esas estructuras. Por supuesto, hubo también que desarrollar técnicas, como la ultracentrifugación, para separar los distintos componentes de la célula y poder así analizarlos con detalle.

La subunidad
pequeña del ribosoma
Microscopios ópticos primero, y luego electrónicos, revelaron organelos celulares como núcleo, membrana, mitocondrias, cloroplastos… En los años 50, el rumano George Palade (premio Nobel de fisiología en 1974) descubrió unos minúsculos gránulos que se hallaban en gran número en todas las células estudiadas (¡hasta 10 millones por célula, en mamíferos!). Se halló que estaban compuestos por varias proteínas y un tipo de ácido nucleico (ARN, ácido ribonucleico) que contiene el azúcar ribosa (en vez de la desoxirribosa del más conocido ADN). De ahí su nombre: ribosomas.

Se halló que la función de los ribosomas es fabricar, siguiendo las instrucciones genéticas contenidas en el ADN, las proteínas: moléculas que realizan prácticamente todas las funciones de la célula viva; en particular, las proteínas llamadas enzimas facilitan y controlan las reacciones químicas celulares. Hoy sabemos –gracias al uso de otras técnicas para analizar la estructura detallada de las moléculas, como la cristalografía de rayos X– que el ribosoma es una complejísima máquina molecular formada por unas 80 proteínas y cuatro moléculas de ARN.
Animación de un ribosoma
fabricando proteínas

Inicialmente se pensó que el ARN sólo servía como una especie de andamio para acomodar a las proteínas, que llevaban a cabo las numerosas y complejas funciones del ribosoma. Pero en los años 80 se descubrió que existían moléculas de ARN que podían llevar a cabo reacciones químicas, como lo hacen las enzimas. A partir de este descubrimiento, que cambió el panorama de los estudios de biología molecular y origen de la vida, y al acumularse abundante evidencia, para el año 2000 estaba ya claro que es el ARN de los ribosomas quien ejecuta sus funciones, y que las proteínas ribosomales sirven sólo para afinarlas y modularlas.

Recientemente estuvo en México la cristalógrafa israelí Ada Yonath, ganadora del premio Nobel de química en 2009 por sus trabajos sobre la estructura y función del ribosoma. En conferencias durante el simposio The major transitions in evolution, comentado aquí la semana pasada, y en la Facultad de Química de la UNAM, donde es Profesora Extraordinaria, habló sobre su trabajo y lo que hoy se sabe sobre este organelo, fundamental para toda célula viva.

Entre otras cosas, destacó cómo sus estudios han revelado que en el corazón del ribosoma se hallan dos tramos de ARN casi idénticos y simétricos, que constituyen el sitio activo donde se forma el enlace químico entre los aminoácidos que se irán encadenando uno por uno hasta integrar una nueva proteína. Ese núcleo básico, que Yonath ha llamado “el proto-ribosoma” sería el antepasado evolutivo del ribosoma actual; una especie de fósil molecular. Y sería también, en sus palabras, “la entidad alrededor de la cual evolucionó la vida; toda la vida”. El proto-ribosoma representaría el eslabón que permitió el paso del primitivo “mundo del ARN”, formado por las primeras moléculas capaces de autorreplicarse, al “mundo de las ribonucleoproteínas” y posteriormente al actual “mundo del ADN”.

La doctora Yonath también habló de cómo las proteínas ribosomales sufren modificaciones en respuesta a los cambios ambientales que enfrentan los organismos (descubrimiento que surgió a partir de los estudios en maíz de la doctora Estela Sánchez Quintanar, decana del posgrado en bioquímica de la propia Facultad de Química de la UNAM), y de cómo el estudio de estas modificaciones podría llegar a tener aplicaciones médicas. (Ya desde hace décadas se sabe que muchos antibióticos actúan al interferir con la función de los ribosomas de las bacterias que nos enferman).

El ribosoma: origen de las funciones de la vida; nanomáquina molecular “inteligente” y de precisión; blanco para nuevos tratamientos terapéuticos. Como bioquímico y biólogo molecular de corazón, refrendo mi fascinación por este fabuloso organelo.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 25 de marzo de 2015

Ciencia, evolución y entusiasmo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  25 de marzo de 2015

Para mi amigo Enrique Espinosa, compañero en el entusiasmo. Ricercare, 1992


Hace mucho, cuando hacía mi tesis de licenciatura, tuve el privilegio de trabajar en un laboratorio de investigación (el tema, por si a alguien le interesa, tenía que ver con biología molecular; en particular, la genética de la mitocondria de una especie de levadura; y más en particular, con los genes que proporcionaban a los ribosomas de esa mitocondria resistencia a dos antibióticos).

Logré titularme (aunque no con ese trabajo en particular, pues mis dotes para el trabajo de laboratorio resultaron no ser muchas), y aunque luego me di cuenta de que la investigación científica no era lo mío (mi vocación siempre fue la divulgación, que también forma parte del trabajo científico), nunca me desenamoré de la vida del laboratorio. Y una de las cosas que recuerdo con más emoción (aparte de la convivencia diaria, los seminarios donde se discutían las ideas y los resultados y se aprendía en grupo; los cursos y congresos, el fascinante instrumental de laboratorio y tantas cosas más de la vida enclaustrada de los investigadores científicos) era estudiar en maravillosos libros de texto que mostraban un panorama que estaba a años luz de la biología que había aprendido en prepa o en la facultad.

Y el más notable de esos libros era la Biología molecular de la célula, escrito en 1983 por un grupo de expertos encabezado por el bioquímico estadounidense Bruce Alberts (aunque la idea original vino de James Watson, otro de los autores). “El Alberts” revolucionó la enseñanza de la biología molecular de la célula. Se convirtió en un clásico (hoy está en su sexta edición).

Pues bien: este lunes tuve la oportunidad de escuchar a Bruce Alberts en persona dictar una charla científica donde, por supuesto, me asombró con nuevos y fascinantes descubrimientos acerca del funcionamiento de la célula viva. Y es más, ¡pude tomarme una foto con él!

Quizá suene infantil. Pero recuperar a los 49 años el entusiasmo que sentí a los 24, cuando mi enamoramiento por la biología molecular era total, no es algo trivial.

Y es que el evento donde viví esa experiencia, el simposio The major transitions in evolution (“las grandes transiciones de la evolución”, MMTE2015), organizado del 23 al 25 de marzo por el Instituto de Biotecnología (IBt) y el Centro de Ciencias Genómicas (CCG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), más allá de ser una magnífica reunión de especialistas científicos internacionales, es antes que nada una celebración del entusiasmo.

El evento surgió a partir, precisamente, del entusiasmo de un buen profesor, el investigador Federico Sánchez Rodríguez, del IBt, quien logró contagiarlo a dos de sus alumnos en la exitosa Licenciatura en Ciencias Genómicas de la UNAM: Berenice Jiménez Marín y Juan Escalona Meléndez.

A partir del clásico libro del mismo título, publicado en 1995 por John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, Berenice y Juan concibieron la idea de invitar Szathmáry (Maynard murió en 2004) a México para dar una charla ante estudiantes de ciencia e investigadores. Cuando aceptó, surgió la idea de hacer algo más grande: un simposio internacional donde se revisara cómo ha avanzado el conocimiento sobre las grandes transiciones evolutivas, a 20 años de la publicación del libro.

Gracias a la pasión de Berenice y Juan, y a la ayuda de la comunidad científica a la que pertenecen, los dos jóvenes lograron convocar el apoyo de diversas instituciones (UNAM, Conacyt, Gobierno de Morelos –donde se hallan el IBt y el CCG– e incluso empresas privadas). Con el apoyo del experto mexicano en origen de la vida Antonio Lazcano-Araujo se convenció a otros invitados. Se compraron boletos de avión y se reservaron hoteles, se logró contar con un foro –el nuevo Centro de Exposiciones y Congresos de la UNAM–, una página web, programas impresos, servicio de café… Un evento totalmente profesional.

¿Y cuáles son esas grandes transiciones? Ocho: el paso de moléculas autorreplicantes (capaces de reproducirse) a compartimientos (protocélulas); el paso de genes aislados a cromosomas; el paso del mundo del ácido ribonucleico (ARN) al actual de ADN y proteínas; el paso de células procariontes (sin núcleo) a eucariontes (con núcleo y membranas internas); el paso de la reproducción asexual, por clonación, a la sexual; el paso de organismos mono a multicelulares; el paso de individuos solitarios a comunidades, y finalmente, el paso de sociedades de primates a sociedades humanas con lenguaje.

Sería imposible resumir estos temas y lo que se comentó sobre ellos (los organizadores de la conferencia prometen que las charlas estarán disponibles en internet). Pero todos fueron abordados por invitados de primera línea. Además de Alberts y Lazcano, los asistentes pudimos escuchar y hacer preguntas a Ada Yonaht, cristalógrafa israelí experta en el ribosoma –ese organelo subcelular, verdadero robot molecular, que fabrica las proteínas en todas las células– y premio Nobel de química 2009; la estadounidense Evelyn Fox Keller, filósofa de la ciencia y feminista; la genetista y bloguera Rosie Redfield, defensora del rigor en ciencia; la arqueóloga mexicana Linda Manzanilla, y varios otros expertos de nivel mundial.

Hablando con Berenice y Juan, les pregunté qué los había impulsado a trabajar tanto y lograr algo tan grande. Esperaba una respuesta relacionada con la importancia de la ciencia para el desarrollo del país, el prestigio académico de la UNAM, la formación de futuros científicos… Pero no: lo que los impulsó fue la pasión, el entusiasmo, la “fascinación infantil” (childlike sense of wonder, en palabras de Berenice) por la ciencia y la imagen que nos da de la vida.

Y es un entusiasmo productivo: la reunión, dirigida no a un público general, sino a estudiantes de licenciatura y posgrado en biología así como investigadores, es un evento académico que permite escuchar de primera mano los últimos descubrimientos científicos, de voz de sus descubridores. Pero además discutir con ellos, como se estila en ciencia: de igual a igual. Intercambiar ideas y aprender de ellos. Además, Berenice y Juan tienen muy claro otro objetivo de la reunión: mostrar a sus colegas que la evolución no es sólo un tema más en biología, ni algo opcional: todos los temas de investigación en biología deberían incluir la perspectiva evolutiva. Como dice la famosísima frase del biólogo Theodosius Dobzhansky, usada como lema del simposio, “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”.

En el fondo, más allá del conocer a estrellas de la ciencia y enriquecernos con el conocimiento allí compartido, lo que recibimos los asistentes al MMTE2015 es una poderosa inyección de entusiasmo. Que es, finalmente, la fuerza que impulsa a quienes nos dedicamos a la ciencia.


Posdata 1: Los videos de las charlas del evento MMTE2015 pueden verse en este enlace (por desgracia no están etiquetados para saber cuál video corresponde a cuáles pláticas).

Posdata 2: El libro que dio la base para el simposio, The Major Transitions in Evolution, está traducido al español, en la colección Metatemas de la editorial Tusquets. Aquí más información.



¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 18 de marzo de 2015

Ciencia, prensa y libre discusión

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario,  18 de marzo de 2015

Nunca he visto discusiones más duras y vehementes que las que se dan en un seminario o un congreso científico. Los investigadores exponen públicamente sus datos, razonamientos y conclusiones para someterlos al riguroso control de calidad del examen crítico por parte de sus colegas. Nunca he visto tampoco discusiones, por fogosas que puedan ser, más correctas, educadas, sensatas y racionales.

Los científicos cuestionan sin compasión, dudan de todo lo que les suene confuso, y hacen las preguntas que crean necesarias, por incómodas que parezcan. Quien expone tiene que “aguantar vara”, como decimos en México, y responder lo mejor que pueda. Enojarse es impensable, igual que no responder (a cambio, el decir “no lo sé” es perfectamente aceptable, y no constituye ningún problema).

El resultado: o convence a su audiencia, validando así la calidad de su trabajo (el proceso se repite de manera más detallada y mucho más rigurosa cuando envía sus resultados para ser publicados en una revista arbitrada), o bien se convence él de que tiene que trabajar más para lograr resultados con la calidad necesaria para ser convincentes. (También ocurre, y tampoco es problema, que el expositor termine dándose cuenta de que su trabajo no se sostiene, acepte que se equivocó y tenga que comenzar de nuevo.)

En la vida diaria –y sobre todo en México–, discutir se suele confundir con pelear. Pero el espíritu de la discusión es justamente lo contrario: examinar un asunto entre dos o más personas para aclararlo lo mejor posible. Los científicos saben que el doloroso y molesto proceso de discutir, de “examinar atenta y particularmente una materia”, según el diccionario, aun cuando esto implique “contender y alegar razones contra el parecer de alguien” (segunda acepción que le da la Academia a la palabra) es la mejor forma de detectar errores en nuestro pensamiento.

Discutir es pensar colectivamente. Y pensar mejor.

Además de la ciencia, el periodismo y la política son disciplinas donde la discusión, el debate, es vital (aunque, al menos en política, lo que pasa como debate suele ser más bien una lamentable revoltura de ataques, descalificaciones, tergiversaciones y razonamientos sesgados para ganar a toda costa la discusión. Y es que los políticos, en vez de la verdad, como los científicos o el bien común, como debiera ser su deber, suelen buscar el poder. Fin de la digresión).

Una sociedad que restringe el debate es una sociedad que se aleja de la democracia. Y para que el debate sea posible, el ciudadano necesita también otro ingrediente vital: la información sobre la que va a discutir.

Las libertades de opinión y expresión, y de prensa e información, no son, pues, accesorios de una democracia. Son componentes fundamentales. El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que la ONU, presentó en 1948), dedicado a la libertad de expresión, afirma que “este derecho incluye el de (…) investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión” (énfasis mío).

Más allá de los motivos o intereses que hayan causado la salida de la periodista Carmen Aristegui de la empresa en que trabajaba, es claro que se relaciona, de una manera u otra, con la difusión de información incómoda. La sociedad mexicana pierde cuando el periodismo profesional y crítico, que saca a la luz asuntos que merecen ser discutidos públicamente –y que incluso, a veces, ayuda a que los responsables de alguna ofensa rindan cuentas–, ve reducidos sus espacios.

Carl Sagan, el famoso astrónomo y divulgador científico, afirma en su libro El mundo y sus demonios que la difusión del pensamiento científico beneficia a una sociedad democrática, pues los valores en que se basa –la transparencia y apertura de la información, la discusión libre y abierta y el análisis razonado de los argumentos– coinciden con los valores necesarios en una democracia. Formar ciudadanos con una cultura científica es formar mejores ciudadanos. En cambio, limitar la información y la discusión perjudica la democracia.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 11 de marzo de 2015

La historia de la mitocondria ladrona

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de marzo de 2015

Las mitocondrias son esos organelos subcelulares que, como nos enseñan en la secundaria, proporcionan energía a la célula. (No la “producen”, sino que la liberan en forma utilizable, al ayudar a oxidar los alimentos, y la transfieren a la famosa molécula de ATP –trifosfato de adenosina–, que luego se utiliza donde la célula la necesite. Si la energía de los alimentos se liberara oxidándolos de un solo golpe, es decir, quemándolos, no sería posible aprovecharla y se perdería en forma de calor.)

Las mitocondrias son también uno de esos temas que a los biólogos –sobre todo moleculares y evolutivos– les parecen fascinantes, pero que al resto del mundo le suenan raros, aburridos y hasta absurdos. (Cuando hice mi tesis sobre los genes de los ribosomas de las mitocondrias de una levadura –ejem–, mi padre solía burlarse de mí diciendo que estudiaba “la clonación de las mitocondrias”… palabras para él extravagantes y sin sentido.)

Parte del encanto de las mitocondrias, aparte de los complicadísimos y fascinantes mecanismos que le permiten procesar la energía celular, es su origen evolutivo. En un principio, cuando se descubrieron gracias a la microscopía, a mediados del siglo XIX (en un principio les llamaron “bioblastos”), su existencia se daba por sentada; lo importante era averiguar, primero, cómo estaban hechas, y después qué hacían y cómo funcionaban.

Pero a finales de los 60 la bióloga estadounidense Lynn Margulis propuso algo insólito: que las mitocondrias originalmente fueron bacterias de vida libre que habían sido “secuestradas” dentro de otra célula, y que al paso del tiempo establecieron una relación de simbiosis (cooperación mutua) con ella hasta volverse indispensables.

La propuesta de Margulis estaba basada en una multitud de datos (por ejemplo, que las mitocondrias tienen sus propios genes, aparte de los del núcleo de la célula). Aunque tardó algunas décadas en ser tomada en serio por el grueso de la comunidad científica, con los años la evidencia se acumuló hasta ser innegable. Hoy se considera que los procesos de simbiosis fueron centrales en el origen de las células eucariontes (las que tienen núcleo). Y Margulis argumentó hasta su muerte en 2011 que la cooperación a nivel celular (a la que llamó simbiogénesis) era una de las fuerzas fundamentales de la evolución.

El árbol filogenético
de Wang y Wu 
Pues bien: la historia podría cambiar. Un par de investigadores de la Universidad de Virginia, Zhang Wang y Martin Wu, publicaron en octubre pasado en la revista científica PLoS One un estudio en el que, luego de estudiar más de 4 mil 400 genes antiguos de mitocondrias que, a través de los años, migraron al núcleo de las células que las contienen, pudieron reconstruir un árbol genealógico (filogenético, en lenguaje técnico) que sitúa al ancestro de todas las mitocondrias cerca de un tipo de bacterias llamadas rickettsiales, que se caracterizan por ser parásitas.

Y he ahí la sorpresa: éste y otros resultados del estudio hacen muy probable que las primeras mitocondrias hayan sido en realidad parásitos, ladrones que entraron a otras células a robar su ATP, no a fabricarlo.

Hay expertos que cuestionan los detalles del estudio y el análisis de los datos. Habrá que investigar más. Pero, aunque a Margulis no le agradaría, quizá el resultado nos obligue a reconsiderar si es la cooperación o la competencia la fuerza más importante en la evolución de la célula.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!