miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Embriones a la carta?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de febrero de 2016

Los biólogos moleculares dicen desde los años 70 que hacen “ingeniería genética”, pero la verdad es que más bien se han dedicado a hacer corte y confección con herramientas que ni siquiera han inventado ellos mismos, sino que han tomado prestadas de la naturaleza.

Esto no quiere decir que las también llamadas “técnicas de ADN recombinante” no sean producto de un ingenio y una creatividad enormes. Los investigadores identificaron, aislaron, adaptaron y aprendieron a usar para sus propios fines las enzimas con las que las células cortan, modifican y vuelven a pegar, con precisión molecular, el material genético. Los beneficios de la aplicación de esta tecnología se han manifestado en campos como agricultura, producción de medicamentos, manufactura química e investigación científica.

Pero la habilidad de modificar genes también despertó temores. “Jugar a ser dios” con el material genético de los seres vivos podría tener efectos inesperados. Luego de debates y deliberaciones, se adoptó el consenso de que la modificación genética de seres humanos quedaría prohibida (en algunos países incluso penalmente).

En 2012 las científicas Emmanuelle Charpentier, sueca, y Jennifer Doudna, estadounidense, desarrollaron una nueva y revolucionaria técnica llamada CRISPR-Cas, que permite modificar genes –ya sea inactivándolos, “corregiéndolos” o introduciendo genes nuevos– de manera mucho más precisa, eficaz, sencilla y barata (ya el año pasado comentamos aquí el Premio Princesa de Asturias que recibieron por su desarrollo). La “edición de genomas”, como se le conoce, se volvió rápidamente un herramienta indispensable en los laboratorios. Y nuevamente surge el dilema ético: ¿qué tan aceptable es modificar el genoma humano, ahora que se tiene una herramienta que lo hace mucho más factible?

En abril de 2015 el equipo del científico chino Junjiu Huang anunció que había usado la técnica CRISPR-Cas para introducir una modificación para intentar corregir la enfermedad genética conocida como beta-talasemia, que causa anemia grave que puede ser mortal, en embriones humanos desechados por clínicas de fertilidad. Para tratar de evitar dilemas éticos, se utilizaron sólo embriones inviables, es decir, que no tienen la capacidad de desarrollarse para convertirse en un bebé. Aun así, el experimento –que por cierto tuvo resultados negativos que llevaron a los autores a afirmar que la técnica “no estaba madura” para su uso en humanos– desató una polémica internacional.

Kathy Niakan, del
Instituto Francis Crick, de Londres
Pues bien: el pasado lunes primero de febrero la Autoridad de Embriología y Fertilización (HFEA) del Reino Unido, organismo que regula la investigación en temas de fertilidad, otorgó a la investigadora Kathy Niakan, del Instituto Francis Crick, de Londres, luego de una cuidadosa consideración, un permiso para utilizar CRISPR-Cas para modificar embriones humanos viables. Niakan usará la técnica investigar la función del gen OCT4, que participa, durante las primeras etapas del desarrollo, en la diferenciación de las células que formarán los distintos tipos de tejido que nos constituyen.

La HFEA sólo autorizó el uso de los embriones durante los primeros 14 días de su desarrollo, pasados los cuales tendrán que ser destruidos (el experimento de Nikan, no obstante, sólo durará 7 días). Tampoco se permitirá que sean implantados en mujeres. Los resultados permitirán entender mejor las causas de la infertilidad en parejas. Un fin importante y noble, si tomamos en cuenta que, según datos de Estados Unidos, entre un 6 y un 10 por ciento de las mujeres pueden presentar este problema (en México, una encuesta de 2013 reveló que 3 de cada 10 parejas son infértiles).

Nuevamente, el debate está servido. Principalmente porque, al modificar un embrión, se estaría modificando la línea germinal humana: los cambios genéticos podrían ser transmitidos a la descendencia, si el embrión completara su desarrollo hasta ser adulto y se reprodujera. Estaríamos hablando entonces, ciertamente, de la posibilidad de cambiar el futuro de la especie humana: podrían eliminarse enfermedades hereditarias, pero también se podrían tener efectos no deseados, e incluso se podría usar la técnica con fines poco éticos.

Algunos grupos de científicos están convocando a reuniones internacionales para discutir las implicaciones bioéticas. Otros llaman a una moratoria de toda experimentación con CRISPR-Cas en embriones humanos. Lo cierto es que la posibilidad de editar nuestro genoma está ahí, y probablemente será usada, tarde o temprano, para producir seres humanos modificados.

Es probable, y deseable, que la autorización otorgada a Niakan sirva, como esperan algunos expertos, para alentar un amplio debate que permita que, cuando llegue el momento, esta tecnología se use a nivel global de forma controlada, responsable y segura.

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miércoles, 27 de enero de 2016

Minsky y la singularidad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de enero de 2016


El domingo pasado por la noche falleció, debido a una hemorragia cerebral, Marvin Minsky: sin duda una de las mentes científico-tecnológicas más brillantes de los últimos 100 años. Es triste la poca atención que se le prestó al hecho en la prensa.

Minsky (1927-2016) fue un genio que, además de ser el principal impulsor del desarrollo del área de investigación conocida como “inteligencia artificial”, participó en muchos otros campos. Construyó sistemas de reconocimiento visual y brazos robóticos sensibles al tacto. En 1951 creó la primera red neuronal artificial –de bulbos– capaz de aprender; hoy las redes neuronales forman parte de mucha de la tecnología computacional que usamos cotidianamente. En 1957 patentó el microscopio confocal, que permite, usando computadoras y luz láser, estudiar una muestra en tercera dimensión sin tener que seccionarla en rebanadas (los microscopios confocales se volvieron una herramienta indispensable en el laboratorio a partir de los años 80). Y también llegó a diseñar –pues el genio suele acompañar al humor– “máquinas inútiles” cuya única función era, por ejemplo, apagarse a sí mismas.

En 1959 fundó, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el Laboratorio de Inteligencia Artificial, que ha sido pionero y guía a nivel mundial en el desarrollo del área. Era, además, pianista, y su asombrosa capacidad mental se manifestaba en que era capaz de improvisar fugas barrocas a varias voces, como lo hacía Bach, algo que muy pocos seres humanos pueden hacer (aunque no sé si pudiera improvisar una fuga a seis voces, como lo lograra el Maestro). Muchos de quienes han logrado que hoy las “máquinas inteligentes” sean una realidad ­–hasta cierto punto– fueron sus alumnos. Más tarde participó en la creación de la red ARPAnet, precursora de internet, e impulsó la propuesta de que la información digital debería ser propiedad común (idea hoy encarnada en el movimiento de software libre).

Minsky definía la inteligencia artificial de manera pragmática: como “la ciencia de hacer que las máquinas hagan cosas que requerirían inteligencia si las hubiera hecho un humano”. Como la mayoría de los expertos en el campo, estaba convencido de que no hay una diferencia fundamental entre la inteligencia humana y la artificial, y que tarde o temprano lograremos construir máquinas tan o más inteligentes que nosotros, incluso al grado de ser conscientes. Esta idea, que puede sonar inquietante, ha dado pie a muchas obras de ciencia ficción donde aparecen computadoras malignas; entre ellas, la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, quien por cierto se asesoró con Minsky para concebir a la famosa computadora HAL 9000.

Pero una de las ideas más inquietantes acerca de la inteligencia artificial es la de singularidad, término usado por el matemático polaco Stanislaw Ulam en 1958 para designar el momento en que construyamos máquinas no sólo más inteligentes que nosotros, sino capaces de construir otras máquinas más inteligentes que ellas mismas.

En física, una singularidad es una región en que, según la teoría de la relatividad, la curvatura del espaciotiempo se vuelve infinita, y las leyes normales de la física dejan de ser aplicables. Las singularidades más conocidas son las que se hallan en el centro de los agujeros negros, de cuyo interior ni siquiera la luz puede escapar; por ello, es imposible saber qué ocurre más allá del horizonte de eventos que define el límite de un agujero negro.

De manera similar, la “singularidad tecnológica” se refiere a que, cuando las máquinas adquieran la capacidad de automejorarse a sí mismas, se desatará una especie de reacción en cadena de inteligencia, que se desarrollará explosivamente hasta dejar de ser comprensible para el ser humano. La posibilidad que tendríamos los humanos de entender la inteligencia de tales máquinas sería similar a la de que una hormiga pudiera comprender la inteligencia humana. En otras palabras, es una “singularidad” porque, como tras el horizonte de eventos de un hoyo negro, no podemos ver, ni imaginar siquiera, lo que pasaría después de este evento.

Entre otros, la idea de singularidad tecnológica ha sido desarrollada y popularizada por Ray Kurzweil, uno de los seguidores de Minsky. Hay también quienes plantean objeciones a la idea, argumentando que quizá haya límites tecnológicos, o incluso físicos, a la capacidad de inteligencia que puede desarrollar cualquier sistema, o bien que las leyes de la lógica pongan límites a ésta.

Hay quien postula que la singularidad tecnológica podría presentarse entre 2030 y 2045. Ya nos enteraremos, porque la revolución puesta en marcha en gran parte gracias a Minsky no parece frenarse. Hoy Minsky ha rebasado su propio horizonte de eventos y se halla en una singularidad, más allá de nuestro alcance. Seguramente lamentó no poder ver el final de esta historia.


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miércoles, 20 de enero de 2016

El cuerpo equivocado

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de enero de 2016

Si no ha ido usted a ver esa joya cinematográfica que es La chica danesa (The danish girl), de Tom Hopper, ¿qué espera? Disfrutará no sólo de una cinta llena de belleza visual (cada paisaje y cada locación parecen un cuadro exquisito), sino de una historia conmovedora acerca de un tema que hoy es más actual que nunca. Y que, para colmo, está basada en una historia real (cosa que yo no sabía cuando la fui a ver).

Trata de la vida de Lili Elbe (1882-1931), la primera mujer transexual de que se tiene noticia (interpretada magistralmente por Eddie Redmayne, el actor inglés que año pasado ganar el Oscar por su encarnación del famoso Stephen Hawking). La película está basada en la novela del mismo título de David Ebershoff, que a su vez fue “inspirada” (en palabras del autor) en la vida de Elbe, a través de su libro autobiográfico Man into woman (“De hombre a mujer”) y su correspondencia.

La novela de Ebershoff es ficción, y no se apega demasiado rigurosamente a los hechos de la vida de Elbe. A su vez, la cinta de Hopper cambia muchos detalles de la novela. Aun así, es fascinante conocer la vida de quien fuera el pintor Einar Wegener, casado con la también pintora Gerda, y ser testigo del creciente conflicto que surge en él luego de posar usando ropa de mujer para su esposa. Esta experiencia libera en él impulsos suprimidos durante toda su vida, que lo llevan a pasar al uso de ropa femenina (travestismo) y al surgimiento de su verdadera personalidad femenina (identidad transgénero) y su necesidad de convertirse en mujer transexual mediante cirugía, con los consecuentes problemas y complicaciones.

Lili Elbe expresaba que ser mujer era su verdadera identidad; se sentía, como tantas personas transgénero, “atrapada en un cuerpo del sexo equivocado”. Pudo comenzar a corregir esto con ayuda del doctor Magnus Hirschfeld, el célebre pionero alemán de la sexología (quien llegó a ser llamado “el Einstein del sexo”, acuñó el término “homosexual” y fue uno de los primeros defensores de la diversidad sexual; es famosa su frase “la homosexualidad es parte del plan de la naturaleza, igual que el amor normal”). Inicialmente Hirschfeld operó a Lili para extirpar sus testículos (aunque esto no aparece en la cinta).

Posteriormente otro médico, Kurt Warnekros, le realizó tres operaciones más para remodelar sus genitales y construirle una vagina. En la tercera de estas cirugías, que eran altamente experimentales, se le implantó un útero, con la esperanza de que pudiera llegar a tener hijos. Desgraciadamente, Lili murió a los tres meses, debido al rechazo del tejido trasplantado.

La valiente Lili Elbe, junto con Hischfeld y Warnekros, puede ser considerada una pionera de la moderna cirugía de reasignación de sexo, que ayuda hoy a tantas personas transexuales a vivir una vida acorde con su sexo y género percibidos.

Aun así, sigue siendo necesario informar y educar a la población sobre el tema, pues resulta, además de inquietante y polémico, confuso. En la cinta, por ejemplo, un galán le pregunta a Lili si, después de sus operaciones, es una mujer “verdadera”. El problema con la transexualidad y las cirugías de cambio de sexo es que trascienden nuestras tradicionales –y limitadas– categorías de “hombre” y “mujer”. El galán de Lili es homosexual; le atraen los hombres, las personas de su mismo sexo. Cuando Einar se transforma en Lili, deja de sentirse atraído a ella. Lili, en cambio, no es homosexual, sino transgénero: siente que pertenece al sexo “opuesto” a su sexo biológico, y se considera una mujer heterosexual (o quizá bisexual, pues en la relación con su mujer Gerda, quien era su cómplice en su etapa de travestismo transgénero, antes de sus operaciones, parece haber habido un componente lésbico).

Hoy el respeto a los derechos humanos de los transexuales indica que debemos reconocer el género con el que se identifique una persona, no su sexo biológico. Un hombre que se siente mujer y se viste y actúa como tal es una mujer transgénero; si se ha operado, es una mujer transexual. En ambos casos, lo correcto es hablarle y referirse a ella en femenino. Lo inverso ocurre en el caso de una mujer que se identifica como hombre: se trata de un hombre transgénero o transexual.

Y queda pendiente la discusión y el reconocimiento amplio de los derechos de otras minorías sexuales como los bisexuales (que sienten atracción por ambos sexos), intersexuales (que tienen genitales ambiguos) y las personas queer (que no sienten la necesidad de identificarse con ningún género, y suelen adoptar un aspecto andrógino). Sin dejar de mencionar a los llamados asexuales, que no sienten atracción sexual.

Como se ve, es un tema enredado. Sin embargo, los avances sociales y en derechos humanos, junto con el mayor conocimiento científico sobre la biología y la psicología de la sexualidad, han ido permitiendo una verdadera revolución que está cambiando y haciendo mejores las vidas de todas las personas no heterosexuales en el mundo.

Así como la película Filadelfia fue, en su momento, un gran detonador para cambiar la percepción pública de los homosexuales en todo el mundo, quizá La chica danesa ayude a crear conciencia sobre los derechos de las personas transgénero. Enhorabuena. Ojalá gane varios Óscares.


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miércoles, 13 de enero de 2016

La correctora de Hawking

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de enero de 2016

La ciencia no es como la pintan. No es un método infalible para averiguar “verdades” sobre la naturaleza, sino sólo una manera, la mejor que conocemos, de construir conocimiento confiable, pero siempre perfectible, sobre ella.

Tampoco es una disciplina con reglas fijas donde esté siempre claro si una investigación está bien o mal hecha. Como en toda actividad humana, hay en ella virtuosismo y dedicación, calidad, esfuerzo infructuoso, mediocridad, confusión, locura y hasta fraude. Y a veces resulta muy difícil distinguir entre ellos.

El pasado 3 de noviembre el portal periodístico Deconstrucción.org publicó una nota, firmada por Misael Zúñiga Gallegos, con un impactante titular: “Corrige astrofísica chihuahuense Leticia Corral hipótesis de Stephen Hawking”. En ella se afirmaba que la académica del Instituto Tecnológico de Cuauhtémoc había recibido “un reconocimiento de la Organización Mundial de Ingenieros” por un trabajo donde desarrollaba “un modelo matemático para medir la entropía del big bang”, el cual “contradice una hipótesis de Hawking llamada caja de espacio de Hawking”, pero apoya otro modelo de la curvatura del universo propuesto por Roger Penrose con base en un concepto desarrollado por el matemático alemán Hermann Weil.

(A grandes rasgos, el trabajo aborda el problema de medir la entropía, propiedad fisicoquímica relacionada con el desorden, del universo. En el big bang, cuando todo estaba en un punto, la entropía debería ser infinitamente baja, según Hawking: no había desorden. Pero hay propuestas alternas, como la explorada por Corral, que cuestionan esta idea. Y el tema tiene que ver con el desarrollo posterior del universo: su dinámica, crecimiento, forma y destino final.)

El cinco de enero de este año la noticia saltó repentinamente a un gran número de medios mexicanos, incluyendo Sala de prensa y Excélsior, donde la nota se reprodujo casi literalmente. En todos los casos, se hacía énfasis en el orgullo de que una mexicana hubiera “corregido” a un físico de la fama y estatura de Hawking (¡viva la ciencia mexicana, cabrones!, parecía ser el grito unánime). Curiosamente, en ningún caso se entrevistaba a la doctora Corral ni a otro astrofísico.

Para cualquiera que conozca de ciencia, la noticia de que una investigadora mexicana de un pequeño tecnológico estatal haya “corregido” a Stephen Hawking resulta, por lo menos, muy sospechosa. Investigando, varios científicos y comunicadores de la ciencia comenzaron a discutir en las redes sociales la noticia y hallaron varios hechos interesantes. En primer lugar, la doctora Corral no es astrofísica: sus grados son en ingeniería química, matemáticas y ciencia de materiales. En segundo, sus publicaciones académicas son en campos como robótica e ingeniería; no tienen nada que ver con la astrofísica ni la cosmología. Además, el supuesto reconocimiento a su investigación no fue otorgado por astrofísicos, sino por ingenieros, y en realidad era sólo un primer lugar como “el trabajo más original” presentado en un congreso. Su investigación, titulada “Model to predict the lowness of entropy at the big bang with relativistic equations” (Modelo para predecir la baja entropía en el big bang con ecuaciones relativistas, titulado y escrito en un inglés esperpéntico) fue, según describe la propia Corral, rechazado por una revista especializada (Entropy), y sólo se publicó, sin un arbitraje riguroso, y probablemente sin ser siquiera revisado por un editor, en las memorias del Congreso Mundial de Ingeniería 2015, donde lo presentó ante un público de ingenieros que probablemente no tenían mayores conocimientos de astrofísica.

Mas aún: el trabajo formal, aunque utiliza el lenguaje y las matemáticas de la astrofísica, resulta confuso y poco inteligible. Todo parece indicar que la doctora Corral, quien es merecidamente reconocida como una académica destacada del Tecnológico de Cuauhtémoc, es una amateur de la astrofísica, sin una preparación formal en el campo, que ha hecho una propuesta un tanto arriesgada, y quizá no muy rigurosa, que difícilmente será tomada en serio por los especialistas.

¿Qué es lo que ocurrió entonces? ¿Estamos ante una genio incomprendida, una farsante, una chiflada, alguien que simplemente exagera, o bien que no entiende de qué habla? No queda muy claro. Pero lo que si queda clarísimo es que los medios, comenzando por Deconstrucción (que introdujo la idea de que Corral había “corregido” a Hawking) y continuando con todos los demás que dieron la nota, mostraron una lamentable falta de rigor y de preparación para manejar noticias científicas.

La propia doctora Corral ha salido (en NetNoticias.com, de Ciudad Juárez) a aclarar que es matemática y doctora en ciencia de materiales, pero no astrofísica. “Estudio astrofísica, pero no soy astrofísica” (aunque eso sí, insistió en que “he leído casi todos los libros de Roger Penrose y Stephen Hawking”). También dejó clara la situación del supuesto premio: “Saqué la más alta calificación en originalidad en el modelo, por el comité científico internacional [del congreso], pero no un premio, como lo están manejando los medios”.

Lo que se fue creando en los medios, y se difundió en las redes sociales, fue la imagen de Corral como una científica destacada a nivel internacional. Excélsior destaca, por ejemplo, que en 2012 había declarado en una conferencia que “Viajar en el tiempo es factible, a la fecha se ha probado en modelos matemáticos y se hacen los intentos para construir máquinas que funcionen con antimateria” (declaración, por lo menos, cuestionable). La página de Sistema de Tecnológicos de la SEP (al cual pertenece el de Cuauhtémoc) destaca que “ha dedicado su vida al conocimiento científico y tecnológico” –cuando lo mismo hace cualquier científico– y que “recibió el nombramieto [sic] como Seesion Chair [resic] por Asociación Internacional de Ingenieros”… pero eso consiste simplemente en que se le pidió coordinar una sesión, “honor” que puede recibir hasta un estudiante.

Por su parte, Deconstrucción usó expresiones que hacen sonar a Corral como alguien interesante y genial, como decir que su investigación “significaba el trabajo de toda una vida” –su currículum parece indicar que es más bien un pasatiempo–; que “fue invitada a la Universidad de Oxford, donde se entrevistó con Sir Roger Penrose” –de lo cual no existe ninguna evidencia– y que “actualmente la Dra. Corral investiga la gravedad cuántica, para poderlo unir este factor [sic] con el modelo que propone”, cuando el tema ha ocupado a las mejores mentes de la física desde Einstein sin haberse podido resolver.

Y la propia Corral parece disfrutar actuando el personaje que le han construido, dando declaraciones como que “He ido a muchos países a dar conferencias a nivel internacional, he ido a muchísimos países a dar conferencias, la última la di en el Imperial College [Londres], a Dubai, en Portugal…”, cuando viajar a congresos, cursos y conferencias es parte de la labor cotidiana de cualquier investigador mediano.

En mi opinión, más allá de la personalidad, logros o calidad del trabajo de la protagonista, el caso es una muestra más de lo urgente que resulta formar más y mejores periodistas científicos, preparados para manejar las complejidades y ocasionales enredos de la fuente de ciencia, de modo que no colaboren a desinformar difundiendo información exagerada o inexacta. Y su amplísima difusión triunfalista en las redes es una expresión más de la muy mexicana tendencia a creer que nuestras ilusiones de ser los mejores, los “más chingones”, pueden volverse realidad simplemente con desearlo. Ya lo dijo el genial Chava Flores: “¿a qué le tiras cuando sueñas, mexicano?”.

Por supuesto, no bastará con tener mejores periodistas científicos: también habrá que formar editores y dueños de medios que los valoren, y un público que aprecie su trabajo.

Ojalá el caso sirva de ejemplo para tratar de caminar en esa dirección.


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miércoles, 6 de enero de 2016

Refrescos y pensamiento crítico


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de enero de 2016

Una de las características más básicas de la ciencia es que insiste en pedir evidencia de las cosas que se afirman.

Es por eso que los científicos solemos ser desesperantes (como lo ejemplifica admirablemente el insoportable y pedante Sheldon Cooper, de la serie de TV La teoría del Big Bang). No podemos aceptar que alguien simplemente diga algo; tenemos que preguntar cómo lo sabe, en qué evidencia se basa su dicho. Se trata de una deformación profesional, aunque nosotros lo consideramos una valiosa virtud aprendida. Todos los científicos somos un poco Sheldon Cooper…

Curiosamente, también los periodistas –al menos, los buenos periodistas– se forman en el hábito de cuestionar, de pedir evidencia de las afirmaciones y de no aceptar la palabra de alguien sólo por el prestigio o la reputación de quien habla.

En su libro El mundo y sus demonios Carl Sagan afirma que “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles”. Para él, todo buen miembro de una democracia debería pensar como los científicos y los periodistas: usar el pensamiento crítico para tomar decisiones como un ciudadano responsable, no con base en propaganda o promesas de campaña, sino en datos verificables y argumentos dotados de coherencia lógica.

Por desgracia, la mayoría de las personas, en especial en países como México, tendemos más bien a opinar con base en creencias, en filias y fobias, en nuestras tendencias ideológicas o en lo que dicen los demás. En esta era de redes sociales, parece valer más un meme en Facebook que un argumento basado en evidencia.

Un ejemplo interesante es el debate, tanto legislativo como mediático, y entre los ciudadanos de a pie, sobre el impuesto a los refrescos azucarados que se implantó en enero de 2014, luego de haber sido propuesto por el Poder Ejecutivo y aprobado por el Congreso en octubre de 2013.

El pasado 3 de noviembre el prestigiado diario británico The Guardian publicó un amplio y cuidadosamente documentado reportaje firmado por Tina Rosemberg, titulado “Cómo uno de los países más obesos del mundo se opuso a los gigantes refresqueros”. En él describe no sólo hechos como los que de sobra conocemos los mexicanos (que somos el primer país del mundo en obesidad adulta y el segundo en obesidad infantil; que somos el principal consumidor de refrescos; que nuestra tasa de diabetes ha aumentado monstruosamente en los últimos años; que el sistema de salud no podrá hacer frente a los gastos que esto traerá), sino también muchos hechos poco difundidos.

Por ejemplo, que las zonas más pobres de Chiapas son las que tienen el mayor consumo de refrescos. O que la propuesta de aumentar el impuesto a los refrescos había sido frenada por el intenso cabildeo de la industria refresquera, que en todo el mundo se opone a este tipo de impuestos –recomendados por la Organización Mundial de la Salud como medida para combatir la epidemia global de obesidad– usando el argumento de que basta con hacer ejercicio para anular los efectos de tomar refresco (falso: los estudios indican que la dieta es mucho más importante que la actividad física para combatir la obesidad; además, los refrescos, que contienen al menos 12 cucharadas de azúcar por lata, son la fuente de carbohidratos que más la fomentan, pues a diferencia de los alimentos sólidos no producen sensación de saciedad).

En todo el mundo, los esfuerzos por aprobar impuestos a los refrescos han topado con el poder mediático y político de las refresqueras (encabezadas, claro, por Coca Cola, que donan amplias cantidades de dinero a organizaciones y gobiernos para apoyar, por ejemplo, eventos deportivos que mejoren su imagen pública). ¿Qué pasó en México? Básicamente, explica Rosenberg, que los esfuerzos y campañas de organizaciones ciudadanas a favor del impuesto, en particular “El poder del consumidor”, fundada por el activista Alejando Calvillo, recibieron apoyo económico del multimillonario Michael Bloomberg, quien era alcalde de Nueva York, donde había intentado infructuosamente limitar el consumo de refrescos.

Fue gracias a este apoyo, y a las campañas intensas que se pudieron financiar con él, que el cabildeo a favor del impuesto logró, con el cambio de gobierno en México, su aprobación. Y de pilón, se aprobó también otro impuesto a la “comida chatarra” (pastelillos, frituras y similares), y se limitaron los anuncios de refrescos y comida chatarra en horarios infantiles de televisión.

Los datos son claros: el impuesto de un peso por litro de refresco (10% sobre el precio, aunque lo recomendado para tener un efecto más eficaz es un 20%) logró disminuir en 12% el consumo de gaseosas en el primer año (y el del agua embotellada aumentó en 4%). Y no sólo eso: la disminución fue mayor (17%) entre los grupos más pobres.

Aun así, probablemente gracias a la propaganda de refresqueras y promotores del liberalismo económico extremo –que se opone por principio a cualquier tipo de regulación del mercado– muchos mexicanos siguen pensando que el impuesto al refresco “no funcionó”. Y las refresqueras, con sus cabilderos y aliados políticos, están en campaña activa para intentar echarlo abajo.

No les falta razón: como dice Rosenberg en su reportaje, “el refresco está a punto de convertirse en el cigarro líquido”. Muchos países examinan el caso de México para impulsar sus propios impuestos para combatir la obesidad y diabetes. Los días del imperio refresquero parecen estar contados.

Eso, o países como México estarán condenados a cargar con una población obesa y enferma.

Feliz dieta de año nuevo.

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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dolor en año nuevo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de diciembre de 2015

Navidad y año nuevo son dos épocas especialmente propicias para el dolor y la depresión. Probablemente porque son tiempos en que la soledad, la ausencia de seres queridos y otras experiencias penosas tienden a estar más presentes en nuestra mente que de costumbre.

El dolor, tanto físico como emocional, es una de las experiencias más difíciles de definir. Y también de medir, lo que ha limitado considerablemente su estudio científico. De hecho, el dolor es uno de los ejemplos clásicos de qualia: experiencias subjetivas conscientes, que son intrínsecamente personales y por lo tanto inefables (imposibles de describir) e incomunicables. Otros ejemplos clásicos de qualia son las experiencias de “qué se siente” percibir el color rojo o el sabor del café. Uno no puede describirle a una persona ciega, por ejemplo, qué se siente ver una manzana roja. Y alguien con migraña no puede hacer que quien nunca la ha padecido sepa qué se siente tenerla.

Una discusión científico-filosófica que ha durado décadas es la de si los qualia son entidades reales, o si pueden describirse fisiológicamente al detallar exactamente qué nervios y qué áreas del cerebro se activan al sentir, por ejemplo, el dolor de una aguja pinchando la piel. Pero para eso se requeriría primero poder medir objetivamente dicho dolor. ¿Cómo?

Ha habido numerosos intentos por lograrlo, con “dolorímetros” y “escalas de dolor” de distintos tipos inventados al menos desde 1940, que usan estímulos como calor, presión u objetos punzantes, y que tradicionalmente usaban la valoración subjetiva de los pacientes (qué tanto decían que les dolía) para estimar la intensidad del dolor producido. Por desgracia, estos métodos son tan variables y poco estandarizados que no han sido muy útiles para obtener una medida objetiva y precisa del dolor.

Y ¿por qué querríamos medir el dolor de manera objetiva? En primer lugar por lo mismo que se hacen muchos estudios científicos: por curiosidad, para tratar de entender mejor cómo funciona el mundo. Pero también hay abundantes casos en que saber si una persona siente dolor y la intensidad de éste sería muy útil. Por ejemplo, con pacientes que no pueden comunicarse, niños demasiado pequeños, personas semi-inconscientes o con deficiencias cognitivas. (Incluso, comenzando a especular, para desenmascarar a timadores o hipocondriacos que dicen sufrir dolor sin sentirlo… ¡y ni hablemos de los jugadores de futbol que se tiran al suelo gritando!)

El problema es que, si el dolor es un quale (singular de qualia), no debería ser posible medirlo fisiológicamente. En cambio, si al detectar los cambios precisos que tienen lugar en el cerebro se pudiera saber, e incluso predecir, cuándo una persona está sufriendo dolor (por ejemplo), incluso si el sujeto no lo expresa, ello significaría que los qualia, tal como los han entendido los filósofos, no existen realmente como algo separado, “mas allá” del funcionamiento cerebral.

Un artículo publicado en abril de 2013 en el New England Journal of Medicine por un equipo de neurólogos encabezado por Ethan Kross, de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, llamó mucho la atención al presentar un estudio en que se logró, mediante métodos de visualización de la actividad cerebral (resonancia magnética funcional o fMRI, que detecta qué áreas específicas del cerebro presentan mayor flujo de sangre, y por tanto están más activas), establecer una firma neurológica (un patrón específico de actividad de distintas regiones del cerebro) que les permitió identificar precisamente cuándo un paciente siente dolor.

El estudio empleó a 114 voluntarios sanos de ambos sexos, y los dividió en cuatro grupos, a los que se les realizaron diversos estudios. En un primer experimento, les aplicaron calor en la piel del antebrazo izquierdo con intensidades que iban de lo inocuo a lo doloroso, mientras observaban por fMRI qué áreas cerebrales se activaban. Con base en esos datos, derivaron mediante un algoritmo “inteligente” de computadora (es decir, que es capaz de ir aprendiendo, al comparar datos conocidos con sus resultados, a predecir el resultado de nuevos datos), la “huella digital cerebral” del dolor.

A continuación, en un segundo experimento, aplicaron calor con diversas intensidades a un grupo distinto de voluntarios, y lograron predecir con un 95% de éxito, sólo con base en qué áreas cerebrales se activaron, si los pacientes sentían o no dolor. Es éste el logro que hace interesante al estudio. Se demostró que se puede saber, mediante este método, si un paciente siente dolor, incluso si es incapaz de expresarlo.

Por supuesto, se trata sólo de un estudio inicial; habrá que confirmarlo y ver si los resultados se pueden generalizar a dolores en distintas partes del cuerpo, o de distintos tipos (cutáneo o en órganos internos, por ejemplo), o con diversas causas clínicas. Probablemente, comentan los autores, para aplicarlo en hospitales y otros sitios habrá que generar varias “firmas neurológicas” distintas.

Pero no contentos con eso, los investigadores hicieron otros dos experimentos para investigar otros aspectos de la experiencia dolorosa. En el tercero utilizaron pacientes que habían tenido una ruptura amorosa reciente y aún dolorosa, y aparte del estímulo térmico midieron su respuesta cerebral al “dolor social” mostrándoles una foto de sus ex-parejas (y también la de un amigo cercano, como control). Detectaron que, aunque se activaban áreas cerebrales similares, el patrón de activación era claramente distinto respecto al del dolor físico.

Finalmente, en un último grupo, inyectaron un analgésico potente a los pacientes antes de aplicar el estímulo térmico, y detectaron que, además de disminuir la sensación subjetiva de dolor, la activación de las áreas cerebrales asociadas disminuía también en un 53%. De modo que el método podría también servir para saber si un tratamiento contra el dolor está realmente funcionando.

Como se ve, el avance científico parece, en este caso, estar dejando atrás la noción filosófica de los qualia. Aunque habrá quien replique que lo que se observa es sólo el “correlato” fisiológico de la sensación subjetiva del dolor. De cualquier modo, si el método funciona y ayuda a dar mejor tratamiento a los pacientes que sufren, ¿qué importa la diferencia?

Le deseo que disfrute, no sufra, con el año nuevo.

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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Vegetarianos, ideología y salud

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de diciembre de 2015

La ciencia suele dar sorpresas. Muchas veces nos revela cosas que van en contra de nuestro sentido común. A veces profundamente en contra, como cuando la física cuántica nos mostró que las partículas pueden ser al mismo tiempo ondas, que no podemos conocer su posición de manera precisa al mismo tiempo que su velocidad, o que pueden pasar de un punto a otro sin transitar por el espacio intermedio.

Pero otras veces sólo se contradice el sentido común de forma moderada, como ocurre con frecuencia en las ciencias médicas (que son, por su propia naturaleza, y por la complejidad y variabilidad de su objeto de estudio, mucho menos tajantes, precisas y universales que las ciencias físicas). Por ejemplo, como cuando nos dice que comer carne puede ser dañino (pues, como se reveló hace algunos meses, aumenta el riesgo de contraer ciertos tipos de cáncer), que los suplementos vitamínicos son esencialmente inútiles, o cuando un estudio revela que la alimentación vegetariana (y probablemente también su variante más extrema, el veganismo) puede no ser benéfica para la salud, como se cree, e incluso pudiera ser dañina a largo plazo.

El estudio, realizado por un equipo de especialistas del Instituto de Medicina Social y Epidemiología de la Universidad Médica de Graz, en Austria, es ya viejo. Se publicó en febrero de 2014, hace casi dos años, en la revista PlosOne. Sin embargo, la discusión sobre el tema resurgió recientemente en foros y redes sociales de internet.

Se basó en datos de una encuesta de salud que hace el gobierno austriaco a sus ciudadanos cada 8 años. Los investigadores tomaron una muestra de mil 320 hombres y mujeres de diversas edades y situaciones socioeconómicas. Se estudiaron cuatro tipos de dieta: vegetariana, carnívora con alto consumo de frutas y verduras, carnívora con poca carne y carnívora con alto consumo de carne. Se analizó en cada uno de estos grupos su percepción subjetiva respecto a su salud, la presencia de incapacidades físicas o enfermedades crónicas, su riesgo de padecer enfermedades vasculares, la calidad de sus cuidados médicos (si se vacunan, si reciben cuidado médico regular, si se realizan estudios preventivos) y su calidad general de vida (que se mide con métodos estandarizados). Lo que se halló fue que, en resumen, los vegetarianos, aunque son menos obesos y consumen menos alcohol que los demás, tienden a ser menos saludables en general, pues padecían más de cáncer, alergias y padecimientos mentales que los otros grupos, y requerían más cuidado médico y tenían una menor calidad de vida.

Los detalles del estudio son complicados y no totalmente claros; la discusión que se ha dado desde que se publicó ha sido intensa. Pero a mí lo que me llamó la atención sobre todo fue el tipo de argumentos que se manejaron en internet. En general, los vegetarianos y veganos descalificaban el estudio, sosteniendo que sus resultados eran “basura” y rechazaban su validez. En cambio, quienes objetan el vegetarianismo lo veían como una “demostración” absoluta de lo inútil que es evitar el consumo de carne.

La realidad es que estos estudios, aunque son interesantes siempre y cuando estén bien hechos, nunca llegan a dar respuestas tajantes. Ni el consumir carne causa cáncer (aunque sí puede aumentar ligeramente el riesgo de padecerlo) ni el vegetarianismo protege contra las enfermedades, probablemente ni siquiera mejore la salud y quizá pueda perjudicarla (lo cual no sería sorpresivo, pues es un estilo de alimentación muy artificial que va en contra de nuestra naturaleza esencialmente omnívora).

¿Por qué entonces tanta discusión? Porque en el fondo se trata de temas ideológicos. Los vegetarianos y más aún los veganos parten de una idea que relaciona los productos de la actividad humana (lo “artificial”) con algo dañino, y lo “natural” con la salud (lo que no explico es por qué ven el comer carne como algo “artificial”). Los amantes de la carne, por el contrario, queremos justificar nuestro placer al masticar un filete arguyendo que “no puede” ser dañino, “porque siempre lo hemos hecho”.

Al final, la respuesta se encontraría, como suele ocurrir en temas de salud, en el justo medio: tomar en cuenta estos estudios (habrá que esperar a que nuevas investigaciones nos aclaren que tan confiables resultan ser los resultados del estudio austriaco) pero no caer en pánico; evitar los excesos y ejercer, sí, el sentido común. Desgraciadamente, eso no es noticia.

¡Feliz navidad!

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