miércoles, 25 de febrero de 2015

Arte, ciencia y gravedad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de febrero de 2015

El arte y la ciencia siempre se han enriquecido mutuamente. Conceptos y hasta técnicas de un área se importan de forma productiva a la otra. Pero más allá de eso, lograr una verdadera fusión de arte y ciencia es difícil.

Por eso, “La gravedad de los asuntos”, el reto que un grupo de mexicanos, nueve artistas (Nahúm, Ale de la Puente –directores del proyecto–, Arcángel Constantini, Fabiola Torres-Alzaga, Gilberto Esparza, Iván Puig, Juan José Díaz Infante, Marcela Armas y Tania Candiani) y un científico (Miguel Alcubierre, especialista en gravedad y director del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM) se propusieron el año pasado, luego de “dos años de reflexión”, y de conseguir los apoyos necesarios, ha valido mucho la pena.

El proyecto consistió en viajar al Centro de Entrenamiento para Cosmonautas Yuri Gagarin, en Moscú, abordar un avión ruso Ilyushin 76 MDK y experimentar, por unos segundos, varias veces en un vuelo de dos horas, la sensación de flotar en condiciones de “gravedad cero” (sí, varios de los miembros de la “misión” vomitaron).

Y, además, extraer de esa experiencia las piezas que se muestran en la exposición de “video, fotografía, audio, instalación y arte objeto” que se exhibe actualmente en el Laboratorio Arte Alameda, en el DF.

Yo no sé si, como dijo en la presentación el embajador de la Federación Rusa en México, Eduard Malayan, “con esta propuesta se constata que México está de nuevo en la delantera [artística] en todo el planeta”. Lo que sí sé es que a través de la experiencia, y de la investigación, reflexión y discusión previa –Alcubierre ofreció a los demás participantes en el proyecto charlas sobre la física de la gravedad–, el mundo de los artistas y el de los científicos pudieron acercarse, combinarse y fertilizarse mutuamente.

El crítico de arte Luis Pineda, en la revista Chilango, considera que la exposición tiene una “sólida construcción conceptual”. Un forastero en el mundo del arte como yo (soy químico farmacobiólogo) puede apreciar muchas piezas bellas, interesantes, que evocan distintas emociones y experiencias estéticas. Como los videos: los “cosmonautas” tratando de romper una piñata plateada (“supernova”), mientras fruta y confeti vuelan por doquier y la tercera ley de Newton hace que quien golpea sea lanzado en marometa hacia atrás. Los distintos libros (El Capital, la Biblia, la Constitución…) puestos sobre básculas que registran cómo todos acaban pesando cero gramos. El reloj de arena cuyo flujo se vuelve un remolino de granos rebelándose a la gravitación. La muestra de roca terrestre, “la escritura geológica de la tierra”, que flota libremente. Las gotas de agua dentro de un aparato que permite “observar la formación de esferas líquidas y analizar su estructura bajo la influencia de campos electromagnéticos oscilatorios”. Y las divertidísimas expresiones de los participantes, filmados fijos a una silla mientras el avión acelera a 2G.

También la intensa grabación del sonido de los propulsores, o el fallido artefacto volador diseñado en 1673 que por fin, en microgravedad, logra volar (“quizá sólo estaba en la gravedad equivocada”). Y muchas otras piezas que asombran e intrigan.

Y sin embargo, quienes tenemos formación científica no podemos evitar sentir extrañeza ante algunas de las expresiones, plasmadas en el folleto de la exposición, que los artistas usan. Cuesta, desde nuestra visión, darles sentido: “el arte está dando un giro epistémico”; “en ausencia de la gravedad, el tiempo se envuelve en sí mismo”; “en condiciones de gravedad cero, se desintegra uno de los paradigmas biológicos más íntimamente ligados a la definición de nuestra existencia y de la existencia de todo lo que conocemos en el planeta”; “…romper un paradigma, liberar una molécula, hacer de dos cuerpos poesía”.

Me pregunto si realmente una pieza tecno-artística, al analizar “el comportamiento del agua en caída libre” permite hacer “cuestionamientos hipotéticos, conceptuales y teóricos sobre la molécula de agua”. Si de veras “cierto tipo de arte trata de mostrar y cuestionar, a través de un objeto estético, cómo es que el conocimiento es producido”. Si los artistas habrán comprendido el concepto científico de la gravedad. Si el visitante se llevará alguna noción del mismo.

Pero claro, no es de eso de lo que se trata (y es aquí que mi cuadrada mente de divulgador científico sufre para adaptarse). No es una clase, ni una exposición de ciencia para comunicar conceptos. Es arte. (De lo que sí estoy seguro, no obstante, es de que la gravedad no es “una fuerza más allá de nuestra comprensión”).

Habría que aclarar que, estrictamente, la experiencia vivida no fue de ausencia de gravedad, sino de “microgravedad”, pues el avión, al realizar varias parábolas de casi 10 mil metros de altura, no estaba fuera del campo gravitatorio de la Tierra. Tampoco, como uno hubiera pensado (me incluyo) se logra la ingravidez haciendo que el avión “caiga” libremente en picada (eso duraría demasiado poco). La sensación de ingravidez se logró controlando, en la parte alta de la parábola, la propulsión del avión, de modo que cancelara exactamente la resistencia del aire. El resultado no es que la gravedad deje de actuar sobre los cuerpos, sino que no hay ninguna fuerza que se oponga a ella. En realidad, la sensación de ingravidez se debe no a la falta de gravedad, sino a la ausencia de peso. (Sí: la gravedad newtoniana es un poquito más abstracta de lo que parece. ¡Y eso sin necesidad de entender a Einstein!)

Según el científico Miguel Alcubierre, lo que logró, además de experimentar “una mirada científica más allá de la teoría” (no es lo mismo hacer teoría sobre la gravitación que experimentarla de ese modo) fue “no sólo dejar atrás la gravedad sino también las condiciones que nos identifican como artistas o científicos. La ausencia de gravedad da lugar a la ausencia de diferencias”. Si el objetivo era romper fronteras, acercar mundos, el proyecto lo logró ampliamente. Disfrútelo asistiendo a la exposición antes del 22 de marzo.


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miércoles, 18 de febrero de 2015

Precisión científica

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de febrero de 2015

Según un viejo chiste, un ingeniero, un científico y un matemático viajaban en tren por Irlanda. De pronto, vieron una oveja negra por la ventana. “¡Miren, en Irlanda las ovejas son negras!”, exclamó el ingeniero. “Error”, señaló el científico. “Con los datos disponibles, lo más que podemos afirmar es que en Irlanda hay una oveja negra”. “Se equivocan, amigos”, intervino el matemático. “Lo único que sabemos con precisión es que en Irlanda existe al menos una oveja, uno de cuyos costados es negro”.

Aunque existen diversas versiones de la anécdota, lo que muestra es un rasgo que caracteriza a los científicos: su cautela intelectual, su excesivo énfasis en la precisión de los datos (que sólo superan los filósofos y los matemáticos). Se trata de una deformación profesional, que es muy útil en su ocupación pero que en el contexto de la vida diaria puede resultar cómica, y también causar malentendidos.

Pero, a cambio de ello, los científicos también están acostumbrados a cambiar de opinión, instantáneamente y sin problemas, si se les demuestra que sus datos o su razonamiento son erróneos: su gran cautela intelectual se complementa con su honestidad intelectual.

Un ejemplo, creo yo, es lo ocurrido con el reciente comunicado de los expertos del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) respecto al análisis de la evidencia de la matanza de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Dicho comunicado fue emitido en reacción a la intensa polémica pública causada por la desafortunada afirmación de la autoridad encargada de que ya se había establecido la “verdad histórica” del caso.

El EAAF fue convocado por la Procuraduría Federal de Justicia (PGR) para ayudar a esclarecer lo ocurrido en el basurero de Cocula, donde supuestamente fueron calcinados los 43 cadáveres. Lo que señala su comunicado es que existen problemas metodológicos y de interpretación, que se resumen en siete puntos. Entre ellos, que el EAAF no estuvo presente cuando se recuperaron del río las bolsas que contenían los restos, ni cuando se abrieron; que días más tarde se continuó recogiendo evidencia en el sitio sin la presencia del EAAF; que el sitio estuvo entre tanto sin custodia; que probablemente en el mismo lugar haya habido otros fuegos, y que los restos hallados podrían pertenecer por tanto a otras personas, aparte de los 43.

Esto ha sido interpretado, por la parte de la opinión pública que desconfía –no sin razón– de la PGR y de las autoridades mexicanas, como “prueba” de que la investigación no es confiable. Pero el comunicado de la EAAF no dice eso: por el contrario, afirma claramente (conclusión 4, pág. 7) que “esto no excluye la posibilidad de que algunos de los normalistas hayan corrido la suerte señalada por la PGR”. Sólo señala que no hay aún hay evidencia científica que permita hacer afirmaciones certeras. (Y explica que se requerirá más tiempo, incluso meses, para poder dar por cerrada la investigación.)

Superposición de los datos
de BICEP con los del
 satélite Planck, que muestra
 que la detección de cambios
en la polarización de las
ondas gravitacionales provenientes
del big bang era un efecto
del polvo interestelar
En otras palabras, los expertos forenses argentinos están simplemente siendo muy precisos, para evitar malentendidos, señalando qué pueden asegurar y qué no. Pero, como no estamos acostumbrados a la exagerada precisión de los científicos, tendemos a interpretar eso como una afirmación de que la investigación ha dado resultados negativos. Lo cual es incorrecto.

Así como los astrofísicos del proyecto BICEP2, que en marzo del año pasado anunció haber descubierto huellas de las ondas gravitacionales provenientes del big bang –que permitirían entender mejor el proceso de “inflación” que en teoría ocurrió inmediatamente después del origen del universo– han anunciado recientemente que, al comparar sus datos con los obtenidos por el satélite europeo Planck, hallaron que en realidad se trataba de señales debidas al polvo galáctico, y retiraron sus conclusiones, estoy seguro que cuando haya resultados los expertos del EAAF los darán a conocer. Y quiero confiar en que las autoridades mexicanas las asumirán. De lo contrario, su credibilidad quedará en cero.

Mientras tanto, las autoridades y los ciudadanos haríamos bien en esperar y abstenernos de sacar conclusiones prematuras.

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miércoles, 11 de febrero de 2015

La máquina universal

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de febrero de 2015

Es raro que haya películas comerciales sobre científicos de la vida real. Y es rarísimo que haya dos de ellas exhibiéndose simultáneamente. Y si a eso añadimos que ambas estén nominadas al Óscar, hablamos ya de posibilidades infinitesimales.

Y sin embargo, junto con La teoría de todo, ya comentada en este espacio, que narra la vida del físico Stephen Hawking, hoy se halla en cartelera El código enigma (The imitation game, 2014, del director noruego Morten Tyldum), basada en la vida del llamado padre de la computación, el matemático inglés Alan M. Turing (1912-1954).

La cinta es protagonizada por Benedict Cumberbatch, conocido por la serie televisiva Sherlock (y que, curiosamente, había actuado el papel de Hawking en un filme televisivo de 2014). En mi opinión es una gran película: muy bien hecha, con un excelente guión, profunda, estimulante, conmovedora. Una verdadera delicia, nominada a ocho Óscares.

Y lo es no sólo por presentar la vida de uno de los grandes genios del siglo XX, cuyas aportaciones van de la filosofía de las matemáticas y los fundamentos matemáticos de la computación al desarrollo de las computadoras, e incluso a campos como la biología teórica, donde hizo aportaciones formales sobre la morfogénesis –la manera en los cuerpos de los seres vivos se construyen a partir del óvulo fecundado– que hoy forman parte del campo relativamente nuevo de la biología del desarrollo.

También porque presenta –con cierto embellecimiento dramático, claro– la vida torturada de una persona con excepcionales capacidades de pensamiento lógico, pero al mismo tiempo con severas dificultades para relacionarse con los demás (se especula que presentaba el síndrome de Asperger). Un individuo que, además, cargaba el estigma de ser homosexual en una sociedad que criminalizaba dicha orientación.

La máquina Enigma
La cinta se centra en el drama de la batalla intelectual –matemática, científica, técnica– por resolver la clave de la máquina Enigma, utilizada por los nazis para encriptar sus transmisiones por radio. Fue el genio de Turing lo que permitió descifrarla y ganar así la guerra. Pero también nos presenta a Turing como el personaje genial, trágico y revolucionario que realmente fue: nos permite experimentar directamente el triple drama de su soledad, la injusticia de que sus aportaciones durante la guerra no fueran reconocidas, por ser parte de un proyecto secreto –aunque sus logros anteriores y posteriores sí lo fueron–, y la infamia de su juicio y condena a la castración química por ser homosexual, que llevó a su suicidio.

La película menciona superficialmente la “prueba de Turing”, propuesta para detectar cuándo una máquina llega a presentar inteligencia real, indistinguible de la humana. No profundiza en explicar en qué consiste la “máquina de Turing” (un mecanismo teórico capaz de hacer operaciones con símbolos impresos en una cinta, siguiendo ciertas reglas), ni mucho menos la “máquina universal de Turing” (una máquina de Turing capaz de simular a cualquier otra máquina de Turing).
Máquina de Turing

Este concepto, junto con la llamada “tesis de Church-Turing (formulada casi simultáneamente por él y por el matemático estadounidense Alonzo Church, y que afirma que el conjunto de las operaciones que puede realizar una máquina de Turing es el mismo que el de las operaciones computables, es decir, las que pueden resolverse para obtener una respuesta) son el fundamento teórico de toda la computación actual. Y algún día, de la verdadera inteligencia artificial, capaz de superar la prueba de Turing (que él denominó “el juego de imitación”; de ahí el nombre original de la cinta en inglés).

Alguno de mis contactos en Facebook comentaba que quizá la veta de hacer películas sobre científicos apenas esté comenzando. No me molestaría ver cintas biográficas sobre Watson y Crick, descubridores de la doble hélice del ADN; Linus Pauling, el mejor químico del mundo y único ganador de un premio Nobel en ciencia y otro en un área distinta (de química y de la paz); Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la mecánica cuántica; Kurt Gödel, el matemático que demostró que no puede haber sistemas matemáticos completos… ¡y qué decir de Marie Curie, Edison, Fleming o Tesla!

En fin, quizá con un poco de suerte las películas sobre científicos se conviertan en moda. O quizá no… ¡Soñar no cuesta nada!

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miércoles, 4 de febrero de 2015

Democracia y ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de febrero de 2015

Se podría decir que los principales problemas del país se resumen en tres áreas: la terrible ola de injusticia, violencia e inseguridad que vivimos; la crisis económica que se avecina, producto principalmente de la baja en los precios del petróleo, y la rampante corrupción de los gobernantes.

Respecto a la primera no hay mucho que decir: todos conocemos la lamentable situación y la nula credibilidad pública de las autoridades. Aun así, los aportes de científicos criminólogos, nacionales y extranjeros, pueden ayudar un poco al aportar información confiable.

Respecto a la crisis, más allá de lo impredecible de los vaivenes de la economía mundial (las ciencias económicas distan mucho de ser exactas), y a pesar del seguro adquirido para garantizar a nuestro país el precio mínimo de 79 dólares por barril de petróleo durante 2015, mucho se podría achacar a la falta de previsión del gobierno. Nunca se hicieron los esfuerzos suficientes para despetrolizar nuestra economía, ni se ha invertido lo que hubiera sido necesario para desarrollar fuentes alternas de energía. En un país con el nivel de insolación que tiene México, el desarrollo de tecnología solar, junto con otras como la eólica, la geotérmica o incluso la nuclear (el abandono en que se tiene al ININ –Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares– desde hace décadas es vergonzoso) debería haber sido apoyado generosamente. Otro ejemplo de la poca importancia que se le da a la ciencia y la tecnología, a las que se ve como “lujos” cuando podrían ser parte de la solución a muchos problemas estructurales del país.

Es en la tercera área, la corrupción, en la que al parecer por fin se comienza a hacer algo. Muy poco, pero algo. Ayer martes el presidente Peña Nieto anunció públicamente –antes de quejarse de que su público no aplaudía– ocho “acciones ejecutivas” que sin duda, si llegaran a aplicarse correctamente –la poca credibilidad del gobierno no es gratuita–, resultarían muy benéficas. Entre ellas destaca, además de reforzar la obligación de todo funcionario de entregar una declaración de bienes (algo que hasta ahora se ha hecho sólo a medias y mal), el nuevo deber de entregar también una declaración de conflictos de interés. Una muy sana práctica, aplicada internacionalmente.

También es de elogiarse el rescate de la Secretaría de la Función Pública (sobre su nuevo titular no tengo nada que decir), esperamos que con nuevos bríos, y el anuncio de que se creará en ella una unidad especializada en ética y prevención de conflictos de interés. Ésta y otras de las medidas anunciadas ayudarán a fortalecer y consolidar la cultura de la transparencia y la rendición de cuentas.

Pero quizá el anuncio más importante de Peña sea el de que la propia Secretaría investigará “si hubo o no conflictos de interés en las obras públicas o contratos otorgados por dependencias federales a las empresas que celebraron compraventas de inmuebles” con él mismo, su esposa Angélica Rivera y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, acusaciones que han puesto en duda la credibilidad de su gobierno. Otro acierto es ordenar la creación de “un panel de expertos con reconocido prestigio en el tema de transparencia” que evaluará de manera independiente la calidad de dicha investigación. No porque sea creíble que vayan a hallar culpables a los sospechosos, sino porque todo ello es expresión de que la presión social ante un evidente caso de conflicto de interés forzó al presidente a reconocer el problema y a actuar en consecuencia.

Ojalá las acciones propuestas se cumplan. Pero ojalá, también, que los ciudadanos mexicanos nos sintamos comprometidos a hacerlas cumplir. En una verdadera democracia, la responsabilidad del buen gobierno no recae sólo en los funcionarios, sino en cada ciudadano.

El gran astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, en su clásico libro El mundo y sus demonios (cap. 2), explica que “Los valores de la ciencia y los valores de la democracia son concordantes, en muchos casos indistinguibles. La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; sus valores son opuestos al secreto. (…) Tanto la ciencia como la democracia alientan las opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad.” Para él, formar individuos con un pensamiento científico, por necesidad crítico y riguroso, equivale a formar buenos ciudadanos para una sociedad democrática.

Si hoy el gobierno ofrece transparencia, nos corresponde a nosotros exigir que cumpla, y evaluar de manera racional y justa el resultado de la misma. Quizá con ello pueda mejorar un poco la angustiosa situación nacional. Quizá.

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miércoles, 28 de enero de 2015

La teoría de todo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 28 de enero  de 2015

Felicity Jones (que actúa
el papel de Jane Hawking
en la cinta), Jane Hawking,
Eddie Redmayne
y Stephen Hawking en el
 estreno de La teoría de todo
Por fin pude ir a ver la película La teoría de todo (The theory of everything, James Marsh, 2014). La recomiendo ampliamente: se trata de una gran película, amena, interesante y por momentos conmovedora.

Destaca, por supuesto, en el papel del protagonista Stephen Hawking, la actuación de Eddie Redmayne (a quien ya habíamos visto como Colin Clark, el jovencito seducido por la gran estrella en la encantadora Mi semana con Marilyn). Sorprende ver sus fotos de la vida real: la transformación tanto física como de lenguaje corporal que logró para la cinta muy probablemente lo harán merecedor de un Óscar (aparte de los varios premios que ya ha recibido).

Hawking es, sin duda el científico vivo más famoso del mundo. Ha aparecido incluso en programas televisivos de ficción y cómicos como Los Simpson, Viaje a las estrellas: la nueva generación y La teoría del big bang). Es, también sin duda, una de las grandes mentes en la historia de la ciencia.

La película se basa en el libro Hacia el infinito (Travelling to infinity: my life with Stephen) de su primera esposa Jane Hawking, con quien se casó en 1965. Se centra en la vida de Stephen, su paulatino y terrible deterioro físico debido a la esclerosis lateral amiotrófica, que se le diagnosticó en 1963 y que le ha ido robando el uso de sus músculos, su lucha por seguir haciendo ciencia y las dificultades que, junto con Jane, tuvo que afrontar hasta su divorcio en 1995 (ese mismo año se casó con una de sus enfermeras, Elaine Mason, de quien se divorció en 2006). No hace, por ello, mucho énfasis en explicar sus ideas científicas, aunque sí las menciona brevemente.

Hawking se hizo famoso mundialmente para el gran público cuando publicó su libro de divulgación Breve historia del tiempo (A brief history of time: from the big bang to black holes), en 1988. Se estima que hasta hoy ha vendido nueve millones de ejemplares. Su imagen es, al mismo tiempo intrigante, angustiosa, extraña y admirable: un hombre privado de movimiento que sigue luchando y trabajando, 52 años después de que le pronosticaran dos años de vida. Obligado desde 1985, luego de una traqueotomía posterior a una neumonía, a comunicarse mediante una computadora conectada a un sintetizador de voz (¡con acento estadounidense!), que controlaba con un dedo que aún podía mover (hoy lo hace moviendo un músculo de su mejilla; ya se está trabajando en dispositivos que le permitan comunicarse a través de sus ondas cerebrales, para evitar que, conforme avanza su deterioro, quede incomunicado dentro de su propio cuerpo). En cierto modo, Hawking es un cerebro viviente, carente de cuerpo; pero también, una especie muy particular de hombre-máquina; un cyborg. Quizá esta inquietante imagen ha contribuido a su fama y al interés que su persona despierta.

En la película se mencionan como sus más grandes contribuciones a la ciencia su descripción del big bang como una singularidad en el espaciotiempo einsteniano (un evento en que las leyes de la física dejan de ser aplicables) similar a los hoyos negros, y posteriormente su descubrimiento de que los hoyos negros que rotan pueden, contra lo que se suponía, emitir radiación (llamada radiación de Hawking), lo que podría causar que, si son pequeños, desaparezcan poco a poco, “evaporándose”.

Hawking ha hecho muchas otras contribuciones a la cosmología y la física del espaciotiempo, por supuesto. También se ha equivocado varias veces. Son famosas las apuestas que hace con sus colegas cuando se debaten sus ideas, como la famosa con Kip Thorne, que perdió, consistente en una suscripción a la revista Penthouse. En los casos en que ha resultado estar equivocado –como cuando predijo que el bosón de Higgs nunca sería detectado– lo ha reconocido inmediatamente y sin problema, como buen científico, y en su caso ha pagado las apuestas.

Hawking es hoy, como lo fue antes Albert Einstein, el ícono popular del científico típico. Es una lástima que siempre se trate de personajes “raros”; pero es muy afortunado que, en este caso, se trate de un individuo, además de genial, admirable por su tesón y su capacidad de superar la adversidad. ¡Mis respetos, Don Stephen!

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miércoles, 21 de enero de 2015

Genes, razas y racismo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de enero  de 2015

El tema de las razas humanas siempre levanta polémica. Y resurge periódicamente.

En 1994 un libro llamado La curva de campana (The bell curve), del psicólogo Richard Herrnstein y el politólogo Charles Murray, ambos estadounidenses, causó gran revuelo al afirmar que la inteligencia humana (medida como IQ, concepto ya bastante polémico en sí mismo) presentaba diferencias entre las distintas razas humanas, y que estas diferencias podían atribuirse a los genes.

Se imaginará usted la discusión que siguió. Todo tipo de especialistas en ciencias sociales y humanidades, además de biología, psicología y genética, denunciaron al libro como racista. Y con razón.

Más recientemente, el famosísimo biólogo James Watson, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN, se suicidó académicamente en 2007, mientras promovía su más reciente libro Prohibido aburrirse (y aburrir) (Avoid boring people), al declarar que la inteligencia de los negros era inferior a la de los blancos. (Probablemente pensaba que estaba ayudando a combatir la injusta situación de la población negra de África, al pedir que tal diferencia de inteligencia se tomara en cuenta al diseñar políticas educativas… Pero su legendaria torpeza y falta de tacto le impidió darse cuenta de las implicaciones racistas de lo que para él eran simplemente “datos”.)

Pues bien: se acaba de presentar la edición en español del libro Una herencia incómoda (A troublesome inheritance, 1994), del periodista científico inglés Nicholas Wade. ¿Su tesis? Que los modernos estudios de genomas humanos permiten reconstruir la historia de nuestra especie en los últimos 50 mil años, a partir de nuestro origen en África, y muestran que conforme los grupos humanos se fueron dispersando geográficamente, fueron acumulando cambios evolutivos que hoy explican la existencia de tres (o cinco, o siete, pues el dato cambia a lo largo del libro) “razas continentales” humanas (blancos, negros y asiáticos, a las que podrían añadirse otras).

Esto bastaría para levantar controversia, pero Wade va mucho más allá: argumenta que son esas diferencias genéticas entre razas las que explican las características de las diversas culturas (la democracia e innovación occidentales, la sumisión y respeto por la tradición de los orientales, por qué los judíos ganan tantos premios Nobel, por qué las sociedades árabes tienden al autoritarismo y las africanas a la organización tribal, entre otras barbaridades).

En otras palabras, Wade pretende reducir no sólo las características físicas raciales, sino la historia humana entera, y las peculiaridades de las distintas sociedades, a la influencia de los genes en el comportamiento de los individuos de cada “raza”.

El debate que se ha desatado es intenso, y proseguirá. Pero conviene aclarar un poco qué hay detrás del concepto de raza.

En primer lugar, no es una categoría biológica claramente definida, sino un nivel de clasificación (inferior al de especie y subespecie) informal y más bien arbitrario. Obviamente, las diferencias en el promedio de ciertas características físicas (color de piel, cabello, estatura…) existen objetivamente, y tienen bases genéticas. Pero son generalizaciones del promedio de lo que en realidad es un mar de variaciones individuales, y no equivalen a “razas” en el sentido que éstas existen en otras especies. Dentro de cada población hay varias versiones (alelos) de cada uno de los genes que controlan estas y otras características de los individuos. Además, su expresión depende de las condiciones ambientales. Pensar en una “raza” como si fuera un grupo homogéneo es incorrecto. Mas aún: si se analiza la variación en la composición genómica de las distintas poblaciones humanas que ocupan los distintos lugares geográficos (qué alelos de ciertos genes son más predominantes en la población, y cuales son minoritarios o están ausentes), se hallará que no hay bordes definidos, sino grupos diversos que, aunque en promedio difieren entre sí, se mezclan continuamente, sin separación

En segundo lugar, la cantidad de diferencias genéticas (en promedio) entre las varias “razas” humanas (que, como el propio Wade muestra, se definen arbitrariamente) es ínfima. Mucho menor que la que separa, en promedio, a dos individuos cualquiera. Las razas caninas, por ejemplo, son genéticamente más distintas entre sí; y aún así, más allá de las obvias diferencias físicas, desde el punto de vista biológico y evolutivo resultan una sola especie: las diferencias entre ellas no justifican considerarlas siquiera como subespecies.

Para todo fin práctico, entonces, la existencia de razas humanas es sólo una manera arbitraria de clasificar individuos. Una manera que además resulta muy poco confiable, y para colmo, que socialmente causa muchos problemas. Esto no quiere decir que ciertas poblaciones no tengan ciertas características que las distinguen, en promedio, de otras poblaciones, como tener piel más morena o ser más susceptibles a ciertas enfermedades (esto último es importante por ejemplo para desarrollar tratamientos médicos y políticas de salud adaptadas a las características de las distintas poblaciones). Lo que quiere decir es que considerar tales diferencias como algo biológicamente importante, algo que define a distintos tipos de ser humano, es erróneo.

Finalmente, Wade también yerra al suponer que las diferencias entre poblaciones humanas evolucionaron por selección natural, dando origen a “razas” adaptadas a distintos ambientes. Numerosísimos estudios de distintas disciplinas (antropología, genética de poblaciones, biología evolutiva, paleontología) muestran que fueron otras fuerzas evolutivas, como la deriva génica (producto del aislamiento geográfico de ciertas poblaciones) o el intercambio de genes de una población a otra (flujo genético), no la selección natural, lo que generó estas diferencias, y por tanto ello no implica que las distintas “razas” estén “mejor adaptadas” a ciertos ambientes, ni que debido a ello presenten ciertas temperamentos.

Pero quizá lo más importante es que gente como Wade, Watson o Herrnstein y Murray olvidan que la idea de “raza” humana no es un concepto biológico, sino social. Por eso su uso da pie a interpretaciones que, más allá de sonar ofensivas, tienen consecuencias graves a nivel individual, social, legal, de derechos humanos y en muchos otros ámbitos.

   Como dice Arthur Allen en una reseña del libro de Wade publicada en el New York Times, “Pocas áreas de la ciencia han contribuido más a la infelicidad humana que el estudio de las diferencias raciales”. Presentar los estudios sobre raza como conocimiento científico y pretender justificar con ellos juicios infundados sobre poblaciones humanas es un típico ejemplo de mala ciencia. Mal planteada, mal interpretada y que sólo sirve para justificar la injusticia.

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miércoles, 14 de enero de 2015

Guerras antibióticas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de enero  de 2015

Si una especie viva hace cosas que no le conviene, se extingue, pues vive en un estado de continua competencia con otras especies por los recursos del ambiente. Lo mismo le ocurre a una empresa.

Seguramente usted ha oído hablar de que estamos en medio de una verdadera guerra por los antibióticos. Pero no una guerra comercial, entre nuestra especie y el reino de las bacterias. Durante siglos las infecciones bacterianas fueron un azote para la humanidad, hasta el descubrimiento de los primeros antibióticos, en el siglo pasado, que revolucionaron la medicina y han evitado millones de muertes.

Pero la evolución es un campo de batalla, y la selección natural automáticamente comenzó a trabajar, como es inevitable que lo haga, para dar a las bacterias patógenas nuevas defensas que inutilizaran las armas recién adquiridas por la especie humana.

Desde hace ya dos décadas la preocupación por el rápido surgimiento y dispersión de los genes de resistencia a antibióticos en bacterias (que además ellas intercambian alegremente entre especies mediante los llamados “mecanismos de transferencia genética horizontal”) se ha transformado en una verdadera crisis mundial de salud. De ahí las campañas de uso responsable de antibióticos y los reglamentos, como el aprobado en nuestro país en 2010, que prohíben su venta sin receta médica: si seguimos usándolos irresponsablemente a diestra y siniestra, contribuimos a acelerar que surjan bacterias resistentes, y nuestro arsenal terminará, quizá dentro de muy poco, siendo inútil.

Pero ¿por qué la industria farmacéutica no produce nuevos antibióticos? ¿No es una evidente oportunidad de hacer buen negocio? Pues no. En primer lugar por un problema también evolutivo: la mayoría de estos compuestos provienen de especies de bacterias u hongos del suelo; no son diseñados (aunque sí modificados) en un laboratorio. Y en las últimas décadas no se han hallado nuevos antibióticos que sean muy distintos de los que ya se conocen, y para muchos de los cuales ya hay bacterias resistentes, o éstas aparecen muy pronto.

Pero también porque precisamente esto hace que el negocio no sea muy costeable: según un comentario de Gerard Wright publicado en la revista Nature el 7 de enero, la inversión de millones de dólares de una farmacéutica para desarrollar un nuevo antibiótico puede derrumbarse si las bacterias a las que está dirigido desarrollan resistencia rápidamente, con lo que no hay tiempo de que la compañía recupere su inversión. Como se ve, no sólo la evolución, sino el mercado mismo conspiran para sumirnos en la crisis de los antibióticos.

Estructura química
de la teixobactina
Pero hay buenas noticias: quizá leyó usted en días pasados que un grupo de investigadores alemanes y estadounidenses han descubierto (Nature, 7 de enero) un nuevo antibiótico, que llamaron teixobactina, que proviene (como la mayoría de los antibióticos) de una bacteria del suelo, a la que bautizaron Elephteria terrae. Esta nueva molécula presenta una estructura novedosa y un mecanismo de acción poco frecuente (impide que las bacterias fabriquen su pared celular, necesaria para no reventar debido a la presión osmótica de los medios en que viven).
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Lo fascinante es el enfoque que usaron: en vez de usar los métodos microbiológicos clásicos para buscar en el suelo nuevas bacterias productoras de antibióticos, aislándolas y cultivándolas en el laboratorio, desarrollaron nuevos métodos para cultivar en su propio ambiente, e incluso en el lugar mismo donde viven, a bacterias que son incapaces de crecer en los medios de cultivo usuales. Y es que, a pesar de todo lo que se sabe sobre microbiología, se calcula que sólo conocemos, porque las hemos cultivado y estudiado, al 1% de las bacterias existentes. Hay todavía mucha riqueza microbiológica (y antibiótica) que descubrir en la llamada “materia oscura” microbiana.

Más aún: los investigadores hicieron pruebas para ver si las bacterias sensibles al nuevo antibiótico podían desarrollar resistencia a éste, y hallaron que a primera vista no es fácil. Esto probablemente se debe a que la fabricación de la pared celular a partir de moléculas de tipo grasoso (lípidos) no está tan directamente asociada a los genes como la de las proteínas y otras moléculas, que son blanco de muchos antibióticos. Se podría esperar que la resistencia a la teixobactina tarde décadas en aparecer (si se toma como guía lo que ocurrió con la resistencia a otra clase de antibióticos que también interfieren con la fabricación de la pared celular, las vancomicinas: sólo hasta que los genes que protegen a la propia bacteria que los produce contra ellos fueron, por azar, copiados y transmitidos a otras especies de bacterias, pudieron éstas volverse resistentes, lo que tomó unos 40 años).

Se dice que ningún pescador atrapa peces más pequeños que los hoyos de su red. Hoy, al usar redes más finas, se ha logrado un nuevo hallazgo. Como escribe Wright, “en medio del pesimismo y la desilusión… este trabajo ofrece nueva esperanza de que la combinación de innovación y creatividad pueda resolver la crisis de los antibióticos”. Tomando en cuenta la riqueza de las especies bacterianas que hay por descubrir, es muy posible.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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