miércoles, 16 de abril de 2014

El engaño antivacunas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de abril  de 2014

Casos de pacientes en EUA
 por diversas enfermedades
antes y después de la era
 de las vacunas
Hay mentiras bobas. Hay estafas. Y hay engaños que caen en otra categoría completamente: los que son viles y peligrosos. El mito, por desgracia cada vez más extendido en nuestro país –y en muchos otros–, de que las vacunas no sólo no son eficaces para prevenir enfermedades infecciosas, sino que causan daños a la salud, es de esta última clase.

Nadie necesita que le expliquen acerca de las vacunas. Es bien sabido que su origen remite al médico inglés Edward Jenner, quien verificó en 1776 la observación de que las granjeras que ordeñaban vacas solían ser inmunes a la terrible viruela, que desfiguraba rostro y piel y podía ser mortal. Jenner aprovechó el fenómeno al utilizar al virus de la viruela vacuna – del que deriva el nombre de la técnica– para prevenir la viruela.

Las vacunas funcionan porque aprovechan que nuestro sistema inmunitario detecta sustancias extrañas (en este caso, las proteínas del virus de la viruela) para fabricar anticuerpos: proteínas de la sangre con la notable propiedad de unirse en forma específica a ciertas moléculas. Al adherirse a los virus, los anticuerpos los neutralizan y facilitan que otras células del sistema inmunitario los eliminen.

Las vacunas son, probablemente, el descubrimiento médico que más vidas ha salvado en la historia de la humanidad (con la posible excepción de los antibióticos). Las campañas globales de vacunación han reducido notablemente el daño que causan muchas enfermedades. Hoy la poliomielitis, el sarampión o la tosferina son prácticamente desconocidas en países con una buena cobertura en salud. Y, en un logro deslumbrante, el azote de la viruela fue eliminado definitivamente del planeta: en 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente su erradicación global. (Como curiosidad, el último caso de infección ocurrió en 1978, debido a que un fotógrafo se infectó con una muestra del virus en un laboratorio de la Universidad de Birmingham, Inglaterra. El investigador responsable del laboratorio se suicidó poco después. Hoy sólo persisten dos sitios donde se conservan muestras del virus, con fines de investigación: en Estados Unidos y Rusia.)

Y sin embargo, circulan desde hace unos años, y cada vez con mayor fuerza, versiones falsas y dañinas en contra de la vacunación. La doctora en antropología y genética Jennifer Raff, de la Universidad de Texas en Austin, resume en su blog varios de los argumentos y su refutación. Entre otras cosas se dice, contra toda evidencia, que las vacunas no son necesarias porque enfermedades como varicela, influenza, tosferina, sarampión o poliomielitis no son “realmente” tan graves. O que las vacunas no son realmente tan efectivas para prevenirlas (aunque se estima que salvan las vidas de tres millones de niños al año; otros dos millones mueren por falta de vacunación). Se dice también que las vacunas causan enfermedades como el autismo –mito promovido por el seudomédico inglés Andrew Wakefield, a quien se le retiró su licencia médica como consecuencia de sus irresponsables campañas antivacunación–, debido a las sustancias que contienen (como el timerosal, que ya no se usa desde 2001, o el aluminio, que contienen en dosis inofensivas).

Inmunidad de grupo
Detrás de la conspiranoia antivacunas hay ideas realmente absurdas, como que se trata de una campaña de los gobiernos para reducir la población mundial, o para enriquecer a las compañías que las fabrican. Al mismo tiempo, se afirma que el cuerpo tiene sus propios mecanismos “naturales” para prevenir infecciones (los tiene, pero evidentemente no resultan suficientes, como lo prueban las epidemias que por siglos azotaron a la humanidad). Y se dice también que la cantidad de vacunas que reciben los niños “sobrecarga” su sistema inmunitario, dañándolos (lo cual es absurdo: el sistema inmunitario de niños y adultos está continuamente respondiendo a infecciones nuevas y controlándolas, sin sufrir ningún daño).

Lo peor, afirma con razón Raff en su escrito, que por fortuna circula ampliamente por la red, es el argumento más infame al que recurren los antivacunacionistas: que como padres, tienen el “derecho” a no vacunar a sus hijos. En realidad es una actitud irresponsable. Las vacunas no protegen al 100% de la población; por tanto, gran parte de su efectividad depende de la “inmunidad de grupo” (herd immunity): si todos a nuestro alrededor están vacunados, no habrá portadores que infecten a aquellos que no logren desarrollar inmunidad. Esto incluye también a quienes por alguna razón (como ser alérgicos) no pueden recibir vacunas, o a quienes padecen alguna forma de inmunodeficiencia.

No vacunarse no es sólo una gran estupidez y una conducta suicida: es una irresponsabilidad que daña a la sociedad. Los recientes brotes de sarampión en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá, donde el movimiento antivacunas ha cobrado fuerza, son la mejor demostración. Como tantos otros mitos anticientíficos, lo mejor que podemos hacer es informarnos y combatirlos con decisión.

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miércoles, 9 de abril de 2014

Ciencia tuitera

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de abril  de 2014


Vivimos la era de las redes sociales. Bueno, al menos el porcentaje de mexicanos –y de la población mundial– que tiene acceso a internet (aproximadamente 40%, en ambos casos) y a los artilugios (gadgets, en spanglish) que permiten participar en ellas: computadoras, celulares inteligentes, tabletas.

Twitter y Facebook son las dos principales redes sociales, y están cambiando nuestras existencia, desde la vida social hasta el funcionamiento de las democracias. Su importancia no la pueden negar ni siquiera quienes se resisten a engancharse en ellas. Desde la fiesta a la que no asistimos porque la invitación ya no se envió por email, sino por Facebook, hasta la organización de movimientos sociales y hasta revoluciones a través de Twitter (primavera árabe, #yosoy132, Venezuela o Ucrania, actualmente…), es claro que hoy son componentes clave de la vida social.

Por eso, urge entender mejor cómo ejercen esa influencia, cómo funcionan, cómo se pueden usar mejor. Y a eso se están ya dedicando científicos y estudiosos de áreas tan distintas como las ciencias de la comunicación, los estudios sociopolíticos, las matemáticas, la computación y la naciente “ciencia de redes” (que, por cierto, estudia no sólo las redes sociales, sino las que existen en todo tipo de sistemas).

En febrero pasado Milenio Diario y otros medios informaron que el Pew Research Center, una organización no gubernamental de Washington dedicada a proporcionar información y análisis políticamente neutro sobre cuestiones sociales y de opinión pública, dio a conocer un reporte con los resultados de un estudio que llevó a cabo analizando varios miles de conversaciones en Twitter: “millones de tuits, retuits, etiquetas y respuestas que conforman la columna vertebral de los diálogos” en esta red social. Para ello usó una herramienta computacional llamada NodeXL –en realidad, un add-on para la hoja de cálculo Excel que le permite obtener, analizar y visualizar datos provenientes de las redes sociales–, desarrollada por la Social Media Research Foundation (otra ONG dedicada a desarrollar instrumentos para estudiar los medios de comunicación sociales en internet), que construye mapas de las conexiones entre los participantes en las discusiones.

Como resultado del estudio, se halló que todas las conversaciones estudiadas caen en una de seis categorías: 1) multitudes polarizadas, en que dos o más grupos discuten sobre un mismo tema polémico pero desde visiones radicalmente distintas, no se comunican entre sí y recurren a distintas fuentes (¿dónde he visto eso?); 2) multitudes aglutinadas, que se comunican entre sí y comparten un interés y un mismo punto de vista; 3) grupos de marca, que aunque pueden ser muy grandes, están formados por múltiples pequeñas conversaciones distintas entre sí sobre un mismo tema (frecuentemente una marca comercial o una celebridad), sin mucho contacto entre ellas; 4) grupos comunitarios, de tamaño mediano, en que varias pequeñas conversaciones sobre un tema establecen comunicación entre sí; 5) redes de difusión, en que una fuente emite mensajes que son retuiteados por muchos tuiteros, sin que se comuniquen entre sí, y 6) redes de soporte, en que un usuario –típicamente una compañía o dependencia gubernamental– responde a quejas y consultas de usuarios que no se comunican entre ellos. Los dos últimos tipos de conversaciones tienen estructura de “rueda de carreta”, con un nodo central y muchos rayos.

El estudio no pretende ser definitivo, y ni siquiera representativo. Los investigadores, encabezados por Lee Rainie, simplemente tomaron una muestra de lo que ocurre en Twitter y la estudiaron. Otros podrán encontrar otros tipos de conversación, pero este estudio inicial muestra que al menos existen seis “arquetipos”, además de demostrar la utilidad de la herramienta.

¿Cuál es la utilidad de estos estudios? Tomemos en cuenta que Twitter tiene 141 millones de usuarios mundiales, que envían 50 mil millones de tuits diariamente. En México, representan aproximadamente el 10% de la población (11.7 millones de usuarios en 2012). Entender cómo funciona puede servir, por ejemplo, para que sus grandes usuarios, como compañías y gobiernos –pero también grupos ciudadanos– sepan qué está pasando con las conversaciones que inician, y quizá tomen medidas para tratar de que, por ejemplo, una conversación polarizada se transforme en unificada, o que una comunicación unidireccional se convierta en un verdadero diálogo.

Y los análisis como éste son sólo el comienzo: “es un trabajo exclusivamente observacional… como el de los exploradores en los siglos XVII y XIX, cuando hacían mapas de tierras inexploradas”, afirma Rainie.

Será apasionante ir conociendo las sorpresas que nos deparan estos nuevos y desconocidos continentes que ya, sin darnos cuenta, habitamos. Y usted, ¿en qué tipo de conversaciones tuiteras participa?

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miércoles, 2 de abril de 2014

La seudociencia nos invade

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de abril  de 2014

Ayer se celebró en los Estados Unidos el día de April’s fools (“tontos de abril”), equivalente a nuestro día de los inocentes (28 de diciembre), en que los medios acostumbran publicar noticias falsas y graciosas. Lo que está va usted a punto de leer NO es una broma de esas.

1. Gravedad repulsiva. Una sociedad estudiantil de astrónomos aficionados, que organizan periódicamente eventos de divulgación científica, anunció para el 20 de marzo una conferencia en la que se presentaría una teoría “que modifica la ley de la gravitación universal”. El ponente, Alejandro Gallardo, es un tesista de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, cuyo examen profesional estaba próximo a realizarse.

El cartel anunciaba que la teoría, “de comprobarse experimentalmente, provocaría un impulso en la ingeniería automotriz, aeronáutica y aeroespacial, además del primer premio Nobel de física para la UNAM, para México y para Latinoamérica” (sic.). La “noticia” llegó a aparecer en algunos diarios.

La tesis de Gallardo, disponible en internet, afirma exactamente lo mismo. Su propuesta se basa en añadir un término correspondiente a la energía cinética rotacional a las ecuaciones usadas para calcular la gravedad. Eso, según él, bastaría para “corregir” a Einstein (afirmar que Einstein estaba equivocado y que ellos tienen una teoría mejor que la de la relatividad es una marca común de los charlatanes). Y, siempre según Gallardo, la “antigravedad” se puede generar simplemente usando discos que giren a gran velocidad, con lo que se podrían fabricar autos voladores (¡en serio!)  y ganar fama mundial.

Varios científicos y divulgadores comenzaron a discutir en Facebook lo absurdo de la propuesta. Algunos expertos, luego de examinar la tesis, comentaron que era incoherente. Astrónomos del Instituto de Astronomía de la UNAM, que según Gallardo habían revisado su propuesta, negaron tal cosa. La asociación estudiantil decidió, sabiamente, cancelar la conferencia, pero el escándalo ya no podía pararse. La discusión en Facebook alcanzó tal grado que el examen profesional de Gallardo (quien en su propia página de Facebook llegó a amenazar al director de un instituto de investigación de la UNAM de que, cuando estuviera recibiendo el Nobel en Estocolmo, lo haría “tragarse todas y cada una de sus palabras”) fue suspendido. Esperamos que permanentemente.

¿Fin de la historia? Quién sabe. Preocupa que, de no haberse desatado el escándalo, hoy habría una persona con serios problemas psiquiátricos ostentando un título de ingeniero por la UNAM. Pero quizá lo más injusto es que un director de tesis y un jurado hayan permitido que el asunto llegara tan lejos.

2. Mamas contra el sida. El 24 de marzo, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) difundió un boletín sobre la presentación, en la librería Gandhi, del libro Madre Naturaleza y sida: eyaculación láctea de mamas. Medicina para el siglo XXI, de una tal Marcín Atram (¿Marta al revés?), presentada en la solapa como “investigadora autodidacta, pintora abstracta/matérica, productora y escritora”.

En el libro plantea que, a través de un sistema de trabajo basado “en las teorías del caos, selección natural eléctricas del universo” (sic.), ha descubierto que “el sida es una enfermedad ambiental radiactiva emergente” y que el VIH es “un microorganismo que se alimentó de residuos nucleares” y “una especie de reactor nuclear de fusión-fisión, […] la madre naturaleza construyó con ingenio un virus que funciona como un dispositivo o bala atómica, que permite provocar reacciones celulares en cadena”. Y propone que “a través de la producción de moléculas derivadas de mamas humanas” se podrá hallar la cura para este “mensaje” que “la madre naturaleza” dirige “al mundo civilizado del siglo XXI y a todos sus fundamentos científicos y tecnológicos”.

El libro consta de una serie de párrafos igualmente inconexos e incoherentes, que parecen producto de una mente muy confusa. Lo grave es que en la presentación (a la que, según me dijo un empleado de la librería, “casi no acudió nadie, puros parientes de la señora”) participó Emilio Cárdenas Elorduy, director de Fomento Cultural de la delegación Miguel Hidalgo, dándole relevancia al evento. Grave es también que el boletín fuera difundido por el CONACULTA y posteriormente por Notimex, lo que llevó a que fuera reproducido en numerosos medios.

La ciencia debería ser parte de la cultura. Pero CONACULTA –que ante la discusión que también en este caso se desató en internet ante el desatinado boletín, decidió eliminarlo de su página– no parece estar enterado.

3. Fotosíntesis humana. Tercer strike: el 20 de marzo apareció en varios medios la noticia de que un “científico mexicano”, el Dr. Arturo Solís Herrera, que se ostenta como “médico cirujano por la Escuela Superior de Medicina del IPN, oftamólogo por la UNAM y neuro-oftalmólogo por el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía”, había logrado patentar, en Rusia, “una batería “infinita” capaz de generar electricidad a partir del agua y la melanina” (el pigmento que da color a la piel y los ojos).

Solís tiene años afirmando que la melanina, además de permitir producir sus pilas que prometen energía ilimitada –lo cual violaría las leyes de la termodinámica– permite a los seres humanos ¡realizar la fotosíntesis! (“La melanina es la clorofila humana”, dice.)

Nuevamente, lo malo, además de que haya periodistas que crean en tales tonterías y las difundan, es que el gobierno de Aguascalientes llegó a comprar dichas baterías para iluminar una plaza (al parecer, hoy a oscuras). Y se asegura que el Conacyt llegó a financiarlo, mediante un proyecto de investigación, con 3.4 millones de pesos (proyecto AVANCE C2005-228).

No hay duda: la seudociencia y la charlatanería nos invaden. Y la cultura científica brilla por su ausencia. Este año fue marzo, no abril, el mes de los tontos en México.

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miércoles, 26 de marzo de 2014

Nanotecnología y promesas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de marzo  de 2014

Scientific American,
noviembre 1992:
promesas de la nanotecnología
En 1959, el futuro premio Nobel de física Richard Feynman –uno de los científicos más geniales y simpáticos de las últimas décadas– propuso, en una conferencia titulada “En el fondo hay espacio de sobra” (There's plenty of room at the bottom) que un día se podrían manipular directamente los átomos para construir cosas con ellos.

Inspiró así el sueño de desarrollar no sólo nanomateriales (materiales con características morfológicas con dimensiones de entre uno y cien nanómetros: millonésimas de milímetro), sino nanomáquinas y nanorrobots.

En 1986 el también físico Eric Drexler publicó un libro donde postulaba que podrían llegar a construirse nanorrobots capaces de autocopiarse. Con eso se desató, por un lado, el furor por la nanotecnología, que ha engolosinado a los “nanotecnólogos” durante casi tres décadas, pero también el temor a que los nanorrobots autorreplicables pudieran salirse de control y convertirse en una “plaga gris” (grey goo) que acabaría devorando toda la vida en la Tierra.

La manipulación nanométrica es atractiva porque a esa escala muchos materiales presentan propiedades novedosas. Por otro lado, la existencia de máquinas y autómatas nanométricos abriría posibilidades tecnológicas e industriales insospechadas, y permitiría tener tratamientos médicos revolucionarios, como robots que recorrieran por dentro nuestras venas y disolvieran los coágulos de grasa o eliminaran tumores sin dañar al paciente.

Sin embargo, luego de todo este tiempo, y a pesar de varios desarrollos muy llamativos como el microscopio de efecto túnel, que permite visualizar átomos y también moverlos, y la construcción de engranes e incluso pequeños motores a escala nanométrica, los logros prácticos de la nanotecnología han sido limitados. Se concretan a la llamada “nanotecnología de primera generación”: nanoestructuras pasivas; simples materiales. Cosméticos que protegen contra la radiación solar, vendajes con nanopartículas de plata que aceleran la curación, recubrimientos para refrigeradores o llaves del baño que combaten las bacterias, tratamientos para jeans o calcetines que los hacen más durables y frescos. (La genial tecno-artista Laurie Anderson ha propuesto sarcásticamente que un día habrá “nanorrobots que recorrerán tu cabello y arreglarán la orzuela” [nanorobots that will crawl up your hair and repair the split ends].)

La llegada de la segunda generación (nanoestructuras activas, como motores o máquinas simples), la tercera (sistemas de nanosistemas) o la cuarta (auténticas máquinas moleculares complejas, como sería un nanorrobot autónomo) parecen estar en un futuro lejano.

Por eso llamó mi atención una noticia que la semana pasada recibió mucha –y merecida– publicidad: la obtención, por científicos de la UNAM, de “nanotubos y nanoesferas basados en proteínas virales”.

Estos materiales, producto del trabajo de un equipo multidisciplinario
encabezado por Laura Palomares y Octavio Ramírez, de los Institutos de Biotecnología y de Ciencias Físicas de la Máxima Casa de Estudios, ambos en el Campus Morelos, podrían “aplicarse en la formación de circuitos electrónicos para celulares y computadoras”, según el boletín emitido por la institución.

Lo interesante es, precisamente, que en vez de tratar de “construir” sus materiales (similares a las buckybolas y nanotubos de carbono que merecieron a sus creadores el Nobel de física en 1996) átomo por átomo, como proponía Feynman, o mediante procesos fisicoquímicos, los investigadores de la UNAM utilizaron partículas que fueron diseñadas por la evolución a través de millones de años para formar parte de nanorrobots que ya funcionan: los virus. En particular, la proteína VP6, que forma parte de la cápside, o cubierta externa, geométrica, del rotavirus.

En efecto: la selección natural ha producido infinidad de máquinas moleculares que forma parte de nuestras células –y de los virus– y que cumplen con precisión funciones con las que los nanotecnólogos hoy sólo sueñan. Máquinas giratorias que transforman una sustancia en otra, robots que caminan sobre rieles transportando con precisión sustancias; rieles que se autoensamblan cuando se necesitan y luego desaparecen. La variedad es inmensa.

La moderna biología molecular nos da hoy la posibilidad de manipular los genes que controlan la producción de estas nanomáquinas y sus componentes. De modo que, como lo han hecho los investigadores mexicanos, utilizar la ingeniería genética para hacer nanotecnología es, probablemente, lo más lógico. No sólo es más rápido y eficaz usar componentes ya diseñados y probados por la evolución, que no se tienen que “fabricar” sino que se “cultivan”, sino que además, alterando los genes mismos, se podrán modificar para adaptarlos a nuestras necesidades.

(En cuanto a las amenazas de la nanotecnología, hasta el momento se limitan a que muchos materiales nanotecnológicos pueden causar daño a los pulmones si se inhalan. Básicamente, nada más.)

Probablemente ni Feynman ni Drexler hubieran previsto que la nanotecnología con la que soñaron acabaría siendo, al final, biotecnología.

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miércoles, 19 de marzo de 2014

Las infladas ondas del big bang

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de marzo  de 2014

La expansión del universo,
comenzando por el big bang
seguido del periodo de inflación
En un episodio de la serie satírica Padre de Familia (Family Guy) aparece una versión de Cosmos “adaptada para rednecks” (la derecha rústica estadounidense): cada vez que Carl Sagan menciona el big bang (“la explosión que dio origen al cosmos”), se le superpone una voz que dice “¡Dioooos!” (la burla ya circula, en versión actualizada con Neil DeGrasse Tyson, en YouTube).

Y es que, a primera vista, la hipótesis de un creador todopoderoso que hizo el universo en seis días (al séptimo descansó) parece tan buena, o tan descabellada, como la de una “gran explosión” que, a partir de la nada, dio origen al espacio, el tiempo, la energía y la materia. (Los creyentes religiosos se aferran a este argumento para sostener, un tanto desesperadamente, que la creación divina sigue siendo una hipótesis tan válida como el big bang.)

Pero sólo a primera vista: examinándolas más de cerca hay grandes diferencias entre ambas versiones. Una es de carácter lógico: ¿qué es más sencillo, postular la existencia de un dios creador que surgió él mismo a partir de la nada (o bien, que ha existido por siempre), o ahorrarnos un paso y aceptar la creación de todo a partir de esa “singularidad” que llamamos big bang? Como explica Richard Dawkins en su esclarecedor libro El espejismo de Dios, la primera opción requiere creer en algo mucho más complejo e improbable: una deidad todopoderosa y eterna. Recurriendo a la “navaja de Occam”, principio que aconseja, en igualdad de circunstancias, preferir la explicación más sencilla, la hipótesis divina sale perdiendo.

Pero, en segundo lugar, y más importante, del big bang sí tenemos evidencia. La primera fue la observación, por Edwin Hubble en 1922, de que el universo se está expandiendo. Extrapolando de estos datos, en algún momento todo el universo debió estar en un punto, antes de “explotar” y comenzar a expandirse: el big bang. Luego, en 1964, Arno Penzias y Robert Wilson, usando un rudimentario radiotelescopio, detectaron la “radiación de fondo”, extendida por todo el universo, que es la huella fósil del big bang (tal como había sido predicho teóricamente en 1948 por Ralph Alpher y Robert Herman). Hoy las pruebas de la existencia del big bang son ya irrebatibles.

La gráfica de polarización,
mostrando los "torbellinos"
causados por las
ondas gravitacionales
¿Cuál es la importancia, entonces, del hallazgo reportado el lunes pasado en Milenio –y en toda la prensa mundial–, acerca de la detección de “las ondas de gravedad que recorrieron el espacio justo después del big bang”? Bueno: que confirman una teoría más detallada del origen del universo: la de que en la primera milquintillonésima de segundo después de la gran explosión inicial, el universo entró en un aceleradísimo proceso de expansión, conocido como “inflación”, que lo hizo aumentar de tamaño un trillón de veces en un instante.

La idea de la inflación, propuesta por Alan Guth en 1979, era sólo teórica… hasta ahora. De hecho, hay un centenar de variaciones de ella; los datos obtenidos por el equipo de astrofísicos del proyecto BICEP2 (por las siglas en inglés de “visualización de [radiación de] fondo de polarización cósmica extragaláctica”), encabezado por John Kovac, del Centro Harvard-Smithsoniano de Astrofísica, en Cambridge, Massachusetts, permitirán desechar muchas de ellas, para concentrarse en las que se ajustan mejor a los nuevos datos.

Van Gogh: Noche estrellada
Lo que Kovac y su equipo hicieron fue detectar las “ondas de choque” que el proceso de inflación causó en la radiación de fondo del big bang: una especie de huella digital que permite estudiar qué pasó en esos primeros instantes del universo. Su estudio se basa en el descubrimiento de que la radiación de fondo está polarizada: vibra en una dirección, no en todas. Las ondas gravitacionales producidas por la inflación habrían alterado la dirección de esta vibración. Tras tres años de observación del cosmos con detectores especiales ubicados en el polo sur, y uno año extra de análisis para confirmar sus resultados, el equipo de Kovac presentó el lunes sus resultados, que se aprecian como unos bellos remolinos en la dirección de la polarización del fondo celestial de radiación cósmica. Van Gogh habría estado encantado.

Las implicaciones del descubrimiento para la cosmología –si se confirma: aún no es definitivo, pero pronto se tendrán más datos de otros proyectos de observación– son tremendas: se podrá avanzar en el desarrollo de teorías sobre la naturaleza del espaciotiempo y su origen. E, incluso, puesto que el big bang es predicho por la teoría de la relatividad, pero la inflación fue predicha por la mecánica cuántica, el descubrimiento de Kovac y su equipo podría acercarnos a la deseada unificación de éstas, las dos principales teorías de la física: sabemos que ambas son correctas, pero por alguna razón se han rehusado a combinarse en una gran “teoría de todo”.

Así que, religión aparte, ¡salud por las ondas de gravedad y el big bang inflacionario!

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Cosmos de nuevo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de marzo  de 2014

Si los niños de los 90 fueron la generación Beakman, la de adolescentes de los 80 fuimos la generación Cosmos.

Sí: me atrevo a comparar la obra maestra del astrónomo y magistral divulgador científico Carl Sagan (1934-1996), estrenada en México en 1982, con el alocado programa infantil protagonizado por Paul Zaloom, que pasó aquí entre 1994 y 2002, porque a pesar de ser completamente diferentes y estar dirigidos a públicos muy distintos, comparten una característica: inspiraron, cada uno, a toda una generación. Nos acercaron a la ciencia, nos mostraron su valor (en dos estilos totalmente contrastantes, eso sí) e inspiraron un sinnúmero de vocaciones científicas. (Y lo mismo podría decirse de los documentales de Jacques Cousteau, una generación antes…)

Cosmos fue producido por el sistema de televisión pública de Estados Unidos (PBS), y se convirtió en todo un fenómeno mundial. Como dijo Álvaro Cueva ayer en Milenio Diario, la serie “cambió la historia de la televisión”. Demostró que, contra lo que muchos decían (y algunos obtusos siguen diciendo), la ciencia puede no sólo vender en TV, sino ser todo un éxito.

Álvaro describe cómo corría al salir de los boy scouts para llegar a ver el programa. Yo discutía con mis padres para que nos saliéramos de los eventos familiares para llegar a tiempo a lo que ellos, que no acababan de entender, consideraban sólo “ver la tele”.

No voy a describir tantas cosas valiosas que tenía la serie (y el libro que la acompañó, que sigue siendo una deliciosa lectura). Sólo diré que concuerdo con Susana Moscatel, en Milenio del lunes, cuando considera que su éxito se debió a que generó “una fascinación por los temas científicos para los que no tenemos la menor idea al respecto”. Y con Álvaro, para quien Sagan, “a diferencia de la mayoría de los promotores culturales que salían en la tele, era claro, transmitía emociones, nos contagiaba de su amor por la ciencia y nos dejaba con la boca abierta”.

¿Y qué hay de la nueva serie? Que tiene mucho más presupuesto. Que presentará el conocimiento científico actualizado con lo que se ha descubierto en los 34 años que han pasado desde su estreno, en 1980. Que cuenta con mucho mejores, deslumbrantes, efectos. Que está hecha con amor –el primer capítulo incluye un sentido homenaje a Sagan–, porque en el equipo que la desarrolló está Ann Druyan, su viuda y colaboradora, y la conduce nada menos que Neil DeGrasse Tyson, astrofísico, director del Planetario Hayden (esa esfera maravillosa dentro de un cubo de cristal que está junto al Museo de Historia Natural de Nueva York), uno de los más activos divulgadores de la ciencia en la actualidad y un auténtico heredero del entusiasmo y el amor por compartir el conocimiento que tenía Sagan (además de ser mundialmente famoso, aunque muchos no sepan quién es, por el meme que reproduce su imagen diciendo “ay sí, ay sí…”). La voz de Tyson, mucho más profunda y resonante que la de Sagan, es otra ventaja. Además, en el equipo participa también, lo que sorprende a muchos, Seth McFarlane, el irreverente creador de la serie de caricaturas Padre de familia (Family Guy) y de la película Ted.

Después de ver (en YouTube, en versión pirata que fue prontamente bajada de la red) el primer capítulo de la nueva serie, puedo decir que, efectivamente, se ve fenomenal. Aunque, como fan de la original, me quedan faltando algunas cosas. Me falta la música de Vangelis, que hoy podría sonar anticuada, pero que no fue sustituida por algo igual de fantástico. Me faltan las excelentes dramatizaciones de los episodios históricos que hoy, con más presupuesto y recursos técnicos, fueron sustituidas por animaciones. Me encanta la nueva “nave de la imaginación” de Tyson, pero extraño la belleza etérea de la semilla de diente de león de la de Sagan.

Pero, sobre todo, extrañé, al menos en este primer capítulo, la poesía que formó siempre parte de los textos y la prosa de Carl Sagan; la nueva serie puede ser más emocionante y sin duda igual de profunda y asombrosa, pero creo que apuesta más por mostrar lo espectacular del universo que por la belleza que la ciencia nos revela. Quizá sea una buena decisión para atraer a las nuevas generaciones, no sé. Ya veremos. El subtítulo del Cosmos original era “Un viaje personal”; el de la nueva, “Una odisea espaciotemporal”. Quizá ahí está la explicación.

Como dice Susana, “el legado de Carl Sagan que se puede traducir en una sola palabra: conocimiento”. Pero, como aclara Álvaro, “aquello no era una clase de introducción a la universidad, era un espectáculo, como ir al cine, pero no, era diferente, poético, didáctico. ¡Genial!”. Concuerdo completamente con ellos. Para mí, igual que para Álvaro, Cosmos era “mi” Cosmos. No dudo que la nueva versión, que definitivamente me encantó, llegará a ser tan querida para mí, y para miles, como la original. ¡Disfrutémosla!

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