miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ciencia pirata

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 17 de diciembre  de 2014

La imagen de la ciencia que nos venden en la televisión y otros medios de comunicación, así como en la escuela, es de una simplicidad engañosa. Parecería que todo lo que se necesita para hacer ciencia es tener curiosidad, cierta inteligencia, plantearse algún problema y aplicar un inflexible “método científico” (observación, hipótesis, experimentación, análisis, conclusión…). La realidad es bastante más complicada.

Y es que el conocimiento científico no es algo que simplemente se “descubra” y que, si está apoyado en evidencia sólida, quede “demostrado” de una vez por todas (o al menos hasta que algún avance nos haga cambiarlo por algo mejor). El conocimiento sobre la naturaleza producto de la investigación científica es algo que se construye: tiene, efectivamente, que estar apoyado en datos provenientes de observaciones y experimentos, y de cadenas de razonamiento lógico. Pero además tiene que haber pasado por un cuidadoso proceso de revisión, crítica y evaluación por parte de otros investigadores, para generar un consenso entre expertos que lo valide. En ausencia de ese consenso, ninguna conclusión obtenida por un investigador, por apoyada que parezca estar en sus datos, puede considerarse realmente válida.

El mecanismo de “revisión por pares” (o colegas), que va desde los comentarios dentro de un grupo de investigación hasta las intensas discusiones en seminarios y congresos, culmina con el envío de un artículo a alguna revista científica, que antes de aceptarlo y publicarlo lo somete a la despiadada revisión de varios árbitros expertos en el tema. Es por eso que una investigación que no ha sido aún publicada no puede considerarse plenamente como ciencia legítima, pues no ha pasado aún por este riguroso control de calidad. (Y por supuesto, la cosa no termina ahí: siempre hay posibilidad de hallar defectos, errores u omisiones posteriormente a la publicación del trabajo, que normalmente entonces se corrige o incluso, si el problema es irremediable, puede ser retirado. Lo mismo ocurre si se detecta un fraude científico: que el investigador haya publicado datos falsos.)

A su vez, este sistema permite que los científicos vean evaluado su trabajo con base en el número de artículos que publican, la calidad de las revistas donde son publicados, y la cantidad de veces que dichos trabajos son citados en las publicaciones de otros investigadores. Las calidad de las revistas científicas, a su vez, es evaluada mediante “factores de impacto” que reflejan el número de artículos publicados en ellas que reciben un alto número de citas.

A lo largo de los años, se ha desarrollado una estructura internacional que recopila toda la información que mantiene funcionando este sistema de publicación y evaluación; en particular el Institute for Scientific Information (ISI, Instituto para la Información Científica, hoy parte del grupo de editorial Thomson Reuters), fundado en 1960 por Eugene Garfield, y su voluminosa publicación anual Science Citation Index (Índice de citas científicas, hoy en internet), que permite a todo científico consultar el número de citas que reciben, se convirtieron –a pesar de muchas y bien fundadas críticas– en el estándar para evaluar el trabajo científico.

Hoy ese sistema se ve amenazado.

Ya hemos comentado en este espacio el surgimiento de falsas revistas científicas, que aceptan artículos y los publican sin someterlos a evaluación, pero simulando que lo hacen (y que llegan al extremo de incluir los nombres de científicos famosos en sus inexistentes “comités editoriales”). Estas “revistas depredatorias” son difíciles de detectar –aunque hay ya blogs que se dedican a recopilar y exponer sus nombres y direcciones, para prevenir a incautos– y distorsionan el sistema de control de calidad y evaluación de los científicos.

Pues bien: recientemente se descubrió la existencia de una institución fraudulenta que se hace llamar “Institute for Science Information”, que no tiene nada que ver con el ISI, y cuya dirección web, con evidente mala fe, incluso incluye las palabras “Thomson Reuters”, sin tener nada que ver con esta compañía. Su objetivo: proporcionar a revistas de poca monta, o de plano fraudulentas, “factores de impacto” similares a los que otorga el ISI, para ayudarlas a simular que se trata de revistas serias.

Fraudes científicos, artículos tramposos, revistas falsas y ahora entidades evaluadoras pirata. Si la ciencia mundial quiere mantener su calidad, tendrá que reforzar sus mecanismo de vigilancia y control. De otro modo, pronto podríamos estar inundados de ciencia-basura.

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miércoles, 10 de diciembre de 2014

El secreto de la vida… otra vez

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de diciembre  de 2014

¿Qué es explicar? Un querido y admirado amigo, el biólogo, filósofo e historiador de la ciencia (además de poeta) Carlos López Beltrán, dijo una vez que una explicación es “algo que nos deja satisfechos”. (“Epistémicamente satisfechos”, dirían sus colegas filósofos; una explicación es lo que satisface nuestro apetito por entender.)

Habría que definir entonces qué es entender. Y notar que el significado de “entender” depende del punto de vista del entendedor. Un caso concreto en que se observa esto es cuando se oye hablar a un físico sobre la biología. Las explicaciones bioquímicas, anatómico-fisiológicas o evolucionistas que para un biólogo resultan perfectamente útiles y satisfactorias, para un físico pueden resultar meras formas de ponerle nombre a algo que sigue sin ser entendido “a fondo”. Y es que para un físico, “a fondo” significa a nivel de leyes, partículas y fuerzas fundamentales de la naturaleza.

Pues bien: el año pasado un joven físico del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Jeremy England, hizo una propuesta teórica (retomada y comentada hace unos días en la revista Business insider) para explicar “el secreto de la vida”: la razón detrás de la sorprendente tendencia de los organismos vivos para, a diferencia de lo que ocurre con el resto de la materia, formar estructuras organizadas y hacer copias de éstas. En algún momento la respuesta a este enigma fue una misteriosa “fuerza vital”; hoy proviene de la fisicoquímica.

La pregunta surge del hecho, bien conocido desde hace tiempo, de que los sistemas vivos parecen violar la segunda ley de la termodinámica, una de las leyes fundamentales del universo, que en esencia dice que en todo proceso el desorden de un sistema tiende a aumentar (en términos técnicos, que la entropía, propiedad fisicoquímica de los sistemas que indica qué tan dispersas están la energía y la materia, se incrementa siempre). Esto explica, entre otras cosas, la “flecha del tiempo”: el hecho de que tantos procesos ocurran espontáneamente en una dirección, pero no en la otra (el café se enfría, el escritorio se desordena, las cosas se rompen… nunca lo contrario).

A su vez, la segunda ley se explica porque, para un sistema dado, existen muchas más maneras distintas de estar desordenado que de estar ordenado. Por ello, es mucho más probable que al cambiar se desordene. En el fondo, el aumento de la entropía es una propiedad estadística.

¿Cómo es, entonces, que los seres vivos toman constantemente materia y energía de sus alrededores y las convierten en estructuras más ordenadas, al crecer y al reproducirse, formando copias de sí mismos? La respuesta estándar es que disminuyen su entropía al costo de aumentar la de sus alrededores. Pero no es una respuesta precisa, cuantitativa, como les gusta a los físicos. El problema es que la segunda ley sólo se aplica a sistemas cerrados –de los que no entra ni sale energía ni materia– y en equilibrio. Los seres vivos no son ni lo uno ni lo otro. Durante décadas, las ecuaciones de la termodinámica no se lograron aplicar a sistemas así.

En los años sesenta el fisicoquímico (y vizconde) ruso-belga Ilya Prigogine, que en 1977 recibiría el premio Nobel de química por su trabajo, avanzó en explicar la termodinámica de sistemas abiertos y ligeramente alejados del equilibrio, en los que hay una entrada modesta de energía, como ciertos remolinos que se observan en líquidos calentados. Pero no fue sino hasta finales de los noventa que se logró entender mejor qué ocurre en sistemas abiertos muy alejados del equilibrio (como son las plantas que captan la intensa energía del sol, y en general los seres vivos).

Jeremy England
Lo que hace England en su propuesta, publicada en la revista Journal of chemical physics, es aplicar estos últimos desarrollos para proponer un modelo matemático abstracto y general –aplicable a cualquier sistema, no sólo a seres vivos– de un sistema abierto lejos del equilibrio, que recibe energía y puede disiparla en el ambiente por medio de su propia replicación (reproducción; “hacer copias de uno mismo es una gran forma de disipar energía”, explica England). A partir de ello, calcula el límite teórico mínimo de la cantidad de energía que un sistema debería disipar al replicarse.

La propuesta de England implica que la razón fundamental detrás de la evolución y la vida sería la tendencia de la materia a formar sistemas que disipen energía cada vez más eficientemente en el ambiente. En sus propias palabras, “si empiezas con un montón de átomos al azar y lo iluminas durante el tiempo suficiente, no debería sorprenderte que obtengas una planta”. Se trataría de un proceso físico necesario, no una extraña casualidad cósmicamente improbable.

Las ideas de England son novedosas e importantes, porque ayudan a establecer “las limitaciones físicas generales que obedece la selección natural en sistemas fuera del equilibro”, como escribe en su artículo. También podrían ayudar a entender ciertos fenómenos biológicos que la evolución no explica completamente, además de poderse aplicar a otros sistemas no vivos que también presentan autoorganización y replicación, como cristales, remolinos y ciertas reacciones químicas. Asimismo, de ser confirmadas, harían que la posibilidad de hallar vida en otros mundos aumentara drásticamente, pues se trataría ya no de una serie de afortunadas coincidencias, sino de un fenómeno casi necesario.

Aunque debo confesar que, en lo personal, me llama un poco la atención la manera en que los físicos la comentan. “Me hace pensar que la distinción entre materia viva e inanimada no es tan tajante”, afirma uno (aunque cualquiera que sepa un poco de fisicoquímica y evolución molecular lo hallaría obvio); otro dice, con cierta condescendencia, frecuente en los físicos cuando se dirigen a biólogos, “Podría liberar a los biólogos de buscar explicaciones darwinianas para cada adaptación y permitirles pensar en forma más general”.

No cabe duda: lo que para unos es una explicación satisfactoria, para otros no lo es. Lo que ya sabíamos es que los seres vivos no necesitan violar las leyes físicas del universo para existir. Lo que estamos descubriendo es cómo: logran vivir disipando energía de manera cada vez más eficiente.

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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Crisis institucional

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de diciembre  de 2014

México vive tiempos de crisis que nos deberían preocupar. Si permitimos que continúe y crezca, el deterioro en nuestras instituciones podría convertirse en una amenaza para todos.

Y no: no hablo de crisis política, sino académica: me refiero al muy preocupante avance de las seudociencias médicas dentro de las más importantes instituciones académicas y de salud en nuestro país.

Quizá haya usted escuchado en radio la machacona campaña del gobierno federal en que anuncia con orgullo, entre otros logros, la inauguración del Hospital Nacional Homeopático. ¿Cómo? Sí: a pesar de su probada inutilidad terapéutica, confirmada en estudio tras estudio a nivel mundial, México tiene un hospital dedicado a una de las más populares seudomedicinas.

Se trata de una historia larga: el Hospital Nacional Homeopático fue inaugurado en 1893 por Don Porfirio Díaz. Eran días en que la homeopatía, inventada por Samuel Hahnemann alrededor de 1810, estaba de moda en el mundo. Al parecer, Díaz padecía de “una fístula en la fosa ilíaca derecha” que pudo ser curada por el homeópata mexicano Joaquín Segura y Pesado, quien aprovechó el apoyo presidencial para conseguir la construcción del hospital, proyecto con el que él y otros homeópatas habían soñado por años.

Se entiende en el contexto de principios del siglo pasado. Pero es grave pensar que todavía en pleno siglo XXI, y ante los avances de las ciencias biomédicas, tan bien representadas en muchos de los Institutos Nacionales de Salud, México siga desperdiciando dinero en un hospital que mezcla la medicina científica con una charlatanería que, como han reconocido las autoridades de salud de muchos países, entre ellos la Gran Bretaña, carece de valor terapéutico más allá del efecto placebo (es decir, nada).

Pero las vergüenzas van más allá de la Secretaría de Salud: El Instituto Politécnico Nacional cuenta, también desde tiempos porfirianos, con una Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía, que se fundó en 1890 “para tener un sustento sólido de la enseñanza de la homeopatía, ya que frecuentemente era atacada”, y que hasta hoy sigue mezclando, con riesgo de causar esquizofrenia en los estudiantes, la enseñanza de la medicina científica, basada en evidencias, con las creencias homeopáticas que, como usted sabe, se basan no sólo en el principio de “lo semejante cura lo semejante”, sino también en la dilución de las sustancias “curativas” a un grado que muchas veces garantiza que no quede ni una sola molécula en la solución final, para “liberar” y potenciar sus “energías curativas”… Si la homeopatía fuera real, tendríamos que abandonar todo lo que sabemos de química.

Y ni siguiera mi alma máter, la Universidad Nacional Autónoma de México, se libra: el revelador blog La lista de la vergüenza (capítulo México) publica que la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia incluye en su plan de estudios la materia “Terapéutica para el cuidado holístico”, que incluye seudomedicinas como la digitopuntura y el “reiky” (sic), mientras que otras materias incluyen homeopatía, reflexología podal y, en “Coloquios” organizados regularmente, auriculoterapia, acupuntura, tai chi, musicoterapia, aromaterapia, flores de Bach y jugoterapia. Como se ve, todo un abanico de charlatanerías médicas, que se presenta a los estudiantes como si tuvieran algún fundamento o utilidad.

Preocupa que el sistema de salud mexicano y las principales instituciones educativas del país mezclen este tipo de seudociencias con el conocimiento científico auténtico en materia de salud. Preocupa también la ignorancia de los funcionarios que lo permiten: el presidente Peña Nieto, en su discurso de inauguración del Hospital Nacional Homeopático, obra en la que se invirtieron 671 millones de pesos, se congratula de que el hospital “incorpora la práctica de modelos clínico-terapéuticos complementarios” y revela su infundada creencia de que la homeopatía es “un tratamiento natural que estimula [al] organismo a generar su propia curación”.

Con estos antecedentes, el futuro de la salud de los mexicanos no parece prometedor.

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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Necedades

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de noviembre  de 2014

Quienes confiamos en el pensamiento racional como base fundamental de nuestras decisiones y acciones (después de todo, es eso precisamente lo que nos distingue de nuestros demás primos animales y nos permite trascender nuestros instintos y emociones para ir muchas veces en contra de ellas, cuando así lo requiere un comportamiento humano) solemos meternos en muchos líos.

En primer lugar, porque no se nos entiende. No es que neguemos la importancia de los sentimientos, las convicciones, las lealtades, los ideales, las utopías… Simplemente, pensamos que las decisiones y actos que realizamos motivados por éstas pueden depurarse y mejorarse si además se fundamentan en datos confiables y razonamientos lógicos que nos permitan confiar en que las conclusiones a las que llegamos están bien justificadas. (Existen también los ultrarracionalistas que descalifican todo lo que no sea razón, pero esa es otra enfermedad…)

Por eso, cuando tratamos de exponer datos que no coinciden con la conclusión más cercana al corazón de los demás, con lo que quisieran que fuera cierto, solemos recibir ataques y denuestos. Merecido nos lo tenemos.

Un ejemplo es lo que escuché ayer en una popular estación de radio (podría ser cualquiera), en voz de una de las muchas comentaristas matutinas (hay tantas) que abordan temas que a ellas y a sus radioescuchas les parecen interesantes. Lo malo es que a veces tratan asuntos que presentan como “científicos” sin serlo. El peligroso revoltijo de ciencia, seudociencia, esoterismo y vulgar charlatanería sin fundamento que puede uno escuchar por radio o ver por televisión a lo largo de la mañana es de lo más desalentador.

La comentarista en cuestión, cuyas colaboraciones aparecen inmediatamente después de uno de los noticieros más escuchados de la radio mexicana, tiene un tino fenomenal para elegir asuntos aparentemente científicos que en realidad son fraudes, locuras o intentos de presentar el pensamiento mágico como ciencia. En esta ocasión habló de la “inteligencia” de las plantas. Describió los estudios de un cierto investigador y de cómo éste argumentaba que diversos mecanismos que las plantas, efectivamente, presentan en su desarrollo (movimiento, competencia, búsqueda de recursos como agua, nutrientes o luz, mecanismos de combate a plagas, etc.) eran muestra de que “piensan” y hasta tienen intenciones y sentimientos. El sueño de todo hippie abraza-árboles.

En realidad, se trata simplemente de una interpretación muy poco ortodoxa hecha por un especialista poco serio. Pero que resuena con muchas de las creencias tipo new age - que hoy son tan increíblemente populares.


Y he ahí el problema de esta comentarista, y de tantas personas en los medios que pretenden hablar de ciencia y acaban presentando charlatanerías: al no contar con una buena preparación científica –no de especialista, obviamente, pero sí la necesaria cultura científica que todo comunicador que aborde estos temas debería tener–, ni con asesores que la tengan, no son capaces de distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones fraudulentas. Creen, además, que los “descubrimientos” vistosos de un investigador en particular pueden pesar más que el consenso científico, la opinión de todo el resto de los especialistas (la falacia de creer en los “genios científicos”, en vez del trabajo colectivo que hoy constituye la base de la ciencia).

Pero no sólo es la falta de información y preparación la que ocasiona que constantemente se difundan estos mensajes: es también la importancia que le damos a las emociones e ideologías por encima de la razón: si algo nos “suena” bien, si se “siente” bonito, si coincide con nuestras creencias, valores, prejuicios (conscientes o inconscientes) o con lo que deseamos, tendemos a aceptarlo, sin importar la evidencia o los argumentos en contra.

En una sociedad democrática, estamos obligados a aceptar la diversidad de ideas y de visiones del mundo. Pero nada nos impide promover, a través de la educación y la discusión, una visión aunque sea un poquito más racional de las cosas. Aun a riesgo de caerle gordos a algunos.

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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Memoria y dolor

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de noviembre  de 2014

Estructura química del midazolam
Hace poco, viendo un video en YouTube, me encontré con algo que me dejó muy asombrado e intrigado. Se trataba de una fractura doble de tobillo (confieso ser aficionado a los videos morbosos; me encanta ver cómo se exprimen barros y espinillas, se extraen tapones de cerilla del oído y se drenan quistes grasosos). La cuestión era que había que reducir urgentemente la fractura, un procedimiento extremadamente doloroso. Para ello, obviamente, al paciente se le dieron analgésicos.

Pero lo fascinante es que además le administraron un fármaco, midazolam, que ocasionó que ¡olvidara el dolor inmediatamente después de la maniobra!

El midazolam, conocido comercialmente como Versed, Dormicum o Hypnovel, es un medicamento de la familia de las benzodiazepinas descubierto en 1970 y que tiene propiedades ansiolíticas, relajantes, sedantes y anticonvulsivas. Pero también induce un estado temporal de amnesia; en particular, la llamada amnesia anterógrada: la incapacidad de formar nuevos recuerdos a partir de su administración, que puede ser por inyección o inhalación, y durante aproximadamente una hora (la otra amnesia, la retrógrada, más conocida, es la que impide recordar eventos anteriormente vividos). Otros fármacos como el propofol y la ketamina también pueden usarse para obtener el mismo efecto.

Debido a esta propiedad, se le usa para producir la llamada “sedación consciente”, o “anestesia crepuscular”, en la que el paciente que va a ser sometido a algún procedimiento médico sencillo es sedado para inducir un estado en que está adormilado pero puede responder a preguntas y órdenes simples, mantiene su conciencia, aunque reducida, y no requiere intubación respiratoria. En particular, el midazolam se usa frecuentemente en procedimientos molestos o dolorosos como colonoscopías y cirugías de cataratas.

Aunque a primera vista, parece una solución simple para el problema del dolor (hagamos que el paciente no recuerde que le dolió y ¡listo!), la verdad es que plantea muchos dilemas. Algunos éticos: hay personas que se sienten angustiadas ante la perturbadora sensación de tener una laguna en su memoria: saben qué pasó antes, y repentinamente, como un corte en una película, el momento ya pasó sin que recuerden nada. También hay numerosos pacientes que reclaman porque no se les explica previamente lo que iba a suceder, y sienten violada su intimidad al ver “borrados” sus recuerdos sin su autorización. Para otros más, el fármaco no produce el efecto deseado, por lo que sí sufren y recuerdan el dolor. Finalmente, hay preocupación sobre el posible mal uso de este tipo de sustancias, por ejemplo en malas prácticas médicas (o incluso en tortura) donde se causa dolor innecesario o excesivo al paciente, al amparo de la seguridad de que no lo recordará.

Pero los dilemas más interesantes son los filosóficos. Dos magníficas películas los ilustran. Una es Memento, de Christopher Nolan (2000), donde el personaje padece amnesia anterógrada y vive una realidad consistente en tratar continuamente de averiguar qué acaba de vivir.

La realidad objetiva existe independientemente de nosotros. Pero, a diferencia de nuestros cuerpos, la conciencia de los humanos no vive en el mundo físico, sino en el mundo mental creado por nuestros cerebros individuales. Obviamente, el episodio de dolor que vive un paciente al que se le administra midazolam sí existió, fue real (como se puede confirmar, por ejemplo, filmándolo). Pero si, debido a su falta de recuerdos, para él la experiencia no existió, ¿se puede decir que fue real? ¿Es real un dolor –experiencia irremediablemente subjetiva– del que no se tiene el menor recuerdo? ¿Sería entonces realmente antiético causar un dolor excesivo, si de todas maneras no se va a recordar? Puede parecer absurdo a primera vista, pero, como la clásica pregunta filosófica de si la caída de un árbol hace o no ruido si no hay nadie que lo escuche, la cuestión tiene mucho detrás.

En La otra película es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry (2004), en la que el protagonista se somete a un proceso que le borra los recuerdos de un amor fracasado. ¿Qué implicaciones tiene la manipulación de la memoria? ¿Tenemos derecho a decidir qué recuerdos queremos conservar, y simplemente inhibir la memoria de experiencias desagradables? ¿A qué grado se puede llevar esta posibilidad, y con qué consecuencias?

Me encanta que podamos ahorrarnos al menos algunos recuerdos de dolor físico. Pero también me inquieta. Los seres humanos somos, antes que nada, nuestra memoria. Sin ella dejamos de existir, como lo muestran cruelmente los padecimientos que la borran, como el mal de Alzheimer. Una persona que pierde sus recuerdos no sólo pierde su vida: pierde su ser.

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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Interestelar: ¿mala o maravillosa?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de noviembre  de 2014

La semana pasada hablé aquí sobre la película Interestelar, de Christopher Nolan, sin haberla visto. O más bien, de cómo la colaboración del físico Kip Thorne le permitió presentar la visualización de un hoyo negro más precisa hasta hoy.

Ahora puedo decir que ya la vi. Y que me encantó. La encontré absorbente, inteligente, provocativa, asombrosa, emocionante. Me hizo recordar otras grandes cintas como, por supuesto, 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick (a la que hay varios guiños), Contacto, basada en la novela de Carl Sagan, y otras.

Y sin embargo, hay grandes discrepancias en las opiniones tanto de amigos como de críticos respecto a la película. Hay fundamentalmente tres grupos: aquellos que no saben mucho de ciencia ni son fans de la ciencia ficción, y que hallaron la cinta larga (casi tres horas), tediosa y sin sentido. Otros, como yo, que hallamos muchos motivos de gozo y maravilla en ella. Y finalmente, los que la consideran una pésima, malísima película (entre ellos Phil Plait –autor del popular blog Bad astronomy– en la revista web Slate, y Annalee Newitz, en io9.com). Me interesa comentar algunos de sus argumentos.

La ciencia ficción, como se sabe, mezcla conocimiento científico válido con una narrativa ficticia. La hay muy rigurosa, que presenta ciencia muy precisa, y otra que se toma libertades enormes, al grado de ser casi fantasía. Pero no hay ciencia ficción que no simplifique, distorsione o manipule la ciencia.

Varios de los quejosos reclaman la presencia de numerosos errores e inexactitudes científicas en Interestelar. Quizá el más mencionado es la presencia de un planeta que gira alrededor de un inmenso hoyo negro; planeta al que descienden los protagonistas y en el que, se nos explica, “cada hora equivale a siete años en la Tierra”. Plait y otros afirmaron en sus reseñas que tal cosa era imposible, pues para que hubiera una distorsión del espaciotiempo que causara tal retraso se necesitaría que el planeta estuviera tan cerca del hoyo negro que resultaría despedazado por las fuerzas de marea. Sin embargo, posteriormente Plait tuvo que publicar una retractación, pues no tomó en cuenta que, como se explica en la película, el hoyo negro no es estático, sino que gira rápidamente, lo cual cambia la física del sistema y podría permitir la existencia del planeta.

Se ha criticado también la presencia de otro planeta cubierto de agua que presenta olas descomunales. En realidad, un planeta así cerca de un hoyo negro habría dejado de tener rotación y la marea en él sería estacionaria: no habría olas. Otras críticas retoman errores tan graves o tan nimios como que el disco de acreción alrededor del hoyo negro debería ser tan caliente (millones de grados) que vaporizaría todo lo que entra en él; que al caer en el hoyo el protagonista debería estirarse como un espagueti, o que el viaje a Saturno en dos años es demasiado corto.

Por otro lado, hay también duras críticas a la idea, presentada como una de las claves de la cinta, de que el amor es una especie de “fuerza” que puede trascender al tiempo y el espacio. Lo cual es, por supuesto, sólo una tontería (“confunde la física con la metafísica”, “borra la línea entre ciencia y espiritualidad”, acusa Newitz).

¿Son justas estas críticas? Sí y no. Sí, si se esperaba que la cinta presentara ciencia con un alto nivel de fidelidad. No, si se acepta que se trata de una ficción, que no funcionaría sin ciertas pequeñas o grandes concesiones. En mi opinión, Plait y los que opinan como él yerran al exigir demasiada precisión científica en una cinta de ficción (no olvidemos que, para ser eficaz, la ficción requiere de una “suspensión de la incredulidad” por parte del espectador). Newitz se queja de que los ciudadanos necesitan saber más ciencia, para defenderla ante ataques de seudocientíficos y de políticos que recortan sus presupuestos, y que Interestelar desinforma y confunde a la gente. En una reseña un poco más amable, el astrofísico Roberto Trotta comenta que “esperaba más ciencia, y menos ciencia ficción”. Pero ¡se trata de ficción, no de un documental de ciencia!

Cierto, los reseñistas también comentan los aciertos de la cinta: la representación del hoyo negro y del agujero de gusano, ambas excelentes; las perspectivas desde la nave, el creíble escenario de la Tierra asolada por el cambio climático, la representación del teseracto en que el tiempo aparece como una dimensión del espacio, y otros. Yo en lo particular disfruté las propuestas de robots distintos a lo acostumbrado, y sin embargo plausibles y originales. Ver los efectos de la dilatación del tiempo de manera tan impactante. Compartir la angustia de los científicos, impotentes para hallar soluciones fáciles y enfrentados a conflictos éticos.

Pero sobre todo, y al contrario de Phil Plait, quien se enfocó, además de los errores científicos, en que los diálogos son tediosos y “la historia está mal contada”, yo me maravillé ante una cinta que despliega la magnífica imagen de la naturaleza que nos ofrece la ciencia, que nos pide no olvidar que si la humanidad tiene alguna esperanza de sobrevivir es sólo si sale de su nido terrestre, y que explora las complejidades de los sentimientos y comportamientos humanos en situaciones extremas.

Como paradójicamente dice Plait, “La ciencia sin una buena historia es un artículo de enciclopedia. Una buena historia con mala ciencia es… una buena historia”.

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miércoles, 5 de noviembre de 2014

¡Ciencia y ficción!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de noviembre  de 2014

No he visto la película Interstellar, de Christopher Nolan. Obviamente, porque se estrena hasta el jueves y porque no gozo de privilegios de crítico de cine.

Pero estoy emocionado por verla, pues será la ocasión de presenciar un raro fenómeno: el arte –en este caso la ciencia ficción, la cinematografía, e incluso el diseño gráfico– haciendo una contribución importante a la ciencia: a la astrofísica, en particular.

Tradicionalmente, el género de ciencia ficción se define por contener elementos científicos más o menos rigurosamente tratados, que mezcla con elementos ficticios para explorar las posibilidades narrativas de dicha combinación.

De este modo, lo normal es que sea la ciencia la que contribuye con ideas y conceptos que los escritores y cineastas de ciencia ficción retoman para crear sus obras (estoy hablando de ciencia ficción “dura”; dejemos de lado la llamada “blanda” o “fantasía científica”, tipo Guerra de las galaxias, en la que lo que se retoma son sólo los nombres de algunos conceptos científicos, palabras sueltas que no tienen mayor relación con su significado en ciencia legítima y que sólo sirven para darle un vago sabor “científico” a las historias).

Aun así, ya desde relatos antiguos como la Historia verdadera, del sirio Luciano de Samosata, en el siglo II, que exploraba las posibilidades del viaje espacial, pasando por Cyrano de Bergerac y su obra satírica El otro mundo o Los estados e imperios de la Luna, del siglo XVII (más dedicada a criticar a la sociedad humana que a la astronomía), hasta las famosísimas y disfrutables novelas de Julio Verne y de H. G. Wells, los escritores han usado la ficción para imaginar cómo aplicar el conocimiento científico y los desarrollos de la tecnología, y explorar sus límites y posibles consecuencias. Tendencia que se incrementó mucho con la ciencia ficción del siglo XX, con maestros como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Ray Bradbury, Stanilsaw Lem y tantos otros.

En todos estos casos, la ficción ayudaba de alguna manera a “simular”, así fuera informalmente (pero con inteligencia y extrapolando a partir de información fidedigna), los efectos que la ciencia y la tecnología podían tener en la sociedad y el ambiente. Incluso, en ocasiones muy concretas, algunos autores de ciencia ficción llegaron a hacer verdaderas contribuciones científico-tecnológicas, como Arthur C. Clarke, quien desarrolló el concepto original de los satélites geoestacionarios que hoy hacen posibles las telecomunicaciones globales.

Pero Interstellar ofrece algo nuevo. Como en la trama de la película aparece de manera muy importante un agujero negro, su director decidió contactar a un experto, el físico teórico Kip Thorne, y pedirle que le ayudara a crear una representación visual científicamente exacta de este objeto.

Los agujeros negros están entre los más intrigantes objetos estelares. Se forman por el colapso de estrellas supermasivas, cuando las reacciones nucleares en su interior son incapaces de contrarrestar la atracción gravitacional de su propia enorme masa, y comienzan a “derrumbarse hacia dentro”, contrayéndose y aumentando así su densidad y por tanto su fuerza de gravedad, hasta que distorsionan a tal grado el espacio a su alrededor que ni siquiera la luz puede escapar de ellos.

Suelen presentar un disco de acreción, en el que la materia que está girando a su alrededor, a punto de ser absorbida como en un remolino, se calienta y emite radiación visible. Ante la solicitud de Nolan, Thorne comenzó a trabajar con un equipo de colaboradores para desarrollar las ecuaciones, basadas en la relatividad einsteniana, que le permitirían los realizadores gráficos de Nolan generar representaciones gráficas en sus computadoras que reprodujeran de manera realista y rigurosa el comportamiento de la luz alrededor del agujero negro (es decir, cómo se “ve” realmente uno).

El resultado de este trabajo, luego de páginas y páginas de ecuaciones y de un año de trabajo de 30 personas y muchísimas computadoras procesando 800 terabytes de datos para producir las imágenes, es fascinante. Se trata de la más precisa simulación existente del aspecto visual de un agujero negro, visto desde lejos. Y fue una sorpresa, porque gracias al efecto de lente que, debido a la tremenda fuerza gravitacional, distorsiona el espacio y por tanto la ruta que siguen los rayos de luz, el brillante disco de acreción no sólo rodea al agujero negro como los anillos de Saturno, sino que pasa por delante de él y se curva caprichosamente.

No es una representación artística: “son nuestros datos observacionales. Así es como se comporta la naturaleza. Punto”, dice Thorne. Y añade que podrá publicar al menos dos artículos científicos a partir de este trabajo.

El arte imita a la ciencia. Pero ahora, también contribuye a ella.

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