jueves, 23 de junio de 2016

La malentendida evolución


Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 22 de junio de 2016

Oikopleura dioica
La evolución por medio de la selección natural –la gran idea de Darwin– es la columna vertebral de la biología, y una de las más poderosas ideas producidas por la mente humana. Y sin embargo, es también una de las peor entendidas por la mayoría de la gente.

Uno de los malentendidos clásicos respecto a la evolución es creer que avanza de manera lineal, como en el típico –e incorrecto– esquema en que un mono se va convirtiendo en humano. Otro es que camina en una dirección definida, hacia el “mejoramiento” de las especies (mayor tamaño, mayor complejidad, organismos más “avanzados”). Lo cierto es que la evolución es un proceso ciego que avanza, como una enredadera, en cualquier dirección hacia donde pueda extenderse, siempre y cuando se cumpla su único requisito: que los organismos sobrevivan.

Otro malentendido es creer que son los organismos individuales quienes evolucionan; error reforzados por caricaturas como Pokémon (cuyo nombre, por cierto, deriva de pocket monsters, o monstruos de bolsillo), donde un mismo animal puede “evolucionar” transformándose en versiones más “avanzadas” de sí mismo. En realidad, quienes evolucionan son los grupos de organismos –las poblaciones–, a lo largo de muchas generaciones.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Barcelona, conformado por Ricard Albalat y Cristian Cañestro, publicaron en el número de julio de la revista Nature reviews una monografía que echa por tierra otro error común acerca de la evolución: que ésta siempre conlleva un aumento en el número de genes de una especie.

Albalat y Cañestro son especialistas en la genética de un pequeño organismo marino llamado Oikopleura dioica, de sólo 3 mm, que sin embargo comparte muchos genes con la especie humana. Oikopleura es interesante, entre otras cosas, porque ha perdido numerosos genes a lo largo de su evolución (por ejemplo, los relacionados con la producción del ácido retinoico, un compuesto que se considera indispensable para el desarrollo embrionario de todo animal). Estudiarlo ayuda a conocer mejor qué genes son indispensables en el humano y cuáles no tanto, y sobre todo a descubrir funciones desconocidas de genes humanos.

Hoy la secuenciación de genomas completos de muchas especies permite hacer detalladas comparaciones, y revela la historia de los cambios, ganancias y pérdidas de genes en los linajes evolutivos. Los investigadores catalanes escribieron su monografía para mostrar que no sólo la aparición de nuevos genes y su cambio a través de mutaciones, sino también su pérdida, puede ser un proceso central en la evolución.

Explican que, para que un gen pueda perderse, su función debe ser opcional, no vital, para el organismo. Esto puede suceder bien porque se ha desarrollado una forma alterna de realizar la misma función, o porque las condiciones del medio en que vive hacen que ésta no sea ya necesaria. Dos ejemplos de pérdida de genes son los parásitos, que dependen en gran medida de las funciones de otro ser vivo para sobrevivir y por tanto pueden soportar la pérdida de órganos o funciones, y la existencia de animales como los peces ciegos de las cavernas, cuyos ojos pudieron desaparecer por resultarles inútiles en la oscuridad en que viven.

Albalat y Cañestro hacen énfasis, sin embargo, en que nada de esto puede interpretarse como que dichas especies se “degeneren” o retrocedan evolutivamente. En biología, evolución significa simplemente cambio para sobrevivir, no mejora ni avance en alguna dirección predeterminada.

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miércoles, 15 de junio de 2016

Genes, memes y odio

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de junio de 2016

Hace 40 años, en 1976, el biólogo inglés Richard Dawkins, especialista en etología –el estudio de la conducta animal– publicó un libro que revolucionó la manera como se divulga la ciencia y como se entiende la evolución biológica: El gen egoísta.

Tradicionalmente, como lo explicara Darwin, se acepta que las especies evolucionan debido a que en ellas hay individuos diversos, algunos de los cuales tienen características que facilitan su supervivencia y reproducción ante las condiciones de su entorno. Este proceso de “selección natural” es la fuerza que impulsa el proceso evolutivo, y que hace que las especies se vayan adaptando tan exitosamente a los diversos ambientes donde viven y a los cambios que estos ambientes sufren.

Sin embargo, hay adaptaciones evolutivas que no pueden explicarse mediante la selección natural en su formulación clásica: por ejemplo, los comportamientos “altruistas” en animales, como las llamadas de alarma que algunos individuos emiten para advertir al resto del grupo de la presencia de un depredador. Esta conducta favorece la supervivencia del grupo, pero aumenta mucho el riesgo de muerte para el centinela. Si éste muere, no puede heredar dicha conducta a sus descendientes. ¿Cómo podría entonces haber evolucionado el comportamiento altruista de dar la alarma?

En los años 60, varios investigadores desarrollaron una formulación de la selección natural en la que consideraban que eran los genes, no los organismos, las unidades de la evolución; las entidades que son sujeto de la selección natural. Viéndolo así, y tomando en cuenta que compartimos el 50% de nuestros genes con nuestros padres y hermanos, el 25 con nuestros tíos, el 12.5 con nuestros primos, etcétera, los genes que favorecen el comportamiento altruista de dar la alarma podrían sobrevivir y transmitirse a futuras generaciones a través de las copias de sí mismos que se hallan en los parientes del centinela, aun a costa de la vida de éste.

Lo que hizo Dawkins en su influyente libro fue refinar y ampliar esta visión, presentándola además con un estilo literario accesible y fascinante. Describió a los genes como entidades “egoístas”, que sólo buscan su propia replicación (por eso los llamó “replicadores”), y describió nuestros cuerpos como “máquinas de supervivencia” construidas por los genes sólo para lograr sus fines reproductivos.

La visión de “genes egoístas” ayuda a estudiar y entender muchos fenómenos evolutivos de forma más fácil e intuitiva que la formulación matemática usual, pero es totalmente compatible con ésta. El problema es que nunca falta quien interpreta el título del libro literalmente (normalmente sin haberlo leído) y cree que Dawkins afirma que los genes piensan y nos manipulan. Es el problema de divulgar la ciencia: siempre se necesita usar metáforas que pueden ser malinterpretadas.

Pero no sólo eso: en el último capítulo de su libro, Dawkins propuso que existe otro tipo de replicadores, que brincan no de cuerpo en cuerpo a través del ADN contenido en óvulos y espermatozoides, sino de cerebro en cerebro a través de palabras, letras y otros medios: son las ideas, que desde esta perspectiva Dawkins bautizó como “memes”.

Hasta hace poco, la palabra meme era casi desconocida para el ciudadano común. La explosión de internet y las redes sociales la convirtió en algo común. Hoy somos diariamente testigos de cómo las ideas se copian, mutan, evolucionan, se esparcen y, como virus mentales, infectan cerebros… a veces con resultados nefastos.

Como los genes, los memes pueden agruparse en complejos que ayudan a su reproducción. La ciencia es uno de ellos: el conjunto de ideas que incluye investigar la naturaleza basándonos en evidencia objetiva, métodos cuantitativos, experimentos reproducibles, análisis estadístico y argumentos con coherencia lógica ha sido tan exitoso que todas las sociedades modernas lo consideran suficientemente bueno como para enseñarlo en la escuela. Pero también las religiones son complejos de memes altamente exitosos: después de todo, incluyen la idea de que si uno no cree en ellas, al morir irá al infierno. Así, el meme religioso asegura su propia reproducción, como las cartas en cadena que amenazaban con grandes desgracias a quien no las reenviara.

Desgraciadamente, existen memes ampliamente difundidos, muchas veces con base religiosa, que instan a discriminar, odiar y destruir lo diferente; a eliminar a quienes no acepten las ideas y comportamientos que forman parte del complejo de memes dominante. La violencia homofóbica desatada con la matanza en el bar gay Pulse en Orlando, Florida, y muchos otros actos semejantes en nuestro país y en el mundo, son expresión del poder de estos memes nocivos.

Igual de preocupante fue ver la respuesta de muchas personas en Estados Unidos, México y España que, a través de las redes sociales, expresaron su odio a lo diferente regodeándose con la matanza. Son cerebros infectados por los memes de la homofobia, primos cercanos de los memes religiosos.

Reconocer que las palabras y las ideas que representan pueden causar daño es el primer paso para combatir la propagación de estos memes perniciosos. Como sociedad debemos contribuir a su extinción y a que, a través de la educación, las leyes y la discusión colectiva amplia y racional, sean sustituidos por otros memes que representen los valores humanos que los ciudadanos del siglo XXI hemos decidido aceptar. Darnos cuenta de esto es algo que también le debemos agradecer a Richard Dawkins.

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miércoles, 8 de junio de 2016

Una cultura compatible con la ciencia

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de junio de 2016


Desde hace décadas, el doctor Marcelino Cereijido ha estado promoviendo una cruzada a favor de la ciencia.

A través de libros, conferencias, seminarios, cursos y proyectos, el destacado fisiólogo mexicano nacido en Buenos Aires ha defendido la importancia de no sólo de apoyar y desarrollar la investigación científica –labor en la que ha recibido los más altos reconocimientos–, sino divulgar la ciencia y, sobre todo, de tratar de que la manera de ver el mundo que nos ofrece vaya permeando en nuestra cultura nacional –y regional, porque los problemas de México son en gran parte los de toda Latinoamérica– hasta volverse parte de ella.

A través de libros como Por qué no tenemos ciencia (Siglo XXI, 1997), La ignorancia debida (El Zorzal, 2006) y La ciencia como calamidad (Gedisa, 2012) (de entre su copiosa producción bibliográfica, donde hay otros libros tan disfrutables como el relato autobiográfico La nuca de Houssay, la invitación a la ciencia que constituye Ciencia sin seso, locura doble y la recopilación de ficciones titulada El doctor Marcelino Cereijido y sus patrañas), Cereijido ha explicado que la ciencia es uno de los productos más importantes de la actividad humana, que es el factor que distingue a los países ricos y poderosos de los pobres, atrasados y sojuzgados, y que una de las razones por las que la ciencia y su compañera la tecnología no se han desarrollado en la América Latina es debido a nuestra histórica cultura católica, en la que, por ejemplo, se fomenta la creencia en dogmas por encima del pensamiento crítico, y la salvación no se obtiene mediante el trabajo (como ocurre en las culturas protestantes), sino el arrepentimiento.

Pero también se ha dedicado a explicar, a diestra y siniestra y en cualquier foro donde se lo han permitido, cómo la ciencia es un producto de la evolución humana, una adaptación que nos permite sobrevivir como especie, pues nos ayuda a resolver problemas de forma eficaz. El problema, irónicamente, es que en culturas como la nuestra –a diferencia de los países desarrollados– no hemos sabido, como sociedad, aprovechar tan poderosa herramienta, que vemos como una especie de lujo, y ante una dificultad tendemos a buscar soluciones mágicas que van desde rezar o poner una veladora a la virgen hasta encomendarnos a políticos que ofrecen arreglar las cosas con mera palabrería. (Todo esto lo digo con mis propias palabras: seguramente Cereijido lo expresaría de forma muy distinta.)

Para Cereijido el problema es que nuestra cultura no sólo no incluye a la ciencia: no es compatible con ella. Y se ha propuesto desde hace ya tiempo buscar maneras de hacer que lo sea. Yendo más allá de la idea de simplemente divulgar la ciencia o fomentar la cultura científica de los ciudadanos, quiere construir en México una cultura compatible con la ciencia. Si entiendo bien, esto significaría encontrar el modo de abordar temas como la religión, la salud, las artes, la política, la economía, la agricultura y todas las áreas de la actividad humana de maneras que tomen en cuenta lo que la ciencia nos puede decir al respecto, para construir así interpretaciones que sean compatibles con ella.

Es un proyecto ambicioso. Pero, indudablemente, valioso e importante. Por lo pronto, yo le recomiendo acercarse a las ideas de Marcelino Cereijido. No se arrepentirá.

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miércoles, 1 de junio de 2016

El problema educativo

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 1 de junio de 2016

Vengo de una familia de maestros. Quizá en parte debido a eso, siempre he pensado que el principal problema de nuestro país es la educación. O, mejor dicho, que la educación es el primer paso para solucionar todos nuestros problemas.

Por eso, y pese a todas las complicaciones, defectos, sesgos y hasta injusticias que trae aparejadas, me parece que la reforma educativa es una medida necesaria, urgente. De una manera u otra, tendremos que lograr que redunde en una mejora del nivel educativo del país.

Una nación donde el nivel educativo de los alumnos de todos los ciclos (básico, medio, avanzado) está en crisis; donde la profesión de maestro se ha devaluado de manera vergonzosa, donde los sueldos y las condiciones de trabajo de los docentes son lamentables, y donde los programas de estudio se renuevan cada sexenio sin que haya un plan a largo plazo para formar mexicanos con la preparación adecuada para ser buenos ciudadanos del siglo XXI, no va a dejar de ser un país tercermundista.

Ayer, en el suplemento que Milenio ofrece a sus lectores con contenido del diario español El Mundo, apareció un reportaje muy provocador. Titulado “¿Son los exámenes de ahora más fáciles que los de antes?” y firmado por Olga R. Sanmartín, reporta una investigación periodística para averiguar si los contenidos escolares en España, y los exámenes nacionales que se aplican para evaluar el aprendizaje, han ido bajando de nivel: si se han vuelto, en efecto, “más fáciles”.

Sanmartín, a través de entrevistas a profesores y expertos en educación, reporta varios hechos significativos. En primer lugar, que sí parece haber un descenso en el nivel de dificultad y la cantidad del contenido que se enseña, desde primaria hasta cursos universitarios. En los exámenes de física que forman parte de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), por ejemplo, halla que “se ha rebajado el nivel de exigencia”. Lo cual suena preocupante. Pero, por otro lado, también que la educación, desde los años 60 hasta ahora, se ha ido concentrando menos en la memorización de contenidos, y más en el desarrollo de habilidades, que no parece mala idea.

El fenómeno es global, y nuestro país no es la excepción. El problema es que evaluar la calidad en educación es extremadamente complicado: depende demasiado de cómo se la defina, y la definición cambia, necesariamente, con los tiempos. Si bien los estudiantes que llegan a las universidades parecen tener hoy menor dominio de habilidades básicas necesarias para un profesionista, en especial en matemáticas y en el manejo del lenguaje, vienen mucho mejor preparados para usar las tecnologías de la información y la comunicación. Por otra parte, como explica un especialista, el número de estudiantes en España ha aumentado notoriamente. Antes sólo accedía a la educación, sobre todo la superior, una minoría selecta: “sólo unos pocos podían acceder a ella. El nuevo modelo busca integrar a todos y quizá es más difícil mantener esa excelencia que antes disfrutaba una minoría reducida".

¿Educación de alto nivel, o educación para todos? Ese parecería ser el dilema, en España, en México y en muchos otros lugares.

Y ni hablar de los contenidos de ciencia, que en nuestro país se concentran en aportar conocimientos y descuidan formar en los alumnos una cultura científica que les permita entender cómo la ciencia genera conocimiento, por qué lo consideramos válido y cómo se aplica el pensamiento científico –que no es otra cosa que pensamiento crítico– a otros campos de la vida ciudadana. El auge de charlatanes y embaucadores que venden como “ciencia” cualquier cantidad de ideas sin sustento o productos inútiles o peligrosos es una consecuencia de esta carencia de formación en ciencia.

Ojalá en nuestro país, además de resolver los problemas estructurales urgentes de la educación, pudiéramos además tener tiempo de discutir como sociedad cómo hallar un balance aceptable para lograr que los programas de estudio de escuelas y universidades tuvieran cada vez mejor, no peor, calidad.

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miércoles, 25 de mayo de 2016

De prejuicios a derechos

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de mayo de 2016

Vuelvo a repetirlo: pese a todo, la humanidad avanza.

A pesar del ánimo pesimista que reina en el mundo, y de las profecías apocalípticas que promueven la desesperanza, las sociedades humanas progresan. Lenta, muy lentamente, pero progresan. La esclavitud, que durante siglos fue no sólo legal, sino normal y “natural”, es hoy reconocida como un crimen intolerable. La visión racial que consideraba “inferiores” a ciertos grupos con base en el color de su piel y otros rasgos físicos superficiales, y justificaba con ello negarles derechos, es hoy ya rechazada, al menos en principio, por todas las sociedades. Aunque siga habiendo discriminación racial, es ya claro que ésta no es defendible.

La supeditación de las mujeres –media humanidad– al arbitrio de los machos de la especie, otra constante milenaria, es hoy ya ampliamente rechazada como injusta y dañina; y aunque falta mucho camino por andar, es claro que ya no es un tema que requiera discusión, sino educación. Lo mismo ocurre con los derechos de personas con capacidades diferentes, que poco a poco van siendo reconocidos aunque a todos nos falte mucha educación para ir erradicando los hábitos discriminatorios con los que crecimos y de los que ni siquiera nos percatamos.

Lo mismo está pasando hoy –en una historia que viene desde los primeros disidentes del siglo XIX y XX, pasando por los levantamientos del orgullo homosexual de Stonewall en 1969, la toma de conciencia obligada por el sida en los 80, y el reconocimiento legal en diversos países en los últimos años– con los derechos de las minorías sexuales y de género. Los famosos LGBTTTI: lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgénero e intersexuales (aunque hay quien exige incluir otras iniciales como Q, por queer).

Todas estas luchas parten de la reflexión ética y la lucha contra la injusticia que resultan inevitablemente de la naturaleza humana a través de la historia. Y todas ellas, sin la menor duda, han tenido en la ciencia un aliado indispensable, que ha aportado el conocimiento firme que pone en evidencia que todos los argumentos para discriminar a algún grupo humano carecen, de manera categórica, de fundamento.

Nunca he sido peñista ni priísta. Tampoco perredista, panista (dios no lo permita) ni mucho menos morenista. Pero pienso que a las personas y a las instituciones –a diferencia de los escritores– hay que juzgarlas no por sus palabras, sino por sus acciones. Y las iniciativas presentadas por el presidente Peña Nieto el pasado 17 de mayo, durante la celebración –por primera vez usando su nombre correcto en nuestro país– del Día Internacional contra la Homofobia, merecen ser reconocidas como un avance histórico.

Se busca no sólo legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, sino también dar plenos derechos a las minorías sexuales, combatir la discriminación en leyes y por parte de servidores públicos, educar a los ciudadanos en el respeto a la diversidad sexogenérica, facilitar los trámites para que las personas transgénero tengan documentos que concuerden con su persona, y, en resumen y citando a Peña, “asegurar que todos los mexicanos, sin importar su condición social, su religión, su preferencia sexual, su condición étnica tengan la oportunidad de realizarse plenamente y ser felices”.

Desde luego, las críticas de los sectores más conservadores de la sociedad, en especial del clero católico, no se han hecho esperar, citando los argumentos más absurdos: referencias a un “matrimonio natural” que no existe más que en la imaginación de los mismos que defienden el antinatural voto de castidad y ocultan el abuso a menores; grotescas analogías mecánicas entre “tuercas” y “tornillos” que no se sostienen ni por un momento ante la realidad –y popularidad, consulte usted a cualquier sexólogo– del sexo anal, hetero u homosexual; y reclamos de obediencia a un texto sagrado que nada tiene que hacer en una discusión sobre derechos humanos en una democracia laica.

También han menudeado las críticas respecto a la motivación electorera o populista detrás de la propuesta presidencial. Y sí: es evidente que la decisión busca mejorar la imagen pública del mandatario. Aunque también hay que aceptar que es una apuesta arriesgada, tomando en cuenta el tradicionalismo católico de un amplio sector de la población, sobre todo en los estados.

Pero todo ello es secundario ante los hechos: Peña Nieto se atrevió a proponer, de la manera más pública posible, lo que nadie había propuesto –y muchos habían obstaculizado. Con ello suma a nuestro país a una tendencia internacional que poco a poco va resultando imparable, en esta larga y lenta marcha civilizatoria.

En lo personal, repito, no me importan los motivos, sino los actos. Habrá, eso sí, que vigilar y exigir que las propuestas presidenciales se transformen en hechos. Entonces podremos aplaudir sin reservas.

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miércoles, 18 de mayo de 2016

Prensa, ciencia y rigor

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de mayo de 2016

Hace dos semanas critiqué aquí la forma en que muchos autores de libros de autoayuda distorsionan los conceptos de la ciencia para difundir ideas de tipo más bien místico (y, por tanto, incompatibles con el pensamiento científico). Al hacerlo, señalé, desinforman a sus lectores.

Pero el periodismo es como la casa del jabonero: el que no cae resbala. La semana pasada yo mismo contribuí a difundir información no suficientemente confirmada acerca del supuesto hallazgo de una ciudad maya por un adolescente canadiense de 15 años. Ha quedado claro que la imagen detectada mediante satélites es en realidad de un viejo campo de cultivo. Esto no demerita la inteligencia, entusiasmo y creatividad del joven investigador; sólo muestra que la ciencia exige más rigor de lo que él creía. No así con los periodistas: todos los que, por todo el mundo, difundimos la noticia de inmediato, sin esperar a que fuera plenamente verificada, violamos una de las primeras reglas del buen periodismo.

Lo cierto es que la ciencia es un asunto complejo, donde la distinción entre lo legítimo y lo carente de sustento requiere una buena formación inicial, además estar bien informado y actualizado. Y no se diga cuando se trata de temas “de frontera”, donde el conocimiento está todavía en proceso de construcción.

Un nuevo ejemplo ocurrió el pasado 2 de mayo, cuando la prestigiadísima –y nonagenaria– revista literaria The New Yorker publicó un artículo del laureado autor Siddartha Mukherjee (ganador del premio Pulitzer en 2011 por su magnífico libro El emperador de todos los males: una biografía del cáncer; uno de los mejores libros de divulgación científica que he leído últimamente).

El texto, titulado “Same but different (Iguales pero diferentes) es un adelanto de su nuevo libro El gen: una historia íntima (que acaba de ser publicado en inglés ayer, 17 de mayo). Aborda uno de los temas de moda en biología: la epigenética, es decir, los mecanismos que permiten regular cómo se expresan los genes sin modificar la información que se halla en el ADN de nuestras células. Inmediatamente después de ser publicado, recibió una lluvia de duras críticas por parte de los expertos en epigenética.

Recordemos que los cromosomas, hechos de ácido desoxirribonucleico (ADN), contienen toda la información que controla cómo están hechos y cómo funcionan los seres vivos. Pero esta información tiene primero que ser leída y luego “traducida” al lenguaje de las proteínas, moléculas que llevan a cabo las funciones celulares.

Desde mediados del siglo pasado se sabe que una de las maneras como se regula la activación o inactivación de los genes es mediante proteínas llamadas “factores de transcripción” que se unen a un gen para “activarlo” (es decir, para que su información comience a ser leída). Uno de los grandes descubrimientos de las últimas décadas es cómo éste y otros mecanismos celulares regulan qué genes son leídos y cuándo: es esto lo que controla el desarrollo de un óvulo hasta convertirse en un ser humano adulto, y lo que hace que algunas de nuestras células sean musculares y otras neuronas, aunque todas tengan exactamente la misma información genética.

El artículo de Mukherjee hace, dicen sus críticos, un excesivo énfasis en dos de estos “mecanismos epigenéticos de regulación”: la alteración de las proteínas llamadas histonas, que forman los carretes alrededor de los cuales el ADN se enrolla cuando no está siendo leído, y la metilación del ADN, que lo inactiva al añadirle un pequeño grupo químico. Gran parte de la inmensa cantidad de críticas que Mukherjee recibió de los expertos señalan que ignoró lo que se considera con mucho el principal mecanismo de regulación epigenética: los factores de transcripción.

No quiero entrar en detalles, pero leyendo las críticas a Mukherjee, en particular las del biólogo evolutivo Jerry Coyne, en su blog Why evolution is true, me da la impresión de que se trata de una típica disputa entre dos bandos científicos: quienes defienden los factores de transcripción y los que defienden las histonas y la metilación como el mecanismo más importante. Como en todo campo de frontera, la polémica sólo se resolverá con el tiempo, y lo que un periodista debe hacer es reportar ambos lados de la controversia. Por desgracia, perece que Mukherjee no actuó como un buen periodista y sólo habló con especialistas de uno de los dos bandos (aunque él afirma que su nuevo libro aborda el tema de manera mucho más completa, incluyendo los factores de transcripción).

Pero el “escándalo Mukherjee” tiene otras aristas. Todo aquel que se dedique a la comunicación pública de la ciencia tiene que servir simultáneamente a dos amos: a la comunicación y a la ciencia. Ésta última exige mantener un mínimo rigor, (cosa que Mukherjee, quien por cierto, también es investigador biomédico, parece no haber logrado); la comunicación, por su parte, requiere hacer lo necesario para que los complejos temas científicos se vuelvan comprensibles y al mismo tiempo atractivos para el lector. Y es aquí donde yo tengo más problemas con el artículo de The New Yorker.

Mukherjee narra la entrañable historia de su madre y su tía, hermanas gemelas, y sus distintas vidas en la India y Estados Unidos, y trenza este relato con las charlas con los expertos en epigenética que entrevistó, y sus visitas a sus laboratorios. Todo con un estilo fascinante y por momentos hasta poético. Pero también se lanza a arriesgadas –y líricas– especulaciones acerca de la posibilidad de heredar los cambios epigenéticos –algo que ocurre, pero muy raramente. Llega al extremo de mencionar, aunque con precaución, podrían ser la base de un “código epigenético” que permitiría un tipo de herencia no darwiniana, sino “lamarckiana”, que permitiría heredar los caracteres adquiridos durante la vida de un individuo. Algo que contradice todo lo que sabemos sobre evolución y que, señalan sus críticos, carece totalmente de fundamento. (Y peor: son ideas que coinciden con muchas de las distorsiones que charlatanes y místicos seudocientíficos propagan acerca de la posibilidad de “influir en los genes” mediante el estilo de vida y el pensamiento positivo, además de dar material para que los enemigos del pensamiento darwiniano avancen en su intención de enseñar la versión religiosa de la evolución, el creacionismo, en los salones de biología, al menos en Estados Unidos).

Mukherjee hace tal énfasis en esto que lo convierte en el tema central de su evocador texto. Y esto es lo que lo hace más peligroso, pues al resultar tan atractivo y contener errores graves, puede desinformar a su gran número de lectores de manera peligrosa… y convincente.

Pero, aunque usted no lo crea, hay más. En su blog, Jerry Coyne señala que The New Yorker, revista famosa por siempre verificar los datos de lo que publica, demuestra el poco aprecio que tiene por la ciencia al publicar un texto plagado de fallas como el de Mukherjee (y algunos otros). De ahí pasa súbitamente a acusar a la revista y sus editores de tener una agenda “posmodernista” y anticientífica, que busca supeditar el rigor de la ciencia a la cultura humanista. Leyendo eso, uno se pregunta si hemos regresado al siglo XX, con sus batallas entre las “dos culturas”, científica y humanística, y las “guerras científicas” de los años 90.

En fin: se trata de otro ejemplo que muestra que comunicar la ciencia sin traicionarla y haciéndola atractiva para un público amplio no es asunto de ninguna manera sencillo. La única forma de lograrlo decorosamente es igual que como se camina sobre un piso resbaloso: con mucho cuidado.

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miércoles, 11 de mayo de 2016

Descubridores

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de mayo de 2016

Uno pensaría que en pleno siglo XXI quedan pocas cosas por descubrir en nuestro planeta. El avance de la ciencia durante por lo menos los últimos cuatro siglos ha hecho que queden, al parecer, muy pocos misterios inexplorados.

Es imposible ya que se descubra un nuevo continente, y casi imposible hallar un nuevo planeta en el sistema solar. Sin embargo, cada año se siguen descubriendo nuevas especies de plantas, animales y microorganismos. Y las profundidades marinas y el subsuelo siguen ofreciendo numerosas oportunidades de hacer hallazgos novedosos, aunque quizá no revolucionarios.

Otra característica de la ciencia moderna, más reciente, es que se ha vuelto ya prácticamente imposible que un investigador solitario realice grandes descubrimientos. La época de los Galileos, los Copérnicos, los Newton, los Lavoisier, los Einstein han quedado atrás, y hoy la ciencia es una actividad inevitable, forzosamente colectiva, que no se puede realizar sin el apoyo de una comunidad de la que se forma parte. No sólo porque todo aquél que realiza un avance lo hace “parado sobre los hombros de gigantes” –todo avance científico se apoya en el conocimiento anterior–, sino porque incluso los criterios de evaluación que permiten distinguir un trabajo científico de calidad de uno defectuoso son necesariamente colectivos. (Y aún más: el financiamiento para hacer ciencia, fuera de casos aislados en que todavía existen “mecenas” que apoyan a un algún investigador, es hoy obtenible sólo si se forma parte de una comunidad científica.)

Aún así, la inteligencia humana y el empuje de la juventud nos siguen ocasionalmente sorprendiendo. Desde hace unos días circuló ampliamente la noticia de que un joven canadiense de 15 años, William Gadoury, residente del municipio de Saint-Jean-de-Matha, en Quebec, había descubierto, usando Google Maps, las ruinas de una antigua y olvidada ciudad maya.

El jovencito, evidentemente dotado con una inteligencia excepcional, se había interesado en la arqueología maya a partir de las predicciones del supuesto fin del mundo de 2012 (que, como se sabe, estaban basadas en interpretaciones erróneas del calendario maya, pero que atrajeron la atención mundial). A decir de la información periodística disponible (una versión formal de su trabajo será próximamente publicada en una revista académica, según se reporta), William se dio cuenta de que muchas de las antiguas ciudades mayas se hallaban en zonas inhóspitas, lejos de ríos. Se preguntó por qué sería así, y sabiendo por sus lecturas –que por lo visto son bastante amplias– que los mayas rendían culto a las estrellas, se le ocurrió una posible explicación: quizá la situación de las ciudades obedecía a algún patrón estelar.

William demostró un auténtico espíritu científico. No quedó conforme con su hipótesis, sino que decidió someterla a prueba. Usando el Códice Tro-Cortesiano, uno de los únicos tres manuscritos mayas existentes, que se conserva en Madrid (y que se puede consultar online), localizó 23 constelaciones mayas, y probó acomodarlas sobre mapas de la zona maya de México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Una idea que no se le había ocurrido a ningún arqueólogo en más de cien años de estudio de la zona maya. Descubrió que, para 22 de las constelaciones, la localización de muchas antiguas ciudades mayas coincidía con la de las estrellas, y no sólo eso: las ciudades principales coincidían con las estrellas más brillantes.

Pero para la constelación número 23, notó que dos de las estrellas correspondían a ciudades, pero una tercera estrella no. ¿Sería posible que hubiera ahí una ciudad desconocida? William pasó de proponer una hipótesis plausible, basada en evidencia, y de someterla a prueba frente a más evidencia, a la tercera etapa del trabajo científico: hacer predicciones, que también tienen que ponerse a prueba.

Y para ello usó la tecnología disponible: Google Maps. Usando fotos satelitales localizó el sitio, y creyó distinguir rastros geométricos en la vegetación que podrían indicar la presencia de ruinas. Contactó a Armand Larocque, experto en geomorfología y geolocalización de la Universidad de Nuevo Brunswick, también en Canadá, y éste consiguió que la Agencia Espacial Canadiense enfocara sus telescopios satelitales en la zona. Lo que se halló es evidencia fuerte de lo que parece ser una pirámide, una avenida y una treintena de edificios menores. William nombró a la posible ciudad K’àak’ chi', “Boca de fuego”.

Por supuesto, el hallazgo se tendrá que verificar; por el momento no ha habido expediciones al sitio donde se encuentran las probables ruinas. Pero las habrá, y William sueña con estar presente: “Sería la culminación de mis tres años de trabajo, y el sueño de mi vida”, declaró al diario The Telegraph. El joven también espera presentar su trabajo en la Feria Mundial de Ciencia de Brasil, en 2017. Y su técnica, claro, podrá ser utilizada por los arqueólogos para hacer futuros descubrimientos. (Hay que aclara que el uso de fotos aéreas y espaciales para localizar ruinas arqueológicas no es nuevo; lo novedoso es la predicción de su posible localización con base en las tradiciones astronómicas mayas.)

En resumen: una nueva sorpresa, y una muestra de que aun tonterías como las supuestas profecías mayas de 2012 pueden dar origen a fascinantes descubrimientos científicos. Claro, siempre y cuando haya la combinación adecuada de curiosidad, inteligencia, información fidedigna y el indispensable pensamiento crítico.



Nota del 11 de mayo: Luego de que este texto había sido enviado para su publicación a Milenio, por la tarde del 10 de mayo, comenzaron a circular comentarios que muestran que el posible descubrimiento de William Gadoury es considerado poco probable por arqueólogos profesionales, quienes opinan que los medios de comunicación exageraron y le dieron una importancia excesiva a lo que es una hipótesis demasiado aventurada e insuficientemente fundamentada, y que las imágenes satelitales interpretadas como posibles ruinas mayas podrían ser formaciones más comunes como restos de un antiguo campo de cultivo. Quedará por ver si el posible hallazgo se confirma o no. Por lo pronto considero, como muchos de estos comentaristas, que, sea o no real el hallazgo, es el ingenio y la iniciativa de Gadoury lo que resulta fascinante.

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