miércoles, 10 de septiembre de 2014

La falacia del especialista

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de septiembre  de 2014

La divulgación científica es la labor de compartir la cultura científica con un público voluntario y no especialista.

La ciencia en su forma bruta, como es producida por investigadores científicos y publicada en revistas especializadas, luego de un riguroso arbitraje por colegas, es virtualmente inaccesible a quien no sea experto. No sólo por el lenguaje ultraespecializado que utiliza, sino por la cantidad de conocimiento previo que resulta indispensable para comprenderla.

Es por eso que se necesita otro profesional, el divulgador científico –más un generalista que un especialista– que la pueda comunicar en el lenguaje adecuado y con la forma y el contexto necesarios para hacerla accesible, además de atractiva, para el gran público.

Pero este proceso requiere sacrificios. La ciencia divulgada es siempre distinta –no necesariamente de menor calidad o más pobre, sino distinta– de la ciencia académica del especialista. Cuando el investigador se enfrenta a un texto de divulgación científica (o un programa de radio o TV, o una exposición en un museo...) es frecuente que encuentre que se presenta algún concepto científico en forma esencialmente correcta, pero quizá incompleta. Porque falta parte de la historia, del detalle; probablemente por razones de espacio, por no sobrecargar al lector con conceptos complejos, abstractos y detallados en un texto que como primer requisito aspira a ser atractivo. El especialista no hallará la información con la precisión, detalle, rigor y lenguaje al que está acostumbrado. Y con frecuencia su reacción, entonces, es brincar a la conclusión de que esto se debe a la ignorancia del divulgador. Procede entonces a indignarse porque se está “distorsionando” el contenido científico, o incluso llega a lanzar la acusación de que se está “mintiendo”.

Pero cuando uno profundiza un poco en las características y necesidades de la labor de comunicación pública de la ciencia se da cuenta de que un texto de divulgación inevitablemente tendrá menos rigor científico que los textos de especialistas… porque no va dirigida a especialistas. Cuando un experto lee el texto, normalmente lo hace como experto, sin ponerse en los zapatos del verdadero público de la divulgación: el público no científico. Su queja y su crítica son, entonces, improcedentes.

El divulgador científico no trabaja para los especialistas, sino para el público que lo lee. Y si bien no es válido comunicar conceptos erróneos o cometer errores, el criterio para definir qué es “erróneo” debe basarse en las necesidades de ese público. Al especialista siempre le parecerá insuficiente la información que el divulgador incluya en su texto. Siempre le parecerá que falta rigor, que se necesita más detalle, que no se está mostrando el panorama total del tema, que se está usando un lenguaje poco preciso. Pero calificar tajantemente eso de “erróneo” es una falacia, porque se está juzgando el trabajo de divulgación con un criterio no adecuado: el del especialista, no el del comunicador.

No presentar la versión completa de un tema científico, resumir, simplificar, usar metáforas y comparaciones, seleccionar una parte de la información dejando fuera otra y hablar sólo de lo que es importante para los fines del divulgador (poner la ciencia al alcance del público), o de lo que se puede comunicar dadas las limitaciones de espacio o de conocimiento previo en el público –entre otras circunstancias– no es presentar “un concepto equivocado”. Es, en todo caso, presentar un concepto parcial, que es muy distinto.

La falacia del especialista es dañina. Lleva, en última instancia, a la falsa dicotomía entre comunicar la ciencia con un rigor total o mejor no comunicarla. Es también una falacia difícil de evitar. Pero no hacerlo lleva a juicios incorrectos. Y esto, al final, nos perjudica a todos: a los divulgadores, que somos juzgados injustamente; a los investigadores, que persisten en no entender en qué consiste y qué busca la divulgación, y principalmente, que es lo que más importa, al público.

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Ciencia o religión?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de septiembre  de 2014

Un adulto le arroja una pelotita a un niño de 3 años y éste la atrapa sin mayor esfuerzo. Un mono ve una rama demasiado delgada y duda en saltar a ella desde un árbol cercano.

Ambos son animales capaces de predecir, limitadamente, el futuro. El niño proyecta la trayectoria que seguirá la pelota, cálculo que formalmente requeriría ecuaciones newtonianas, pero que él puede hacer instintivamente. El monito estima la resistencia de la rama y decide si soportará su peso. Ambos ajustan su conducta para obtener el resultado deseado y evitar contratiempos.

Su capacidad de predecir es adaptativa; favorece su supervivencia. Procesan información, basándose en datos de sus sentidos y en experiencias previas, y generan hipótesis sobre lo que ocurrirá. Pueden o no acertar. Pueden también modificarlas para hacer mejores predicciones la próxima vez.

Pero Robert N. McCauley, filósofo de la ciencia de la Universidad de Emory, en Georgia, Estados Unidos, no está de acuerdo. En su más reciente libro, Why religion is natural and science is not (“Por qué la religión es natural y la ciencia no”) afirma que “el pensamiento científico moderno es radicalmente no natural”.

Aunque no he leído el libro, a partir de reseñas y entrevistas puedo colegir que su argumento es que la forma religiosa de pensar, basada en lo que él llama “cognición natural”, automática y muchas veces no consciente, es mucho más espontánea que la científica, que requiere un lenguaje, hábitos de pensamiento y metodologías muy poco “naturales”. Tanto, que tienen que aprenderse a través de años de entrenamiento. Y mientras que la ciencia ofrece muchas veces explicaciones antiintuitivas, que van contra lo que esperaríamos naturalmente, la religión –al menos la religión “popular”, que McCauley cuidadosamente distingue de la compleja teología– produce explicaciones que aceptamos fácilmente.

Ya muchos pensadores se han ocupado de la relación entre ciencia y religión. Algunos, como el famoso biólogo estadounidense Stephen Jay Gould, piensan que son formas esencialmente compatibles de pensar, pues cada una se ocupa de temas distintos (o “magisterios separados”, como él los llama): la ciencia, de la naturaleza; la religión, de la espiritualidad y los temas morales. Otros, a los que me sumo, pensamos lo contrario: temas como despenalización del aborto, eutanasia, investigación con células madre embrionarias, derechos de mujeres y minorías sexuales, y muchos otros, dejan claro que la oposición entre los puntos de vista científico y religioso llega a ser radical y absoluta. No hay acuerdo posible.

McCauley considera que la forma que tiene la religión de explicar las cosas, atribuyéndolas a causas divinas, es más sencilla y natural que la forma científica, que exige pruebas antes de atribuir un efecto a una causa determinada, y que excluye, por sistema, las causas sobrenaturales.

Sin embargo, muchos otros filósofos y pensadores han propuesto que la ciencia no es más que un refinamiento del sentido común. Una manera de interpretar de modo cada vez más confiable los datos que recibimos sobre el mundo. Incluso se ha planteado que el desarrollo del pensamiento científico es el paso más reciente de un proceso evolutivo que comenzó con los receptores membranales de las bacterias, pasando por los sentidos animales y la capacidad de modelar comportamientos presente en mamíferos y humanos. Algo completamente natural.

Pero aunque podría pensarse que McCauley critica a la ciencia, también parece preocuparse por ella. Siendo, como dice, tan poco natural, resulta frágil, y puede deteriorarse, al grado de poder extinguirse. Como explica en una entrevista, “[La ciencia] necesita ser practicada en muchos distintos lugares por montones de personas distintas, ser apoyada por enormes instituciones de investigación, por sociedades y revistas profesionales, y por todos los demás procesos que respaldan a esta creación social. Todo esto es extremadamente complejo y extremadamente caro. Así que mantener a la ciencia es una propuesta muy, muy costosa para el ser humano.”

¿Qué manera de entender el mundo es más útil, la religiosa o la científica? McCauley sugiere que la primera es más natural, no necesariamente “mejor”. Y que precisamente por eso, si valoramos a la segunda, tendríamos que cuidarla. De otro modo, podríamos perderla. Basta con ver lo que pasa en los países regidos por totalitarismos religiosos.

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Arte, ciencia y naturaleza

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de agosto  de 2014

Uno de los grandes prejuicios respecto a la ciencia es que se trata de una actividad puramente racional, cerebral, y por tanto para nerds, insensible, fría. Exactamente lo opuesto al arte, que es cálido, creativo y expresa emociones. Parecería que el arte es lo más humano, mientras que la ciencia es casi, de cierto modo, inhumana. (No en balde muchas personas tienen el prejuicio de que la ciencia “deshumaniza”.)

Y en efecto, el arte es un quehacer característicamente humano. De hecho, se define como una actividad humana: no hay otras especies que produzcan arte (aunque existen ejemplos aislados de animales que parecen armar ciertas construcciones con una finalidad “estética” relacionada, por ejemplo, con el apareamiento). En cambio, otras cosas que pudieran ser objeto de una apreciación estética, , pues no son creaciones de Homo sapiens, como un atardecer, el canto de un ave o la guapura de una persona, no califican como “arte”.

¿Por qué establecemos esta distinción? ¿Por qué consideramos que la belleza y complejidad de la naturaleza, que puede sorprendernos y conmovernos tanto o más que la más refinada obra de arte; que nos puede proporcionar el mismo nivel de experiencia estética, no merece entrar en la misma categoría sólo por no ser producto del esfuerzo y la creatividad humanas?

Tengo la impresión de que esta separación se basa en un prejuicio, muy similar pero opuesto al que nos hace pensar que las cosas artificiales son “inferiores” a las naturales (ya saben: un champú, una tela o un alimento son “mejores” si son “naturales”; el extremo absurdo de esta manera de pensar es la actual obsesión por lo “orgánico”, mientras que aquello que se produce industrialmente o peor, en un laboratorio, con “sustancias químicas” –como si no toda la materia, incluyendo al agua pura, fuera química y sólo química– es, automáticamente, de mala calidad o incluso dañino).

Hablo del prejuicio de que los productos humanos son fundamentalmente distintos de aquellos que existen en la naturaleza (inferiores, en el caso de alimentos y materiales; superiores, si se habla del arte).

Y sin embargo, la distinción natural/artificial es, básicamente… artificial. Si el ser humano es un animal producto de la evolución, y como tal parte de la naturaleza, ¿por qué consideramos que los frutos de su intelecto y actividad quedan fuera de ésta? Los humanos creamos arte mediante procesos naturales (no sobrenaturales). Estrictamente, al ser creado por una humanidad que es resultado de un proceso natural (la evolución por selección darwiniana), el arte es también un producto de la evolución. Es también parte de la naturaleza.

Lo mismo, por supuesto, se podría decir de todo aquello que calificamos de “artificial”: todos los frutos de la actividad humana, incluyendo a la ciencia y la tecnología.

Lo curioso es que, en el caso del arte, usemos el origen humano como señal de calidad, como si la belleza que existe de forma espontánea no tuviese el mismo valor, pero al considerar a la ciencia y sus productos califiquemos su factura humana como un defecto.

Y tampoco hay que olvidar que la visión del mundo que nos ofrece la ciencia permite experimentar esa misma sensación de maravilla que nos da el arte. Si lo pensamos bien, todo, incluyendo a nuestra especie y sus productos, es parte, finalmente, de la naturaleza.

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miércoles, 20 de agosto de 2014

Científicos: ¿villanos o héroes?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de agosto  de 2014

La profesión de científico ha tenido siempre una mala percepción pública.

El científico es percibido a través de dos estereotipos. Uno es ridículo: el viejito canoso, despeinado tipo Einstein, distraído, sabio y bonachón, que más que científico es un inventor, y que vemos repetido hasta el cansancio en caricaturas, anuncios y películas. El segundo es negativo: el científico loco tipo Dr. Frankenstein
(o Doofenshmirtz, o Jekyll, o Strangelove) que, guiado por su ambición, quiere apoderarse del mundo y desata fuerzas fuera de su control que acaban siempre causando una tragedia.

En la más reciente Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México (ENPECYT), llevada a cabo en 2011 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), ante la afirmación “Debido a sus conocimientos, los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”, el 50.1% de las personas encuestadas dijeron estar “de acuerdo”. Definitivamente, la ciencia tiene un problema de imagen, en gran parte fomentada por la literatura, el cine y la TV.

Uno de los pocos géneros en que el científico tiende a ser presentado más positivamente es la ciencia ficción, tan menospreciada pero que tantas personas con vocación o simple gusto por la ciencia disfrutamos. La ciencia ficción “dura”, la que basa sus tramas en conocimiento científico sólido, podría servir, según Isaac Asimov –gran maestro él mismo del género– para despertar vocaciones, o quizá para detectar a los jóvenes con aptitudes para la ciencia y la tecnología. Pero incluso la ciencia ficción “blanda”, que se mezcla con fantasía sin bases científicas, como la de series de TV como Viaje a las estrellas (Star trek) o películas como La guerra de las galaxias (Star wars), puede ayudar a combatir los injustos estereotipos negativos.

El pasado domingo asistí a la Gira Mundial de Doctor Who (Doctor Who World Tour), un evento organizado por la BBC para presentar a Peter Capaldi, el nuevo actor que encarna al Doctor, protagonista de mi serie favorita de ciencia ficción (blanda) de toda la vida, y mostrar el primer capítulo de la nueva temporada. La BBC ya había logrado un éxito inusitado al presentar en cines de todo el mundo, a finales del año pasado, el capítulo especial del 50 aniversario del programa (Doctor Who es la serie televisiva de ciencia ficción más longeva del mundo, como ya comenté aquí en otra ocasión).

El Doctor no es precisamente un científico, sino un extraterrestre que viaja en el tiempo y puede regenerar su cuerpo para vivir prácticamente por siempre (y para que actor que lo encarna pueda cambiar periódicamente). Pero sí tiene una mente y una actitud científicas, y amplios conocimientos de ciencia. Para el televidente, es una especie de científico, pero mezclado con héroe. Es sabio, pero también valiente y bueno: tiene principios éticos y lucha por la justicia y por proteger a los indefensos.

En una mesa redonda el año pasado Steven Moffat, actual productor ejecutivo y escritor principal de la serie, describió qué hace distinto al Doctor: “Cuando hicieron a éste héroe en particular, no le dieron una pistola; le dieron un destornillador para arreglar cosas. No le dieron un tanque o una nave de guerra… le dieron una cabina telefónica desde la que se puede pedir ayuda. Y no le dieron un superpoder ni orejas puntiagudas ni un rayo calorífico: le dieron un corazón extra. Le dieron dos corazones. Es extraordinario: nunca habrá una época en que no necesitemos un héroe como el Doctor.”

Es cierto. Y quizá si hubiera más héroes de ficción como él, la imagen de la ciencia, en México y el mundo, mejoraría. O quizá es sólo que soy un fanático irredento de Doctor Who.

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miércoles, 13 de agosto de 2014

Robin Williams

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de agosto  de 2014

Mork del planeta Ork
Sí: ya sé que se supone que ésta es una columna de ciencia. Pero también lo es de gusto. Y si algo se puede decir del recientemente fallecido actor estadounidense Robin Williams es que dio gusto a sus miles de fans durante décadas en las muchas decenas de películas que protagonizó. Fue uno de los más grandes comediantes de nuestra época, y también un excelente actor dramático (cuando los directores sabían evitar su tendencia a sobreactuar).

El primer papel que lo hizo famoso tenía una relación indirecta con la ciencia… ficción. Fue Mork, un extraterrestre del planeta Ork, que convivía con una chica llamada Mindy. Una fabulosa comedia proto-ochentera (1978-1982).

Años más tarde, en 1999, dio vida al androide Andrew en una historia de ciencia ficción más seria: la adaptación fílmica (bastante mala) de la novela El hombre bicentenario, de Isaac Asimov. (En 1994 protagonizó otro filme de ciencia ficción, La memoria de los muertosThe final cut– también poco afortunado.)

Otra película famosa, que le daría su único Óscar y que disfruté mucho fue Mente indomable (Good Will Hunting, 1997), donde Williams encarna a un psicólogo.

Es quizá en Despertares (Awakenings, 1990), basada en el libro del mismo título del magistral neurólogo, escritor y divulgador científico Oliver Sacks, donde la carrera de Robin Williams más se acercó a la verdadera ciencia. La cinta se basan en el libro donde Sacks (interpretado por Williams en el filme) relató su experiencia real con pacientes que habían pasado décadas encerrados en un hospital de Nueva York, víctimas de la encefalitis letárgica, y los inquietantes resultados que obtuvo al tratarlos con el fármaco L-dopa. Una hermosa historia de ciencia y humanismo, como suelen serlo las que escribe Sacks.

Pero mi película favorita de Williams no tiene que ver con la ciencia, sino con la poesía: La sociedad de los poetas muertos (Dead poets society, 1989). En una de sus muchas escenas inolvidables, el nuevo profesor de literatura, John Keating (Williams), hace leer a los alumnos la introducción del libro de texto de poesía, donde el autor propone un método “científico” para evaluar la calidad de un poema, tomando en cuenta dos parámetros: qué tan artísticamente se trata el tema y qué tan importante es éste. Keating, abominando de la idea de “medir” la poesía, hace que arranquen la página de sus libros.

Más adelante, Keating inculca en sus alumnos el ideal de aprovechar la vida al máximo (Carpe diem), pues ésta dura poco. Y es que en realidad la cinta, con guión de Tom Schulman, se trata, creo yo, del entusiasmo.

Si el verdadero valor de la literatura y la poesía radica en su belleza y el entusiasmo que nos pueden causar, lo mismo, exactamente, se puede decir de la ciencia. Me atrevería a afirmar que la auténtica razón por la que la gran mayoría de los científicos –sean investigadores o divulgadores– se dedican a la ciencia (a crearla o a comunicarla) es precisamente su entusiasmo por la belleza de la imagen del mundo que nos ofrece, y el asombro, el disfrute y la inspiración que nos ofrece.

“La gran desgracia de la ciencia es ser útil”, escribí hace años. Y es cierto, porque tendemos a apreciarla sólo por sus aplicaciones prácticas. Pero su verdadero valor, al igual que el de la poesía y el arte en general, es que nos permite acceder a la “experiencia científica”: equivalente a la experiencia estética que nos da el arte, pero que pasa primero por la comprensión racional.

Tristemente, Williams acabó con su propia vida, víctima de la depresión. Pero el mensaje con el que yo me quedo a partir de su carrera es precisamente uno de entusiasmo. Lo extrañaremos.

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miércoles, 6 de agosto de 2014

Ébola

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de agosto  de 2014

Los virus son uno de los grandes enigmas de la biología y la medicina modernas. No porque sean misteriosos, sino porque aún no los conocemos por completo ni los entendemos lo suficiente como para predecir y controlar su comportamiento.

Es natural que las noticias de una epidemia de la mortal fiebre hemorrágica causada por el virus de Ébola cause temor. Sobre todo hoy que las noticias se esparcen tan rápidamente como el propio virus.

El nombre del virus deriva del río Ébola, en lo que hoy es la República del Congo, porque ahí se descubrió en 1976. Pertenece a una familia de virus cuya estructura microscópica es de largos y curvos filamentos de proteína, de una milésima de milímetro de largo, dentro de los cuales se encuentra su información genética, en forma de ácido ribonucleico (ARN). Otro miembro de esta familia, los filoviridae, es el virus de Marburgo, que también causa una fiebre hemorrágica en humanos. El virus Ébola se considera un riesgo de bioseguridad de nivel 4: el más alto, que requiere aislamiento total y equipo especial para su manejo.

Se conocen cinco variedades de ebolavirus, que han causado unos 17 brotes epidémicos, incluyendo el presente. Algunas variedades llegan a tener una tasa de mortalidad de hasta 90%; otros sólo el 34. Los pacientes que sobreviven pueden llegar a una recuperación total, aunque siguen pudiendo contagiar el virus a través de su semen hasta por siete semanas.

El brote actual, causado por la variedad ebolavirus Zaire, o EBOV, parece causar una mortalidad de 59%. Comenzó en marzo pasado en Guinea, y se ha extendido a Sierra Leona y Liberia, todos en el África occidental. Ha causado ya unas mil 600 infecciones y unas 890 muertes.

La principal causa de alarma, además de su alta mortalidad (la de la epidemia de influenza de 2009 fue de 0.02%) es que se trata de un virus sumamente contagioso, que puede matar a sus víctimas en sólo unos días. Si añadimos que se trata del brote que más personas ha matado hasta ahora (el primero, en Zaire en 1976, que tenía el récord, mató sólo a 208 personas), y que por primera vez se ha extendido a áreas urbanas (Monrovia, la capital de Liberia), la alarma se justifica.

No está totalmente claro cómo se difunde: no se contagia por aire, pero sí por contacto directo y por fluidos como sangre y semen. Se piensa que el virus existe permanentemente en murciélagos, de donde pasa ocasionalmente a cerdos, antílopes y primates, y de éstos a humanos. La falta de higiene es un factor en su transmisión, y los cadáveres siguen siendo infecciosos.

Y sin embargo, hay buenas noticias. Aunque, como se sabe, no existe una vacuna contra este filovirus, varias están en desarrollo y pruebas. Y un tratamiento experimental que se está aplicando a un paciente estadounidense trasladado hace unos días a un hospital de Atlanta parece estar resultando prometedor.

Además, 11 países africanos afectados o en riesgo están tomando medidas para controlar el contagio, y la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales están llevando un control minucioso de los casos y del tratamiento de los pacientes.

Es poco probable que el virus se extienda mucho más: su propia alta tasa de mortalidad limita su expansión (a diferencia de virus menos contagiosos y mortales, pero que gracias a su largo periodo de incubación pueden extenderse mucho más ampliamente, como el VIH).

No está de más estar alertas. A mí me consuela pensar, digan lo que digan quienes desconfían de la ciencia, que gracias a ella hoy contamos con mucho mejores herramientas para identificar y confrontar estas nuevas amenazas, que inevitablemente surgen de vez en cuando, con mucha mayor eficacia que nunca antes en la historia humana.

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miércoles, 30 de julio de 2014

El experimento de Facebook

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de julio  de 2014

Las redes sociales virtuales, como Facebook y Twitter, son herramientas que nunca antes habían existido en la historia humana. Resulta natural que apenas estemos descubriendo su verdadero poder y alcance, y aprendiendo a manejarlas sin que causen problemas.

Como permiten la comunicación de manera instantánea con cualquier parte del mundo, facilitan la interacción entre individuos y grupos. Esto facilita que ocurran fenómenos como la dispersión viral de información, o que ciertos datos puedan llegar a la persona menos indicada. De ahí muchos de los problemas personales o sociales que suelen causar: disputas, despidos, divorcios, conflictos familiares, en el trabajo y hasta entre naciones.

¿Qué tanto pueden las redes sociales influir en el comportamiento, la manera de pensar y hasta el estado de ánimo de sus usuarios? Quizá recuerde usted varios estudios que han señalado que el uso intenso de Facebook podría tener un efecto depresivo (por ejemplo, porque al constantemente
ver las fotos de momentos aparentemente perfectos de felicidad que publican nuestros contactos –las fotos siempre embellecen las cosas– la comparamos la realidad de nuestra vida, que entonces parece más bien gris).

En junio pasado un investigador de la empresa Facebook, Adam Kramer, junto con Jamie Guillory y Jeffrey Hancock, de la Universidad de Cornell, publicaron en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS) un estudio que ha causado gran alboroto.

Para entenderlo, debe usted saber que las publicaciones de sus “amigos” que puede ver en Facebook no son todo lo que ellos publican: la red social emplea un algoritmo para filtrar el contenido que se espera resulte “más importante e interesante” para usted. Por ejemplo, si usted frecuentemente ha dado “like” (me gusta) al contenido que publica cierta persona, Facebook le mostrará más contenido que provenga de ella; si ha compartido contenidos que abordan ciertos temas, es probable que Facebook le muestre más publicaciones similares.

Para mejorar su algoritmo, los técnicos de Facebook realizan constantemente pruebas. El su artículo, Kramer y sus colegas reportan una de ellas. Consistió en manipular durante una semana (11 al 18 de enero de 2012), mediante un proceso al azar, las publicaciones y comentarios que recibían 689 mil usuarios de la red (de habla inglesa) para hacer que vieran con más frecuencia notificaciones con contenido positivo o negativo (identificado mediante la presencia de palabras “positivas” o “negativas” en una lista predeterminada de uso común en este tipo de estudios). A continuación, se vio si las publicaciones que hacían los propios usuarios tendían a volverse más positivas o negativas, respectivamente. (El proceso consistió en dividir a los usuarios en dos grupos, positivo y negativo, y a continuación alterar la probabilidad de que vieran contenido de tipo positivo o negativo de un 10 hasta un 90%, según su número de identidad de Facebook.)

El resultado fue que en efecto, el tono emocional de lo que uno lee en Facebook influye en el tono de lo que uno publica, aunque de manera minúscula: quienes veían más contenido positivo, hacían más publicaciones positivas, y viceversa. Esto comprueba que el fenómeno conocido como “contagio emocional”, bien estudiado en interacciones humanas directas, puede también ocurrir a través del contacto impersonal de las redes sociales. Un hallazgo interesante.

Sin embargo, muchos analistas y usuarios de Facebook expresaron su indignación ante lo que consideraban un uso poco ético –abuso de confianza, intromisión en la intimidad– por parte de la empresa (a pesar de que las condiciones de uso de la red estipulan que la información de los usuarios puede ser usada con fines de investigación). Llegó a haber acusaciones de que el experimento podría, por ejemplo, haber empeorado el estado de personas deprimidas y quizá hasta haber causado algún suicidio, y se lo comparó con el infame experimento de Tuskegee, en Alabama, EUA, en que investigadores médicos estudiaron entre 1932 y 1972 a cientos de afroamericanos infectados de sífilis y no les ofrecieron tratamiento con antibióticos, a pesar de estar disponible, porque deseaban estudiar el desarrollo de la enfermedad, y permitieron así que muchos infectaran a sus parejas sexuales y que murieran.

En general, el sentimiento es que cualquier manipulación psicológica es inaceptable, y que todo experimento que use humanos debe contar con la aprobación explícita de los participantes (como ocurre en la investigación científica en el mundo real).

Confirmo que las redes sociales virtuales son un nuevo mundo, todavía en gran parte desconocido, por el que aún no sabemos movernos con confianza. Lo curioso es ver que no sólo los usuarios, sino las propias redes se meten en problemas, al tratar de entenderse a sí mismas.

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