miércoles, 27 de agosto de 2014

Arte, ciencia y naturaleza

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 27 de agosto  de 2014

Uno de los grandes prejuicios respecto a la ciencia es que se trata de una actividad puramente racional, cerebral, y por tanto para nerds, insensible, fría. Exactamente lo opuesto al arte, que es cálido, creativo y expresa emociones. Parecería que el arte es lo más humano, mientras que la ciencia es casi, de cierto modo, inhumana. (No en balde muchas personas tienen el prejuicio de que la ciencia “deshumaniza”.)

Y en efecto, el arte es un quehacer característicamente humano. De hecho, se define como una actividad humana: no hay otras especies que produzcan arte (aunque existen ejemplos aislados de animales que parecen armar ciertas construcciones con una finalidad “estética” relacionada, por ejemplo, con el apareamiento). En cambio, otras cosas que pudieran ser objeto de una apreciación estética, , pues no son creaciones de Homo sapiens, como un atardecer, el canto de un ave o la guapura de una persona, no califican como “arte”.

¿Por qué establecemos esta distinción? ¿Por qué consideramos que la belleza y complejidad de la naturaleza, que puede sorprendernos y conmovernos tanto o más que la más refinada obra de arte; que nos puede proporcionar el mismo nivel de experiencia estética, no merece entrar en la misma categoría sólo por no ser producto del esfuerzo y la creatividad humanas?

Tengo la impresión de que esta separación se basa en un prejuicio, muy similar pero opuesto al que nos hace pensar que las cosas artificiales son “inferiores” a las naturales (ya saben: un champú, una tela o un alimento son “mejores” si son “naturales”; el extremo absurdo de esta manera de pensar es la actual obsesión por lo “orgánico”, mientras que aquello que se produce industrialmente o peor, en un laboratorio, con “sustancias químicas” –como si no toda la materia, incluyendo al agua pura, fuera química y sólo química– es, automáticamente, de mala calidad o incluso dañino).

Hablo del prejuicio de que los productos humanos son fundamentalmente distintos de aquellos que existen en la naturaleza (inferiores, en el caso de alimentos y materiales; superiores, si se habla del arte).

Y sin embargo, la distinción natural/artificial es, básicamente… artificial. Si el ser humano es un animal producto de la evolución, y como tal parte de la naturaleza, ¿por qué consideramos que los frutos de su intelecto y actividad quedan fuera de ésta? Los humanos creamos arte mediante procesos naturales (no sobrenaturales). Estrictamente, al ser creado por una humanidad que es resultado de un proceso natural (la evolución por selección darwiniana), el arte es también un producto de la evolución. Es también parte de la naturaleza.

Lo mismo, por supuesto, se podría decir de todo aquello que calificamos de “artificial”: todos los frutos de la actividad humana, incluyendo a la ciencia y la tecnología.

Lo curioso es que, en el caso del arte, usemos el origen humano como señal de calidad, como si la belleza que existe de forma espontánea no tuviese el mismo valor, pero al considerar a la ciencia y sus productos califiquemos su factura humana como un defecto.

Y tampoco hay que olvidar que la visión del mundo que nos ofrece la ciencia permite experimentar esa misma sensación de maravilla que nos da el arte. Si lo pensamos bien, todo, incluyendo a nuestra especie y sus productos, es parte, finalmente, de la naturaleza.

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miércoles, 20 de agosto de 2014

Científicos: ¿villanos o héroes?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de agosto  de 2014

La profesión de científico ha tenido siempre una mala percepción pública.

El científico es percibido a través de dos estereotipos. Uno es ridículo: el viejito canoso, despeinado tipo Einstein, distraído, sabio y bonachón, que más que científico es un inventor, y que vemos repetido hasta el cansancio en caricaturas, anuncios y películas. El segundo es negativo: el científico loco tipo Dr. Frankenstein
(o Doofenshmirtz, o Jekyll, o Strangelove) que, guiado por su ambición, quiere apoderarse del mundo y desata fuerzas fuera de su control que acaban siempre causando una tragedia.

En la más reciente Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México (ENPECYT), llevada a cabo en 2011 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), ante la afirmación “Debido a sus conocimientos, los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”, el 50.1% de las personas encuestadas dijeron estar “de acuerdo”. Definitivamente, la ciencia tiene un problema de imagen, en gran parte fomentada por la literatura, el cine y la TV.

Uno de los pocos géneros en que el científico tiende a ser presentado más positivamente es la ciencia ficción, tan menospreciada pero que tantas personas con vocación o simple gusto por la ciencia disfrutamos. La ciencia ficción “dura”, la que basa sus tramas en conocimiento científico sólido, podría servir, según Isaac Asimov –gran maestro él mismo del género– para despertar vocaciones, o quizá para detectar a los jóvenes con aptitudes para la ciencia y la tecnología. Pero incluso la ciencia ficción “blanda”, que se mezcla con fantasía sin bases científicas, como la de series de TV como Viaje a las estrellas (Star trek) o películas como La guerra de las galaxias (Star wars), puede ayudar a combatir los injustos estereotipos negativos.

El pasado domingo asistí a la Gira Mundial de Doctor Who (Doctor Who World Tour), un evento organizado por la BBC para presentar a Peter Capaldi, el nuevo actor que encarna al Doctor, protagonista de mi serie favorita de ciencia ficción (blanda) de toda la vida, y mostrar el primer capítulo de la nueva temporada. La BBC ya había logrado un éxito inusitado al presentar en cines de todo el mundo, a finales del año pasado, el capítulo especial del 50 aniversario del programa (Doctor Who es la serie televisiva de ciencia ficción más longeva del mundo, como ya comenté aquí en otra ocasión).

El Doctor no es precisamente un científico, sino un extraterrestre que viaja en el tiempo y puede regenerar su cuerpo para vivir prácticamente por siempre (y para que actor que lo encarna pueda cambiar periódicamente). Pero sí tiene una mente y una actitud científicas, y amplios conocimientos de ciencia. Para el televidente, es una especie de científico, pero mezclado con héroe. Es sabio, pero también valiente y bueno: tiene principios éticos y lucha por la justicia y por proteger a los indefensos.

En una mesa redonda el año pasado Steven Moffat, actual productor ejecutivo y escritor principal de la serie, describió qué hace distinto al Doctor: “Cuando hicieron a éste héroe en particular, no le dieron una pistola; le dieron un destornillador para arreglar cosas. No le dieron un tanque o una nave de guerra… le dieron una cabina telefónica desde la que se puede pedir ayuda. Y no le dieron un superpoder ni orejas puntiagudas ni un rayo calorífico: le dieron un corazón extra. Le dieron dos corazones. Es extraordinario: nunca habrá una época en que no necesitemos un héroe como el Doctor.”

Es cierto. Y quizá si hubiera más héroes de ficción como él, la imagen de la ciencia, en México y el mundo, mejoraría. O quizá es sólo que soy un fanático irredento de Doctor Who.

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miércoles, 13 de agosto de 2014

Robin Williams

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de agosto  de 2014

Mork del planeta Ork
Sí: ya sé que se supone que ésta es una columna de ciencia. Pero también lo es de gusto. Y si algo se puede decir del recientemente fallecido actor estadounidense Robin Williams es que dio gusto a sus miles de fans durante décadas en las muchas decenas de películas que protagonizó. Fue uno de los más grandes comediantes de nuestra época, y también un excelente actor dramático (cuando los directores sabían evitar su tendencia a sobreactuar).

El primer papel que lo hizo famoso tenía una relación indirecta con la ciencia… ficción. Fue Mork, un extraterrestre del planeta Ork, que convivía con una chica llamada Mindy. Una fabulosa comedia proto-ochentera (1978-1982).

Años más tarde, en 1999, dio vida al androide Andrew en una historia de ciencia ficción más seria: la adaptación fílmica (bastante mala) de la novela El hombre bicentenario, de Isaac Asimov. (En 1994 protagonizó otro filme de ciencia ficción, La memoria de los muertosThe final cut– también poco afortunado.)

Otra película famosa, que le daría su único Óscar y que disfruté mucho fue Mente indomable (Good Will Hunting, 1997), donde Williams encarna a un psicólogo.

Es quizá en Despertares (Awakenings, 1990), basada en el libro del mismo título del magistral neurólogo, escritor y divulgador científico Oliver Sacks, donde la carrera de Robin Williams más se acercó a la verdadera ciencia. La cinta se basan en el libro donde Sacks (interpretado por Williams en el filme) relató su experiencia real con pacientes que habían pasado décadas encerrados en un hospital de Nueva York, víctimas de la encefalitis letárgica, y los inquietantes resultados que obtuvo al tratarlos con el fármaco L-dopa. Una hermosa historia de ciencia y humanismo, como suelen serlo las que escribe Sacks.

Pero mi película favorita de Williams no tiene que ver con la ciencia, sino con la poesía: La sociedad de los poetas muertos (Dead poets society, 1989). En una de sus muchas escenas inolvidables, el nuevo profesor de literatura, John Keating (Williams), hace leer a los alumnos la introducción del libro de texto de poesía, donde el autor propone un método “científico” para evaluar la calidad de un poema, tomando en cuenta dos parámetros: qué tan artísticamente se trata el tema y qué tan importante es éste. Keating, abominando de la idea de “medir” la poesía, hace que arranquen la página de sus libros.

Más adelante, Keating inculca en sus alumnos el ideal de aprovechar la vida al máximo (Carpe diem), pues ésta dura poco. Y es que en realidad la cinta, con guión de Tom Schulman, se trata, creo yo, del entusiasmo.

Si el verdadero valor de la literatura y la poesía radica en su belleza y el entusiasmo que nos pueden causar, lo mismo, exactamente, se puede decir de la ciencia. Me atrevería a afirmar que la auténtica razón por la que la gran mayoría de los científicos –sean investigadores o divulgadores– se dedican a la ciencia (a crearla o a comunicarla) es precisamente su entusiasmo por la belleza de la imagen del mundo que nos ofrece, y el asombro, el disfrute y la inspiración que nos ofrece.

“La gran desgracia de la ciencia es ser útil”, escribí hace años. Y es cierto, porque tendemos a apreciarla sólo por sus aplicaciones prácticas. Pero su verdadero valor, al igual que el de la poesía y el arte en general, es que nos permite acceder a la “experiencia científica”: equivalente a la experiencia estética que nos da el arte, pero que pasa primero por la comprensión racional.

Tristemente, Williams acabó con su propia vida, víctima de la depresión. Pero el mensaje con el que yo me quedo a partir de su carrera es precisamente uno de entusiasmo. Lo extrañaremos.

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miércoles, 6 de agosto de 2014

Ébola

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de agosto  de 2014

Los virus son uno de los grandes enigmas de la biología y la medicina modernas. No porque sean misteriosos, sino porque aún no los conocemos por completo ni los entendemos lo suficiente como para predecir y controlar su comportamiento.

Es natural que las noticias de una epidemia de la mortal fiebre hemorrágica causada por el virus de Ébola cause temor. Sobre todo hoy que las noticias se esparcen tan rápidamente como el propio virus.

El nombre del virus deriva del río Ébola, en lo que hoy es la República del Congo, porque ahí se descubrió en 1976. Pertenece a una familia de virus cuya estructura microscópica es de largos y curvos filamentos de proteína, de una milésima de milímetro de largo, dentro de los cuales se encuentra su información genética, en forma de ácido ribonucleico (ARN). Otro miembro de esta familia, los filoviridae, es el virus de Marburgo, que también causa una fiebre hemorrágica en humanos. El virus Ébola se considera un riesgo de bioseguridad de nivel 4: el más alto, que requiere aislamiento total y equipo especial para su manejo.

Se conocen cinco variedades de ebolavirus, que han causado unos 17 brotes epidémicos, incluyendo el presente. Algunas variedades llegan a tener una tasa de mortalidad de hasta 90%; otros sólo el 34. Los pacientes que sobreviven pueden llegar a una recuperación total, aunque siguen pudiendo contagiar el virus a través de su semen hasta por siete semanas.

El brote actual, causado por la variedad ebolavirus Zaire, o EBOV, parece causar una mortalidad de 59%. Comenzó en marzo pasado en Guinea, y se ha extendido a Sierra Leona y Liberia, todos en el África occidental. Ha causado ya unas mil 600 infecciones y unas 890 muertes.

La principal causa de alarma, además de su alta mortalidad (la de la epidemia de influenza de 2009 fue de 0.02%) es que se trata de un virus sumamente contagioso, que puede matar a sus víctimas en sólo unos días. Si añadimos que se trata del brote que más personas ha matado hasta ahora (el primero, en Zaire en 1976, que tenía el récord, mató sólo a 208 personas), y que por primera vez se ha extendido a áreas urbanas (Monrovia, la capital de Liberia), la alarma se justifica.

No está totalmente claro cómo se difunde: no se contagia por aire, pero sí por contacto directo y por fluidos como sangre y semen. Se piensa que el virus existe permanentemente en murciélagos, de donde pasa ocasionalmente a cerdos, antílopes y primates, y de éstos a humanos. La falta de higiene es un factor en su transmisión, y los cadáveres siguen siendo infecciosos.

Y sin embargo, hay buenas noticias. Aunque, como se sabe, no existe una vacuna contra este filovirus, varias están en desarrollo y pruebas. Y un tratamiento experimental que se está aplicando a un paciente estadounidense trasladado hace unos días a un hospital de Atlanta parece estar resultando prometedor.

Además, 11 países africanos afectados o en riesgo están tomando medidas para controlar el contagio, y la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales están llevando un control minucioso de los casos y del tratamiento de los pacientes.

Es poco probable que el virus se extienda mucho más: su propia alta tasa de mortalidad limita su expansión (a diferencia de virus menos contagiosos y mortales, pero que gracias a su largo periodo de incubación pueden extenderse mucho más ampliamente, como el VIH).

No está de más estar alertas. A mí me consuela pensar, digan lo que digan quienes desconfían de la ciencia, que gracias a ella hoy contamos con mucho mejores herramientas para identificar y confrontar estas nuevas amenazas, que inevitablemente surgen de vez en cuando, con mucha mayor eficacia que nunca antes en la historia humana.

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miércoles, 30 de julio de 2014

El experimento de Facebook

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de julio  de 2014

Las redes sociales virtuales, como Facebook y Twitter, son herramientas que nunca antes habían existido en la historia humana. Resulta natural que apenas estemos descubriendo su verdadero poder y alcance, y aprendiendo a manejarlas sin que causen problemas.

Como permiten la comunicación de manera instantánea con cualquier parte del mundo, facilitan la interacción entre individuos y grupos. Esto facilita que ocurran fenómenos como la dispersión viral de información, o que ciertos datos puedan llegar a la persona menos indicada. De ahí muchos de los problemas personales o sociales que suelen causar: disputas, despidos, divorcios, conflictos familiares, en el trabajo y hasta entre naciones.

¿Qué tanto pueden las redes sociales influir en el comportamiento, la manera de pensar y hasta el estado de ánimo de sus usuarios? Quizá recuerde usted varios estudios que han señalado que el uso intenso de Facebook podría tener un efecto depresivo (por ejemplo, porque al constantemente
ver las fotos de momentos aparentemente perfectos de felicidad que publican nuestros contactos –las fotos siempre embellecen las cosas– la comparamos la realidad de nuestra vida, que entonces parece más bien gris).

En junio pasado un investigador de la empresa Facebook, Adam Kramer, junto con Jamie Guillory y Jeffrey Hancock, de la Universidad de Cornell, publicaron en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS) un estudio que ha causado gran alboroto.

Para entenderlo, debe usted saber que las publicaciones de sus “amigos” que puede ver en Facebook no son todo lo que ellos publican: la red social emplea un algoritmo para filtrar el contenido que se espera resulte “más importante e interesante” para usted. Por ejemplo, si usted frecuentemente ha dado “like” (me gusta) al contenido que publica cierta persona, Facebook le mostrará más contenido que provenga de ella; si ha compartido contenidos que abordan ciertos temas, es probable que Facebook le muestre más publicaciones similares.

Para mejorar su algoritmo, los técnicos de Facebook realizan constantemente pruebas. El su artículo, Kramer y sus colegas reportan una de ellas. Consistió en manipular durante una semana (11 al 18 de enero de 2012), mediante un proceso al azar, las publicaciones y comentarios que recibían 689 mil usuarios de la red (de habla inglesa) para hacer que vieran con más frecuencia notificaciones con contenido positivo o negativo (identificado mediante la presencia de palabras “positivas” o “negativas” en una lista predeterminada de uso común en este tipo de estudios). A continuación, se vio si las publicaciones que hacían los propios usuarios tendían a volverse más positivas o negativas, respectivamente. (El proceso consistió en dividir a los usuarios en dos grupos, positivo y negativo, y a continuación alterar la probabilidad de que vieran contenido de tipo positivo o negativo de un 10 hasta un 90%, según su número de identidad de Facebook.)

El resultado fue que en efecto, el tono emocional de lo que uno lee en Facebook influye en el tono de lo que uno publica, aunque de manera minúscula: quienes veían más contenido positivo, hacían más publicaciones positivas, y viceversa. Esto comprueba que el fenómeno conocido como “contagio emocional”, bien estudiado en interacciones humanas directas, puede también ocurrir a través del contacto impersonal de las redes sociales. Un hallazgo interesante.

Sin embargo, muchos analistas y usuarios de Facebook expresaron su indignación ante lo que consideraban un uso poco ético –abuso de confianza, intromisión en la intimidad– por parte de la empresa (a pesar de que las condiciones de uso de la red estipulan que la información de los usuarios puede ser usada con fines de investigación). Llegó a haber acusaciones de que el experimento podría, por ejemplo, haber empeorado el estado de personas deprimidas y quizá hasta haber causado algún suicidio, y se lo comparó con el infame experimento de Tuskegee, en Alabama, EUA, en que investigadores médicos estudiaron entre 1932 y 1972 a cientos de afroamericanos infectados de sífilis y no les ofrecieron tratamiento con antibióticos, a pesar de estar disponible, porque deseaban estudiar el desarrollo de la enfermedad, y permitieron así que muchos infectaran a sus parejas sexuales y que murieran.

En general, el sentimiento es que cualquier manipulación psicológica es inaceptable, y que todo experimento que use humanos debe contar con la aprobación explícita de los participantes (como ocurre en la investigación científica en el mundo real).

Confirmo que las redes sociales virtuales son un nuevo mundo, todavía en gran parte desconocido, por el que aún no sabemos movernos con confianza. Lo curioso es ver que no sólo los usuarios, sino las propias redes se meten en problemas, al tratar de entenderse a sí mismas.

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miércoles, 23 de julio de 2014

Tres tragedias del VIH

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de julio  de 2014

Hay días en que ser optimista es muy difícil. Tres desalentadoras noticias nos llegan sobre la pandemia de VIH/sida.

La más sonada es la más reciente: el pasado jueves 17 de julio, como es bien sabido, un avión de Malaysia Airlines fue derribado al este de Ucrania, al parecer por un misil lanzado por separatistas pro-rusos. Murieron 298 personas, lo cual basta para calificar el suceso de tragedia mundial. Pero el desastre se potencia al enterarnos que en el vuelo, que se dirigía de Ámsterdam a Kuala Lumpur, estaban unos 100 expertos en VIH/sida (aunque podrían ser menos; hasta ahora sólo se ha confirmado la presencia de 7 en el avión), que se dirigían a la 20a Conferencia Internacional de Sida, en Melbourne, Australia.

Entre ellos Joep Lange, destacado investigador holandés que ayudó a promover los actuales tratamientos combinados contra el VIH y fue presidente de la Sociedad Internacional sobre el Sida, así como su esposa, Jacqueline van Tongeren, también investigadora; Glenn Thomas, vocero de Organización Mundial de la Salud, y un miembro del parlamento holandés.

Sin duda, un duro golpe; la Conferencia se inauguró con un minuto de silencio que representó “la tristeza, rabia y solidaridad” de los 14 mil asistentes. Sin que ello quiera decir, por supuesto, que ninguna absurda teoría de complot al respecto (“las trasnacionales farmacéuticas lo orquestaron para evitar una cura y seguir vendiendo sus carísimos medicamentos”) tenga la menor credibilidad.

La segunda mala noticia se conoció el 10 de julio: la llamada “bebé de Misissippi”, que en marzo de 2013 había sido declarada “libre de VIH”, luego de haberse infectado por vía materna al nacer y haber recibido inmediatamente un tratamiento especialmente agresivo contra el VIH, después de 28 meses presenta de nuevo el virus. No había desaparecido; sólo se había escondido en sus células. Aunque se sabía que podía ocurrir, el hecho revela que las esperanzas que este tipo de tratamiento había despertado en el combate a la infección eran probablemente infundadas.

Pero es la tercera noticia, en mi opinión, la peor y más grave de todas. El 16 de junio, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA) reveló no sólo que la gran mayoría de quienes viven infectados por el VIH en el mundo (19 de 35 millones) no lo saben, lo cual evita que puedan buscar tratamiento, sino que la tasa de infección entre hombres homosexuales está creciendo en todos los países, probablemente debido a que muchos no vivieron la etapa más aguda de la pandemia en los años 80 y 90 y perciben un bajo nivel de riesgo de infección, y al desarrollo de los actuales tratamientos combinados que convierten a la infección por VIH en un padecimiento crónico, y que por tanto los hace pensar que estar infectado no es grave (una buena noticia es que, entre 2005 y 2013, México logró reducir las nuevas infecciones en la población general en un 39 por ciento).

Son malas noticias; ya vendrán las buenas. No obstante, hay que reforzar las acciones para seguir combatiendo la pandemia. Y usted, querido lector o lectora, por favor use condón y, si tiene dudas, hágase la prueba. En nuestro país, afortunadamente, todos los pacientes tienen derecho y acceso a tratamiento eficaz y gratuito.

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miércoles, 16 de julio de 2014

Las redes del mundo real

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de julio  de 2014

La semana pasada escribí aquí sobre la economía como ciencia, y señalé que, aunque tiene grandes diferencias con las ciencias naturales, no por ello deja de ser una disciplina seria que produce conocimiento útil.

Mencioné que los sistemas que estudia la economía son tremendamente más complejos que los que ocupan a la física, la química o incluso la biología. La ecología, por ejemplo, no estudia un ecosistema en toda su complejidad: elige algunos componentes que hagan manejable el problema. E incluso la meteorología, cuando trata de modelar en su totalidad un sistema tan complejo como el clima, lo más que logra son predicciones parciales, de corto plazo y con un grado relativamente modesto de confianza.

Aun así, modelar y predecir la conducta de individuos y de conjuntos de personas, junto con las fuerzas sociales, políticas y culturales que influyen en el comportamiento del sistema económico tiene un grado de dificultad pavorosamente mayor. No sólo por la cantidad de componentes que influyen en él, y por los múltiples parámetros que pueden ser afectados por cada uno. También porque prácticamente todos los componentes están relacionados entre sí. El sistema económico es, antes que nada, una gran red, o incluso una red de redes, en la que cada componente afecta a muchos más.

Un ejemplo actual es la generación de energía eléctrica a partir de la luz solar.

La doble crisis del petróleo –su inminente escasez, que ya resiente nuestro país, y sus terribles efectos ambientales (por no mencionar los problemas que tendremos para producir un sinfín de compuestos indispensables, como los plásticos y muchos fármacos, cuando escaseen los hidrocarburos a partir de los que se fabrican)– hace que el desarrollo de las llamadas “energías alternativas” sea una urgencia planetaria.

Y de todas ellas, aprovechar la abundantísima energía electromagnética que el Sol nos regala en forma de luz visible es la más prometedora. El efecto fotoeléctrico, descubierto en el siglo XIX y explicado por Einstein en su annus mirabilis (año de las maravillas) de 1905, es la base que permitió fabricar, ya desde 1954, celdas fotoeléctricas, también llamadas celdas solares, en las que el choque de los fotones de luz libera electrones de un material semiconductor, que forman una corriente eléctrica.

Inicialmente las celdas solares eran prohibitivamente caras. Pero los avances científico-técnicos y su industrialización masiva han ido reduciendo el costo de producir electricidad con energía solar. Hoy existen celdas experimentales que llegan a tener 44% de eficiencia, y otras comerciales con eficiencias muy buenas de entre 15 y 20%.

Entonces, ¿por qué todavía no se producen grandes cantidades de energía solar en el mundo –y en México, que tiene tanta extensión de territorio con alta insolación– para sustituir el consumo de petróleo? (según el sitio Greentechmedia.com, bastarían dos campos de 25 kilómetros cuadrados en los desiertos de Chihuahua o Sonora para producir toda la energía solar de México, con un sistema con el 15% de eficiencia). Porque no basta que exista un problema económico-social con una respuesta científico-técnica; la economía es una red, y sus conexiones ofrecen resistencia y limitan lo que puede hacerse en un momento dado.

Tienen que existir las técnicas para fabricar las celdas; las industrias que lo hagan y el sistema que las comercialice. Pero también tiene que haber el dinero, público o privado, para adquirirlas. La voluntad política para facilitarlo, y para superar la oposición de la industria petrolera. La percepción pública de que se trata de una inversión necesaria y conveniente. La disponibilidad de los materiales necesarios. Las leyes para regular la nueva tecnología. En fin… Y todos estos factores están conectados entre sí y se influyen mutuamente.

Muchas veces no es que los economistas, o los científicos o ingenieros, no sepan cómo ofrecer soluciones, sino que hacerlas realidad es mucho, mucho más complicado de lo que parece. Así es el mundo real: muy distinto de la teoría. Y sin embargo, se puede. Hace unas semanas Alemania anunció que logró producir el 50% de la electricidad usada en un día (el 6 de junio, que fue feriado y especialmente soleado) a partir de energía solar. Su meta es lograr que para 2020 el 35% de su electricidad sea solar, y para 2050, el 100%.

¿Y nosotros? ¿Seguiremos perdiendo en tiempo en discutir la reforma petrolera?

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