miércoles, 21 de septiembre de 2016

Viaje a las estrellas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de septiembre de 2016


Casi un año después de que yo naciera, en septiembre de 1966, comenzó la transmisión de una de las series televisivas de ciencia ficción más longevas e influyentes de la historia: la legendaria Star Trek (Viaje a las estrellas).

En su momento, la serie fue revolucionaria, no sólo por sus historias y efectos especiales, sino por el subtexto de avanzada que tenía el universo concebido por Gene Roddenberry, su creador, y los personajes que lo habitaban. Se trataba, en los años de la lucha contra el racismo en Estados Unidos y los comienzos del feminismo en el mundo, de un futuro –el siglo XXIII– en que ya no había naciones, sino una Federación de Planetas. Y el Enterprise, la nave que viajaba “a donde nadie ha llegado jamás”, contaba con una tripulación diversa: americanos (el capitán Kirk), europeos (el señor Scott, ingeniero escocés), rusos (el comandante Chekov, oficial táctico), asiáticos (el señor Sulu, timonel), una mujer africana, (la teniente Uhura, oficial de comunicaciones, si bien seguía teniendo un puesto que básicamente equivalía al de telefonista) y hasta un extraterrestre, el inolvidable señor Spock (primer oficial).

Para darse una idea de lo innovador que fue este concepto, y el conservadurismo que aún prevalecía, basta señalar que en 1968, cuando la serie mostró el primer beso interracial –entre el capitán Kirk y la teniente Uhura–, algunos estados del sur de los Estados Unidos se negaron a transmitir el episodio.

La nueva película de la saga, Star Trek: sin límites (Star Trek beyond), no decepciona. Más allá de las críticas de los fans más radicales al nuevo rumbo que marcó J. J. Abrahams (quien en esta ocasión no dirige, pero sí produce), al reiniciar o “rebootear” la historia, situándola en un universo alternativo, la cinta es original, llena de acción, y su trama permite el desarrollo de los personajes y su mundo. Y, por si fuera poco, incluye sentidos homenajes a los protagonistas de las serie y las películas originales.

Pero lo mejor es que mantiene los ideales con los que surgió la serie: un universo en que la diversidad entre especies obliga a buscar, pese a todos los obstáculos, nuevas y mejores maneras de convivir. Un pequeño detalle que los creadores no quisieron enfatizar demasiado, pero que dice mucho, es la escena donde el nuevo señor Sulu es recibido, al llegar a la base estelar Yorktown, por su familia: su pareja, también hombre, y su hija. (Curiosamente, el actor que encarnaba a Sulu en la serie original, George Takei, quien es abiertamente homosexual y activista por los derechos de las minorías sexuales, ha declarado que está totalmente en desacuerdo con mostrar al nuevo Sulu como gay, algo que los guionistas idearon en parte como un homenaje al propio Takei. Nunca se le puede dar gusto a todo el mundo.)

Este futuro idealista, donde la ciencia y la tecnología abren nuevas fronteras a una Federación Planetaria que aspira a la convivencia justa, pacífica y democrática, contrasta amargamente con la realidad actual de nuestro país, donde el dogmatismo religioso pretende asustar a la opinión pública con el ridículo petate del muerto de un amenazante “imperio gay” (que pareciera surgido de la saga competidora, Star Wars, casualmente hoy también en manos de J. J. Abrahams).

En fin. Si gusta usted del cine, no está de más disfrutar otra joyita que está todavía en cartelera: Julieta, de Pedro Almodóvar, que entre los muchos hilos de su fascinante y desoladora trama (basada en tres historias de la escritora canadiense Alice Munro, ganadora del Nobel de literatura en 2013), muestra el daño y el dolor que la culpa y el fanatismo religioso pueden causar en la vida de los individuos.


(Posdata: Para frustración de algunos de mis lectores, confesaré que había planeado que este texto abordara la propulsión warp de Star Trek, que permite al Enterprise viajar más rápido que la luz, y la propuesta teórica del físico mexicano Miguel Alcubierre que demuestra cómo tal cosa sería posible “distorsionando” el espaciotiempo por delante y detrás de la nave. Pero a veces uno no termina escribiendo lo que pensaba inicialmente. El tema tendrá que esperar para mejor ocasión.)

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mentiras homofóbicas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de septiembre de 2016

El sábado 10 de septiembre de 2016 quedará como una fecha vergonzosa en la historia de México. El llamado Frente Nacional por la Familia logró su objetivo de organizar numerosas marchas en varios estados de la república (las cifras varían; la BBC reporta 16 ciudades en ocho estados) para protestar contra la iniciativa presidencial de elevar a rango constitucional los matrimonios igualitarios y otros derechos de las minorías no heterosexuales, como la adopción y la no discriminación (a través, entre otras cosas, de contenidos educativos que promuevan el respeto a la diversidad sexogenérica).

En realidad las marchas no fueron para defender a “la familia” (los organizadores insisten dogmáticamente en que sólo hay una, ideal: la nuclear tradicional, y desconocen a todas las otras familias que existen en el mundo real). Fueron marchas para luchar contra los derechos de las minorías sexuales. Marchas para promover el odio homofóbico, por más que muchos de quienes las promueven y participan en ellas quizá sean demasiado miopes para darse cuenta de ello.

Aunque sus organizadores inflen sus cifras (hablan de más de un millón, mientras que las autoridades de protección civil manejan cifras de entre 400-500 mil, y otras fuentes de no más de 310 mil), el éxito de las marchas es innegable. Y eso es muy preocupante. Frente a esta campaña de promoción de los antivalores homofóbicos, nuestra sociedad ha fracasado en impulsar ampliamente una cultura democrática de respeto a los valores humanos. Cierto: se ha avanzado, y mucho. Pero aún falta mucho más por lograr.

Se manejaron muchas mentiras para convencer a la gente de acudir a las marchas. Aquí una breve lista: “las marchas son organizadas por los padres de familia”; “no es un movimiento religioso”; “los obispos, aunque marcharon, no organizaron las marchas; sólo las acompañaron”; “las marchas eran actos de buena voluntad”; “Se obligará a niños a elegir su género y se encarcelará a los padres que se opongan a ello”; “el matrimonio sólo sirve para procrear y tener hijos”; “El matrimonio no es un derecho, es una institución”; “La adopción es un derecho del niño, no de los padres” (me pregunto cómo pude un niño ejercer su derecho de ser adoptado).

Los conservadores católicos que organizaron y participaron en las marchas y en las demás actividades del Frente Nacional por la Familia también construyen hombres de paja para luego disparar contra ellos, como la idea de que hay un complot internacional para difundir algo que llaman “la ideología de género”: un ente brumoso que entre otras cosas busca borrar las diferencias entre los sexos (o algo así). Curiosamente, los estudios de género no tienen que ver nada con este absurdo, sino con el análisis y defensa de la diversidad sexual y de género (entre otras muchas cosas). Llamarle “ideología” es una forma de manipular la opinión pública para defender… otra ideología: la religiosa.

Una de las herramientas básicas para el diálogo democrático es la discusión libre basada en información confiable. Muchas veces, en muchos temas, esa información confiable es producto de la investigación científica. Y es aquí donde el Frente por la Familia, en la promoción de sus muy válidas, aunque siempre debatibles, creencias religiosas, actúa con más dolo. He aquí algunas de estas mentiras que presentan como hechos basados en la ciencia.

1) “La familia y el matrimonio son instituciones naturales”. Falso. Nada tienen de natural tales instituciones. Cierto: hay animales en los que el cuidado parental de las crías está a cargo de ambos progenitores. Pero hay muchos otros en los que no sucede así, y en los que se encuentra toda una gama de opciones que va del abandono al cuidado monoparental o al cuidado comunal. Las sociedades humanas han creado instituciones como el matrimonio y los distintos tipos de familia como respuestas a necesidades sociales que van mucho más allá del cuidado de los hijos: entre ellas, el mantener el patrimonio material dentro de un linaje consanguíneo, o el establecer roles de género que hoy han sido ampliamente cuestionados y superados.

2) “El matrimonio igualitario daña a la familia o a los niños”. Falso. No hay datos ni argumentos para sustentar el daño que las familias tradicionales sufrirían sólo porque se reconozca la existencia de otros tipos de familia. Y hay, en cambio, muchas investigaciones científicas serias que demuestran que los niños criados por familias homoparentales, sean éstos propios o adoptados (porque las y los homosexuales pueden tener hijos, y muchos los tienen) no presentan diferencias con los hijos de familias tradicionales en cuanto a salud, desarrollo físico o mental, desempeño educativo e incluso en cuanto a su habilidad para conseguir, ya como adultos, empleos bien remunerados.

3) “La homosexualidad es un comportamiento enfermo, desviado, anormal, antinatural y dañino, y por tanto reprobable en sí mismo”. Quizá esta sea la mentira que subyace a todo el movimiento “por la familia”. Pero aunque durante siglos fue algo que se aceptaba como un hecho, hoy sabemos que no es más que un prejuicio carente de todo fundamento. Las orientaciones no heterosexuales han sido retiradas de las listas de enfermedades mentales como resultado de investigaciones serias que confirman que quienes las portan son personas tan normales, productivas y felices como cualquiera otra, y se sabe hoy que el comportamiento homosexual es frecuente en prácticamente todas las especies animales en las que se ha investigado.

El próximo sábado 24 de septiembre está convocada una “megamarcha” más, ahora nacional, en la capital del país. Habrá que ver qué tanto éxito tiene. Yo en lo personal tengo la esperanza de que, como ha ocurrido en otras protestas de tipo religioso (como las que hubo ante el inicio del "reality show" Big Brother, y luego ante el estreno de la película El crimen del padre Amaro), estas manifestaciones hagan que autoridades y legisladores se den cuenta de que urge convertir lo que la Suprema Corte de Justicia ya estableció como derechos en leyes aplicables a toda la federación.

Porque en un Estado laico, democrático y que defiende los derechos humanos, no puede haber ciudadanos de segunda.

(Otro asunto más: El Frente Nacional está también defendiendo un supuesto “derecho de los padres a educar a sus hijos”, con lemas como “No te metas con mis hijos” y “Si es mi hijo, yo lo educo”. Esta demanda, que suena lógica, es la expresión de una lucha que se remonta a los tiempos de la Reforma juarista y de la Guerra Cristera. Cierto, los padres tienen derecho a educar a sus hijos e incluso a inculcar en ellos creencias religiosas… pero sólo en el ámbito privado. En el público, el Estado esta obligado a garantizar una educación laica, libre de creencias religiosas, y que promueva la mayor igualdad posible entre todos los ciudadanos. Desde hace mucho el conservadurismo religoso pretende retomar el control de la educación pública, como lo tenía la iglesia antes de la Reforma. Se trata de una lucha ideológica entre quienes buscan restaurar una república confesional y quienes defendemos el Estado laico. Hay que tenerlo claro.)

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los premios Darwin

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de septiembre de 2016

¿Somos los hombre más idiotas que las mujeres?

Perdón si la pregunta ofende sensibilidades políticamente correctas en estos tiempos de equidad de género. Pero es que es una pregunta válida.

Primero habría que definir “idiota”. Recientemente Jesús Silva-Herzog Márquez, refiriéndose a Enrique Peña Nieto, recuperaba la definición de “estúpido” ofrecida por Carlo María Cipolla: “El estúpido no es un tonto, no es un ignorante, decía. Lo que caracteriza a un estúpido es su capacidad para provocar daño a otros, provocándoselo simultáneamente a sí mismo. Ser estúpido es dañar a otros sin ganar con ello ningún beneficio. Perjudicar al mundo sin que nadie saque de ello provecho.” (Tomo “idiota”, a grandes rasgos, como sinónimo de “estúpido”.)

Pues bien: los famosos Premios Darwin (Darwin awards), que surgieron en 1985 en un foro de discusión en internet y se convirtieron en un exitosa página web moderada por la bióloga molecular Wendy Northcutt desde 1993, premian un tipo quizá más limitado de estupidez: la de los idiotas que se causan un daño fatal a sí mismos, pero que en cierto sentido nos benefician a los demás al hacerlo.

En su libro El origen de las especies, de 1859, Charles Darwin planteó su concepto de selección natural: las especies evolucionan conforme los genes de los individuos que resultan ser más exitosos para sobrevivir y reproducirse se van perpetuando y multiplicando en la población, mientras que los genes de los individuos menos exitosos van desapareciendo.

Los premios Darwin se otorgan de manera informal, y normalmente póstuma, a personas que se eliminan a sí mismas –y a sus genes– del acervo genético humano. Casi siempre haciendo algo idiota, “pero con estilo”, que les acarrea la muerte (por ejemplo, las siete personas que murieron al tratar de limpiar una inmensa fosa séptica en Polonia: el primero se desmayó al entrar, debido a los gases, y se ahogó en el estiércol; cada uno de los otros seis murió de manera idéntica al tratar de ayudar a los anteriores). El resultado, según la lógica científico-humorística de los premios Darwin, sería que los genes de las personas idiotas van siendo eliminados, lo que beneficia a la especie.

También puede recibir un premio Darwin quien se esterilice a sí mismo de manera especialmente estúpida, lo cual le impide dejar descendencia y perpetuar sus genes. Los requisitos para obtener un Darwin son que el candidato no deje descendencia (por morir o quedar estéril), excelencia (su estupidez debe ser sorprendente), que haya autoselección (el daño debe causárselo él mismo), madurez (debe ser mayor de edad) y, por supuesto, veracidad (aunque ocasionalmente se han colado casos que luego demuestran ser falsos).

Resulta que un trabajo publicado en la revista científica BMJ (antes British medical journal) en diciembre de 2014 revela que, al analizar los ganadores de premios Darwin de 1995 a 2014 (20 años), se halló que de 332 casos de muertes confirmadas, y eliminando 14 en que había personas de ambos sexos para dejar 318 premios, 282 fueron otorgados a hombres, y sólo 36 a mujeres. ¿Así o más claro?

Por supuesto, puede haber otras explicaciones más allá de la “teoría del macho idiota” citada por los autores. Podría ser que haya un sesgo en el reporte de los casos (es decir, que por alguna razón se reporten más casos de hombres que de mujeres). Pero se sabe que los varones tenemos más riesgo que las mujeres de terminar en la sala de emergencias de un hospital debido a accidentes, choques automovilísticos o lesiones deportivas.

El artículo era parte broma, parte en serio. Los datos son reales. El análisis es parcialmente jocoso, como la sugerencia de que “este fenómeno probablemente requiere una explicación evolutiva”.

Al final, el caso quizá sólo sirve para llegar a tres conclusiones: una, que los hombres probablemente sí somos más tarados. Dos, que los científicos son nerds hasta cuando echan relajo. Y tres, que hay gente que quisiéramos que ganara un Darwin.

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miércoles, 31 de agosto de 2016

Juanga y la homofobia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 31 de agosto de 2016

La muerte de Juan Gabriel, ese gran músico que marcó las vidas de todos los mexicanos –nos gustara o no su música (a mí me gusta mucho, desde que la conocí en los lejanos 70 con canciones como No tengo dinero y sobre todo Siempre en mi mente)– no podía llegar en un momento más simbólico.

No porque coincida, en este año fatídico, con las de otros, aunque muy distintos, titanes de la música como Bowie o Prince. Sino porque ocurre casi al mismo tiempo que el conservadurismo religioso y su campaña en contra de los derechos de las minorías sexuales –a las que pertenecía el Divo de Juárez– está a punto de llegar a su clímax, con las marchas convocadas en septiembre para oponerse a la propuesta presidencial en pro de los matrimonios igualitarios, la adopción y los plenos derechos para estas poblaciones, largamente tratadas como ciudadanos de segunda.

Un oscuro “Frente Nacional x la Familia” y otros grupos promotores de las marchas contra los derechos de estas minorías –no “a favor de la familia”, pues la existencia de familias distintas no amenaza de ninguna manera la de las tradicionales– difunden una serie de mentiras absurdas, como que las reformas propuestas permitirían “que cualquier hombre que se sienta mujer pueda entrar a baños públicos de mujeres”, “que a tus hijos desde preescolar los vistan del sexo opuesto para que puedan elegir ser niño o niña”, o “que tus hijos menores de edad tengan una relación con un adulto”. Ni la Presidencia, ni la Secretaría de Gobernación ni la de Salud han movido un dedo para impedir esta desinformación manipuladora, ni para refutarla.

Pero detrás de estas mentiras absurdas se hallan otras ideas, también comprobadamente falsas. Que la homosexualidad es de alguna manera dañina para quienes la practican –conmueve la preocupación del cavernal Rivera por el ano de dichos practicantes– o que puede dañar la salud física o mental de los niños criados en familias homoparentales, mito que el doctor Juan Ramón de la Fuente, especialista en psiquiatría, desmiente con firmeza en un artículo publicado el pasado lunes en El Universal.

Otra idea absurda que se difunde como hecho es que los padres homoparentales podrían influir en la orientación sexual de los hijos que criaran. Pero si la orientación sexual fuera contagiosa, no habría homosexuales, ya que todos son hijos de parejas heterosexuales.

En el fondo de todo está el eterno prejuicio de que la homosexualidad es intrínsecamente “mala”. El mismo prejuicio contra el que Juan Gabriel, el maricón más notorio, admirado, exitoso y querido de México tuvo que luchar toda su vida, y que logró superar gracias a su talento.

Existe una razón por la que el Estado Mexicano es laico, y por la que la educación pública, según ordena la Constitución, debe ser ajena a doctrinas religiosas y estar, en cambio, basada en el progreso científico. Esa razón es que a diferencia de la religión –que en nuestro país llevó en 1926 a una guerra civil, la Cristiada–, la ciencia es el método más confiable que la humanidad ha desarrollado para obtener conocimiento sobre la naturaleza, y dicho conocimiento, por estar basado en evidencia, funciona al ser aplicado. La cada vez más estridente oposición religiosa –abierta o disimulada– a una iniciativa presidencial progresista contraviene, si no la letra, sí el espíritu de la Constitución, que prohíbe la participación religiosa en asuntos políticos.

Juanga nunca quiso salir de su clóset de cristal: “lo que se ve no se pregunta”. Se entiende: le tocó crecer y vivir en décadas dominadas por el machismo homofóbico.

Pero hoy que las autoridades, lejos de defender el estado laico y el pensamiento crítico basado en conocimiento científico, doblan la cabeza ante la embestida política y la campaña de desinformación orquestadas por la iglesia y los grupos más retrógradas del país, ¡qué necesaria sería una declaración suya, o mejor, una canción, con la que combatiera el odio homofóbico que burbujea en todo el país!

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miércoles, 24 de agosto de 2016

Cultura plagiaria

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de agosto de 2016

Hoy iba a escribir de otro tema pero… surgió ya el próximo gran escándalo que cimbrará al gobierno del Enrique Peña Nieto:el plagio en su tesis.

O no. Quizá el escándalo se quede sólo en eso: junto con la Casa Blanca, el depa de Miami, las acusaciones de estar detrás del crimen de los 43 de Ayotzi o el ridículo que hizo con los 132.

El hecho es que casi una tercera parte de su tesis de licenciatura, que obtuvo en la Universidad Panamericana bajo la dirección de Eduardo Alfonso Guerrero Martínez, hoy magistrado del Poder Judicial de la Ciudad de México (y quien al parecer dirige decenas de tesis cada año), fue plagiada. Y ni el director ni los sinodales del examen se percataron de ello, o se hicieron de la vista gorda.

Mucha gente ha comentado sobre los aspectos éticos y políticos del tema. Uno de los afectados, Enrique Krauze, ha declarado en su revista Letras Libres que “Se trata (…) de un trabajo hecho con irresponsabilidad académica (…), en el que se entreveran líneas y páginas extraídas de autores diversos, debidamente citados, con otras páginas y líneas que carecen de la necesaria adjudicación(…). La proporción de estas últimas es considerable e inadmisible”. La Universidad Panamericana, por su parte, afirma que su Facultad de Derecho va a “revisar lo concerniente” a la tesis de Peña Nieto. El columnista de Milenio Gil Gamés avizora que el daño a la imagen del presidente servirá de pretexto para echar atrás una muy urgente reforma educativa. Y lo más preocupante: el vocero de la Presidenciaminimiza como “errores de estilo” el plagio, mientras que el Secretario de Educación Aurelio Nuño, responsable de la actividad que debiera construir el futuro de nuestra abollada nación (y quien suena como aspirante a la presidencia en 2018) esquiva el tema diciendo que “hay cosas mucho más importantes”, amén de dudar del hecho y afirmar que a la Secretaría de Educación Pública no le corresponde investigarlo.

Se recuerda también que en 2011 el ministro de defensa de Alemania Karl Theodor zu Guttenberg renunció a su cargo tras descubrirse que plagió el 20% de su tesis; que en 2012 el presidente húngaro Pál Schmitt hizo lo mismo por haber plagiado partes de la suya, y que en 2013 la ministra de educación alemana, que según se reveló había plagiado parte de su tesis de doctorado, tuvo que presentar también su dimisión.

Pero me parece especialmente interesante, por académico, el enfoque que le da el periodista Esteban Illades al asunto en un artículo en Nexos: en México ha habido en años recientes varios escándalos por plagio académico, entre los que destacan el del ex-Coordinador de Humanidades Difusión Cultural la UNAM, Sealtiel Alatriste, y el del investigador en humanidades Boris Berenzon. Illades señala que la cultura académica y de investigación científica en México –igual que en otras partes del mundo–, ha privilegiado, de manera nociva, la cantidad sobre la calidad, y esto –junto con nuestra cultura de “el que no transa no avanza” y “el que no es cabrón es pendejo”, añado yo– fomenta, naturalmente, la tendencia a usar cualquier recurso, incluyendo el plagio, para cumplir con las cuotas.

Evaluar la investigación, sea ésta en ciencias naturales, sociales o humanidades, es un problema complejo. Las universidades y los organismos como el Conacyt, que otorgan el apoyo económico que se requiere para realizar esta actividad, base del progreso de una nación, tienen que evaluar de algún modo, para repartir sus apoyos y verificar que sean fructíferos. Ante la dificultad de una evaluación cualitativa, se opta por la cantidad: número de tesis, de egresados, de artículos publicados, eficiencia terminal (número de años que tardan los alumnos en titularse) y demás.

La tendencia, ya criticada desde hace décadas, ha llegado al grado de que muchos posgrados nacionales llegan a aceptar trabajos mediocres de tesis con tal de permitir que los alumnos obtengan el grado, pues si no se cumple con el requisito de eficiencia terminal del Conacyt, se pierde la certificación como “posgrado de calidad” y la posibilidad de recibir becas (lo que, para todo fin práctico, aniquila a dichos posgrados). Esto, sin mencionar la presión a la que están sometidos los asesores de tesis y sinodales de grado, que muchas veces optan por la vía irresponsable de no revisar tan concienzudamente como debieran (o, simplemente, no revisar) los trabajos que pasan por sus manos.

Illades retoma una propuesta publicada en Nexos en 2015, donde se proponía que todo el sistema educativo, universitario y de investigación en México adoptara un compromiso explícito contra el plagio, así como métodos, reglas, criterios y sanciones para detectarlo y castigarlo.

Más allá de las implicaciones y consecuencias del plagio individual de Peña, urge retomar en nuestro país el estándar de honestidad intelectual sin el cual toda actividad académica se desmorona.

Eso, o hundirnos aún más en el tercermundismo del que alguna vez creímos estar saliendo.

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miércoles, 17 de agosto de 2016

Matemáticas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 17 de agosto de 2016

Para Nacho, Berta, Johan y todos los demás

Los comunicadores nos dedicamos a comunicar. Los comunicadores de la ciencia, o divulgadores científicos, a comunicar la ciencia. No podría ser más sencillo.

Pero divulgar la ciencia es una especialidad que tiene sus bemoles. En primer lugar porque, a diferencia de temas como la política, los deportes o el mundo del espectáculo, la ciencia no es algo que en general apasione a multitudes. Basta comparar las Olimpiadas de Río con las Olimpiadas de Ciencia. Los fans de la ciencia somos minoría.

Además, los conceptos científicos frecuentemente tienen un grado de abstracción que puede hacerlos difíciles de comunicar. Para colmo, muchos de esos conceptos no pueden entenderse sin conocer previamente otros conceptos. Cualquiera sabe qué es el PRI y qué es el PAN, qué diferencia al América del Pumas, quién es Johnny Depp o quién es la esposa de Brad Pitt. Pero para explicar por qué un nuevo medicamento combate al virus del sida, hay que hablar primero de las células del sistema inmunitario, receptores de membrana, enzimas y replicación de ARN.

Aunque claro: el grado de abstracción de un tema –es decir, la cantidad de conceptos previos que hay que explicar para poder comunicarlo– varía según la ciencia y el tema de que se trate. Los temas de salud o la naturaleza son en general más directamente accesibles que aquellos que tienen que ver con la física subatómica, la cosmología o las matemáticas.

Precisamente la semana pasada tuve el placer de ser invitado a dar un pequeño curso en el Centro de Investigación en Matemáticas (CIMAT), en Guanajuato, un centro Conacyt donde se desarrolla investigación del más alto nivel en muchísimos temas relacionados con esta ciencia. Sus tres áreas generales de investigación –matemáticas básicas, probabilidad y estadística, y ciencias de la computación– suenan engañosamente sobrias. Pero ahí se desarrollan estudios sobre temas tan diversos como economía, física, geometría en muchas dimensiones, simulaciones computacionales de temas como elecciones, epidemias o el tráfico urbano, robótica, neurociencias, visualización médica, y muchos otros.

Pero además, el CIMAT realiza un trabajo muy activo y diverso de divulgación de las matemáticas, a través de talleres, ferias, cursos para estudiantes y maestros, concursos, publicaciones y muchas cosas más. Incluso cuenta con un pequeño pero muy entusiasta grupo de divulgación de las matemáticas. Pude debatir con matemáticos sobre si realmente su ciencia es más abstracta que las demás, o si se trata sólo de un prejuicio que tenemos los que siempre sacamos menos de 8 en matemáticas (en la página web del CIMAT se enlistan algunos de estos prejucios antimatemáticos: “solamente unas pocas personas pueden comprender las matemáticas”; “estamos condenados a sufrirlas en clase”; “no nos servirán si no estudiamos alguna ingeniería o ciencia exacta”).

Quizá no sea fácil que el amplio público infantil y adulto al que atiende el CIMAT en la ciudad de Guanajuato, sus alrededores y en todo el Estado entienda a detalle en qué consisten los teoremas de Gödel o Fermat. Pero sí se le puede mostrar por qué son importantes y fascinantes.

Divulgar la ciencia no sólo es explicar: también consiste en familiarizar al público, maravillarlo, hacer que aprecie la ciencia y, quizá, lograr que se acerque a ella y la aplique, de una manera u otra, en su vida. Los matemáticos del CIMAT lo hacen fantásticamente.

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miércoles, 10 de agosto de 2016

Enfermedades olvidadas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de agosto de 2016

El mal de Chagas en el mundo
¿Qué tienen en común tres enfermedades poco conocidas que llevan los extraños nombres de leishmaniasis, mal de Chagas y tripanosomiasis africana?

En primer lugar eso, que son raras y poco conocidas, pues afectan principalmente a zonas rurales muy pobres de África, Asia y Centro y Sudamérica (aunque también a muchos migrantes en países desarrollados). En segundo, que son transmitidas por insectos. Son parte de las 17 “enfermedades tropicales olvidadas” o “desatendidas”, según la Organización Mundial de la Salud (que incluyen además a las helmintiasis transmitidas por el suelo, la filariasis linfática, la oncocercosis, la esquistosomiasis, la dracunculosis, las helmintiasis zoonóticas, el dengue y el dengue hemorrágico, la rabia, el pian, y la úlcera de Buruli).

Se les llama así porque, aunque se calcula que afectan a unos mil millones de personas en el mundo (en particular, la leishmaniansis, el Chagas y la tripanosomiasis africana, también llamada mal del sueño, afectan a 20 millones de personas y causan unas 50 mil muertes anuales), las compañías farmacéuticas no consideran viable realizar investigación para desarrollar tratamientos contra ellas, pues su comercialización no resulta redituable. Y los gobiernos y organismos internacionales no tienen los recursos necesarios para impulsar el desarrollo de tratamientos modernos y eficaces.

Trypanosoma brucei
El tratamiento contra el mal de sueño, por ejemplo, hasta hace poco consistía en un fármaco, el melarsoprol, que contiene arsénico y mataba un 5% de los pacientes. En 1990 se desarrolló un fármaco menos dañino, la eflornitina, pero se ha dejado de fabricar por no ser buen negocio. Y en cuanto al benznidazol, tratamiento de elección para el mal de Chagas, la transnacional farmacéutica que lo fabricaba decidió dejar de hacerlo y, aunque donó la tecnología necesaria a una empresa brasileña, ésta no ha podido surtir la demanda de manera confiable.

Pero también los organismos unicelulares causantes de estas tres enfermedades, Leishmania (leishmaniasis), Trypanosoma cruzi (Chagas) y Trypanosoma brucei (mal del sueño), tienen mucho en común. Pertenecen a un grupo de protozoarios conocidos como “kinetoplástidos”, pues sus células presentan un organelo llamado cinetoplasto o kinetoplasto, formado por una gran masa de cromosomas circulares de ADN dentro de sus mitocondrias.

Leishmania
El cinetoplasto es una estructura fascinante: consiste en unas decenas de “maxicírculos” que contienen la información genética para producir las proteínas mitocondriales, y miles de “minicírculos” que sólo sirven para producir un tipo de moléculas de ácido ribonucleico (ARN guía) cuya única función conocida es permitir la que la información de los maxicírculos sea “editada” para que pueda ser posteriormente leída. Como los maxicírculos y minicírculos están concatenados entre sí, el proceso mediante el cual pueden copiarse antes de la división celular es increíblemente complejo.

Pero más allá de sus fascinantes características biológicas, los kinetoplástidos comparten una historia evolutiva común. Pensando darwinianamente, eso quiere decir que si se hallara una manera de combatir a uno de ellos, quizá se podría atacar a los tres.

Pues bien: eso es justamente lo que hizo un equipo internacional de investigadores de Estados Unidos, Escocia, Inglaterra y Singapur, financiados por la farmacéutica Novartis y encabezados por Frantisek Supek. Analizaron ¡tres millones! de compuestos químicos para ver si tenían actividad antiparasitaria contra Leishmania y las dos especies de tripanosoma, y lograron identificar una molécula candidata de la clase de los azabenzoxaxoles, a la que llamaron GNF5343.

Posteriormente diseñaron y fabricaron tres mil variantes de la molécula, buscando mejorar su actividad y propiedades farmacéuticas (minimizar sus efectos tóxicos, mejorar su biodisponibilidad). La molécula resultante, GNF6702, fue sometida a pruebas en ratones y se halló que ofrece una buena actividad contra los tres kinetoplástidos; en otras palabras, puede curar las tres enfermedades de un solo golpe. Se sabe también cómo ejerce su efecto: interfiriendo con la función del proteasoma de los parásitos, organelo celular que se ocupa de destruir las proteínas que ya no son necesarias; al mismo tiempo, no afecta a los proteasomas de las células humanas.

Se trata sólo de un primer paso: falta el largo camino de hacer pruebas clínicas en humanos para ver si el fármaco resulta igual de eficaz que en ratones y seguro para uso humano. El diario El País informa que, según cálculos del sector farmacéutico, sólo cinco de cada cinco mil potenciales medicamentos eficaces en ratones se llegan a probar en humanos, y de éstos sólo uno llega a las farmacias. Como se ve, es difícil enfrentar el costo de desarrollar nuevos medicamentos; normalmente sólo las grandes empresas pueden hacerlo.

El problema del desarrollo de fármacos contra las enfermedades olvidadas es complejo, tanto económica como éticamente. Según ciertas estimaciones, menos del 1.5% de los 150 mil ensayos clínicos que se estaban llevando a cabo en el mundo en 2011 se ocupaban de ellas. No resultan un negocio para las farmacéuticas, y las fundaciones privadas y las instituciones públicas no cuentan con los recursos suficientes para financiar proyectos de investigación de la envergadura requerida, por lo que es raro que lleguen a desarrollar fármacos de uso clínico.

Por todo ello, lo logrado por Novartis (con apoyo de la Fundación Wellcome y los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos) resulta esperanzador, aunque sea sólo una gota de agua en un océano de problemas. Habrá que ver si se consigue transformar a GNF6702 en un tratamiento que pueda realmente ayudar a los miles de pacientes infectados por estos tres asesinos de la pobreza.

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