miércoles, 4 de enero de 2006

Curiosidades de Año Nuevo

Milenio Diario-Enero 4, 2006
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Curiosidades de Año Nuevo

El Año Nuevo es buena ocasión para formular propósitos, hacer listas de logros, enviar deseos a los amigos... y también para ver muchas tonterías en la televisión.
Este año, por ejemplo, amén de soportar las predicciones astrológicas –siempre vagas y frívolas, y nunca acompañadas de una sana evaluación de cuántas de las del año pasado efectivamente se cumplieron–, pude enterarme de que por sólo unos cientos de pesos puedo comprar el “cirio de la abundancia”, debidamente ritualizado, activado y listo para usarse (“¡enciéndalo con cerillos de madera, nunca con encendedor!”). También de que para tener un buen año hay que tomar una llave y engarzarla en un listón rojo al que se le deben hacer varios nudos. Y aprendí que la baba de caracol (!) es lo mejor que existe para prevenir las arrugas y eliminar el acné, gracias a su alto contenido de alantoína (el último compuesto de moda, luego de la melatonina, la creatinina y tantos otros…)
Si piensa usted que a continuación voy a decir que en el riguroso mundo de la ciencia no se encuentran este tipo de cosas ridículas, tengo sorpresas. Más allá del fraude clonatorio comentado aquí el año pasado –hace una semana–, los mejores ejemplos los halla uno en la entrega de los premios Ig Nobel, una especie de Nobel alternativos y humorísticos, pero verídicos, que se entregan cada octubre para reconocer investigaciones que no pueden –o no merecen– ser reproducidas.
No había podido comentar aquí los del año pasado: el de física lo ganaron, por ejemplo, dos científicos de la Universidad de Queensland, Australia, por haber monitoreado desde 1927 gotas de brea que caen por un embudo al ritmo de una cada 9 años, con el fin de demostrar sin lugar a dudas que se trata de un líquido, y no de un sólido, como aparenta. El premio de química lo recibieron investigadores de la Universidad de Minesota por demostrar que se puede nadar igual de rápido en jarabe de goma guar (un espesante para alimentos) que en agua. El Ig Nobel de dinámica de fluidos se otorgó a un equipo trinacional que calculó la presión que acumula el intestino de los pingüinos para expulsar su excremento a 40 centímetros de sus nidos (respuesta: unas 8 veces la presión de los intestinos humanos). El de biología lo ganó otro equipo internacional por identificar los olores particulares que exudan 131 especies de ranas cuando se estresan. Y el de la paz (mi favorito) se otorgó a unos ingleses que identificaron en ciertas langostas una neurona que se activa cuando se le muestran escenas en que aparece Darth Vader.
Pero no sólo en los Ig Nobel halla uno ejemplos de ciencia aparentemente absurda (aunque, insisto, legítima). Recientemente investigadores de la Escuela de Textiles y Diseño de la Universidad Heriot-Watt, en Escocia, anunciaron un estudio para averiguar cómo influye la ropa en la percepción que la gente tiene de… ¡los traseros de las mujeres!
La cosmología es quizá la rama de la ciencia que más pone a prueba nuestra credulidad. El concepto mismo del Big Bang -la gran explosión que dio origen al universo- presupone la pregunta obvia: ¿qué hubo antes? La respuesta estándar (que no tiene sentido preguntarlo, ya que con el Big Bang se creó el tiempo mismo, junto con el espacio) es tan insatisfactoria como la explicación del misterio de la Santísima Trinidad.
Más recientemente, dos investigadores de Washington y Harvard publicaron una hipótesis sobre por qué nuestro universo, que según la teoría de las supercuerdas debería presentar nueve dimensiones, tiene sólo tres. La respuesta: sólo un universo de tres dimensiones puede existir sin irse destruyendo conforme se expande (también podría existir uno de siete, pero en él no sería posible la existencia de planetas con órbitas estables alrededor de las estrellas, y por tanto de la vida). O sea, quizá el universo, formado por vibraciones de supercuerdas y originado de la nada en una explosión misteriosa, está perfectamente calibrado para que podamos existir. ¿Increíble? No más que las predicciones astrológicas. Pero hay una diferencia: las teorías cosmológicas no son embustes para obtener dinero fácil; están apoyadas en evidencia empírica y teórica que nos hacen confiar en que tienen algo que ver con la realidad. ¡Lástima que no ofrezcan prosperidad instantánea!

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