Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de julio de 2013
La estafa:
Un
vivales se dedica a vender a distintos gobiernos de mundo un supuesto “detector molecular” para buscar armas, explosivos, drogas, y prácticamente cualquier sustancia (marfil, trufas, ¡y hasta pelotas de golf!).
El aparatito, llamado
GT200, consiste en un mango al que está unida una antena que rota libremente. No requiere fuente de energía: se alimenta de la “energía del cuerpo humano”, generada por el usuario al caminar. Se afirma que, luego de “programarlo” insertando la tarjeta adecuada, el artefacto capta a una distancia de decenas de metros las “vibraciones moleculares” de las sustancias buscadas.
Varios países –Estados Unidos, Inglaterra, Tailandia… y México, donde se le conoce como “la ouija del diablo”– caen en
el engaño. Algunos, como nuestros vecinos del norte –que lo intentaron usar, con nulos resultados, para detectar drogas o armas en las escuelas–, pronto se dan cuenta de que se trata de un fraude. Aunque sí existen técnicas de
espectroscopía capaces de detectar distintas sustancias por medio de la radiación que emiten, no hay ninguna capaz de hacerlo a distancia y de manera instantánea.
Más aún: al estudiarlo, el aparato resulta carecer de cualquier componente electrónico que pudiera justificar su supuesto funcionamiento: está completamente hueco. La antena gira a merced de los movimientos involuntarios de los músculos del operario, influidos inconscientemente por sus prejuicios y sesgos (exactamente el mismo fenómeno que se presenta en la famosa
ouija: el
efecto ideomotor).
Otros países, como Tailandia, necesitan una tragedia –el estallido de un cargamento explosivo no detectado por el GT200; un ejemplo de “falso negativo” en el uso del “detector”– para darse cuenta de la estafa. El gobierno británico emite una alerta a otros gobiernos para que no confíen en la fraudulenta varita mágica, equivalente a la que usan zahoríes o
rabdomantes para buscar agua. El gobierno mexicano la desoye: en el sexenio anterior se invirtieron
450 millones de pesos en comprar 1,112 detectores, para uso de fuerzas armadas, policías e instituciones como Pemex.
La negación:
Salvo algunas
notas aisladas, o algunos columnistas –un
servidor entre
ellos–, los medios nacionales ignoran el caso, a pesar de la insistencia de varios ciudadanos bien informados interesados en difundir los datos respecto a esta peligrosa estafa. Pasan varios años; cambia el gobierno.
Y mientras, debido a casos de “falso positivo”, varios ciudadanos, señalados por la antenita mágica, son injustamente
acusados de tráfico de armas o drogas, juzgados y encarcelados. Es hasta que intervienen peritos científicos que el caso llega a la atención de los defensores de los derechos humanos, y de ahí a algunos medios noticiosos. Aun así, ningún diario o noticiario presenta esta noticia, servida en bandeja de plata, en la primera plana que merecería.
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Hasta que la semana pasada el diario
El Universal lo hace,
dos días seguidos. Algunos de los acusados ya han sido
liberados; la Academia Mexicana de Ciencias ya realizó una
evaluación –como si hiciera falta– que confirmó la completa inutilidad del GT200. En Gran Bretaña, sus fabricantes están siendo enjuiciados y condenados.
Y aun así, sólo hay silencio de los gobiernos federal y estatales, y de las fuerzas armadas. Y peor: el gobernador de Colima, Mario Anguiano, hace el papelón de
declarar, a pesar de la evidencia del timo, que “han sido utilizados con éxito y han cumplido” (el investigador del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM,
Luis Mochán, uno de los principales expositores del fraude y organizador de la prueba de doble ciego realizada en la AMC, lo ha
invitado ya a someter a prueba sus detectores GT200 y sus similares, los ADE651, igualmente inútiles).
Sólo una triste conclusión es posible: falta mucha cultura científica en este pobre país.
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