miércoles, 26 de noviembre de 2014

Necedades

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de noviembre  de 2014

Quienes confiamos en el pensamiento racional como base fundamental de nuestras decisiones y acciones (después de todo, es eso precisamente lo que nos distingue de nuestros demás primos animales y nos permite trascender nuestros instintos y emociones para ir muchas veces en contra de ellas, cuando así lo requiere un comportamiento humano) solemos meternos en muchos líos.

En primer lugar, porque no se nos entiende. No es que neguemos la importancia de los sentimientos, las convicciones, las lealtades, los ideales, las utopías… Simplemente, pensamos que las decisiones y actos que realizamos motivados por éstas pueden depurarse y mejorarse si además se fundamentan en datos confiables y razonamientos lógicos que nos permitan confiar en que las conclusiones a las que llegamos están bien justificadas. (Existen también los ultrarracionalistas que descalifican todo lo que no sea razón, pero esa es otra enfermedad…)

Por eso, cuando tratamos de exponer datos que no coinciden con la conclusión más cercana al corazón de los demás, con lo que quisieran que fuera cierto, solemos recibir ataques y denuestos. Merecido nos lo tenemos.

Un ejemplo es lo que escuché ayer en una popular estación de radio (podría ser cualquiera), en voz de una de las muchas comentaristas matutinas (hay tantas) que abordan temas que a ellas y a sus radioescuchas les parecen interesantes. Lo malo es que a veces tratan asuntos que presentan como “científicos” sin serlo. El peligroso revoltijo de ciencia, seudociencia, esoterismo y vulgar charlatanería sin fundamento que puede uno escuchar por radio o ver por televisión a lo largo de la mañana es de lo más desalentador.

La comentarista en cuestión, cuyas colaboraciones aparecen inmediatamente después de uno de los noticieros más escuchados de la radio mexicana, tiene un tino fenomenal para elegir asuntos aparentemente científicos que en realidad son fraudes, locuras o intentos de presentar el pensamiento mágico como ciencia. En esta ocasión habló de la “inteligencia” de las plantas. Describió los estudios de un cierto investigador y de cómo éste argumentaba que diversos mecanismos que las plantas, efectivamente, presentan en su desarrollo (movimiento, competencia, búsqueda de recursos como agua, nutrientes o luz, mecanismos de combate a plagas, etc.) eran muestra de que “piensan” y hasta tienen intenciones y sentimientos. El sueño de todo hippie abraza-árboles.

En realidad, se trata simplemente de una interpretación muy poco ortodoxa hecha por un especialista poco serio. Pero que resuena con muchas de las creencias tipo new age - que hoy son tan increíblemente populares.


Y he ahí el problema de esta comentarista, y de tantas personas en los medios que pretenden hablar de ciencia y acaban presentando charlatanerías: al no contar con una buena preparación científica –no de especialista, obviamente, pero sí la necesaria cultura científica que todo comunicador que aborde estos temas debería tener–, ni con asesores que la tengan, no son capaces de distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones fraudulentas. Creen, además, que los “descubrimientos” vistosos de un investigador en particular pueden pesar más que el consenso científico, la opinión de todo el resto de los especialistas (la falacia de creer en los “genios científicos”, en vez del trabajo colectivo que hoy constituye la base de la ciencia).

Pero no sólo es la falta de información y preparación la que ocasiona que constantemente se difundan estos mensajes: es también la importancia que le damos a las emociones e ideologías por encima de la razón: si algo nos “suena” bien, si se “siente” bonito, si coincide con nuestras creencias, valores, prejuicios (conscientes o inconscientes) o con lo que deseamos, tendemos a aceptarlo, sin importar la evidencia o los argumentos en contra.

En una sociedad democrática, estamos obligados a aceptar la diversidad de ideas y de visiones del mundo. Pero nada nos impide promover, a través de la educación y la discusión, una visión aunque sea un poquito más racional de las cosas. Aun a riesgo de caerle gordos a algunos.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Por qué no decir que se trata de Gaby Fernández? Cierto es que esta persona ha hecho en reiteradas ocasiones referencias a experimentos y notas de pseudociencia. Desgraciadamente goza de cierta credibilidad porque ha escrito libros que gracias a la ignorancia y el pobre nivel educativo en México,se han colocado como best sellers. De entrada, compartir créditos con Jordy Rosado ya habla de la poca seriedad en sus investigaciones y comentarios.
Saludos.

Anónimo dijo...

Fe de erratas. En el comentario anterior me refería a Gaby Vargas. Lapsus brutus.