domingo, 10 de junio de 2018

La pobreza de las ciencias

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de junio de 2018

El pasado 3 de junio falleció, a los 89 años, el astrólogo mexicano Esteban Mayo, decano de su disciplina.

La astrología es ampliamente reconocida como una seudociencia. En todo caso, su presencia en los medios podría justificarse como simple entretenimiento: divertido, con personajes que van de lo pintoresco a lo ridículo (recordemos a la versión churrigueresca del ya de por sí barroco Esteban Mayo, Walter Mercado, o a la indescriptible Mhoni Vidente). Pero eso sí: sin ninguna pretensión de validez. Quienes viven de ella son básicamente charlatanes que medran a base de estafar a la gente que realmente cree que pueden “predecir” el futuro. Y muchos estafan también de otras maneras: Mayo vendía además una serie de productos “de belleza y cuidado personal” como “aceites egipcios”, veladoras zodiacales personalizadas y libros esotéricos. A pesar de ello, la muerte de Esteban Mayo desató una serie de comentarios en las redes donde se le consideraba una especie de sabio, un maestro y poco menos que un benefactor de la humanidad.

Recuerdo una vez en que compartí con él una cabina de radio para una mesa redonda, donde expresó su desprecio hacia la ciencia: “Me dan lástima los científicos –expresó–, porque creen que saben”.

Hay que reconocer que en algo tenía razón “el astrólogo de las estrellas”: comparada con la astrología, la quiromancia, la cartomancia y otras “mancias” (artes adivinatorias), y con el pensamiento místico, mágico y esotérico en general, que básicamente lo saben todo –y lo que no lo inventan, diría mi abuelita–, la ciencia es una disciplina de gran pobreza y limitación. Lejos de saberlo todo, sabe muy poco, y lo poco que sabe se ve enormemente restringido, porque tiene necesariamente que basarse en la evidencia –o en las deducciones derivadas rigurosa, matemáticamente, a partir de ella.

Pero son esa pobreza y limitación, esa necesaria modestia, sus cualidades más valiosas. Porque lo poco que sabe la ciencia –aunque su acervo crece constantemente– lo sabe con una gran certeza. La ciencia produce el conocimiento más confiable que el ser humano ha sido capaz de generar. Conocimiento que, además, se corrige constantemente, cambia, evoluciona y avanza. Pero, paradójicamente, al avanzar nos va revelando el campo cada vez más extenso de lo que ignoramos.

Ya me gustaría a mí ver a un astrólogo, adivinador o esotérico que reconociera siquiera las limitaciones o la falibilidad de su disciplina.

Pedro Duque, astronauta y
ministro de ciencia español
Mientras en México ocurre esto, en la España que estrena un nuevo gobierno, encabezado por Pedro Sánchez, pueden sentirse orgullosos de que su nuevo Ministro de Ciencia, Innovación y Universidades es nada menos que un ingeniero aeronáutico y astronauta real de la NASA y la Agencia Espacial Europea: el madrileño Pedro Duque (@astro_duque), que ha dedicado su vida a la educación, la promoción del pensamiento científico y de la industria basada en ciencia, y al combate de las seudociencias. (Recientemente tuiteó, sarcástico: “El Reiki es lo que mi abuela llamaba “cura sana culito de rana”. A los niños con pupitas [ampollas por sarampión] los consuela mucho”, lo cual enfureció terriblemente a los defensores de esta seudoterapia.)

Por su parte, la nueva Ministra de Salud (en realidad de Sanidad, Consumo y Bienestar Social), Carmen Montón, es licenciada en medicina y tiene una trayectoria de lucha por el matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo y otras valiosas causas sustentadas en el conocimiento científico. Es también una férrea crítica de las seudociencias. España tiene también a una Ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, que entre otras cosas buscará regular más estrictamente las centrales nucleares y reducir la emisión de gases de invernadero. Y hay otros seis nuevos ministros abiertamente opuestos a la charlatanería seudocientífica.

Al mismo tiempo, ante el hecho de que la mitad de los españoles confían en seudoterapias sin sustento científico o médico, la Confederación de Sociedades Científicas de España y la Federación de Asociaciones Científico-Médicas Españolas han decidido (en buenahora) lanzar una campaña para erradicar, a través de esfuerzos de divulgación y de cabildeo político, las seudomedicinas del sistema de salud español.

España salió recientemente de una grave crisis económica, y apenas supera una crisis política. Y aun así, al comparar con lo que sucede en nuestro país, donde las “medicinas alternativas” florecen con apoyo de distintas autoridades, la diferencia entre el primer y el tercer mundo resulta más dolorosa que nunca.

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