domingo, 15 de julio de 2018

Democracia y sesgos cognitivos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de julio de 2018

El primero de julio pasó, pero el clima de polarización en los espacios de discusión pública sobre política no parece amainar. Y seguramente continuará así más allá de la toma de posesión del nuevo gobierno el primero de diciembre, y al menos durante los primeros años del sexenio de “la cuarta transformación”.

Parte del encono viene de las percepciones de quienes pertenecen a cada bando: los que apoyan al triunfador electoral, Andrés Manuel López Obrador, y quienes no concuerdan con su discurso. Sobre todo de los más radicales en cada facción.

Durante las elecciones, los lopezobradoristas presentaban a su candidato como la única opción posible, que traería automáticamente la solución a todos los graves problemas nacionales y además transformaría el viejo régimen en una nueva república amorosa de justicia y prosperidad para todos. Los antilopezobradoristas, por su parte, advertían sobre la amenaza de un populismo demagógico y autoritario que convertiría al país en una “Venezuela del norte”, dando al traste con las políticas de estabilidad macroeconómica de los últimos sexenios y que impondrían la dictadura de una mayoría incondicional ante los designios del líder carismático.

Ambas visiones, por supuesto, son exageraciones llenas de inexactitudes, medias verdades, sobresimplificaciones y francas mentiras. Pero ambas tienen también rastros de verdad. Por desgracia, ante el triunfo de López Obrador, muchos de sus partidarios más extremos han adoptado un tono de triunfalismo con tintes de intolerancia ante quienes se oponen a él, mientras que éstos a su vez se niegan a reconocer cualquier virtud en las propuestas que el gobierno entrante está planteando, y refuerzan sus vaticinios de catástrofe nacional.

Dado que, por desgracia, no nos vamos a poner de acuerdo, convendría al menos tratar de recordar que en una democracia funcional –que es lo que, por sobre todas las cosas, queremos mantener y, si es posible, mejorar en nuestro país– uno de los principales requisitos es aprender a reconocer, tolerar, respetar y defender el derecho de los demás ciudadanos a discrepar de nuestras opiniones. Como reza la frase falsamente atribuida a Voltaire, y que sintetiza uno de los fundamentos de la democracia, “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”.

Al respecto, vale la pena recordar que la mente humana está sujeta a diversos sesgos cognitivos que hacen que, aunque creamos percibir la realidad de forma confiable y objetiva, y basar nuestros juicios en “los hechos desnudos”, en realidad tendemos a interpretar las cosas de forma que coincidan con nuestras creencias, prejuicios e ideología. A continuación, tres importantes sesgos cognitivos:

1) El sesgo de confirmación: inevitablemente, tendemos a conceder más atención e importancia a los hechos que coinciden con lo que esperábamos, y a ignorar o desdeñar los que contradicen nuestras expectativas. Así, quienes apoyan al cuasi-presidente electo destacan sus aciertos e ignoran, niegan o justifican sus posibles fallas, mientras que sus detractores niegan cualquier posible acierto y magnifican cualquier error o incongruencia en su discurso.

El efecto "tiro por la culata"
(Crédito: Pictoline)
2) El efecto de “tiro por la culata”: cuando tenemos convicciones muy arraigadas, tendemos a defenderlas incluso en presencia de información y evidencia confiable que las contradice. Probablemente para mantener nuestra estabilidad psíquica, pues hemos invertido emocionalmente en ellas, e incluso pueden formar parte de nuestra identidad. Es por eso que las discusiones sobre política, sobre todo en tiempos de polarización como los actuales, suelen no llevar a ningún lado.

3) El efecto Dunning-Kruger: es indudable que la inteligencia de los individuos varía. Pero curiosamente, las personas menos inteligentes suelen creerse mucho más inteligentes de lo que son en realidad, precisamente porque carecen de la inteligencia suficiente para darse cuenta de sus limitaciones. Por el contrario, los más inteligentes subestiman su propia inteligencia, creyendo que todos como ellos. Gracias a esto, es frecuente que personas intelectualmente limitadas, pero que argumentan de manera más vehemente, radical e intolerante, logren dominar las discusiones, mientras que quienes entienden mejor las cosas prefieran quedarse callados.

Quizá, si tomamos en cuenta estas debilidades de la mente humana a las que todos estamos expuestos, podríamos generar un clima de discusión política menos encarnizado y más productivo, donde el objetivo fuera no ganarle al otro, sino avanzar de forma colectiva para el bien común.

Claro: ¡luego tendríamos que convencer a los políticos de que hicieran lo mismo!

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Contacto: mbonfil@unam.mx


1 comentario:

Cristian Toribio dijo...

Muy interesante la reflexión y la podemos aplicar no sólo en cuestiones políticas si no en casi cualquier tipo de discusión/negociación entre personas.

Un saludo