Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de enero de 2014
La ciencia bien hecha produce conocimiento altamente confiable, que al ser aplicado funciona. Pero hay también ciencia chambona, mal hecha, que ni siquiera pasa el primer filtro de control de calidad científica –la revisión por pares previa a su publicación en una revista especializada–, o bien que, aunque logra publicarse, no resiste la prueba del tiempo. Porque el control de calidad no termina ahí: los resultados científicos, una vez publicados, siguen discutiéndose, sometiéndose a prueba y a veces llegan a ser refutados.
Asimismo, hay casos ya no de incompetencia o error, sino de mala fe: los fraudes científicos en los que un investigado inventa sus resultados, con el fin de obtener prestigio y mantener su empleo (a los científicos se les evalúa en función del número de artículos que publican en revistas especializadas y la calidad de las mismas). Es difícil descubrir los fraudes, pero no demasiado, y el castigo para quien los comete suele ser grande.
Finalmente, hay también seudociencias: creencias o disciplinas que, sin serlo, se presentan como científicas (a veces ingenua, pero equivocadamente, a veces en un engaño descarado), que imitan superficialmente el lenguaje o el método de la ciencia. Astrología, medicina “cuántica”, ovniología (ufología), investigación paranormal, homeopatía… los ejemplos abundan.
El problema es: ¿quién decide qué es ciencia y qué no; qué es ciencia de buena calidad y cual no? En general, como bien mostrara el historiador de la ciencia Thomas Kuhn, es el consenso de la comunidad científica el que establece el “criterio de cientificidad”. Normalmente este consenso obedece a la evidencia y la argumentación lógica, aunque también es influido –como magistralmente mostró el propio Kuhn– por factores culturales, ideológicos, políticos, económicos y hasta estéticos.
Y el primer paso en la formación de ese consenso es la famosa revisión por pares que hacen las revistas científicas, que proviene del siglo XIX. Recientemente discutimos aquí un artículo del premio Nobel Randy Shekman, en el que criticaba duramente a las grandes revistas científicas comerciales (a las que apodaba “de lujo”) por considerar que privilegian las investigaciones más vistosas o atractivas para la prensa, en vez de las mejores desde un punto de vista científico.
La alternativa a las carísimas revistas comerciales es el llamado “open access” (acceso libre): revistas que se pueden leer gratuitamente en internet –aunque cobran a los autores por publicar en ellas– y que en muchos casos (el más famoso son las revistas del proyecto PLoS (Public Library of Science) publican todos los artículos que reciben, siempre y cuando sean investigaciones bien hechas. Es decir, no eligen “la mejor” ciencia (ni la más vistosa).
En un artículo de opinión publicado en marzo de 2013 en su blog, Michael Eisen, uno de los fundadores de PLoS, argumenta que las revistas científicas ya no son funcionales en el siglo XXI, y que se benefician indebidamente al cobrar por leer (las bibliotecas universitarias, por ejemplo, gastan fortunas en suscripciones) investigaciones que fueron pagadas con dinero público, en primer lugar. Eisen piensa que las revistas deben cambiar: volverse electrónicas, ser de acceso libre, y sustituir la revisión por pares previa a la publicación por una revisión posterior, que permitiría ir actualizando y mejorando los datos publicados conforme pasa el tiempo (o eliminando la información errónea).
Son propuestas revolucionarias, pero algunas de ellas ya están comenzando a ocurrir. De cualquier modo, los cambios en el sistema de evaluación tendrán que seguir garantizando la calidad: tiene que seguirse pudiendo distinguir la ciencia mal hecha y la seudociencia de la ciencia legítima.
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