miércoles, 25 de noviembre de 2015

Genomas fluidos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de noviembre de 2015

Cuanto más conocemos a los seres vivos, más complejos y fascinantes revelan ser.

Ayer se celebraron en todo el mundo los 156 años de la publicación del libro en el que Charles Darwin propuso la teoría que le ha dado coherencia a todo el pensamiento biológico desde entonces: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.

Sin embargo, aparte del mecanismo que Darwin propuso, se ha descubierto que los seres vivos también pueden evolucionar de otras maneras. Una de las revoluciones conceptuales más importantes en biología tuvo lugar el siglo pasado cuando, en un artículo publicado en 1967, luego de numerosos rechazos, la bióloga estadounidense Lynn Margulis (que en ese entonces firmaba como Lynn Sagan, pues estaba casada con el famoso astrónomo y divulgador del mismo apellido) propuso la insólita teoría de que los organismos podían evolucionar a partir de la simbiosis.

En 1909, el biólogo ruso Konstantín Merezhkovski propuso que los “cromatóforos” (cloroplastos) de las células vegetales habían sido originalmente bacterias fotosintéticas que habían establecido una endosimbiosis con el antecesor de las células vegetales: se habían quedado a vivir dentro de ellas, para beneficio mutuo. Por su parte, en 1922 el biólogo estadounidense Ivan Wallin propuso un origen similar para las mitocondrias presentes en todas las células con núcleo, o eucariontes.

Margulis recuperó ambas ideas, las actualizó y durante décadas amasó una enorme cantidad de evidencia para apoyar la “teoría endosimbiótica” de la evolución. Hoy es aceptada sin reservas y se encuentra en todos los libros de texto.

Gran parte de la evidencia decisiva para la teoría de Margulis provino de la genética, pues se halló que una gran mayoría de los genes de mitocondrias y cloroplastos, que son distintos de los genes del núcleo de las células, son notoriamente similares a los presentes en bacterias. Hoy el árbol de la vida que muestra la genealogía de todos los seres vivos, partiendo de bacterias (procariontes, cuyas células no tienen núcleo definido) hasta los actuales animales, plantas, hongos y protozoarios eucariontes, tiene dos gruesas ramas cruzadas donde las bacterias pasaron, en dos grandes eventos de evolución súbita, a dar origen a mitocondrias, primero, y cloroplastos, más tarde.

Sin embargo, hay otra gran revolución que ha venido a ampliar la visión de la evolución que planteó Darwin: la llamada transferencia lateral u horizontal de genes, fenómeno ampliamente presente en procariontes mediante el que éstos intercambian genes, entre individuos y entre especies, de manera libre, de una célula a otra (y no de padres a hijos). A veces “copulando” entre ellas (proceso denominado conjugación), a veces tomando ADN que flota en el medio externo (transformación), y a veces porque un virus transfiere genes de una célula a otra (transducción).

La transferencia horizontal de genes ha revelado que los procariontes son organismos genéticamente promiscuos: intercambian genes tan continuamente que hoy más que de genomas separados de distintas especies se habla de “pangenomas”.

Muchos biólogos han propuesto que los eucariontes también podrían estar intercambiando continuamente genes con los procariontes. ¿Qué mecanismo evolutivo es más importante para la evolución de los eucariontes: la simbiogénesis que ocurre de golpe, de vez en cuando, e introduce súbitamente un nuevo genoma a la célula, como lo planteaba Margulis, o la transferencia horizontal, continua y suave, que va acumulando paulatinamente genes procariontes en el genoma de los eucariontes?

Un estudio realizado por un grupo internacional encabezado por William Martin, del Instituto de Evolución Molecular de Düsseldorf, Alemania, y publicado en agosto pasado en la prestigiosa revista Nature, analizó más de 9 mil genes de 55 especies de eucariontes (incluida la humana) y los comparó con más de 6 millones de genes de casi dos mil especies de procariontes.

El resultado, producto de un complejo análisis bioinformático, muestra claramente que, aunque los procariontes evolucionan intercambiando información horizontalmente, en los eucariontes la transmisión vertical, de padres a hijos, es muchísimo más importante. El análisis muestra de manera muy gráfica cómo el surgimiento de mitocondrias y cloroplastos incorporó súbitamente nuevos genes a los genomas de las células precursoras de los modernos eucariontes. (El trabajo también confirma que otra propuesta hecha por Margulis en 1967, la de que los organelos celulares conocidos como cilios o flagelos eucariontes –que ella llamaba undulipodios– se originaron por la endosimbiosis con bacterias del tipo de las espiroquetas, parece no tener mayor fundamento. No siempre se puede ganar.)

Margulis, que murió en 2011, se ha convertido también en un símbolo del feminismo en ciencia. En parte por su evidente importancia como científica muchas veces menospreciada en un medio predominantemente masculino. Su trayectoria y tesón son un ejemplo para fomentar la participación y la búsqueda de igualdad para las mujeres en ciencia. Por desgracia, también se ha querido usar a la simbiogénesis para promover una visión ideológica feminista más bien dudosa, presentándola como una forma de evolución más “femenina” y cooperativa, por contraste con la selección natural, que se basa en la competencia “masculina”. Visión que, sobra decirlo, no tiene mayor fundamento en la biología seria.

En fin: al parecer, la vida es mucho más fluida de lo que pensábamos. Las especies vivas parecen ser más bien mosaicos de genes que se intercambian y modifican de manera azarosa, por los más diversos mecanismos: aquellas combinaciones que funcionan para sobrevivir en un ambiente dado son las que persisten. Trabajos como los de Darwin y Margulis no dejan de asombrarnos.

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dudas y preguntas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de noviembre de 2015

La masacre del viernes 13 en París conmocionó al mundo, y ha desatado una ola de preocupación, discusión y cuestionamientos.

Y también de confusión. Se trata de un tema, y un conflicto, especialmente complejos, y que tienen detrás causas históricas, políticas, económicas, sociales, culturales… e, inevitablemente, religiosas.

El llamado Estado Islámico de Irak y Siria, o ISIS, por sus siglas en inglés, autor de los atentados terroristas que sembraron simultáneamente el pánico en diversos puntos de París, es sin duda una organización nacida del fundamentalismo religioso. ISIS surge de una minoría de la población musulmana sunita (o suní), la cual representa al 85% de los musulmanes del mundo (mientras que la otra gran rama del islam, los chiitas o chiíes, representan el 15% restante). La interpretación extrema del islam adoptada por ISIS pervierte el concepto de yihad –que representa el deber de los musulmanes de mantener la religión y servir a dios– convirtiéndolo en equivalente a “guerra santa”, y considera a todo aquel que no profese dicha fe como un “infiel” que debe ser convertido o ejecutado, considera que la democracia es una forma inaceptable de gobierno, y busca imponer un estado religioso islámico –el califato– a todo el mundo. Hay que decir que gran parte de sus seguidores, incluyendo a quienes participan en ataques terroristas, lo hacen motivados en gran parte –junto con otras causas como el resentimiento social producto de la discriminación que sufren en países no islámicos– por sus convicciones religiosas.

Uno de los mayores daños que ISIS ha causado es promover, con sus ataques terroristas que se caracterizan por una crueldad extrema, el rechazo generalizado a la población musulmana en Europa y Estados Unidos, y en especial a los migrantes que, desde hace mucho, pero en mucha mayor cantidad desde la llegada al poder de estos extremistas, ha tenido que abandonar sus países –destacadamente, Siria– para buscar refugio en Europa. Así, ISIS promueve el odio y la discriminación contra los musulmanes.

Es poco lo que se pueda decir al respecto que no se esté diciendo ya en medios y redes sociales, y mucho más se dirá en los meses y años próximos. Pero, sin caer pues en generalizaciones que califican al islam como una religión de intolerancia y extremismo, pero sin negar que ISIS invoca su fe como la justificación final de sus acciones, cabría hacer algunas preguntas:

¿Cuáles son las verdaderas causas, históricas y estructurales, que explican el surgimiento de un grupo tan violento como ISIS, y su espectacular ascenso al poder?

¿Es el islam una religión que de alguna manera facilite el surgimiento de grupos extremistas violentos? Dicha violencia ha estado históricamente presente en muchas religiones, pero en general en el mundo cristiano ha quedado controlada por la adopción de valores como la separación iglesia-estado, la democracia y los derechos humanos universales e inalienables. ¿Será posible que la gran mayoría de musulmanes sunitas no radicales, junto con los musulmanes chiitas, pudieran controlar y evitar en el futuro el surgimiento y empoderamiento de otros grupos y gobiernos radicales como el de ISIS?

Obviamente reducir la cuestión a una lucha religiosa, o de Oriente-Occidente, es erróneo y simplista. Pero también es cierto que la ideología religiosa de grupos como Al Qaeda o ISIS se opone fundamentalmente a muchos de los valores que forman el núcleo de la forma de vida que identificamos como “occidental”. Aunque resulte una cuestión extremadamente incómoda, habría que preguntar, desde un punto de vista puramente político: ¿realmente será posible, en aras de un respeto a la diversidad cultural y religiosa, reconciliar los valores del islamismo extremo, y del islam en general, con los de la democracia? Quisiéramos pensar que sí; en todo caso, la pregunta clave sería ¿cómo?

Quizá el fenómeno más notorio en relación con los atentados de París es la violenta ola de discusión desatada en redes sociales entre aquellos que eligieron –elegimos– solidarizarnos con las víctimas, y con la ciudad y el país agredidos, así fuera por medio de gestos meramente simbólicos como difundir memes o poner la bandera de Francia en nuestras fotos de perfil en redes sociales, y quienes consideran esto como una muestra de intolerancia e insensibilidad ante otras matanzas igual de crueles ocurridas en países islámicos, y ante los abusos de Francia, Estados Unidos y en general de “Occidente” contra el mundo árabe-islámico. Algo merecedor de las más ásperas críticas, descalificaciones e insultos.

¿Realmente el que la gente comente y se solidarice más fácilmente con las muertes ocurridas en París que con las que ocurren en Siria es muestra de insensibilidad o discriminación? Después de todo, las conexiones entre países como el nuestro y Francia son mucho más abundantes que con Siria, igual que la presencia de medios, reporteros y corresponsales internacionales que en Damasco. Es más fácil enterarse de lo que ocurre en París que en los países árabes.

Por otro lado, hay estudios serios que muestran que las personas natural, inevitablemente, sienten mayor empatía con las desgracias que ocurren en países cercanos al suyo, a gente con un perfil étnico similar a ellos y en culturas similares a la propia. Puede que el expresar apoyo sólo a ciertos países y valores sea injusto, pero quizá no de manera consciente o voluntaria.

Y no hay que olvidar que Francia representa simbólicamente muchos de los valores fundamentales de nuestra cultura; cultura que es, inevitablemente… occidental.

Al final, yo sólo puedo opinar que la solidaridad siempre es válida, aun si es imperfecta o “selectiva”. Que el terrorismo siempre es aborrecible, y que es distinto de la guerra y el crimen común. Y que más que enfrascarnos en discusiones sobre quien es más “justo” en su solidaridad, habría que trabajar a nivel global en buscar maneras de hacer compatible el respeto y la tolerancia a la diversidad política y religiosa con la convivencia pacífica que el mundo tan urgentemente necesita.

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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Mariguana


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de noviembre de 2015

Sin duda, el tema de discusión en las últimas dos semanas ha sido la mariguana. Si la Suprema Corte debía o no otorgar el amparo a los cuatro solicitantes para poderla cultivar y consumir, como finalmente ocurrió, y el debate más amplio sobre su posible despenalización y legalización.

Yo, aunque parezca siempre estarme quejando soy un optimista de clóset. Y estoy convencido de que la humanidad va, mal que bien, progresando, y de que así como la esclavitud, el racismo, el sexismo y la homofobia han sido reconocidos como lo que son, aberraciones intolerables, la libertad del individuo para decidir, dentro de límites razonables, cómo cuida de su salud y qué sustancias introduce en su cuerpo irá siendo reconocida globalmente.

Al mismo tiempo, y a nivel personal, me desagrada la idea de fumar algo que disminuye las capacidades racionales –por más que potencie (o quizá sólo distorsione) las perceptivas. Pero, como bien dijo Enrique Peña Nieto, la opinión personal que uno tenga del asunto es lo que menos importa cuando se trata de regular algo a nivel social. Además, y aunque no consumo alcohol (más por deficiencias en mi formación que por convicción) ni ninguna otra droga, sí tomo diariamente café, y he recurrido, cuando ha sido necesario (y siempre bajo supervisión médica) a antidepresivos y ansiolíticos, así que mi actitud respecto al consumo de sustancias que alteran el estado psíquico no es precisamente congruente.

Siendo ésta una columna que aborda temas científicos, vale preguntarse, ¿qué dice la ciencia al respecto de la despenalización de la mariguana? La verdad es que no mucho. O más bien, sí, mucho, quizá demasiado, pero nada muy claro. Así como hay estudios confiables que muestran que en general es una droga poco adictiva y poco dañina, también los hay que muestran que su consumo en niños y adolescentes puede perjudicar el desarrollo intelectual, y que en ciertos casos (raros) puede llevar a alteraciones psíquicas graves, como brotes psicóticos. Igualmente, hay evidencia a favor y en contra, argumentos y contraargumentos, respecto a su inocuidad a largo plazo, el alcance de sus usos médicos, y su función como “puerta de entrada” al uso de drogas “duras”, más claramente adictivas y dañinas.

En parte esto se debe, en mi opinión, a que la prohibición de su uso ha impedido hacer estudios amplios y bien controlados, tanto médicos como sociales, sobre sus efectos y los posibles riesgos y beneficios de su uso recreativo y terapéutico. Probablemente al dejar de estar penalizada será posible obtener datos más sólidos.

Por lo pronto, como reportó ayer Milenio Diario, el estudio Panorama actual del consumo de sustancias en estudiantes de la Ciudad de México, realizado por el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones (IAPA), en colaboración con la Administración Federal de Servicios Educativos en el DF y el Instituto Nacional de Psiquiatría, y basado en una muestra de 26 mil estudiantes de secundaria y bachillerato de escuelas públicas y privadas, revela que su uso aumentó en 3.5 por ciento en los últimos dos años. Los especialistas que presentaron le encuesta atribuyen esto a que “ha disminuido la percepción de riesgo” respecto a la hierba. En otras palabras, dejar de satanizar la mariguana y promover su despenalización favorece también su uso.

¿Es esto bueno? ¿Malo? ¿Es deseable? Idealmente, la decisión recaería en la madurez, conciencia e inteligencia de cada quién. Pero, sin duda, en caso de que se despenalice (como sin duda sucederá, tarde o temprano) será necesario regular su venta y consumo, tal como se hace con el tabaco y el alcohol, cuya venta está prohibida a menores de edad… aunque esto no impida, claro, que haya algunos menores de edad que los consuman.

Por otra parte, y a pesar de su amplio uso (hoy pareciera necesario fumarla para estar a la moda), probablemente la mariguana no sea ya la principal fuente de dinero para los narcotraficantes, si es que alguna vez lo fue. El estudio de IAPA revela que un 37 por ciento de los usuarios de mariguana gasta menos de cincuenta pesos semanales en ella, y sólo un 11 por ciento gasta más de 500 pesos. Son las drogas más caras –cocaína, crack, heroína– las que sostienen en gran parte a esta industria multimillonaria, y son éstas las que pueden causar adicción intensa, dañar gravemente la salud y provocar que el usuario se vuelva disfuncional en sociedad.

Al final, y en espera de futuros estudios que nos proporcionen información más precisa para afinar las decisiones que como sociedad tomemos, parece razonable despenalizar y regular el uso de la mariguana, al tiempo que se promueven campañas de información y educación. En una sociedad democrática, son los ciudadanos, basados en información confiable, quienes deben decidir si la usan o no. ¿Y respecto a las drogas duras? Esa, necesariamente, será otra discusión.

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

La suspicacia estéril

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de noviembre de 2015

Una de las piedras angulares del método científico, responsable en gran parte de su poder explicativo y predictivo, es el pensamiento crítico.

Como dicen los especialistas norteamericanos en enseñanza de la ciencia James Rutherford y Andrew Ahlgren (Science for all americans, Oxford University Press, 1990, traducido como Ciencia, conocimiento para todos, SEP, México, 1997), “La ciencia se caracteriza tanto por su escepticismo como por su apertura. Aunque una nueva teoría puede recibir atención seria, en ciencia rara vez ganará una aceptación generalizada hasta que sus promotores puedan mostrar que hay evidencia que la apoya, que es lógicamente consistente con otros principios que no están en duda, que explica más cosas que las teorías rivales y que tiene el potencial de llevar hacia nuevos conocimientos. La educación científica puede ayudar a los estudiantes a apreciar el valor social del escepticismo sistemático y a desarrollar en sus mentes un saludable balance entre apertura y escepticismo”.

Desgraciadamente, en México la educación en general, no sólo la científica, pasa por una crisis severísima, y lo que en nuestra población debiera ser un pensamiento crítico basado, antes que nada, en un sentido común educado y nutrido por conocimientos, y apoyado en un escepticismo informado (no irreflexivo) se ha convertido en lo que podríamos llamar una suspicacia estéril, un sospechosismo pernicioso: una inteligencia estúpida.

Dos botones recientes de muestra: en 2009, cuando la pandemia de influenza que comenzó en nuestro país se extendía por todo el mundo, surgieron voces que hablaban de una supuesta conspiración para lanzar el virus, que habría sido traído por el presidente Obama en una visita que coincidió con el brote. Al mismo tiempo, se habló de un complot del gobierno de Felipe Calderón para crear alarma con una epidemia inexistente. (“Qué influenza ni qué ocho cuartos”, recordará usted que declaró en esos días su eterno contrincante, Andrés Manuel López Obrador).

¿La realidad? Como se discutió en su momento en este espacio, se trató de una epidemia real, con un riesgo potencial alto, ante la que se reaccionó de manera adecuada conforme a las normas internacionales, y que finalmente resultó, por suerte, ser menos mortífera de lo que se temía.

Caso dos: el reciente huracán “Patricia”. Se trata del fenómeno que más rápidamente ha crecido, en la historia conocida, de ser una tormenta tropical a huracán categoría 5. Nuevamente, se actuó conforme a las normas internacionales de prevención de desastres, informando ampliamente a la población y tomando medidas de protección. Al final, el huracán resultó mucho menos dañino de lo temido, pues fue igualmente el que más rápidamente ha bajado de categoría 5 a 1 y a tormenta, para luego desvanecerse. (Aunque no dejó de haber graves daños: el pueblo de Chamela, en Jalisco, entre Manzanillo y Puerto Vallarta, fue gravemente castigado, y la Estación de Estudios Biológicos que la UNAM tiene ahí quedó casi destruida. Actualmente se está estudiando en qué medida el comportamiento atípico de Patricia puede ser consecuencia del cambio climático global.)

Y nuevamente, los rumores y comentarios sobre un supuesto complot o cortina de humo por parte del gobierno mexicano para distraer a la opinión pública de temas más importantes, de “un experimento masivo de manipulación de masas” y demás despropósitos se apoderaron de las redes sociales. (Dejemos de lado, por el momento, las declaraciones de Peña Nieto sobre la “energía positiva” de las cadenas de oración como herramienta para combatir huracanes.)

Podríamos mencionar otros casos. El punto es que una proporción importante de los ciudadanos mexicanos, sobre todos los que tienen acceso a internet y redes sociales, está cayendo en el fenómeno conocido como “conspiranoia”: la tendencia a desconfiar de toda información oficial, independientemente de su intención y de la evidencia que la soporte, para adoptar teorías de complot que suponen que los gobiernos –u otros poderes más oscuros– conspiran haciendo planes secretos para engañar a la población.

Sí: el pensamiento crítico –del que el método científico es un refinamiento– exige no aceptar a ciegas las afirmaciones, sino ponerlas en duda y exigir evidencia. Pero no todas las afirmaciones merecen ser puestas en duda, si no hay razones para ello. Y la evidencia que nos lleve a aceptarlas o descartarlas debe ser confiable: haber sido verificada directamente o provenir de fuentes dignas de crédito. Además de que los razonamientos que nos lleven a aceptar o rechazar una idea deben ser lógicamente coherentes, no sólo “sonar bien”.

El rechazo a la información fidedigna sobre epidemias (influenza, VIH, chikunguña), desastres naturales (huracanes, temblores, cambio climático), vacunas y otros temas es más bien de tipo ideológico: rechazamos las ideas que no nos gustan o que vienen de fuentes con las que no comulgamos (como el gobierno), y luego hallamos maneras de racionalizar ese rechazo.

Tristemente, ésta es la receta para ser un país cada vez más atrasado. La manera de resolver nuestros problemas no es desechar por sistema toda la información que provenga de la autoridad, sino someterla a un examen crítico, sí, pero sensato e informado, y tratando de evitar sesgos ideológicos. De otro modo, seguiremos enriqueciendo a los charlatanes que nos venden remedios milagro o “fenómenos ovni”, mientras rechazamos la información que nos puede permitir protegernos y mejorar nuestro nivel de vida.

Dudaremos de todo, pero eso no nos hará mejores.

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miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Carne mortífera?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 28 de octubre de 2015

No hay mucho más que comentar de lo que ya se ha dicho respecto al informe de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la relación entre el consumo de carne fresca o embutidos y el cáncer del tracto digestivo. Pero sí hay mucho que comentar sobre la manera como se dio a conocer la información y cómo fue manejada por los medios.

El comunicado de prensa dado a conocer este lunes resume los resultados de un metaanálisis (un estudio que analiza en conjunto los resultados de otros estudios clínicos) realizado por un grupo de 22 expertos de 10 países, que tomaron en cuenta más de 800 investigaciones epidemiológicas. Las principales conclusiones son que los embutidos y la carne procesada son capaces de promover la aparición de cáncer colorrectal y, en menor medida, de cáncer de estómago, y quedan clasificados por tanto como carcinógenos del grupo 1 (carcinogénico para humanos), según la escala de la OMS.

La carne fresca o roja, por su parte, queda clasificada en el grupo 2A (probablemente carcinogénico para humanos), pues se halló evidencia sugerente pero no concluyente que relaciona su consumo con el cáncer colorrectal y quizá también con el de páncreas o próstata.

El problema es que los resultados del estudio, dados a conocer por la OMS, se transformaron al ser publicados en diarios y noticieros, páginas web y redes sociales en encabezados como “La carne (o los embutidos) causan cáncer”.

Habría que aclarar, en primer, lugar, que no se trata de nada nuevo: los estudios que relacionan el consumo de carne y embutidos con distintos tipos de cáncer existen desde hace décadas (por eso valía la pena examinar conjuntamente una gran cantidad de ellos, con sus diferencias y contradicciones, para tratar de aclarar lo más posible el panorama).

En segundo lugar, hay que tomar en cuenta que la escala de carcinogenicidad de la OMS es especialmente confusa, porque no es cuantitativa, sino cualitativa: no mide qué tan peligrosa es un factor, sino qué tan claramente sabemos que lo es; que tan buena es la evidencia que establece la relación causal entre el consumo de una sustancia y el cáncer. En la categoría 1 hay factores altamente cancerígenos, como el tabaco o la radiación, pero también sustancias que consumimos sin temor, como el alcohol (la carcinogenicidad del tabaco es, por ejemplo, mucho mayor que la hallada para el consumo de embutidos). En el grupo 2A se hallan sustancias como los esteroides, o compuestos que se hallan en productos para el cabello.

En tercer lugar, el porcentaje de aumento en el riesgo de cáncer que se manejó, estimado en un 18%, ha sido mal entendido. No se trata de un riesgo absoluto, sino de un aumento en el riesgo preexistente: si una persona tiene un riesgo alto de padecer cáncer, el consumo de carne procesada podría aumentar ese porcentaje de riesgo en un 18%, y seguiría siendo alto. Si la persona está sujeta a un riesgo bajo, aun cuando éste aumentara en un 18%, seguiría siendo bajo.

Un ejemplo: según algunos estudios, el riesgo promedio de padecer cáncer colorrectal es de alrededor de 4.5%. El consumo cotidiano de embutidos y carnes procesadas lo podría elevar en 18%, para llegar a sólo un 5.3%. Como contraste, el riesgo promedio de cáncer de pulmón es de 1.3%; el tabaquismo lo eleva a 17.2%, ¡un aumento de mil 323 por ciento (es decir, de más de 13 veces)!

Además, hay que tomar en cuenta que la dosis de consumo de embutidos necesaria para que se manifieste este riesgo es relativamente alta: unos 50 gramos diarios, de manera regular. Una persona que consuma carne roja o embutidos de manera moderada no tiene de qué preocuparse.

En resumen, lo más probable es que ocurran varias cosas. Una, que los resultados del metaanálisis serán revisados con detalle para confirmar su validez (ya los representantes de la industria cárnica y los estados productores de carne han salido a descalificar los resultados presentados por la OMS). Dos, que probablemente las recomendaciones en materia de nutrición para la salud cambiarán, pero pese a las declaraciones apresuradas de los promotores del vegetarianismo no habrá que prohibir o dejar de comer carne ni embutidos. Habrá, eso sí, que aprender a consumirlos con moderación, pero sin miedo.

Quizá se buscará también que al procesar la carne se usen menos compuestos cancerígenos como nitritos y nitratos, y se restrinjan procesos como el ahumado o el cocinado a altas temperaturas, que producen compuestos aromáticos de carbono que son también carcinogénicos. Finalmente, es probable que fomente la investigación médica para buscar nuevos y mejores tratamientos preventivos que tomen en cuenta estos datos y ayuden a disminuir el impacto del consumo de carnes y embutidos (que, aceptémoslo, los amantes de la carne y el tocino no vamos dejar de comer) en el riesgo de cáncer en la población.

Pero para mí la lección más importante es que, cuando se trata de dar a conocer con bombo y platillo datos importantes como éstos, las organizaciones de salud como la OMS, debieran ser mucho más cuidadosas con sus estrategias de medios. Usar la clasificación de cancerígenos de la OMS en un contexto mediático generalmente suele, en vez de informar, causar alarma y confusión. Y no tomar en cuenta la tendencia de los medios a simplificar y enfatizar la información científica, lo que frecuentemente produce notas exageradas y descontextualizadas, es arriesgarse a causar, si no pánico e inquietud (como ya está ocurriendo), a algo quizá peor: a causar risa
(como también ya está ocurriendo).

En última instancia, el mal manejo de la información en estos temas puede lograr lo opuesto a lo que se buscaba: que la gente deje de tener confianza en los resultados de la ciencia médica.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

¡Rescaten al marciano!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de octubre de 2015

Por fin pude ir a ver la magnífica cinta El marciano (The martian, del gran director Ridley Scott, desastrosamente traducida como “Misión rescate” para su exhibición en México). Como expresé en Twitter, mi opinión es que se trata de “Un hermoso himno al poder de la ciencia y la tecnología”. La disfruté enormemente.

Sin embargo, han surgido, como inevitablemente ocurre cada vez que se estrena una película exitosa de ciencia ficción, críticas a la ciencia presentada en la cinta. Espero que usted ya la haya visto, para poder comentarla aquí sin venderle trama.

Uno de los principales reproches es que la tormenta de arena que ocurre en Marte, y que desata toda la acción de la película, sería… imposible. La atmósfera marciana es unas 100 veces más tenue que la terrestre, por lo que aún los vientos más intensos serían una simple brisa comparados con los terrestres. (Pero bueno: ¿qué sería de las artes escénicas y la narrativa de ficción si renunciamos a la necesaria suspensión de la incredulidad?)

Hay otros errores menos importantes, porque la trama no depende mayormente de ellos, como la gravedad marciana. El diámetro de Marte es sólo un 53% del de la Tierra, y su masa es sólo un 10% de la de ésta. Como consecuencia, su gravedad es sólo un 38% de la terrestre: el astronauta Mark Watney, personificado por Matt Damon en una actuación ampliamente reconocida como brillante, no hubiera podido caminar normalmente, como se muestra en la cinta, sino a saltitos, como los astronautas que pisaron la Luna.

También se ha comentado que las exclusas de aire reales son mucho más complicadas que las que aparecen; que para obtener agua hay métodos más sencillos (como simplemente excavar, ahora que se sabe que en Marte existe agua subterránea), y otros detalles similares.

Por otra parte, los críticos científicos han señalado muchos aciertos, principalmente la notable recreación del paisaje marciano, la factibilidad de cultivar papas en el regolito marciano (como se denomina a la capa de material suelto que cubre la roca dura del suelo de Marte y otros astros como la Luna); lo correcto aunque excesivamente vistoso de los trajes espaciales, o la manera realista en que se muestran las discusiones y el modo de trabajar del personal de la NASA.

Pero yo creo que la principal virtud de la cinta –y de la novela de Andy Weir en que se basa, aunque no la he leído– es que muestra que la ciencia bien aplicada funciona. Sirve para resolver problemas y da resultados.

En este sentido, El marciano es una película que habla a favor de la ciencia y la tecnología como herramientas de supervivencia para la humanidad. No por algo la frase I'm gonna have to science the shit out of this, que yo traduciría libremente como “voy a tener que usar la ciencia para resolver esta mierda”, se ha convertido en el mensaje clave de la película.

El marciano nos recuerda, como ya antes lo hicieron películas como Apolo 13 y novelas como Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, o La isla misteriosa, de Julio Verne, que el conocimiento científico y técnico es lo que ha separado a la raza humana de los demás animales, y la herramienta que nos ha permitido sobrevivir. Sólo usándola podremos perdurar como especie.

Cierto: la cinta tiene también un aspecto de “película positiva” que puede verse como frívolo. Peca de optimista (claro: es cine comercial). Incluso puede verse como parte de una campaña publicitaria de la NASA para, a través de una mejor imagen pública, y del apoyo que ésta conlleva, conseguir más fondos, ante las constantes amenazas de recortes por parte del gobierno estadounidense. Lo cual me parece perfecto.

Pero más que nada, en mi opinión la cinta puede leerse como un magnífico ejemplo de divulgación científica en forma narrativa: un relato fascinante que nos mantiene pegados a la butaca y que al mismo tiempo nos muestra cómo el conocimiento científico y tecnológico puede salvar nuestra vida. Coincido con Jim Erickson, del laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, entrevistado en Tech Insider, en que la cinta –y la novela– “nos dicen que tener a alguien en Marte no es ciencia ficción, sino algo alcanzable. Sólo tenemos que hacerlo”.

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miércoles, 14 de octubre de 2015

Nobeles misteriosos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de octubre de 2015

La semana pasada hablamos aquí del premio Nobel de medicina de este año. Comentemos hoy los otros dos Nobeles de ciencias naturales: el de física y el de química. En ambos casos, se trata de investigaciones que resolvieron misterios.

El de física se otorgó, como habíamos mencionado, a dos investigadores cuyos apellidos, yuxtapuestos, producen un efecto divertido: Kajita y McDonald. Takaaki Kajita y Arthur B. McDonald, uno japonés y el otro canadiense, recibieron el premio “por su descubrimiento de las oscilaciones de neutrinos, que demuestran que los éstos tienen masa”.

Kajita y McDonald
¿Qué son los neutrinos? Originalmente, fueron partículas teóricas “indetectables” postuladas en 1930 por el famoso físico austriaco Wolfgang Pauli (que ganó el Nobel en 1945) como una manera de ajustar su modelo teórico para explicar un tipo de desintegración radiactiva (el decaimiento beta). A primera vista sonaría como hacer trampa; pero cuando los físicos proponen este tipo de entidades normalmente lo hacen porque es la única manera concebible de explicar toda una serie de datos precisos y confiables con los que cuentan. Es un poco como hacía Sherlock Holmes para resolver un crimen, a veces planteando soluciones inesperadas: “Cuando todo lo imposible se ha eliminado, lo que quede, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

Los neutrinos son leptones, un tipo de partículas fundamentales que no se pueden descomponer en otras más pequeñas (a diferencia de los hadrones, como el protón o el neutrón, que están formadas por cuarks). En realidad no es que sean indetectables, sino que sólo interactúan muy pero muy raramente con el resto de las partículas que forman la materia: son casi como fantasmas. A través de la Tierra –y de nuestro cuerpo– pasan constantemente millones de neutrinos provenientes del espacio.

De cualquier modo, fueron detectados en 1956 (ganando así otro premio Nobel, el de 1995, para quienes lo lograron). Se han establecido grandes detectores para estudiarlos: inmensos tanques llenos de agua pesada (que tiene deuterio, el primo pesado del hidrógeno, en su molécula). Sus paredes están tapizadas de tubos fotomultiplicadores, que pueden detectar cualquier mínimo destello de luz que ocurra en la oscuridad.

La detección de neutrinos se basa en que éstos pueden viajar, en el agua, más rápido que la luz (nada puede superar la velocidad de la luz en el vacío, pero ésta viaja más lentamente en otros medios, y nada en la teoría de la relatividad de Einstein prohíbe que algo viaje más rápido en esas condiciones). Cuando una partícula viaja más rápido que la luz, emite fotones, debido al llamado “efecto Cerenkov”. Son los fotones de luz producidos por los neutrinos al pasar por el agua los que se detectan.

Pues bien: al estudiar los neutrinos procedentes del sol, la cantidad detectada en distintos experimentos era sólo un tercio de la esperada según los cálculos teóricos. ¿Dónde estaban los faltantes? El misterio de los neutrinos ausentes podría significar que el sol estuviera muriendo. Afortunadamente no fue así.

El interior del detector
Super Kamiokande
Existen tres tipos de neutrinos: tipo electrón, tipo tau y tipo muón. En 1998 Kajita, utilizando datos del detector Super Kamiokande, en Japón –con sus 50 mil toneladas de agua ultrapura a mil metros bajo tierra– descubrió que los neutrinos que constantemente se producen en la atmósfera debido a los rayos cósmicos podían “cambiar de personalidad” al llegar a la Tierra: de ser tipo electrón, podían pasar a ser tipo muón, por ejemplo. Y en 2001 McDonald, –trabajando en el Observatorio de Neutrinos de Sudbury, en Canadá con mil toneladas de agua pesada a dos kilómetros de profundidad– confirmó que los neutrinos procedentes del sol, que son de tipo electrón, podían también “oscilar” para transformarse en tipo muón o tau. Misterio resuelto: los neutrinos están ahí, pero no los veíamos porque no son del tipo que esperábamos.

Las implicaciones del descubrimiento de la oscilación de neutrinos son grandes: para que sea posible que cambien de tipo, se necesita que tengan masa: algo que contradice el llamado “modelo estándar” que describe todas las partículas subatómicas conocidas. En otras palabras: algo debe andar mal con el modelo. Es imperfecto, y habrá que seguir buscando uno mejor. Aunque parezca raro, esto hace muy felices a los físicos de todo el mundo, que disfrutan de poder seguir resolviendo misterios, y probablemente se deprimirían si llegáramos a conocer todo sobre el universo.

Lindahl, Modrich y Sancar
Por su parte, el misterio que resolvieron los ganadores del Nobel de química es distinto: se otorgó al sueco Tomas Lindahl, el estadounidense Paul Modrich y el turco Aziz Sancar “por sus estudios de los mecanismos de reparación del ADN”.

Todos sabemos que la información genética, que controla todas las funciones de los seres vivos, se almacena en la molécula de ácido desoxirribonucleico, o ADN. En 1970 Lindahl descubrió que el ADN no es una molécula especialmente robusta, como cabría esperar, sino que es extremadamente frágil, y constantemente sufre daño debido a agentes químicos o a la radiación ambiental. ¿Cómo es posible que los seres vivos sobrevivan así?

La respuesta es que existen distintos tipos de mecanismos bioquímicos que constantemente monitorean el ADN y reparan los distintos tipos de daño que puede sufrir. En 1974 el propio Lindahl descubrió el mecanismo de reparación por corte de bases, que detecta “letras” dañadas en la molécula de ADN y elimina las regiones donde se hallan. En 1983, Sancar descubrió un mecanismo distinto para reparar el ADN, el de corte de nucleótidos, que detecta uniones erróneas entre dos letras y elimina el tramo de ADN dañado, sustituyéndolo por el correcto. Y en 1989 Modrich halló un tercer mecanismo natural, la reparación de errores de apareamiento, que corrige “erratas” del ADN en que una “letra” en una de las dos cadenas de la doble hélice está apareada con la pareja incorrecta.

Es posible que sus descubrimientos, además de ayudarnos a entender mejor el funcionamiento celular, algún día puedan aplicarse para combatir enfermedades causadas por mutaciones en el ADN, como el cáncer. Por lo pronto, la ciencia que resuelve misterios es reconocida, acertadamente, por los premios Nobel.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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