domingo, 4 de febrero de 2018

La desconfianza en el saber

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de febrero de 2018

En el suplemento Laberinto de Milenio, el poeta Julio Hubbard se lamenta el pasado 3 de febrero (“Nuevos mapas del contagio”) de los tiempos actuales en que cada uno puede construir su propia versión de la verdad: “Así como hay post–verdad, igual han de existir un post–saber y una post–ignorancia”.

Se duele asimismo de los efectos de este relativismo tonto (no todo relativismo lo es: toda persona sensata sabe que la interpretación de las cosas depende de su contexto… pero no al grado de que sea válido pretender que “uno inventa la realidad”) esté causando daños objetivos, palpables, en el mundo real: menciona a quienes reniegan de la explicación darwiniana que nos permite entender racionalmente la asombrosa evolución y adaptación de los seres vivos, para sustituirla por la creencia simplona en un creador todopoderoso, o la recientemente popular, y bastante más absurda, creencia en que nuestro planeta es un disco plano rodeado por una inmensa pared de hielo, y de que toda la evidencia de que es un esferoide es producto de una conspiración mundial orquestada por la NASA.

(Yo añadiría a quienes, con el orate Trump a la cabeza, reniegan, sinceramente o impulsados por mezquinos intereses económicos, de la realidad del calentamiento global ocasionado por la liberación desmedida de gases de efecto invernadero, y el consecuente cambio climático: calentamiento, enfriamiento, acidificación de océanos, sequías, alteración de los patrones de lluvias, tormentas y huracanes, y muchos otros efectos complejos.)

Pero, sobre todo, Hubbard reniega de quienes, por seguir la moda absurda de creer que “las vacunas causan autismo y reducen el desarrollo cerebral” (entre otras muchas sandeces, respaldadas, cómo no, por su respectiva teoría conspiratoria), dejan de vacunar a sus hijos. Se alarma del resurgimiento en muchos países avanzados, que es donde también están en auge estas creencias absurdas, de enfermedades ya casi desaparecidas: sarampión, paperas, tosferina, poliomielitis. Y señala algo vital: las vacunas no son sólo asunto de salud individual, sino señal de “respeto por los demás; el reconocimiento básico y elemental de que nuestro propio cuerpo está conectado con los otros”.

Se refiere, claro, al fenómeno de la inmunidad de grupo: las vacunas no protegen a cada individuo por igual, y hay personas que por diversas razones de salud o de otra índole no pueden vacunarse. Aún así, el hecho de estar rodeados de personas que sí estén vacunadas los protege. Pero si el porcentaje de personas vacunadas en una población baja de cierto nivel (que no es muy bajo, por cierto), la enfermedad tiene las puertas abiertas para producir un brote epidémico. “Mi cuerpo y mis actos no son solo de arbitrio propio: implican una responsabilidad hacia los demás”, dice Hubbard.

Ya está sucediendo. Incluso en México. Usted mismo, que lee esto, ¿a cuántas personas conoce directamente que hayan dicho “yo no voy a vacunar a mis hijos”? La probabilidad de que sea al menos a una es cada día más alta.

¿A qué obedece esta crisis –que es global– de la credibilidad del conocimiento no sólo científico, sino en general; esta desconfianza en la autoridad intelectual? No lo sé. Quizá tenga un componente generacional: el surgimiento de la generación millenial, producto del cambio cultural (computación, comunicaciones, internet, redes sociales, declive de la lectura, deterioro de los sistemas educativos, sobre todo de las habilidades matemáticas y de lectoescritura, como lo muestran año con año las pruebas PISA y similares). En particular, creo que el no fomentar la construcción de una cultura científica mínima en cada ciudadano, desde la primaria en adelante, así como en el hogar, es parte de un problema que sí, es eterno, pero que hoy se agudiza.

Como sociedad, como sociedades, no nos hemos tomado en serio lo que está pasando. La consecuencias ya se nos vienen encima. Más vale que vayamos pensando qué hacer.

¿Te gustó?
Compártelo en Twitter:
Compártelo en Facebook:

Contacto: mbonfil@unam.mx

1 comentario:

Carlos Alberto Gómez García dijo...

En verdad que el descrédito que sufre la autoridad científica, como usted la llama, parece estar en la base de esta nueva etapa de la historia humana; nos acercamos cada vez más a un oscurantismo tecnológico, donde coexiste una forma de hipertrofia manifiesta en avances 'científicos', como se le suele llamar a los inventos tecnológicos por parte de la población en general, con conceptos a todas luces fantásticos y/o infantiles.

Pero también es triste pensar que lo que se llama ciencia, concebida de esa forma en el imaginario colectivo, lo es sólo para los desarrollos existentes en relación al comportamiento de partículas subatómicas, a los transgénicos, a la telemática, astronomía, etc. Y es que somos deudores de un sistema que privilegia, bien valga la expresión, la creación de conocimiento que, en el largo plazo en el mejor de los casos, produzca innovaciones que impulsen el 'desarrollo del país', como la Dra. Julieta Fierro ha dicho en un video en relación a la existencia de los discos compactos, cuyo origen fue la necesidad de almacenamiento de información de observaciones astronómicas...

No dudo que sea interesante y 'útil', para charlas motivacionales, la posible aplicación de descubrimientos científicos que nos lleven al 'paraíso' de los llamados países 'desarrollados'. Lo que me parece lamentable, es que científicos tan preparados tengan una visión tan estrecha de la sociedad.

¡Que bien estar en un cubículo en un instituto preguntándose por el origen del Universo! Que pena pensar en todos los millones de seres humanos que necesitan, no sólo educación científica desde la primaria, sino poder comer y vestir.

Siento disentir con usted acerca de que la ciencia no sólo debe ser ejercida por motivos utilitarios. Se necesita estar muy cómodo, y ocioso, para preguntarse cosas ajenas a la realidad social. Si me lo pregunta, yo sí considero que en lugar de andar preguntándose acerca de la partícula de dios u otras maravillas científicas, habría de preguntarse primero, acerca de las llamadas ciencias sociales, de las razones de la miseria de nuestros pueblos no para conocerlas y ya... sino para transformar un sistema que lleva precisamente a lo que se lamenta, la falta de educación y el descrédito a la autoridad científica. Que bien que se queden los científicos en sus cubículos a desarrollar nanotecnológías que permitan la miniaturización de los componentes electrónicos, pero que saquen de sus bolsillos o de las empresas a las que benefician para vivir e investigar ¿no le parece?

Así tal vez podamos entender porque pierde crédito la 'autoridad científica': porque la ciencia, en este país y en el mundo tiene dueño, a saber, el dinero; y es a ellos a quienes beneficiará ciertamente ¿no cree? ¿o serán algunos de nuestros connacionales, me refiero al pueblo, los que viajen a las estrellas...?

https://www.youtube.com/watch?v=bio1BMLvFGM