domingo, 11 de febrero de 2018

Nuestra incultura científica

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de febrero de 2018

En su libro El mundo y sus demonios, de 1995, el mundialmente famoso astrónomo y divulgador científico Carl Sagan escribió: “Hemos organizado una civilización global en la que los elementos más cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso esa institución democrática clave que son las elecciones— dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que casi nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una receta para el desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.”

Desde hace muchas décadas –desde el final de la segunda guerra mundial, cuando nos hicimos conscientes del poder destructivo de la tecnología atómica, y desde los años sesenta, cuando surgió la conciencia acerca del daño que nuestros avances científicos y técnicos podían causar al ambiente–, las sociedades modernas nos hemos dado cuenta de que, si queremos sobrevivir, es vital que los ciudadanos cuenten con una mínima cultura científica.

No hay una definición universalmente aceptada de qué significa “cultura científica”. Como mínimo, uno esperaría que una persona científicamente culta conozca y comprenda con cierto detalle un mínimo de conceptos científicos básicos. Yo en lo personal, como divulgador científico, he propuesto que una cultura científica, además de conocimientos, debe incluir también la apreciación del importante papel que la ciencia y la tecnología juegan en el mundo actual, y la capacidad de responsabilizarse –al menos en parte– por el uso que se les dé en la sociedad a la que pertenecemos.

Pero una y otra vez, cuando se hacen estudios y encuestas para conocer el nivel de cultura científica de nuestra población –no sólo en México, sino en prácticamente todos los países– descubrimos que nuestros ciudadanos presentan alarmantes carencias respecto a muchos conocimientos científicos elementales. Esto, a pesar de la inclusión de contenidos de ciencia en la escuela, y de los esfuerzos para popularizarla fuera del ámbito escolar.

El Conacyt realiza cada dos años, aproximadamente, una Encuesta Nacional de Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología (Enpecyt) que se aplica a una muestra más o menos representativa de ciudadanos: en 2015 fueron más de 3 mil, distribuidos en 32 ciudades. En ella invariablemente se descubre que un alto porcentaje de mexicanos cree en cosas como poderes psíquicos, números de la suerte o visitas de viajeros extraterrestres; considera que la astrología o la investigación de fantasmas son disciplinas científicas, y piensa que es más importante combatir la pobreza que invertir en ciencia (como si ambas cosas fueran excluyentes, y sin considerar que la inversión en ciencia de un país es la mejor apuesta para aumentar, a la larga, su nivel económico y de vida).

Pero recientemente la empresa encuestadora Parametría presentó los resultados de su propia encuesta de percepción pública de la ciencia y la tecnología. Aunque se trata de un estudio más limitado –sólo 800 encuestados– y aunque muchas de las preguntas están planteadas de forma simplista o sesgada (problema que, por cierto, comparte la Enpecyt), lo que revela es muy preocupante.

Entre otros datos, la encuesta muestra que si bien un 49% de mexicanos opina que a lo largo de la historia los avances científicos han beneficiado a la humanidad, otro 41% piensa justo lo contrario: que la ciencia ha sido perjudicial. Un 56% opina que la ciencia y la tecnología están haciendo nuestras vidas más sanas, fáciles y cómodas, pero un 40% piensa lo opuesto. Y, alarmantemente, un 69% piensa que “dependemos demasiado de la ciencia, y no lo suficiente de la fe”, contra sólo un 27% que discrepa de tal afirmación.

Parametría informa también de que la situación ha empeorado desde 2009, cuando se aplicó la misma encuesta: la percepción de que la ciencia y la tecnología han beneficiado nuestras vidas bajó de 74 al actual 56% en ese periodo (18% menos), mientras que la opinión respecto a que deberíamos depender menos de la ciencia y más de la fe subió de un 32 al actual 69% (un aumento de 37%).

Más allá de que sería muy necesario hacer un estudio más profundo y amplio para confirmar estos resultados, es claro que habrá que hacer algo, a nivel federal y con carácter urgente –pienso en algún tipo de estrategia nacional de promoción de la cultura científica­– si no queremos correr, como país, la misma suerte que los Estados Unidos, donde las creencias en curaciones mágicas y el movimiento antivacunas están ocasionando graves problemas de salud, el negacionismo del cambio climático causa daños a nivel global, y un presidente ignorante, discriminador y violento amenaza la paz mundial. O de Costa Rica, donde un candidato que es básicamente un fanático religioso, contrario a los derechos humanos y la educación laica, y que representa los valores más retrógradas y conservadores, podría convertirse en presidente.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

1 comentario:

Armando Díaz García dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.