miércoles, 20 de abril de 2011

Irracionalidad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 20 de abril de 2011


En los últimos años se ha puesto de moda denigrar la racionalidad, como si fuera un defecto, o algo peligroso o dañino, y no la herramienta más valiosa que tiene nuestra especie para sobrevivir y para trascender su naturaleza biológica y acceder al mundo de lo cultural.

Lo malo es que la moda tiene pegue. Mientras Héctor Aguilar Camín comentaba ayer en estas páginas cómo Tomás de Aquino (siglo XIII) valoraba tanto la razón que buscó usarla para probar la existencia de su dios, hoy es cotidiano ver en las noticias ejemplos de argumentos irracionales, ya sea por maña o simplemente por tontería.

(Milenio Diario, 18 de abril)
Ejemplos recientes: los reclamos tanto a meteorólogos como al Gobierno del DF por las inundaciones debidas a la lluvia torrencial y granizada del pasado sábado. La predicción del clima nunca ha pretendido ser una ciencia exacta, lo cual no la invalida ni la hace responsable de eventos naturales imprevistos; y aunque la falta de previsión de las autoridades puede haber empeorado los efectos de la tormenta, una precipitación anómala de la magnitud de la del sábado es simplemente imposible de vaticinar.

Otro: la Fernández Noroña del PAN, Mariana Gómez del Campo (con disculpas al Dip. Fernández Noroña) buscando responsabilizar al Gobierno del DF por el terrible accidente del Metrobús del domingo pasado, causado, hoy se sabe, por un error humano del conductor (y por tanto, impredecible). Al diablo la lógica, con tal de golpear al adversario y ganar el futuro hueso (el estilo actual de los políticos de todos los partidos, como atinadamente criticaba ayer en Milenio Diario León Krauze). Otro más: una revista seria publica como cierta la tontería de que Estados Unidos cuenta con un arma capaz de causar terremotos y tormentas… (aunque la misma revista suele publicar investigaciones serias, como ésta sobre el riesgo que amenaza a la divulgación científica en la UNAM). Y así podemos seguir.

Hace unos días, compartí en Twitter (@martinbonfil65) una reflexión simple respecto al combate armado al narcotráfico. Se basa en una premisa sencilla: el consumo y venta de drogas se combaten porque causan muertes, directa o indirectamente (además de otros daños sociales y a la salud). Por tanto, tuiteé, “si el número de muertos que se estima que hubiera causado el consumo de drogas es menor que el número (real) de muertos causados por la guerra contra las drogas (me rehúso a caer en jueguito de no nombrarla como lo que es, una guerra), lo racional sería detenerla”.

Mi tuit causó interés, y recibí diversas opiniones, tanto a favor como en contra. Pero creo mi ingenua y simplista propuesta –que no busca más provocar la discusión constructiva– ilustra, en esencia, lo que la visión racional –y recordemos que el método científico es sólo un refinamiento del pensamiento racional– ofrece: discutir y solucionar problemas con base en datos confiables, y por medio de razonamientos basados en la lógica. Por desgracia, pedir a los políticos que actúen con estos criterios es, cuando menos, utópico, si no francamente irracional.


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miércoles, 13 de abril de 2011

Noticias...

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 13 de abril de 2011



¿Cuál de las dos noticias siguientes, querido lector o lectora, le parece más atractiva? ¿Cuál despierta en su corazón más curiosidad, más ansia de saber? Conteste con sinceridad: 1) “Cuenta la Universidad con el mayor banco de moscas para la ciencia”, o 2) “El FBI confirma la recuperación de 3 ovnis y nueve extraterrestres en 1950”.

Ya se estará usted imaginando que la segunda noticia es, por decir lo menos, poco confiable. Pero es cierto: recientemente la Agencia Federal de Investigaciones estadounidense (FBI) puso a disposición del público, a través de un portal llamado “Vault” (bóveda), una serie de documentos relacionados, entre muchísimos otros temas, con el llamado “fenómeno ovni”. Entre ellos varios que muestran que, en efecto, el FBI registró o investigó algunos casos de avistamientos o choques de supuestos “platillos voladores”.

Por supuesto, los fanáticos de los platillos voladores están deleitados, y se han apresurado a difundir como “pruebas” los documentos del FBI, afirmando incluso que éstos estaban antes “clasificados” (como secretos).

El memorándum Hottel
Nada más lejos de la verdad. Uno de los documentos más citados, el famoso “memorándum Hottel”, nunca fue secreto, y además su contenido es falso. Supuestamente, revela que a finales de los 40 se hallaron 3 platillos voladores que se estrellaron en Estados Unidos y que contenían cadáveres de extraterrestres. (“Eran descritos como de forma circular, con centros abombados de 50 pies de diámetro. Cada uno estaba ocupado por tres cuerpos de forma humana, pero de sólo tres pies de alto. Los individuos vestían ropa metálica de una textura muy fina. Cada cuerpo estaba vendado como los pilotos de pruebas.”)

El memorándum, lejos de dar por buena la historia, se limitaba a reportar lo dicho a un investigador del FBI, Guy Hottel, por un informante, quien a su vez lo había leído en un periódico, el cual reportaba lo dicho por Rudy Fick, un vendedor de carros usados, que lo había oído de dos tipos apellidados Van Horn y Murphy, que decían haberlo oído de alguien llamado Coulter, quien lo oyó de un tal Silas Newton.

Resultó que Van Horn y Murphy se dedicaban a vender varitas de rabdomancia (supuestamente para hallar agua; charlatanería pura), e inventaron la historia del ovni estrellado para vender mejor su mercancía (“basada en tecnología extraterrestre”).

Puede que hace 60 años esta historia pudiera ser creíble; lo asombroso es que todavía hoy siga siendo tomada en serio como “prueba” por los medios de comunicación –aunque tengo que reconocer que en México pocos medios la tomaron en serio, sólo Excélsior (“De otro planeta: revela el FBI archivos sobre extraterrestres”, 11 de abril) y Publimetro (“El FBI reportó extraterrestres en 1957”, 10 de abril)… ¡Hay esperanza!

En cambio, la noticia del banco de moscas de la fruta (Drosophila melanogaster) que posee el Instituto de Neurobiología de la UNAM, en Morelos, y que es una invaluable herramienta de investigación biomédica, resulta mucho menos “sexy” para los medios… pero es, además de cierta, mucho más importante. (Como dijera Carl Sagan en su indispensable libro El mundo y sus demonios: “La seudociencia es más fácil de presentar al público que la ciencia”. )

El dilema del periodista científico es hallar el balance entre lo atractivo y lo importante, sin dejar de lado el rigor científico. Todavía sigue siendo un reto difícil de lograr, en México y en el mundo.


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miércoles, 6 de abril de 2011

Tetas, mentiras y Greenpeace

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 6 de abril de 2011


Yo no sé si sea cierto que, como se anunció en las noticias hace dos semanas, una serpiente mordió el pecho de una modelo israelí de nombre Orit Fox y luego murió de intoxicación por silicón.

Pero sí sé que otra historia de tetas, que “mirar diez minutos a los pechos de una mujer puede alargar la vida de los hombres cinco años”, es patentemente falsa. Este descubrimiento de la gerontóloga alemana Karen Weatherby supuestamente fue publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine, y la nota también circuló ampliamente hace poco (aunque en realidad es una historia muy vieja).

Y sé que es falsa no sólo porque suena absurda (después de todo, también hay por ahí mala ciencia, hecha por científicos medio chiflados o de plano mediocres), sino porque mi querido amigo y colega periodista científico Pere Estupinyà se tomó la molestia de verificar los hechos: no existe tal estudio, y nunca se publicó en esa revista (sí existen varias Karen Weatherbys, pero ninguna es gerontóloga). Su empeño, por cierto, lo llevó a aparecer en las páginas de la prestigiadísma revista científica Interviú.

Y es que una de las características fundamentales de la ciencia –probablemente, LA característica fundamental de la ciencia– es que se basa en evidencia (según el diccionario de la Real Academia, “prueba determinante en un proceso”). Es decir, en datos confiables, comprobables y comprobados. Si bien los filósofos de la ciencia discuten ampliamente el laberíntico y complejo proceso por el se construye socialmente nuestra confianza en dichos datos, el hecho indiscutible es que sin datos duros no hay ciencia posible. Y lo mismo ocurre con el periodismo científico: no basta con que alguien importante diga algo; hay que tener evidencia que sustente su dicho.

Por eso me molesta la campaña que la organización ambientalista internacional Greenpeace ha estado promoviendo en radio, con mensajes que afirman algo así como: “muchos alimentos contienen cultivos transgénicos implican [nótese el verbo ambiguo] un riesgo para tu salud”. Y es que, sencillamente, eso es falso.

Cierto, hay preocupación sobre los posibles efectos que la modificación genética de vegetales comestibles pudiera tener en la salud de sus consumidores. Pero hasta ahora, más allá de ciertas alergias (riesgo que existe con cualquier vegetal) toda la evidencia indica que no existen tales daños.

Pese a ello, en su página web Greenpeace insiste en que “Nadie garantiza que el consumo de alimentos transgénicos sea seguro para la salud de los consumidores en el mediano y largo plazos”, que “a la fecha no existe una evidencia de que son saludables para los seres humanos”. Cierto, pero decirlo así implica que los riesgos existen hasta que no se demuestre lo contrario. Bueno: hasta el momento ningún estudio ha hallado efectos dañinos, a pesar de que han sido consumidos por millones de personas durante más de 15 años. La información de Greenpeace, repetida acríticamente por muchísimos medios, es por lo menos muy tendenciosa.

El verdadero –y muy real– peligro de los cultivos transgénicos es la contaminación genética que pueden causar a los cultivos nativos, y las condiciones criminalmente injustas que algunas compañías biotecnológicas imponen a los agricultores que los usan.

En todo caso, y como pide Greenpeace, valdría la pena que todo producto transgénico sea etiquetado para que sea el ciudadano quien decida si lo consume. Pero de ahí a propagar versiones tramposas que satanizan a estos cultivos –una opción válida para combatir el problema del hambre– como “dañinos para la salud”, hay mucho trecho. El mismo que separa los efectos “saludables” de mirar pechos femeninos, por más que nos guste la versión, del verdadero conocimiento científico.


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miércoles, 30 de marzo de 2011

El virófago

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 30 de marzo de 2011



Un mamavirus gigante con varios
virófagos Sputnik en su interior
La palabra sarcófago significa, literalmente, “devorador de carne”; un nombre muy descriptivo, aunque ligeramente macabro. Cuando se descubrieron virus que atacaban a bacterias, se les llamó “bacteriófagos”, aunque en este caso el nombre era impreciso: los virus no “devoran” a las bacterias, sino que las parasitan. Introducen en ellas su material genético, que se apodera de la maquinaria de reproducción y comienza a fabricar incesantemente copias del virus.

Los virus son entidades extrañas: se hallan en la frontera entre lo vivo y lo inanimado (sólo presentan funciones vitales cuando parasitan una célula), y su origen evolutivo sigue siendo un misterio (aunque hay diversas hipótesis al respecto, e incluso puede ser que hayan tenido varios orígenes). En 1992 se encontró un tipo de virus sorprendente, que infecta a cierto tipo de amibas de agua sucia (Acanthamoeba polyphaga). Era tan grande que podía verse al microscopio, y por ello se lo confundió con una bacteria. Cuando en 2003 se descubrió el error, se lo llamó “mimivirus” (de mimós, imitar).

En septiembre de 2008 Didier Raoult, del Centro Nacional de la Investigación Científica, en Francia, descubrió un virus aún más grande, pariente del mimivirus, y en son de broma lo llamó “mamavirus”. Pero había más sorpresas: también halló otro pequeño virus asociado a éste, que no podía reproducirse dentro de las amibas si éstas no estaban infectadas por el mamavirus. A este tipo de virus se les conoce como “virus satélite”; usando nuevamente el humor, el pequeño acompañante fue llamado Sputnik (en alusión al primer satélite artificial, y debido a que en ruso el nombre significa, precisamente, “viajero acompañante”).

Pero el virus Sputnik no sólo acompaña al mamavirus: lo parasita. No porque se meta dentro del virus gigante, sino que aprovecha la maquinaria de reproducción controlada por el mamavirus para producir sus propias copias, y al hacerlo estorba la reproducción del propio mamavirus (frenándola y produciendo copias defectuosas, que tienen dificultades para infectar a nuevas amibas). Debido a ello, y a pesar de que el nombre nuevamente sea inexacto, se le clasificó como un “virófago” (por comparación con los bacteriófagos).

Tanto el mimivirus como el mamavirus y su acompañante Sputnik habían sido aislados de torres de enfriamiento de agua. Pero esta semana, en la Revista de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS), el equipo de Ricardo Cavicchioli, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, anuncia el descubrimiento de un nuevo virófago, esta vez silvestre, en el hipersalino Lago Orgánico, en la Antártida.

Lo más asombroso es que este virus, llamado “virófago del lago orgánico” (VLO, o en inglés, OLV), que parasita a los llamados ficodnavirus, que atacan a las algas del lago (ficos = alga), podría de hecho controlar la ecología del lago. Como se comprobó mediante modelos computacionales, al impedir que los ficodnavirus infecten a demasiadas algas, el VLO mantiene el equilibrio del lago, al reducir la mortalidad de algas y aumentar la frecuencia de sus brotes durante el verano austral.

La naturaleza nos muestra que la vida –y los virus, se consideren vivos o no, son indudablemente sistemas biológicos– puede existir en niveles distintos, anidados unos dentro de otros como muñecas rusas. Se ha descubierto ya un tercer virófago (el mavirus, que parasita a otro virus gigante que a su vez infecta a un  flagelado marino que lleva el curioso nombre de Cafeteria roenbergensis), lo que hace pensar que son más comunes de lo que se pensaba. Quizá pronto presenciaremos una pequeña revolución en la biología: los elementos más pequeños de la vida podrían ser fundamentales para el control de ecosistemas completos.


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miércoles, 23 de marzo de 2011

La pobre ciencia mexicana

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 23 de marzo de 2011



El pasado 9 de marzo el hasta entonces director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), Juan Carlos Romero Hicks, luego de presentar su renuncia por motivos no especificados, fue sustituido en el cargo por el ingeniero químico, experto petrolero y exdirector del Instituto Politécnico Nacional, Enrique Villa Rivera.

La noticia muestra, una vez más, la precaria situación de la ciencia mexicana: sin rumbo, sin que se le dé la importancia que merece, sin un verdadero proyecto nacional (“política de estado en ciencia y tecnología”, le llaman, y seguimos careciendo de ella a pesar de que es parte de los objetivos del CONACYT).

Y no es que el cambio sea inadecuado, o al menos no lo parece. La gestión de Romero Hicks recibió numerosas críticas, al parecer muchas de ellas merecidas. Durante su gestión el presupuesto destinado al desarrollo científico y tecnológico fue, si no disminuido, sí amenazado, y varios de los problemas que aquejan al sistema de ciencia y tecnología nacional persistieron o empeoraron. Pero yo sospecho que muchos de éstos son más bien defectos estructurales del sistema.

Después de todo, la ciencia mexicana tiene una historia de dificultades. Luego de varios siglos de pequeños logros y un papel más bien mediano, llegó al siglo XXI sin consolidarse. Al inicio de la presidencia de Luis Echeverría, durante el auge petrolero de los años 70, pareció que las cosas iban a cambiar, con la creación del CONACYT. Se pensaba que se lograría así reunir la famosa “masa crítica” que nos permitiría comenzar a salir del subdesarrollo y acercarnos al ansiado primer mundo, a través del progreso científico-tecnológico-industrial.

Pero pronto la alocada inflación de los 70 y 80 frenó el sueño: los sueldos de los investigadores científicos quedaron pulverizados, y el problema de la llamada “fuga de cerebros” se volvió crítico. Tanto así, que parte de la comunidad científica logró pactar con el gobierno una solución de urgencia: crear un sistema de apoyos para complementar el sueldo de los científicos y evitar que desertaran del país… o de la ciencia (para dedicarse, por ejemplo, a manejar un taxi o poner un puesto de tacos).

Crecimiento del número
de investigadores del SNI por género
Nació así el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), con la misión de “reconocer la labor de las personas dedicadas a producir conocimiento científico y tecnología”. Esto se hace, luego de un proceso de evaluación por comisiones de colegas expertos, otorgando un incentivo económico que es, de hecho, un complemento al sueldo del investigador. Así, a través de un “parche”, se logró que los sueldos de los investigadores volvieran a ser competitivos.

Hoy, a 25 años de su fundación, el SNI está siendo cuestionado: de solución temporal pasó a ser elemento indispensable, con numerosos defectos y vicios (fomenta, por ejemplo, que los investigadores se perpetúen en sus puestos, pues si se jubilan perderían dicho estímulo; y hay quien opina que el sistema se ha “prostituido”, pues fomenta “obsesivamente” la productividad numérica, sin necesariamente garantizar la calidad a largo plazo).

Aunque no concuerdo con los demagogos que exigen su desaparición –así como exigían la renuncia del director de CONACYT– sí creo que es necesario revisarlo y mejorarlo. Pero lo más urgente es que el gobierno federal comience a valorar la ciencia en su justa medida: en diciembre pasado, por primera vez en la historia, un centenar de investigadores nacionales organizaron una protesta frente al Consejo, debido al enorme retraso en la entrega de recursos federales indispensables para su labor. Y ese retraso no fue culpa de Romero Hicks. Quizá habría que preguntarle a Bruno Ferrari, secretario de Economía (y uno de los representantes de la derecha católica más recalcitrante, por cierto), qué pasó con esos recursos, que se entregaron hasta bien entrado 2011. Después de todo, es el presidente de la Junta de Gobierno del CONACYT (lo cual nos da idea de cómo están las prioridades en ese organismo: el dinero por encima de la academia).

Lo dicho: en México, todavía, la ciencia sigue sin ser apreciada. Y así nos va.


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miércoles, 16 de marzo de 2011

Desastre… ¿natural?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 16 de marzo de 2011


El terremoto de grado 9 ocurrido el pasado viernes en Japón fue el principio de una cadena de desastres.

El tsunami subsecuente –que ocurrió a unos 130 kilómetros de la costa nororiental de Japón–, con olas de hasta 10 metros, causó una devastación que horrorizó al mundo, al ser transmitida en tiempo real. Y los daños se extendieron, conforme la onda expansiva atravesaba el Pacífico, a otras latitudes, como California, Perú, y la costa de Chile, en particular, que recibió todavía bastante fuerza de la onda (pues ésta no se expande uniformemente por el océano, sino que sigue un patrón irregular de propagación).
Propagación de la energía del sismo
 de Japón en el Pacífico
Pero faltaba más: terremoto y olas causaron daños graves a varias plantas nucleares en Japón. En una de ellas (Fukushima) se produjo una explosión que liberó gases radiactivos a la atmósfera. Y el riesgo de una liberación masiva de material nuclear era alto.

¿Se trató de un accidente –y por tanto, previsible– o un desastre natural, que por definición está más allá de nuestro control?

Por supuesto, un terremoto es un fenómeno natural, imprevisible e inevitable. Pero para que éste se convierta en catástrofe humana tiene que haber falta de previsión. Japón está en una zona sísmica; sus habitantes saben que viven en riesgo. Por otra parte, un tsunami después de un terremoto marino tampoco es nada excepcional. La prevención de desastres consiste, precisamente, en tomar medidas razonables, basadas en la probabilidad de que se presenten fenómenos naturales dañinos, para minimizar los estragos que éstos puedan causar a la sociedad humana. ¿No tomaron los ingenieros nucleares en Japón las medidas adecuadas?

El reactor de Fukushima, mostrando
el núcleo y las dos cubiertas
 de hormigón que lo protegen
De hecho, sí lo hicieron. Pero los eventos superaron todas las previsiones. Un reactor nuclear consta de barras de combustible radiactivo –uranio o plutonio– que sufren una reacción controlada de fisión a altísima temperatura, que hace hervir agua, la cual se aprovecha para generar electricidad. Ante el terremoto, un sistema automático paró por completo la reacción nuclear –introduciendo totalmente las barras controladoras de cadmio u otro material que absorben los neutrones y detienen la reacción en cadena. Pero el núcleo radioactivo del reactor sigue caliente, y necesita un bombeo constante de agua durante días para enfriarse totalmente.

En Fukushima el temblor, combinado con el tsunami, cortó la energía eléctrica que alimenta las bombas de agua, y dañó además las plantas de emergencia. Los reactores quedaron entonces en riesgo de sobrecalentarse y fundirse –en inglés se habla de un nuclear meltdown–, con lo que el material radiactivo podría atravesar la pared de acero del reactor y la doble cubierta de hormigón que lo protege, quedando expuesto y generando una contaminación desastrosa, como ocurrió en Chernobyl en 1986.

Afortunadamente, al parecer eso no sucedió. Los técnicos japoneses lograron bombear agua de mar para enfriar los núcleos, aun cuando esto dejó inservibles los reactores. Pero sí hubo escape de radiación, debido a la explosión de gas hidrógeno acumulado por la corrosión acelerada que sufrió uno de los reactores. Por ello, las autoridades de salud japonesas toman ya medidas para reducir los daños por radiación en la población.

La tragedia no acaba aquí, sin embargo: es probable que el desastre japonés mueva a gobiernos y opinión pública a oponerse al uso de la energía nuclear, en un momento en que la crisis del petróleo y el cambio climático exigen nuevas formas de generar energía. Y otras opciones, como la energía eólica o solar simplemente todavía no dan el ancho.

Si esto sucede –y tendremos que hacer un difícil balance costo-beneficio antes de tomar decisiones respecto al uso futuro de energía nuclear en el mundo–, es posible que los efectos negativos del gran terremoto de 2011 se extiendan mucho más allá del nivel de desastre o accidente.


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jueves, 10 de marzo de 2011

¡Tres mil suscriptores!

No hay mayor satisfacción que darse cuenta de que lo que uno hace les parece valioso a los demás. Especialmente si uno es comunicador. Qué gusto ver que 3 mil personas hayan querido suscribirse al blog donde reproduzco, en forma ampliada, mi columna semanal de ciencia en el periódico Milenio Diario (un poco más, en realidad, porque el número de "lectores" -readers- que Feedburner reporta es un constructo raro, que depende de varios factores; el número real de suscriptores por email en este momento es de 3,348). 

Muchas, muchas gracias, a todos ustedes.


miércoles, 9 de marzo de 2011

¿Otra vez vida extraterrestre?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 9 de marzo de 2011

Si usted se emocionó al ver titulares como “Científico de la NASA halla vida extraterrestre” (Milenio Diario, 6 de marzo), lamento desilusionarlo. No es cierto.

La noticia fue difundida primeramente por Fox News el sábado 5 de marzo, se esparció rápidamente en internet y luego en los medios masivos. Fue notorio el tono temerario de la mayoría de los titulares, que en general no dudaban ni tantito de que la nota fuera real.

Y a primera vista, parecían tener razón: el descubridor era un científico de la NASA, el doctor Richard B. Hoover, astrobiólogo del Centro Marshall de Vuelo Espacial. Y su investigación fue publicada en una revista científica especializada y arbitrada.

Hoover analizó muestras de tres meteoritos, de la clase de las condritas carbonáceas, conocidos como Alais, Orgueil, e Ivuna (por los sitios donde fueron hallados, los primeros dos en Francia, y el tercero en Tanzania).

Encontró, usando diversas técnicas microscópicas y de análisis químicos, estructuras en forma de filamentos muy similares a ciertas clases de bacterias terrestres. Luego de una serie de análisis, concluye que “estas bacterias fosilizadas no son contaminantes terrestres, sino los restos fosilizados de organismos vivos que vivieron en los cuerpos celestes de donde provienen estos meteoros”. Y añade que “esto implica que la vida se encuentra en todos lados, y que la vida en la Tierra puede haber provenido de otros planetas”. Bastante audaz; si fuera cierto, estaríamos ante la noticia del siglo, y el sueño de tantos científicos –entre ellos Carl Sagan– se habría cumplido: ¡no estamos solos en el cosmos!

Los "microfósiles" del meteorito ALH84001
Pero si recordamos que ya en agosto de 1996 habíamos oído la misma historia, quizá queramos ser un poco más cautos. En ese entonces, otro grupo de científicos de la NASA, liderados por David McKay, afirmó en la prestigiada revista Science haber descubierto evidencia de bacterias fósiles en el meteorito ALH84001, proveniente de Marte y hallado en 1984 en la Antártida, afirmación que resultó no tener mayor fundamento (se trataba de formaciones microscópicas con forma de bacterias, pero 100 veces más pequeñas que las bacterias terrestres, pero que mucho más probablemente eran sólo formaciones minerales).

(Por cierto, si usted se pregunta cómo un meteorito puede provenir de Marte, y cómo se sabe tal cosa, la respuesta es que probablemente salió despedido de la superficie de este planeta cuando otro meteorito cayó ahí; lo sabemos por su composición química, idéntica a la de las rocas marcianas –distinta de las terrestres y de otros tipos de meteoritos–, porque muestran evidencia de haber sido sometidos a altas temperaturas como las que se generarían en el choque que las arrojó al espacio, y  porque en algunas burbujas de su interior se halló una composición de gases idéntica a la que las naves Viking encontraron en la tenue atmósfera marciana.)

La cautela se va transformando en desconfianza cuando se conocen las opiniones de diversos expertos, que han cuestionado el poco rigor de la investigación, su formato confuso y lleno de paja, sus afirmaciones injustificadas (Hoover da por hecho desde un inicio que se trata de células de bacterias; el análisis químico no corresponde con lo que se esperaría de materia orgánica, etc.) y otras señales de peligro. Finalmente, todo se reduce, nuevamente, a la forma de las estructuras observadas, que parecen bacterias, pero nada más. Como afirma el famoso biólogo bloguero PZ Myers, “esto no es ciencia, es pareidolia” (ver formas en patrones al azar).

Para acabarla de amolar, el artículo no fue publicado en una revista de prestigio internacional, como Nature o la propia Science, sino en el Journal of Cosmology, una oscura publicación en internet, de dudosa reputación, y manejada por científicos de opiniones muy polémicas como Chandra Wickramasinghe (famoso por afirmar que el virus del Síndrome Respiratorio Agudo Severo –SARS– provenía del espacio).

El sistema de arbitraje que se usó para el artículo también llama la atención: “hemos invitado a 100 expertos a evaluar el texto, y hemos abierto una invitación general a más de 5 mil científicos para que ofrezcan su análisis crítico. Ningún artículo científico en la historia de la ciencia ha recibido un análisis tan concienzudo, y ninguna otra revista científica en la historia de la ciencia ha puesto un artículo tan profundamente importante a disposición de la comunidad científica para ser comentado antes de publicarlo”. Puede sonar impresionante –sobre todo por usar frases tan pomposas–, pero a un científico formal le suena poco serio.

El caso, además de mostrar el poco rigor del periodismo científico actual, que publica sin verificar mínimamente la información, y lo fácil que es lograr la fama con ciencia mal hecha, pero escandalosa, ejemplifica un aspecto importante del método científico: no basta con usar aparatos complicados, hablar como científico y publicar en revistas arbitradas: lo que se afirma tiene que ser discutido a fondo por una comunidad de verdaderos expertos, cosa que no ocurrió en este caso.

A diferencia de la jueza que, antes de tener pruebas suficientes, se apresuró a prohibir la exhibición de la película Presunto culpable, los científicos, de afirmaciones polémicas, exigen evidencia muy sólida antes de tomar decisiones.

Posdata: como colofón a esta comedia, el Journal of Cosmology ha anunciado, en un boletín, que debido al parecer a agresiones por parte de la NASA, dejará de publicarse, y presentará su última edición en mayo de 2011, donde presentará evidencia “que demuestra que la vida en la Tierra tiene un pedigrí genético que se extiende tiempo atrás unos 10 mil millones de años (miles de millones de años antes de que se formara la Tierra)”. Mientras tanto, la NASA publicó un boletín deslindándose de las opiniones de Hoover –quien ya había hecho afirmaciones similares en 1997 y 2007–, y aclarando que su artículo había sido anteriormente rechazado por el International Journal of Astrobiology, ese sí una revista seria. Sobran los comentarios.

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miércoles, 2 de marzo de 2011

Redes sociales

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 2 de marzo de 2011

A mi hermano Ramón, por el libro

Había una vez una especie animal que desarrolló una extraña habilidad: el lenguaje. Al comunicarse a través de sonidos abstractos, pero altamente sistemáticos, sus individuos pudieron compartir entre sí información sobre su medio y sobre sus pensamientos.

Se detonó así el desarrollo de lo que hoy llamamos cultura: al compartir experiencias y transformarlas en conocimiento, el ser humano logró trascender las limitaciones de la selección natural –que adapta a las especies lentamente, a lo largo de generaciones– y descubrir un nuevo nivel de evolución: el cultural. Esto nos ha permitido no sólo sobrevivir con tanto éxito (incluso con éxito excesivo, pues hemos invadido prácticamente todos los hábitats terrestres, causando en el proceso bastante daño ambiental), sino producir el arte, con el que creamos nuevos mundos intelectuales y estéticos, y la ciencia, que nos permite comprender y manipular el mundo natural.

Pero el desarrollo de la cultura requirió un nuevo invento: la escritura, con su contraparte, la lectura. Ello implicó, a lo largo de muchos siglos, la aparición y refinamiento de una serie de tecnologías de escritura y de preservación de lo escrito (arena, piedra, tablillas de cera, papiros, códices, pergaminos, papel, libros, imprenta, máquinas de escribir, bibliotecas, soportes digitales). Y también, aunque tendemos a olvidarlo, de las elaboradas técnicas que nos permiten descifrar lo escrito; leer.

No es cosa simple: se trata de un proceso tan complejo que costó siglos desarrollarlo (es bien conocido el asombro de San Agustín, ya en el año 380, al ver que San Ambrosio podía leer en silencio). Se requieren varios años de escuela para formar un lector elemental; pero ser verdaderos lectores, lectores expertos, capaces de leer de corrido libros completos (“darle el golpe al libro”, dice Gabriel Zaid), y no sólo best sellers facilones, sino libros profundos, es algo que sólo un porcentaje muy pequeño de la población mundial consigue.

Fue gracias a la lectura y la escritura que nuestra civilización pudo desarrollarse. Pero hoy damos un nuevo paso: construimos computadoras, las conectamos en una interred y creamos las redes sociales –Facebook, Twitter– y otras herramientas –email, chat, blogs, páginas web…– que han cambiado por completo nuestros hábitos socioculturales, de estudio… y de lectura.

En su fascinante libro Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011), el escritor, analista y bloguero estadounidense Nicholas Carr propone una tesis fascinante y preocupante –sustentada, entre otras cosas, en la neurobiología, la historia de la lectura y el conocimiento de las tecnologías de la información y comunicación, (o TICs): la plasticidad de nuestro cerebro (descubierta recientemente, y que nos ha permitido ser una especie tan adaptable), junto con las características propias de internet (inmediatez, brevedad, superficialidad, caducidad, globalidad, abundancia excesiva) están haciendo que ese logro de siglos de evolución cultural y desarrollo de tecnología educativa, la lectura profunda, se esté perdiendo. A cambio de adquirir las nuevas habilidades multimedia y multitasking de prestar atención a decenas de cosas simultáneamente, y de estar informados y comunicados constantemente, es posible que, como civilización, estemos sacrificando la capacidad de concentrarnos largamente en una sola cosa (y no sólo como costumbre, sino a nivel del desarrollo de nuestros cerebros).

En lo personal, como expresé en una interesante discusión que sostuve en mi página de Facebook, el uso de las redes sociales me ha resultado inicialmente difícil, pero luego utilísimo, muy interesante… y muy adictivo. Mi productividad "bruta" ha bajado sensiblemente (causándome muchos problemas), pero la información y contactos potencialmente interesantes a mi alcance crecieron en forma exponencial. Haciendo un balance costo/beneficio, todavía no sé si gano más de lo que pierdo… y probablemente no lo sabré, hasta que pase el tiempo suficiente.

Ya veremos si en 5 o 10 años seguimos usando las redes sociales, como seguimos usando el correo electrónico. Y veremos también si los temores de Carr se cumplieron. Mientras, querido lector o lectora, mientras twitea a toda hora y siente que el tiempo cada vez le rinde menos, pregúntese: ¿cuándo fue la última vez que leyó un libro completo?

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