Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de abril de 2013
| Biofilme dental (placa), vista con microscopio electrónico de barrido (colores falsos) |
Pero donde el altruismo funciona, funciona mejor, pensando individualmente, el egoísmo. Si todos los vecinos tratamos de gastar menos agua, pero un vivales aprovecha y lava toda su ropa y cortinas, y además almacena sus propias reservas, se beneficia del esfuerzo de todos sin poner nada. Los abusivos son una consecuencia casi inevitable del altruismo.
En especies no inteligentes, como animales o plantas, la cooperación no puede surgir como producto de un cálculo o una reflexión consciente (me conviene cooperar porque saldré ganando; estoy obligado a cooperar porque es lo éticamente correcto). Tiene que haber una base genética, heredable, para que el comportamiento cooperador, que va en contra de los intereses del individuo, pueda evolucionar y beneficiar a la población.
Y en efecto, hay genes que, por diversos mecanismos, en las distintas especies, permiten que evolucionen mecanismos de cooperación. Pero sorprende ver que incluso organismos unicelulares como las bacterias pueden unirse y cooperar para fomentar el bien común, aun si esto implica que los individuos paguen un costo. Y es curioso que también entre ellas, como en todo sistema de cooperación, surgen individuos abusivos que se comportan egoístamente, aumentando su propio beneficio y ocasionando un alto costo para la comunidad. Al parecer, los gandallas son inevitables, sea en la naturaleza o en la sociedad.
Pero surgen mutantes que mandan y detectan la señal, pero no fabrican la enzima, o bien que son “sordas” o “mudas” a la señal: no cooperan. Estos individuos “aprovechados” o “apáticos” disminuyen el beneficio del comportamiento cooperativo, y si aumentan demasiado en la población, echan a perder todo el esfuerzo.
Aún así, normalmente el beneficio evolutivo (de supervivencia) de que existan los mecanismos para la cooperación superan sus posibles desventajas por abusos.
No cabe duda: la naturaleza refleja muchos de los comportamientos sociales que vivimos –y sufrimos– los humanos. Por suerte, en mi edificio no llegó a acabarse el agua. ¡Qué alivio!
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