miércoles, 21 de mayo de 2014

¡El sexo sí importa!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de mayo  de 2014

Contrariamente a lo que se piensa, la característica más poderosa del método científico no es casi nunca equivocarse, sino reconocer cuando lo hace, lo que le permite corregir sus errores.

Un caso reciente lo demuestra: en un artículo publicado el 28 de abril pasado en edición digital de la revista Nature Methods, Robert Sorge y un equipo de investigadores del equipo comandado por Jeffrey Mogil, de la Universidad McGill, de Montreal, Canadá, plantea un descubrimiento que muy probablemente cambiará drásticamente la manera en que se hace la investigación biomédica en todo el mundo.

El artículo se titula “La exposición olfatoria a machos, incluyendo hombres, causa estrés y analgesia relacionada con éste en roedores”.

¿Qué quiere decir esto? Vayamos por partes. En primer lugar, como se deduce del título, es bien sabido que la respuesta de estrés en mamíferos tiene, entre otros efectos, el de reducir la sensibilidad al dolor (analgesia; es por eso que muchas veces las personas heridas en un accidente o en batalla pueden no sentir hasta después el dolor de sus heridas, y tener comportamientos que calificamos de “heroicos”).

Este fenómeno se debe en gran parte a que el mamífero percibe el olor de ciertas sustancias (feromonas) que producimos los machos de todas las especies de mamífero (en especial, en humanos, en nuestras axilas), y que tienen funciones relacionadas con la agresión y la reproducción. En particular, es lógico que el percibir las hormonas de un macho cercano, incluso de una especie distinta, cause estrés en un mamífero, pues se puede tratar de un competidor o un depredador (en mamíferos, los machos suelen ser más agresivos que las hembras, aunque hay excepciones). El efecto analgésico del dolor permitiría, además de no demostrar debilidad ante el posible agresor, combatir o huir de él.

Pues bien: los estudiantes de Mogil descubrieron que en experimentos en los que se inyectaba una sustancia que causaba dolor en las patas de ratas y ratones, los resultados parecían variar dependiendo de la presencia de los experimentadores humanos. (De hecho, Mogil y otros en todo el mundo ya estaban sospechando que la simple presencia de experimentadores al
tera la respuesta de los animales experimentales en pruebas preclínicas.) Al analizar con más cuidado los datos, decidieron separarlos según el sexo de los investigadores. El resultado fue sorprendente: ¡los roedores parecían sentir un 36% menos de dolor en presencia de hombres que de mujeres! (medido según una “escala de muecas de dolor” bastante confiable, desarrollada y validada por el mismo equipo de investigadores).

Mogil y su equipo confirmaron que el efecto se presentaba también al dejar junto a los roedores camisetas sucias de estudiantes hombres y mujeres. Definitivamente, las feromonas masculinas alteran la respuesta al dolor de ratas y ratones (el efecto es ligeramente mayor en roedores hembras).

¿Significa eso que habrá que repetir todos los experimentos que se han realizado con ratas y ratones? No necesariamente, pero sí habrá que reanalizar los resultados de algunos, y definitivamente habrá que cambiar la manera como se realizan los estudios en el futuro. Mogil sugiere que el efecto puede anularse simplemente con que el investigador varón permanezca cerca de los animales durante un rato antes de comenzar el experimento, pues la respuesta al estrés disminuye después de un tiempo relativamente breve.

Pero el efecto del sexo en ciencia va más allá: se ha descubierto también que el sexo de los animales, e incluso el de las células in vitro con las que se experimenta, puede influir en los resultados. Algo que nunca se había considerado: normalmente ese dato no se reportaba, y la gran mayoría de los experimentos solían hacerse usando machos (entre otras cosas, para evitar posibles complicaciones debidas al ciclo menstrual de las hembras) o células derivadas de éstos. Lo mismo ocurría con muchas pruebas clínicas en humanos, a pesar de que cada vez es más claro que muchos tratamientos afectan de forma distinta a mujeres y a hombres.

En vista de todo esto, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los Estados Unidos están proponiendo desde ya cambios drásticos: además de requerir que se equilibre el uso de animales hembras y machos en los protocolos experimentales, se exhorta a que los artículos reporten el sexo de los experimentadores, y que el diseño de los experimentos tome en cuenta el efecto del estrés olfatorio causado por investigadores varones. Incluso, los NIH planean ofrecer por un tiempo becas complementarias para investigaciones en curso, con el propósito de permitir que se realicen experimentos adicionales con animales del sexo opuesto al de los que se estaban usando, para corregir el recién descubierto sesgo.

¿Quién hubiera pensado que el sexo del investigador pudiera afectar un resultado? ¿Cómo sabemos que no influyen también el clima, el tipo de ropa que se usa o el color de las paredes del laboratorio (para usar ejemplos típicos mencionados en los libros introductorios de filosofía de la ciencia)? El caso de los roedores muestra una vez más que, lejos de observar imparcialmente la realidad y a continuación formular hipótesis para explicarla, los científicos suelen traer ya de antemano una cantidad de suposiciones previas que aplican desde antes de comenzar a recopilar datos (en este caso, qué variables son relevantes y cuáles no para un experimento dado).

Mi colega Javier Flores, en La Jornada, describía ayer martes lo que está ocurriendo como una revolución en la biomedicina (del tipo de las que tan bien describió el filósofo e historiador Thomas Kuhn en su clásico La estructura de las revoluciones científicas). Yo añado que, una vez más, queda claro que en ciencia no estudiamos la realidad objetivamente, sino sólo una parte de ésta que seleccionamos, a nuestro pesar, en gran parte arbitrariamente.

Por eso es tan importante la capacidad de la ciencia para ir corrigiendo sus propios sesgos y errores. Es gracias a ella que la ciencia sigue siendo, sin duda, la herramienta más poderosa con que contamos para estudiar esa realidad y obtener conocimiento confiable sobre ella; conocimiento que siempre puede, no obstante, ser mejorado.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!



miércoles, 14 de mayo de 2014

Divulgadores globales

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de mayo  de 2014

Los viajes ilustran. Mi reciente asistencia a la 13a Conferencia Internacional sobre Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología, organizada por la Red PCST (Public Communication of Science and Technology) del 5 al 8 de mayo en Salvador de Bahía, Brasil, me lo confirma.

Quizá parezca raro un congreso internacional de comunicadores de la ciencia. ¡Somos tan pocos en México! Y aun a nivel internacional, sólo unos pocos nombres, como Carl Sagan, Neil DeGrasse Tyson, Richard Dawkins (¡y Beakman!) son realmente famosos.

Pero la verdad es que la divulgación científica, el periodismo científico, el fomento de la apropiación social de la ciencia y otras variantes de lo que se engloba bajo el concepto PCST son actividades tan necesarias y relevantes en cualquier sociedad moderna que la cantidad de comunicadores profesionales de la ciencia en todo el mundo está creciendo (sobre todo en países en vías de desarrollo, porque los desarrollados ya tienen bastantes; basta con ver el tamaño de sus asociaciones de periodistas científicos, museos de ciencia y “science writers”).

Incluso en nuestro país, la relativamente pequeña comunidad de divulgadores científicos va en aumento; se van formando más periodistas capacitados para manejar la fuente científica (aunque muchos, muchos menos de los que serían necesarios), y los institutos de investigación científica poco a poco van abriendo oficinas de prensa dedicadas a divulgar la investigación que ahí se realiza.

Pelourinho, el centro histórico
de Salvador de Bahía
(foto: Martín Bonfil)
De entre el barullo de todo lo que compartimos y discutimos los ¡507 expertos de 49 países! que asistimos a la reunión de Bahía (la delegación mexicana –incluyendo a siete miembros de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde laboro– fue, por cierto, la segunda más numerosa, después de la brasileira, y superando a la británica), pude sacar algunas conclusiones:

Uno, que nuestra actividad ha crecido y se ha diversificado a tal nivel que hablar de “comunicación” de la ciencia y la tecnología es ya insuficiente. Más allá de paradigma tradicional del divulgador que explica la ciencia a los no iniciados, o del mero fomento de la cultura científica de la población, el panorama hoy incluye actividades que buscan más bien el diálogo y la discusión de los conceptos, valores y aplicaciones de la ciencia y la tecnología. Y aún más, llegar a la acción: la apropiación de estos temas por los ciudadanos y su participación activa en ellos (desde su participación en la investigación científica misma, como ocurre en los proyectos de “ciencia ciudadana”, hasta su intervención en la forma como se aplica en la práctica la ciencia y la tecnología en su comunidad, y en las decisiones que se toman respecto a ellas).

Salud, transgénicos, tecnología atómica, exploración espacial, cuidado del ambiente, producción agrícola y pesquera… En éstos y muchos temas más urge que el ciudadano se involucre, junto con científicos, comunicadores, políticos e industriales para garantizar el mejor uso de los recursos científicos y técnicos para beneficio de la sociedad.

En segundo lugar, me quedó claro que la gran diversidad de enfoques, estilos, temas y métodos que usamos quienes nos dedicamos a la PCST hace necesario aceptar que ya no podremos ponernos todos de acuerdo; no habrá un modelo único que describa nuestra labor. Tendremos que aprender a convivir, como colegas, en la diversidad y la tolerancia. No todos buscamos lo mismo ni de la misma manera. Pero todos vamos en la misma dirección: poner la ciencia en manos de los ciudadanos (a los que hoy consideramos como tales, ya no como simples “públicos”).

Hubo muchas más cosas que aprendí y conocí y compartí (la gran cantidad de investigación sobre el tema que se está haciendo en todo el mundo, incluyendo a México, por ejemplo; en la reunión se acordó crear una red de estudiantes de posgrado en comunicación de la ciencia), pero el espacio me obliga a dejarlo aquí. Concluyo confirmando que para lograr una comunicación pública de la ciencia más profesional, eficaz y mejor fundamentada, no hay como seguir fomentando su desarrollo académico. Reuniones como ésta son un medio para hacerlo.

[ Nota: Si quiere usted conocer más de lo que se vivió en la Reunión PCST 2014, puede consultar el blog oficial del evento: http://softwarelivre.org/pcstbr/blog]

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Qué nos hace machos?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de mayo  de 2014

No: no me refiero a esos comportamientos ofensivos y discriminatorios que muchos mexicanos todavía asociamos con la “hombría”, sino a las características biológicas –genéticas, de hecho– que distinguen a los machos y las hembras de una especie.

Vayamos de lo muy sabido a los poco conocido. Para comenzar, son las hembras las que cargan con la mayor parte de la carga reproductiva, al menos en la mayoría de los mamíferos: además de aportar un óvulo, con la mitad de la información genética del futuro bebé, tienen que gestarlo en su interior, darlo a luz y criarlo dándole de mamar. El macho sólo necesita, estrictamente, aportar un espermatozoide que lleva la otra mitad de los genes.

Pero es a nivel genético donde están las verdaderas diferencias. Más específicamente, en los cromosomas: esas madejas de ADN enrollado sobre proteínas que se hallan en el núcleo celular (cuando la célula se va a dividir; el resto del tiempo el ADN cromosómico tiende a estar desenrollado, formando la cromatina, para permitir que la información genética que contiene sea leída).

Los seres humanos tenemos 23 pares de cromosomas (un juego proviene de la madre, otro del padre). Lo que diferencia a hembras de machos es uno de esos pares en específico: los cromosomas sexuales. Los otros 22 (autosomas) son idénticos en hombres y mujeres, pero las hembras tienen dos cromosomas sexuales X (llamados así por su forma), mientras que los machos tenemos sólo uno, acompañado de un cromosoma Y (que, ya se imaginará usted, tiene la forma de esta letra).

Sí: eso que hace que los machos nos enorgullezcamos de serlo, aquello que garantiza nuestra hombría y que, según el estereotipo ancestral, nos distingue de las débiles y necesitadas mujeres, se halla precisamente en nuestro gallardo cromosoma Y.

Y que tales estereotipos son totalmente infundados es obvio, más allá de argumentos de igualdad, capacidad y derechos humanos de las mujeres, con sólo echar un vistazo a dicho cromosoma: a diferencia del X, un cromosoma hecho y derecho, el Y es poco más que un minúsculo muñón, mutilado, empobrecido y más bien miserable: un cromosoma degenerado.

Acortamiento evolutivo
del cromosoma Y
¿Cómo es esto? A pesar de que el genoma humano se descifró desde el 2000 –¡hace casi 15 años!–, el cromosoma Y humano, y de otros animales, ha sido especialmente difícil de analizar debido a que, a pesar de su pequeño tamaño, contiene una gran cantidad de repeticiones que confunden y dificultan su lectura. Pero estudios recientes han permitido comenzar a descifrar la evolución del cromosoma Y. Se descubrió así que originalmente era un cromosoma completo, como el X, pero que a lo largo de millones de años se aisló de su pareja y fue perdiendo más y más genes, hasta conservar casi sólo los que se requieren para determinar que el sexo de un embrión sea masculino (pues la programación “por default” es ser hembra).

Pues bien: el pasado 24 de abril la revista Nature publicó un par de artículos que profundizan en el asunto. Uno, firmado por Daniel Bellot y su equipo, del Instituto of Tecnológico de Massachusetts (MIT), compara los cromosomas Y de siete mamíferos (rata, ratón, toro, mono tití, macaco Rhesus, chimpancé y humano) y un marsupial (el tlacuache o zarigüeya, que como todos los marsupiales, termina de criar a sus pequeños en una bolsa en su vientre) y revela que, luego de la masiva pérdida inicial, unos 36 genes restantes en el cromosoma Y se han mantenido bastante estables en los últimos 78 millones de años.

El otro artículo, del biólogo mexicano Diego Cortez –egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM y actualmente en la Universidad de Lausana, Suiza– y sus colaboradores, describe el uso de una técnica novedosa para estudiar los cromosomas Y de 10 mamíferos, un monotrema (el ornitorrinco, que tiene cinco cromosomas sexuales X y cinco Y) y un ave (la gallina, aunque en aves el cromosoma masculino se llama W). Identificaron así 134 genes conservados –el doble de los conocidos hasta ahora– y descubrieron que los cromosomas Y de mamíferos con placenta, monotremas y aves se originaron independientemente.

El cromosoma Y no es para nada tan espectacular como le gustaría a los machistas. Pero tampoco es insignificante, y tiene su historia. Y sin él, la especie no se podría reproducir. Es un pobre consuelo, pero algo es algo…

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!


miércoles, 30 de abril de 2014

Microbios eléctricos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de abril  de 2014

Rhodopseudomonas palustris
en la superficie de un electrodo
(Nature communications)
A primera vista la noticia de que se han descubierto microbios capaces de “alimentarse” de corriente eléctrica suena rarísima. Estamos acostumbrados a que son los aparatos los que funcionan con electricidad; ¡los animales comemos comida! Y sin embargo…

¿Recuerda usted sus clases de química en secundaria? ¿Aquellas horrorosas ecuaciones que había que balancear por óxido-reducción? La sustancia que gana un electrón, que tiene carga negativa, se reduce (como le pasa al oxígeno en muchas reacciones). La que pierde un electrón, se oxida (por eso el oxígeno es “oxidante”).

Pues bien, le voy a decir un secreto: detrás de los procesos vitales de comer y respirar hay solamente reacciones de óxido reducción. Nada más. En forma simplificada, la cosa es así: los alimentos que consumimos (por ejemplo, carbohidratos producidos por las plantas mediante la fotosíntesis) contienen mucho hidrógeno. Al contrario del oxígeno, el hidrógeno es un elemento que tiende a ser “reductor” (cede un electrón… ¡el único que tiene!). Así, los carbohidratos son compuestos reducidos.

Lo que hacemos al comerlos –luego de digerirlos, transformarlos y transportarlos a través de la sangre a cada célula de nuestro cuerpo– es precisamente oxidarlos. A los carbohidratos se le arrancan electrones, que son pasados de mano en mano por toda una serie de moléculas en el interior de las células; en especial en las mitocondrias. Ese flujo de electrones va liberando energía, y es lo que impulsa la maquinaria vital de la célula como si fuera una corriente de agua que impulsa varios molinos. Al mismo tiempo, el carbono y el hidrógeno de los carbohidratos, por separado, se combinan con oxígeno –se oxidan– para producir dióxido de carbono (CO2) y agua (H2O) que exhalamos al respirar.
La cadena de transporte de
electrones en la mitocondria,
asociada a la salida y entrada
de iones hidrógeno a través
de la membrana mitocondrial

Los electrones pasan de un compuesto reducido (carbohidratos), de alta energía, hasta el agua y el dióxido de carbono, oxidados, de baja energía. Y en el trayecto ceden su energía para mantenernos vivos. Todos los procesos vitales están, en última instancia, impulsados por el flujo de electrones de las reacciones de óxido-reducción dentro de la célula.

(Por si tenía la duda, en la fotosíntesis ocurre lo contrario: se combinan agua y dióxido de carbono para formar carbohidratos. Pero en este caso el proceso requiere energía, en vez de liberarla: las plantas usan la energía de la luz solar para lograrlo.)

Pues bien: lo interesante del descubrimiento de las bacterias “eléctricas”, Rhodopseudomonas palustris, (realizado por P. R. Girgis, de la Universidad de Harvard, y su equipo, y publicado en la revista Nature Communications el pasado 26 de febrero) no es que usen flujos de electrones para funcionar, sino que pueden tomar electrones no de otras sustancias en disolución, como normalmente ocurre, sino directamente de un electrodo metálico.

Ya se conocían bacterias capaces de donar electrones a sustancias sólidas, como óxidos de hierro, pero el proceso inverso era desconocido. Aparte de las implicaciones ecológicas (al parecer R. palustris puede, al oxidar el hierro a su alrededor, ir formando una capa de cristales de óxido de hierro capaces de conducir la electricidad, con lo que podría robar electrones del hierro enterrado lejos de la superficie, donde vive, pues también realiza la fotosíntesis), el descubrimiento podría algún día tener aplicaciones tecnológicas (por ejemplo para producir pilas biológicas o generar biocombustibles).

Todos somos “eléctricos”. Pero no todos podemos, como esta pequeña bacteria, conectarnos directamente a la corriente. ¡Y luego dicen que la química no es importante!

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 23 de abril de 2014

Poniéndonos filosóficos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de abril  de 2014

Siempre, desde que la conocí, me ha fascinado la filosofía de la ciencia.

Y la conocí gracias a ese gran maestro de maestros que es el doctor Ruy Pérez Tamayo, en uno de los muchos cursos que impartía en forma de ciclos de conferencias. A partir de ahí comencé a leer y quedé enganchado. (Recomiendo mucho, para el lector novato, el mismo libro que Pérez Tamayo nos recomendó entonces: ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, de Alan Chalmers; Siglo XXI Editores. Aunque añado la advertencia de tener cuidado: la filosofía de la ciencia puede intoxicar, sobre todo si uno no entiende bien primero cómo trabaja la ciencia.)

Hace unas semanas comentaba aquí mi extrañeza ante colegas en la labor de difundir la ciencia y el pensamiento crítico y de combatir seudociencias y charlatanerías que, al mismo tiempo, desprecian a la filosofía y la consideran inútil y vacua.

Creo que en parte mis amigos conciben a la filosofía como una especie de juego intelectual en que todo se vale; simplemente es proponer ideas caprichosas y escribir textos largos y complicados. En cambio la ciencia, para ellos, no da paso sin huarache, y todo lo que afirma está sólidamente sustentado en evidencia, experimentos y teorías matemáticas. Es conocimiento, hechos, no creencias ni opiniones.

Pero en realidad –además de que el pensamiento filosófico es una labor académica seria que exige un gran rigor lógico y argumentativo– la producción de conocimiento científico y el proceso por el que se determina su validez dista de ser así de simple: es mucho más parecido a la manera como se determina la culpabilidad o inocencia de un acusado en uno de esos largos y complejos juicios orales que aparecen en las películas.

Yo creo que la ciencia tiene mucho que ver con la filosofía: no se la puede entender sin ella. Como ejemplo, veamos una serie creencias carentes de sustento, esencialmente imposibles de probar en la práctica, que sin embargo forman parte de los cimientos filosóficos de la ciencia.

Comencemos por el realismo: la creencia en que existe el mundo real, físico, afuera de nuestras cabezas. Parece obvio, pero lo cierto es que sólo podemos obtener información sobre él a través de nuestros sentidos, que pueden engañarnos (como lo prueban las ilusiones sensoriales), y nuestras interpretaciones, que pueden ser erróneas (como ocurre cuando hay trastornos mentales).

Es obvio que esta suposición es indispensable para hacer ciencia: no tendría ningún caso si no se acepta. Pero nadie, desde que Descartes planteara esta duda, ha podido resolver el problema de cómo saber si la vida es o no sueño; si no vivimos realmente dentro de la Matrix. (Hablo un poco más sobre el tema en mi libro La ciencia por gusto: una invitación a la cultura científica; Paidós, 2004).

Pero hay más: los científicos asumen también, sin poderlo probar, que el universo es cognoscible: que presenta regularidades (algunos las llaman “leyes de la naturaleza”) que permiten, mediante su estudio, entender su funcionamiento. Pero ¿y si el comportamiento del universo fuera caprichoso, irregular, no reproducible? Quizá sólo nos engañamos al creer que hallamos patrones donde en realidad no los hay…

Asimismo, mencionemos la adopción, podríamos decir que por fe, de lo que el biólogo francés Jacques Monod, en su libro El azar y la necesidad, llamó el “principio” o “postulado de objetividad”: la idea de que no existe ningún proyecto o fin detrás de los fenómenos de la naturaleza; que no hay ningún gran titiritero manejando los hilos del universo.

Finalmente está la creencia, relacionada con la anterior, y también básica pero aceptada sin pruebas, que los científicos tienen en el naturalismo: el rechazo automático a toda explicación que requiera la existencia de entidades o fenómenos sobrenaturales. No es que los científicos sepan que no existen; simplemente, se ven forzados a actuar como si no existiesen.

La lista podría seguir: la aceptación del principio de causalidad, el significado del concepto de “explicación” o de “prueba
”, la naturaleza de eso que llamamos teorías científicas, y un largo etcétera.

¿La ciencia no tiene nada que ver con la filosofía? Al contrario: le resulta tan necesaria como el tomar en cuenta el conocimiento científico lo es para cualquiera que quiera hacer buena filosofía.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 16 de abril de 2014

El engaño antivacunas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de abril  de 2014

Casos de pacientes en EUA
 por diversas enfermedades
antes y después de la era
 de las vacunas
Hay mentiras bobas. Hay estafas. Y hay engaños que caen en otra categoría completamente: los que son viles y peligrosos. El mito, por desgracia cada vez más extendido en nuestro país –y en muchos otros–, de que las vacunas no sólo no son eficaces para prevenir enfermedades infecciosas, sino que causan daños a la salud, es de esta última clase.

Nadie necesita que le expliquen acerca de las vacunas. Es bien sabido que su origen remite al médico inglés Edward Jenner, quien verificó en 1776 la observación de que las granjeras que ordeñaban vacas solían ser inmunes a la terrible viruela, que desfiguraba rostro y piel y podía ser mortal. Jenner aprovechó el fenómeno al utilizar al virus de la viruela vacuna – del que deriva el nombre de la técnica– para prevenir la viruela humana.

Las vacunas funcionan porque aprovechan que nuestro sistema inmunitario detecta sustancias extrañas (en este caso, las proteínas del virus de la viruela) para fabricar anticuerpos: proteínas de la sangre con la notable propiedad de unirse en forma específica a ciertas moléculas. Al adherirse a los virus, los anticuerpos los neutralizan y facilitan que otras células del sistema inmunitario los eliminen.

Las vacunas son, probablemente, el descubrimiento médico que más vidas ha salvado en la historia de la humanidad (con la posible excepción de los antibióticos). Las campañas globales de vacunación han reducido notablemente el daño que causan muchas enfermedades. Hoy la poliomielitis, el sarampión o la tosferina son prácticamente desconocidas en países con una buena cobertura en salud. Y, en un logro deslumbrante, el azote de la viruela fue eliminado definitivamente del planeta: en 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente su erradicación global. (Como curiosidad, el último caso de infección ocurrió en 1978, debido a que un fotógrafo se infectó con una muestra del virus en un laboratorio de la Universidad de Birmingham, Inglaterra. El investigador responsable del laboratorio se suicidó poco después. Hoy sólo persisten dos sitios donde se conservan muestras del virus, con fines de investigación: en Estados Unidos y Rusia.)

Y sin embargo, circulan desde hace unos años, y cada vez con mayor fuerza, versiones falsas y dañinas en contra de la vacunación. La doctora en antropología y genética Jennifer Raff, de la Universidad de Texas en Austin, resume en su blog varios de los argumentos y su refutación. Entre otras cosas se dice, contra toda evidencia, que las vacunas no son necesarias porque enfermedades como varicela, influenza, tosferina, sarampión o poliomielitis no son “realmente” tan graves. O que las vacunas no son realmente tan efectivas para prevenirlas (aunque se estima que salvan las vidas de tres millones de niños al año; otros dos millones mueren por falta de vacunación). Se dice también que las vacunas causan enfermedades como el autismo –mito promovido por el seudomédico inglés Andrew Wakefield, a quien se le retiró su licencia médica como consecuencia de sus irresponsables campañas antivacunación–, debido a las sustancias que contienen (como el timerosal, que ya no se usa desde 2001, o el aluminio, que contienen en dosis inofensivas).

Inmunidad de grupo
Detrás de la conspiranoia antivacunas hay ideas realmente absurdas, como que se trata de una campaña de los gobiernos para reducir la población mundial, o para enriquecer a las compañías que las fabrican. Al mismo tiempo, se afirma que el cuerpo tiene sus propios mecanismos “naturales” para prevenir infecciones (los tiene, pero evidentemente no resultan suficientes, como lo prueban las epidemias que por siglos azotaron a la humanidad). Y se dice también que la cantidad de vacunas que reciben los niños “sobrecarga” su sistema inmunitario, dañándolos (lo cual es absurdo: el sistema inmunitario de niños y adultos está continuamente respondiendo a infecciones nuevas y controlándolas, sin sufrir ningún daño).

Lo peor, afirma con razón Raff en su escrito, que por fortuna circula ampliamente por la red, es el argumento más infame al que recurren los antivacunacionistas: que como padres, tienen el “derecho” a no vacunar a sus hijos. En realidad es una actitud irresponsable. Las vacunas no protegen al 100% de la población; por tanto, gran parte de su efectividad depende de la “inmunidad de grupo” (herd immunity): si todos a nuestro alrededor están vacunados, no habrá portadores que infecten a aquellos que no logren desarrollar inmunidad. Esto incluye también a quienes por alguna razón (como ser alérgicos) no pueden recibir vacunas, o a quienes padecen alguna forma de inmunodeficiencia.

No vacunarse no es sólo una gran estupidez y una conducta suicida: es una irresponsabilidad que daña a la sociedad. Los recientes brotes de sarampión en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá, donde el movimiento antivacunas ha cobrado fuerza, son la mejor demostración. Como tantos otros mitos anticientíficos, lo mejor que podemos hacer es informarnos y combatirlos con decisión.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 9 de abril de 2014

Ciencia tuitera

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de abril  de 2014


Vivimos la era de las redes sociales. Bueno, al menos el porcentaje de mexicanos –y de la población mundial– que tiene acceso a internet (aproximadamente 40%, en ambos casos) y a los artilugios (gadgets, en spanglish) que permiten participar en ellas: computadoras, celulares inteligentes, tabletas.

Twitter y Facebook son las dos principales redes sociales, y están cambiando nuestras existencia, desde la vida social hasta el funcionamiento de las democracias. Su importancia no la pueden negar ni siquiera quienes se resisten a engancharse en ellas. Desde la fiesta a la que no asistimos porque la invitación ya no se envió por email, sino por Facebook, hasta la organización de movimientos sociales y hasta revoluciones a través de Twitter (primavera árabe, #yosoy132, Venezuela o Ucrania, actualmente…), es claro que hoy son componentes clave de la vida social.

Por eso, urge entender mejor cómo ejercen esa influencia, cómo funcionan, cómo se pueden usar mejor. Y a eso se están ya dedicando científicos y estudiosos de áreas tan distintas como las ciencias de la comunicación, los estudios sociopolíticos, las matemáticas, la computación y la naciente “ciencia de redes” (que, por cierto, estudia no sólo las redes sociales, sino las que existen en todo tipo de sistemas).

En febrero pasado Milenio Diario y otros medios informaron que el Pew Research Center, una organización no gubernamental de Washington dedicada a proporcionar información y análisis políticamente neutro sobre cuestiones sociales y de opinión pública, dio a conocer un reporte con los resultados de un estudio que llevó a cabo analizando varios miles de conversaciones en Twitter: “millones de tuits, retuits, etiquetas y respuestas que conforman la columna vertebral de los diálogos” en esta red social. Para ello usó una herramienta computacional llamada NodeXL –en realidad, un add-on para la hoja de cálculo Excel que le permite obtener, analizar y visualizar datos provenientes de las redes sociales–, desarrollada por la Social Media Research Foundation (otra ONG dedicada a desarrollar instrumentos para estudiar los medios de comunicación sociales en internet), que construye mapas de las conexiones entre los participantes en las discusiones.

Como resultado del estudio, se halló que todas las conversaciones estudiadas caen en una de seis categorías: 1) multitudes polarizadas, en que dos o más grupos discuten sobre un mismo tema polémico pero desde visiones radicalmente distintas, no se comunican entre sí y recurren a distintas fuentes (¿dónde he visto eso?); 2) multitudes aglutinadas, que se comunican entre sí y comparten un interés y un mismo punto de vista; 3) grupos de marca, que aunque pueden ser muy grandes, están formados por múltiples pequeñas conversaciones distintas entre sí sobre un mismo tema (frecuentemente una marca comercial o una celebridad), sin mucho contacto entre ellas; 4) grupos comunitarios, de tamaño mediano, en que varias pequeñas conversaciones sobre un tema establecen comunicación entre sí; 5) redes de difusión, en que una fuente emite mensajes que son retuiteados por muchos tuiteros, sin que se comuniquen entre sí, y 6) redes de soporte, en que un usuario –típicamente una compañía o dependencia gubernamental– responde a quejas y consultas de usuarios que no se comunican entre ellos. Los dos últimos tipos de conversaciones tienen estructura de “rueda de carreta”, con un nodo central y muchos rayos.

El estudio no pretende ser definitivo, y ni siquiera representativo. Los investigadores, encabezados por Lee Rainie, simplemente tomaron una muestra de lo que ocurre en Twitter y la estudiaron. Otros podrán encontrar otros tipos de conversación, pero este estudio inicial muestra que al menos existen seis “arquetipos”, además de demostrar la utilidad de la herramienta.

¿Cuál es la utilidad de estos estudios? Tomemos en cuenta que Twitter tiene 141 millones de usuarios mundiales, que envían 50 mil millones de tuits diariamente. En México, representan aproximadamente el 10% de la población (11.7 millones de usuarios en 2012). Entender cómo funciona puede servir, por ejemplo, para que sus grandes usuarios, como compañías y gobiernos –pero también grupos ciudadanos– sepan qué está pasando con las conversaciones que inician, y quizá tomen medidas para tratar de que, por ejemplo, una conversación polarizada se transforme en unificada, o que una comunicación unidireccional se convierta en un verdadero diálogo.

Y los análisis como éste son sólo el comienzo: “es un trabajo exclusivamente observacional… como el de los exploradores en los siglos XVII y XIX, cuando hacían mapas de tierras inexploradas”, afirma Rainie.

Será apasionante ir conociendo las sorpresas que nos deparan estos nuevos y desconocidos continentes que ya, sin darnos cuenta, habitamos. Y usted, ¿en qué tipo de conversaciones tuiteras participa?

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!

miércoles, 2 de abril de 2014

La seudociencia nos invade

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de abril  de 2014

Ayer se celebró en los Estados Unidos el día de April’s fools (“tontos de abril”), equivalente a nuestro día de los inocentes (28 de diciembre), en que los medios acostumbran publicar noticias falsas y graciosas. Lo que está va usted a punto de leer NO es una broma de esas.

1. Gravedad repulsiva. Una sociedad estudiantil de astrónomos aficionados, que organizan periódicamente eventos de divulgación científica, anunció para el 20 de marzo una conferencia en la que se presentaría una teoría “que modifica la ley de la gravitación universal”. El ponente, Alejandro Gallardo, es un tesista de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, cuyo examen profesional estaba próximo a realizarse.

El cartel anunciaba que la teoría, “de comprobarse experimentalmente, provocaría un impulso en la ingeniería automotriz, aeronáutica y aeroespacial, además del primer premio Nobel de física para la UNAM, para México y para Latinoamérica” (sic.). La “noticia” llegó a aparecer en algunos diarios.

La tesis de Gallardo, disponible en internet, afirma exactamente lo mismo. Su propuesta se basa en añadir un término correspondiente a la energía cinética rotacional a las ecuaciones usadas para calcular la gravedad. Eso, según él, bastaría para “corregir” a Einstein (afirmar que Einstein estaba equivocado y que ellos tienen una teoría mejor que la de la relatividad es una marca común de los charlatanes). Y, siempre según Gallardo, la “antigravedad” se puede generar simplemente usando discos que giren a gran velocidad, con lo que se podrían fabricar autos voladores (¡en serio!)  y ganar fama mundial.

Varios científicos y divulgadores comenzaron a discutir en Facebook lo absurdo de la propuesta. Algunos expertos, luego de examinar la tesis, comentaron que era incoherente. Astrónomos del Instituto de Astronomía de la UNAM, que según Gallardo habían revisado su propuesta, negaron tal cosa. La asociación estudiantil decidió, sabiamente, cancelar la conferencia, pero el escándalo ya no podía pararse. La discusión en Facebook alcanzó tal grado que el examen profesional de Gallardo (quien en su propia página de Facebook llegó a amenazar al director de un instituto de investigación de la UNAM de que, cuando estuviera recibiendo el Nobel en Estocolmo, lo haría “tragarse todas y cada una de sus palabras”) fue suspendido. Esperamos que permanentemente.

¿Fin de la historia? Quién sabe. Preocupa que, de no haberse desatado el escándalo, hoy habría una persona con serios problemas psiquiátricos ostentando un título de ingeniero por la UNAM. Pero quizá lo más injusto es que un director de tesis y un jurado hayan permitido que el asunto llegara tan lejos.

2. Mamas contra el sida. El 24 de marzo, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) difundió un boletín sobre la presentación, en la librería Gandhi, del libro Madre Naturaleza y sida: eyaculación láctea de mamas. Medicina para el siglo XXI, de una tal Marcín Atram (¿Marta al revés?), presentada en la solapa como “investigadora autodidacta, pintora abstracta/matérica, productora y escritora”.

En el libro plantea que, a través de un sistema de trabajo basado “en las teorías del caos, selección natural eléctricas del universo” (sic.), ha descubierto que “el sida es una enfermedad ambiental radiactiva emergente” y que el VIH es “un microorganismo que se alimentó de residuos nucleares” y “una especie de reactor nuclear de fusión-fisión, […] la madre naturaleza construyó con ingenio un virus que funciona como un dispositivo o bala atómica, que permite provocar reacciones celulares en cadena”. Y propone que “a través de la producción de moléculas derivadas de mamas humanas” se podrá hallar la cura para este “mensaje” que “la madre naturaleza” dirige “al mundo civilizado del siglo XXI y a todos sus fundamentos científicos y tecnológicos”.

El libro consta de una serie de párrafos igualmente inconexos e incoherentes, que parecen producto de una mente muy confusa. Lo grave es que en la presentación (a la que, según me dijo un empleado de la librería, “casi no acudió nadie, puros parientes de la señora”) participó Emilio Cárdenas Elorduy, director de Fomento Cultural de la delegación Miguel Hidalgo, dándole relevancia al evento. Grave es también que el boletín fuera difundido por el CONACULTA y posteriormente por Notimex, lo que llevó a que fuera reproducido en numerosos medios.

La ciencia debería ser parte de la cultura. Pero CONACULTA –que ante la discusión que también en este caso se desató en internet ante el desatinado boletín, decidió eliminarlo de su página– no parece estar enterado.

3. Fotosíntesis humana. Tercer strike: el 20 de marzo apareció en varios medios la noticia de que un “científico mexicano”, el Dr. Arturo Solís Herrera, que se ostenta como “médico cirujano por la Escuela Superior de Medicina del IPN, oftamólogo por la UNAM y neuro-oftalmólogo por el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía”, había logrado patentar, en Rusia, “una batería “infinita” capaz de generar electricidad a partir del agua y la melanina” (el pigmento que da color a la piel y los ojos).

Solís tiene años afirmando que la melanina, además de permitir producir sus pilas que prometen energía ilimitada –lo cual violaría las leyes de la termodinámica– permite a los seres humanos ¡realizar la fotosíntesis! (“La melanina es la clorofila humana”, dice.)

Nuevamente, lo malo, además de que haya periodistas que crean en tales tonterías y las difundan, es que el gobierno de Aguascalientes llegó a comprar dichas baterías para iluminar una plaza (al parecer, hoy a oscuras). Y se asegura que el Conacyt llegó a financiarlo, mediante un proyecto de investigación, con 3.4 millones de pesos (proyecto AVANCE C2005-228).

No hay duda: la seudociencia y la charlatanería nos invaden. Y la cultura científica brilla por su ausencia. Este año fue marzo, no abril, el mes de los tontos en México.

¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:

Contacto: mbonfil@unam.mx

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aqui!