martes, 20 de enero de 2004

Dos mentes y un cerebro

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 20 de enero de 2004

Aunque se habla mucho de los avances de la computación o de la biotecnología, creo que el siglo 21 será conocido como el siglo de la mente.

La razón es que por primera vez tenemos las herramientas conceptuales y los instrumentos que permiten el estudio científico de la mente, es decir, no la reflexión filosófica, sino el estudio experimental. Así, quizá en un tiempo no muy lejano podamos contar con una descripción y explicación acerca de qué es la mente y cómo funciona tan detallada como la que hoy tenemos acerca de la vida.

Pero ya hay avances sorprendentes. Un hecho cada vez más firmemente establecido, que no por ello deja de ser inquietante (e incluso molesto para algunas personas), es el constatar que la mente es únicamente producto del cerebro. El dualismo, la idea de que se necesita “algo más” para que un cerebro tenga un sentido del “yo” -algo inmaterial, indescriptible pero que está ahí en los seres humanos y que es lo que, de hecho, los hace humanos- anda de capa caída. Por el contrario, los estudios que muestran con gran detalle cómo el funcionamiento del cerebro normal es lo que produce la mente –y especialmente los estudios de cómo las anormalidades en el funcionamiento del cerebro afectan la función mental– nos hacen cada vez más conscientes de que, en un sentido muy real, somos nuestros cerebros (o más bien, no podemos ser, no podemos existir, separados de ellos).

En su libro La conciencia explicada (Paidós, 1995), el filósofo Daniel Dennett desarrolla la hipótesis de que el sentido del yo es un relato múltiple que el cerebro escribe y reescribe continuamente en varias vías paralelas simultáneamente. Y analiza un caso curioso, pero no inexplicable desde su punto de vista: la existencia de personas en las que un mismo cerebro puede generar más de uno de estos relatos múltiples: varias personalidades.

El caso más famoso del trastorno de personalidades múltiples, o TPM (también llamado Trastorno Disociativo de Identidad, o TDI) es la novela Sybil, de Flora Schreiber, basada en hechos reales y publicada en 1973 (luego se hizo una película, estelarizada por Sally Field). Sybil era una muchacha que tenía 16 personalidades. Hay quien considera que no se ha demostrado que el TPM exista realmente, y al parecer el caso de Sybil fue exagerado; pero cada vez es más claro que estos pacientes existen, y generalmente tienen una historia de terribles abusos sexuales durante su infancia. “Estos niños han vivido a veces unas circunstancias tan terribles y confusas –dice Dennett– que me sorprende más el hecho de que, psicológicamente, consigan sobrevivir, de lo que me sorprende que consigan conservarse mediante una desesperada reconstrucción de sus límites. Cuando tienen que enfrentarse a un dolor y un conflicto abrumadores, lo que hacen es esto: ‘se marchan’. Crean un límite de tal modo que el horror no les afecta a ellos: o no afecta a nadie o afecta a otro yo, más capacitado para soportar esa violencia”.

Recientemente apareció una prueba contundente de la existencia de pacientes con personalidades múltiples. Un grupo de científicos holandeses hizo un estudio, publicado en la revista científica Neuroimage, del funcionamiento cerebral de 11 pacientes con TPM. Para ello utilizaron la tomografía por emisión de positrones, técnica que permite observar el funcionamiento del cerebro vivo en tiempo real.

Para ello se administra al paciente un compuesto (por ejemplo el azúcar glucosa) que contenga algún elemento radiactivo. Estos elementos viajan por la sangre hasta el cerebro y ahí se desintegran rápidamente (por lo que no causan daño al paciente). Al desintegrarse, emiten partículas subatómicas llamadas positrones (que son idénticos a los electrones, pero con carga positiva). Mediante un aparato especial, se detecta en qué áreas del cerebro ocurre la emisión de positrones. Como las áreas activas del cerebro necesitan más glucosa, el flujo de sangre en ellas aumenta, y esto se observa como una mayor cantidad de positrones provenientes de esa región.

Pues bien: el experimento consistió en observar a las pacientes con TPM en cualquiera de sus dos personalidades (lo más común es que haya sólo dos) mientras se les leía un relato autobiográfico. Una de las personalidades (la llamada “personalidad traumática”) recordaba haber vivido los dolorosos hechos descritos en el relato, y en su cerebro se activaban regiones relacionadas con las emociones; la otra (llamada “neutral”), no reconocía como propios los eventos relatados, y en su cerebro se activaban otras regiones, pero la información –los recuerdos- asociados con el trauma quedaban bloqueados, como parte de un mecanismo de defensa. En otras palabras, la fisiología cerebral refleja lo que psicológicamente sucede en los pacientes con TDI

Pero ¡ojo!: aún cuando pueda visualizarse en la pantalla de una computadora qué áreas del cerebro de un paciente se activan cuando efectúa cierta actividad mental, y aún cuando cada una de las personalidades de un paciente con personalidad múltiple active distintas zonas del cerebro, esto no quiere decir que la mente, el yo, la conciencia –la esencia de lo que nos hace humanos- pueda localizarse en alguna zona definida del cerebro. El yo no es una “perla” alojada en el centro de este maravilloso órgano, sino producto de su funcionamiento conjunto. Aunque puede sonar antiintiuitivo, esta visión es parte de lo que nos muestran los estudios sobre la mente. Habrá que estar preparados para más sorpresas.

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