miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Por qué seguimos creyendo tarugadas?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de agosto de 2012

A Raúl: gracias por 20 años de felicidad. ¡Y los que faltan!

En las sociedades modernas, la importancia de la ciencia y la tecnología es evidente. Por eso se enseñan en la escuela, y se hacen esfuerzos por divulgar la cultura científica a través de los medios (el que usted esté leyendo esto es una parte ínfima de esa labor).

Y sin embargo, una gran pregunta para los comunicadores de la ciencia es por qué la gente, a pesar de tener tanta información científica confiable a su alcance, sigue creyendo en cosas absurdas como fantasmas, secuestros (“abducciones”) extraterrestres, horóscopos o “detectores moleculares” que son simples fraudes, sigue comprando curas milagrosas que se anuncian en televisión y en general, conserva creencias que se oponen frontalmente al conocimiento científico actual.

Dos artículos recientemente publicados exploran, de manera científica, este problema. Uno, publicado por Andrew Shtulman y Joshua Valcarcel en la revista Cognition (16 de mayo de 2012), utiliza un método sencillo –pedir a 150 estudiantes que valoren si 200 afirmaciones son ciertas o falsas– para descubrir que el conocimiento científico no suplanta las creencias erróneas, sino que sólo las suprime o enmascara.

Algunas de las afirmaciones usadas coinciden con la intuición, aunque sean científicamente falsas (“el sol gira alrededor de la Tierra”). En otras, la visión ingenua y la científica coinciden (“la luna gira alrededor de la Tierra”). Se descubrió que el tiempo de respuesta de los sujetos era ligeramente más largo (centésimas de segundo) cuando la visión intuitiva y la científica discrepan.

Eso revela que cuesta trabajo mental dar la respuesta correcta, aunque sea bien conocida, porque hay un conflicto con la respuesta intuitiva. ¡No basta con proporcionar la información correcta para desbancar a la incorrecta en la mente de las personas! Este efecto, llamado “disonancia cognitiva” no es nada nuevo; es bien conocido por psicólogos y pedagogos desde hace décadas. Pero no se tenían datos experimentales tan sistemáticos al respecto; el trabajo de Shtulman lo pone sobre bases más firmes.

Por su lado, tres físicos mexicanos, Julia Tagüeña, Rafael Barrio (del Centro de Investigación en Energía, en Morelos, y el Instituto de Física, respectivamente, ambos de la UNAM) y Gerardo Íñiguez, junto con el finlandés Kimmo Kaski, ambos en la Universidad de Aalto, en Helsinki, Finlandia, publicaron el pasado 8 de agosto, en la revista PLoS ONE, la construcción de un interesantísimo modelo computacional, basado en la teoría de redes, de cómo la información científica en los medios puede modificar la opinión de los miembros de una sociedad.

Para ello, simularon una red de “agentes” que pueden tener opiniones coherentes u opuestas al conocimiento científico, y que son influidos por la opinión de sus vecinos, con quienes pueden establecer o romper vínculos, dependiendo de si sus opiniones sobre temas científicos coinciden o discrepan. Y son también influidos por un “campo” general que simula la influencia de la cultura en la que viven.

El modelo –todavía una aproximación simple, pero prometedora– muestra, entre otras cosas, que aun cuando en una sociedad haya un ambiente positivo a la ciencia, que difunde ampliamente las ideas basadas en ella, los “fundamentalistas” anticientíficos no desaparecen, sino que forman pequeños grupos muy unidos que persisten. Es probable que modelos como éste permitan entender mejor la dinámica social de las ideas científicas y las actitudes de la gente respecto a ellas de manera mucho más detallada que hasta ahora. Quizá ayuden, por ejemplo, a diseñar estrategias para combatir más eficazmente a las seudociencias y charlatanerías.

Ambos estudios, desde perspectivas distintas –uno, experimental y psicológica; el otro, teórica y social– abren nuevas posibilidades para investigar más detalladamente el proceso de difusión del conocimiento científico, y permitirán –metiéndole, precisamente, un poco de ciencia– mejorar las estrategias de comunicación pública de la ciencia.
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miércoles, 8 de agosto de 2012

Medalla de oro para la NASA

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 8 de agosto de 2012

Hoy que todo mundo anda pendiente de los juegos olímpicos, el exitoso aterrizaje del explorador Curiosity en la superficie de Marte, que salió exactamente conforme a lo esperado, despertó –al menos en los medios nacionales– mucho menos interés del que yo hubiera esperado.

Está de más insistir en los detalles de la misión (de la que Milenio Diario ha publicado abundante información). No sólo buscará detectar si hay o hubo en el planeta rojo condiciones que permitieran la existencia de vida. También estudiará su composición geológica y mineralógica, el clima, la atmósfera, la distribución de agua y la cantidad de radiación que incide sobre su superficie –dato vital para pensar en una misión tripulada a Marte. Y, gracias a la participación del científico mexicano Rafael Navarro, del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, corregirá también los estudios realizados en los 70 por las sondas Viking, que buscaban detectar trazas de aminoácidos y otros compuestos orgánicos, pero que, como demostró Navarro, podrían haber estado viciadas por un mal diseño.

No puede menos que asombrar el alarde tecnológico –y la sólida ciencia que hay detrás– de este laboratorio móvil de casi una tonelada y seis ruedas que contiene 17 cámaras, incluyendo un microscopio, y la ChemCam, un avanzadísimo instrumento que mediante un haz infrarrojo vaporiza muestras minerales y las analiza espectrofotométricamente para determinar qué elementos químicos están presentes. Contiene también, entre otras cosas, espectrómetros, detectores de radiación, instrumentos de difracción de rayos X, una estación de monitoreo del clima diseñada en España, y una fuente atómica de poder que transforma el calor generado por el plutonio que contiene directamente en electricidad.

Y no olvidemos el elegante sistema de aterrizaje, que luego de entrar en la atmósfera a 21 mil kilómetros por hora, protegiéndose del calor con un escudo térmico, desplegó, ya a 1,700 km/h (aún más rápido que el sonido) un paracaídas que lo frenó a 576 km/h. Luego unos cohetes controlaron el descenso hasta que, a unos metros de la superficie, los cables de la Sky crane (grúa espacial) depositaron al Curiosity delicadamente sobre el suelo marciano (aquí un impresionante video que lo muestra).



Ya veremos qué descubre el Laboratorio Espacial Marciano –nombre oficial de la misión–, y qué fascinante información nos proporciona.

El presidente Obama valoró en su justa medida el logro del Curiosity, y declaró que “el éxito de esta noche nos recuerda que nuestra preeminencia, no sólo en el espacio, sino también en la Tierra, depende de seguir invirtiendo sabiamente en la innovación, la tecnología y la investigación básica que siempre ha hecho nuestra economía la envidia del mundo”. Y anunció que para mediados de la década de 2030 enviarán humanos a Marte.

En cambio, aquí en México me ha tocado oír, recientemente, las más extrañas tonterías seudocientíficas. Personas con preparación médica que piensan seriamente que la homeopatía realmente cura –más allá del efecto placebo– y que realmente es una ciencia. Gente que tuitea que cierta marca de pan ¡“contiene trigo transgénico y provoca malformaciones congénitas, impotencia y cáncer”! Antropólogos convencidos de que las “limpias” realmente curan, porque “usan fotones” mediante “un efecto electromagnético”. La desinformación, el analfabetismo científico y la seudociencia siguen floreciendo en nuestro pobre país.

Al parecer, todavía falta mucho para que reconozcamos plenamente la importancia de la investigación y el desarrollo científico-tecnológicos. Mientras esto no ocurra, tendremos que conformarnos con sólo mirar, o cuando mucho colaborar un poco con proyectos ajenos. Falta mucho para poder ganar nuestras propias medallas.





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miércoles, 1 de agosto de 2012

La bacteria digital

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 1 de agosto de 2012

Contrario a lo que se piensa, los científicos no sólo viven de hacer experimentos. También suelen construir modelos y simulaciones: recreaciones de la naturaleza –muchas veces matemáticas, aunque también hay simulaciones mecánicas y de otros tipos– basadas en los datos y teorías disponibles que se espera que se comporten de manera muy similar a los sistemas reales.

Los físicos tienen ya varios siglos de usarlos: es gracias a ellos que han podido recrear y estudiar detalladamente el big bang o un agujero negro, o predecir la existencia y el comportamiento de una partícula subatómica.

La biología también tiene modelos y simulaciones, pero un grupo de científicos de la Universidad de Stanford, encabezados por Markus Covert acaba de marcar un avance radical: crearon una simulación, un modelo computacional, de una célula completa.

Antes de que usted se pregunte para qué sirve eso, imagine cómo sería, por ejemplo, tener una simulación computacional detallada de una ciudad completa. No algo como SimCity, que es un juego, y a pesar de su complejidad sigue siendo un modelo extremadamente simplificado, sino un modelo que incluyera el número real de personas, edificios, vialidades, automóviles, y su movimiento a lo largo de los días.

Un modelo así permitiría entender con precisión cómo funciona la ciudad, detectar las áreas problemáticas y, si fuera lo suficientemente fino, incluso predecir eventos como apagones, inundaciones, embotellamientos de tráfico o accidentes (quizá no al detalle de cuándo y dónde ocurre un choque vehicular, pero sí qué lugares, días y horas son más propicios para que ocurran).

Pues bien: Covert y su equipo reportan en la revista Cell (20 de julio de 2012) la construcción de su modelo –que consta de más de 1,900 parámetros distintos en 28 sub-modelos–, en el que introdujeron la información completa del genoma de la bacteria Mycoplasma genitalium (que, como su nombre lo indica, causa infecciones genitales en humanos, como la uretritis no gonocócica). Pero también, basándose en la información tomada de más de 900 artículos de investigación, modelaron qué información genética está activa, leyéndose en un momento dado en la célula (su transcriptoma), las proteínas, entre ellas enzimas, que se están fabricando (su proteoma) y las reacciones químicas se están llevando a cabo en la célula y que dichas enzimas controlan (el metaboloma).

Se eligió a M. genitalium porque es una de las bacterias con genoma más pequeño que se conocen (sólo tiene 525 genes –contra los más de 23 mil del genoma humano). Pero también porque es la especie en que se ha trabajado más en la llamada biología sintética: en 2010 se realizó un “trasplante de genes” en que se reprogramó a la bacteria con un genoma artificial.

La simulación de Covert usó programación enfocada en objetos que mezcla distintas técnicas matemáticas (ecuaciones diferenciales ordinarias, redes booleanas, y otras) para representar los distintos procesos, y que funciona en ciclos, combinando cada vez los datos del ciclo anterior para ir simulando el estado de cada parámetro, hasta que la célula se divide. Fue sometida a prueba para ver si lograba reproducir datos que ya se conocen sobre la concentración de ciertas sustancias dentro de la célula. Y lo hizo bastante bien.

El modelo es preliminar (“sólo un “borrador”, dice Covert). Pero abre toda una nueva rama de estudios sobre la biología celular. Servirá para descubrir nuevos fenómenos no detectados, que aparecen en la simulación y luego pueden buscarse en las bacterias reales. Ya se lograron algunos hallazgos de este tipo. Y también podrá servir para, un día, diseñar de manera racional bacterias artificiales que realicen funciones útiles como producir biocombustibles o antibióticos, o degradar compuestos contaminantes.

Sin duda, esta célula digital es mucho más que un juego.


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miércoles, 25 de julio de 2012

¡Querida, construí una medusa!

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de julio de 2012

Había una vez un bioingeniero llamado Kevin Kit Parker que quería construir un corazón. No por ambición superflua, sino porque deseaba poder reparar corazones dañados, o sustituirlos por otros diseñados a la medida. Visitando un acuario, vio el grácil nado de una medusa y de pronto pensó: “¡creo que puedo construir eso!”.

Gracias al cultivo de tejidos se habían logrado ya varios avances importantes en la sustitución de órganos: en 2006 Anthony Atala y su equipo, en Carolina del Norte, habían desarrollado vejigas artificiales, cultivadas a partir de células de pacientes sobre moldes biodegradables (la vejiga es un órgano morfológicamente muy sencillo, básicamente un globo), que pudieron trasplantarse para corregir malformaciones congénitas. En 2007 Atala logró generar penes artificiales de conejo para reemplazar a los naturales, y que pudieron funcionar para el coito y la fecundación. Y en 2010 otro equipo, dirigido por Laura Nicklason, en la Universidad de Yale, generó tejido pulmonar que pudo funcionar por unas horas en ratas para sustituir a los pulmones. También, en 2008, investigadores de la Universidad de Minnesota fabricaron un corazón a partir de células en cultivo de rata usando como molde el armazón fibroso de un corazón natural.

Pero la biomimética, campo de estudio de Parker, no busca necesariamente producir órganos idénticos a los biológicos, sino imitarlos usando una combinación de ingeniería, materiales artificiales y tejidos vivos. En 2007 Parker, que trabaja en la Universidad de Harvard, había logrado cultivar capas de células de corazón de rata sobre láminas delgadas de un plástico flexible, que al contraerse lo enrollaban.

Hacer una medusa no es ocioso: puede ser buena práctica para luego construir un corazón: ambos tienen tejido muscular que se contrae sincronizadamente. Colaborando con otros bioingenieros del Tecnológico de California (CalTech), Parker puso manos a la obra. Tomaron como modelo las larvas –llamadas éfiras– de una medusa simple (Aurelia aurita), que tiene ocho brazos formados por una matriz flexible sobre la que crece una capa de músculo, y estudiaron con detalle su anatomía y fisiología. Las señales nerviosas que viajan como una ola desde el centro –junto con unos “marcapasos” en cada brazo– hacen que los brazos se contraigan simétricamente, lo que produce el “latido” rítmico de la medusa, que la empuja hacia delante (y que impulsa también el agua al interior de la boca del animalito).

Luego construyeron una lámina de un silicón elástico (polidimetilsiloxano) en forma de flor con ocho pétalos y la recubrieron con la proteína fibronectina, para adherir células cultivadas de corazón de rata a la parte interior de la estructura.

La células crecieron hasta formar una capa uniforme con fibras musculares muy similares a las que presentan las medusas. Cuando éste “medusoide” de unos cuantos milímetros de diámetro (tamaño similar a las medusas bebé) estuvo listo, lo probaron en un tanque de agua. Haciendo pasar una corriente eléctrica a través del tanque, el medusoide se contraía en forma idéntica a una medusa. Al relajarse el músculo, el silicón recuperaba su forma original. En el video que acompaña su artículo –publicado el 22 de julio en la revista Nature Biotechnology– puede verse su sorprendente nado.


¡La ingeniería inversa de Parker le permitió, en sus propias palabras, “desarmar una rata y volverla a armar en forma de medusa”! Como demostración del concepto fue un éxito: ahora tratarán de hacer un medusoide con células de corazón humanas, en el camino a intentar construir un corazón biomimético. Mientras tanto, piensan hacer medusoides que puedan dirigir su nado hacia la luz, y quizá intentar un “pulpoide”. El medusoide podrá servir también para probar fármacos para el corazón y medir su efecto en la capacidad de contracción del tejido muscular.

No sé a usted, pero a mí los avances científico-técnicos como éste me llenan siempre de un asombro gozoso. Ya veremos qué nos presentan en unos años.

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jueves, 19 de julio de 2012

¿Mucho Higgs y pocas nueces?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de julio de 2012

Peter Higgs
¿Estaré sugiriendo que el (muy probable) descubrimiento del bosón de Higgs, santo grial de la física de partículas, en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), en la frontera franco-suiza, anunciado el pasado 4 de julio, no es realmente la noticia científica del siglo? ¿Sería sólo una cortina de humo para desviar nuestra atención del debate postelectoral?

No, en absoluto. Es sólo un truco para llamar su atención, querido lector. Aunque sí, quizá el peso que se le dio al posible hallazgo de la “partícula de Dios”, o “partícula divina” fue excesivo.

Mucho se ha explicado ya sobre el bosón de Higgs. Fue propuesto por el físico británico Peter Higgs –y casi simultáneamente por otros cinco colegas, Tom Kibble, Carl Hagen, Gerald Guralnik, François Englert y Robert Brout– en 1964 como la pieza faltante del rompecabezas que explica la estructura básica del universo, conocido como “modelo estándar” de la física de partículas.

Los físicos son famosos por construir modelos teóricos enormemente abstractos y complejos para describir la realidad. El modelo estándar (algunos lo escriben con mayúsculas) es uno de ellos. Consiste en ecuaciones que usan la mecánica cuántica y la relatividad, mediante matemáticas muy avanzadas, para describir cómo está hecha la materia, y cómo responde a tres de las cuatro fuerzas fundamentales del universo (electromagnetismo y las fuerzas nucleares fuerte y débil; la gravedad no ha podido ser incluida todavía en el modelo).

El modelo estándar: fermiones,
que forman la materia, y bosones,
que transmiten las fuerzas
Sin entrar en detalles, la materia está hecha de partículas llamadas fermiones (como los cuarks, que a su vez forman partículas como los protones y neutrones, en el núcleo del átomo, y los leptones, como los electrones que giran alrededor del núcleo). La fuerzas, a su vez, son transmitidas a la materia por medio de otras partículas, llamadas bosones.

Los físicos estudian las partículas mediante instrumentos llamados aceleradores de partículas, que permiten hacerlas chocar a energías –velocidades– inimaginables y estudiar de qué están hechas y cómo se comportan. Lo bonito es que las ecuaciones que construyen no sólo describen lo hallado en los experimentos, sino que llegan a predecir la existencia de nuevas partículas, que luego pueden encontrarse. El bosón de Higgs se postuló para explicar por qué la materia tiene masa, algo no predicho por el modelo estándar… por eso se le ha buscado desde hace casi 40 años.

Se trata de ciencia básica, sí. La más básica. Nos permitirá entender algunas de las propiedades fundamentales del cosmos. (Y quizá, sobre todo si no se ajusta a lo esperado, como quizá suceda, o incluso si resulta no ser el bosón de Higgs, sino otra cosa completamente distinta e inesperada, abrirá las puertas a nuevas exploraciones que quizá nos lleven a entender misterios como la aparente ausencia de antimateria en el universo, o la naturaleza de la materia oscura –que constituye 23% de la masa presente en él– o la de la energía oscura ­–que constituye otro 73%; ¡la materia “normal” es sólo el 4% restante!)

Pero si alguien duda que esto baste para justificar los 10 mil millones de dólares que se gastaron en construir el LHC –que todavía funciona sólo a la mitad de su potencia… ¡qué nuevas maravillas nos mostrará!–, añado que la historia de la ciencia demuestra que todo avance básico inevitablemente, tarde o temprano, encuentra una aplicación que muchas veces transforma por completo nuestro estilo de vida. Y que la derrama tecnológica que genere la construcción del acelerador seguramente justificará ampliamente el gasto (no olvidemos que la World Wide Web –o WWW, que normalmente llamamos “la red”, o “la web”, aunque no es lo mismo que internet, la infraestructura sobre la que existe la WWW–, en la que hoy pasamos gran parte de nuestra vida, fue inventada por científicos del CERN).

Aun así, es curioso que una noticia de ciencia tan básica, independientemente de su importancia, haya alcanzado tal fama en los medios mundiales. Yo creo que en parte se le debe a Leon Lederman, el físico premio Nobel que la llamó “the god particle” –aunque dios no tenga absolutamente nada que ver en esta historia– en su libro del mismo nombre (¡debido a que no le permitieron llamarla “the goddamn particle”, la maldita partícula!). A veces una buena mercadotecnia, aunque sea accidental, es lo que la ciencia necesita para estar en primera plana.

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miércoles, 11 de julio de 2012

La vida…

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de julio de 2012

Quería yo escribir del bosón de Higgs, pero los amables lectores disculparán: a veces la vida impone sus prioridades.

La muerte es eso que siempre sabemos que está, pero que nunca queremos ver. Ayer (escribo el martes) falleció mi señora madre, Alicia Esperanza Olivera Sedano. Puedo decir que vivió una vida plena, productiva, valiosa. Y vivió el tiempo suficiente –casi 82 años– para recoger ampliamente sus frutos.

Mi madre fue historiadora. Y de las buenas (quién sabe por qué yo salí químico). De joven practicó la danza folklórica, y bailó en el Ballet de Amalia Hernández. La recuerdo de niño todavía con el maquillaje y peinado que adquirió en ese entonces.

Hija de un médico militar –combatiente zapatista–, estudió historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se interesó en los movimientos campesinos del siglo XX, y gracias a que Don Miguel Palomar y Vizcarra, guardián de los archivos cristeros, le abrió las puertas de los mismos, pudo publicar en 1966 uno de los primeros trabajos de investigación documental sobre ese todavía reciente movimiento.

Fue pionera de la historia oral en México y Latinoamérica; junto con Eugenia Meyer estableció en 1969 el Programa de Historia Oral en el Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH, que recopiló grabaciones en vivo de supervivientes del movimiento zapatista. Tuve la suerte de acompañarla, todavía niño, en los setenta, en esos viajes a entrevistar viejitos cargando una pesada grabadora de carrete. Testimonios hoy invaluables que permitieron recuperar, como ella decía, “la historia de los de abajo”. Luchó hasta formalizar y lograr el reconocimiento de esta metodología, en su momento descalificada por no basarse en documentos escritos.

En los ochenta ideó un concurso, “Mi pueblo durante la revolución”, que invitó a quienes vivieron el movimiento a escribir o grabar sus recuerdos, y a enviar cartas, fotos y objetos para construir una memoria colectiva y popular. Los tres tomos del mismo nombre, recién reeditados, reúnen los mejores textos recibidos.

Tuvo una amplia producción académica, formó alumnos valiosos y exitosos, y tuvo la suerte de recibir en vida un amplio reconocimiento a su labor, que compartimos sus hijos y familia. En 2000 fue nombrada investigadora emérita del INAH.

Uno siempre debe lo que es, antes que nada, a sus padres. No podría yo haber tenido una madre mejor. Recordarla con orgullo y cariño es el mejor homenaje.

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miércoles, 4 de julio de 2012

¿Y ahora qué sigue?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de julio de 2012

El pasado domingo se llevó a cabo una de las elecciones más nutridas de nuestra historia. Distaron de ser perfectas: hay evidencia de múltiples irregularidades, que están siendo denunciadas y, esperemos, investigadas. Pero, al parecer, no bastarían para cambiar el resultado. Si todo sigue como parece, será Enrique Peña Nieto, del PRI, quien ocupe la silla presidencial.

Para mucha gente –me incluyo– el hecho es doloroso. Pero, pasado el comprensible luto, hay que ver para delante: dejar atrás pesimismo y derrotismo y ser creativos y propositivos.

Hace varios días, antes de la elección, numerosos investigadores de distintas instituciones –UNAM, Institutos Nacionales de Salud– que pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) recibieron en sus direcciones privadas de correo electrónico un mensaje firmado por Peña Nieto (provenía de la dirección epn@enriquepenanieto.com) invitándolos a votar por él. Entre otras cosas, el candidato les ofrecía “invertir, al menos, el 1% del PIB [producto interno bruto] en ciencia y tecnología”. Inversión que, como ya hemos mencionado aquí, exige la Ley de Ciencia y Tecnología federal desde 2004, y que nunca se ha cumplido.

Los investigadores reaccionaron con indignación por este uso completamente inapropiado de sus datos privados –correos electrónicos– que el SNI, que depende del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT), debería proteger. Haberlos proporcionado a un partido político para realizar proselitismo puede ser, incluso, ilegal. Se plantearon promover una denuncia, que ignoro si habrán presentado.

Pero lo que más llamó mi atención es que, tomando en cuenta que todas las proyecciones apuntaban ya a lo que parece haber ocurrido –nos guste o no–: el triunfo del candidato priísta, los investigadores no se plantearan también tomarle la palabra al probable próximo presidente de México.

Peña Nieto se enorgullece de “cumplir su palabra”. El correo que circuló entre la comunidad científica constituye un compromiso de satisfacer una vieja demanda: contar con mayor apoyo para las labores de investigación y desarrollo científico y tecnológico que nuestro país tanto necesita.

Hemos comentado también que diversas organizaciones científicas como el Foro Consultivo Científico y Tecnológico y la Academia Mexicana de Ciencias han promovido una denuncia administrativa ante la Secretaría de la Función Pública por incumplir el 1%. ¿No sería momento de que, dadas las circunstancias –repito, puede no agradarnos el resultado de la elección, pero parece ya ser un hecho– la comunidad científica en pleno organizara un movimiento fuerte para exigir al nuevo gobierno que aumente drásticamente el apoyo en ciencia y tecnología?

No lo olvidemos: la cadena investigación científica/desarrollo tecnológico/vinculación con industria es la que, a largo plazo, produce conocimiento original, patentes, riqueza y bienestar social en los países que apuestan por ella en serio. Ejemplos sobran.

Se trata, como se muchos han dicho, no tanto de apoyar a la ciencia como de apoyarse en ella.

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