miércoles, 16 de marzo de 2016

Extraterrestres en el Congreso

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de marzo de 2016

La noticia fue trending topic en Tuiter hace unos días: el pasado 8 de marzo, en el vestíbulo del Salón de Plenos de la Cámara de Diputados, en San Lázaro, Jaime Maussan, conocido promotor del llamado “fenómeno ovni”, inauguró la exposición “Agroglifos y simbolismo universal”.

La exposición muestra campos de cultivo en los que aparecen patrones geométricos complejos, que supuestamente son producidos por extraterrestres. La autora de la exposición es Abril de Monserrat Morales (conocida como “La Dama del Simbolismo”). Se basa en el libro del mismo título que ella escribió, donde “presenta un método de interpretación del simbolismo de diversas civilizaciones terrestres y extraterrestres”, basado “en las claves universales que enseñan sobre la Verdad trascendente” (sic).

La muestra fue promovida por la diputada Sofía De León Maza, priista, de la Comisión de Comunicaciones, y autorizada por la Comisión de Cultura, presidida por el diputado Santiago Taboada Cortina, del PAN.

Al día siguiente, los titulares periodísticos no se hicieron esperar: “¿Vida inteligente en la Cámara de Diputados?”, se preguntaban Reforma y El Norte. “Aterrizan extraterrestres en la Cámara de Diputados, de la mano de Maussan”, anunció con sorna Animal Político. Otros, como Plano Informativo, fueron más parcos: “Jaime Maussan causa polémica en la Cámara de Diputados”.

¿Por qué el escándalo? Por varios problemas. 

Uno, que la muestra sustenta una idea que ya ha sido exhaustivamente refutada: que los símbolos en los campos de cultivo de trigo, maíz y otras plantas (los famosos “agroglifos”) son señales extraterrestres. Lo cierto es que es relativamente fácil hacerlos si se cuenta con estacas, cuerda y algunas tablas. Surgieron como bufonadas estudiantiles, y se han convertido en una verdadera industria de los bromistas (aunque la gente como Maussan y De León insisten en no darse cuenta).

Dos, la muestra promueve las ideas que Maussan difunde a través de programas de TV, libros, revistas, videos y conferencias: que existen visitantes extraterrestres que constantemente nos vigilan y ocasionalmente nos dejan mensajes en clave (“a veces son mensajes en código binario, en clave morse, fractales, a veces es geometría sagrada o mensajes astronómicos, e incluso de advertencia de peligros”, afirma).

Y tres, aun cuando la diputada De León afirma que no se gastó dinero público en montar la exposición, los espacios de la Cámara deberían estar dedicados a difundir la cultura, no supersticiones ni necedades.

No seré yo quien cuestione la seriedad y profesionalismo del señor Maussan (sobre todo ahora que acaba de recibir un doctorado honoris causa por parte del reputadísimo Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia, en Capulhuac; lo cual no es extraño, pues seguramente cumplió con los diez requisitos necesarios para ello, incluyendo el último: “entregar donativo para la Fundación”).

Tampoco me atreveré, pues podría demandarme por ello, a señalarlo, como han hecho algunos malintencionados, como un farsante que se ostenta como “investigador científico” sin serlo y que vive de hacer pasar como cierta información no verificada, difícilmente sustentada y muchas veces burda, evidentemente manipulada, y cobrar por ello a un público crédulo y ávido de asombros que merecería algo mejor (por ejemplo, los asombros mucho más profundos y fascinantes que nos ofrece la ciencia legítima). No. Yo no haría eso.

Pero entiendo, eso sí, a quienes critican su amplia y prolongada labor. Porque para aceptar la creencia de que existe vida en otros mundos (algo que la ciencia en general cree plausible), que ha producido inteligencia y civilizaciones altamente tecnificadas (algo muy probable, aunque seguramente poco común


) y que éstas han logrado hacer viajes interestelares (pues sabemos que en nuestro sistema solar no hay civilizaciones avanzadas, y probablemente ni siquiera vida) y están dispuestas a dedicar los cientos o miles de años que les llevaría viajar aun desde las estrellas más cercanas, con el enorme, monstruoso gasto de energía que ello inevitablemente conllevaría, sólo para trazar figuritas complicadas en los campos de trigo, para creer todo esto se necesitaría evidencia mucho muy sólida, amplia e incontrovertible. Y esta evidencia simplemente no existe, por más que el “investigador” Maussan clame a los cuatro vientos que hay un complot para ocultarla (al grado de que, como afirmó en un programa televisivo, “lo amenazaron de muerte” por difundirla”).

En la Cámara de Diputados, Maussan expresó que “la muestra artística tiene como propósito difundir que no estamos solos en el universo y las imágenes que aparecen en los campos, es (sic) una vía de diálogo de otras inteligencias con los seres humanos”. También aprovechó para opinar que “estos temas están empezando a permear en los ámbitos oficiales, y muy pronto las autoridades de México y el mundo tendrán que aceptar la posibilidad de que estemos siendo visitados por seres de otro mundo”. (Lo peor, en vista de lo ocurrido, es que quizá tenga razón, y dichas tonterías estén empezando a ser aceptadas por nuestros gobernantes.)

Por su parte, la “artista” se pronunció “porque la Unesco y otros organismos públicos permitan el estudio, investigación y difusión de estos símbolos y, sobre todo, del significado trascendente que tienen”, porque “los mensajes trascendentes constituyen el objetivo fundamental de estudio y difusión de los organismos y de todos los seres humanos” (re-sic).

Afortunadamente, los tuiteros que protestaron saben distinguir la desinformación y la charlatanería cuando la ven. Igual pasa con el diputado Jorge Álvarez Máynez (Movimiento Ciudadano), que envió una carta a la Comisión de Cultura protestando por la exposición, que “sólo abona a la mala imagen que tiene la Cámara de Diputados”. “Los espacios culturales del Poder Legislativo –dijo– no pueden destinarse a farsantes, sino todo lo contrario, deben estar dirigidos a artistas, creadores e incluso científicos que promuevan la reflexión, el análisis y la labor intelectual”.

(Por el contrario, su colega Jorge Carvallo Delfín, del PRI, declaró durante la ceremonia, luego de tomarse una foto con Maussan: “este concepto no es solamente un tema de creer o no creer, es un tema de realidad, y quienes tenemos la posibilidad o la capacidad para entender más allá de lo evidente o no evidente estamos claros de que existe la posibilidad de vida en otro planeta”. Sin comentarios.)

Aún así, yo me temo que lo ocurrido, además de vergonzoso, sea una muestra de que probablemente nuestros gobernantes ya no tienen remedio. ¡Y nadie hace nada!

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miércoles, 9 de marzo de 2016

Cuando la ciencia mete la pata


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de marzo de 2016

Mucha gente cree que la manera de hacer ciencia consiste en un investigador de bata blanca metido en un laboratorio haciendo experimentos para, finalmente, llegar a un “descubrimiento”. El famoso “método científico” garantiza que lo que se descubre sea científicamente válido, y por tanto prácticamente irrefutable.

Por eso, cuando surgen casos como el del artículo publicado el pasado 5 de enero en la revista PLOS ONE, titulado “Características biomecánicas de la coordinación de la mano al sujetar objetos en la vida diaria”, donde se afirma que dichas características corresponden “al diseño correcto por el Creador para realizar una multitud de tareas diarias de manera confortable”, y que “la coordinación manual indica el misterio de la invención del Creador”, el escándalo puede ser mayúsculo.

El 2 de marzo, el biólogo molecular británico James McInnerney dio la voz de alarma en Twitter, y de ahí el tema pasó al popular sitio Retraction Watch, que se especializa en dar seguimiento a publicaciones científicas erróneas. Siguió una verdadera tormenta en las redes sociales, con las etiquetas #creatorgate y #handofGod (mano de Dios). ¿Cómo pudo una tontería así haber sido publicada en una revista científica importante y prestigiosa?

La respuesta revela que la ciencia no es tan sencilla como la pintan.

En primer lugar, hay que recordar que el proceso de hacer ciencia no termina en el laboratorio: los datos, resultados y conclusiones que los investigadores obtienen tienen que ser discutidos por sus colegas, también expertos en el campo de que se trate. Para ello, se presentan en conferencias, seminarios y congresos, y posteriormente se envían como artículos formales a revistas científicas arbitradas, que los mandan a otros expertos que actúan como evaluadores y que revisan a fondo los datos, argumentos y conclusiones. Sólo cuando éstos satisfacen altos estándares se autoriza su publicación.

Este proceso, llamado “revisión por pares” (peer review) que forma la base del control de calidad en ciencia, no es perfecto. Hay revistas comerciales y caras, que cobran a los suscriptores, y que tienden a aceptar los artículos más “vistosos” (los que serán más leídos y recibirán mayor cantidad de citas por otros investigadores, lo que fortalece el prestigio –y las ganancias– de la revista), y no necesariamente los mejores. Otras revistas, llamadas “de acceso libre” (open access) son gratuitas para los lectores, pero cobran a los autores por publicar, lo que puede perjudicar su control de calidad en la búsqueda por publicar muchos artículos.

PLOS ONE es quizá la revista de acceso libre más importante del mundo; por eso es especialmente preocupante que sus editores y evaluadores hayan dejado pasar un artículo que hace referencia a una deidad como causa de un proceso de evolución, algo totalmente contrario al pensamiento evolutivo y al obligado criterio naturalista que exige la ciencia, y excluye considerar causas sobrenaturales para los fenómenos estudiados. No tiene caso hacer ciencia si se acepta que pueden existir milagros o creadores todopoderosos.

Hay que tomar en cuenta que los autores del artículo, liderados por Xiao-Lin Huang, de la Universidad Huazhong de Ciencia y Tecnología, en China, afirman no tener un buen dominio del inglés (lo que efectivamente se nota en la redacción de su artículo) y argumentan que confundieron la palabra “creador” con el equivalente chino a “naturaleza”. Ellos afirman que su investigación (que analiza la relación entra la complicada estructura de huesos, tendones y músculos de la mano con su notable versatilidad y precisión funcional, con miras a replicarla en manos robóticas) no tiene ninguna relación con el creacionismo, y piden que su artículo no sea “discriminado” debido a un error de traducción.

Puede ser. En todo caso, la responsabilidad por la publicación del artículo que contiene frases tan desafortunadas recae sobre PLOS ONE y su equipo editorial y de evaluadores, que tendrán que reforzar el control de calidad de su revista. Lo cual no es malo: en cualquier revista, comercial o de acceso abierto, se cuelan de vez en cuando artículos cuya calidad deja que desear. Mejorar los estándares de evaluación será benéfico para todos.

Pero el caso también nos muestra que la ciencia cuenta con mecanismos de autocorrección bastante confiables. El artículo de Huang tardó dos meses en ser detectado, pero el pasado 4 de marzo PLOS ONE, después de un análisis cuidadoso, decidió retirarlo (que es lo que usualmente se hace con artículos ya publicados en los que se detectan problemas de calidad).

En resumen, ¿qué se hace en ciencia cuando alguien comete un error? Cuando éste se detecta, se reconoce públicamente y se corrige. Ojalá otras actividades humanas fueran tan eficientes para remediar sus metidas de pata.

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miércoles, 2 de marzo de 2016

Desinformación y credulidad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de marzo de 2016

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre cómo trabaja la medicina moderna sabe que, a pesar de su popularidad, la homeopatía no sirve: pese a los innumerables informes anecdóticos sobre su utilidad (“dirán misa, pero a mí me funcionó”) todos los ensayos clínicos controlados que se han hecho para evaluar su utilidad terapéutica revelan que no es más efectiva que un placebo (es decir, es totalmente inútil). Un reciente reporte, difundido la semana pasada por el Consejo Nacional de Investigación Médica y en Salud australiano, muestra que, de 68 padecimientos que la homeopatía afirma curar, sólo es eficaz en… ninguno.

Y cualquiera que entienda química elemental sabe que, además, la homeopatía no puede funcionar, pues se basa en dos premisas que contradicen por completo todo lo que sabemos respecto a farmacología: una sustancia que cause un síntoma no tiene por qué, administrada en dilución, curar tal síntoma. Y el efecto de una sustancia no aumenta, sino que disminuye, al diluirla (de hecho, las diluciones homeopáticas llegan a ser tales que no queda ninguna molécula de la sustancia original en la dilución).

Sin embargo no sólo la homeopatía, sino todas las llamadas “medicinas alternativas” –acupuntura, reiki, aromaterapia, cristaloterapia, magnetoterapia, orinoterapia, iridología, reflexiología, medicina ayurvédica y “cuántica”, y una larguísima lista– tienen cada vez más seguidores. Y dichos seguidores no sólo aseguran, contra toda la evidencia científica, que las terapias alternativas de su elección son eficaces, sino que además están convencidos que la medicina “estándar” o formal –la científica, o basada en evidencia, producto de la aplicación del método científico– es “dañina”: que empeora las enfermedades o que incluso las causa (un ejemplo especialmente alarmante es la actual corriente que afirma que las vacunas producen autismo u otras enfermedades, y que ha provocado el surgimiento en varios países de brotes epidémicos de enfermedades que ya estaban controladas).

¿Por qué se esparcen tanto ideas falsas y dañinas como éstas entre tanta gente? ¿Por qué son tan exitosas que se vuelven virales? En una entrevista publicada el 14 de enero en la página del Foro Económico Mundial, el especialista en redes sociales Walter Quattrociocchi, del Centro de Altos Estudios IMT Lucca, en Italia, explica que en parte el fenómeno se debe a la existencia misma de las redes, que potencian nuestras capacidad de diseminar información. Pero también debido a dos características del intelecto humano. Una, el sesgo de confirmación (que nos hace prestar atención a la información a la que estamos predispuestos, ignorando la que contradice nuestras expectativas: cuando compramos un auto rojo, vemos autos rojos por todos lados, pero no nos fijamos en los de otros colores). Y dos, nuestra tendencia a buscar lo que los expertos llaman “cierre cognitivo”: queremos que las historias tengan un final, una conclusión clara. Cuando la respuesta a un problema es “no se sabe” o “depende”, quedamos insatisfechos. Nuestro cerebro evolucionó para entender, necesita entender, y no soporta quedarse con la duda. Lo malo es que las ciencia no siempre ofrece eso, y eso facilita que las explicaciones que ofrecen los promotores de las seudomedicinas “alternativas”, que suelen ser claras y fáciles de entender, y suenan lógicas –aunque sean científicamente inexactas o de plano falsas– sean aceptadas y se difundan.

Además, explica Quattrociocchi, las redes sociales refuerzan nuestra tendencia a adoptar las creencias de nuestros amigos, y han fomentado la aparición de “cámaras de eco”: grupos donde todo mundo está de acuerdo y sólo se comparte información que refuerza lo que todo mundo ya creía de antemano, rechazando todo lo que lo contradiga. De ahí la proliferación de grupos de Facebook que promueven teorías de conspiración, por ejemplo.

Los estudios de Quattrociocchi y otros expertos muestran también que estas creencias frecuentemente van en contra de lo establecido, y se benefician del extendido rechazo a la autoridad que hay en las sociedades actuales y de la gran efectividad de propagación viral que tiene el uso del humor sarcástico –como los memes de internet– para ridiculizar las ideas con las que uno está en desacuerdo.

Lo peor es que, como Quattrociocchi y otros estudiosos han mostrado, simplemente propagar información correcta y refutar las creencias falsas de estos grupos no sólo no funciona, sino que tiende a hacer que se refuercen. Aun así, no queda más que seguir combatiendo la desinformación y educando para promover el pensamiento crítico. Google y Facebook están ya buscando maneras de mejorar y verificar la confiabilidad de la información que ahí se publica.

En cuanto a la creencia en medicinas alternativas inútiles: si realmente fueran efectivas, ¿no hubieran sido ya adoptadas y aprovechadas por empresas farmacéuticas, asociaciones médicas y sistemas nacionales de salud? Como dice la famosa frase del comediante y músico australiano Tim Minchin: “la medicina alternativa que demuestra ser efectiva se conoce como… medicina”.


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miércoles, 24 de febrero de 2016

Luces y sombras en la divulgación científica

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de febrero de 2016

Toda sociedad que aspire a ser moderna y realmente democrática debe garantizar a sus ciudadanos el acceso a la educación y a la cultura. Pero no sólo a la cultura popular, a la formación cívica y a las artes y humanidades. También a ese singular producto del intelecto humano que llamamos ciencia.

La cultura científica no se reduce al conocimiento de temas de ciencia; abarca también el método que le permite producir dicho conocimiento, y que no es más que un refinamiento del pensamiento crítico que todo ciudadano debiera aplicar al participar en la discusión pública. El acceso a la cultura científica es un derecho de los ciudadanos, que nos permite cumplir mejor con nuestra obligación de participar responsablemente en la vida democrática.

La divulgación científica se ocupa precisamente de poner la cultura científica al alcance de los ciudadanos. Por ello, es una labor de importancia estratégica para todo país. En México existe una tradición de divulgación científica que viene desde la Colonia, y una comunidad de divulgadores pujante y creciente, con una experiencia acumulada de más de cuatro décadas.

Parte de esta comunidad se agrupa en la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (Somedicyt), que realiza distintas actividades entre las que destacan, entre otras, un Congreso Nacional y la entrega, desde 1992, del Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica.

El pasado jueves 18 de febrero se otorgó el premio correspondiente a 2015 a un verdadero pionero de la divulgación científica en México: Roberto Sayavedra Soto, físico y educador que con una trayectoria envidiable de más de 30 años. Fue uno de los fundadores de la recordada revista infantil Chispa, en 1981, y hasta su desaparición en 1997 escribió su sección más gustada: “El Tío Bolita y sus ayudantes”, que presentaba experimentos divertidos e ilustrativos para sus curiosos lectores.

Sayavedra es multifacético e incansable: ha escrito artículos y libros, y constantemente imparte cursos y talleres de ciencia por toda la república, y en gran parte de Latinoamérica. Es un gusto que la comunidad de divulgadores mexicanos reconozca a uno de sus miembros más destacados. ¡Enhorabuena!

Por desgracia, también a veces hay malas noticias que dar en este campo. Una reciente es el desafortunado cierre del Centro Municipal de Divulgación Científica de Cuautitlán Izcalli, una institución pionera –es el único centro a nivel municipal que ha existido en el país– que durante más de dos años de existencia proporcionó servicios de difusión de la cultura científica, además de promoción de la salud y el bienestar, a su comunidad. La decisión unilateral y arbitraria de un funcionario, el nuevo presidente municipal, dio al traste con este esfuerzo, pues retiró al grupo que creó, promovió y operó esta iniciativa el uso del local con el que habían contado hasta ahora.

Lo más triste es que la nueva autoridad municipal haya emprendido una campaña de desprestigio contra un grupo de entusiastas que no buscaba más que promover la cultura científica en su municipio y en otros cercanos. Los programas y actividades del Centro llegaron a beneficiar a más de 41 mil niños, adolescentes, jóvenes y población vulnerable de 14 municipios en cuatro estados, con conferencias científicas, una biblioteca, talleres de robótica y computación y eventos como la Noche de las estrellas, entre otras.

Afortunadamente, los divulgadores somos una especie resistente: los impulsores del Centro han anunciado que continuarán con sus actividades en otras instalaciones y buscarán otras fuentes de apoyo. Felicidades por ese entusiasmo.


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jueves, 18 de febrero de 2016

Olas de gravedad

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de febrero de 2016


El jueves pasado, 11 de febrero, la comunidad científica mundial –y, con un poco de retraso, los medios de comunicación– se estremeció por lo que muchos califican de “el descubrimiento científico del siglo” (no sé si lo sea, pero seguro es por lo menos el del año, y probablemente el de la década). El Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO) cumplió con el cometido para el que fue construido: detectar de manera categórica, por primera vez desde que fueron predichas por la teoría general de la relatividad de Einstein, ondas de gravedad.

¿Qué son las ondas gravitacionales, y por qué es importante este descubrimiento? Vamos por partes.

Si el lector estuviera sumergido en una piscina con la cabeza fuera, y alguien arrojara una piedra al agua, podría ver las olas –ondas– que el impacto causaría en la superficie del agua. Si estuviera sumergido y, digamos, un pequeño petardo estallara dentro de la piscina, no vería olas, pero sentiría el golpe tridimensional de las ondas de impacto, que se transmitiría a través de todo el cuerpo de agua.

En ambos casos, las ondas están formadas por agua en movimiento oscilante. Hay otras cosas que se transmiten mediante ondas: el sonido, que también requiere de algún material –gaseoso, líquido o sólido– y la radiación electromagnética, que se transmite en el vacío. Pero las ondas gravitacionales son algo completamente distinto. No son la forma como se transmite la gravedad, sino algo más complejo.

Durante toda su historia, la humanidad pudo observar el universo que nos rodea –estrellas y planetas y galaxias– solamente a través de la luz visible que llega desde ellos hasta nosotros. Primero a simple vista, y luego usando telescopios cada vez más precisos y potentes. En los años 30 del siglo pasado se construyeron los primeros radiotelescopios: telescopios que podían captar otro tipo de radiación electromagnética: las ondas de radio. Más adelante, se construyeron telescopios que captan luz infrarroja, ultravioleta, rayos X y microondas. Cada una de estas “ventanas” que abrimos para estudiar el universo nos ofreció nuevas revelaciones. Pero se trataba siempre de ondas electromagnéticas, aunque de distintas longitudes.

Cuando a principios del siglo XX Albert Einstein propuso su teoría de la relatividad, cambió por completo la manera en que entendemos el espacio, el tiempo y la gravedad. Antes, el espacio y el tiempo se consideraban inmutables, y la gravedad era una fuerza de atracción entre cuerpos. Pero Einstein mostró que la masa de los cuerpos es capaz de deformar lo que él llamó “el espaciotiempo” (pues en su visión el tiempo es una cuarta dimensión equivalente a las tres del espacio; de ahí los extraños fenómenos relativistas en que el espacio y el tiempo se distorsionan). La gravedad es precisamente esa deformación del espaciotiempo causada por la masa.

Entonces, si dos masas muy grandes llegaran, por ejemplo, a chocar, producirían una onda de deformación que se iría expandiendo por todo el espaciotiempo a su alrededor: ondas de gravedad.

El interferómetro de LIGO en
Hanford, estado de Washington
El proyecto estadounidense LIGO se construyó, con un costo de más mil cien millones de dólares durante más de 40 años, justo para detectar estas ondas. Consiste en dos enormes interferómetros: aparatos en que un rayo de luz láser se hace rebotar en espejos a lo largo de dos tubos dispuestos en ángulo recto, como una L. Uno está situado en Washington y otro en Luisiana; cada uno tiene dos brazos de 4 kilómetros de longitud. Si una onda de gravedad pasara por estos lugares, el espacio mismo se deformaría (y no podríamos darnos cuenta). Pero, por ser perpendiculares, dicha deformación sería más notoria en uno de los brazos de los detectores que en el otro. Como las dos ramas del rayo láser se hacen coincidir en el centro, la deformación producida por la onda de gravedad se detectaría porque en lugar de coincidir perfectamente, habría un patrón de interferencia entre los dos rayos de luz. (La interferometría es la misma técnica que se utilizó originalmente, en 1887, para medir con precisión la velocidad de la luz.)

El 14 de septiembre del año pasado, LIGO, cuya sensibilidad le permite detectar cambios en la longitud de sus brazos de una diezmilésima del tamaño de un protón, fue puesto en marcha. Se esperaba que pudiera detectar el choque de pares de estrellas de neutrones que giran una alrededor de otra. Pero halló algo mejor. Casi de inmediato detectó una señal intensa que, al ser analizada, resultó ser producida por el choque de dos enormes agujeros negros, con masas de 36 y 29 veces la del Sol, que giraban alrededor de su centro de gravedad cada vez más rápidamente –250 veces por segundo, al final–, hasta que se fundieron para producir un agujero negro aún más enorme: de 62 masas solares. El proceso duró un quinto de segundo.

¿Y las 3 masas solares faltantes? Se convirtieron en la energía que se propagó en forma de ondas gravitacionales.

El descubrimiento confirma la teoría de Einstein, y revela que existen agujeros negros binarios que giran en pareja. Además, justifica el gasto en el LIGO y asegura que se construirán nuevos y más potentes interferómetros (incluso en el espacio). Pero no sólo eso: constituye una manera totalmente nueva de explorar el universo, ya no a través de ondas electromagnéticas sino gravitacionales. Es, según los expertos, como si hasta ahora la humanidad sólo hubiera tenido ojos, y hoy también gozáramos de oídos.

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miércoles, 10 de febrero de 2016

Papapancho en México


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de febrero de 2016

El próximo viernes por la tarde, como ya todos sabemos, llegará Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, a México.

Los preparativos para su estancia en nuestro país han sido sonados y, en mi opinión, bastante exagerados. Y ha sido ya muy comentado y criticado el dispendio que representan.

Dos ejemplos. Uno, el del Gobierno de la Ciudad de México, al tapizar los espacios públicos de la capital con propaganda pagada con dinero público que da la bienvenida al Papa y le dice que “ésta es su casa”. Y al organizar una ceremonia masiva en el Zócalo para entregarle las llaves de la ciudad (que, según se comenta, normalmente se entregan en una ceremonia discreta en el Palacio de Gobierno). Por no hablar del cierre de calles y estaciones del Metro y Metrobús, la suspensión del paseo ciclista dominical sobre el Paseo de la Reforma (que se llama así, no “Avenida Paseo de la Reforma”) y el cierre de escuelas en el Centro Histórico.

Segundo ejemplo: el del Gobierno de Michoacán, que ha gastado en carísimos anuncios espectaculares, incluso en la Ciudad de México, anunciando que ese estado “recibe con el alma” al pontífice. Además, como reportó ayer Francisco García Davish en Milenio Diario, el uso de dinero del erario estatal para incluir el hashtag #PapaEnMorelia en la camiseta del equipo de futbol Monarcas, lo cual, además de violar la constitución, como todo uso de dinero público para promover eventos religiosos, contraviene también los códigos de ética de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) y de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), que obligan a los equipos de futbol a “mantener una posición neutral ante asuntos de carácter religioso o político”.

Vivimos, hay que recordarlo, en un Estado laico establecido por nuestra Constitución. Dicho laicismo es indispensable, como el especialista en religión Roberto Blancarte se ha cansado de explicar en su columna de los martes en ese mismo diario, para garantizar el trato equitativo del Estado hacia las distintas religiones presentes en el país (que son muchas, aunque la iglesia católica quiera hacer parecer que es la única) y hacia la creciente población no religiosa (de la cual este columnista orgullosamente forma parte).

Se ha tratado de justificar el gasto y promoción de la vista papal argumentando que “se trata de una visita de Estado”. No es así: ya las autoridades eclesiásticas han aclarado que es una visita pastoral. En todo caso, a ningún otro jefe de Estado se le ha dado un trato y una promoción similar, como tampoco –por suerte– a ningún otro líder religioso que haya visitado nuestro país.

El Estado laico y la separación iglesia-Estado son indispensables para cualquier democracia verdadera. En el caso mexicano, se trata también de una necesidad producto de nuestra historia: no olvidemos la guerra civil emprendida de 1926 a 1929 por los cristeros contra el gobierno, en protesta por las reformas para quitarle a la iglesia católica su enorme poder político y económico, y que produjo unos 250 mil muertes (como comparación, la guerra contra el narco entablada durante el gobierno de Felipe Calderón ha producido, de 2007 a la fecha, 185 mil muertos, según reporte de SinEmbargo.com, 6 de febrero de 2016).

El pensamiento religioso, basado en la fe, ha estado siempre reñido con el pensamiento crítico, basado en la evidencia y el razonamiento lógico. La educación religiosa valora el creer en algo sin necesidad de evidencias; el pensamiento crítico enseña a exigir razones para creer en algo. Por ello, la enseñanza de la religión es un obstáculo para el desarrollo del pensamiento crítico que requiere un ciudadano en una democracia –donde se espera que tome decisiones razonadas basadas en evidencia confiable– y para el fomento del pensamiento científico. No en balde el artículo tercero constitucional prohíbe la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y exige una enseñanza basada “en los resultados del progreso científico”.

La visita del Papa Pancho, como cariñosamente le llaman muchos, puede ser un agradable suceso social. Lo preocupante es que sirva para promover una forma de pensamiento que se contrapone al pensamiento crítico que tanta falta hace en nuestro país. Preocupa, sobre todo, que dicha promoción se haga con dinero público de un Estado que, se supone, debiera ser rigurosamente laico.

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miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Embriones a la carta?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de febrero de 2016

Los biólogos moleculares dicen desde los años 70 que hacen “ingeniería genética”, pero la verdad es que más bien se han dedicado a hacer corte y confección con herramientas que ni siquiera han inventado ellos mismos, sino que han tomado prestadas de la naturaleza.

Esto no quiere decir que las también llamadas “técnicas de ADN recombinante” no sean producto de un ingenio y una creatividad enormes. Los investigadores identificaron, aislaron, adaptaron y aprendieron a usar para sus propios fines las enzimas con las que las células cortan, modifican y vuelven a pegar, con precisión molecular, el material genético. Los beneficios de la aplicación de esta tecnología se han manifestado en campos como agricultura, producción de medicamentos, manufactura química e investigación científica.

Pero la habilidad de modificar genes también despertó temores. “Jugar a ser dios” con el material genético de los seres vivos podría tener efectos inesperados. Luego de debates y deliberaciones, se adoptó el consenso de que la modificación genética de seres humanos quedaría prohibida (en algunos países incluso penalmente).

En 2012 las científicas Emmanuelle Charpentier, sueca, y Jennifer Doudna, estadounidense, desarrollaron una nueva y revolucionaria técnica llamada CRISPR-Cas, que permite modificar genes –ya sea inactivándolos, “corregiéndolos” o introduciendo genes nuevos– de manera mucho más precisa, eficaz, sencilla y barata (ya el año pasado comentamos aquí el Premio Princesa de Asturias que recibieron por su desarrollo). La “edición de genomas”, como se le conoce, se volvió rápidamente un herramienta indispensable en los laboratorios. Y nuevamente surge el dilema ético: ¿qué tan aceptable es modificar el genoma humano, ahora que se tiene una herramienta que lo hace mucho más factible?

En abril de 2015 el equipo del científico chino Junjiu Huang anunció que había usado la técnica CRISPR-Cas para introducir una modificación para intentar corregir la enfermedad genética conocida como beta-talasemia, que causa anemia grave que puede ser mortal, en embriones humanos desechados por clínicas de fertilidad. Para tratar de evitar dilemas éticos, se utilizaron sólo embriones inviables, es decir, que no tienen la capacidad de desarrollarse para convertirse en un bebé. Aun así, el experimento –que por cierto tuvo resultados negativos que llevaron a los autores a afirmar que la técnica “no estaba madura” para su uso en humanos– desató una polémica internacional.

Kathy Niakan, del
Instituto Francis Crick, de Londres
Pues bien: el pasado lunes primero de febrero la Autoridad de Embriología y Fertilización (HFEA) del Reino Unido, organismo que regula la investigación en temas de fertilidad, otorgó a la investigadora Kathy Niakan, del Instituto Francis Crick, de Londres, luego de una cuidadosa consideración, un permiso para utilizar CRISPR-Cas para modificar embriones humanos viables. Niakan usará la técnica investigar la función del gen OCT4, que participa, durante las primeras etapas del desarrollo, en la diferenciación de las células que formarán los distintos tipos de tejido que nos constituyen.

La HFEA sólo autorizó el uso de los embriones durante los primeros 14 días de su desarrollo, pasados los cuales tendrán que ser destruidos (el experimento de Nikan, no obstante, sólo durará 7 días). Tampoco se permitirá que sean implantados en mujeres. Los resultados permitirán entender mejor las causas de la infertilidad en parejas. Un fin importante y noble, si tomamos en cuenta que, según datos de Estados Unidos, entre un 6 y un 10 por ciento de las mujeres pueden presentar este problema (en México, una encuesta de 2013 reveló que 3 de cada 10 parejas son infértiles).

Nuevamente, el debate está servido. Principalmente porque, al modificar un embrión, se estaría modificando la línea germinal humana: los cambios genéticos podrían ser transmitidos a la descendencia, si el embrión completara su desarrollo hasta ser adulto y se reprodujera. Estaríamos hablando entonces, ciertamente, de la posibilidad de cambiar el futuro de la especie humana: podrían eliminarse enfermedades hereditarias, pero también se podrían tener efectos no deseados, e incluso se podría usar la técnica con fines poco éticos.

Algunos grupos de científicos están convocando a reuniones internacionales para discutir las implicaciones bioéticas. Otros llaman a una moratoria de toda experimentación con CRISPR-Cas en embriones humanos. Lo cierto es que la posibilidad de editar nuestro genoma está ahí, y probablemente será usada, tarde o temprano, para producir seres humanos modificados.

Es probable, y deseable, que la autorización otorgada a Niakan sirva, como esperan algunos expertos, para alentar un amplio debate que permita que, cuando llegue el momento, esta tecnología se use a nivel global de forma controlada, responsable y segura.

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