domingo, 23 de octubre de 2016

Cerebro y conciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de octubre de 2016

A la memoria de Luis González de Alba,
maestro divulgador de la ciencia

A Luis González de Alba lo apasionaba la ciencia, pero muy especialmente la física. Durante décadas escribió artículos y libros sobre los temas que hallaba fascinantes: relatividad, física cuántica, cosmología.

Y tenía el talento de lograr que nos fascinaran también a sus lectores. Su delicioso volumen El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (Paidós, 2000, republicado por Cal y Arena en 2010 con el menos atractivo título de Maravillas y misterios de la física cuántica) es una clara y muy recomendable muestra.

Otro tema que también le encantaba era el estudio del cerebro humano, y en particular el llamado “problema fuerte de la conciencia”: explicar cómo es que ese kilo y medio de sesos que tenemos dentro del cráneo logra no sólo dar origen a la mente –es decir, a los procesos cognitivos que nos permiten percibir el mundo que nos rodea, interpretarlo y darle sentido para tomar decisiones que nos ayuden a sobrevivir en él–, sino también al sentido subjetivo del yo; a la conciencia. Si la mente es aquello con lo que pensamos, la conciencia es aquello con lo que nos damos cuenta de que pensamos.

Las respuestas al problema de la conciencia tienen una larga historia. Una de las más antiguas y simples es el dualismo, que propone que el yo es en realidad un espíritu inmaterial, un “alma”, que anima al cuerpo al habitarlo. René Descartes, en el siglo XVII, adoptó tal postura y postuló que el sitio a través del cual alma y cuerpo se comunicaban era la glándula pineal (cuya función, hoy sabemos, es secretar la hormona melatonina, que regula los ciclos circadianos que controlan nuestros ritmos de sueño y vigilia).

Sin embargo, la respuesta dualista al problema de la conciencia no resulta satisfactoria. Primero, porque es una explicación sobrenatural que no puede ser puesta a prueba. Segundo, porque realmente no explica nada (¿cómo funciona, de qué está hecho, cómo interactúa ese espíritu con la materia que forma al cuerpo?). Y en tercer lugar, porque la influencia de sustancias químicas como las drogas y el alcohol, que son materia, en el funcionamiento de la conciencia, y el efecto de enfermedades como el mal de Alzheimer y de alteraciones cerebrales diversas, que llegan a destruir o alterar severamente el yo, son evidencia de que sin cerebro no hay conciencia: el “alma” es producto del cerebro (el neurólogo Oliver Sacks, en su maravilloso libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de 1985, proporciona abundantes casos que lo muestran claramente).

El reto es, entonces, explicar de forma natural cómo nuestra sensación de individualidad, nuestro yo, que es lo que nos permite darnos cuenta, con Descartes, de que “pienso, luego existo”, puede surgir del funcionamiento de ese conjunto de 86 mil millones de neuronas conectadas mediante 5 mil ¡billones! de sinapsis. La respuesta no puede ser de un materialismo burdo: decir, por ejemplo, que la mente es sólo átomos (como llegara a afirmar Francis Crick en su libro The astonishing hypothesis (traducido al español como La búsqueda científica del alma, Debate, 1994).

Y ocurre que las respuestas más actuales vienen esencialmente de dos bandos. Uno es el de los físicos, que piensan que debe haber algún tipo de fenómeno desconocido subyacente al funcionamiento cerebral y que explique cómo surge ese fenómeno único que es la conciencia humana. Su principal representante es el famoso físico y matemático inglés Roger Penrose, quien propone en su libro Las sombras de la mente (Crítica, 1992), que la proteína tubulina, que forma los microtúbulos que dan forma a las neuronas, puede presentar transiciones cuánticas que darían origen a la conciencia. Según Penrose, la materia daría origen a la mente y al yo a través de procesos cuánticos “no computables”, es decir, imposibles de reproducir en una computadora, que le permitirían conectar con el mundo platónico de las ideas (lo cual explicaría las asombrosas habilidades de los genios matemáticos que logran captar verdades matemáticas de un solo vistazo).

Los tres mundos propuestos
 por Roger Penrose, conectados
a través de fenómenos cuánticos
Los físicos quieren así encontrar una explicación física (aunque, al menos en la versión de Penrose, también en parte metafísica) para la conciencia. El otro bando, predeciblemente, parte de la biología (biólogos, en particular neurobiólogos, junto con neurofilósofos). Y, también predeciblemente, su explicación es de tipo darwiniano: la mente debe ser producto de un proceso de evolución por selección natural. Quizá quien haya producido el intento más detallado y completo de cómo podría ser una explicación así sea el filósofo estadounidense Daniel Dennett, quien a lo largo de décadas ha desarrollado un modelo (que expuso en su libro La conciencia explicada, Paidós, 1995) que postula que el hardware cerebral es la base material sobre la que se ejecutan múltiples procesos mentales, en numerosísimos niveles, que dan como resultado esa sensación subjetiva de “ser” que llamamos conciencia. Para Dennett el yo sería, entonces, un fenómeno virtual no muy distinto de las realidades virtuales con las que interactuamos cada vez con más frecuencia gracias a la tecnología digital. Sólo que mucho, mucho más complejo. Y, por cierto, nada impediría que, al menos en teoría, tal proceso pudiera ser reproducido en una computadora lo suficientemente avanzada: según Dennett, algún día podríamos tener “conciencias artificiales”.

A González de Alba, con su gusto por la física, la explicación dennetiana le parecía poco convincente y quizá aburrida; le seducía mucho más la propuesta de Penrose, que es más impresionante y deslumbrante… pero, en mi opinión y la de muchos, innecesaria. ¿Para qué invocar misteriosos fenómenos cuánticos y mundos platónicos para algo que puede explicarse con evolución y neurología?

Ambas propuestas son buena ciencia, y sólo la investigación continuada irá discriminando cuál vía de explicación es la mejor. Ambas valen la pena de ser conocidas. Lo importante, y eso es lo que lograba Luis, y lo que seguiremos intentando en este espacio, es compartir la visión del mundo que nos ofrece la ciencia, y la intensa fascinación que nos puede producir.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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