La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Nanotecnología natural: Darwin por todas partes
22-febrero-06
El 12 de febrero se celebró en todo el mundo el Día de Darwin, recordando el cumpleaños de este biólogo nacido en 1809. Aunque en México la celebración todavía no cobra ímpetu, un ensayo premiado y publicado en la revista Science ese fin de semana da pie para celebrar la belleza de la biología.
En él, Ahmet Yildiz describe cómo determinó en forma precisa cómo se mueven algunos de los motores moleculares que se encuentran en las células vivas, como los que permiten el movimiento de los músculos.
Suena raro hablar de motores biológicos; parecería ser dominio de los nanotecnólogos. Pero a pesar de que estos expertos han logrado producir diminutos engranes, mecanismos y motores de un tamaño que se mide en nanómetros (millonésimas de milímetro), nunca han conseguido nada que se acerque a la perfección y complejidad de lo logrado por la evolución darwiniana a lo largo de millones de años de diseño azaroso, del que el mecanismo de selección natural escoge lo que funciona (precisamente porque funciona), mientras desecha irremediablemente lo demás.
Ya hemos hablado en este espacio de los fabulosos nanomotores rotatorios de las membranas de ciertas bacterias, que hacen girar los largos flagelos que usan como hélices para nadar. Los motores moleculares que hallamos en las células eucariontes (que, a diferencia de las bacterias, sí tienen núcleo) y que permiten el movimiento muscular son muy diferentes. Se trata de proteínas que caminan sobre rieles.
Imagine una locomotora de tamaño molecular. Sólo que esta locomotora (la proteína miosina) tiene ruedas por abajo y por arriba. Y corre sobre dos juegos de rieles. O más bien, cuando las ruedas de la locomotora comienzan a girar, son los rieles arriba y debajo de ella los que se desplazan en direcciones opuestas.
Visto desde fuera, las células musculares se acortan: el músculo se contrae. Los rieles, conocidos como microtúbulos, están formados por otra proteína, la actina. Son largas fibras dentro de las células que constituyen su esqueleto interno (o citoesqueleto).
Por supuesto, ésta es una descripción simplificada. En realidad los rieles de actina son muy distintos de los huesos, porque están construyéndose y destruyéndose constantemente según se necesite. Y las locomotoras de miosina no tienen realmente ruedas, sino piernas.
En efecto: cada molécula de miosina tiene varios pares de piernitas moleculares que van caminando sobre los rieles de actina. Hasta hace poco no se sabía si la miosina caminaba a pasos sobre la actina, adelantando una pierna a la otra, como caminamos los humanos, o si más bien se deslizaba como los gusanos medidores (o como lo haría una persona que tuviera una pierna lastimada y la fuera arrastrando a cada paso).
Lo que Yildiz descubrió, gracias a una técnica en que unía una nanométrica perlita fluorescente a una de las piernas y luego medía su movimiento, fue que la miosina efectivamente camina a pasos, no renguea.
Los motores moleculares darwinianos producto de la selección natural caminan como nosotros.
Pero estos fascinantes motores no sólo son darwinianos por haber evolucionado. También lo son por su funcionamiento, como explica George Oster en un ensayo aparecido en mayo de 2002 en la misma Science. Normalmente se supone que es el gasto de energía celular, en forma de la molécula llamada ATP, la que impulsa el avance de la miosina. En realidad, el avance se debe simplemente a la continua fluctuación que todas las moléculas presentan como consecuencia del llamado movimiento browniano (el ATP se gasta para despegar a la miosina luego dar el paso).
A nivel molecular, todo está siempre en movimiento. Las moléculas, como enjambres de abejas volando al azar, siempre se agitan. Es a esta agitación molecular a lo que llamamos calor. Y debido a ella, las piernas de la miosina se zarandean y a veces avanzan, por azar, hacia delante. Entonces entra en acción los mecanismos darwinianos: cuando se produce el movimiento adecuado, la pierna de miosina queda fijada, por un mecanismo molecular, al riel de actina. Esta especie de trinquete molecular (que permite el avance, pero impide el retroceso) convierte la azarosa agitación térmica en movimiento dirigido. La selección a partir del azar, incluso a nivel molecular, se manifiesta en todos los niveles de la vida. ¡Feliz cumpleaños, Darwin!
mbonfil@servidor.unam.mx
Columna semanal divulgación científica de Martín Bonfil Olivera, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, de la UNAM.
miércoles, 22 de febrero de 2006
miércoles, 15 de febrero de 2006
Cómo crucificar a un buen químico
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Cómo crucificar a un buen químico
15-febrero-06
"Encubren en el Cinvestav anomalías de científicos”, informaba antier La Jornada a ocho columnas. ¿Alguna otra vez ha visto usted a la ciencia aparecer en primera plana?
Si este columnista fuera reportero, habría tenido que investigar el asunto y quizá entrevistar a dos o tres personas. Como ésta es una columna de opinión, me limitaré a opinar que me parece injusto el escándalo que algunos medios han armado alrededor del destacado químico mexicano Eusebio Juaristi (a quien, aclaro, no tengo el gusto de conocer).
Fundamentemos la opinión. La historia no es complicada. A lo largo de su trayectoria, el doctor Juaristi, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) del IPN se ha especializado en la llamada síntesis asimétrica, estereoselectiva o quiral. En otras palabras, se ha especializado en hallar métodos para fabricar las moléculas llamadas quirales (del griego cheir, mano), es decir, aquellas que existen en dos versiones: izquierda y derecha, pero buscando la manera de producir sólo una de las dos.
El asunto es importantísimo para la medicina y las industrias alimentaria y farmacéutica, entre otras, pues las moléculas quirales abundan en los sistemas biológicos, donde la diferencia entre la versión izquierda y derecha puede significar la diferencia entre un veneno y un medicamento. Juaristi es un experto internacional en síntesis asimétrica. Su trabajo ha sido reconocido no sólo con diversos premios –entre ellos el de la Organización de Estados Americanos en 1990 y el Nacional de Ciencias en 1998– sino con el respeto y admiración de sus colegas.
En 2003, según reportan Karina Avilés en La Jornada y Nurit Martínez en El Universal (13 de febrero), Juaristi y uno de sus alumnos de doctorado (Omar Muñoz) publicaron en una revista química el reporte de la producción de una sustancia (una amida quiral) que posteriormente usaban para fabricar otras moléculas. Ese mismo año publicaron otros dos artículos en sendas revistas, en los que usaban la misma sustancia.
Lo que ocurrió después pasa de vez en cuando en la investigación científica: se descubrió un error. La reacción para producir la amida quiral no podía repetirse. Ello invalidaba en gran parte los artículos publicados. Debido a esto, Juaristi hizo lo que se supone que debe hacer todo investigador en esa situación: informó del error a las revistas, a sus superiores y a los organismos que lo financiaron.
Resultado: la retractación de los artículos. Como habían sido parte de la tesis de doctorado de Muñoz, una comisión del Cinvestav consideró retirarle el grado de doctor, pero decidió que bastaría con que incluyera una fe de erratas. Y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) está reconsiderando su admisión como miembro.
¿Dónde están los, en palabras de Nurit Martínez, “errores que empañan a la investigación científica”? Los comentarios de ambas reporteras revelan una ignorancia profunda acerca de cómo se lleva a cabo y se evalúa la investigación científica. Yo no sé si haya habido torpeza, descuido, mal control de calidad o incluso un manejo fraudulento en el caso; lo que sí sé es que, una vez descubierto el dato falso o incorrecto, se actuó como lo indican las normas. Inflar el caso presentándolo en primera plana justo el día en que Juaristi fue admitido como miembro de El Colegio Nacional da la impresión de un manejo tendencioso de la nota, impresión que refuerzan algunas frases de los artículos publicados lunes y martes por ambos diarios (“Con indagación fallida consiguen grados, becas y reconocimiento”; “su trayectoria de casi 30 años se ve empañada”; “Visiblemente nervioso, mientras sus ojos se ponían a punto del llanto, Juaristi se quedó mudo”).
El Secretario de Educación ha ofrecido indagar el caso, lo cual está muy bien. Pero es injusto crucificar a quien ha sido calificado repetidamente como “quizá el más notable químico mexicano”. Tal vez las declaraciones del propio Juaristi ayer martes sean el mejor comentario: “como cualquier actividad humana hay ocasiones en las que se cometen errores, pero lo importante (es que) una vez detectados se puede corregir y reportarlos. Lo realmente incorrecto es ocultar la verdad”. Y lo absurdo, añado yo, sería pretender que los científicos nunca se equivocaran.
No se vale. Hay mejores maneras de llevar la ciencia a la primera plana.
Cómo crucificar a un buen químico
15-febrero-06
"Encubren en el Cinvestav anomalías de científicos”, informaba antier La Jornada a ocho columnas. ¿Alguna otra vez ha visto usted a la ciencia aparecer en primera plana?
Si este columnista fuera reportero, habría tenido que investigar el asunto y quizá entrevistar a dos o tres personas. Como ésta es una columna de opinión, me limitaré a opinar que me parece injusto el escándalo que algunos medios han armado alrededor del destacado químico mexicano Eusebio Juaristi (a quien, aclaro, no tengo el gusto de conocer).
Fundamentemos la opinión. La historia no es complicada. A lo largo de su trayectoria, el doctor Juaristi, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) del IPN se ha especializado en la llamada síntesis asimétrica, estereoselectiva o quiral. En otras palabras, se ha especializado en hallar métodos para fabricar las moléculas llamadas quirales (del griego cheir, mano), es decir, aquellas que existen en dos versiones: izquierda y derecha, pero buscando la manera de producir sólo una de las dos.
El asunto es importantísimo para la medicina y las industrias alimentaria y farmacéutica, entre otras, pues las moléculas quirales abundan en los sistemas biológicos, donde la diferencia entre la versión izquierda y derecha puede significar la diferencia entre un veneno y un medicamento. Juaristi es un experto internacional en síntesis asimétrica. Su trabajo ha sido reconocido no sólo con diversos premios –entre ellos el de la Organización de Estados Americanos en 1990 y el Nacional de Ciencias en 1998– sino con el respeto y admiración de sus colegas.
En 2003, según reportan Karina Avilés en La Jornada y Nurit Martínez en El Universal (13 de febrero), Juaristi y uno de sus alumnos de doctorado (Omar Muñoz) publicaron en una revista química el reporte de la producción de una sustancia (una amida quiral) que posteriormente usaban para fabricar otras moléculas. Ese mismo año publicaron otros dos artículos en sendas revistas, en los que usaban la misma sustancia.
Lo que ocurrió después pasa de vez en cuando en la investigación científica: se descubrió un error. La reacción para producir la amida quiral no podía repetirse. Ello invalidaba en gran parte los artículos publicados. Debido a esto, Juaristi hizo lo que se supone que debe hacer todo investigador en esa situación: informó del error a las revistas, a sus superiores y a los organismos que lo financiaron.
Resultado: la retractación de los artículos. Como habían sido parte de la tesis de doctorado de Muñoz, una comisión del Cinvestav consideró retirarle el grado de doctor, pero decidió que bastaría con que incluyera una fe de erratas. Y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) está reconsiderando su admisión como miembro.
¿Dónde están los, en palabras de Nurit Martínez, “errores que empañan a la investigación científica”? Los comentarios de ambas reporteras revelan una ignorancia profunda acerca de cómo se lleva a cabo y se evalúa la investigación científica. Yo no sé si haya habido torpeza, descuido, mal control de calidad o incluso un manejo fraudulento en el caso; lo que sí sé es que, una vez descubierto el dato falso o incorrecto, se actuó como lo indican las normas. Inflar el caso presentándolo en primera plana justo el día en que Juaristi fue admitido como miembro de El Colegio Nacional da la impresión de un manejo tendencioso de la nota, impresión que refuerzan algunas frases de los artículos publicados lunes y martes por ambos diarios (“Con indagación fallida consiguen grados, becas y reconocimiento”; “su trayectoria de casi 30 años se ve empañada”; “Visiblemente nervioso, mientras sus ojos se ponían a punto del llanto, Juaristi se quedó mudo”).
El Secretario de Educación ha ofrecido indagar el caso, lo cual está muy bien. Pero es injusto crucificar a quien ha sido calificado repetidamente como “quizá el más notable químico mexicano”. Tal vez las declaraciones del propio Juaristi ayer martes sean el mejor comentario: “como cualquier actividad humana hay ocasiones en las que se cometen errores, pero lo importante (es que) una vez detectados se puede corregir y reportarlos. Lo realmente incorrecto es ocultar la verdad”. Y lo absurdo, añado yo, sería pretender que los científicos nunca se equivocaran.
No se vale. Hay mejores maneras de llevar la ciencia a la primera plana.
miércoles, 8 de febrero de 2006
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
La ciencia por gusto -
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
Martín Bonfil Olivera
8-febrero-06
Vivimos tiempos terribles: ningún adjetivo menos rotundo puede usarse para describir la actual disputa entre los países islámicos del Oriente Medio y los de la Unión Europea, causados por la publicación de una caricatura de un Mahoma con turbante explosivo que –literalmente– resultó profética. Un simple dibujo –publicado originalmente en Dinamarca, y posteriormente reproducido por diarios de otras naciones– ha provocado incendios en diversas embajadas europeas en países islámicos y la muerte de al menos cinco personas.
El creciente conflicto tiene fondo: la desigualdad entre un Medio Oriente pobre y marginado y un Occidente imperialista y rico. Pero en lo inmediato revela la confrontación entre dos visiones radicalmente opuestas de los principios que deben regir el comportamiento de los ciudadanos. De un lado, valores como democracia, laicismo y libertad de prensa y de crítica; del otro, los valores de una religión tan milenaria y tan valiosa como cualquiera, pero para la que la intolerancia ante las “faltas de respeto” a sus creencias –la representación gráfica de su profeta– está plenamente justificada. ¿Cómo conciliar? ¿Cómo explicarles que si bien su religión puede exigirles cierta conducta, no tienen derecho a querer imponérselas a quienes no compartimos su fe? (Y antes habrá que resolver el problema de qué tanto derecho tenemos a imponer ese valor, por encima de su fundamentalismo).
Mientras tanto, en México, nos estamos dando cuenta de que, no obstante nuestra historia –Leyes de Reforma, Guerra Cristera, separación de Iglesia y Estado– no estamos tan alejados de los fundamentalismos religiosos como quisiéramos creer. La valiente toma de postura del historiador Monsiváis frente al descarado proselitismo de un secretario de Gobernación que se resiste a comportarse como el funcionario laico que está obligado a ser trae el problema al frente del escenario público.
Frente a quien pudiera pensar que la protesta de Monsiváis es exagerada, las respuestas del ala más religiosa y conservadora del país dejan claras las cosas. Monseñor Abascal, con cinismo, tacha tramposamente de fundamentalista a quien protesta contra el fundamentalismo. La jerarquía católica se queja de que quieran “limitarnos y amordazarnos” (MILENIO Diario, 7 de febrero). Y la columnista Paz Fernández Cueto, vocera de lo más rancio del conservadurismo católico, revela sin cortapisas de qué se trata el juego.
En Reforma (3 de febrero), afirma que “...sería inexplicable un orden democrático moderno sin el reconocimiento de una soberanía superior a la del Estado”, y propone que los derechos fundamentales de las personas, “anteriores a cualquier Estado”, “no provienen de la voluntad asociada de los hombres” (con lo cual se lleva de corbata a Thomas Hobbes y al resto de la filosofía política). “Si tal fuera el caso –continúa– podrían ser abolidos ... de acuerdo a la opinión cambiante o al criterio imperante del momento. Si por el contrario esos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de otro origen que algunos llaman divino...”.
¡Ya está! Para acabar con la posibilidad de que alguien cuestione o pretenda cambiar los principios que le gustan a la señora Fernández Cueto, basta con decretar que provienen de Dios. Por tanto, es obligatorio adoptarlos. Lo malo es que lo mismo afirman los prelados islámicos que fomentan las protestas que cimbran a Europa. ¿Cómo decidir entre dos fundamentalismos que afirman tener orígenes divinos?
¿Hay alguna alternativa? Sí: se llama democracia, y curiosamente se apoya en los mismos principios de pensamiento crítico que la ciencia. Como ya afirmaba Carl Sagan en El mundo y sus demonios, “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles...”. Entre ellos destaca el de exigir pruebas y fundamentación racional para lo que se afirma, en vez de pretender que se acepte por el mero hecho de provenir de una autoridad (sea ésta política o religiosa).
Puede argumentarse que, en casos como éste, el pensamiento racional democrático (gemelo del científico) ofrece un fundamento más sólido y natural para buscar soluciones –y para decidir hasta dónde los derechos de unos pueden limitar los de los demás– que los dogmas religiosos. Habrá que ver si es posible convencer de esto a quienes opinan diferente e insisten en dictar cómo debemos pensar y comportarnos los demás.
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
Martín Bonfil Olivera
8-febrero-06
Vivimos tiempos terribles: ningún adjetivo menos rotundo puede usarse para describir la actual disputa entre los países islámicos del Oriente Medio y los de la Unión Europea, causados por la publicación de una caricatura de un Mahoma con turbante explosivo que –literalmente– resultó profética. Un simple dibujo –publicado originalmente en Dinamarca, y posteriormente reproducido por diarios de otras naciones– ha provocado incendios en diversas embajadas europeas en países islámicos y la muerte de al menos cinco personas.
El creciente conflicto tiene fondo: la desigualdad entre un Medio Oriente pobre y marginado y un Occidente imperialista y rico. Pero en lo inmediato revela la confrontación entre dos visiones radicalmente opuestas de los principios que deben regir el comportamiento de los ciudadanos. De un lado, valores como democracia, laicismo y libertad de prensa y de crítica; del otro, los valores de una religión tan milenaria y tan valiosa como cualquiera, pero para la que la intolerancia ante las “faltas de respeto” a sus creencias –la representación gráfica de su profeta– está plenamente justificada. ¿Cómo conciliar? ¿Cómo explicarles que si bien su religión puede exigirles cierta conducta, no tienen derecho a querer imponérselas a quienes no compartimos su fe? (Y antes habrá que resolver el problema de qué tanto derecho tenemos a imponer ese valor, por encima de su fundamentalismo).
Mientras tanto, en México, nos estamos dando cuenta de que, no obstante nuestra historia –Leyes de Reforma, Guerra Cristera, separación de Iglesia y Estado– no estamos tan alejados de los fundamentalismos religiosos como quisiéramos creer. La valiente toma de postura del historiador Monsiváis frente al descarado proselitismo de un secretario de Gobernación que se resiste a comportarse como el funcionario laico que está obligado a ser trae el problema al frente del escenario público.
Frente a quien pudiera pensar que la protesta de Monsiváis es exagerada, las respuestas del ala más religiosa y conservadora del país dejan claras las cosas. Monseñor Abascal, con cinismo, tacha tramposamente de fundamentalista a quien protesta contra el fundamentalismo. La jerarquía católica se queja de que quieran “limitarnos y amordazarnos” (MILENIO Diario, 7 de febrero). Y la columnista Paz Fernández Cueto, vocera de lo más rancio del conservadurismo católico, revela sin cortapisas de qué se trata el juego.
En Reforma (3 de febrero), afirma que “...sería inexplicable un orden democrático moderno sin el reconocimiento de una soberanía superior a la del Estado”, y propone que los derechos fundamentales de las personas, “anteriores a cualquier Estado”, “no provienen de la voluntad asociada de los hombres” (con lo cual se lleva de corbata a Thomas Hobbes y al resto de la filosofía política). “Si tal fuera el caso –continúa– podrían ser abolidos ... de acuerdo a la opinión cambiante o al criterio imperante del momento. Si por el contrario esos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de otro origen que algunos llaman divino...”.
¡Ya está! Para acabar con la posibilidad de que alguien cuestione o pretenda cambiar los principios que le gustan a la señora Fernández Cueto, basta con decretar que provienen de Dios. Por tanto, es obligatorio adoptarlos. Lo malo es que lo mismo afirman los prelados islámicos que fomentan las protestas que cimbran a Europa. ¿Cómo decidir entre dos fundamentalismos que afirman tener orígenes divinos?
¿Hay alguna alternativa? Sí: se llama democracia, y curiosamente se apoya en los mismos principios de pensamiento crítico que la ciencia. Como ya afirmaba Carl Sagan en El mundo y sus demonios, “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles...”. Entre ellos destaca el de exigir pruebas y fundamentación racional para lo que se afirma, en vez de pretender que se acepte por el mero hecho de provenir de una autoridad (sea ésta política o religiosa).
Puede argumentarse que, en casos como éste, el pensamiento racional democrático (gemelo del científico) ofrece un fundamento más sólido y natural para buscar soluciones –y para decidir hasta dónde los derechos de unos pueden limitar los de los demás– que los dogmas religiosos. Habrá que ver si es posible convencer de esto a quienes opinan diferente e insisten en dictar cómo debemos pensar y comportarnos los demás.
miércoles, 1 de febrero de 2006
La utilidad de lo inútil
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
La utilidad de lo inútil
1-febrero-06
En días pasados Román Revueltas Retes, en una penetrante serie de colaboraciones titulada “Nostalgia de lo maravilloso”, reflexionaba en este diario sobre la capacidad de los seres humanos para dejarnos engañar por todo tipo de creencias que encarnan esa cómoda y reconfortante forma de pensar llamada pensamiento mágico. Y aventuraba la interesante hipótesis de que muchas veces creemos en milagros, magia, poderes extrasensoriales, medicinas alternativas y demás formas de acercarnos a lo maravilloso debido a que “la ilusión de estos prodigios nos permite trascender, así sea por unos momentos, la brutal realidad del mundo material”, con sus problemas, miedos, limitaciones y (sobre todo) decepciones.
Pero más adelante lanzaba un curioso y pesimista reto al lector: “Pero, corre, ve y dile a los creyentes que tomar esas píldoras azucaradas es tan inútil como ingerir los placebos; comunícale a un adicto a la medicina naturista que en cuanto le detecten un cáncer más le vale salir corriendo para que le administren una dosis masiva de fármacos de laboratorio; notifícale a un fanático de la ecología que los cultivos transgénicos son exactamente iguales a los que la propia naturaleza ha modificado genéticamente a lo largo del tiempo; avísale a una supersticiosa que llevar un cuarzo anudado en el pescuezo es como llevar una obsidiana o una argolla de cobre o un eslabón de carey. Hazlo. A ver cómo te va”.
Tiene razón Revueltas: jugar el papel de escéptico es la receta perfecta para acabar etiquetado como eterno aguafiestas, cuando no de intolerante, cerrado y fundamentalista. Pero la verdad es que cuesta mucho quedarse callado ante tantos engaños. Ante charlatanes que, utilizando argumentos deshilvanados y muchas veces incoherentes, logran sin embargo engañar fácilmente a un público ansioso de consumir amuletos, píldoras o artefactos milagrosos que garantizan arreglar su vida, eliminar esos kilos de más, atraer el amor, el dinero o la salud, y tantas otras cosas.
Y es que el problema es que, más allá de la posibilidad lógica –siempre existente– de que quizá algunas de estas creencias alternativas pudieran tener alguna base (quizá sí existan vibraciones imperceptibles que afectan nuestra salud; quizá no sean las bacterias sino desequilibrios en los humores corporales los que causan tal o cual enfermedad; quizá los imanes o los cuarzos sí logren desviar la energía negativa –por más que los científicos digan que la energía no es ni negativa ni positiva–; quizá una sustancia terapéutica aumente su poder conforme esté más diluida; quizá los astros sí afectan nuestras vidas; quizá los extraterrestres sí nos estén observando detrás de las nubes –o de los postes de Mérida–); más allá de esa lejana posibilidad, digo, lo cierto es que ante la más que comprobada efectividad y precisión de las predicciones basadas en el conocimiento científico (las vacunas sí protegen al 99 por ciento de la población; el satélite artificial sí logra colocarse precisamente en la órbita prevista; las ondas de radio o el rayo láser sí nos permiten transmitir información a distancia y escuchar música en nuestro hogar sin que haya músicos presentes; la ingeniería genética sí produce nuevas variedades de trigo más resistentes o nutritivas...) cuesta mucho quedarse callado y no tomar partido por la ciencia cuando ve uno que se está engañando al prójimo ofreciéndole curas milagrosas.
Y tiene también razón Revueltas en su conclusión pesimista: no tiene mucho caso tratar de convencer a los creyentes en el pensamiento mágico. Pero quisiera añadir algo: hay otro sentido, menos inmediato, en que la empresa de difundir el pensamiento científico –que necesaria e inevitablemente se opone, tarde o temprano, al pensamiento mágico–, vale indudablemente la pena.
Y curiosamente, para alguien que proviene de las artes, como el violinista Revueltas, seguramente resultará familiar. Se trata del sentido que tiene promover la ciencia no como generadora de tecnología, o de soluciones a problemas particulares, sino como uno de los productos más refinados de la cultura humana. Quizá el verdadero motivo por el que vale la pena promover la visión del mundo que ofrece la ciencia es la misma por la que vale la pena celebrar el año de Mozart y compartir su música. Ya decidirá cada quien si prefiere escucharla o quedarse únicamente con lo que ofrece la música grupera.
La utilidad de lo inútil
1-febrero-06
En días pasados Román Revueltas Retes, en una penetrante serie de colaboraciones titulada “Nostalgia de lo maravilloso”, reflexionaba en este diario sobre la capacidad de los seres humanos para dejarnos engañar por todo tipo de creencias que encarnan esa cómoda y reconfortante forma de pensar llamada pensamiento mágico. Y aventuraba la interesante hipótesis de que muchas veces creemos en milagros, magia, poderes extrasensoriales, medicinas alternativas y demás formas de acercarnos a lo maravilloso debido a que “la ilusión de estos prodigios nos permite trascender, así sea por unos momentos, la brutal realidad del mundo material”, con sus problemas, miedos, limitaciones y (sobre todo) decepciones.
Pero más adelante lanzaba un curioso y pesimista reto al lector: “Pero, corre, ve y dile a los creyentes que tomar esas píldoras azucaradas es tan inútil como ingerir los placebos; comunícale a un adicto a la medicina naturista que en cuanto le detecten un cáncer más le vale salir corriendo para que le administren una dosis masiva de fármacos de laboratorio; notifícale a un fanático de la ecología que los cultivos transgénicos son exactamente iguales a los que la propia naturaleza ha modificado genéticamente a lo largo del tiempo; avísale a una supersticiosa que llevar un cuarzo anudado en el pescuezo es como llevar una obsidiana o una argolla de cobre o un eslabón de carey. Hazlo. A ver cómo te va”.
Tiene razón Revueltas: jugar el papel de escéptico es la receta perfecta para acabar etiquetado como eterno aguafiestas, cuando no de intolerante, cerrado y fundamentalista. Pero la verdad es que cuesta mucho quedarse callado ante tantos engaños. Ante charlatanes que, utilizando argumentos deshilvanados y muchas veces incoherentes, logran sin embargo engañar fácilmente a un público ansioso de consumir amuletos, píldoras o artefactos milagrosos que garantizan arreglar su vida, eliminar esos kilos de más, atraer el amor, el dinero o la salud, y tantas otras cosas.
Y es que el problema es que, más allá de la posibilidad lógica –siempre existente– de que quizá algunas de estas creencias alternativas pudieran tener alguna base (quizá sí existan vibraciones imperceptibles que afectan nuestra salud; quizá no sean las bacterias sino desequilibrios en los humores corporales los que causan tal o cual enfermedad; quizá los imanes o los cuarzos sí logren desviar la energía negativa –por más que los científicos digan que la energía no es ni negativa ni positiva–; quizá una sustancia terapéutica aumente su poder conforme esté más diluida; quizá los astros sí afectan nuestras vidas; quizá los extraterrestres sí nos estén observando detrás de las nubes –o de los postes de Mérida–); más allá de esa lejana posibilidad, digo, lo cierto es que ante la más que comprobada efectividad y precisión de las predicciones basadas en el conocimiento científico (las vacunas sí protegen al 99 por ciento de la población; el satélite artificial sí logra colocarse precisamente en la órbita prevista; las ondas de radio o el rayo láser sí nos permiten transmitir información a distancia y escuchar música en nuestro hogar sin que haya músicos presentes; la ingeniería genética sí produce nuevas variedades de trigo más resistentes o nutritivas...) cuesta mucho quedarse callado y no tomar partido por la ciencia cuando ve uno que se está engañando al prójimo ofreciéndole curas milagrosas.
Y tiene también razón Revueltas en su conclusión pesimista: no tiene mucho caso tratar de convencer a los creyentes en el pensamiento mágico. Pero quisiera añadir algo: hay otro sentido, menos inmediato, en que la empresa de difundir el pensamiento científico –que necesaria e inevitablemente se opone, tarde o temprano, al pensamiento mágico–, vale indudablemente la pena.
Y curiosamente, para alguien que proviene de las artes, como el violinista Revueltas, seguramente resultará familiar. Se trata del sentido que tiene promover la ciencia no como generadora de tecnología, o de soluciones a problemas particulares, sino como uno de los productos más refinados de la cultura humana. Quizá el verdadero motivo por el que vale la pena promover la visión del mundo que ofrece la ciencia es la misma por la que vale la pena celebrar el año de Mozart y compartir su música. Ya decidirá cada quien si prefiere escucharla o quedarse únicamente con lo que ofrece la música grupera.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 25 de enero de 2006
Geometría innata
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Geometría innata
25-enero-06
¿Cómo aprendemos geometría? ¿En los libros? ¿O nacemos sabiéndola?
Antes de responder piénselo dos veces. La geometría es importante; puede ser cuestión de supervivencia. ¿Sería posible que cualquier animal pudiera moverse por el mundo sin conocer algunos de sus principios básicos? ¿Podría un cazador primitivo lanzar una flecha y acertar a su blanco sin cierta comprensión intuitiva de conceptos como líneas, ángulos, trayectorias..?
Sócrates, 400 años antes de nuestra era, pensaba que cualquier persona poseía ya el conocimiento de ésta y otras ciencias, y que lo único que se necesitaba era hacer las preguntas correctas para que tal conocimiento innato se manifestara. Platón, años más tarde, estaba convencido de que las formas geométricas existían en un mundo ideal; los humanos, a través de sus manifestaciones materiales imperfectas, podíamos tener acceso a ellas. Y alrededor del 300 antes de Cristo Euclides derivó todo el conocimiento geométrico partiendo de cinco proposiciones autoevidentes (sus famosos cinco postulados), que nadie en su sano juicio podría negar (bueno, al menos cuatro de ellos… el quinto no es tan evidente). ¿Será cierto que ya traemos cierto conocimiento geométrico de fábrica, o será más bien tenemos que aprenderlo?
La semana pasada la revista Science publicó los resultados de una interesante investigación que busca aclarar precisamente esta cuestión. El estudio, encabezado por Stanislas Dehaene, del Colegio de Francia, consistió en estudiar a niños y adultos de una tribu del Amazonas –los mundurukú– para comparar sus intuiciones geométricas con las de niños y adultos estadunidenses.
Los mundurukú viven aislados y su lenguaje no incluye palabras para expresar conceptos geométricos; cabría esperar que tuvieran dificultades para adquirir culturalmente dichos conceptos. Como no tienen acceso a medios de comunicación, enseñanza escolar, ni a instrumentos como reglas o compases, son buenos sujetos para investigar la posible presencia de conceptos geométricos innatos.
Los experimentos consistían en mostrar a los sujetos varios conjuntos de seis imágenes, de las cuales cinco compartían alguna característica geométrica (líneas paralelas o convergentes, líneas rectas o curvas, abiertas o cerradas, diversos ángulos o formas geométricas) y una era distinta. Se les pedía que señalaran la que era diferente, rara o fea. Los resultados fueron muy claros: tanto niños y adultos mundurukú como niños estadunidenses obtenían alrededor de dos terceras partes de aciertos (los adultos estadunidenses obtenían más aciertos, como era de esperarse, pues han tenido una educación escolar).
En otro experimento, más elaborado, se escondía un objeto en una de tres cajas, las cuales eran colocadas con cierta relación geométrica en un área marcada. A los sujetos se les proporcionaba un mapa que mostraba la caja que contenía el objeto; si lograban interpretar el mapa –lo cual requería el uso de conceptos geométricos–, aumentaban sus posibilidades de hallar el objeto. Nuevamente, los mundurukú obtuvieron la misma puntuación que los niños estadunidenses en las pruebas.
¿Conclusiones? Según Dehaene y sus colaboradores, “nuestros resultados proporcionan evidencia de la existencia de intuiciones geométricas en ausencia de educación escolar, experiencia con símbolos gráficos o mapas, o un lenguaje rico en términos geométricos”, y esto indica, añaden, que “los conceptos geométricos básicos… son un constituyente universal de la mente humana”.
Desde un punto de vista evolutivo, tal conclusión tiene mucho sentido. Es natural que las intuiciones geométricas básicas hayan ido desarrollándose a lo largo de la evolución, y que hayan proporcionado una ventaja evolutiva a las especies que las tienen.
Si los hallazgos se confirman (hay quien piensa que el estudio midió simplemente la capacidad general de razonamiento), ¿cuál es el siguiente paso? Investigar si estos conceptos innatos están también presentes en los bebés, o bien averiguar a qué edad se desarrollan. Será también muy interesante –y todo un reto– ver si están presentes, por ejemplo, en nuestros primos más cercanos, los chimpancés.
Quizá, gracias a estudios como éstos, la eterna disyuntiva entre natura y cultura deje de ser un campo de especulaciones para convertirse en un área sobre la que tengamos conocimiento confiable y comprobable.
Aunque claro, no faltará quien piense que aspirar a esto es como buscarle la cuadratura al círculo.
Geometría innata
25-enero-06
¿Cómo aprendemos geometría? ¿En los libros? ¿O nacemos sabiéndola?
Antes de responder piénselo dos veces. La geometría es importante; puede ser cuestión de supervivencia. ¿Sería posible que cualquier animal pudiera moverse por el mundo sin conocer algunos de sus principios básicos? ¿Podría un cazador primitivo lanzar una flecha y acertar a su blanco sin cierta comprensión intuitiva de conceptos como líneas, ángulos, trayectorias..?
Sócrates, 400 años antes de nuestra era, pensaba que cualquier persona poseía ya el conocimiento de ésta y otras ciencias, y que lo único que se necesitaba era hacer las preguntas correctas para que tal conocimiento innato se manifestara. Platón, años más tarde, estaba convencido de que las formas geométricas existían en un mundo ideal; los humanos, a través de sus manifestaciones materiales imperfectas, podíamos tener acceso a ellas. Y alrededor del 300 antes de Cristo Euclides derivó todo el conocimiento geométrico partiendo de cinco proposiciones autoevidentes (sus famosos cinco postulados), que nadie en su sano juicio podría negar (bueno, al menos cuatro de ellos… el quinto no es tan evidente). ¿Será cierto que ya traemos cierto conocimiento geométrico de fábrica, o será más bien tenemos que aprenderlo?
La semana pasada la revista Science publicó los resultados de una interesante investigación que busca aclarar precisamente esta cuestión. El estudio, encabezado por Stanislas Dehaene, del Colegio de Francia, consistió en estudiar a niños y adultos de una tribu del Amazonas –los mundurukú– para comparar sus intuiciones geométricas con las de niños y adultos estadunidenses.
Los mundurukú viven aislados y su lenguaje no incluye palabras para expresar conceptos geométricos; cabría esperar que tuvieran dificultades para adquirir culturalmente dichos conceptos. Como no tienen acceso a medios de comunicación, enseñanza escolar, ni a instrumentos como reglas o compases, son buenos sujetos para investigar la posible presencia de conceptos geométricos innatos.
Los experimentos consistían en mostrar a los sujetos varios conjuntos de seis imágenes, de las cuales cinco compartían alguna característica geométrica (líneas paralelas o convergentes, líneas rectas o curvas, abiertas o cerradas, diversos ángulos o formas geométricas) y una era distinta. Se les pedía que señalaran la que era diferente, rara o fea. Los resultados fueron muy claros: tanto niños y adultos mundurukú como niños estadunidenses obtenían alrededor de dos terceras partes de aciertos (los adultos estadunidenses obtenían más aciertos, como era de esperarse, pues han tenido una educación escolar).
En otro experimento, más elaborado, se escondía un objeto en una de tres cajas, las cuales eran colocadas con cierta relación geométrica en un área marcada. A los sujetos se les proporcionaba un mapa que mostraba la caja que contenía el objeto; si lograban interpretar el mapa –lo cual requería el uso de conceptos geométricos–, aumentaban sus posibilidades de hallar el objeto. Nuevamente, los mundurukú obtuvieron la misma puntuación que los niños estadunidenses en las pruebas.
¿Conclusiones? Según Dehaene y sus colaboradores, “nuestros resultados proporcionan evidencia de la existencia de intuiciones geométricas en ausencia de educación escolar, experiencia con símbolos gráficos o mapas, o un lenguaje rico en términos geométricos”, y esto indica, añaden, que “los conceptos geométricos básicos… son un constituyente universal de la mente humana”.
Desde un punto de vista evolutivo, tal conclusión tiene mucho sentido. Es natural que las intuiciones geométricas básicas hayan ido desarrollándose a lo largo de la evolución, y que hayan proporcionado una ventaja evolutiva a las especies que las tienen.
Si los hallazgos se confirman (hay quien piensa que el estudio midió simplemente la capacidad general de razonamiento), ¿cuál es el siguiente paso? Investigar si estos conceptos innatos están también presentes en los bebés, o bien averiguar a qué edad se desarrollan. Será también muy interesante –y todo un reto– ver si están presentes, por ejemplo, en nuestros primos más cercanos, los chimpancés.
Quizá, gracias a estudios como éstos, la eterna disyuntiva entre natura y cultura deje de ser un campo de especulaciones para convertirse en un área sobre la que tengamos conocimiento confiable y comprobable.
Aunque claro, no faltará quien piense que aspirar a esto es como buscarle la cuadratura al círculo.
miércoles, 18 de enero de 2006
Cómo tratar a los charlatanes
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
Cómo tratar a los charlatanes
18-enero-06
Charlantes hay en todos lados: desde el que nos pregunta dónde quedó la bolita hasta el que nos quiere vender champú con ADN de canguro para que nuestro cabello brille más.
El problema es que algunos se hacen pasar por científicos, y entonces no es tan fácil ignorarlos o darles la vuelta. Se impone algún tipo de respuesta, sin darles a la vez la oportunidad de aprovechar su popularidad para ponerlo a uno en ridículo como un "científico intolerante y dogmático". Cosa que sucede con bastante frecuencia cuando charlatanes y científicos se enfrentan en debates televisivos: los científicos acaban siendo los aguafiestas que no quieren aceptar que existen "otras visiones" de la realidad (y es que tales visiones sí que existen, sólo que no son científicas).
MILENIO Diario reportó ayer un magnífico ejemplo (aunque quizá involuntario) de cómo se puede tratar a los charlatanes más burdos: pitorreándose de ellos. Se trata de unos muchachos yucatecos que planearon un pequeño engaño para burlarse y quizá aprovecharse de Jaime Maussan, el conocido "experto" en el llamado fenómeno OVNI (es decir, la creencia de que cuando vemos una luz o un puntito en el cielo y no sabemos qué es, ello constituye prueba "científica" de que nos visitan civilizaciones extraterrestres).
Maussan es bien conocido por presentar videos o fotos de objetos borrosos, mal iluminados y provenientes de fuentes poco confiables, y a continuación afirmar que son pruebas contundentes de la presencia de extraterrestres en nuestro planeta. También acostumbra tachar a todo aquel que cuestione sus "pruebas" de dogmático y cerrado. Lo que lograron los jovencitos yucatecos, que según MILENIO sólo pretendían "sacarle una lana" a Maussán, fue demostrar lo poco confiable de sus criterios.
Para ello utilizaron un teléfono celular con cámara y una máscara de hule comprada en un carnaval en Mérida. La filmación muestra a un supuesto extraterrestre que se oculta ("desaparece", según Maussán) detrás de un poste. ¿Precario? Quizá, pero el pez mordió el anzuelo: "La evidencia extraterrestre" fue transmitida por Televisa durante la pasada edición del programa Otro rollo, que conduce Adal Ramones", reporta MILENIO.
La estrategia de caballo de Troya de estos jóvenes ha sido usada en muchas ocasiones para demostrar la poca credibilidad de algún charlatán. Pero no siempre se puede tratar así al enemigo: hay ocasiones en que uno no puede simplemente pitorrearse, y se hace necesario buscar tácticas más elegantes. Es lo que hizo la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés) para dar cachetada con guante blanco a los extremistas religiosos que insisten en introducir visiones creacionistas en las clases de biología en los Estados Unidos (disfrazadas, claro, con el ropaje seudocientífico de la teoría del "diseño inteligente").
En su edición del pasado 23 de diciembre Science, la revista de la asociación, publicó su nombramiento del "avance científico del año", distinción que otorgó nada menos que a la evolución.
Aunque no precisamente a la teoría formulada por Charles Darwin, la cual después de todo está por cumplir 150 años (se publicó en 1959). Más bien, Science eligió reconocer a una serie de investigaciones de lo más variado que muestran que los científicos están pudiendo estudiar a la evolución en vivo y en "tiempo real", gracias a las nuevas herramientas moleculares con que cuentan.
Y es que el auge de la genómica ha permitido realizar estudios que en tiempos anteriores eran sólo teoría, como la famosa comparación entre el genoma del chimpancé "nuestro pariente evolutivo más cercano" y el humano; pronto podremos estudiar, por ejemplo, qué genes hacen que un cerebro humano sea diferente del de un simio, o qué genes nos hacen susceptibles a enfermedades como la hepatitis o el Sida, al que nuestros primos son inmunes. También se está estudiando a nivel genético, en peces, insectos y aves, cómo se producen nuevas especies: una población va divergiendo poco a poco hasta formar especies separadas.
En otras palabras, la AAAS, al premiar a la evolución, muestra que algo que los científicos estudian a diario no puede ser "sólo una teoría". Una manera elegante de cerrar la boca a los charlatanes creacionistas. Aunque a veces se antojaría más tratarlos como a Maussan: mostrando lo ridículos que pueden ser.
Martín Bonfil Olivera
Cómo tratar a los charlatanes
18-enero-06
Charlantes hay en todos lados: desde el que nos pregunta dónde quedó la bolita hasta el que nos quiere vender champú con ADN de canguro para que nuestro cabello brille más.
El problema es que algunos se hacen pasar por científicos, y entonces no es tan fácil ignorarlos o darles la vuelta. Se impone algún tipo de respuesta, sin darles a la vez la oportunidad de aprovechar su popularidad para ponerlo a uno en ridículo como un "científico intolerante y dogmático". Cosa que sucede con bastante frecuencia cuando charlatanes y científicos se enfrentan en debates televisivos: los científicos acaban siendo los aguafiestas que no quieren aceptar que existen "otras visiones" de la realidad (y es que tales visiones sí que existen, sólo que no son científicas).
MILENIO Diario reportó ayer un magnífico ejemplo (aunque quizá involuntario) de cómo se puede tratar a los charlatanes más burdos: pitorreándose de ellos. Se trata de unos muchachos yucatecos que planearon un pequeño engaño para burlarse y quizá aprovecharse de Jaime Maussan, el conocido "experto" en el llamado fenómeno OVNI (es decir, la creencia de que cuando vemos una luz o un puntito en el cielo y no sabemos qué es, ello constituye prueba "científica" de que nos visitan civilizaciones extraterrestres).
Maussan es bien conocido por presentar videos o fotos de objetos borrosos, mal iluminados y provenientes de fuentes poco confiables, y a continuación afirmar que son pruebas contundentes de la presencia de extraterrestres en nuestro planeta. También acostumbra tachar a todo aquel que cuestione sus "pruebas" de dogmático y cerrado. Lo que lograron los jovencitos yucatecos, que según MILENIO sólo pretendían "sacarle una lana" a Maussán, fue demostrar lo poco confiable de sus criterios.
Para ello utilizaron un teléfono celular con cámara y una máscara de hule comprada en un carnaval en Mérida. La filmación muestra a un supuesto extraterrestre que se oculta ("desaparece", según Maussán) detrás de un poste. ¿Precario? Quizá, pero el pez mordió el anzuelo: "La evidencia extraterrestre" fue transmitida por Televisa durante la pasada edición del programa Otro rollo, que conduce Adal Ramones", reporta MILENIO.
La estrategia de caballo de Troya de estos jóvenes ha sido usada en muchas ocasiones para demostrar la poca credibilidad de algún charlatán. Pero no siempre se puede tratar así al enemigo: hay ocasiones en que uno no puede simplemente pitorrearse, y se hace necesario buscar tácticas más elegantes. Es lo que hizo la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés) para dar cachetada con guante blanco a los extremistas religiosos que insisten en introducir visiones creacionistas en las clases de biología en los Estados Unidos (disfrazadas, claro, con el ropaje seudocientífico de la teoría del "diseño inteligente").
En su edición del pasado 23 de diciembre Science, la revista de la asociación, publicó su nombramiento del "avance científico del año", distinción que otorgó nada menos que a la evolución.
Aunque no precisamente a la teoría formulada por Charles Darwin, la cual después de todo está por cumplir 150 años (se publicó en 1959). Más bien, Science eligió reconocer a una serie de investigaciones de lo más variado que muestran que los científicos están pudiendo estudiar a la evolución en vivo y en "tiempo real", gracias a las nuevas herramientas moleculares con que cuentan.
Y es que el auge de la genómica ha permitido realizar estudios que en tiempos anteriores eran sólo teoría, como la famosa comparación entre el genoma del chimpancé "nuestro pariente evolutivo más cercano" y el humano; pronto podremos estudiar, por ejemplo, qué genes hacen que un cerebro humano sea diferente del de un simio, o qué genes nos hacen susceptibles a enfermedades como la hepatitis o el Sida, al que nuestros primos son inmunes. También se está estudiando a nivel genético, en peces, insectos y aves, cómo se producen nuevas especies: una población va divergiendo poco a poco hasta formar especies separadas.
En otras palabras, la AAAS, al premiar a la evolución, muestra que algo que los científicos estudian a diario no puede ser "sólo una teoría". Una manera elegante de cerrar la boca a los charlatanes creacionistas. Aunque a veces se antojaría más tratarlos como a Maussan: mostrando lo ridículos que pueden ser.
miércoles, 11 de enero de 2006
Bacterias y sorpresas en los tiempos del cólera
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Bacterias y sorpresas en los tiempos del cólera
Miércoles 11-enero.
Una de las características más interesantes —aunque también más desesperantes— de la ciencia es que el conocimiento que nos proporciona se halla en constante cambio. Esto quiere decir que lo que uno sabe puede dejar de ser válido de un momento a otro… pero también que en cualquier momento puede uno encontrar sorpresas.
Recientemente un artículo publicado en la revista Nature (16 de diciembre) proporciona justo un ejemplo de este tipo de novedades: se trata de la conexión que existe entre la ecología, la genética y la fisiología de la bacteria causante del cólera (Vibrio cholerae) y la presencia de un compuesto llamado quitina en el agua de mar.
La quitina es el polímero más abundante en la naturaleza, después de la celulosa (en el mar, es el número uno). Usted la conoce bien, porque es uno de los componentes principales de los caparazones de insectos y crustáceos. Cuando uno pela un camarón (o una langosta, si hay más suerte), o bien cuando aplasta a una cucaracha, lo que truena es precisamente esa “cáscara” rígida, que los expertos denominan exoesqueleto (pues estos animales no tienen huesos, y es el caparazón de quitina lo que les da rigidez a sus cuerpos).
Los polímeros son moléculas gigantescas, formadas por la unión de miles de moléculas más pequeñas conocidas como monómeros. Todos los plásticos son polímeros, aunque artificiales. La celulosa, que forma la pared rígida que rodea a las células vegetales —la madera está hecha principalmente de celulosa, al igual que el papel, el algodón y muchos otros productos vegetales— es, como decíamos, el que más abunda en la naturaleza. Se dice que es un polisacárido, pues está formada por millones de unidades del azúcar glucosa (es curioso pensarlo: tanto la madera como la ropa de algodón están hechas, en gran medida, ¡de azúcar! Si no podemos sentir su sabor es porque las moléculas individuales están presas en las largas cadenas ramificadas de celulosa). La quitina está también formada por un azúcar, aunque un poco más complicada (llamada, por si sentía usted curiosidad, N-acetilglucosamina).
Pues bien: se ha descubierto que la bacteria del cólera, que normalmente vive en el mar —de donde sale de vez en cuando a causar epidemias en tierra firme— no simplemente se la pasa nadando por ahí, sino que suele proliferar en donde hay quitina (es decir, en donde haya plancton, crustáceos, algas u hongos, todos los cuales contienen este polisacárido).
De hecho, a diferencia de lo que se pensaba hasta hace unos años, hoy se sabe que muchas bacterias, más que la vida libre, prefieren vivir en comunidades compactas llamadas biofilmes o biopelículas, en las que las bacterias se establecen, normalmente junto con otras especies de microorganismos, sobre alguna superficie (una roca, el caparazón de un crustáceo, nuestros dientes —la placa dental es un biofilme). La película se mantiene unida gracias a sustancias adhesivas que segregan las mismas bacterias.La formación de biofilmes favorece el desarrollo de las bacterias. Pero lo novedoso es que se ha descubierto que cuando V. cholerae los forma en presencia de quitina, por ejemplo al crecer sobre las conchas de pequeños crustáceos, se activa otra interesante capacidad oculta de esta bacteria: la de intercambiar información genética con sus congéneres y la de tomar el material genético (ADN) que otras bacterias hayan liberado al medio —por ejemplo al morir— e incorporarlo a su propio genoma.
¿Cuál es la utilidad de este intercambio genético favorecido por la quitina? La misma que tiene el sexo en los organismos que lo presentan: aumentar las posibilidades de supervivencia de la bacteria al poner a su disposición nuevos genes que le pueden resultar útiles en condiciones adversas. Muchos de los genes que le proporcionan a V. cholerae la capacidad de ser resistente a antibióticos se adquieren de esta forma.
De modo que bioquímica, genética, ecología y salud se ven unidas por un polisacárido, la quitina: los biofilmes formados sobre esta sustancia aumentan las capacidades de supervivencia de V. cholerae. Uno nunca puede saber dónde surgirán nuevas conexiones inesperadas en el mundo natural, ni cuándo el avance de la ciencia nos las revelará. En ciencia, las sorpresas nunca se acaban.
miércoles, 4 de enero de 2006
Curiosidades de Año Nuevo
Milenio Diario-Enero 4, 2006
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Curiosidades de Año Nuevo
El Año Nuevo es buena ocasión para formular propósitos, hacer listas de logros, enviar deseos a los amigos... y también para ver muchas tonterías en la televisión.
Este año, por ejemplo, amén de soportar las predicciones astrológicas –siempre vagas y frívolas, y nunca acompañadas de una sana evaluación de cuántas de las del año pasado efectivamente se cumplieron–, pude enterarme de que por sólo unos cientos de pesos puedo comprar el “cirio de la abundancia”, debidamente ritualizado, activado y listo para usarse (“¡enciéndalo con cerillos de madera, nunca con encendedor!”). También de que para tener un buen año hay que tomar una llave y engarzarla en un listón rojo al que se le deben hacer varios nudos. Y aprendí que la baba de caracol (!) es lo mejor que existe para prevenir las arrugas y eliminar el acné, gracias a su alto contenido de alantoína (el último compuesto de moda, luego de la melatonina, la creatinina y tantos otros…)
Si piensa usted que a continuación voy a decir que en el riguroso mundo de la ciencia no se encuentran este tipo de cosas ridículas, tengo sorpresas. Más allá del fraude clonatorio comentado aquí el año pasado –hace una semana–, los mejores ejemplos los halla uno en la entrega de los premios Ig Nobel, una especie de Nobel alternativos y humorísticos, pero verídicos, que se entregan cada octubre para reconocer investigaciones que no pueden –o no merecen– ser reproducidas.
No había podido comentar aquí los del año pasado: el de física lo ganaron, por ejemplo, dos científicos de la Universidad de Queensland, Australia, por haber monitoreado desde 1927 gotas de brea que caen por un embudo al ritmo de una cada 9 años, con el fin de demostrar sin lugar a dudas que se trata de un líquido, y no de un sólido, como aparenta. El premio de química lo recibieron investigadores de la Universidad de Minesota por demostrar que se puede nadar igual de rápido en jarabe de goma guar (un espesante para alimentos) que en agua. El Ig Nobel de dinámica de fluidos se otorgó a un equipo trinacional que calculó la presión que acumula el intestino de los pingüinos para expulsar su excremento a 40 centímetros de sus nidos (respuesta: unas 8 veces la presión de los intestinos humanos). El de biología lo ganó otro equipo internacional por identificar los olores particulares que exudan 131 especies de ranas cuando se estresan. Y el de la paz (mi favorito) se otorgó a unos ingleses que identificaron en ciertas langostas una neurona que se activa cuando se le muestran escenas en que aparece Darth Vader.
Pero no sólo en los Ig Nobel halla uno ejemplos de ciencia aparentemente absurda (aunque, insisto, legítima). Recientemente investigadores de la Escuela de Textiles y Diseño de la Universidad Heriot-Watt, en Escocia, anunciaron un estudio para averiguar cómo influye la ropa en la percepción que la gente tiene de… ¡los traseros de las mujeres!
La cosmología es quizá la rama de la ciencia que más pone a prueba nuestra credulidad. El concepto mismo del Big Bang -la gran explosión que dio origen al universo- presupone la pregunta obvia: ¿qué hubo antes? La respuesta estándar (que no tiene sentido preguntarlo, ya que con el Big Bang se creó el tiempo mismo, junto con el espacio) es tan insatisfactoria como la explicación del misterio de la Santísima Trinidad.
Más recientemente, dos investigadores de Washington y Harvard publicaron una hipótesis sobre por qué nuestro universo, que según la teoría de las supercuerdas debería presentar nueve dimensiones, tiene sólo tres. La respuesta: sólo un universo de tres dimensiones puede existir sin irse destruyendo conforme se expande (también podría existir uno de siete, pero en él no sería posible la existencia de planetas con órbitas estables alrededor de las estrellas, y por tanto de la vida). O sea, quizá el universo, formado por vibraciones de supercuerdas y originado de la nada en una explosión misteriosa, está perfectamente calibrado para que podamos existir. ¿Increíble? No más que las predicciones astrológicas. Pero hay una diferencia: las teorías cosmológicas no son embustes para obtener dinero fácil; están apoyadas en evidencia empírica y teórica que nos hacen confiar en que tienen algo que ver con la realidad. ¡Lástima que no ofrezcan prosperidad instantánea!
miércoles, 28 de diciembre de 2005
Clonaciones fraudulentas
La ciencia por gusto-Martín Bonfil Olivera
Clonaciones fraudulentas
No sé si en Corea se celebre la Navidad, pero sí que el científico Hwang Woo-suk está teniendo la peor de su vida.
Hwang saltó a la fama en 2004 por ser el primero en clonar, a partir de células embrionarias, una línea de células precursoras humanas (células madre o troncales). El logro abría en la práctica el camino a desarrollar importantes terapias para combatir enfermedades degenerativas (Alzheimer, Parkinson, diabetes...) e incluso para el desarrollo de órganos clonados para transplantes que no causarían rechazo.
La fama de Hwang creció al anunciar en agosto la creación de Snuppy, el primer perro clonado. Y llegó a la apoteosis cuando en junio de este año dio a conocer la exitosa clonación y cultivo de 11 líneas de células obtenidas a partir de individuos con diabetes, enfermedades inmunitarias o lesiones de la médula espinal. La clonación se logró con la misma técnica de transferencia nuclear con que se creó a la famosa oveja Dolly, y el equipo de Hwang lo consiguió con mucha mayor eficiencia que nadie anteriormente: con sólo unos 15 intentos, en vez de los 230 que requirieron en 2004.
Todo esto bastaría para garantizar que Hwang Woo-suk formara parte de la historia de la medicina. Sin embargo dos escándalos lo han convertido en algo más: un protagonista de la historia de los fraudes científicos.
La primera crisis se desató el 10 de noviembre, cuando comenzó a circular la versión de que Hwang había pagado a colaboradoras suyas para que donaran los óvulos utilizados en el estudio de 2004. Esto no era ilegal según las leyes coreanas (que luego fueron modificadas), aunque sí contravenía las prácticas bioéticas internacionales. El escándalo creció cuando uno de los colaboradores de Hwang, Gerald Schatten, declaró que no trabajaría más con él y pidió se retirara su nombre del artículo de 2005.
Finalmente, Hwang tuvo que admitir los pagos. Aunque su prestigio profesional fue afectado, el apoyo de sus compatriotas al “científico número uno de Corea” creció: la gente se manifestaba a su favor y las donadoras voluntarias de óvulos se contaban por cientos. Hwang seguía siendo un héroe nacional.
Pero hubo un segundo escándalo: el 4 de diciembre Hwang escribió a Science para anunciar que algunas fotos del artículo de 2005, que servían para comprobar que las células precursoras clonadas efectivamente eran genéticamente idénticas a las de los pacientes, habían sido “involuntariamente” duplicadas. A partir de ahí, se desató una rigurosa investigación: los investigadores fueron interrogados, los discos duros de las computadoras se retiraron y se revisaron todas las bitácoras de laboratorio.
El pasado 24, la comisión investigadora concluyó preliminarmente que el equipo de Hwang alteró intencionalmente los datos publicados. Al parecer, la evidencia de las 11 líneas celulares obtenidas es falsa. Todo parece indicar que Hwang y sus colaboradores utilizaron la información de sólo 2 líneas celulares para hacer creer que habían obtenido 11. Además, la eficiencia de la clonación parece haber sido también exagerada.
Hwang ha aceptado la culpa y ha renunciado a sus puestos, en medio de la vergüenza internacional. Los libros para niños sobre sus logros (con títulos como La bella ruta vital de Hwang Woo-suk o Niños, aprendamos del éxito de Hwang Woo-suk) han sido retirados de los estantes. Aunque habrá que esperar unos días para saber si efectivamente Hwang había logrado obtener las células madre clonadas de los pacientes, todas sus investigaciones están hoy bajo sospecha.
¿Quién tiene la culpa? Es pronto para saberlo. Quizá Hwang, motivado por la promesa de fama y éxito. Quizá algún colaborador malicioso (Hwang afirma que fue un colega suyo, Kim Seon-jeong, quien falsificó los datos, aunque Kim afirma que lo hizo por instrucciones de Hwang). Y sin embargo, aunque podría pensarse que este caso socava la credibilidad de la ciencia, sería más justo reconocer que los mecanismos internos del proceso científico, aunque no están diseñados específicamente para detectar fraudes, sí han permitido reconocer éste y dar los pasos necesarios para corregir sus efectos. La confianza en la ciencia se refuerza, no se debilita, cada vez que un fraude sale a la luz.
De lo que no cabe duda es que el año nuevo de Hwang no será prometedor. Todo lo contrario de lo que desde aquí se le desea a usted, querido lector o lectora.
mbonfil@servidor.unam.mx
Clonaciones fraudulentas
No sé si en Corea se celebre la Navidad, pero sí que el científico Hwang Woo-suk está teniendo la peor de su vida.
Hwang saltó a la fama en 2004 por ser el primero en clonar, a partir de células embrionarias, una línea de células precursoras humanas (células madre o troncales). El logro abría en la práctica el camino a desarrollar importantes terapias para combatir enfermedades degenerativas (Alzheimer, Parkinson, diabetes...) e incluso para el desarrollo de órganos clonados para transplantes que no causarían rechazo.
La fama de Hwang creció al anunciar en agosto la creación de Snuppy, el primer perro clonado. Y llegó a la apoteosis cuando en junio de este año dio a conocer la exitosa clonación y cultivo de 11 líneas de células obtenidas a partir de individuos con diabetes, enfermedades inmunitarias o lesiones de la médula espinal. La clonación se logró con la misma técnica de transferencia nuclear con que se creó a la famosa oveja Dolly, y el equipo de Hwang lo consiguió con mucha mayor eficiencia que nadie anteriormente: con sólo unos 15 intentos, en vez de los 230 que requirieron en 2004.
Todo esto bastaría para garantizar que Hwang Woo-suk formara parte de la historia de la medicina. Sin embargo dos escándalos lo han convertido en algo más: un protagonista de la historia de los fraudes científicos.
La primera crisis se desató el 10 de noviembre, cuando comenzó a circular la versión de que Hwang había pagado a colaboradoras suyas para que donaran los óvulos utilizados en el estudio de 2004. Esto no era ilegal según las leyes coreanas (que luego fueron modificadas), aunque sí contravenía las prácticas bioéticas internacionales. El escándalo creció cuando uno de los colaboradores de Hwang, Gerald Schatten, declaró que no trabajaría más con él y pidió se retirara su nombre del artículo de 2005.
Finalmente, Hwang tuvo que admitir los pagos. Aunque su prestigio profesional fue afectado, el apoyo de sus compatriotas al “científico número uno de Corea” creció: la gente se manifestaba a su favor y las donadoras voluntarias de óvulos se contaban por cientos. Hwang seguía siendo un héroe nacional.
Pero hubo un segundo escándalo: el 4 de diciembre Hwang escribió a Science para anunciar que algunas fotos del artículo de 2005, que servían para comprobar que las células precursoras clonadas efectivamente eran genéticamente idénticas a las de los pacientes, habían sido “involuntariamente” duplicadas. A partir de ahí, se desató una rigurosa investigación: los investigadores fueron interrogados, los discos duros de las computadoras se retiraron y se revisaron todas las bitácoras de laboratorio.
El pasado 24, la comisión investigadora concluyó preliminarmente que el equipo de Hwang alteró intencionalmente los datos publicados. Al parecer, la evidencia de las 11 líneas celulares obtenidas es falsa. Todo parece indicar que Hwang y sus colaboradores utilizaron la información de sólo 2 líneas celulares para hacer creer que habían obtenido 11. Además, la eficiencia de la clonación parece haber sido también exagerada.
Hwang ha aceptado la culpa y ha renunciado a sus puestos, en medio de la vergüenza internacional. Los libros para niños sobre sus logros (con títulos como La bella ruta vital de Hwang Woo-suk o Niños, aprendamos del éxito de Hwang Woo-suk) han sido retirados de los estantes. Aunque habrá que esperar unos días para saber si efectivamente Hwang había logrado obtener las células madre clonadas de los pacientes, todas sus investigaciones están hoy bajo sospecha.
¿Quién tiene la culpa? Es pronto para saberlo. Quizá Hwang, motivado por la promesa de fama y éxito. Quizá algún colaborador malicioso (Hwang afirma que fue un colega suyo, Kim Seon-jeong, quien falsificó los datos, aunque Kim afirma que lo hizo por instrucciones de Hwang). Y sin embargo, aunque podría pensarse que este caso socava la credibilidad de la ciencia, sería más justo reconocer que los mecanismos internos del proceso científico, aunque no están diseñados específicamente para detectar fraudes, sí han permitido reconocer éste y dar los pasos necesarios para corregir sus efectos. La confianza en la ciencia se refuerza, no se debilita, cada vez que un fraude sale a la luz.
De lo que no cabe duda es que el año nuevo de Hwang no será prometedor. Todo lo contrario de lo que desde aquí se le desea a usted, querido lector o lectora.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 21 de diciembre de 2005
Creacionismo y libertinaje religioso
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Creacionismo y libertinaje religioso
La palabra “libertinaje” es tendenciosa: normalmente se usa para criticar a quien promueve ideas contrarias a la moral religiosa. No en balde la segunda acepción que ofrece el Diccionario de la Real Academia es “falta de respeto a la religión”.
Pero el mismo diccionario también la define, en primera acepción, como “desenfreno en las obras o en las palabras”. De modo que el concepto de “libertinaje religioso” no necesariamente implica contradicción.
Y es que, desgraciadamente, vivimos una época de indudable desenfreno eclesial. El ejemplo más sonado es la polémica desatada por la propuesta de introducir la teoría del diseño inteligente en las clases de biología de Kansas (propuesta que tristemente triunfó, aunque seguramente sólo en forma temporal).
El problema no es, como quieren hacer ver los promotores del diseño inteligente, que un sistema científico amafiado y conservador descalifique una teoría novedosa.
Simplemente, el diseño inteligente no es una teoría científica. Es sólo una nueva encarnación del viejo creacionismo.
En realidad, de lo que se está discutiendo no es si los seres vivos pudieron evolucionar a partir de la materia inanimada. Lo que verdaderamente está en cuestión es si se acepta la suposición de que detrás del mundo natural existe un proyecto.
Tal debate es válido, por supuesto, pero sólo si es honesto. La religión supone que existe tal proyecto (teleología); la ciencia, en cambio, se basa precisamente en el rechazo (que el biólogo Jaques Monod llamó “principio de objetividad”) de que la naturaleza tenga un plan.
Es tramposo presentar como ciencia algo que no lo es; es todavía peor intentar, en el debate, desacreditar al a ciencia y sus métodos. A pesar de que, como en toda empresa humana, existan mafias y prejuicios, la ciencia se basa en un proceso de revisión y crítica, y ello la dota de mecanismos de autocorrección.
Desgraciadamente, el libertinaje religioso sí tiene un proyecto. Como comentó hace poco Octavio Rodríguez Araujo en La Jornada, “diseño inteligente y creacionismo son parte de una misma intención filosófico-teológica: restarles credibilidad a las teorías científicas”. Embisten así contra la herramienta más preciosa con que cuenta la humanidad para comprender la naturaleza. Y el ataque no sólo proviene de las religiones protestantes: en noviembre el papa Ratzinger se sintió obligado a declarar que “el universo fue creado por un proyecto inteligente”, y criticó “a quienes, en nombre de la ciencia, dicen que el mundo no tiene orden ni concierto” (aunque nadie afirma tal cosa, sino que tal orden no necesariamente obedece a un proyecto: puede surgir de la estructura misma del universo, sino que tenga que dirigirse a un objetivo).
El problema va mucho más allá de la evolución. Noam Chomsky, también en La Jornada, llamaba la atención a que, simultáneamente al ataque al darwinismo, el gobierno de los Estados Unidos niega la evidencia científica sobre el cambio climático global, actitud que pone en riesgo el clima de todo el planeta.
Recientemente el rector Juan Ramón de la Fuente dejó claro que la Universidad Nacional se opone al creacionismo, y criticó que se le quiera otorgar el mismo peso que a la teoría de la evolución. Y el coordinador de la Investigación Científica de la UNAM, René Drucker, afirmó que “el creacionismo, que se fomenta desde la derecha, tiene como objetivo el control del pensamiento de los jóvenes; desplazar el rigor científico por un conjunto de creencias”, lo que podría convertirlos en “seres poco pensantes” que “creen que todo lo que pasa se debe a una mano divina”.
¿Será algo así lo que tiene en mente el líder panista Manuel Espino, quien hace unos días abogaba por oponerse a ultranza al aborto y la eutanasia y por ajustar la ley para permitir que se puedan realizar actos de oración en las escuelas públicas? La visión científica del ser humano lo concibe como una entidad biológica, parte del mundo natural pero que también lo trasciende gracias a sus dimensiones psicológica y social. Como tal, defiende su derecho a tomar decisiones libres respecto a su cuerpo. La visión religiosa, por desgracia, tiende a desconfiar de tal libertad, y prefiere marcarle límites, cuanto más numerosos, mejor. ¿Dónde está realmente el libertinaje?
Pero el mismo diccionario también la define, en primera acepción, como “desenfreno en las obras o en las palabras”. De modo que el concepto de “libertinaje religioso” no necesariamente implica contradicción.
Y es que, desgraciadamente, vivimos una época de indudable desenfreno eclesial. El ejemplo más sonado es la polémica desatada por la propuesta de introducir la teoría del diseño inteligente en las clases de biología de Kansas (propuesta que tristemente triunfó, aunque seguramente sólo en forma temporal).
El problema no es, como quieren hacer ver los promotores del diseño inteligente, que un sistema científico amafiado y conservador descalifique una teoría novedosa.
Simplemente, el diseño inteligente no es una teoría científica. Es sólo una nueva encarnación del viejo creacionismo.
En realidad, de lo que se está discutiendo no es si los seres vivos pudieron evolucionar a partir de la materia inanimada. Lo que verdaderamente está en cuestión es si se acepta la suposición de que detrás del mundo natural existe un proyecto.
Tal debate es válido, por supuesto, pero sólo si es honesto. La religión supone que existe tal proyecto (teleología); la ciencia, en cambio, se basa precisamente en el rechazo (que el biólogo Jaques Monod llamó “principio de objetividad”) de que la naturaleza tenga un plan.
Es tramposo presentar como ciencia algo que no lo es; es todavía peor intentar, en el debate, desacreditar al a ciencia y sus métodos. A pesar de que, como en toda empresa humana, existan mafias y prejuicios, la ciencia se basa en un proceso de revisión y crítica, y ello la dota de mecanismos de autocorrección.
Desgraciadamente, el libertinaje religioso sí tiene un proyecto. Como comentó hace poco Octavio Rodríguez Araujo en La Jornada, “diseño inteligente y creacionismo son parte de una misma intención filosófico-teológica: restarles credibilidad a las teorías científicas”. Embisten así contra la herramienta más preciosa con que cuenta la humanidad para comprender la naturaleza. Y el ataque no sólo proviene de las religiones protestantes: en noviembre el papa Ratzinger se sintió obligado a declarar que “el universo fue creado por un proyecto inteligente”, y criticó “a quienes, en nombre de la ciencia, dicen que el mundo no tiene orden ni concierto” (aunque nadie afirma tal cosa, sino que tal orden no necesariamente obedece a un proyecto: puede surgir de la estructura misma del universo, sino que tenga que dirigirse a un objetivo).
El problema va mucho más allá de la evolución. Noam Chomsky, también en La Jornada, llamaba la atención a que, simultáneamente al ataque al darwinismo, el gobierno de los Estados Unidos niega la evidencia científica sobre el cambio climático global, actitud que pone en riesgo el clima de todo el planeta.
Recientemente el rector Juan Ramón de la Fuente dejó claro que la Universidad Nacional se opone al creacionismo, y criticó que se le quiera otorgar el mismo peso que a la teoría de la evolución. Y el coordinador de la Investigación Científica de la UNAM, René Drucker, afirmó que “el creacionismo, que se fomenta desde la derecha, tiene como objetivo el control del pensamiento de los jóvenes; desplazar el rigor científico por un conjunto de creencias”, lo que podría convertirlos en “seres poco pensantes” que “creen que todo lo que pasa se debe a una mano divina”.
¿Será algo así lo que tiene en mente el líder panista Manuel Espino, quien hace unos días abogaba por oponerse a ultranza al aborto y la eutanasia y por ajustar la ley para permitir que se puedan realizar actos de oración en las escuelas públicas? La visión científica del ser humano lo concibe como una entidad biológica, parte del mundo natural pero que también lo trasciende gracias a sus dimensiones psicológica y social. Como tal, defiende su derecho a tomar decisiones libres respecto a su cuerpo. La visión religiosa, por desgracia, tiende a desconfiar de tal libertad, y prefiere marcarle límites, cuanto más numerosos, mejor. ¿Dónde está realmente el libertinaje?
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 14 de diciembre de 2005
¿Orgasmos inútiles?
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
¿Orgasmos inútiles?
14-diciembre-05
Los científicos a veces hacen preguntas extrañas, como la que titula esta colaboración. Parecería tonto preguntar para qué sirve el orgasmo... al menos, el masculino. Y es que en los hombres el reflejo orgásmico está ligado a la eyaculación (aunque no necesariamente). En otras palabras, desde el punto de vista biológico el orgasmo masculino es indispensable para que exista la fecundación; sin él, la reproducción sería imposible.
¿Y qué hay del orgasmo femenino? Para los sexólogos no es gran misterio, una vez que quedó claro que depende fundamentalmente del clítoris (el famoso orgasmo vaginal promovido por Freud como el único digno de una mujer madura resultó ser esencialmente un mito). Pero para el biólogo evolutivo representa un verdadero enigma.
El orgasmo femenino no es necesario para la fecundación. ¿Cuál es entonces su utilidad evolutiva? ¿Cómo surgió, y para qué? Se han ofrecido distintas explicaciones, algunas ingeniosas (quizá el orgasmo femenino favorece la ovulación), otras más o menos obvias (el orgasmo hace que la mujer disfrute el sexo y por tanto promueve la reproducción) y otras un tanto forzadas (el orgasmo, que a veces se produce durante el parto, ayuda a relajar los músculos de la mujer durante este complicado proceso).
El problema es que ninguna resulta satisfactoria. La ovulación no está ligada al orgasmo; las mujeres pueden gustar del sexo con o sin él, y la relación con el parto es poco convincente. Para colmo, las estadísticas muestran que la distribución del orgasmo femenino es bastante variable: un 25% de las mujeres afirman siempre tenerlo durante el coito; un 75% lo tienen algunas veces, y un 25% nunca lo presenta. ¿Cómo puede algo útil evolutivamente presentarse con tanta irregularidad?
Este año la bióloga Elisabeth Lloyd publicó un libro sobre el tema (The case of female orgasm) en el que presenta la tesis del biólogo Donald Symons de que el orgasmo femenino es simplemente un producto secundario de la evolución del orgasmo masculino. El libro ha ocasionado acaloradas discusiones entre las feministas, pero también entre los biólogos (y biólogas) evolucionistas.
La idea es que tanto el pene como el clítoris derivan de las mismas estructuras embrionarias. La evolución del pene, con sus abundantes conexiones nerviosas y su capacidad para producir el reflejo orgásmico, tiene un alto valor adaptativo (favorece la supervivencia de quienes lo presenten, es útil evolutivamente). Su existencia se explica claramente. Según Symons, es posible que la capacidad orgásmica del clítoris, evolutivamente innecesaria, sea simplemente consecuencia de su origen embrionario: cuenta con el cableado necesario para producir orgasmos porque se deriva del mismo tejido que el pene.
La idea de que el orgasmo femenino sea simplemente un producto secundario de la evolución del pene y el orgasmo masculino es políticamente muy incorrecta. Muchas feministas han acusado a Lloyd de traidora, de intentar someter nuevamente a las mujeres al dominio masculino, y muchas otras tonterías.
Por otro lado, muchos evolucionistas no aceptan la idea de que todas las características de un organismo deban necesariamente tener una utilidad evolutiva, un valor adaptativo. Abundan ejemplos de características inútiles, simples productos secundarios de la evolución. El color rojo de la sangre, por ejemplo, es consecuencia de su composición química, en particular del hierro que requiere para transportar oxígeno. La sangre no podría ser de otro color; su tono no es una adaptación. Otros ejemplos son las tetillas, esos inútiles pezones de los hombres, o el vello púbico. ¿Qué función útil para la supervivencia pueden cumplir?
En su libro, Elisabeth Lloyd acusa a los biólogos evolutivos de estar prejuiciados: al exigir un valor adaptativo para el orgasmo femenino, favorecen la idea de que, como no parece tenerlo, es una especie de anormalidad, de rareza evolutiva. Pero si se rechaza el adaptacionismo y se acepta que el orgasmo puede ser simplemente un premio fortuito que la evolución concedió a las mujeres, su valor cultural queda en relieve.¿Quién hubiera pensado que una cuestión tan íntima -y placentera- como el orgasmo de las mujeres se convirtiera en un punto importante de una disputa teórica sobre la evolución? A veces, la interacción entre ciencia y cultura (y feminismo) produce discusiones inesperadas.
mbonfil@servidor.unam.mx
Martín Bonfil Olivera
¿Orgasmos inútiles?
14-diciembre-05
Los científicos a veces hacen preguntas extrañas, como la que titula esta colaboración. Parecería tonto preguntar para qué sirve el orgasmo... al menos, el masculino. Y es que en los hombres el reflejo orgásmico está ligado a la eyaculación (aunque no necesariamente). En otras palabras, desde el punto de vista biológico el orgasmo masculino es indispensable para que exista la fecundación; sin él, la reproducción sería imposible.
¿Y qué hay del orgasmo femenino? Para los sexólogos no es gran misterio, una vez que quedó claro que depende fundamentalmente del clítoris (el famoso orgasmo vaginal promovido por Freud como el único digno de una mujer madura resultó ser esencialmente un mito). Pero para el biólogo evolutivo representa un verdadero enigma.
El orgasmo femenino no es necesario para la fecundación. ¿Cuál es entonces su utilidad evolutiva? ¿Cómo surgió, y para qué? Se han ofrecido distintas explicaciones, algunas ingeniosas (quizá el orgasmo femenino favorece la ovulación), otras más o menos obvias (el orgasmo hace que la mujer disfrute el sexo y por tanto promueve la reproducción) y otras un tanto forzadas (el orgasmo, que a veces se produce durante el parto, ayuda a relajar los músculos de la mujer durante este complicado proceso).
El problema es que ninguna resulta satisfactoria. La ovulación no está ligada al orgasmo; las mujeres pueden gustar del sexo con o sin él, y la relación con el parto es poco convincente. Para colmo, las estadísticas muestran que la distribución del orgasmo femenino es bastante variable: un 25% de las mujeres afirman siempre tenerlo durante el coito; un 75% lo tienen algunas veces, y un 25% nunca lo presenta. ¿Cómo puede algo útil evolutivamente presentarse con tanta irregularidad?
Este año la bióloga Elisabeth Lloyd publicó un libro sobre el tema (The case of female orgasm) en el que presenta la tesis del biólogo Donald Symons de que el orgasmo femenino es simplemente un producto secundario de la evolución del orgasmo masculino. El libro ha ocasionado acaloradas discusiones entre las feministas, pero también entre los biólogos (y biólogas) evolucionistas.
La idea es que tanto el pene como el clítoris derivan de las mismas estructuras embrionarias. La evolución del pene, con sus abundantes conexiones nerviosas y su capacidad para producir el reflejo orgásmico, tiene un alto valor adaptativo (favorece la supervivencia de quienes lo presenten, es útil evolutivamente). Su existencia se explica claramente. Según Symons, es posible que la capacidad orgásmica del clítoris, evolutivamente innecesaria, sea simplemente consecuencia de su origen embrionario: cuenta con el cableado necesario para producir orgasmos porque se deriva del mismo tejido que el pene.
La idea de que el orgasmo femenino sea simplemente un producto secundario de la evolución del pene y el orgasmo masculino es políticamente muy incorrecta. Muchas feministas han acusado a Lloyd de traidora, de intentar someter nuevamente a las mujeres al dominio masculino, y muchas otras tonterías.
Por otro lado, muchos evolucionistas no aceptan la idea de que todas las características de un organismo deban necesariamente tener una utilidad evolutiva, un valor adaptativo. Abundan ejemplos de características inútiles, simples productos secundarios de la evolución. El color rojo de la sangre, por ejemplo, es consecuencia de su composición química, en particular del hierro que requiere para transportar oxígeno. La sangre no podría ser de otro color; su tono no es una adaptación. Otros ejemplos son las tetillas, esos inútiles pezones de los hombres, o el vello púbico. ¿Qué función útil para la supervivencia pueden cumplir?
En su libro, Elisabeth Lloyd acusa a los biólogos evolutivos de estar prejuiciados: al exigir un valor adaptativo para el orgasmo femenino, favorecen la idea de que, como no parece tenerlo, es una especie de anormalidad, de rareza evolutiva. Pero si se rechaza el adaptacionismo y se acepta que el orgasmo puede ser simplemente un premio fortuito que la evolución concedió a las mujeres, su valor cultural queda en relieve.¿Quién hubiera pensado que una cuestión tan íntima -y placentera- como el orgasmo de las mujeres se convirtiera en un punto importante de una disputa teórica sobre la evolución? A veces, la interacción entre ciencia y cultura (y feminismo) produce discusiones inesperadas.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 7 de diciembre de 2005
Inteligencia y clima: controversias científicas
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
Inteligencia y clima: controversias científicas
7-diciembre-05
La ciencia, desgraciadamente, no es como la pintan. Aunque a veces quisiéramos presentarla como un método infalible para producir conocimiento certero, es más bien un proceso complicado y laborioso que, las más de las veces, ofrece respuestas parciales e incompletas, y muchas veces sólo nos permite afirmar que no sabemos la respuesta a un problema.
Ejemplo reciente es un artículo que aparecerá próximamente en la revista científica Intelligence, de la prestigiada editorial Elsevier. El artículo se puso a disposición del público en Internet el pasado 28 de noviembre, y ya ha comenzado a causar controversia. Seguramente es sólo el principio.
¿Por qué la polémica? El título da algunas pistas: "Temperatura, color de piel, ingreso per cápita e IQ: una perspectiva internacional". Los autores -Donald Temper e Hiroko Arikawa, ambos de los Estados Unidos- realizaron un estudio estadístico para hallar la correlación entre la inteligencia media de la población de 129 países -medida como IQ: la puntuación en ciertas pruebas de inteligencia- y factores como el clima (las temperaturas medias en invierno y verano), el color de piel y el ingreso per cápita. Sorprendentemente, encontraron que la idea de que las personas que viven en climas fríos tienden a ser más inteligentes que las de climas cálidos (tesis políticamente muy incorrecta, pero popular en ciertos medios), parece ser confirmada por su estudio. Y no sólo eso: también existe correlación entre el IQ y el color de piel, y entre el IQ y el ingreso medio (lo cual no es tan sorprendente, porque los países cálidos tienen mayor población de piel oscura que los fríos, por razones evolutivas, y la correlación entre IQ e ingreso es casi obvia).
El estudio es una bomba de tiempo: sus implicaciones raciales, sociales y hasta éticas son variadas y polémicas. Y sin embargo, en caso de confirmarse los resultados, habrá que asumirlos.La lógica del estudio no es descabellada: después de todo, la inteligencia es una característica adaptativa, que aumenta la supervivencia de nuestra especie. No es absurdo pensar que las arduas condiciones ambientales de los países fríos favorecieran la selección de individuos con mayor inteligencia que en los climas fríos, donde la supervivencia es más fácil. Aunque también podría argumentarse lo contrario: en climas cálidos hay mayor cantidad e parásitos y depredadores, por ejemplo).
La revista es consciente del carácter polémico del trabajo de Templer y Arikawa, y por ello decidió publicarlo junto con dos comentarios de expertos en el campo. Uno es elogioso; el otro, firmado por Earl Hunt y Robert Sternberg, critica el artículo debido a dudas sobre la calidad de sus datos, su análisis estadístico y su lógica científica. Entre otras cosas, Hunt y Sternberg comentan que la medición del "color de piel promedio" de un país es un concepto muy cuestionable, al igual que la estimación de IQs nacionales; esto invalida en gran medida el análisis estadístico. Además, está en discusión si las pruebas de IQ realmente son confiables en países no occidentales. Finalmente, arguyen que existen muchas otras hipótesis para explicar la correlación entre clima (o entre color de piel) e inteligencia; desde este punto de vista, opinan que el artículo de Templer y Arikawa carece de valor científico.
Seguramente usted, lector, estará preguntándose a quién debemos entonces creerle; cuál es el veredicto. Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo, porque el problema con la ciencia viva es que rara vez ofrece respuestas tajantes. Y menos cuando la discusión apenas comienza.
De modo que habrá que estar atentos a cómo se desarrolla la polémica, y ver qué podemos aprender en el proceso. Quizá descubramos algunos hechos que no nos sean agradables; quizá más bien hallemos que los prejuicios raciales pueden permear hasta la ciencia que se publica en revistas arbitradas. De cualquier modo, el conocimiento científico no está aislado de lo social, y como afirman Hunt y Sternberg, "debido a sus ramificaciones sociales, este tipo de investigación debe hacerse, pero debe hacerse cuidadosamente". Habrá que esperar a que se aclare si el estudio era buena o mala ciencia.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
Martín Bonfil Olivera
Inteligencia y clima: controversias científicas
7-diciembre-05
La ciencia, desgraciadamente, no es como la pintan. Aunque a veces quisiéramos presentarla como un método infalible para producir conocimiento certero, es más bien un proceso complicado y laborioso que, las más de las veces, ofrece respuestas parciales e incompletas, y muchas veces sólo nos permite afirmar que no sabemos la respuesta a un problema.
Ejemplo reciente es un artículo que aparecerá próximamente en la revista científica Intelligence, de la prestigiada editorial Elsevier. El artículo se puso a disposición del público en Internet el pasado 28 de noviembre, y ya ha comenzado a causar controversia. Seguramente es sólo el principio.
¿Por qué la polémica? El título da algunas pistas: "Temperatura, color de piel, ingreso per cápita e IQ: una perspectiva internacional". Los autores -Donald Temper e Hiroko Arikawa, ambos de los Estados Unidos- realizaron un estudio estadístico para hallar la correlación entre la inteligencia media de la población de 129 países -medida como IQ: la puntuación en ciertas pruebas de inteligencia- y factores como el clima (las temperaturas medias en invierno y verano), el color de piel y el ingreso per cápita. Sorprendentemente, encontraron que la idea de que las personas que viven en climas fríos tienden a ser más inteligentes que las de climas cálidos (tesis políticamente muy incorrecta, pero popular en ciertos medios), parece ser confirmada por su estudio. Y no sólo eso: también existe correlación entre el IQ y el color de piel, y entre el IQ y el ingreso medio (lo cual no es tan sorprendente, porque los países cálidos tienen mayor población de piel oscura que los fríos, por razones evolutivas, y la correlación entre IQ e ingreso es casi obvia).
El estudio es una bomba de tiempo: sus implicaciones raciales, sociales y hasta éticas son variadas y polémicas. Y sin embargo, en caso de confirmarse los resultados, habrá que asumirlos.La lógica del estudio no es descabellada: después de todo, la inteligencia es una característica adaptativa, que aumenta la supervivencia de nuestra especie. No es absurdo pensar que las arduas condiciones ambientales de los países fríos favorecieran la selección de individuos con mayor inteligencia que en los climas fríos, donde la supervivencia es más fácil. Aunque también podría argumentarse lo contrario: en climas cálidos hay mayor cantidad e parásitos y depredadores, por ejemplo).
La revista es consciente del carácter polémico del trabajo de Templer y Arikawa, y por ello decidió publicarlo junto con dos comentarios de expertos en el campo. Uno es elogioso; el otro, firmado por Earl Hunt y Robert Sternberg, critica el artículo debido a dudas sobre la calidad de sus datos, su análisis estadístico y su lógica científica. Entre otras cosas, Hunt y Sternberg comentan que la medición del "color de piel promedio" de un país es un concepto muy cuestionable, al igual que la estimación de IQs nacionales; esto invalida en gran medida el análisis estadístico. Además, está en discusión si las pruebas de IQ realmente son confiables en países no occidentales. Finalmente, arguyen que existen muchas otras hipótesis para explicar la correlación entre clima (o entre color de piel) e inteligencia; desde este punto de vista, opinan que el artículo de Templer y Arikawa carece de valor científico.
Seguramente usted, lector, estará preguntándose a quién debemos entonces creerle; cuál es el veredicto. Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo, porque el problema con la ciencia viva es que rara vez ofrece respuestas tajantes. Y menos cuando la discusión apenas comienza.
De modo que habrá que estar atentos a cómo se desarrolla la polémica, y ver qué podemos aprender en el proceso. Quizá descubramos algunos hechos que no nos sean agradables; quizá más bien hallemos que los prejuicios raciales pueden permear hasta la ciencia que se publica en revistas arbitradas. De cualquier modo, el conocimiento científico no está aislado de lo social, y como afirman Hunt y Sternberg, "debido a sus ramificaciones sociales, este tipo de investigación debe hacerse, pero debe hacerse cuidadosamente". Habrá que esperar a que se aclare si el estudio era buena o mala ciencia.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 30 de noviembre de 2005
Inteligencia microbiana
La ciencia por gusto -
Martín Bonfil Olivera
Inteligencia microbiana
30-noviembre-05
La definición de inteligencia ha ocupado a los filósofos durante largo tiempo. Después de todo, en la concepción tradicional, es nuestra inteligencia (o nuestra racionalidad, concepto muy relacionado) lo que nos distingue de los demás animales y nos define como especie.
Sin embargo, en las últimas décadas el concepto de inteligencia se ha ido haciendo más flexible; se ha relativizado. Si consideramos a la inteligencia como la capacidad para resolver problemas (una definición práctica), tendremos que aceptar que la presentan muchas otras especies de seres vivos, cuya gama abarca los cinco reinos, desde bacterias hasta plantas y animales, pasando por protozoarios y hongos.
Hay de problemas a problemas, claro: no es lo mismo resolver una ecuación de segundo grado que simplemente tener la capacidad de encontrar alimento. En un sentido puramente biológico (punto de vista adecuado para la casi totalidad de las especies existentes, excepto unos cuantos monos antropoides, incluyendo al ser humano), el único problema que tienen que resolver los seres vivos es el de asegurar su propia supervivencia y la de sus descendientes. Y para resolverlo, cualquier recurso vale, con tal de que funcione.
¿Es siempre necesaria la inteligencia para resolver un problema? No: si consideramos un problema sencillo, con sólo dos respuestas, esperaríamos que, con sólo reaccionar al azar, un organismo fuera capaz de encontrar la respuesta correcta un 50% de las veces, y no por eso lo llamaríamos “inteligente”. Reservaríamos el adjetivo para el que lograra mejorar significativamente este porcentaje de aciertos.
Pero la pregunta esconde una falacia: en realidad, no es que se necesite inteligencia para resolver problemas, sino que llamamos inteligencia a cualquier cosa que permita resolverlos.
Un caso interesante son las bacterias de nado libre. Si en su medio hay alguna sustancia alimenticia, la detectan y nadan hacia ella. Si la sustancia es nociva, se alejan. Un comportamiento perfectamente adecuado, simple pero “inteligente”: favorece su supervivencia. Y sin embargo, ¿cómo decide la bacteria (formada, como todas las bacterias, por una sola célula) si debe acercarse o alejarse de la sustancia? Si las bacterias no tienen cerebro ni sistema nervioso, ¿en qué lugar de la célula se toma la decisión?
La respuesta es que no hay tal decisión. El comportamiento se explica como sigue:
Las bacterias nadan gracias a estructuras llamadas “flagelos”: largos filamentos que rotan como hélices, impulsando a la célula hacia delante. (Su rotación es posible gracias a los minúsculos nanomotores que tienen en su base; son el único ejemplo de rueda en la naturaleza).
Las bacterias suelen tener varios flagelos, y todos giran en la misma dirección. Pero el giro es reversible: si giran en un sentido, forman una especie de trenza que impulsa a la bacteria en línea recta. Si giran en el sentido opuesto, la trenza se desordena y la célula comienza a dar tumbos sin ton ni son.
El mecanismo que controla el giro de los flagelos está conectado a proteínas de la membrana de la bacteria, capaces de detectar la presencia de nutrientes. Si estos detectores reciben el impacto de moléculas de alimento, los flagelos giran produciendo nado en línea recta, y esto se mantiene mientras la frecuencia de impactos aumente o se mantenga constante. Pero si la frecuencia de impactos nutritivos disminuye, los detectores envían una señal que invierte el giro de los motores flagelares, con lo que la bacteria comienza a dar tumbos hasta que, por azar, acierta a nadar en una dirección que nuevamente la acerca a la fuente de nutrientes.
¿Resultado? La bacteria va probando varias direcciones hasta “atinarle” a la que la acerca al alimento. Y sin embargo, este comportamiento aparentemente inteligente es resultado sólo de un mecanismo de retroalimentación molecular, carente de inteligencia.
El ejemplo quizá es demasiado elemental, pero es también muestra que cualidades como la inteligencia pueden ser propiedades emergentes que surgen de la organización de elementos más sencillos. Mediante un razonamiento similar, aunque mucho más complejo, los neurobiólogos tratan de explicar no sólo la inteligencia humana, sino cómo las neuronas de nuestro cerebro, carentes de conciencia, logran producir el fenómeno maravilloso del “yo” que todos percibimos como nuestra esencia.
mbonfil@servidor.unam.mx
Martín Bonfil Olivera
Inteligencia microbiana
30-noviembre-05
La definición de inteligencia ha ocupado a los filósofos durante largo tiempo. Después de todo, en la concepción tradicional, es nuestra inteligencia (o nuestra racionalidad, concepto muy relacionado) lo que nos distingue de los demás animales y nos define como especie.
Sin embargo, en las últimas décadas el concepto de inteligencia se ha ido haciendo más flexible; se ha relativizado. Si consideramos a la inteligencia como la capacidad para resolver problemas (una definición práctica), tendremos que aceptar que la presentan muchas otras especies de seres vivos, cuya gama abarca los cinco reinos, desde bacterias hasta plantas y animales, pasando por protozoarios y hongos.
Hay de problemas a problemas, claro: no es lo mismo resolver una ecuación de segundo grado que simplemente tener la capacidad de encontrar alimento. En un sentido puramente biológico (punto de vista adecuado para la casi totalidad de las especies existentes, excepto unos cuantos monos antropoides, incluyendo al ser humano), el único problema que tienen que resolver los seres vivos es el de asegurar su propia supervivencia y la de sus descendientes. Y para resolverlo, cualquier recurso vale, con tal de que funcione.
¿Es siempre necesaria la inteligencia para resolver un problema? No: si consideramos un problema sencillo, con sólo dos respuestas, esperaríamos que, con sólo reaccionar al azar, un organismo fuera capaz de encontrar la respuesta correcta un 50% de las veces, y no por eso lo llamaríamos “inteligente”. Reservaríamos el adjetivo para el que lograra mejorar significativamente este porcentaje de aciertos.
Pero la pregunta esconde una falacia: en realidad, no es que se necesite inteligencia para resolver problemas, sino que llamamos inteligencia a cualquier cosa que permita resolverlos.
Un caso interesante son las bacterias de nado libre. Si en su medio hay alguna sustancia alimenticia, la detectan y nadan hacia ella. Si la sustancia es nociva, se alejan. Un comportamiento perfectamente adecuado, simple pero “inteligente”: favorece su supervivencia. Y sin embargo, ¿cómo decide la bacteria (formada, como todas las bacterias, por una sola célula) si debe acercarse o alejarse de la sustancia? Si las bacterias no tienen cerebro ni sistema nervioso, ¿en qué lugar de la célula se toma la decisión?
La respuesta es que no hay tal decisión. El comportamiento se explica como sigue:
Las bacterias nadan gracias a estructuras llamadas “flagelos”: largos filamentos que rotan como hélices, impulsando a la célula hacia delante. (Su rotación es posible gracias a los minúsculos nanomotores que tienen en su base; son el único ejemplo de rueda en la naturaleza).
Las bacterias suelen tener varios flagelos, y todos giran en la misma dirección. Pero el giro es reversible: si giran en un sentido, forman una especie de trenza que impulsa a la bacteria en línea recta. Si giran en el sentido opuesto, la trenza se desordena y la célula comienza a dar tumbos sin ton ni son.
El mecanismo que controla el giro de los flagelos está conectado a proteínas de la membrana de la bacteria, capaces de detectar la presencia de nutrientes. Si estos detectores reciben el impacto de moléculas de alimento, los flagelos giran produciendo nado en línea recta, y esto se mantiene mientras la frecuencia de impactos aumente o se mantenga constante. Pero si la frecuencia de impactos nutritivos disminuye, los detectores envían una señal que invierte el giro de los motores flagelares, con lo que la bacteria comienza a dar tumbos hasta que, por azar, acierta a nadar en una dirección que nuevamente la acerca a la fuente de nutrientes.
¿Resultado? La bacteria va probando varias direcciones hasta “atinarle” a la que la acerca al alimento. Y sin embargo, este comportamiento aparentemente inteligente es resultado sólo de un mecanismo de retroalimentación molecular, carente de inteligencia.
El ejemplo quizá es demasiado elemental, pero es también muestra que cualidades como la inteligencia pueden ser propiedades emergentes que surgen de la organización de elementos más sencillos. Mediante un razonamiento similar, aunque mucho más complejo, los neurobiólogos tratan de explicar no sólo la inteligencia humana, sino cómo las neuronas de nuestro cerebro, carentes de conciencia, logran producir el fenómeno maravilloso del “yo” que todos percibimos como nuestra esencia.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 23 de noviembre de 2005
Ciencia, Estado e Iglesia
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Ciencia, Estado e Iglesia
Noviembre 23, 2005
Ya cansa el lugar común: “Al César lo que es del César...” Pero las relaciones entre las iglesias -en particular, en países como el nuestro, la católica- y otras poderosas instituciones sociales, como el Estado o la ciencia, siguen provocando polémica.
Es notoria, por ejemplo, la enérgica campaña que El Vaticano está impulsando en toda Iberoamérica con el fin de recuperar presencia pública y poder político. En México, las constantes declaraciones de los jerarcas en el sentido de que “defenderán el derecho de la Iglesia a opinar”, de que efectuarán talleres de voto –acercándose peligrosamente a la línea violatoria de la ley– o de que “es necesario que la Iglesia cuente con medios de comunicación masiva”, muestran que están en pie de lucha.
Paralelamente al tema electoral, otro frente en que tradicionalmente la Iglesia ha intentado obtener más espacios es el educativo. La propuesta de incluir clases de religión (¿sólo de la católica?) en las escuelas públicas puede resultar inquietante en un Estado laico. ¿Conviene basar la enseñanza en creencias religiosas o en el conocimiento científico? Afortunadamente la Constitución, en su artículo tercero, es clara: la educación que imparta el Estado “será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa”. Y no olvidemos que los puntos de vista del catolicismo con frecuencia se contraponen diametralmente con los de la ciencia, sobre todo en temas como clonación, aborto, anticoncepción, eutanasia, terapia genética y con células madre... Podemos felicitarnos de que lo que en nuestro país se esté discutiendo moderadamente sea la posibilidad de incluir la religión en la escuela, mientras que en España hay movilizaciones masivas y declaraciones agresivas en contra de que las clases de religión ¡dejen de ser obligatorias!
El tema puede discutirse, claro. Al respecto, es interesante contrastar con lo que sucede en Estados Unidos, donde la derecha fundamentalista –en este caso, protestante– ha logrado una penetración brutal en el sistema educativo. Su triunfo más notorio es la inclusión de la teoría seudocientífica del diseño inteligente (la vieja idea creacionista de que es imposible que surjan estructuras adaptativas complejas como las que presentan los seres vivos sin la intervención de un diseñador) en el currículum de las escuelas en Kansas.
Recientemente la revista Science le solicitó al biólogo Antonio Lazcano Araujo, profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y reconocido especialista en origen de la vida, un texto sobre la enseñanza de la Evolución en México. En él, Lazcano comenta lo sorprendente que resulta para muchos estadunidenses que en un país tradicionalmente católico como México la teoría darwinista de la evolución por selección natural no sea, como en el suyo, fuente de constantes debates y discusiones.
Para encontrar la respuesta al aparente dilema, Lazcano explora la historia de la biología evolutiva en México: lejos de crear conflicto, la enseñanza de la evolución cuenta con una gran tradición en nuestro país. Muestras de ello son los trabajos del famoso naturalista don Alfonso L. Herrera, a principios del siglo XX; los murales de Diego Rivera, que muestran a Charles Darwin, y la moderna enseñanza de la evolución (y de las teorías sobre el origen de la vida, consecuencia del pensamiento darwinista) como parte de todas las carreras de biología.
Lazcano atribuye la ausencia de oposición a la enseñanza de la Evolución en México a características propias del catolicismo, que a diferencia de muchas doctrinas protestantes, no exige una interpretación literal de la Biblia. Sin embargo, se preocupa de que la creciente penetración del protestantismo en nuestro país provoque conflictos como los que viven los Estados Unidos.
Nuestra Constitución especifica que el criterio que orientará a la educación pública “se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”. Ante las muchas veces razonables exigencias de libertad religiosa, habrá que defender una distinción clara entre creencias religiosas y conocimiento científico. Como concluye Lazcano en su artículo, habrá que buscar la manera de dar al César lo que es del César, a dios lo que es de dios... y a Darwin lo que es de Darwin.
mbonfil@servidor.unam.mx
Ciencia, Estado e Iglesia
Noviembre 23, 2005
Ya cansa el lugar común: “Al César lo que es del César...” Pero las relaciones entre las iglesias -en particular, en países como el nuestro, la católica- y otras poderosas instituciones sociales, como el Estado o la ciencia, siguen provocando polémica.
Es notoria, por ejemplo, la enérgica campaña que El Vaticano está impulsando en toda Iberoamérica con el fin de recuperar presencia pública y poder político. En México, las constantes declaraciones de los jerarcas en el sentido de que “defenderán el derecho de la Iglesia a opinar”, de que efectuarán talleres de voto –acercándose peligrosamente a la línea violatoria de la ley– o de que “es necesario que la Iglesia cuente con medios de comunicación masiva”, muestran que están en pie de lucha.
Paralelamente al tema electoral, otro frente en que tradicionalmente la Iglesia ha intentado obtener más espacios es el educativo. La propuesta de incluir clases de religión (¿sólo de la católica?) en las escuelas públicas puede resultar inquietante en un Estado laico. ¿Conviene basar la enseñanza en creencias religiosas o en el conocimiento científico? Afortunadamente la Constitución, en su artículo tercero, es clara: la educación que imparta el Estado “será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa”. Y no olvidemos que los puntos de vista del catolicismo con frecuencia se contraponen diametralmente con los de la ciencia, sobre todo en temas como clonación, aborto, anticoncepción, eutanasia, terapia genética y con células madre... Podemos felicitarnos de que lo que en nuestro país se esté discutiendo moderadamente sea la posibilidad de incluir la religión en la escuela, mientras que en España hay movilizaciones masivas y declaraciones agresivas en contra de que las clases de religión ¡dejen de ser obligatorias!
El tema puede discutirse, claro. Al respecto, es interesante contrastar con lo que sucede en Estados Unidos, donde la derecha fundamentalista –en este caso, protestante– ha logrado una penetración brutal en el sistema educativo. Su triunfo más notorio es la inclusión de la teoría seudocientífica del diseño inteligente (la vieja idea creacionista de que es imposible que surjan estructuras adaptativas complejas como las que presentan los seres vivos sin la intervención de un diseñador) en el currículum de las escuelas en Kansas.
Recientemente la revista Science le solicitó al biólogo Antonio Lazcano Araujo, profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y reconocido especialista en origen de la vida, un texto sobre la enseñanza de la Evolución en México. En él, Lazcano comenta lo sorprendente que resulta para muchos estadunidenses que en un país tradicionalmente católico como México la teoría darwinista de la evolución por selección natural no sea, como en el suyo, fuente de constantes debates y discusiones.
Para encontrar la respuesta al aparente dilema, Lazcano explora la historia de la biología evolutiva en México: lejos de crear conflicto, la enseñanza de la evolución cuenta con una gran tradición en nuestro país. Muestras de ello son los trabajos del famoso naturalista don Alfonso L. Herrera, a principios del siglo XX; los murales de Diego Rivera, que muestran a Charles Darwin, y la moderna enseñanza de la evolución (y de las teorías sobre el origen de la vida, consecuencia del pensamiento darwinista) como parte de todas las carreras de biología.
Lazcano atribuye la ausencia de oposición a la enseñanza de la Evolución en México a características propias del catolicismo, que a diferencia de muchas doctrinas protestantes, no exige una interpretación literal de la Biblia. Sin embargo, se preocupa de que la creciente penetración del protestantismo en nuestro país provoque conflictos como los que viven los Estados Unidos.
Nuestra Constitución especifica que el criterio que orientará a la educación pública “se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”. Ante las muchas veces razonables exigencias de libertad religiosa, habrá que defender una distinción clara entre creencias religiosas y conocimiento científico. Como concluye Lazcano en su artículo, habrá que buscar la manera de dar al César lo que es del César, a dios lo que es de dios... y a Darwin lo que es de Darwin.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 16 de noviembre de 2005
La batalla contra la credulidad
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
La batalla contra la credulidad
16-noviembre-05
La ciencia podría quizá definirse como una lucha constante contra la credulidad.
En efecto: aunque el ideal de objetividad ha sido abandonado por la mayoría de los filósofos de la ciencia –aunque no necesariamente por los científicos mismos–, el pensamiento científico se ha caracterizado siempre por un compromiso con la realidad: la convicción de que mediante la investigación rigurosa puede conocerse algo acerca de cómo es el mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, el científico reconoce que puede engañarse, y hace todo lo que esté a su alcance para evitarlo.
El credo de los científicos es precisamente que gracias a este compromiso escéptico, base del llamado método científico (no confundir con la receta de cocina que se enseña en las escuelas), la ciencia evita ser autocomplaciente y se ha convertido en nuestra forma más confiable y poderosa de obtener conocimiento sobre la naturaleza.
Sin embargo, el método científico moderno, con sus mecanismos autocorrectores, es resultado de un continuo proceso histórico que ha durado siglos (de hecho, según algunos filósofos, es continuación de una evolución que puede rastrearse a la aparición de los primeros seres vivos, que ya requerían, para sobrevivir, de información confiable sobre su entorno). Pero no es fácil ser riguroso, y a veces cuesta trabajo abandonar el pensamiento cotidiano, en el que caben suposiciones infundadas como la de que basta con desear algo para que ocurra.Es precisamente gracias a este tipo de "pensamiento esperanzado" (whishful thinking), entre otras cosas, que los profesionales de la credulidad pueden medrar, vendiendo no sólo ilusiones, sino defraudando a sus clientes al ofrecerles, por supuesto siempre mediante un pago, pociones, talismanes, conjuros y demás métodos que supuestamente garantizan el fácil cumplimiento de sus deseos.
Y precisamente por ello es loable la reciente iniciativa de la Cámara de Senadores de aprobar, la semana pasada, un punto de acuerdo en que se solicita que la Secretaría de Gobernación informe sobre la abundante publicidad que videntes, adivinos, psíquicos y curanderos y demás fauna presentan en los medios, y de las medidas que se están tomando para retirarla. Con ello se aborda un viejo problema: que los servicios que ofrecen estos personajes constituyen una forma de fraude (según el artículo 387 del Código Penal).La iniciativa quizá provoque un debate sobre el derecho que tienen estas personas a mantener sus creencias. Desde luego, el problema no es ese, sino que lucren con ellas para engañar a los ciudadanos, muchas veces impidiendo incluso que recurran a verdaderos especialistas para buscar solución a problemas de salud, familiares, psicológicos, económicos o de trabajo. (Alguna vez una astróloga se molestó por un comentario que hice en este espacio: afirmaba que al decir que la astrología es una seudociencia le causaba yo un perjuicio profesional... Tal vez. Pero no tendría ese problema si vendiera un producto legítimo.)
La situación de la ciencia en México no es óptima: hemos sido calificados negativamente en evaluaciones internacionales, y las metas prometidas de aumentar la inversión en ciencia hasta llegar al 1 por ciento del Producto Interno Bruto se han convertido, predeciblemente, en una disminución desde el 0.42 hasta un 0.33 por ciento para el año próximo. Si quisiéramos tener alguna oportunidad de que nuestro país salga del subdesarrollo habría que fomentar el crecimiento de un verdadero y vigoroso sistema científico-tecnológico-industrial.
Y sin embargo, al compararnos con nuestro poderoso vecino del norte, podemos tener alguna esperanza. En Kansas las corrientes religiosas más retrógradas logran imponer la enseñanza de dogmas religiosos (el creacionismo travestido de diseño inteligente) como parte de los cursos de biología evolutiva, lo cual hace pensar que peligra el futuro de esa nación como líder en ciencia y tecnología. Congratulémonos de que, al menos, los legisladores mexicanos todavía sean capaces de distinguir el verdadero pensamiento científico de las charlatanerías y seudociencias que, como dice el punto de acuerdo del Senado, “lucran con la ignorancia o la desesperación de la gente por solucionar sus problemas de una manera fácil”. Enhorabuena por la medida; ojalá se materialice en acciones concretas.
mbonfil@servidor.unam.mx
Martín Bonfil Olivera
La batalla contra la credulidad
16-noviembre-05
La ciencia podría quizá definirse como una lucha constante contra la credulidad.
En efecto: aunque el ideal de objetividad ha sido abandonado por la mayoría de los filósofos de la ciencia –aunque no necesariamente por los científicos mismos–, el pensamiento científico se ha caracterizado siempre por un compromiso con la realidad: la convicción de que mediante la investigación rigurosa puede conocerse algo acerca de cómo es el mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, el científico reconoce que puede engañarse, y hace todo lo que esté a su alcance para evitarlo.
El credo de los científicos es precisamente que gracias a este compromiso escéptico, base del llamado método científico (no confundir con la receta de cocina que se enseña en las escuelas), la ciencia evita ser autocomplaciente y se ha convertido en nuestra forma más confiable y poderosa de obtener conocimiento sobre la naturaleza.
Sin embargo, el método científico moderno, con sus mecanismos autocorrectores, es resultado de un continuo proceso histórico que ha durado siglos (de hecho, según algunos filósofos, es continuación de una evolución que puede rastrearse a la aparición de los primeros seres vivos, que ya requerían, para sobrevivir, de información confiable sobre su entorno). Pero no es fácil ser riguroso, y a veces cuesta trabajo abandonar el pensamiento cotidiano, en el que caben suposiciones infundadas como la de que basta con desear algo para que ocurra.Es precisamente gracias a este tipo de "pensamiento esperanzado" (whishful thinking), entre otras cosas, que los profesionales de la credulidad pueden medrar, vendiendo no sólo ilusiones, sino defraudando a sus clientes al ofrecerles, por supuesto siempre mediante un pago, pociones, talismanes, conjuros y demás métodos que supuestamente garantizan el fácil cumplimiento de sus deseos.
Y precisamente por ello es loable la reciente iniciativa de la Cámara de Senadores de aprobar, la semana pasada, un punto de acuerdo en que se solicita que la Secretaría de Gobernación informe sobre la abundante publicidad que videntes, adivinos, psíquicos y curanderos y demás fauna presentan en los medios, y de las medidas que se están tomando para retirarla. Con ello se aborda un viejo problema: que los servicios que ofrecen estos personajes constituyen una forma de fraude (según el artículo 387 del Código Penal).La iniciativa quizá provoque un debate sobre el derecho que tienen estas personas a mantener sus creencias. Desde luego, el problema no es ese, sino que lucren con ellas para engañar a los ciudadanos, muchas veces impidiendo incluso que recurran a verdaderos especialistas para buscar solución a problemas de salud, familiares, psicológicos, económicos o de trabajo. (Alguna vez una astróloga se molestó por un comentario que hice en este espacio: afirmaba que al decir que la astrología es una seudociencia le causaba yo un perjuicio profesional... Tal vez. Pero no tendría ese problema si vendiera un producto legítimo.)
La situación de la ciencia en México no es óptima: hemos sido calificados negativamente en evaluaciones internacionales, y las metas prometidas de aumentar la inversión en ciencia hasta llegar al 1 por ciento del Producto Interno Bruto se han convertido, predeciblemente, en una disminución desde el 0.42 hasta un 0.33 por ciento para el año próximo. Si quisiéramos tener alguna oportunidad de que nuestro país salga del subdesarrollo habría que fomentar el crecimiento de un verdadero y vigoroso sistema científico-tecnológico-industrial.
Y sin embargo, al compararnos con nuestro poderoso vecino del norte, podemos tener alguna esperanza. En Kansas las corrientes religiosas más retrógradas logran imponer la enseñanza de dogmas religiosos (el creacionismo travestido de diseño inteligente) como parte de los cursos de biología evolutiva, lo cual hace pensar que peligra el futuro de esa nación como líder en ciencia y tecnología. Congratulémonos de que, al menos, los legisladores mexicanos todavía sean capaces de distinguir el verdadero pensamiento científico de las charlatanerías y seudociencias que, como dice el punto de acuerdo del Senado, “lucran con la ignorancia o la desesperación de la gente por solucionar sus problemas de una manera fácil”. Enhorabuena por la medida; ojalá se materialice en acciones concretas.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 9 de noviembre de 2005
La ciencia como cultura
Noviembre 9, 2005
La ciencia como cultura
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Si aceptamos la definición de cultura como el conjunto de productos de la actividad humana, resulta que todo es cultura. Y si todo es cultura, la idea de que hay que “fomentar la cultura” resulta un poco absurda.
Por ello conviene adoptar una definición más limitada, que reconoce que pueden existir diversas “culturas” relacionadas con las distintas áreas de la actividad humana. Habría así cultura musical o del deporte, cultura mexicana y cultura francesa. Y, por supuesto, cultura popular y “cultura culta”, a la que normalmente nos referimos cuando pensamos en institutos de bellas artes o en consejos y secretarías de cultura.
Se acepta que esta cultura debe difundirse entre la población. En primer lugar porque no está difundida: se supone que la mayor parte de los ciudadanos no tiene acceso a ella. Y en segundo, porque se trata de un producto valioso de la actividad humana que nos permite enriquecer nuestra existencia y nos produce disfrute. (En cambio, a la cultura popular hay que “defenderla”, pues aunque está presente en todos los pueblos, tiende a desaparecer para ser sustituida por culturas importadas a través de la televisión y otros medios de penetración cultural.)
Desde este punto de vista, se puede entonces hablar de una “cultura científica”: el conocimiento de la ciencia, sus métodos, su manera de pensar y la visión del mundo que nos proporciona.
¿Quiénes debieran tener una cultura científica? Los científicos, por supuesto, pero no sólo ellos: la cultura científica no debiera estar restringida a quienes se dedican profesionalmente a la ciencia, sino que tendría que formar parte de la cultura general de toda la población.Las razones son muchas. Algunas son prácticas: la ciencia es nuestra fuente más confiable de conocimiento acerca de la naturaleza. El conocimiento científico nos permite no sólo entender el mundo que nos rodea, sino también modificarlo e intervenir en él con un alto grado de éxito. La aplicación de este conocimiento ha mejorado el nivel de vida de los ciudadanos a un grado que no ha logrado ninguna otra concepción del mundo o vía de conocimiento. Una cultura científica resulta indispensable para que el ciudadano no científico comprenda cabalmente el mundo actual y pueda darle sentido a los constantes avances científicos y tecnológicos que cada día transforman nuestras vidas. Y no sólo eso: a través de ella, los ciudadanos podemos también responsabilizarnos sobre el rumbo que tome la ciencia y la manera en que se aplique. La democratización del conocimiento científico es otra de las ventajas de una cultura científica popular.
Pero hay razones más abstractas para fomentar una amplia difusión de la cultura científica entre la población general. Y curiosamente, son muy similares a las que impulsan a todas las otras formas de difusión cultural. ¿Por qué, por ejemplo, hacemos exposiciones de pintura y escultura, funciones de danza o teatro, editamos libros de literatura o poesía? Simplemente porque son manifestaciones de la creatividad humana valiosas en sí mismas que hacen que nuestra vida sea más rica, y porque los ciudadanos merecen y tienen derecho a tener acceso a ellas.Aunque por desgracia muchas veces se piensa que la cultura científica se opone de alguna forma a la cultura artística y humanística, lo cierto es que tanto el arte y las humanidades como la ciencia, como formas de cultura, nos dan más opciones a la hora de pensar, actuar, decidir y comprender nuestras vidas.
El pasado lunes, la Universidad Nacional Autónoma de México entregó los estímulos con los que anualmente reconoce la labor de sus académicos destacados. Entre ellos, dos divulgadores científicos fueron reconocidos en el área de creación artística y extensión de la cultura. Uno de ellos fue el ingeniero José de la Herrán, quien recibió el Premio Universidad Nacional por una labor de décadas dedicada a poner la cultura científica y tecnológica al alcance de todos. El otro fue un servidor, que tuvo el honor de recibir la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos. Ambos reconocimientos señalan un logro importante: la aceptación de la cultura científica como parte de la amplia labor de difusión cultural, parte de las labores sustantivas de la universidad nacional y de nuestros valores nacionales. Desde aquí comparto mi satisfacción y mi renovado compromiso con esta gozosa labor.
mbonfil@servidor.unam.mx
La ciencia como cultura
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Si aceptamos la definición de cultura como el conjunto de productos de la actividad humana, resulta que todo es cultura. Y si todo es cultura, la idea de que hay que “fomentar la cultura” resulta un poco absurda.
Por ello conviene adoptar una definición más limitada, que reconoce que pueden existir diversas “culturas” relacionadas con las distintas áreas de la actividad humana. Habría así cultura musical o del deporte, cultura mexicana y cultura francesa. Y, por supuesto, cultura popular y “cultura culta”, a la que normalmente nos referimos cuando pensamos en institutos de bellas artes o en consejos y secretarías de cultura.
Se acepta que esta cultura debe difundirse entre la población. En primer lugar porque no está difundida: se supone que la mayor parte de los ciudadanos no tiene acceso a ella. Y en segundo, porque se trata de un producto valioso de la actividad humana que nos permite enriquecer nuestra existencia y nos produce disfrute. (En cambio, a la cultura popular hay que “defenderla”, pues aunque está presente en todos los pueblos, tiende a desaparecer para ser sustituida por culturas importadas a través de la televisión y otros medios de penetración cultural.)
Desde este punto de vista, se puede entonces hablar de una “cultura científica”: el conocimiento de la ciencia, sus métodos, su manera de pensar y la visión del mundo que nos proporciona.
¿Quiénes debieran tener una cultura científica? Los científicos, por supuesto, pero no sólo ellos: la cultura científica no debiera estar restringida a quienes se dedican profesionalmente a la ciencia, sino que tendría que formar parte de la cultura general de toda la población.Las razones son muchas. Algunas son prácticas: la ciencia es nuestra fuente más confiable de conocimiento acerca de la naturaleza. El conocimiento científico nos permite no sólo entender el mundo que nos rodea, sino también modificarlo e intervenir en él con un alto grado de éxito. La aplicación de este conocimiento ha mejorado el nivel de vida de los ciudadanos a un grado que no ha logrado ninguna otra concepción del mundo o vía de conocimiento. Una cultura científica resulta indispensable para que el ciudadano no científico comprenda cabalmente el mundo actual y pueda darle sentido a los constantes avances científicos y tecnológicos que cada día transforman nuestras vidas. Y no sólo eso: a través de ella, los ciudadanos podemos también responsabilizarnos sobre el rumbo que tome la ciencia y la manera en que se aplique. La democratización del conocimiento científico es otra de las ventajas de una cultura científica popular.
Pero hay razones más abstractas para fomentar una amplia difusión de la cultura científica entre la población general. Y curiosamente, son muy similares a las que impulsan a todas las otras formas de difusión cultural. ¿Por qué, por ejemplo, hacemos exposiciones de pintura y escultura, funciones de danza o teatro, editamos libros de literatura o poesía? Simplemente porque son manifestaciones de la creatividad humana valiosas en sí mismas que hacen que nuestra vida sea más rica, y porque los ciudadanos merecen y tienen derecho a tener acceso a ellas.Aunque por desgracia muchas veces se piensa que la cultura científica se opone de alguna forma a la cultura artística y humanística, lo cierto es que tanto el arte y las humanidades como la ciencia, como formas de cultura, nos dan más opciones a la hora de pensar, actuar, decidir y comprender nuestras vidas.
El pasado lunes, la Universidad Nacional Autónoma de México entregó los estímulos con los que anualmente reconoce la labor de sus académicos destacados. Entre ellos, dos divulgadores científicos fueron reconocidos en el área de creación artística y extensión de la cultura. Uno de ellos fue el ingeniero José de la Herrán, quien recibió el Premio Universidad Nacional por una labor de décadas dedicada a poner la cultura científica y tecnológica al alcance de todos. El otro fue un servidor, que tuvo el honor de recibir la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos. Ambos reconocimientos señalan un logro importante: la aceptación de la cultura científica como parte de la amplia labor de difusión cultural, parte de las labores sustantivas de la universidad nacional y de nuestros valores nacionales. Desde aquí comparto mi satisfacción y mi renovado compromiso con esta gozosa labor.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 26 de octubre de 2005
Norberto Rivera y el petate de Frankenstein
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
26-octubre-05
Cuando Mary Shelley escribió en 1816 su novela Frankenstein, probablemente no imaginó que estaba creando un icono que casi dos siglos después seguiría sirviendo para asustar sobre los “peligros” de manipular a la naturaleza. La moraleja del libro podría resumirse así: si interfieres con las leyes naturales, sufrirás consecuencias terribles.
Al menos, esa es la moraleja obvia, porque hay otra, menos evidente: lo realmente malo en la creación del ambicioso Víctor Frankenstein no son los daños que ocasiona su criatura fuera de control, sino el hecho mismo de haber osado violar el orden natural al crear vida, algo reservado sólo a los dioses.
Esta misma agenda oculta parece estar también detrás del actual debate sobre la eutanasia en nuestro país. A partir de la iniciativa de crear una instancia legal que regule las solicitudes de enfermos terminales que deseen poner fin, en forma voluntaria y humanitaria, a sus vidas (decisión personal que cualquiera que haya visto la excelente cinta Mar adentro debiera ser capaz de entender y respetar), se han levantado voces opositoras, en particular la de la iglesia católica.
El cardenal Norberto Rivera mencionó incluso la posibilidad de convocar a la desobediencia civil (por más que posteriormente se negara el hecho) si se aprobaba tal medida. Se defiende así la tramposamente llamada “cultura por la vida” (como si todo aquel que discrepara de la dogmática oposición vaticana a la simple posibilidad de decidir sobre los usos de su cuerpo -anticoncepción, aborto, orientación sexual, la eutanasia misma- defendiera una “cultura de la muerte”).
Desde luego, en el fondo se trata de un asunto ético. Pero también de salud, por lo que la posible legislación sobre eutanasia debería estar basada en el conocimiento que aporta la ciencia médica. Lamentablemente, los argumentos que los opositores han esgrimido no ya contra la eutanasia, sino contra la mera posibilidad de discutirla, son terriblemente pobres. Se reducen a afirmaciones como que “no nos está dado” intervenir en la terminación de la vida de un enfermo, o que “no se debe violar el orden natural”.
Son además argumentos falaces, pues se basan en la idea de que existen “leyes naturales” que pueden ser violadas, aunque pagando con funestas consecuencias. Si bien en ciencia se habla de “leyes” (como la de la gravedad), se trata más bien de generalizaciones sobre el comportamiento de la naturaleza. No sólo no pueden violarse, sino que no fueron impuestas por ninguna autoridad que nos castigue si lo hacemos.
Detrás de la idea de que hay un “orden natural” que no nos está dado trascender están dos concepciones filosóficas relacionadas: el vitalismo y el esencialismo. El primero supone que los seres vivos lo estamos gracias a una fuerza vital que nos anima, y que está presente ya desde el momento mismo de la fecundación. El esencialismo supone, a su vez, que las cosas -incluyendo los seres humanos- tienen esencias que los hacen ser lo que son.
La ciencia moderna, por su parte, nos dice que los seres vivos son producto de un proceso de construcción paulatina: van surgiendo a partir de la fecundación y se van convirtiendo paulatinamente en humanos. Y así mismo, al morir no se pierde una “esencia” humana, ni la muerte es un proceso en el que no nos esté dado intervenir (sobre todo si de aliviar el sufrimiento se trata).
La ciencia no puede estar ni a favor ni en contra de la eutanasia, pero sí puede estar abiertamente a favor de la posibilidad de discutir el tema, y puede refutar los argumentos esencialistas y vitalistas con los que se pretende asustar a los ciudadanos para evitar la discusión. No hay ninguna “ley natural” que nos impida intervenir en los procesos vitales para ayudar a quien lo necesite.
La iniciativa sobre la eutanasia no pretende obligar a nadie, sino permitir que quien lo necesite pueda recurrir a ella. Y es en ese sentido que la ciencia puede apoyarla. La ciencia bien entendida ve al ciudadano como un adulto capaz de tomar sus propias decisiones informadas, en el marco de la legalidad. Pareciera que la iglesia lo ve ya no como un niño, sino como una oveja que requiere de un pastor que la guíe. Nos quieren asustar con el petate de Frankenstein.
mbonfil@servidor.unam.mx
26-octubre-05
Cuando Mary Shelley escribió en 1816 su novela Frankenstein, probablemente no imaginó que estaba creando un icono que casi dos siglos después seguiría sirviendo para asustar sobre los “peligros” de manipular a la naturaleza. La moraleja del libro podría resumirse así: si interfieres con las leyes naturales, sufrirás consecuencias terribles.
Al menos, esa es la moraleja obvia, porque hay otra, menos evidente: lo realmente malo en la creación del ambicioso Víctor Frankenstein no son los daños que ocasiona su criatura fuera de control, sino el hecho mismo de haber osado violar el orden natural al crear vida, algo reservado sólo a los dioses.
Esta misma agenda oculta parece estar también detrás del actual debate sobre la eutanasia en nuestro país. A partir de la iniciativa de crear una instancia legal que regule las solicitudes de enfermos terminales que deseen poner fin, en forma voluntaria y humanitaria, a sus vidas (decisión personal que cualquiera que haya visto la excelente cinta Mar adentro debiera ser capaz de entender y respetar), se han levantado voces opositoras, en particular la de la iglesia católica.
El cardenal Norberto Rivera mencionó incluso la posibilidad de convocar a la desobediencia civil (por más que posteriormente se negara el hecho) si se aprobaba tal medida. Se defiende así la tramposamente llamada “cultura por la vida” (como si todo aquel que discrepara de la dogmática oposición vaticana a la simple posibilidad de decidir sobre los usos de su cuerpo -anticoncepción, aborto, orientación sexual, la eutanasia misma- defendiera una “cultura de la muerte”).
Desde luego, en el fondo se trata de un asunto ético. Pero también de salud, por lo que la posible legislación sobre eutanasia debería estar basada en el conocimiento que aporta la ciencia médica. Lamentablemente, los argumentos que los opositores han esgrimido no ya contra la eutanasia, sino contra la mera posibilidad de discutirla, son terriblemente pobres. Se reducen a afirmaciones como que “no nos está dado” intervenir en la terminación de la vida de un enfermo, o que “no se debe violar el orden natural”.
Son además argumentos falaces, pues se basan en la idea de que existen “leyes naturales” que pueden ser violadas, aunque pagando con funestas consecuencias. Si bien en ciencia se habla de “leyes” (como la de la gravedad), se trata más bien de generalizaciones sobre el comportamiento de la naturaleza. No sólo no pueden violarse, sino que no fueron impuestas por ninguna autoridad que nos castigue si lo hacemos.
Detrás de la idea de que hay un “orden natural” que no nos está dado trascender están dos concepciones filosóficas relacionadas: el vitalismo y el esencialismo. El primero supone que los seres vivos lo estamos gracias a una fuerza vital que nos anima, y que está presente ya desde el momento mismo de la fecundación. El esencialismo supone, a su vez, que las cosas -incluyendo los seres humanos- tienen esencias que los hacen ser lo que son.
La ciencia moderna, por su parte, nos dice que los seres vivos son producto de un proceso de construcción paulatina: van surgiendo a partir de la fecundación y se van convirtiendo paulatinamente en humanos. Y así mismo, al morir no se pierde una “esencia” humana, ni la muerte es un proceso en el que no nos esté dado intervenir (sobre todo si de aliviar el sufrimiento se trata).
La ciencia no puede estar ni a favor ni en contra de la eutanasia, pero sí puede estar abiertamente a favor de la posibilidad de discutir el tema, y puede refutar los argumentos esencialistas y vitalistas con los que se pretende asustar a los ciudadanos para evitar la discusión. No hay ninguna “ley natural” que nos impida intervenir en los procesos vitales para ayudar a quien lo necesite.
La iniciativa sobre la eutanasia no pretende obligar a nadie, sino permitir que quien lo necesite pueda recurrir a ella. Y es en ese sentido que la ciencia puede apoyarla. La ciencia bien entendida ve al ciudadano como un adulto capaz de tomar sus propias decisiones informadas, en el marco de la legalidad. Pareciera que la iglesia lo ve ya no como un niño, sino como una oveja que requiere de un pastor que la guíe. Nos quieren asustar con el petate de Frankenstein.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 19 de octubre de 2005
Ciencia, seudociencia y el criterio de Heisenberg
Octubre 19, 2005
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Ciencia, seudociencia y el criterio de Heisenberg
La vida tiene curiosas contradicciones. Una la viví en el 14o Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica, que se llevó a cabo la semana pasada en Morelia, Michoacán. En el local destinado al congreso nos reunimos decenas de comunicadores de la ciencia del país y de varias naciones iberoamericanas a discutir las mejores maneras de llevar a cabo nuestra labor: poner el conocimiento y la cultura científica al alcance del público. Y al mismo tiempo, en el teatro de al lado, se presentaba el notorio experto en ovnis Jaime Maussan con una conferencia titulada “La profecía” (“los mayas lo sabían, los tiempos se están cumpliendo, tú serás testigo”).El contraste era curioso precisamente porque en el Congreso de Divulgación se estuvieron discutiendo lo problemas de cómo promover el pensamiento científico en contra de seudociencias y charlatanerías que abusan de la credibilidad del público para despojarlo de su dinero (y muchas veces de su salud).El contraste, aunque curioso, no es demasiado sorprendente: basta hojear cualquier diario para encontrar, junto a la sección de ciencia -si es que existe-, una página dedicada a los horóscopos. Pero, como también se discutió en el congreso, ¿qué tanto derecho tenemos los comunicadores de la ciencia a descalificar a otras formas de conocimiento distintas de la ciencia?Depende de dos cosas: de cómo se presenten y de qué digan. Ideas como las de Maussan, o las de Walter Mercado, o las de los expertos en niños índigo? podrían quizá ser aceptables como mero entretenimiento, aún a pesar de que no existe evidencia confiable de que existan los visitantes extraterrestres, las predicciones astrológicas ni los niños índigo.Pero en el momento que se presentan como opciones científicamente válidas -como ciencia- se convierten en fraudes. Y más si tomamos en cuenta que invariablemente quienes las promueven lo hacen cobrando una cuota, algo que inmediatamente hace sospechar que se trata más de un negocio que de la promoción desinteresada de formas alternativas de conocimiento frente a la supuesta cerrazón de la comunidad científica. (Compárese, por ejemplo, la muy distinta y mucho menos mercantil actitud de quienes promueven la conservación de diversas tradiciones, de los auténticos ecologistas o de los promotores de la medicina autóctona.)¿Cómo distinguir entre la ciencia auténtica, que produce conocimiento confiable -y aplicable- acerca de la naturaleza, y sus imitadores fraudulentos? La respuesta quizá puede hallarse en una maravillosa obra de teatro que se presentó en los días previos al congreso de Morelia. Se trata de Copenhague, de Michael Frayin, que pudimos disfrutar en una excelente lectura dramatizada. Entre las muchas aristas que aborda esta obra maestra de teatro con tema científico, está el notorio pragmatismo de Werner Heisenberg, uno de los tres personajes y fundador de la mecánica cuántica.Discutiendo con Neils Bohr, su maestro y amigo, quien lo recriminaba por la a veces excesiva audacia con la que tomaba decisiones o saltaba a conclusiones científicas arriesgadas, Heisenberg se justificaba con un único argumento: “¡Funcionó!”.Y en efecto: más allá de todas las discusiones ideológicas o filosóficas que puedan tenerse acerca de la superioridad de la ciencia frente a otras formas de adquirir conocimiento, siempre queda de manifiesto el hecho de que, al aplicar el conocimiento científico, éste ¡funciona! Los aviones vuelan, las vacunas protegen, los antibióticos curan, los teléfonos celulares funcionan (bueno, no exageremos).El punto es que, por desagradable que parezca, este argumento pragmatista, práctico, es algo de lo que no pueden presumir muchas otras disciplinas que quisieran hacerse pasar como ciencias.Y es precisamente la utilidad práctica del conocimiento científico lo que muchas veces nos permite decidir cuándo una charlatanería puede ser no sólo deshonesta, sino lo suficientemente peligrosa como para oponerse activamente a ella. Hasta el momento, afortunadamente, las marañas conceptuales que vende Maussan no hacen mayor daño que despojar a su audiencia de su dinero y de su tiempo. Y quién sabe, ¡a lo mejor hasta puede resultar divertido escucharlo!
mbonfil@servidor.unam.mx
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Ciencia, seudociencia y el criterio de Heisenberg
La vida tiene curiosas contradicciones. Una la viví en el 14o Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica, que se llevó a cabo la semana pasada en Morelia, Michoacán. En el local destinado al congreso nos reunimos decenas de comunicadores de la ciencia del país y de varias naciones iberoamericanas a discutir las mejores maneras de llevar a cabo nuestra labor: poner el conocimiento y la cultura científica al alcance del público. Y al mismo tiempo, en el teatro de al lado, se presentaba el notorio experto en ovnis Jaime Maussan con una conferencia titulada “La profecía” (“los mayas lo sabían, los tiempos se están cumpliendo, tú serás testigo”).El contraste era curioso precisamente porque en el Congreso de Divulgación se estuvieron discutiendo lo problemas de cómo promover el pensamiento científico en contra de seudociencias y charlatanerías que abusan de la credibilidad del público para despojarlo de su dinero (y muchas veces de su salud).El contraste, aunque curioso, no es demasiado sorprendente: basta hojear cualquier diario para encontrar, junto a la sección de ciencia -si es que existe-, una página dedicada a los horóscopos. Pero, como también se discutió en el congreso, ¿qué tanto derecho tenemos los comunicadores de la ciencia a descalificar a otras formas de conocimiento distintas de la ciencia?Depende de dos cosas: de cómo se presenten y de qué digan. Ideas como las de Maussan, o las de Walter Mercado, o las de los expertos en niños índigo? podrían quizá ser aceptables como mero entretenimiento, aún a pesar de que no existe evidencia confiable de que existan los visitantes extraterrestres, las predicciones astrológicas ni los niños índigo.Pero en el momento que se presentan como opciones científicamente válidas -como ciencia- se convierten en fraudes. Y más si tomamos en cuenta que invariablemente quienes las promueven lo hacen cobrando una cuota, algo que inmediatamente hace sospechar que se trata más de un negocio que de la promoción desinteresada de formas alternativas de conocimiento frente a la supuesta cerrazón de la comunidad científica. (Compárese, por ejemplo, la muy distinta y mucho menos mercantil actitud de quienes promueven la conservación de diversas tradiciones, de los auténticos ecologistas o de los promotores de la medicina autóctona.)¿Cómo distinguir entre la ciencia auténtica, que produce conocimiento confiable -y aplicable- acerca de la naturaleza, y sus imitadores fraudulentos? La respuesta quizá puede hallarse en una maravillosa obra de teatro que se presentó en los días previos al congreso de Morelia. Se trata de Copenhague, de Michael Frayin, que pudimos disfrutar en una excelente lectura dramatizada. Entre las muchas aristas que aborda esta obra maestra de teatro con tema científico, está el notorio pragmatismo de Werner Heisenberg, uno de los tres personajes y fundador de la mecánica cuántica.Discutiendo con Neils Bohr, su maestro y amigo, quien lo recriminaba por la a veces excesiva audacia con la que tomaba decisiones o saltaba a conclusiones científicas arriesgadas, Heisenberg se justificaba con un único argumento: “¡Funcionó!”.Y en efecto: más allá de todas las discusiones ideológicas o filosóficas que puedan tenerse acerca de la superioridad de la ciencia frente a otras formas de adquirir conocimiento, siempre queda de manifiesto el hecho de que, al aplicar el conocimiento científico, éste ¡funciona! Los aviones vuelan, las vacunas protegen, los antibióticos curan, los teléfonos celulares funcionan (bueno, no exageremos).El punto es que, por desagradable que parezca, este argumento pragmatista, práctico, es algo de lo que no pueden presumir muchas otras disciplinas que quisieran hacerse pasar como ciencias.Y es precisamente la utilidad práctica del conocimiento científico lo que muchas veces nos permite decidir cuándo una charlatanería puede ser no sólo deshonesta, sino lo suficientemente peligrosa como para oponerse activamente a ella. Hasta el momento, afortunadamente, las marañas conceptuales que vende Maussan no hacen mayor daño que despojar a su audiencia de su dinero y de su tiempo. Y quién sabe, ¡a lo mejor hasta puede resultar divertido escucharlo!
mbonfil@servidor.unam.mx
jueves, 13 de octubre de 2005
Medios, tiburones y Nicole Kidman
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Medios, tiburones y Nicole Kidman
Mientras usted lee esto, se lleva a cabo en Morelia, Michoacán el 14º Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica. En él se discuten todo tipo de aspectos relacionados con esta labor y se presentan propuestas y experiencias de lo más diverso, con la esperanza de que la comunidad de divulgadores nacionales y las actividades que llevan a cabo, vayan creciendo a un ritmo cada día mayor.
Entre los temas discutidos, destacó el de la relación de científicos y divulgadores con los medios masivos de comunicación. Y es que, en un país con más de 100 millones de habitantes, los divulgadores somos cada día más conscientes de la urgente necesidad de llegar a públicos más amplios.
El problema es que en los medios masivos el espacio está mucho más competido: los temas que ocupan las primeras planas de los periódicos son la política, los deportes o el espectáculo. ¿Cómo lograr que la ciencia salga ocupe un lugar prominente con tales competidores?
Un caso recientemente aparecido en la prensa mundial puede servir de ejemplo de cómo la creatividad puede ofrecer soluciones al dilema. Se trata de un excelente estudio (ya comentado en MILENIO Diario el pasado 8 de octubre) sobre el comportamiento migratorio de los tiburones blancos de Sudáfrica, llevado a cabo por investigadores de la World Conservation Society, de Nueva York, y encabezado por un oceanólogo mexicano. El estudio se publicó el 7 de octubre en Science, una de las dos revistas científicas más influyentes y prestigiadas del mundo.
Consistió en colocar en las aletas dorsales de los tiburones unos transmisores especiales que registraban sus movimientos (dirección, profundidad) y luego enviaban la información a los investigadores. No todo era sentarse a esperar que llegaran los datos, claro: primero tuvieron que capturar a los tiburones y colocarles los transmisores, labor francamente arriesgada.
Así se averiguó que los tiburones migran a distancias y profundidades mucho mayores de lo que hasta ahora se suponía (hubo una hembra que viajó 20 mil kilómetros en nueve meses, en viaje redondo de Sudáfrica a Australia), y lo hacen con velocidades de casi cinco kilómetros por hora. Según explica el temerario investigador que coordina el proyecto (a quien se ve en fotos junto a las fauces de un tiburón mientras le coloca un transmisor), esto cambia por completo la imagen que teníamos de los tiburones como animales predominantemente costeros.
Cambian también las implicaciones para su conservación, pues debido a su mala imagen pública y a su pesca excesiva, el tiburón blanco está en peligro de extinción. Hasta ahora se pensaba que las poblaciones de lugares distantes entre sí, como Australia y Sudáfrica, estaban aisladas; el estudio muestra que no necesariamente es así, y que quizá las estimaciones de población estén erradas.
Pero desde el punto de vista del periodismo científico, el estudio tiene una característica notable: los investigadores, con excelente visión noticiosa, y con el interés de atraer la atención pública para obtener apoyo para sus proyectos, nombraron Nicole a la hembra que viajó a Australia (en honor de la guapa australiana Nicole Kidman, quien ha expresado su interés por la conservación de los tiburones).
Esto, junto con la calidad del estudio, logró atraer la atención de los medios, que tuvieron así un anzuelo para convertir una noticia científica importante en nota de primera plana, gracias al vínculo con el mundo del espectáculo. (Habría que ver, claro, qué opina Kidman de ser comparada con una tiburona).
El caso ejemplifica varias cosas. Que un mexicano producto del sistema educativo mexicano puede convertirse en investigador internacional de primer nivel. Que con recursos y creatividad puede no sólo hacerse ciencia de primera, sino también lograr que esa ciencia ocupe un lugar en los medios. Y finalmente, que los científicos están ya conscientes de que los medios pueden ser sus aliados en la labor de procuración de fondos y de difusión de sus resultados.
Quizá lo único triste es que rara vez esto ocurra en nuestro país, y que muchos de los mayores logros de científicos mexicanos se den cuando trabajan en otros países.
Ah, por cierto, un pequeño detalle de orgullo familiar. El investigador que encabezó este estudio, Ramón Bonfil, es mi hermano.
Entre los temas discutidos, destacó el de la relación de científicos y divulgadores con los medios masivos de comunicación. Y es que, en un país con más de 100 millones de habitantes, los divulgadores somos cada día más conscientes de la urgente necesidad de llegar a públicos más amplios.
El problema es que en los medios masivos el espacio está mucho más competido: los temas que ocupan las primeras planas de los periódicos son la política, los deportes o el espectáculo. ¿Cómo lograr que la ciencia salga ocupe un lugar prominente con tales competidores?
Un caso recientemente aparecido en la prensa mundial puede servir de ejemplo de cómo la creatividad puede ofrecer soluciones al dilema. Se trata de un excelente estudio (ya comentado en MILENIO Diario el pasado 8 de octubre) sobre el comportamiento migratorio de los tiburones blancos de Sudáfrica, llevado a cabo por investigadores de la World Conservation Society, de Nueva York, y encabezado por un oceanólogo mexicano. El estudio se publicó el 7 de octubre en Science, una de las dos revistas científicas más influyentes y prestigiadas del mundo.
Consistió en colocar en las aletas dorsales de los tiburones unos transmisores especiales que registraban sus movimientos (dirección, profundidad) y luego enviaban la información a los investigadores. No todo era sentarse a esperar que llegaran los datos, claro: primero tuvieron que capturar a los tiburones y colocarles los transmisores, labor francamente arriesgada.
Así se averiguó que los tiburones migran a distancias y profundidades mucho mayores de lo que hasta ahora se suponía (hubo una hembra que viajó 20 mil kilómetros en nueve meses, en viaje redondo de Sudáfrica a Australia), y lo hacen con velocidades de casi cinco kilómetros por hora. Según explica el temerario investigador que coordina el proyecto (a quien se ve en fotos junto a las fauces de un tiburón mientras le coloca un transmisor), esto cambia por completo la imagen que teníamos de los tiburones como animales predominantemente costeros.
Cambian también las implicaciones para su conservación, pues debido a su mala imagen pública y a su pesca excesiva, el tiburón blanco está en peligro de extinción. Hasta ahora se pensaba que las poblaciones de lugares distantes entre sí, como Australia y Sudáfrica, estaban aisladas; el estudio muestra que no necesariamente es así, y que quizá las estimaciones de población estén erradas.
Pero desde el punto de vista del periodismo científico, el estudio tiene una característica notable: los investigadores, con excelente visión noticiosa, y con el interés de atraer la atención pública para obtener apoyo para sus proyectos, nombraron Nicole a la hembra que viajó a Australia (en honor de la guapa australiana Nicole Kidman, quien ha expresado su interés por la conservación de los tiburones).
Esto, junto con la calidad del estudio, logró atraer la atención de los medios, que tuvieron así un anzuelo para convertir una noticia científica importante en nota de primera plana, gracias al vínculo con el mundo del espectáculo. (Habría que ver, claro, qué opina Kidman de ser comparada con una tiburona).
El caso ejemplifica varias cosas. Que un mexicano producto del sistema educativo mexicano puede convertirse en investigador internacional de primer nivel. Que con recursos y creatividad puede no sólo hacerse ciencia de primera, sino también lograr que esa ciencia ocupe un lugar en los medios. Y finalmente, que los científicos están ya conscientes de que los medios pueden ser sus aliados en la labor de procuración de fondos y de difusión de sus resultados.
Quizá lo único triste es que rara vez esto ocurra en nuestro país, y que muchos de los mayores logros de científicos mexicanos se den cuando trabajan en otros países.
Ah, por cierto, un pequeño detalle de orgullo familiar. El investigador que encabezó este estudio, Ramón Bonfil, es mi hermano.
jueves, 6 de octubre de 2005
La biología como evento masivo
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
La biología como evento masivo
La semana pasada ocurrió un hecho inusitado en la UNAM: una multitud de estudiantes ansiosos de entrar a un evento que se había anunciado en la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario estuvo a punto de dar un portazo -algo que es común en conciertos de rock-, pues el cupo de la sala fue ampliamente rebasado por los asistentes.La biología como evento masivo
Uno pensaría que no hay nada especialmente raro en esto (más allá del hecho de que los eventos que se presentan en CU normalmente no convocan multitudes). Yo, que estuve ahí, puedo atestiguar que noté dos cosas fuera de lo común: una, que la multitud, a pesar de su ansiedad e inquietud, mostraba un extraño orden& La segunda, que la gran mayoría eran estudiantes de la Facultad de Ciencias, y más específicamente de la carrera de Biología (esto lo supe no porque se les notara en la cara, sino porque suelo dar clases en dicha facultad, además de que otro detalle extrañomuchos de ellos llevaban bajo el brazo libros de biología evolutiva).
No: lo verdaderamente extraño es que no se trataba de un concierto de rock, sino de ¡una conferencia científica! La ofrecía la famosa bióloga estadunidense Lynn Margulis, quien debido a la multitud tuvo que presentar su conferencia sobre evolución y simbiosis en las instalaciones, más amplias, del cercano Museo de las Ciencias Universum.
Y claro, usted se preguntará, antes que nada, ¿quién demonios será esta señora Margulis que causa tanto alboroto? La primera vez que escuché su nombre fue en alguna conferencia del biólogo mexicano Antonio Lazcano, especialista en el origen y la evolución de los seres vivos. Además del chisme común (entre biólogos) de que Margulis fue la primera esposa del famoso y desaparecido astrónomo Carl Sagan, Lazcano nos platicó cómo ella ha sido una de las principales promotoras de la teoría de que la simbiosis la formación de una asociación obligatoria y mutuamente beneficiosa entre dos seres vivos distintoses, más que una rareza de la biología, un proceso importantísimo en la evolución biológica.
En los tiempos en que yo era estudiante de licenciatura (los años ochenta), la idea de que organelos celulares como las mitocondrias (llamadas las centrales energéticas de la célula, pues oxidan los alimentos para producir energía útil) habían sido originalmente bacterias que penetraron en una célula y se quedaron a vivir en ella era francamente escandalosa. Una locura. Y sin embargo, había una bióloga apellidada Margulis, se nos decía, que presentaba amplias pruebas que apoyaban esta hipótesis de la endosimbiosis (simbiosis interna). Entre otras cosas, la mitocondrias tienen el mismo tamaño que las bacterias, tienen sus genes propios (que se parecen a los de las bacterias), se duplican dentro de la célula a su propio ritmo, independientemente de la división celular, y están rodeadas no por una, sino por dos membranas (lo cual sería de esperar si hubieran sido engullidas, pero no digeridas, por la célula mayor).
Con los años, Margulis y otros fueron acumulando evidencia de que no sólo las mitocondrias, sino también los cloroplastos y otros organelos celulares, son producto de la simbiosis. La Teoría Endosimbiótica comenzó a aparecer en algunos libros de texto, y hoy es plenamente parte del canon aceptado de la Biología Evolutiva.
Como si esto fuera poco, Lynn Margulis ha promovido otras visiones revolucionarias en biología, como la famosa Teoría de Gaia, postulada por el químico James Lovelock y que afirma que la influencia de los organismos vivos la biósferaen el planeta Tierra es tal que determinan en gran parte fenómenos atmosféricos, climáticos y hasta geológicos. Metafóricamente, la Tierra es como un gran organismo autorregulado. Margulis también ha sido la principal difusora de la clasificación de los organismos en cinco reinos (gruesamente, bacterias, protozoarios, hongos, plantas y animales), que sustituyó a la ya obsoleta de animales, vegetales y minerales.
En otras palabras, la noticia es que nuestra comunidad estudiantil es capaz de reconocer a una académica de calidad internacional y acudir masivamente a su conferencia. No sólo el rock interesa a los jóvenes universitarios. ¿No es esto una buena noticia?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)