Publicado en Milenio Diario, 21 de julio de 2010
La semana pasada comenté por qué no es razonable creer que nadie –ni el pulpo Paul– pueda ver el futuro. Ver el pasado, en cambio, es relativamente fácil, gracias a Einstein.Y no me refiero a recordar el pasado, sino a verlo literalmente. Seguramente usted habrá oído que la teoría de la relatividad afirma –y se ha probado experimentalmente– que la luz tiene una velocidad finita: 300 mil kilómetros por segundo en el vacío. Debido a esto, cuando enfocamos un telescopio hacia una estrella –por ejemplo hacia Próxima Centauri, nuestra vecina más cercana, a 4.2 años luz– la vemos no como es ahora, sino como era hace, precisamente, 4.2 años –el tiempo que su luz tardó en viajar hasta nosotros.
En otras palabras, al ver a lo lejos en el cosmos, estamos también mirando hacia el pasado.
¿Qué tan lejos podemos ver? Casi hasta el big bang, la explosión que dio origen al universo hace unos 14 mil millones de años. ¿Por qué “casi”? Porque durante los primeros 400 mil años de su existencia, el universo no era transparente. Si enfocáramos un telescopio superpotente y supersensible, lo más atrás que podríamos ver sería hasta ese momento.
Y eso es precisamente lo que el físico estadounidense George Smoot –junto con su colega John Mather– propuso: enviar un telescopio al espacio para que detectara la luz más antigua: la radiación cósmica de fondo, el remoto “brillo” del big bang, hoy convertido en microondas, y mapeara detalladamente su distribución a lo largo del universo observable.
El satélite COBE, de la NASA, fue lanzado en 1989, y completó su observación en 1992. Reveló algo fundamental: ya desde un principio la radiación del big bang contenía fluctuaciones. Ésta, se piensa, es la causa de que la materia no esté distribuida uniformemente en el universo (más bien, se halla concentrada en algunas zonas, dejando mucho espacio vacío).
El pasado 6 de julio, el doctor Smoot –premio Nobel de física en 2006– dio una conferencia en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, donde presentó los últimos resultados del satélite Planck, de la Agencia Espacial Europea (dados a conocer un día antes), y que confirman, con mucho mayor detalle, los resultados del COBE.
Quizá esta información ayude a resolver enigmas como la naturaleza de la materia oscura y la energía oscura, que forman el 96% del universo.

















