miércoles, 28 de julio de 2010

Científicos en televisión

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 28 de julio de 2010

El otro día, con un amigo, mencioné algo sobre la teoría del Big Bang, y de inmediato vino la inevitable referencia: “¿el programa de TV?”.

Y es que The Big Bang theory, el genial programa cómico que debutó en 2007 y se ha convertido en un éxito mundial, representa un conflicto para quienes, como este columnista, tenemos formación científica.

Por un lado, es buenísimo. Tiene personajes entrañables, entre los que destaca el problemático Sheldon Cooper, físico teórico con dos doctorados y un IQ de 187, cuya completa carencia de habilidades sociales, humor y humildad (hay quien opina que tiene una forma leve de síndrome de Asperger, un tipo de autismo) lo hace al mismo tiempo insoportable, tierno y divertidísimo.

Junto con sus amigos Leonard, Howard y Rajesh trabaja en el prestigiado CalTech (Instituto Tecnológico de California), en Pasadena, y las aventuras de este cuarteto de nerds obsesionados por la ciencia y la tecnología –pero también con los cómics y otros elementos de la cultura geek) hacen que cada capítulo sea una ensalada de referencias a conceptos y teorías científicas –sorprendentemente correctas; el programa cuenta con asesores científicos serios– mezclados con las situaciones más chuscas. Una verdadera delicia para quien, más allá de la comedia, pueda apreciar los numerosos chistes y referencias científicas (incluso George Smoot, premio Nobel de física 2006, de quien hablamos aquí la semana pasada, participó en una breve secuencia al final de uno de los capítulos).

Pero por otro lado, la serie presenta una serie de estereotipos que la comunidad científica se ha esforzado por combatir desde hace mucho: muestra a los científicos como seres antisociales, inadaptados, geniales pero incapaces de realizar las tareas más sencillas, obsesivos, distraídos, ultra-lógicos y sin humor.

En realidad los científicos son sólo seres humanos… aunque, como bien sabe quien conviva con ellos –en especial físicos, o peor aún, matemáticos–todos estos estereotipos tienen cierta medida de realidad. Quizá por eso a los científicos nos fascina The Big Bang theory, aunque tengamos que pagar el precio de que, tarde o temprano, nuestros amigos nos digan que nos parecemos a Sheldon.



Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 21 de julio de 2010

Ver el pasado

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 21 de julio de 2010

La semana pasada comenté por qué no es razonable creer que nadie –ni el pulpo Paul– pueda ver el futuro. Ver el pasado, en cambio, es relativamente fácil, gracias a Einstein.

Y no me refiero a recordar el pasado, sino a verlo literalmente. Seguramente usted habrá oído que la teoría de la relatividad afirma –y se ha probado experimentalmente– que la luz tiene una velocidad finita: 300 mil kilómetros por segundo en el vacío. Debido a esto, cuando enfocamos un telescopio hacia una estrella –por ejemplo hacia Próxima Centauri, nuestra vecina más cercana, a 4.2 años luz– la vemos no como es ahora, sino como era hace, precisamente, 4.2 años –el tiempo que su luz tardó en viajar hasta nosotros.

En otras palabras, al ver a lo lejos en el cosmos, estamos también mirando hacia el pasado.

¿Qué tan lejos podemos ver? Casi hasta el big bang, la explosión que dio origen al universo hace unos 14 mil millones de años. ¿Por qué “casi”? Porque durante los primeros 400 mil años de su existencia, el universo no era transparente. Si enfocáramos un telescopio superpotente y supersensible, lo más atrás que podríamos ver sería hasta ese momento.

Y eso es precisamente lo que el físico estadounidense George Smoot –junto con su colega John Mather– propuso: enviar un telescopio al espacio para que detectara la luz más antigua: la radiación cósmica de fondo, el remoto “brillo” del big bang, hoy convertido en microondas, y mapeara detalladamente su distribución a lo largo del universo observable.

El satélite COBE, de la NASA, fue lanzado en 1989, y completó su observación en 1992. Reveló algo fundamental: ya desde un principio la radiación del big bang contenía fluctuaciones. Ésta, se piensa, es la causa de que la materia no esté distribuida uniformemente en el universo (más bien, se halla concentrada en algunas zonas, dejando mucho espacio vacío).



El pasado 6 de julio, el doctor Smoot –premio Nobel de física en 2006– dio una conferencia en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, donde presentó los últimos resultados del satélite Planck, de la Agencia Espacial Europea (dados a conocer un día antes), y que confirman, con mucho mayor detalle, los resultados del COBE.

Quizá esta información ayude a resolver enigmas como la naturaleza de la materia oscura y la energía oscura, que forman el 96% del universo.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 14 de julio de 2010

¿Profeta de ocho patas?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 14 de julio de 2010

Pues sí: yo también tendré que hablar de Paul, el pulpo que captó la atención mundial debido a sus supuestas dotes adivinatorias, que ya se habían manifestado en 2008 y parecieran ser demostradas por 8 aciertos en el recién finalizado mundial de futbol.

Antes que nada, conviene señalar que no por ser un molusco Paul carece de inteligencia. Contrariamente a lo que nos enseñaban en la primaria (“el hombre es el único animal racional”), muchos tipos de razonamiento son bastante comunes a todo lo largo del mundo animal. En particular, los pulpos (cuyo nombre deriva de pólipo, que en griego significa “muchos pies”) se consideran los invertebrados más inteligentes, pues son capaces de aprender, realizar procesos de varios pasos, resolver laberintos, distinguir formas, y otras tareas complejas (por cierto, sus brazos tienen cierto nivel de “inteligencia” independiente de su cerebro, pues –según la Wikipedia– dos tercios de sus neuronas se hallan en ellos). Tan es así, que para efectos de derechos animales –como el tipo de experimentos que pueden realizarse con ellos–, se considera que los pulpos tienen una capacidad de sufrimiento que los hace “vertebrados honorarios” (por ejemplo, para operarlos se requiere que se les aplique anestesia).

Pero de ser inteligente a predecir el futuro (así sea de manera vaga, señalando simplemente qué equipo ganará un partido de futbol) hay mucho trecho. Aunque Tanja Munzig, portavoz del Sea Life en Oberhausen, Alemania, hogar de Paul, haya declarado que “no hay una explicación racional de por qué acierta siempre”, la conclusión más sencilla es que se trata de simples coincidencias, junto con ciertos efectos que hacen parecer más impresionante el fenómeno.

La probabilidad de que Paul acertara en 8 partidos, suponiendo que era igualmente probable (50% ) que cualquiera de los equipos ganara –lo cual no es estrictamente cierto– es de 1 en 256. Como ganar 8 veces seguidas un volado. ¿Qué es más probable: eso, o que un pulpo vea el futuro?

Además de explicaciones como la del biólogo peruano Alfredo Salazar, que afirma que Paul escoge simplemente la bandera de color más brillante en cada juego (aunque al parecer los pulpos no ven colores, sí perciben la brillantez), sus dueños también pueden haberlo ayudado a acertar: con trucos sencillos pueden inducirlo a elegir el recipiente con la bandera que deseen. Por ejemplo, poniendo comida fresca en uno, y un señuelo en el otro. Así, la elección acertada recaería en los manejadores del pulpo, que podrían haber recibido asesoría experta (lo cual no disminuye su mérito, pero sí quita credibilidad a pensar en “pulpos psíquicos”).

También es posible que las tan difundidas predicciones del pulpo hayan predispuesto psicológicamente a los jugadores de los equipos perdedores a tener una mala actitud (efecto de la profecía autocumplida).

Lo importante es que, si bien casos como el de Paul pueden ser buen entretenimiento (aunque llegan a hartar), también fomentan en la población una peligrosa tendencia al pensamiento mágico. A creer el futuro se puede predecir o cambiar con sólo desearlo; a que para resolver nuestros problemas, más que al pensamiento racional y la investigación rigurosa, conviene recurrir a métodos supuestamente sobrenaturales.

Los investigadores Javier López Peña y Hugo Touchette, de la Universidad de Londres, utilizaron un método matemático basado en la teoría de gráficas para llegar a la misma predicción que Paul respecto a la final del mundial, pero lo hicieron modelando la “red” de pases entre jugadores de un mismo equipo, lo cual da una idea de su fortaleza.

La ciencia nos ofrece formas confiables y efectivas, aunque no infalibles, de resolver problemas. En cambio sabemos bien, aunque sea triste, que la magia no existe.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

martes, 6 de julio de 2010

Promesas médicas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 7 de julio de 2010

Una de las quejas más comunes contra la ciencia médica es que no cumple sus promesas: la cura del sida, el cáncer o incluso el catarro común no se han materializado. ¿Qué pasa?

En realidad, el reclamo es injusto: ninguno de estos males es sencillo. Existen cientos de variedades de virus del catarro, que mutan constantemente; lo mismo ocurre con el virus del sida, que además incrusta sus genes dentro de nuestras células, lo que lo hace –hasta ahora– imposible de erradicar. En cuanto al cáncer, habría que hablar más bien de los muchos cánceres distintos que existen, lo cual hace lejano –hasta ahora– pensar en “una” cura.

Pero, siendo justos, la ciencia médica ha avanzado sobremanera, incluso en el combate a estos males. Tenemos numerosos remedios paliativos, cierto, pero útiles, contra los síntomas del catarro; la quimioterapia contra el VIH ha avanzado muchísimo desde los ochenta, y lo mismo puede decirse de las terapias y métodos de diagnóstico del cáncer.

Y eso sin mencionar otros numerosísimos avances médicos que han mejorado increíblemente nuestro nivel de vida: antibióticos que salvan diariamente miles de vidas, vacunas que previenen enfermedades, procedimientos de higiene y quirúrgicos que evitan muertes en partos, trasplantes… la lista es casi infinita.

Una promesa incumplida reciente es la de las células madre, que han causado polémica porque ofrecen la posibilidad de crear tejidos de repuesto para curar órganos dañados, pero que normalmente se obtienen de embriones.

Por eso la noticia, publicada en la revista New England Journal of Medicine, de que un equipo de médicos italianos, encabezado por Graziella Pellegrini, ha logrado curar la ceguera de pacientes con quemaduras químicas utilizando células madre de su propia córnea es esperanzadora.

Los investigadores no usaron células madre embrionarias, sino un tipo más especializado: las células madre del limbo del ojo, la región que rodea a la córnea (la lente transparente que cubre al iris y la pupila), y que se localiza entre ella y lo blanco del ojo (la esclerótica), y que es donde se forman nuevas células corneales.

Las células madre se aislaron (del otro ojo, o de alguna región sana del ojo lesionado), se multiplicaron en cultivo y se injertaron en los ojos dañados, con resultados excelentes en 87 de 107 pacientes, y parcialmente buenos en otros 14. ¡Y los beneficios han sido perdurables a lo largo, en algunos casos, más de una década! (el estudio comenzó en 1998).

Aunque la cura es sencilla, pues no involucra complejas manipulaciones genéticas, sino sólo cultivo y trasplante, podría calificarse de milagrosa. Pero Pellegrini fue clara: “No fue un milagro, fue simplemente técnica”.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 30 de junio de 2010

Newton, Magnus y los tiros libres

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 30 de junio de 2010

Para Natalia Murillo Quiroz y Marcela Hernández Jiménez,
y su excelente blog costarricence “Física, arroz y frijoles

La descorazonadora derrota de la selección nacional ante Argentina el pasado domingo hace que hablar de futbol sea doloroso. Pero quizá conocer la ciencia detrás de los tiros libres en este deporte podría ayudar a mejorar el desempeño de nuestros futbolistas.

En realidad, se trata de un asunto bastante bien estudiado. En primera aproximación, basta la física de Newton, quien en su primera ley del movimiento sentenció: “Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que una fuerza lo obligue a cambiarlo”. En otras palabras, al patear un balón, éste se seguirá moviendo en línea recta eternamente, a menos que otra fuerza lo afecte.

Por supuesto, esto podría suceder en el espacio vacío. En una cancha terrestre, dos fuerzas importantes afectan al balón: la gravedad, que tira de él hacia abajo, y la fricción con el aire, que lo frena. En combinación, hacen que su movimiento rectilíneo ideal se transforme en lo que los físicos llaman “tiro parabólico”. Un futbolista profesional (igual que un artillero), debe ser capaz de juzgar con qué fuerza y ángulo tiene que patear el balón para que éste, en un tiro libre, entre en la portería. (Aunque para calcular trayectorias parabólicas no es indispensable saber física: la misma hazaña, aunque no con tanta precisión, la logra cualquier niño –y hasta un perro– cuando atrapa una pelota que se le lanza.)

Pero hay más en los tiros libres futboleros, como los famosos tiros curvos (con “efecto”, o “chanfle”, como decimos en México) que tantos goles espectaculares han dado (uno muy recordado es el que el jugador brasileño Roberto Carlos metió contra Francia en la Copa Confederaciones de 1997).



Aquí interviene la dinámica de fluidos: así como un avión puede sostenerse en el aire gracias al efecto Bernoulli (la curva del ala, al avanzar el avión, hace que el aire avance más rápidamente por la parte superior, lo que disminuye la presión y crea una fuerza que empuja al ala –y con ella avión– hacia arriba), un balón al que un tirador experto imprime un giro puede curvar su movimiento gracias al efecto Magnus (variante del efecto Bernoulli descubierta por el físico alemán Heinrich Gustav Magnus en 1852). En breve, el giro del balón aumenta la velocidad del aire en uno de sus lados (lo que disminuye la presión) y la frena en el opuesto (lo que la aumenta). Efecto neto: una fuerza que desvía al balón hacia un lado. Conforme la fricción del aire frena al balón, el efecto Magnus se manifiesta más intensamente, y la curva se hace más pronunciada.

No sé si los futbolistas estudien física (pero deberían, al menos un poco). La industria del futbol sin duda la usa: el diseño del tan criticado balón Jabulani (celebrar, en zulu) llevó 4 años de investigación para supuestamente mejorar su desempeño (aunque muchos jugadores, especialmente porteros, se han quejado amargamente de lo “impredecible” del balón -se ha dicho que se comporta como "una pelota de playa"-, que es 5% más rápido de lo habitual debido a su diseño sin costuras, que reduce la fricción).

Aunque el fracaso de la selección nacional difícilmente se podrá atribuir al Jabulani, quizá un poco de física los pudiera ayudar a jugar mejor. Será para la próxima.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 23 de junio de 2010

¿Vida extraterrestre?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 23 de junio de 2010

El pasado 3 de junio, la NASA publicó un boletín que causó extrañeza e incredulidad: informaba que la misión de exploración planetaria Cassini había descubierto evidencia que podría indicar que existe vida extraterrestre en Titán, la luna más grande de Saturno (la única luna en el sistema solar con una atmósfera densa y el único cuerpo, aparte de la Tierra, que tiene cantidades grandes y estables de líquidos sobre su superficie). ¿Será posible?

Vayamos por partes. Desde que nos dimos cuenta de que la Tierra no es distinta del resto del universo, sino que está regida por las mismas leyes de la física y la química que cualquier otro cuerpo celeste, nos hemos preguntado si habrá vida en otros mundos. Y, en caso de haberla, qué tan distinta será.

La vida en la Tierra surgió hace unos 3 mil 500 millones de años: sólo mil millones de años después de la formación del planeta. Esto sugiere que, en las condiciones adecuadas, la vida surge más o menos rápidamente, cosmológicamente hablando.

El consenso entre la comunidad de especialistas –los astrobiólogos o exobiólogos– es que donde haya condiciones similares a las que permitieron la aparición de vida en nuestro planeta (compuestos de carbono, agua, una temperatura que permita que ésta exista en estado líquido, una atmósfera protectora…) la vida debería desarrollarse con relativa facilidad.

Pero hay otras posibilidades. En 2005 el astrobiólogo Chris McKay, del Centro de Investigación Ames de la NASA, había propuesto que en Titán, cuya atmósfera consta de nitrógeno con un poco de metano, hidrógeno e hidrocarburos, y donde hay lagos de metano líquido, podría haber formas de vida –probablemente de tipo microbiano– que estuvieran basadas no en agua, como en la Tierra (en Titán con su temperatura superficial de menos 179 grados centígrados, ésta sería sólida), sino precisamente en el metano líquido. Dichos organismos, predijo McKay, podrían utilizar acetileno e hidrógeno de la atmósfera para hacerlos reaccionar químicamente y producir metano, liberando así la energía necesaria para vivir, del mismo modo que los organismos terrestres, basados en agua, usamos compuestos orgánicos y oxígeno para obtener energía.

El boletín de la NASA habla, precisamente, de la publicación de dos artículos en las revistas Icarus y Journal of Geophysical Research donde se reporta que los espectrómetros del satélite Cassini habían detectado que las moléculas de hidrógeno, contrariamente a lo esperado, descienden por la atmósfera y desaparece al llegar a la superficie, y que ésta hay menos acetileno del que debería haber (aunque en realidad el primer dato, a diferencia de la cantidad de acetileno, no fue observado directamente, sino inferido a partir de modelos computacionales, y tendrá que ser confirmado). Ambos fenómenos coinciden justo con lo que sucedería si estuvieran presentes organismos como los predichos por McKay.

¿Es esto prueba de que hay formas de vida completamente novedosas en Titán? No, aunque es una fascinante posibilidad. Lo más probable es que haya otras causas meramente químicas. Pero si algo nos enseña la ciencia es a estar abiertos a nuevas posibilidades. Con suerte, algún día las hipótesis de los astrobiólogos podrían verse confirmadas, y entonces nuestra concepción del universo se transformará radicalmente.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 16 de junio de 2010

Acupuntura y ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 16 de junio de 2010

Mi texto de la semana pasada acerca de la decisión de la Suprema Corte de considerar estafadores a los charlatanes que ofrecen curas “místicas” despertó algunos comentarios de lectores. Sobre todo de quienes han tenido buenas experiencias usando terapias “alternativas” menos claramente fraudulentas, como la acupuntura o la homeopatía.

Y sin embargo, incluso éstas, posiblemente las más cercanas a la medicina, están basadas en principios que entran en franca contradicción con el conocimiento científico actual. La acupuntura, por ejemplo, que tiene unos cuatro mil años de antigüedad, se basa en la creencia milenaria en una energía espiritual, el chi (o qi), que supuestamente fluye por el cuerpo a través de unos canales llamados “meridianos” (y que ningún anatomista ha podido hallar, pues no corresponden a los nervios, las venas, las arterias ni los canales linfáticos). Se supone que la inserción y rotación de las agujas en puntos determinados equilibra o corrige problemas en el flujo del chi que causan enfermedades.

Además de que, para todo fin práctico, el chi y los meridianos son entidades inexistentes, el problema es que la evidencia anecdótica no basta en ciencia, y pesar de que miles de personas en todo el mundo afirman que resulta efectiva –sobre todo para eliminar el tipo de molestias subjetivas que los médicos llaman síntomas (dolor, malestar, a diferencia de los signos, que son medibles, como la fiebre)– hasta el momento ningún estudio serio ha logrado probar, a satisfacción de la comunidad médica y científica, que la acupuntura tenga alguna consecuencia real, más allá del efecto placebo.

El 30 de mayo una revista científica seria, Nature Neuroscience, publicó un artículo que intentaba proponer un mecanismo neuroquímico que explicara los efectos analgésicos de la acupuntura. El estudio, realizado en ratones por investigadores de la Universidad de Rochester, mostraba con detalle que la inserción y rotación de agujas en el punto zusanli de la pata producía liberación de adenosina, sustancia con conocidos efectos analgésicos, y que ésta disminuía el dolor crónico de los ratones.

Por desgracia, y como han señalado ya varios críticos, el estudio no fue realizado con los controles necesarios, lo cual echa por tierra su validez. Entre otras irregularidades, no se utilizó un grupo de control al que se le aplicara un tratamiento placebo (usando, por ejemplo, agujas con resorte que no penetran la piel); no se probó insertar las agujas en otro punto para ver si tenían el mismo efecto. Incluso, al parecer, se cometió el error de usar el punto zusanli, que no está relacionado con la disminución del dolor, sino con desórdenes digestivos (se debió haber usado el cercano punto weizhong).

Al final, el poco convincente intento de legitimar la acupuntura quedó en eso, y la credibilidad de la revista se vio afectada por aceptar un estudio que no contó con los controles necesarios. Lo que se demostró no es nuevo: la destrucción de tejidos (por la inserción de agujas) libera adenosina, que es un analgésico. Sería más efectivo inyectarla directamente, o usar analgésicos más efectivos. Pero de ahí a afirmar que se ha probado que la acupuntura es efectiva hay mucho trecho.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 9 de junio de 2010

Charlatanes… ¿criminales?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 9 de junio de 2010

El pasado miércoles 2 de julio la Suprema Corte de Justicia resolvió que considerar a la charlatanería como delito no viola la constitución. Fortaleció así la lucha contra los estafadores que se aprovechan de gente que, por falta de información, credulidad o, en muchos casos, desesperación al pasar por situaciones personales angustiosas, está expuesta a creer en cualquier cosa que parezca ayudarla.

Jesús Islas Badillo e Isabel y Lucía Martínez, de la organización de curanderos “hermanos Kendall” de San Luis Potosí, “que obtuvo más de 600 mil pesos tras engañar a diversas personas” con “bebidas o infusiones para combatir sus males físicos”, informó Milenio Diario (3 de junio), fueron hallados culpables en Matehuala de violar el Código Penal estatal. Éste señala que “Comete el delito de fraude quien, para obtener un lucro indebido, explota las preocupaciones, las supersticiones o la ignorancia de las personas, por medio de supuestas evocaciones de espíritus, adivinaciones o curaciones u otros procedimientos carentes de validez técnica o científica”.

Alegaron que la sentencia de ocho años de prisión era inconstitucional, pero la Suprema Corte la confirmó y aclaró que “el objeto de la prohibición no está enfocado a la práctica espiritual o ideológica en sí misma, sino al engaño que se da en la falsa oferta de realizar adivinaciones, evocaciones o curaciones” y la estafa de cobrar por ello.

La corte aclaró también que “la decisión no afecta la medicina alternativa, homeopática, natural o la herbolaria, porque éstas prácticas son reconocidas y reguladas por la Ley General de Salud”.

¿Es justa esta decisión? ¿Es válido, para usar palabras de un querido amigo, “pretender por ley que el conocimiento científico y técnico es el único válido”? ¿Por qué prohibir la charlatanería mística y no medicinas alternativas que tampoco son reconocidas como válidas por la ciencia médica, como la acupuntura o la homeopatía? (La herbolaria es otra cosa, pues no se basa en principios misteriosos ajenos al conocimiento científico, sino en el uso de sustancias químicas, producidas por las plantas.)

La respuesta es compleja. La corte fue hábil: evitó el debate sobre las medicinas alternativas, que mucha gente acepta aunque funcionan sólo como placebos (es decir, sustancias que alivian síntomas no por sí mismas, sino gracias a la creencia del paciente en que le pueden ayudar a sentirse mejor) y pasó la responsabilidad a la Ley de Salud. En todo caso, hay en marcha en todo el mundo investigaciones para ver si estos tratamientos son algo más que placebos; si es así, ya nos enteraremos. (Ya en 2007 la Procuraduría Federal del Consumidor, al obligar a los “servicios de adivinación, psíquicos y horóscopos”, desde el 1º de abril, a modificar su publicidad y “señalar que se trata de un servicio de entretenimiento, (y) que la interpretación y uso del servicio es responsabilidad exclusiva del consumidor”, había dado otro pequeño paso en la lucha contra la superchería.)

Pero en el caso de fraudes burdos como los de los Kendall, que incluso inducían a sus clientes (sería completamente inadecuado llamarlos “pacientes”) a “deshacerse del dinero malo” que los enfermaba, me parece que sí: el conocimiento científico es el único que resulta pertinente considerar válido. No por un radicalismo filosófico, sino porque, en temas de salud, hay que atenerse a los hechos: la medicina científica, basada en evidencia, es la única que hasta hoy ofrece resultados comprobables, reproducibles. Confiables.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 2 de junio de 2010

Células artificiales

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 2 de junio de 2010

No pude comentarlo la semana pasada (me sentía obligado a hablar del fraude del detector molecular GT-200), pero no puedo dejar pasar la publicación, el pasado 20 de mayo, en la afamada revista Science, del artículo titulado “Creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”.

¿Será que por fin el ser humano puede crear vida diseñada a su antojo? Bueno, no. Pero casi… o muy pronto.

Lo que hizo un equipo de 24 científicos del Instituto J. Craig Venter, encabezados por el propio J. Craig Venter, fue reprogramar una célula de la bacteria Mycoplasma capricolum, introduciéndole el genoma completo de otra especie, Mycoplasma mycoides, y lograr que viviera y se reprodujera establemente. Esto ya lo habían logrado en junio de 2007; ahora la gracia consistió en que el genoma transplantado había sido fabricado de manera completamente sintética, a partir de la información almacenada en una computadora.

Venter y su equipo contrataron a una compañía especializada en fabricar ADN. Le dio un archivo con la “receta” completa del genoma de M. mycoides (un millón de pares de bases, las “letras” en las que se escribe la información genética) y recibieron a cambio mil fragmentos de unas mil letras de longitud. Luego fueron ensamblando los fragmentos para formar tramos de 10 mil letras, luego 100 mil, y finalmente el genoma completo, que usaron para transformar a una especie en otra.

El logro es el siguiente paso en el plan de Craig Venter, el salvaje de la biotecnología, no para apoderarse del mundo, pero sí para revolucionarlo (y en el camino, enriquecerse más). Venter pretende crear células sintéticas con genomas especialmente diseñados para que hagan cosas como degradar petróleo (útiles en derrames petroleros), fabricar biocombustibles o hidrógeno a partir de la luz solar, producir vacunas y muchas cosas más.

Por supuesto, para ello falta mucha investigación. Pero la posibilidad de construir organismos en gran parte diseñados por el ser humano está hoy mucho más cerca. Y ello nos enfrenta también a retos éticos: desde la crítica de la iglesia católica a “jugar a ser dios” (queda claro que para crear vida no se necesita más que un buen manejo de la biotecnología) hasta los peligros de que escapen al ambiente organismos hechos en el laboratorio (aunque Venter ha incluido salvaguardas para que no puedan sobrevivir fuera de éste) o que sean creados por grupos bioterroristas (si lo lograran, habría que darles el premio Nobel). Sin contar, claro, el debate que ya se está dando sobre la pertinencia de permitir que Venter y su compañía patenten nuevas formas de vida.

No cabe duda de que Venter es un salvaje genial. Se adelantó al Proyecto del Genoma Humano, en los noventa, y no ha dejado de empujar a la ciencia genómica hasta sus límites. Dependerá de la sociedad ponernos a la altura: discutir, legislar, y decidir qué cosas queremos hacer, cuáles no, y cómo.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

lunes, 31 de mayo de 2010

2,000 suscriptores: ¡Gracias!

Queridos lectores:

Mi blog "La ciencia por gusto", donde reproduzco en versión ampliada la columna que publico semanalmente en Milenio Diario desde hace 7 años, acaba de llegar a los 2,000 suscriptores a través de Feedburner (es decir, no lectores, sino personas que eligen recibirla semanalmente en su buzón de email).


(En realidad, lo que reporta Feedburner en el recuadrito amarillo del blog (ver imagen arriba) es el número de "readers", que es algo que calculan mediante un algoritmo raro y que varía mucho. El número REAL de suscriptores por email aparece en la segunda imagen, más abajo, y como ven es de unos 2,000 y pico más lectores, para un total de 2,250; ese sí es un número exacto. Pero el que importa es el que aparece en el blog, creo).

Como se imaginarán, para mí la noticia es muy placentera, y por eso quiero compartirla y agradecerles a todos ustedes, que han ayudado a que esto suceda. ¡Muchas gracias! Y espero seguir siendo digno de su atención e interés.

Martín Bonfil Olivera

miércoles, 26 de mayo de 2010

Periodismo sin ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 26 de mayo de 2010

Se queja amargamente el siempre polémico Carlos Mota en Milenio Diario, el pasado jueves 20 de mayo, de “el pobrísimo tratamiento periodístico que se ha dado a la compra que ha hecho Manuel Saba de la corporación chilena Farmacias Ahumada”. Pues bien: yo también me quejo del pobre manejo periodístico, pero por otro tema.

Y es que el mismo día Milenio, como muchos otros medios, dio a conocer que soldados de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) “peinaban” el rancho de Diego Fernández de Cevallos con un “detector molecular”. Según la nota, “Los militares pertenecientes a la 17 Zona Militar recibieron la orden de hacer uso del detector molecular GT200 con el fin de rastrear cualquier pista que lleve a la ubicación del ex candidato presidencial panista”.

¿Cuál es el problema de la SEDENA? ¿Por qué al mismo tiempo que establece estrategias útiles para combatir el narcotráfico como utilizar “imágenes satelitales para detectar y combatir el cultivo de amapola y mariguana sin necesidad de vuelos de reconocimiento”, como informó, también en Milenio, J. Jesús Rangel el lunes 23, insiste en usar un aparato reconocidamente inútil y fraudulento?

Presento nuevamente la evidencia, como ya he hecho en ocasiones anteriores:
  • 1) los principios físicos en los que supuestamente se basa el GT200 son imposibles;
  • 2) en pruebas controladas, ha fallado estrepitosamente: la varita mágica de “alta tecnología” no resulta mejor que el azar;
  • 3) ha fallado en detectar explosivos en Tailandia y otros sitios, causando la muerte de policías;
  • 4) al abrir el aparato, se constata que está hueco: no contiene ningún componente que pudiera explicar su supuesto funcionamiento;
  • 5) está más que demostrado que el movimiento de la antena que pretende apuntar hacia lo que se busca es sólo producto del “efecto ideomotor”: nuestras expectativas influyen en los movimientos involuntarios de la muñeca;
  • 6) varios gobiernos han demandado por fraude a los fabricantes de este tipo de aparatos, y en marzo el gobierno británico específicamente previno al mexicano acerca de su nula confiabilidad.

No me extraña de la SEDENA, que en marzo de 2004, ante unos videos de aparentes objetos voladores no identificados consideró que el experto al que había que recurrir era Jaime Maussán. Es ignorancia: los militares simplemente no tienen el conocimiento para distinguir fraudes de tecnología confiable.

Pero ¿y los periodistas? Fuera de Proceso, que al mencionar al GT200 (19 de mayo) al menos incluyó la frase “aunque su eficacia ha sido fuertemente cuestionada”, ningún otro medio, ni siquiera Milenio, mencionó ni tangencialmente que se trata de un fraude.

Termino citando de nuevo a Carlos Mota (entre paréntesis, añadido mío): “¿Tiene remedio este periodismo (que carece de una elemental cultura científica)? ¿Cuándo? ¿En cuántas generaciones?”.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 19 de mayo de 2010

Brian Eno: ¿fraude o arte computacional?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 19 de mayo de 2010


El pasado sábado fui al museo Anahuacalli a conocer la instalación 77 millones de pinturas, del inglés Brian Eno.

Encontré algo fascinante: una especie de altar mágico, un caleidoscopio electrónico donde una computadora proyecta, en un arreglo de pantallas, las permutaciones de más de 360 pinturas realizadas (en diapositivas y principalmente a mano) por Brain One (como también le llamamos sus fans). Observarlo es una experiencia absorbente, como mirar las llamas de una fogata o las olas del mar. Las imágenes van cambiando insensiblemente, combinándose y renovándose, acompañadas de la música creada por Eno, para producir un ambiente y una experiencia de paz que permite observar la obra y disfrutarla, o simplemente dejarla pasar. “Es como música visual”, dice el propio autor.

Eno (cuyo nombre completo es Brian Peter George St. John le Baptiste de la Salle Eno) es uno de los músicos más influyentes de las últimas décadas. Compositor, intérprete, productor (de varios de los mejores álbumes de grupos y artistas como U2, Talking Heads, David Bowie, James, Devo, Harold Budd, Laurie Anderson, Coldplay), investigador y maestro. He sido fan de su música –no sólo de la ambiental o “ambient”, que él inventó– y de su inteligencia durante años. Tenía curiosidad de conocer su también ya amplia obra gráfica y su exploración de los medios computacionales.

Por eso me sorprendió leer, el domingo en Milenio, la reseña que mi amigo y colega columnista Braulio Peralta publicó sobre la misma instalación. Es bien sabido que la experiencia estética es algo enormemente personal, subjetivo, pero por varias de las frases de Braulio (“lo que se exhibe no es pintura”; “nada que ver con el arte”; “superchería visual” “irresponsabilidad de quienes se atreven a trasgredir el arte sin fondo ni forma”) pensaría que vimos cosas distintas.

Y probablemente eso sucedió. Braulio, hombre culto con estudios de arte, parece adoptar una postura “tradicional”, en la que el arte tiene un valor intrínseco, esencial. De ahí que considere que algo hecho por una computadora no puede tener valor artístico. La perspectiva de Eno es distinta: para él, como expresa en una entrevista publicada en la revista Wired (¡en mayo de 1995!) Eno explica: “En la visión tradicional, clásica, los objetos de arte son contenedores de algún tipo de valor estético. Este valor fue puesto en ellos por el artista, que a su vez lo recibió de Dios o de la Musa o del inconsciente universal. Lo que está mal con esta postura es que los objetos culturales no tienen identidad notoria, fuera de la que nosotros les conferimos. Su valor es totalmente el producto de la interacción que tenemos con ellos.”

El filósofo Daniel Dennett –de quien, usted lo habrá notado, también soy fan– expresa, en un ensayo sobre una teoría darwiniana de la inteligencia creativa, que los procesos por los que una computadora crea arte no son esencialmente distintos de los que ocurren en el cerebro humano. No hay, dice, “inspiración divina”, sino procesos algorítmicos –enormemente complejos, eso sí– entre neuronas que no “piensan”, pero cuyo funcionamiento conjunto produce ese fenómeno emergente que es nuestra conciencia... y nuestra creatividad y sensibilidad artísticas.

La obra de Eno es un ejemplo de lo que se conoce como “arte generativo”: el artista pone la materia prima y la computadora produce combinaciones inesperadas, impredecibles, siempre nuevas, que llevan la “firma” del artista, pero no son directamente producidas por él. Eno ha sido uno de los principales exploradores, durante décadas, de esta vertiente que combina, en sus palabras, “arte, ciencia y juego” (por eso resulta especialmente desconcertante leer que Braulio describe su obra como “un trabajo que, desde los 70, no ha evolucionado”). Si ya desde Duchamp y su mingitorio firmado quedó claro que arte es aquello que queremos ver como tal, ¿por qué una computadora no puede crear objetos que nos permitan, como dice Eno, “disfrutar esa sensación de rendirnos y dejarnos ir, y dar constancia de que nada es permanente ni está siempre quieto”? A mí, me encantó.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

miércoles, 12 de mayo de 2010

Petróleo vs. hidrógeno

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 12 de mayo de 2010


El terrible derrame petrolero frente a Luisiana causado por la explosión de una plataforma petrolera de British Petroleum el pasado 20 de abril, que libera al mar diariamente unos 800 mil litros de petróleo y había formado, hasta el lunes, una mancha de cinco mil kilómetros cuadrados, es muestra de que la actual economía basada en hidrocarburos tiene un precio oculto (en este caso, el daño económico y ambiental se calcula, según informó Milenio Diario, en 10 millones de dólares al día).

¿Qué esperamos para abandonar el petróleo? Un problema es que las energías alternativas (solar, eólica) no acaban de ser costeables. Pero hay una alternativa: el hidrógeno.

Los seres vivos requerimos energía. Si no podemos obtenerla directamente del sol, como hacen las plantas mediante la fotosíntesis, una opción es quemar combustibles. Los animales quemamos los alimentos producidos por las plantas (o los tejidos de otros animales, que a su vez se alimentan de plantas). Nuestras células, a través de un lento proceso de combustión controlada llamada oxidación, liberan la energía solar almacenada en ellos en forma de enlaces químicos.

Más allá de la fisiología, la tecnología. El ser humano descubrió que podía quemar combustibles y liberar la energía que contienen. Durante siglos quemó madera, luego carbón –en cantidades crecientes a partir de la revolución industrial– y actualmente petróleo.

Quemar es oxidar: sustituir los átomos de hidrógeno de una molécula por átomos de oxígeno. El proceso libera energía química, que puede transformarse en calorífica o de otros tipos. Pero libera también productos de combustión: en el caso de los compuestos orgánicos, el residuo es dióxido de carbono, actualmente acumulado en la atmósfera hasta causar ese otro gravísimo problema ambiental: el calentamiento global.

Pero el hidrógeno, al oxidarse –combinarse con oxígeno– libera también grandes cantidades de energía… con la ventaja de que esta reacción química produce como residuo sólo agua. Y existe también una tecnología conocida como celdas de combustible, que utiliza la oxidación de hidrógeno para producir directamente una corriente eléctrica, nuevamente produciendo sólo agua como desecho.

El problema es el hidrógeno tiene que producirse a partir de la descomposición del agua, proceso conocido como electrólisis, que requiere un catalizador que haga posible esta reacción. Es por eso que el descubrimiento de un nuevo catalizador de molibdeno, 70 veces más barato que el de platino usado hasta hoy (anunciado en la revista Nature y reseñado por Luis González de Alba el domingo en Milenio), promete hacer de la economía del hidrógeno una realidad más cercana.
La ciencia y la tecnología no existen en una torre de marfil, aisladas de la realidad. Así como pueden afectar a la sociedad o al ambiente, pueden ofrecernos soluciones para reparar el daño.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!

martes, 4 de mayo de 2010

Google aprende a pensar

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de mayo de 2010

Para quien viva en el siglo 21 y use internet, Google parece una presencia ominosa y universal, que amenaza con convertirse en el tipo de inteligencia artificial totalitaria que películas como 2001, Odisea espacial nos enseñaron a temer.

Desde que fue inventado en 1997 por dos estudiantes de posgrado de la Universidad de Stanford, Larry Page y Sergey Brin (ambos de 23 años), el buscador de internet más usado del mundo (varios cientos de millones de consultas al día) ha crecido hasta convertirse en un emporio que amaga con dominar el mundo (no sólo virtual, sino incluso el real, con artefactos como celulares y computadoras).

Pero lo verdaderamente asombroso es que Google va volviéndose inteligente. Ya desde su concepción, el buscador se distinguió de sus competidores por su particular método de búsqueda. Todo buscador (Yahoo, Bing de Microsoft, el propio Google, etcétera) va recorriendo cada rincón de la red y acumulando información. Pero lo difícil es ordenarla y clasificarla, para que cuando un usuario la solicite el buscador presente justo lo que pide, y no miles de opciones no deseadas.

La gran idea detrás de Google es que, en vez de tratar de analizar y decidir qué información es más importante, se fija en qué páginas prefieren los propios usuarios de internet. Así, el algoritmo que desarrollaron Page y Brin (originalmente llamado “PageRank”, y que constituye la “fórmula secreta” que le ha dado a Google su éxito), clasifica a las páginas de internet de acuerdo al número de otras páginas que se enlazan con ellas. Es decir, las evalúa de acuerdo a su éxito práctico, no a criterios teóricos (una idea muy darwiniana; recordemos que, en evolución, el éxito se define como cualquier cosa que aumente la supervivencia de un individuo y sus descendientes).

Con esto, Google ha logrado ofrecer resultados de manera cada vez más inteligente cuando uno busca algo: lo que Google considera importante se parece mucho a lo que los humanos consideramos importante.

Y sus habilidades continúan refinándose: en un artículo aparecido en la revista Wired (febrero 2010), Steven Levy comenta cómo se ha logrado que Google aprenda a distinguir mejor entre sinónimos (un problema frecuente), usando un concepto proveniente de la filosofía. Ludwig Wittgenstein afirmó alguna vez que “las palabras carecen de significado si no se comparten” (aunque la compilación de citas Wikiquote da una versión ligeramente diferente: “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje”). Tomando en cuenta esto, Google ahora considera qué palabras rodean a la palabra problemática, y logra ofrecer resultados más acertados. Va aprendiendo a “entender” el significado de las palabras por su contexto, de manera muy similar, en esencia, a como lo hacemos los humanos.

¿Llegará a convertirse algún día Google en algo parecido a la malévola computadora Hal 9000? No lo creo (se dice que el lema informal de la compañía es "No seas malo") , pero seguramente el momento en que las “inteligencias artificiales” se conviertan en, simplemente, inteligencias, sin calificativos, se acerca.

Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!