martes, 6 de julio de 2010

Promesas médicas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 7 de julio de 2010

Una de las quejas más comunes contra la ciencia médica es que no cumple sus promesas: la cura del sida, el cáncer o incluso el catarro común no se han materializado. ¿Qué pasa?

En realidad, el reclamo es injusto: ninguno de estos males es sencillo. Existen cientos de variedades de virus del catarro, que mutan constantemente; lo mismo ocurre con el virus del sida, que además incrusta sus genes dentro de nuestras células, lo que lo hace –hasta ahora– imposible de erradicar. En cuanto al cáncer, habría que hablar más bien de los muchos cánceres distintos que existen, lo cual hace lejano –hasta ahora– pensar en “una” cura.

Pero, siendo justos, la ciencia médica ha avanzado sobremanera, incluso en el combate a estos males. Tenemos numerosos remedios paliativos, cierto, pero útiles, contra los síntomas del catarro; la quimioterapia contra el VIH ha avanzado muchísimo desde los ochenta, y lo mismo puede decirse de las terapias y métodos de diagnóstico del cáncer.

Y eso sin mencionar otros numerosísimos avances médicos que han mejorado increíblemente nuestro nivel de vida: antibióticos que salvan diariamente miles de vidas, vacunas que previenen enfermedades, procedimientos de higiene y quirúrgicos que evitan muertes en partos, trasplantes… la lista es casi infinita.

Una promesa incumplida reciente es la de las células madre, que han causado polémica porque ofrecen la posibilidad de crear tejidos de repuesto para curar órganos dañados, pero que normalmente se obtienen de embriones.

Por eso la noticia, publicada en la revista New England Journal of Medicine, de que un equipo de médicos italianos, encabezado por Graziella Pellegrini, ha logrado curar la ceguera de pacientes con quemaduras químicas utilizando células madre de su propia córnea es esperanzadora.

Los investigadores no usaron células madre embrionarias, sino un tipo más especializado: las células madre del limbo del ojo, la región que rodea a la córnea (la lente transparente que cubre al iris y la pupila), y que se localiza entre ella y lo blanco del ojo (la esclerótica), y que es donde se forman nuevas células corneales.

Las células madre se aislaron (del otro ojo, o de alguna región sana del ojo lesionado), se multiplicaron en cultivo y se injertaron en los ojos dañados, con resultados excelentes en 87 de 107 pacientes, y parcialmente buenos en otros 14. ¡Y los beneficios han sido perdurables a lo largo, en algunos casos, más de una década! (el estudio comenzó en 1998).

Aunque la cura es sencilla, pues no involucra complejas manipulaciones genéticas, sino sólo cultivo y trasplante, podría calificarse de milagrosa. Pero Pellegrini fue clara: “No fue un milagro, fue simplemente técnica”.

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miércoles, 30 de junio de 2010

Newton, Magnus y los tiros libres

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 30 de junio de 2010

Para Natalia Murillo Quiroz y Marcela Hernández Jiménez,
y su excelente blog costarricence “Física, arroz y frijoles”

La descorazonadora derrota de la selección nacional ante Argentina el pasado domingo hace que hablar de futbol sea doloroso. Pero quizá conocer la ciencia detrás de los tiros libres en este deporte podría ayudar a mejorar el desempeño de nuestros futbolistas.

En realidad, se trata de un asunto bastante bien estudiado. En primera aproximación, basta la física de Newton, quien en su primera ley del movimiento sentenció: “Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que una fuerza lo obligue a cambiarlo”. En otras palabras, al patear un balón, éste se seguirá moviendo en línea recta eternamente, a menos que otra fuerza lo afecte.

Por supuesto, esto podría suceder en el espacio vacío. En una cancha terrestre, dos fuerzas importantes afectan al balón: la gravedad, que tira de él hacia abajo, y la fricción con el aire, que lo frena. En combinación, hacen que su movimiento rectilíneo ideal se transforme en lo que los físicos llaman “tiro parabólico”. Un futbolista profesional (igual que un artillero), debe ser capaz de juzgar con qué fuerza y ángulo tiene que patear el balón para que éste, en un tiro libre, entre en la portería. (Aunque para calcular trayectorias parabólicas no es indispensable saber física: la misma hazaña, aunque no con tanta precisión, la logra cualquier niño –y hasta un perro– cuando atrapa una pelota que se le lanza.)

Pero hay más en los tiros libres futboleros, como los famosos tiros curvos (con “efecto”, o “chanfle”, como decimos en México) que tantos goles espectaculares han dado (uno muy recordado es el que el jugador brasileño Roberto Carlos metió contra Francia en la Copa Confederaciones de 1997).



Aquí interviene la dinámica de fluidos: así como un avión puede sostenerse en el aire gracias al efecto Bernoulli (la curva del ala, al avanzar el avión, hace que el aire avance más rápidamente por la parte superior, lo que disminuye la presión y crea una fuerza que empuja al ala –y con ella avión– hacia arriba), un balón al que un tirador experto imprime un giro puede curvar su movimiento gracias al efecto Magnus (variante del efecto Bernoulli descubierta por el físico alemán Heinrich Gustav Magnus en 1852). En breve, el giro del balón aumenta la velocidad del aire en uno de sus lados (lo que disminuye la presión) y la frena en el opuesto (lo que la aumenta). Efecto neto: una fuerza que desvía al balón hacia un lado. Conforme la fricción del aire frena al balón, el efecto Magnus se manifiesta más intensamente, y la curva se hace más pronunciada.

No sé si los futbolistas estudien física (pero deberían, al menos un poco). La industria del futbol sin duda la usa: el diseño del tan criticado balón Jabulani (celebrar, en zulu) llevó 4 años de investigación para supuestamente mejorar su desempeño (aunque muchos jugadores, especialmente porteros, se han quejado amargamente de lo “impredecible” del balón -se ha dicho que se comporta como "una pelota de playa"-, que es 5% más rápido de lo habitual debido a su diseño sin costuras, que reduce la fricción).

Aunque el fracaso de la selección nacional difícilmente se podrá atribuir al Jabulani, quizá un poco de física los pudiera ayudar a jugar mejor. Será para la próxima.

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miércoles, 23 de junio de 2010

¿Vida extraterrestre?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 23 de junio de 2010

El pasado 3 de junio, la NASA publicó un boletín que causó extrañeza e incredulidad: informaba que la misión de exploración planetaria Cassini había descubierto evidencia que podría indicar que existe vida extraterrestre en Titán, la luna más grande de Saturno (la única luna en el sistema solar con una atmósfera densa y el único cuerpo, aparte de la Tierra, que tiene cantidades grandes y estables de líquidos sobre su superficie). ¿Será posible?

Vayamos por partes. Desde que nos dimos cuenta de que la Tierra no es distinta del resto del universo, sino que está regida por las mismas leyes de la física y la química que cualquier otro cuerpo celeste, nos hemos preguntado si habrá vida en otros mundos. Y, en caso de haberla, qué tan distinta será.

La vida en la Tierra surgió hace unos 3 mil 500 millones de años: sólo mil millones de años después de la formación del planeta. Esto sugiere que, en las condiciones adecuadas, la vida surge más o menos rápidamente, cosmológicamente hablando.

El consenso entre la comunidad de especialistas –los astrobiólogos o exobiólogos– es que donde haya condiciones similares a las que permitieron la aparición de vida en nuestro planeta (compuestos de carbono, agua, una temperatura que permita que ésta exista en estado líquido, una atmósfera protectora…) la vida debería desarrollarse con relativa facilidad.

Pero hay otras posibilidades. En 2005 el astrobiólogo Chris McKay, del Centro de Investigación Ames de la NASA, había propuesto que en Titán, cuya atmósfera consta de nitrógeno con un poco de metano, hidrógeno e hidrocarburos, y donde hay lagos de metano líquido, podría haber formas de vida –probablemente de tipo microbiano– que estuvieran basadas no en agua, como en la Tierra (en Titán con su temperatura superficial de menos 179 grados centígrados, ésta sería sólida), sino precisamente en el metano líquido. Dichos organismos, predijo McKay, podrían utilizar acetileno e hidrógeno de la atmósfera para hacerlos reaccionar químicamente y producir metano, liberando así la energía necesaria para vivir, del mismo modo que los organismos terrestres, basados en agua, usamos compuestos orgánicos y oxígeno para obtener energía.

El boletín de la NASA habla, precisamente, de la publicación de dos artículos en las revistas Icarus y Journal of Geophysical Research donde se reporta que los espectrómetros del satélite Cassini habían detectado que las moléculas de hidrógeno, contrariamente a lo esperado, descienden por la atmósfera y desaparece al llegar a la superficie, y que ésta hay menos acetileno del que debería haber (aunque en realidad el primer dato, a diferencia de la cantidad de acetileno, no fue observado directamente, sino inferido a partir de modelos computacionales, y tendrá que ser confirmado). Ambos fenómenos coinciden justo con lo que sucedería si estuvieran presentes organismos como los predichos por McKay.

¿Es esto prueba de que hay formas de vida completamente novedosas en Titán? No, aunque es una fascinante posibilidad. Lo más probable es que haya otras causas meramente químicas. Pero si algo nos enseña la ciencia es a estar abiertos a nuevas posibilidades. Con suerte, algún día las hipótesis de los astrobiólogos podrían verse confirmadas, y entonces nuestra concepción del universo se transformará radicalmente.

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miércoles, 16 de junio de 2010

Acupuntura y ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 16 de junio de 2010

Mi texto de la semana pasada acerca de la decisión de la Suprema Corte de considerar estafadores a los charlatanes que ofrecen curas “místicas” despertó algunos comentarios de lectores. Sobre todo de quienes han tenido buenas experiencias usando terapias “alternativas” menos claramente fraudulentas, como la acupuntura o la homeopatía.

Y sin embargo, incluso éstas, posiblemente las más cercanas a la medicina, están basadas en principios que entran en franca contradicción con el conocimiento científico actual. La acupuntura, por ejemplo, que tiene unos cuatro mil años de antigüedad, se basa en la creencia milenaria en una energía espiritual, el chi (o qi), que supuestamente fluye por el cuerpo a través de unos canales llamados “meridianos” (y que ningún anatomista ha podido hallar, pues no corresponden a los nervios, las venas, las arterias ni los canales linfáticos). Se supone que la inserción y rotación de las agujas en puntos determinados equilibra o corrige problemas en el flujo del chi que causan enfermedades.

Además de que, para todo fin práctico, el chi y los meridianos son entidades inexistentes, el problema es que la evidencia anecdótica no basta en ciencia, y pesar de que miles de personas en todo el mundo afirman que resulta efectiva –sobre todo para eliminar el tipo de molestias subjetivas que los médicos llaman síntomas (dolor, malestar, a diferencia de los signos, que son medibles, como la fiebre)– hasta el momento ningún estudio serio ha logrado probar, a satisfacción de la comunidad médica y científica, que la acupuntura tenga alguna consecuencia real, más allá del efecto placebo.

El 30 de mayo una revista científica seria, Nature Neuroscience, publicó un artículo que intentaba proponer un mecanismo neuroquímico que explicara los efectos analgésicos de la acupuntura. El estudio, realizado en ratones por investigadores de la Universidad de Rochester, mostraba con detalle que la inserción y rotación de agujas en el punto zusanli de la pata producía liberación de adenosina, sustancia con conocidos efectos analgésicos, y que ésta disminuía el dolor crónico de los ratones.

Por desgracia, y como han señalado ya varios críticos, el estudio no fue realizado con los controles necesarios, lo cual echa por tierra su validez. Entre otras irregularidades, no se utilizó un grupo de control al que se le aplicara un tratamiento placebo (usando, por ejemplo, agujas con resorte que no penetran la piel); no se probó insertar las agujas en otro punto para ver si tenían el mismo efecto. Incluso, al parecer, se cometió el error de usar el punto zusanli, que no está relacionado con la disminución del dolor, sino con desórdenes digestivos (se debió haber usado el cercano punto weizhong).

Al final, el poco convincente intento de legitimar la acupuntura quedó en eso, y la credibilidad de la revista se vio afectada por aceptar un estudio que no contó con los controles necesarios. Lo que se demostró no es nuevo: la destrucción de tejidos (por la inserción de agujas) libera adenosina, que es un analgésico. Sería más efectivo inyectarla directamente, o usar analgésicos más efectivos. Pero de ahí a afirmar que se ha probado que la acupuntura es efectiva hay mucho trecho.

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miércoles, 9 de junio de 2010

Charlatanes… ¿criminales?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 9 de junio de 2010

El pasado miércoles 2 de julio la Suprema Corte de Justicia resolvió que considerar a la charlatanería como delito no viola la constitución. Fortaleció así la lucha contra los estafadores que se aprovechan de gente que, por falta de información, credulidad o, en muchos casos, desesperación al pasar por situaciones personales angustiosas, está expuesta a creer en cualquier cosa que parezca ayudarla.

Jesús Islas Badillo e Isabel y Lucía Martínez, de la organización de curanderos “hermanos Kendall” de San Luis Potosí, “que obtuvo más de 600 mil pesos tras engañar a diversas personas” con “bebidas o infusiones para combatir sus males físicos”, informó Milenio Diario (3 de junio), fueron hallados culpables en Matehuala de violar el Código Penal estatal. Éste señala que “Comete el delito de fraude quien, para obtener un lucro indebido, explota las preocupaciones, las supersticiones o la ignorancia de las personas, por medio de supuestas evocaciones de espíritus, adivinaciones o curaciones u otros procedimientos carentes de validez técnica o científica”.

Alegaron que la sentencia de ocho años de prisión era inconstitucional, pero la Suprema Corte la confirmó y aclaró que “el objeto de la prohibición no está enfocado a la práctica espiritual o ideológica en sí misma, sino al engaño que se da en la falsa oferta de realizar adivinaciones, evocaciones o curaciones” y la estafa de cobrar por ello.

La corte aclaró también que “la decisión no afecta la medicina alternativa, homeopática, natural o la herbolaria, porque éstas prácticas son reconocidas y reguladas por la Ley General de Salud”.

¿Es justa esta decisión? ¿Es válido, para usar palabras de un querido amigo, “pretender por ley que el conocimiento científico y técnico es el único válido”? ¿Por qué prohibir la charlatanería mística y no medicinas alternativas que tampoco son reconocidas como válidas por la ciencia médica, como la acupuntura o la homeopatía? (La herbolaria es otra cosa, pues no se basa en principios misteriosos ajenos al conocimiento científico, sino en el uso de sustancias químicas, producidas por las plantas.)

La respuesta es compleja. La corte fue hábil: evitó el debate sobre las medicinas alternativas, que mucha gente acepta aunque funcionan sólo como placebos (es decir, sustancias que alivian síntomas no por sí mismas, sino gracias a la creencia del paciente en que le pueden ayudar a sentirse mejor) y pasó la responsabilidad a la Ley de Salud. En todo caso, hay en marcha en todo el mundo investigaciones para ver si estos tratamientos son algo más que placebos; si es así, ya nos enteraremos. (Ya en 2007 la Procuraduría Federal del Consumidor, al obligar a los “servicios de adivinación, psíquicos y horóscopos”, desde el 1º de abril, a modificar su publicidad y “señalar que se trata de un servicio de entretenimiento, (y) que la interpretación y uso del servicio es responsabilidad exclusiva del consumidor”, había dado otro pequeño paso en la lucha contra la superchería.)

Pero en el caso de fraudes burdos como los de los Kendall, que incluso inducían a sus clientes (sería completamente inadecuado llamarlos “pacientes”) a “deshacerse del dinero malo” que los enfermaba, me parece que sí: el conocimiento científico es el único que resulta pertinente considerar válido. No por un radicalismo filosófico, sino porque, en temas de salud, hay que atenerse a los hechos: la medicina científica, basada en evidencia, es la única que hasta hoy ofrece resultados comprobables, reproducibles. Confiables.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Células artificiales

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 2 de junio de 2010

No pude comentarlo la semana pasada (me sentía obligado a hablar del fraude del detector molecular GT-200), pero no puedo dejar pasar la publicación, el pasado 20 de mayo, en la afamada revista Science, del artículo titulado “Creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”.

¿Será que por fin el ser humano puede crear vida diseñada a su antojo? Bueno, no. Pero casi… o muy pronto.

Lo que hizo un equipo de 24 científicos del Instituto J. Craig Venter, encabezados por el propio J. Craig Venter, fue reprogramar una célula de la bacteria Mycoplasma capricolum, introduciéndole el genoma completo de otra especie, Mycoplasma mycoides, y lograr que viviera y se reprodujera establemente. Esto ya lo habían logrado en junio de 2007; ahora la gracia consistió en que el genoma transplantado había sido fabricado de manera completamente sintética, a partir de la información almacenada en una computadora.

Venter y su equipo contrataron a una compañía especializada en fabricar ADN. Le dio un archivo con la “receta” completa del genoma de M. mycoides (un millón de pares de bases, las “letras” en las que se escribe la información genética) y recibieron a cambio mil fragmentos de unas mil letras de longitud. Luego fueron ensamblando los fragmentos para formar tramos de 10 mil letras, luego 100 mil, y finalmente el genoma completo, que usaron para transformar a una especie en otra.

El logro es el siguiente paso en el plan de Craig Venter, el salvaje de la biotecnología, no para apoderarse del mundo, pero sí para revolucionarlo (y en el camino, enriquecerse más). Venter pretende crear células sintéticas con genomas especialmente diseñados para que hagan cosas como degradar petróleo (útiles en derrames petroleros), fabricar biocombustibles o hidrógeno a partir de la luz solar, producir vacunas y muchas cosas más.

Por supuesto, para ello falta mucha investigación. Pero la posibilidad de construir organismos en gran parte diseñados por el ser humano está hoy mucho más cerca. Y ello nos enfrenta también a retos éticos: desde la crítica de la iglesia católica a “jugar a ser dios” (queda claro que para crear vida no se necesita más que un buen manejo de la biotecnología) hasta los peligros de que escapen al ambiente organismos hechos en el laboratorio (aunque Venter ha incluido salvaguardas para que no puedan sobrevivir fuera de éste) o que sean creados por grupos bioterroristas (si lo lograran, habría que darles el premio Nobel). Sin contar, claro, el debate que ya se está dando sobre la pertinencia de permitir que Venter y su compañía patenten nuevas formas de vida.

No cabe duda de que Venter es un salvaje genial. Se adelantó al Proyecto del Genoma Humano, en los noventa, y no ha dejado de empujar a la ciencia genómica hasta sus límites. Dependerá de la sociedad ponernos a la altura: discutir, legislar, y decidir qué cosas queremos hacer, cuáles no, y cómo.

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lunes, 31 de mayo de 2010

2,000 suscriptores: ¡Gracias!

Queridos lectores:

Mi blog "La ciencia por gusto", donde reproduzco en versión ampliada la columna que publico semanalmente en Milenio Diario desde hace 7 años, acaba de llegar a los 2,000 suscriptores a través de Feedburner (es decir, no lectores, sino personas que eligen recibirla semanalmente en su buzón de email).


(En realidad, lo que reporta Feedburner en el recuadrito amarillo del blog (ver imagen arriba) es el número de "readers", que es algo que calculan mediante un algoritmo raro y que varía mucho. El número REAL de suscriptores por email aparece en la segunda imagen, más abajo, y como ven es de unos 2,000 y pico más lectores, para un total de 2,250; ese sí es un número exacto. Pero el que importa es el que aparece en el blog, creo).

Como se imaginarán, para mí la noticia es muy placentera, y por eso quiero compartirla y agradecerles a todos ustedes, que han ayudado a que esto suceda. ¡Muchas gracias! Y espero seguir siendo digno de su atención e interés.

Martín Bonfil Olivera

miércoles, 26 de mayo de 2010

Periodismo sin ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 26 de mayo de 2010

Se queja amargamente el siempre polémico Carlos Mota en Milenio Diario, el pasado jueves 20 de mayo, de “el pobrísimo tratamiento periodístico que se ha dado a la compra que ha hecho Manuel Saba de la corporación chilena Farmacias Ahumada”. Pues bien: yo también me quejo del pobre manejo periodístico, pero por otro tema.

Y es que el mismo día Milenio, como muchos otros medios, dio a conocer que soldados de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) “peinaban” el rancho de Diego Fernández de Cevallos con un “detector molecular”. Según la nota, “Los militares pertenecientes a la 17 Zona Militar recibieron la orden de hacer uso del detector molecular GT200 con el fin de rastrear cualquier pista que lleve a la ubicación del ex candidato presidencial panista”.

¿Cuál es el problema de la SEDENA? ¿Por qué al mismo tiempo que establece estrategias útiles para combatir el narcotráfico como utilizar “imágenes satelitales para detectar y combatir el cultivo de amapola y mariguana sin necesidad de vuelos de reconocimiento”, como informó, también en Milenio, J. Jesús Rangel el lunes 23, insiste en usar un aparato reconocidamente inútil y fraudulento?

Presento nuevamente la evidencia, como ya he hecho en ocasiones anteriores:
  • 1) los principios físicos en los que supuestamente se basa el GT200 son imposibles;
  • 2) en pruebas controladas, ha fallado estrepitosamente: la varita mágica de “alta tecnología” no resulta mejor que el azar;
  • 3) ha fallado en detectar explosivos en Tailandia y otros sitios, causando la muerte de policías;
  • 4) al abrir el aparato, se constata que está hueco: no contiene ningún componente que pudiera explicar su supuesto funcionamiento;
  • 5) está más que demostrado que el movimiento de la antena que pretende apuntar hacia lo que se busca es sólo producto del “efecto ideomotor”: nuestras expectativas influyen en los movimientos involuntarios de la muñeca;
  • 6) varios gobiernos han demandado por fraude a los fabricantes de este tipo de aparatos, y en marzo el gobierno británico específicamente previno al mexicano acerca de su nula confiabilidad.

No me extraña de la SEDENA, que en marzo de 2004, ante unos videos de aparentes objetos voladores no identificados consideró que el experto al que había que recurrir era Jaime Maussán. Es ignorancia: los militares simplemente no tienen el conocimiento para distinguir fraudes de tecnología confiable.

Pero ¿y los periodistas? Fuera de Proceso, que al mencionar al GT200 (19 de mayo) al menos incluyó la frase “aunque su eficacia ha sido fuertemente cuestionada”, ningún otro medio, ni siquiera Milenio, mencionó ni tangencialmente que se trata de un fraude.

Termino citando de nuevo a Carlos Mota (entre paréntesis, añadido mío): “¿Tiene remedio este periodismo (que carece de una elemental cultura científica)? ¿Cuándo? ¿En cuántas generaciones?”.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Brian Eno: ¿fraude o arte computacional?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 19 de mayo de 2010


El pasado sábado fui al museo Anahuacalli a conocer la instalación 77 millones de pinturas, del inglés Brian Eno.

Encontré algo fascinante: una especie de altar mágico, un caleidoscopio electrónico donde una computadora proyecta, en un arreglo de pantallas, las permutaciones de más de 360 pinturas realizadas (en diapositivas y principalmente a mano) por Brain One (como también le llamamos sus fans). Observarlo es una experiencia absorbente, como mirar las llamas de una fogata o las olas del mar. Las imágenes van cambiando insensiblemente, combinándose y renovándose, acompañadas de la música creada por Eno, para producir un ambiente y una experiencia de paz que permite observar la obra y disfrutarla, o simplemente dejarla pasar. “Es como música visual”, dice el propio autor.

Eno (cuyo nombre completo es Brian Peter George St. John le Baptiste de la Salle Eno) es uno de los músicos más influyentes de las últimas décadas. Compositor, intérprete, productor (de varios de los mejores álbumes de grupos y artistas como U2, Talking Heads, David Bowie, James, Devo, Harold Budd, Laurie Anderson, Coldplay), investigador y maestro. He sido fan de su música –no sólo de la ambiental o “ambient”, que él inventó– y de su inteligencia durante años. Tenía curiosidad de conocer su también ya amplia obra gráfica y su exploración de los medios computacionales.

Por eso me sorprendió leer, el domingo en Milenio, la reseña que mi amigo y colega columnista Braulio Peralta publicó sobre la misma instalación. Es bien sabido que la experiencia estética es algo enormemente personal, subjetivo, pero por varias de las frases de Braulio (“lo que se exhibe no es pintura”; “nada que ver con el arte”; “superchería visual” “irresponsabilidad de quienes se atreven a trasgredir el arte sin fondo ni forma”) pensaría que vimos cosas distintas.

Y probablemente eso sucedió. Braulio, hombre culto con estudios de arte, parece adoptar una postura “tradicional”, en la que el arte tiene un valor intrínseco, esencial. De ahí que considere que algo hecho por una computadora no puede tener valor artístico. La perspectiva de Eno es distinta: para él, como expresa en una entrevista publicada en la revista Wired (¡en mayo de 1995!) Eno explica: “En la visión tradicional, clásica, los objetos de arte son contenedores de algún tipo de valor estético. Este valor fue puesto en ellos por el artista, que a su vez lo recibió de Dios o de la Musa o del inconsciente universal. Lo que está mal con esta postura es que los objetos culturales no tienen identidad notoria, fuera de la que nosotros les conferimos. Su valor es totalmente el producto de la interacción que tenemos con ellos.”

El filósofo Daniel Dennett –de quien, usted lo habrá notado, también soy fan– expresa, en un ensayo sobre una teoría darwiniana de la inteligencia creativa, que los procesos por los que una computadora crea arte no son esencialmente distintos de los que ocurren en el cerebro humano. No hay, dice, “inspiración divina”, sino procesos algorítmicos –enormemente complejos, eso sí– entre neuronas que no “piensan”, pero cuyo funcionamiento conjunto produce ese fenómeno emergente que es nuestra conciencia... y nuestra creatividad y sensibilidad artísticas.

La obra de Eno es un ejemplo de lo que se conoce como “arte generativo”: el artista pone la materia prima y la computadora produce combinaciones inesperadas, impredecibles, siempre nuevas, que llevan la “firma” del artista, pero no son directamente producidas por él. Eno ha sido uno de los principales exploradores, durante décadas, de esta vertiente que combina, en sus palabras, “arte, ciencia y juego” (por eso resulta especialmente desconcertante leer que Braulio describe su obra como “un trabajo que, desde los 70, no ha evolucionado”). Si ya desde Duchamp y su mingitorio firmado quedó claro que arte es aquello que queremos ver como tal, ¿por qué una computadora no puede crear objetos que nos permitan, como dice Eno, “disfrutar esa sensación de rendirnos y dejarnos ir, y dar constancia de que nada es permanente ni está siempre quieto”? A mí, me encantó.

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miércoles, 12 de mayo de 2010

Petróleo vs. hidrógeno

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 12 de mayo de 2010


El terrible derrame petrolero frente a Luisiana causado por la explosión de una plataforma petrolera de British Petroleum el pasado 20 de abril, que libera al mar diariamente unos 800 mil litros de petróleo y había formado, hasta el lunes, una mancha de cinco mil kilómetros cuadrados, es muestra de que la actual economía basada en hidrocarburos tiene un precio oculto (en este caso, el daño económico y ambiental se calcula, según informó Milenio Diario, en 10 millones de dólares al día).

¿Qué esperamos para abandonar el petróleo? Un problema es que las energías alternativas (solar, eólica) no acaban de ser costeables. Pero hay una alternativa: el hidrógeno.

Los seres vivos requerimos energía. Si no podemos obtenerla directamente del sol, como hacen las plantas mediante la fotosíntesis, una opción es quemar combustibles. Los animales quemamos los alimentos producidos por las plantas (o los tejidos de otros animales, que a su vez se alimentan de plantas). Nuestras células, a través de un lento proceso de combustión controlada llamada oxidación, liberan la energía solar almacenada en ellos en forma de enlaces químicos.

Más allá de la fisiología, la tecnología. El ser humano descubrió que podía quemar combustibles y liberar la energía que contienen. Durante siglos quemó madera, luego carbón –en cantidades crecientes a partir de la revolución industrial– y actualmente petróleo.

Quemar es oxidar: sustituir los átomos de hidrógeno de una molécula por átomos de oxígeno. El proceso libera energía química, que puede transformarse en calorífica o de otros tipos. Pero libera también productos de combustión: en el caso de los compuestos orgánicos, el residuo es dióxido de carbono, actualmente acumulado en la atmósfera hasta causar ese otro gravísimo problema ambiental: el calentamiento global.

Pero el hidrógeno, al oxidarse –combinarse con oxígeno– libera también grandes cantidades de energía… con la ventaja de que esta reacción química produce como residuo sólo agua. Y existe también una tecnología conocida como celdas de combustible, que utiliza la oxidación de hidrógeno para producir directamente una corriente eléctrica, nuevamente produciendo sólo agua como desecho.

El problema es el hidrógeno tiene que producirse a partir de la descomposición del agua, proceso conocido como electrólisis, que requiere un catalizador que haga posible esta reacción. Es por eso que el descubrimiento de un nuevo catalizador de molibdeno, 70 veces más barato que el de platino usado hasta hoy (anunciado en la revista Nature y reseñado por Luis González de Alba el domingo en Milenio), promete hacer de la economía del hidrógeno una realidad más cercana.
La ciencia y la tecnología no existen en una torre de marfil, aisladas de la realidad. Así como pueden afectar a la sociedad o al ambiente, pueden ofrecernos soluciones para reparar el daño.

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martes, 4 de mayo de 2010

Google aprende a pensar

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de mayo de 2010

Para quien viva en el siglo 21 y use internet, Google parece una presencia ominosa y universal, que amenaza con convertirse en el tipo de inteligencia artificial totalitaria que películas como 2001, Odisea espacial nos enseñaron a temer.

Desde que fue inventado en 1997 por dos estudiantes de posgrado de la Universidad de Stanford, Larry Page y Sergey Brin (ambos de 23 años), el buscador de internet más usado del mundo (varios cientos de millones de consultas al día) ha crecido hasta convertirse en un emporio que amaga con dominar el mundo (no sólo virtual, sino incluso el real, con artefactos como celulares y computadoras).

Pero lo verdaderamente asombroso es que Google va volviéndose inteligente. Ya desde su concepción, el buscador se distinguió de sus competidores por su particular método de búsqueda. Todo buscador (Yahoo, Bing de Microsoft, el propio Google, etcétera) va recorriendo cada rincón de la red y acumulando información. Pero lo difícil es ordenarla y clasificarla, para que cuando un usuario la solicite el buscador presente justo lo que pide, y no miles de opciones no deseadas.

La gran idea detrás de Google es que, en vez de tratar de analizar y decidir qué información es más importante, se fija en qué páginas prefieren los propios usuarios de internet. Así, el algoritmo que desarrollaron Page y Brin (originalmente llamado “PageRank”, y que constituye la “fórmula secreta” que le ha dado a Google su éxito), clasifica a las páginas de internet de acuerdo al número de otras páginas que se enlazan con ellas. Es decir, las evalúa de acuerdo a su éxito práctico, no a criterios teóricos (una idea muy darwiniana; recordemos que, en evolución, el éxito se define como cualquier cosa que aumente la supervivencia de un individuo y sus descendientes).

Con esto, Google ha logrado ofrecer resultados de manera cada vez más inteligente cuando uno busca algo: lo que Google considera importante se parece mucho a lo que los humanos consideramos importante.

Y sus habilidades continúan refinándose: en un artículo aparecido en la revista Wired (febrero 2010), Steven Levy comenta cómo se ha logrado que Google aprenda a distinguir mejor entre sinónimos (un problema frecuente), usando un concepto proveniente de la filosofía. Ludwig Wittgenstein afirmó alguna vez que “las palabras carecen de significado si no se comparten” (aunque la compilación de citas Wikiquote da una versión ligeramente diferente: “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje”). Tomando en cuenta esto, Google ahora considera qué palabras rodean a la palabra problemática, y logra ofrecer resultados más acertados. Va aprendiendo a “entender” el significado de las palabras por su contexto, de manera muy similar, en esencia, a como lo hacemos los humanos.

¿Llegará a convertirse algún día Google en algo parecido a la malévola computadora Hal 9000? No lo creo (se dice que el lema informal de la compañía es "No seas malo") , pero seguramente el momento en que las “inteligencias artificiales” se conviertan en, simplemente, inteligencias, sin calificativos, se acerca.

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miércoles, 28 de abril de 2010

¿Qué onda con Evo?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en
Milenio Diario, 28 de abril de 2010

Desde que el presidente de Bolivia, Evo Morales, declaró el pasado 20 de abril, durante la inauguración de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, en Tiquipaya, que “El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas, por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres”, no ha dejado de ser motivo de burla.

Evo afirmó también que “La calvicie, que parece normal, es una enfermedad en Europa, casi todos son calvos, y es por las cosas que comen; mientras, en los pueblos indígenas no hay calvos, porque comemos otras cosas”.

¿Es merecido el escarnio? Creo que sí. Creo que, ideologías y tradiciones aparte, un personaje público no puede hacer impunemente alarde de tamaña ignorancia. Una cosa es retomar, metafóricamente, el discurso autóctono de la Pachamama, la “madre tierra” o “madre mundo” andina, y otra muy distinta es pensar seriamente que los terremotos son causados por su enojo ante las políticas neoliberales o nuestro pobre cuidado del ambiente, o que los alimentos, por más hormonas que puedan tener, ocasionen calvicie u homosexualidad.

Y es que lo que dijo Evo simplemente no es cierto: sabemos que los temblores no son causados por las políticas humanas (ni por ningún efecto que el ser humano pueda tener sobre el ambiente… ¡vaya, ni siquiera por el calentamiento global!). Sabemos que la calvicie tiene un origen hereditario, no alimentario, y que la homosexualidad es un fenómeno mucho más complejo que la rústica concepción de hombres “afeminados” por consumir hormonas. Evo muestra, además, su homofobia –otro valor tradicional, después de todo. (El espléndido escritor y polémico conductor televisivo Jaime Bayly, del que me declaro fan incondicional, no pudo menos que tomarlo a broma: “yo desde niño he comido mucho pollo …y se ve que por comer tanto pollo me he ido afeminando, afectando de suaves modales, amariconando sin darme cuenta …Evo Morales lo sabía y el muy pilluelo se guardó el secreto, de haberlo sabido quizá me habría puesto a masticar hoja de coca en el colegio y ahora sería un hombre muy macho, muy tosco y muy corto de entendimiento”.)

Pero ser ignorante no es pecado, se me dirá, y Evo es un símbolo de cierto pensamiento de izquierda que, a pesar de sus excesos o defectos, es importante defender. De acuerdo. Pero ser ignorante siendo presidente, y no asesorarse adecuadamente, es al menos una irresponsabilidad. Es triste que, en países tercermundistas como los nuestros, el analfabetismo científico siga rampante, mientras que quienes debieran ser líderes en la defensa de nuestros derechos y nuestro bienestar desprecian esa parte vital de la cultura que es el pensamiento científico.

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martes, 20 de abril de 2010

Un biólogo contra el Papa

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en
Milenio Diario, 21 de abril de 2010

Cuando, a raíz de los escándalos de pederastia que sacuden a la iglesia católica, se comenzó a discutir en los medios la posibilidad de que el Papa Benito XVI renunciase, el famoso biólogo Richard Dawkins escribió:

No, el Papa Ratzinger no debe renunciar. Debe permanecer a cargo de todo ese edificio putrefacto –esa institución usurera, temerosa de las mujeres, hambrienta de culpa, enemiga de la verdad, violadora de niños– hasta que, en medio de un hedor a incienso y una lluvia de cursis corazoncitos sagrados para turistas y vírgenes ridículamente coronadas, se derrumbe alrededor de sus orejas.

Hoy Dawkins, una de las voces más respetadas en biología evolutiva, además de entusiasta defensor y promotor del ateísmo, pide que Ratzinger sea arrestado y juzgado en septiembre, cuando visite Inglaterra, por haber evitado que sacerdotes abusadores de menores fueran juzgados en cortes civiles, siguiendo la vieja práctica de la iglesia de simplemente mudarlos de diócesis.

Razones no faltan para perder toda fe en la iglesia, y hasta para llegar a aborrecerla. En México indignan los abusos sexuales de Marcial Maciel, ocultados y negados por sus poderosos Legionarios de Cristo. La indignación crece al saber que Maciel, además de pederasta, fue un sacerdote cínico y corrupto que mantuvo relaciones y tuvo hijos con dos mujeres, desdeñando su voto de castidad –valor en el que la iglesia hace tanto énfasis. Burlas, descalificaciones y represalias contra quienes se atrevieron a denunciarlo aumentan el desengaño.

A nivel mundial, los escándalos por pederastia sacerdotal siguen creciendo. En varios países la iglesia se ve obligada a pagar indemnizaciones a las víctimas. Y los agravios se acumulan: el secretario del estado Vaticano, Tarcisio Bertone, afirma en Chile que la pederastia (es decir, abuso sexual de menores, a diferencia de la paidofilia, que es la atracción hacia menores, y no implica abuso alguno) está vinculada con la homosexualidad, no con el celibato (ese sí inexistente en la naturaleza, a diferencia de la atracción entre individuos del mismo sexo, que se encuentra en prácticamente todo el reino animal).

En México el obispo de San Cristóbal, Felipe Arizmendi,, declara que “la liberalidad sexual (…) ha disminuido las fuerzas morales con las que tratamos de educar a los jóvenes en los seminarios(…). Ante tanta invasión de erotismo no es fácil mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños”. ¡Pobrecitos sacerdotes, la sociedad los obliga a ser abusadores!

Ante todo esto, la demanda de Dawkins no parece exagerada, aunque quizá sí ingenua. En México sorprende oír a la líder panista Josefina Vázquez Mota afirmar que Maciel “debe ser tratado como lo que fue, un delincuente”, y pedir castigo para sus cómplices. Y el cardenal Norberto Rivera es nuevamente acusado, ante una corte de Los Ángeles, por el encubrimiento de un cura pederasta. ¿Quién sabe? Quizá el destino nos prepare algunas sorpresas.

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miércoles, 14 de abril de 2010

Hadrones, ¿para qué?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en
Milenio Diario, 14 de abril de 2010

Para Ana Paula Ordorica, en deuda

Mucho se ha hablado del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), el gigantesco acelerador de partículas construido en la frontera franco-suiza por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN –aquí las siglas son en francés–, en la que participan 20 países), que el pasado 30 de marzo logró con éxito sus primeras colisiones de protones, las más energéticas (7 billones de electronvolts) producidas por el ser humano.
Se trata del aparato científico más grande y caro de la historia: costó 10 mil millones de dólares y diez años de trabajo, con la participación de miles de científicos.

¿Para qué gastar tanto dinero y esfuerzo en hacer chocar partículas invisibles (los hadrones, como los protones y los neutrones, están formados por cuarks, a diferencia de los leptones, por ejemplo los electrones, que son realmente fundamentales)? ¿Vale la pena gastar tanto en ciencia básica?

Los fines directos de este proyecto son investigar las condiciones del universo unas fracciones de segundo después del big bang; tratar de producir el bosón de Higgs, partícula que podría explicar por qué la materia tiene masa; explorar la posibilidad de que el espacio tenga más dimensiones de las tres que conocemos, y otros temas. Todo esto puede parecer muy abstruso: son las fronteras de la ciencia física. Estamos explorando los misterios últimos del universo físico, y esto por sí mismo tiene un valor (como lo tienen, también, las artes y las humanidades, a las que apoyamos sin cuestionar).

Pero además de descubrir, la ciencia básica ofrece otros beneficios.

Proyectos como el LHC producen una tremenda derrama tecnológica. Baste recordar que la World Wide Web, o WWW, en la que gran parte de la población mundial vive la parte virtual de su vida, fue creada precisamente en la CERN, simplemente porque les servía para hacer mejor sus labores de investigación. Muchos otros descubrimientos de ciencia básica han revolucionado, a través de desarrollos tecnológicos derivados, nuestra vida diaria: la electricidad, por ejemplo, o los transistores, que no existirían sin la mecánica cuántica.

Sólo que la ciencia, a diferencia de lo que sucede en una empresa, no puede producir estos desarrollos bajo pedido: funciona de manera aleatoria. Hay que desarrollar mucha ciencia básica, en muchas direcciones, para que de vez en cuando surja conocimiento cuyas aplicaciones cambien nuestra vida. Esa es la diferencia entre países de primer y tercer mundo: unos apoyan la ciencia amplia y libremente; los otros no.

Y los grandes proyectos científicos tienen también una importante derrama intelectual: capacitan expertos que luego llevan sus conocimientos a la industria y a la academia, lo cual enriquece al país.

En última instancia, el poder participar en estos proyectos –como lo hizo México, así fuera en modesta medida, aportando dinero y científicos–, demuestra que nuestra ciencia está a la altura, si no en cantidad, sí en calidad, de la que se realiza en países más avanzados. No es poca cosa.
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miércoles, 7 de abril de 2010

El horario de dios

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en
Milenio Diario, 7 de abril de 2010

El domingo 4 de abril Milenio Diario informó que en Oaxaca “unos 418 de 570 ayuntamientos, la mayoría regidos bajo el sistema de usos y costumbres, no acataron el horario de verano”, porque “sólo harán respetar el horario de dios”, y “piden al gobierno respeto al tiempo que le fue legado por sus ancestros”.

El viernes 2 el mismo diario había reportado que habitantes de comunidades aledañas a la zona arqueológica de Chichén Itzá atribuyen el derrumbe del parte del escenario que usaría Elton John en su concierto del domingo a la “molestia de los dioses mayas”, pues “nadie pidió permiso”. Y es que, explica la nota, “las tradiciones mayas indican que al entrar a sitios abandonados se debe solicitar autorización tanto a los ‘aluxes’ como a Yum Kaax, el Señor del Maíz”.

Un historiador entrevistado por Milenio, Miguel II Hernández (sic), opina que a pesar de que “parecería algo irracional pedir permiso a dioses olvidados, la tradición en la zona maya es inflexible”, y que “se hace para tranquilidad de los trabajadores ‘y por si acaso’, y refiere cómo las cosas se calman y los trabajos avanzan sin problema una vez que se hace la ceremonia, a cargo de los Xmenes o sacerdotes mayas”.

¿Realmente será preocupante que haya mexicanos que crean que los accidentes en la construcción de un escenario se deben a duendes o dioses, o que hay una “hora de dios” y se rehúsen por ello a adoptar medidas de ahorro de energía?

Yo no sé, pero una encuesta publicada recientemente por María de las Heras en El País (“La ciencia de los milagros”, 29 de marzo) revela que “ocho de cada diez mexicanos considera que la labor de los científicos es importante para la sociedad comparada con otras profesiones”, pero al mismo tiempo “ocho de cada diez cree firmemente que la fe mueve montañas y el 71% está convencido de que existen los milagros”.

Aunque las preguntas de la encuesta, desgraciadamente, eran demasiado ambiguas para ser realmente útiles, sí revelan una tendencia. No puedo dejar de compartir la conclusión de de las Heras: en la situación actual, “la sociedad seguirá buscando las soluciones a sus problemas en la fe, los milagros o el horóscopo del día, y no es que quiera decepcionarlos, pero por ese camino sinceramente no creo que podamos encontrarlas”.

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