Publicado en Milenio Diario, 7 de julio de 2010
Una de las quejas más comunes contra la ciencia médica es que no cumple sus promesas: la cura del sida, el cáncer o incluso el catarro común no se han materializado. ¿Qué pasa?En realidad, el reclamo es injusto: ninguno de estos males es sencillo. Existen cientos de variedades de virus del catarro, que mutan constantemente; lo mismo ocurre con el virus del sida, que además incrusta sus genes dentro de nuestras células, lo que lo hace –hasta ahora– imposible de erradicar. En cuanto al cáncer, habría que hablar más bien de los muchos cánceres distintos que existen, lo cual hace lejano –hasta ahora– pensar en “una” cura.
Pero, siendo justos, la ciencia médica ha avanzado sobremanera, incluso en el combate a estos males. Tenemos numerosos remedios paliativos, cierto, pero útiles, contra los síntomas del catarro; la quimioterapia contra el VIH ha avanzado muchísimo desde los ochenta, y lo mismo puede decirse de las terapias y métodos de diagnóstico del cáncer.
Y eso sin mencionar otros numerosísimos avances médicos que han mejorado increíblemente nuestro nivel de vida: antibióticos que salvan diariamente miles de vidas, vacunas que previenen enfermedades, procedimientos de higiene y quirúrgicos que evitan muertes en partos, trasplantes… la lista es casi infinita.
Una promesa incumplida reciente es la de las células madre, que han causado polémica porque ofrecen la posibilidad de crear tejidos de repuesto para curar órganos dañados, pero que normalmente se obtienen de embriones.
Por eso la noticia, publicada en la revista New England Journal of Medicine, de que un equipo de médicos italianos, encabezado por Graziella Pellegrini, ha logrado curar la ceguera de pacientes con quemaduras químicas utilizando células madre de su propia córnea es esperanzadora.
Los investigadores no usaron células madre embrionarias, sino un tipo más especializado: las células madre del limbo del ojo, la región que rodea a la córnea (la lente transparente que cubre al iris y la pupila), y que se localiza entre ella y lo blanco del ojo (la esclerótica), y que es donde se forman nuevas células corneales.
Las células madre se aislaron (del otro ojo, o de alguna región sana del ojo lesionado), se multiplicaron en cultivo y se injertaron en los ojos dañados, con resultados excelentes en 87 de 107 pacientes, y parcialmente buenos en otros 14. ¡Y los beneficios han sido perdurables a lo largo, en algunos casos, más de una década! (el estudio comenzó en 1998).
Aunque la cura es sencilla, pues no involucra complejas manipulaciones genéticas, sino sólo cultivo y trasplante, podría calificarse de milagrosa. Pero Pellegrini fue clara: “No fue un milagro, fue simplemente técnica”.


















