Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de octubre de 2010
Cuando, en 1971, el doctor Robert Edwards, biólogo, y su colega el ginecoobstetra Patrick Steptoe, ambos ingleses, recibieron la noticia de que el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido, que financiaba sus investigaciones sobre fecundación in vitro, no iba a continuar apoyándolos, deben haberse sentido muy desanimados.La causa era el fuerte debate que se había generado sobre el tema. El Vaticano, en particular, y otras autoridades religiosas, se oponían decididamente a la técnica.
El papa Paulo VI se había manifestado en contra de cualquier técnica que separara la fecundación del coito. En su encíclica Humanae vitae (1968) escribió: “Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”.
Y el Catecismo de la Iglesia Católica (secciones 2376-2377), a su vez, afirma que “Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (…) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro. [Incluso] Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (…) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos”.
Edwards había estado estudiando, desde finales de los 50, el proceso de fertilización humana, entonces bastante poco conocido. Su utópico objetivo era lograr fuera del cuerpo humano la unión de un óvulo y un espermatozoide para dar origen a un embrión que pudiera implantarse en el útero de una mujer y desarrollarse hasta convertirse en un bebé sano (y luego, claro, en un adulto sano).
Para lograrlo, tuvo que estudiar en detalle el ciclo de vida del óvulo y el espermatozoide, descubrir en qué etapa su unión era posible, y en qué condiciones (logró la primera fertilización in vitro en 1969), qué podía bloquear o favorecer el desarrollo del óvulo fecundado (cigoto) para que comenzara a dividirse y convertirse en embrión (en 1971 logró embriones de 16 células), cómo conseguir que éste se implantara en el útero y continuara desarrollándose (el primer embarazo exitoso se produjo en 1976, aunque no llegó a término), qué hormonas participaban en el proceso…
El resultado de todo ese trabajo –hecho posible con patrocinio privado luego de que cesó el apoyo gubernamental– fue el nacimiento, el 25 de julio de 1978, de Louise Joy Brown (Joy = alegría), la primera “bebé de probeta” (hoy, por cierto, treintona y madre de un saludable bebé concebido por el método tradicional). Actualmente hay más de 4 millones de bebés producto de la fertilización in vitro, y al menos un número igual, podemos suponer, de padres que estarán felices de ver que Edwards (Steptoe murió en 1988) reciba el premio Nobel de medicina.Mi amiga Atenas, que no ha podido concebir un bebé con su esposo, está sometiéndose (¡en una clínica del ISSSTE!) al tratamiento de fecundación in vitro que quizá les permita cumplir su deseo. No sé si lo logrará (la técnica tiene una buena tasa de éxito, pero no es infalible). Si no, están dispuestos a adoptar.
Otra amiga, Margarita, pudo concebir a un par de preciosos gemelos, a pesar de tener ya una edad que hacía riesgoso el embarazo, gracias a una amiga –casada– que prestó su útero para gestarlos. Hoy ambos niños tienen, en cierto modo, cuatro progenitores: dos amorosos padres y dos padrinos.
Si los prejuicios morales basados en creencias religiosas hubieran predominado, hoy ambas amigas, y sus parejas, tendrían que resignarse a no tener hijos. Está claro que lo ético es, precisamente, y contra lo que digan encíclicas y catecismos, utilizar las técnicas reproductivas a favor de la vida y la familia. ¿En nombre de cuántos prejuicios se estarán bloqueando otros avances científicos que podrían hacer felices a personas que tienen derecho a serlo?
¿Te gustó? ¡Compártelo en Twitter o Facebook!:
Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!
Para recibir La ciencia por gusto cada semana
por correo electrónico, ¡suscríbete aquí!














