Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 20 de octubre de 2010
Una de las cosas que nos gusta decir a los promotores de la cultura científica es que, sin ciencia, nuestro país no tiene la menor oportunidad de salir del tercer mundo.Y es cierto: sin una comunidad científica lo suficientemente amplia y madura, que realice investigación de alta calidad sobre una amplia variedad de temas, no es posible generar conocimiento original en la cantidad y con la frecuencia necesarias para que nuestro país destaque en el panorama científico mundial.
Pero, como argumentan Gustavo y Carlos Viniegra en el número más reciente (octubre-diciembre) de la revista Ciencia, de la Academia Mexicana de Ciencias, dedicado a la pobreza (“¿Contribuyen la ciencia y la tecnología a abatir la pobreza?”), no basta con promover la investigación científica. “El desarrollo científico es una condición necesaria, pero no suficiente, para que un país prospere y alcance un alto nivel de desarrollo humano. Sólo cuando la ciencia se transforma en tecnología y ésta genera patentes y otras formas de conocimiento (…) se convierte en factor útil para el combate a la pobreza”.
En efecto: un país que no genera suficiente conocimiento científico no produce tampoco patentes, y no desarrolla una industria propia, innovadora y pujante. Y tampoco, en consecuencia, recibe los beneficios económicos y el alto nivel de vida que definen como tales a los países de primer mundo.
Los Viniegra, con datos y argumentos económicos sólidos, demuestran que, a diferencia de potencias emergentes como Corea del Sur, “En naciones como México, que enfrentan el futuro si una estrategia integrada de ciencia y tecnología ligada al desarrollo industrial y sin un aumento de las capacidades humanas, pero con asimilación pasiva de tecnología, el desarrollo de la ciencia por sí sola no mejora mucho la productividad ni la distribución del ingreso, y por ello, se vuelve muy difícil combatir la pobreza”.
Muy cierto. Pero no se puede negar que el primer eslabón de la cadena es un sistema de investigación científica sano, sólido y próspero.
Por eso resulta tan preocupante la mala noticia difundida el pasado lunes en La Jornada, en una nota de José Antonio Román, que confirma rumores que ya habían comenzado a correr en la comunidad científica mexicana: El Sistema Nacional de Investigadores (SNI), manejado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), que como se sabe otorga los estímulos económicos que permiten a los investigadores científicos alcanzar un salario digno (pues los salarios nominales resultan a todas luces insuficientes), está “recortando” a 324 miembros de alto nivel, de instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y otras, y al mismo tiempo ha permitido el ingreso de “un número similar de personas sin grados de maestría y doctorado (…) en una especie de enroque de investigadores por burócratas”. Todo ello en medio de una preocupante falta de transparencia.
Si eso pasa con la investigación básica, ¿qué esperanza podemos tener de un México de primer mundo, que patente, tenga industria innovadora y un mejor nivel de vida?
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