miércoles, 28 de septiembre de 2005

Darwin y el secreto de las proteínas

La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Darwin y el secreto de las proteínas


28-septiembre-05

La semana pasada el premio Nobel de química Harold Kroto, descubridor de la nueva forma de carbono denominada buckminsterfulereno, dio una charla en la UNAM. Mostró cómo los nanotubos de carbono, derivados de ella, resultan muy prometedores para la nanotecnología: la fabricación de máquinas en la escala de las moléculas (millonésimas de milímetro). Kroto fue realista, y comentó que la nanotecnología humana dista mucho de llegar a realizaciones prácticas: se encuentra en una etapa más bien rudimentaria.


La evolución biológica, en cambio, ha producido verdaderas nanomáquinas: las complejas proteínas que hacen posible el funcionamiento de las células y con ello el fenómeno asombroso de la vida. Sir Harry mencionó ejemplos como la hemoglobina de nuestros glóbulos rojos, que recoge oxígeno en los pulmones y lo libera donde haga falta. Nada de lo que haya podido producir el ser humano se encuentra siquiera cerca de la precisión de estas máquinas moleculares.

Las proteínas son largas cadenas de aminoácidos, de los cuales existen 20 variedades. Se fabrican siguiendo las instrucciones directas de los genes, que determinan qué aminoácidos formarán parte de la cadena proteica y en qué orden.

Puede imaginarse, en una analogía fantasiosa, a una proteína como una larga cadena de segmentos (aminoácidos), cada uno equipado con alguna “herramienta” molecular (soplete, martillo, destornillador, pinzas). Una vez construida, la cadena de proteína se enrolla naturalmente sobre sí misma, en forma muy compleja, y en ese momento queda armada una sofisticada máquina molecular programada para fabricar algo o llevar a cabo alguna reacción química. Al adquirir la proteína su forma precisa, las “herramientas” moleculares que la forman quedan en las posiciones correctas para funcionar.

En los años 60 los biólogos moleculares descifraron el llamado “código genético”: las reglas con las que la célula traduce el lenguaje de los genes al de las proteínas. Conociendo la información contenida en un gen, se sabe exactamente a qué proteína dará origen.

Sin embargo, quedaba por resolver la “segunda parte” del código genético: el problema de la forma precisa que adopta la cadena de aminoácidos una vez fabricada -y por tanto de qué función tendrá. Luego de años de estudios, el problema no ha podido ser resuelto, pues las reglas fisicoquímicas que gobiernan el plegamiento de la cadena de proteína -y que tienen que ver con la flexibilidad de la cadena y con las interacciones de los aminoácidos entre ellos y con el agua que los rodea- son tan complejas que ni la supercomputadora más poderosa puede calcularlas.

Pero la semana pasada la revista científica Nature publicó un artículo del investigador Rama Ranganathan y su equipo, de la Universidad de Texas, quienes aplicaron el razonamiento dar-winiano al problema, con resultados muy prometedores.

Se sabe que al comparar proteínas similares de especies distintas, se encuentran algunos aminoácidos “conservados” evolutivamente: aparecen siempre en las mismas posiciones, a pesar de que otros hayan cambiado en el curso de la evolución. Esto indica que son importantes.

Lo que no se había hecho es tomar en cuenta que algunos de estos aminoácidos conservados se presentan siempre juntos: han “coevolucionado”. Es como si en la proteína un segmento que tuviera, digamos, una llave de tuercas, necesitara siempre cerca otro segmento que tuviera unas pinzas; si una de las dos herramientas no está presente, la otra resulta inútil.

Utilizando este razonamiento, Ranganathan generó reglas “evolutivas” con las que predijo la estructura de nuevas proteínas que en teoría deberían plegarse en forma similar a las naturales, y tener funciones similares. Para comprobar su hipótesis, fabricó las proteínas en el laboratorio y ¡sorpresa!: cumplieron plenamente con sus expectativas.

De modo que, al parecer, el abuelo Darwin sigue teniendo algunos ases bajo la manga. La lógica evolutiva parece triunfar donde los cálculos fisicoquímicos fracasaron. Quizá los biólogos moleculares no tarden mucho en diseñar proteínas artificiales adaptadas a nuestras necesidades. Se abrirá así una nueva etapa en el desarrollo de la nanotecnología de proteínas. Seguramente Harry Kroto estará feliz.

mbonfil@servidor.unam.mx

miércoles, 21 de septiembre de 2005

Homeopatía: ¿curar con nada?

La ciencia por gusto

Milenio Diario
La ciencia por gusto
Homeopatía: ¿curar con nada?

Martín Bonfil Olivera

20 de septiembre de 2005

Todos tenemos algún pariente o amigo –o nostros mismos– que jura que gracias a la homeopatía se curó de tal o cual enfermedad.

Pero también hay quien afirma haberse curado usando cristales de cuarzo, con el reiki, las oscilaciones de un péndulo, o a la “receta” de un brujo del mercado de Sonora.

¿Qué tanta credibilidad merecen estas afirmaciones? La cuestión es complicada porque la medicina, a diferencia de disciplinas como la física, estudia al cuerpo humano, un sistema tan extremadamente complejo que resulta muy difícil distinguir los efectos de un tratamiento específico entre la inmensa cantidad de variables que influyen en él.

Ejemplo: un individuo reporta que padece continuas molestias en la garganta. Se le proporciona una pastilla (o unos chochitos homeopáticos) diciéndole que resolverán el problema. A las pocas horas, el paciente reporta que, efectivamente, las molestias han desparecido. ¿Basta eso para decidir que el tratamiento, homeopático o convencional, es exitoso?

Difícilmente. Hay que tomar en cuenta que, aparte del tratamiento, el paciente está sometido a una gran cantidad de estímulos. ¿Se encuentra bajo estrés? ¿Ha dormido bien? ¿Qué ha comido? ¿Tiene alguna predisposición genética? ¿Ha estado expuesto a condiciones ambientales adversas, o ha tenido contacto con personas enfermas? ¿Consume otros medicamentos? ¿Alguna droga? ¿Cambió recientemente sus hábitos? Cualquiera de estas variables puede haber influido en la aparición de las molestias, o en su desaparición (hay además enfermedades que “se curan solas”, al cumplir su ciclo natural, como sucede con cualquier catarro).

Por todo ello, a pesar de lo reportado por el terapeuta y por el propio paciente, no es tan sencillo determinar que si un tratamiento resulta o no efectivo clínicamente.

¿De dónde sacan entonces los médicos convencionales la confianza en sus terapias? De que para evaluarlas realizan estudios clínicos masivos cuyos resultados luego analizan con ayuda de una poderosa herramienta: la estadística, que permite distinguir, entre una multitud de datos y variables, si un efecto aparente puede o no ser atribuido, con cierto límite de confiabilidad, a un tratamiento, independientemente de las demás variables que se encuentren presentes.

Estos estudios incluyen además grupos de control a los que se les proporciona un tratamiento placebo (una sustancia inocua, para compensar que en muchos casos la convicción del paciente basta para producir una mejora). Se utiliza también el método de “doble ciego”, en que ni los pacientes ni los médicos saben si están administrando el medicamento o el placebo, para impedir que haya sutiles diferencias en la manera como el médico trata al paciente.

Hoy los homeópatas realizan también estudios clínicos serios, usando placebos y dobles ciegos, además de tratamiento estadístico, para sustentar la efectividad de sus terapias. Algunos de estos estudios han dado resultados positivos; otros negativos.

El problema con la homeopatía es que resulta poco creíble a la luz de los conocimientos químicos y médicos actuales. Se basa en los principios de que “lo semejante cura lo semejante” (para curar la fiebre habría que usar un agente que cause fiebre) y de que la “potencia” de un medicamento aumenta cuanto más se diluya.

Para intentar aclarar las cosas, investigadores de las universidades de Berna, Bristol y Zurich realizaron un cuidadoso “metaestudio”, es decir, un análisis de 110 estudios clínicos sobre homeopatía publicados recientemente, y los compararon mediante un análisis estadístico riguroso con otros 110 estudios de medicina convencional. Sus resultados, publicados a fines de agosto en la revista médica The Lancet (quizá la más prestigiada del mundo), indican que los aparentes efectos clínicos de la homeopatía son en realidad efectos placebo: daría lo mismo darle a los pacientes pastillas de azúcar.

Pero ¡ojo!: como señalan los autores del estudio, aunque para algunos sea un fraude, “para algunas personas la homeopatía puede ser una herramienta que complemente a la medicina convencional”. Después de todo, el uso de placebos ayuda a restaurar la salud de algunos pacientes. Si es así, ¿dónde está el daño en usarlos?

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miércoles, 14 de septiembre de 2005

Burbujas de jabón

La ciencia por gusto-Martín Bonfil Olivera
Burbujas de jabón

14-septiembre-05

Puede parecer exagerado comparar a la vida con una pompa de jabón. Pero más allá de la metáfora (más allá del estrecho margen de condiciones -temperatura, acidez, presión, gravedad- que permiten la persistencia del frágil equilibrio dinámico que llamamos vida), hay un sentido formal en que la vida existe literalmente dentro de una burbuja jabonosa.

Se trata de las sutiles pero complejas membranas que rodean, recubren y definen a todas las células, unidades mínimas de la vida. En ellas las propiedades fisicoquímicas de moléculas jabonosas -los fosfolípidos-, en interacción con el agua indispensable para la vida, dan pie a una estructura auto-organizada que regula el tráfico de sustancias hacia y desde el interior de la célula viva.

El agua es una sustancia singular: su molécula consta de dos pequeños átomos de hidrógeno unidos a uno de oxígeno, un poco mayor. Su aspecto recuerda la cabeza de Mickey Mouse, y tiene una propiedad determinante: el átomo de oxígeno presenta una mayor avidez por los electrones negativos que giran alrededor de los átomos -y que al compartirse constituyen los enlaces químicos. Debido a ello, presenta una pequeña carga eléctrica negativa, mientras que los hidrógenos-orejas tienen carácter positivo.

Este simple hecho es responsable de la mayoría de las propiedades del agua. En particular, su gran poder como disolvente se debe a que toda sustancia formada por partículas cargadas podrá formar uniones con las moléculas cargadas del agua y así disolverse. Gracias a ello los jabones y detergentes, cuyas moléculas tienen una cabeza cargada, soluble en agua, y una o varias colas aceitosas, que no atraen ni se ven atraídas por las cargas acuosas, pueden disolver a las grasas.

Cuando las moléculas de jabón entran en contacto con la grasa, forman alrededor de ella una capa protectora. Sus cabezas solubles quedan hacia fuera, en contacto con el agua, mientras que sus colas grasosas se incrustan naturalmente en el ambiente graso. La esfera así formada se disuelve en el agua, pues está completamente recubierta de cabezas cargadas. Los vínculos -o falta de ellos- entre moléculas de jabón y de agua explican así el poder limpiador.

Jabones y detergentes pueden formar también delgadas capas de agua emparedada entre dos láminas de moléculas jabonosas. Las cabezas solubles quedan incrustadas en la película acuosa, y las colas grasosas bailan en el aire. Surgen así las burbujas, tan delgadas que refractan el agua produciendo destellos tornasolados.

Las membranas celulares son burbujas inversas: dos capas de fosfolípidos -detergentes naturales- que separan el agua del interior de la del exterior. Las colas grasosas quedan, en este caso, en medio de la delgada capa.

Además de ser importantes para la vida, los jabones y detergentes tienen importantes aplicaciones industriales, como parte de procesos químicos, y ambientales, en el combate a la cada vez más frecuente contaminación por desechos petroleros. Por ello, estudiar su comportamiento y estructura molecular resulta no sólo fascinante, sino altamente revelador.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Oregon publicó en el número de septiembre de la Revista de la Sociedad Química Estadounidense un artículo en el que, utilizando un avanzado método de espectroscopía infrarroja, logran estudiar qué sucede cuando una molécula de detergente entra en contacto con la superficie del agua.

El evento, revelado al iluminar con luz infrarroja a la molécula y captar la radiación que emite en respuesta, revela algo parecido a “un renacuajo hambriento que incrusta su cabeza en el aceite u otro contaminante y deja su cola agitándose en el agua”, según el símil que hace Geraldine Richmond, química líder del equipo de investigación.

Los investigadores afirman que su estudio permitirá comprender mejor y modelar el comportamiento de los detergentes. (En particular, han descubierto que el “cuello” del renacuajo detergente se tuerce primero paralelamente a la superficie del agua, mientas que su “cola” se endereza perpendicularmente a ésta...) Más allá de la utilidad que tales detalles moleculares puedan tener en el diseño de nuevos y mejores detergentes, nos proporcionan una sugerente imagen. En el fondo, ¿no se trata de eso la ciencia?


mbonfil@servidor.unam.mx

lunes, 12 de septiembre de 2005

Nueva Orleans: una tragedia anunciada

MILENIO DIARIO

La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Nueva Orleans: una tragedia anunciada

7-septiembre-05

¿Por qué será que los adivinos y profetas nunca predicen catástrofes como el 11 de septiembre o la inundación que recientemente asoló a la ciudad de Nueva Orleans? Por desgracia, aunque con frecuencia la ciencia sí logra prevenir sobre el riesgo de desgracias relacionadas con algunos fenómenos naturales, a veces parece que esto tampoco sirve de gran cosa. El ejemplo más reciente (e indignante) es lo que acaba de suceder en la capital del jazz.

En octubre de 2001 (¡hace cuatro años!), la revista Scientific American, sin duda la publicación de divulgación científica más famosa y leída del mundo, publicó un artículo titulado "Ahogando a Nueva Orleans", que comenzaba anunciando que "un huracán importante podría sumergir a Nueva Orleans bajo 20 pies (seis metros) de agua, matando a miles".

El artículo citaba estudios de investigadores de la Universidad de Louisiana, quienes por medio de modelos de computadora habían predicho la magnitud del daño que podría producirse si no prevenían los efectos de la inevitable inundación.

El problema de Nueva Orleans es consecuencia de su ubicación. Se encuentra entre el río Mississippi y el lago Pontchartrain, en una región húmeda y pantanosa. Desde hace más de cuatro mil años, el Misisipi ha arrastrado limo y sedimentos que fueron formando el delta sobre el que se encuentra Nueva Orleans. El delta es constantemente erosionado por el mar, pero el flujo del río solía compensar la erosión. Cuando se comenzaron a construir diques en los márgenes del río para evitar las frecuentes inundaciones de la ciudad, el limo dejó de acumularse en el delta, y la trayectoria del Mississippi se fue alargando, conforme se le confinaba mediante más y más diques. Hoy desemboca prácticamente en la orilla de la plataforma continental, por lo que el limo, en vez de formar más suelo, se pierde en el fondo del mar.

Así, el delta ha ido perdiendo terreno rápidamente ante la erosión marina (Louisiana pierde 4 mil metros cuadrados cada media hora). El suelo poroso del delta se ha ido deshidratando y se ha comprimido. Nueva Orleans se ha ido hundiendo cada vez más y hoy se encuentra por debajo del nivel del mar, lo cual la pone en riesgo de inundación ante cualquier lluvia fuerte y la obliga a bombear agua constantemente hacia el lago Pontchartrain.

Se trata de un verdadero círculo vicioso: el bombeo de agua, junto con los diques, deshidratan cada vez más el suelo, que se sigue hundiendo. El agua de mar invade los pantanos y mata la vegetación, lo que facilita aún más la erosión.

Ante esto, los investigadores de la Universidad de Louisiana, junto con expertos del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Estadunidense encargado desde 1879 de construir y reparar los diques prepararon en 1998 un informe titulado Coast 2050, en el que advertían del peligro de una inminente inundación y proponían diversas medidas para comenzar a remediar la situación. Entre ellas estaban la apertura de compuertas controladas en los diques para permitir la salida de agua dulce y sedimento y la restauración de los pantanos; la suspensión del dragado del río, que entonces cambiaría de rumbo para desembocar cerca del delta, y la construcción de compuertas para controlar la entrada de agua desde el Golfo de México hacia el lago Pontchartrain. Se trataba de un plan ambicioso y de alto costo, y fue básicamente ignorado por el gobierno de los Estados Unidos.

Hoy el presidente Bush está siendo criticado por todos los sectores de la sociedad. Su gobierno prefirió invertir recursos materiales y humanos en la guerra de Irak (un tercio de la guardia nacional de Louisiana se encontraba en Irak durante la inundación), y en vez de aumentar los recursos para prevención de desastres, los recortó: los fondos del Cuerpo de Ingenieros para el mantenimiento de los diques, por ejemplo, disminuyeron en los últimos años.

La historia no ha terminado. Las desoídas predicciones científicas fueron, desgraciadamente, correctas. Pero Nueva Orleans sigue estando a merced de futuros huracanes. Louisiana produce la quinta parte del petróleo de los Estados Unidos, y la cuarta parte de su gas natural. Los huracanes son cada vez más frecuentes, en parte debido al calentamiento global, constantemente negado por Bush. Si no se toman medidas, la tragedia podría repetirse. ¿Se necesitará la advertencia de un astrólogo para que alguien haga caso?

miércoles, 31 de agosto de 2005

El principio de autoridad

La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
El principio de autoridad


31-agosto-05



¿Por qué confiar en la ciencia? ¿Será porque la hacen personas muy inteligentes y con doctorado? Así sería si la ciencia se rigiera por el principio de autoridad: la idea de que algo vale o no dependiendo de quién lo diga. Así funcionan la autoridad paternal y la religiosa. La ciencia moderna, en cambio, opta por sustentar sus afirmaciones en evidencia comprobable.

Una amable lectora me escribe para inconformarse con algunas de los puntos de vista vertidos últimamente en esta columna. Me reconviene por “no tener una mente abierta” para aceptar los avances de la ciencia, pues pretendo limitar la credibilidad científica a lo que, a falta de más espacio, llamé “la ciencia de a de veras”. “¿Pues de cuál ciencia cree usted que hablaba yo?”, me dice, y a continuación menciona una exhaustiva lista de disciplinas que a su parecer constituyen nuevos campos de avance de la ciencia.

Entre ellos se encuentran las prácticas hindúes de alimentarse exclusivamente de jugos de frutas, por un tiempo o de por vida, y de subsistir solamente a base de prana, es decir, “sólo aire” (aunque la Wikipedia informa que el prana en realidad es “la materia infinita de la cual nace la energía” -no me mire usted así, yo sólo transcribo lo que leí- y previene de no confundirlo, dado que se controla por medio de la respiración, con el aire mismo. Pero no seamos melindrosos).

Están también las investigaciones del Dr. Masaru Emoto, quien hablándole con cariño o con “sentimientos negativos” al agua logra que se cristalice en formas armoniosas o caóticas (como lo vemos al microscopio, se trata de ciencia, innegablemente); la astrología, que “es una ciencia y fue utilizada desde las primeras grandes civilizaciones como la egipcia”; la medicina alternativa, basada en el uso de “extractos de plantas, infusiones, tónicos, etcétera”, que es uno de los “muchos otros métodos que utilizan la llamada medicina vibracional, en donde se incluyen la homeopatía y las esencias florales, entre otras”.

La lista continúa: la curación cuántica, que “nos permite llegar a lo básico de la función celular, por medio de nuestro pensamiento, pasando por los decretos arraigados en el inconsciente para eliminar los traumas y enviar órdenes a nuestro cuerpo para que la regeneración celular ocurra dentro de un proceso perfecto, normal, sano (esto lo saben los chinos desde hace más de cinco mil años)”; los “maravillosos niños índigo”, de los que ya hemos hablado en este espacio... en fin, un catálogo bastante completo.

Más allá de la credibilidad de este tipo de ideas (y de la forma en que se usan conceptos como “energía” o “vibración” en formas totalmente distintas a como se definen en Ciencias Naturales), lo que realmente me preocupó fue la razón por la que mi estimable informadora decía confiar en ellas: “¿No le bastan profesores eméritos de universidades cuyos trabajos son reconocidos mundialmente?”, me reprendía, y añadía una pregunta jugosa: “para usted ¿cuales son los verdaderos científicos?”.

Intentemos una respuesta. Mi corresponsal parece confiar en el principio de autoridad: cree que una disciplina es científica en función de quién la avale. El malentendido es común; mucha gente cree que la validez de la Teoría de la Relatividad, por ejemplo, proviene del prestigio o la inteligencia de Albert Einstein.

Y sin embargo, es un error. En ciencia, como en todas las áreas sustentadas en el pensamiento racional, algo es válido dependiendo no de quién lo afirma, sino de cómo lo sabe. En otras palabras, lo que garantiza la validez del conocimiento científico es el método que se utiliza para obtenerlo. Método basado en la experimentación y la observación controlada, la generación y puesta a prueba de hipótesis para explicar lo observado y (¡ojo!) la discusión entre pares para garantizar que dichas hipótesis sean convincentes.

¿Cumplen los “avances científicos” mencionados por mi lectora con estos requisitos? Hasta el momento no; no han sido aceptados por la comunidad científica. No se trata de prejuicios, sino de control de calidad.

Los “verdaderos” científicos son los que comparten esta forma de trabajo y estos estándares de calidad, y por ello forman parte de una comunidad. De otro modo, no queda más que suponer que se trata de farsantes.

mbonfil@servidor.unam.mx


miércoles, 24 de agosto de 2005

Canciones, manipulación y violencia: ¿de veras somos tan manejables?

MILENIO DIARIO-La ciencia por gusto- Martín Bonfil Olivera
Canciones, manipulación y violencia: ¿de veras somos tan manejables?


24-agosto-05



Si usted ha recibido alguna vez algún mensaje de correo electrónico que diga algo como “¡Cuidado, si recibes un correo que diga (inserte aquí cualquier frase), bórralo de inmediato, es un virus que acabará con toda tu información, envía copia de este mensaje a todos tus conocidos!”, y ha obedecido la orden de reenviar el mensaje, entonces sabe lo fácilmente que podemos ser manipulados los seres humanos. Pues en este caso el único virus es el mensaje mismo, que ha logrado reproducirse y llegar hasta otros buzones gracias a la ayuda que usted, su obediente víctima, le ha proporcionado.

El tema de la manipulación lastima nuestro amor propio. Pero es indiscutible que, expuestos a los mensajes correctos, todos podemos responder con conductas que obedecen los deseos de quienes formulan los mensajes. (Si esto no fuera cierto, Carlos Alazraki no tendría chamba, pues la publicidad no existiría; Hitler no habría llegado al poder y no nos gobernaría Vicente Fox).

Pero en todo hay matices, y tampoco es que baste con enviar un mensaje para que las personas lo obedezcan ciegamente. Por eso, amerita cierta reflexión el reciente escándalo sobre la canción que cantaban durante su entrenamiento los niños asistentes al curso de verano de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (“yo no tengo padre ni nunca lo tendré, el único que tuve yo mismo lo maté...”).

Resulta, cuando menos, de muy mal gusto poner a los niños a cantar canciones violentas, pero, ¿ameritará realmente declarar una alarma nacional y pedir las cabezas de los culpables? Los niños son curiosos y les encanta romper reglas (decir groserías, irse de pinta, ver películas prohibidas...), pero eso no implica que sean delincuentes en potencia... sólo niños normales.

Muchos cuerpos policiacos del mundo cantan en sus entrenamientos ese tipo de canciones. No sólo por su sonsonete, adecuado para mantener el ritmo al correr en grupo, sino porque la calidad transgresora de la canción los hace sentirse cómplices y refuerza el sentido de unidad. Tratándose de adultos, es sensato suponer que no por cantar una canción, por violenta o de mal gusto que ésta sea, quienes la cantan vayan a adoptar las conductas que describe. De otro modo, habría que prohibir cualquier canción –o novela, película o programa de televisión– que describiera conductas indeseables (pero, ¡esperen!, ¿qué no fue eso lo que hicieron autoridades estatales y federales cuando descubrieron que la SEP había publicado el libro El corrido mexicano, de Vicente T. Mendoza, que contenía algunos narcocorridos? Seguramente temían que los infantes de todo el país se volvieran narcotraficantes con sólo leerlos...).

El punto está en saber qué tan influenciables son los niños como los que asistían al curso de la Secretaría de Seguridad. Los niños, especialmente los más pequeños, aprenden en gran medida por imitación, y son muy susceptibles a aprender conductas –y los valores asociados que éstas conllevan– al observar lo que hacen los demás. Un niño pequeño que ve escenas en que una persona golpea a otra, por ejemplo, reproducirá esa conducta al jugar con muñecos. Pero conforme crece, el niño deja de ser tan fácilmente influenciable. ¿Hasta qué edad precisamente y qué tipo de conducta puede imitar un niño? No hay respuesta general: depende del niño, su educación, la conducta de que se trate y el mensaje que la muestre.

Sin embargo, en una reciente reunión de Asociación Psicológica Estadunidense, reportada en la revista Nature (19 agosto) se presentó una revisión profunda de 20 años de investigaciones sobre la influencia de los videojuegos violentos en la conducta de los niños y adolescentes. Entre otras cosas, se mostró que, al menos en el corto plazo (hace falta investigar los efectos a largo plazo), los niños que los juegan son menos sensibles al sufrimiento de otras personas, además de que reportaban sentirse malos y enojados luego de jugarlos. Los videojuegos que mostraban violencia corporal, como patadas y golpes, impulsaban a los niños a imitarlos. Como resultado, la Asociación emitió una resolución para pedir a los fabricantes de videojuegos que indiquen con claridad el nivel de violencia que contienen, que muestren las consecuencias negativas del uso de la violencia y que traten de evitar que los usuarios se identifiquen con los personajes más violentos (algo más bien difícil de lograr).

Ante esto, quizá –sólo quizá– la preocupación ante el uso de canciones violentas en los cursos de verano sea justificada. Aunque claro, eso querría decir que las autoridades deberían estar francamente alarmadas ante la aparición de la nueva versión de videojuego Ghost Recon, que muestra a marines estadunidenses utilizando bombardeos para salvar al presidente de su país, secuestrado en su embajada en México, en pleno Paseo de la Reforma. El jefe de Gobierno del DF dice que es un problema alarmante; el secretario de Gobernación afirma, en cambio, que es trivial. ¿Usted qué opina?



mbonfil@servidor.unam.mx

miércoles, 17 de agosto de 2005

La ciencia: una inteligencia colectiva

MILENIO DIARIO

Miércoles 17-agosto. Actualización 05:28 Hrs.

La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
La ciencia: una inteligencia colectiva

17-agosto-05



Este columnista agradece los mensajes de aliento recibidos a raíz de su última colaboración, dedicada a denunciar los espacios que ocupan tantos charlatanes en los medios de comunicación.

Debe también disculparse por haber dado la impresión de que estaba dispuesto a tirar la toalla. Y afirma, para que quede constancia, estar convencido de que ¡por supuesto que vale la pena divulgar la ciencia! No sólo por su gran utilidad práctica y por lo urgente de ampliar la comunidad científica mexicana. No sólo por lo necesario que es incorporar el pensamiento científico a la cultura mexicana para acercarnos aunque sea un poquito a salir del subdesarrollo. No sólo por el valor intrínseco de la visión del mundo que nos da la ciencia, que al igual que las visiones poéticas o literarias, las artes bellas o populares y las tradiciones, merecen la pena de ser divulgadas sólo para que los demás tengan también oportunidad de conocerlas y disfrutarlas.

No: también es necesario divulgar la ciencia auténtica (la que es reconocida y aceptada, luego de haberla puesto a prueba y discutido, por la comunidad científica) como una forma de poner límites a los abusos y trampas de todo tipo de charlatanes, que descubren que empanizando sus productos chatarra en una delgada capa de lenguaje científico pueden disfrazar el sabor del fraude y aumentar sus ventas (y sus ganancias).

Y sin embargo, queda la duda: ¿cómo es que charlatanes como la señora JZ Knight, dueña de la Escuela de Iluminación de Ramtha, logran convencer a varios físicos serios y (más o menos) reconocidos de convertirse en sus discípulos y prestarle su apoyo? Sus testimonios aparecen en su filme promocional, disfrazado de documental filosófico-científico, What the bleep do we know (¿Y tú qué $%&?#* sabes?). Uno esperaría que contaran con las herramientas para distinguir un engaño bien disfrazado de una ciencia auténtica. ¿Cómo explicar su credulidad?

El apoyo de los científicos a charlatanes, que los usan como una excelente forma de propaganda (el viejo truco de buscar el apoyo de una autoridad para lograr que los demás crean lo que uno dice), es muy común, y en lo personal me produce una gran desazón. Me consuela recordar que la idea de que los científicos son seres superiores; más inteligentes que el resto de los mortales, es sólo uno más de los mitos que existen acerca de la ciencia.

En realidad, por más que se nos siga vendiendo la imagen del científico genial tipo Einstein, la ciencia no es una empresa individual, sino colectiva. No basta con tener buenas ideas: hay que someterlas a prueba. Y no sólo a la prueba del experimento, sino a la más importante: la de la aceptación de una comunidad de colegas bien preparados para cuestionar las hipótesis que planteamos.

Varios filósofos han planteado que la ciencia (el sistema más avanzado que conocemos para predecir lo que puede ocurrir en nuestro entorno, y por tanto aumentar nuestras posibilidades de supervivencia) es el más elevado escalón en la escala de evolución de la inteligencia. Ello se debe a que aprovecha nuestras capacidades de comunicación para unir los cerebros de los científicos en una labor de pensamiento colectivo (por medio del lenguaje y la cultura, no telepatía). Se suman así las capacidades creativas y críticas de cientos de individuos para generar hipótesis y examinarlas, y quedarse finalmente con las más robustas y resistentes.

Pero el carácter colectivo de la inteligencia científica no obsta para que individualmente los científicos puedan actuar como tontos. Tener un doctorado en ciencia no lo hace a uno más inteligente; formar parte del riguroso proceso de pensamiento colectivo de la ciencia, sí. Quizá por ello seguiremos viendo, de vez en cuando, personalidades científicas respetables que apoyen a charlatanes; no por ello debemos tragarnos la píldora, ni dejar de tener confianza en la ciencia. ¡Después de todo, los científicos son sólo humanos!

mbonfil@servidor.unam.mx

sábado, 13 de agosto de 2005

Charlatanes en los medios

La ciencia por gusto

Charlatanes en los medios

Martín Bonfil Olivera
13 de Agosto de 2005

Para Estrella Burgos, confiando en que sí vale la pena.

Últimamente me he topado con el problema de la desilusión profesional: esa horrible sospecha de que todo a lo que uno se ha dedicado durante años es completamente inútil. Y como usted sabe, un servidor se dedica a divulgar la ciencia, es decir, compartirla con el público.

La mala racha comenzó cuando una tarde encendí el radio para toparme con que en un popular noticiero se presentaba como “experto en medicina naturista” y académico de la Universidad de Chapingo a un charlatán llamado Erik Estrada, quien con la mayor tranquilidad del mundo afirmaba que cualquier enfermedad se puede curar con jugos de frutas, que toda sustancia artificial causa cáncer y que hormonas “artificiales”, como las que contienen las pastillas anticonceptivas, “causan cáncer” (así, sin matices), a diferencia de las hormonas naturales, que por supuesto son, según él, totalmente seguras.

El tipo demostraba la más completa ignorancia acerca de la química: las hormonas “artificiales” muchas veces se fabrican a partir de precursores “naturales” (no de la nada); de cualquier modo si ambas moléculas son idénticas no pueden tener efectos distintos sólo debido a una falsa distinción entre natural y artificial. Pero lo que más me perturbó fue saber que el señor Estrada es, al parecer, invitado habitual de Monitor, y desde esa tribuna sus mensajes anticientíficos llegan a decenas de miles de radioescuchas.

Desgraciadamente, el caso no es único: en otra estación de radio también muy popular se presentó recientemente otro charlatán que mezclaba alegremente la física cuántica (que por supuesto nunca definió) con lo que él llamaba “la espiritualidad”. Y lo mismo sucede en todas las estaciones de radio y TV. ¿Qué hace un divulgador científico cuando se topa con esto?

Hasta hace poco yo hubiera dicho que dar la batalla, pero ya no estoy tan seguro. Y es que los medios de comunicación presentan dos graves problemas. Uno es la gran aceptación que tiene todo tipo de temas “esotéricos”, sobre todo los que se hacen pasar por “científicos” (astrología, ovnis, niños índigo, seudoterapias “alternativas”, curaciones cuánticas…) entre un público que simplemente no sabe que existe conocimiento mucho más confiable (y sorprendente), producto del trabajo de científicos y médicos serios. Público que, por tanto, no puede exigir que dejen de ofrecerle basura.

El otro peligro es la falsa idea que tienen muchos periodistas de que deben darle voz tanto a los expertos científicos como a los charlatanes alternativos, en aras de una mal entendida pluralidad. Se le presentan al público las opiniones de los charlatanes como si fueran tan autorizadas y confiables como las de los científicos. ¿Cómo puede un lector lego defenderse de tal abuso?

Mi desaliento llegó al límite cuando fui, con cierta ilusión cándida, a ver una película que se anunciaba a la vez como “científica” y “filosófica”: me refiero a ¿Y tú qué sabes? (What the bleep do we know?), codirigida por Mark Vicente, William Arntz y Betsy Chasse. Esta verdadera superproducción, excelentemente concebida y dirigida, con efectos especiales de primera, se basa en entrevistas con supuestos expertos en la naturaleza de la conciencia y la realidad (una de ellas es una señora que –aunque no lo dice en la película– afirma ser el canal por el que Ramtha, el espíritu de un habitante de Atlantis que vivió hace 35 mil años, se manifiesta para darnos sus enseñanzas).

La tesis de la cinta, que desgraciadamente resulta muy convincente para el incauto, es en realidad un amasijo de concepciones científicas confusas que mezclan mecánica cuántica, biología molecular y neurociencias para defender ideas como que la ciencia y la religión descubren, en el fondo, las mismas “verdades”; que uno puede modificar la realidad con sólo desearlo, o que “todos somos dioses”.

Lo triste es que la película es un éxito y está llegando a millones de personas en todo el mundo. Ante semejante panorama, ¿tendrá algún sentido seguir pretendiendo divulgar la ciencia de a de veras?

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

miércoles, 23 de febrero de 2005

Si Dios quiere

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en
Milenio Diario, 23 de febrero de 2005

No sé a usted, pero a mí me saca un poco de onda hacer una cita y, al confirmar la hora, recibir como respuesta el consabido “si Dios quiere”. Siento que la persona quizá me deje plantado, dependiendo de los designios de un ser superior que, por definición, es inescrutable.

Desde luego, frases como “si Dios quiere”, “primero Dios”, “Dios mediante” y otras son simplemente parte de nuestra tradición popular, y rara vez implican un sentido literal. Pero hay excesos. Le presento tres casos.

Me topé con el primero siendo corrector de estilo de una revista científica. Un investigador presentaba sus excelentes resultados diciendo: “en el Instituto Fulano, y gracias a Dios, el doctor Mengano obtuvo la fase superconductora zutana”. Estará usted de acuerdo en que cada quien es libre de agradecer a quien quiera por el fruto de su trabajo, pero en este caso la presencia divina estaba, al menos, fuera de lugar.

Segundo caso: el pasado 9 de diciembre, la influyente revista científica Nature publicó un editorial titulado “Donde la teología sí importa”. Defendía que, ante la cada vez mayor influencia que tienen las instituciones religiosas, la comunidad científica debería hacer un esfuerzo por tomar en cuenta sus puntos de vista, sobre todo ante dilemas científico-éticos como los que plantean la clonación, la investigación con células precursoras obtenidas de embriones humanos y otras áreas de investigación biomédica. Se citaba la opinión de un sacerdote jesuita que al mismo tiempo es biólogo molecular en la Universidad de Georgetown, quien comentaba que, aunque desde un punto de vista científico todas las posibles vías de investigación usando embriones humanos deberían explorarse simultáneamente y sin demora, en vista de sus posibles beneficios, quizá desde la visión religiosa esta conclusión no fuera aceptable.

La polémica, naturalmente, no se hizo esperar. En el número del pasado 10 de febrero, una carta criticaba el editorial, con el argumento de que los sacerdotes, rabinos y demás religiosos no tienen mayores credenciales para opinar en temas bioéticos que su “creencia en una entidad paranormal que creó el universo y todo lo que contiene”. “¿Aceptarían ustedes consejos en cuestiones fundamentales de alguien que insistiera en creer que Santa Clos es real?”, se preguntaba el indignado corresponsal.

Aunque se trata de una posición extrema –lo cual, como se sabe, siempre es peligroso–, es difícil no concordar hasta cierto punto con la queja. No por falta de respeto por las creencias religiosas de cada quien, sino porque se están mezclando dos ámbitos que no tienen por qué confundirse. Ampliemos el comentario, antes de pasar al tercer caso.

El desacuerdo fundamental, que surge siempre que científicos y religiosos polemizan sobre alguna cuestión, se encuentra en sus respectivas visiones del mundo. Toda religión se basa en algún tipo de creencia en entidades trascendentes que están más allá del universo físico (sean éstas dioses, almas, espíritus, ángeles o cosas más abstractas como “el karma” o las vibraciones cósmicas). Aceptan, por tanto, la existencia de una realidad sobrenatural (en el sentido de que se halla más allá de lo natural) que puede, de algún modo, influir en el mundo natural (es decir, el prosaico y cotidiano universo físico). En algunos casos, se acepta la posibilidad de intervenciones divinas que causan rupturas de las leyes naturales: milagros.

Por el contrario, la visión científica del mundo es fundamentalmente naturalista, pues rechaza de entrada la existencia (o al menos, la influencia en nuestra realidad, que para efectos prácticos es lo mismo) de entidades sobrenaturales. Quizá exista Dios (o Alá, Brahma o Huitzilopochtli), pero la ciencia no tiene necesidad de tal hipótesis.

Más aún: suponer que el mundo natural puede ser influido sobrenaturalmente impediría la existencia misma de la ciencia, pues el resultado de un experimento o un estudio epidemiológico podría ser objeto de estas influencias. ¿Qué caso tendría hacer experimento para intentar hallar regularidades de la naturaleza? Jacques Monod, uno de los padres de la biología molecular, expresó lo mismo por medio de su “principio de objetividad”, que exige al científico suponer que detrás del mundo natural no hay un proyecto, un objetivo (ni, por tanto, una inteligencia superior).

Sirva todo esto de preámbulo para presentar el tercer caso. Como usted sabe, en diciembre y enero, por falta de mantenimiento de los ductos de PEMEX, hubo varios derrames de petróleo en Veracruz, con graves consecuencias ambientales e incluso legales.

Por ello, al ver en el diario Reforma (11 de febrero) una foto cuyo pie reza: “El gobernador de Veracruz estuvo ayer en la reinauguración de la planta Fenoles y Fertilizantes de México. Acompañaron al mandatario el gobernador de Colima y el cardenal Juan Sandoval Iñiguez, quien bendijo las instalaciones, ritual con el que las autoridades esperan que se frenen los derrames”, me di cuenta de que una de las principales industrias de nuestro país está manejada por personas que buscan en el pensamiento mágico-religioso las respuestas que, en una sociedad bien educada, debieran buscarse en la ciencia y la técnica.

Al césar lo que es del césar, pero una nación que no sabe para qué sirve la ciencia está condenada al tercermundismo. ¡Dios no lo quiera!

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miércoles, 20 de octubre de 2004

Niños índigo: la vibración de lo inauténtico



Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Publicado en Milenio Diario, 20 de octubre de 2004


[Columna publicada originalmente el 20 de octubre de 2004;
poco a poco estoy subiendo a este blog columnas antiguas.]

Hace poco asistí a una excelente exposición del escultor Javier Marín, en el Ex-templo de Corpus Christi, frente a la Alameda Central de la Ciudad de México. Las figuras expuestas -pruebas de taller que, en cierto momento, adquirieron la categoría de obras por derecho propio- son simplemente soberbias. Muestra un dominio de la figura humana y sus posibilidades expresivas. Las figuras de Marín son indudablemente, arte auténtico: basta mirarlas y mirar después, por ejemplo, alguna de las horribles esculturas que nuestras autoridades han puesto en algunas zonas de la ciudad para apreciar la abismal diferencia.

Aunque uno pudiera pensar que entre arte y ciencia no hay mayor relación (se piensa que el arte es sólo sensibilidad y la ciencia sólo racionalidad), en realidad son mundos paralelos. En ambas la creatividad es requisito indispensable. Marín requirió un profundo conocimiento anatómico para recrear la figura humana en toda su potencia; los científicos requieren imaginación y sensibilidad para hallar explicaciones sencillas y elegantes acerca de la naturaleza.

Y en ciencia también es posible, con un poco de ojo crítico, distinguir lo auténtico de las imitaciones mediocres. Veamos, por ejemplo, el caso de los niños índigo.

La supuesta aura de los niños índigo
Según los “especialistas”, los índigo son niños con características singulares. Tienen gran seguridad en sí mismos. Les reclaman a sus padres y maestros si los maltratan, por ejemplo, y se sitúan en una posición de igualdad respecto a ellos. No soportan el autoritarismo. No dudan en expresar sus opiniones, y sólo gustan de relacionarse con sus iguales, lo cual muchas veces los hace solitarios. Les gusta romper las reglas y muchas veces hallan mejores maneras de hacer las cosas. Preguntan con mucha frecuencia “¿por qué?”.

También, se dice, suelen tener un amigo imaginario; pueden poner su atención en varias cosas a la vez; aprenden muchas cosas diferentes, pero cuando tienen suficientes conocimientos lo dejan por aburrimiento; y si no encuentran comprensión a su alrededor se pueden volver muy introvertidos.

¿Le suena conocido? ¡Quizá su hijo sea un niño índigo! O quizá no, porque se trata de características que muchísimos niños comparten. No sorprende tanto, entonces, enterarse de la segunda parte de la historia: los “especialistas” en niños índigo ofrecen también, invariablemente, libros, pláticas, cursos, talleres y todo tipo de servicios para “ayudar” a los padres de estas excepcionales criaturas. Mediante un pago, claro. Según dicen los propios “expertos”, los niños índigo “requieren que sus padres y maestros cambien el tratamiento y crianza de estos niños para ayudarlos a alcanzar el balance y armonía en sus vidas, y para ayudarlos a evitar la frustración”.

Cualquier padre se preocupa por su hijo; hay niños con déficit de atención, o niños con capacidades especiales que requieren una educación especial. Y a todos nos gustaría tener un hijo inteligente, seguro de sí mismo. De modo que los especialistas en niños índigo tienen un amplio mercado dispuesto a pagar por sus servicios. Bien: hasta aquí parecería una más de las numerosas ofertas en el campo de la autosuperación.

Pero explorando más se hallan otras características de los índigo, más discutibles: “cuando era un bebe, tus sentimientos se reflejaban en sus ojos; aun no sabiendo hablar te comunica mensajes con su mirada; busca el contacto con personas mayores, especialmente personas de la tercera edad, para aprender de ellos; no es importante para él tu pasado kármico; parece que te puede leer los pensamientos (sus habilidades telepáticas están desarrolladas)”.

Se afirma también que hay bases “científicas” para justificar la creencia en los niños índigo (y el pago a especialistas para que “ayuden” en su crianza): el aura de los niños índigo, se dice, “vibra” o “refracta” en “la frecuencia del color índigo” (el también llamado añil, un tono de azul oscuro). Los índigo, se dice, “vibran” en una “frecuencia diferente”: la “energía índigo”. Incluso de habla de que “su genética es inquieta”.

¿Entendió usted algo? No, por supuesto, porque no hay nada que entender. El discurso sobre los índigo está lleno de términos huecos que sólo suenan científicos: palabrería. No existen, por ejemplo, evidencias de que exista tal cosa como el “aura”, entendida como reflejo del alma o el estado espiritual. El concepto de “energía” que “vibra” suena parecido a la radiación electromagnética, lo cual no tiene sentido... a menos que se suponga que el alma o espíritu consta de ondas de radio (lo cual no suena muy espiritual que digamos). En cuanto a la “genética inquieta”, mejor no opinar. Y a partir de ahí las cosas empeoran: se supone que los índigo vienen, enviados por algún “poder superior” (¿Dios? ¿Buda? ¿Los extraterrestres?), a ayudar a “elevar la vibración de la raza humana”.

En fin, podemos parar aquí. Al igual que una mala imitación de obra de arte, la historia de los niños índigo da señales evidentes de ser una superchería más, diseñada para ganar dinero a costa de la credulidad de los padres. Es una lástima que, en busca de una buena crianza para sus hijos -y en busca también de algo que colme nuestro sentido de lo maravilloso- haya quienes se conformen con historias tan burdas. Sobre todo porque en la ciencia auténtica, como en el auténtico arte, existen cosas muchas más maravillosas.

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martes, 21 de septiembre de 2004

Un fraude médico... que no lo es tanto

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en
Milenio Diario, 21 de septiembre de 2004

Cuando escuchan la palabra “placebo”, la mayoría de los jóvenes pensará inmediatamente en un pólémico grupo musical pop –por cierto, bastante bueno–, cuyo cantante, Brian Molko, tiene un look cultivadamente andrógino.

Sin embargo, la noticia que difundió recientemente la agencia Reuters, relativa a un posible comportamiento engañoso cometido por numerosos médicos al recetar placebos a sus pacientes, no tiene nada que ver con la música de moda.

Se trata de un estudio, realizado por los médicos israelíes Pesach Lichtenberg y Uriel Nitzan, del Hospital Herzog, en Jerusalén, y publicado en la revista British Medical Journal en su edición electrónica el pasado 16 de septiembre. En él preguntaron a 89 médicos israelíes de hospital acerca del uso de este tipo de medicamentos ilusorios, que el diccionario define así: “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si éste la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción”.

Los resultados del estudio fueron claros: 68 por ciento de los encuestados aceptaron que cuando proporcionan placebos a sus pacientes, les dan a entender que se trata de medicamentos reales. Además, 62 por ciento declararon que recetan placebos al menos una vez al mes.

Los placebos más comúnmente utilizados normalmente son píldoras que no contienen ninguna sustancia activa, sino sólo azúcar o almidón. Y precisamente su efecto depende de que el paciente –y de preferencia, también el médico– tengan confianza en que la píldora realmente puede ayudar. De ahí que algunos médicos se cuestionen qué tan ético resulta el uso de placebos, en vista de que, en cierto modo, se está engañando a los pacientes, a pesar de que esto se haga para mejorar su salud.

También hay que tomar en cuenta que no sólo las píldoras presentan un “efecto placebo”, sino que también existen “tratamientos placebo” en los que el paciente recibe atención y trato amable y por parte del personal médico, e incluso “cirugías placebo”, en las que al paciente se le hospitaliza, se le hacen incisiones similares a las que se harían si se le operara realmente, y posteriormente se le da un tratamiento post-operatorio idéntico al de los pacientes “reales”.

Uno de los caso más famosos de efecto placebo, que ayudó a que éste extraño fenómeno adquiriera reconocimiento en la comunidad médica internacional, fue un estudio realizado hace cuatro décadas, en el que el cardiólogo Leonard Cobb sometió a una serie de pacientes a un simulacro de la operación conocida como “ligadura mamaria”, en la que, a través de pequeñas incisiones en el tórax, se ligaban algunas arterias para tratar de aumentar el flujo de sangre hacia el corazón de pacientes con angina de pecho. Hasta ese momento, el procedimiento se consideraba bastante útil –90 por ciento de los pacientes reportaba una mejoría–, pero el estudio de Cobb demostró era inútil, pues las operaciones simuladas, resultaban tan efectivas como la operación real.

El efecto placebo es tomado en cuenta, por ejemplo, en los estudios clínicos de nuevos fármacos. Para probar la efectividad de una nueva medicina, se hace un estudio en que a un grupo de pacientes no se les da tratamiento alguno, a otro se les da la nueva medicina, y a un tercero se le da un placebo que se ve exactamente igual a la medicina, pero no contiene la sustancia activa. Para que el nuevo fármaco sea útil, tiene que demostrar que es más efectivo que el placebo (hay casos en que sucede exactamente lo contrario, o cual mete en grandes problemas a las farmacéuticas).

¿A qué se debe este misterioso fenómeno? La realidad es que nadie lo sabe. Existen algunas teorías que explican en parte los fenómenos observados, pero ninguna es totalmente satisfactoria. La primera es que, simplemente, algunas enfermedades (como el catarro o la hepatitis) tienen un curso natural en el que, independientemente de lo que haga el paciente, duran un tiempo y luego desaparecen por sí solas.

Otra explicación es la que postula que la influencia de la mente sobre el cuerpo puede de alguna manera (no mágica, claro) alterar el curso de una enfermedad, o disminuir el dolor que causa una lesión. Existen datos que favorecen esta hipótesis, como el de que ciertos pensamientos pueden estimular la producción de endorfinas, los calmantes naturales que produce nuestro cerebro. Hay también estudios sobre las relaciones que existen entre el sistema nervioso y el inmunitario, que parecen mostrar que el estado de ánimo puede afectar el funcionamiento de las células defensoras de nuestro cuerpo: se sabe, por ejemplo, que el estrés disminuye la inmunidad.

Finalmente, una tercera explicación es de tipo más social: al parecer, las expectativas que uno tenga respecto a un tratamiento y la forma de encarar la enfermedad pueden influir en la forma como uno mismo percibe su estado, y cómo lo ven los demás.

En las conclusiones de su estudio, Lichtenberg y Nitzan plantean que quizá el efecto placebo debiera ser utilizado abiertamente como auxiliar terapéutico, pero al mismo tiempo invitan a la comunidad médica a reflexionar sobre las implicaciones éticas de este método. Lo cierto es que el uso de placebos es una realidad que sigue siendo un enigma para la medicina.

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martes, 31 de agosto de 2004

Ciencia, cerebro y ficción

Publicado en Milenio Diario, 31 de agosto de 2004

A Laura Lecuona, adorada editora y probable fan de ciencia ficción

La semana pasada apareció publicada en el periódico The Guardian una curiosa lista: 60 famosos científicos eligieron “Las diez mejores películas de ciencia ficción”.

La lista no resulta demasiado sorprendente. Está encabezada por Blade Runner, de Ridley Scott (1982), seguida por 2001, Odisea espacial, de Stanley Kubrick (1969), aunque mucha gente considera que el orden debió ser inverso.

El tercer lugar, extrañamente, lo ocupan La guerra de las galaxias y su segunda parte El imperio contraataca, de George Lucas (1977 y 1980), películas a las que muchos consideramos no de ciencia ficción, sino simplemente de aventuras.

Le siguen Alien, nuevamente de Ridley Scott (1979) y Solaris, de Andrei Tarkovsky (1972). El sexto lugar lo ocupan Terminator y su segunda parte T2: día del juicio, de James Cameron (1984 y 1991), seguidas de El día que la tierra se detuvo (también traducida como Ultimátum a la tierra), de Robert Wise (1951) y La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953).

Finalmente, el noveno y décimo lugares los ocupan Matrix, de Andy y Larry Wachowsky (1999) y Encuentros cercanos del tercer tipo, de Steven Spielberg (1977).

Con satisfacción me doy cuenta de que las he visto todas (algunas varias veces), excepto los filmes de Wise y Haskin, quizá porque ambos se estrenaron mucho antes de que yo naciera (soy de los que prefieren ver cine en el cine).

A propósito de la inclusión de La guerra de las galaxias en la lista, ya he comentado aquí por qué no creo que se trate de ciencia ficción (y no sólo yo: el mismo The Guardian comenta que los filmes de Lucas “entraron a la lista probablemente más por razones de nostalgia que de ciencia”). Simplemente, porque no sólo no contiene elementos científicos basados en lo que actualmente se conoce (más allá de postular un “hiperespacio” para explicar los viajes interestelares, o presentar robots), sino que además incluye elementos místicos, como la famosa “fuerza”, que nada tienen que ver con una visión científica del mundo.

Hace unos días una querida amiga me hizo notar que una película reciente, que mucho disfruté, puede también ser considerada como ciencia ficción, aunque no lo parezca. Se trata de la bella Eterno resplandor de la mente sin recuerdos, de Michel Gondry, con guión de ese genio llamado Charlie Kaufman y la controvertida actuación de Jim Carrey.

Más allá de lo fascinante del guión, en el que un científico ha descubierto la manera de borrar selectivamente los recuerdos dolorosos y lo ofrece a parejas separadas (¡quién no ha deseado, en algún momento de desamor, disponer de algo así!), y del mensaje cursilón del final, en el que el amor triunfa a pesar de todo, lo interesante de la cinta es que es perfectamente plausible.

En efecto: lo que hace el supuesto tratamiento es destruir selectivamente las neuronas (¿o serán las conexiones entre neuronas?) en las que están almacenados los recuerdos. Como dice el terapeuta, “estrictamente, se trata de daño cerebral”. Lo interesante es pensar lo que esto implica: nuestros recuerdos –y por extensión nuestras mentes y personalidades– no constan de nada más que del funcionamiento de nuestras células cerebrales y sus conexiones.

Esta visión contrasta con la idea más popular –y ciertamente más sencilla– de que el cerebro es sólo una especie de receptáculo que aloja a la mente (o alma, espíritu o como quiera usted llamarlo). Desgraciadamente, este punto de vista, conocido como dualismo, no sólo no explica nada (¿cómo funciona entonces la conciencia?), sino que requiere aceptar que existen entidades inmateriales, sobrenaturales, de las cuales nunca ha habido pruebas, y de cuya presencia nunca se ha necesitado hasta ahora en la investigación sobre el funcionamiento del cerebro y la mente.

Como toda buena ciencia ficción, Eterno resplandor... partiendo de lo que sabemos hoy, nos hace pensar acerca de los límites de nuestro conocimiento, y al mismo tiempo acerca de lo que somos... como toda buena ficción, finalmente no trata acerca de la ciencia, sino de seres humanos enfrentados a los panoramas que ésta nos revela.

Posdata: Curiosamente, The Guardian también hizo una encuesta entre científicos para elegir a los diez mejores autores de (libros de) ciencia ficción, sólo que esta lista, al parecer, no fue interesante para los medios.

De cualquier modo, para quien le interese, aquí van los diez nombres de estos autores seguidos del nombre de alguna de sus obras más conocidas. Cualquiera de ellas es garantía de calidad: Isaac Asimov (Fundación), John Wyndham (El día de los trífidos), Fred Hoyle (La nube negra), Philip K Dick (¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas?, en la que se basó Blade runner), H. G. Wells (La guerra de los mundos, en la que se basó la película), Ursula K. Le Guin (La mano izquierda de la oscuridad), Arthur C. Clarke (autor de la novela 2001 Odisea espacial, luego de haber escrito con Kubrick el guión de la cinta), Ray Bradbury (Las crónicas marcianas), Frank Herbert (Dunas), y Stanislaw Lem (Solaris, novela en que se basó la cinta de Tarkovsky). Afortunadamente, de esta lista sólo me falta leer a Le Guin y a Hoyle (aunque ya compré La nube negra). ¡Provecho!

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martes, 10 de agosto de 2004

La verdad en los tiempos del Photoshop

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 10 agosto 2004

Mucha gente cree que los científicos se dedican a “resolver misterios”. La existencia de fantasmas, extraterrestres, ángeles o vida después de la muerte son temas favoritos. La verdad es menos emocionante: los científicos se dedican simplemente a averiguar cómo es y cómo funciona el mundo que nos rodea.

Más que acercarse a grandes misterios, lo que hacen los científicos es llegar al límite de lo conocido y empujarlo sólo un poquito más allá. La ciencia avanza un paso a la vez. Pero cuando se trata de un terreno por completo desconocido, la ciencia normalmente no tiene forma de iniciar la investigación. Por eso los “investigadores” que afirman haber resuelto grandes misterios no suelen ser muy confiables: son como un explorador que afirmara haber descubierto un nuevo continente; algo muy poco probable en esta época.

Hace poco recibí una fotografía misteriosa que me permitió hacer una modesta y satisfactoria investigación.

La foto, publicada en abril en el diario The New Nation, de Bangladesh, muestra a un par de arqueólogos que, aparentemente, están trabajando para desenterrar un esqueleto humano de tamaño gigantesco: ¡solamente el cráneo mide lo mismo que una persona adulta! La nota que acompaña a la imagen, firmada por Saalim Alvi, afirma que el esqueleto fue descubierto en una región del desierto del sudeste de Arabia Saudita llamada Rab-Ul-Khalee, o “el Cuadrante Vacío”, durante una excavación de la compañía Aramco en busca de gas.

La pregunta es: ¿debemos creer que, efectivamente, se descubrió tal esqueleto (y por tanto, comenzar a preguntarnos qué quiere decir un hallazgo de esa naturaleza respecto a la evolución humana)? O bien, ¿debemos suponer que se trata simplemente de una foto trucada y olvidarnos del asunto?

El sentido común recomienda lo segundo (todo mundo sabe que los gigantes no existen). Pero podríamos ser tachados de “dogmáticos”. ¿Qué tal si fuera cierto? The New Nation asegura que la excavación fue resguardada por el ejército saudita, que no deja pasar a nadie ajeno a Aramco, pero que la foto fue tomada desde un helicóptero militar y se filtró a la prensa.

El periódico afirma también que se trata de los restos del antiguo pueblo de Aad, una raza de gigantes mencionados en el Corán, que podían arrancar árboles usando sólo sus brazos, y que fueron destruidos cuando se volvieron “contra dios y el profeta”. La cuestión fue discutida en foros musulmanes de internet, donde se consideraba sí había que tomar la foto como confirmación del Corán.

Pero apliquemos el sentido común e investiguemos un poco (que es, precisamente, lo que hacen los periodistas, además de los detectives y los científicos). En primer lugar, ¿no es extraño que la foto no haya aparecido en la prensa internacional, y se difunda sólo en internet? Aunque, desde luego, podría ser un complot para ocultar la verdad.

Un poco de cultura científica nos hace dudar más profundamente. Existe algo llamado la “ley cuadrado-cúbica”, que explica que, cuando un objeto duplica su tamaño, su longitud se duplica, pero su área se cuadruplica (2 por 2) y su volumen (y por lo tanto su masa) se multiplica por ocho (2 por 2 por 2). De modo que, si el esqueleto fuera realmente el de un gigante, sus huesos tendrían que ser mucho más gruesos para poder soportar su peso (por la misma razón que las patas de un elefante son mucho más gruesas, en proporción, que las de una vaca. De hecho, es por esta misma razón que una hormiga o araña gigante, como las que aparecen en las películas, serían absolutamente incapaces de moverse, pues sus delgadas patas se quebrarían bajo su peso).

Quizá bastaría con los argumentos anteriores para decidir que la fotografía es falsa. Pero un convencido podría dudar, a pesar de todo. Afortunadamente, una búsqueda rápida en internet revela la fuente de la fotografía. Se trata, efectivamente, de una foto trucada utilizando el conocido programa Photoshop, herramienta esencial de cualquier diseñador gráfico.

La comunidad de usuarios avanzados de Photoshop es tan grande que incluso organizan sus propios concursos en internet. Un diseñador que se hace llamar IronKite envió la famosa foto a uno de esos concursos, titulado “anomalías arqueológicas”. Para crearla utilizó la foto de una excavación de un esqueleto de mamut en Hyde Park, Nueva York, que llevaba a cabo la Universidad de Cornell. El periódico simplemente borró la parte inferior, donde venía la firma del artista, y la circuló en internet (la historia completa puede hallarse en urbanlegends.about.com/library/bl_giant_skeleton.htm, y otros trabajos de IronKite en ironkite.smugmug.com/gallery/2823).

La moraleja es que, casi siempre, el sentido común puede confirmarse investigando en forma racional... al menos en casos “misteriosos” como éste. En palabras de IronKite, “estoy sorprendido con toda la atención que ha recibido esta pequeña foto, especialmente tomando en cuenta que nunca fue mi intención”. Aunque eso no evita que la gente crea en antiguos gigantes: en un foro musulmán de discusión, un usuario sentencia: “Respecto al creador de esta falsificación, que Alá lo perdone”.
comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

martes, 27 de julio de 2004

Conservadurismo, anticiencia... y tangas

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 27 de julio de 2004

¿Qué tienen en común la clonación, la genómica, el sida, las células madre, el aborto y las tangas? (Si pensó usted en un aborto de virus transgénico clonado a partir de células madre que además usa tanga, lo siento: no acertó.)

La respuesta, claro, está en una sigla que ha venido a representar los valores más retrógrados y un discurso que, de anticuado, llega a lo ridículo (incluso antes del asunto de las tangas): ProVida. O más bien, llegaría a lo ridículo si no fuera peligroso.

Como se sabe, el Comité Nacional ProVida recibió de manos de la Secretaría de Salud (SSa) 4.5 millones de pesos, que representan el 37.8 por ciento de los 11.9 millones que se han entregado este año a organizaciones no gubernamentales (ONG). Se convierte así, en palabras de la senadora Yolanda Eugenia González, en la ONGconsentida” de la actual administración (y por segundo año: en 2003 se llevó 30 de 55 millones disponibles, o 54.5 por ciento).

Investigaciones realizadas por otras ONGs, amparadas en la llamada Ley de Transparencia, muestran que ProVida gastó parte de esa suma en cosas muy interesantes: un juego de plumas Montblanc de 12 mil pesos; ropa en Zara, Sears, Aca Joe o El Palacio de Hierro; un millón 35 mil pesos en el alquiler de un salón de fiestas, y lo más sonado: tangas y brasieres en una tienda de Mixcalco. Todo ello amparado en el rubro “ayuda a mujeres”.

El problema tiene dos niveles. Uno es la simple (pero gravísima) corrupción que queda de manifiesto. Urge aclarar estos gastos, y el congreso ya está tomando cartas en el asunto.

Pero hay una faceta más grave. ProVida se dedica fundamentalmente a combatir el aborto, pero también a difundir la ideología oficial de la iglesia católica respecto a todo lo que tiene que ver con el sexo (condena, además del aborto, el control de la natalidad, el uso del condón, toda forma de anticoncepción excepto el método del ritmo, la homosexualidad, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el sexo por placer o fuera de la pareja monógama). La pregunta natural es: ¿por qué la SSa, que fomenta programas de planificación familiar y distribuye condones, y que tiene como obligación velar por la salud de todos los mexicanos, le da una tajada tan grande de su presupuesto, proveniente de nuestros impuestos, a una organización que se opone diametralmente a sus políticas?

En 2003, gracias a las gestiones del senador panista Luis Pazos, al presupuesto de la SSa destinado a la prevención del sida se le recortaron 30 millones de pesos (de 208 a 178 millones), y la diferencia fue canalizada a ProVida. Y hace unos días ONGs que forman parte del Frente Nacional para la atención de personas con VIH denunció en Mérida que más de ocho mil personas infectadas verán afectados sus tratamientos, pues en la SSa reportan que “se acabó” el presupuesto destinado a la compra de medicamentos retrovirales.

¿Qué está pasando? ¿Se trata sólo, como dice Jorge Serrano Limón, cabeza visible de ProVida, de “desorden administrativo”? Veamos algunos datos más:

Desde hace varios años se ha venido promoviendo la creación del Instituto Nacional de Medicina Genómica. Con él, la investigación biomédica de nuestro país tendría la oportunidad de no quedarse atrás en esta nueva área, que promete avances en la terapia de enfermedades degenerativas y el estudio de las susceptibilidades de la población mexicana a importantes enfermedades.

Sin embargo, grupos de derecha se han opuesto a la creación del instituto, alegando que se pretende clonar seres humanos (absurdo: el instituto no tiene nada que ver con la clonación) y que se usarán embriones humanos para obtener células precursoras o “troncales” (falso también). Sin embargo, el presidente Fox retrasó la firma de la ley de creación del instituto y, al mismo tiempo, se preparó la creación de un “Centro” de Medicina Genómica, que estaría sujeto a limitaciones en cuanto a la investigación en células precursoras. Se prestaba así oídos a los temores de la jerarquía católica y los grupos de ultraderecha. Felizmente, en el último momento se firmó el decreto y hoy el INMEGEN está en vías de ser una realidad.

Creo que estos y otros casos muestran una clara tendencia del gobierno a apoyar, mediante sus políticas de salud, ideologías conservadoras que contradicen los datos aportados por la ciencia moderna. La oposición total al aborto, por ejemplo, incluso en casos de violación, o la idea de que la clonación es algo monstruoso, se basan en la creencia de un alma inmaterial que habita en el embrión desde la concepción; la oposición al uso del condón y a la planificación familiar obedecen a dogmas similares.

Según Carl Sagan, los valores de la ciencia son los mismos que los de la democracia. No se puede hacer ciencia en secreto, pues su “control de calidad” se basa en la libre discusión de hipótesis y pruebas. Paralelamente, la transparencia, que fomenta la circulación y el análisis de la información pública por parte de los ciudadanos, fortalece la democracia. Faltaría que nuestras autoridades comprendan que la base sobre la que deben regir su desempeño –y el de las organizaciones a las que favorecen con recursos públicos– es la discusión racional y laica, basada en el conocimiento científico, y no en prejuicios y dogmas.

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martes, 20 de julio de 2004

El secreto del Dr. Octopus

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 20 de julio de 2004

La película El hombre araña 2 sigue dando pretexto para hablar de ciencia. Esta vez no nos concentraremos en el héroe arácnido sino en su contrincante, el doctor Octopus.

En los cómics fue siempre un personaje muy aburrido. Sin embargo, en el filme resulta bastante interesante: inteligente, simpático y buen tipo... hasta que tiene un accidente que destruye el chip de computadora que impedía que la “inteligencia artificial” de los brazos mecánicos que construyó –y a los que ha quedado unido permanentemente– se apodere de su voluntad, obligándolo a actuar en forma criminal.

Parecería simple fantasía... hasta que uno se entera de que existen ya prótesis mecánicas que permiten que unos simios manejen aparatos directamente con la mente, sin intervención de los músculos.

Prótesis, claro, existen desde hace mucho... las más sencillas son las que aprovechan el movimiento del muñón que queda al amputar, por ejemplo, un brazo, para mover una pinza sencilla, de modo que el portador pueda tomar objetos. Prótesis más avanzadas se conectan a las terminales nerviosas motoras para ser dirigidas por los mismos impulsos nerviosos que anteriormente controlaban el miembro amputado.

Desgraciadamente, estos métodos no sirven en casos en que los propios nervios han sufrido daños (por ejemplo, en pacientes parapléjicos o cuadripléjicos). Por ello la investigación sobre cómo lograr que sea directamente el cerebro el que controle las prótesis es un campo de gran interés.

Ya en este espacio reportamos, hace alrededor de un año, dos avances sorprendentes: uno era el desarrollo de un casquete que, en forma parecida a como se hace con un electroencefalograma, detecta ondas cerebrales de manera que un paciente pueda controlar, en forma sencilla, los movimientos de una silla de ruedas robótica.

El otro, más importante, fue una serie de experimentos en que se entrenaba a unos monos, conectados mediante electrodos implantados en sus cerebros, para manejar unos brazos robóticos. Inicialmente los monos aprendían a manejar el robot mediante un control similar al de un videojuego, mientras que una computadora “aprendía” a interpretar los impulsos cerebrales que se producían durante la acción. En una etapa posterior, cuando el sistema ya estaba “calibrado”, se desconectaba el control manual, y era directamente el cerebro de los monos el que controlaba el brazo mecánico. En algunos casos, los monos se daban cuenta de que ya no necesitaban mover control para manejar el robot, y comenzaban a manipularlo directamente con el cerebro, sin mover su propio brazo (era un momento de gran emoción, según lo narran los autores del experimento, dirigidos por Miguel Nicolelis, de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte).

Las posibles aplicaciones médicas en humanos son, desde luego, fascinantes. Sin embargo, incluso un desarrollo así de sorprendente tiene limitaciones, pues el control se ejerce sólo a nivel motor. Controlar un brazo mecánico de esa manera resulta bastante difícil, pues hay que mantener el control de los diversos componentes y aprender a dirigirlos con exactitud para, por ejemplo, poder tomar un vaso de agua sin tirarlo. ¿Alguna vez ha tratado usted, por ejemplo, de manejar una de esas pequeñas grúas que hay en cines y farmacias, en la que por unas monedas puede uno intentar agarrar un muñeco de peluche? Bueno, debe ser algo similar, aunque sin trampa.

Por ello, la noticia, publicada el pasado 9 de julio en la revista Science, de que un equipo de científicos comandado por Richard Andersen, del Instituto Tecnológico de California, logró usar un sistema similar para que unos monos, mediante implantes en áreas cognitivas (no motoras) de su cerebro, controlaran directamente el movimiento de un cursor en la pantalla de una computadora es un paso más que nos acerca a la posibilidad de prótesis inteligentes controladas mentalmente.

La diferencia entre los logros de Nicolelis y los de Andersen son que éste último logró que los monos muevan el cursor simplemente pensando en hacia dónde quieren que se mueva. Esto lo logran gracias a computadoras que interpretan los impulsos de sus cerebros (o más bien, según lo describen los autores del artículo, “adivinan” lo que los monos pretenden hacer, con una exactitud de hasta el 88 por ciento). En vez de conectar sus implantes a las áreas motoras del cerebro, que controlan el movimiento de los músculos, Andersen los conectó a áreas cognitivas, que forman una especie de “imagen” de lo que el mono quiere hacer y mandan los impulsos necesarios para que las áreas motoras ejecuten la acción.

Es lo que sucede cuando uno toma un vaso o una manzana: uno no piensa conscientemente “tengo que alargar mi brazo 30 centímetros, luego abrir los dedos, ponerlos alrededor del vaso y luego cerrarlos, pero no con demasiada fuerza”, etcétera. Uno simplemente decide tomar el vaso y otras áreas cerebrales se encargan de controlar todo lo demás. En los monos de Andersen la computadora hace el papel de estas áreas cerebrales motoras.

De modo que, sorprendentemente, quizá el Dr. Octopus sea la parte menos fantasiosa de la película del Hombre Araña... desde luego, podemos estar seguros de que, a pesar de su “inteligencia”, las futuras prótesis y hasta “cuerpos” robóticos no se apoderarán de sus usuarios parapléjicos, sino que los ayudarán a recuperar la posibilidad de actuar en el mundo.

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