miércoles, 3 de junio de 2009

Ciencia en los medios

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 3 de junio de 2009

La ciencia que aparece en los medios —periódicos, radio, televisión, internet— toma normalmente la forma de noticias, curiosidades, entretenimiento… La ciencia como una forma más de pasar el tiempo libre de manera grata.

Y está bien que así sea. Conviene que la ciencia esté presente en nuestra vida diaria, que la conozcamos, la disfrutemos y la entendamos.

Pero hay ocasiones —como sucedió con la reciente epidemia de influenza— en que de pronto recordamos que la ciencia puede ser asunto de vida o muerte. Y nos damos cuenta de que no tenemos comunicadores especializados, capaces de manejarla y ponerla al alcance del público de manera clara, rigurosa y confiable.

Y es que la ciencia, a diferencia de otras “fuentes” periodísticas, requiere una formación especial, pues no forma todavía, por desgracia, parte de la cultura de nuestros ciudadanos.

Por eso resultó alentador para mí asistir a dos eventos que buscan suplir esta carencia.

El primero fue el seminario “La ciencia, la tecnología y la innovación como noticias”, organizado en Acapulco por el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, organismo asesor del poder ejecutivo, y la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT).

Como ya lo comentó mi colega Horacio Salazar, la reunión de periodistas científicos sirvió para darnos cuenta de que somos pocos y estamos aislados y desorganizados, pero tenemos el potencial de formar redes y asociaciones para profesionalizarnos y aumentar nuestras filas.

El segundo fue la XI reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (RedPOP), en Montevideo, donde divulgadores de toda Latinoamérica nos reunimos a compartir experiencias y analizar retos.

Me llevo de ambas reuniones la convicción de que nuestra labor es necesaria, pues la necesidad de democratizar el conocimiento científico se volverá cada día más urgente, y de que vale la pena colaborar de manera académica para hacerla avanzar y mejorar.

Después de todo, se trata de servir a los ciudadanos que, con sus impuestos, pagan la investigación científica. El reto es lograr que la cultura científica se convierta en cultura popular.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Falsificar la ciencia

or Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 27 de mayo de 2009

La gran confianza que tenemos en la ciencia y en el conocimiento que produce se basa en gran parte en su riguroso sistema de control de calidad.

Para que algo sea válido en ciencia no basta con que lo diga alguien que tenga un doctorado. El trabajo del investigador, incluyendo una descripción detallada de sus antecedentes, métodos, resultados, el análisis de los mismos y la argumentación que sustente sus conclusiones, tiene que haber sido socializado en seminarios, conferencias y congresos, y aceptado por la comunidad de expertos a la que pertenece.

El proceso culmina con su publicación en una revista arbitrada internacional. Estos journals sólo aceptan trabajos que hayan pasado por un minucioso proceso de “revisión por colegas” (peer review), normalmente anónimo, en el que es frecuente pedir cambios y adiciones a satisfacción de los árbitros expertos.

De ahí el pequeño escándalo que se suscitó cuando la revista The scientist (30 de abril) publicó que la empresa farmacéutica Merck, Sharp & Dohme había negociado con Elsevier, la editorial de revistas científicas más famosa y poderosa del mundo, la publicación entre 2003 y 2004 de una revista científica armada sobre pedido con resúmenes y revisiones de artículos publicados en otras revistas cuyos resultados eran siempre favorables a productos de Merck.

La industria farmacéutica es uno de esos puntos peligrosos donde la frontera entre ciencia y empresa se borra. No es malo que una empresa haga publicidad a sus productos. Son comunes las revistas informales que se regalan a médicos y resumen información de revistas arbitradas.

Pero siempre está claro que no son verdaderas revistas científicas, sino formas de propaganda.

Lo grave del caso es haber disfrazado los “infomerciales” de Merck como buena ciencia. Y peor: a la luz del escándalo, Elsevier reveló que había hecho no sólo una, sino seis revistas pagadas por empresas.

Dejó de hacerlo hace años, pero la lección es clara: la ambición de publicistas y empresas puede poner en riesgo la calidad y confiabilidad de la ciencia.

Igual que ocurre en la democracia, la transparencia, lejos de debilitar a la ciencia, la fortalece. Ojalá Elsevier haya aprendido la lección.

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miércoles, 20 de mayo de 2009

¿Cuál genoma mexicano?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 20 de mayo de 2009

Con bombo y platillo se presentó el 12 de mayo el “genoma del mexicano”.

Pero según el Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen), lo que se presentó fue el “mapa del genoma de los mexicanos”. La distinción importa porque no hay un genoma único que compartamos todos los mexicanos. Cada ser humano tiene su propia combinación de genes. Y aunque la variación entre individuos es mínima (0.5 por ciento), es lo que nos hace únicos.

Los medios dieron también la impresión errónea de que se leyó letra por letra la información del “genoma mexicano”.

En realidad el estudio, titulado “Análisis de la diversidad genómica en poblaciones mestizas mexicanas” fue mucho más modesto. Examinó diferencias en pequeños marcadores genéticos entre 300 individuos de siete grupos: seis de mestizos y uno de zapotecos.

Es una versión pequeña del llamado “HapMap”, o “mapa de haplotipos”: estudio de marcadores genéticos en distintos grupos poblacionales del mundo. Servirá para relacionar la variabilidad genética con la susceptibilidad de las poblaciones a enfermedades (de ahí lo de “medicina genómica”).

El Inmegen concluye que valdría la pena realizar un mapa de haplotipos de la población mexicana. El estudio es el borrador de un borrador que permitiría comenzar a desarrollar la medicina genómica en México.

Pero leyendo las declaraciones de Felipe Calderón (“Entramos a la medicina del tercer milenio”, "Tendremos salud de primer mundo", "Se podrá prevenir el desarrollo de enfermedades como el cáncer, diabetes, hipertensión u obesidad, etc.), parecería que ya estamos en el primer mundo.

La realidad es distinta: al Inmegen le falta apoyo. Opera en instalaciones inapropiadas —un edificio de oficinas donde no se puede trabajar con radiactividad ni microorganismos— y la construcción de su edificio definitivo está plagada de irregularidades. Tuvo hasta recientemente una rígida estructura jerárquica en que sólo su director podía tomar decisiones.

Y la situación es general: el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (Indre), fundamental en la epidemia de influenza, es “obsoleto e inseguro”, reportó el lunes MILENIO. Como publicó en primera plana El Universal, “México paga su abandono a la ciencia”.

Ante las carencias del sistema de investigación en salud, simular que México es una potencia científica suena deshonesto.

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miércoles, 13 de mayo de 2009

Esquizofrenia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 13 de mayo de 2009

La relación de los mexicanos con la ciencia es esquizofrénica. Por un lado queremos confiar en ella, y por el otro le negamos credibilidad.

Ante el reciente brote de influenza: los medios mexicanos exigían cifras exactas e invariables desde el primer día, cuando era imposible tenerlas. Los reporteros las exigían en parte por no saber cómo funciona la ciencia, que avanza lentamente y por aproximaciones sucesivas.

Pero el vacío informativo rápidamente fue llenado por otro virus: el de las teorías de complot (principalmente a través de correos electrónicos y de boca a boca).

La mayoría eran simplemente absurdas: el virus es un invento (“qué influenza ni qué ocho cuartos”, López Obrador dixit); Obama trajo el virus; éste fue liberado como parte de un acuerdo para reactivar la economía mundial a cualquier precio; el brote fue parte de una estrategia para asustar a los mexicanos antes de las elecciones de julio…

El problema es que en México —y en muchos otros países— carecemos de una cultura científica que, más allá de poseer o no ciertos conocimientos, nos permita distinguir anécdotas o suposiciones de datos confirmados.

En cambio tenemos, eso sí, una avanzada cultura de la desconfianza: cuando no coinciden con nuestras expectativas, negamos los datos, acusamos a la ciencia de autoritaria y nos lanzamos a creer en complots.

Como escribe el doctor Ruy Pérez Tamayo (La Crónica, 8 de mayo), “el manejo de las medidas necesarias para enfrentar una epidemia no son sólo asuntos de lógica y de buenas intenciones; se trata de acciones basadas en multitud de conocimientos y experiencias acumuladas a lo largo de muchos años, de información específica y bien documentada, de una sabiduría adquirida tanto en los libros como en el campo. Para una situación de emergencia como la que está atravesando México hoy es fundamental tener confianza en las autoridades, sobre todo cuando se trata de verdaderos expertos en el problema.”

Desgraciadamente, nuestras autoridades no se han ganado esa confianza. Lamentablemente, también, nuestra cultura de la desconfianza nos hace preferir las teorías de conspiración a la información confiable.

¡Pobre México, con tan poca ciencia y tanto gusto por los rumores!

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miércoles, 6 de mayo de 2009

Virus, ciencia y sociedad

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 6 de mayo de 2009

La epidemia de influenza que ha mantenido semiparalizada a la Ciudad de México —y al país— desde el 24 de abril deja claras varias cosas.

Primero, el brote ya se esperaba. No necesariamente en México, ni del subtipo H1N1 (el candidato favorito era el H5N1, que causó la influenza aviar de 2006). Pero la evolución, la naturaleza misma de estos virus —promiscuidad, genoma fragmentado, huéspedes humanos, porcinos y aviarios— y la historia natural de la influenza hacían perfectamente predecible que tarde o temprano nos enfrentaríamos a otra pandemia.

Segundo, un problema de esta magnitud no es sólo asunto científico o médico: afecta a la sociedad toda: economía, política, diplomacia, vida diaria (bien sabemos los chilangos).

Los organismos internacionales (especialmente la Organización Mundial de la Salud) tuvieron el buen sentido de prever medidas para contener lo inevitable: manuales, acuerdos internacionales, laboratorios, acopio de antivirales

México simplemente siguió las indicaciones —no ideal, pero sí adecuadamente, considerando nuestras limitaciones— cuando los datos del brote fueron claros.

Se habla de lentitud, pero lo malo de una epidemia es que no puede reconocerse hasta que se presenta. Declarar la alerta antes de estar seguros era un riesgo muy alto. (Se habla también de exceso en las medidas, pero el virus podría haber sido muy letal: el H5N1 mata al 50% de los infectados.)

Mis lectores sabrán que no apoyo a Felipe Calderón, presidente sin legitimidad. Pero en este caso las acciones de su gobierno, igual que las del de Marcelo Ebrard en el DF, fueron no sólo apropiadas, sino exitosas.

El mérito intelectual es de la comunidad médica internacional; el político es de ellos.

Quedan como lecciones la exigencia de un mayor apoyo a la investigación científica y la reconstrucción del sistema de investigación y prevención —no sólo atención— en salud. La necesidad de una mucho mejor estrategia de comunicación para las autoridades.

Y finalmente, la urgencia de contar con más periodistas científicos bien preparados, para evitar las epidemias de teorías de complot sin fundamento que sólo dificultan la adecuada reacción social.

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miércoles, 29 de abril de 2009

Influenza y evolución

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 29 de abril de 2009

El problema es que así son los virus: promiscuos y afectos a los juegos de azar. Así es la evolución, que lleva a las especies por caminos retorcidos e inesperados. Y así es la ciencia, que no puede avanzar por su propio camino, también azaroso, más rápido de lo que avanza, entorpecida por su método, que le exige asegurarse de lo que sabe hasta el momento antes de dar cada paso.

El virus de influenza que nos agobia (familia orthomyxoviridae, tipo A, los más comunes, que infectan también a aves, cerdos y caballos) es, como todos los virus, una cápsula de proteína que contiene material genético; en este caso, ácido ribonucleico (ARN), primo más antiguo e inestable del ADN. He ahí parte del problema: el copiado del ARN es menos exacto: a veces, quita, a veces pone, y ocasiona mutaciones espontáneas dentro de una misma especie de virus.

Y si varios virus distintos infectan una misma célula, pueden recombinarse, llevándose pedazos de información genética de los otros. El que nos preocupa tiene genes de virus que infectan a humanos, cerdos y aves. Y puede continuar cambiando. Alarma que haya aprendido a contagiarse de humano a humano (como se temía con la influenza aviar, en 2006).

Sus apellidos H1N1 se refieren a dos proteínas de su superficie: la hemaglutinina (de la que hay 15 variantes; ésta es la 1), que le sirve para unirse a la célula que va a infectar, y la neuraminidasa (9 variantes), que permite a los nuevos virus salir de la célula sin quedarse pegados a ella.

Precisamente el oseltamivir (Tamiflu, ¡no se automedique!), uno de los medicamentos eficaces contra la influenza, inhibe a esta enzima e impide que los nuevos virus se diseminen.

La ciencia, como la evolución, es impredecible. Puede parecer lenta y cara, pero si hace 56 años James Watson y Francis Crick no hubieran descubierto la doble hélice del ADN, hoy no tendríamos la biología molecular que nos permite estudiar y combatir al virus.

Y si no invertimos ampliamente en investigación científica —ya lo dijo Barack Obama, y lo subrayó aumentando la inversión de su país en ciencia a 3 por ciento del PIB— no podremos combatir futuros retos, de salud ni de otros tipos.

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miércoles, 22 de abril de 2009

La catarata sangrienta

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 22 de abril de 2009

El misterio comenzó en 1911: el explorador australiano Thomas Griffith Taylor descubrió en la Tierra de Victoria, en la Antártida, una catarata de color rojo sangre que surgía bajo el glaciar Taylor (nombrado en su honor).

Inicialmente se pensó que el color era causado por algas, pero hoy se sabe que se debe a óxidos de hierro. ¿Qué los produce?

La corriente brota —en ciertas épocas— de un depósito sub-glaciar: un pequeño lago sepultado 400 metros bajo el hielo. El glaciar —un río de hielo que fluye con lentitud geológica— fue cubriendo el lago de agua de mar hasta dejarlo encapsulado hace dos millones de años. En su interior, hoy super-salado, no hay oxígeno, ni luz.

Aunque no es posible entrar al lago, analizando el agua que fluye en la catarata los investigadores del grupo de Jill Mikucki (Science, 17 de abril), del departamento de Ciencia Terrestre y Planetaria de la Universidad de Harvard, con apoyo de la NASA, han hallado evidencia genética de diversos tipos de bacterias —un “consorcio bacteriano”— que utilizan compuestos de azufre para oxidar el hierro presente en la roca bajo el glaciar como medio para sobrevivir en un ambiente helado, sin luz y sin oxígeno.

Y es que, aunque estamos acostumbrados a pensar que la vida sólo existe si hay oxígeno, eso sólo es cierto para organismos modernos. Microbios como las bacterias y sus primos los arquea son mucho más antiguos, y tienen metabolismos más versátiles.

Las plantas usan energía solar para formar alimentos a partir del dióxido de carbono de la atmósfera (luego, los demás seres vivos oxidamos esos alimentos, combinándolos con oxígeno, para obtener la energía almacenada en ellos).

Pero hay otras formas de sobrevivir. Las bacterias antárticas obtienen energía a partir de compuestos de azufre, y en el proceso producen los óxidos de hierro.

Lo fascinante es que lo mismo pudo haber sucedido hace 700 millones de años, cuando los mares estuvieron cubiertos de hielo.

Y también podría estar ocurriendo en otros mundos, como la luna de Júpiter llamada Europa, bajo cuya superficie helada quizá exista un mar con vida de tipo microbiano.

Moraleja: nunca se sabe lo que puede descubrirse al investigar un misterio sangriento.

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miércoles, 15 de abril de 2009

Yo y mi cerebro

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 15 de abril de 2009

Sabiamente, ante filosofías que abogan por su desaparición, Braulio Peralta dice, el lunes, “¡Viva el yo!”, pues “digan lo que digan sus seguidores”, “Buda no podía ser más que su propio yo”.

“Con un yo”, dice Braulio, se puede, por ejemplo, combatir la corrupción. Negándolo, se vuelve imposible defender “la honestidad, la ética, los derechos humanos”.

La cuestión del yo tiene aristas fascinantes también desde el punto de vista científico. ¿Cómo un cerebro hecho de células, a su vez hechas de moléculas, puede dar origen a la sensación subjetiva que permite a Descartes, y a todos nosotros, decir “pienso, luego existo”? ¿Cómo puede una masa material de tejido generar conciencia, sensación de yo, un alma?

La respuesta más sencilla es la dualista: suponer que algo externo, un alma o espíritu, “entra” al cerebro y lo anima. El cerebro es sólo el vehículo; el alma es inmaterial y, ya de paso, inmortal. Suena bonito.

La alternativa, conocida como materialismo, monismo o naturalismo, es más sensata, pero tiene problemas. Uno puede explicar cómo los estímulos de los sentidos son procesados de manera complejísima, en paralelo, por los diferentes sistemas cerebrales.

Pero donde la puerca tuerce el rabo es al explicar a quién se le presenta el resultado de todo ese procesamiento, que da lugar a nuestra experiencia subjetiva de la realidad que nos rodea. Postular un “homúnculo” que vive dentro del cerebro es regresar al dualismo.

El filósofo Daniel Dennett —a quien he mencionado mucho últimamente— propone en su libro La conciencia explicada una explicación estimulante: la conciencia, el yo, es un fenómeno virtual. No es material, pero tampoco espiritual: es una consecuencia del funcionamiento cerebral que emerge en un nivel superior de organización. (La vida es otro ejemplo de fenómeno emergente: sólo existe a nivel de células, no de átomos.)

En algún nivel de este procesamiento, el cerebro comienza a percibirse a sí mismo, y eso origina la sensación —virtual— de conciencia.

Suena complejo, pero tratar de entender el yo, por difícil que sea, siempre será mejor —y más útil— que negarlo o renunciar a explicarlo. ¡Viva el yo; viva el alma naturalizada!

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miércoles, 8 de abril de 2009

La paradoja de las especies

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 8 de abril de 2009

El cerebro humano tiende a simplificar. Nos gusta entender las cosas en términos de blanco o negro, bueno o malo… Y también nos gusta pensar que las cosas pueden definirse con claridad: que tienen una esencia.

Un problema para entender la teoría de Darwin es la definición de especie biológica. Aunque él mismo evitó definirla (“…considero la palabra ‘especie’ como dada arbitrariamente… a un grupo de individuos muy semejantes, y que no difiere esencialmente de la palabra ‘variedad’”, escribió en El origen), no negaba su existencia. Nadie confunde perros con caballos.

El criterio usual para definir una especie es el “aislamiento reproductivo”: si dos animales o plantas no se pueden cruzar, o producen descendencia estéril, pertenecen a especies distintas. Si, en cambio, por distintos que parezcan, pueden cruzarse (como las razas de perros), pertenecen a la misma especie.

Pero el criterio reproductivo no es infalible (hay razas caninas que no se cruzan simplemente por razones de tamaño), y no siempre es aplicable: hay muchísimos organismos asexuales, como las bacterias. Además, como se mencionó aquí la semana pasada, muchos de estos organismos intercambian genes “lateralmente” (no de padres a hijos, sino por una especie de “contagio”), por lo que incluso un criterio más moderno, como el análisis de genes, no siempre permite distinguir claramente entre especies.

Por otra parte, decir que “las especies evolucionan” es confuso: si una especie cambia, se convierte en otra. Entonces, ¿cambian las especies, o desaparecen para dejar su lugar a otras?

El problema, explica el filósofo Daniel Dennett en su esclarecedor libro La peligrosa idea de Darwin, es que lo que caracteriza a una especie no es la presencia de una cierta esencia que la defina, sino la ausencia de formas intermedias entre una especie y otra.

Las especies no son colecciones de organismos idénticos: son más bien nubes de individuos con genomas casi iguales, pero con pequeñas variaciones. Decimos que hay dos especies distintas cuando entre dos de estas nubes de genomas hay espacio vacío; en caso contrario, hablamos de variedades. Como siempre, en ciencia las cosas no son tan sencillas como las pintan.

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miércoles, 1 de abril de 2009

El arbolito de Darwin

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 1 de abril de 2009

En 1837, regresando de su viaje de cinco años en el velero Beagle, e iniciando las dos décadas que emplearía en pensar sobre la “transmutación de las especies”, Charles Darwin escribió en su cuaderno de notas “Creo que”, y luego dibujó un pequeño esquema ramificado: el primer árbol evolutivo.

En 1859 publicó El origen de las especies, y la única ilustración que incluyó es un árbol más elaborado. Desde entonces, esa es la metáfora dominante de la evolución: un proceso ramificado en que las nuevas especies surgen a partir de especies preexistentes.

Pero atacar a Darwin es un pasatiempo que pocos pueden resistir, desde fanáticos que intentan prohibirlo hasta biólogos inquietos que pretenden saltar a la fama demostrando que alguna de sus ideas es errónea.

Y claro, hay muchos aspectos en que Darwin se equivocó (su teoría de la herencia, por ejemplo, estaba completamente extraviada). Con el tiempo, la teoría darwiniana de la evolución por selección natural se ha corregido, completado y refinado. Aun así, sigue siendo la columna vertebral del pensamiento evolutivo moderno.

Recientemente la revista New Scientist publicó un artículo que causó revuelo, pues afirmaba que el descubrimiento de la “transferencia horizontal de genes” (no de padres a hijos, sino como la que ocurre cuando dos bacterias intercambian genes de resistencia a antibióticos, o cuando un virus nos inyecta genes de otra especie, como ha ocurrido muchas veces en la evolución humana) da al traste con la imagen de la evolución como un árbol.

Pero evolución de genes no es lo mismo que evolución de especies. Efectivamente, la cosa no es tan sencilla como la pintó Darwin, y en ciertos aspectos se parece más a una red confusa que a un pulcro árbol. Hay ramas que se conectan extrañamente unas con otras (como cuando ciertas bacterias entraron a células antiguas para convertirse en mitocondrias y cloroplastos). Quizá el árbol tenga más de una raíz (hay evidencia de varios “orígenes de la vida” que luego se conectaron).

Tal vez la metáfora del árbol cambie, o se sustituya por una red. Pero de ahí a proclamar “el fin de Darwin” o la gran revolución de la biología hay mucho trecho.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Maravillas... ¡naturales!

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 25 de marzo de 2009

Acabo de conocer una de las 13 maravillas de México: los prismas basálticos de Santa María Regla, en el estado de Hidalgo.

Visitados por Alexander von Humboldt cuando vino a México en 1803, las imponentes columnas basálticas de 30 metros, perfectamente hexagonales, que bordean la cañada como si Dios las hubiera acomodado cual gigantescos lápices, quitan el aliento.

Pero para un naturalista como Humboldt, y para un ateo irredento como este columnista, la explicación divina no es satisfactoria: no explica nada. ¿Existirá algún proceso natural que permita formar cientos de prismas hexagonales y acomodarlos cuidadosamente?

Los prismas, aunque raros, no son únicos. Existen 10 o 15 sitios en el mundo con estructuras semejantes: la “calzada del gigante”, en Irlanda; los “postes del diablo”, en California; los “tubos de órgano”, en Australia… La formación de estas estructuras no es tan rara.

Una segunda pista es la forma hexagonal de los prismas. El dicho norteño “andando la carreta se acomodan las sandías” es acertado: las esferas tienden a acomodarse espontáneamente para que cada una esté rodeada por otras doce: es el arreglo más compacto. Si son círculos, el arreglo más eficiente es hexagonal: la forma más compacta de acomodar columnas cilíndricas es que cada una esté rodeada por otras seis. La forma hexagonal de los prismas es resultado de este acomodo. No fueron construidos y luego acomodados: se formaron en su posición actual.

¿Y cómo pudo la lava fundida —el basalto es magma solidificado— formar prismas verticales individuales? La respuesta está en la existencia de estructuras autoorganizadas en la naturaleza. Un ejemplo son las “celdas de Bénard”: al calentar un líquido por abajo, el movimiento de convección —el agua caliente sube y la fría baja— puede formar columnas hexagonales de agua que se mantienen circulando mientras haya diferencia de temperatura. Los prismas son celdas de convección fosilizadas, que quedaron solidificadas al enfriarse rápidamente.

El mundo mineral puede formar estructuras ordenadas y maravillosas. Lo mismo ocurre, aumentado, en el mundo vivo. Darwin, otro naturalista, lo vio y lo explicó. Por eso y más, vale la pena conocer los prismas basálticos.

(Puedes ver las fotos que tomé de los prismas basálticos aquí)

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miércoles, 18 de marzo de 2009

Pirámides científicas

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 18 de marzo de 2009

Ante el escandaloso fraude financiero de Bernard Madoff (no “pirámide”, porque no tenía niveles, sino “esquema Ponzi”: Madoff era el contacto directo de todas sus víctimas) cabe preguntar si no hay casos similares en ciencia.

En su clásico libro El mundo y sus demonios, el astrónomo y divulgador científico Carl Sagan explica que “la ciencia requiere del libre intercambio de ideas; sus valores son opuestos al secreto”.

Valores que, añade, comparte con la democracia.

Un sistema así se basa en la confianza. Y donde hay confianza, puede haber fraude. El jueves pasado en este espacio, mi amigo Horacio Salazar platicó cómo un solo científico deshonesto puede poner en jaque a toda una rama de la ciencia (en este caso, la algiología, o estudio del dolor, donde se descubrió que por lo menos 21 artículos especializados de Scott Reuben, reconocido anestesiólogo, contenían datos falsos).

Aunque la ciencia cuenta con mecanismos de control de calidad, como la “revisión por colegas” a que se somete todo artículo antes de ser publicado, es imposible revisar cada detalle. Y como el sistema de evaluación y sueldos de los investigadores exige producir cuantos artículos sea posible (“publicar o morir”), la tentación —y la oportunidad— de hacer fraude siempre existen.

El mismo jueves, el académico Wietse de Vries, de la Universidad Autónoma de Puebla, reflexiona en el suplemento Campus de Milenio sobre la semejanza entre la “industria de las publicaciones académicas”, basada en la confianza, con un esquema Ponzi (nombrado por Charles Ponzi, emigrante italiano que descubrió lo fácil que era hacer fraudes utilizando la confianza de los ciudadanos y las reglas del sistema financiero, que permiten hacerse rico no con dinero, sino con la promesa de dinero, como explicó Carlos Mota el jueves también en Milenio.

Los investigadores, dice de Vries, escriben artículos que sus colegas evalúan (y viceversa); éstos luego citan, en sus propios artículos, los de los demás. El sistema premia publicaciones y citas: cuantas más haya, mayor beneficio para todos.

No estoy seguro de que la analogía de de Vries esté bien fundada, pero no vendría mal que los científicos revisaran —ya lo están haciendo— sus sistemas de evaluación y de control de fraudes.

(Ilustración: tomada de PhD Comics, la excelente tira cómica para estudiantes de posgrado de Jorge Cham)

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miércoles, 11 de marzo de 2009

Mujeres y lavadoras

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 11 de marzo de 2009

En 2006, en una gira por Sinaloa, Vicente Fox se ufanó de que el 75 por ciento de las familias mexicanas ya tenían lavadoras, “y no de dos patas, sino metálicas”. La injuriosa frase mostraba que el concepto de mujer del mandatario se reducía al de “persona que lava la ropa”.

El pasado domingo, Día Internacional de la Mujer, el papa Benedicto XVI pidió que “las mujeres sean cada día más respetadas y valoradas”. El mismo día, el periódico oficial del Vaticano, L'Osservatore Romano, afirmó que las mujeres deberían dar gracias por las lavadoras de ropa, pues “este humilde instrumento doméstico ha hecho más por el movimiento de liberación de las mujeres que la píldora anticonceptiva”. Al parecer, la Santa Sede valora a las mujeres más o menos tanto como Fox.

Es cierto que los productos científico-tecnológicos –entre ellos, lavadoras y otros enseres domésticos sin los cuales el trabajo del hogar sería peor de lo que es– han contribuido a disminuir la desigualdad social entre hombres y mujeres (que aún persiste). Lo indignante es seguir pensando que tales labores son obligación natural de las mujeres.

Pero indudablemente el que las mujeres pudieran por primera vez en la historia controlar confiablemente sus embarazos fue uno de los detonadores de la revolución que cambió radicalmente –aunque aún no lo suficiente– su papel en la sociedad. El químico Carl Djerassi, uno de los padres de la píldora, reflexiona sobre éstas y otras consecuencias sociales de su invento en su excelente libro La píldora de este hombre (Fondo de Cultura Económica, 2001).

Por su parte, la divulgadora científica Ana María Sánchez Mora, en un penetrante libro que debió llamarse Feminismo y divulgación, pero que por mala decisión editorial lleva el ambiguo título de La ciencia y el sexo (Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM, 2004), explica cómo la ciencia, además de refutar creencias como la brujería o la inferioridad biológica de las mujeres, de acabar con la fiebre puerperal y de producir la píldora, dio a las mujeres los conocimientos y argumentos para denunciar y combatir la discriminación y el abuso en su contra.

Y es que la ciencia no sólo crea productos útiles. También cambia nuestra forma de ver el mundo.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

¿Existen las especies?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 4 de marzo de 2009

Mucha gente se divierte tratando de demostrar que las grandes teorías de la ciencia están equivocadas. La relatividad de Einstein y la evolución por selección natural de Darwin son dos favoritas.

Como la ciencia no produce verdades absolutas, sino conocimiento confiable y útil, pero en evolución, siempre hay posibilidad de que estos críticos tengan razón. Sin embargo, lo normal es que para empezar no hayan entendido bien las teorías que pretenden derrocar.

Uno de los malentendidos más comunes de la teoría darwiniana es justamente la definición de especie biológica. El libro El origen de las especies busca mostrar cómo surgen, pero la explicación de Darwin —las variedades que aparecen dentro de una misma especie son en realidad “especies incipientes”, que poco a poco pueden irse separando de la original— parece confusa. ¿Una especie se convierte en otra? ¿Cuándo precisamente podemos hablar de una especie nueva? ¿Cuál es la diferencia entre especies, subespecies, variedades y razas?

El problema es que normalmente no pensamos en términos de poblaciones, sino de individuos. Un amigo dice estar convencido de que tuvo que haber un primer ser humano, nacido de una madre todavía no humana. Piensa que entre las dos especies —humano y pre-humano— hay una frontera bien definida, que se cruza de un paso (como la mutación que dio origen a las Tortugas Ninja).

La idea no es tonta: durante mucho tiempo se llamó “monstruos esperanzados” o “viables” a estos primeros individuos de una especie nueva. Pero, aunque su existencia es posible, se trata de casos rarísimos. Lo normal en evolución, por mucho, es la acumulación gradual de cambios mínimos que hacen que definir el momento en que una variedad se convierte en nueva especie sea tan difícil como decir precisamente cuántos cabellos debe perder un señor para llamarlo calvo.

En su esclarecedor libro La peligrosa idea de Darwin, el filósofo Daniel Dennett explica que lo que en realidad permite distinguir a una especie de otra es la ausencia de individuos intermedios entre dos poblaciones. Cuando sí hay continuidad entre ambas, nos damos cuenta de que la definición de especie es, en realidad, una abstracción humana. Hablaremos más del asunto.

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miércoles, 25 de febrero de 2009

La ciencia no importa

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 25 de febrero de 2009

La economía es un sistema darwiniano. Pero cuando los economistas neoliberales hablan de “los principios del libre mercado” como si de leyes naturales se tratara, olvidan que la economía no es un sistema natural, sino humano, y que por tanto debe estar sujeta a una ética.

Darwin explicó cómo lo natural es que sobrevivan los más aptos, y los ineptos se extingan. No obstante, los humanos escogemos conscientemente ir contra la selección natural y dar lentes a los miopes e insulina a los diabéticos. No porque sea “natural”, sino porque es humano. En economía importa recordarlo antes de tomar decisiones basadas sólo en el interés monetario.

Un caso claro es la grave crisis que afecta actualmente al periodismo científico. El periodismo, además de ser negocio, tiene una función social fundamental para la democracia, que es la que le da sentido: proporcionar al ciudadano información que le permita formarse opiniones y tomar decisiones (si no, mejor vender donas, negocio más fácil y seguro).

El periodismo científico, en particular, democratiza la ciencia y permite que ciudadanos comunes, no sólo científicos y funcionarios, participen de sus descubrimientos y se involucren en decisiones que pueden tener graves efectos sociales y ambientales.

Pero la crisis económica global ha ocasionado que numerosos medios en el mundo reduzcan sus espacios de ciencia. Destaca especialmente el caso de la cadena CNN, que en diciembre pasado despidió a la plantilla completa (siete personas) de su unidad de ciencia, tecnología y ambiente.

En México, la semana pasada el diario Reforma decidió eliminar su página de ciencia. No despedirá a sus reporteras, y asegura (como CNN) que seguirán apareciendo notas de ciencia distribuidas en distintas secciones del diario, pero “el elevado precio del papel” los obliga a hacer recortes.

Reforma había ya cancelado su excelente suplemento de libros, Hoja por hoja. En tiempos de crisis, la ciencia —y la cultura— todavía no importan. Desgraciadamente, los medios carecen aún de la perspectiva científica: a corto plazo los recortes pueden justificarse; a la larga, es una cultura científica y técnica en todos los ciudadanos lo que puede sacar a un país de las crisis económicas recurrentes. Malas noticias. Qué lástima.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

¿Darwin, equivocado?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 18 de febrero de 2009

Un lector amable pero acucioso se preocupa porque, leyendo lo que varios divulgadores hemos publicado sobre el pensamiento y la obra de Charles Darwin, y comparándolo con lo que él dice en sus obras El origen de las especies y El origen del hombre, encuentra discrepancias.

Le angustia que diversos pasajes de Darwin parecen expresar la superioridad del ser humano respecto a los demás seres vivos, y su descendencia a partir del mono (lo cual es erróneo: hombre y mono descienden de un mismo ancestro, no uno del otro, y las especies pueden estar mejor o peor adaptadas a su ambiente, pero no puede hablarse de superioridad en términos absolutos).

Aunque Darwin no dijo eso, sí escribió cosas que hoy sabemos erróneas. En parte porque en sucesivas ediciones incorporó cambios como concesión a las críticas de pensadores religiosos, cambios que confundieron en algunos conceptos.

Por otro lado, en los 150 años desde que se publicó El origen, el conocimiento avanzó mucho. No se conocía el mecanismo de la herencia, clave en su teoría de la evolución por selección natural. A falta de algo mejor, él propuso una hipótesis (la pangénesis) para explicarla; se equivocó. El mecanismo correcto —los genes— fue descubierto por el monje Gregor Mendel casi en la misma época en que Darwin publicó su libro, pero fue olvidado y no fue redescubierto sino hasta 1900.

La genética se incorporó a la teoría darwiniana para dar origen a la genética de poblaciones, y la modernización de la teoría evolutiva continuó en los años 30 y 40 hasta la actual “síntesis moderna” o teoría sintética de la evolución.

No debe sorprender hallar en los textos de Darwin ideas que suenan erróneas: como cualquier teoría científica, la suya se ha corregido, refinado y profundizado. Si Darwin leyera un libro moderno de biología evolutiva, quedaría sorprendido pero no se molestaría: estaría feliz de ver que, lejos de tomarse como dogma inamovible, sus ideas han sido parte del proceso evolutivo que da a la ciencia su poder no de encontrar verdades absolutas, sino de generar teorías en constante cambio que buscan describir de la mejor manera posible el mundo natural.

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miércoles, 11 de febrero de 2009

¡Un brindis por Darwin!

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 11 de febrero de 2009

Mañana es el gran día. Celebraremos que hace 200 años nació Charles Robert Darwin. Cincuenta años más tarde publicaría Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, libro que convirtió a la biología en una ciencia hecha y derecha, al proporcionar el espinazo conceptual que da sostén y sentido a la totalidad del conocimiento biológico.

Celebramos al hombre, pero se debe celebrar también la idea (que tuvo también otro hombre, Alfred Russell Wallace, quien lamentablemente no recibirá homenajes: la historia sólo recuerda primeros lugares, no segundos).

La gran idea de Darwin —la selección natural como mecanismo que permite que las especies cambien, adaptándose a su ambiente— ha resultado, en estos 150 años, bastante polémica. Ello se debe a que tiene tres problemas de relaciones públicas.

En primer lugar es una idea que, aunque simple —los mejor adaptados heredan sus ventajas a sus descendientes, que van predominando en la población—, resulta antiintuitiva. La selección permite que los cambios ventajosos, producidos al azar y heredados de padres a hijos, se acumulen. El proceso reiterado de variación-selección produce, con el tiempo, diseños que parecen producto de una inteligencia. Cuesta trabajo aceptar que creaciones tan complejas como el ala de un ave o el cerebro —y la mente— humanas sean resultado de un mecanismo ciego.

En segundo lugar, la idea de Darwin es naturalista: a diferencia de la religión, proporciona una explicación completamente natural —casi mecánica— para la maravillosa variedad y las sorprendentes adaptaciones de los seres vivos. Renunciar a una explicación simple y reconfortante (la creación por un ser superior) y sustituirla por un proceso natural puede verse como una amenaza a la fe religiosa. Quizá lo sea.

Finalmente, la idea de Darwin es poderosa. Es aplicable no sólo en biología, sino en economía, computación, estudios culturales, medicina, química, ingeniería, sociología, filosofía… No en balde ha sido descrita como “peligrosa”.

Sin embargo, pese a las reticencias, la importancia de esta idea es hoy innegable, y sus aplicaciones cada día más importantes. Por ello, bien merece Darwin que mañana brindemos en su memoria. ¡Salud!

(Ilustración: tomada del blog El cerebro de Darwin)

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Experimento mortal

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 4 de febrero de 2009

Nada más terrible que una muerte inútil. El pasado 27 de diciembre se anunció la de Christine Maggiore, destacada activista norteamericana a favor de una idea tan absurda como peligrosa: que el sida no es causado por un virus ni es contagioso.

Los llamados negacionistas del sida parten de las conjeturas de varios supuestos expertos entre los que destaca Peter Duesberg, biólogo molecular que sacrificó su importante reputación al convencerse, contra toda evidencia y la opinión de prácticamente todos los expertos en sida del mundo, de que la causa del sida no es el VIH, sino la desnutrición o el uso de drogas.

Maggiore descubrió que era seropositiva en 1992; en 1994, al conocer las ideas de Duesberg, se convirtió en activa promotora del negacionismo. Fundó la organización Alive & Well, dedicada a “presentar información que cuestiona la exactitud de las pruebas de VIH, la seguridad y efectividad de los tratamientos farmacológicos contra el sida, y la validez de la mayoría de los supuestos comunes sobre el VIH-sida”.

Quizá lo que produce la convicción fanática de muchos negacionistas sea la natural tendencia humana a negar lo desagradable, combinada con la esperanza de que lo que muchos consideran —erróneamente, con los tratamientos actuales— una condena a muerte esté equivocada.

Maggiore llevó su fanatismo al extremo de ignorar, cuando se embarazó, las recomendaciones de tomar medicamentos antirretrovirales para prevenir la transmisión del virus a su futura hija, Eliza. Luego se negó a practicarle pruebas de VIH. En 2005, a los tres años, Eliza murió debido a una neumonía por Pneumocystis jiroveci (antes conocido como P. carinii), hongo que típicamente causa neumonía en pacientes con sida.

Maggiore continuó negando el sida y logró esquivar las complicaciones legales de su criminal negligencia. Su muerte en diciembre se debió, también, a neumonía por P. jiroveci. Sus amigos negacionistas, no obstante, insisten en que “su legado perdurará”.

Irónicamente, Maggiore puede haberle hecho un servicio a la ciencia: mediante los dos desafortunados experimentos que hizo, a un costo mortal, confirma que la realidad del sida no depende de nuestras creencias. Pese a su obstinada ceguera, los negacionistas no podrán seguir usando a Maggiore como prueba para descalificar el conocimiento científico sobre el sida.

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