martes, 30 de septiembre de 2003

Los prejuicios del Prozac presidencial

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 30 de septiembre de 2003

La semana pasada, un periodista tuvo la osadía de preguntarle al presidente Vicente Fox, durante una entrevista, si tomaba Prozac. Fox lo negó en forma cortante. Como resultado, afirma el periodista, la duración de su entrevista se vio notoriamente reducida.

¿Por qué tendría que resultar ofensivo preguntarle al presidente si toma Prozac? Creo que la respuesta tiene que ver con prejuicios similares a los que se tienen respecto a las drogas.

Tanto el Prozac como las drogas son sustancias químicas que afectan el comportamiento humano. De hecho, el diccionario de la Real Academia define droga como una “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”. Visto así, el Prozac podría considerarse también una droga.

Hay, sin embargo, drogas y drogas. No son lo mismo la mariguana, cocaína o heroína que se mete “un despreciable drogadicto” (dirían las buenas conciencias), drogas debidamente prohibidas y penadas por la ley, que el respetable fármaco, recetado por un respetable médico, que nos vende (muchas veces a precio de oro) una respetable compañía transnacional, y que le sirve a un no menos respetable paciente para conservar o recuperar su salud. Aunque en inglés se les llame drugs a los medicamentos, en español el vocablo se reserva generalmente para las sustancias prohibidas.

¿Por qué, a diferencia de los fármacos, se considera malas a las drogas?

Siendo prácticos, quizá porque alteran el comportamiento en forma dañina para el usuario o para quienes lo rodean (argumentos comúnmente utilizados en contra de mariguana, cocaína, heroína, éxtasis y demás peligrosas golosinas). Sin embargo, lo mismo podría decirse del alcohol, droga perfectamente legal, que causa muchas más muertes que cualquier enfermedad de las consideradas graves. O del tabaco, consumido por su contenido de nicotina, y que es la principal causa de uno de los cánceres más frecuentes en el mundo, el pulmonar. (La cafeína, por el momento, no parece causar daños más graves que ocasionar que algunas personas nos pongamos insoportables y hagamos tonterías. Es sin embargo, tan droga como la cocaína: altera nuestro funcionamiento y hay adictos que no pueden funcionar sin ella.)

Desde un punto de vista más bien moral, quizá lo malo de las drogas es que “alteran” nuestra mente (es decir, que interfieren con su funcionamiento normal), haciéndonos percibir, pensar o sentir en forma distinta a como lo haríamos en su ausencia. Pero lo mismo precisamente se puede decir de fármacos como el propio Prozac (o de tantos antidepresivos, ansiolíticos, narcóticos y demás menjurjes autorizados por receta).

¿Por qué el Prozac es útil y respetado, y la cocaína es odiada e ilegal? Las razones, como hemos visto, son confusas (el argumento de la adicción es importante, pero muchos fármacos presentan también, en alguna medida, ese problema). La verdadera respuesta, creo, tiene más que ver con prejuicios fundados en convenciones sociales que en argumentos sólidos, y son más propios para ser analizados por un sociólogo.

Paradójicamente, en el caso del presidente Fox (para volver a nuestro tema inicial) pareciera que es vergonzoso tomar un fármaco perfectamente legal y útil. La implicación es que, si el presidente toma Prozac, esto significaría que padece de la condición por la que normalmente se receta este fármaco: depresión. ¿Qué tendría esto de malo? Mucho, si uno parte de la idea de que el presidente de la república debería ser una persona mentalmente sana y capaz de afrontar los problemas del cargo sin sentirse agobiado.

Desgraciadamente, esta visión presupone que lo normal es que un presidente no se deprima nunca, y, por si fuera poco, que tomar un medicamento para combatir esa condición es también malo. (¡A algunas personas no se les puede dar gusto!, diría mi abuelita.)

La cosa cambia si uno considera la depresión como una consecuencia lógica de los empleos que generan gran estrés, y al uso del medicamento como una forma de resolver dicho problema. ¿Sería malo que el presidente aceptara ser, digamos miope (en el sentido óptico del término; no estoy siendo irónico) y por ello usara lentes? No, porque no hay un prejuicio contra la miopía. Los desajustes psicológicos, en cambio, son rechazados por la sociedad, aun cuando todos nosotros presentemos alguno, al menos de vez en cuando.

Pero mi punto no es defender a Fox ni al Prozac. Es destacar que, debajo de toda este tipo de incidentes (en los que por cierto no está ausente la mala fe; ¿por qué no se le pregunta lo mismo al presidente Bush, por ejemplo?) se hallan prejuicios como el de que enfermarse es vergonzoso o que la mente es una especie de templo intocable (o un alma inmaterial) al que no debemos mancillar con ninguna despreciable sustancia química (pero al que se vale meterle drogas siempre que queramos pasárnosla bien).

Y las cosas no son tan simples. La mente es resultado del funcionamiento de un cerebro que está formado en su totalidad por sustancias químicas, y por ello es muy natural que sea influida por ellas. Utilizar esto para mejorar nuestro desempeño cuando sea necesario no debería ser vergonzoso, aunque sí debería hacerse bajo estricta supervisión profesional. Lo demás es quimiofobia.

miércoles, 24 de septiembre de 2003

Medicina científica

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 24 de septiembre de 2003

Afuera de una de las tiendas naturistas del gurú Chaya Michán está escrito lo que supongo es su lema: “Curar sin dañar”. La frase llamó mi atención por su mensaje oculto.

En efecto: si la medicina naturista cura sin dañar, podría pensarse, por implicación, que la otra medicina, la de los doctores de bata blanca y estetoscopio, sí causa daño.

El juramento hipocrático incluye como primera obligación del médico evitar el daño a sus pacientes (primum, non nocere). Aun así, hay quien piensa que la medicina “no naturista” no sólo no cura, sino que es nociva.

Creo que la realidad es muy distinta: a pesar del innegable valor que tienen las llamadas “medicinas alternativas” (al menos algunas), la eficacia de la medicina “normal” es generalmente muy superior. Las razones son simples: se basa en el método científico, que a su vez es un refinamiento del pensamiento racional que busca explicaciones comprobables a los fenómenos. Para buscar causas y soluciones de un problema de salud, los médicos realizan observaciones y experimentos controlados para decidir cuáles de las hipótesis plausibles es la más acertada. De ahí su éxito en un alto porcentaje de los casos.

Desde luego, esto no quiere decir que la medicina científica (su nombre más adecuado; adjetivos como “alópata” son usados sólo por los homeópatas) sea infalible: hay casos de error, y enfermedades ante las que poco puede hacer aún el médico mejor entrenado. Y hay también casos en que las medicinas alternativas han cosechado grandes éxitos, que normalmente han sido luego incorporados dentro del acervo de la medicina científica, con la ventaja de que además reciben una explicación dentro del paradigma biomédico en que se basa ésta.

Un buen ejemplo de la efectividad del enfoque biomédico lo encontré en las cifras del informe sobre el cáncer para 2003 de la Organización Mundial de la Salud (Reforma, 3 de mayo), que incluye datos del año 2000. Reportaba a nivel mundial las tasas de incidencia (personas que enferman) y mortalidad (muertes) por distintos tipos de cáncer, divididos en hombres y mujeres.

Para el cáncer de pulmón (por mucho el más común, excepto por el cáncer de mama), la incidencia en hombres era de 901 mil casos, y la mortalidad de 810 mil (es decir, un 90% de los hombres que enferman de cáncer de pulmón, mueren). Para las mujeres, la incidencia era de 337 mil y la mortalidad de 292 mil (87% de mortalidad).

El diagnóstico para el cáncer de pulmón, por tanto, es desalentador (por eso, queridos lectores fumadores, vale la pena dejar el hábito). Pero veamos el caso del cáncer de mama (para mujeres, obviamente). Aquí la incidencia es de un aterrador millón 500 mil casos, pero la mortalidad es de 372 mil: sólo el 25% de las mujeres que enferman muere. Una enferma tiene 3 oportunidades en 4 de curarse. Un dato bastante esperanzador, a mi parecer, sobre todo si lo comparamos con la única oportunidad entre 10 que tiene un varón con cáncer de pulmón.

Existen otros casos igual de interesantes. Entre los de mayor incidencia, el cáncer colorrectal tiene una mortalidad de 51% en varones y 53% en damas; el de estómago, de 73% en hombres y 76% en mujeres. La mortalidad del cáncer de próstata es de sólo 38%. La del de cuello uterino, de 50%. El cáncer de hígado es el caso más desolador: su porcentaje de mortalidad es de 96% para hombres y 99% para mujeres. La ciencia médica no puede hacer casi nada frente al cáncer hepático.

El 38% de los varones que padecen cáncer de vejiga muere, así como el 43% de las mujeres. Finalmente, el cáncer de riñón –uno de los últimos en la lista, pues “sólo” afectó a 118 mil varones y 70 mil mujeres en el 2000– tiene una mortalidad de, respectivamente, 47 y 49 por ciento.

A pesar de lo triste de estas cifras –muerte y enfermedad son los dos acontecimientos que más violentamente nos enfrentan con nuestra fragilidad como seres humanos–, yo creo ver en ellas cierto margen para el optimismo. Aunque si uno enferma de cáncer de hígado o pulmón el pronóstico es bastante fúnebre, la moderna medicina científica puede ofrecer posibilidades de al menos 1 en 2 de salvarse para la mayoría de los otros.

Y hay que notar que la mortalidad de los frecuentísimos cánceres de próstata y mama se ha logrado reducir a 38% y 25%. Sin duda, esto es resultado de la investigación científica, que ha llevado a establecer medidas efectivas de diagnóstico (por más que las mujeres se quejen de lo molesto de la mamografía y que Jorge Ibargüengoitia haya escrito uno de sus cuentos más divertidos para desacreditar el examen prostático), así como terapias efectivas para atacar al mal una vez detectado. Difícilmente se encontrará tal eficacia (ni datos tan precisos) en las medicinas alternativas, sobre todo frente a enfermedades tan graves.

Más allá de prejuicios, los datos muestran que la medicina científica es indudablemente nuestra mejor aliada en la lucha por la salud. Lo cual no quiere decir no podamos aprender de las “otras” medicinas, pero siempre utilizando el pensamiento racional.

martes, 16 de septiembre de 2003

Diseño inteligente

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 16 de septiembre de 2003

Quizá alguna vez haya oído usted decir que las grandes obras arquitectónicas de la humanidad, como las pirámides de Egipto (o las de Teotihuacán), no pudieron haber sido construidas por humanos. “Evidentemente” requirieron de una tecnología superior: la de los extraterrestres.

Aunque estos mitos parecen inútiles, son muy populares. Al grado de que actualmente ya no sólo las hazañas del pasado remoto, sino incluso las del reciente (como la llegada del hombre a la luna) se atribuyen a la tecnología extraterrestre. En el caso de la astronáutica, a la obtenida del supuesto ovni que el gobierno estadounidense tiene oculto en la base aérea de Roswell, Nuevo México.

No suelo ser paranoico ni creo en teorías de conspiración, pero me da la impresión de que esta insistencia en no creer que los humanos hayamos sido capaces de lograr las hazañas tecnológicas mencionadas tiene el único fin de bajar nuestra autoestima como especie (¿no será un plan de los extraterrestres?). Curiosamente, se parece mucho a lo que sucede con quienes se esfuerzan por encontrar explicaciones, a cual más complicadas, para un maravilloso fenómeno que tiene ya una explicación totalmente satisfactoria y mucho más plausible: la evolución de los seres vivos.

La explicación estándar, aceptada por la generalidad de los científicos, la dio Charles Darwin en su libro Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural. Afirma que el ambiente, a partir de las ligeras diferencias que existen entre los miembros de una especie, “selecciona” a quienes están mejor adaptados (gracias a que los mejor adaptados sobreviven más y dejan más descendencia, que heredará sus características ventajosas). Esto produce una cadena interminable de mayor adaptación al ambiente que da origen a estructuras tan sorprendentes como el ojo humano o el vuelo de las aves, por mencionar dos ejemplos trillados.

Las adaptaciones de los seres vivos, producidos por este proceso azaroso, son tan asombrosas que casi parecen haber sido diseñadas expresamente. A finales del siglo XIX y principios del XX, los opositores del darwinismo solían proponer “teorías” simples como la de que en realidad fue un ser divino quien simplemente creó a todos los seres vivos, junto con sus maravillosas adaptaciones. Aunque esta explicación es aparentemente más sencilla que la darwiniana, requiere de un elemento mucho más difícil de comprobar: la existencia de un ser todopoderoso y eterno. Darwin explica la evolución con elementos mucho más mundanos y creíbles.

Las ideas de este tipo, conocidas como “creacionismo”, siguen teniendo seguidores, e incluso de vez en cuando logran victorias pasajeras como, por ejemplo, que en algún sitio de los Estados Unidos se obligue a enseñar la creación divina junto con el darwinismo. Pero en general su credibilidad está a la baja.

Una de las razones es que, bien analizadas, las adaptaciones biológicas muestran huellas de haber sido diseñadas no por una inteligencia superior, sino por un proceso ciego. El ojo humano, por ejemplo, tiene los nervios por la parte delantera de la retina, lo que la hace propensa a desprendimientos y estorba la visión (el ojo del pulpo es un mejor diseño a este respecto). Y nuestra garganta no nos permite tragar agua y respirar al mismo tiempo, como sí pueden hacerlo los caballos. (Por esto el “casi” de más arriba.)

Sin embargo, no faltan quienes insisten en defender la necesidad de un “ingeniero”. La versión más moderna es la llamada “teoría del diseño inteligente”, que afirma que en las células existen estructuras de nivel molecular que sólo pudieron ser diseñadas por alguien, no ser producto de una evolución azarosa.

Entre los ejemplos más socorridos de este tipo de estructuras está el flagelo de las bacterias, una especie de látigo giratorio que les sirve a estos microorganismos como motor para nadar.

En la base del flagelo bacteriano se encuentra uno de los dos únicos ejemplos de rueda giratoria libre en la naturaleza (el otro es una estructura microscópica involucrada en la generación de energía en las células). La complejidad de este micromotor es tal que el bioquímico Michael Behe, promotor del “diseño inteligente”, postula que se trata de una “complejidad irreducible”. En otras palabras, que si se altera cualquier componente del flagelo, éste dejaría de funcionar. Behe argumenta, en su libro La caja negra de Darwin, que debido a esto el flagelo no pudo haber evolucionado: tuvo que haber sido diseñado.

Desde luego, los biólogos evolucionistas no están de acuerdo. Existen amplias pruebas de la evolución del flagelo (que, como toda evolución biológica, fue un proceso paulatino). Pero argumentos como el de Behe suenan muy bien para quienes se sienten inquietos por la visión darwinista.

Quizá para algunos resulta más sencillo pensar que hay un responsable del mundo, alguien que nos diseñó y nos dio un propósito. La alternativa que nos ofrece la ciencia tiene la desventaja de obligarnos a tomar en nuestras manos la responsabilidad de nuestra existencia. Desgraciadamente, parece que es la alternativa más plausible.

Para los científicos e ingenieros es mucho más maravilloso entender cómo el ingenio humano o la ciega selección natural pudieron alcanzar sus logros que conformarse con pensar que todo es simplemente producto de la inteligencia de “seres superiores”.

martes, 9 de septiembre de 2003

Una idea brillante

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 9 de septiembre de 2003

Como muchos científicos, yo soy ateo. O quizás no ateo, sino sólo agnóstico (no me consta que dios no exista; es sólo que no creo en su existencia).

No es que se necesite ser ateo o agnóstico para ser científico. Muchos son profundamente religiosos, e incluso hay algunos que son sacerdotes, sin que esto estorbe su labor en la ciencia. Después de todo, dice el sentido común, religión y ciencia son esferas con campos de acción bien delimitados, por lo que no tendrían por qué oponerse: al césar lo que es del césar y a dios lo que es de dios.

Pero de vez en cuando surgen polémicas en las que los valores religiosos y los basados en la ciencia se enfrentan. Recientemente en las noticias reapareció justo un caso de este tipo: el de la desafortunada Paulina Ramírez Jacinto, la chica bajacaliforniana que, hace cuatro años, fue violada a los 13 años y cuyo caso saltó a los titulares porque funcionarios del gobierno de Baja California le negaron el derecho legal que tenía a abortar y la obligaron a seguir adelante con su embarazo. Llegaron incluso a llevarla con un sacerdote para que la convenciera de no abortar y, en palabras de Mariana Winocur, del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), permitieron que miembros del grupo Pro Vida, haciéndose pasar por funcionarios del DIF, “la obligaran a ver El grito silencioso, un video burdo y falaz contra la práctica del aborto”.

Hoy Paulina ha cumplido 18 años, y tiene un saludable hijo, Isaac. Ha reaparecido en primera plana porque las promesas del gobierno, ante la injusticia que sufrió, no se han cumplido. Los funcionarios que le negaron el aborto no han sido castigados; los ofrecimientos del gobierno para apoyar a la joven madre y su hijo no se han cumplido a cabalidad. “Ahora que soy mayor de edad voy a seguir luchando por mis derechos”, dijo Paulina, citada en un boletín del GIRE. Su intención es que a otras mujeres no les pase lo que le pasó a ella.

El debate sobre el aborto siempre es polémico. En otros países los antiabortistas llegan a incendiar clínicas y agredir al personal. En México no hemos llegado a eso, pero la opinión de estos grupos ya se ha expresado en los medios (una columnista católica en el diario Reforma, por ejemplo, publicó recientemente un texto titulado “Paulina, ¿cuánto te pagan?”).

La posición católica sobre el aborto se basa en la creencia de que todo embrión, desde el momento mismo de la concepción, es ya un ser humano, pues posee un alma inmortal. La posición científica no cree en el alma, y postula que entre la concepción y el momento en que un embrión puede considerarse humano hay una etapa (digamos, hasta antes de que se desarrolle el sistema nervioso, base de la conciencia) en que es factible recurrir al aborto en caso necesario sin que se considere un asesinato.

La cuestión se podría discutir y llegar a acuerdos viables si no fuera porque los católicos se niegan a considerar siquiera el tema: su visión es dogmática y como tal no admite negociación.

Éste es sólo un ejemplo de la excesiva influencia que el pensamiento religioso (y otros tipos de creencias en lo sobrenatural) está teniendo en la vida pública. Con el fin, entre otras cosas, de combatir esta influencia, recientemente surgió en los Estados Unidos un movimiento para reivindicar la posición de quienes no creen en fenómenos que salen de la esfera de lo natural (es decir, que excluye lo sobrenatural, incluyendo brujas, duendes, ángeles y divinidades). La idea es agrupar a quienes piensan así alrededor de una identidad para luchar por su derecho a hablar en voz alta y ser escuchados por políticos y medios de comunicación. Hoy un político no puede ser elegido si no cuenta con la simpatía de grupos importantes como los católicos, los indígenas o los industriales (hasta minorías tan discriminadas como los gays son ya tomados en cuenta por políticos como una fuerza electoral importante).

Para ello se ha propuesto dotar a los no creyentes de un nombre sencillo y atractivo. Se eligió la palabra bright (brillante, inteligente), utilizada no como adjetivo, sino como sustantivo. “Un bright es una persona cuya cosmovisión es naturalista: libre de elementos sobrenaturales o místicos. Los brights basan su ética y acciones en una cosmovisión naturalista”, define Paul Geisert, uno de los fundadores del movimiento bright.

Suena extraño, lo reconozco. Pero igual sonaba, por ejemplo, la palabra gay, que hoy se ha convertido en símbolo de una identidad y una lucha que se reconoce como válida y positiva. Personalidades del mundo de la ciencia como el biólogo Richard Dawkins y el filósofo Daniel Dennett se han convertido en activistas del movimiento bright.

Ante casos como el de Paulina y debates como el derecho al aborto (en los caso que así lo justifique el bienestar de la madre), la idea de ser parte del movimiento bright y luchar por el derecho a una visión naturalista del mundo me parece muy atractiva. Me declaro, pues, bright, y lo invito a usted, si desea unirse al movimiento, a visitar la página http://www.the-brights.net, a que por lo pronto existe sólo en inglés.

martes, 2 de septiembre de 2003

Marte y la desilusión mediática

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 2 de septiembre de 2003

Cualquiera diría que los medios de comunicación en México estaban suficientemente avanzados como para que esto no sucediera, pero el pasado martes 26 de agosto pudimos ver la triste realidad. Hicimos el ridículo; me pregunto qué pensaría un periodista extranjero que hubiera visto los titulares de ese día.

No; no me estoy refiriendo a Lucerito, sino al titular que, por el acercamiento de Marte, apareció en el diario Crónica ¡en primera plana! “Nacerán bebés agresivos al acercarse Marte esta noche”, rezaba el texto, y añadía: “Las niñas serán sensibles y ordenadas; los niños tendrán toda la pinta para ser unos sátiros como Napoleón, según una astróloga”.

¿La astrología en primera plana? Así es, créalo o no. Pero eso es sólo el principio. En la página 31, en la sección de ciencias (sí; ¡de ciencias!) el encabezado era el mismo: “Serán agresivos bebés que nazcan durante el acercamiento de Marte”. Se añadía que una tal Aura Alvarado, presentada como “una de las astrólogas más respetadas de México” (por quienes respetan a los astrólogos, supongo), recomendaba que las embarazadas “deben atarse un listón rojo con siete llaves de bronce en su vientre, pues éstas simbolizan los siete días de la semana y el metal protegerá la energía negativa” (si usted puede, disparates aparte, hallar alguna lógica en la frase anterior, por favor explíqueme).

El reportaje también presenta las declaraciones de dos astrónomos, José de la Herrán (quien recién recibió el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia) y Julieta Fierro. Ambos hacen interesantes comentarios sobre el acercamiento de Marte (de la Herrán incluso comenta que “muchas veces los astrólogos se aprovechan de estos fenómenos y algunos van mucho más allá al asegurar el advenimiento del fin del mundo, pero eso es pura fantasía”). Quizá las autoras del reportaje incluyeron las opiniones de estos dos expertos en un esfuerzo por dar una visión balanceada. Como tengo el privilegio de ser amigo de de la Herrán y de Julieta, les pregunté si les habían advertido que se presentaría como nota principal las disparatadas opiniones de los astrólogos. Ambos lo ignoraban; de haberlo sabido, estoy seguro que habrían sido más enfáticos en negar la validez de tales ideas.

Un lector sensato podría preguntar cuál es el problema. ¿Por qué rasgarse las vestiduras? Hay varias razones. En primer lugar, la astrología podrá ser muy interesante, muy antigua, tener muchos partidarios y generar un respetable ingreso para quienes cobran por ejercerla. Pero no es una ciencia.

No puede serlo porque parte de supuestos no científicos, como el de que los astros ejercen alguna influencia “espiritual” sobre nuestros destinos. Mezcla la simbología de los antiguos dioses griegos, en cuyo honor se nombraron planetas y constelaciones, con la supuesta influencia de éstos sobre nuestras vidas (Marte, por ejemplo, era el dios de la guerra, lo que explica su influencia en el carácter de los bebés).

Otra razón es que este tipo de explicaciones sirve para todo (o lo que es lo mismo, no explican nada; son un fraude). Otro astrólogo, entrevistado en la radio (en todas partes se cuecen habas), declaró que “evidentemente” el acercamiento de Marte ¡había causado el apagón del jueves 21 en Nueva York! La “explicación” era que Marte representa la energía, y el apagón había sido causado por una sobrecarga eléctrica, un exceso de energía. Como se ve, la lógica de las explicaciones astrológicas no es precisamente rigurosa.

Si nos olvidamos de factores místicos, quizá la cercanía de Marte podría tener alguna influencia en las vidas de quienes habitamos en la tierra debido a su gravedad. Después de todo, la luna ocasiona mareas dos veces al día. Pero no: si se hacen los cálculos (que agradezco a Sergio de Régules, compañero columnista de Milenio, cuya habilidad en tales menesteres supera con mucho la mía), se descubre que la fuerza que ejerció el planeta rojo sobre una persona promedio era equivalente a una diezmilésima de un gramo (la que ejerce un automóvil a un metro de distancia es cinco veces mayor, y nadie se preocupa de que la gravedad de un coche altere nuestro destino).

Entrevistar astrólogos en la sección de ciencia de un diario es otorgarles una credibilidad que están lejos de merecer. Es demostrar (como lo hizo otro locutor de radio) que hay periodistas incapaces de reconocer la diferencia entre astrología y astronomía. Es confundir fuentes confiables con charlatanería; darle al lector gato por liebre. Nadie se opone a que los astrólogos tengan su espacio (aunque hay formas más útiles de perder el tiempo), pero ese espacio no puede ser uno de los pocos que está reservado para la ciencia.

La triste experiencia de la semana pasada demuestra varias cosas: que el pensamiento científico no sólo se difunde poco, sino que pierde terreno frente a supercherías. Que hay periodistas que cubren la fuente de ciencia sin contar con una elemental cultura científica. Y que los divulgadores científicos tenemos que esforzarnos más, mucho más.

Mientras lo hacemos, si quiere, disfrute usted leyendo su horóscopo, pero por favor, ¡no se lo crea!

martes, 26 de agosto de 2003

La era genómica llega a México

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 26 de agosto de 2003

Vivimos tiempos interesantes. No porque nos haya caído la famosa maldición china, sino por la resonancia que comienzan a tener los avances científicos en la vida social. Un caso son los enfrentamientos entre las agendas de las instituciones científicas y entidades como la Iglesia Católica o las organizaciones no gubernamentales que se oponen a ciertas agendas o proyectos científicos particulares.

La semana pasada, en estas páginas, se publicó la noticia de que en la UNAM (que, mal que les pese a sus detractores, y como muestra la noticia, sigue siendo la máxima casa de estudios de nuestro país) se inauguró una nueva Licenciatura en Ciencias Genómicas. Es un paso importantísimo en el desarrollo de esta polémica área de estudio, que ha sido criticada por diversos sectores, muy notoriamente la jerarquía católica.

El 10 de septiembre del año pasado, por ejemplo, varios periódicos nacionales publicaron las declaraciones de Jorge Palencia, encargado de la Comisión Pastoral de la Salud de la Arquidiócesis de México, la cual, junto con la Asociación de Médicos Católicos, estaba en contra de la creación del Instituto Nacional de Medicina Genómica, uno de los proyectos científicos mexicanos más interesantes de los últimos años.

Las razones detrás de este extraño rechazo (extraño porque ambas instituciones aceptan las posibilidades de la medicina genómica en la solución de enfermedades como las cardiacas, cerebrales, diabetes y cáncer, entre otras) son más que nada dogmáticas. Se piensa, a pesar de las explícitas declaraciones de las autoridades responsables, que el proyecto del Instituto de Medicina Genómica tiene en realidad la intención de clonar embriones humanos para experimentar con ellos. “Se pretende considerar como un producto al ser humano, que violentamente estará cautivo en laboratorios, convertidos en campos de concentración y exterminio”, llegaron a declarar los opositores al proyecto, que por lo visto tienen gran propensión al drama.

La cuestión ha sido tratada con gran sensatez por el gobierno y la comunidad científica mexicana, dejando claro que no existen tales pretensiones. Lo que sí se pretende es fomentar en México el desarrollo de un área de investigación de vanguardia cuyas aplicaciones serán importantísimas, y que está avanzando con gran velocidad en todo el mundo.

¿Qué son las ciencias genómicas? La información genética está almacenada en los genes, que se encuentran en el núcleo de nuestras células y controlan sus funciones. Al total de los genes de una especie se le llama su genoma. A partir del desarrollo de la genética molecular a mediados del XX, los genetistas han ido averiguando más y más sobre los genes y su manera de funcionar. También han aprendido a manipularlos de modo muy preciso, lo que dio origen a la ingeniería genética (la capacidad de injertar genes de una especie en otra, con el fin de estudiarla o de otorgarle capacidades que antes no poseía, por ejemplo para obtener insulina humana a partir de bacterias). Pronto será posible la terapia génica, en la que se “reparan” genes defectuosos.

Pero los genes no actúan solos: interactúan unos con otros. En la última década, gracias al desarrollo de técnicas que permiten leer el texto completo del genoma de los organismos (su “secuencia” de letras), del estudio de genes individuales se ha pasado al de genomas completos: de la genética a la genómica. Las promesas son muchas: desde controlar enfermedades con base genética hasta modificar la constitución genética de los individuos (cosa que ya se ha logrado con animales).

Y es precisamente contra la manipulación genética de seres humanos que se manifiesta la iglesia católica, no contra los usos médicos. Sin embargo, la iglesia asume (injustificadamente) que “estos proyectos científicos son muchas veces disfrazados como políticas públicas de salud”, como afirmó la Asociación de Médicos Católicos, añadiendo que “el resultado inmediato de estos proyectos científicos no son los tejidos y órganos... sino la producción de embriones humanos”.

El debate sobre la pertinencia o no de aplicar las poderosas herramientas de la medicina genómica a seres humanos es importante y urgente. Pero es indudable la obligación de buscar la manera de que los posibles beneficios derivados de esta disciplina se vuelvan realidad lo más pronto posible y ayuden al mayor número de personas.

El otro debate, el de si es o no inmoral la clonación o la experimentación en embriones humanos (que no son de ninguna manera indispensables para el desarrollo de la medicina genómica), es también urgente. La postura católica (el embrión, desde el momento de su concepción, es un ser humano con todos sus derechos), es cuestionable desde un punto de vista biológico que no acepta la existencia de un alma inmaterial.

De lo que no hay duda es que México no puede perder la oportunidad de desarrollar la medicina genómica ahora que está en sus inicios. No con la calidad de expertos con que ahora contamos, comparables con los de cualquier país de primer mundo, y no ahora que en la UNAM se han dado las condiciones para iniciar la formación de recursos humanos que alimentarán el desarrollo de esta área. Por todo ello, bienvenido el debate racional y bien fundamentado, y bienvenida la nueva Licenciatura en Ciencias Genómicas.

martes, 19 de agosto de 2003

Incultura científica

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 19 de agosto de 2003

Es frecuente oír hablar de “cultura científica”. Se trata de un concepto vagamente definido: cuando se habla de la cultura que toda persona bien educada debiera tener, normalmente se piensa sólo en las bellas artes, y si acaso en las humanidades, pero dejando afuera a las ciencias. Por eso se hace necesario especificar, a pesar de que en realidad la ciencia es tan parte de la cultura como cualquier otro producto de la actividad humana.

Lo anterior viene a cuento porque el pasado 12 de agosto Enrique Canales, colaborador del periódico Reforma, publicó en su columna “Mexicar” un texto en el que defendía, si entiendo bien, el derecho de los académicos a lucrar con su actividad, realizando, por ejemplo, consultorías pagadas. Desgraciadamente, al hacerlo, Canales realiza un ataque a la ciencia.

La frase alarmante es la siguiente: “...considero que la ciencia pura es muy peligrosa, en el sentido que si se hace ciencia por mera curiosidad, es probable que desperdiciemos muchos recursos que no tenemos”.

Agradezco al señor Canales por la oportunidad de comentar este excelente resumen, quizá involuntario, de incultura científica. El prejuicio que encierra, compartido por una gran parte de la población, muestra un desconocimiento de qué es la ciencia y cómo trabaja, así como de la relación entre el trabajo académico y el financiamiento que requiere.

El artículo de Canales defendía una idea valiosa: obtener ingresos extras por realizar actividades que normalmente se asumen como no lucrativas. Menciona una “ideología liberal moderna”, con la que supongo comulga. Lo malo es que, al parecer, esta ideología incluye una visión demasiado empresarial y eficientista que es incompatible con la naturaleza de una actividad fundamentalmente académica como la ciencia.

El argumento va así: existe una “ciencia pura” (o básica), que busca simplemente entender cómo funciona el universo (“la ciencia sólo sirve para producir conocimiento”, ha afirmado el científico mexicano Ruy Pérez Tamayo), y que por tanto resulta superflua en un país tercermundista como el nuestro, donde mucha población carece de niveles adecuados de alimentación, servicios públicos, educación y salud. Es en cambio a la “ciencia aplicada”, esa que busca resolver los grandes problemas nacionales, a la que debiéramos dedicar nuestros escasos centavos.

Desgraciadamente, las premisas son falsas. Es cierto, sí, que la llamada “ciencia pura” se hace “por mera curiosidad”. Pero no es cierto que pueda realizarse “ciencia aplicada” si no se realiza también “ciencia básica”. Es más, una sabia (y cierta) frase atribuida a Pasteur niega la distinción entre ambas: “No existe la ciencia aplicada; sólo las aplicaciones de la ciencia”. En otras palabras, no pueden resolverse problemas prácticos si antes no se tiene el conocimiento profundo de los sistemas donde se presentan esos problemas.

Pero no sólo eso: la ciencia es una actividad que, por su propia naturaleza, avanza a ciegas. Es prácticamente imposible predecir qué es lo que se va a descubrir cuando se inicia una investigación. En eso se parece mucho a la evolución de los seres vivos: es un proceso darwiniano en que se generan hipótesis, y sólo sobreviven las que superan la prueba de explicar satisfactoriamente los hechos. Y al igual que en la evolución biológica, el proceso es intrínsecamente ineficiente: hay que hacer muchas pruebas para garantizar que, entre la multitud de intentos fallidos, surjan propuestas exitosas.

Digámoslo con otro símil, igualmente darwiniano: lo que el señor Canales propone para la ciencia es equivalente a que el Conaculta decretara que, para no desperdiciar valiosos recursos, de ahora en adelante no apoyará a jóvenes escritores para que escriban novelas, a menos que puedan garantizar que serán obras maestras. Esto, que suena absurdo en el caso de la creatividad artística, es exactamente lo mismo que sucede en ciencia. De hecho, la ciencia se parece mucho más al arte que a una empresa.

Sólo que en el caso de la ciencia, la inversión (es un error, como parece hacerlo Canales, considerarlo un gasto) es mucho más redituable. Aunque son sucesos muy raros, basta con un descubrimiento de gran magnitud, como el de los antibióticos o los principios que hacen posible el transistor, para generar una serie de aplicaciones y beneficios cuyo costo rebasa, con creces, toda la inversión que se haya podido hacer en ciencia básica en un país durante décadas.

Por desgracia, eso es lo que no entiende mucha gente, y en especial quienes actualmente se encuentran en el gobierno y en el Conacyt, si tomamos en cuenta las declaraciones que suelen hacer a la prensa. Privilegiar la “ciencia aplicada” sobre la investigación fundamental es condenar a nuestro país a nunca beneficiarse de avances originales y seguir limitándose simplemente a aplicar descubrimientos hechos en otros países. El malentendido de Canales es explicable, aunque triste: académicos como Pérez Tamayo llevan décadas explicando esto, sin lograr, según parece, mayor efecto.

Los divulgadores científicos sabemos que para que el conocimiento de qué es la ciencia, su importancia y su modo de trabajar formen parte de la cultura del mexicano medio será necesaria una larga labor. Afortunadamente, es también una labor que puede ser muy placentera, como siempre que se comparte algo valioso.

martes, 12 de agosto de 2003

Los derechos de los animales

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 12 de agosto de 2003

Dos películas recientes han abordado el tema. Ambas en forma marginal, y ambas en forma opuesta. Sin embargo, los dos filmes muestran que el debate sobre el derecho a utilizar animales en la investigación científica forma ya parte de los temas de cotidianos de discusión.

La primera película es Legalmente rubia 2 (sí, admito que a veces me gusta ver películas así de frívolas), donde la abogada protagonista descubre que la mamá de su perrito chihuahua está siendo usada como animal de pruebas por una compañía que fabrica cosméticos. Por ello, emprende una cruzada no sólo para liberarla, sino para lograr que se prohíba el uso de animales en este tipo de pruebas.

La segunda película, sin dejar de ser comercial, es menos frívola: se trata de Exterminio, que trata de un nuevo virus que se contagia casi instantáneamente y amenaza con acabar con la raza humana, pues transforma a las personas en una especie de zombis hiperviolentos (y con lentes de contacto rojos). Aquí, la referencia a los experimentos con animales se halla al inicio, cuando un comando de activistas pro derechos de los animales penetra en un instituto de investigación donde se está sometiendo a un grupo de chimpancés a pruebas que tienen que ver con la violencia. Cuando liberan a los monos, sin saber que estaban infectados, los activistas inician la epidemia.

Al hablar de derechos animales existen dos puntos de vista extremos y opuestos. El presentado en Legalmente rubia, es un ejemplo de lo que podríamos llamar el enfoque de los “defensores de la madre tierra”. Para ellos, los derechos de los animales son tan importantes como los de los humanos y nosotros no tenemos ningún derecho a utilizar animales para nuestros propios fines egoístas. Consideran inmoral el uso de animales para realizar experimentos científicos o pruebas clínicas. Algunos activistas justifican (en la vida real) la destrucción de laboratorios científicos donde se realiza investigación usando animales, y hay quienes abiertamente expresan la opinión de que los animales son moralmente superiores al ser humano: después de todo, ellos sólo matan por necesidad y no contaminan el planeta ni amenazan la supervivencia de las demás especies. Tengo la impresión de que detrás de esta visión está la idea de que todo lo natural es bueno, y todo lo artificial (es decir, los productos de la actividad humana) es nocivo.

El punto de vista opuesto, que podríamos llamar el de “los científicos salvadores de la humanidad”, lo expresa claramente en Exterminio por el investigador que descubre a los activistas cuando están liberando a los chimpancés: “para curar, antes hay que entender”. En efecto, la idea de quienes defienden la experimentación en animales es que se trata de un mal necesario, pues sólo así puede obtenerse información sobre, por ejemplo, un nuevo virus, o sobre los posibles efectos tóxicos de una nueva sustancia. Quienes piensan así aducen que sería peor, desde un punto de vista moral, usar humanos para realizar las pruebas o no realizarlas, pues se carecería entonces de información sobre la seguridad de las sustancias (o bien tendríamos que abstenernos de utilizar compuestos nuevos que podrían causar un gran beneficio).

Pero claro, luego de pintar las dos visiones extremas, el blanco y el negro, conviene matizar. Después de todo, los motivos de la protagonista de Legalmente rubia (que aunque sea toda una Barbie, con todo y vestiditos rosas, no es ninguna tonta; ese es el punto central de la película), no son totalmente frívolos. Es inhumano, argumenta, hacer sufrir a los animales sólo porque las señoras quieren disponer de maquillajes más durables o champús que dejen el cabello más sedoso. Y los activistas de Exterminio no están simplemente en contra de la ciencia: al entrar al laboratorio se encuentran a los chimpancés sometidos a lo que parece una tortura china, y liberarlos parece un acto de humanidad.

Es claro que nadie querría usar productos cosméticos que puedan resultar tóxicos o causar alergias: es preferible que hayan sido probados antes. Pero también lo es que nadie se muere si deja de usar cosméticos. Los investigadores de Legalmente rubia utilizan animales con fines comerciales y frívolos. En cambio, los investigadores de Exterminio trataban de hallar una cura para una enfermedad que podría causar millones de muertes. En este caso el uso de animales resulta más fácil de justificar.

Lo malo fue que los activistas de Exterminio no se molestaron en saber qué investigación se estaba realizando, ni quisieron ponderar la utilidad que pudiera tener: partieron del supuesto de que toda investigación en animales es inmoral y debe evitarse. Y quizá ahí está el error: en pensar que puede llegarse a valores absolutos que permitan resolver de una vez por todas este tipo de cuestiones.

En temas como éste, donde lo moral se mezcla con lo práctico, uno se da cuenta que la ciencia no es un sistema aislado de la sociedad que le da origen. Las respuestas simples, de todo o nada, no bastan: hay que discutir informadamente. ¿Quién hubiera pensado que algo así pudiera desprenderse de una película frívola?

martes, 5 de agosto de 2003

Tecnología: desilusiones y esperanzas

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 5 de agosto de 2003

Un querido amigo escribió una vez que, para muchos, la ciencia y la tecnología son sólo fuente de amenazas y promesas incumplidas. Amenazas, porque la ciencia y en especial la tecnología son vistas con recelo y hasta temor por gran parte de la población. La amenaza nuclear, las armas químicas, la contaminación del ambiente y la destrucción de la capa de ozono son ejemplos bien conocidos. Y sin embargo, muchas veces se pierde de vista que es precisamente gracias a la ciencia y la tecnología que podemos darnos cuenta de que existen estas amenazas, y que sólo utilizándolas podremos encontrarles solución.

En cuanto a las promesas sin cumplir, la lista es también larga: no sólo no hubo coches voladores en el año 2000 (como muchos de mi generación creíamos en nuestra niñez): ni siquiera se ha podido hallar una vacuna contra el sida, a 20 años del inicio de la pandemia. Mucho menos una cura contra el cáncer y ni siquiera contra el resfriado común.

Una desilusión reciente fue dada a conocer recientemente en los medios. Tiene que ver con la última moda tecnológica: la nanotecnología, que tiene como objetivo fabricar máquinas submicroscópicas, del tamaño de unos cuantos átomos (las distancias entre átomos se miden en nanómetros, millonésimas de milímetro; de ahí el nombre). Se supone, y así se muestra ya en películas de ciencia ficción, que estas nanomáquinas serán capaces de reparar los daños en el cuerpo humano, eliminar desechos transformándolos en sustancias inocuas o útiles, permitir la fabricación de computadoras mucho más potentes y pequeñas que las actuales, y en general revolucionar toda nuestra forma de vida.

Lo curioso es que nada de esto ha sucedido. He aquí algunos de los logros más sorprendentes que la nanotecnología ha logrado hasta el momento (hay que aclarar que se trata de logros que ya están a disposición del público, no de promesas que aún están a nivel de investigación). Entre ellas econtramos (prepárese para la sorpresa) ¡pantalones que no se arrugan y resisten manchas! (gracias a un recubrimiento especial que crea una capa protectora alrededor de las fibras de algodón); ¡pelotas de tenis que duran el doble! (porque un recubrimiento de nanopartículas evita que pierdan la presión de aire interior), y ¡cremas protectoras contra las quemaduras solares que son transparentes, y no blancuzcas como los protectores tradicionales! (debido a que la sustancia protectora que contienen, el óxido de cinc, que normalmente es blanco, se vuelve invisible cuando se administra en partículas de tamaño “nano”). ¿No es maravilloso? (Comentario sarcástico de este autor).

Lo gracioso es que hay quienes se alarman porque creen que la nanotecnología es parte de una conspiración para dominar el mundo, y además puede salirse de control y acabar con la raza humana, como ya se ha comentado en este espacio.

Pero no todo son chascos en la tecnología moderna: un equipo de científicos suizos y españoles está desarrollando un interesante mecanismo que quizá un día permita controlar una silla de ruedas utilizando sólo la mente. Esto podría ser de gran utilidad para individuos que estén totalmente paralizados debido a algún accidente o enfermedad.

El sistema se basa en un principio bien conocido: el cerebro produce ondas electromagnéticas como resultado de la transmisión de impulsos eléctricos entre las neuronas. Estas ondas, aunque son débiles, pueden captarse colocando electrodos en el cuero cabelludo (es el principio que se usa para realizar un electroencefalograma).

Pues bien: gracias a que se han identificado con bastante precisión las áreas cerebrales que se activan cuando se intenta realizar ciertos movimientos, estos científicos-tecnólogos han desarrollado un pequeño casquete que se coloca sobre la cabeza del sujeto, quien entonces “piensa” como lo haría para, por ejemplo, mover un brazo. El casquete recoge las ondas generadas por la zona correspondiente del cerebro y transmite la información –en forma inalámbrica- a una computadora en la silla. Ésta a su vez la traduce en órdenes como avanzar, detenerse, o girar a la izquierda o derecha.

En realidad, el sistema todavía se ha usado sólo para controlar un pequeño robot motorizado, pero los resultados con muy esperanzadores: con sólo dos días de entrenamiento, los sujetos de prueba lograron controlar los movimientos del robot casi tan bien como si usaran las manos. Por cierto, el robot, y seguramente la silla de ruedas, cuando se construya, tiene incorporado un sistema “inteligente” que evita las colisiones, lo cual facilita aún más el manejo mental.

Quizá un día no sólo los paralíticos, sino cualquiera de nosotros pueda manejar todo tipo de aparatos directamente con el cerebro (¿o es con la mente..? En estas cuestiones los términos de pronto se vuelven confusos). Me imagino lo que se sentirá marcar un teléfono con sólo pensarlo, o incluso escribir un texto como éste directamente en la mente, y ver cómo la computadora lo traduce a letras.

En lo personal, creo que veremos las sillas de ruedas con control mental más pronto que las maravillas nanotecnológicas. De cualquier modo, todo esto sólo demuestra que en ciencia y tecnología, como el la viña del señor, puede hallarse de todo.

martes, 29 de julio de 2003

Creencias

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 29 de julio de 2003

Al escribir de ciencia, es inevitable enfrentarse tarde o temprano a una realidad deprimente: siempre llevamos las de perder en la batalla por el espacio en los medios de comunicación. En todos lados hay muchos más mensajes relacionados con horóscopos, ovnis, medicinas alternativas y artes adivinatorias que espacios dedicados a conocimientos más o menos sólidos y confiables, como la ciencia, por ejemplo.

No quiero decir con esto que la gente no crea en la ciencia. Decir que algo está “científicamente comprobado” sigue siendo la mejor manera de dar credibilidad a cualquier cantidad de cosas extrañas (que una crema puede rejuvenecer el cutis, que una medalla logrará atraer el amor...). Incluso la iglesia católica ha utilizado el argumento de la comprobación científica para apoyar la credibilidad de “milagros” como la aparición de la virgen de Guadalupe o la sábana santa (lo cual hace que uno se pregunte si estarán hablando de fe, que por definición no requiere de pruebas, o si es precisamente la ausencia de fe la que los hace buscar la verificabilidad científica).

Pero con la ciencia sucede una paradoja: aunque su credibilidad respecto a cosas en las que uno no es experto es muy grande, al mismo tiempo el público está siempre dispuesto a cuestionar su validez cuando se trata de cosas relacionadas con creencias y supersticiones. “¡Qué van esos científicos a venir a decirme a mí que la (inserte aquí la creencia de su preferencia: homeopatía, tarot, astrología, quiromancia...) es un engaño, si yo la he utilizado durante años y sé que funciona!”

Precisamente este tema fue abordado en las páginas de Milenio Diario el pasado martes 22 de julio, en un reportaje en el que se examinaba la charlatanería de los supuestos “adivinadores” que resuelven por teléfono la vida de quienes los consultan. Se trata de un negocio redondo: la gente siempre tiene problemas, y está dispuesta a pagar con tal de que alguien le diga cómo solucionarlos. Una de las temáticas más gustadas es la de la infidelidad: existen cantidad de clarividentes dispuestos a darle a la persona angustiada todos los detalles de con quién la está engañando el ser amado –¡incluso hasta el color del cabello!–, todo con sólo hacer la llamada telefónica que, por supuesto, se cobra jugosamente.

Es un alivio que al menos un medio cuestione este tipo de engaños. Pero, para demostrar que donde menos se espera salta la liebre, para criticar la falta de ética de estos adivinadores telefónicos, en el reportaje de Milenio se citan las opiniones de una “experta”: Auraki, “reconocida tarotista argentina establecida en México”, a quien se presenta como parte de “un grupo selecto de adivinadores serios y comprometidos”, y que llega a afirmar cosas como que “hay ocasiones en que la energía de la misma persona puede manipular una contestación”, además de que emplea terapias complementarias como el reiki, que trabaja con “energía inteligente universal”.

¿En qué quedamos entonces? ¿Se cuestiona la validez de las charlatanerías, o se les da credibilidad? Desde un punto de vista científico, tan charlatanes son los clarividentes telefónicos como las tarotistas argentinas reconocidas (sobre todo si hablan de energía inteligente universal). Ni el tarot, ni ninguna otra arte adivinatoria ha podido demostrar nunca de forma confiable que pueda predecir el futuro.

¿Por qué, entonces, abundan tantos casos de personas que confían en adivinos? Una razón tiene que ver simplemente con la estadística: basta con hacer un número suficientemente grande de predicciones para que, necesariamente, algunas se cumplan. Sobre todo si son lo suficientemente vagas.

Pero no es sólo eso: los adivinadores son también expertos en lo que en inglés se conoce como cold reading: la habilidad de observar cuidadosamente el aspecto y las actitudes, movimientos, vacilaciones, tics y demás indicadores de la personalidad y de lo que la víctima está pensando en ese momento (incluso las inflexiones de la voz). Guiados de este modo, los adivinos van adaptando cuidadosamente sus palabras sobre la marcha para que coincidan con lo que la persona espera escuchar. El resultado, naturalmente, suele ser sorprendente: “¡no sé cómo lo supo, si yo no le dije nada!”

Quizá la verdadera razón del éxito de charlatanerías y supersticiones esté en que permiten hallar soluciones (así sean imaginarias) a los diarios dilemas de la vida; esperanza y seguridad en un mundo cada vez más confuso y violento. Y es que, si hay algo para lo que la ciencia no sirve, es para darle sentido a nuestras vidas. Uno no puede preguntarle a la ciencia qué nos depara el futuro ni qué hacer en una crisis personal. Sólo sirve para decirnos cómo es la naturaleza. Lo que hagamos después con ese conocimiento, y el sentido que busquemos para nuestras acciones y vivencias, sale de su ámbito de acción.

¿Logrará el pensamiento racional ganar los espacios en los medios que actualmente tienen las charlatanerías? Por desgracia no parece probable; al menos no mientras la cultura del público siga estando al nivel de la “línea psíquica” de Walter Mercado.

martes, 22 de julio de 2003

El novelista antidarwinista

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 22 de julio de 2003

El premio Rómulo Gallegos es uno de los más prestigiados en la legua española. Está dotado con cien mil dólares y lo han recibido, entre otros, novelistas como García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y uno de mis favoritos, Javier Marías. Este año lo ganó el colombiano residente en México Fernando Vallejo, por su novela El desbarrancadero.

Quizá usted conozca a Vallejo por La virgen de los sicarios, conmovedora y poderosa novela que muestra la violencia en Medellín a través del amor entre un maduro escritor homosexual y un joven sicario de 16 años. Fue llevada al cine recientemente, considero que con buenos resultados.

Pues bien: resulta que Vallejo, además de ser un excelente novelista, guionista, pianista (dicen quienes lo conocen) y un maestro en el arte de la provocación, es también biólogo. Y tiene sus muy particulares ideas acerca de esta ciencia, en especial sobre la teoría de la evolución por selección natural, formulada por Charles Darwin en su famoso libro El origen de las especies. Por ello, Vallejo escribió un libro de ensayos donde “refuta” a Darwin: La tautología darwinista (Taurus, 2002).

¿Qué opina Vallejo de Darwin y sus ideas? Quizá sea mejor que hable el autor mismo, en una entrevista concedida a Juan Villoro y publicada en 2002:

Darwin era un impostor. Y El origen de las especies, un libro estúpido, feo y mal escrito. Lo publicó ese impostor en 1859, 12 años antes de que Oscar Hertwig descubriera la fecundación del óvulo por el espermatozoide. ¿Cómo uno que no sabe que proviene de un óvulo fecundado por un espermatozoide se puede meter a explicar dizque “el origen de las especies”? El mecanismo que él propuso, el de la selección natural, es una tautología, una perogrullada, la vuelta del bobo, una explicación que no explica nada. Como la de Dios, que explica todo, ¿pero a Él quién lo entiende? Por supuesto que la evolución es una realidad, para mí tan clara como un día despejado con sol. Pero ésa no la descubrió él, la descubrieron otros.

La acusación es fuerte, como se ve. ¿Tendrá sustento? Después de todo, la teoría darwiniana ha sobrevivido durante casi 150 años con gran éxito explicativo (aunque con varias adiciones y refinamientos), y se ha convertido en la espina dorsal de toda la biología. “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”, reza una famosa frase, y cuando se dice “evolución” -al menos cuando lo dice un biólogo- se dice “selección natural”. Excepto si ese biólogo es Vallejo, claro.

Sin embargo, La tautología darwinista no es un libro charlatanesco escrito por un loco. Los ensayos son inteligentes y bien informados. Es sólo que el autor no acepta –no quiere aceptar– una explicación que no le parece convincente.

Y es que la idea central de Darwin, la selección natural, es tan simple que uno podría pensar que no la ha entendido bien. Explica la evolución de los seres vivos mediante dos mecanismos. Uno es el surgimiento de variaciones al azar en la descendencia –las famosas mutaciones. Otro, la selección de las variantes que estén mejor adaptadas al ambiente. Y aquí es la parte donde mucha gente se hace bolas, porque no es que haya alguien que seleccione a las especies o variantes mejor adaptadas. El que un individuo presente cierta característica puede hacer que sobreviva mejor que los otros. Que deje más descendencia y que su descendencia sobreviva también mejor que los demás. O sea, que esté mejor adaptada. Con el tiempo, los organismos mejor adaptados predominan, y los menos adaptados se extinguen. Eso es, en forma muy simplificada, la evolución.

Dicho de otro modo, decimos que los individuos (y las especies) sobreviven porque están mejor adaptados, y definimos que los “mejor adaptados” son precisamente los que han sobrevivido. He aquí la aparente tautología a que se refiere Vallejo.

Pero el punto es que la selección natural funciona. Y no sólo en biología: hoy se emplean algoritmos darwinianos para actividades tan distintas como la fabricación de fármacos y la creación (la “evolución”) de programas de computadora. Actualmente ningún biólogo serio cuestiona el darwinismo con la fiereza que lo hace Vallejo. Se trata, quizá, del último de su estirpe.

Congratulémonos, entonces, del libro –y el premio– de Vallejo. Es un texto inteligente, bien informado y que provoca a la reflexión. Y simpático, además, aunque el autor se empeñe en ser el malo de la película. Quizás son las mismas razones que hay para leer sus novelas. Lástima que, en este caso, su lucha contra Darwin esté perdida de antemano.

Ah, por cierto, a pesar de haber anunciado su retiro como novelista con La rambla paralela, Vallejo amenaza con publicar un libro de ensayos sobre física, donde sostiene que “la gravedad y la luz no son comprensibles, y los que nos están dando a entender con ecuaciones matemáticas que las entendieron, como Newton, Einstein y los físicos de la física cuántica, son unos impostores”. Seguramente, al igual que La tautología darwinista, será un libro polémico y muy interesante. Lo estaremos esperando.

martes, 15 de julio de 2003

¡Implantes extraterrestres!

Martín Bonfil Olivera

Milenio Diario, 15 de julio de 2003

El viernes 4 de julio, en un periódico de la capital, leí una noticia que me dejó perplejo. El famoso Jaime Maussán, que aparece en radio, televisión, revistas y conferencias hablando del “fenómeno ovni” y mostrando imágenes de supuestos platillos voladores, declaraba categórico que no tiene implantado un chip extraterrestre.

La afirmación, estará usted de acuerdo, sale un poco de lo común. No sólo por suponer que alguien pudiera tener implantado en su cuerpo un artefacto de origen extraterrestre. Sino porque, en todo caso, y conociendo su discutible trayectoria, uno hubiera esperado que Maussán afirmara exactamente lo contrario: que el artefacto existe y tiene origen extraterrestre.

Curiosamente, la noticia parece justo cuando Maussán acaba de lanzar su nueva página web, www.losovnis.tv, donde, según anuncia, ofrece “no sólo información sobre los ovnis, sino también sobre naturaleza, ciencia y salud”.

La página Maussán tiene varias secciones, que resultan de lo más interesante. En una de ellas, por ejemplo, se anuncian “documentos secretos”, que no son otros que los “documentos Majestic” (deben ser famosísimos, pero yo en mi vida los había oído nombrar). Sólo que, y esto es muy chistoso, en vez de presentar los dichos documentos o al menos dar una idea de su contenido, la página sólo muestra una foto de la primera página. Y ya.

Otra sección habla de los círculos que han aparecido en los campos de trigo (¿recuerda usted la película Señales?). Los ovniólogos afirman que son hechos por extraterrestres, pero está ampliamente probado que son producto de humanos muy bromistas, y que son relativamente fáciles de hacer.

Hay otras secciones, pero apuesto que la favorita de Maussán es la tienda. Claro, no podía faltar la oportunidad de vender los productos de años de trabajo de este comunicador, quien ha venido juntando un público siempre dispuesto a maravillarse con los secretos de nuestros amigos extraterrestres. Videos, DVDs, libros, membresías a la página (?), todo se puede adquirir en forma cómoda y segura por internet, mediante una tarjeta de crédito. Pero no vaya usted a penar que se trata de un negocio. Se trata sólo de un “servicio” más que este “audaz investigador”, como se modestamente se describe a sí mismo en su semblanza (casi me dan ganas de llamarlo héroe) ofrece al público mexicano, para mantenerlo alerta sobre este importante fenómeno.

La pregunta que uno se hace es, ¿de veras habrá gente que crea en estas cosas?. La respuesta, por desgracia, es positiva. La credulidad del público cuando se trata de fenómenos paranormales, seres extraterrestres y demás, es ilimitada, y gracias a ella personas como Maussán hacen negocio. (Otra pregunta interesante, aunque incómoda, sería “¿realmente cree Maussán en todo ello?”.)

Las pruebas en que se sustenta la creencia en platillos voladores son prácticamente inexistentes. Ninguna de ellas, ni fotos, ni fragmentos de naves, ni testimonios de personas “abducidas”, han resistido el más elemental análisis por expertos. ¿por qué entonces cree la gente en ello? Quizá por la necesidad de creer en que hay algo maravilloso en este mundo tan lleno de malas noticias.

Y sin embargo, visto desde un punto de vista científico, todas las “maravillas” que el “fenómeno ovni” ofrece a sus fans palidecen ante el verdadero conocimiento científico. A diferencia de lo que ofrecen los ovniólogos, la ciencia nos ofrece una visión del mundo que puede entenderse (no sólo creerse). Visión que, además, evoluciona, es decir, aprende de sus errores y los va corrigiendo, en un afán de acercarse lo más posible a la realidad. No es, como ha dicho Maussán, que los científicos sean “muy cerrados”, sino que no quieren dejarse engañar por lo que quieren creer, y se fuerzan a aceptar sólo los hechos que están respaldados por evidencia.

En realidad se trata de la lucha entre dos visiones opuestas del mundo. Una, la seudociencia, busca reconfortar, asombrar y presentar historias muy interesantes, siempre y cuando vendan bien y sean fáciles de entender. La verdadera ciencia, en cambio, cuesta un poco más de trabajo de entender y a veces nos decepciona, como cuando nos dice que lo que habíamos creído hasta ese momento resulta no ser cierto, o cuando nos confiesa no tener respuesta para nuestras preguntas. Pero pregúntese usted, querido lector o lectora, ¿cuál se parece más a la vida real y cuál a un bonito cuento de hadas? (Claro que no tiene nada de malo disfrutar los cuentos de hadas, pero de ahí a creer que se vive en uno, y todavía más, a cobrar por ello, hay un gran trecho).

Para terminar, quisiera aclarar que a mí nunca se me ocurriría pensar que el señor Maussán estuviera aprovechando este minúsculo escándalo para hacerle propaganda a su nueva página web. Aunque, gracias a ello, logró ver publicada su dirección en el periódico que leí (y también en éste, ahora que lo pienso...). Aunque los políticos utilizan estrategias de este tipo para conseguir publicidad gratis, estoy seguro de que el Señor de los Platillos Voladores sería incapaz de lanzar un rumor por internet sólo para tener la oportunidad de desmentirlo y aparecer así en la prensa, a tiempo de presentar su nuevo proyecto. No, yo nunca pensaría tal cosa.

miércoles, 9 de julio de 2003

¿Adiós a la clonación humana?

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 9 de julio de 2003

Lo que prometía ser uno de los debates más acalorados del principio de siglo, la posibilidad de clonar seres humanos, acaba de recibir un cubetazo de agua fría: mami naturaleza dice que siempre no, que la cosa no será posible por el momento.

Desde la creación de la oveja Dolly, la posibilidad de clonar seres humanos se había discutido ampliamente. Se erguían amenazadoras las profecías apocalípticas de Aldous Huxley, en su famosa novela Un mundo feliz. Y no faltaba razón para estar preocupado: las implicaciones éticas de la clonación de humanos no son triviales, especialmente si se combina con la manipulación genética de los embriones clonados.

No es que se trate, como muchos despistados creen, de “duplicar” seres humanos: un clon es una réplica a nivel genético, pero la personalidad (entre otras características como los lunares, por ejemplo) no dependen directamente de los genes: son moduladas por el entorno y el desarrollo individual. En otras palabras, no se podría esperar que un clon humano fuera más parecido a su “original” que un hermano gemelo a otro: las fantasías de clonar a Hitler o a Einstein no tienen mayor fundamento.

Pero sí hay consideraciones éticas importantes. Alguien podría clonar un humano para obtener órganos para transplantes (como serían genéticamente idénticos, no generarían rechazo). Después de todo, ya ha habido (en Estados Unidos, ¿dónde más?) padres que conciben un hijo para contar con un donador y así salvar la vida de otro, que requería un transplante.

Otro problema es el bienestar y desarrollo psicológico del clon, que desde luego tendría todos los derechos de cualquier ser humano, pero sin embargo estaría sometido a fuertes presiones sociales. Antes que nada por ser un clon, pero además por la expectativa de que se pareciera a su progenitor. ¿Podría un niño desarrollarse en forma normal en estas condiciones?

La cuestión parecía muy alarmante a fines del año pasado, cuando la secta raeliana anunció que había producido al clon humano, una bebita supuestamente llamada Eva. Al final, todo quedó en palabrería, pues la secta nunca presentó pruebas.

Afortunadamente, parece que la discusión de estas graves cuestiones podrá posponerse: el 11 de abril se publicó en la prestigiosa revista Science un artículo que echa por tierra, al menos temporalmente, la posibilidad de clonar humanos.

Recordemos cómo se lleva a cabo la clonación. Para clonar a Dolly se tomó el núcleo de una célula de la oveja original. A continuación se eliminó el núcleo de un óvulo fecundado de otra oveja, para “desprogramarlo”, y se le insertó el núcleo de la oveja a clonar. El óvulo siguió el programa genético contenido en el nuevo núcleo y comenzó a dividirse hasta dar origen a un embrión que maduró en convertirse en Dolly.

Resulta que al tratar de clonar primates (grupo al que pertenecen ciertos monos y el hombre) se habían encontrado muchas dificultades. Sólo un intento entre cientos ha resultado exitoso, y la razón la encontró un grupo de investigadores coordinado por Gerald Schatten, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh.

Estudiando monos rhesus, Shatten halló que los óvulos a los que se les había transferido el núcleo comenzaban a dividirse, pero las células que se producían tenían números anormales de cromosomas (las madejas de ADN y proteínas que almacenan los genes dentro del núcleo). ¿A qué se debe esto?

Quizá recuerde usted de sus clases de biología aquella especie de danza que llevan a cabo los cromosomas cuando una célula se divide: la mitosis. Primero se duplican y luego se acomodan, formado parejas, en el ecuador del núcleo. Finalmente, se separan, desplazándose hacia los polos de la célula, de modo que cada nueva célula tiene un juego completo de cromosomas idéntico al de la célula original.

Antes se describía la mitosis como un proceso casi mágico, pero hoy se conocen las proteínas que arrastran a los cromosomas, acomodándolos como es debido. Algunas forman una especie de “rieles” (el llamado “huso mitótico”) y otras son pequeños motores moleculares que, como locomotoras, arrastran a los cromosomas a lo largo de esos rieles.

El hallazgo de Schatten es que, a diferencia de lo que sucede en otras especies animales que han sido clonadas (ovejas, vacas, ratones...), en los monos rhesus –y probablemente también en humanos- algunas de las proteínas que forman los rieles y las locomotoras están muy unidas al núcleo. Al eliminarlo, antes de introducir el nuevo núcleo, se eliminan también estas proteínas, y eso hace que al dividirse la célula, sus descendientes tengan cromosomas de más o de menos, lo cual a su vez ocasiona que el feto sea abortado.

Inicialmente, los opositores de la clonación estaban felices, pero ya se dieron cuenta de que el descubrimiento, al identificar la causa del fracaso, constituye también el primer paso para superarlo. Quizá pronto se logre clonar un humano, pero por el momento tenemos un respiro para discutir ampliamente qué haremos cuando sea posible clonar humanos.


miércoles, 2 de julio de 2003

Hulk y la ciencia

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 2 de julio de 2003

Si usted, como yo, gusta de ir al cine, y se atreve a ver estrenos comerciales, quizá haya ya visto el último producto hollywoodense: la película del monstruo verde llamado “The Hulk” (algo así como el gigantón).

El filme pretende ser de ciencia ficción, aunque de ese tipo especial de ciencia ficción que es más fantasía desbocada que otra cosa. En particular, se trata de uno más de esos que últimamente se han puesto de moda, y que se derivan de los cómics. Luego de Supermán y Batman, de la famosa DC Comics, llegan los personajes de la compañía rival, la Marvel, de Stan Lee. El Hombre Araña fue el primero, seguido de cerca por Daredevil. Quizá pronto, gracias a la computación, podamos ver una versión de los 4 Fantásticos.

Hulk es un héroe poco atractivo: aunque tiene fuerza sobrehumana, es tonto y destruye todo a su alrededor. Con esos elementos no podía esperarse una gran trama. Y sin embargo, la mole verde tuvo en los ochenta su propio programa de TV, que este autor confiesa haber visto con cierta frecuencia (era malísimo). En la película, el director Ang Lee logra convertir la poco prometedora fórmula en un filme más que decente... si uno no olvida que se trata de cine comercial y hace caso omiso de lo poco real que se ve el monstruo de computadora (que ha sido descrito como “Schrek con esteroides”).

A diferencia de la ciencia ficción de a deveras, en Hulk nos encontramos numerosas incongruencias que son, vistas desde la ciencia, imposibles de justificar, y como tales rompen con la verosimilitud de la película. El monstruo es capaz de brincar cientos de metros de un solo salto, correr a cientos de kilómetros por hora o aventar un tanque como si fuera un costal, por no mencionar que, dependiendo de qué tan enojado esté, crece hasta casi tamaño King Kong. Esto rompe leyes tan elementales como las de Newton (al saltar de esa manera, la aceleración haría que su cuerpo quedara destrozado en el camino, por ejemplo). Y su crecimiento rompe con la ley de conservación de la materia. Pero en fin, no se trata de ponerse quisquilloso, que es la mejor manera de echar a perder una película.

Hulk apareció en 1962, cuando todos los héroes de cómic debían sus poderes a algún tipo de radiación (eran tiempos post-Hiroshima). El Hombre Araña fue picado por una araña radiactiva; Daredevil se golpeó con material radiactivo; los 4 Fantásticos recibieron un baño de rayos cósmicos, y Hulk absorbió una fuerte dosis de rayos gamma en un experimento fallido (lo cual también es absurdo: la radiación lo habría matado rápidamente).

Como se sabe, las radiaciones producen mutaciones (es decir, alteran la estructura de las moléculas de ADN, que contienen la información genética de nuestras células). En los cómics, la suposición era que las radiaciones tendrían efectos impredecibles, pero siempre asombrosos, en la víctima.

Pero hoy la física ha sido suplantada por la biología como la ciencia de más rápido avance (y por tanto más amenazadora). Estamos en la era de la genética, y esta evolución tenía necesariamente que reflejarse en las películas. Así, el Hombre Araña del cine fue picado por una araña transgénica, y Hulk, antes de recibir los rayos gamma que desataron sus poderes, había sido también modificado genéticamente por su padre.

Pero todavía hay más: dentro de las “amenazas científicas” que hacen las delicias de quienes temen a la ciencia (casi siempre porque no la entienden), la última moda es la nanotecnología, que aspira a producir máquinas de tamaño molecular. Los guionistas de la película hicieron su tarea, y lograron introducir, además de radiaciones y genes, un tercer elemento para explicar los increíbles poderes de Hulk: los llamados “nanomeds”, que no son otra cosa que máquinas submicroscópicas como las que sueñan los nanotecnólogos de la actualidad, con capacidad para reparar los daños que sufra el cuerpo humano. Se genera así un verdadero coctel fantasioso de tecnologías amenazantes.

Éste no es el único aspecto “anticientífico” de la película. A diferencia de muchos relatos de ciencia ficción comercial, el cómic original de Hulk no era un simple refrito del mito de Frankenstein (el científico ambicioso, en su afán de ser dios, desata fuerzas más allá de su control, que finalmente se vuelven en su contra). Después de todo, Bruce Banner (Hulk) es un científico, y está en perpetua búsqueda de un remedio a su monstruosa condición. La ciencia causó su problema, pero es también la única fuente de una posible solución. Banner no abandona su fe en la ciencia, a pesar de todo.

Desgraciadamente, los guionistas sintieron la necesidad de introducir el estereotipo en la figura del padre de Banner: el típico científico ambicioso que recibe su justo castigo (¡incluso hay una escena en donde habla de “ser como dios”!). Es una lástima, pues con ello la cinta vuelve al repetido mito frankensteiniano.

¿Habrá manera de hacer una película de este tipo en que la ciencia no sea un fuerza del mal, sino algo más cercano a lo real (es decir, una de las mayores fuentes de avances útiles al ser humano)? Al menos, valdría explorar la posibilidad. Mientras tanto, como nos dicen al entrar al cine, disfrute la película.

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domingo, 22 de junio de 2003

Termina la temporada de SRAS

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 22 de junio de 2003

Ante la reciente epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), los mexicanos no sentimos la necesidad de correr a comprar cubrebocas, y tuvimos razón, pues afortunadamente la infección no llegó a nuestro país. Pero para los compatriotas que tenían que viajar a países en los que el SARS estaba presente y había llamados precautorios de la Organización Mundial de la Salud para evitar todo viaje que no fuera estrictamente necesario, como Canadá, Taiwán y, desde luego, China (la cuna del nuevo mal), la decisión sí tenía cierta importancia.

Hoy, después de varios meses de alerta mundial, parece que la epidemia de “neumonía atípica” se acerca a su fin. Al menos eso indican las agencias noticiosas, así como las gráficas de la Organización Mundial de la Salud, que muestran un aumento vertiginoso en el número de casos en enero, para llegar al máximo a fines de marzo, con un nuevo aumento a mediados de abril. A partir de ese momento, los nuevos casos han ido disminuyendo rápidamente. Si en efecto, se trata del final de la epidemia, el saldo habrá sido aproximadamente 800 muertos y alrededor de 8 mil 500 infectados en todo el mundo. Nada descarta, claro, que resurja inesperadamente.

La epidemia deja varias cosas en qué pensar. Una es la inquietante posibilidad de que sigan apareciendo nuevas enfermedades a partir del contacto entre animales y humanos. Otra es la dinámica que siguen estas infecciones –su epidemiología–, que determina qué tan difícil resultará controlarlas.

Parece que el SARS surgió del paso de un virus animal, probablemente del gato de algalia o “civet cat”, considerado un manjar en China, a la especie humana. El problema es que los virus se caracterizan por su casi increíble flexibilidad y promiscuidad genética.

Un virus no es más que un trozo de ácido nucleico, una cadena de genes, rodeado de una capa protectora de proteínas, más algunas enzimas que lo ayudan a reproducirse una vez que entra en una célula. Una vez dentro, los virus pueden, además de copiarse a sí mismos, mezclarse con los genes de la célula que infectan o con los de otros virus que también hayan infectado a la misma célula, con lo que aquello se convierte en una especie de pequeña orgía a nivel molecular (o, si lo prefiere usted, en un laboratorio de ingeniería genética en miniatura).

Esto es lo que permite que, cuando entramos en contacto con virus animales –por ejemplo, al comer animales exóticos–, estemos facilitando la formación de nuevas combinaciones de genes que, de vez en cuando, dan origen a un nuevo virus capaz de causar una epidemia. El virus Ébola, surgido en África a partir del consumo de monos verdes, y que causó un alarmante brote de fiebre hemorrágica en 1995, es un ejemplo. El del sida es otro. La facilidad con que actualmente se puede viajar, en sólo unas horas, de un extremo a otro del mundo, junto con el aumento en la población humana, que invade áreas antes poco exploradas, facilitan estas novedosas (y peligrosas) mezclas.

Y sin embargo, las epidemias causadas por los virus del SARS, Ébola, y sida son muy diferentes. ¿Por qué? Los tres son (o pueden ser) mortales; los tres tienen genes hechos de ARN (ácido ribonucleico, primo del ADN de nuestros genes). Pero la respuesta está en la facilidad con que infectan a sus víctimas y qué tan rápidamente las matan.

El Ébola es sumamente infeccioso (basta con el contacto corporal), y mata al 90 por ciento de los infectados. El sida, en cambio, requiere que haya intercambio de fluidos corporales y lesiones que permitan su entrada al cuerpo, circunstancias que sólo se dan en condiciones muy particulares, como sucede durante el contacto sexual sin protección. Actualmente la cantidad de personas infectadas que mueren por VIH es muy bajo, y está bajando más gracias a los modernos tratamientos anti-retrovirales.

El SARS, por su parte, resulta medianamente infeccioso: al parecer, se requiere de contacto directo, aunque está en cuestión si también puede transmitirse por gotas de estornudo u objetos contaminados. Su mortalidad se encuentra alrededor del 15 por ciento, según los últimos reportes (inicialmente se pensaba que era de sólo el 4 por ciento).

El resultado de esto es que, mientras que las epidemias de Ébola son casi autolimitadas, pues la enfermedad se manifiesta casi de inmediato y mata rápidamente a casi la totalidad de sus víctimas (con lo que el virus rápidamente se queda sin portadores), el sida, a pesar de su tasa de infección relativamente baja, ha podido extenderse por todo el mundo durante décadas gracias a que sus síntomas tardan en manifestarse, por lo que los portadores pueden ir infectando a otras personas durante años.

En el caso del SARS, el aparente fin de la epidemia probablemente se deba a su alta infecciosidad y su mortalidad medianamente alta. Lo cual no quiere decir, claro, que podamos olvidarnos de él. Los brotes de Ébola que se presentan de vez en cuando son un recordatorio. La única estrategia que nos puede proteger de ésta y de otras nuevas enfermedades que surjan será un amplio sistema de detección y protección epidemiológica, como el que se implementó rápidamente, a nivel mundial, ante la amenaza del SARS. Menos mal que existen los epidemiólogos.

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jueves, 8 de mayo de 2003

El príncipe Carlos y la anticiencia en México

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 8 de mayo de 2003

Hace unos días el príncipe Carlos de Inglaterra alertó sobre una nueva amenaza que se cierne sobre la humanidad. Se trata de la “plasta gris” (grey goo), que de acuerdo con el periódico inglés The Guardian, consiste en “la destrucción del ambiente, quizás del mundo, por robots más pequeños que los virus”, capaces de reproducirse y fuera de control. El príncipe solicitó a la prestigiosa Royal Society que discutiera los “enormes riesgos ambientales y sociales” de esta nueva tecnología.

El episodio, naturalmente, ha provocado una gran cantidad de burlas, y resultaría cómico si no fuera porque la amenaza de la “plasta gris” está siendo tomada en serio no sólo por sus inventores (ETC, o Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración), sino por un público desinformado y susceptible de ser manipulado.

Cuando me enteré de que ETC convocaba a una mesa redonda sobre los peligros de la tecnología, decidí asistir. Me imaginé que la experiencia sería novedosa, pero nada me había preparado para algo tan alucinante.

El título de la mesa, celebrada el 30 de abril en la Facultad de Economía de la UNAM, era bastante descriptivo: “La convergencia tecnológica (nanotecnología, biotecnología, informática...) ¿el futuro de la ciencia?”. Para dar una idea del tono del discurso, reproduzco una frase de uno de los boletines: “La unidad operativa de las ciencias de la información es el bit, la nanotecnología manipula los átomos, las ciencias cognitivas se ocupan de las neuronas y la biotecnología explota los genes. Las iniciales de bit, átomo, neurona y gen integran la palabra BANG. Fusionar estas tecnologías en una sola, dicen sus promotores, llevará a una revolución industrial gigantesca y a un ‘renacimiento’ de la sociedad que garantizarán la dominación de Estados Unidos tanto militar como económica en el siglo 21”.

El auditorio estaba lleno de chavos. Entre los ponentes se encontraba el canadiense Pat Mooney, director ejecutivo de ETC y autor del texto “La inmensidad de lo mínimo”, que causó la alarma del príncipe Carlos (y que puede consultarse en la página del grupo, www.etcgroup.org/article.asp?newsid=396).

Dicen que tememos lo que no entendemos. Lo que encontré en las ponencias fue una gran ignorancia. Una mezcla en partes iguales de ciencia ficción desbocada y fantasías totalitarias a la George Orwell, todo sazonado con una buena dosis de Frankenstein, el mito anticientífico por excelencia. La primera oradora fue Silvia Ribeiro, columnista de La Jornada (diario que, curiosamente, desde hace meses dejó de publicar su suplemento semanal de ciencia), quien ha entrado en polémicas con científicos serios por publicar noticias tendenciosas y poco fundamentadas sobre supuestos efectos nocivos de maíz transgénico en cerdos.

La información que se proporcionó, a pesar de estar presentada en un lenguaje tecnocientífico, estaba llena de errores conceptuales, algunos leves, como la afirmación de que "a escala nanométrica, los átomos de oro son rojos” (un átomo no puede tener color, pues su tamaño es menor que la longitud de onda de la luz visible) hasta confusiones graves como un concepto de nanotecnología (tecnología a la escala de millonésimas de milímetro) que es incompatible con la química, pues supone que se pueden manipular los átomos como si se tratara de ladrillos. Al respecto Phil Moriarty, químico de la Universidad de Nottingham, explica en The Guardian que “los átomos son muy, muy pegajosos. Forman enlaces. Así que esta idea de moverlos a voluntad y ponerlos donde queramos no es muy correcta. Así no funciona la naturaleza, ni la ciencia”.

De cualquier modo, uno se podría preguntar: ¿qué hay de malo en ello? Si lo entiendo bien, el objetivo de ETC es evitar el desarrollo incontrolado de la ciencia y la tecnología y su uso como formas de dominación. Una agenda muy loable. Pero no es válido hacerlo con ignorancia o, peor, con falacias.

La perspectiva adoptada por ETC parte de un prejuicio no explicitado: el de que la ciencia es, antes que nada, peligrosa. Los integrantes del grupo desconfían de la ciencia, pero al mismo tiempo le atribuyen poderes casi mágicos. Para desacreditarla presentan medias verdades. Confunden ciencia con tecnología. Mencionan sólo los posibles aspectos nocivos de las nuevas tecnologías y los exageran grandemente: toman algo que quizá podría suceder y lo anuncian como si fuera una amenaza real. Conviene recordar la moratoria que se aplicó en los años setenta a la tecnología de ADN recombinante: luego de pocos años, las restricciones fueron abandonadas por innecesarias, y a la fecha no ha habido en el mundo una sola muerte o enfermedad humana producidas por la ingeniería genética.

De hecho, uno podría sospechar que hay motivos más oscuros detrás del movimiento. Porque el resultado de esta campaña contra la ciencia es que, mientras los países del tercer mundo siguen debatiendo si las nuevas tecnologías son imperialistas, inmorales o peligrosas, los Estados Unidos continúan desarrollándolas y sacándoles provecho, con lo que la brecha que nos separa de ellos se agranda más y más.

Los divulgadores de la ciencia tenemos una visión distinta: la ciencia y la tecnología son antes que nada útiles. Su aplicación benéfica puede lograrse sólo a través de una amplia apreciación y comprensión pública, que evite malentendidos y exageraciones como las que difunden estos grupos y logre que los ciudadanos participen responsablemente en las decisiones relacionadas con ellas.

Fomentar el rechazo a la ciencia es asegurar nuestro atraso. Y, finalmente, no apreciar la ciencia y la tecnología es perderse de dos de los más elevados logros intelectuales de la humanidad.

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sábado, 1 de enero de 2000

Excesos de principio de año

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en La Crónica de Hoy, 1o de enero de 2000

De regreso de unas agradables vacaciones en Puerto Vallarta, aprovecho para comentar algo que leí por allá. El primero de enero, como no tenía acceso a mis periódicos habituales, leí Mural (periódico hermano de Reforma y El Norte), y encontré dos notas relacionadas con la ciencia que llamaron profundamente mi atención.

Una era un recuento de los principales acontecimientos del siglo XX. Una alarmante frase señalaba: “La medicina sucumbe ante el sida”. Inmediatamente saltó mi sentido de la injusticia. ¿Por qué echarle la culpa a la medicina -e indirectamente, a la ciencia, médica y de la otra- por no haber sido capaces, todavía, de encontrar un remedio para este mal? Si el periodista que redactó la nota hubiera estado un poco mejor informado, habría redactado algo así como “la medicina moderna logra, en un tiempo sorprendentemente corto a partir de su aparición, descubrir la causa del misterioso síndrome de inmunodeficiencia adquirida, y describir con gran detalle la estructura y funcionamiento de su causante, el virus de inmunodeficiencia humana”.

En efecto: es sorprendente la rapidez con la que, a partir de la aparición de la epidemia en los años ochenta, la ciencia biomédica logró, primero, identificar al virus causante del sida, y después, descifrar su estructura molecular detallada -incluyendo su secuencia genética completa- y el mecanismo mediante el cual infecta a las células del sistema inmunitario y deja al enfermo a merced de una variedad de infecciones oportunistas. Nunca antes en la historia de la medicina había sido posible enfrentar a un enemigo tan poderoso (tanto por la rapidez con que la pandemia se diseminó por todo el mundo y todo tipo de poblaciones, como por la gravedad de los daños que causa a los individuos infectados) y llegar a conocerlo tan a fondo en tan poco tiempo. El que todavía no se cuente con una vacuna o una cura es testimonio no de la incapacidad de la medicina moderna, sino de la complejidad del mecanismo mediante el que el virus ataca a sus víctimas.

La medicina científica (única que ha servido de algo ante la pandemia), lejos de “sucumbir ante el sida”, ha proporcionado a los individuos infectados una variedad de fármacos y tratamientos que, si bien no los curan, sí alargan su periodo de vida sana, al grado de que hoy es posible concebir que un individuo infectado pueda llevar una vida relativamente normal en forma indefinida. Y, sobra decirlo, cualquier esperanza que tengamos de hallar una solución al problema provendrá no de aguas de Tlacote, velas aromáticas, pensamientos positivos ni votos de fidelidad, sino precisamente, de los logros de la moderna ciencia biomédica.

En el fondo, el comentario muestra, una vez más, que la ciencia sigue siendo concebida como una caja negra en la que uno mete problemas y de la que salen soluciones. Y el científico sigue siendo visto simplemente como un inventor, alguien que busca soluciones a problemas. Pero hablaremos más de esto en una próxima ocasión.

Pasemos al otro comentario que llamó mi atención. El periódico jalisciense presentaba opiniones del famoso “futurólogo” Alvin Toffler, autor de El shock del futuro, quien, luego de hablar acerca del surgimiento de algo que llamaba individuos “post-humanos” (?) predecía que en el siglo XXI ¡descubriremos vida extraterrestre! En este caso, lo que me intrigó es cómo puede saber algo así.

No se me malinterprete: si bien soy un decidido opositor de farsantes que dicen tener pruebas de la existencia de extraterrestres (si adora usted a Jaime Mausán, por favor no se moleste en mandarme mensajes iracundos), soy también ferviente admirador del difunto Carl Sagan. Y él siempre mantuvo la gran ilusión (fundamentada) de que, tomando en cuenta el tamaño del universo, la cantidad de planetas apropiados que posiblemente contiene (hoy hemos hallado ya alrededor de una decena de planetas en otros sistemas solares, algunos semejantes al nuestro) y la probabilidad de que, dadas las condiciones adecuadas, la vida surja con relativa facilidad en estos planetas (probabilidad cada vez más avalada por los estudios científicos sobre el origen y evolución de la vida), había grandes probabilidades de que no fuéramos la única forma de vida, y ni siquiera la única especie inteligente en el cosmos.

Lo que me intrigó de la afirmación de Toffler fue cómo puede saber que será precisamente en el siglo XXI que hallaremos pruebas de esta vida extraterrestre. Al predecir algo así, el famoso escritor se olvida de una de las bases del pensamiento científico: no se puede hablar de algo que no se sabe (cosa que ya nos habían enseñado Sherlock Holmes y el filósofo Ludwig Wittgenstein). Bastaría con que hubiera dicho “es posible”, o “hay mayores probabilidades”. Pero al afirmar con tal seguridad algo sin fundamento Toffler cae fuera del ámbito de lo serio. Aunque eso sí, sus declaraciones siguen siendo dignas de la primera plana.


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