miércoles, 29 de julio de 2009

Reflexionar la cultura científica

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 22 de julio de 2009

A Graciela González, lectora austral

La semana pasada protestaba yo en este espacio contra la falta de cultura científica que se hace evidente en tantos aspectos de nuestra sociedad.

Entre las variadas respuestas que recibí, me llamó la atención la carta de una lectora ¡de la Patagonia!

Proponía que mi concepto de “incultura científica” es una simplificación inadecuada. Se preguntaba si las creencias de tipo místico o mágico de los “pueblos originarios” de Latinoamérica debían ser clasificados entre las “creencias absurdas” que, decía yo, están suplantando a la ciencia en la mentalidad de nuestros ciudadanos.

Muchas de estas creencias autóctonas se basan en un respeto al ambiente, y tienen valor de supervivencia y conservación, aunque no estén basadas en la ciencia. Y al contrario, muchas veces se causa daño ambiental en aras del avance científico-técnico.

Entonces, ¿qué tan deseable es la cultura científica; qué tan dañinas las “creencias absurdas”?

Pero habría que aclarar que cuando hablé de creencias absurdas tenía en mente charlatanerías como horóscopos, niños índigo o curaciones cuánticas. Hay muchos ejemplos de, por ejemplo, terapias tradicionales eficaces —y otras que son completamente inútiles, claro—, y prácticas ambientales autóctonas que resultan mejores que las propuestas modernas… aunque, ojo, no siempre.

Mi lectora se preguntaba también si tiene sentido exigir cultura científica a una población con gran número de pobres y excluidos, sin opción ya no de consultar a una astróloga, sino de recurrir a un sistema de salud decente.

Tiene razón: fomentar la cultura científica es una labor utópica. Pero el que existan problemas como la pobreza o la injusticia no impide que valga la pena difundir la cultura, científica o no. Son problemas que hay que abordar en paralelo.

Coincido con mi lectora: “el concepto de incultura científica hace referencia a un proceso histórico-político-social complejo y multidimensional”.

Aun así, insisto en que una cultura científica amplia en nuestra población es un primer paso para el desarrollo de un sistema científico-tecnológico-industrial que, a mediano plazo, redundará en un mejor nivel de vida para nuestros pueblos.

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miércoles, 22 de julio de 2009

Luna e incultura

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 22 de julio de 2009

El pasado lunes, 40 aniversario de que el humano pisara la luna, los conductores del programa El Weso, en W Radio (del que soy fan) dieron muestra de una lamentable incultura científica.

Ante la pregunta de si el alunizaje fue real —habrá usted oído las tonterías de que fue un montaje filmado en un estudio de TV—, respondieron que ¡“nunca lo sabremos”! Y Fernando Rivera Calderón añadió que ir a la luna “no sirvió de nada” (yo pregunto, admirado Fernando, ¿y la poesía sí sirve de algo? Se trata, más bien, de cuestionamientos mal planteados). Tuvo que ser Rodolfo Neri Vela, primer mexicano en salir al espacio, quien les enmendara la plana.

El problema no son nuestra falta de información y tendencia a creer en complots, que nos llevan a no estar siquiera seguros de uno de los mayores logros científico-técnicos de la historia. Lo grave es constatar que la ciencia sigue ausente de la cultura popular del mexicano, y está siendo suplantada por todo tipo de creencias absurdas.

Más ejemplos: la astróloga Amira, también en W Radio, anuncia: “¿Sabías que la posición de los astros puede influir directamente en tu salud, tus finanzas y hasta en el amor?”. No, señora: sabemos perfectamente que la posición de los astros no influye ni directa ni indirectamente en nada de eso, y propagar estas ideas falsas y además cobrar por ello es una estafa. ¿Por qué la Procuraduría del Consumidor no hace nada al respecto?

El viernes, un columnista de MILENO Diario publicó que el “21 de diciembre de 2012… sucederá un fenómeno astronómico que ocurre cada 26,000 años: el sol se alineará con el centro de la Vía Láctea… donde hay un agujero negro, fabricante y destructor de estrellas”.

Y añade que “Los mayas señalan ese día como fecha final en su calendario”. (Lástima que para hablar de alineación se necesiten por lo menos tres puntos, que los hoyos negros no fabriquen estrellas, y que lo del fin del mundo anunciado por los mayas sea sólo otra tontería).

Como remate, afuera de mi casa apareció un anuncio: “Baje de peso con láser. 100% natural”. (¿Láser 100% natural?)

No hay duda: la incultura científica del mexicano es galopante. Los comunicadores de la ciencia haríamos bien en redoblar nuestros esfuerzos.

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miércoles, 15 de julio de 2009

La influenza, todavía

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 15 de julio de 2009

La ciencia no revela verdades absolutas, pero sí tiene un compromiso con la realidad.

Un ejemplo es la pandemia —que comenzó como epidemia en México en abril— de influenza por virus H1N1 porcinos.

Usted recordará que, luego de la etapa de emergencia que obligó en la ciudad de México y otros sitios a cerrar escuelas, restaurantes, cines y centros de reunión, hubo una reacción curiosa. Se dijo, a través del correo electrónico y de boca en boca, que la epidemia había sido un montaje. Que el virus no existía, o que había sido algo planeado por el gobierno panista (o el norteamericano) para influir en las elecciones del 5 de julio (o para reactivar la economía mundial).

Hubo múltiples versiones, pero todas tenían algo en común: eran una forma de negar la realidad. La experiencia traumática de esos días de encierro e inactividad, y el daño económico, pero también social y psicológico, que dejaron, crearon un campo fértil para los rumores de que todo fue un complot.

Se cuestionó la actuación de las autoridades de salud, y se cuestionó la ciencia detrás de sus decisiones. Hoy vemos que la epidemia, ya mundial, es una realidad que afecta a otros países. Argentina y Chile, en pleno invierno austral, tienen 137 y 33 muertos, respectivamente, y miles de infectados. También Cuba reporta ya casos, y en los estados mexicanos de Chiapas, Tabasco y Yucatán se ha detectado un importante repunte, al grado de que Tabasco decidió cancelar su feria anual.

Mientras, las investigaciones sobre el virus siguen avanzan: un grupo dirigido por Yoshihiro Kawaoka, de la Universidad de Wisconsin, reportó el lunes en la revista Nature que el virus porcino -en realidad resultado de mutaciones y combinaciones de otros virus ya existentes, tanto humanos como aviarios y porcinos- causa más daño que los virus comunes de influenza estacional en pulmones de modelos animales (ratones, hurones y macacos), y que puede infectar cerdos sin causarles síntomas (quizá por eso la epidemia no fue detectada hasta que saltó a humanos).

También encontraron que las personas que nacieron antes de 1920 —y que por tanto estuvieron expuestos a la gran epidemia de influenza H1N1 de 1918— tienen anticuerpos que pueden reaccionar contra el virus actual, a diferencia de quienes nacimos después (lo que tal vez explica el comportamiento anómalo de la epidemia, que afectó a gente más bien joven).

El virus actual es todavía sensible al tamiflú, pero es muy probable que pronto surjan variedades resistentes. En breve contaremos con una vacuna, pero tardaremos en producir cantidades suficientes para responder al llamado de la Organización Mundial de la Salud, que pide que “todos los países tengan acceso a la vacuna”.

La realidad de la pandemia se impone, más allá de creencias y rumores. Más vale que los países tomen en cuenta lo que la ciencia revele, y actúen unidos en consecuencia.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Urnas darwinianas

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 8 de julio de 2009

En otras ocasiones he comentado las similitudes de la evolución biológica con la democracia (y con la economía, y la ciencia).

En una democracia ideal, un conjunto de ciudadanos, que se supone son racionales y poseen información para tomar decisiones bien meditadas, selecciona entre un conjunto de candidatos al que parece mejor. La analogía con la selección natural, donde el ambiente selecciona a los individuos mejor adaptados para sobrevivir, es clara.

Igual sucede en una economía ideal, donde “el mercado” (los compradores) seleccionan los productos o servicios, y por ende las empresas, que ofrecen mejor balance calidad/precio: las elegidas sobreviven, las menos eficientes se extinguen.

En ciencia, la selección se da por una especie de democracia elitista, en la que un conjunto de especialistas (la comunidad científica) elige, entre la gran variedad de teorías que se proponen, aquellas que resultan más convincentes.

En todos los casos hay una variedad de candidatos y un sistema que selecciona quiénes finalmente sobreviven.

Pero la diferencia está en el criterio que se usa para seleccionar. En evolución, cualquier cosa que dé ventajas a un organismo aumentará su supervivencia. En ciencia, los factores que determinan que una teoría sea aceptada por la comunidad son variados, pero uno destaca: el juicio racional sobre las pruebas y argumentos presentados para apoyarla. Aunque ocurren desviaciones, la ciencia tiende a tomar decisiones racionales.

En economía y democracia, en cambio, las decisiones —aunque a políticos y economistas les disguste aceptarlo— muchas veces distan de ser racionales. En casos extremos, las decisiones se toman por factores puramente emocionales, fácilmente manipulados mediante estrategias publicitarias (ante eso el voto nulo fue una protesta —bastante exitosa, por cierto— frente a un sistema que no resulta eficiente).

El punto es que, a diferencia de lo que sucede en evolución, en asuntos humanos los procesos ciegos de selección no siempre producen el resultado más deseable. Convendría, al menos, tratar de que las decisiones electorales fueran más racionales. Lástima: en México falta mucho para que eso ocurra.

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miércoles, 1 de julio de 2009

Microbios previsores

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 1o de julio de 2009

Según la Wikipedia, fue el caricaturista holandés Robert Storm Petersen quien dijo: “hacer predicciones es difícil… especialmente acerca del futuro”.

Cierto, pero quien puede predecir con cierta confiabilidad el futuro tiene mejores oportunidades de sobrevivir.

Por ello, muchos animales han desarrollado la capacidad de hacer predicciones sobre su ambiente, basándose en información que obtienen a través de sus sentidos. (La ciencia misma es un descendiente refinado de estos mecanismos biológicos de supervivencia.)

Las predicciones pueden ir desde el fenómeno complejo del aprendizaje —qué hacer para obtener ciertos resultados— hasta las respuestas condicionadas descubiertas por Iván Pavlov en el siglo XIX, que explican por qué unos perros “aprenden” a salivar con el sonido de una campana, aunque no haya alimento cerca.

Pero para aprender que cuando el cielo se nubla debo buscar refugio, o para odiar cualquier alimento que me haya enfermado del estómago, necesito tener un sistema nervioso.

Las especies que carecen de él tienen que conformarse con “aprender” más lentamente mediante la selección natural: el ambiente va eliminando a los individuos que reaccionan de forma equivocada, y conserva a los que aciertan. Por desgracia, esta forma de “predecir” no es flexible, y los grandes cambios ambientales acaban con gran parte de las poblaciones, incapaces de adaptarse rápidamente.

Sorprendentemente, científicos del Instituto Weizmann de Israel acaban de publicar (Nature, 17 de junio) que microbios como la bacteria intestinal Escherichia coli y la levadura de cerveza Saccharomyces cerevisiae pueden “predecir” cambios que todavía no ocurren en su medio, y activar anticipadamente los genes que van a necesitar.

Lo logran por evolución: mediante selección natural, como se confirmó experimentalmente, dichos microbios “aprenden” como especie a asociar estímulos ambientales con la activación de genes.

Claro, el truco sólo funciona en medios que presentan cambios regulares (como los que la bacteria va encontrando al pasar por distintas zonas de nuestro tracto digestivo, o los que la levadura causa al cambiar la temperatura de su medio cuando fermenta los azúcares presentes).

Aun así, la lección es clara: también microbios sin cerebro pueden aprender a predecir, gracias a la evolución.

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miércoles, 24 de junio de 2009

La lección del mingitorio

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 24 de junio de 2009

Desde hace un tiempo tengo la costumbre —un tanto extraña, lo reconozco—, de tomarle fotos a los mingitorios que llaman mi atención (no se imagina usted, sobre todo si es mujer, lo curiosos y hasta bonitos que pueden resultar estos muebles de baño cuyo nombre, dice la Real Academia, viene “del latín mingere, mear”. Puede ver algunos en mi blog alternativo: mirabonfil.blogspot.com).

Aparte de las miradas extrañas —cuando no francamente alarmadas— que me dirigen los caballeros que entran al baño cuando estoy tomando la foto, mi pasatiempo me ha llevado a clasificar los dispositivos. Hay grandes y pequeños, modernos y antiguos, elegantes y austeros, pero prefiero dividirlos en tradicionales, electrónicos y ecológicos.

En los primeros el caballero, luego de usarlo, jala una palanca —en modelos más higiénicos pisa un pedal— que hace que fluya el agua para eliminar la orina. (En un baño de la UNAM hallé uno con un letrero que indicaba “No olvides accionar la palanca, mantengamos limpios los baños”… ¡pero alguien se había robado la palanca!)

Los urinarios electrónicos, de moda desde hace unos años, sustituyen el sistema mecánico de los tradicionales por uno electrónico: un rayo infrarrojo detecta si hay una persona enfrente. Cuando se retira, se activa automáticamente el flujo del agua. La idea es que el usuario se sienta más higiénico, pues no toca el aparato (suena bien hasta que uno recuerda qué aparato sí estaba tocando). El más chistoso que he visto tenía el logotipo de un robot haciendo uso del orinal.

La última moda son los mingitorios ecológicos, que no usan agua. Están diseñados para que la orina fluya hacia el drenaje por simple gravedad, sin dejar restos ni olores. Excelente… si no fuera porque normalmente están todos salpicados, con pañuelos desechables y chicles masticados que los bloquean.

¿Realmente necesitamos mingitorios que se “jalen” solos? ¿De qué sirve un mingitorio que ahorra agua, si el usuario no está concientizado para utilizarlo correctamente? Moraleja: la ciencia y la tecnología no sirven si no se integran con la cultura y las necesidades del usuario. Una buena lección de nuestro amigo el mingitorio.

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miércoles, 17 de junio de 2009

Que dice mi mami que siempre no

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 17 de junio de 2009

Dos noticias científicas publicadas la semana pasada dan qué pensar.

Una es la revelación de que la estrella Betelgeuse (se pronuncia como se escribe, o si prefiere suavizando la g), la más brillante de la constelación de Orión (observada en infrarrojo, no en luz visible) y una de las más estudiadas, se ha encogido 15 por ciento en los últimos 15 años.

En 1921 Betelgeuse fue la primera estrella cuyo tamaño se pudo medir. Es una supergigante roja; su diámetro es unos 40 millones de veces el del Sol y se halla en las últimas etapas de su vida. No es difícil que algún día —o año, o década— de éstos se transforme en supernova: sería un espectáculo magnífico.

¿Cómo es posible que una estrella se encoja? Los científicos no lo saben. Hay estrellas que pulsan, pero no se sabe si Betelgeuse volverá a aumentar.

¿Qué confianza podemos tener, entonces, en el conocimiento de los astrofísicos, si ni siquiera pueden asegurar que sus datos no cambiarán a cada rato?

La segunda noticia refuerza esta sensación de desconfianza: dos investigadores de la Universidad de Oregon revelan que sus estudios acerca de la anatomía de aves y dinosaurios parece echar por tierra la teoría, sostenida por décadas, de que las aves son descendientes directas de aquellos reptiles.

La estructura especial de los huesos de las aves, necesaria para otorgarles la capacidad pulmonar que requieren, no está presente en sus supuestos antepasados. Más bien deben haber evolucionado paralelamente.

¿Dónde queda aquella bonita idea de que los dinosaurios no se extinguieron, sino se convirtieron en gallinas? ¿Podemos confiar, diría un creacionista, en una supuesta ciencia que no garantiza que la información que genera sea verdadera?

Por supuesto, la respuesta es que la ciencia no revela verdades absolutas e inmutables, sino conocimiento útil, pero que constantemente evoluciona al ser puesto a prueba, discutido, analizado y corregido.

Es justo esa capacidad de cambio lo que le da a la ciencia su poder.

Aceptarla como un proceso humano de prueba y error, falible y sin embargo muy confiable es difícil. ¡Lástima!: sonaba más bonita una ciencia infalible… aunque fuera sólo una fantasía.

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miércoles, 10 de junio de 2009

Darwin y la muerte

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 10 de junio de 2009

El juego de vincular conceptos aparentemente ajenos puede ser buen medio para ejercitar la mente. Aprovecho la invitación a dar una charla sobre “La muerte del darwinismo” para explorar las relaciones entre la vida y obra de Charles Darwin y el tema de la muerte (pues el darwinismo sigue vivito y evolucionando).

Los encuentros de Darwin con la parca no son pocos. Su madre falleció en 1817, cuando él tenía sólo ocho años; eso causó que lo internaran en una escuela. Años después, ya casado con Emma, su prima y luego esposa, tuvo diez hijos, de los cuales dos fallecieron muy pequeños (nada extraño en esos tiempos). Pero el fallecimiento de su preferida, la pequeña Annie, a los diez años, fue sin duda el encuentro más traumático de Darwin con la muerte. Tanto, que se cree que acabó con la poca fe religiosa que le quedaba.

La propia muerte de Darwin fue poco relevante: fue enterrado con pompa en la Abadía de Westminster, sitio reservado a los grandes hombres de Inglaterra. La excesivamente modesta lápida en el suelo que marca su lugar de reposo contrasta con la cercana tumba de Isaac Newton, una especie de mini-Disneylandia.

También las ideas de Darwin se relacionan con la muerte: nos ayudan a entender, por ejemplo, cómo surge.

Y es que los organismos más antiguos, formados por una sola célula, son inmortales. Se alimentan, crecen y cuando llega el momento se dividen en dos, pero no mueren. Sólo con el surgimiento de los organismos multicelulares y la reproducción sexual aparecen los fenómenos del envejecimiento y la muerte: el precio que hay que pagar a cambio de la capacidad de formar organismos más complejos.

Además de ayudar a entenderla, las ideas de Darwin pueden, mal usadas, causar la muerte: a principios del siglo XX el desarrollo de la seudociencia de la eugenesia, que buscaba el mejoramiento de la raza humana mediante la selección darwiniana, se puso de moda y dio pie a los excesos del nazismo. Todavía hoy, la aplicación del pensamiento darwiniano en contextos sociales carga ese estigma. La moraleja es que el darwinismo, como cualquier conocimiento, puede usarse para bien o para mal. Es por eso que conviene comprenderlo bien.

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miércoles, 3 de junio de 2009

Ciencia en los medios

Por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 3 de junio de 2009

La ciencia que aparece en los medios —periódicos, radio, televisión, internet— toma normalmente la forma de noticias, curiosidades, entretenimiento… La ciencia como una forma más de pasar el tiempo libre de manera grata.

Y está bien que así sea. Conviene que la ciencia esté presente en nuestra vida diaria, que la conozcamos, la disfrutemos y la entendamos.

Pero hay ocasiones —como sucedió con la reciente epidemia de influenza— en que de pronto recordamos que la ciencia puede ser asunto de vida o muerte. Y nos damos cuenta de que no tenemos comunicadores especializados, capaces de manejarla y ponerla al alcance del público de manera clara, rigurosa y confiable.

Y es que la ciencia, a diferencia de otras “fuentes” periodísticas, requiere una formación especial, pues no forma todavía, por desgracia, parte de la cultura de nuestros ciudadanos.

Por eso resultó alentador para mí asistir a dos eventos que buscan suplir esta carencia.

El primero fue el seminario “La ciencia, la tecnología y la innovación como noticias”, organizado en Acapulco por el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, organismo asesor del poder ejecutivo, y la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT).

Como ya lo comentó mi colega Horacio Salazar, la reunión de periodistas científicos sirvió para darnos cuenta de que somos pocos y estamos aislados y desorganizados, pero tenemos el potencial de formar redes y asociaciones para profesionalizarnos y aumentar nuestras filas.

El segundo fue la XI reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (RedPOP), en Montevideo, donde divulgadores de toda Latinoamérica nos reunimos a compartir experiencias y analizar retos.

Me llevo de ambas reuniones la convicción de que nuestra labor es necesaria, pues la necesidad de democratizar el conocimiento científico se volverá cada día más urgente, y de que vale la pena colaborar de manera académica para hacerla avanzar y mejorar.

Después de todo, se trata de servir a los ciudadanos que, con sus impuestos, pagan la investigación científica. El reto es lograr que la cultura científica se convierta en cultura popular.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Falsificar la ciencia

or Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 27 de mayo de 2009

La gran confianza que tenemos en la ciencia y en el conocimiento que produce se basa en gran parte en su riguroso sistema de control de calidad.

Para que algo sea válido en ciencia no basta con que lo diga alguien que tenga un doctorado. El trabajo del investigador, incluyendo una descripción detallada de sus antecedentes, métodos, resultados, el análisis de los mismos y la argumentación que sustente sus conclusiones, tiene que haber sido socializado en seminarios, conferencias y congresos, y aceptado por la comunidad de expertos a la que pertenece.

El proceso culmina con su publicación en una revista arbitrada internacional. Estos journals sólo aceptan trabajos que hayan pasado por un minucioso proceso de “revisión por colegas” (peer review), normalmente anónimo, en el que es frecuente pedir cambios y adiciones a satisfacción de los árbitros expertos.

De ahí el pequeño escándalo que se suscitó cuando la revista The scientist (30 de abril) publicó que la empresa farmacéutica Merck, Sharp & Dohme había negociado con Elsevier, la editorial de revistas científicas más famosa y poderosa del mundo, la publicación entre 2003 y 2004 de una revista científica armada sobre pedido con resúmenes y revisiones de artículos publicados en otras revistas cuyos resultados eran siempre favorables a productos de Merck.

La industria farmacéutica es uno de esos puntos peligrosos donde la frontera entre ciencia y empresa se borra. No es malo que una empresa haga publicidad a sus productos. Son comunes las revistas informales que se regalan a médicos y resumen información de revistas arbitradas.

Pero siempre está claro que no son verdaderas revistas científicas, sino formas de propaganda.

Lo grave del caso es haber disfrazado los “infomerciales” de Merck como buena ciencia. Y peor: a la luz del escándalo, Elsevier reveló que había hecho no sólo una, sino seis revistas pagadas por empresas.

Dejó de hacerlo hace años, pero la lección es clara: la ambición de publicistas y empresas puede poner en riesgo la calidad y confiabilidad de la ciencia.

Igual que ocurre en la democracia, la transparencia, lejos de debilitar a la ciencia, la fortalece. Ojalá Elsevier haya aprendido la lección.

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miércoles, 20 de mayo de 2009

¿Cuál genoma mexicano?

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 20 de mayo de 2009

Con bombo y platillo se presentó el 12 de mayo el “genoma del mexicano”.

Pero según el Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen), lo que se presentó fue el “mapa del genoma de los mexicanos”. La distinción importa porque no hay un genoma único que compartamos todos los mexicanos. Cada ser humano tiene su propia combinación de genes. Y aunque la variación entre individuos es mínima (0.5 por ciento), es lo que nos hace únicos.

Los medios dieron también la impresión errónea de que se leyó letra por letra la información del “genoma mexicano”.

En realidad el estudio, titulado “Análisis de la diversidad genómica en poblaciones mestizas mexicanas” fue mucho más modesto. Examinó diferencias en pequeños marcadores genéticos entre 300 individuos de siete grupos: seis de mestizos y uno de zapotecos.

Es una versión pequeña del llamado “HapMap”, o “mapa de haplotipos”: estudio de marcadores genéticos en distintos grupos poblacionales del mundo. Servirá para relacionar la variabilidad genética con la susceptibilidad de las poblaciones a enfermedades (de ahí lo de “medicina genómica”).

El Inmegen concluye que valdría la pena realizar un mapa de haplotipos de la población mexicana. El estudio es el borrador de un borrador que permitiría comenzar a desarrollar la medicina genómica en México.

Pero leyendo las declaraciones de Felipe Calderón (“Entramos a la medicina del tercer milenio”, "Tendremos salud de primer mundo", "Se podrá prevenir el desarrollo de enfermedades como el cáncer, diabetes, hipertensión u obesidad, etc.), parecería que ya estamos en el primer mundo.

La realidad es distinta: al Inmegen le falta apoyo. Opera en instalaciones inapropiadas —un edificio de oficinas donde no se puede trabajar con radiactividad ni microorganismos— y la construcción de su edificio definitivo está plagada de irregularidades. Tuvo hasta recientemente una rígida estructura jerárquica en que sólo su director podía tomar decisiones.

Y la situación es general: el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (Indre), fundamental en la epidemia de influenza, es “obsoleto e inseguro”, reportó el lunes MILENIO. Como publicó en primera plana El Universal, “México paga su abandono a la ciencia”.

Ante las carencias del sistema de investigación en salud, simular que México es una potencia científica suena deshonesto.

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miércoles, 13 de mayo de 2009

Esquizofrenia

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 13 de mayo de 2009

La relación de los mexicanos con la ciencia es esquizofrénica. Por un lado queremos confiar en ella, y por el otro le negamos credibilidad.

Ante el reciente brote de influenza: los medios mexicanos exigían cifras exactas e invariables desde el primer día, cuando era imposible tenerlas. Los reporteros las exigían en parte por no saber cómo funciona la ciencia, que avanza lentamente y por aproximaciones sucesivas.

Pero el vacío informativo rápidamente fue llenado por otro virus: el de las teorías de complot (principalmente a través de correos electrónicos y de boca a boca).

La mayoría eran simplemente absurdas: el virus es un invento (“qué influenza ni qué ocho cuartos”, López Obrador dixit); Obama trajo el virus; éste fue liberado como parte de un acuerdo para reactivar la economía mundial a cualquier precio; el brote fue parte de una estrategia para asustar a los mexicanos antes de las elecciones de julio…

El problema es que en México —y en muchos otros países— carecemos de una cultura científica que, más allá de poseer o no ciertos conocimientos, nos permita distinguir anécdotas o suposiciones de datos confirmados.

En cambio tenemos, eso sí, una avanzada cultura de la desconfianza: cuando no coinciden con nuestras expectativas, negamos los datos, acusamos a la ciencia de autoritaria y nos lanzamos a creer en complots.

Como escribe el doctor Ruy Pérez Tamayo (La Crónica, 8 de mayo), “el manejo de las medidas necesarias para enfrentar una epidemia no son sólo asuntos de lógica y de buenas intenciones; se trata de acciones basadas en multitud de conocimientos y experiencias acumuladas a lo largo de muchos años, de información específica y bien documentada, de una sabiduría adquirida tanto en los libros como en el campo. Para una situación de emergencia como la que está atravesando México hoy es fundamental tener confianza en las autoridades, sobre todo cuando se trata de verdaderos expertos en el problema.”

Desgraciadamente, nuestras autoridades no se han ganado esa confianza. Lamentablemente, también, nuestra cultura de la desconfianza nos hace preferir las teorías de conspiración a la información confiable.

¡Pobre México, con tan poca ciencia y tanto gusto por los rumores!

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miércoles, 6 de mayo de 2009

Virus, ciencia y sociedad

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 6 de mayo de 2009

La epidemia de influenza que ha mantenido semiparalizada a la Ciudad de México —y al país— desde el 24 de abril deja claras varias cosas.

Primero, el brote ya se esperaba. No necesariamente en México, ni del subtipo H1N1 (el candidato favorito era el H5N1, que causó la influenza aviar de 2006). Pero la evolución, la naturaleza misma de estos virus —promiscuidad, genoma fragmentado, huéspedes humanos, porcinos y aviarios— y la historia natural de la influenza hacían perfectamente predecible que tarde o temprano nos enfrentaríamos a otra pandemia.

Segundo, un problema de esta magnitud no es sólo asunto científico o médico: afecta a la sociedad toda: economía, política, diplomacia, vida diaria (bien sabemos los chilangos).

Los organismos internacionales (especialmente la Organización Mundial de la Salud) tuvieron el buen sentido de prever medidas para contener lo inevitable: manuales, acuerdos internacionales, laboratorios, acopio de antivirales

México simplemente siguió las indicaciones —no ideal, pero sí adecuadamente, considerando nuestras limitaciones— cuando los datos del brote fueron claros.

Se habla de lentitud, pero lo malo de una epidemia es que no puede reconocerse hasta que se presenta. Declarar la alerta antes de estar seguros era un riesgo muy alto. (Se habla también de exceso en las medidas, pero el virus podría haber sido muy letal: el H5N1 mata al 50% de los infectados.)

Mis lectores sabrán que no apoyo a Felipe Calderón, presidente sin legitimidad. Pero en este caso las acciones de su gobierno, igual que las del de Marcelo Ebrard en el DF, fueron no sólo apropiadas, sino exitosas.

El mérito intelectual es de la comunidad médica internacional; el político es de ellos.

Quedan como lecciones la exigencia de un mayor apoyo a la investigación científica y la reconstrucción del sistema de investigación y prevención —no sólo atención— en salud. La necesidad de una mucho mejor estrategia de comunicación para las autoridades.

Y finalmente, la urgencia de contar con más periodistas científicos bien preparados, para evitar las epidemias de teorías de complot sin fundamento que sólo dificultan la adecuada reacción social.

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miércoles, 29 de abril de 2009

Influenza y evolución

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 29 de abril de 2009

El problema es que así son los virus: promiscuos y afectos a los juegos de azar. Así es la evolución, que lleva a las especies por caminos retorcidos e inesperados. Y así es la ciencia, que no puede avanzar por su propio camino, también azaroso, más rápido de lo que avanza, entorpecida por su método, que le exige asegurarse de lo que sabe hasta el momento antes de dar cada paso.

El virus de influenza que nos agobia (familia orthomyxoviridae, tipo A, los más comunes, que infectan también a aves, cerdos y caballos) es, como todos los virus, una cápsula de proteína que contiene material genético; en este caso, ácido ribonucleico (ARN), primo más antiguo e inestable del ADN. He ahí parte del problema: el copiado del ARN es menos exacto: a veces, quita, a veces pone, y ocasiona mutaciones espontáneas dentro de una misma especie de virus.

Y si varios virus distintos infectan una misma célula, pueden recombinarse, llevándose pedazos de información genética de los otros. El que nos preocupa tiene genes de virus que infectan a humanos, cerdos y aves. Y puede continuar cambiando. Alarma que haya aprendido a contagiarse de humano a humano (como se temía con la influenza aviar, en 2006).

Sus apellidos H1N1 se refieren a dos proteínas de su superficie: la hemaglutinina (de la que hay 15 variantes; ésta es la 1), que le sirve para unirse a la célula que va a infectar, y la neuraminidasa (9 variantes), que permite a los nuevos virus salir de la célula sin quedarse pegados a ella.

Precisamente el oseltamivir (Tamiflu, ¡no se automedique!), uno de los medicamentos eficaces contra la influenza, inhibe a esta enzima e impide que los nuevos virus se diseminen.

La ciencia, como la evolución, es impredecible. Puede parecer lenta y cara, pero si hace 56 años James Watson y Francis Crick no hubieran descubierto la doble hélice del ADN, hoy no tendríamos la biología molecular que nos permite estudiar y combatir al virus.

Y si no invertimos ampliamente en investigación científica —ya lo dijo Barack Obama, y lo subrayó aumentando la inversión de su país en ciencia a 3 por ciento del PIB— no podremos combatir futuros retos, de salud ni de otros tipos.

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miércoles, 22 de abril de 2009

La catarata sangrienta

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 22 de abril de 2009

El misterio comenzó en 1911: el explorador australiano Thomas Griffith Taylor descubrió en la Tierra de Victoria, en la Antártida, una catarata de color rojo sangre que surgía bajo el glaciar Taylor (nombrado en su honor).

Inicialmente se pensó que el color era causado por algas, pero hoy se sabe que se debe a óxidos de hierro. ¿Qué los produce?

La corriente brota —en ciertas épocas— de un depósito sub-glaciar: un pequeño lago sepultado 400 metros bajo el hielo. El glaciar —un río de hielo que fluye con lentitud geológica— fue cubriendo el lago de agua de mar hasta dejarlo encapsulado hace dos millones de años. En su interior, hoy super-salado, no hay oxígeno, ni luz.

Aunque no es posible entrar al lago, analizando el agua que fluye en la catarata los investigadores del grupo de Jill Mikucki (Science, 17 de abril), del departamento de Ciencia Terrestre y Planetaria de la Universidad de Harvard, con apoyo de la NASA, han hallado evidencia genética de diversos tipos de bacterias —un “consorcio bacteriano”— que utilizan compuestos de azufre para oxidar el hierro presente en la roca bajo el glaciar como medio para sobrevivir en un ambiente helado, sin luz y sin oxígeno.

Y es que, aunque estamos acostumbrados a pensar que la vida sólo existe si hay oxígeno, eso sólo es cierto para organismos modernos. Microbios como las bacterias y sus primos los arquea son mucho más antiguos, y tienen metabolismos más versátiles.

Las plantas usan energía solar para formar alimentos a partir del dióxido de carbono de la atmósfera (luego, los demás seres vivos oxidamos esos alimentos, combinándolos con oxígeno, para obtener la energía almacenada en ellos).

Pero hay otras formas de sobrevivir. Las bacterias antárticas obtienen energía a partir de compuestos de azufre, y en el proceso producen los óxidos de hierro.

Lo fascinante es que lo mismo pudo haber sucedido hace 700 millones de años, cuando los mares estuvieron cubiertos de hielo.

Y también podría estar ocurriendo en otros mundos, como la luna de Júpiter llamada Europa, bajo cuya superficie helada quizá exista un mar con vida de tipo microbiano.

Moraleja: nunca se sabe lo que puede descubrirse al investigar un misterio sangriento.

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miércoles, 15 de abril de 2009

Yo y mi cerebro

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 15 de abril de 2009

Sabiamente, ante filosofías que abogan por su desaparición, Braulio Peralta dice, el lunes, “¡Viva el yo!”, pues “digan lo que digan sus seguidores”, “Buda no podía ser más que su propio yo”.

“Con un yo”, dice Braulio, se puede, por ejemplo, combatir la corrupción. Negándolo, se vuelve imposible defender “la honestidad, la ética, los derechos humanos”.

La cuestión del yo tiene aristas fascinantes también desde el punto de vista científico. ¿Cómo un cerebro hecho de células, a su vez hechas de moléculas, puede dar origen a la sensación subjetiva que permite a Descartes, y a todos nosotros, decir “pienso, luego existo”? ¿Cómo puede una masa material de tejido generar conciencia, sensación de yo, un alma?

La respuesta más sencilla es la dualista: suponer que algo externo, un alma o espíritu, “entra” al cerebro y lo anima. El cerebro es sólo el vehículo; el alma es inmaterial y, ya de paso, inmortal. Suena bonito.

La alternativa, conocida como materialismo, monismo o naturalismo, es más sensata, pero tiene problemas. Uno puede explicar cómo los estímulos de los sentidos son procesados de manera complejísima, en paralelo, por los diferentes sistemas cerebrales.

Pero donde la puerca tuerce el rabo es al explicar a quién se le presenta el resultado de todo ese procesamiento, que da lugar a nuestra experiencia subjetiva de la realidad que nos rodea. Postular un “homúnculo” que vive dentro del cerebro es regresar al dualismo.

El filósofo Daniel Dennett —a quien he mencionado mucho últimamente— propone en su libro La conciencia explicada una explicación estimulante: la conciencia, el yo, es un fenómeno virtual. No es material, pero tampoco espiritual: es una consecuencia del funcionamiento cerebral que emerge en un nivel superior de organización. (La vida es otro ejemplo de fenómeno emergente: sólo existe a nivel de células, no de átomos.)

En algún nivel de este procesamiento, el cerebro comienza a percibirse a sí mismo, y eso origina la sensación —virtual— de conciencia.

Suena complejo, pero tratar de entender el yo, por difícil que sea, siempre será mejor —y más útil— que negarlo o renunciar a explicarlo. ¡Viva el yo; viva el alma naturalizada!

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miércoles, 8 de abril de 2009

La paradoja de las especies

por Martín Bonfil Olivera
Publicado en
Milenio Diario, 8 de abril de 2009

El cerebro humano tiende a simplificar. Nos gusta entender las cosas en términos de blanco o negro, bueno o malo… Y también nos gusta pensar que las cosas pueden definirse con claridad: que tienen una esencia.

Un problema para entender la teoría de Darwin es la definición de especie biológica. Aunque él mismo evitó definirla (“…considero la palabra ‘especie’ como dada arbitrariamente… a un grupo de individuos muy semejantes, y que no difiere esencialmente de la palabra ‘variedad’”, escribió en El origen), no negaba su existencia. Nadie confunde perros con caballos.

El criterio usual para definir una especie es el “aislamiento reproductivo”: si dos animales o plantas no se pueden cruzar, o producen descendencia estéril, pertenecen a especies distintas. Si, en cambio, por distintos que parezcan, pueden cruzarse (como las razas de perros), pertenecen a la misma especie.

Pero el criterio reproductivo no es infalible (hay razas caninas que no se cruzan simplemente por razones de tamaño), y no siempre es aplicable: hay muchísimos organismos asexuales, como las bacterias. Además, como se mencionó aquí la semana pasada, muchos de estos organismos intercambian genes “lateralmente” (no de padres a hijos, sino por una especie de “contagio”), por lo que incluso un criterio más moderno, como el análisis de genes, no siempre permite distinguir claramente entre especies.

Por otra parte, decir que “las especies evolucionan” es confuso: si una especie cambia, se convierte en otra. Entonces, ¿cambian las especies, o desaparecen para dejar su lugar a otras?

El problema, explica el filósofo Daniel Dennett en su esclarecedor libro La peligrosa idea de Darwin, es que lo que caracteriza a una especie no es la presencia de una cierta esencia que la defina, sino la ausencia de formas intermedias entre una especie y otra.

Las especies no son colecciones de organismos idénticos: son más bien nubes de individuos con genomas casi iguales, pero con pequeñas variaciones. Decimos que hay dos especies distintas cuando entre dos de estas nubes de genomas hay espacio vacío; en caso contrario, hablamos de variedades. Como siempre, en ciencia las cosas no son tan sencillas como las pintan.

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