martes, 10 de febrero de 2004

Las plantas: destructoras del agua

Milenio Diario, 10 de febrero de 2004

¿Se ha puesto usted a pensar que las plantas son quizá las principales destructoras de agua que hay en la naturaleza? Una curiosa noticia científica publicada la semana pasada (“Las plantas revelan su secreto para partir el agua”, reza el encabezado de la agencia Reuters) nos recuerda este hecho.

En efecto: durante las complicadas reacciones químicas de la fotosíntesis, las plantas utilizan la energía de la luz solar para fabricar moléculas llamadas azúcares (o carbohidratos), y al hacerlo desintegran moléculas de agua, partiéndolas en hidrógeno y oxígeno.

Y no sólo eso: las plantas también liberan a la atmósfera, como producto secundario de la fotosíntesis, un gas venenoso y profundamente reactivo: el oxígeno. De hecho, cuando las plantas –o sus ancestros– comenzaron a proliferar, hace millones de años, produjeron tanto oxígeno que la composición de la atmósfera cambió drásticamente, acabando con muchas especies incapaces de resistir tanto veneno. (El gran éxito de la fotosíntesis se debió a que permitía a las especies que la dominaban fabricar sus propios alimentos, a diferencia de la mayoría de los seres vivos hasta entonces, que se conformaban con vivir de las moléculas que ya existían por ahí, en la “sopa primitiva” en la que se originó la vida).

Los cambios son molestos al principio, pero luego uno se acostumbra. Una vez que los organismos sensibles al oxígeno casi desaparecieron (hoy sólo quedan algunas especies de bacterias, como las que causan el botulismo o el tétanos), la mayor parte de los seres vivos que sobrevivieron (y sus descendientes, como nosotros), y que no podemos fabricar nuestros propios alimentos por fotosíntesis, llegamos a depender precisamente de las plantas para obtenerlos. (La excepción, otra vez, son algunas bacterias, que pueden fabricar sus propios alimentos usando solamente reacciones químicas, en vez de la luz solar, como fuente de energía. Las bacterias son mucho más adaptables e ingeniosas que los demás seres vivos, y no es extraño: son también los habitantes más antiguos de nuestro planeta.)

Gracias a los estudios de varias generaciones de bioquímicos, algunos de los detalles de la fotosíntesis se conocen hoy muy bien, pero hay otros que siguen siendo misteriosos. Quizá recuerde usted que la fotosíntesis se lleva a cabo dentro de unas estructuras microscópicas dentro de las células vegetales llamadas cloroplastos. Dentro de ellos hay pequeñas torrecillas formadas por bolsitas membranosas llamadas tilacoides. Incrustadas en las paredes de estos tilacoides hay proteínas especiales, que son las encargadas de realizar la fotosíntesis.

Algunas de estas proteínas captan la luz solar, gracias a que cuentan con la famosa clorofila, sustancia responsable del color verde de las plantas. La energía de la luz, que viene en forma de fotones, sirve para desprender un electrón –esas partículas que giran alrededor del núcleo de los átomos– de la clorofila, que luego comienza a brincar de una molécula a otra en la membrana del tilacoide.

Pero la fotosíntesis es un proceso muy complejo. Su fórmula general es la siguiente: seis moléculas de agua y seis de dióxido de carbono se combinan para producir una molécula del azúcar glucosa y tres de oxígeno. Conforme la luz proporciona la energía para impulsar las reacciones, otras proteínas en la membrana del tilacoide la utilizan para tomar moléculas de dióxido de carbono y unirlas para formar glucosa. Otras proteínas toman el agua y le quitan sus hidrógenos, liberando el oxígeno sobrante a la atmósfera (por suerte para todos los seres vivos que respiramos este gas).

La noticia que mencionaba al principio, publicada la semana pasada, se refiere a un artículo publicada en la prestigiosa revista científica Science –una de las dos más importantes del mundo. En él científicos del Colegio Imperial de Londres y de la Corporación de Ciencia y Tecnología de Japón describen la estructura detallada precisamente de la molécula que permite a las plantas separar el oxígeno y el hidrógeno del agua durante la fotosíntesis.

Ya se sabía que esta máquina de romper agua estaba dentro de la proteína llamada fotosistema II (los nombres bioquímicos no suelen ser muy inspirados). También se sabía que en ella había cuatro átomos del metal manganeso, junto con uno de calcio (entre muchos otros componentes).

Pero la labor de los bioquímicos es descubrir exactamente cómo funcionan las cosas. Al igual que un ingeniero al enfrentarse a una máquina diseñada por un rival, quieren entender todas sus partes y cómo están armadas, para poder así entender cómo funciona (y quizá poderlo copiar o mejorar). Así que lo que hicieron fue tomarle una foto a nivel atómico, usando rayos X.

La manera precisa en que el fotosistema II rompe la molécula de agua sigue siendo un misterio, pero gracias a que hoy se conoce su estructura detallada, se pueden plantear ya hipótesis de cómo lo logra.

¿Y esto para qué sirve, se preguntará usted? En primer lugar, para entender la naturaleza. Después de todo, la fotosíntesis es lo que permite la existencia de la mayor parte de los seres vivos. Pero hay más: una de las mejores alternativas para luchar contra la contaminación es utilizar la combustión del hidrógeno, que al “quemarse” con oxígeno produce… ¡agua! El problema es que producir hidrógeno es todavía muy caro. Quizá el mecanismo de la fotosíntesis permita, un día, fabricar hidrógeno barato y tener por fin una economía que en vez de quemar petróleo se base en el hidrógeno.

martes, 3 de febrero de 2004

¡Por favor, no use la píldora!

Milenio Diario, 3 de febrero de 2004

La polémica sobre la anticoncepción de emergencia sigue siendo noticia. A casi dos semanas de la publicación de la Norma Oficial Mexicana que regula esta técnica para que pueda ser ofrecida en forma segura y adecuada como parte de los servicios de salud, todo tipo de personas y organizaciones opuestas al control natal continúan haciendo declaraciones escandalizadas. (De hecho, la campaña contra la anticoncepción de emergencia ha resultado la mejor publicidad gratis para la técnica, como afirma Patricia Uribe, directora general del Centro Nacional de Equidad y Salud Reproductiva, Milenio Diario, 1º de febrero).

Para que el debate sea constructivo, conviene aclarar varios malentendidos. Hay dos muy comunes, que siguen presentes en los medios (yo caí en ellos en mi colaboración de la semana pasada, hecho que amablemente me hicieron notar los miembros del GIRE, Grupo de Información en Reproducción Elegida, lo cual agradezco). El primero es confundir la anticoncepción de emergencia con la llamada “píldora del día siguiente”. El segundo es afirmar que la anticoncepción de emergencia es “abortiva”.

Como afirma la propia Secretaría de Salud en su página web, la primera consiste en las hormonas llamadas progestinas, acompañadas o no de estrógenos, y tiene el efecto de impedir la liberación del óvulo desde el ovario, con lo que éste no llega a estar en contacto con el espermatozoide. Así, no puede decirse que la anticoncepción de emergencia sea abortiva, sino anticonceptiva.

En cambio, la píldora del día siguiente es un compuesto conocido como Ru 486, o mifepristona, que impide la acción de las progestinas. Es una “anti-progestina”, que efectivamente promueve un “microaborto”, al impedir la implantación del óvulo fecundado en el útero, o incluso provocando que se desprenda.

Casi todo el debate se ha enfocado en este punto: la discusión sobre si la anticoncepción de emergencia es “abortiva” o no. Curiosamente, uno de los puntos que nadie discute, y que es precisamente a lo que se enfocó mi anterior colaboración, es que en realidad no importa: un óvulo fecundado no es un ser humano, por lo que provocar su expulsión del útero no puede considerarse un “asesinato”, como tendenciosamente han afirmado las autoridades católicas.

La confusión que está en la base del debate probablemente sea irresoluble. Se centra el concepto de “esencia”, que muchos filósofos han ya desechado por carecer de sentido (excepto como metáfora). En este caso, se considera que la “esencia” humana existe en el óvulo desde el momento en que es fecundado. La jerarquía católica y los grupos que se oponen a la anticoncepción consideran que tal esencia –que equivale al “alma” inmortal– es lo que le otorga al óvulo fecundado plenos derechos humanos.

Una visión moderna, basada en la biología, no puede depender de la creencia en un alma. Más bien, considera que el ser humano es resultado de un proceso paulatino: se va construyendo, poco a poco, durante el proceso de diferenciación que sufre el óvulo fecundado al comenzar a dividirse.

En sus primeras etapas, cuando se divide en dos, cuatro, ocho... células idénticas, no hay nada que pueda considerarse “humano” (más allá de la información genética). El sistema nervioso funcional, que da sustento a la conciencia, función que nos define como individuos, tarda varios meses en aparecer. No hay una línea divisoria clara que separe lo “humano” de lo “no humano” (o de lo “todavía no humano”). El ser humano, sujeto de derechos y consideraciones morales, es algo que se va construyendo, desarrollando, gradualmente; no algo –o alguien– que aparezca de golpe.

La iglesia católica siempre ha tenido problemas con estas concepciones gradualistas, que niegan la existencia –nunca comprobada– de “esencias”. La teoría darwiniana de la evolución por selección natural es quizá el ejemplo más notable.

Lo más curioso es que, al oponerse a ultranza a todo tipo de anticoncepción, la iglesia está cayendo en posiciones francamente cómicas. Una es, desde luego, el amenazar con excomunión a todas las mujeres que recurran a la anticoncepción de emergencia (y no sólo a ellas, sino “a todos los médicos, legisladores y gobernantes que recurran o promuevan el uso de la píldora poscoital”). Otra es considerar, como han afirmado algunos prelados, que en el óvulo fecundado está ya toda la información necesaria para construir un ser humano, y que no es necesaria ya ninguna influencia del exterior. Al adoptar esta postura, están cayendo en un determinismo genético: creer que todo lo que define a un ser vivo –en este caso, un ser humano– es determinado por y sólo por los genes.

Sobra decir que esta postura ha sido ampliamente refutada por la biología moderna (Stephen Jay Gould, el famoso biólogo y divulgador científico, dedicó gran parte de sus escritos al tema). Todo ser vivo es resultado de la compleja interacción entre sus genes y el ambiente en que se expresan. ¿Estará la iglesia dispuesta a reducir al ser humano a un montón de genes, a cambio de oponerse a la anticoncepción de emergencia?

Por todo esto, y porque los opositores olvidan que la Norma Oficial aprobada por el gobierno no obliga a nadie a utilizar la anticoncepción de emergencia, me atrevo a recomendar lo siguiente: si no le convence, si tiene usted dilemas morales, si teme quedar excomulgad@, por favor, ¡no use la anticoncepción de emergencia! (Pero deje, eso sí, que los demás decidan de acuerdo con sus propias convicciones).

martes, 27 de enero de 2004

¿Aborto o anticoncepción?

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 27 de enero de 2004

¿Qué es un aborto? ¿Qué es un anticonceptivo? ¿Quién tiene más derechos, una mujer adulta o un embrión?

Estas cuestiones suenan, quizá, excesivamente filosóficas (además de polémicas), pero como con todas las cuestiones de este tipo, a veces llega el momento de discutirlas. El pretexto para hacerlo ahora es que, como se anunció el pasado viernes, la Secretaría de Salud decidió aprobar, con varios años de demora, la Norma Oficial Mexicana de los Servicios de Planificación Familiar, que fue publicada el 21 de enero en el Diario Oficial de la Federación. Y en ella, por fin, queda avalada y autorizada oficialmente la llamada anticoncepción de emergencia.

Gracias a esto, las parejas a quienes les falle el uso del condón podrán evitar la angustia de un posible embarazo no deseado y la necesidad de un aborto. (Aunque aclararemos que las rupturas y desprendimientos del condón son poco usuales si se tiene información sobre cómo usarlo adecuadamente; siguen siendo frecuentes por la falta de educación sexual, tan necesaria para l@s adolescentes.) Igual sucederá con aquell@s que no pudieron aguantarse las ganas aunque no tenían condones, las que olvidaron tomarse su píldora y –pasando al ámbito delictivo– quienes hayan sido violadas.

Como era de esperarse, no pasó ni un día antes de que las fuerzas conservadoras del país protestaran por la medida. Su argumento principal es que la anticoncepción de emergencia no es un método anticonceptivo, sino una forma de aborto.

La razón es que impide que el óvulo fecundado se implante en la pared del útero. Los grupos conservadores igualan “óvulo fecundado” a “bebé”, y sienten que tomar la también llamada “píldora de la mañana siguiente” es igual a abortar un feto de 3 meses o más. De hecho –así lo han declarado el arzobispo Norberto Rivera y la Conferencia del Episcopado Mexicano– consideran que es igual que matar a un niño o un adulto, sólo que peor, porque el óvulo “es inocente” (¿inocente de qué?, se pregunta un no creyente… recordemos que vivimos en un estado laico).

Desde una postura médica, biológica, tal argumento es una falacia. Un óvulo fecundado no es más que una célula (o un grupo de unas 8 a 16 células idénticas, para cuando ha llegado al útero). Hay una gran distancia entre esto y un ser humano propiamente dicho, que está formado por billones de células de cientos de tipos, organizadas en tejidos, órganos y sistemas. En particular, la conciencia –centro de la condición humana– depende de la existencia de un sistema nervioso, el cual no se desarrolla antes de varias semanas.

Como argumentó recientemente la filósofa Margarita Valdés, de la UNAM (Milenio Diario, 13 de enero), los embriones en la primeras semanas de desarrollo no son sujetos de consideraciones morales, porque “no son personas reales, sino potenciales”, que “no parecen tener en sí mismas ningún valor intrínseco... si su desarrollo se interrumpe y no se convierten en nada ulterior, no parece haber de dónde justificar su valor”. De otra manera, habría que considerar igualmente inmorales métodos como la abstinencia, que impide la fecundación del óvulo y causa por tanto su muerte y la del espermatozoide, que podrían haber dado origen a un ser humano.

Además, los abortos no son algo antinatural: se calcula que un 15 por ciento de los embarazos “clínicamente evidentes” terminan en abortos espontáneos. La cifra quizá se eleva hasta un 40 por ciento si se consideran los embarazos que todavía no son evidentes (en estos casos es difícil distinguir un aborto espontáneo de una menstruación retrasada y molesta).

En el fondo, oposición a ultranza a todo tipo de aborto se basan en la creencia de un alma inmaterial que habita en el embrión a partir del momento de la fecundación. Desde un punto de vista científico -que necesariamente tiene que ser naturalista, es decir, que excluye entidades y fenómenos sobrenaturales–, tal creencia carece de fundamento.

Desgraciadamente, la ignorancia sigue siendo común, y se manifiesta, por ejemplo, en las declaraciones personajes como Guillermo Bustamante, presidente de la Unión Nacional de Padres de Familia (“el uso de esta píldora mata al óvulo fecundado en el que ya hay un ser humano”, Metro, 24 de enero). Pareciera que conserva la concepción del siglo 17 en que se pensaba que el óvulo (o bien el espermatozoide) contenía ya un bebé microscópico y completo, que sólo tenía que crecer hasta alcanzar un tamaño humano.

Carl Djerassi, químico padre de la píldora y especialista en anticoncepción, incluyendo los aspectos humanos, afirma en su libro La píldora de este hombre: “El que se use ampliamente la anticoncepción de urgencia dependerá en gran medida del grado y de la naturaleza de la difusión inteligente de la información adecuada, preferentemente como parte de la educación sexual. Como es obvio, este método no es para todas, y especialmente, no es para las mujeres que creen que la vida empieza en el segundo en que un espermatozoide ha penetrado en la membrana del óvulo. Sin embargo, mucha gente compartirá mi creencia de que si se usa extensamente, la anticoncepción de urgencia permitirá reducir la frecuencia de abortos provocados.”

Creo que tiene razón: no queda más que felicitar a las numerosas organizaciones que, como el GIRE (en www.gire.org.mx está la información sobre el método), desde hace años, han luchado para lograr este avance. ¡Enhorabuena!

martes, 20 de enero de 2004

Dos mentes y un cerebro

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 20 de enero de 2004

Aunque se habla mucho de los avances de la computación o de la biotecnología, creo que el siglo 21 será conocido como el siglo de la mente.

La razón es que por primera vez tenemos las herramientas conceptuales y los instrumentos que permiten el estudio científico de la mente, es decir, no la reflexión filosófica, sino el estudio experimental. Así, quizá en un tiempo no muy lejano podamos contar con una descripción y explicación acerca de qué es la mente y cómo funciona tan detallada como la que hoy tenemos acerca de la vida.

Pero ya hay avances sorprendentes. Un hecho cada vez más firmemente establecido, que no por ello deja de ser inquietante (e incluso molesto para algunas personas), es el constatar que la mente es únicamente producto del cerebro. El dualismo, la idea de que se necesita “algo más” para que un cerebro tenga un sentido del “yo” -algo inmaterial, indescriptible pero que está ahí en los seres humanos y que es lo que, de hecho, los hace humanos- anda de capa caída. Por el contrario, los estudios que muestran con gran detalle cómo el funcionamiento del cerebro normal es lo que produce la mente –y especialmente los estudios de cómo las anormalidades en el funcionamiento del cerebro afectan la función mental– nos hacen cada vez más conscientes de que, en un sentido muy real, somos nuestros cerebros (o más bien, no podemos ser, no podemos existir, separados de ellos).

En su libro La conciencia explicada (Paidós, 1995), el filósofo Daniel Dennett desarrolla la hipótesis de que el sentido del yo es un relato múltiple que el cerebro escribe y reescribe continuamente en varias vías paralelas simultáneamente. Y analiza un caso curioso, pero no inexplicable desde su punto de vista: la existencia de personas en las que un mismo cerebro puede generar más de uno de estos relatos múltiples: varias personalidades.

El caso más famoso del trastorno de personalidades múltiples, o TPM (también llamado Trastorno Disociativo de Identidad, o TDI) es la novela Sybil, de Flora Schreiber, basada en hechos reales y publicada en 1973 (luego se hizo una película, estelarizada por Sally Field). Sybil era una muchacha que tenía 16 personalidades. Hay quien considera que no se ha demostrado que el TPM exista realmente, y al parecer el caso de Sybil fue exagerado; pero cada vez es más claro que estos pacientes existen, y generalmente tienen una historia de terribles abusos sexuales durante su infancia. “Estos niños han vivido a veces unas circunstancias tan terribles y confusas –dice Dennett– que me sorprende más el hecho de que, psicológicamente, consigan sobrevivir, de lo que me sorprende que consigan conservarse mediante una desesperada reconstrucción de sus límites. Cuando tienen que enfrentarse a un dolor y un conflicto abrumadores, lo que hacen es esto: ‘se marchan’. Crean un límite de tal modo que el horror no les afecta a ellos: o no afecta a nadie o afecta a otro yo, más capacitado para soportar esa violencia”.

Recientemente apareció una prueba contundente de la existencia de pacientes con personalidades múltiples. Un grupo de científicos holandeses hizo un estudio, publicado en la revista científica Neuroimage, del funcionamiento cerebral de 11 pacientes con TPM. Para ello utilizaron la tomografía por emisión de positrones, técnica que permite observar el funcionamiento del cerebro vivo en tiempo real.

Para ello se administra al paciente un compuesto (por ejemplo el azúcar glucosa) que contenga algún elemento radiactivo. Estos elementos viajan por la sangre hasta el cerebro y ahí se desintegran rápidamente (por lo que no causan daño al paciente). Al desintegrarse, emiten partículas subatómicas llamadas positrones (que son idénticos a los electrones, pero con carga positiva). Mediante un aparato especial, se detecta en qué áreas del cerebro ocurre la emisión de positrones. Como las áreas activas del cerebro necesitan más glucosa, el flujo de sangre en ellas aumenta, y esto se observa como una mayor cantidad de positrones provenientes de esa región.

Pues bien: el experimento consistió en observar a las pacientes con TPM en cualquiera de sus dos personalidades (lo más común es que haya sólo dos) mientras se les leía un relato autobiográfico. Una de las personalidades (la llamada “personalidad traumática”) recordaba haber vivido los dolorosos hechos descritos en el relato, y en su cerebro se activaban regiones relacionadas con las emociones; la otra (llamada “neutral”), no reconocía como propios los eventos relatados, y en su cerebro se activaban otras regiones, pero la información –los recuerdos- asociados con el trauma quedaban bloqueados, como parte de un mecanismo de defensa. En otras palabras, la fisiología cerebral refleja lo que psicológicamente sucede en los pacientes con TDI

Pero ¡ojo!: aún cuando pueda visualizarse en la pantalla de una computadora qué áreas del cerebro de un paciente se activan cuando efectúa cierta actividad mental, y aún cuando cada una de las personalidades de un paciente con personalidad múltiple active distintas zonas del cerebro, esto no quiere decir que la mente, el yo, la conciencia –la esencia de lo que nos hace humanos- pueda localizarse en alguna zona definida del cerebro. El yo no es una “perla” alojada en el centro de este maravilloso órgano, sino producto de su funcionamiento conjunto. Aunque puede sonar antiintiuitivo, esta visión es parte de lo que nos muestran los estudios sobre la mente. Habrá que estar preparados para más sorpresas.

martes, 13 de enero de 2004

El señor de la globalización

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 13 de enero de 2004

A fines del año pasado, como tantos otros en todo el mundo, fui a ver la tercera película de la trilogía de El señor de los anillos: El regreso del rey. Y como tantos otros, salí maravillado. Sin duda se trata de una gran película (basada, claro está, en un gran libro).

Poco después, escuché en un programa de radio algunos comentarios sobre ambas obras (el libro y la película) que me llamaron la atención. Resulta que las obras de J. R. R. Tolkien, autor de la famosísima trilogía, se adscriben a una tendencia conocida como “antimodernismo”, la cual se caracteriza –aún sigue vigente– por un rechazo a los apabullantes avances de la ciencia, la tecnología y la industria.

El antimodernismo surgió como una reacción a los cambios, especialmente notorios a finales del siglo 19, que como resultado de la revolución industrial transformaron la forma de vida de millones de personas. Esta transformación no siempre fue para bien, y la desilusión que provocó el hecho de que las condiciones de vida de gran parte de la población no sólo no mejoraran, sino que empeoraran con la industrialización, es un factor que ocasionó el surgimiento de protestas en los países en proceso de industrialización. Sobra decir que durante el siglo 20 la tendencia antimodernista se ha mantenido, y con razón, a pesar de los indudables beneficios que el avance científico-tecnológico ha proporcionado a la humanidad.

Quizá la escena que más claramente muestra la tendencia antimodernista de El señor de los anillos se halla en la segunda película, Las dos torres. Se trata de la caída de Isengard, el reino de Saruman, el mago malévolo, a manos de los ents, árboles vivientes que son los guardianes de los bosques.

Saruman había talado bosques para construir plantas industriales (qué ironía) en las que fabricaba un ejército con el fin de conquistar la Tierra Media para su amo, el malvado Sauron. Es impresionante –y muy simbólico– ver cómo los ents, representantes del cuidado a la naturaleza, destruyen, con piedras y agua, las oscuras fábricas de Saruman. (Los globalifóbicos que desde la reunión de Seattle comenzaron a dar una digna lucha en contra de la globalización despiadada, y que hoy están reunidos en Monterrey, seguramente han tenido en mente esta escena.)

De hecho, se ha especulado que el famoso anillo de Sauron, centro de toda la trama, simboliza la bomba atómica, con su inmenso poderío de destrucción. Las novelas de Tolkien aparecieron más o menos en la época de la posguerra, alrededor de 1950, pero en realidad la trama había sido desarrollada desde los treinta, así que, como el mismo Tolkien lo afirma, no era para nada eso lo que él tenía en mente cuando escribió las novelas. (Lo cual no impide, desde luego, que hoy podamos interpretar así sus escritos.)

Algo curioso es que muchos consideran, erróneamente desde mi punto de vista, que El señor de los anillos es una obra de ciencia ficción. De hecho, en 1966 compitió de cerca con la trilogía de Fundación, de Isaac Asimov (ampliamente recomendables) por el título de “mejor serie de todos los tiempos” en la entrega de los premios Hugo (quizá el más prestigioso premio de ciencia ficción escrita).

Pero en realidad, además de su enfoque antiindustrial, creo que la ciencia está ausente en la trilogía de Tolkien. Más bien lo que se halla ahí son mitos, magia, seres sobrenaturales… La ciencia ficción, en cambio, utiliza el conocimiento científico aceptado, añadiéndole algún elemento fantasioso –pero no anticientífico ni sobrenatural– para crear una trama interesante en la que (frecuentemente) se intenta explorar el futuro.

No todas las obras de ciencia ficción están necesaria e incondicionalmente a favor de la ciencia (piénsese, por ejemplo, en las obras de Michael Crichton como Parque jurásico, La amenaza de Andrómeda o la recientemente llevada al cine Rescate en el tiempo, donde la tecnociencia es siempre la causa de todos los problemas). Pero en ellas nunca se duda de la efectividad de la ciencia y la tecnología como formas de entender y controlar la naturaleza. Y es precisamente este poderío lo que hace que, mal aplicadas, puedan ser peligrosas y destructivas.

El conocimiento científico y tecnológico pueden, desde luego, caer en manos de alguien que expresamente quiera causar daño. Pero más frecuentemente el daño puede ser producto de la ignorancia y el descuido (una mezcla explosiva). Las actuales discusiones, por ejemplo, sobre la conveniencia o no de utilizar cultivos transgénicos se debe a los temores de que los biotecnólogos, en un exceso de confianza, estén pasando por alto posibles efectos indeseados de las plantas modificadas genéticamente en los ecosistemas.

La visión antimodernista de Tolkien no es muy compatible con la apreciación de la ciencia, pero sin duda nos advierte sobre algo importante que puede aplicarse más allá del ámbito tecnocientífico y tiene importancia en la política: no basta con tener el poder para hacer cosas; hay que tener también la sabiduría para saber cuándo conviene hacerlas. Hace tiempo me llegó una foto trucada en que se veía a George W. Bush portando en su dedo el anillo de Sauron. (“¡Frodo falló!”, decía el pie de foto). Esperemos que no sea así, y que el mensaje de Tolkien tenga algún efecto en las discusiones en las que se decide la política global.

El señor de la globalización

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 13 de enero de 2004

A fines del año pasado, como tantos otros en todo el mundo, fui a ver la tercera película de la trilogía de El señor de los anillos: El regreso del rey. Y como tantos otros, salí maravillado. Sin duda se trata de una gran película (basada, claro está, en un gran libro).

Poco después, escuché en un programa de radio algunos comentarios sobre ambas obras (el libro y la película) que me llamaron la atención. Resulta que las obras de J. R. R. Tolkien, autor de la famosísima trilogía, se adscriben a una tendencia conocida como “antimodernismo”, la cual se caracteriza –aún sigue vigente– por un rechazo a los apabullantes avances de la ciencia, la tecnología y la industria.

El antimodernismo surgió como una reacción a los cambios, especialmente notorios a finales del siglo 19, que como resultado de la revolución industrial transformaron la forma de vida de millones de personas. Esta transformación no siempre fue para bien, y la desilusión que provocó el hecho de que las condiciones de vida de gran parte de la población no sólo no mejoraran, sino que empeoraran con la industrialización, es un factor que ocasionó el surgimiento de protestas en los países en proceso de industrialización. Sobra decir que durante el siglo 20 la tendencia antimodernista se ha mantenido, y con razón, a pesar de los indudables beneficios que el avance científico-tecnológico ha proporcionado a la humanidad.

Quizá la escena que más claramente muestra la tendencia antimodernista de El señor de los anillos se halla en la segunda película, Las dos torres. Se trata de la caída de Isengard, el reino de Saruman, el mago malévolo, a manos de los ents, árboles vivientes que son los guardianes de los bosques.

Saruman había talado bosques para construir plantas industriales (qué ironía) en las que fabricaba un ejército con el fin de conquistar la Tierra Media para su amo, el malvado Sauron. Es impresionante –y muy simbólico– ver cómo los ents, representantes del cuidado a la naturaleza, destruyen, con piedras y agua, las oscuras fábricas de Saruman. (Los globalifóbicos que desde la reunión de Seattle comenzaron a dar una digna lucha en contra de la globalización despiadada, y que hoy están reunidos en Monterrey, seguramente han tenido en mente esta escena.)

De hecho, se ha especulado que el famoso anillo de Sauron, centro de toda la trama, simboliza la bomba atómica, con su inmenso poderío de destrucción. Las novelas de Tolkien aparecieron más o menos en la época de la posguerra, alrededor de 1950, pero en realidad la trama había sido desarrollada desde los treinta, así que, como el mismo Tolkien lo afirma, no era para nada eso lo que él tenía en mente cuando escribió las novelas. (Lo cual no impide, desde luego, que hoy podamos interpretar así sus escritos.)

Algo curioso es que muchos consideran, erróneamente desde mi punto de vista, que El señor de los anillos es una obra de ciencia ficción. De hecho, en 1966 compitió de cerca con la trilogía de Fundación, de Isaac Asimov (ampliamente recomendables) por el título de “mejor serie de todos los tiempos” en la entrega de los premios Hugo (quizá el más prestigioso premio de ciencia ficción escrita).

Pero en realidad, además de su enfoque antiindustrial, creo que la ciencia está ausente en la trilogía de Tolkien. Más bien lo que se halla ahí son mitos, magia, seres sobrenaturales… La ciencia ficción, en cambio, utiliza el conocimiento científico aceptado, añadiéndole algún elemento fantasioso –pero no anticientífico ni sobrenatural– para crear una trama interesante en la que (frecuentemente) se intenta explorar el futuro.

No todas las obras de ciencia ficción están necesaria e incondicionalmente a favor de la ciencia (piénsese, por ejemplo, en las obras de Michael Crichton como Parque jurásico, La amenaza de Andrómeda o la recientemente llevada al cine Rescate en el tiempo, donde la tecnociencia es siempre la causa de todos los problemas). Pero en ellas nunca se duda de la efectividad de la ciencia y la tecnología como formas de entender y controlar la naturaleza. Y es precisamente este poderío lo que hace que, mal aplicadas, puedan ser peligrosas y destructivas.

El conocimiento científico y tecnológico pueden, desde luego, caer en manos de alguien que expresamente quiera causar daño. Pero más frecuentemente el daño puede ser producto de la ignorancia y el descuido (una mezcla explosiva). Las actuales discusiones, por ejemplo, sobre la conveniencia o no de utilizar cultivos transgénicos se debe a los temores de que los biotecnólogos, en un exceso de confianza, estén pasando por alto posibles efectos indeseados de las plantas modificadas genéticamente en los ecosistemas.

La visión antimodernista de Tolkien no es muy compatible con la apreciación de la ciencia, pero sin duda nos advierte sobre algo importante que puede aplicarse más allá del ámbito tecnocientífico y tiene importancia en la política: no basta con tener el poder para hacer cosas; hay que tener también la sabiduría para saber cuándo conviene hacerlas. Hace tiempo me llegó una foto trucada en que se veía a George W. Bush portando en su dedo el anillo de Sauron. (“¡Frodo falló!”, decía el pie de foto). Esperemos que no sea así, y que el mensaje de Tolkien tenga algún efecto en las discusiones en las que se decide la política global.

martes, 6 de enero de 2004

Adivinanzas de año nuevo

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 6 de enero de 2004

A Enrique Espinosa Arciniega, por una larga amistad de claras ideas

En los primeros días de cada año nunca faltan en periódicos, revistas, radio y televisión las tradicionales predicciones anuales. Hay profecías realizadas por brujos o chamanes y horóscopos anuales que hacen astrólogas enjoyadas. Todos tienen en común, sin embargo, que sus predicciones son siempre vagas (“un personaje famoso morirá este año”, “un suceso internacional importante ocurrirá en el primer trimestre”, etcétera. Y son por tanto difíciles de refutar.

Últimamente, entre los periodistas mexicanos se ha popularizado el sano ejercicio de recurrir a las declaraciones pasadas de los políticos y compararlas con las actuales (algunos se han transformado de “izquierdistas” en neoliberales, por ejemplo), o ver si cumplieron sus promesas de campaña. “La hemeroteca es el peor enemigo de los políticos”, dice la frase de moda. Se me ocurre que un ejercicio interesante sería someter a la misma prueba a los adivinos de año nuevo.

El método es fácil (se lo paso al costo a mis colegas, pues no está en mis planes próximos aplicarlo): se toman los periódicos del año pasado, se leen la predicciones, y se comparan con los hechos sucedidos durante el año. Así podremos tener una idea del porcentaje de aciertos de este tipo horóscopos y predicciones. Seguramente no será mucho mayor del que sería esperable por puro azar.

Desde luego los adivinos, gracias a la ya mencionada vaguedad de sus afirmaciones, siempre podrán defenderse diciendo que sus predicciones sí se cumplieron. Después de todo, cualquier cosa puede calificar como “un suceso internacional importante”, y cada año invariablemente muere algún “personaje famoso” en algún lado. Por eso un control importantísimo en nuestro “experimento” sería ver también qué sucesos internacionalmente importantes no fueron predichos por los adivinos. Los atentados terroristas y los desastres naturales, por su naturaleza impredecible, son excelentes candidatos. Por lógica, si los adivinos --o al menos la mayoría de ellos-- tienen realmente la facultad de ver el futuro, un gran número de ellos, en todo el mundo, deberían haber podido prever un suceso como la caída de las torres gemelas en el 2001.

Y sin embargo, a pesar de todas las anteriores consideraciones críticas acerca de las artes adivinatorias, tengo que confesar que los científicos también están en el mismo negocio. Las teorías que construyen tienen el objetivo no sólo de explicar la naturaleza, sino también de predecirla. Es gracias a eso que las teorías científicas pueden utilizarse para construir tecnologías que --normalmente-- funcionan de manera confiable y reproducible.

En realidad, existen dos formas de entender qué significa “predecir” el futuro (predecir el pasado, como se sabe, siempre resulta sencillo). Una concepción, que podríamos denominar sobrenatural, es la que adoptan adivinos y chamanes: de alguna manera, el futuro está ya escrito, o al menos determinado por factores externos. Éstos son accesibles a los iniciados, que logran así “leer” estas verdades inmutables y compartirlas con el resto de nosotros --mediante una módica cuota, claro.

La otra concepción, que denominaré naturalista, es la que adoptan los científicos, y es de una simplicidad decepcionante. Predecir, desde este punto de vista, no es más que adivinar.

¿Y cómo se puede adivinar algo sin recurrir a medios sobrenaturales, se preguntará usted? Simple: por prueba y error.

En efecto: al contrario de lo que a veces nos enseñan, la esencia misma del método científico consiste no en aplicar una receta infalible, sino en hacer muchas pruebas, equivocándonos una y otra vez y reconociendo nuestros errores, hasta acertar. Y en aprender a equivocarnos cada vez menos y acertar cada vez más: aprender a adivinar con mayor eficiencia.

Quizá suene raro, pero es precisamente lo que experimentamos, por ejemplo, cuando aprendemos “de oído” a hablar un idioma (como me señaló recientemente mi amigo Enrique, neurobiólogo que estudia alemán). Inicialmente no sabemos qué significan las palabras, pero poco a poco, interpretando el lenguaje visual de los hablantes, relacionando lo que dicen con el contexto, y en general adivinando, vamos poco a poco aprendiendo el idioma. El proceso por el que un niño aprende a hablar su lengua materna es esencialmente el mismo. Incluso como adultos seguimos dependiendo de este mecanismo de “adivinación” para comprender lo que nos dicen otras personas (por ejemplo cuando no podemos escucharlas bien o cuando tienen un acento poco familiar): primero oímos algo que no entendemos, pero luego “adivinamos” lo que el otro quiso decir, y lo hacemos con alta probabilidad --no seguridad-- de acertar. No se requiere ninguna habilidad sobrenatural como “leer la mente” del otro para lograr esto.

Este tipo de “adivinación” forma parte de la misma clase de procesos que han dado origen a la mente humana y a la vida misma (hechos que, por su naturaleza sorprendente y poco probable, han recibido también explicaciones sobrenaturales). Estoy hablando, claro, de la evolución darwiniana por selección natural. En ellos se selecciona, a partir de una variedad inicial de candidatos, a aquellos que mejor se adaptan o responden a los “retos” planteados por el medio (sobrevivir en un ecosistema, explicar un fenómeno natural, comprender una frase...).

Las predicciones sobrenaturales son imposibles, pero los procesos darwinianos de “adivinación” han dado origen a algunas de los fenómenos más asombrosos en la naturaleza. Para un científico, es mucho más interesante explorarlos que atenerse pasivamente a los “dictados del destino”.

martes, 30 de diciembre de 2003

¡Alcoholímetro!

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 30 de diciembre de 2003

La noticia de que el gobierno del DF dejaría de aplicar durante el 24 y el 31 de diciembre la polémica prueba del alcoholímetro ha hecho felices a una gran cantidad de capitalinos que, por alguna razón que los abstemios como un servidor no entendemos, no conciben pasársela bien en una fiesta sin ponerse hasta las chanclas.

La prueba, que se aplica a conductores detenidos al azar en las calles de la ciudad y permite remitir al ministerio público a quienes sobrepasen el límite permitido, consiste en bajarse del auto, soplar en un tubito conectado a un aparato electrónico portátil, y esperar que el nivel de alcohol presente en la sangre del desafortunado conductor no exceda de 0.04 por ciento de alcohol en el aliento (lo cual equivale a 0.08 por ciento en la sangre).

Entiendo lo molesto de la prueba, y lo inquietante de sentirse amenazado con “de 12 a 36 horas de arresto”, que es la pena “inconmutable”que se aplica. Y desde luego, la tregua navideña me parece una buena idea, pues hace que los bebedores se sientan menos amenazados en estos días de paz y amor. Esperemos que la tasa de accidentes automovilísticos, que según las autoridades ha disminuido en 70 por ciento desde que se aplica la prueba, no se eleve en esos días.

Se sabe perfectamente los daños que puede causar el alcohol: falta de coordinación, disminución de reflejos, pérdida de inhibiciones... todo ello resulta peligroso cuando se maneja una máquina peligrosa, como es (por ejemplo) un automóvil. Es un hecho que la mayor parte de las muertes en accidentes automovilísticos son debidas al alcohol. Y sin embargo, ¿debe respetarse la libertad del individuo de consumirlo? (Piense usted en las drogas, un caso en que no se respeta la libertad del individuo... ¿qué tan distintas son del alcohol? ¿Por qué las drogas son ilegales y el alcohol, que causa tantas muertes, no?).

Cuando bebemos una copa, esta pequeña molécula, cuyo nombre químico es etanol, llega a la sangre, tras ser absorbida ya desde el estómago, pero sobre todo en la mucosa intestinal (un dato interesante es que, mezclado con bebidas gaseosas, se absorbe más rápidamente).

Al mismo tiempo, el cuerpo comienza a eliminarlo. Entre un 2 y un 10 por ciento de lo consumido se llega a desechar a través de los pulmones (el aliento alcohólico), el sudor y la orina. Pero el resto tiene que ser metabolizado: transformado en otras sustancias. Esto sucede principalmente en el hígado.

Las células hepáticas contienen una enzima –proteína especialista en reacciones químicas– llamada deshidrogenasa alcohólica, que como su nombre lo indica, le quita hidrógeno al etanol y lo convierte en acetaldehído. Éste es una sustancia sumamente tóxica, pero inmediatamente es transformado por otra enzima en acetato, que luego se oxida para convertirse en dióxido de carbono y agua. En el proceso, se liberan calorías que le dan energía al organismo.

Un problema es que la velocidad con las que las enzimas del hígado pueden eliminar el alcohol está limitada. En una hora pueden procesar como máximo, en un hombre adulto promedio, alrededor de lo que contiene una copa de vino o una botella de cerveza.

Otro problema, desde luego, son los efectos que el alcohol, que llega al cerebro a través de la sangre, tiene sobre el sistema nervioso. Su efecto principal es depresivo. En bajas concentraciones, paradójicamente, puede tener un efecto estimulante, al deprimir los centros inhibidores, pero al aumentar la cantidad absorbida produce sucesivamente somnolencia, estupor e incluso coma. Los efectos incapacitantes se comienzan a presentar en general cuando la concentración en la sangre es entre 0.03 y 0.05 por ciento. Con 0.15 por ciento la persona está claramente intoxicada (habla arrastrada, caminar torpe). Por arriba de ese nivel, lo más probable es que se el bebedor se quede dormido, pero si consumió suficiente alcohol como para llegar a niveles aún mayores, puede caer en coma. Con una concentración de entre 0.5 y 1 por ciento de alcohol en la sangre, los centros de la respiración del cerebro pueden quedar anestesiados, con lo que el bebedor muere de asfixia. Estos casos, sin embargo, son raros: la forma más común en que el alcohol mata es a través de un automóvil.

Y sin embargo... la gente sigue bebiendo en exceso y luego sentándose detrás del volante. ¿Por qué? La respuesta seguramente sale del campo de las ciencias duras, y entra en el terreno de la psicología.

Es curioso el ingenio de los bebedores –y especialmente quienes venden bebidas alcohólicas–para criticar el alcoholímetro, o para tratar de darle la vuelta. Me pareció especialmente divertido el intento que hicieron recientemente los restauranteros de vender un agua especial con alto contenido de oxígeno, prometiendo que luego de tomarla –y esperar alrededor de una hora– el bebedor no tendría que temer al alcoholímetro. Quizá este producto ayude a disminuir los efectos de la “cruda”, pero no puede acelerar sensiblemente el metabolismo del alcohol (lo de esperar una hora, claro, es buena idea).

En todo caso, las propuestas de pagar un taxi o un chofer que maneje el auto de bebedor me parecen propuestas más sensatas. No se trata de que la gente no beba, sino de que no maneje bebida. De cualquier modo, trate usted, querida lectora o lector, de no poner su vida en riesgo este año nuevo, para poder disfrutar de un 2004 feliz y lleno de prosperidad.

martes, 23 de diciembre de 2003

Santa Clós vs. los hermanos Wright

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 23 de diciembre de 2003

¿Puede volar un aparato más pesado que el aire? Y si es así, ¿podrá volar un trineo como el de Santa Clós? La versión oficial es que un avión sí puede volar, pero no un trineo. Pero las versiones oficiales a veces son discutibles.

Yo, por ejemplo, me sentí muy desilusionado al enterarme de que el intento de reproducir el histórico vuelo de los hermanos Wilbur y Orville Wright en Kitty Hawk, Carolina del Norte, el pasado 17 de diciembre, fracasó rotundamente. La réplica de su avión, el Flyer 1, se deslizó sobre un riel de madera para acabar encallado en un charco de agua. Si el vuelo conmemorativo fracasó, ¿de veras habrá volado el avión original hace 100 años?

La historia oficial, nuevamente, dice que el Flyer 1, construido con madera y tela, y con un motor de aluminio y cobre de 12 caballos de fuerza, logró volar (en el cuarto intento) la asombrosa distancia de 852 pies (260 metros). Desgraciadamente, hubo muy pocos testigos, y en los años siguientes a su hazaña los Wright mantuvieron una gran discreción, rayana en el secreto, por temor a que alguien les robara sus ideas (y su fama). Desarrollaron otros aeroplanos y en 1906 obtuvieron una patente, pero aún así se resistían a proporcionar información sobre sus detalles. Rehusaban demostrar el vuelo o permitir que se fotografiara a menos que los interesados firmaran un contrato de compra del aeroplano. Para 1906, en Francia y Alemania se comenzó a dudar de la veracidad de los Wright.

Al mismo tiempo, el brasileño Alberto Santos-Dumont reclamaba la gloria de ser el primer aviador. En julio de 1901 se había hecho famoso por haber circundado la torre Eiffel a bordo de un globo dirigible, probando así que se podía volar en forma controlada (algo que difícilmente se podría decir de los primeros vuelos de los Wright, cuyos aterrizajes más parecían choques). El 13 de septiembre de 1906, Santos-Dumont logró volar en su avión 14-bis la distancia de 7 o 13 metros (el dato es confuso). El 23 de octubre voló 60 metros, y el 12 de noviembre, 220 metros. La revista Scientific American (diciembre 2003) comenta que “como no había prueba de lo contrario en ese momento, (Santos-Dumont) fue aclamado como el primer hombre en volar”. Lo importante es que el avión de Santos-Dumont (a quien los brasileños siguen considerando el verdadero padre de la aviación) logró levantar el vuelo sin utilizar un medio externo de propulsión, sólo con la potencia de su motor. Los de los Wright requerían de una rampa para adquirir impulso. Sin embargo, en agosto de 1908 los Wright dieron una demostración pública de sus para entonces muy avanzados aeroplanos en Le Mans, Francia, con lo que consolidaron su destreza y superioridad.

De modo que el título de primero aviador es discutible. Pero no así el hecho de que los aviones vuelan. Yo, por ejemplo, no puedo evitar cada vez que vuelo una profunda sensación de maravilla en el momento de despegar. Sentir la potente aceleración, ver cómo el suelo se aleja y las personas, automóviles y casas se van empequeñeciendo hasta convertirse en menos que hormigas no deja de parecerme increíble. ¡El avión funciona; de veras vuela!

Volviendo a Santa Clós, ¿por qué no podría también volar su trineo? Los libros de física nos explican que el vuelo en avión es posible gracias al llamado principio de Bernoulli, que dice que la presión de un fluido en movimiento disminuye con su velocidad. En particular, el aire en movimiento rápido ejerce menos presión que el aire en movimiento lento.

Las alas de los aviones están diseñadas para que, al moverse, hagan que el aire que pasa por arriba del ala recorra en el mismo tiempo una distancia mayor que el aire que pasa por debajo: que fluya más rápido por arriba. Esto ocasiona que haya menos presión encima del ala que debajo, y esta presión desde abajo es la que eleva a los aviones (por eso un avión sólo puede volar si primero logra avanzar a una velocidad suficiente).

Bueno, eso dicen los libros, pero un niño o un escritor de ciencia ficción podrían pensar que quizá hay otras explicaciones. Después de todo Santa Clós logra volar en un trineo jalado por renos y sin alas, ¿no?

Alguna vez leí un libro en el que se explicaba la aerodinámica de las pezuñas y cornamentas de los renos de Santa Clós, y se argumentaba que su estructura especial permitía que se elevaran por los aires. Incluía datos, cálculos y diagramas para mantener la fantasía y llevarla a los límites de lo creíble, un poco a la manera de Jorge Luis Borges en sus relatos fantásticos.

Sería bonito que fuera verdad, pero se trata de ficción. Dudas históricas aparte, las hazañas de los Wright y de Santos-Dumont nos permiten hoy viajar a Holanda en unas pocas horas. El trineo de Santa Clós, mientras tanto, seguirá perteneciendo al reino de la fantasía, y cumpliendo otras importantes funciones más relacionadas con la felicidad de los niños (aunque yo prefiero a los Reyes Magos, que no vuelan). El principio de Bernoulli –y en general, el conocimiento científico– funciona para construir aparatos efectivos. La fantasía, por su parte, es útil para satisfacer necesidades más íntimas. ¡Feliz navidad!

martes, 16 de diciembre de 2003

Homosexualidad: consultas y mitos

Martín Bonfil Olivera
16 de diciembre de 2003

“La democracia es el peor sistema de gobierno conocido, excepto por todos los demás”, dijo alguna vez un personaje famoso. (Creo que fue Winston Churchill, pero no me haga usted mucho caso). Tenía razón: la democracia, a pesar de sus indudables ventajas, es un sistema lleno de fallas.

Quizá la principal es que el debate basado en argumentos racionales, que debería servir para lograr que los votantes apoyen a uno u otro bando en una elección, puede ser fácilmente sustituido por estrategias de propaganda y mercadotecnia que logran el mismo objetivo (convencer) en forma más eficiente y sencilla (¡y sin necesidad de razonar!). Las elecciones del 2000 lo comprobaron ampliamente.

Pero cuando la democracia, incluso con sus carencias, es sustituida por versiones “light”, como la famosa figura de la “consulta ciudadana”, nos quedamos con sus defectos pero perdemos sus ventajas, pues se sustituye una votación representativa por una especie de encuesta simple que sirve más que nada como recurso publicitario.

Es por eso que me extraña y preocupa la reciente ocurrencia del jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, al proponer una consulta antes de que se apruebe la Ley de Sociedades en Convivencia. “Yo lo que sostengo es que cuando hay iniciativas muy polémicas lo mejor es preguntarle a la gente, es decir, lo mejor es la consulta, es lo más democrático, en vez de caer en descalificaciones de un lado y de otro. Ahora sí que, para no equivocarnos, lo mejor es preguntar”, afirmó (La Jornada, 8 de diciembre).

Desde luego, al decir que el tema “es polémico” se refería a un caso especial de sociedad de convivencia: las que se darían entre parejas homosexuales. Y lo que hace que este tipo de uniones sean “polémicas” son los prejuicios sociales, en gran parte alentados por la cultura católica.

El problema es que se ha tergiversado el sentido de esta ley, cuyo dictamen ya fue aprobado “en lo general” el 5 de diciembre por diputados del PRI y el PRD en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF). Se habla de “la ley sobre uniones homosexuales” o incluso “la ley sobre gays” o “la ley gay” (como la llamaron los integrantes de la Iglesia Cristiana Evangélica que protestaron frente a la ALDF el pasado 8 de diciembre).

En realidad, dicha ley se aplicaría no sólo a homosexuales que deseen formar una unión con todos los derechos que tienen los matrimonios tradicionales, sino también a otros tipos de relación que no tienen un componente afectivo íntimo, pero en las que una parte quiera proporcionar a la otra ciertos beneficios, como el poder heredar. Tampoco es cierto, como afirman grupos de ultraderecha, que dicha ley sea el primer paso para luego legalizar la adopción de niños por parejas homosexuales, y mucho menos para “destruir la familia” (argumento que siempre usan los de ProVida, pero cuya lógica nunca explican).

El prejuicio contra la homosexualidad existe desde siempre. (Para profundizar, recomiendo el excelente libro Una historia sociocultural de la homosexualidad, de Xabier Lizarraga, Paidós, 2003.) Pero lo mismo sucede con la idea de la superioridad del hombre sobre la mujer, o la de algunas razas sobre otras. La existencia misma de razas humanas es un concepto obsoleto, desde el punto de vista científico, social y ético.

El simple sentido común indica que es injusto de negar los mismos derechos de todo ciudadano a l@s homosexuales sólo porque a alguien no le guste lo mismo que a ell@s, siendo que pagan impuestos y obedecen las mismas leyes que los demás. El mito de que son “enfermos” o “depravados” ha sido totalmente desechado por la comunidad científica y médica de todo el mundo. Los argumentos “morales” en contra de la homosexualidad han sido también refutados hasta el cansancio. ¿Qué es lo que queda entonces para negarles a lesbianas, gays, bisexuales y transgenéricos (la famosa comunidad LGBT) un trato igual al de cualquier ciudadano? Prejuicios, basados en el miedo a lo diferente. Este temor, que se conoce como homofobia, es una forma de discriminación, y como tal está penada por la ley.

En particular, se esgrime una y otra vez el argumento de que la homosexualidad es “antinatural”. Lo cierto es que, desde el punto de vista biológico, el comportamiento homosexual se presenta a lo largo de toda la gama de seres vivientes, es muy común en todo tipo de mamíferos, incluyendo los primates no humanos, y aparece en todas las culturas humanas. El libro La orientación sexual, de Luis González de Alba (Paidós, 2003) ofrece abundante información al respecto.

Creo que lo peligroso de la propuesta de López Obrador es que, al someter a una consulta (que según el Instituto Electoral del Distrito Federal costaría 58 millones de pesos) esta “polémica” cuestión, lo que se podría lograr es simplemente dinamitarla. Con ello, se daría un paso atrás en la lucha por una causa justa, y el prejuicio y la homofobia habrían ganado una batalla. Si de lo que se trata es de lograr una sociedad más justa, no es aceptable disfrazar los prejuicios religiosos o discriminatorios con falsos datos científicos. Y menos aún es suponer que una votación telefónica, fácilmente manipulable por grupos de interés de uno y otro lado, pueda sustituir al verdadero proceso democrático.

martes, 9 de diciembre de 2003

Oscurantismo y prejuicios

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 9 de diciembre de 2003

Pocas cosas hay más tristes que los prejuicios, pues nos hacen perder oportunidades. Yo, por ejemplo, tengo el fuerte prejuicio de no tomar alcohol, y sé que me he perdido de varias experiencias valiosas. Quizá valdría la pena aprender a apreciar un buen vino…

Pero una cosa son los prejuicios personales, y muy otra son los que se intentan imponer en cuestiones públicas, sobre todo si causan daño o impiden avances que podrían beneficiar a la sociedad.

Leo en Reforma (5 de diciembre) que la semana pasada la H. Cámara de Diputados “aprobó un decreto que prohíbe la investigación con células troncales humanas de embriones vivos, o aquellas obtenidas por transplante nuclear”.

En el mismo artículo se incluyen las opiniones de varios destacados científicos al respecto, entre ellos Francisco Bolívar, pionero de la ingeniería genética en México (y en el mundo); Antonio Velázquez, uno de nuestros principales expertos en medicina genómica, y Luis Herrera Estrella, uno de los iniciadores de la ingeniería genética en plantas a nivel mundial. Todos coinciden en lamentar la decisión de los diputados, y consideran que se tomó sin tener los conocimientos suficientes.

¿Qué prohibieron los diputados? Usar un tipo especial de células humanas, las células precursoras totipotenciales (incorrectamente llamadas “troncales” o “estaminales”, por traducción literal del inglés stem cells), también conocidas como “células madre”. Son células que tienen la capacidad de dar origen a todos o varios de los tejidos de un ser humano; en ciertas condiciones, pueden formar un ser humano completo.

La célula totipotencial por excelencia es el óvulo fecundado. Incluso cuando se ha dividido varias veces, cada una de sus células hijas siguen siendo células madres: pueden todavía dar origen a un bebé completo (esto es lo que sucede cuando se forman gemelos idénticos). En fases más avanzadas del desarrollo del embrión, las células se van diferenciando y van perdiendo su capacidad para formar todos los tejidos, pero todavía pueden originar varios tejidos del cuerpo. En cambio, en etapas posteriores, la mayoría de las células pierden por completo esta capacidad y sólo pueden dar origen a células de su mismo tipo.

Los biotecnólogos no están proponiendo clonar un ser humano (clonación reproductiva). Está claro que todavía hay dificultades técnicas que hacen imposible y antiético intentarlo, pues en el intento se producirían numerosos embriones que no se desarrollarían normalmente. Lo que se pide, y que nuestros diputados –encabezados por los panistas– prohibieron, es la clonación terapéutica: clonar células humanas para realizar investigación y, en un futuro, desarrollar tratamientos terapéuticos para las más diversas enfermedades.

¿Por qué tanto miedo? (Porque lo que expresa la prohibición de los diputados, así como la constante oposición a la clonación de células humanas, es miedo.) Creo que aquí se mezclan dos prejuicios. Uno, que más bien es una mentira, es el de que los biotecnólogos están tratando de lograr que se apruebe la clonación terapéutica para después lograr la clonación reproductiva. Otro, más profundo, es que la clonación es, de por sí y en todos los casos, algo negativo, peligroso y casi monstruoso.

En la raíz de esta visión se hallan la ignorancia y el pensamiento mágico. Ignorancia porque la clonación como medio de reproducción se halla en toda la naturaleza (en bacterias, protozoarios, hongos, plantas…) y ha sido aprovechado por el hombre desde siempre. Muchas plantas de interés comercial, como los rosales o las vides, han sido seleccionadas durante muchos años para producir las variedades que ofrecen precisamente los colores o sabores que las hacen tan especiales y valiosas en el mercado. Si estas plantas se reprodujeran sexualmente, cruzándose, sus valiosos genes –su genoma-, que tanto trabajo ha costado reunir, se dispersarían, mezclándose de nuevo desordenadamente en la descendencia. Por ello, se prefiere reproducirlas asexualmente por clonación: tomando “piecitos” de las plantas y sembrándolos para que se desarrollen en nuevas plantas adultas.

El pensamiento mágico se manifiesta en la interpretación que se le da a la posible clonación de un ser humano: los científicos, se dice, quieren jugar a ser dios. ¿Cuál es el punto de vista científico? Que el ser humano es un producto de la evolución por selección natural. Como tal es parte de la naturaleza, y no es mejor ni peor que cualquier otro ser vivo. No existe en él ninguna esencia sobrenatural que lo distinga. Un ser humano clonado sería tan humano como cualquier otro, y tendría los mismos derechos humanos.

Es por ello que clonar a un humano es una cuestión que debería tomarse muy en serio. No sólo por los posibles defectos que pudiera tener el producto, o porque al intentar clonarlo se desecharan varios embriones malogrados; también porque, una vez nacido, el clon se enfrentaría a problemas legales, sociales y morales. Quizá no tenemos derecho a clonar un humano, después de todo, pero por razones médicas, éticas, sociales o humanas: no sobrenaturales.

Pero mientras se da la necesaria discusión para llegar a acuerdos en esta cuestión, es inmoral detener la investigación sobre clonación terapéutica que podría ayudar a tantos enfermos. Al hacerlo, nuestros diputados estorban el avance de la ciencia biomédica mexicana y fomentan que sigamos estando a la zaga de otras naciones. Lástima.

martes, 2 de diciembre de 2003

Ciencia, sociedad y erecciones

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 2 de diciembre de 2003

¿Qué pasaría si no existiera el Viagra? Tal vez alguien lo inventaría… Tal es la premisa de la novela NO, del químico Carl Djerassi.

NO no es una novela de ciencia ficción. Pertenece a una corriente que su autor inventó, y que ha denominado “ciencia en ficción”. La diferencia es sutil: en la ciencia en ficción, se crea una ficción que habla sobre la ciencia sin introducir elementos imposibles. El objetivo es presentar al lector una visión realista de qué es la ciencia y, sobre todo, de cómo trabajan los científicos y cómo es su vida.

Djerassi no es un personaje muy conocido, aunque es uno de los científicos que más ha contribuido a cambiar la sociedad contemporánea. Se trata nada menos que de uno de los químicos que desarrollaron la píldora anticonceptiva. Labor que, curiosamente, se llevó a cabo en nuestro país, en la empresa Syntex. Su creación y puesta a la venta al público marcó, desde muchos puntos de vista, un cambio decisivo en la sociedad: fue quizá el elemento más importante en la liberación femenina, y en el cambio en los roles tradicionales del varón y la hembra.

Posteriormente a la píldora, Djerassi se hizo rico (naturalmente), y se convirtió en mecenas de artistas y bon vivant. Además, comenzó a interesarse en los aspectos sociológicos de la biología de la reproducción y en la lucha por los derechos femeninos. También comenzó a escribir.

“La cultura y las costumbres de los investigadores científicos son tribales”, afirma Djerassi, y por ello intenta mostrar en sus novelas los ritos, costumbres y tradiciones que existen en esta tribu tan poco comprendida. Al hacerlo, contribuye a romper con la falsa imagen del científico como alguien distinto al resto de los seres humanos, que vive en una torre de marfil alejada de la sociedad y sin contaminarse con “influencias nocivas” como la política, la economía o las envidias o rivalidades entre colegas. Lejos de esto, Djerassi nos muestra lo humanos y complicados que pueden ser los científicos: tanto como cualquier persona.

Djerassi se propuso escribir una tetralogía de novelas sobre científicos, aunque al final acabó escribiendo cinco (una, Marx el difunto, es sobre un escritor), más dos obras de teatro, una autobiografía y un libro de reflexiones. NO (aparecida este año y publicada en español, como toda su obra, por el Fondo de Cultura Económica) es la cuarta, con lo que se cierra el ciclo.

En las tres primeras novelas (El dilema de Cantor, El gambito de Bourbaki y La semilla de Menachem), aborda respectivamente temas como la competencia entre científicos por el reconocimiento de sus colegas, por los premios (como el Nobel) y por la fama; los problemas que enfrentan los científicos de edad madura, pero aún productivos, que son obligados a retirarse; y la influencia que las nuevas técnicas reproductivas in vitro pueden tener en una historia de amor. Al mismo tiempo, explora aspectos como la influencia del entorno geopolítico o las características étnicas de los investigadores en el desarrollo de la ciencia. Todo ello de forma amena, inteligente, bien narrada e interesante.

NO se centra en un aspecto de la ciencia –y en particular de la farmacología– que muchas veces pasa desapercibido no sólo para el público, sino para los propios científicos que laboran en la academia, lejos de las complejidades de la industria. Se trata del largo y tortuoso camino que un descubrimiento científico tiene que seguir antes de tener una aplicación práctica y ser usado por el público. Los personajes –en particular los femeninos son siempre especialmente poderosos– nos muestran qué sucede cuando un científico tiene que convertirse, para poder lograr que sus descubrimientos sean aplicados, en industrial y hombre –o mujer– de negocios.

Djerassi usa el óxido nítrico, NO, como pretexto. Este sorprendente gas demostró hace poco ser una hormona responsable de gran cantidad de procesos en el ser humano. Participa en la circulación sanguínea, el cáncer y el funcionamiento cerebral. En particular, controla la relajación de las paredes de los vasos sanguíneos, y por ello puede usarse para combatir los ataques al corazón (las pastillas de nitroglicerina se usaban para esos casos porque liberaban NO) y también para facilitar el flujo de sangre al pene: causar erecciones. El Viagra, quizá el medicamento más famoso de los últimos años, ocasiona la liberación de NO. La novela de Djerassi no habla del Viagra, sino de otro medicamento ficticio que hubiera podido ser usado para el mismo fin.

La experiencia personal de propio Djerassi le permite dar así una interesantísima visión desde dentro de la relación ciencia-industria. De hecho, varios de los personajes son tomados de la realidad, y el propio Djerassi –quien siempre lamentó no haber recibido el Nobel– se introduce en su novela y se otorga un imaginario premio equivalente al deseado galardón.

La prosa de este químico no es grandiosa; se trata de novelas sencillas, aunque ingeniosas y muy agradables. Cumplen más que satisfactoriamente con su fin, y creo que merecen ser leídas ampliamente. Conque queda usted convidado a sumergirse en el mundo del NO y en el de los científicos, su trabajo, sus amores, sus envidias y rivalidades, llevado de la mano por el químico que cambió la forma en que concebimos el sexo. ¡Que disfrute el viaje!

martes, 25 de noviembre de 2003

Dos teorías de la mente

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 25 de noviembre de 2003

Uno de los más grandes misterios que le quedan a la ciencia por resolver, luego de habernos dado una perspectiva acerca del universo y de la vida, es la mente.

Me desagrada, al hablar de ciencia, usar la palabra “misterio”. En general, los científicos no se ven a sí mismos como “reveladores de misterios”, sino como investigadores de la naturaleza. En cambio, una de las marcas características de charlatanes y seudocientíficos es que continuamente hablan de “grandes misterios”.

Y sin embargo, quizá no haya misterio mayor que el que unos átomos, inanimados en sí mismos, pero acomodados en cierta manera para formar un cerebro humano vivo, puedan tener conciencia. Francis Crick, descubridor de la estructura del ADN y hoy neurobiólogo, en su libro The astonishing hypothesis (traducido truculentamente como La búsqueda científica del alma), lo expresó así:

“La hipótesis sorprendente es que tú, tus alegrías, tus tristezas, tus recuerdos y ambiciones, tu sentido de identidad personal y tu libre albedrío no son en realidad más que el comportamiento de un vasto conglomerado de células nerviosas y sus moléculas asociadas.”

En ciencia se descarta de antemano cualquier explicación sobrenatural o mística; las explicaciones científicas tienen por necesidad que ser naturalistas. Recurrir a un “alma” inmaterial que “habita” en el cerebro no tiene chiste: es una explicación que no explica nada, y además no puede someterse a prueba. (La “hipótesis” del alma también supone que ésta sale del cuerpo al morir, como se insinúa en el título de 21 gramos, la película de moda esta semana... Es curioso pensar que el alma, entidad inmaterial por excelencia, pudiera pesar algo, cuando sólo la materia tiene la propiedad que llamamos peso.)

La explicación del alma como algo separable del cuerpo –o de la mente separable del cerebro– son dualistas: distinguen entre la simple y despreciable materia y el sutil mundo de lo espiritual. Las primeras explicaciones sobre la mente, como la que planteó René Descartes en el siglo 17, eran de este tipo: la mente o espíritu se “conectaba” con el cuerpo a través del cerebro.

En las teorías científicas actuales sobre la conciencia hay dos tendencias. La primera parte de la química y la biología para plantear el surgimiento de la mente. El argumento es sencillo: la vida surge gracias a las propiedades químicas de las moléculas que forman a los seres vivos. Estas moléculas se organizan, gracias al proceso de la evolución, para formar células y organismos complejos. En nuestro caso, la evolución ha producido un cerebro capaz de llevar a cabo los procesos que se manifiestan en el fenómeno subjetivo que experimentamos como conciencia.

Vista así, la mente es un producto más de la evolución; es consecuencia de las propiedades físicas, químicas y biológicas de los seres vivos y es inseparable del cerebro. La mayoría de los neurobiólogos serios, que buscan explicar en detalle cómo es que nuestro cerebro produce la conciencia, comparten estas ideas. Un ejemplo es Daniel Dennett, de quien puede usted leer el libro Tipos de mentes (Debate, 2000).

Pero hay quienes exploran rutas distintas. Algunos físicos, por ejemplo, tienden a pensar que para explicar los fenómenos biológicos y mentales hace falta algo más que la simple química y biología que todos conocemos. Algo así como un nuevo principio físico, una nueva ley de la naturaleza.

No es la primera vez que esto sucede: a principios del siglo 20, cuando la pregunta “¿qué es la vida?” distaba mucho de tener una respuesta, algunos de los físicos que crearon la mecánica cuántica pensaron que para explicar la vida se requerirían nuevas leyes naturales, y comenzaron a buscarlas. Gracias a ellos, en gran parte, nació la moderna biología molecular, que explica el funcionamiento de los seres vivas con todo detalle, hasta el nivel de las moléculas que los forman. Los principios desconocidos, las nuevas leyes, no sólo nunca se hallaron, sino que no fueron necesarias. Para explicar la vida, basta con la química (y la física en que ésta se basa).

Hoy el físico y matemático Roger Penrose, descubridor –junto con el famosísimo Stephen Hawking– de los hoyos negros, ha formulado su propia teoría de la mente, publicada en su libro La nueva mente del emperador (Fondo de Cultura Económica, 1996). Plantea que el cerebro, y en particular una proteína llamada tubulina, que se halla en las fibras que forman el “esqueleto” celular o citoesqueleto de las neuronas, pueden participar en fenómenos cuánticos novedosos que permitan “conectar” al cerebro con el “mundo de la mente”, una especie de realidad platónica que existe paralelamente a este prosaico mundo material.

No hay que olvidar que en realidad, los seres conscientes no vivimos directamente en el mundo material, sino en un “mundo virtual” que construye nuestro cerebro, una representación de lo que hay afuera de nuestras cabezas. Pero de esto a plantear que el mundo mental es realmente otra realidad separada de ésta... No sé a usted, pero la explicación de Penrose me suena excesivamente complicada y poco natural (además de dualista). Me parece más parsimonioso explicar la mente a partir de lo ya conocido antes de introducir factores nuevos. Pero no se preocupe: seguramente en pocos años podremos saber cuál de las dos rutas parece más prometedora. Los avances se están dando con una celeridad sorprendente; apuesto a que el siglo 21 será el siglo de la mente.

martes, 18 de noviembre de 2003

Guerra contra la cultura... científica

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 18 de noviembre de 2003

La nota principal de los últimos días ha sido la propuesta del gobierno federal de “desincorporar, liquidar, extinguir, fusionar o enajenar” (todos ellos eufemismos para “deshacerse de”) una serie de instituciones. Entre ellas algunas son filantrópicas, como la Lotería Nacional y Pronósticos Deportivos (en estos tiempos de Teletones, ¿quién se preocupa por comprar un cachito?). Otras son de servicio social, como Notimex, la agencia noticiosa que, a pesar de su evidente ineficiencia, podría haberse reformado para cumplir satisfactoriamente su importante misión.

Pero lo más preocupante es descubrir que la mayoría de las entidades que se ofrecerán en la venta de garage gubernamental son de índole cultural. Tres relacionadas con el cine (el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y los Estudios Churubusco. Otras con la cultura popular y la lectura: el Fondo Nacional para las Artesanías, Fonart, y la distribuidora de libros Educal. Y otras más con la docencia e investigación en problemas de interés nacional: el Colegio de Posgraduados de Chapingo; el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias; el Instituto Nacional para el Desarrollo de Capacidades del Sector Rural; la Comisión Nacional de Zonas Áridas, y el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua.

En cambio, el rescate bancario y el pago de la deuda gubernamental recibirán un incremento de recursos. Queda claro lo poco importante que es la cultura para este gobierno. Que se piense que deshacerse de este tipo de instituciones culturales es “ahorrar” es señal de que algo grave está pasando.

Refiriéndose a la desincorporación de Imcine y el CCC, Fernando del Paso escribió en La Jornada (10 de noviembre): “Tenemos un gobierno que no comprende… que esos institutos y esas escuelas no fueron creados para obtener ganancias. No son negocios. No son empresas. No son la Cocacola. Son organismos de inversión a largo plazo, que se recupera, y con creces, cuando cumplen debidamente su función. Invierten en el talento de los mexicanos, y ganan cuando ese talento da sus frutos”.

¿Qué decir, entonces, del recorte de 10 millones de pesos -casi 10 por ciento- en el presupuesto de Conacyt para 2004, según comenta José Antonio de la Peña, presidente de la Academia Mexicana de Ciencias (Milenio, 11 de noviembre)? Después de todo, si a la cultura le llegan tantos golpes, la ciencia no tendría por qué salir mejor librada, ¿no es así?

Creo que no. La cultura es indispensable para el desarrollo del país, indudablemente. En el caso de la ciencia –y no hablo sólo de la investigación científica, sino también de su enseñanza y su divulgación amplia- el argumento es el mismo, pero aún más robusto.

En primer lugar, la ciencia es parte de la cultura. Al igual que las artes o las humanidades, igual que un libro de Educal o una película del CCC o Imcine, la ciencia es producto de la creatividad humana, y como tal nos revela nuevas visiones que cambian nuestra concepción de nosotros mismos, del mundo en que vivimos y del lugar que ocupamos en él. Tan revelador respecto a la condición humana puede ser un poema o una novela como el desciframiento de nuestro genoma o la comprensión de los procesos cerebrales que permiten nuestra vida mental conciente.

La ciencia tiene entonces, a diferencia de lo que se cree comúnmente, un valor cultural. Pero lo cultural, ya lo sabemos, no sirve para nada. Aunque paradójicamente -y esto se les escapa a los administradores que nos gobiernan-, al mismo tiempo sirve para todo. “Todo” en el sentido humano. En el mismo sentido que uno no trabaja para ganar dinero o subir en la empresa, sino para tener una vida mejor; una buena vida, diría Fernando Savater. No hay que confundir los medios con los fines. Se trabaja para vivir, no se vive para trabajar; similarmente, la economía debería servir para el bienestar de los individuos, no para tener buenas cifras macroeconómicas a costa de pobreza e injusticia.

Pero aparte de este valor estético, tan vital, la ciencia ofrece además muchos otros beneficios de índole más práctica.

Una sociedad con una cultura científica es una sociedad más preparada para la democracia. Como escribió Carl Sagan en El mundo y sus demonios, la ciencia comparte muchas cosas con la democracia: el pensamiento crítico, el requerimiento de fundamentar las afirmaciones en pruebas, la obligación de hacer pública la información.

Una sociedad con cultura científica puede participar responsablemente en decisiones sociales relacionadas con ciencia y tecnología. La instalación de un reactor nuclear en Laguna Verde, la importación de granos transgénicos, la clonación de mamíferos, la experimentación con células precursoras. Todas ellas son decisiones en las que los ciudadanos no podemos participar si no entendemos de qué se trata.

Y finalmente, el único argumento que parece importarle a los gobiernos: una sociedad con una cultura científica es una sociedad en la que se puede desarrollar la investigación. Que puede producir nuevo conocimiento científico. Y el conocimiento científico funciona. Puede aplicarse para fabricar tecnología; para resolver problemas ambientales, de salud, industriales o incluso humanos. La tecnología produce poder y dinero. Los países que tienen ciencia son prósperos y poderosos. Nosotros, que seguimos dejando a la ciencia –y al resto de la cultura– para tiempos mejores, “para cuando haya dinero”, estamos ignorando la única herramienta segura que puede, a largo plazo, sacarnos de nuestros problemas.

martes, 11 de noviembre de 2003

La verdadera Matrix

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 11 de noviembre de 2003

Como tantos en todo el mundo, el pasado fin de semana acudí esperanzado a ver la tercera parte (y supuestamente final) del filme The Matrix. Y como tantos, supongo, salí vagamente decepcionado.

Pero descuide: no le arruinaré la experiencia contándole la película. Sólo comentaré que si la segunda parte, Matrix reloaded, había “cambiado las reglas” establecidas en la primera y estupenda película, en esta tercera, Matrix revolutions, abundan los cabos sueltos y los elementos sacados de la manga (deus ex machina, los llamaban los griegos, ¡y en Revolutions incluso hay un “personaje” que así se llama!).

Permítame, eso sí, explicar la razón de mi decepción. Se resume en lo siguiente: a pesar de ser una estupenda cinta de acción, con algunas de las escenas más sorprendentes que me ha tocado ver (aunque lo mismo sucedió cuando vi la primera), creo que Revolutions ya no puede ser considerada una cinta de ciencia ficción. A diferencia de lo que sucedía en la original, donde se nos introducía a un mundo que, a pesar de tener elementos fantásticos, era plausible, tomando en cuenta el conocimiento científico actual, la ensalada que se comenzó a introducir en Reloaded y que se consagra en Revolutions incluye más que nada fantasía desbordada, al estilo de La guerra de las galaxias. Y eso, discúlpeme, no es ciencia ficción.

El elemento verdaderamente sorprendente de la Matrix original era precisamente el fantástico mundo virtual en el que, como descubría con sorpresa el espectador a media película, vivían los protagonistas. Es cierto, la explicación introducida por los hermanos Wachowski, creadores de la trilogía, para justificar la existencia de la matrix mucho dejaba que desear: como fuente para obtener energía, el cuerpo humano es una de las menos eficientes, y después de todo, ¿por qué no simplemente dejarlos soñar, en vez de fabricarles ese complejo mundo virtual? (En una simple plática de café mi amigo Sergio de Régules (también columnista de Milenio) y yo inventamos una mejor justificación: las máquinas podrían necesitar tener a los humanos dormidos y conectados a la matrix porque requerían sus cerebros como hardware donde correr sus programas: los cerebros humanos usados como computadoras vivientes. En fin...)

Como toda buena ciencia ficción, la primera película de la trilogía se basaba en algo que tiene que ver con la realidad. Y quizá más de lo que pensamos.

El biólogo Richard Dawkins, autor del famoso libro El gen egoísta y uno de los mejores divulgadores científicos contemporáneos, describe en su excelente obra Destejiendo el arcoiris (Tusquets, 2000) cómo nuestro cerebro –y el de muchos otros animales– son máquinas que a lo largo de la evolución desarrollaron la capacidad de construir representaciones mentales del mundo real. En un primer nivel, estas representaciones son simplemente las percepciones de nuestros sentidos. Después de todo, no vemos directamente un cuadro, sino sólo los fotones que se reflejaron en él y que llegan a nuestros ojos... la representación del cuadro que llega luego a nuestra conciencia es construida por nuestro cerebro. Y lo mismo sucede con todos los demás sentidos.

Pero en niveles más elaborados, nuestra mente contiene también modelos que no sólo representa con gran precisión el aspecto de los objetos que están ahí fuera. También “simulan” con gran precisión su comportamiento, de manera análoga a como lo hacen, por ejemplo, los ingenieros o los astrónomos con los modelos virtuales de un puente o una galaxia que construyen en sus computadoras. “Nuestra cabeza contiene un programa potente y ultrarrealista de simulación”, señala Dawkins. Es por ello que podemos, por ejemplo, imaginar que giramos un objeto en nuestra mente para ver su lado oculto, o que logramos, en otro nivel, “adivinar” las emociones que está experimentando un ser humano, gracias a que construye un “modelo” de la otra persona que le permite predecirla y entenderla. Hay enfermedades que impiden, por ejemplo, reconocer un objeto si se lo mira desde otro ángulo, o que impiden entender qué están sintiendo los demás; ésta última carencia es la base del autismo, que forma una barrera de incomunicación alrededor del enfermo.

Escribe Dawkins: “El lector y yo, nosotros, somos humanos, somos mamíferos, somos animales, habitamos en un mundo virtual, construido a partir de elementos que son, a niveles sucesivamente más altos, útiles para representar el mundo real. Desde luego, nos sentimos como si estuviéramos firmemente instalados en el mundo real... que es exactamente como debe ser si nuestro programa de realidad virtual limitada debe servir para algo. Sirve para mucho, porque es muy bueno, y sólo nos damos cuenta de él en las raras ocasiones en las que algo no funciona bien. Cuando ocurre tal cosa experimentamos una ilusión o una alucinación.”

O una enfermedad, como sucede con los asombrosos casos clínicos reales que presenta el neurólogo y literato Oliver Sacks en otro excelente y revelador libro, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Océano, 1998).

Somos nuestro cerebro, o al menos somos el producto de su funcionamiento y no podemos existir separados de él. Lo asombroso, quizá, es darse cuenta de que el sorprendente argumento de la película (la primera) es en realidad sólo una extrapolación de esta realidad virtual en la que vivimos todos los días.

martes, 4 de noviembre de 2003

La esperanza de Supermán

Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario, 4 de noviembre de 2003

Se ha dicho que, si el siglo XX fue el de la genética, el XXI será el siglo de las neurociencias. Las técnicas que nos permiten estudiar cada vez con más detalle el cerebro –considerado por algunos como la estructura más compleja de todo el universo– y su función están logrando cosas que ni los escritores de ciencia ficción hubieran imaginado hace 30 años.

El electroencefalograma, inventado en 1929, que detecta y grafica las corrientes eléctricas generadas por este órgano, fue uno de los primeros pasos. Pero hoy contamos con herramientas mucho más potentes. El premio Nobel de física otorgado este año por el desarrollo de la tecnología de obtención de imágenes por resonancia magnética –ya comentado aquí– es el ejemplo más sonado, pero hay otras técnicas como la tomografía computarizada, que también nos permiten observar en tiempo real y en vivo qué áreas del cerebro se activan durante determinadas actividades.

Un campo interesantísimo en el que se están logrando avances espectaculares es el estudio de la mente misma. Pero hoy hablemos de otra área que promete grandes sorpresas: la coordinación entre el cerebro y el cuerpo, con sus obvias implicaciones médicas.

El pasado 13 de octubre se publicó en la revista científica PLoS Biology un artículo de investigación en el que Miguel A. Nicolelis y sus colaboradores, de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, EUA, reportan haber logrado que unos macacos controlaran un brazo mecánico solamente con sus pensamientos.

El tema es importante por la gran cantidad de gente parcial o totalmente paralizada (parapléjicos o cuadrapléjicos) que se beneficiaría con la posibilidad de recobrar el movimiento de sus miembros. Christopher Reeve, el famoso actor que encarnara a Supermán en las películas de los ochenta, y que quedó paralizado desde el cuello al caer de un caballo, es uno de los personajes que más han luchado para impulsar investigaciones que permitan ayudar a quienes se hallan en su situación. Muchas de estas investigaciones se han enfocado a tratar de reparar las fibras nerviosas dañadas para así “reconectar” al cerebro con el cuerpo. Pero esto ha resultado más complicado de lo que se esperaba, y por eso se han comenzado a explorar otras vías.

Una de ellas son las llamadas “interfaces cerebro-máquina”, que conectan al cerebro con una computadora para que a su vez ésta procese los impulsos cerebrales y los use para controlar un aparato robótico. Si se logra esto, se podrían desarrollar “neuroprótesis” que permitieran a los enfermos controlar todo tipo de dispositivos como brazos y piernas mecánicos, sillas de ruedas e incluso aparatos domésticos y computadoras.

Quizá recuerde usted haber leído en este espacio el desarrollo de un casquete que permitía a personas paralizadas controlar en forma sencilla una silla de ruedas. Pero el desarrollo del Nicolelis va mucho más allá. Él y su grupo implantaron unos pequeños electrodos en varias zonas del cerebro que se sabe que se utilizan para controlar el movimiento de los brazos, de manera que detectaran las pequeñas corrientes eléctricas que se generan cuando las neuronas de esas zonas “disparan”.

La información proporcionada por los electrodos pasó a una computadora en la que era procesada por varios programas para generar una señal capaz de controlar un brazo mecánico en forma precisa. (La computadora es necesaria porque las simples señales eléctricas del cerebro no pueden controlar directamente el brazo.)

El sistema era muy ingenioso: el macaco con los electrodos utilizaba un control en forma de palanca, similar a los de los videojuegos, para controlar el brazo mecánico, el cual observaba a través de una pantalla de computadora. En una primera etapa, el mono controlaba efectivamente el brazo al mover la palanca, mientras simultáneamente la computadora detectaba y “aprendía” qué señales estaba generando el cerebro del mono.

Posteriormente, la palanca se desactivaba y era la computadora, alimentada por los datos cerebrales, la que controlaba el brazo mecánico para que se aproximara a objetos y los tomara. Los datos cerebrales se usaban para calcular varios parámetros motores (posición de la mano, velocidad, fuerza de agarre) que luego eran transmitidos al brazo. El momento sorprendente era cuando los macacos se daban cuenta de que no necesitaban mover su propio brazo para controlar el brazo mecánico. Dice Nicolelis: “estábamos observando a la mona tarde una noche, cuando de pronto soltó la palanca y comenzó a jugar el juego... se dio cuenta de que no necesitaba mover la palanca. Fue casi como si nos estuviera diciendo ‘créanme, puedo hacerlo’... la mona estaba muy contenta, estaba entusiasmada de poder hacerlo”.

La habilidad de los macacos para manejar “mentalmente” el aparato va mejorando con la práctica, lo cual quiere decir que quizá su cerebro va incorporando en sus propios modelos neurales una representación del brazo mecánico. En otras palabras, quizá la conocida flexibilidad de las conexiones entre las neuronas sea tal que permita que, con el tiempo, los monos –y los humanos paralizados, si se desarrolla una versión del sistema aplicable a ellos– lleguen a percibir el dispositivo mecánico como parte de sus propios cuerpos.

Nicolelis estima que quizá en unos dos años pueda crearse un sistema similar aplicable a humanos. Tal vez no esté tan lejos el día en que Supermán pueda volver a mover un brazo de acero, y si tenemos suerte, quizá también unas piernas.