por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 15 de abril de 2009
Sabiamente, ante filosofías que abogan por su desaparición, Braulio Peralta dice, el lunes, “¡Viva el yo!”, pues “digan lo que digan sus seguidores”, “Buda no podía ser más que su propio yo”.
“Con un yo”, dice Braulio, se puede, por ejemplo, combatir la corrupción. Negándolo, se vuelve imposible defender “la honestidad, la ética, los derechos humanos”.
La cuestión del yo tiene aristas fascinantes también desde el punto de vista científico. ¿Cómo un cerebro hecho de células, a su vez hechas de moléculas, puede dar origen a la sensación subjetiva que permite a Descartes, y a todos nosotros, decir “pienso, luego existo”? ¿Cómo puede una masa material de tejido generar conciencia, sensación de yo, un alma?
La respuesta más sencilla es la dualista: suponer que algo externo, un alma o espíritu, “entra” al cerebro y lo anima. El cerebro es sólo el vehículo; el alma es inmaterial y, ya de paso, inmortal. Suena bonito.
La alternativa, conocida como materialismo, monismo o naturalismo, es más sensata, pero tiene problemas. Uno puede explicar cómo los estímulos de los sentidos son procesados de manera complejísima, en paralelo, por los diferentes sistemas cerebrales.
Pero donde la puerca tuerce el rabo es al explicar a quién se le presenta el resultado de todo ese procesamiento, que da lugar a nuestra experiencia subjetiva de la realidad que nos rodea. Postular un “homúnculo” que vive dentro del cerebro es regresar al dualismo.
El filósofo Daniel Dennett —a quien he mencionado mucho últimamente— propone en su libro La conciencia explicada una explicación estimulante: la conciencia, el yo, es un fenómeno virtual. No es material, pero tampoco espiritual: es una consecuencia del funcionamiento cerebral que emerge en un nivel superior de organización. (La vida es otro ejemplo de fenómeno emergente: sólo existe a nivel de células, no de átomos.)
En algún nivel de este procesamiento, el cerebro comienza a percibirse a sí mismo, y eso origina la sensación —virtual— de conciencia.
Suena complejo, pero tratar de entender el yo, por difícil que sea, siempre será mejor —y más útil— que negarlo o renunciar a explicarlo. ¡Viva el yo; viva el alma naturalizada!


















