por Martín Bonfil Olivera
Publicado en Milenio Diario, 13 de mayo de 2009
La relación de los mexicanos con la ciencia es esquizofrénica. Por un lado queremos confiar en ella, y por el otro le negamos credibilidad.
Ante el reciente brote de influenza: los medios mexicanos exigían cifras exactas e invariables desde el primer día, cuando era imposible tenerlas. Los reporteros las exigían en parte por no saber cómo funciona la ciencia, que avanza lentamente y por aproximaciones sucesivas.
Pero el vacío informativo rápidamente fue llenado por otro virus: el de las teorías de complot (principalmente a través de correos electrónicos y de boca a boca).
La mayoría eran simplemente absurdas: el virus es un invento (“qué influenza ni qué ocho cuartos”, López Obrador dixit); Obama trajo el virus; éste fue liberado como parte de un acuerdo para reactivar la economía mundial a cualquier precio; el brote fue parte de una estrategia para asustar a los mexicanos antes de las elecciones de julio…
El problema es que en México —y en muchos otros países— carecemos de una cultura científica que, más allá de poseer o no ciertos conocimientos, nos permita distinguir anécdotas o suposiciones de datos confirmados.
En cambio tenemos, eso sí, una avanzada cultura de la desconfianza: cuando no coinciden con nuestras expectativas, negamos los datos, acusamos a la ciencia de autoritaria y nos lanzamos a creer en complots.
Como escribe el doctor Ruy Pérez Tamayo (La Crónica, 8 de mayo), “el manejo de las medidas necesarias para enfrentar una epidemia no son sólo asuntos de lógica y de buenas intenciones; se trata de acciones basadas en multitud de conocimientos y experiencias acumuladas a lo largo de muchos años, de información específica y bien documentada, de una sabiduría adquirida tanto en los libros como en el campo. Para una situación de emergencia como la que está atravesando México hoy es fundamental tener confianza en las autoridades, sobre todo cuando se trata de verdaderos expertos en el problema.”
Desgraciadamente, nuestras autoridades no se han ganado esa confianza. Lamentablemente, también, nuestra cultura de la desconfianza nos hace preferir las teorías de conspiración a la información confiable.
¡Pobre México, con tan poca ciencia y tanto gusto por los rumores!

















