Martín Bonfil Olivera
26 de julio de 2006
Es bonito adoptar posturas pacifistas y decir que no hay problema. Pero a veces no es posible. No hablo del conflicto PRD-PAN, sino de otros que inevitablemente surgen cuando un mismo asunto involucra ciencia y religión. Como el actual debate sobre la investigación con células madre embrionarias humanas.
O quizá el conflicto es más bien entre medicina y ética. El nuevo conocimiento que surgiría de dichas investigaciones y los avances que —promete la ciencia médica— éste haría posibles, se enfrenta con la convicción de que utilizar tejido de un embrión (así sea de pocos días, un blastocisto formado por unas decenas de células no diferenciadas y todavía sin nada parecido a un sistema nervioso) es atentar contra la dignidad de un futuro ser humano.
El debate ya se ha dado antes: en algún momento se consideraba éticamente inadmisible usar cadáveres para investigar cómo está hecho el cuerpo humano. La prohibición religiosa fue terminante. Lo mismo ocurrió con los primeros transplantes y transfusiones. Sin embargo, hoy pensamos diferente.
La semana pasada el Senado estadunidense aprobó una ley que aumenta los fondos federales para realizar investigación con células madre (más correctamente llamadas células precursoras). El presidente George W. Bush se apresuró a vetarla, como había anunciado, utilizando el argumento (también sostenido por la Iglesia católica) de que extraer la células madre embrionarias —procedimiento que destruye al blastocisto— equivale a asesinar a un ser humano. (El mismo argumento, dicho sea de paso, que se utiliza para oponerse radicalmente al aborto.)
Lo importante del caso es que este veto, que tarde o temprano será superado (una mayoría de los ciudadanos de EU está a favor de la investigación), sólo aumenta la desventaja de los investigadores estadunidenses frente a sus colegas de otros países. Hasta hace poco, el 50 por ciento de las publicaciones científicas sobre el tema provenía de Estados Unidos; hoy ese porcentaje ha bajado a 30 por ciento.
Uno de los mayores enemigos de la fe, según los últimos dos papas católicos, es el “relativismo” ético. Probablemente tienen razón, pues frente a dogmas necesariamente invariables, la ciencia, con su naturaleza esencialmente cambiante, evolutiva, puede parecer subversiva. Por suerte, en este caso es probable que los cambios en nuestra ética, y los beneficios médicos que los sustenten, serán para bien.
mbonfil@servidor.unam.mx
Columna semanal divulgación científica de Martín Bonfil Olivera, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, de la UNAM.
miércoles, 26 de julio de 2006
miércoles, 19 de julio de 2006
Espejos en el cerebro
Martín Bonfil Olivera
19 de julio de 2006
Milenio Diario
Para Laura Lecuona,19 de julio de 2006
Milenio Diario
compañera cinéfila
La escena es común. Un celular suena a media película. Un desconsiderado contesta y se pone a hablar. Un vecino se queja. La agresión que sigue no es tan común: el del celular amenaza con arrojar su refresco al quejoso, que se repliega con cada vaivén del vaso, causando la risa del agresor. El líquido finalmente es arrojado, pero la reacción del agredido (levantarse para poner una queja) provoca una respuesta inesperada: el agresor se lanza sobre el quejoso, derribándolo e iniciando una gresca.
Más allá del estudio de la agresión entre primates, el ejemplo destaca la novedad de la última década de estudio del cerebro: la existencia de neuronas espejo que simulan o reflejan lo que observamos. Las de la región que controla el movimiento de nuestro brazo se activan cuando el sujeto ve a otro individuo estirar el suyo para tomar algo. Las del tacto, que se activan al rozar la pierna con una pluma, pueden también activarse al ver en video cómo la misma pluma roza la pierna de otro.
La utilidad de las neuronas espejo, descubiertas originalmente en simios, parece ser predecir los movimientos (e incluso las intenciones detrás de los movimientos) de quienes nos rodean. El contexto de una misma acción (tomar una taza de café) activa distintas áreas del cerebro dependiendo de si la intención parece ser beber (cuando la mesa está ordenada y hay galletas y leche al lado) o simplemente limpiar una mesa desordenada.
Las neuronas espejo incluso parecen jugar un papel en la capacidad para sentir empatía: ponerse en el lugar de otra persona. Las de niños con problemas de empatía, así como de pacientes autistas (incapaces de generar modelos internos de lo que sienten otras personas) presentan menor actividad que las del común de la gente.
En el cine, el quejoso se encogía ante la amenaza del refresco porque sus neuronas espejo le permitían leer la intención del agresor: mojarlo. Las del agresor interpretaron, erróneamente, el ponerse de pie como un preludio a la agresión.
El estudio de las neuronas espejo promete ser importante para la psicología clínica y del aprendizaje, el autismo e incluso quizá en la actuación y la mercadotecnia. Mientras los cines no instalen bloqueadores de celulares en sus salas, sólo espero que la próxima vez que mi vecino conteste su teléfono no haya también comprado un refresco.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
jueves, 13 de julio de 2006
La década de Dolly
Milenio Diario
La ciencia por gusto
12 de julio de 2006
El 5 de julio se cumplieron diez años del nacimiento de la oveja Dolly, primer mamífero clonado del mundo. La noticia pasó inadvertida, quizá por el tenso momento electoral, o quizá porque la posibilidad de obtener duplicados genéticamente idénticos de gatos, perros, vacas, ratones, simios y cerdos forma ya parte de nuestra normalidad.
El 23 de febrero de 1997, fecha en que Dolly fue presentada en sociedad (luego de una prudente espera para estar seguros de que la oveja sobrevivía y estaba sana), quedó demostrado que algo considerado imposible no lo era.
El éxito de Ian Wilmut y Keith Campbell, del Instituto Roslin, en Escocia, se debió a un trabajo científico profesional, serio y tenaz. Pero también a la relativa buena suerte que tuvieron de estar trabajando con células vivas, un sistema especialmente noble.
Para crear a Dolly se usó una célula de la oveja que se quería clonar (específicamente de su glándula mamaria, hecho que llevó a bautizar al clon en honor de Dolly Parton, la cantante country famosa por sus generosos atributos pectorales). Se le extrajo el núcleo y se insertó en un óvulo de otra oveja de una variedad distinta, al que previamente se le había eliminado el suyo.
Pero el transplante de núcleo es un proceso muy burdo: equivale a abrir el abdomen de un paciente con cirrosis, sacarle el hígado, arrojar al interior un hígado nuevo y luego simplemente cerrar la herida y esperar que funcione.
Sin embargo, ¡funcionó! No es tan sorprendente. Si se toma en cuenta que las primeras células surgieron mediante un proceso azaroso de agregamiento de piezas que fueron acoplándose, y que dependían de poder aprovechar los componentes útiles que les ofrecía el ambiente que las rodeaba, es natural que cuenten, en cierta medida, con la capacidad de autoensamblarse y autorrepararse.
En cambio, la clonación de seres humanos sigue estando, al parecer, fuera de nuestro alcance. En parte por dificultades técnicas (baja eficiencia del proceso y defectos degenerativos en los clones), pero también por problemas éticos. Mientras no pueda asegurarse que la clonación produciría embriones humanos sanos y viables, es mejor no crearlos.
Aunque, ¿quién sabe?: quizá pronto se descubra una forma de superar estos problemas y la clonación se convierta en un proceso eficiente y seguro. ¡Hace diez años nadie hubiera creído que se pudiera clonar una oveja!
La ciencia por gusto
12 de julio de 2006
El 5 de julio se cumplieron diez años del nacimiento de la oveja Dolly, primer mamífero clonado del mundo. La noticia pasó inadvertida, quizá por el tenso momento electoral, o quizá porque la posibilidad de obtener duplicados genéticamente idénticos de gatos, perros, vacas, ratones, simios y cerdos forma ya parte de nuestra normalidad.
El 23 de febrero de 1997, fecha en que Dolly fue presentada en sociedad (luego de una prudente espera para estar seguros de que la oveja sobrevivía y estaba sana), quedó demostrado que algo considerado imposible no lo era.
El éxito de Ian Wilmut y Keith Campbell, del Instituto Roslin, en Escocia, se debió a un trabajo científico profesional, serio y tenaz. Pero también a la relativa buena suerte que tuvieron de estar trabajando con células vivas, un sistema especialmente noble.
Para crear a Dolly se usó una célula de la oveja que se quería clonar (específicamente de su glándula mamaria, hecho que llevó a bautizar al clon en honor de Dolly Parton, la cantante country famosa por sus generosos atributos pectorales). Se le extrajo el núcleo y se insertó en un óvulo de otra oveja de una variedad distinta, al que previamente se le había eliminado el suyo.
Pero el transplante de núcleo es un proceso muy burdo: equivale a abrir el abdomen de un paciente con cirrosis, sacarle el hígado, arrojar al interior un hígado nuevo y luego simplemente cerrar la herida y esperar que funcione.
Sin embargo, ¡funcionó! No es tan sorprendente. Si se toma en cuenta que las primeras células surgieron mediante un proceso azaroso de agregamiento de piezas que fueron acoplándose, y que dependían de poder aprovechar los componentes útiles que les ofrecía el ambiente que las rodeaba, es natural que cuenten, en cierta medida, con la capacidad de autoensamblarse y autorrepararse.
En cambio, la clonación de seres humanos sigue estando, al parecer, fuera de nuestro alcance. En parte por dificultades técnicas (baja eficiencia del proceso y defectos degenerativos en los clones), pero también por problemas éticos. Mientras no pueda asegurarse que la clonación produciría embriones humanos sanos y viables, es mejor no crearlos.
Aunque, ¿quién sabe?: quizá pronto se descubra una forma de superar estos problemas y la clonación se convierta en un proceso eficiente y seguro. ¡Hace diez años nadie hubiera creído que se pudiera clonar una oveja!
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miércoles, 5 de julio de 2006
Elecciones, emociones y neuronas
Milenio Diario
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
La semana pasada afirmé que "si la racionalidad juega un papel central en la ciencia, también debe jugarlo en la democracia". En teoría, las decisiones de los ciudadanos deberían tomarse racionalmente, con base en información confiable sobre los candidatos y sus propuestas.
Pero no es así. Cada vez más, en todo el mundo, las campañas electorales son, en vez de propuestas argumentadas en forma racional, sangrientas competencias publicitarias que manipulan las emociones de los electores. Es al profundo y antiguo cerebro reptiliano, que gobierna instintos y emociones, al que se dirigen las campañas, y no a la evolucionada corteza de primates que nos hace humanos.
El escéptico profesional Michael Shermer comenta, en su columna en Scientific American, una interesante investigación llevada a cabo por el psicólogo Drew Westen, de la Universidad Emory, en Atlanta, en que explora cómo maneja el cerebro las preferencias electorales.
Westen mostró a sujetos demócratas o republicanos citas en que los candidatos a presidente en 2004, John Kerry o George Bush, se contradecían flagrantemente. Los demócratas tendieron a minimizar las contradicciones de Kerry, mientras que las de Bush les parecían imperdonables; lo contrario ocurrió con los republicanos. El cerebro de los sujetos fue monitoreado con resonancia magnética funcional. Resultó que las áreas asociadas con la racionalidad (corteza prefrontal) permanecían inactivas, y las que se activaban eran las asociadas con las emociones (amígdala y giro cingulado). Al parecer, son efectivamente las emociones las que controlan nuestras preferencias electorales. Pero no tiene que ser así.
Algo similar ocurre en ciencia: las emociones tienden a hacer que los investigadores prefieran los resultados que apoyan sus teorías favoritas y desprecien los que las contradicen. Sin embargo, mediante la discusión abierta y comunitaria (verdadera inteligencia colectiva) y la crítica fundamentada, la comunidad científica supera sus sesgos emocionales y toma decisiones racionales.
No estaría mal, opina Shermer, que la política adoptara algunos de los mecanismos de la ciencia para intentar que la racionalidad predomine sobre las emociones. Quizá si esto ocurriera, una campaña basada en el miedo no hubiera tenido el éxito que, tristemente, parece haber tenido en nuestro pobre país.
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miércoles, 28 de junio de 2006
Ciencia, votos y pensamiento crítico
Martín Bonfil Olivera
18 de junio de 2005
Varios colegas columnistas de este diario han expresado por quién van a votar y por qué. Aunque esta columna está dedicada a la ciencia y no a la política, me tomo por una vez la libertad de hacer lo mismo. Y es que tengo la impresión, quizá subjetiva o ilusoria, de que algo tiene que ver mi decisión con mi perspectiva profesional como divulgador científico (es decir, como parte de la comunidad científica del país).
Lamentablemente, ninguno de los tres candidatos punteros incluyó en sus campañas una propuesta de política científica de Estado. Los candidatos siguen sin tener idea de la importancia que una ciencia madura y pujante (parte de un sistema científico-tecnológico-industrial vigoroso) tendría para el bienestar nacional.
Si la racionalidad juega un papel central en la ciencia, también debe jugarlo en la democracia. Como ciudadano promotor de la ciencia, me encuentro imposibilitado para votar por el partido de la derecha: el del paternalismo católico que prohíbe la investigación con células madre, que penaliza indiscriminada e irracionalmente el aborto, que se opone al reconocimiento de los derechos ciudadanos de las minorías sexuales que prefiere defender dogmas (incluyendo los neoliberales) por encima de la voluntad y el bienestar ciudadanos. Que niega la posibilidad de construir algo diferente y mejor.
Tampoco puedo votar por el partido de la dictadura perfecta y la corrupción. Menos con un candidato como Madrazo. Quizá algún día lejano el PRI recupere sus ideales revolucionarios y nacionalistas y se convierta en una verdadera opción de centro. Todavía no.
Queda pues, el partido de la izquierda, acorde con mis afinidades personales y con la tendencia ideológica de la mayoría, creo, de los universitarios y científicos del país. Su candidato, aunque tiene defectos, ofrece buscar el bien común y ha sabido remontar las tretas más sucias para descalificarlo de la contienda (no olvidemos la canallada del desafuero).
La izquierda sigue cargando defectos históricos. Y sigue crónicamente dividida (aquí la capacidad de los científicos para formar acuerdos sería útil). También es la opción más honestamente democrática.
Por eso, con más esperanza que certeza, con más convicción y voluntad crítica que ilusiones, este columnista votará el domingo por el PRD. Luego, claro, habrá que exigir que se cumpla lo prometido.
18 de junio de 2005
Varios colegas columnistas de este diario han expresado por quién van a votar y por qué. Aunque esta columna está dedicada a la ciencia y no a la política, me tomo por una vez la libertad de hacer lo mismo. Y es que tengo la impresión, quizá subjetiva o ilusoria, de que algo tiene que ver mi decisión con mi perspectiva profesional como divulgador científico (es decir, como parte de la comunidad científica del país).
Lamentablemente, ninguno de los tres candidatos punteros incluyó en sus campañas una propuesta de política científica de Estado. Los candidatos siguen sin tener idea de la importancia que una ciencia madura y pujante (parte de un sistema científico-tecnológico-industrial vigoroso) tendría para el bienestar nacional.
Si la racionalidad juega un papel central en la ciencia, también debe jugarlo en la democracia. Como ciudadano promotor de la ciencia, me encuentro imposibilitado para votar por el partido de la derecha: el del paternalismo católico que prohíbe la investigación con células madre, que penaliza indiscriminada e irracionalmente el aborto, que se opone al reconocimiento de los derechos ciudadanos de las minorías sexuales que prefiere defender dogmas (incluyendo los neoliberales) por encima de la voluntad y el bienestar ciudadanos. Que niega la posibilidad de construir algo diferente y mejor.
Tampoco puedo votar por el partido de la dictadura perfecta y la corrupción. Menos con un candidato como Madrazo. Quizá algún día lejano el PRI recupere sus ideales revolucionarios y nacionalistas y se convierta en una verdadera opción de centro. Todavía no.
Queda pues, el partido de la izquierda, acorde con mis afinidades personales y con la tendencia ideológica de la mayoría, creo, de los universitarios y científicos del país. Su candidato, aunque tiene defectos, ofrece buscar el bien común y ha sabido remontar las tretas más sucias para descalificarlo de la contienda (no olvidemos la canallada del desafuero).
La izquierda sigue cargando defectos históricos. Y sigue crónicamente dividida (aquí la capacidad de los científicos para formar acuerdos sería útil). También es la opción más honestamente democrática.
Por eso, con más esperanza que certeza, con más convicción y voluntad crítica que ilusiones, este columnista votará el domingo por el PRD. Luego, claro, habrá que exigir que se cumpla lo prometido.
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miércoles, 21 de junio de 2006
Como te ven te tratan
MILENIO DIARIO
Martín Bonfil Olivera
21 de junio de 2006
Es importante es el aspecto personal de los científicos? Más allá de la lamentable imagen del "científico loco", distraído y despeinado (herencia de Einstein), rara vez, en la imagen popular, salen bien parados. Veamos ejemplos..
El físico Stephen Hawking, famoso por su Breve historia del tiempo, descubrió los hoyos negros, y sus ideas han revolucionado la cosmología. Padece de esclerosis amiotrófica lateral, enfermedad que lo ha paralizado, confinándolo a una silla de ruedas. Hoy no puede ya hablar, y se comunica por medio de un sintetizador de voz. Esta perturbadora imagen -un cerebro genial alojado en un cuerpo inmovilizado, rodando en su silla motorizada y que se comunica mediante una extraña voz electrónica- se ha convertido en un nuevo icono del científico. Incluso ha aparecido en Los Simpson, y una ópera moderna tenía un personaje inspirado en él.
Hawking refuerza la imagen de los científicos como personajes extraños, y seguramente no atrae a los ciudadanos hacia la ciencia. Pero no todo está perdido: también hay científicos famosos de aspecto más normal.
Algunos son graciosos: Richard Feynman, físico ganador del Premio Nobel, gustaba de gastar bromas, tocar los bongós y desfilar bailando samba en Río. Siempre sonriente, era de un sport desenfadado, aunque si era necesario vestía traje. El desaliñado James Watson, también Nobel y codescubridor de la doble hélice del ADN, gozaba en su juventud de hacer bromas y parecía no tener la menor idea de nada. En sus libros relata sus dificultades para ligar chicas.
Hay también científicos empresarios, como Craig Venter, biólogo molecular dueño de la compañía Celera Genomics, que secuenció el genoma humano. Bien trajeado, su agresiva imagen es la del perfecto hombre de negocios.
Otros científicos cultivan la imagen informal, como Carl Sagan, a quien se recuerda conduciendo Cosmos con saco de pana y camisa de cuello de tortuga. El biólogo Richard Dawkins cultiva un aspecto similar, y es percibido como bastante galán. Otro biólogo famoso, Stephen Jay Gould (que también apareció en Los Simpson), era más bien comodón, y siempre daba la impresión de recién haber despertado de la siesta.
En el fondo, los científicos son sólo personas normales. Aunque, pensándolo bien, y para conseguir fondos, quizá convendría que cultivaran su imagen de genios locos. ¡Al menos podrían rentarse para anuncios!
comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
Martín Bonfil Olivera
21 de junio de 2006
Es importante es el aspecto personal de los científicos? Más allá de la lamentable imagen del "científico loco", distraído y despeinado (herencia de Einstein), rara vez, en la imagen popular, salen bien parados. Veamos ejemplos..
El físico Stephen Hawking, famoso por su Breve historia del tiempo, descubrió los hoyos negros, y sus ideas han revolucionado la cosmología. Padece de esclerosis amiotrófica lateral, enfermedad que lo ha paralizado, confinándolo a una silla de ruedas. Hoy no puede ya hablar, y se comunica por medio de un sintetizador de voz. Esta perturbadora imagen -un cerebro genial alojado en un cuerpo inmovilizado, rodando en su silla motorizada y que se comunica mediante una extraña voz electrónica- se ha convertido en un nuevo icono del científico. Incluso ha aparecido en Los Simpson, y una ópera moderna tenía un personaje inspirado en él.
Hawking refuerza la imagen de los científicos como personajes extraños, y seguramente no atrae a los ciudadanos hacia la ciencia. Pero no todo está perdido: también hay científicos famosos de aspecto más normal.
Algunos son graciosos: Richard Feynman, físico ganador del Premio Nobel, gustaba de gastar bromas, tocar los bongós y desfilar bailando samba en Río. Siempre sonriente, era de un sport desenfadado, aunque si era necesario vestía traje. El desaliñado James Watson, también Nobel y codescubridor de la doble hélice del ADN, gozaba en su juventud de hacer bromas y parecía no tener la menor idea de nada. En sus libros relata sus dificultades para ligar chicas.
Hay también científicos empresarios, como Craig Venter, biólogo molecular dueño de la compañía Celera Genomics, que secuenció el genoma humano. Bien trajeado, su agresiva imagen es la del perfecto hombre de negocios.
Otros científicos cultivan la imagen informal, como Carl Sagan, a quien se recuerda conduciendo Cosmos con saco de pana y camisa de cuello de tortuga. El biólogo Richard Dawkins cultiva un aspecto similar, y es percibido como bastante galán. Otro biólogo famoso, Stephen Jay Gould (que también apareció en Los Simpson), era más bien comodón, y siempre daba la impresión de recién haber despertado de la siesta.
En el fondo, los científicos son sólo personas normales. Aunque, pensándolo bien, y para conseguir fondos, quizá convendría que cultivaran su imagen de genios locos. ¡Al menos podrían rentarse para anuncios!
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miércoles, 14 de junio de 2006
Discriminación y mutantes
Martín Bonfil Olivera
Es irremediable: no soporto el futbol, y la política (el otro tema de moda) ha alcanzado un nivel de lodazal (especialmente entre los panistas, desesperados ante la mera posibilidad de no ganar). Sigamos mejor hablando de los X-Men.
Mi colaboración anterior, debido las críticas que hacía yo a la cinta desde el punto de vista científico (ideas erróneas de mutaciones que confieren poderes paranormales, de individuos que “mutan” de súbito, o de las mutaciones como anormalidades monstruosas), pudo dar la impresión de que no la disfruté.
No es así: como cinta dominguera es muy efectiva. Los X-Men se han caracterizado por algo especial y distinto: presentan una subtrama sobre derechos humanos y discriminación. En X-Men III este tema es central, pues se plantea el descubrimiento de una “cura” para los mutantes: una inyección que instantáneamente corrige la mutación del ficticio “gen X” que les confiere sus poderes.
En cómic y película, la sociedad teme y hasta odia a los X-Men y demás mutantes por ser diferentes (y poderosos). Por ello su archienemigo, el mutante Magneto, harto de ser maltratado, decide lanzarse a una guerra para sustituir de una vez por todas a los anticuados Homo sapiens por la raza superior de los mutantes. Así, en este ámbito de fantasía científica se discuten temas que, en el mundo real, afectan a muchos tipos de minorías que no sólo no tienen “poderes especiales”, sino que se encuentran en franca desventaja: minusválidos, negros, indígenas, homosexuales, bisexuales y demás orientaciones sexuales alternas, e incluso las mujeres (consideradas minoría no por el porcentaje de la población que representan, sino por el trato discriminatorio al que todavía son frecuentemente sometidas).
El punto polémico de la película es qué debe considerarse “normal” y qué “anormal”. ¿Son los mutantes enfermos, o simplemente diferentes? ¿Qué pasaría, ya en la vida real, si alguien descubriera una “cura” para la homosexualidad, o bien, como ya sucede, un método para “blanquear” a los negros? ¿Qué ocurrirá cuando, no dentro de tanto, se vuelva posible elegir el color de piel u ojos, o las capacidades físicas y hasta intelectuales de los bebés? Se trata ya no sólo de cuestiones científicas, sino sociales y éticas, que dejan de ser ficticias y se vuelven urgentes.
A veces, hasta la ficción comercial tiene sus dimensiones profundas.
Es irremediable: no soporto el futbol, y la política (el otro tema de moda) ha alcanzado un nivel de lodazal (especialmente entre los panistas, desesperados ante la mera posibilidad de no ganar). Sigamos mejor hablando de los X-Men.
Mi colaboración anterior, debido las críticas que hacía yo a la cinta desde el punto de vista científico (ideas erróneas de mutaciones que confieren poderes paranormales, de individuos que “mutan” de súbito, o de las mutaciones como anormalidades monstruosas), pudo dar la impresión de que no la disfruté.
No es así: como cinta dominguera es muy efectiva. Los X-Men se han caracterizado por algo especial y distinto: presentan una subtrama sobre derechos humanos y discriminación. En X-Men III este tema es central, pues se plantea el descubrimiento de una “cura” para los mutantes: una inyección que instantáneamente corrige la mutación del ficticio “gen X” que les confiere sus poderes.
En cómic y película, la sociedad teme y hasta odia a los X-Men y demás mutantes por ser diferentes (y poderosos). Por ello su archienemigo, el mutante Magneto, harto de ser maltratado, decide lanzarse a una guerra para sustituir de una vez por todas a los anticuados Homo sapiens por la raza superior de los mutantes. Así, en este ámbito de fantasía científica se discuten temas que, en el mundo real, afectan a muchos tipos de minorías que no sólo no tienen “poderes especiales”, sino que se encuentran en franca desventaja: minusválidos, negros, indígenas, homosexuales, bisexuales y demás orientaciones sexuales alternas, e incluso las mujeres (consideradas minoría no por el porcentaje de la población que representan, sino por el trato discriminatorio al que todavía son frecuentemente sometidas).
El punto polémico de la película es qué debe considerarse “normal” y qué “anormal”. ¿Son los mutantes enfermos, o simplemente diferentes? ¿Qué pasaría, ya en la vida real, si alguien descubriera una “cura” para la homosexualidad, o bien, como ya sucede, un método para “blanquear” a los negros? ¿Qué ocurrirá cuando, no dentro de tanto, se vuelva posible elegir el color de piel u ojos, o las capacidades físicas y hasta intelectuales de los bebés? Se trata ya no sólo de cuestiones científicas, sino sociales y éticas, que dejan de ser ficticias y se vuelven urgentes.
A veces, hasta la ficción comercial tiene sus dimensiones profundas.
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miércoles, 7 de junio de 2006
Las mutaciones de los X-Men
Martín Bonfil Olivera
La cinta X-Men 3, La batalla final, que se anuncia como de ciencia ficción aunque más bien es simple fantasía, da nuevamente pretexto para jugar al comentarista cinematográfico.
Y es que quienes disfrutamos de la ciencia ficción seria no podemos evitar el ligero malestar que nos ocasionan las películas con supuestas explicaciones científicas que son más bien marañas de errores y malentendidos.
En el caso de los X-Men (historieta y película), el punto central es que se trata de “mutantes”: individuos que tienen una “mutación”. Y aquí comienzan los problemas: usé comillas porque lo que en los X-Men se considera mutación no tiene nada que ver con el concepto biológicamente correcto: sencillamente, un cambio en la información contenida en el material genético (ADN).
El ADN contiene instrucciones (genes) para fabricar proteínas (y para controlar a otros genes). Y las proteínas son máquinas moleculares que llevan a cabo la mayoría de las funciones de la célula viva. Hay enfermedades, como la anemia falciforme, causadas por el cambio de una sola de los tres mil 200 millones de letras de nuestro ADN. Pero no es concebible una mutación que conceda poderes paranormales.
Sin embargo, no es ese el malentendido más importante (después de todo, poniéndose así de estricto no se puede hacer ficción), sino la idea de que un individuo puede “mutar” súbitamente (debido, digamos, a alguna radiación rara). Para ello se necesitaría que el ADN de todas sus células sufriera el mismo cambio simultáneamente: algo imposible. De hecho, todos sufrimos mutaciones constantemente en células aisladas de nuestro cuerpo (en ocasiones desafortunadas, esto puede dar origen a un cáncer). Pero el individuo como un todo no muta.
Para tener un mutante de cuerpo entero se necesita que el óvulo o el espermatozoide de sus progenitores hayan sufrido la mutación. Cuando se unen y el óvulo fecundado comienza a dividirse, la mutación pasará a todas las células del nuevo individuo.
La idea de los mutantes como monstruos dañinos que se producen de golpe es uno de los grandes malentendidos de la biología. En parte es causa del rechazo a toda posibilidad de manipulación genética. Y es que, si lo pensamos con cuidado, ningún ser vivo es exactamente igual a otro, porque ninguno tenemos exactamente la misma información genética.
En el fondo, todos somos mutantes.
La cinta X-Men 3, La batalla final, que se anuncia como de ciencia ficción aunque más bien es simple fantasía, da nuevamente pretexto para jugar al comentarista cinematográfico.
Y es que quienes disfrutamos de la ciencia ficción seria no podemos evitar el ligero malestar que nos ocasionan las películas con supuestas explicaciones científicas que son más bien marañas de errores y malentendidos.
En el caso de los X-Men (historieta y película), el punto central es que se trata de “mutantes”: individuos que tienen una “mutación”. Y aquí comienzan los problemas: usé comillas porque lo que en los X-Men se considera mutación no tiene nada que ver con el concepto biológicamente correcto: sencillamente, un cambio en la información contenida en el material genético (ADN).
El ADN contiene instrucciones (genes) para fabricar proteínas (y para controlar a otros genes). Y las proteínas son máquinas moleculares que llevan a cabo la mayoría de las funciones de la célula viva. Hay enfermedades, como la anemia falciforme, causadas por el cambio de una sola de los tres mil 200 millones de letras de nuestro ADN. Pero no es concebible una mutación que conceda poderes paranormales.
Sin embargo, no es ese el malentendido más importante (después de todo, poniéndose así de estricto no se puede hacer ficción), sino la idea de que un individuo puede “mutar” súbitamente (debido, digamos, a alguna radiación rara). Para ello se necesitaría que el ADN de todas sus células sufriera el mismo cambio simultáneamente: algo imposible. De hecho, todos sufrimos mutaciones constantemente en células aisladas de nuestro cuerpo (en ocasiones desafortunadas, esto puede dar origen a un cáncer). Pero el individuo como un todo no muta.
Para tener un mutante de cuerpo entero se necesita que el óvulo o el espermatozoide de sus progenitores hayan sufrido la mutación. Cuando se unen y el óvulo fecundado comienza a dividirse, la mutación pasará a todas las células del nuevo individuo.
La idea de los mutantes como monstruos dañinos que se producen de golpe es uno de los grandes malentendidos de la biología. En parte es causa del rechazo a toda posibilidad de manipulación genética. Y es que, si lo pensamos con cuidado, ningún ser vivo es exactamente igual a otro, porque ninguno tenemos exactamente la misma información genética.
En el fondo, todos somos mutantes.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 31 de mayo de 2006
Verdades de El código Da Vinci
Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario
No soy experto en cine. A veces disfruto más una película comercial que la Muestra Internacional de Cine. Y tampoco soy experto en religión. Lo digo para que cuando lea usted que acabo de ver El código Da Vinci y que la disfruté mucho, sabrá que es una opinión de simple espectador.
Pues sí: la disfruté y no me pareció nada aburrida (quizá porque no he leído el libro…). También da material para reflexionar.Claro, gran parte de los “hechos” presentados en la película (y la novela) son totalmente inventados. Pero Dan Brown, el autor, tuvo que leer bastante historia de la religión (y otras cosas) para elaborar su argumento. Y cuando uno lee historia, es prácticamente inevitable darse cuenta de algo que la película muestra, y que es lo que ha alarmado al Vaticano y las organizaciones católicas.
Se trata del hecho, ese sí no ficticio, de que las “verdades” que conocemos como históricas son realmente construcciones sociales. Versiones que pueden (o no) coincidir con eso que llamamos “realidad”, y que pueden (o no) estar apoyadas en evidencia más o menos confiable (o bien en creencias, revelaciones, fe, equivocaciones o prejuicios). Versiones, eso sí, que han sido acordadas y aceptadas por un grupo de personas. Es precisamente el acuerdo y aceptación del grupo lo que le da realidad histórica a un hecho.
El punto peliagudo es que la película muestra que también las “verdades” de la Iglesia (la divinidad de Jesús, el papel de María Magdalena…) son hechos históricamente construidos. Versiones acordadas en algún momento por un grupo, que antes de tal acuerdo no existían como verdades. Ésta es una concepción filosóficamente muy peligrosa (incluso subversiva) para una institución que funda su poder en la aceptación incuestionada de su fe.
Pero si las verdades religiosas se construyen históricamente, ¿no ocurre lo mismo con las “verdades” científicas? Por supuesto que sí, como mostró hace 40 años Thomas Kuhn. La diferencia entre ciencia y religión estriba –afirma el biólogo Richard Dawkins– en que las ideas religiosas se propagan y arraigan en los cerebros de los creyentes sólo debido a su poder infeccioso (promueven la fe y amenazan con castigo al que carezca de ella), igual que una epidemia, mientras que las ideas científicas convencen con base en algo más: evidencia comprobable (y además funcionan cuando se aplican).
¡Disfrute la película!
mbonfil@servidor.unam.mx
Milenio Diario
No soy experto en cine. A veces disfruto más una película comercial que la Muestra Internacional de Cine. Y tampoco soy experto en religión. Lo digo para que cuando lea usted que acabo de ver El código Da Vinci y que la disfruté mucho, sabrá que es una opinión de simple espectador.
Pues sí: la disfruté y no me pareció nada aburrida (quizá porque no he leído el libro…). También da material para reflexionar.Claro, gran parte de los “hechos” presentados en la película (y la novela) son totalmente inventados. Pero Dan Brown, el autor, tuvo que leer bastante historia de la religión (y otras cosas) para elaborar su argumento. Y cuando uno lee historia, es prácticamente inevitable darse cuenta de algo que la película muestra, y que es lo que ha alarmado al Vaticano y las organizaciones católicas.
Se trata del hecho, ese sí no ficticio, de que las “verdades” que conocemos como históricas son realmente construcciones sociales. Versiones que pueden (o no) coincidir con eso que llamamos “realidad”, y que pueden (o no) estar apoyadas en evidencia más o menos confiable (o bien en creencias, revelaciones, fe, equivocaciones o prejuicios). Versiones, eso sí, que han sido acordadas y aceptadas por un grupo de personas. Es precisamente el acuerdo y aceptación del grupo lo que le da realidad histórica a un hecho.
El punto peliagudo es que la película muestra que también las “verdades” de la Iglesia (la divinidad de Jesús, el papel de María Magdalena…) son hechos históricamente construidos. Versiones acordadas en algún momento por un grupo, que antes de tal acuerdo no existían como verdades. Ésta es una concepción filosóficamente muy peligrosa (incluso subversiva) para una institución que funda su poder en la aceptación incuestionada de su fe.
Pero si las verdades religiosas se construyen históricamente, ¿no ocurre lo mismo con las “verdades” científicas? Por supuesto que sí, como mostró hace 40 años Thomas Kuhn. La diferencia entre ciencia y religión estriba –afirma el biólogo Richard Dawkins– en que las ideas religiosas se propagan y arraigan en los cerebros de los creyentes sólo debido a su poder infeccioso (promueven la fe y amenazan con castigo al que carezca de ella), igual que una epidemia, mientras que las ideas científicas convencen con base en algo más: evidencia comprobable (y además funcionan cuando se aplican).
¡Disfrute la película!
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 24 de mayo de 2006
Darwin, al museo
Martín Bonfil Olivera
Milenio Diario
La educación es un arma poderosa. Por eso las luchas religiosas, que antes solían resolverse mediante conflictos armados, hoy se dan en el ámbito educativo.
En México, la Guerra de Reforma (1857-1861) y la Cristera (1926-1929) son buenos ejemplos de que religión y política no conviven tan armoniosamente como a veces se cree. Las limitaciones constitucionales a las libertades políticas de los religiosos en México –que se han ido eliminando desde 1993, en el sexenio de Carlos Salinas– tenían pues justificación histórica: impedir que volviera a haber conflictos armados debido a la religión.
Pero hoy la lucha por promover el pensamiento y los valores religiosos se da en la escuela. Aquello que queda plasmado en los libros de texto gratuitos, leídos por todos los estudiantes de primaria de la nación, pasa a formar parte de la cultura compartida por todos los mexicanos. Por eso nunca cesan las disputas sobre el contenido de estos textos.
Nuestros vecinos del norte afrontan problemas equivalentes, aunque distintos. Allá el tema es la inclusión de visiones religiosas disfrazadas de ciencia en las clases de biología (el “diseño inteligente”) y la lucha por descalificar la biología darwinista como “sólo una teoría más”.
Ante ello, el Museo Estadunidense de Historia Natural, en Nueva York, armó una magna exposición –que pude visitar recientemente– titulada simplemente “Darwin”.La exposición presenta la vida de este naturalista: su formación, el largo viaje que realizó alrededor del mundo en el barco Beagle (1831-1836), su posterior retiro a una apacible casa en el pueblo de Down, su muerte en 1881 (¡todo acompañado de pertenencias originales de Darwin!). Y a la vez muestra la génesis de su obra –vida y obra que se entrelazan– y cómo la publicación en 1959 de El origen de las especies no es resultado de la simple ocurrencia de un individuo, sino de toda una vida de observación, recolección y estudio de especímenes, planteamiento de preguntas y reflexión profunda en busca de respuestas.
Lejos de ser “sólo teorías”, la ciencia se basa en evidencia comprobable, y por ello es útil para la sociedad. Y por ello ha merecido un sitio en la enseñanza pública. La exposición sobre Darwin es muestra de que el pueblo estadunidense tiene claro que sus estudiantes merecen conocer la mejor ciencia posible. ¿Tendrán nuestras autoridades educativas las cosas igual de claras?
Milenio Diario
La educación es un arma poderosa. Por eso las luchas religiosas, que antes solían resolverse mediante conflictos armados, hoy se dan en el ámbito educativo.
En México, la Guerra de Reforma (1857-1861) y la Cristera (1926-1929) son buenos ejemplos de que religión y política no conviven tan armoniosamente como a veces se cree. Las limitaciones constitucionales a las libertades políticas de los religiosos en México –que se han ido eliminando desde 1993, en el sexenio de Carlos Salinas– tenían pues justificación histórica: impedir que volviera a haber conflictos armados debido a la religión.
Pero hoy la lucha por promover el pensamiento y los valores religiosos se da en la escuela. Aquello que queda plasmado en los libros de texto gratuitos, leídos por todos los estudiantes de primaria de la nación, pasa a formar parte de la cultura compartida por todos los mexicanos. Por eso nunca cesan las disputas sobre el contenido de estos textos.
Nuestros vecinos del norte afrontan problemas equivalentes, aunque distintos. Allá el tema es la inclusión de visiones religiosas disfrazadas de ciencia en las clases de biología (el “diseño inteligente”) y la lucha por descalificar la biología darwinista como “sólo una teoría más”.
Ante ello, el Museo Estadunidense de Historia Natural, en Nueva York, armó una magna exposición –que pude visitar recientemente– titulada simplemente “Darwin”.La exposición presenta la vida de este naturalista: su formación, el largo viaje que realizó alrededor del mundo en el barco Beagle (1831-1836), su posterior retiro a una apacible casa en el pueblo de Down, su muerte en 1881 (¡todo acompañado de pertenencias originales de Darwin!). Y a la vez muestra la génesis de su obra –vida y obra que se entrelazan– y cómo la publicación en 1959 de El origen de las especies no es resultado de la simple ocurrencia de un individuo, sino de toda una vida de observación, recolección y estudio de especímenes, planteamiento de preguntas y reflexión profunda en busca de respuestas.
Lejos de ser “sólo teorías”, la ciencia se basa en evidencia comprobable, y por ello es útil para la sociedad. Y por ello ha merecido un sitio en la enseñanza pública. La exposición sobre Darwin es muestra de que el pueblo estadunidense tiene claro que sus estudiantes merecen conocer la mejor ciencia posible. ¿Tendrán nuestras autoridades educativas las cosas igual de claras?
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 17 de mayo de 2006
Ciencia, religión y democracia
Ciencia, religión y democracia
Martín Bonfil Olivera
Hace unos días asistí al simposio anual sobre la democracia que organiza la Kent State University, de Kent, Ohio. El tema fueron las relaciones entre ciencia y religión en una sociedad democrática.
El simposio conmemora los hechos ocurridos el 4 de mayo de 1970, cuando 4 estudiantes murieron asesinados por miembros de la Guardia Nacional estadounidense (la misma que patrullará la frontera con México), en medio de fuertes disturbios en protesta contra la guerra de Vietnam. Para convertir esa amarga experiencia en algo positivo, la universidad creó un Centro para el Manejo de Conflictos y el Simposio sobre Democracia, con el lema “Indagar, aprender, reflexionar”.
Y precisamente la reflexión sobre las relaciones entre ciencia y religión es urgente en la sociedad estadounidense, que enfrenta fuertes discusiones respecto a la educación científica. El intento de grupos fundamentalistas religiosos por imponer ideas creacionistas en las clases de biología, y descalificar la enseñanza de la teoría de la evolución por selección natural (columna vertebral de toda la biología) es el mejor ejemplo.
Durante el simposio se discutieron los problemas que surgen cuando el respeto que toda sociedad democrática debe garantizar a las creencias, valores y formas de comportamiento individuales o colectivas entra en conflicto con la convicción, también profundamente democrática, de que todo individuo debe recibir la mejor educación posible, incluyendo el conocimiento científico actualmente aceptado, sin importar si éste contradice creencias religiosas o de otro tipo.
En nuestro país el creacionismo no es problema, pero la enseñanza básica no está exenta de disputas. El artículo 3º constitucional expresamente excluye la religión de la enseñanza oficial, y exige la inclusión de la ciencia. Esto es resultado de nuestra historia, especialmente de la guerra de reforma y el conflicto cristero, en los dos siglos pasados. No es casual que la ciencia haya quedado incluida en la Constitución y la religión no; la primera ha demostrado ser parte del bagaje cultural con el que todo ciudadano debe contar para ser plenamente libre, mientras que la segunda, sin disminuir su importancia, ha mostrado encajar mejor en la esfera de lo privado.
Son temas que se siguen discutiendo, sin duda. Será interesante ver qué rumbo toma la política educativa en el próximo sexenio.
Martín Bonfil Olivera
Hace unos días asistí al simposio anual sobre la democracia que organiza la Kent State University, de Kent, Ohio. El tema fueron las relaciones entre ciencia y religión en una sociedad democrática.
El simposio conmemora los hechos ocurridos el 4 de mayo de 1970, cuando 4 estudiantes murieron asesinados por miembros de la Guardia Nacional estadounidense (la misma que patrullará la frontera con México), en medio de fuertes disturbios en protesta contra la guerra de Vietnam. Para convertir esa amarga experiencia en algo positivo, la universidad creó un Centro para el Manejo de Conflictos y el Simposio sobre Democracia, con el lema “Indagar, aprender, reflexionar”.
Y precisamente la reflexión sobre las relaciones entre ciencia y religión es urgente en la sociedad estadounidense, que enfrenta fuertes discusiones respecto a la educación científica. El intento de grupos fundamentalistas religiosos por imponer ideas creacionistas en las clases de biología, y descalificar la enseñanza de la teoría de la evolución por selección natural (columna vertebral de toda la biología) es el mejor ejemplo.
Durante el simposio se discutieron los problemas que surgen cuando el respeto que toda sociedad democrática debe garantizar a las creencias, valores y formas de comportamiento individuales o colectivas entra en conflicto con la convicción, también profundamente democrática, de que todo individuo debe recibir la mejor educación posible, incluyendo el conocimiento científico actualmente aceptado, sin importar si éste contradice creencias religiosas o de otro tipo.
En nuestro país el creacionismo no es problema, pero la enseñanza básica no está exenta de disputas. El artículo 3º constitucional expresamente excluye la religión de la enseñanza oficial, y exige la inclusión de la ciencia. Esto es resultado de nuestra historia, especialmente de la guerra de reforma y el conflicto cristero, en los dos siglos pasados. No es casual que la ciencia haya quedado incluida en la Constitución y la religión no; la primera ha demostrado ser parte del bagaje cultural con el que todo ciudadano debe contar para ser plenamente libre, mientras que la segunda, sin disminuir su importancia, ha mostrado encajar mejor en la esfera de lo privado.
Son temas que se siguen discutiendo, sin duda. Será interesante ver qué rumbo toma la política educativa en el próximo sexenio.
comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 10 de mayo de 2006
Televisión y método científico
Televisión y método científico
Martín Bonfil Olivera
La llamada “caja tonta” tiene tan mala (y tan bien ganada) fama que parecería imposible pensar hallar algo decente (por ejemplo, ciencia) en ella. Sin embargo, de vez en cuando ha ofrecido excelentes ejemplos de ciencia popular: el más famoso es la serie Cosmos, del astrónomo Carl Sagan. Y desde hace años el Discovery Channel ha estado refutando, aunque sea de manera superficial, el mito de que “la ciencia no vende”.
Hace poco encontré un programa que, indirecta y quizá incluso involuntariamente, muestra cómo trabaja cualquier investigador científico. Se trata de la serie Myth Busters, en que los protagonistas -dos tipos bastante divertidos, cruza de exploradores, ingenieros y detectives- se dedican a investigar si ciertas “leyendas” que tienen que ver de alguna manera con la tecnología son o no ciertas.
Por ejemplo, en un capítulo trataban de averiguar si se puede electrocutar a una persona que toma un baño en tina arrojando una tostadora a la bañera (un truco favorito de novelistas y directores de cine). Claro, como no podían experimentar directamente primero tuvieron que desarrollar un modelo de “humano” (un maniquí hecho de gel) que tuviera un detector de amperaje incorporado, para saber cuánta corriente recibiría el candidato a ser electrocutado. Luego, tuvieron que averiguar cuánta corriente basta para matar a un ser humano.
No acabaron ahí los problemas: muchos artilugios eléctricos, al menos en Estados Unidos, tienen un fusible de seguridad que se funde si el aparato cae al agua, así que tuvieron que diseñar la manera de anularlo. Ensayaron con una secadora de pelo, pues razonaron que era mucho más probable hallar una en el baño que una tostadora (aunque ya encarrerados usaron hasta una plancha). En fin, el programa mostró cómo para buscar la respuesta primero había que estudiar el problema, buscar información, formular hipótesis, diseñar instrumentos específicos que permitan someterlas a prueba, de preferencia en forma cuantificable… ¡justo lo que hacen los científicos!
No recuerdo si lo de la tostadora era o no un mito, pero es lo de menos. Lo importante es que la serie muestra que si bien no existe el llamado “método científico”, entendido como receta segura para producir conocimiento, para hacer buena ciencia sí hace falta cierta forma metódica de abordar los problemas. No está nada mal.
Martín Bonfil Olivera
La llamada “caja tonta” tiene tan mala (y tan bien ganada) fama que parecería imposible pensar hallar algo decente (por ejemplo, ciencia) en ella. Sin embargo, de vez en cuando ha ofrecido excelentes ejemplos de ciencia popular: el más famoso es la serie Cosmos, del astrónomo Carl Sagan. Y desde hace años el Discovery Channel ha estado refutando, aunque sea de manera superficial, el mito de que “la ciencia no vende”.
Hace poco encontré un programa que, indirecta y quizá incluso involuntariamente, muestra cómo trabaja cualquier investigador científico. Se trata de la serie Myth Busters, en que los protagonistas -dos tipos bastante divertidos, cruza de exploradores, ingenieros y detectives- se dedican a investigar si ciertas “leyendas” que tienen que ver de alguna manera con la tecnología son o no ciertas.
Por ejemplo, en un capítulo trataban de averiguar si se puede electrocutar a una persona que toma un baño en tina arrojando una tostadora a la bañera (un truco favorito de novelistas y directores de cine). Claro, como no podían experimentar directamente primero tuvieron que desarrollar un modelo de “humano” (un maniquí hecho de gel) que tuviera un detector de amperaje incorporado, para saber cuánta corriente recibiría el candidato a ser electrocutado. Luego, tuvieron que averiguar cuánta corriente basta para matar a un ser humano.
No acabaron ahí los problemas: muchos artilugios eléctricos, al menos en Estados Unidos, tienen un fusible de seguridad que se funde si el aparato cae al agua, así que tuvieron que diseñar la manera de anularlo. Ensayaron con una secadora de pelo, pues razonaron que era mucho más probable hallar una en el baño que una tostadora (aunque ya encarrerados usaron hasta una plancha). En fin, el programa mostró cómo para buscar la respuesta primero había que estudiar el problema, buscar información, formular hipótesis, diseñar instrumentos específicos que permitan someterlas a prueba, de preferencia en forma cuantificable… ¡justo lo que hacen los científicos!
No recuerdo si lo de la tostadora era o no un mito, pero es lo de menos. Lo importante es que la serie muestra que si bien no existe el llamado “método científico”, entendido como receta segura para producir conocimiento, para hacer buena ciencia sí hace falta cierta forma metódica de abordar los problemas. No está nada mal.
mbonfil@servidor.unam.mx
jueves, 4 de mayo de 2006
El condón de Ratzinger
El condón de Ratzinger
Martín Bonfil Olivera
El biólogo Stephen Jay Gould decía que ciencia y religión constituyen “magisterios separados”: no tienen por qué entrar nunca en conflicto porque sus respectivas áreas de autoridad son distintas.
No estoy muy de acuerdo. Hace días el papa Benedicto XVI reiteró la tradicional oposición de la Iglesia católica al uso del condón. No sorprende, pues como cardenal y cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antes Santa Inquisición), Joseph Ratzinger representó siempre las posiciones más conservadoras del catolicismo.
La postura católica se basa en la idea de que existe un orden o ley natural, es decir, determinada por Dios, y que oponerse a ella es pecado. El uso del condón despoja al acto sexual de su fin reproductivo (para la Iglesia, su único fin natural), y por ello resulta inaceptable.
¿Qué dice la ciencia al respecto? La ciencia estudia el mundo natural (en el sentido laico: aquello que existe en la naturaleza), y no dicta normas de comportamiento. Pero sí proporciona información confiable y pertinente que permite tomar decisiones a personas y a sociedades.
Desde un punto de vista científico, hay hechos incontrovertibles: 1) existe una pandemia de sida, causada por un virus; 2) el sida se contagia principalmente por relaciones sexuales sin protección; 3) el número de personas infectadas sigue aumentando; 4) el uso adecuado del condón es notoriamente efectivo (más del 99%) para evitar el contagio; y finalmente, 5) por experiencia, no es realista esperar que jóvenes (ni adultos) recurran a la abstinencia (solteros) o fidelidad rigurosa (casados) para evitar el contagio.
No se trata de juicios: son sólo hechos, independientemente de si se los juzga “buenos” o “malos”. La conclusión es ineludible: oponerse al uso del condón equivale, en los hechos, a fomentar más infecciones por Sida.
La oposición católica se justifica diciendo que es criminal recomendar una medida que no es 100% segura. Pero no existen medidas así. El uso del cinturón de seguridad no garantiza la supervivencia en un accidente, pero eso no significa que no convenga usarlo siempre (ni que haya que abandonar el uso del automóvil).
Es duro decirlo, pero cuando de casos prácticos se trata, a veces hay que oponerse claramente a algunas de las posturas de la Iglesia. En estas ocasiones, es Dios (o sus representantes) quienes se están metiendo con lo que es del César.
Martín Bonfil Olivera
El biólogo Stephen Jay Gould decía que ciencia y religión constituyen “magisterios separados”: no tienen por qué entrar nunca en conflicto porque sus respectivas áreas de autoridad son distintas.
No estoy muy de acuerdo. Hace días el papa Benedicto XVI reiteró la tradicional oposición de la Iglesia católica al uso del condón. No sorprende, pues como cardenal y cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antes Santa Inquisición), Joseph Ratzinger representó siempre las posiciones más conservadoras del catolicismo.
La postura católica se basa en la idea de que existe un orden o ley natural, es decir, determinada por Dios, y que oponerse a ella es pecado. El uso del condón despoja al acto sexual de su fin reproductivo (para la Iglesia, su único fin natural), y por ello resulta inaceptable.
¿Qué dice la ciencia al respecto? La ciencia estudia el mundo natural (en el sentido laico: aquello que existe en la naturaleza), y no dicta normas de comportamiento. Pero sí proporciona información confiable y pertinente que permite tomar decisiones a personas y a sociedades.
Desde un punto de vista científico, hay hechos incontrovertibles: 1) existe una pandemia de sida, causada por un virus; 2) el sida se contagia principalmente por relaciones sexuales sin protección; 3) el número de personas infectadas sigue aumentando; 4) el uso adecuado del condón es notoriamente efectivo (más del 99%) para evitar el contagio; y finalmente, 5) por experiencia, no es realista esperar que jóvenes (ni adultos) recurran a la abstinencia (solteros) o fidelidad rigurosa (casados) para evitar el contagio.
No se trata de juicios: son sólo hechos, independientemente de si se los juzga “buenos” o “malos”. La conclusión es ineludible: oponerse al uso del condón equivale, en los hechos, a fomentar más infecciones por Sida.
La oposición católica se justifica diciendo que es criminal recomendar una medida que no es 100% segura. Pero no existen medidas así. El uso del cinturón de seguridad no garantiza la supervivencia en un accidente, pero eso no significa que no convenga usarlo siempre (ni que haya que abandonar el uso del automóvil).
Es duro decirlo, pero cuando de casos prácticos se trata, a veces hay que oponerse claramente a algunas de las posturas de la Iglesia. En estas ocasiones, es Dios (o sus representantes) quienes se están metiendo con lo que es del César.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 26 de abril de 2006
El cerebro lector
El cerebro lector
Martín Bonfil Olivera
En su clásico Los demasiados libros, Gabriel Zaid describe las diferentes etapas que implica aprender a leer (integrar las letras de una palabra; las palabras de una oración; todo un párrafo; leer un libro “de golpe”) y las dificultades que tienen los lectores que no han logrado dominarlas. “¿Hay manera más segura de hacer un libro completamente ininteligible que leerlo suficientemente despacio?”, se pregunta Zaid, y añade “Es como ver un mural a dos centímetros de distancia y recorrerlo a razón de diez centímetros cuadrados cada tercer día durante un año, como una lagartija miope”.
Las neurociencias han propuesto que existen áreas especializadas no sólo en la visión, sino específicamente para la lectura. El tema es debatido, pues se sabe que el cerebro no consta de “módulos” anatómica y fisiológicamente separados, cada uno dedicado a una función particular, sino que es un órgano integrado y flexible en que las funciones, aunque a grandes rasgos puedan localizarse, se encuentran también distribuidas.
Por ello sorprende el artículo publicado recientemente en la revista Neuron y firmado por Laurent Cohen y colaboradores. Gracias a un caso fortuito (un paciente epiléptico que requirió cirugía cerebral), los científicos tuvieron la oportunidad de probar las habilidades lectoras de una persona antes y después de que se eliminara cierta área cerebral presuntamente relacionada específicamente con el reconocimiento visual de palabras.
Antes de la operación, el paciente tardaba unos 600 milisegundos en reconocer una palabra de 3 a 9 letras. Ya operado, tardaba mil milisegundos en reconocer una de tres letras, y 300 milisegundos más por letra extra. Este déficit de lectura, llamado “alexia”, comprueba que el área estudiada efectivamente permite reconocer las palabras por su forma, sin tener que deletrear; función indispensable, dice Zaid, para la buena lectura.
Queda por explicar el problema de cómo, en los sólo seis mil años en que ha existido la escritura, pudo evolucionar un área cerebral especializada para leer.
Pero ¡ojo!: no es probable que el bajísimo índice de lectura de los mexicanos se deba a un defecto cerebral congénito (que en principio sería remediable). Seguramente se trata más bien de una carencia de tipo de cultural que no se remedia con simple cirugía cerebral… ni mucho menos con la construcción de megabibliotecas inútiles. ¡Mala suerte!
Martín Bonfil Olivera
En su clásico Los demasiados libros, Gabriel Zaid describe las diferentes etapas que implica aprender a leer (integrar las letras de una palabra; las palabras de una oración; todo un párrafo; leer un libro “de golpe”) y las dificultades que tienen los lectores que no han logrado dominarlas. “¿Hay manera más segura de hacer un libro completamente ininteligible que leerlo suficientemente despacio?”, se pregunta Zaid, y añade “Es como ver un mural a dos centímetros de distancia y recorrerlo a razón de diez centímetros cuadrados cada tercer día durante un año, como una lagartija miope”.
Las neurociencias han propuesto que existen áreas especializadas no sólo en la visión, sino específicamente para la lectura. El tema es debatido, pues se sabe que el cerebro no consta de “módulos” anatómica y fisiológicamente separados, cada uno dedicado a una función particular, sino que es un órgano integrado y flexible en que las funciones, aunque a grandes rasgos puedan localizarse, se encuentran también distribuidas.
Por ello sorprende el artículo publicado recientemente en la revista Neuron y firmado por Laurent Cohen y colaboradores. Gracias a un caso fortuito (un paciente epiléptico que requirió cirugía cerebral), los científicos tuvieron la oportunidad de probar las habilidades lectoras de una persona antes y después de que se eliminara cierta área cerebral presuntamente relacionada específicamente con el reconocimiento visual de palabras.
Antes de la operación, el paciente tardaba unos 600 milisegundos en reconocer una palabra de 3 a 9 letras. Ya operado, tardaba mil milisegundos en reconocer una de tres letras, y 300 milisegundos más por letra extra. Este déficit de lectura, llamado “alexia”, comprueba que el área estudiada efectivamente permite reconocer las palabras por su forma, sin tener que deletrear; función indispensable, dice Zaid, para la buena lectura.
Queda por explicar el problema de cómo, en los sólo seis mil años en que ha existido la escritura, pudo evolucionar un área cerebral especializada para leer.
Pero ¡ojo!: no es probable que el bajísimo índice de lectura de los mexicanos se deba a un defecto cerebral congénito (que en principio sería remediable). Seguramente se trata más bien de una carencia de tipo de cultural que no se remedia con simple cirugía cerebral… ni mucho menos con la construcción de megabibliotecas inútiles. ¡Mala suerte!
miércoles, 19 de abril de 2006
Refacciones a la medida
Refacciones a la medida
Martín Bonfil Olivera
Una de las características menos comprendidas de la ciencia es que es impredecible.
El proceso por el que genera conocimiento confiable sobre la naturaleza es caprichoso, como todo proceso creativo. Por eso es absurda la idea de que basta con poner a un grupo de científicos con suficiente equipo y dinero para tener, en un plazo fijo, la cura contra el cáncer, la cruda o de perdida el catarro común.
Desgraciadamente para los burócratas neoliberales, la ciencia no funciona así. Lo mejor que puede hacerse es formar el grupo de científicos, fijarles directivas generales, darles recursos y cuidar que el trabajo sea de buena calidad. ¿Qué producirán? No puede saberse con claridad, pero sí que será buena ciencia y que, de un modo u otro, beneficiará a la sociedad que la financia.
Dos curiosas noticias son buenos ejemplos. Tienen que ver con el sueño de producir órganos de repuesto para transplantes. Las esperanzas se centraban en genetistas y biólogos moleculares, que prometían que cuando conociéramos suficiente acerca de los complejos mecanismos de la diferenciación celular, podríamos producir órganos completos a voluntad (por ejemplo partiendo de células madre).
Pero los caminos de la ciencia (y la técnica) son misteriosos. El médico Anthony Atala, de Carolina del Norte, logró producir los primeros órganos cultivados y transplantados exitosamente a siete pacientes. Se trata de vejigas (un órgano bastante sencillo: básicamente, una bolsa de tejido muscular y epitelial) cultivadas sobre moldes biodegradables a partir de células de los propios pacientes (para evitar rechazos). Resultó más fácil hacer un molde y dejar que las células crecieran solitas que andar manipulando sus genes.
¿Y para órganos más complejos? La revista New Scientist reporta que Gabor Forgacs, de Missouri, ha aplicado una tecnología inspirada en las impresoras de chorro de tinta para “imprimir” capas de tejido usando “biotinta” (células suspendidas en líquido nutritivo). La impresora va depositando sobre un soporte células que luego se unen espontáneamente (los sistemas biológicos son muy nobles). La técnica, hoy rudimentaria, quizá permita construir estructuras con la forma que se requiera.
¿Quién habría imaginado que enfoques tan ingenieriles lograrían lo que los genetistas no han podido? Como en el arte y el amor, en ciencia lo inesperado es muchas veces lo que tiene más chiste.
Martín Bonfil Olivera
Una de las características menos comprendidas de la ciencia es que es impredecible.
El proceso por el que genera conocimiento confiable sobre la naturaleza es caprichoso, como todo proceso creativo. Por eso es absurda la idea de que basta con poner a un grupo de científicos con suficiente equipo y dinero para tener, en un plazo fijo, la cura contra el cáncer, la cruda o de perdida el catarro común.
Desgraciadamente para los burócratas neoliberales, la ciencia no funciona así. Lo mejor que puede hacerse es formar el grupo de científicos, fijarles directivas generales, darles recursos y cuidar que el trabajo sea de buena calidad. ¿Qué producirán? No puede saberse con claridad, pero sí que será buena ciencia y que, de un modo u otro, beneficiará a la sociedad que la financia.
Dos curiosas noticias son buenos ejemplos. Tienen que ver con el sueño de producir órganos de repuesto para transplantes. Las esperanzas se centraban en genetistas y biólogos moleculares, que prometían que cuando conociéramos suficiente acerca de los complejos mecanismos de la diferenciación celular, podríamos producir órganos completos a voluntad (por ejemplo partiendo de células madre).
Pero los caminos de la ciencia (y la técnica) son misteriosos. El médico Anthony Atala, de Carolina del Norte, logró producir los primeros órganos cultivados y transplantados exitosamente a siete pacientes. Se trata de vejigas (un órgano bastante sencillo: básicamente, una bolsa de tejido muscular y epitelial) cultivadas sobre moldes biodegradables a partir de células de los propios pacientes (para evitar rechazos). Resultó más fácil hacer un molde y dejar que las células crecieran solitas que andar manipulando sus genes.
¿Y para órganos más complejos? La revista New Scientist reporta que Gabor Forgacs, de Missouri, ha aplicado una tecnología inspirada en las impresoras de chorro de tinta para “imprimir” capas de tejido usando “biotinta” (células suspendidas en líquido nutritivo). La impresora va depositando sobre un soporte células que luego se unen espontáneamente (los sistemas biológicos son muy nobles). La técnica, hoy rudimentaria, quizá permita construir estructuras con la forma que se requiera.
¿Quién habría imaginado que enfoques tan ingenieriles lograrían lo que los genetistas no han podido? Como en el arte y el amor, en ciencia lo inesperado es muchas veces lo que tiene más chiste.
miércoles, 12 de abril de 2006
La ciencia no existe para los candidatos
La ciencia por gusto
La ciencia no existe para los candidatos
Martín Bonfil Olivera
La bien ganada mala fama que tiene la política queda más que confirmada por el vergonzoso tono de las campañas presidenciales en los últimos días.
Pero no es ese nuestro tema, sino señalar que ninguno de los candidatos ha tomado realmente en cuenta a la ciencia ni la tecnología en sus campañas. Quizá las mencionan –sobre todo a la segunda; la llamada ciencia “básica” sigue siendo despreciada, a pesar de ser la raíz de la que podría surgir una tecnología propia–, pero no hacen propuestas para impulsar su desarrollo y aprovechar su potencial. Cansa repetirlo, pero lo que distingue al primer mundo del tercero es en gran parte su desarrollo científico, que sustenta su poderío tecnológico e industrial.
El 4 de abril, en La Jornada, el científico mexicano René Drucker hace el ejercicio de vislumbrar lo que podría ser la situación de la ciencia mexicana a finales del próximo sexenio, en diciembre del 2012, si todo saliera razonablemente bien. Entre otras cosas, imagina que el presupuesto en ciencia y tecnología podría haber crecido hasta un 0.85% del PIB, que la planta de investigadores nacionales aumentó, que hubo investigaciones útiles en áreas como salud, petróleo y nanotecnología, que se establecieron colaboraciones con empresas mexicanas, y un plausible etcétera.
La propuesta de Drucker podría ser calificada de cándida, parcial o simplista. Pero es una propuesta. Y aparentemente está fundada en un proyecto. Es más de lo que puede decirse de cualquier candidato. Desgraciadamente, Drucker no menciona un aspecto fundamental en su esbozo de proyecto de ciencia y tecnología: la comunicación pública de la ciencia.
Y es que no puede esperarse que una sociedad como la nuestra apoye la inversión en ciencia y tecnología si nuestros ciudadanos –incluyendo a nuestros gobernantes– no conocen qué son, cómo funcionan y para qué sirven estas disciplinas. Una estrategia nacional de divulgación científica (propuesta de la que se ha hablado mucho en la comunidad de divulgadores mexicanos), que fomentara la apreciación y comprensión públicas de la ciencia y la técnica, así como la responsabilidad social al respecto, sería fundamental en el establecimiento de la tan deseada –y necesaria– política de estado en ciencia y tecnología.
Ojalá los candidatos escucharan, y no estuvieran tan ocupados echándose lodo.
La ciencia no existe para los candidatos
Martín Bonfil Olivera
La bien ganada mala fama que tiene la política queda más que confirmada por el vergonzoso tono de las campañas presidenciales en los últimos días.
Pero no es ese nuestro tema, sino señalar que ninguno de los candidatos ha tomado realmente en cuenta a la ciencia ni la tecnología en sus campañas. Quizá las mencionan –sobre todo a la segunda; la llamada ciencia “básica” sigue siendo despreciada, a pesar de ser la raíz de la que podría surgir una tecnología propia–, pero no hacen propuestas para impulsar su desarrollo y aprovechar su potencial. Cansa repetirlo, pero lo que distingue al primer mundo del tercero es en gran parte su desarrollo científico, que sustenta su poderío tecnológico e industrial.
El 4 de abril, en La Jornada, el científico mexicano René Drucker hace el ejercicio de vislumbrar lo que podría ser la situación de la ciencia mexicana a finales del próximo sexenio, en diciembre del 2012, si todo saliera razonablemente bien. Entre otras cosas, imagina que el presupuesto en ciencia y tecnología podría haber crecido hasta un 0.85% del PIB, que la planta de investigadores nacionales aumentó, que hubo investigaciones útiles en áreas como salud, petróleo y nanotecnología, que se establecieron colaboraciones con empresas mexicanas, y un plausible etcétera.
La propuesta de Drucker podría ser calificada de cándida, parcial o simplista. Pero es una propuesta. Y aparentemente está fundada en un proyecto. Es más de lo que puede decirse de cualquier candidato. Desgraciadamente, Drucker no menciona un aspecto fundamental en su esbozo de proyecto de ciencia y tecnología: la comunicación pública de la ciencia.
Y es que no puede esperarse que una sociedad como la nuestra apoye la inversión en ciencia y tecnología si nuestros ciudadanos –incluyendo a nuestros gobernantes– no conocen qué son, cómo funcionan y para qué sirven estas disciplinas. Una estrategia nacional de divulgación científica (propuesta de la que se ha hablado mucho en la comunidad de divulgadores mexicanos), que fomentara la apreciación y comprensión públicas de la ciencia y la técnica, así como la responsabilidad social al respecto, sería fundamental en el establecimiento de la tan deseada –y necesaria– política de estado en ciencia y tecnología.
Ojalá los candidatos escucharan, y no estuvieran tan ocupados echándose lodo.
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 5 de abril de 2006
La amenaza de los cerditos light
La ciencia por gusto
La amenaza de los cerditos light
Martín Bonfil Olivera
No hay nada más parecido al corazón de un hombre que... el corazón de un cerdo.
No soy antimachista ni me refiero a ningún candidato presidencial. Es un hecho comprobado: por su fisiología y tamaño, un corazón porcino es excelente modelo para estudios del funcionamiento cardiaco que sería imposible realizar con humanos. También han sido usados para transplantes, con resultados poco halagüeños debido al rechazo inmunitario (así que no se sabe si el corazón de puerco haría que los pacientes se volvieran más sucios, patanes o indolentes), así que la relación entre cochinos y humanos sigue siendo básicamente que nosotros nos los comemos.
En este esquema carnicero, la genética moderna ofrece promesas, como la presentada en MILENIO Diario el pasado 4 de abril: la obtención de cerdos transgénicos que producen ácidos grasos omega-3, presuntamente buenos para la salud, en vez de los insalubres omega-6.
A decir del reporte publicado en la revista científica Nature Biotechnology, la verdadera meta del experimento, más que producir jamón o tocino light, era estudiar qué sucede con el corazón de los cerdos en un ambiente con alta concentración de grasas omega-3. Para ello se utilizó un gen de la lombriz Caenorhabditis elegans (muy estudiada por los biólogos y ganadora de un premio Nobel reciente) que le permite transformar grasas omega-6 en omega-3 (el nombre, por cierto, se refiere a qué tan lejos -3 o 6 carbonos- del extremo, llamado omega por la última letra del alfabeto griego, se encuentra un doble enlace en la cadena de carbonos que forma la molécula).
El gen lombriciento se introdujo en células embrionarias de cerdo y éstas se fusionaron con óvulos porcinos para producir cerdos clonados (el mismo método con que se obtuvo a la oveja Dolly).
No han habido, hasta ahora, airadas protestas de grupos ecologistas, quizá porque los genes de cerdo no andan por ahí propagándose en el aire. Pero no dudo que pronto se alzarán voces de alarma. En el ínter, quizá algún día los cerditos light sí logren llegar a las carnicerías y sustituyan al pescado, hoy fuente preferida de estas grasas, con frecuencia contaminada con mercurio. Mientras tanto, los beneficios de los omega-3 para prevenir males cardiacos y cáncer están siendo cuestionados por otros estudios recientes. ¡Ah, la ineludible incertidumbre de la ciencia!
La amenaza de los cerditos light
Martín Bonfil Olivera
No hay nada más parecido al corazón de un hombre que... el corazón de un cerdo.
No soy antimachista ni me refiero a ningún candidato presidencial. Es un hecho comprobado: por su fisiología y tamaño, un corazón porcino es excelente modelo para estudios del funcionamiento cardiaco que sería imposible realizar con humanos. También han sido usados para transplantes, con resultados poco halagüeños debido al rechazo inmunitario (así que no se sabe si el corazón de puerco haría que los pacientes se volvieran más sucios, patanes o indolentes), así que la relación entre cochinos y humanos sigue siendo básicamente que nosotros nos los comemos.
En este esquema carnicero, la genética moderna ofrece promesas, como la presentada en MILENIO Diario el pasado 4 de abril: la obtención de cerdos transgénicos que producen ácidos grasos omega-3, presuntamente buenos para la salud, en vez de los insalubres omega-6.
A decir del reporte publicado en la revista científica Nature Biotechnology, la verdadera meta del experimento, más que producir jamón o tocino light, era estudiar qué sucede con el corazón de los cerdos en un ambiente con alta concentración de grasas omega-3. Para ello se utilizó un gen de la lombriz Caenorhabditis elegans (muy estudiada por los biólogos y ganadora de un premio Nobel reciente) que le permite transformar grasas omega-6 en omega-3 (el nombre, por cierto, se refiere a qué tan lejos -3 o 6 carbonos- del extremo, llamado omega por la última letra del alfabeto griego, se encuentra un doble enlace en la cadena de carbonos que forma la molécula).
El gen lombriciento se introdujo en células embrionarias de cerdo y éstas se fusionaron con óvulos porcinos para producir cerdos clonados (el mismo método con que se obtuvo a la oveja Dolly).
No han habido, hasta ahora, airadas protestas de grupos ecologistas, quizá porque los genes de cerdo no andan por ahí propagándose en el aire. Pero no dudo que pronto se alzarán voces de alarma. En el ínter, quizá algún día los cerditos light sí logren llegar a las carnicerías y sustituyan al pescado, hoy fuente preferida de estas grasas, con frecuencia contaminada con mercurio. Mientras tanto, los beneficios de los omega-3 para prevenir males cardiacos y cáncer están siendo cuestionados por otros estudios recientes. ¡Ah, la ineludible incertidumbre de la ciencia!
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 29 de marzo de 2006
Lem: novela, filosofía y ciencia
MILENIO/La ciencia por gusto
Lem: novela, filosofía y ciencia
Martín Bonfil Olivera
Pensar en relaciones entre ciencia y literatura remite siempre a la ciencia ficción. Es común verla como un simple uso fantasioso de conceptos vagamente científicos (como La Guerra de las Galaxias, que por supuesto NO es ciencia ficción). Tampoco es muy cierta la idea de que la ciencia ficción predice futuros descubrimientos científicos (aunque se den casos).
Más bien lo que logra la verdadera ciencia ficción –sobre todo la más fina, la de mayor calidad y profundidad– muchas veces es comenzar a explorar caminos que más tarde la ciencia abordará con sus poderosos métodos. Y lo hace sin más instrumentos que la mente y creatividad del escritor, quien logra no sólo llegar más lejos que sus contemporáneos, sino proponer perspectivas novedosas que sólo luego de muchos años son redescubiertas por científicos y tecnólogos.
No pretendo ser un experto en la obra de Stanislaw Lem, el genial novelista y cuentista polaco cuya muerte fue anunciada ayer, a los 84 años. Sin embargo, sí soy uno de sus fans.
Lo conocí gracias a mi hermano Ramón, el oceanólogo, quien me regaló los Diarios de las estrellas, que narran las sorprendentes aventuras filosófico-científico-tecnológicas del astronauta Ijon Tichy por diversos planetas. Más tarde y gracias a algunos amigos aprecié mejor esos relatos y conocí otros, y me fui dando cuenta de que entre sus ironías y paradojas (y sus extraordinarios juegos de lenguaje, cuya traducción es toda una proeza), Lem inmiscuía cuestiones verdaderamente profundas en las que los avances científicos fuerzan a la humanidad a encarar profundas cuestiones filosóficas. ¿Qué derechos tendrá, por ejemplo, una máquina con inteligencia y conciencia? ¿Qué derechos tendremos sus creadores? ¿Qué pasará cuando la realidad virtual llegue a ser más real que el mundo físico que creemos habitar?
El médico mexicano Ruy Pérez Tamayo, al intentar definir la ciencia, la describe como una “actividad humana creativa”. Hay quien se extraña, pues parecería que el terreno de lo creativo fuera exclusivo de los artistas. Pero alguien que conozca bien cómo funciona la ciencia no tendrá más remedio, si ha tenido el placer de leer a Stanislaw Lem, que conceder que se trataba de un novelista científico (y filosófico, que en el fondo son lo mismo). En el mejor sentido de ambas palabras. Habrá que seguirlo leyendo.
Lem: novela, filosofía y ciencia
Martín Bonfil Olivera
Pensar en relaciones entre ciencia y literatura remite siempre a la ciencia ficción. Es común verla como un simple uso fantasioso de conceptos vagamente científicos (como La Guerra de las Galaxias, que por supuesto NO es ciencia ficción). Tampoco es muy cierta la idea de que la ciencia ficción predice futuros descubrimientos científicos (aunque se den casos).
Más bien lo que logra la verdadera ciencia ficción –sobre todo la más fina, la de mayor calidad y profundidad– muchas veces es comenzar a explorar caminos que más tarde la ciencia abordará con sus poderosos métodos. Y lo hace sin más instrumentos que la mente y creatividad del escritor, quien logra no sólo llegar más lejos que sus contemporáneos, sino proponer perspectivas novedosas que sólo luego de muchos años son redescubiertas por científicos y tecnólogos.
No pretendo ser un experto en la obra de Stanislaw Lem, el genial novelista y cuentista polaco cuya muerte fue anunciada ayer, a los 84 años. Sin embargo, sí soy uno de sus fans.
Lo conocí gracias a mi hermano Ramón, el oceanólogo, quien me regaló los Diarios de las estrellas, que narran las sorprendentes aventuras filosófico-científico-tecnológicas del astronauta Ijon Tichy por diversos planetas. Más tarde y gracias a algunos amigos aprecié mejor esos relatos y conocí otros, y me fui dando cuenta de que entre sus ironías y paradojas (y sus extraordinarios juegos de lenguaje, cuya traducción es toda una proeza), Lem inmiscuía cuestiones verdaderamente profundas en las que los avances científicos fuerzan a la humanidad a encarar profundas cuestiones filosóficas. ¿Qué derechos tendrá, por ejemplo, una máquina con inteligencia y conciencia? ¿Qué derechos tendremos sus creadores? ¿Qué pasará cuando la realidad virtual llegue a ser más real que el mundo físico que creemos habitar?
El médico mexicano Ruy Pérez Tamayo, al intentar definir la ciencia, la describe como una “actividad humana creativa”. Hay quien se extraña, pues parecería que el terreno de lo creativo fuera exclusivo de los artistas. Pero alguien que conozca bien cómo funciona la ciencia no tendrá más remedio, si ha tenido el placer de leer a Stanislaw Lem, que conceder que se trataba de un novelista científico (y filosófico, que en el fondo son lo mismo). En el mejor sentido de ambas palabras. Habrá que seguirlo leyendo.
miércoles, 22 de marzo de 2006
Y... ¿qué tiene de especial el agua?
Milenio Diario
La ciencia por gusto
Y... ¿qué tiene de especial el agua?
Martín Bonfil Olivera
La semana ha sido muy húmeda en la capital, debido a la celebración del Foro Mundial del Agua.
Más allá de lo que oímos a cada rato (el agua es indispensable para la vida; el cuerpo humano es 60% agua; podemos vivir semanas sin comer, pero sólo días sin beber; 3% del agua terrestre es dulce, y sólo una pequeña fracción es potable…), cabe preguntarse, ¿por qué es tan indispensable este líquido?
La respuesta está en la química. Comencemos por otro lugar común: el agua es el disolvente universal. Esto no quiere decir que disuelva todo (afortunadamente), sino que puede disolver gran variedad de moléculas (sobre todo las que presenten cargas eléctricas). De ahí parte su gran importancia ecológica, fisiológica y biomolecular.
Y es que la célula, unidad base de todos los seres vivos, no es más que un sistema complejo de moléculas disueltas en agua. Las membranas que definen a toda célula, por ejemplo, están hechas de moléculas jabonosas que espontáneamente, en medio acuoso, tienden a organizarse y formar membranas. Y todas las demás biomoléculas (proteínas, ácidos nucleicos…) pueden funcionar sólo disueltas en agua; de otro modo se deshilachan e inactivan. Por otra parte, el agua de lagos y mares funciona como regulador térmico ambiental, pues absorbe y libera calor con gran dificultad (por eso tarda tanto en hervir el agua, comparada con otros líquidos).
Bien: todas estas propiedades se deben a que la molécula del agua (dos átomos de hidrógeno unidos a uno de oxígeno) tiene una débil carga eléctrica repartida irregularmente: el oxígeno tiene mayor carga negativa y los hidrógenos cargas positivas. Esto causa que las moléculas se atraigan entre sí (lo que dificulta separarlas para transformarla en gas, cuando hierve), y que puedan atraer y formar uniones con otras moléculas con carga positiva o negativa (de ahí su poder disolvente y su capacidad de organizar los componentes celulares).
El hielo es menos denso que el agua (sus moléculas, al atraerse, van formando una red porosa). Si no fuera así, el hielo se hundiría y los mares se congelarían hasta el fondo en el primer invierno, lo cual impediría la vida marina. Si el agua no tuviera estas propiedades, la vida nunca habría surgido, pues lo hizo en este líquido. Si hoy celebramos al agua, es en parte debido a las propiedades de los átomos de hidrógeno y oxígeno.
La ciencia por gusto
Y... ¿qué tiene de especial el agua?
Martín Bonfil Olivera
La semana ha sido muy húmeda en la capital, debido a la celebración del Foro Mundial del Agua.
Más allá de lo que oímos a cada rato (el agua es indispensable para la vida; el cuerpo humano es 60% agua; podemos vivir semanas sin comer, pero sólo días sin beber; 3% del agua terrestre es dulce, y sólo una pequeña fracción es potable…), cabe preguntarse, ¿por qué es tan indispensable este líquido?
La respuesta está en la química. Comencemos por otro lugar común: el agua es el disolvente universal. Esto no quiere decir que disuelva todo (afortunadamente), sino que puede disolver gran variedad de moléculas (sobre todo las que presenten cargas eléctricas). De ahí parte su gran importancia ecológica, fisiológica y biomolecular.
Y es que la célula, unidad base de todos los seres vivos, no es más que un sistema complejo de moléculas disueltas en agua. Las membranas que definen a toda célula, por ejemplo, están hechas de moléculas jabonosas que espontáneamente, en medio acuoso, tienden a organizarse y formar membranas. Y todas las demás biomoléculas (proteínas, ácidos nucleicos…) pueden funcionar sólo disueltas en agua; de otro modo se deshilachan e inactivan. Por otra parte, el agua de lagos y mares funciona como regulador térmico ambiental, pues absorbe y libera calor con gran dificultad (por eso tarda tanto en hervir el agua, comparada con otros líquidos).
Bien: todas estas propiedades se deben a que la molécula del agua (dos átomos de hidrógeno unidos a uno de oxígeno) tiene una débil carga eléctrica repartida irregularmente: el oxígeno tiene mayor carga negativa y los hidrógenos cargas positivas. Esto causa que las moléculas se atraigan entre sí (lo que dificulta separarlas para transformarla en gas, cuando hierve), y que puedan atraer y formar uniones con otras moléculas con carga positiva o negativa (de ahí su poder disolvente y su capacidad de organizar los componentes celulares).
El hielo es menos denso que el agua (sus moléculas, al atraerse, van formando una red porosa). Si no fuera así, el hielo se hundiría y los mares se congelarían hasta el fondo en el primer invierno, lo cual impediría la vida marina. Si el agua no tuviera estas propiedades, la vida nunca habría surgido, pues lo hizo en este líquido. Si hoy celebramos al agua, es en parte debido a las propiedades de los átomos de hidrógeno y oxígeno.
miércoles, 15 de marzo de 2006
Y la genómica mexicana avanza
La ciencia por gusto
Y la genómica mexicana avanza
Martín Bonfil Olivera
Siempre es bueno recibir buenas noticias, y la publicada el pasado viernes (“Descifran mexicanos genoma de bacteria”) es especialmente buena (aunque algún periódico hablara de que era “el primer genoma completo de un organismo”, como si nunca se hubiera descifrado otro).
Conviene comentar por qué es buena noticia. Lo primero que uno se pregunta es por qué secuenciar (o leer la secuencia de bases o letras que forman la información genética de un organismo) el genoma de una bacteria, cuando ya se ha secuenciado el genoma humano.
Respuesta: incluso el genoma de una humilde bacteria es conocimiento importante. Comparando genomas de más y más organismos de todo tipo, se puede ir aprendiendo sobre principios generales de la evolución y la genética. Y la bacteria elegida, Rhizobium etli, no es un microbio cualquiera: se trata de una de las cruciales bacterias fijadoras de nitrógeno, que al tomar este gas del aire, donde abunda, y convertirlo en amonio, permiten que las plantas lo usen y puedan crecer.
El nitrógeno es parte indispensable de las proteínas y los ácidos nucleicos; todo organismo lo necesita, pero sólo unos pocos –las bacterias fijadoras– pueden tomarlo del aire. Rhizobium etli, que se asocia en simbiosis con la planta de frijol, ha sido estudiado por investigadores del antiguo Centro de Fijación del Nitrógeno de la UNAM (hoy Centro de Ciencias Genómicas) durante años. La secuenciación de su genoma indica la madurez de un proyecto que continuará creciendo, para beneficio de la ciencia mexicana y de nuestra sociedad.
Y no sólo por el conocimiento científico producido, sino por la adquisición de importante infraestructura (computadoras, aparatos de secuenciación) y sobre todo por la formación de recursos humanos especializados que se logró.
Es también interesante saber que el genoma de Rhizobium etli está repartido en un cromosoma circular (los humanos son lineales) y 6 pequeños cromosomitas extra llamados plásmidos (el genoma humano consta de 23 cromosomas). La secuenciación de los 6.5 millones de letras del genoma de R. etli (el humano tiene unos 3 mil 200 millones) duró siete años y costó de seis a siete millones de dólares. Dinero bien invertido que dará dividendos científicos, tecnológicos y económicos a largo plazo. En ciencia, como en la cocina, se requiere paciencia (y constancia) para lograr calidad. ¡Enhorabuena!
Y la genómica mexicana avanza
Martín Bonfil Olivera
Siempre es bueno recibir buenas noticias, y la publicada el pasado viernes (“Descifran mexicanos genoma de bacteria”) es especialmente buena (aunque algún periódico hablara de que era “el primer genoma completo de un organismo”, como si nunca se hubiera descifrado otro).
Conviene comentar por qué es buena noticia. Lo primero que uno se pregunta es por qué secuenciar (o leer la secuencia de bases o letras que forman la información genética de un organismo) el genoma de una bacteria, cuando ya se ha secuenciado el genoma humano.
Respuesta: incluso el genoma de una humilde bacteria es conocimiento importante. Comparando genomas de más y más organismos de todo tipo, se puede ir aprendiendo sobre principios generales de la evolución y la genética. Y la bacteria elegida, Rhizobium etli, no es un microbio cualquiera: se trata de una de las cruciales bacterias fijadoras de nitrógeno, que al tomar este gas del aire, donde abunda, y convertirlo en amonio, permiten que las plantas lo usen y puedan crecer.
El nitrógeno es parte indispensable de las proteínas y los ácidos nucleicos; todo organismo lo necesita, pero sólo unos pocos –las bacterias fijadoras– pueden tomarlo del aire. Rhizobium etli, que se asocia en simbiosis con la planta de frijol, ha sido estudiado por investigadores del antiguo Centro de Fijación del Nitrógeno de la UNAM (hoy Centro de Ciencias Genómicas) durante años. La secuenciación de su genoma indica la madurez de un proyecto que continuará creciendo, para beneficio de la ciencia mexicana y de nuestra sociedad.
Y no sólo por el conocimiento científico producido, sino por la adquisición de importante infraestructura (computadoras, aparatos de secuenciación) y sobre todo por la formación de recursos humanos especializados que se logró.
Es también interesante saber que el genoma de Rhizobium etli está repartido en un cromosoma circular (los humanos son lineales) y 6 pequeños cromosomitas extra llamados plásmidos (el genoma humano consta de 23 cromosomas). La secuenciación de los 6.5 millones de letras del genoma de R. etli (el humano tiene unos 3 mil 200 millones) duró siete años y costó de seis a siete millones de dólares. Dinero bien invertido que dará dividendos científicos, tecnológicos y económicos a largo plazo. En ciencia, como en la cocina, se requiere paciencia (y constancia) para lograr calidad. ¡Enhorabuena!
miércoles, 8 de marzo de 2006
Oscares científicos
La ciencia por gusto
Oscares científicos
Para Alejandra y Jose, que no quieren pingüinos humanizados.
Oscares científicos
Martín Bonfil Olivera
Para Alejandra y Jose, que no quieren pingüinos humanizados.
Aunque la entrega de los Oscares ya no es lo que era, sigue causando gran expectación. Y más allá de los sorpresivamente pocos premios que ganó Secreto en la montaña (debido, creo, a la autocensura del Hollywood decente ante el reto de premiar una historia de amor homosexual presentada simplemente como una historia de amor más), da gusto ver que al menos un premio fue para una película científica.
La revista Seed, (“la ciencia es cultura”; seedmagazine.com), propuso nuevas categorías para reforzar la presencia científica en los Oscares. Entre ellas, el “Premio Gattacca al reparto más atractivo en una cinta de ciencia-ficción” para La isla, en la que aparecen ¡dos Ewans McGregor y dos Scarletts Johansson!; el premio a “La hipótesis más conmovedora (e inconcluyente”) para Flores rotas, cinta en que Bill Murray no logra saber si la madre de su supuesto hijo es alguna de las ex novias que visita; y finalmente, el premio al mejor vestuario para La marcha de los pingüinos, cuyo diseño “trasciende las tendencias modernas y posmodernas y captura la naturaleza eterna del ciclo reproductivo” de estas aves.
Es curiosa la indignación que la película pingüinesca despierta entre biólogos, especialmente etólogos (especialistas en comportamiento animal; véase la excelente reseña que aparece en la revista ¿Cómo ves? de este mes). Como presenta a los protagonistas como aves que se enamoran y son monógamas, además de condimentar las imágenes con música romántica (entre otras cosas), se la acusa del pecado del antropomorfismo: proyectar actitudes y valores humanos en animales que no los poseen.
La crítica no carece de razón. Incluso, grupos conservadores han tomado la cinta como emblema en sus campañas por la fidelidad y la monogamia. Sin embargo, el documental no hubiera obtenido el Oscar si no fuera también un éxito comercial; un excesivo rigor científico puede cegarnos ante su valor como herramienta en la lucha ambientalista. Quizá vale la pena antropomorfizar un poco a los pingüinos, por más que estrictamente sea un error científico, si a cambio logramos que miles de espectadores disfruten y se conmuevan con un documental como éste y aprecien, desde un nuevo punto de vista, el valor de la conservación animal.
Ni qué decir que disfruté mucho la cinta y creo que su Oscar es bien merecido.
miércoles, 1 de marzo de 2006
Eficiencia neuronal
La ciencia por gusto
Eficiencia neuronal
Martín Bonfil Olivera
Afortunadamente, el sistema nervioso de los mamíferos (incluyendo a los humanos) está especialmente adaptado para procesar información eficientemente (aunque no para escribir textos), como muestran dos estudios publicados en la revista Nature.
El cerebro de los animales usa la información de los órganos de los sentidos para tomar decisiones que favorezcan la supervivencia. Aunque se conoce la anatomía y fisiología de la recepción sensorial, una incógnita es cómo se codifica la información sensorial para enviarla, en forma de pulsos nerviosos, al cerebro: el “código neural”.
Una hipótesis es que la codifi-cación debe ser lo más eficiente posible: el máximo de información con el menor gasto de energía y procesamiento neural. Una investigación de la Universidad Carnegie Mellon somete a prueba esta idea en el sistema auditivo de los gatos.
El método consistió en generar un modelo computacional que simula la codificación auditiva. Como no hay un algoritmo óptimo, sino que la eficiencia depende del tipo de sonidos a codificar, se supuso que el sistema auditivo gatuno habría evolucionado en respuesta a tres tipos principales de sonidos: los de otros animales, ruido ambiental de fondo (lluvia) y ruidos súbitos (crujido de ramas u hojas). Luego se compararon los patrones de pulsos producidos por el modelo con los del nervio auditivo de gatos reales que escuchaban los mismos sonidos: la coincidencia fue impresionante: el modelo acertó.
Por su parte, investigadores de la Universidad de California hallaron que el sistema visual de los gatos cambia en segundos su codificación, adaptándose a las imágenes que recibe, para transmitir la información de modo más eficiente.
Conocer el código neural de los sentidos abre grandes posibilidades. Quizás usándolo podamos fabricar prótesis sensoriales que se conecten directamente al cerebro. Quizá llegue a ser posible construir realidades virtuales como la de la película Matrix. Ese será también un rediseño radical.
Eficiencia neuronal
Martín Bonfil Olivera
http://www.mileniodiario.com.mx/mexico/milenio/firmas.asp?id=305
1-Marzo-06
Alguna vez el escritor Mark Twain se disculpó diciendo “lamento que esta carta sea tan larga, pero no tuve tiempo de hacerla más corta”. Hoy que el flamante rediseño de MILENIO Diario exige mayor concisión, sus colaboradores tendremos que dedicar más tiempo –y labor neuronal– para compactar la información en menos líneas sin perder, esperamos, calidad ni frescura.
1-Marzo-06
Alguna vez el escritor Mark Twain se disculpó diciendo “lamento que esta carta sea tan larga, pero no tuve tiempo de hacerla más corta”. Hoy que el flamante rediseño de MILENIO Diario exige mayor concisión, sus colaboradores tendremos que dedicar más tiempo –y labor neuronal– para compactar la información en menos líneas sin perder, esperamos, calidad ni frescura.
Afortunadamente, el sistema nervioso de los mamíferos (incluyendo a los humanos) está especialmente adaptado para procesar información eficientemente (aunque no para escribir textos), como muestran dos estudios publicados en la revista Nature.
El cerebro de los animales usa la información de los órganos de los sentidos para tomar decisiones que favorezcan la supervivencia. Aunque se conoce la anatomía y fisiología de la recepción sensorial, una incógnita es cómo se codifica la información sensorial para enviarla, en forma de pulsos nerviosos, al cerebro: el “código neural”.
Una hipótesis es que la codifi-cación debe ser lo más eficiente posible: el máximo de información con el menor gasto de energía y procesamiento neural. Una investigación de la Universidad Carnegie Mellon somete a prueba esta idea en el sistema auditivo de los gatos.
El método consistió en generar un modelo computacional que simula la codificación auditiva. Como no hay un algoritmo óptimo, sino que la eficiencia depende del tipo de sonidos a codificar, se supuso que el sistema auditivo gatuno habría evolucionado en respuesta a tres tipos principales de sonidos: los de otros animales, ruido ambiental de fondo (lluvia) y ruidos súbitos (crujido de ramas u hojas). Luego se compararon los patrones de pulsos producidos por el modelo con los del nervio auditivo de gatos reales que escuchaban los mismos sonidos: la coincidencia fue impresionante: el modelo acertó.
Por su parte, investigadores de la Universidad de California hallaron que el sistema visual de los gatos cambia en segundos su codificación, adaptándose a las imágenes que recibe, para transmitir la información de modo más eficiente.
Conocer el código neural de los sentidos abre grandes posibilidades. Quizás usándolo podamos fabricar prótesis sensoriales que se conecten directamente al cerebro. Quizá llegue a ser posible construir realidades virtuales como la de la película Matrix. Ese será también un rediseño radical.
miércoles, 22 de febrero de 2006
Nanotecnología natural: Darwin por todas partes
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Nanotecnología natural: Darwin por todas partes
22-febrero-06
El 12 de febrero se celebró en todo el mundo el Día de Darwin, recordando el cumpleaños de este biólogo nacido en 1809. Aunque en México la celebración todavía no cobra ímpetu, un ensayo premiado y publicado en la revista Science ese fin de semana da pie para celebrar la belleza de la biología.
En él, Ahmet Yildiz describe cómo determinó en forma precisa cómo se mueven algunos de los motores moleculares que se encuentran en las células vivas, como los que permiten el movimiento de los músculos.
Suena raro hablar de motores biológicos; parecería ser dominio de los nanotecnólogos. Pero a pesar de que estos expertos han logrado producir diminutos engranes, mecanismos y motores de un tamaño que se mide en nanómetros (millonésimas de milímetro), nunca han conseguido nada que se acerque a la perfección y complejidad de lo logrado por la evolución darwiniana a lo largo de millones de años de diseño azaroso, del que el mecanismo de selección natural escoge lo que funciona (precisamente porque funciona), mientras desecha irremediablemente lo demás.
Ya hemos hablado en este espacio de los fabulosos nanomotores rotatorios de las membranas de ciertas bacterias, que hacen girar los largos flagelos que usan como hélices para nadar. Los motores moleculares que hallamos en las células eucariontes (que, a diferencia de las bacterias, sí tienen núcleo) y que permiten el movimiento muscular son muy diferentes. Se trata de proteínas que caminan sobre rieles.
Imagine una locomotora de tamaño molecular. Sólo que esta locomotora (la proteína miosina) tiene ruedas por abajo y por arriba. Y corre sobre dos juegos de rieles. O más bien, cuando las ruedas de la locomotora comienzan a girar, son los rieles arriba y debajo de ella los que se desplazan en direcciones opuestas.
Visto desde fuera, las células musculares se acortan: el músculo se contrae. Los rieles, conocidos como microtúbulos, están formados por otra proteína, la actina. Son largas fibras dentro de las células que constituyen su esqueleto interno (o citoesqueleto).
Por supuesto, ésta es una descripción simplificada. En realidad los rieles de actina son muy distintos de los huesos, porque están construyéndose y destruyéndose constantemente según se necesite. Y las locomotoras de miosina no tienen realmente ruedas, sino piernas.
En efecto: cada molécula de miosina tiene varios pares de piernitas moleculares que van caminando sobre los rieles de actina. Hasta hace poco no se sabía si la miosina caminaba a pasos sobre la actina, adelantando una pierna a la otra, como caminamos los humanos, o si más bien se deslizaba como los gusanos medidores (o como lo haría una persona que tuviera una pierna lastimada y la fuera arrastrando a cada paso).
Lo que Yildiz descubrió, gracias a una técnica en que unía una nanométrica perlita fluorescente a una de las piernas y luego medía su movimiento, fue que la miosina efectivamente camina a pasos, no renguea.
Los motores moleculares darwinianos producto de la selección natural caminan como nosotros.
Pero estos fascinantes motores no sólo son darwinianos por haber evolucionado. También lo son por su funcionamiento, como explica George Oster en un ensayo aparecido en mayo de 2002 en la misma Science. Normalmente se supone que es el gasto de energía celular, en forma de la molécula llamada ATP, la que impulsa el avance de la miosina. En realidad, el avance se debe simplemente a la continua fluctuación que todas las moléculas presentan como consecuencia del llamado movimiento browniano (el ATP se gasta para despegar a la miosina luego dar el paso).
A nivel molecular, todo está siempre en movimiento. Las moléculas, como enjambres de abejas volando al azar, siempre se agitan. Es a esta agitación molecular a lo que llamamos calor. Y debido a ella, las piernas de la miosina se zarandean y a veces avanzan, por azar, hacia delante. Entonces entra en acción los mecanismos darwinianos: cuando se produce el movimiento adecuado, la pierna de miosina queda fijada, por un mecanismo molecular, al riel de actina. Esta especie de trinquete molecular (que permite el avance, pero impide el retroceso) convierte la azarosa agitación térmica en movimiento dirigido. La selección a partir del azar, incluso a nivel molecular, se manifiesta en todos los niveles de la vida. ¡Feliz cumpleaños, Darwin!
mbonfil@servidor.unam.mx
Nanotecnología natural: Darwin por todas partes
22-febrero-06
El 12 de febrero se celebró en todo el mundo el Día de Darwin, recordando el cumpleaños de este biólogo nacido en 1809. Aunque en México la celebración todavía no cobra ímpetu, un ensayo premiado y publicado en la revista Science ese fin de semana da pie para celebrar la belleza de la biología.
En él, Ahmet Yildiz describe cómo determinó en forma precisa cómo se mueven algunos de los motores moleculares que se encuentran en las células vivas, como los que permiten el movimiento de los músculos.
Suena raro hablar de motores biológicos; parecería ser dominio de los nanotecnólogos. Pero a pesar de que estos expertos han logrado producir diminutos engranes, mecanismos y motores de un tamaño que se mide en nanómetros (millonésimas de milímetro), nunca han conseguido nada que se acerque a la perfección y complejidad de lo logrado por la evolución darwiniana a lo largo de millones de años de diseño azaroso, del que el mecanismo de selección natural escoge lo que funciona (precisamente porque funciona), mientras desecha irremediablemente lo demás.
Ya hemos hablado en este espacio de los fabulosos nanomotores rotatorios de las membranas de ciertas bacterias, que hacen girar los largos flagelos que usan como hélices para nadar. Los motores moleculares que hallamos en las células eucariontes (que, a diferencia de las bacterias, sí tienen núcleo) y que permiten el movimiento muscular son muy diferentes. Se trata de proteínas que caminan sobre rieles.
Imagine una locomotora de tamaño molecular. Sólo que esta locomotora (la proteína miosina) tiene ruedas por abajo y por arriba. Y corre sobre dos juegos de rieles. O más bien, cuando las ruedas de la locomotora comienzan a girar, son los rieles arriba y debajo de ella los que se desplazan en direcciones opuestas.
Visto desde fuera, las células musculares se acortan: el músculo se contrae. Los rieles, conocidos como microtúbulos, están formados por otra proteína, la actina. Son largas fibras dentro de las células que constituyen su esqueleto interno (o citoesqueleto).
Por supuesto, ésta es una descripción simplificada. En realidad los rieles de actina son muy distintos de los huesos, porque están construyéndose y destruyéndose constantemente según se necesite. Y las locomotoras de miosina no tienen realmente ruedas, sino piernas.
En efecto: cada molécula de miosina tiene varios pares de piernitas moleculares que van caminando sobre los rieles de actina. Hasta hace poco no se sabía si la miosina caminaba a pasos sobre la actina, adelantando una pierna a la otra, como caminamos los humanos, o si más bien se deslizaba como los gusanos medidores (o como lo haría una persona que tuviera una pierna lastimada y la fuera arrastrando a cada paso).
Lo que Yildiz descubrió, gracias a una técnica en que unía una nanométrica perlita fluorescente a una de las piernas y luego medía su movimiento, fue que la miosina efectivamente camina a pasos, no renguea.
Los motores moleculares darwinianos producto de la selección natural caminan como nosotros.
Pero estos fascinantes motores no sólo son darwinianos por haber evolucionado. También lo son por su funcionamiento, como explica George Oster en un ensayo aparecido en mayo de 2002 en la misma Science. Normalmente se supone que es el gasto de energía celular, en forma de la molécula llamada ATP, la que impulsa el avance de la miosina. En realidad, el avance se debe simplemente a la continua fluctuación que todas las moléculas presentan como consecuencia del llamado movimiento browniano (el ATP se gasta para despegar a la miosina luego dar el paso).
A nivel molecular, todo está siempre en movimiento. Las moléculas, como enjambres de abejas volando al azar, siempre se agitan. Es a esta agitación molecular a lo que llamamos calor. Y debido a ella, las piernas de la miosina se zarandean y a veces avanzan, por azar, hacia delante. Entonces entra en acción los mecanismos darwinianos: cuando se produce el movimiento adecuado, la pierna de miosina queda fijada, por un mecanismo molecular, al riel de actina. Esta especie de trinquete molecular (que permite el avance, pero impide el retroceso) convierte la azarosa agitación térmica en movimiento dirigido. La selección a partir del azar, incluso a nivel molecular, se manifiesta en todos los niveles de la vida. ¡Feliz cumpleaños, Darwin!
mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 15 de febrero de 2006
Cómo crucificar a un buen químico
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Cómo crucificar a un buen químico
15-febrero-06
"Encubren en el Cinvestav anomalías de científicos”, informaba antier La Jornada a ocho columnas. ¿Alguna otra vez ha visto usted a la ciencia aparecer en primera plana?
Si este columnista fuera reportero, habría tenido que investigar el asunto y quizá entrevistar a dos o tres personas. Como ésta es una columna de opinión, me limitaré a opinar que me parece injusto el escándalo que algunos medios han armado alrededor del destacado químico mexicano Eusebio Juaristi (a quien, aclaro, no tengo el gusto de conocer).
Fundamentemos la opinión. La historia no es complicada. A lo largo de su trayectoria, el doctor Juaristi, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) del IPN se ha especializado en la llamada síntesis asimétrica, estereoselectiva o quiral. En otras palabras, se ha especializado en hallar métodos para fabricar las moléculas llamadas quirales (del griego cheir, mano), es decir, aquellas que existen en dos versiones: izquierda y derecha, pero buscando la manera de producir sólo una de las dos.
El asunto es importantísimo para la medicina y las industrias alimentaria y farmacéutica, entre otras, pues las moléculas quirales abundan en los sistemas biológicos, donde la diferencia entre la versión izquierda y derecha puede significar la diferencia entre un veneno y un medicamento. Juaristi es un experto internacional en síntesis asimétrica. Su trabajo ha sido reconocido no sólo con diversos premios –entre ellos el de la Organización de Estados Americanos en 1990 y el Nacional de Ciencias en 1998– sino con el respeto y admiración de sus colegas.
En 2003, según reportan Karina Avilés en La Jornada y Nurit Martínez en El Universal (13 de febrero), Juaristi y uno de sus alumnos de doctorado (Omar Muñoz) publicaron en una revista química el reporte de la producción de una sustancia (una amida quiral) que posteriormente usaban para fabricar otras moléculas. Ese mismo año publicaron otros dos artículos en sendas revistas, en los que usaban la misma sustancia.
Lo que ocurrió después pasa de vez en cuando en la investigación científica: se descubrió un error. La reacción para producir la amida quiral no podía repetirse. Ello invalidaba en gran parte los artículos publicados. Debido a esto, Juaristi hizo lo que se supone que debe hacer todo investigador en esa situación: informó del error a las revistas, a sus superiores y a los organismos que lo financiaron.
Resultado: la retractación de los artículos. Como habían sido parte de la tesis de doctorado de Muñoz, una comisión del Cinvestav consideró retirarle el grado de doctor, pero decidió que bastaría con que incluyera una fe de erratas. Y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) está reconsiderando su admisión como miembro.
¿Dónde están los, en palabras de Nurit Martínez, “errores que empañan a la investigación científica”? Los comentarios de ambas reporteras revelan una ignorancia profunda acerca de cómo se lleva a cabo y se evalúa la investigación científica. Yo no sé si haya habido torpeza, descuido, mal control de calidad o incluso un manejo fraudulento en el caso; lo que sí sé es que, una vez descubierto el dato falso o incorrecto, se actuó como lo indican las normas. Inflar el caso presentándolo en primera plana justo el día en que Juaristi fue admitido como miembro de El Colegio Nacional da la impresión de un manejo tendencioso de la nota, impresión que refuerzan algunas frases de los artículos publicados lunes y martes por ambos diarios (“Con indagación fallida consiguen grados, becas y reconocimiento”; “su trayectoria de casi 30 años se ve empañada”; “Visiblemente nervioso, mientras sus ojos se ponían a punto del llanto, Juaristi se quedó mudo”).
El Secretario de Educación ha ofrecido indagar el caso, lo cual está muy bien. Pero es injusto crucificar a quien ha sido calificado repetidamente como “quizá el más notable químico mexicano”. Tal vez las declaraciones del propio Juaristi ayer martes sean el mejor comentario: “como cualquier actividad humana hay ocasiones en las que se cometen errores, pero lo importante (es que) una vez detectados se puede corregir y reportarlos. Lo realmente incorrecto es ocultar la verdad”. Y lo absurdo, añado yo, sería pretender que los científicos nunca se equivocaran.
No se vale. Hay mejores maneras de llevar la ciencia a la primera plana.
Cómo crucificar a un buen químico
15-febrero-06
"Encubren en el Cinvestav anomalías de científicos”, informaba antier La Jornada a ocho columnas. ¿Alguna otra vez ha visto usted a la ciencia aparecer en primera plana?
Si este columnista fuera reportero, habría tenido que investigar el asunto y quizá entrevistar a dos o tres personas. Como ésta es una columna de opinión, me limitaré a opinar que me parece injusto el escándalo que algunos medios han armado alrededor del destacado químico mexicano Eusebio Juaristi (a quien, aclaro, no tengo el gusto de conocer).
Fundamentemos la opinión. La historia no es complicada. A lo largo de su trayectoria, el doctor Juaristi, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) del IPN se ha especializado en la llamada síntesis asimétrica, estereoselectiva o quiral. En otras palabras, se ha especializado en hallar métodos para fabricar las moléculas llamadas quirales (del griego cheir, mano), es decir, aquellas que existen en dos versiones: izquierda y derecha, pero buscando la manera de producir sólo una de las dos.
El asunto es importantísimo para la medicina y las industrias alimentaria y farmacéutica, entre otras, pues las moléculas quirales abundan en los sistemas biológicos, donde la diferencia entre la versión izquierda y derecha puede significar la diferencia entre un veneno y un medicamento. Juaristi es un experto internacional en síntesis asimétrica. Su trabajo ha sido reconocido no sólo con diversos premios –entre ellos el de la Organización de Estados Americanos en 1990 y el Nacional de Ciencias en 1998– sino con el respeto y admiración de sus colegas.
En 2003, según reportan Karina Avilés en La Jornada y Nurit Martínez en El Universal (13 de febrero), Juaristi y uno de sus alumnos de doctorado (Omar Muñoz) publicaron en una revista química el reporte de la producción de una sustancia (una amida quiral) que posteriormente usaban para fabricar otras moléculas. Ese mismo año publicaron otros dos artículos en sendas revistas, en los que usaban la misma sustancia.
Lo que ocurrió después pasa de vez en cuando en la investigación científica: se descubrió un error. La reacción para producir la amida quiral no podía repetirse. Ello invalidaba en gran parte los artículos publicados. Debido a esto, Juaristi hizo lo que se supone que debe hacer todo investigador en esa situación: informó del error a las revistas, a sus superiores y a los organismos que lo financiaron.
Resultado: la retractación de los artículos. Como habían sido parte de la tesis de doctorado de Muñoz, una comisión del Cinvestav consideró retirarle el grado de doctor, pero decidió que bastaría con que incluyera una fe de erratas. Y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) está reconsiderando su admisión como miembro.
¿Dónde están los, en palabras de Nurit Martínez, “errores que empañan a la investigación científica”? Los comentarios de ambas reporteras revelan una ignorancia profunda acerca de cómo se lleva a cabo y se evalúa la investigación científica. Yo no sé si haya habido torpeza, descuido, mal control de calidad o incluso un manejo fraudulento en el caso; lo que sí sé es que, una vez descubierto el dato falso o incorrecto, se actuó como lo indican las normas. Inflar el caso presentándolo en primera plana justo el día en que Juaristi fue admitido como miembro de El Colegio Nacional da la impresión de un manejo tendencioso de la nota, impresión que refuerzan algunas frases de los artículos publicados lunes y martes por ambos diarios (“Con indagación fallida consiguen grados, becas y reconocimiento”; “su trayectoria de casi 30 años se ve empañada”; “Visiblemente nervioso, mientras sus ojos se ponían a punto del llanto, Juaristi se quedó mudo”).
El Secretario de Educación ha ofrecido indagar el caso, lo cual está muy bien. Pero es injusto crucificar a quien ha sido calificado repetidamente como “quizá el más notable químico mexicano”. Tal vez las declaraciones del propio Juaristi ayer martes sean el mejor comentario: “como cualquier actividad humana hay ocasiones en las que se cometen errores, pero lo importante (es que) una vez detectados se puede corregir y reportarlos. Lo realmente incorrecto es ocultar la verdad”. Y lo absurdo, añado yo, sería pretender que los científicos nunca se equivocaran.
No se vale. Hay mejores maneras de llevar la ciencia a la primera plana.
miércoles, 8 de febrero de 2006
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
La ciencia por gusto -
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
Martín Bonfil Olivera
8-febrero-06
Vivimos tiempos terribles: ningún adjetivo menos rotundo puede usarse para describir la actual disputa entre los países islámicos del Oriente Medio y los de la Unión Europea, causados por la publicación de una caricatura de un Mahoma con turbante explosivo que –literalmente– resultó profética. Un simple dibujo –publicado originalmente en Dinamarca, y posteriormente reproducido por diarios de otras naciones– ha provocado incendios en diversas embajadas europeas en países islámicos y la muerte de al menos cinco personas.
El creciente conflicto tiene fondo: la desigualdad entre un Medio Oriente pobre y marginado y un Occidente imperialista y rico. Pero en lo inmediato revela la confrontación entre dos visiones radicalmente opuestas de los principios que deben regir el comportamiento de los ciudadanos. De un lado, valores como democracia, laicismo y libertad de prensa y de crítica; del otro, los valores de una religión tan milenaria y tan valiosa como cualquiera, pero para la que la intolerancia ante las “faltas de respeto” a sus creencias –la representación gráfica de su profeta– está plenamente justificada. ¿Cómo conciliar? ¿Cómo explicarles que si bien su religión puede exigirles cierta conducta, no tienen derecho a querer imponérselas a quienes no compartimos su fe? (Y antes habrá que resolver el problema de qué tanto derecho tenemos a imponer ese valor, por encima de su fundamentalismo).
Mientras tanto, en México, nos estamos dando cuenta de que, no obstante nuestra historia –Leyes de Reforma, Guerra Cristera, separación de Iglesia y Estado– no estamos tan alejados de los fundamentalismos religiosos como quisiéramos creer. La valiente toma de postura del historiador Monsiváis frente al descarado proselitismo de un secretario de Gobernación que se resiste a comportarse como el funcionario laico que está obligado a ser trae el problema al frente del escenario público.
Frente a quien pudiera pensar que la protesta de Monsiváis es exagerada, las respuestas del ala más religiosa y conservadora del país dejan claras las cosas. Monseñor Abascal, con cinismo, tacha tramposamente de fundamentalista a quien protesta contra el fundamentalismo. La jerarquía católica se queja de que quieran “limitarnos y amordazarnos” (MILENIO Diario, 7 de febrero). Y la columnista Paz Fernández Cueto, vocera de lo más rancio del conservadurismo católico, revela sin cortapisas de qué se trata el juego.
En Reforma (3 de febrero), afirma que “...sería inexplicable un orden democrático moderno sin el reconocimiento de una soberanía superior a la del Estado”, y propone que los derechos fundamentales de las personas, “anteriores a cualquier Estado”, “no provienen de la voluntad asociada de los hombres” (con lo cual se lleva de corbata a Thomas Hobbes y al resto de la filosofía política). “Si tal fuera el caso –continúa– podrían ser abolidos ... de acuerdo a la opinión cambiante o al criterio imperante del momento. Si por el contrario esos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de otro origen que algunos llaman divino...”.
¡Ya está! Para acabar con la posibilidad de que alguien cuestione o pretenda cambiar los principios que le gustan a la señora Fernández Cueto, basta con decretar que provienen de Dios. Por tanto, es obligatorio adoptarlos. Lo malo es que lo mismo afirman los prelados islámicos que fomentan las protestas que cimbran a Europa. ¿Cómo decidir entre dos fundamentalismos que afirman tener orígenes divinos?
¿Hay alguna alternativa? Sí: se llama democracia, y curiosamente se apoya en los mismos principios de pensamiento crítico que la ciencia. Como ya afirmaba Carl Sagan en El mundo y sus demonios, “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles...”. Entre ellos destaca el de exigir pruebas y fundamentación racional para lo que se afirma, en vez de pretender que se acepte por el mero hecho de provenir de una autoridad (sea ésta política o religiosa).
Puede argumentarse que, en casos como éste, el pensamiento racional democrático (gemelo del científico) ofrece un fundamento más sólido y natural para buscar soluciones –y para decidir hasta dónde los derechos de unos pueden limitar los de los demás– que los dogmas religiosos. Habrá que ver si es posible convencer de esto a quienes opinan diferente e insisten en dictar cómo debemos pensar y comportarnos los demás.
Intolerancia, religión y política: la lección democrática de la ciencia
Martín Bonfil Olivera
8-febrero-06
Vivimos tiempos terribles: ningún adjetivo menos rotundo puede usarse para describir la actual disputa entre los países islámicos del Oriente Medio y los de la Unión Europea, causados por la publicación de una caricatura de un Mahoma con turbante explosivo que –literalmente– resultó profética. Un simple dibujo –publicado originalmente en Dinamarca, y posteriormente reproducido por diarios de otras naciones– ha provocado incendios en diversas embajadas europeas en países islámicos y la muerte de al menos cinco personas.
El creciente conflicto tiene fondo: la desigualdad entre un Medio Oriente pobre y marginado y un Occidente imperialista y rico. Pero en lo inmediato revela la confrontación entre dos visiones radicalmente opuestas de los principios que deben regir el comportamiento de los ciudadanos. De un lado, valores como democracia, laicismo y libertad de prensa y de crítica; del otro, los valores de una religión tan milenaria y tan valiosa como cualquiera, pero para la que la intolerancia ante las “faltas de respeto” a sus creencias –la representación gráfica de su profeta– está plenamente justificada. ¿Cómo conciliar? ¿Cómo explicarles que si bien su religión puede exigirles cierta conducta, no tienen derecho a querer imponérselas a quienes no compartimos su fe? (Y antes habrá que resolver el problema de qué tanto derecho tenemos a imponer ese valor, por encima de su fundamentalismo).
Mientras tanto, en México, nos estamos dando cuenta de que, no obstante nuestra historia –Leyes de Reforma, Guerra Cristera, separación de Iglesia y Estado– no estamos tan alejados de los fundamentalismos religiosos como quisiéramos creer. La valiente toma de postura del historiador Monsiváis frente al descarado proselitismo de un secretario de Gobernación que se resiste a comportarse como el funcionario laico que está obligado a ser trae el problema al frente del escenario público.
Frente a quien pudiera pensar que la protesta de Monsiváis es exagerada, las respuestas del ala más religiosa y conservadora del país dejan claras las cosas. Monseñor Abascal, con cinismo, tacha tramposamente de fundamentalista a quien protesta contra el fundamentalismo. La jerarquía católica se queja de que quieran “limitarnos y amordazarnos” (MILENIO Diario, 7 de febrero). Y la columnista Paz Fernández Cueto, vocera de lo más rancio del conservadurismo católico, revela sin cortapisas de qué se trata el juego.
En Reforma (3 de febrero), afirma que “...sería inexplicable un orden democrático moderno sin el reconocimiento de una soberanía superior a la del Estado”, y propone que los derechos fundamentales de las personas, “anteriores a cualquier Estado”, “no provienen de la voluntad asociada de los hombres” (con lo cual se lleva de corbata a Thomas Hobbes y al resto de la filosofía política). “Si tal fuera el caso –continúa– podrían ser abolidos ... de acuerdo a la opinión cambiante o al criterio imperante del momento. Si por el contrario esos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de otro origen que algunos llaman divino...”.
¡Ya está! Para acabar con la posibilidad de que alguien cuestione o pretenda cambiar los principios que le gustan a la señora Fernández Cueto, basta con decretar que provienen de Dios. Por tanto, es obligatorio adoptarlos. Lo malo es que lo mismo afirman los prelados islámicos que fomentan las protestas que cimbran a Europa. ¿Cómo decidir entre dos fundamentalismos que afirman tener orígenes divinos?
¿Hay alguna alternativa? Sí: se llama democracia, y curiosamente se apoya en los mismos principios de pensamiento crítico que la ciencia. Como ya afirmaba Carl Sagan en El mundo y sus demonios, “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles...”. Entre ellos destaca el de exigir pruebas y fundamentación racional para lo que se afirma, en vez de pretender que se acepte por el mero hecho de provenir de una autoridad (sea ésta política o religiosa).
Puede argumentarse que, en casos como éste, el pensamiento racional democrático (gemelo del científico) ofrece un fundamento más sólido y natural para buscar soluciones –y para decidir hasta dónde los derechos de unos pueden limitar los de los demás– que los dogmas religiosos. Habrá que ver si es posible convencer de esto a quienes opinan diferente e insisten en dictar cómo debemos pensar y comportarnos los demás.
miércoles, 1 de febrero de 2006
La utilidad de lo inútil
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
La utilidad de lo inútil
1-febrero-06
En días pasados Román Revueltas Retes, en una penetrante serie de colaboraciones titulada “Nostalgia de lo maravilloso”, reflexionaba en este diario sobre la capacidad de los seres humanos para dejarnos engañar por todo tipo de creencias que encarnan esa cómoda y reconfortante forma de pensar llamada pensamiento mágico. Y aventuraba la interesante hipótesis de que muchas veces creemos en milagros, magia, poderes extrasensoriales, medicinas alternativas y demás formas de acercarnos a lo maravilloso debido a que “la ilusión de estos prodigios nos permite trascender, así sea por unos momentos, la brutal realidad del mundo material”, con sus problemas, miedos, limitaciones y (sobre todo) decepciones.
Pero más adelante lanzaba un curioso y pesimista reto al lector: “Pero, corre, ve y dile a los creyentes que tomar esas píldoras azucaradas es tan inútil como ingerir los placebos; comunícale a un adicto a la medicina naturista que en cuanto le detecten un cáncer más le vale salir corriendo para que le administren una dosis masiva de fármacos de laboratorio; notifícale a un fanático de la ecología que los cultivos transgénicos son exactamente iguales a los que la propia naturaleza ha modificado genéticamente a lo largo del tiempo; avísale a una supersticiosa que llevar un cuarzo anudado en el pescuezo es como llevar una obsidiana o una argolla de cobre o un eslabón de carey. Hazlo. A ver cómo te va”.
Tiene razón Revueltas: jugar el papel de escéptico es la receta perfecta para acabar etiquetado como eterno aguafiestas, cuando no de intolerante, cerrado y fundamentalista. Pero la verdad es que cuesta mucho quedarse callado ante tantos engaños. Ante charlatanes que, utilizando argumentos deshilvanados y muchas veces incoherentes, logran sin embargo engañar fácilmente a un público ansioso de consumir amuletos, píldoras o artefactos milagrosos que garantizan arreglar su vida, eliminar esos kilos de más, atraer el amor, el dinero o la salud, y tantas otras cosas.
Y es que el problema es que, más allá de la posibilidad lógica –siempre existente– de que quizá algunas de estas creencias alternativas pudieran tener alguna base (quizá sí existan vibraciones imperceptibles que afectan nuestra salud; quizá no sean las bacterias sino desequilibrios en los humores corporales los que causan tal o cual enfermedad; quizá los imanes o los cuarzos sí logren desviar la energía negativa –por más que los científicos digan que la energía no es ni negativa ni positiva–; quizá una sustancia terapéutica aumente su poder conforme esté más diluida; quizá los astros sí afectan nuestras vidas; quizá los extraterrestres sí nos estén observando detrás de las nubes –o de los postes de Mérida–); más allá de esa lejana posibilidad, digo, lo cierto es que ante la más que comprobada efectividad y precisión de las predicciones basadas en el conocimiento científico (las vacunas sí protegen al 99 por ciento de la población; el satélite artificial sí logra colocarse precisamente en la órbita prevista; las ondas de radio o el rayo láser sí nos permiten transmitir información a distancia y escuchar música en nuestro hogar sin que haya músicos presentes; la ingeniería genética sí produce nuevas variedades de trigo más resistentes o nutritivas...) cuesta mucho quedarse callado y no tomar partido por la ciencia cuando ve uno que se está engañando al prójimo ofreciéndole curas milagrosas.
Y tiene también razón Revueltas en su conclusión pesimista: no tiene mucho caso tratar de convencer a los creyentes en el pensamiento mágico. Pero quisiera añadir algo: hay otro sentido, menos inmediato, en que la empresa de difundir el pensamiento científico –que necesaria e inevitablemente se opone, tarde o temprano, al pensamiento mágico–, vale indudablemente la pena.
Y curiosamente, para alguien que proviene de las artes, como el violinista Revueltas, seguramente resultará familiar. Se trata del sentido que tiene promover la ciencia no como generadora de tecnología, o de soluciones a problemas particulares, sino como uno de los productos más refinados de la cultura humana. Quizá el verdadero motivo por el que vale la pena promover la visión del mundo que ofrece la ciencia es la misma por la que vale la pena celebrar el año de Mozart y compartir su música. Ya decidirá cada quien si prefiere escucharla o quedarse únicamente con lo que ofrece la música grupera.
La utilidad de lo inútil
1-febrero-06
En días pasados Román Revueltas Retes, en una penetrante serie de colaboraciones titulada “Nostalgia de lo maravilloso”, reflexionaba en este diario sobre la capacidad de los seres humanos para dejarnos engañar por todo tipo de creencias que encarnan esa cómoda y reconfortante forma de pensar llamada pensamiento mágico. Y aventuraba la interesante hipótesis de que muchas veces creemos en milagros, magia, poderes extrasensoriales, medicinas alternativas y demás formas de acercarnos a lo maravilloso debido a que “la ilusión de estos prodigios nos permite trascender, así sea por unos momentos, la brutal realidad del mundo material”, con sus problemas, miedos, limitaciones y (sobre todo) decepciones.
Pero más adelante lanzaba un curioso y pesimista reto al lector: “Pero, corre, ve y dile a los creyentes que tomar esas píldoras azucaradas es tan inútil como ingerir los placebos; comunícale a un adicto a la medicina naturista que en cuanto le detecten un cáncer más le vale salir corriendo para que le administren una dosis masiva de fármacos de laboratorio; notifícale a un fanático de la ecología que los cultivos transgénicos son exactamente iguales a los que la propia naturaleza ha modificado genéticamente a lo largo del tiempo; avísale a una supersticiosa que llevar un cuarzo anudado en el pescuezo es como llevar una obsidiana o una argolla de cobre o un eslabón de carey. Hazlo. A ver cómo te va”.
Tiene razón Revueltas: jugar el papel de escéptico es la receta perfecta para acabar etiquetado como eterno aguafiestas, cuando no de intolerante, cerrado y fundamentalista. Pero la verdad es que cuesta mucho quedarse callado ante tantos engaños. Ante charlatanes que, utilizando argumentos deshilvanados y muchas veces incoherentes, logran sin embargo engañar fácilmente a un público ansioso de consumir amuletos, píldoras o artefactos milagrosos que garantizan arreglar su vida, eliminar esos kilos de más, atraer el amor, el dinero o la salud, y tantas otras cosas.
Y es que el problema es que, más allá de la posibilidad lógica –siempre existente– de que quizá algunas de estas creencias alternativas pudieran tener alguna base (quizá sí existan vibraciones imperceptibles que afectan nuestra salud; quizá no sean las bacterias sino desequilibrios en los humores corporales los que causan tal o cual enfermedad; quizá los imanes o los cuarzos sí logren desviar la energía negativa –por más que los científicos digan que la energía no es ni negativa ni positiva–; quizá una sustancia terapéutica aumente su poder conforme esté más diluida; quizá los astros sí afectan nuestras vidas; quizá los extraterrestres sí nos estén observando detrás de las nubes –o de los postes de Mérida–); más allá de esa lejana posibilidad, digo, lo cierto es que ante la más que comprobada efectividad y precisión de las predicciones basadas en el conocimiento científico (las vacunas sí protegen al 99 por ciento de la población; el satélite artificial sí logra colocarse precisamente en la órbita prevista; las ondas de radio o el rayo láser sí nos permiten transmitir información a distancia y escuchar música en nuestro hogar sin que haya músicos presentes; la ingeniería genética sí produce nuevas variedades de trigo más resistentes o nutritivas...) cuesta mucho quedarse callado y no tomar partido por la ciencia cuando ve uno que se está engañando al prójimo ofreciéndole curas milagrosas.
Y tiene también razón Revueltas en su conclusión pesimista: no tiene mucho caso tratar de convencer a los creyentes en el pensamiento mágico. Pero quisiera añadir algo: hay otro sentido, menos inmediato, en que la empresa de difundir el pensamiento científico –que necesaria e inevitablemente se opone, tarde o temprano, al pensamiento mágico–, vale indudablemente la pena.
Y curiosamente, para alguien que proviene de las artes, como el violinista Revueltas, seguramente resultará familiar. Se trata del sentido que tiene promover la ciencia no como generadora de tecnología, o de soluciones a problemas particulares, sino como uno de los productos más refinados de la cultura humana. Quizá el verdadero motivo por el que vale la pena promover la visión del mundo que ofrece la ciencia es la misma por la que vale la pena celebrar el año de Mozart y compartir su música. Ya decidirá cada quien si prefiere escucharla o quedarse únicamente con lo que ofrece la música grupera.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
miércoles, 25 de enero de 2006
Geometría innata
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Geometría innata
25-enero-06
¿Cómo aprendemos geometría? ¿En los libros? ¿O nacemos sabiéndola?
Antes de responder piénselo dos veces. La geometría es importante; puede ser cuestión de supervivencia. ¿Sería posible que cualquier animal pudiera moverse por el mundo sin conocer algunos de sus principios básicos? ¿Podría un cazador primitivo lanzar una flecha y acertar a su blanco sin cierta comprensión intuitiva de conceptos como líneas, ángulos, trayectorias..?
Sócrates, 400 años antes de nuestra era, pensaba que cualquier persona poseía ya el conocimiento de ésta y otras ciencias, y que lo único que se necesitaba era hacer las preguntas correctas para que tal conocimiento innato se manifestara. Platón, años más tarde, estaba convencido de que las formas geométricas existían en un mundo ideal; los humanos, a través de sus manifestaciones materiales imperfectas, podíamos tener acceso a ellas. Y alrededor del 300 antes de Cristo Euclides derivó todo el conocimiento geométrico partiendo de cinco proposiciones autoevidentes (sus famosos cinco postulados), que nadie en su sano juicio podría negar (bueno, al menos cuatro de ellos… el quinto no es tan evidente). ¿Será cierto que ya traemos cierto conocimiento geométrico de fábrica, o será más bien tenemos que aprenderlo?
La semana pasada la revista Science publicó los resultados de una interesante investigación que busca aclarar precisamente esta cuestión. El estudio, encabezado por Stanislas Dehaene, del Colegio de Francia, consistió en estudiar a niños y adultos de una tribu del Amazonas –los mundurukú– para comparar sus intuiciones geométricas con las de niños y adultos estadunidenses.
Los mundurukú viven aislados y su lenguaje no incluye palabras para expresar conceptos geométricos; cabría esperar que tuvieran dificultades para adquirir culturalmente dichos conceptos. Como no tienen acceso a medios de comunicación, enseñanza escolar, ni a instrumentos como reglas o compases, son buenos sujetos para investigar la posible presencia de conceptos geométricos innatos.
Los experimentos consistían en mostrar a los sujetos varios conjuntos de seis imágenes, de las cuales cinco compartían alguna característica geométrica (líneas paralelas o convergentes, líneas rectas o curvas, abiertas o cerradas, diversos ángulos o formas geométricas) y una era distinta. Se les pedía que señalaran la que era diferente, rara o fea. Los resultados fueron muy claros: tanto niños y adultos mundurukú como niños estadunidenses obtenían alrededor de dos terceras partes de aciertos (los adultos estadunidenses obtenían más aciertos, como era de esperarse, pues han tenido una educación escolar).
En otro experimento, más elaborado, se escondía un objeto en una de tres cajas, las cuales eran colocadas con cierta relación geométrica en un área marcada. A los sujetos se les proporcionaba un mapa que mostraba la caja que contenía el objeto; si lograban interpretar el mapa –lo cual requería el uso de conceptos geométricos–, aumentaban sus posibilidades de hallar el objeto. Nuevamente, los mundurukú obtuvieron la misma puntuación que los niños estadunidenses en las pruebas.
¿Conclusiones? Según Dehaene y sus colaboradores, “nuestros resultados proporcionan evidencia de la existencia de intuiciones geométricas en ausencia de educación escolar, experiencia con símbolos gráficos o mapas, o un lenguaje rico en términos geométricos”, y esto indica, añaden, que “los conceptos geométricos básicos… son un constituyente universal de la mente humana”.
Desde un punto de vista evolutivo, tal conclusión tiene mucho sentido. Es natural que las intuiciones geométricas básicas hayan ido desarrollándose a lo largo de la evolución, y que hayan proporcionado una ventaja evolutiva a las especies que las tienen.
Si los hallazgos se confirman (hay quien piensa que el estudio midió simplemente la capacidad general de razonamiento), ¿cuál es el siguiente paso? Investigar si estos conceptos innatos están también presentes en los bebés, o bien averiguar a qué edad se desarrollan. Será también muy interesante –y todo un reto– ver si están presentes, por ejemplo, en nuestros primos más cercanos, los chimpancés.
Quizá, gracias a estudios como éstos, la eterna disyuntiva entre natura y cultura deje de ser un campo de especulaciones para convertirse en un área sobre la que tengamos conocimiento confiable y comprobable.
Aunque claro, no faltará quien piense que aspirar a esto es como buscarle la cuadratura al círculo.
Geometría innata
25-enero-06
¿Cómo aprendemos geometría? ¿En los libros? ¿O nacemos sabiéndola?
Antes de responder piénselo dos veces. La geometría es importante; puede ser cuestión de supervivencia. ¿Sería posible que cualquier animal pudiera moverse por el mundo sin conocer algunos de sus principios básicos? ¿Podría un cazador primitivo lanzar una flecha y acertar a su blanco sin cierta comprensión intuitiva de conceptos como líneas, ángulos, trayectorias..?
Sócrates, 400 años antes de nuestra era, pensaba que cualquier persona poseía ya el conocimiento de ésta y otras ciencias, y que lo único que se necesitaba era hacer las preguntas correctas para que tal conocimiento innato se manifestara. Platón, años más tarde, estaba convencido de que las formas geométricas existían en un mundo ideal; los humanos, a través de sus manifestaciones materiales imperfectas, podíamos tener acceso a ellas. Y alrededor del 300 antes de Cristo Euclides derivó todo el conocimiento geométrico partiendo de cinco proposiciones autoevidentes (sus famosos cinco postulados), que nadie en su sano juicio podría negar (bueno, al menos cuatro de ellos… el quinto no es tan evidente). ¿Será cierto que ya traemos cierto conocimiento geométrico de fábrica, o será más bien tenemos que aprenderlo?
La semana pasada la revista Science publicó los resultados de una interesante investigación que busca aclarar precisamente esta cuestión. El estudio, encabezado por Stanislas Dehaene, del Colegio de Francia, consistió en estudiar a niños y adultos de una tribu del Amazonas –los mundurukú– para comparar sus intuiciones geométricas con las de niños y adultos estadunidenses.
Los mundurukú viven aislados y su lenguaje no incluye palabras para expresar conceptos geométricos; cabría esperar que tuvieran dificultades para adquirir culturalmente dichos conceptos. Como no tienen acceso a medios de comunicación, enseñanza escolar, ni a instrumentos como reglas o compases, son buenos sujetos para investigar la posible presencia de conceptos geométricos innatos.
Los experimentos consistían en mostrar a los sujetos varios conjuntos de seis imágenes, de las cuales cinco compartían alguna característica geométrica (líneas paralelas o convergentes, líneas rectas o curvas, abiertas o cerradas, diversos ángulos o formas geométricas) y una era distinta. Se les pedía que señalaran la que era diferente, rara o fea. Los resultados fueron muy claros: tanto niños y adultos mundurukú como niños estadunidenses obtenían alrededor de dos terceras partes de aciertos (los adultos estadunidenses obtenían más aciertos, como era de esperarse, pues han tenido una educación escolar).
En otro experimento, más elaborado, se escondía un objeto en una de tres cajas, las cuales eran colocadas con cierta relación geométrica en un área marcada. A los sujetos se les proporcionaba un mapa que mostraba la caja que contenía el objeto; si lograban interpretar el mapa –lo cual requería el uso de conceptos geométricos–, aumentaban sus posibilidades de hallar el objeto. Nuevamente, los mundurukú obtuvieron la misma puntuación que los niños estadunidenses en las pruebas.
¿Conclusiones? Según Dehaene y sus colaboradores, “nuestros resultados proporcionan evidencia de la existencia de intuiciones geométricas en ausencia de educación escolar, experiencia con símbolos gráficos o mapas, o un lenguaje rico en términos geométricos”, y esto indica, añaden, que “los conceptos geométricos básicos… son un constituyente universal de la mente humana”.
Desde un punto de vista evolutivo, tal conclusión tiene mucho sentido. Es natural que las intuiciones geométricas básicas hayan ido desarrollándose a lo largo de la evolución, y que hayan proporcionado una ventaja evolutiva a las especies que las tienen.
Si los hallazgos se confirman (hay quien piensa que el estudio midió simplemente la capacidad general de razonamiento), ¿cuál es el siguiente paso? Investigar si estos conceptos innatos están también presentes en los bebés, o bien averiguar a qué edad se desarrollan. Será también muy interesante –y todo un reto– ver si están presentes, por ejemplo, en nuestros primos más cercanos, los chimpancés.
Quizá, gracias a estudios como éstos, la eterna disyuntiva entre natura y cultura deje de ser un campo de especulaciones para convertirse en un área sobre la que tengamos conocimiento confiable y comprobable.
Aunque claro, no faltará quien piense que aspirar a esto es como buscarle la cuadratura al círculo.
miércoles, 18 de enero de 2006
Cómo tratar a los charlatanes
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
Cómo tratar a los charlatanes
18-enero-06
Charlantes hay en todos lados: desde el que nos pregunta dónde quedó la bolita hasta el que nos quiere vender champú con ADN de canguro para que nuestro cabello brille más.
El problema es que algunos se hacen pasar por científicos, y entonces no es tan fácil ignorarlos o darles la vuelta. Se impone algún tipo de respuesta, sin darles a la vez la oportunidad de aprovechar su popularidad para ponerlo a uno en ridículo como un "científico intolerante y dogmático". Cosa que sucede con bastante frecuencia cuando charlatanes y científicos se enfrentan en debates televisivos: los científicos acaban siendo los aguafiestas que no quieren aceptar que existen "otras visiones" de la realidad (y es que tales visiones sí que existen, sólo que no son científicas).
MILENIO Diario reportó ayer un magnífico ejemplo (aunque quizá involuntario) de cómo se puede tratar a los charlatanes más burdos: pitorreándose de ellos. Se trata de unos muchachos yucatecos que planearon un pequeño engaño para burlarse y quizá aprovecharse de Jaime Maussan, el conocido "experto" en el llamado fenómeno OVNI (es decir, la creencia de que cuando vemos una luz o un puntito en el cielo y no sabemos qué es, ello constituye prueba "científica" de que nos visitan civilizaciones extraterrestres).
Maussan es bien conocido por presentar videos o fotos de objetos borrosos, mal iluminados y provenientes de fuentes poco confiables, y a continuación afirmar que son pruebas contundentes de la presencia de extraterrestres en nuestro planeta. También acostumbra tachar a todo aquel que cuestione sus "pruebas" de dogmático y cerrado. Lo que lograron los jovencitos yucatecos, que según MILENIO sólo pretendían "sacarle una lana" a Maussán, fue demostrar lo poco confiable de sus criterios.
Para ello utilizaron un teléfono celular con cámara y una máscara de hule comprada en un carnaval en Mérida. La filmación muestra a un supuesto extraterrestre que se oculta ("desaparece", según Maussán) detrás de un poste. ¿Precario? Quizá, pero el pez mordió el anzuelo: "La evidencia extraterrestre" fue transmitida por Televisa durante la pasada edición del programa Otro rollo, que conduce Adal Ramones", reporta MILENIO.
La estrategia de caballo de Troya de estos jóvenes ha sido usada en muchas ocasiones para demostrar la poca credibilidad de algún charlatán. Pero no siempre se puede tratar así al enemigo: hay ocasiones en que uno no puede simplemente pitorrearse, y se hace necesario buscar tácticas más elegantes. Es lo que hizo la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés) para dar cachetada con guante blanco a los extremistas religiosos que insisten en introducir visiones creacionistas en las clases de biología en los Estados Unidos (disfrazadas, claro, con el ropaje seudocientífico de la teoría del "diseño inteligente").
En su edición del pasado 23 de diciembre Science, la revista de la asociación, publicó su nombramiento del "avance científico del año", distinción que otorgó nada menos que a la evolución.
Aunque no precisamente a la teoría formulada por Charles Darwin, la cual después de todo está por cumplir 150 años (se publicó en 1959). Más bien, Science eligió reconocer a una serie de investigaciones de lo más variado que muestran que los científicos están pudiendo estudiar a la evolución en vivo y en "tiempo real", gracias a las nuevas herramientas moleculares con que cuentan.
Y es que el auge de la genómica ha permitido realizar estudios que en tiempos anteriores eran sólo teoría, como la famosa comparación entre el genoma del chimpancé "nuestro pariente evolutivo más cercano" y el humano; pronto podremos estudiar, por ejemplo, qué genes hacen que un cerebro humano sea diferente del de un simio, o qué genes nos hacen susceptibles a enfermedades como la hepatitis o el Sida, al que nuestros primos son inmunes. También se está estudiando a nivel genético, en peces, insectos y aves, cómo se producen nuevas especies: una población va divergiendo poco a poco hasta formar especies separadas.
En otras palabras, la AAAS, al premiar a la evolución, muestra que algo que los científicos estudian a diario no puede ser "sólo una teoría". Una manera elegante de cerrar la boca a los charlatanes creacionistas. Aunque a veces se antojaría más tratarlos como a Maussan: mostrando lo ridículos que pueden ser.
Martín Bonfil Olivera
Cómo tratar a los charlatanes
18-enero-06
Charlantes hay en todos lados: desde el que nos pregunta dónde quedó la bolita hasta el que nos quiere vender champú con ADN de canguro para que nuestro cabello brille más.
El problema es que algunos se hacen pasar por científicos, y entonces no es tan fácil ignorarlos o darles la vuelta. Se impone algún tipo de respuesta, sin darles a la vez la oportunidad de aprovechar su popularidad para ponerlo a uno en ridículo como un "científico intolerante y dogmático". Cosa que sucede con bastante frecuencia cuando charlatanes y científicos se enfrentan en debates televisivos: los científicos acaban siendo los aguafiestas que no quieren aceptar que existen "otras visiones" de la realidad (y es que tales visiones sí que existen, sólo que no son científicas).
MILENIO Diario reportó ayer un magnífico ejemplo (aunque quizá involuntario) de cómo se puede tratar a los charlatanes más burdos: pitorreándose de ellos. Se trata de unos muchachos yucatecos que planearon un pequeño engaño para burlarse y quizá aprovecharse de Jaime Maussan, el conocido "experto" en el llamado fenómeno OVNI (es decir, la creencia de que cuando vemos una luz o un puntito en el cielo y no sabemos qué es, ello constituye prueba "científica" de que nos visitan civilizaciones extraterrestres).
Maussan es bien conocido por presentar videos o fotos de objetos borrosos, mal iluminados y provenientes de fuentes poco confiables, y a continuación afirmar que son pruebas contundentes de la presencia de extraterrestres en nuestro planeta. También acostumbra tachar a todo aquel que cuestione sus "pruebas" de dogmático y cerrado. Lo que lograron los jovencitos yucatecos, que según MILENIO sólo pretendían "sacarle una lana" a Maussán, fue demostrar lo poco confiable de sus criterios.
Para ello utilizaron un teléfono celular con cámara y una máscara de hule comprada en un carnaval en Mérida. La filmación muestra a un supuesto extraterrestre que se oculta ("desaparece", según Maussán) detrás de un poste. ¿Precario? Quizá, pero el pez mordió el anzuelo: "La evidencia extraterrestre" fue transmitida por Televisa durante la pasada edición del programa Otro rollo, que conduce Adal Ramones", reporta MILENIO.
La estrategia de caballo de Troya de estos jóvenes ha sido usada en muchas ocasiones para demostrar la poca credibilidad de algún charlatán. Pero no siempre se puede tratar así al enemigo: hay ocasiones en que uno no puede simplemente pitorrearse, y se hace necesario buscar tácticas más elegantes. Es lo que hizo la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés) para dar cachetada con guante blanco a los extremistas religiosos que insisten en introducir visiones creacionistas en las clases de biología en los Estados Unidos (disfrazadas, claro, con el ropaje seudocientífico de la teoría del "diseño inteligente").
En su edición del pasado 23 de diciembre Science, la revista de la asociación, publicó su nombramiento del "avance científico del año", distinción que otorgó nada menos que a la evolución.
Aunque no precisamente a la teoría formulada por Charles Darwin, la cual después de todo está por cumplir 150 años (se publicó en 1959). Más bien, Science eligió reconocer a una serie de investigaciones de lo más variado que muestran que los científicos están pudiendo estudiar a la evolución en vivo y en "tiempo real", gracias a las nuevas herramientas moleculares con que cuentan.
Y es que el auge de la genómica ha permitido realizar estudios que en tiempos anteriores eran sólo teoría, como la famosa comparación entre el genoma del chimpancé "nuestro pariente evolutivo más cercano" y el humano; pronto podremos estudiar, por ejemplo, qué genes hacen que un cerebro humano sea diferente del de un simio, o qué genes nos hacen susceptibles a enfermedades como la hepatitis o el Sida, al que nuestros primos son inmunes. También se está estudiando a nivel genético, en peces, insectos y aves, cómo se producen nuevas especies: una población va divergiendo poco a poco hasta formar especies separadas.
En otras palabras, la AAAS, al premiar a la evolución, muestra que algo que los científicos estudian a diario no puede ser "sólo una teoría". Una manera elegante de cerrar la boca a los charlatanes creacionistas. Aunque a veces se antojaría más tratarlos como a Maussan: mostrando lo ridículos que pueden ser.
miércoles, 11 de enero de 2006
Bacterias y sorpresas en los tiempos del cólera
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Bacterias y sorpresas en los tiempos del cólera
Miércoles 11-enero.
Una de las características más interesantes —aunque también más desesperantes— de la ciencia es que el conocimiento que nos proporciona se halla en constante cambio. Esto quiere decir que lo que uno sabe puede dejar de ser válido de un momento a otro… pero también que en cualquier momento puede uno encontrar sorpresas.
Recientemente un artículo publicado en la revista Nature (16 de diciembre) proporciona justo un ejemplo de este tipo de novedades: se trata de la conexión que existe entre la ecología, la genética y la fisiología de la bacteria causante del cólera (Vibrio cholerae) y la presencia de un compuesto llamado quitina en el agua de mar.
La quitina es el polímero más abundante en la naturaleza, después de la celulosa (en el mar, es el número uno). Usted la conoce bien, porque es uno de los componentes principales de los caparazones de insectos y crustáceos. Cuando uno pela un camarón (o una langosta, si hay más suerte), o bien cuando aplasta a una cucaracha, lo que truena es precisamente esa “cáscara” rígida, que los expertos denominan exoesqueleto (pues estos animales no tienen huesos, y es el caparazón de quitina lo que les da rigidez a sus cuerpos).
Los polímeros son moléculas gigantescas, formadas por la unión de miles de moléculas más pequeñas conocidas como monómeros. Todos los plásticos son polímeros, aunque artificiales. La celulosa, que forma la pared rígida que rodea a las células vegetales —la madera está hecha principalmente de celulosa, al igual que el papel, el algodón y muchos otros productos vegetales— es, como decíamos, el que más abunda en la naturaleza. Se dice que es un polisacárido, pues está formada por millones de unidades del azúcar glucosa (es curioso pensarlo: tanto la madera como la ropa de algodón están hechas, en gran medida, ¡de azúcar! Si no podemos sentir su sabor es porque las moléculas individuales están presas en las largas cadenas ramificadas de celulosa). La quitina está también formada por un azúcar, aunque un poco más complicada (llamada, por si sentía usted curiosidad, N-acetilglucosamina).
Pues bien: se ha descubierto que la bacteria del cólera, que normalmente vive en el mar —de donde sale de vez en cuando a causar epidemias en tierra firme— no simplemente se la pasa nadando por ahí, sino que suele proliferar en donde hay quitina (es decir, en donde haya plancton, crustáceos, algas u hongos, todos los cuales contienen este polisacárido).
De hecho, a diferencia de lo que se pensaba hasta hace unos años, hoy se sabe que muchas bacterias, más que la vida libre, prefieren vivir en comunidades compactas llamadas biofilmes o biopelículas, en las que las bacterias se establecen, normalmente junto con otras especies de microorganismos, sobre alguna superficie (una roca, el caparazón de un crustáceo, nuestros dientes —la placa dental es un biofilme). La película se mantiene unida gracias a sustancias adhesivas que segregan las mismas bacterias.La formación de biofilmes favorece el desarrollo de las bacterias. Pero lo novedoso es que se ha descubierto que cuando V. cholerae los forma en presencia de quitina, por ejemplo al crecer sobre las conchas de pequeños crustáceos, se activa otra interesante capacidad oculta de esta bacteria: la de intercambiar información genética con sus congéneres y la de tomar el material genético (ADN) que otras bacterias hayan liberado al medio —por ejemplo al morir— e incorporarlo a su propio genoma.
¿Cuál es la utilidad de este intercambio genético favorecido por la quitina? La misma que tiene el sexo en los organismos que lo presentan: aumentar las posibilidades de supervivencia de la bacteria al poner a su disposición nuevos genes que le pueden resultar útiles en condiciones adversas. Muchos de los genes que le proporcionan a V. cholerae la capacidad de ser resistente a antibióticos se adquieren de esta forma.
De modo que bioquímica, genética, ecología y salud se ven unidas por un polisacárido, la quitina: los biofilmes formados sobre esta sustancia aumentan las capacidades de supervivencia de V. cholerae. Uno nunca puede saber dónde surgirán nuevas conexiones inesperadas en el mundo natural, ni cuándo el avance de la ciencia nos las revelará. En ciencia, las sorpresas nunca se acaban.
miércoles, 4 de enero de 2006
Curiosidades de Año Nuevo
Milenio Diario-Enero 4, 2006
La ciencia por gusto - Martín Bonfil Olivera
Curiosidades de Año Nuevo
El Año Nuevo es buena ocasión para formular propósitos, hacer listas de logros, enviar deseos a los amigos... y también para ver muchas tonterías en la televisión.
Este año, por ejemplo, amén de soportar las predicciones astrológicas –siempre vagas y frívolas, y nunca acompañadas de una sana evaluación de cuántas de las del año pasado efectivamente se cumplieron–, pude enterarme de que por sólo unos cientos de pesos puedo comprar el “cirio de la abundancia”, debidamente ritualizado, activado y listo para usarse (“¡enciéndalo con cerillos de madera, nunca con encendedor!”). También de que para tener un buen año hay que tomar una llave y engarzarla en un listón rojo al que se le deben hacer varios nudos. Y aprendí que la baba de caracol (!) es lo mejor que existe para prevenir las arrugas y eliminar el acné, gracias a su alto contenido de alantoína (el último compuesto de moda, luego de la melatonina, la creatinina y tantos otros…)
Si piensa usted que a continuación voy a decir que en el riguroso mundo de la ciencia no se encuentran este tipo de cosas ridículas, tengo sorpresas. Más allá del fraude clonatorio comentado aquí el año pasado –hace una semana–, los mejores ejemplos los halla uno en la entrega de los premios Ig Nobel, una especie de Nobel alternativos y humorísticos, pero verídicos, que se entregan cada octubre para reconocer investigaciones que no pueden –o no merecen– ser reproducidas.
No había podido comentar aquí los del año pasado: el de física lo ganaron, por ejemplo, dos científicos de la Universidad de Queensland, Australia, por haber monitoreado desde 1927 gotas de brea que caen por un embudo al ritmo de una cada 9 años, con el fin de demostrar sin lugar a dudas que se trata de un líquido, y no de un sólido, como aparenta. El premio de química lo recibieron investigadores de la Universidad de Minesota por demostrar que se puede nadar igual de rápido en jarabe de goma guar (un espesante para alimentos) que en agua. El Ig Nobel de dinámica de fluidos se otorgó a un equipo trinacional que calculó la presión que acumula el intestino de los pingüinos para expulsar su excremento a 40 centímetros de sus nidos (respuesta: unas 8 veces la presión de los intestinos humanos). El de biología lo ganó otro equipo internacional por identificar los olores particulares que exudan 131 especies de ranas cuando se estresan. Y el de la paz (mi favorito) se otorgó a unos ingleses que identificaron en ciertas langostas una neurona que se activa cuando se le muestran escenas en que aparece Darth Vader.
Pero no sólo en los Ig Nobel halla uno ejemplos de ciencia aparentemente absurda (aunque, insisto, legítima). Recientemente investigadores de la Escuela de Textiles y Diseño de la Universidad Heriot-Watt, en Escocia, anunciaron un estudio para averiguar cómo influye la ropa en la percepción que la gente tiene de… ¡los traseros de las mujeres!
La cosmología es quizá la rama de la ciencia que más pone a prueba nuestra credulidad. El concepto mismo del Big Bang -la gran explosión que dio origen al universo- presupone la pregunta obvia: ¿qué hubo antes? La respuesta estándar (que no tiene sentido preguntarlo, ya que con el Big Bang se creó el tiempo mismo, junto con el espacio) es tan insatisfactoria como la explicación del misterio de la Santísima Trinidad.
Más recientemente, dos investigadores de Washington y Harvard publicaron una hipótesis sobre por qué nuestro universo, que según la teoría de las supercuerdas debería presentar nueve dimensiones, tiene sólo tres. La respuesta: sólo un universo de tres dimensiones puede existir sin irse destruyendo conforme se expande (también podría existir uno de siete, pero en él no sería posible la existencia de planetas con órbitas estables alrededor de las estrellas, y por tanto de la vida). O sea, quizá el universo, formado por vibraciones de supercuerdas y originado de la nada en una explosión misteriosa, está perfectamente calibrado para que podamos existir. ¿Increíble? No más que las predicciones astrológicas. Pero hay una diferencia: las teorías cosmológicas no son embustes para obtener dinero fácil; están apoyadas en evidencia empírica y teórica que nos hacen confiar en que tienen algo que ver con la realidad. ¡Lástima que no ofrezcan prosperidad instantánea!
miércoles, 28 de diciembre de 2005
Clonaciones fraudulentas
La ciencia por gusto-Martín Bonfil Olivera
Clonaciones fraudulentas
No sé si en Corea se celebre la Navidad, pero sí que el científico Hwang Woo-suk está teniendo la peor de su vida.
Hwang saltó a la fama en 2004 por ser el primero en clonar, a partir de células embrionarias, una línea de células precursoras humanas (células madre o troncales). El logro abría en la práctica el camino a desarrollar importantes terapias para combatir enfermedades degenerativas (Alzheimer, Parkinson, diabetes...) e incluso para el desarrollo de órganos clonados para transplantes que no causarían rechazo.
La fama de Hwang creció al anunciar en agosto la creación de Snuppy, el primer perro clonado. Y llegó a la apoteosis cuando en junio de este año dio a conocer la exitosa clonación y cultivo de 11 líneas de células obtenidas a partir de individuos con diabetes, enfermedades inmunitarias o lesiones de la médula espinal. La clonación se logró con la misma técnica de transferencia nuclear con que se creó a la famosa oveja Dolly, y el equipo de Hwang lo consiguió con mucha mayor eficiencia que nadie anteriormente: con sólo unos 15 intentos, en vez de los 230 que requirieron en 2004.
Todo esto bastaría para garantizar que Hwang Woo-suk formara parte de la historia de la medicina. Sin embargo dos escándalos lo han convertido en algo más: un protagonista de la historia de los fraudes científicos.
La primera crisis se desató el 10 de noviembre, cuando comenzó a circular la versión de que Hwang había pagado a colaboradoras suyas para que donaran los óvulos utilizados en el estudio de 2004. Esto no era ilegal según las leyes coreanas (que luego fueron modificadas), aunque sí contravenía las prácticas bioéticas internacionales. El escándalo creció cuando uno de los colaboradores de Hwang, Gerald Schatten, declaró que no trabajaría más con él y pidió se retirara su nombre del artículo de 2005.
Finalmente, Hwang tuvo que admitir los pagos. Aunque su prestigio profesional fue afectado, el apoyo de sus compatriotas al “científico número uno de Corea” creció: la gente se manifestaba a su favor y las donadoras voluntarias de óvulos se contaban por cientos. Hwang seguía siendo un héroe nacional.
Pero hubo un segundo escándalo: el 4 de diciembre Hwang escribió a Science para anunciar que algunas fotos del artículo de 2005, que servían para comprobar que las células precursoras clonadas efectivamente eran genéticamente idénticas a las de los pacientes, habían sido “involuntariamente” duplicadas. A partir de ahí, se desató una rigurosa investigación: los investigadores fueron interrogados, los discos duros de las computadoras se retiraron y se revisaron todas las bitácoras de laboratorio.
El pasado 24, la comisión investigadora concluyó preliminarmente que el equipo de Hwang alteró intencionalmente los datos publicados. Al parecer, la evidencia de las 11 líneas celulares obtenidas es falsa. Todo parece indicar que Hwang y sus colaboradores utilizaron la información de sólo 2 líneas celulares para hacer creer que habían obtenido 11. Además, la eficiencia de la clonación parece haber sido también exagerada.
Hwang ha aceptado la culpa y ha renunciado a sus puestos, en medio de la vergüenza internacional. Los libros para niños sobre sus logros (con títulos como La bella ruta vital de Hwang Woo-suk o Niños, aprendamos del éxito de Hwang Woo-suk) han sido retirados de los estantes. Aunque habrá que esperar unos días para saber si efectivamente Hwang había logrado obtener las células madre clonadas de los pacientes, todas sus investigaciones están hoy bajo sospecha.
¿Quién tiene la culpa? Es pronto para saberlo. Quizá Hwang, motivado por la promesa de fama y éxito. Quizá algún colaborador malicioso (Hwang afirma que fue un colega suyo, Kim Seon-jeong, quien falsificó los datos, aunque Kim afirma que lo hizo por instrucciones de Hwang). Y sin embargo, aunque podría pensarse que este caso socava la credibilidad de la ciencia, sería más justo reconocer que los mecanismos internos del proceso científico, aunque no están diseñados específicamente para detectar fraudes, sí han permitido reconocer éste y dar los pasos necesarios para corregir sus efectos. La confianza en la ciencia se refuerza, no se debilita, cada vez que un fraude sale a la luz.
De lo que no cabe duda es que el año nuevo de Hwang no será prometedor. Todo lo contrario de lo que desde aquí se le desea a usted, querido lector o lectora.
mbonfil@servidor.unam.mx
Clonaciones fraudulentas
No sé si en Corea se celebre la Navidad, pero sí que el científico Hwang Woo-suk está teniendo la peor de su vida.
Hwang saltó a la fama en 2004 por ser el primero en clonar, a partir de células embrionarias, una línea de células precursoras humanas (células madre o troncales). El logro abría en la práctica el camino a desarrollar importantes terapias para combatir enfermedades degenerativas (Alzheimer, Parkinson, diabetes...) e incluso para el desarrollo de órganos clonados para transplantes que no causarían rechazo.
La fama de Hwang creció al anunciar en agosto la creación de Snuppy, el primer perro clonado. Y llegó a la apoteosis cuando en junio de este año dio a conocer la exitosa clonación y cultivo de 11 líneas de células obtenidas a partir de individuos con diabetes, enfermedades inmunitarias o lesiones de la médula espinal. La clonación se logró con la misma técnica de transferencia nuclear con que se creó a la famosa oveja Dolly, y el equipo de Hwang lo consiguió con mucha mayor eficiencia que nadie anteriormente: con sólo unos 15 intentos, en vez de los 230 que requirieron en 2004.
Todo esto bastaría para garantizar que Hwang Woo-suk formara parte de la historia de la medicina. Sin embargo dos escándalos lo han convertido en algo más: un protagonista de la historia de los fraudes científicos.
La primera crisis se desató el 10 de noviembre, cuando comenzó a circular la versión de que Hwang había pagado a colaboradoras suyas para que donaran los óvulos utilizados en el estudio de 2004. Esto no era ilegal según las leyes coreanas (que luego fueron modificadas), aunque sí contravenía las prácticas bioéticas internacionales. El escándalo creció cuando uno de los colaboradores de Hwang, Gerald Schatten, declaró que no trabajaría más con él y pidió se retirara su nombre del artículo de 2005.
Finalmente, Hwang tuvo que admitir los pagos. Aunque su prestigio profesional fue afectado, el apoyo de sus compatriotas al “científico número uno de Corea” creció: la gente se manifestaba a su favor y las donadoras voluntarias de óvulos se contaban por cientos. Hwang seguía siendo un héroe nacional.
Pero hubo un segundo escándalo: el 4 de diciembre Hwang escribió a Science para anunciar que algunas fotos del artículo de 2005, que servían para comprobar que las células precursoras clonadas efectivamente eran genéticamente idénticas a las de los pacientes, habían sido “involuntariamente” duplicadas. A partir de ahí, se desató una rigurosa investigación: los investigadores fueron interrogados, los discos duros de las computadoras se retiraron y se revisaron todas las bitácoras de laboratorio.
El pasado 24, la comisión investigadora concluyó preliminarmente que el equipo de Hwang alteró intencionalmente los datos publicados. Al parecer, la evidencia de las 11 líneas celulares obtenidas es falsa. Todo parece indicar que Hwang y sus colaboradores utilizaron la información de sólo 2 líneas celulares para hacer creer que habían obtenido 11. Además, la eficiencia de la clonación parece haber sido también exagerada.
Hwang ha aceptado la culpa y ha renunciado a sus puestos, en medio de la vergüenza internacional. Los libros para niños sobre sus logros (con títulos como La bella ruta vital de Hwang Woo-suk o Niños, aprendamos del éxito de Hwang Woo-suk) han sido retirados de los estantes. Aunque habrá que esperar unos días para saber si efectivamente Hwang había logrado obtener las células madre clonadas de los pacientes, todas sus investigaciones están hoy bajo sospecha.
¿Quién tiene la culpa? Es pronto para saberlo. Quizá Hwang, motivado por la promesa de fama y éxito. Quizá algún colaborador malicioso (Hwang afirma que fue un colega suyo, Kim Seon-jeong, quien falsificó los datos, aunque Kim afirma que lo hizo por instrucciones de Hwang). Y sin embargo, aunque podría pensarse que este caso socava la credibilidad de la ciencia, sería más justo reconocer que los mecanismos internos del proceso científico, aunque no están diseñados específicamente para detectar fraudes, sí han permitido reconocer éste y dar los pasos necesarios para corregir sus efectos. La confianza en la ciencia se refuerza, no se debilita, cada vez que un fraude sale a la luz.
De lo que no cabe duda es que el año nuevo de Hwang no será prometedor. Todo lo contrario de lo que desde aquí se le desea a usted, querido lector o lectora.
mbonfil@servidor.unam.mx
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